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Corresponsales de guerra: ¿de quién es la palabra? María Jesús Casals
El periodista venezolano afincado en España, Ramón
Lobo, ha cubierto para el diario El País desde 1992, y como
enviado especial, guerras y conflictos en países de 4 continentes:
Bosnia, Serbia, Albania-Kosovo, Chechenia, Irak, Haití, Ruanda,
Zaire-Congo, Guinea Ecuatorial, Nigeria y Sierra Leona. Entre los límites
del cielo y del infierno Lobo se presenta como un simple periodista sin
más poder que aquel que le conceden para contar lo que ve y oye,
muy pocas veces lo que siente y piensa –sabe que es lo que menos importa-,
y tan sólo un extracto de la realidad programada para contar. Porque
la realidad de los porqués y de los quiénes queda bajo la
discreción del verdadero poder, ese que no se ve, ni se oye, ni
se siente, ni sobre el que haya que pensar demasiado según parece.
Por eso es poder –ahora con el eufemismo de globalización-,
porque es tan omnipresente como el dios de cualquier fe de cualquier creyente:
Siento verdadera admiración por esta obra que no
pretende pontificar ni reivindicar sino todo lo contrario: expresa con
crudeza y realismo las limitaciones de un corresponsal de guerra. Unas
limitaciones que, en primer lugar, impone el poder de las grandes agencias
internacionales de noticias, con un crédito en los periódicos
–mejor no hablar de la radio y la televisión- que funciona como
una zarpa contra los demás corresponsales que no representen a dichas
agencias internacionales. De este modo, Lobo cuenta cómo su propio
periódico, El País, confiaba más en los teletipos
de Reuters o en las informaciones de la CNN que en sus crónicas.
Desde Madrid no dudaban en corregir al cronista si la gran agencia decía
otra cosa. Lo malo, como describe Lobo, es que esas multinacionales de
la información se equivocan y ni siquiera rectifican, tal vez porque
el error les conviene:
En 1974 un nuevo orden económico mundial formó parte de una resolución aprobada por la UNESCO y que se emparejaba a un nuevo orden en la Información mundial. Ello requería mayor equidad en la distribución de los recursos entre las naciones más ricas y las más necesitadas. Como toda resolución fue firme en su enunciado pero muy vaga en lo que realmente importaba: cómo conseguirlo. En 1976 se celebró en Nairobi otra conferencia general de la UNESCO y su director general entonces, Amadou Mathar M’Bow, formó una comisión de 16 miembros para estudiar a fondo este problema. Al frente de esta comisión estaba Sean MacBride, político irlandés que tenía el prestigio de haber recibido el premio Nobel de la Paz en 1974. La comisión presidida por MacBride debía estudiar la situación de las comunicaciones e identificar los problemas que requiriesen una nueva actuación desde una perspectiva nacional de cada país y una aproximación global concertada en el ámbito internacional, lo que obligaría a adquirir compromisos entre varios países. El resultado fue el famoso informe MacBride que se tituló Un sólo mundo, voces múltiples y que constituyó todo un documento filosófico abierto a diversas interpretaciones. En España se publicó por el Fondo de Cultura Económica en 1980. Este informe reconocía la necesidad de mejorar el equilibrio de las comunicaciones internacionales pero, al mismo tiempo, adoptaba la mayor parte de los principios tradicionales sobre la libre circulación de noticias atendiendo al principio liberal de la ley de oferta y demanda de la información. El mercado informativo no acepta restricciones en la práctica. De modo que hay dos realidades, como siempre un tanto enfrentadas: por un lado el reconocimiento de una mayor equidad y justicia del mercado informativo; por otro, el propio concepto de mercado rechaza cualquier impedimento a su libre existencia. Y como tantas veces en tantos órdenes de la vida social, estamos ante una paradoja pragmática de muy difícil solución, por no decir que irresoluble. Pero, a pesar de todo, los debates generan reflexión
y es saludable, al menos, identificar los problemas y los excesos. Se explicaron
dos desequilibrios importantes en nuestro mundo como eran y son los problemas
de comunicación entre el Este y el Oeste, y, en mayor medida, entre
el Norte y el Sur. Las críticas surgieron no sólo desde los
países más débiles por su escasa voz en los procesos
informativos, sino también desde este Norte Occidental que contiene
a las naciones mas industrializadas y potentes que dominan los desarrollos
tecnológicos. Mustapha Masmoudi, antiguo ministro de Información
de Túnez y destacado portavoz que fue del Tercer Mundo en el campo
de las comunicaciones, denunció en 1979 que casi el 80 por ciento
de la información mundial emana de las grandes agencias internacionales
y éstas dedican sólo del 20 al 30 por ciento a la cobertura
de los países en desarrollo, a pesar de que estos territorios representan
cerca de las tres cuartas partes de la humanidad. En la citada comisión
de la UNESCO, Masmoudi matizó esta denuncia con los siguientes argumentos:
2. - Este filtro cultural excluye a una gran parte del mundo, especialmente aquella que no tiene inmediato interés para el Oeste. De hecho, las corresponsalías fijas en el extranjero están siempre situadas en los puntos estratégicos del primer mundo. 3. - La pequeña parte de información procedente del Tercer Mundo que se introduce en el conjunto de noticias mundiales enfatiza los aspectos más frágiles del Tercer Mundo 4. - El tratamiento distorsionado, negativo, del Tercer Mundo por los medios informativos occidentales es transferido al propio Tercer Mundo debido a la dependencia que este tiene de las agencias de noticias occidentales. 5. - Las noticias que hablen del desarrollo y avances
sociales son escasas y, a veces, escatimadas.
Aunque ya había precedentes. Precedentes como la utilización de imágenes de un alarmante conjunto de aviones de ataque soviéticos de última tecnología, que se mostraron al mundo como la prueba de que Nicaragua disponía de la ayuda de la entonces URSS y, por tanto, la prueba de una amenaza real. Estados Unidos hizo creer que dichas imágenes fueron tomadas en Nicaragua para justificar y fomentar todas las operaciones contra el gobierno sandinista nicaraguense. Semanas después, algunos periódicos publicaron un desmentido, medio escondido en páginas interiores, que dejaban en evidencia al muy dirigido espectáculo mediático de la información internacional: la realidad era que esas amenazantes imágenes de los Mig fueron filmadas en una base que los soviéticos tenían en Afganistán. Los corresponsales fueron utilizados para la difusión en todo el mundo del engaño. La cobertura informativa de la guerra del Golfo creó una sensación generalizada de incertidumbre: a pesar del directo espectáculo ofrecido permaneció la duda de si se estaba asistiendo a una realidad o a una fabricación de una realidad. Y más aún cuando luego supimos del trucaje de algunas imágenes emblemáticas de esa guerra. Por tanto, el problema que permanece es que el gran adelanto tecnológico no hace posible por sí solo que la credibilidad de lo que vemos y nos relatan sea equiparable a la realidad. Por el contrario, esa tecnología está al servicio del espectáculo de las marionetas (Véase, por ejemplo, la obra de Ignacio Ramonet La tiranía de la comunicación, Madrid, Debate, 1998) Ramón Lobo ha intentado ser un corresponsal responsable y honesto. Pero con su libro intuimos que no es suficiente. Que los hilos siguen moviendo a las marionetas del espectáculo. Y que la televisión ha ganado la partida hasta el punto de que si no hay imagen no existe realidad. Otra de las limitaciones que Lobo confiesa con la loable sinceridad del desmitificador es esa emoción tantas veces pretexto del cine y de la literatura: el peligro, el miedo. Desde luego no niega su existencia pero sí la coloca en su justo sentido. El peligro existe y el miedo acompaña, aunque se siente después, cuando el peligro ha pasado, y ese es el verdadero miedo, el que deja huellas, el que se rememora tumbado en casa. Tal vez- explica el autor- porque cuando lo vives, eres incapaz de medirlo. Ahora bien, el verdadero y más profundo temor de este corresponsal de guerra, según confiesa, es el que provoca la condición humana: Ése es el temor esencial: que un día la barbarie me rodee y me transforme en un demonio (página 41) El héroe inexistente está dividido en tres bloques: La guerra en los Balcanes desde Bosnia-Herzegovina hasta Kosovo-Albania; los conflictos en Chechenia, Irak y Haití; y las tremendas guerras africanas, Ruanda, Zaire, Congo, Guinea Ecuatorial y Sierra Leona. Cada uno de estos apartados le sirven al autor para ordenar su memoria de hechos contados y no contados, de sensaciones, de personas admirables y de los peores criminales que ha conocido. No es un tratado sobre periodismo ni lo pretende. Pero enseña cómo sobrevive un corresponsal de guerra, no sólo en lo que atañe al peligro sino también a cómo se busca la vida de reportero en países que no conoce, con otras lenguas y otras costumbres y en medio del horror y zafándose de criminales con poder. Muestra las limitaciones del corresponsal de prensa frente al poder de los feudos de la información regentados por las grandes agencias y las gigantes cadenas de televisión, uniformes en su voz, prestamistas de la palabra. Revela sus errores y algunos fracasos, también muchos aciertos, el principal, sobrevivir, no sólo al peligro, que evidentemente existe, sino sobrevivir moralmente. Y mezcla intencionadamente la memoria de lo que pasó, o al menos de lo que él fue testigo, con la crónica publicada en su periódico. Y nos deja con todo ello esa sensación de aceptada impotencia que subyace en el libro. Por todo esto, vale mucho. Vale porque, tal vez sin pretenderlo, ha conseguido el mejor método didáctico que es el de enseñar mostrando y explicando sin subirse a ninguna tarima y sin intención alguna de demostrar nada. Porque ya lo avisa al principio, en la presentación: Este libro no busca una respuesta. Es tan sólo un viaje a través de una decepción: comprobar que el trabajo de periodista no salva personas; sólo pone nombre a los muertos y a los vivos. Estas memorias de Ramón Lobo dejan una certeza en medio de todas las incómodas dudas que suscitan su lectura: un periódico con verdaderos anhelos de independencia considera que la información internacional tiene una importancia transcendental y, por tanto, invertirá en medios humanos y tecnológicos para depender menos de las grandes agencias de prensa y de las omnipotentes cadenas televisivas. ¿Prensa de calidad? Sí, puede haberla: aquella que reclama su propia voz y que toma la palabra. Pero, claro, una palabra de corresponsal responsable en su trabajo. No una palabra llena de color escrita desde la redacción y sirvienta, una vez más, del gran espectáculo del mundo. De ello también nos alerta Ramón Lobo en su tan escéptico héroe inexistente. |