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26 de mayo de 2006 

Europa, el viejo museo
Daniel Méndez*


Año 2050. Un asiático camina por las calles europeas admirando la arquitectura y riqueza de sus edificios, deslumbrado por la belleza de unas ciudades convertidas en museos al aire libre. Ya no hay demasiado movimiento por las calles de París, Roma o Berlín. Ya no se celebran importantes reuniones de negocios ni se firman tratados multimillonarios. En Europa han desaparecido las fábricas y las industrias pesadas. Los avances tecnológicos, si los comparamos con Asia, han pasado de largo por el cada vez más Viejo Continente. Las personas más capacitadas se van a estudiar a universidades norteamericanas o asiáticas, donde cuentan con más recursos y más libertad de innovación. Tan sólo los turistas vienen a Europa, que se ha convertido en un inmenso museo con sabor a nostalgia.

 

Así es como algunos se imaginan Europa dentro de algunas décadas. Debido a la pujanza de las potencias asiáticas, el eje económico mundial se ha movido del Océano Atlántico al Pacífico en los últimos 40 años, mientras los países europeos parecen no coger el ritmo al siglo XXI. Paralizada por los problemas nacionalistas, burocráticos y los intereses partidistas, la UE pierde terreno en el momento en que Asia despierta de su letargo.

 

La Unión Europea se encuentra inmersa en un problema de identidad, burocracia y falta de pragmatismo. Mientras kilos de papeles se amontonan en los despachos del Parlamento Europeo y la Comisión, la UE pierde oportunidades de avanzar en su integración, defender una política única, modernizar sus países y fomentar las nuevas tecnologías. Bruselas mantiene su mirada fija en el pasado, hacia siglos anteriores en los que Europa se creía el centro del mundo. Como en las recientes manifestaciones en Francia contra la reforma del mercado laboral, Europa ya no lucha por un futuro mejor, sino por mantener los privilegios del presente. Parece que esto es a lo máximo a lo que puede aspirar la Unión.

Mientras tanto, en Asia se vive una explosión social y económica sin precedentes. Asia supone ya el 33% del Producto Interior Bruto mundial, es la región que recibe mayores inversiones extranjeras, donde más rápidamente se expanden las nuevas tecnologías y donde las economías crecen a un ritmo más rápido. China, India y Japón tiran de toda la región debido a su peso económico y demográfico, pero países como Corea del Sur, Singapur, Malasia, Tailandia o Taiwán aportan un dinamismo a la región que contrasta con la parálisis europea. Se dice que en Shanghai, la ciudad que mejor muestra este crecimiento vertiginoso, los ciudadanos se quedan asustados cada mañana, al abrir la ventana, ante el nuevo cambio que ha sufrido la ciudad de un día para otro.

 

Algunos dirigentes asiáticos comienzan a darse cuenta de su nuevo protagonismo en el mundo y a criticar la torpeza con la que se mueven los políticos europeos. El ex dirigente de Singapur, Lee Kuan Yew, advertía a Bruselas de que el Viejo Continente sólo tendrá importancia en el futuro como potencia turística y como mercado inmobiliario. Otro importante empresario chino, dando la vuelta a la historia de China en los siglos XIX y XX, advertía a los dirigentes de la UE: “Ustedes los europeos se están convirtiendo en un país del Tercer Mundo, se pasan el tiempo ocupados en los asuntos equivocados -la Constitución, el Estado de bienestar, la crisis de las pensiones-, y sistemáticamente dan respuestas equivocadas a las preguntas que plantean”.

 

Europa no puede quedarse atrás y tiene que adaptarse con urgencia a los nuevos tiempos. Las oportunidades son numerosas y están al alcance de la mano. La UE tiene que subirse al tren del progreso asiático y entrar en unos mercados que ya están dando importantes beneficios a las empresas que han sabido arriesgar en el momento oportuno. Mejorar las universidades europeas, invertir más en nuevas tecnologías, favorecer el dinamismo de las empresas y facilitar la integración política de la UE son algunos de los pasos que hay que dar para volver a mirar al futuro sin miedo.

 

Este resurgir de Asia frente a Europa no nos puede hacer perder de vista la importancia del modelo europeo. La Unión Europea sigue contando con un nivel de vida muy elevado, una sociedad educada y desarrollada, unos servicios sociales que alcanzan a todos los ciudadanos y el respeto a los derechos humanos por bandera. Con todo el potencial humano y las nuevas generaciones educadas en la modernidad y la globalización, la Unión Europea tiene en su mano la posibilidad de cogerle el pulso al siglo XXI.


*Periodista

 

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