La OMC, las patentes y la muerte
Xavier Caño *
El Parlamento
de la India discute estos días una propuesta de ley para prohibir
que el líder mundial de la elaboración de medicamentos
genéricos deje de hacerlo. La Organización Mundiual del
Comercio (OMC) exige a la India que se adapte a la legislación
internacional de comercio y otorgue patentes de medicamentos. Es decir,
se acabaron los medicamentos genéricos. El cáncer, el
sida, la tuberculosis, la malaria y la hepatitis sólo podrán
tratarse con mucho dinero, porque sus medicamentos con patentes son
caras, en realidad, muy caras.
Hace algo más de tres años,
la postura enérgica de los países en vías de desarrollo
y la presión de la opinión pública hicieron que
en la ronda de la OMC de Doha se acordara que la propiedad intelectual
de medicamentos debía interpretarse apoyando el derecho de los
países a proteger la salud pública para promover el acceso
de todos a los medicamentos. Posteriormente, ese principio se corrompió,
se incumplió. “La causa de este incumplimiento –denunció
Ignasi Carreras, entonces director general de Intermón Oxfam-
está en las coacciones ejercidas por los grupos de presión
farmacéuticos y los países industrializados, principalmente
EE UU, para restringir el alcance del cambio propuesto y envolverlo
con tantos requisitos formales que se ha convertido en algo impracticable”.
Juicio crítico que fue compartido por Médicos sin Fronteras.
Así, los ciudadanos de países empobrecidos no tendrían
el acordado acceso fácil a medicamentos esenciales en tanto que
las grandes corporaciones farmacéuticas engordaban sus beneficios.
Si ahora India deja de fabricar medicamentos genéricos contra
el sida, por ejemplo, se condenara al sufrimiento, al dolor y a la muerte
a cientos de miles de infectados pobres en África. Porque no
olvidemos que hablamos de enfermedad, de dolor y de muerte. Hablamos
de pobreza que no cesa, de desigualdad indecente, de absoluta insolidaridad
y de beneficios a costa de lo que sea. Las grandes corporaciones farmacéuticas
no podían dejar pasar el gran negocio increíble de comerciar
con la salud, con el instinto de conservar la vida. No parece haber
remedio. Da igual que hablemos de enfrentarse al sida o de cualquier
otra secuela de la pobreza injusta y de la desigualdad. Jean Ziegler,
relator de la ONU sobre el derecho de alimentación, ha declarado
que las cifras del hambre en el mundo han vuelto a aumentar este año
y ha denunciado que 17.000 niños menores de cinco años
murieron de hambre cada día durante 2004. Lo ha dicho en Ginebra
y ha añadido que “La silenciosa masacre cotidiana del hambre
constituye un asesinato”. ¿Cómo llamar entonces a impedir
el acceso a millones de pobres a los medicamentos contra el sida, la
tuberculosis, la malaria o la hepatitis? ¿Qué sentido
tiene castigar penalmente a quienes hurtan o roban a pequeña
escala, por ejemplo, y dejar libres –y encima respetables- a los responsables
de cientos de miles de muertes por su ilimitada codicia?
Las inaceptables presiones de la siempre dudosa OMC, junto con la innegable
complicidad del gobierno de la India, quizás consigan que la
mayor potencia exportadora de medicamentos genéricos deje de
abastecer de fármacos contra graves enfermedades a los países
empobrecidos. Si el atropello se consuma, la diferencia consiste en
que un tratamiento contra el sida con retrovirales de grandes empresas
farmacéuticas cuesta 10.000 ó 15.000 dólares por
paciente y año, en tanto que otro con genéricos elaborados
en la India sólo cuesta 250 dólares. La diferencia está
en que el Gobierno de Brasil pudo promover la distribución gratuita
de medicamentos genéricos contra el sida y el número de
muertes se redujo a la mitad en un año. La diferencia está
en que la inmensa mayoría de pobres del mundo sufrirá
más y morirá antes para que una reducida e inmoral minoría
incremente sus obscenos beneficios.
Estamos hablando de moral, de ética, de vida, de solidaridad,
de lealtad básica y esencial con la propia especie.
*
Periodista