Ubú centenario - Albert Boadella
 
 
Los que hemos establecido algún trato con Alfred Jarry moviendo su títere patafísico Padre Ubú, detectamos por aproximación, la transgresión que supone reproducir de nuevo la naturaleza en estado puro, a través de supuestos animales humanos sobre la escena. Esta incorrección, esta falta de respeto, este escarnio sobre el hombre-personaje, resulta absolutamente inarmónico, disonante y cabreante para todos, aunque muy especialmente para aquellos que consideran el robo y el asesinato como una práctica donde no hay por qué perder las formas.

El hablar, el comer y el matar de los UBÚ revela con demasía nuestro más primario ancestro (aunque no por primario menos auténtico) y reflotarlo exhibiendo impúdicamente a la superficie la condición simiesca de nuestros impulsos, es pura pornografía sobre las costumbres del mal llamado mundo civilizado. Si además recordamos que este ritual fue realizado a finales del siglo pasado ante la «creme» de la burguesía francesa consumidora de un teatro necrofílico y putrefacto, muerto [19]
antes de alzarse el telón, podemos deducir fácilmente la indignación histriónica del auditorio parisino en 1896.

Con todo, aquel público fue el que mejor comprendió UBÚ-Jarry, precisamente, por su encorsetamiento a una codificación social muy sólida todavía. Ellos, por lo menos, tenían clarísimo que aquello pretendía atacar el código y minar su convención de vida. Estamos ante la tópica dualidad de fondo y forma porque resulta evidente que aquel público asumía sin ninguna dificultad la crueldad de Machbeth o Lear, pero enfurecía ante el escarnio a la condición humana que supone la eliminación del hombre-alma, por aquella bestia sin filigranas literarias, auténtica apología del mal gusto. En resumen, simplemente un problema de formas.

Hoy, el tradicional «Merdre» de UBÚ resulta ingenuo ante nuestros resabidos auditorios de piel blindada, ni lanzándoles materialmente encina kilos de «Merdre» desde el escenario, perderían la compostura y esta expresión de interés «docto» que les permitiría clasificar la agresión como un simple rompimiento, vía olfato, de la cuarta pared teatral.

Es obvio que la provocación no se halla ya en los teatros, lo más transgresor que ha ocurrido en la escena durante los últimos años son los incendios del Liceo y la Fenice, o sea, sólo lágrimas para los edificios. Jarry lo tendría difícil en nuestros tiempos!! Pero esta misma constatación me llevó un día a preguntarme qué habría hecho él en la Catalunya del final del milenio. Su respuesta lleva dos nombres: «Operació Ubú» y «Ubú President», de su mano revive el títere-Profesor del instituto de Rennes, que trata de amenazar nuestra individualidad, aunque ahora lo hace apareciendo su máscara llena de tics, miles de veces por el televisor. Machacándonos de nuevo con lecciones de moral e indicándonos hasta cómo debemos hacer pipí
¡Basta! ¡Merdre! ¡¡Viva Jarry!!
 

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