La vieja Europa, la de
los Derechos del Hombre, la de la abolición de la pena de muerte y la del
contrato social del siglo XX, entra en el año de la presumible aprobación
de una Constitución para la Unión de 25 estados. Quienes la promueven,
desde las más altas instancias del Estado de los diferentes países,
muestran su entusiasmo por un paso fundamental en la construcción de una
Europa unida y fuerte. Dejando de lado que el texto del Tratado
Constitucional a día de hoy es totalmente ignorado por la mayoría de
ciudadanos europeos y dejando de lado también que ha sido elaborado a
espaldas del Parlamento Europeo, el texto constitucional nos impone una
Europa neoliberal.
Más allá de la
retórica de frases altisonantes, la inestimable complicidad de los grandes
medios informativos, de los grandes grupos de comunicación, ha permitido
que no se sepa casi nada del contenido constitucional. De su elaboración
solo trascendió la disputa por las cuotas de poder de los Estados en al
toma de decisiones. Nada más. No se ha hecho saber, por ejemplo, algo tan
importante como que será una Constitución blindada, imposible de revisar y
reformar, porque cualquier cambio precisará acuerdo pleno de los 25
estados miembros de la UE. O, de otro modo, un solo estado miembro podrá
bloquear cualquier reforma de mejora.
Echemos un vistazo al
contenido de esa Constitución que, según sus entusiastas propagandistas,
promete una Europa social, porque muchas frases nos indican el espíritu
real del texto. La UE se regirá por una “economía de mercado altamente
competitiva”, ya no existe el derecho al trabajo sino “el derecho a
trabajar”, los servicios públicos se convierten en
“servicios económicos de interés
general”. Son eufemismos peligrosos que abren la puerta a paro
endémico y privatizaciones a mansalva. Por otra parte, las cuestiones
fiscales están excluidas de la armonización económica de la UE, la
reducción del déficit público pasa por encima de la prestaciones sociales,
la vivienda protegida, el transporte público o la sanidad y, para rematar
el retroceso social, los trabajadores inmigrantes en la UE no tendrán los
mismos derechos que los europeos sino “equivalentes”. El uso
de las palabras nunca es gratuito ni inocente y menos en política. ¿Es
casual o baladí que en todo el texto constitucional europeo la palabra
“mercado” aparezca 78 veces, la palabra “competencia” 27 y “progreso
social” sólo una vez? ¿Es inocuo que la única vez que en todo el texto
constitucional se cita la “economía social de mercado” se matice
con el peligroso añadido de “altamente competitiva”?
Lo cierto es que la
Constitución europea que nos proponen no es la garantía de una Europa
social sino de una Europa neoliberal de la peor especie. Lo que la ley
fundamental propone es una constitucionalización de la economía
neoliberal, forma totalitaria de entender la economía que desde hace más
de quince años ha arruinado a Latinoamérica, ha sembrado el mundo de una
desigualdad como nunca ha habido y ha enquistado la pobreza y el hambre.
El neoliberalismo del texto constitucional europeo llega al absurdo cuando
indica la obligación de consulta urgente entre los estados, en caso de
peligro de guerra para uno de esos estados. ¿Para tratar de eludir la
guerra? No, para evitar que las medidas que tome ese estado en tan
peligrosa situación ¡puedan afectar al mercado interior europeo!
El texto
constitucional europeo, por ejemplo, impide que se puedan tomar medidas
contra la especulación financiera en nombre de la sacrosanta libertad de
mercado, y el Pacto de Estabilidad, que se firmó en Ámsterdam para
controlar los déficits públicos y ha supuesto recortes en gasto social y
de promoción pública de empleo, toma rango constitucional, es decir,
inamovible.
Este analista acumula
ya décadas sobre sus espaldas y, por experiencia, reflexión y empachos de
realidad, ha mitigado los ardores revolucionarios de los sesenta. Este
analista no propone todo el poder para los soviets en la nueva Europa
constitucional, entre otras cosas porque esa experiencia acabó fatalmente,
pero la Constitución propuesta ni siquiera permite una economía
capitalista keynesiana, un capitalismo con rostro algo más humano. Si,
como muestra la propuesta de Constitución, Europa impone una determinada y
cerrada idea de mercado, la llamada alta competitividad y el crecimiento,
no hace falta ser profeta para asegurar que en las próximas décadas habrá
cada vez más ciudadanos europeos desvalidos, sea cual sea el color de su
piel o el dios al que recen, porque esta Constitución garantiza una Europa
desigual e insolidaria. No valen declaraciones de fe sociales,
porque, como decimos en castellano, obras son amores y no buenas razones.