Previsiones para el periodismo del siglo XXI
Por José Luis M. Albertos
El texto aparece distribuido en cuatro partes: una parte general, dedicada íntegramente al periodista- rasgos específicos de la profesión y estudio comparado de los criterios inspiradores de los métodos utilizados para la formación universitaria de estos comunicadores- y tres partes especiales: periodismo impreso, periodismo audiovisual y periodismo electrónico en la sociedad planetaria. En la parte general, Manuel Piedrahita introduce ya un adelanto acerca de cómo vislumbra el porvenir de la profesión periodística. Pero es en la parte tercera, en los capítulos 24-26 centrados en el periodismo electrónico en estos últimos años del siglo XX, donde realmente se atreve Piedrahita a arriesgar un anticipo de la posible evolución de esta técnica de trabajo social llamada periodismo para las dos o tres próximas décadas. En las ultimas paginas del libro, el autor se atreve a cerrar el discurso anticipatorio que había empezado a hilvanar tímidamente en las páginas iniciales, bajo la rúbrica de Reflexiones previas.
El discurso anticipatorio de Piedrahita no es verdaderamente original. Dicho de otra manera: el discurso prospectivo de Piedrahita insiste en los mismos lugares comunes en los que estamos cayendo todos cuantos nos atrevemos a entrar con ánimo profético en el terreno de las previsiones y de los adelantos:
La postura de Piedrahita, de la que yo igualmente participo en sus referencias esenciales, arranca de unos supuestos absolutamente clásicos dentro del periodismo más tradicional. Este autor cita, como respaldo profesional de su visión de lo que el periodismo es y de lo que el periodismo tiene que seguir siendo para que merezca estar presente en el mundo venidero, dos frases altamente representativas, una de James Reston y otra de Walter Lippmann. "El futuro de la información -dice el primero- depende de comunicar inteligentemente lo que está sucediendo en el mundo, el mundo es cada vez más complicado, no se puede comunicar meramente la verdad literal, hay que explicarla". Y por su parte, el segundo comentarista de los dos citados, el clásico entre los clásicos, el legendario W. Lippmann dice que la función del columnista no es decir a los lectores: Esto es lo que ustedes deberían hacer. Su tesis es más simple: "Yo trato de decir a los lectores: Esto es lo que ha sucedido y esto es lo que significa." (Tesis, añade por su cuenta y muy acertadamente M. Piedrahita, que no parece haber calado en gran parte del columnismo español, más dado a pontificar que al análisis humilde, pero hondo, de los acontecimientos).
Los juicios anteriormente reseñados reflejan, con un lenguaje más refinado, esa especie de aforismo castizo y barriobajero que define de modo tautológico, pero eficaz, en qué consiste ser periodista: "el periodista es gente que dice a la gente lo ocurre a la gente". Y en el momento en que el periodista deje de cumplir este cometido social, su presencia en la sociedad empezará a ser discutible y la figura profesional de estos comunicadores entrará peligrosamente en una vía que conduce a la extinción de la especie. Esta tesis puede ser expresada de modo rotundo, tal como he hecho en mi libro El lenguaje periodístico (1989): "La comunicación periodística, como fenómeno cultural propio de las sociedades industriales, puede desaparecer totalmente en los próximos 20 ó 30 años ante la avalancha de la técnica electrónica". Esta afirmación se apoya en la creencia, cada vez más generalizada entre muchos comunicólogos, de que el avance tecnológico está poniendo en grave peligro la verdadera esencia del periodismo, por el efecto combinado de dos tendencias profesionales que ya son detectables en el momento actual: el sometimiento de la noticia a las reglas de juego propias del espectáculo, y el progresivo abandono del principio deontológico que impone una rígida distinción entre información y opinión a la hora de redactar los textos periodísticos. Metidos en el resbaladizo terreno de los hechos futuros, también es posible afirmar aquí que "el avance electrónico acabará convirtiendo el periodismo en una técnica social desechable por innecesaria". Estamos jugando a profetas y aquí vale casi todo, con tal de que la profecía sea planteada con un mínimo de coherencia a partir de los datos que tenemos en este momento encima de la mesa.
La coherencia es, desde mi punto de vista, uno de los rasgos más acusados en este último libro de M. Piedrahita. Su postura premonitoria respecto al futuro arranca sólidamente de la consideración valorativa de lo que está sucediendo ya en el momento actual, en estos últimos años del siglo XX. Lo hace, además, desde una perspectiva ideológica claramente tradicional, en la más pura tradición del periodismo liberal, tal como apareció esta flor en el mundo occidental a mediados del siglo XIX: "Quizá perdido en la jungla de la comunicación más o menos veraz -dice Piedrahita-, el lector, el oyente y el televidente, pidan al periodista mucha opinión, mucho comentario. Pero nuestra misión debería ser explicar lo que sucede, nos guste o no nos guste personalmente, y que el público se haga su composición de lugar. No es misión del periodista trasladar inquisitorialmente a los que nos leen, nos oyen o nos ven, nuestras falibles opiniones como si fueran dogmas de fe". (Aquí está, dicho con otro vocabulario, el aforismo anterior: gente que dice a la gente lo que ocurre a la gente). Y concluye el autor con las siguientes palabras, perfectamente definitorias de cuál es su postura intelectual en este asunto:
"Pero la gran lección para los futuros periodistas, y que me parece queda clara en este libro, es que el público quiere una buena información, bien escrita, claramente expuesta, excelentemente presentada y ágilmente comentada."