Año
2050. Un asiático camina por las calles europeas admirando la
arquitectura y riqueza de sus edificios, deslumbrado por la belleza de
unas ciudades convertidas en museos al aire libre. Ya no hay demasiado
movimiento por las calles de París, Roma o Berlín. Ya no se celebran
importantes reuniones de negocios ni se firman tratados
multimillonarios. En Europa han desaparecido las fábricas y las
industrias pesadas. Los avances tecnológicos, si los comparamos con
Asia, han pasado de largo por el cada vez más Viejo Continente. Las
personas más capacitadas se van a estudiar a universidades
norteamericanas o asiáticas, donde cuentan con más recursos y más
libertad de innovación. Tan sólo los turistas vienen a Europa, que se ha
convertido en un inmenso museo con sabor a nostalgia.
Así
es como algunos se imaginan Europa dentro de algunas décadas. Debido a
la pujanza de las potencias asiáticas, el eje económico mundial se ha
movido del Océano Atlántico al Pacífico en los últimos 40 años, mientras
los países europeos parecen no coger el ritmo al siglo XXI. Paralizada
por los problemas nacionalistas, burocráticos y los intereses
partidistas, la UE pierde terreno en el momento en que Asia despierta de
su letargo.
La
Unión Europea se encuentra inmersa en un problema de identidad,
burocracia y falta de pragmatismo. Mientras kilos de papeles se
amontonan en los despachos del Parlamento Europeo y la Comisión, la UE
pierde oportunidades de avanzar en su integración, defender una política
única, modernizar sus países y fomentar las nuevas tecnologías. Bruselas
mantiene su mirada fija en el pasado, hacia siglos anteriores en los que
Europa se creía el centro del mundo. Como en las recientes
manifestaciones en Francia contra la reforma del mercado laboral, Europa
ya no lucha por un futuro mejor, sino por mantener los privilegios del
presente. Parece que esto es a lo máximo a lo que puede aspirar la
Unión.
Mientras tanto, en Asia se vive una explosión social y económica sin
precedentes. Asia supone ya el 33% del Producto Interior Bruto mundial,
es la región que recibe mayores inversiones extranjeras, donde más
rápidamente se expanden las nuevas tecnologías y donde las economías
crecen a un ritmo más rápido. China, India y Japón tiran de toda la
región debido a su peso económico y demográfico, pero países como Corea
del Sur, Singapur, Malasia, Tailandia o Taiwán aportan un dinamismo a la
región que contrasta con la parálisis europea. Se dice que en Shanghai,
la ciudad que mejor muestra este crecimiento vertiginoso, los ciudadanos
se quedan asustados cada mañana, al abrir la ventana, ante el nuevo
cambio que ha sufrido la ciudad de un día para otro.
Algunos dirigentes asiáticos comienzan a darse cuenta de su nuevo
protagonismo en el mundo y a criticar la torpeza con la que se mueven
los políticos europeos. El ex dirigente de Singapur, Lee Kuan Yew,
advertía a Bruselas de que el Viejo Continente sólo tendrá importancia
en el futuro como potencia turística y como mercado inmobiliario. Otro
importante empresario chino, dando la vuelta a la historia de China en
los siglos XIX y XX, advertía a los dirigentes de la UE:
“Ustedes los
europeos se están convirtiendo en un país del Tercer Mundo, se pasan el
tiempo ocupados en los asuntos equivocados -la Constitución, el Estado
de bienestar, la crisis de las pensiones-, y sistemáticamente dan
respuestas equivocadas a las preguntas que plantean”.
Europa no puede quedarse atrás y tiene que adaptarse con urgencia a los
nuevos tiempos. Las oportunidades son numerosas y están al alcance de la
mano. La UE tiene que subirse al tren del progreso asiático y entrar en
unos mercados que ya están dando importantes beneficios a las empresas
que han sabido arriesgar en el momento oportuno. Mejorar las
universidades europeas, invertir más en nuevas tecnologías, favorecer el
dinamismo de las empresas y facilitar la integración política de la UE
son algunos de los pasos que hay que dar para volver a mirar al futuro
sin miedo.
Este resurgir de
Asia frente a Europa no nos puede hacer perder de vista la importancia
del modelo europeo. La Unión Europea sigue contando con un nivel de vida
muy elevado, una sociedad educada y desarrollada, unos servicios
sociales que alcanzan a todos los ciudadanos y el respeto a los derechos
humanos por bandera. Con todo el potencial humano y las nuevas
generaciones educadas en la modernidad y la globalización, la Unión
Europea tiene en su mano la posibilidad de cogerle el pulso al siglo XXI.