El cuestionamiento de los límites
Por María Jesús Casals
PEDRO SORELA (1998): 57 Pasos por la Acera de Sombra, Zaragoza, ed. PRAMES, S.A.- Las Tres Sorores. 240 páginas
Pedro Sorela parece que huye del casi inevitable adoctrinamiento
que acarrean los artículos de opinión y acude a refugiarse
en una prosa limpia, clara, cuidada, casi refinada, y pulida con el esmero
del escritor que es. Con ella nos relata pequeñas historias, anécdotas,
recuerdos, sensaciones, sueños, malestares, intuiciones, esperanzas
-pocas- , observaciones, dichos, hechos, vuelos, caídas, rutinas.
Así, tras la lectura fácil de cada relato, de todos sus relatos,
queda el lector impregnado de una forma de pensar y de sentir que no alecciona,
ni juzga demasiado, pero que deja al descubierto la desnudez de las filias
y de las fobias (más) de un periodista y escritor, profesor de Periodismo
y habitante de una gran ciudad como Madrid. Habitante que fue también
de otras ciudades, de otros mundos, porque en sus relatos siempre hubo
otra ciudad, otro viaje, otros amigos, otros amores. Y eso lo quiere dejar
bien patente Pedro Sorela. El ama su individualidad y no se siente atrapado
por ningún axioma ni incluido en ningún colectivo masificado.
Aunque no lo dice abiertamente. No lo juzga tampoco. Lo muestra en estos
relatos cortos, pensados. Lo deja en la mente del lector y en esa complicidad
establecida le da claves para el cuestionamiento de tantos límites
impuestos que sólo sirven para uniformar el pensamiento.
57 Pasos por la Acera de Sombra recoge en realidad 58 relatos breves, escritos a la medida de una columna periodística. Todos ellos fueron publicados en la sección de Madrid del diario El País entre 1994 a 1997. Lo más llamativo de estas piezas es su calidad de relato. Acostumbrados a que las columnas sean la expresión de una opinión personal más o menos enfocada a algo que pasa -o ha pasado-, los textos de Pedro Sorela prefieren contar, ver la vida por ese ojo observante de las existencias ajenas o por la propia imaginación que se alimenta de miradas críticas. Sus artículos no acuden a la argumentación sobre hechos y dichos. Sorela prefiere ese método absolutamente inductivo que es la fábula. Manuel Vicent, Félix de Azúa, Juan José Millás o Vicente Verdú apuestan muchas veces también por ese sistema narrativo bastante infalible por cierto en su intención persuasiva, aunque mucho menos utilizado en los periódicos que la deducción de los razonamientos y los juicios. El estilo de Sorela poco tiene en común con aquellos escritores. El suyo apela a la normalidad de lo cotidiano, involucra al lector porque le describe situaciones conocidas y le conduce suavemente a la crítica o a la reflexión que han sido el motivo de sus cuentos. Pero no le obliga con el recurso del último párrafo sorprendente o contundente. Todo finaliza en sus textos tan sencillamente como empezó.
Pedro Sorela domina el arte del relato sin aparentarlo siquiera. En su prosa narrativa no asoma atisbo alguno de pretendido lucimiento. Quizá la sobriedad que le caracteriza se la han proporcionado las cuatro novelas que ya ha publicado, todas ellas en la editorial Alfaguara. Porque una cosa tiene clara: el arte de escribir bien no tiene más límites que aquellos impuestos por la propia naturaleza de cada cual y por los que se está dispuesto a aceptar o a cuestionar.