resumenabstractIndiceEstudios sobre el mensaje periodístico - Número 7 - 2001
 
 
 
 
Los periodistas y la lengua

Silvia Hurtado González
silvia@fyl.uva.es
Profesora Ayudante del Departamento de Lengua Española
Universidad de Valladolid


 
 
 
 

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Resumen
No es raro que los periodistas utilicen los medios de comunicación como escaparate para exponer sus ideas lingüísticas sobre la lengua. Estas reflexiones, a pesar de su carácter intuitivo e informal, tienen en sí mismas un gran valor, sobre todo si consideramos la importancia que actualmente se concede al estudio de las actitudes lingüísticas. Nuestro propósito en este trabajo es esbozar esta "teoría lingüística" de los periodistas tal como aparece en la prensa escrita actual, lo que nos permite demostrar que estos profesionales de la palabra, en contra de las acusaciones de que suelen ser objeto, sienten un gran interés y preocupación por todo lo concerniente al uso del lenguaje en los medios de comunicación.

PALABRAS CLAVE: Periodista, Metalingüística, Lengua, Eufemismo


 

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Abstract
JOURNALISTS AND LANGUAGE

It is not rare for journalists to use the mass media as a display of their linguistic concepts. These thoughts alone, although intuitive and informal, are of a great value, especially when the importance that is currently given to the study of linguistic attitudes is considered. Our purpose in this work is to outline this "linguistic theory" of journalists, as it appears in the current printing press. This will let us show that, opposing the charges made against them, word professionals are deeply concerned about all that regards the use of language in the mass media.

KEY WORDS: Journalist, Metalinguistics, Language, Euphemism


 

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Los periodistas y la lengua

Silvia Hurtado González
silvia@fyl.uva.es
Profesora Ayudante del Departamento de Lengua Española
Universidad de Valladolid






Los periodistas, como todos los hablantes (aún los más irreflexivos), tienen en su mente una "teoría del lenguaje" cuyos axiomas, demostraciones y ejemplificaciones pueden rastrearse en las páginas de los diarios. Las reflexiones metalingüísticas de estos profesionales nos descubren toda una lingüística que valdría la pena estudiar sistemáticamente, aunque aquí tengamos que conformarnos con esbozarla mediante breves pinceladas con la convicción de que es un primer paso para no perderla de vista.

Es obvio que estas consideraciones lingüísticas no surgen de la nada. El periodista es un "hablante de calidad" al que se le supone una sólida formación lingüística y una amplia competencia de la lengua. Precisamente por esto y por exponer sus ideas lingüísticas en un medio de comunicación de masas, estos retazos de observaciones y reflexiones lingüísticas de muy distinto género pueden calar en los lectores más que ningún manual de lingüística. No obstante, hay que decir que tales consideraciones, que resultan vitales para el periodista, por lo general plantean problemas de mayor calado que son dirimidos con demasiada ligereza utilizando argumentos informales e intuitivos. Pero, a pesar de estas limitaciones impuestas por el medio en que se exponen, estas reflexiones tienen en sí mismas un gran valor, más si cabe teniendo en cuenta la importancia que actualmente se concede al estudio de las actitudes lingüísticas. Por otra parte, pueden servir para reabrir el debate sobre determinados axiomas de la lingüística, como por ejemplo, el de la arbitrariedad del lenguaje, cuestión que se suele zanjar con un poco de indulgencia. Es decir, estas reflexiones pueden inducir a reconsiderar la manera académica o científica de tratar algunos aspectos del lenguaje. Así, partiendo del uso creciente de los eufemismos en la prensa, los periodistas recapacitan sobre la relación entre las palabras y las cosas y entre los significados y los significantes.

En un artículo de Carmen Rigalt titulado "El eufemismo gramatical" (El Mundo, 14-4-99) podemos leer lo siguiente: Lo que sugieren las palabras, no siempre coincide con su significado. El lenguaje está lleno de palabras distraídas que también distraen a quienes las utilizan: la disposición de sus sílabas no resulta lógica, ni armónica, ni apetecible de pronunciar, y encima predispone a evocar lo contrario de lo que se pretende.

Con estas palabras, Rigalt se refiere a la relación entre el significante y el significado donde se descubren a veces significados profundos de los que puede que no seamos totalmente conscientes. Se trata de la capacidad del lenguaje para transmitir lo que no dice explícitamente. Sin embargo, advierte que entre los significados y los significantes no hay una relación de transparencia. Así, mientras que en la palabra "estúpido" el acento sale del alma con la fuerza de un escupitajo, y "cafre" se me antoja un exabrupto redondo, efectista y certero porque está subrayado por una erre llena de rotundidad, en "limpieza étnica", continúa esta autora, ninguna de las dos palabras ni de los sonidos que encierran hacen suponer que tras ella se esconde una terrible realidad: una masacre.

He ahí una palabra que lo dice todo y encima sin rodeos: masacre. Algo parecido sucede desde hace un tiempo con el dichoso "terrorismo de baja intensidad", otro truco eufemístico inventado para que podamos hablar de barbarie sin que se nos queme la lengua. A menudo la vergüenza lleva a sembrar de confusión el lenguaje. Las cosas que no se hablan, no existen. Las palabras que no se pronuncian, no duelen. Esa pertinaz querencia al disimulo dice mucho de la incapacidad para manejar el diccionario y llamar a las cosas por su nombre, pero dice más del cinismo que adorna la condición humana.

Tras estas palabras se esconde el temor supersticioso, convertido en mito, de que las cosas dejan de existir si no se las nombra, porque para el hablante común, de alguna manera, la cosa está ya en la palabra. Así, podemos decir que desde un punto de vista no científico, se espera una correspondencia natural entre sonidos y significados, y en otro orden, entre palabras y cosas. Y esto tiene que ver con las causas psicológicas del empleo del eufemismo: el miedo a las palabras, especialmente a las que encierran una valoración, y, en definitiva, a la realidad a que aquéllas remiten, lo que se ajusta a la perfección con el mito mencionado.

El eufemismo modifica el lenguaje para no mostrar la realidad que molesta con la convicción o, mejor dicho, con la esperanza de que no existe lo que no se dice. Pero el periodista es consciente de la importancia del uso del lenguaje, tergiversado en la diaria lucha política y en los medios de comunicación. Por ello las reflexiones impresionistas sobre el eufemismo que representa una visión interesada de la realidad, que por otra parte no son nuevas como tampoco lo es el drama de la distorsión política de las palabras, aparecen de forma recurrente en las páginas de los periódicos que más que axiomas contienen demostraciones y ejemplificaciones.

Por ejemplo, en un editorial de El País (15-3-99) titulado "De alta intensidad" se escribe: Por más que se utilicen eufemismos, ya no puede hablarse de ‘baja intensidad’ para definir a la violencia que está acogotando a la sociedad vasca. Por el contrario, poner bombas, hacer estallar artefactos incendiarios o enviar cartas bomba es violencia de muy alta intensidad. Es decir, terrorismo.

Otra expresión eufemística reciente es comentada por Manuel Hidalgo en El Mundo (21-9-99): La expresión ‘de corte armado’ es muy interesante, porque, sutilmente, en su entramado semántico, indica más el estilo de la actuación (violento expresionismo) que la actuación misma (crimen). Apunta más al modo que al contenido de la intervención. Suaviza los rigores fácticos del fondo interponiendo la definición de su talante formal. Es eufemística, por lo tanto más digerible, pero, sobre todo, incluye un matiz secreto que indica procedimiento, fórmula, solución.

Pero la observación de los usos eufemísticos puede conducir a otro tipo de reflexiones, en concreto, a la relación entre la palabra y el pensamiento. En efecto, con frecuencia los periodistas reflexionan sobre la capacidad de la palabra para moldear el pensamiento ajeno con el elemento de poder que este conocimiento conlleva.

Alex Grijelmo, quien recientemente ha publicado un libro sobre este tema (Grijelmo, 2000), en un artículo titulado significativamente "Contra la palabra tregua" (El País, 2-6-99) expone las siguientes ideas: Las palabras tienen a veces significados profundos de los que no somos conscientes, y que sin embargo conforman nuestra manera de pensar.[...] Algunos centros de poder conocen muy bien estos valores de las palabras, y manipulan el lenguaje porque así consiguen manipular el pensamiento de quienes no reflexionan sobre su propio idioma. Por ejemplo, el léxico del actual "conflicto" (guerra) de Yugoslavia nos trae expresiones como "limpieza étnica" (en lugar de genocidio) o "desplazados" (en el lugar de deportados o expulsados) o "daños colaterales" (en vez de víctimas civiles) para acomodar la realidad a la visión de cada una de las partes.

Faustino F. Álvarez expresa esta misma preocupación en un artículo titulado "Palabras"publicado en La Razón (20-4-99): Pescador enamorado de las redes y hortelano fascinado por la azada, voy a terminar creyendo eso de que el medio es el mensaje o de que la palabra configura el pensamiento. Esta última hipótesis me ha puesto en estado de alerta, por puro amor al sentido de las palabras, cuando veo cómo en la actualidad nos han colado expresiones de este jaez: daños colaterales, terrorismo de baja intensidad, guerra humanitaria, comando legal, ataque selectivo, etcétera. [...] observo, y no sé por qué de un modo especialmente virulento en los últimos tiempos, demasiados dardos en cada palabra, y en particular cuando se refieren a circunstancias políticas que son maquilladas con tergiversaciones edulcorantes, con eufemismos de origen perverso, y con hipocresías gramaticales.

Se entiende que sea ésta una de las preocupaciones esenciales del periodista, ya que esta cuestión está íntimamente ligada al más importante compromiso que el periodista contrae con el lenguaje: satisfacer el derecho de información de sus lectores, para lo cual es imprescindible que las palabras signifiquen lo que quieren decir. En caso contrario, la lengua no comunica convirtiéndose en un catálogo de lugares comunes, porque basta con repetir las mismas trampas semánticas insistentemente para que éstas acaben por incorporarse a esa galería de tópicos con que se acostumbra a describir la realidad para hacerla más tolerable.

La palabra del periodista no es, desde luego, la palabra mágica o ritual que crea la realidad, pero no debe ocultarla con trampas semánticas cambiando el verdadero nombre de las cosas. No es un uso inocente del lenguaje sino que es un arma política y de dominio social cuyas consecuencias son a veces son imprevisibles.

Sobre los efectos de estos usos perversos de las palabras escribe Joaquín Araujo en "El escudo de los débiles" (El País, 13-4-99): Las palabras no bombardean, pero evitan que se aplique la sensatez. Sobre todo cuando a las avalanchas de argumentos, consideraciones, razonamientos y sofismas se unen términos contradictorios sin afán poético alguno. Las guerras no pueden ser humanitarias. Ni las masacres justas, Ni la paz armada. La guerra comienza cuando se la declaramos a los significados. Y esa es una contienda inmensa contra nosotros mismos. Contra todos. [...] Matar es verdad. Hablar es mentira, sobre todo cuando las palabras no significan lo que dicen.

Algunos periodistas consideran estos usos eufemísticos como manifestaciones del llamado lenguaje "políticamente correcto", pero valorado negativamente, es decir, no entendido como una manifestación cortés o discreta del lenguaje. Así, Luis González Seara en el artículo "Guerra humanitaria" (La Razón, 29-3-99) se refiere a la estupidez políticamente correcta de querer ocultar la realidad con eufemismos al tiempo que critica la capacidad lenitiva y simplificadora que ostenta este lenguaje.

Ante esta situación, la principal preocupación de los periodistas es devolver a las palabras su sentido original y normalizado, que es lo que se reclama en el siguiente texto: ¡Palabras, palabras, palabras! Todo está en ellas. Conviene pues limpiarlas y cuidarlas. Para que no se superpongan semánticamente y obren como tósigo o lengua de culebras. (Luis Antonio de Villena, El Mundo, 11-5-00)

Pero la "teoría lingüística" de los periodistas no se detiene aquí. Los periodistas también defienden su punto de vista sobre la lengua y su funcionamiento. En este sentido no manifiestan un talante radicalmente purista, hoy totalmente desfasado e inaceptable, y así su objetivo no es la conservación de la ‘pureza primigenia’ del idioma, ya que entienden que el uso es rico y flexible, cambiante y hasta caprichoso.

Por eso en un artículo titulado "Los caminos de la lengua" (El Mundo, 19-2-00) Tomas Hoyas manifiesta cierto rechazo al intervencionismo en la lengua: Es posible que la lengua tenga caminos reales pulidos y torneados; otros, empedrados de dudas y errores para traqueteo de ignorancias; incluso cañadas tan amplias por donde pueden discurrir arrebañadas las jergas de cambalaches y las sabias etimologías populares. A la lengua, como a Roma, no queda más remedio que llegar, que todos los caminos conducen a ella.

Para él, las lenguas se defienden solas, opinión que por otra parte forma parte del sentir de algunos lingüistas. Las razones de Hoyas para apoyar esta afirmación son las siguientes: 

Porque ese bien tan precioso como indispensable que es la lengua, la sustancia primera y última del pensamiento, sabe acomodarse o resurgir, mezclarse híbrida y mestiza, permanecer intocable como un museo indestructible. O hacerse amiga de préstamos e intercambios con la humildad que sólo poseen los inmortales. La lengua siempre vive en casa del herrero con cuchillos de palo. Es una herencia tan maravillosamente habitual que solemos dilapidarla sin ningún escrúpulo, casi como los amores de madre, que son ciegos y nunca los echamos de menos. Pero la lengua es amable incluso con quienes resultan sus amistosos enemigos, y nos ha dejado en usufructo el habla, para que cada uno vista el lenguaje con ropajes de adjetivo carmesí o harapos empolvados de desidia y desconocimientos.

Se trata de una alabanza a la capacidad de adaptación del lenguaje a las necesidades de los hablantes, porque, en nuestra opinión, es la lengua la que debe adaptarse a los hablantes, y no los hablantes a la lengua.

En una línea parecida hay que situar las reflexiones lingüísticas que expone Manuel Hidalgo en el artículo "El idioma" (El Mundo, 28-11-98), cuyo punto de partida son las acusaciones que frecuentemente se vierten sobre los periodistas como presuntos autores de la corrupción del idioma:

Salen libros sobre el idioma y su uso, sobre el lenguaje que gastamos, libros a cargo de académicos y periodistas de palabra irreprochable, libros con éxito de crítica y de público, y todos tienen en común, más allá de sus diferencias, que nos echan unas broncas tremendas, que denuncian ligerezas y vicios, que abogan por la corrección canónica y la inmanencia ortodoxa de la lengua, que señalan que nos estamos cargando el castellano como si el castellano fuera una porcelana china de mírame y no me toques.
 
 
Para Hidalgo, el idioma es imperfecto, gastado, dúctil, creativo, ingenioso, lo que haga falta. La lengua, como la vida, no son sólo leyes y reglas, sino devaneos, gazapos, vacilaciones, invenciones, improvisaciones, delitos y trampas.

Arremete después contra lo que él llama los guardianes de la palabra, que tienen algo de teólogos, de vaticana congregación que vela por las esencias del dogma, mientras que la feligresía se conduce como puede, cree hasta donde llega y peca porque está en su naturaleza. Y es que para Hidalgo hay un uso práctico y social que escapa a las reglas, convicción que le lleva a escribir lo siguiente: Hablar y escribir es como caminar. Bien está que uno aprenda a andar con el cuerpo erecto y la cabeza en su sitio, pero la gracia del paso está en cada uno, y la pone cada uno a su manera. De manera que por encima de la corrección, está la expresividad, la viveza y, como dice Hidalgo, la gracia. Más adelante parece manifestarse incluso a favor de una incorrección lingüística razonable cuando escribe:

El lenguaje es como la ropa, vestido y abrigo, adorno y juego, mensaje y seducción. Como la ropa, tiene inevitablemente arrugas, y algún descosido o hilo suelto, tal vez manchas, ya que es cosa de uso y hasta de abuso. No dejemos al lenguaje en jirones y harapos, pero tampoco lo vistamos de hábito o de uniforme. En la duda, el sentido común y el buen gusto son mejores reglas que cualquier regla.
 
 
Esta actitud abiertamente flexible no quiere decir que se tolere y admita, sin más, todo aquello que no se halle más o menos de acuerdo con lo que se considera ‘correcto’. No se trata en ningún caso de ir contra el lenguaje correcto sino contra la rigidez de algunos organismos oficiales relacionados con la lengua. Según Hidalgo, los límites dependen de algo tan indefinible como el "buen gusto", criterio que se pone por delante de la tradición literaria o de las decisiones de gramáticos prestigiosos. Se refiere, claro está, al tan traído y llevado buen gusto idiomático, que Lázaro Carreter (1992: 44) define, aun reconociendo su carácter indefinible, como la capacidad para discernir si la novedad casa bien con lo que se ha llamado antiguamente "genio de la lengua": Es la conciencia y el sentimiento de la propia lengua lo que decide los pasos del idioma, porque el concepto de lo ‘correcto’, y los periodistas lo saben, es con frecuencia relativo. Es más, las palabras "perfección" y "lenguaje" nunca pueden ir juntas. Creemos que en el fondo lo que hay es una reivindicación de la libertad expresiva del hablante para acertar o para equivocarse, porque el lenguaje también está hecho por las personas que lo usan.

El castellano, y cualquier otro idioma, es asunto de importancia, pero está hecho por los siglos y por los hablantes, por los vientos de influencia y por los otros idiomas de contacto, por la imaginación, la torpeza y la gracia de quienes lo venimos usando desde antiguo. No estamos aquí para reproducir el idioma de Berceo, ni para ser esclavos de academias y sanedrines. Al idioma le debemos un respeto, pero no debemos ser sus prisioneros ni sus rehenes.
 
 

En definitiva, y al margen del acuerdo o desacuerdo con lo aquí expuesto, estamos convencidos de que tras todas estas palabras late un profundo amor hacia nuestra lengua a la que podemos amar tantas veces de tantas maneras, porque lo que nunca provoca es desinterés y desprecio.
 
 

BIBLIOGRAFÍA

ÁLVAREZ, Faustino (1999): "Palabras". La Razón , 20 de abril.

ARAUJO, Joaquín (1999): "El escudo de los débiles". El País, 13 de abril.

EL PAÍS (1999): "De alta intensidad". Artículo editorial del 15 de marzo.

GONZÁLEZ SEARA, Luis (1999): "Guerra humanitaria". La Razón, 29 de marzo.

GRIJELMO, Álex (2000): La seducción de las palabras, Madrid, Taurus.

HIDALGO, Manuel (1998): "El idioma". El Mundo, 28 de noviembre.

HIDALGO, Manuel (1999): columna en El Mundo, 21 de septiembre.

HOYAS, Tomás (2000): "Los caminos de la lengua". El Mundo, 19 de febrero.

LÁZARO CARRETER, Fernando (1992): "El neologismo: planteamiento general y actitudes históricas", en El neologismo necesario. Madrid, Fundación EFE.

RIGALT, Carmen (1999): "El eufemismo gramatical". El Mundo, 14 de abril.

SIMONE, Raffaele (1992): Diario lingüístico de una niña, Barcelona, Gedisa.

VILLENA, Luis Antonio (2000): "Palabras, palabras, palabras". El Mundo, 11de mayo.
 
 

(Artículo recibido el 8 de enero de 2001. Aceptado el 17 de mayo de 2001)


Los periodistas y la lengua

Silvia Hurtado González
silvia@fyl.uva.es
Profesora Ayudante del Departamento de Lengua Española
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