El periodismo en
el siglo XXI:
Mas allá
del rumor y por encima del caos
José-Luis M. Albertos
Catedrático
de Periodismo
UCM
(IGNACIO RAMONET: "Calidad y tiranía",
El País, 6 diciembre l998)
Cuando leí estas palabras de Ignacio Ramonet, inmediatamente me acordé de unas muy similares afirmaciones mías, formuladas hace ahora once años. El texto dentro del cual están incluidos dichos postulados se titulaba "La comunicación periodística ante el reto electrónico: el retorno a los géneros", y apareció publicado como capítulo 7 en mi libro El lenguaje periodístico, editado en 1989. Sin embargo, tal como se indica en la "Justificación" inicial del libro, este trabajo había sido impreso anteriormente en la revista Cuenta y Razón, núm. 34, correspondiente al mes de febrero de 1988 (pág. 59-64).
Los postulados a los que hago referencia dicen exactamente lo siguiente:
2) La posible supervivencia del periodismo está en buena parte condicionada a que la actividad periodística sea socialmente entendida y valorada como una profesión.
3) El concepto de periodismo como profesión debe estar apoyado en dos pilares: a) se trata de una actividad dirigida al logro de un derecho público colectivo de importancia fundamental; b) el ejercicio de esta actividad deberá estar regulada por unas exigencias éticas elaboradas por los propios profesionales.
4) Esta exigencia ética se debe manifestar día a día en una determinada práctica profesional que puede ser descrita como el respeto corporativo a la teoría de los géneros periodísticos".
No obstante, y éste el punto al que tenía
prisa por llegar, las previsiones que yo formulaba en 1988 acerca del futuro
del periodismo para las dos primeras décadas del siglo XXI coinciden
básicamente con las previsiones que con posterioridad también
adelantaba I. Ramonet a finales de 1998 pasado -es decir, diez años
después-, con el valor añadido de que estas segundas profecías
están empezando a verse ya cumplidas en estos nuestros días
situados en los estertores del siglo XX.
1. Información, conocimiento y news business
El día 6 de diciembre de 1998 el diario El Paísofrecía a sus lectores una página entera dedicada al debate del siguiente tema: "Internet y la comunicación tradicional". Los dos invitados para intervenir en esta discusión fueron el Prof. Cayetano López, catedrático de Física Teórica y antiguo Rector de la Universidad Autónoma de Madrid, y el comunicólogo pontevedrés Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique. Un par de días más tarde, el 8 de diciembre, el académico hispano/peruano Mario Vargas Llosa publicó en el mismo diario un espléndido ensayo -"Sirenas en el Amazonas"- en el que de un modo incidental, pero de forma muy sugerente, venía a coincidir con algunas de las propuestas que Ramonet había anteriormente esbozado.
Adelantando conceptos, podemos afirmar que hay un vínculo común que unifica el pensamiento de estos tres autores en lo que se refiere a este asunto particular relacionado con el periodismo. Este vínculo común, por otra parte, aparece ya expuesto en las cuatro proposiciones que resumí en mi trabajo de 1988, y de modo especial en las propuestas tercera y cuarta, que resumidamente vienen a decir lo siguiente: "El concepto de periodismo como profesión debe estar apoyado en dos pilares, uno de los cuales tiene un incuestionable carácter ético. Y esta exigencia ética se debe manifestar día a día en una determinada práctica profesional que puede ser descrita como el respeto corporativo a la teoría de los géneros periodísticos".
Cayetano López señala que una de las peores contraindicaciones de Internet radica en su escasa fiabilidad: "Es más fácil actuar irresponsablemente en Internet que en la prensa escrita. De hecho, en bastantes ocasiones se ha utilizado la red para difundir rumores o difamaciones con apariencia de información. Pero este problema no es nuevo; ocurre lo mismo con los medios escritos o audiovisuales." Se trata, según este autor, de un problema fundamentalmente de inmadurez, de juventud del nuevo medio, en el que los perfiles no están todavía bien definidos. "Por el momento -añade-, los usuarios tienden a confiar en los medios que han demostrado ya su fiabilidad en soportes convencionales, mientras que, para los que no disponen de esa referencia, la situación es más confusa". Como corolario de lo anterior, cabe decir aquí que, por lo menos en el momento actual de nuestra cultura periodística, la fiabilidad de los medios clásicos o convencionales es algo que va unido a la distinción práctica y efectiva entre textos informativos y textos de opinión.
La propuesta de Ignacio Ramonet es mucho más rica y sugerente, dicho sea esto desde la perspectiva propia de las previsibles relaciones entre Periodismo e Internet para las próximas décadas. Parte este autor de la siguiente afirmación:
Y termina su artículo con la formulación de un deseo similar al expuesto, en la parte superior de esa misma página, por el físico Cayetano López:
Deseo examinar estas posibilidades a la luz de dos factores
que se están ya detectando entre nosotros y que seguramente seguirán
actuando negativamente en los años venideros: la consideración
de la noticia como una modalidad concreta dentro del mundo del espectáculo
-el llamado infotainment-, y el peligro de muerte definitiva del
periodismo como resultado del olvido de la deseable distinción entre
información y opinión, entre relatos y comentarios.
2. El infotainment como meta.
En el periodismo norteamericano, desde mediados de los años 80, se utiliza el vocablo infotainment como término de referencia para definir una inclinación perversa, especialmente detectable en la programación televisiva. Infotainment es un acrónimo resultante de la contracción entre information y entertainment, y la traducción más acertada sería "información como espectáculo". Claude-Jean Bertrand, a finales de la década pasada, hablaba de dos fuertes inclinaciones que pueden ser localizadas en la televisión comercial norteamericana: por un lado, el pseudo-acontecimiento previsible y barato, el acontecimiento fabricado para ella y servido en bandeja, que fomenta la publicidad clandestina, y por otra parte la tendencia hacia el infotainment, es decir, señala este autor, "la info-diversión, o sea, hechos diversos, escándalos, conflictos, desastres; es decir, espectáculos, interesantes ciertamente, llenos de personajes pintorescos que a menudo carecen de importancia, que informan muy poco sobre el mundo que nos rodea".
Diez años más tarde, la tendencia que Bertrand denunciaba en 1989 para el periodismo televisivo, se ha trasladado también a los periódicos de calidad: diarios como The New York Times y Los Angeles Times, o semanarios de información como Time o Newsweek. En la primavera de 1998, un estudio del "Project for Excellence in Journalism", en asociación con la Facultad de Periodismo de la Universidad de Columbia, arrojaba los siguientes datos referidos al tiempo que media entre 1977 y 1997:
En honor de la verdad es preciso reconocer que esa tendencia estaba siendo detectada desde casi los inicios mismos del periodismo televisivo, allá por los años 60. Textos míos datados, en su primera edición, en 1977, recogen repetidas citas de destacados autores clásicos en estas cuestiones que venían insistiendo desde tiempo atrás en señalar, como característica esencial de las noticias por televisión, un modo y un estilo de presentación indisolublemente unidos a una muy particular manera de concebir y realizar los programas de diversión y de espectáculo destinados a los mass-media.
Maury Green, en efecto, en un texto clásico sobre periodismo televisivo, fechado en su versión original en 1969, insiste muy machaconamente en el carácter de espectáculo que preside la realización de las noticias destinadas a ser transmitidas por TV:
Desde una perspectiva todavía más exigente, propia de la crítica ideológica del pensamiento contemporáneo surgida en la Escuela de Fráncfort, algunos destacados autores identifican de modo total y absoluto cualquier manifestación de la industria cultural -y no sólo la radiotelevisión- con la mentalidad propia de negocio del espectáculo. Por ejemplo, recordemos aquí el punto de vista de Adorno y Horkheimer:
A la vista de las consideraciones aquí expuestas, me atrevo a extraer una primera conclusión provisional relacionada con lo que hemos denominado tendencia hacia el infotainment, es decir, la tendencia, presente hoy en buena parte del periodismo actual, que le lleva a concebir y tratar la noticia como una modalidad específica del mundo del espectáculo. Dicho brevemente: esta tendencia, en sí misma, contiene una considerable carga de gérmenes dañinos para los receptores de estos mensajes informativos, porque estos microorganismos producen en los públicos la engañosa sensación de que entienden y conocen realmente todo aquello que se les ofrece a través de los mass-media: "basta ver para entender". Y, de acuerdo con lo que está siendo profetizado por expertos conocedores de estas cuestiones, es previsible que la progresiva implantación de Internet vaya a potenciar todavía más en los años venideros esta irresistible tendencia hacia el infotainment. El resultado final de este conjunto de factores sería la implantación de un sentimiento colectivo de caos en todo aquello que se refiera al campo de la información transmitida por estos medios masivos.
Ignacio Ramonet, como hemos visto, habla del sentimiento de caos atribuible a Internet como consecuencia de que este medio establece el principio de que todo lo que ocurre en el mundo puede ser emitido y recibido en tiempo real, instantáneamente. Pero este sentimiento de caos se deriva también de la visión generalizada de que todo lo que existe es intelectualmente asequible y asimilable como si estuviéramos ante un espectáculo de variedades: el conocimiento se convierte así en un juego similar a la descodificación superficial y entretenida de un chiste verbal o de un gag cinematográfico. Pero la realidad es muy diferente: la mera información por acumulación de datos no supone que el individuo esté en condiciones de conocer, ni mucho menos de saber, lo que pasa en el mundo, ni siquiera lo que ocurre a su alrededor.
3. Información frente a opinión: el deslinde necesario.
Hay otro peligro detectable que está amenazando ya, según todos los indicios, el periodismo de los años venideros: la amenaza descrita en párrafos anteriores como un "peligro de muerte definitiva por el olvido de la deseable distinción entre información y opinión, entre relatos y comentarios". De los tres autores que hemos tomado como punto de partida para este ensayo, dos de ellos se refieren de modo explícito a este punto: Ignacio Ramonet y Mario Vargas Llosa. Cayetano López hace alusión, como hemos visto, de forma indirecta. Puestos estos puntos de vista en correlación con los postulados iniciales que he anotado al comienzo de este trabajo, considero importante consignar aquí que en el trasfondo de esta cuestión está presente un valioso manojo de consideraciones técnico-profesionales y deontológicas, a las que quisiera hacer referencia brevemente, a modo de reflexión recordatoria.
Como consecuencia de las presiones comerciales, los medios de comunicación periodística están sometidos a una competencia cada vez más feroz, y uno de los resultados de esta lucha sin cuartel es la pérdida progresiva del sentido de la responsabilidad profesional específica del trabajo periodístico, una pérdida del sentido deontológico que hasta ahora ha presidido, en mayor o menor medida, el oficio de los comunicadores especializados en la información de actualidad o periodismo. "Las presiones comerciales se intensifican -señala I. Ramonet- y, como muchos de los dirigentes no proceden del mundo periodístico, sino del universo de la empresa, no son tan sensibles a la integridad, a la veracidad de la información. Para ellos, el new business, el negocio de la noticia, es, ante todo, eso, un negocio, una manera de ganar dinero".
La integridad y la veracidad de la información suponen, entre otros aspectos, la asunción por los periodistas de unos compromisos técnicos, que se deducen inexorablemente de su trabajo profesional como codificadores expertos en la elaboración de mensajes destinados a la difusión colectiva. Estos compromisos técnicos llevan también un indudable componente ético. Y por este motivo me refería anteriormente a ellos describiéndolos como un "valioso manojo de consideraciones técnico-profesionales y deontológicas". De este manojo de compromisos deontológicos, hay dos que tienen aquí una especial importancia: a) el rumor -es decir, la noticia no verificada- nunca puede ser aceptado como materia prima válida para el trabajo periodístico; b) una obligación profesional ineludible del periodista es "hacer un estricto deslinde entre información y opinión, la de no mezclar una noticia con juicios o prejuicios personales", en frase de M. Vargas Llosa. Estos dos compromisos deben ser considerados como el alfa y la omega, la piedra de toque que permite calibrar tanto la honestidad moral como la pericia técnica de cualquier periodista. Y siguiendo al citado autor peruano, esto ha sido históricamente cierto en el ámbito cultural de los países anglosajones, por lo menos en una primera etapa de la que podemos llamar civilización periodística. Pero también hay que decir que en los últimos años- y de modo especial a partir de finales de los años setenta y como consecuencia inmediata derivada del fenómeno globalmente denominado new journalism-, esta tendencia y modo de concebir el ejercicio profesional del periodismo se ha desplazado del mundo anglosajón al ámbito continental europeo y al ámbito de los países hispano latinos de América.
El estricto deslinde entre información y opinión puede también traducirse, en términos rigurosamente profesionales, como el necesario y deseable deslinde entre relatos y comentarios, entre stories y comments, tal como he adelantado anteriormente al utilizar una expresión ya acuñada en otros textos: "respeto corporativo a la teoría de los géneros periodísticos". En el mismo enunciado del concepto de lo que debe entenderse por relato está ya implícito, de forma contundente, el requisito previo y necesario en virtud del cual todo texto periodístico de carácter informativo debe versar obligatoriamente sobre hechos que puedan ser comprobados: ésta es la primera fase del proceso creador que conduce a la producción de noticias, fase que se corresponde con la inventio descrita en la Retórica aristotélica. En un segundo momento, el periodista se enfrenta con una obligación deontológica: la efectiva comprobación de la veracidad del hecho que va a difundir -la dispositio-. En la tercera fase -la elocutio-, el periodista pone por escrito o codifica, con criterios de mínimo esfuerzo literario y máxima eficacia comunicativa, el contenido intelectual del acontecimiento del que va a informar públicamente sirviéndose de un determinado medio de masas. Teniendo en cuenta (por separado o, mejor todavía, acumulativamente) una u otra de las dos primeras fases del proceso productor de noticias, el rumor no tiene cabida alguna en los planteamientos propios de un periodismo que pueda ser considerado técnicamente correcto y deontológicamente aceptable. En efecto, en términos aproximadamente filosóficos, podemos aceptar como válida la siguiente definición acerca del relato periodístico, el story de los profesionales anglosajones:
También debe ser considerado como un ingrediente básico de esta tradición cultural del periodismo en el mundo moderno, el compromiso técnico-deontológico que obliga a los profesionales de la comunicación periodística a deslindar cartesianamente entre dos tipos fundamentales de mensajes: el mensaje informativo, destinado a suministrar datos comprobables -el relato-, frente al mensaje destinado a exponer opiniones y juicios subjetivos -el comentario-. Información frente a opinión, stories frente a comments: en esta dicotomía de términos aparece, esquematizado hasta el grado máximo, el meollo de la doctrina de la que hemos llamado aquí teoría de los géneros periodísticos.
Lorenzo Gomis ha expuesto con brillantez y agudeza algunas de las ventajas -unas de carácter práctico, propias del oficio, y otras de carácter educativo- que se derivan de esta teoría:
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La deseable distinción cartesiana entre esos dos productos literarios -relatos/stories, de un lado, frente a comentarios/comments, en el otro campo- produce ventajas de muy varia consideración a los profesionales de la comunicación periodística. Incluso, de acuerdo con la doctrina del Tribunal Constitucional Español, en clara sintonía en este asunto con el Tribunal Supremo de U.S.A., puede decirse que es capaz de generar para los periodistas impagables beneficios legales. Podemos afirmar, en resumen, que el balance histórico de esta práctica profesional es claramente favorable para quienes han sido fieles observantes de la misma. Esta distinción ha reportado y sigue reportando a los periodistas importantes beneficios laborales y legales. Pero también proporciona ventajas intelectuales y cívicas a los lectores de los periódicos, en la medida en que facilita y dirige a los receptores hacia una descodificación segura de los mensajes por los cuales están interesados, para obtener así de ellos una satisfacción inmediata o diferida de sus necesidades psicológicas, según los casos.
Dicho esto, es necesario reconocer, sin embargo, que la tendencia de las nuevas tecnologías no favorece el mantenimiento de esta deseable distinción. Según todos los indicios, los nuevos modos periodísticos tienden hacia las fórmulas actuales del periodismo televisado, e incluso es previsible que acentúen en el futuro inmediato estas tendencias perversas que ya nosotros hemos empezado a padecer. Como veíamos anteriormente, la carga emocional del mensaje visualizado tiende a desvanecer los contornos fronterizos entre lo que es un hecho comprobable y realmente comprobado -la noticia- y lo que es simplemente un rumor. Pero, por otra parte, el modelo televisivo se ha visto disparado desde sus mismos orígenes hacia una creciente confusión entre mensajes informativos y mensajes de opinión. Este defecto fue ya señalado hace 30 años por varios expertos norteamericanos, entre los cuales estaban Merrill y Lowenstein. Además, en los últimos tiempos, se está produciendo en el club de los comunicólogos más selectos del momento una especie de asentimiento general acerca del irresistible incremento de esta tendencia. Y empieza a temerse que, si Dios no lo remedia, dentro de pocos años habrá desaparecido prácticamente de los medios esa deseable distinción. En este supuesto, su ausencia pasará a ser una constante casi inevitable con la que tendrán que contar las nuevas generaciones de periodistas:
En los primeros compases de este trabajo afirmaba, por adelantado, una visión pesimista acerca de cómo puede ser el periodismo del próximo siglo: los valores actuales que forman parte integrante de la cultura periodística puedan quedar negativamente afectados en los años venideros por el impacto de las nuevas tecnologías aplicables a los fenómenos de la comunicación de masas. Y centré mi análisis en dos importantes factores -ciertamente, no los únicos factores existentes, pero sí los más especialmente relevantes- que están siendo ya detectados y sometidos a minuciosa disección: la tendencia a considerar la noticia como parte del mundo del espectáculo, y la no menos perversa tendencia a olvidar la deseable distinción entre relatos y comentarios. Llegados hasta aquí, me siento intelectualmente obligado a precisar mi toma de posición respecto al tema central de este conjunto de estudios e investigaciones: "El periodismo en el siglo XXI".
En el entorno académico de las Facultades españolas dedicadas al estudio de la comunicación está ya bastante divulgada -aunque, de momento, es compartida por muy pocos colegas - mi previsión poco esperanzadora sobre el futuro del periodismo, previsión que se deduce claramente tanto del título como del contenido de un libro mío ya anteriormente citado: El ocaso del Periodismo. Este ocaso por mí anticipado está argumentalmente apoyado en dos tipos de razones: 1) la invasión indiscriminada de "una tecnología disparada sin control hacia el futuro" -en frase de Gabriel García Márquez-, y 2) la pérdida de los valores filosóficos tradicionales en los que está fundamentado ideológicamente este edificio o técnica de trabajo social que llamamos periodismo:
Deseo aquí exponer un punto de vista que adelanto ya como claramente negativo: el periodismo no será compatible con la mentalidad postmoderna. Dicho de otra forma, en términos macluhanianos: la etapa electrónica supondrá el predominio completo y excluyente de una sensibilidad determinada, en la que no tendrán cabida los restos arqueológicos vinculados a la etapa alfabética. En el menos pesimista de los supuestos, estos vestigios literarios y librescos podrán sobrevivir algún tiempo con un cierto valor testimonial".
Mi temor es que sí puede llegar a ocurrir tamaña catástrofe, incluso presiento que hay bastantes probabilidades de que tal cosa suceda. Todo depende de que se corrijan a tiempo o, que por el contrario, se acentúen las tendencias perversas anteriormente indicadas: la progresiva frivolización de las noticias y la búsqueda irresponsable de mensajes tan atractivos como insuficientemente verificados. La frivolización de la noticia conduce al espectáculo y al caos informativo. Los mensajes irresponsables y escasamente comprobados conducen al imperio del rumor y a la indefinición entre lo que debe presentarse como un hecho comprobable y lo que sólo es un comentario subjetivo.
Indudablemente, éste es un diagnóstico tremendista y agorero. Pero al mismo tiempo puedo recomendar aquí mismo un remedio mágico para esta enfermedad: que los responsables y dirigentes de la comunicación periodística sean verdaderos profesionales del periodismo y no simples ejecutivos de empresa; es decir, según propuesta de I. Ramonet, que estos comunicadores rindan culto a la integridad y a la veracidad de la información. Si, por el contrario, los dirigentes de los nuevos medios se mueven por criterios fundamentalmente empresariales -el new business-, podemos apostar ya sobre seguro a favor de la catástrofe y ganaremos el envite. Si se diera este supuesto, tan desgraciado como posible, la Humanidad estaría entonces en el trance de ver la desaparición del periodismo de la faz de la tierra. Y esto podría ocurrir en las primeras décadas del siglo venidero, más o menos alrededor del año 2.020.
José-Luis M. Albertos
Catedrático
de Periodismo
UCM