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Los compositores, ante sus emociones y enfermedades

4 JUL 2018 - 14:54 CET

Beatriz Soler / Foto: Nacho Calonge

A lo largo de la historia musical, las emociones y las enfermedades de muchos de los grandes artistas, como Ravel, Beethoven, Rossini, Messiaen o Schumann, han influido en su repertorio. De este modo, tal y como expuso Eduardo Gutiérrez Rivas, neurólogo, violinista y pianista, el cerebro se relaciona con “el arte más sublime”, la música.

Según Gutiérrez Rivas, la repercusión de las emociones o la influencia de las enfermedades en la obra de los compositores, es muy variada. En el caso del músico Maurice Ravel, su enfermedad cerebral, probablemente una demencia frototemporal o la enfermedad de Pick, le afectó de “manera crucial” hasta el punto de impedirle componer. “Él no era capaz de escribir la música que tenía en la cabeza, ni siquiera de cantarla para que otros la escribieran”, ilustró el neurólogo.

En otros autores, esta repercusión emocional ha sido prácticamente nula. Este es el caso de Beethoven, el cual, a pesar de ser alcohólico,  hijo de un alcohólico y de una persona que sufrió sífilis y de tener una vida llena de frustraciones, no tener suerte en el amor y creer que el mundo no le reconocía su valía, en su música no se nota esta desilusión por la vida.

La alegría de la tristeza

El operista Gioachino Rossini, del cual se celebra este año el 150 aniversario de su muerte,  dejó de componer a los 30 años porque ya tenía suficiente dinero y podía vivir de las rentas. Al final de su vida, tal y como relató Gutiérrez, cuando ya estaba en la cama con un absceso anal y con una estenosis de la uretra, escribió una pequeña misa solemne y escribió 180 obras recogidas en una publicación que se llama Pecados de vejez -entre ellas se encuentran Mi sondaje matutino o Vals funerario-. A diferencia de la tristeza que muestran los títulos, “la música era alegría, como toda la música del siglo XVIII” aseguró con firmeza.

En cambio el francés Olivier Messiaen compuso la obra El partido para el fin de los tiempos en un campo de concentración nazi. De acuerdo con él, cuando en el campo algunos se enteraron de  que era compositor, le dieron un papel y un lapicero para que compusiera. Que el pianista Messiaen se uniera a tres soldados que tocaban el violín, el violonchelo y el clarinete hizo posible que escribiese El partido para el fin de los tiempos para un cuarteto. “Es una obra apocalíptica,  porque se puede comprender cuál es la angustia de un prisionero en un campo de concentración nazi”, señaló.

Schumann tenía psicosis maniaco-depresiva, lo que hoy se denomina un síndrome bipolar. La repercusión emocional en su composición, cambió en función de su enfermedad. Así, “unas fases de su música eran maniacas con una música maravillosa y, otras fases eran de depresión, dónde la música es muy triste”.

Con la ponencia La música y la emoción, enfermedades de los grandes músicos y su influencia en su obra y vida, el profesor emérito Eduardo Gutiérrez puso el broche final a la sesión de la mañana del curso La música y el cerebro, neurociencia de la música, dirigido porYerko-Pétar Ivánovic, especialista en Neurología y Medicina Física y Clínico en Rehabilitación. 

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