Los inmigrantes
nos devuelven las visitas que les hicimos los europeos durante
quinientos años.
No nos obligaron
a hablar quechua, aymará o guaraní, árabe, swahili o malayo. Les
impusimos nuestras lenguas, nuestras costumbres, nuestras creencias,
nuestros miedos y nuestra explotación. No nos obligaron desde Canadá a
Tierra de fuego, en toda África y en gran parte de Asia y Australia, a
firmar contrato alguno en condiciones de presuntos culpables, de
delincuentes en potencia bajo pena de ser devueltos a sus países de
origen si no encontrábamos trabajo en un año.
El presidente
del PP, Mariano Rajoy, anunció que, si gana las elecciones, obligará a
los inmigrantes que deseen renovar sus permisos de residencia a firmar
un “contrato de integración”. En él, los extranjeros deberán
comprometerse “a cumplir las leyes, a respetar las costumbres de los
españoles, a aprender la lengua, a pagar sus impuestos, a trabajar
activamente para integrarse en la sociedad española y a regresar a su
país si durante un año no encuentran empleo”.
Aunque la
fórmula del contrato es inédita en España -sólo Francia la ha
adoptado-, la mayoría de los requisitos que propone Rajoy ya están
contemplados en la legislación vigente.
Entre las
“costumbres de los españolas” que los inmigrantes deberán respetar,
Rajoy mencionó la prohibición de la ablación y el respeto a la
igualdad de sexos, que ya están tipificados en las leyes. Fuentes del
PP añadieron otras "costumbres" recogidas en las ordenanzas
municipales, como “la higiene”. Menos mal que no les prohíben castrar
a los jóvenes cantores, marcar a fuego a los esclavos o cortar orejas,
narices y manos a los delincuentes.
Rajoy reformaría
la fórmula de reagrupación familiar para limitar esa vía de entrada de
inmigrantes, y expulsaría de forma “inmediata” a los que hayan
cometido delitos. Cuando era ministro de Interior del Gobierno de
Aznar, ya intentó ejecutar esa propuesta, pero recibió contundentes
descalificaciones del Tribunal Supremo. La medida privaba a los
extranjeros de la presunción de inocencia, libraba a los delincuentes
de la cárcel y burlaba el derecho de las víctimas a ser resarcidas.
Ese “contrato de
integración” es una copia del que Nicolás Sarkozy, introdujo en la
legislación de su país en 2004, cuando era ministro del Interior.
Allí se estipula
que si se ha incumplido ese contrato, pueden perder las ayudas
sociales e incluso ser expulsado de Francia. Países como Alemania,
Holanda o Reino Unido contemplan cursos de idiomas, pero ninguno
recoge sus exigencias en un documento. En 2006, cuando un partido
catalán pretendió algo semejante, la consejera de Inmigración de
Madrid, Lucía Figar, del PP, manifestó: “Más que una medida de
integración parece una cartilla de racionamiento de derechos humanos”.
Los derechos y
deberes de los inmigrantes en España están recogidos en las leyes, así
que ningún “contrato” puede limitarlos, como pretende Mariano Rajoy.
Se lo advirtieron ayer al líder del PP los responsables de varias ONG
que, al igual que partidos y sindicatos, censuraron la iniciativa del
candidato.
Declararon que
es anticonstitucional porque los derechos no pueden estar
condicionados a una nacionalidad o una situación administrativa. “La
integración no se puede plantear por decreto o por contrato. Además,
¿qué van a hacer? ¿Pasarnos un catálogo de las costumbres españolas?”
“Pretende ofrecer una imagen de dureza frente a la inmigración,
asociándola a la delincuencia. Es un discurso muy peligroso”,
advirtieron.
Otro dirigente
afirmó:”El PP necesita que los inmigrantes firmen un papel en el que
digan que van a ser buenos y a cumplir con la ley porque, para la
derecha, los inmigrantes son gente de poco fiar”.
Gaspar
Llamazares, coordinador de IU, cree que “el PP está más preocupado por
tranquilizar a su electorado sobre los supuestos problemas de
seguridad que puedan crear los inmigrantes que por plantear una
verdadera política de integración”.
El diputado
vasco, Emilio Olavaria, señaló que el PP impulsa una política
“reaccionaria” basada “en el miedo”: “Una política criminal o de orden
público, no de integración”.
¿Qué concepción
de la vida, qué visión del mundo, qué ideología subyace en semejante
planteamiento por nosotros, pueblos de acogida, que debemos reconocer
que los necesitamos como seres humanos, como repobladores ante el
derrumbe de nuestra demografía, comos personas para compartir los
bienes universales y el natural derecho a la búsqueda de la felicidad,
de la libertad, de la justicia y de la dignidad? Y esto sin haber
alcanzado el poder que anhelan.