Elogio y nostalgia del PhotocentroCarlos VillasanteSobre
el año 1975, un grupo selecto de destacados teóricos y artistas
de la imagen fotográfica, al amparo de las relaciones de oportunidad
--casi siempre fructíferas--, entre capitalismo y fotografía,
hicieron mutis por el foro de la por entonces declinante revista Nueva
Lente, fundando el Photocentro. Entre
los miembros iniciales, se encontraba toda la redacción de la citada
revista producida por los hermanos Goñi, exceptuando Jorge Rueda
que sería, a partir de entonces, el director y alma mater
de la segunda época de Nueva Lente. El documento fundacional del
Photocentro reunía a los principales escritores y editores gráficos
que habían dado cuerpo a la paradigmática NL, tan necesaria,
no sólo en los estertores del último franquismo, sino también,
en el periodo del tránsito democrático. La propuesta de
crear un centro que aglutinase necesidades de producción, creación
y formación fotográfica, hasta entonces inexistente, fue
acogida por Aurora Fierro Eleta, que sería socia mayoritaria y
directora general desde el inicio. El primer equipo --ex Nueva Lente--
formado por Carlos Serrano, Pablo Pérez-Mínguez, Luis Garrido,
Fernando Gil y Pedro Díez Perpignan, se encargó de los aspectos
de diseño e imagen del centro, la dirección artística,
la dirección técnica, la escuela de fotografía, el
laboratorio profesional, la biblioteca, la galería y el departamento
de publicaciones. La
sede se estableció en un precioso chalet de dos plantas, propiedad
que, la familia Fierro, tenía en la Plaza de la República
Argentina de Madrid. Las obras de adecuación de los espacios y
el interiorismo, fueron diseñados por el ahora prestigioso arquitecto
Antonio Riviere. En la planta baja se ubicaron el distribuidor, despacho
de dirección, el Photo Bar, la Photo Galería, la Photo Tienda
y la Photo Biblioteca. En la planta superior, las aulas de la Photo Escuela,
los despachos de administración, sala de profesores y un aula polivalente
con una cabina de proyección entre un pequeño graderío.
En la planta sótano, se situaron el laboratorio profesional, el
plató y los laboratorios de la Photo Escuela. La edificación
disponía también de un jardín, con accesos interiores
y, a través de una puerta de carros situada en la calle de Carbonero
y Sol. La entrada principal dotada de un magnífico porche con columnas,
se situaba en la parte oeste de la plaza de la República Argentina.
A
la inauguración en la primavera del 75, asistió toda la
gente "guapa" de la progresía madrileña y, como siempre,
los fotógrafos más omnipresentes de la época. Como
inicio de las actividades de la Photo Galería, Pablo Pérez-Minguez
Poch había invitado a diversos fotógrafos, seleccionados
de entre los últimos portafolios publicados en Nueva Lente. Especialmente
notoria fue la presencia de autores de la llamada "Quinta generación"
de fotógrafos españoles: Juan Dolcet, Luis Garrido, Joan
Fontcuberta, Pere Formiguera, Josep Rigoll, etc... y yo mismo. Los fastos
se documentaron, plasmándose en forma de retratos que, Luis Garrido
realizó con su inseparable Nikon F montando un 105 mm f:3,5 y película
Plus-X que, tras procesarse con Microdol-X 1+3, se positivaron en Agfa
Brovira papel con acabado esmaltado. Recuerdo los aspavientos de Pedro
Díez Perpignan al conocer que Fontcuberta y Formiguera sólo
utilizaban el Negtor (de Negra) en acabado semimate que, secaban entre
periódicos y aplanaban a duras penas. Aunque lo cierto es que,
la mayoría de los fotógrafos españoles, se guiaban
en aquel entonces, movidos por grandes dosis de autodidactismo e ilusión.
Todos aprendíamos de todos y, frecuentemente padecimos el lento
proceso que implica el aprendizaje basado en la relación casi siempre
desproporcionada, entre errores y aciertos. Para evitar eso, se hacían
necesarias propuestas como el Photocentro. Aquella
muestra de apertura titulada "Fotografía española fin de
siglo", finalizó con un happening en el que Luis Garrido,
vestido de smoking negro con pajarita pero sin camisa y, calzando botas
Segarra --de soldado raso--, flambeo quemando, todas sus copias fotográficas
recién exhibidas, menos una que se unía de antemano al cariño
de una entrañable amistad. Como no llegó a planificar científicamente
la combustión de la pira fotográfica en el interior de una
especie de paellera, llegó a chamuscarse las barbas valleinclanescas
que, por entonces, lucía. Luego debía intervenir yo, animando
al respetable a llenar las paredes de aquella Photogalería recién
estrenada e inmaculado gotéele, a llenar los paramentos con pintadas
contra la riqueza sin escrúpulos y la fotografía vacua.
Aunque mi semántica fue radical como estaba previsto, no así
mis ademanes que, al rodear mi mano con una bolsa de plástico para
que no me empercochara el furor del spray, resultó como una mueca
pequeño burguesa e imperdonable aún hoy en día. Por
aquel entonces no había que provocar mucho al público para
conseguir altos niveles participativos, así que, en menos que se
revela un papel de innoble polietileno, las paredes quedaron forradas
de pintadas que atentaban no sólo contra el honor de los propietarios
del lugar, sino contra el establecimiento de la fotografía acomodaticia
y dineraria. Naturalmente, Aurora Fierro fue conocedora del numerito con
un nivel lo suficientemente detallado, como para forzar la dimisión
de Luis Garrido. La cosa no llegó a más debido a las artimañas
del bufete del padre de Aurora y, mi amigo Luis pactó su huída
hacia adelante previa sustanciosa indemnización. Por aquél
entonces --aún en los inicios--, ya había tirado la toalla
Antonio Riviere y se disponían a hacer los propio, Carlos Serrano
y Pablo Pérez-Mínguez. Estaba visto que, de los postulados
iniciales a lo que se cocía, existían ciertas diferencias,
sin duda, marcadas por la dirección. Visto con la perspectiva del
tiempo y, conociendo sucintamente a los que pergeñaron el proyecto
inicial, el Photocentro debió ser algo muy inconcebible, incluso
para el presente. Eso ha sido y seguirá siendo un delicioso misterio.
Seis
meses después de la inauguración, el staff estaba compuesto
por una pléyade de profesores que habían aguantado el envite
de la dirección del centro; a Fernando Gil y Pedro Díez-Perpignan,
se les habían unido Guillermo Gay, Ramón Mourelle y Antonio
Casado, extraídos tras una exhaustiva selección de entre
variados aspirantes a ser profesores de la Photoescuela. La dirección
del Photo laboratorio, le fue encomendada a Antonio Navarro Folledo, que
había sido escrupulosamente seleccionado desde un laboratorio castizo
situado como por la calle de Cañizares. Debido a sus destrezas
en el procedimiento de tapados y reservas en el copiado, así como
en el manejo de "caldos" y químicos "avant garde", fue apodado
"la procesadora". De él aprendí yo con buen gusto que, el
HC-110 era "pura dinamita", y que los negativos imposibles y "psicológicamente"
incorrectos, tenían perfecta solución en el positivado.
Aunque
tras el hecho de la fotopintada, yo había sido vetado radicalmente
por Aurora Fierro Eleta, mi amigo Fernando Gil consiguió persuadirla
de mi idiosincrasia fotogeneradora; de que todo había sido fruto
de mi enfervorizada capacidad foto creativa. No sé exactamente
en qué consistieron las negociaciones, el caso es que pasé
--pese al veto-- a formar parte de aquel elenco de jóvenes profesores
que componíamos el cuerpo docente de la Photoescuela. Como mi formación
se reducía a dos años encerrados en un laboratorio por las
noches, y dos años insomnes en los exteriores luz día de
aquél Toledo que me vio nacer, tuve que dar corpus teórico
a todas esas anteriores experiencias, de modo que leí los dos Langford
y el ladrillo consiguiente: Fotografía aplicada de la
editorial Omega. Luego, mientras teníamos ratos libres entre clase
y clase, leíamos lo que caía en nuestras manos, desde el
Real dreams de Duane Michals al Masters of dark room
de varios. El Photocentro, gracias a un servicio impecable de biblioteca,
que mantuvo celosamente Belén Agosti, fue un foco de conocimiento
paradigmático que, durante los setenta, nos mantuvo encandilados
a profesores y alumnos. Las
aulas se llenaban mañana y tarde; los alumnos disponían
de tutorías permanentes y los laboratorios estaban sistemáticamente
abiertos. Todo se cerraba a las diez de la noche, pero juro que daban
ganas de quedarse hasta las 00,00 horas del día siguiente. Las
semi veladas se prolongaban en el Photo bar, que era un espacio muy agradable
regentado por el Sr. Palacios. La zona preferente se situaba en un recinto
semiesférico que daba a la confluencia entre las calles de Vitrubio
y Carbonero y Sol. Aunque las patatas fritas eran excelentes, Palacios
estaba especializado en los "sumitos" de naranja que les servía
a Aurora Fierro en su despacho de dirección. Tras
la ida de Pablo Pérez-Mínguez, la Photogalería fue
programada por Belén Agosti. Lejos de dar a conocer autores y obras
de carácter nacional, Agosti desarrolló una planificación
orientada a la importación de sólidos valores internacionales
de reconocido prestigio. Recuerdo una muestra de pequeño formato
con fotografías originales de Francisco Hidalgo. Paisajes de París
con aquellos zoomings tan pasteleros y postaleados en los setenta.
Como el precio de cada copia rondaba las cinco mil pesetas, se vendieron
casi todas las obras expuestas. Luego hubo otra exposición con
Dye Transfers de Ernst Haas; majestuosos cincuentas por sesentas
de aquella serie que Haas realizara con Leica M y obturaciones lentas.
Recuerdo que Miguel Sánchez, por aquel entonces asiduo y posteriormente
gerente del Photocentro, adquirió una copia que muestra a un jinete
de rodeo americano con gran colorido y movimiento de trepidación.
El precio de cada original, rondaba las cincuenta mil pesetas. Aunque
la historia del Photocentro está trufada de anécdotas, viene
a colación el gesto iconoclasta que protagonizó Pedro Díez-Perpignan,
valiéndose de la presencia de aquellos Dye Transfers de Haas en
la Photogalería. Las fechas de la muestra, coincidían con
las jornadas del referéndum sobre la Constitución española.
Un grupo de alumnos destacados como Dominique Bernis, Domingo Martín
Autoranz, Cecilio Palencia y otros, así como algunos profesores,
realizábamos tomas fotográficas de los prolegómenos,
para dar cuerpo al segundo --y último-- libro fotográfico
de la editorial Diorama. Habíamos detectado que se imponía
cierta tendencia entre las fotografías de los graffiti que poblaban
el panorama mural de la ciudad de Madrid. Esa tendencia fluctuaba entre
el sí y la abstención. Este último vocablo fue transferido
por el iconoclasta Perpignan, valiéndose de un Edding 2000 azul,
sobre un muro escénico repleto de graffitis que muestra
una fotografía de Haas, en la que un pelotari --¿o dos?--
juegan al frontón. Dudo, porque sólo recuerdo a un pelotari
que luce una extensa melena en forma de cola de caballo. A Haas, por lo
visto, le hizo gracia; como ya he comentado antes, eran épocas
eminentemente participativas, pero Belén Agosti quedó muy
severamente disgustada durante una buena temporada. La
exposición paradigmática habría de llegar con la
primera muestra de fotografías de Ansel Adams en España.
Sin duda, fue posible gracias a las excelentes relaciones entre los dueños
de la casa y algunos agentes comerciales USA que, intervinieron positivamente
para hacerla posible. Por aquel entonces, USA ya mimaba a sus fotógrafos
más destacados, así que durante el tiempo que duró
la muestra, tres vigilantes armados con Colt 45, distribuidos
en turnos de mañana, tarde y noche, se encargaron de mantener el
orden y la seguridad requeridas para tan magna ocasión. La exposición
estaba asegurada en 60 millones de pesetas, lo que para finales de los
setenta, suponía un hito en el panorama artístico expositivo
del ruedo ibérico. Fundamentalmente, la muestra consistía
en algo así como 20 copias de autor --no reprints-- en
formato 50x60 cm., entresacadas de un amplio repertorio de la obra de
Adams. Recuerdo su inusitada nitidez y gama tonal, como un punto de referencia
y revelación, que cambió para siempre mi modo de ver fotografías.
Nunca he vuelto a ver nada parecido. Era como si los paisajes y los desiertos
en aquellos perfectos bromuros y cloro bromuros de plata, se salieran
del marco en el que estaban atrapados, y me transportaran al sitio y la
cosa misma. En ningún momento de la exposición, Adams hizo
acto de presencia, pero su remanencia se impregnaba en las fotografías.
Cuando después de un mes, se desmontáron los originales
y se introdujeron en perfectas cajas metálicas para su vuelta a
USA, la tristeza se apoderó de mí y estuve de baja una semana
por melancolía. Ahora creo recordar también, que la única
exposición en la que los originales --o copias--, no tenían
precio, porque sencillamente no estaba la mercancía en venta, fue
aquella paradigmática de Ansel Adams. Y..., es que la mercadería
viene demostrando que, cuanto más se dilata la oferta, mayores
son los índices de expectativa en el consumo. Y si no, vean las
cotizaciones del Adams post morten allí donde quiera que
vayan. Y
como no se vendió porque fuera un lujo para la pre democrática
España, Agosti se inventó una muestra de un fotógrafo
japonés, del que no he vuelto a saber sino en estrechos círculos
publicitarios. Se trataba de un tal Jumonji. Una especie de maestro de
ceremonias escénicas, situado entre el esoterismo oriental industrializante
y la vanguardia occidental estrambótica. Para que lo entiendan,
componía sus imágenes en el fondo de una piscina alicatada
hasta el bordillo, haciendo creer al espectador que allí, justamente
allí, era posible correr una marathon o pedalear en bicicleta vestido
de ejecutivo nipón a las tres y media de la tarde. Aquellas imágenes
causaron furor entre los ejecutivos de cuentas de las principales agencias
publicitarias de Madrid, pero nada más. El guiño opalino
de aquel desconocido fotógrafo japonés, no engañó
a ninguno de los alumnos aventajados de la Photoescuela. Como
ya anuncié antes de manera sucinta, dentro de las inquietudes generadas
por aquel foro permanente que fue el Photocentro, se creó una editorial
que fomentaron dos alumnos, especialmente el prestigioso impresor Tito
Ferreira. Antes, Pedro Díez Perpignan había fundado Anópheles,
revista de periodicidad trimestral que sería vehículo de
expresión de los alumnos durante, al menos, tres números.
Anópheles era prácticamente un calco de Papel
espacial que fundara José Rigoll Muxart. Edición impresa
a una tinta con cierto gracejo en el diseño gráfico, sobre
un tipo de papel que preludiaba la moda actual del reciclado. Diorama
editorial, se fundó como ya he señalado anteriormente, gracias
al ánimo y patrocinio de Tito Ferreira (ahora TF). La primera producción
editorial se basó en una entrañable idea que pretendía
promocionar la fotografía joven española. Principio
se convirtió en un librito encantador, en el que se publicaban
por primera vez y en exquisito bitono, obras de fotógrafos españoles
desconocidos como Bárbara Allende (Ouka-Lele), Alfredo Cruz y Yagüe,
entre otros. Junto a los noveles citados, el elenco de autores se completaba
con obras de Fontcuberta, Formiguera, Rigoll, Gil, Perpignan, y yo mismo.
La segunda producción de Diorama editorial fue un fracaso comercial
y dio con sus tintas en un puestecillo del rastro. Se trataba de un librito
--hoy de culto--, sobre el producto grafitero generado con motivo del
referéndum sobre la Constitución española. Se titulaba
Pintadas del Referéndum, y estaba prologado por el entrañable
Profesor José Luis Aranguren. Aún conservo dos ejemplares,
y no los canjearía por nada de este mundo material. Así
como la vida, el cada día del Photocentro fue conformando una historia
que, seguramente, no estaba en las previsiones de las intenciones fundacionales.
Como los viernes por la tarde, ocasionaban "serios" trastornos en el diseño
de fin de semana de los alumnos y, decaía la motivación
respecto a una actividad académica habitual, decidí compensar
la estadística tendente al week-end, con actividades que completasen
la formación de los alumnos, pero desde una perspectiva más
relajada y libertaria. De modo que programé una serie de ponencias
y conferencias que deberían impartir todas aquellas personas que,
habiendo desarrollado en profundidad una cierta actividad relacionada
con la fotografía, transmitieran sus conocimientos a los alumnos
de la Photoescuela. En aquella especie de ateneo, creo recordar que la
primera actuación, fue a cargo de Rafael Hernández ("Rafo").
Versó sobre el uso del aerógrafo en la técnica del
coloreado de fotografías en blanco y negro. Rafael, que era un
alumno aventajado de la Photoescuela, tenía ya obra en los museos
estatales y compartía muro en el de Ciudad Real con Cristina García
Rodero. Otro Rafael repescado de entre los alumnos aventajados era Fernández,
más conocido después como Ben-Pletina, por su origen gaditano
y sus aficiones musicales. En aquél entonces, era experto en las
artes gráficas del Ministerio de Trabajo. Luego pidió excedencia
y fue impecable e inolvidable fotógrafo de la desaparecida galería
Vijande. Otro viernes, Ouka Lele (Bárbara Allende), Alfredo Cruz
y el mismo Rafael Fernández, organizaron una foto performance.
La actuación, consistió básicamente en una lectura
aleatoria de unas páginas de la guía telefónica y
la proyección de sus fotografías, mientras Ben-Pletina,
vestido de princesa renacentista, repartía trozos y vísceras
de pollo entre el público asistente. Aquella exteriorización
postmoderna, me causó serios disgustos con la dirección,
ya que existieron quejas de algunos sectores del alumnado. Pero para quejas
y descontentos valga el viernes en el que Pedro Almodóvar proyectó
sus super-8. Fue una actividad posible gracias al tráfico de influencias
que el famoso cineasta pergeñó a través de Chiruca
Barceló, amiga de Aurora Fierro e inminente secretaria de dirección
de la revista Zoom. Convoqué
a todos los alumnos sin saber qué actividad había quebrado
la programación prevista. Apareció un tal Almodóvar
que hacía películas en super-8 con sus amigos y me pidió
una pantalla. La sala se llenó de los amigos que intervenían
en sus películas y alumnos de la Photoescuela. Iniciada la proyección
locutada en directo por el propio Almodóvar, los alumnos fueron
abandonando el local como almas que lleva el diablo, al tiempo que me
hacían signos evidentes de profundo descontento. Al día
siguiente, todo el alumnado me presentó una queja que transmití
a la dirección, la cual me expresó sus disculpas argumentando
que se trataba de un compromiso adquirido a través de una amistad.
Las películas que vi aquel viernes, serían el avance de
la "Pepi, Luci, ..." que Musidora produjera a Pedro Almodóvar años
después. Pero para los setenta, no tenía ninguna gracia,
sino que contenía toda la vacuidad postmoderna de los venideros
ochenta. Semejante escándalo de "petit comité", tuvo que
reiterarse con motivo de una actuación --no programada también--,
de Ricardo de la Cierva. Adepto a UCD y emparentado con Juan de la Cierva
(inventor del Autogiro). Entre la cla, reconocí a José Vélez,
cantante eurovisivo, y un Pérez de Tudela con gabardina a lo Bogart,
en evidente declive post ascensional. Como aquello se convirtiera --de
inicio-- en un mitin a favor de las posturas más reaccionarias
del régimen postfranquista, los alumnos no se limitaron a protestar,
sino que solicitaron saldo y finiquito. En medio de esta vorágine,
más o menos institucional, Tesa y los Zombies, que estudiaban en
el Magariños de la "Demencia", frecuentaban el bar del Photocentro,
como anunciando lo que habría de acontecer en el Madrid de la movida
de los ochenta. Tras
aquellas actividades que, sin duda, hacían del Photocentro un foco
muy atractivo dentro de la tolerancia ideológica del país,
los viernes por la tarde volvieron a tener un marcado carácter
fotográfico. Recuerdo a Fernando Rodríguez Lafuente, ahora
director del Instituto Cervantes, que disertó sobradamente de la
obra fotográfica de Andy Warhol, de la estética del garaje
y la Velvet Underground. También de los bonitos diaporamas de Rafa
Zarza con su inseparable unidad de fundidos Electrosonic ES-69. Otro viernes
estuvo Manuel Falces que llegó por allí como venido de Almería
y, de alguna manera, defendió algo tan denostado por alumnos y
profesores como la obra de David Hamilton. La verdad es que estuvo osado
y valiente, pero resultó imperdonable su comparativa, relacionando
las Señoritas de Avignon picassianas con las mademoiselles
hamiltonianas. Mientras tanto, en la Photogalería se exhibía
una antológica de fotografía francesa contemporánea,
con copias al Freçon y pequeños formatos de Plossu. Tras
aquella, otra de Alexander Rotchenko. Y después, una del grupo
Yeti (Mendo, Lafuente y Lorrio); primera individual de fotógrafos
españoles en la Photogalería, desde aquella "Fin de siglo"
que inaugurase el centro. Imágenes fuertes y directas, en soporte
papel blanco y negro coloreadas a mano. Su tratamiento del color recordaba
al de Hank Meyer, y un poco también, al del holandés Paul
de Noïger pero más impactantes por su narrativa respecto a
la represión e injusticia social, acaecida aún en la época
de la transición democrática española. Con posterioridad,
el grupo Yeti, que tenía su estudio en la madrileña
calle Cardenal Cisneros, sufrió allí un atentado terrorista
de extrema derecha con la explosión de un cóctel Molotov
que originó serios destrozos en el mobiliario y archivo. Afortunadamente,
ellos salieron ilesos. Pero nunca se supo sobre la autoría del
atentado. A
mediados del 77, la rentabilidad de la Photoescuela era innegable, pero
desde la dirección se proponían sucesivas gerencias con
un ánimo aún más lucrativo. El Photolaboratorio también
era rentable, pues la notoria destreza de Antonio Navarro había
trascendido lo suficiente como para crear y mantener una clientela fiel,
solvente y profesionalmente distinguida. Únicamente, la Photogalería
adolecía de beneficios; pero eso ya se sabía desde la fundación,
pues debía ser un foco permanente de prestigio que atrajera todas
las inquietudes dispersas. La Phototienda no lograba los objetivos comerciales
previstos y terminó alquilándose a la prestigiosa y hoy
desaparecida cadena de establecimientos fotográficos Aquí.
Allí conocí a Alberto Murias Muslares que se tomó
el pequeño local como una de sus joyas favoritas. Pronto logró
un gran prestigio entre los alumnos y los profesionales del entorno. Como
ya señalé anteriormente, la dirección pretendía
lograr unas cotas de beneficio empresarial que, de alguna manera, eran
desproporcionados respecto al tamaño de la empresa. Así
pues, llegó la expansión y, al tiempo, la diversificación.
Para dar cuerpo a todo aquello, se idearon campañas publicitarias
y alguien pergeñó un distintivo icónico en forma
de muñeco, sobre y multiequipado con todo tipo de cámaras
foto y cinematográficas, y todos los accesorios imaginables. Se
llamaba homo photus, y aunque su aspecto era simpático,
su diseño resultaba desproporcionado y pretencioso, de modo que
no consiguió enternecer a nadie. El crecimiento tomó forma
de revista mensual y Aurora Fierro decidió comprar los derechos
de la publicación fotográfica francesa Zoom para
su versión española. Se importaban los fotolitos y se traducía
el texto original francés al castellano. La revista se imprimía
en Madrid, se distribuía a los quioscos y se vendía a 600
pesetas. El negocio fue un fracaso total y acabó con un número
21 dedicado totalmente a la fotografía española. Como aquello
era objeto de incumplimiento de contrato, los franceses retiraron la concesión
y hubo unas pérdidas económicas cercanas a los veinticinco
millones de pesetas. En
medio de la citada fiebre expansionista, la dirección estimó
conveniente y posible, la creación de una escuela de cine. El proyecto
estaba avalado por la solvencia profesional de Valbuena y Manuel Gutiérrez.
Se adquirieron tecnologías lúgubres como una moviola de
segunda mano para formato de 16 mm y una cámara ad-hoc.
Evidentemente, el proyecto, aunque interesante para aquellos tiempos,
no fue en ningún momento entendido por la dirección, y la
primera escuela privada de cinematografía en España, se
esfumó entre la tristeza de los que apostaron en todo momento por
ella. Los
fallidos proyectos y el fracaso económico generado por la controvertida
Zoom, motivaron las desconfianzas del consejo de administración
y, Aurora Fierro, en un último intento de reflotar la empresa,
diseñó la que habría de ser la última actividad
lúdica del declinante Photocentro. Se trataba de una fiesta de
desintoxicación pre electoral, aprovechando el cansancio y la insipidez
social reinante, tras una campaña extenuante de la que obtendría
mayoría la hoy extinta UCD. La fiesta de desintoxicación
convocaba a todos en un recio y vetusto chalet con piscina, situado en
las proximidades de la calle López de Hoyos y próximo a
Arturo Soria, llamada "Villa Rosa" y conocida por su dedicación
como Casino de lujo en los franquistas años cincuenta y sesenta.
La fiesta incluía conciertos nocturnos, piscina y barra libres,
exposiciones fotográficas, concursos, diaporamas y barbacoas. El
conflicto surgió cuando el "populacho" y los jóvenes punkis,
se abalanzaron sobre la verja perimetral dispuestos a no pagar la entrada.
La cosa adquirió tales matices, que se ordenó la entrada
libre para instaurar el orden. La primera noche, tras una paulatina tendencia
al caos, la necesidad de extroversión del público que superaba
la capacidad de la parcela, adquirió caracteres orgiásticos.
Y dado el cariz alcanzado, la dirección decidió suspender
el evento. Aún recuerdo al poeta Panero entre efluvios de Negrita
Bardinet y humaredas de rubios sin boquilla, convenciendo a Aurora Fierro,
para que aquello continuase hasta la extenuación. Como
en un remolino del Atlántico a su paso por el "Triángulo
de las Bermudas", el caos económico terminó absorbiendo
a los departamentos que más solvencia habían demostrado
a lo largo de tres años y medio de dinámica e inolvidable
existencia y, el Photocentro se expuso a la depredadora avidez de otras
iniciativas privadas más en consonancia con los tiempos que iban
llegando. El primer aviso, que nunca es traidor, lo había insinuado
en una conferencia --no concertada-- Víctor Steimberg, que mantenía
esa indiferencia tan moderna entre la fotografía de libre expresión
y el fotoperiodismo industrializante. A su declinante sombra, llegó
Jordi Socias que, asesorado por un abogado experto en separaciones matrimoniales
high tech como la de Julio Iglesias vs. Isabel Preisler,
consiguió convertir aquello en una solvente y seria agencia de
prensa. Así nació Cover, y así finalizó sus
días el paradigmático Photocentro. La inevitable retórica evanescente de los días transcurridos entre el 79 y ahora, se ha mostrado absolutamente inoperante sobre la persistencia de mi recuerdo. De ahí que todavía lo guarde en mi memoria y, aquí transcriba este breve elogio y nostalgia de aquél Photocentro que, iniciando tantas cosas mantuviera aún la ilusión de sus supervivientes. Pequeño hito en la corta historia de la fotografía española, del que un comisario espabilado organizará, sin duda, algún día, una magna exposición retrospectiva con fotografías incluidas. Mientras tanto, todo necio, seguirá confundiendo valor y precio.
Universo Fotográfico nº3
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