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14 de mayo de 2004
El peligroso reto de una policía global
Cristina Fernández Pereda*
Decía Napoleón que “las ballestas sirven para todo menos para sentarse en
ellas”. Los ejércitos pueden conquistar la paz, pero no mantenerla.
Durante el pasado siglo, los cuerpos de policía estaban organizados
localmente. Las funciones externas y las tareas de defensa del país eran
desarrolladas por los ejércitos.
A lo largo del siglo XX se desarrollaron el comercio mundial y los
proyectos imperialistas. También crecieron las intervenciones extranjeras
para corregir los posibles desajustes entre países. Son los mismos años en
los que se fue configurando la “comunidad internacional”.
Este nuevo concepto incluye a la Unión Europea, Canadá, Estados Unidos y
Japón. Se trata de una clasificación difusa que, según las circunstancias,
también comprende las potencias regionales que quieran prestarle respaldo.
Cuando este grupo de países quiso establecer algún orden, puso en marcha
el mecanismo de la policía internacional. Y todavía no hay ningún
organismo ante el que tenga que responder.
Hasta 1999, el correctivo sólo lo aplicaba un organismo regional o la ONU.
Este año la OTAN asumió el control policial en una zona ajena: la
República Federal de Yugoslavia. Este comienzo de siglo se va a proyectar
en el futuro.
Este contexto permite augurar un aumento de las intervenciones de la
“comunidad internacional” en asuntos internos de otros países. El nuevo
mecanismo de control puede ampararse en la protección de los derechos
humanos. O para impedir que se tambalee un sistema económico cada vez más
integrado. Y más sensible.
Las grandes potencias tienen previsiones que en muchos casos se
contradicen. Desde la postura más optimista que augura el triunfo de la
democracia occidental y el libre comercio en sustitución de la guerra,
hasta la más pesimista que prevé una zona del mundo próspera y en paz, y
otra en la que reinarían el caos y la pobreza. La función de la policía
internacional sería impedir que la inestabilidad de una zona afectara a la
otra. Los grandes no podrían permitirse que sus logros quedaran empañados
por el atraso de otros.
Estados Unidos planteó en 1999 cuatro posibles escenarios para el futuro
internacional. El triunfo de la democracia occidental, la desaparición de
las identidades en una “globalización triunfante”, el enfrentamiento
militar entre potencias para defender sus intereses, o el caos absoluto.
Este último, causado por desastres naturales o económicos, y por
migraciones masivas.
En cualquier caso, Estados Unidos considera la necesidad de un mecanismo
internacional que defienda sus intereses. Entre sus objetivos exteriores
para el futuro está la defensa de su territorio, ciudadanos y propiedades;
estabilidad económica y social, ampliar su sistema de intercambio y
comercio; y promover el respeto de los valores estadounidenses.
Los enemigos del siglo XIX eran un país, una región, una ideología que
amenazara el poder. Hoy los objetivos son cada vez más ambiciosos y es
fácil encontrar más de un enemigo. Para lograr sus metas, Estados Unidos
tendrá que contar con la fuerza suficiente como para evitar desviaciones.
Y muchas de ellas deberán ser corregidas o prevenidas por un modelo de
policía global. Las grandes potencias tendrán que crear nuevas reglas para
un juego que se les ha quedado pequeño.
De momento, ya se han definido los nuevos delitos a escala global y se ha
creado un archivo de sospechosos habituales. Países como Siria, Irán o
Iraq, se encuentran en ella. Son los mismos que soportan sanciones
económicas o políticas de Estados Unidos. Las tareas de la policía mundial
podrán realizarse a petición de los gobiernos, pero también en contra de
las autoridades con jurisdicción en la zona. Y puede que un delito no sea
reprimido de la misma forma en un país amigo que en uno sospechoso.
Una vez que la ONU ha sido desautorizada, ya no queda ningún organismo que
legitime un marco jurídico y regule las acciones de la policía
internacional. La nueva forma de control tampoco tiene reglas internas. No
se sabe quién juzgará sus acciones y establecerá qué objetivos son justos
y cuáles no. El representante de la “comunidad internacional” será el que
tenga los medios más poderosos para poner a la policía global a su
servicio.
La obsesión por la seguridad hace más lógica una policía internacional que
un acceso igualitario a la educación o la sanidad. Los nuevos intereses no
consisten en extender el desarrollo. Los grandes no quieren compartir sus
logros. Quieren protegerlos. Antes que igualar entre países los títulos
académicos, prefieren compartir los datos de sus habitantes.
* Periodista
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