El profesor de la Facultad de Ciencias Físicas de la Universidad Complutense de Madrid, don Enrique Maciá Barber, reflexiona en este texto sobre la imposibilidad de la coexistencia de sistemas físicos que pertenecen a escalas de tamaño muy distintas entre sí y el papel que en ello juegan las constantes fundamentales.

Hace algún tiempo tuve un sueño perturbador. Me hallaba en una casa por completo desconocida y el anfitrión me mostraba el salón. En una esquina unos peces exóticos devoraban con fruición una galaxia espiral que giraba pausadamente sumergida en una pecera. Luego, recuerdo que una voz de fondo me decía: Mira, con la llegada del buen tiempo los orbitales p de los átomos de carbono que plantamos en el jardín el otoño pasado han empezado a hibridar con los orbitales d del fósforo y el parterre molecular está quedando precioso… ¡Ven, ven, es magnífico!…
Desperté justo a tiempo, cuando un tropel de chiquillos entraba en escena a voz en grito porque, al parecer, unos chicos traviesos les habían birlado los nucleones con los que estaban jugando a las canicas…
Lo realmente perturbador de la pesadilla no era que las escenas pudieran parecer fantásticas. Lo verdaderamente terrible es que se encontraban más allá de la mismísima fantasía. Aunque comprendo que tan sólo un puñado de mis congéneres (aquellos versados en las enseñanzas de la Física) puedan apreciar en todo su sentido el pánico intelectual que embargaba mi ánimo.
Porque el sueño se construía sobre un vértigo de escalas completamente inapropiadas.
Para empezar, las galaxias no caben en las peceras, por que son mucho más grandes (que los peces, se entiende). Y son más grandes que los susodichos peces porque están hechas de estrellas, que también lo son. Y las estrellas son muy grandes porque la fuerza que las crea (y que también las destruye, por cierto) es muy débil…
–¿Con respecto a los peces? – me interrumpe una periodista que se asoma no sé cómo en mi hilo discursivo – No, respecto a las otras fuerzas de la Naturaleza. En particular, respecto a la interacción electromagnética, que es la que determina el tamaño de los átomos…
–Ah, ¿ésos con los que jugaban los niños en el jardín? – interrumpe un psiquiatra, que no para de tomar notas. No, eso eran nucleones, son mucho más pequeños. Su escala viene determinada por la fuerza nuclear y es realmente enorme… comparada con la fuerza gravitatoria (me adelanto a la periodista). De modo que lo patológico de la escena radica en que aparecen en una misma escala (la de la habitación… o la de los peces, si lo prefieren) tres sistemas físicos que no sólo no pertenecen a dicha escala en absoluto, sino que pertenecen cada uno de ellos (la galaxia, la molécula y el nucleón) a escalas de tamaño muy distantes entre sí…
–¿Y no podría llegarse a algún acuerdo amistoso? – interrumpe un abogado ojeroso que surge de improviso.
–Sí, sí – insiste alborozada la periodista, tal vez podrían cambiarse los valores de algunas de las constantes fundamentales que determinan las intensidades relativas de las fuerzas de la Naturaleza y, de este modo, alcanzar una especie de consenso que permitiera la coexistencia de las tres estructuras básicas en la misma escala…
Ante mi mirada atónita, nos aclara: –Bueno, es que me gradué en físicas. Luego hice un Máster de Periodismo, Gestión y Comunicación Científica…
–Vale, vale – corta el psiquiatra (un poco picado) – Pero, ¿podría hacerse tal cosa?
–Bueno, en teoría –empiezo a responder, mientras el abogado pone los ojos en blanco – tal vez pudiera encontrarse un conjunto no trivial de soluciones que satisfagan la condición de igualdad entre los tres tipos de fuerzas implicados (el estudio de esta conjetura se brinda como ejercicio al lector avezado que, llegado a este punto de la narración, se encuentre con ánimos para hacerlo). Aunque, claro está –prosigo – se trata de un ejercicio puramente académico…
Los seis ojos allí presentes se clavan en mí, especialmente los del abogado, que empieza a convencerse de que no hay caso…
–Bueno, verán, las constantes fundamentales no pueden cambiarse. Toman los valores que tienen sin que sepamos por qué y están fuera del alcance de cualquier tipo de manipulación experimental.
–Y eso, ¿desde cuándo? – inquiere el abogado, rotundo.
–Puede que desde siempre – se adelanta la físico-periodista – aunque no puede excluirse la posibilidad de que el valor de algunas de ellas pueda haber ido variando con el tiempo desde el origen del universo – añade, hay que reconocerlo, con acierto.
–Entonces – se anima de nuevo el abogado—esas “presuntas” constantes pueden variar. Y si lo hacen tendrán un móvil. Si se descubriese cuál es, podría idearse una tecnología encaminada a modificarlas adecuadamente. Algo así como inclinar un plano, para que un objeto que antes estaba parado sobre él, empiece a moverse – añade con gesto grandilocuente, dándonos a entender que hizo un bachillerato de ciencias.
–No, no creo que eso sea posible. No sabemos a ciencia cierta cuál es la naturaleza ontológica de las constantes fundamentales… no se trata de simples magnitudes físicas como la temperatura, la presión o la intensidad luminosa, que sabemos cómo variar. Surgieron inopinadamente en nuestras ecuaciones, cuando empezamos a tratar adecuadamente la cuestión del análisis dimensional…
Me interrumpí, al ver que la audiencia se me había quedado dormida.
Y, entonces, desperté. Esta vez, de verdad.
Desde entonces no he vuelto a tener pesadillas semejantes. Ni han vuelto a aparecer mis noctámbulos contertulios. En cierto modo los añoro. Pero el temor a volver a sumergirme en un mundo de escalas imposibles supera con creces ese atisbo de nostalgia. Por eso tomo ciertas precauciones, y a fin de evitar nuevos desvaríos en el mundo de las escalas medito profundamente, dos veces por semana, sobre las curiosas y fascinantes propiedades de los fractales, donde las escalas tanto montan, montan tanto, y los sueños invariantes son.
Autor:
Enrique Maciá Barber
Facultad de Ciencias Físicas
Universidad Complutense de Madrid
Texto publicado en la sección “Ideas al margen” de la Revista Española de Física (REF), Volumen 22, número 2, p.67, publicado en Abril-Junio 2008.
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