EL ARTE DE LA REALIDAD: PROSPECTIVAS SOBRE LA RACIONALIDAD PERIODÍSTICA
María Jesús Casals
Carro
Profesora Titular
de Periodismo
UCM
Resumen
En este
último o penúltimo año del siglo XX aún se
percibe en el mundo occidental la influencia de Hegel sobre el concepto
de la realidad: se la equipara a la noción de la racionalidad del
poder. Junto a ello, un fondo de nihilismo y una deificación de
la técnica, la consagración del espectáculo mediático
y el perfeccionamiento de las estrategias de la propaganda, el exceso de
información como moderna artimaña de censura, aparecen como
realidades que han hecho temer por la posibilidad del futuro del periodismo.
Pero son las preguntas las que hacen avanzar al ser humano y no las certezas
de los juicios. Por eso, en una prospección sobre la realidad periodística
es conveniente preguntarse acerca del sentido de la prensa y por el sentido
de la realidad; evaluar cómo se cuentan las historias de nuestro
mundo y sopesar las posibilidades narrativas que tenemos a la hora de explicar
y mostrar la racionalidad del ser humano y su irracionalidad. Y aceptar
que la realidad siempre será una convención incompleta y
parcelada.
Abstract
THE ART OF REALITY: PROSPECTIVES OF THE JOURNALISTIC RATIONALITY
In the
last year of this century Hegel's influence on the reality concept in the
west is still noticed: reality is considered equal to the rationality notion.
Along side that a background of nihilism and a worshiping of the technology,
the dedication to the media spectacle and the development of propaganda
strategies, the excess of information working as a new cunning of censure,
all of these are realities that have made us afraid of what the future
holds for journalism. But it is the questioning that make us advance as
human beings, not the certainty of judgements. From that, exploring the
journalism we must ask ourselves about the role of the press and their
view of reality and evaluate the way the stories are told in our enviroment
considering the narrative skills we have got to explain and make visible
both the rational and irrational aspects of the human being. And to accept
that the reality will always be an incomplete and partial convection.
EL ARTE DE LA REALIDAD: PROSPECTIVAS SOBRE LA RACIONALIDAD PERIODÍSTICA
María Jesús Casals
Carro
Profesora Titular
de Periodismo
UCM
José María Valverde analizó
la cuestión y afirmó que esta forma de pensar o de interpretar
el sentencioso pensamiento de Hegel dio lugar a dos lecturas opuestas ideológicamente:
la conservadora y la revolucionaria. La conservadora partió de esta
premisa derivada de la proposición de Hegel: si algo ocurre en la
realidad es que responde a razón y por lo tanto es sagrado; pero
la revolucionaria interpretó al contrario: la razón vencerá
sobre la sinrazón presente y pasada. Esta disyuntiva antagónica
creó ideologías y guerras. El propio Hegel terminaría
sus días como cabeza de la "derecha hegeliana". También de
su sistema de pensamiento salió el otro brazo, el izquierdo, que
influyó absolutamente en Carlos Marx. Valverde (1993:214) cree que
Hegel ha configurado más que nadie la mente y el lenguaje de nuestra
propia época. Y explica:
"...Somos hegelianos cuando seguimos la costumbre de atribuir sentido y valor a algo en función de su inserción en la marcha de la cultura y de la historia -sin concebir que su valor concreto pudiera no residir precisamente en eso, ni que ese algo tuviera un valor intrínseco, único y no homologable-. Nuestro mundo, nuestra civilización y nuestra cultura no son sino Hegel en la medida en la que cumplen su deseo de estructurarse racionalmente: otra cuestión es si tal racionalización, cuestionada ya en su éxito, no se despliega hoy día sobre un fondo de nihilismo"
Efectivamente, el nihilismo -tal vez una supracaracterística
de la posmodernidad- se ha instalado en el pensamiento occidental, junto
al dogmatismo de la razón -una forma de pensamiento único-
y no producen la optimista dialéctica hegeliana. El único
argumento que según Michel Meyer (1996:129-148) se le puede oponer
al nihilismo es considerar el cuestionamiento como algo positivo en sí,
lo que implica una revolución en nuestros hábitos de pensamiento,
ya que toda la tradición occidental se ha construido sobre la hegemonía
de la respuesta, es decir, sobre el juicio. "En realidad, -deduce
Meyer- el pensamiento surge del grado de las preguntas y de la conceptualización
de los problemas. El pensamiento no falla porque se carezca de respuestas"
El nihilismo tiene unas consecuencias muy indeseables
en cualquier campo de actuación o de conocimiento. Provoca cierto
inmovilismo y es caldo de cultivo para los apocalipsis que se ceban, como
ya es costumbre, en el final de una época, siglo y no digamos milenio.
Así el fin de la historia, el fin de la ciencia, el fin de las ideologías,
el fin del conocimiento, el fin del periodismo. Nihilismo porque fallan
las respuestas que se han querido considerar como únicas por ser
racionales. Y la ecuación pretende entonces la lógica matemática:
es lo racional, luego es lo real. Cuando algo empieza a fallar, ¡ah!,
es el fin. El fin del ser humano profetizan ya los sobrecargados de razones.
¿Dónde están las preguntas?
El gran espectáculo: el conocimiento tecnificado
Fue uno de los principales fundadores de la prensa de masas, William Randolph Hearst (1863-1951), quien con pocas palabras calibró la cuestión: La noticia es lo interesante y no necesariamente lo que es importante. De este culto por lo interesante se nutrirá el espectáculo, concepto que convive estrechamente con el periodismo en todos los medios, especialmente en la radio y en la televisión. De ello también se han percatado los actores de la escena política y social: aprenden a ser interesantes, a decir cosas interesantes que les mantengan constantemente en noticias -ya en el titular-, reportajes -aún mejor- y comentarios -el no va más- Son provocadores de información y actúan manipulando en cierto modo los criterios por los cuales se rigen los periodistas cuando seleccionan su información. Del mismo modo, los medios provocan muchas informaciones y polémicas que se justifican por sus intereses ideológicos y empresariales. El profesor Díaz Nosty denunció hace un par de años "la progresiva aproximación de los entornos del emisor a la condición de fuente, protagonista o inductor directo de lo que se presenta como actualidad" y definió una nueva modalidad profesional que ha denominado "periodismo de convocatoria o de remitidos" que se manifiesta de dos maneras: construir la realidad, y de ella la actualidad, según el interés de los diferentes grupos de poder; o convertir en realidad actual a ciertos agentes de esos grupos según los intereses del emisor. Información, espectáculo y propaganda se unen en el concepto-binomio de realidad/actualidad. La pregunta que se hace entonces Díaz Nosty (1996:20) es deductiva de esta constatable realidad: "¿Estamos ante el fin del periodismo o, incluso, el fin de la actualidad?". El círculo sigue girando buscando su cerrada perfección pero no encuentra la línea que lo completa. En este caso la pregunta no quiere una respuesta. Es retórica circular.
El problema se debate y las posturas no se aclaran. A mi modo de entenderlo creo que estamos asistiendo a un hecho curioso en las sociedades democráticas: su autofagia. No es Saturno devorando a sus hijos sino la diosa razón comiéndose sus propias entrañas. Los valores por los que la democracia vive no podrían desarrollarse y crecer sin la libertad de expresión y la transparencia informativa. La censura como se ha entendido hasta ahora no se practica en las democracias occidentales. Pero ¿es esa la realidad? Iganacio Ramonet (1998:40) lo refuta. "Todos sabemos que la censura funciona"- afirma-. Si no se puede aplicar la censura de la prohibición de textos, publicaciones y palabras, funcionará por autofagia el exceso de todo ello: "La censura no funciona hoy suprimiendo, amputando, prohibiendo, cortando. Funciona al contrario: funciona por demasía, por acumulación, por asfixia. ¿Cómo ocultan hoy la información? Por un gran aporte de ésta: la información se oculta porque hay demasiada para consumir y, por tanto, no se percibe la que falta".
Sin embargo, la realidad aparente es la de la racionalidad
democrática. Todo lo real ha de ser racional. De modo que al construir
realidades los poderes acuden los primeros a defender y cultivar esa misma
racionalidad. Superabundancia de información, espectáculo
de la realidad y propaganda, suministradora inagotable de todo el espectáculo
informativo. Pero el ejemplo de la autofagia significa que no se produce
esta realidad de un modo calculado sino por los propios imperativos éticos
que exige el mismo concepto de democracia. Este es un problema crucial
en el mundo del periodismo que, al fin y al cabo, tiene la importancia
que se merece: enorme, gigantesca. Porque son los medios de comunicación
social los que difunden la información que construyen las realidades,
aquello que es porque nos dicen que existe. Por eso la razón siempre
dedujo que la información es poder. La cuestión es que es
necesario ir mas allá de esos postulados racionalistas del XVIII
y formular preguntas como hace Ramonet (1998: 53-55) aunque de momento
no se tengan las respuestas:
"¿En qué se convierte la relación con la libertad cuando la información es superabundante? ¿No estamos sobre un punto cero, en el que, aunque añada información, mi libertad no aumenta? Puede constatarse esto desde 1989, año de la caída del muro de Berlín. Se rompieron las últimas barreras que intelectualmente se oponían al avance de la libertad a escala internacional. La libertad ganó. Tenemos todas las informaciones, estamos en la era de Internet que nos permite acceder a todas ellas. Estamos en una fase de superabundancia. ¿Ha aumentado mi libertad? En la realidad se puede constatar que lo que se incrementa en esta época es la confusión ""Hoy estamos convencidos de que una información de tipo cuantitativo no resuelve los problemas que nos planteamos. La información debe tener un aspecto de orden cualitativo, sin que sepamos muy bien lo que quiere esto decir. Pero sabemos que pasa por dos cuestiones: la credibilidad y la fiabilidad. Es decir, que lo que interesa de la abundante información actual es lo que va a servir, lo que va a ser útil, por una parte; y por otra, cómo quedarse sólo con lo que es creíble y fiable y, como consecuencia, con lo que representa un cierto número de garantías, ligadas a la ética, a la virtud, a la deontología, a la moral de la información"
Esta es la tesis de Ignacio Ramonet en su obra
"La tiranía de la comunicación". Es importante. Es
fundamental. Porque lejos de plantearse lamentos por los pecados de las
empresas de comunicación y los periodistas nos invita a reflexionar
con preguntas sin tener ni mucho menos las respuestas. Es más, una
vez constatada la autofagia del sistema democrático, lo único
que propone Ramonet es una pregunta permanente: "frente a todas las
transformaciones a que nos vemos finalmente confrontados, debemos preguntarnos
para qué problemas el periodismo puede aportar soluciones en el
contexto actual. Si sabemos responder a esta pregunta, el periodismo no
será abolido nunca". Lejos de la apocalíptica admonición,
Ramonet ofrece una salida del túnel de la paradoja autofágica.
El discurso de lo real
Los periodistas no son filósofos. Sin embargo
pronto aprenden la formulación de preguntas para poder actuar en
su profesión. Preguntas empíricas, inmediatas, que permiten
saber, ordenar el pensamiento y estructurar un relato urgente: ¿qué?
¿quién? ¿cuándo? ¿dónde?
¿cómo? ¿por qué?. Y preguntas formales
que plantean la consistencia o la validez de los hechos, de los dichos,
la demostrabilidad de lo que se cuenta, el método de expresión
más conveniente, el para qué se cuenta; que acude a explicarse
ante sí mismo aquello que no entiende para poder a su vez explicarlo
a los receptores de su información. En realidad, el periodista actúa
siempre con preguntas, pero, a diferencia del filósofo, tiene poco
tiempo para hallar las respuestas y depende de aquellos que le suministran
la información. Aun así, se le exige veracidad- que es el
contraste con las fuentes-, precisión y buen relato. Con un juicio
presto para cada caso importante. Con todos los problemas hasta ahora apuntados,
es imposible demandar al periodista mayor dedicación, aunque sí
mayor amplitud de miras ante esa realidad que él contribuye a construir.
Parece ser que el mundo de lo audiovisual tiene pocas probabilidades de
cambiar el sistema informativo en el que se ha instalado, donde el protagonismo
es la noticia caliente sin explicar -no hay tiempo, no hay espacio-, el
espectáculo de los hechos, el cruce de declaraciones que la representación
política genera, la propaganda y la publicidad. Internet proporciona
información y vende también espectáculo informativo.
Y su capacidad de generar propaganda aún no ha sido suficientemente
analizada ni evaluada. Pero sí sabemos que su competencia para ampliar
el conocimiento de la realidad es engañosa precisamente por la superabundancia
de productos informativos y la carencia de garantías acerca de su
veracidad e, incluso, de su verosimilitud. Y la prensa, ante el deslumbrante
dominio de la información on-line, no ha sido capaz todavía
de encontrar su sentido en este mundo nuestro sobrado de datos, aunque
no de conocimiento.
El sentido de la prensa
También está el problema de entender el periódico como una mera transmisión de declaraciones y, de paso, como un actor político que premia a "los suyos" y castiga a los "otros". Para ello presentará titulares voluntariamente deformados, distorsionará datos y dirá la "no-verdad" sobre los hechos. Es el problema del enfoque, pocas veces tratado en textos académicos porque la casuística es casi imposible de abarcar. Cada caso constituye uno nuevo. De modo que a priori no es posible determinar cual es el enfoque ético de las noticias en general. Sin embargo el periodista lo sabe o lo aprende con gran rapidez. No basta con responder con precisión -y hasta con exactitud- a las cinco, seis, preguntas básicas del periodismo. Esto puede hacerse a la perfección y, a la vez, estar desenfocando una noticia con una intención claramente ideológica o partidista. Cuando narramos algo por escrito empezamos un proceso muy parecido al que empleamos cuando decidimos fotografiar espacios: depende de la posición, del ángulo de mira, del zoom, de la iluminación, el que ofrezcamos una imagen más o menos acertada. Nunca será real, tan sólo más próxima o más manipulada. La escritura no genera verdad. Pero construye realidades. Y, desde luego, es un acto de voluntad previa el modo de esa construcción.
Por ello, la prensa tiene un papel tan necesario
que resulta obvio reclamarlo una vez más. El periódico puede
contar más realidades. Y rechazar la creencia de que sólo
lo que proviene de los mundos del poder merece ser contado. Las voces en
este final de siglo no callan; alertan sobre una realidad preocupante para
hoy y para el futuro más próximo. El filósofo Eugenio
Trías se quejaba en el diario El Mundo (6 de febrero de 1997)
sobre el hastío que genera la política:
"Cuestiones de índole cultural, o de naturaleza filosófica y científica, se hallan siempre en segundo plano en los espacios mediáticos. Estos parecen hacinados por el cruce de declaraciones que los partidos generan. Como si sólo de esos centros emisores pudiera surgir el mensaje que produce alteración y conmoción en el ámbito de la opinión pública. La cual, obviamente se empobrece hasta el absurdo en razón de esta tremenda dependencia. (...) No soy de quienes abundan en la descalificación por principio de la casta política. Pero considero que la centralidad oficial y oficiosa de ésta en la opinión pública, sin amortiguadores mediáticos, constituye el verdadero virus informático de una democracia demasiado joven e inexperta. (...) Sería acaso el momento para que los medios de comunicación desconectaran de esos centros emisores contaminantes que son los partidos, o los espectros con vocación de tales, y se abrieran a problemas que más de cerca afectan e interesan al ciudadano: a cuestiones culturales, ecológicas, científicas, filosóficas e ideológicas en el sentido más amplio; o a problemas relacionados con las preocupaciones cotidianas. O que en lugar de hallarse siempre en las puertas de los grandes centros partidistas acudieran a los centros reales de la vida ciudadana (por lo general bastante distanciada de las guerras interesadas que en esos centros contaminantes se juegan)"
El hecho de que se exija a la prensa que amplíe
los criterios de selección de las noticias no significa que los
periódicos hayan de prescindir del relato de aquellas noticias de
interés general y basadas en hechos recientes que los medios audiovisuales
también relatan a su modo. Lo que se pide es mayor amplitud de enfoques
y de temas, revalorizar el periodismo de calle, dar más voz a otros
protagonistas que a los gabinetes informativos, diferenciar el periodismo
de investigación del negocio de la filtración, que las informaciones
se obtengan éticamente y diferenciar por obligado respeto al lector
las opiniones de las informaciones o, lo que es lo mismo, de los hechos
comprobados.
En los buenos periódicos los acontecimientos más importantes son cubiertos en general de un modo satisfactorio. Corresponsales, enviados especiales y los redactores de los diarios suelen ofrecer una información bien documentada, ordenada y hasta narrada con cierto esmero literario. Lo del enfoque es el otro problema. De modo que el género de la información, de la noticia, es quizá el más desarrollado en el periodismo escrito. Sin embargo, tal como reclamaba el filósofo Trías, aún falta reinventar las señas de identidad de la prensa: su poder de contextualización, su poder de explicación y su deber de orientación.
En este sentido, son los géneros interpretativos y opinativos los que deberán protagonizar con mucho más espacio y medios las páginas de los periódicos. Deben cumplir con la misión de revisar la actualidad e integrarla en lo real. Y explicar la realidad en su racionalidad y su irracionalidad. Si la prensa elige el modelo reduccionista de dar a conocer un hecho para luego olvidarlo, buscando la emoción efímera, nos llevará a un mundo asolado por el escepticismo más empobrecedor y anulador de nuestras responsabilidades como personas y ciudadanos del mundo. Así lo ha entendido el eurodiputado José María de Mendiluce cuando en un artículo exigió el debate en los medios, pero el debate auténtico, el que nace del análisis y de la exposición de ideas, no del debate espectáculo tan recurrido hoy en los medios audiovisuales. Y propuso: "Romper la secuencia drama/imagen/emoción/dinero pasa por analizar un poco más los porqués y por debatir un poco más las respuestas y las acciones necesarias para evitar la siguiente crisis, que nos va pillando más y más cansados. Más análisis para la comprensión que complemente las imágenes para la emoción" (El País, 20 de enero de 1997)
Tal vez el fin del periodismo -cada disminución
de las ventas de periódicos es un poco el fin- no se produzca mientras
haya alguien dispuesto a exigir y a cumplir informativamente con algo más
que con la espectacularidad interesante de lo posible y de lo imposible,
de lo racional y de lo irracional como dos realidades opuestas y separadas
cuando habitualmente conviven y son las dos caras de una misma moneda.
Giovanni Sartori ha reclamado desde hace tiempo el papel de la prensa como
salvaguarda de la democracia y lo opone al de la televisión, medio
que, a su juicio, constituye uno de los grandes desafíos que tienen
que afrontar las democracias en la actualidad. Sartori considera que desde
la invención de Gutenberg, la televisión es la primera revolución
de alcances verdaderamente antropológicos aún no suficientemente
percibidos: el hombre de Gutenberg -el que lee, abstrae, conceptualiza
y racionaliza- se está convirtiendo en el hombre McLuhan, el hombre
ocular. Esto acarrea cambios en la cultura política, cambios que
hasta ahora se pueden observar con mayor claridad en Estados Unidos, aunque
se están produciendo en todas las sociedades. "La garantía
sustantiva -razona Sartori (1987: Y-116)- viene dada por las condiciones
bajo las cuales el ciudadano obtiene la información y está
expuesto a la presión de los fabricantes de opinión. En última
instancia la opinión de los gobernados es la base real de todo gobierno".
En
un ensayo posterior, Sartori (1998) ha ido todavía más lejos
en su denuncia. Nos encontramos, advierte, en plena revolución multimedia
y esta revolución está transformando al homo sapiens,
producto de la cultura escrita, en homo videns, el hombre que sólo
ve porque la palabra ha sido destronada por la imagen. La primacía
de lo visible sobre lo inteligible lleva, según Sartori, a un ver
sin entender y ello supone el fin, la muerte, del pensamiento abstracto,
de la imaginación y de la invención de ideas distintas. Estamos
asistiendo, pues, al nacimiento de un no-pensamiento o postpensamiento
que ha arrinconado la palabra y que confunde el conocimiento con la acumulación
de datos informativos y estampas visuales.
El relato de la realidad
El periodismo se nutre de profesionales que ejercen sus tareas de un modo tan diferente que resulta difícil, por no decir que imposible, el dar una definición clara de la actividad periodística. El espectáculo- en todos los medios porque la prensa del "rosa al amarillo" es espectáculo- y la propaganda - los gabinetes de prensa y relaciones públicas asumen esta función- forman parte de una amalgama profesional en la que conviven informadores, analistas y comentaristas. Internet ofrece la posibilidad de que en cualquier momento alguien se convierta en informador. Internet es herramienta que suministra información pero también es información, real e irreal, verdadera y falsa. Hasta el momento, con una apertura casi sin límites y sin fronteras. Pero esta aparente confusión no resta protagonismo al periódico ni mucho menos lo hace innecesario. EL problema reside en que el periódico adopte el papel que de él se espera: relatar la realidad con una mirada amplia, observar la realidad social e ir más allá de los cenáculos del poder. Y contarlo sin aburrir, con imaginación y con conocimiento de las técnicas del relato y de lo que se habla. Tiene espacio para ello y la palabra escrita, o mejor, relatada, es siempre necesaria. La literatura no ha muerto. Tampoco el periodismo escrito. Internet no relata; clasifica datos, hechos y puede ser una buena enciclopedia virtual. Internet nada sabe de las estructuras de un buen relato de la índole que sea.
Tiene razón el profesor Martínez Albertos (1998:67) cuando proclama con un total convencimiento que "sin una precisa teoría de los géneros no puede existir un verdadero periodismo". Y en su libro El Ocaso del periodismo (1997:306) se pregunta con asombro: ¿Cómo puede organizarse una enseñanza del periodismo sin una Teoría de los géneros, una Redacción Periodística, un Análisis del lenguaje... una Retórica del Periodismo?. El profesor Albertos ha explicado -con la excelencia del estudioso y conocedor de la realidad periodística- la necesidad y la pervivencia de los géneros periodísticos y a su extensa obra me remito. El temor de que se nieguen estos géneros genera el temor del fin del periodismo. El fin de una lógica, una estética y una ética de una profesión ya difícilmente definible. Habremos de convenir que no todos los periodistas hacen funciones parecidas ni homologables. El periodismo en televisión ha trufado los géneros y los noticiarios se han convertido en un espectáculo en el que a veces no resulta nada fácil distinguir la realidad de la ficción. Incluso, la servidumbre que genera la publicidad, ha hecho que ciertos telediarios anuncien una catástrofe o un hecho llamativamente luctuoso en sus titulares y se interrumpa la emisión para después de unos minutos de anuncios publicitarios. Se deja el suspense ficticio de un hecho real cuyo interés así tratado sólo reside en su espectacularidad. Su significado ya no es que pase a un segundo plano, es que no existe.
La prensa aún no ha caído tan bajo. Al menos la prensa referencial de información general -por supuesto no la deportiva, ni la del "corazón"- Y en la prensa importa mucho cómo se cuentan las cosas. En ese cómo reside la base del relato periodístico con sus diferentes manifestaciones y utilidades.
La necesidad de separar información de opinión es bastante aceptada en general aunque muchas veces sólo se cubren las apariencias. En los titulares de las informaciones se establecen unos focos de interés tan desenfocados a veces que esa actuación supone una opinión, no explícita, pero que llevará al lector a una visión de la realidad ciertamente deformada. Se trata de un grosero proceso de inducción, efectivo a corto plazo. La base de la manipulación. Pero quien así actúa se cubre las espaldas alegando que su lenguaje es informativo: sólo relata hechos y no contiene ningún vocablo opinativo. Esa forma de actuar es premeditada y no tiene mejor remedio que el rechazo del lector. Muy frecuentemente, en esta evidente forma de manipulación se buscan disfraces lógico-lingüísticos -a modo de poderosas justificaciones-. Se recurre entonces a utilizar conceptos inherentes a la información y a la opinión como son el análisis y la interpretación. Hay quien defiende que en el mismo momento de analizar documentación o de sintetizar antecedentes y hechos ya se está elaborando una opinión de primer orden. Con esa premisa, se propugna que el acto de decir es libre, que no debe ser censurado y que qué más da, todo vale por el sagrado derecho de la libertad de expresión; y se apela además al derecho a la información. Supongo que estas actitudes no desaparecerán; convivirán con esa otra actitud responsable de pensar en el lector ofreciéndole un producto no fraudulento y respetuoso con su libertad y su inteligencia. Esta segunda forma de actuación es la base del concepto de objetividad periodística. Un concepto tan discutido que es inútil ahora detenerse de nuevo en ello. Por mucho que se intente disfrazar la realidad, creo que los buenos lectores de prensa -aquellos que no se conforman únicamente con los titulares- saben y conocen la existencia de ambas actitudes descritas y la diferencia entre ellas.
Sin embargo, a la hora de enseñar los géneros periodísticos no basta con clasificarlos porque sólo de ese modo no se despejan dudas fundamentales que tienen que ver con la praxis del lenguaje. La prensa adquiere cada vez más un papel explicativo de las complejas realidades de nuestro mundo. Si yo explico, ¿dónde sitúo la frontera entre lo opinativo y lo puramente expositivo? Muchas veces la descripción contextualizadora de hechos son razones sobre esos hechos. ¿Dónde la frontera exacta entre lo narrativo y lo argumentativo?. Y más complejo aún: ¿dónde se sitúan las pretendidas fronteras entre narración, descripción e interpretación? Hannah Arendt (1996-1975), reflexionando sobre la trama de las relaciones y las historias interpretadas (1993:205), afirmó que "en el momento en que queremos decir quién es alguien, nuestro mismo vocabulario nos induce a decir qué es ese alguien".
Si en numerosas ocasiones la explicación de hechos aparece con la forma de relato que ofrece un reportaje proyectado además hacia el futuro, ¿no será entonces esa especulación un juicio por sí mismo? ¿No se disfraza la opinión en reportajes de tesis que se escriben con el único propósito de hacer prevalecer dicha tesis? La amplificación de ciertos hechos, así como la simplificación de otros o incluso el silencio informativo son también formas de la opinión, una opinión implícita, disfrazada.
Ciertamente, las fronteras no son diáfanas a la hora de escribir textos que vayan más allá del relato urgente de un acontecimiento en el que no se exige más que la descripción ordenada del qué, quién cuándo, etc. Por eso la clasificación de textos periodísticos según su intención objetiva e interpretativa no ayuda a solucionar estas dudas de orden pragmático que existen y son reales. Porque además dicha clasificación opone la objetividad con la necesidad de explicación, disyuntiva que falsea la realidad periodística. No se es más objetivo por elaborar noticias que respondan sin más ambiciones a las cinco preguntas básicas. Por el contrario, es la búsqueda de los por qués lo que da sentido al periodismo escrito y apuntala su racionalidad. Ahora bien, ahí reside un problema de entendimiento: el alcance de la interpretación con respecto a la opinión; la delimitación de fronteras lingüísticas entre ambas realidades. Creo que en primer lugar deberíamos conocer la naturaleza de los juicios que utilizamos y comprender que unos son simplemente interpretativos mientras que otros poseen una naturaleza absolutamente opinativa.
Así, podríamos distinguir los siguientes juicios que todo escritor -el periodista escribe- va a tener que utilizar en sus textos narrativos interpretativos y en los editorializantes:
Analíticos:
Resultan de la percepción
de un problema, de una realidad compleja que puede tener consecuencias
aunque todavía no puedan determinarse con exactitud. Son juicios
"a priori" porque lo que se intenta es llamar la atención sobre
determinados asuntos e implicar al lector en esta preocupación.
En realidad, el juicio no se manifiesta explícitamente. Pero por
la forma en que se construye un relato de hechos, acentuando la importancia
en unos más que en otros, ofreciendo datos contextualizadores, antecedentes
necesarios, estableciendo relaciones pasado-presente y observando posibles
consecuencias que se deriven de esos hechos, los juicios analíticos
están presentes en cualquier reportaje de investigación y
explicativo de realidades. Pero no son opinativos.
Sintéticos:
Todos los juicios sintéticos
son "a posteriori", es decir, implica el conocimiento de unas causas y
el establecimiento de unas consecuencias no sólo deducibles sino
también constatables. Los juicios de esta naturaleza se basan en
la experiencia y por tanto permiten predecir ciertas realidades. Con esta
clase de juicios un relato puede proyectarse hacia el futuro y obligan
al análisis causal y a la deducción sintética. Estos
juicios no juzgan los hechos.
Hipotéticos:
En el análisis causal
no siempre es posible deducir unas determinadas consecuencias o efectos;
entonces, el juicio implícito queda abierto a una o varias hipótesis
que se formulan como resultado del análisis realizado.
Disyuntivos:
Se formulan cuando se plantea
una bifurcación en una alternativa con sus dos opciones: o esto
o lo otro. Son muy útiles cuando han sido el resultado de análisis
de situaciones y las posibilidades apuntadas suponen una advertencia sobre
lo que puede pasar, casi siempre con una opción mejor que la otra,
por no decir que opuestas. Sin embargo, si se utilizan como admonición
inducida para desaconsejar una de las opciones de la alternativa, estamos
evidentemente ante una manipulación ideológica de carácter
puramente opinativo.
Categóricos:
Son juicios cerrados y explícitos.
Juzgan hechos, personas o situaciones sin dejar espacio apenas para la
discrepancia. Pueden fundarse en el análisis de causas y consecuencias,
pero este análisis funciona como prueba o razonamiento para justificar
y reforzar el juicio que es de carácter contundente. Son siempre
opinativos explícitamente y pueden subdividirse en tres categorías:
juicios de intenciones: un adjetivo, pero también un aparente análisis, pueden servir como base para juzgar - o prejuzgar- las intenciones supuestas en un actor político o cualquier otro representante social. El desenfoque manipulador de muchos titulares de prensa contiene esta clase de juicios en el mismo epicentro de la noticia.
juicios de valor: juzgan con adjetivos contundentes que se refieren a unos valores jerarquizados y de cualquier índole: sociales, éticos, políticos, individuales...
Por todo lo anterior, creo que resulta un tanto falaz
hablar de relato periodístico excluyendo absolutamente la posibilidad
de un razonamiento basado en la contextualización, la ilación,
el análisis causal, la síntesis de las consecuencias y la
explicación de conceptos. Con ello no cerramos ningún círculo,
no damos argumentos razonados por la opinión categórica,
pero sí nos apoyamos en argumentos existentes y reales. En última
instancia, será el lector quien se formule la opinión concreta.
Y esto tiene una consecuencia inmediata en la conceptualización
de los géneros periodísticos basados en los diferentes relatos
que el periodismo tiene a su disposición. No sólo los géneros
de opinión orientan. También lo hacen los relatos interpretativos
y esa es su razón de ser.
Explicar y mostrar
Exceptuando la noticia, un relato urgente y sin posibilidades explicativas más allá de los datos necesarios, los demás relatos son interpretativos y se denominan reportajes y crónicas. Y pueden ser explicativos o mostrativos según sea la naturaleza del propio relato. Un relato explicativo (reportajes y crónicas) busca la orientación del lector por medio del análisis y síntesis de hechos, aporta datos y antecedentes, contextualiza y explica conceptos. La base es narrativa con un tono distanciado pero preciso. Busca la eficacia de la explicación clara y no se detiene en posibilidades retóricas. Las fuentes suelen ser numerosas y no contiene juicios de valor aunque puede plantear hipótesis o mostrar una realidad disyuntiva. Las fuentes consultadas le sirven para justificar todo este contenido explicativo.
En cambio, un relato mostrativo (también reportajes y crónicas) se basa en una narración protagonizada por el concepto de la visibilidad. Esta noción de saber mostrar algo mediante el uso adecuado del lenguaje la definió Aristóteles en su Retórica (1990: III,11) bajo el epígrafe Poner ante los ojos: "Llamo poner ante los ajos algo a representarlo en acción". Lo que Aristóteles nos enseña es a utilizar y extraer todas las potencialidades y cualidades sensoriales y plásticas de la prosa narrativa. Es encontrar y explotar la diferencia entre el decir y el mostrar. La metáfora, el adjetivo bien hallado, los epítetos, los nombres de las cosas y los verbos. Son los verbos los protagonistas de toda acción; pero no pueden transitar solos. Necesitan de la palabra justa y sonora, evocadora de lo real, de lo que pasa, la que llama a las cosas con precisión, la que huye del estilo "literaturizado" o falsamente lírico, poético que diría Aristóteles.
En todos los pasajes del libro III de su Retórica, Aristóteles nos alerta sobre todos los vicios que matan el estilo. Además, en el capítulo 9 nos enseña estos dos conceptos aquí manejados y que él denomina Estilo seguido y el periódico. Al estilo seguido lo define así: "el que no tiene fin por sí mismo, si no termina el asunto expuesto". Si nosotros escribimos un reportaje explicativo, el asunto que habremos de explicar es la base de la narración. A él se supeditará el estilo narrativo que será "seguido" en términos aristotélicos, por no decir que exige un orden en la narración lógico y bastante clásico. En cambio, el estilo "periódico" requiere para Aristóteles un concepto de distribución del relato en párrafos o periodos: "llamo período a un trozo que tiene principio y fin en sí y por sí mismo, y una extensión abarcable a la mirada. Tal trozo es agradable y fácil de comprender; es agradable por cuanto contrapuesto al discurso infinito, y porque siempre el oyente cree que alcanza algo, y algo para él definido". Los párrafos o periodos deben ser, aconseja el Estagirita, equilibrados, "ni demasiado pequeños ni demasiado largos... los periodos que son largos resultan discursos y como el preludio de un ditirambo". Los párrafos demasiado cortos producen una narración sincopada, carente de ritmo y de contenido suficiente.
Con todo este bagaje, el estudiante de periodismo y el periodista deben estar siempre atentos a las estructuras convenientes a sus relatos mostrativos o explicativos y el aprendizaje es lento porque requiere práctica, corrección, seguimiento y muchas lecturas. Lecturas literarias y lecturas periodísticas. Todo lo que tiene que ver con el uso del lenguaje es asunto infinito, para cuidar toda una vida. Y esta distinción fundamental entre explicar y mostrar es una de esas tareas que requieren mucha más atención y estudio de lo que pocos están, en un principio, dispuestos a admitir. El escritor Angel Zapata (1997), en un libro para ayudar a los aspirantes a escritores, afirmó con rotundidad: "No es lo mismo explicar una historia que contársela a los lectores, reflexionar sobre un personaje que retratar sus acciones de un modo vivo y concreto". Pasar de la idea a la acción. De eso se trata cuando necesitamos mostrar, describir, hacer visible una historia. En literatura y en periodismo.
Después de esta propuesta acerca de mi visión sobre los relatos periodísticos me quedo expuesta a la acusación o al reproche de que desprecio la ortodoxia de los géneros periodísticos. Pero, como ya he explicado anteriormente, creo que es ficticio y confuso hablar todavía de reportaje objetivo y de reportaje interpretativo, sobre todo aplicado a la escritura en prensa, cuando los periódicos han de concebir sus relatos de la realidad desde una perspectiva muy distinta a la de los medios audiovisuales. Creo, además, que tanto el reportaje como la crónica informativa adoptan, según las necesidades del relato y las circunstancias, las dos formas ya descritas de explicación o de visibilidad. Y de eso estamos hablando, de formas precisamente, cuestión nada desdeñable sino todo lo contrario: es decisiva. La calidad, la ética, la credibilidad, la eficacia, la profesionalidad, en suma, constituyen los criterios de fondo, de modo que la valía del periodista depende de formas y de fondos, cuestiones sólo evaluables a posteriori, una vez que cada relato haya sido escrito. Cada periodista se define a sí mismo por su último reportaje, su último relato para el lector.
El resto de relatos, de mucha menor extensión y atentos a la urgencia del suceso, son noticias más o menos elaboradas, mejor o peor enfocadas, con mayor o menor objetividad. Constituyen pequeñas piezas narrativas sujetas a un espacio muy limitado y a una premura evidente, cuyo carácter principal es la exposición de datos siguiendo una línea estrecha de la causa al efecto o viceversa. Aún así, la calidad literaria -la forma- de estas pequeñas piezas dependerá de ese enfoque adecuado que cada relato necesita: explicar o mostrar. Cuando se critica la fórmula de la pirámide invertida aduciendo que obliga a repetir tres veces la narración o que aporta uniformidad a todos estos pequeños y necesarios relatos, es que, según lo entiendo, no se comprende de lo que se está hablando. El concepto de pirámide invertida existe desde el momento en que el titular desvela lo esencial. Pero el resto de la narración, compuesta por la entradilla y el cuerpo informativo, vayan o no señalados tipográficamente, es una unidad de un relato ordenado para el lector -orden que como ya se ha puesto de manifiesto por varios autores nos ha sido explicado por la retórica clásica, no por ninguna fórmula con grafía anglosajona-, buscando la máxima eficacia de lectura y comprensión textual, donde, por supuesto, nada se repite. La uniformidad aducida en su contra no es más que la manifestación de una carencia: sea como sea su estructura, un texto puede ser de calidad literaria o carente de ella. Es una cuestión de estilo, de saber escribir, de aprender a sintetizar. La verdad es que la experiencia docente me ha hecho llegar a la conclusión de que estos textos -las noticias-, modestos en apariencia, son difíciles en todo su conjunto. Escribir un buen titular tanto desde el punto de vista gramatical como de enfoque, una correcta y efectiva entradilla y un cuerpo informativo con vida hasta la última línea, y hacer de todo ello una unidad de buen relato, es algo que requiere tiempo y dedicación, más unas presupuestas habilidades expresivas. No es fácil. Aunque sí nos lo parece cuando leemos una noticia bien escrita.
EXPLICAR
Las dos formas narrativas expuestas, explicar y
mostrar, dan lugar a diversos tipos de reportajes según sea su foco
de interés. En primer lugar, los relatos explicativos (prevalece
el dato, la idea, el contexto y la relación) contendrían
las siguientes modalidades reporteriles para relatar de distintos modos
las realidades del mundo:
Reportajes expositivos:
Son de interés noticioso. Adoptan un tono
narrativo clásico, explicando causas y consecuencias. El tono es
distanciado y sintético, busca la eficacia de la claridad de los
hechos. La interpretación viene dada por la selección de
acontecimientos, por la contextualización, por la selección
de las fuentes y la documentación aportada. El periodista es un
narrador invisible que no juzga pero sí evalúa y jerarquiza
aquello que relata.
Reportajes analíticos:
Se analizan causas y consecuencias de hechos ya
suficientemente conocidos por lo que el periodista no vuelve al relato
sobre los mismos sino que amplía aspectos nuevos de esa realidad.
Se trata de desvelar aspectos poco claros, contextos relacionados, relaciones
temporales. Necesitan apoyos indispensables como las fuentes expertas sobre
el tema o temas de fondo y aportación documental. El interés
es noticioso y a la vez orientativo para el lector porque sin datos y análisis
no hay base para sustentar opiniones.
Reportajes especulativos:
Basados también en el análisis los
diferencia el hecho de que el relato se proyecta hacia un futuro más
o menos determinado; es decir, se analizan consecuencias aún no
sabidas o definidas. Llaman la atención sobre problemas de peso
y sobre situaciones cuyas consecuencias pueden variar dependiendo del desarrollo
de unos hechos que aún no se han producido. Se apoyan también
en fuentes expertas. El tono es distanciado desde el punto de vista narrativo
pero implica al lector en la preocupación que subyace por el mero
hecho de su publicación. El interés es noticioso -puede abarcar
como el anterior todas las áreas o secciones de un periódico-.
La economía y la política -nacional e internacional- son
temas preponderantes.
Reportajes divulgativos:
De interés didáctico, enseñan,
explican como son las cosas, como funcionan, qué repercusiones tienen
en nuestras vidas. Son reportajes ahora necesarios en cualquier periódico
de calidad y abarcan campos muy amplios. La ciencia y la tecnología,
conceptos que engloban las conquistas del conocimiento humano en muchas
áreas, son asuntos que han arraigado en las redacciones con fuerza
porque el periódico es un vehículo sin competencia para divulgar
con interés y eficacia lo que hasta hace poco sólo era patrimonio
de los iniciados en los diversos campos del saber científico. Las
fuentes son expertas y el periodista debe adoptar un tono explicativo sin
ser pretendidamente académico pero tampoco vulgar. Debe, ante todo,
entender previamente aquello que va a explicar, lo que le llevará
tiempo y dedicación.
Reportajes biográficos:
Todos sabemos que la concesión de un premio
renombrado o la muerte de un famoso tiene en el periódico la repercusión
inmediata de elaborar una narración explicativa sobre el personaje
en cuestión. Las fuentes son fundamentalmente documentales y este
tipo de relatos se hallan preelaborados en las redacciones en muchos casos.
Reportajes de base histórica:
Frecuentes cuando ocurren sucesos bélicos,
conmemoraciones, centenarios, efemérides varias. La base es documental
y el periodista debe conocer las posibles fuentes de esa documentación
y saber elaborar un relato interesante y explicativo de esa antigua realidad
que hoy nos debe interesar. Las fuentes humanas, de los expertos, son un
complemento importante, sobre todo a la hora de juzgar situaciones y personajes.
Pero es la documentación lo que debe trabajar con esmero el periodista.
Un trabajo, por cierto, muy creativo. El único peligro es plagiar
enciclopedias o libros sobre la materia. Pero esa es otra historia.
Reportajes de ocio y servicio:
Estos relatos explicativos que no dependen de forma
estricta de la actualidad sino de la ocasión creada están
basados en el concepto de la utilidad que le pueden reportar a cualquier
lector. Ocio, espectáculos, moda, viajes, compras, decoración,
vida cotidiana en general, son temas que se abordan al modo de una guía
explicativa e informativa para desenvolverse en la sociedad moderna.
MOSTRAR
Respecto de aquellos modos de narrar que utilizan
el valor de la visibilidad y que llamo relatos mostrativos, tenemos
los siguientes:
Reportajes valorativos:
Los he denominado así porque el hecho de
valorar algo supone previamente el hecho de elegir el modelo que se va
a mostrar, que va a hacer la historia visible, no sólo explicativa.
Esta clase de reportajes suele ser de interés humano y de interés
social. Se busca no sólo explicar cosas y conceptos, sino mostrar
un problema encarnado en una historia o historias reales que se utilizan
como hilo conductor. Las fuentes documentales están presentes, pero
el testimonio humano es vital. En la obra periodística de Gabriel
García Márquez abundan estos reportajes y, como el gran escritor
que es y siempre fue, resultaron de una calidad literaria antológica.
Después, mediados los años 60, Tom Wolfe quiso descubrir
en esta forma de narrar lo que él llamó el nuevo periodismo;
y, antes, Truman Capote intentó denominar su gran relato visible
A
sangre fría recurriendo a una paradoja: novela de no-ficción,
o con una mejor traducción, novela real, concepto que Capote (1988:10)
explica con esta lujosa descripción:
"quería realizar
una novela periodística, algo a gran escala que tuviera la credibilidad
de los hechos, la inmediatez del cine, la hondura y la libertad de la prosa,
la precisión de la poesía"
La estructura literaria de estos relatos se elabora por párrafos o periodos como ya nos enseñó Aristóteles y se busca una fórmula dramática o de interés sostenido que se aleja mucho de la narración clásica de los reportajes explicativos. La obra del escritor y periodista Manuel Rivas El periodismo es un cuento (1997) recoge una serie de reportajes publicados en el diario El País que responden fielmente a esta noción narrativa. "Cuentos verídicos", "reportajes filtrados por la ensoñación", crónicas de vida, fragmentos de la novela humana. El yo del periodista no tiene por qué asomar aunque en ocasiones debe hacerlo si su mirada es el testigo de cargo de lo narrado. La finalidad de estos relatos mostrativos es hacer visible y sensible una historia particular que apunta a situaciones y problemas más generales. La escritora danesa Isak Dinesen lo percibió con claridad: "Todas las penas pueden soportarse si las ponemos en una historia o contamos una historia sobre ellas".
En un reciente libro, David Lodge (1999:298), novelista y profesor inglés, estudia todas las técnicas de la narrativa, y dedica un capítulo a la "novela basada en hechos reales"; defiende el concepto con este argumento: "las técnicas novelísticas generan un interés, una intensidad y un poder emotivo a los que el reportaje o la historiografía ortodoxos no aspiran, mientras que para el lector la garantía de que la historia es "verdad" le confiere una fuerza que ninguna narración ficticia llega a igualar". Y a Lodge no le interesa la confusión de géneros ni la polémica sobre periodismo o literatura. Es más, lo zanja con esta revelación (íbid.:299): "La novela misma en tanto que género literario procede en parte del primitivo periodismo; hojas sueltas impresas, panfletos, "confesiones" de criminales, relatos de desastres, batallas y hechos extraordinarios, que circulaban entre unos lectores ávidamente crédulos como historias verdaderas, aunque casi siempre contenían algún elemento inventado. Daniel Defoe empezó su carrera como novelista imitando esas narraciones supuestamente documentales, en obras como "True relation of the apparition of one Mrs. Veal" (la verdadera relación de la aparición de una tal Mrs. Veal) y "Diario del año de la peste". Antes de que se desarrollara el método histórico "científico" a finales del siglo XIX se daba una abundante fertilización mutua entre la novela y la historiografía: Walter Scott se consideraba a sí mismo historiador tanto como novelista y en "la historia de la Revolución Francesa" T. Carlyle escribía más como un novelista que como un historiador moderno".
Reportajes literarios:
Son distintos de los reportajes valorativos porque
el objeto de su publicación es la firma que los preside. Por tanto,
el foco de interés no está únicamente en la historia
sino en el Yo del escritor. El tono y la estructura de estos reportajes
rezuman la individualidad reconocida. Importan las visiones y experiencias
que aportan sus autores, el estilo, la visibilidad de sus historias. La
subjetividad de lo que miran.
Perfiles:
Son reportajes que se diferencian de los biográficos
en el tono y en el por qué de su publicación. La percha para
publicarlos no reside en un hecho luctuoso o de éxito reconocido,
sino en la justificación que el propio periódico o periodista
decida llevar a la entradilla. Se trata siempre de una mirada en un momento
dado a un personaje famoso, vivo, y para ello se habla con él ampliamente
y con la conversación, más datos biográficos, se estructura
un reportaje mostrativo, literario, encaminado a que el lector "vea" al
personaje en ese instante a través de las palabras del periodista.
También pueden utilizarse testimonios ajenos, bien entreverados
en la narración, bien como única base testimonial -aparte
de la documentación buscada- en aquellos casos en los que no se
ha producido una conversación con el protagonista. La utilidad va
más allá de lo puramente literario ya que estos reportajes
encierran una intención sociológica o política. A
través de la significación vital de un personaje, el lector
percibe otras realidades más profundas porque no son visibles.
Epílogo
La enseñanza de las formas de narrar,
de los modos de argumentar y de juzgar razonablemente es la base de la
asignatura Redacción Periodística. Es un aprendizaje fundamental
en los estudios de un futuro profesional de la información y reclamo
su decisiva influencia. El periodista es un narrador de realidades y su
trabajo no es cómodo sino todo lo contrario: un reto permanente.
Se le exigirá mayor bagaje cultural. Pero todos los conocimientos
de saberes no son nada si no aprende a cómo utilizarlos, a cómo
y qué preguntar, a cómo transmitir, a cómo narrar
esas realidades. Es una profesión de círculo imperfecto:
nunca se llega a cerrarlo. Y los buenos profesionales, los mejores medios,
sobre todo en el mundo de la prensa escrita, saben que el futuro del periodismo
es una historia bien contada. Por eso, como posibilidad futura, los mejores
periódicos apostarán por la independencia ideológica
y tratarán de mostrarnos y explicarnos que la realidad es tanto
racional como irracional, el haz y el envés, el círculo imperfecto;
no buscarán el disfraz de la certeza ni la estrategia burda del
desenfoque mendaz. Huirán del periodismo fácil y servil de
las declaraciones y de los comunicados por fax o por correo electrónico,
tanto da. Tendrán como lema el respeto al lector al que no quieren
manipular; si no tan sólo proporcionarle las herramientas necesarias
para que piense, para que reflexione con las realidades seleccionadas,
contadas y analizadas. La investigación será un concepto
inherente al quehacer periodístico -¿cómo si no
mostrar y explicar sin caer en la palabrería?- y no una noción
unida a la promoción del escándalo. Concebirán el
periodismo como un servicio social de primer orden y no como un instrumento
de poder omnipresente. Y se marcará aún más la diferencia
entre estas actitudes que corresponden a un periodismo de calidad y responsable,
que logra la dignidad existencial, con aquellas otras que sólo buscan
el espectáculo, la propaganda y los nunca confesados intereses empresariales,
partidistas, incluso personales. Esta visión no es optimista ni
pesimista. Corresponde a la observación de diferentes comportamientos
y en lo que sabemos sobre la naturaleza humana. La prensa tiene vida y
no va a morir. El mundo tecnócrata y cientificista en el que nos
hallamos inmersos desde el siglo pasado responde a ese monstruo del racionalismo
que tecnifica el logos y cree por ello que domina y cambia a su conveniencia
el espíritu del ser humano. Pero sospecho que ese tipo de racionalidad
ya no funciona infaliblemente.
Todo lo que es real es racional y es irracional.
El poder no es la única realidad. Creo que los buenos periódicos
se están esforzando por entenderlo. Aunque, como casi siempre, son
los escritores, los creadores de mundos, los que se adelantan a este tipo
de evidencias que aún son futuras. Como Julio Cortázar en
Rayuela
(1978:507): "La idea es que la realidad, aceptes la de la Santa Sede, la
de René Char o la de Oppenheimer, es siempre una realidad convencional,
incompleta y parcelada"
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ZAPATA, A. (1997): La práctica del relato.
Manual de estilo literario para narradores. Madrid, Ediciones Fuentetaja
María Jesús Casals
Carro
Profesora Titular
de Periodismo
UCM