La biología molecular de Rockefeller

Desde mediados del siglo XIX el positivismo confió en la posibilidad de extraer la ideología (y la filosofía) de la ciencia, que podría seguir su marcha sin resultar alterada por adherencias extrañas. Influidas por él, algunas corrientes marxistas, como el estructuralismo de Althusser, han sostenido el mismo criterio. Incluso han llegado a convencerse de que eso se ha podido lograr con el propio desarrollo científico, de modo que les repugna que una ideología aparezca explícitamente «mezclada» en las investigaciones científicas. Pero lo novedoso no consiste en «introducir» la filosofía en la ciencia sino en el hecho de haberla sacado previamente de ahí. Por lo demás, la repugnancia por la mezcla sólo se experimenta cuando esa ideología no es la suya propia. En ocasiones algún científico manifiesta carecer de ideología alguna, o ser neutral ante todas ellas, o ser capaz de dejarlas al margen. Lo que sucede en esos casos es que se deja arrastrar por la ideología dominante, que queda como un sustrato sobreentendido de sus concepciones científicas y, en consecuencia, no se manifiesta conscientemente como tal ideología. Bernal lo expuso con relación a la influencia de Ernst Mach en la física: «Muchos físicos han absorbido tanto positivismo en su educación que lo consideran como un elemento intrínseco de la ciencia y no advierten que es simplemente una manera ingeniosa de explicar el universo objetivo en términos de ideas subjetivas» (296).

En ocasiones eso se debe a la ignorancia de la filosofía, pero también a la pretensión de originalidad, de ausencia de precedentes; a veces porque parece poco científico mencionar, por ejemplo, las mónadas de Leibniz como un antecedente de las células de Virchow, de los factores de Mendel, de las bioforas o de los genes. Un concepto filosófico, por su propia naturaleza, siempre le parece especulativo al científico, nunca parece probado y siempre vulnerable a la crítica. Prefiere inventar un neologismo, aunque la noción sea exactamente la misma.

Esa actitud positivista, que es ideológica en sí misma, es lo que hace que el linchamiento de Lysenko reincida en dos puntos que, al parecer, resultan impensables fuera de un país como la URSS. Uno de ellos es la injerencia coactiva y omnipresente del Estado en la investigación científica, y el otro, la no menos asfixiante injerencia de una ideología, la dialéctica materialista, en detrimento de otras ideologías y, por supuesto, de la ciencia, que debe permanecer tan pura como la misma raza.

Sin embargo, en los países capitalistas, que habían entrado ya en su fase imperialista, las ciencias padecían esas y otras influencias, de manera que los científicos estuvieron directa e inmediatamente involucrados en los peores desastres padecidos por millones de seres humanos en la primera mitad del siglo pasado (297). Ahora bien, subjetivamente los científicos no perciben como influencia extraña aquella que se acopla a su manera previa de pensar, sobre todo si dicha influencia está generosamente recompensada con suculentas subvenciones. Entonces la influencia se convierte en ayuda, en fomento de la investigación. Por eso prefieren ponerse al servicio de las grandes multinacionales que al de un Estado socialista, que les resulta extraño.

A comienzos del siglo XX, coincidiendo con la entrada del capitalismo en su fase imperialista, en los países avanzados tiene lugar un desdoblamiento dentro de la ciencia de sus dos componentes, que hasta entonces habían estado estrechamente asociados: la enseñanza y la investigación. Fue una división capitalista del trabajo entre los docentes y los investigadores acompañado de una ruptura interna del propio método científico. A lo largo de la historia los científicos denominaron de manera diversa al desdoblamiento del método científico, como por ejemplo:

  producciónreproducción
Kantorganon — canon
Marxmétodo de investigación — método de exposición

El gran científico checo Purkinje, uno de los intelectuales europeos más apasionantes y multifacéticos del siglo XIX, fue el último de una era en la que la investigación y la docencia estuvieron magistralmente fundidos. Además de investigador de primera línea, Purkinje reformó la enseñanza de la ciencia. En 1839 inauguró el primer instituto de fisiología en Breslavia (Wroclaw o Breslau), que la universidad no autorizó, por lo que tuvo que instalarlo en su propia casa, construyendo él mismo el equipamiento necesario para la investigación. El instituto disponía de un laboratorio propio pero no adquirió rango oficial hasta 1842 (297b).

La metodología científica padece estrabismo desde que la unidad entre la docencia y la investigación se rompe en 1900. Es otro de los motivos por los cuales se puede afirmar que no existe la sedicente «comunidad científica». En lo sucesivo los centros de investigación se superponen a las universidades. Ocurre en Gran Bretaña con la cátedra Balfour, en Francia con el Instituto Pasteur y en Estados Unidos con una red de instituciones y fundaciones privadas como Carnegie, Rockefeller, Ford y otras. El gobierno de Estados Unidos sólo financiaba la enseñanza, no la investigación. En algunos países eso supuso el desdoblamiento de la ciencia en un terreno público, la enseñanza, y otro privado, la investigación. El Estado se encargaba de la primera y el capital privado de la segunda. La ruptura se puede calificar de física. Los centros de investigación son edificios que se alzan fuera de la universidad, que empieza a desempeñar un papel subordinado, retórico. Deja de ser el lugar en el que se crea nuevo saber para adoptar una función reproductora del que se gesta en los laboratorios y centros especializados dedicados a la innovación científica. Como consecuencia de ello, el laboratorio impone su propio método a la universidad, que deja de ser universal (universitas); comienza la era de los especialistas, los que saben mucho de un poco y nada de lo demás.

La financiación externa de los laboratorios sólo fue la primera fase; la segunda los convirtió en unidades de producción, en empresas capitalistas por sí mismas. El modelo volvió a ser el Instituto Pasteur. Entre 1857 y 1873, Pasteur registró siete patentes de fermentación de vinagre, cerveza y vino, más otra para el filtrado de bacterias por el procedimiento de Chamberland. Pero ni él ni Toussaint pudieron patentar la vacuna contra el carbunco porque la ley francesa de propiedad intelectual de 1844 prohibía los registros de remedios farmacéuticos, incluidos los destinados al uso veterinario. Pero Pasteur fue más hábil que Toussaint. Para rentabilizar la vacuna del carbunco burló la prohibición legal mediante un procedimiento monopolista que mantenía en secreto el procedimiento de elaboración de la vacuna, que estaba muy lejos de tener los efectos preventivos que se le suponían. Su fracaso podía arruinar la empresa, por lo que Pasteur pretendía contolar de cerca las vacunaciones. El negocio lo discutió con Gambetta, el presidente del gobierno, a fin de obtener subvenciones del Ministerio de Agricultura y expandir la influencia de Francia en el mundo: «Un laboratorio de investigación no se puede quedar en los laureles», decía en una carta el 2 de marzo de 1887. La propaganda -real y ficticia- sobre el éxito de la vacunas fue tan fulminante que Pasteur tuvo que crear otro laboratorio anexo para fabricarlas que ya no era experimental sino industrial, capaz de suministrar 200.000 dosis mensuales mediante un complejo entramado burocrático, que incluía un departamento comercial (297c). Con el tiempo, el Instituto Pasteur no fue más que un laboratorio industrial, una de las mayores multinacionales farmacéuticas.

Sólo hay una excepción a este desdoblamiento, que es la medicina, un fenómeno que queda ilustrado en el informe Flexner, que dio un giro completo a la teoría y la práctica de la medicina en Estados Unidos y, a partir de allí, en el mundo entero. Abraham Flexner era un oscuro pedagogo cuando en 1908 el Instituto Carnegie le encargó un informe sobre la capacitación de los médicos en Estados Unidos y Canadá. El encargo le llegó por recomendación de su hermano mayor, Simon, que había sido uno de los pioneros en la creación de la Fundación Rockefeller, director del Instituto Rockefeller de Investigación Médica, además de patólogo en la Universidad Johns Hopkins y en la de Pensilvania. En 1902 John D. Rockefeller había creado el General Education Board, la primera gran fundación educativa de Estados Unidos. Flexner entró a formar parte de su personal. Su tarea aparente consistía en evaluar el estado de las universidades en norteamérica, y el de la educación médica en particular.

Flexner no tuvo necesidad de descubrir nada nuevo. Su informe es esencialmente el mismo que había elaborado la Asociación Médica Americana dos años antes y que nunca había podido publicar. En su tarea Flexner fue guiado por N.P. Colwell, miembro de dicha Asociación, quien quería asegurarse de que la investigación de Flexner llegaba a las conclusiones previstas. Incluso el pedagogo acabó la redacción de su informe (298) en las oficinas centrales que la Asociación tenía en Chicago. La coalición de esa Asociación con Carnegie y Rockefeller llevó unas determinadas tesis sobre la práctica de la medicina a todo el mundo. Flexner puso una rúbrica para alcanzar una gloria imperecera en materia de enseñanza de la medicina.

A partir de entonces la medicina dejó de ser un conjunto de prácticas para convertirse en una única práctica, en un canon homogéneo. En lo sucesivo el paciente ya no pudo volver a elegir médico porque los médicos eran clones unos de otros: como los remedios, los médicos también se fabricaban en serie y la medicina se acaba codificando en protocolos de actuación, diagnósticos, definiciones y vademécums compilados en gruesos volúmenes. El canon llegó impuesto por el dictado de una Asociación Médica que ni tenía carácter oficial, ni tampoco representaba al conjunto de la profesión. Por ejemplo, ni las mujeres ni los negros podían formar parte de ella. Lo que en 1910 iniciaron la Asociación Médica Americana, Flexner, Rockefeller y Carnegie, acabó momificado en la Organización Mundial de la Salud y pandemias del tipo de la polio, el SIDA o la gripe H1N1. Lo que empieza sectariamente acaba también de la misma manera.

Con su informe Flexner se limitó a dar forma intelectual al desembarco del capital monopolista en la medicina y la farmacopea norteamericana, a la creación de la industria de la salud, un sector económico emergente a cuyas normas debía someterse de manera uniforme el ejercicio de la medicina. En 1910 en Estados Unidos ejercían más de 60.000 profesionales dispersos por un vasto territorio, uno de los porcentajes de profesionales por habitante más altos del mundo. Como consecuencia de ello, la atención sanitaria se acercaba al ideal: médicos por todas partes y precios asequibles de la atención sanitaria. Esa abundancia de médicos se debía a que no se necesitaba un permiso oficial del Estado para ejercer, de modo que cualquiera podía poner una consulta, y también a las facilidades de matriculación en las escuelas de medicina, que eran muchas y de propiedad privada.

Estados Unidos pasó de disponer de 166 escuelas de medicina en 1910 a sólo 77 en 1940. Fue un cierre selectivo que afectó a la mayoría de las pequeñas escuelas rurales; sólo permitieron la apertura de dos escuelas para negros. En 1963 Estados Unidos mantenía el mismo porcentaje de médicos por habitante que en 1910, a pesar de un incremento enorme de la demanda. De los 375.000 médicos en activo en 1977, sólo 6.300, el 1,7 por ciento, eran negros. El plan de 1910 consistía en fomentar el mercado de la enfermedad, la medicina debía convertirse en un negocio y el médico debía modificar su posición en la pirámide social: de un profesional muy cercano al paciente, se conviritió en parte integrante de una élite selecta cuyos honorarios muy pocos podían satisfacer, lo cual abrió un fantástico mercado secundario: el de los seguros médicos. Las relaciones entre ambas partes, médico y paciente, cambiaron radicalmente. Antes el médico visitaba al paciente; ahora el paciente visita al médico.

La nueva medicina acapara la exclusividad de su aplicación «científica» que, como ya sabemos, es única, de manera que a partir de entonces el Estado deberá intervenir como árbitro para sancionar esa unidad: cuál es la auténtica medicina y cuál se debe vilipendiar, quién es médico y quién es sólo un curandero, qué conocimientos médicos se deben impartir, cómo se deben impartir y en dónde se deben impartir. Ni cualquiera puede fundar una facultad de medicina, ni cualquiera puede ejercer la medicina. Para que alguien se pueda llamar médico primero debe disponer de un título académico que sólo el Estado puede otorgar; para que alguien pueda ejercer la medicina primero debe disponer de una autorización que sólo el Estado puede otorgar, todo lo cual va cuidadosamente reglamentado y supervisado, además, por corporaciones profesionales del tipo de la Asociación Médica Americana, al servicio de los intereses de grandes empresas capitalistas de la farmacia, del equipamiento médico, de los seguros médicos, etc. Naturalmente los herbolarios también desaparecieron o fueron marginados. La formación médica, como las demás enseñanzas codificadas, son un instrumento de dominio sobre la ciencia sancionado por el Estado, que le proporciona al mecanismo una apariencia de objetividad y neutralidad.

Aparece el médico especialista, al cual se subordina el generalista. El médico debía ser un científico auténtico, obligado a estudiar varios cursos de conocimientos básicos antes de atender a sus pacientes. A partir del informe de Flexner los hospitales se vinculan a las facultades de medicina y a la investigación médica. No ha sucedido con ninguna otra profesión. Las facultades de derecho no comparten la misma sede que los tribunales, ni las escuelas de ingeniería están en los talleres, ni la enseñanza de la economía en la bolsa. Había que abandonar la medicina tradicional, el saber empírico y lo que Flexner calificaba como «dogmas históricos» que impiden la «libre búsqueda de la verdad», que él personifica en la homeopatía, a la que dedica una buena parte de su informe porque el negocio de Rockefeller estaba ligado a las empresas farmacéuticas alopáticas. En la industria farmacéutica, la dinastía Rockefeller comenzó con William Avery Rockefeller, quien acumuló su fortuna engañando a los incautos con medicamentos alopáticos fraudulentos, elixires compuestos por alcohol, cocaína y opiáceos que embotellaba como pócima milagrosa para cualquier clase imaginable de patología (299). Era un tráfico de drogas en una época en la que cualquier clase de droga era aún de venta legal y libre. Desde entonces la homeopatía no cesa de aglutinar en todo el mundo la furia inquisitorial de la auténtica medicina científica de Rockefeller, una campaña en la que logró sacudirse a una buena parte de la competencia. En 1910 la homeopatía era una práctica médica habitual y muy conocida especialmente en Estados Unidos. La primera asociación médica fundada en Estados Unidos había sido homeopática. Aunque los médicos estaban bastante desacreditados en aquella época, los homeópatas dominaban una parte importante del mercado de la salud.

No se trata de un caso aislado. Las múltiples medicinas que la historia ha conocido comportan una visión de la vida y del ser humano, así como intentos de que la misma sea uniforme, que siempre proceden de quien tiene el poder económico y político para imponerla. Tras la conquista de Granada, la medicina de origen islámico fue prohibida en España y sus practicantes llevados ante la Inquisición (300). Del mismo modo, en 1910 la suerte de la homeopatía y demás prácticas de la medicina también estaba sellada en Estados Unidos. Es el arquetipo de la evolución científica en el siglo pasado. No cabe duda de que determinados postulados básicos de la homeopatía, como las diluciones infinitesimales, no sólo carecen de fundamento científico, sino que contradicen abiertamente aspectos clave de los conocimientos admitidos en la actualidad. No obstante, el caso de la homeopatía no es el único cuyos fundamentos quiebran, ni tampoco dicha quiebra convalida otra práctica distinta, del mismo modo que los errores de la medicina convencional no justifican las prácticas alternativas. El hecho es que después de un siglo de imposición de un único canon terapéutico, la homeopatía y otras medicinas alternativas no sólo no han retrocedido sino que su presencia es cada vez más importante, lo cual debería ser un motivo serio de reflexión. Uno de los principios de la homeopatía sostiene que la medicina no pretende curar enfermedades sino enfermos, por lo que todo tratamiento debe ser personalizado, intransferible, lo que no encaja con un mercado capitalista de la salud dominado por la erradicación absoluta de la prevención en la medicina, las técnicas sofisticadas de diagnóstico, la producción en serie de fármacos, los protocolos uniformes que dirigen la prescripción médica y la venta indiscriminada de remedios farmacológicos. El médico receta y el farmacéutico vende. Una de las áreas de negocio en medicina es la investigación, al final de cuyo proceso hay que registrar una patente y, finalmente, vender fármacos, cuantos más mejor. La medicina también se transforma en una industria cuyo mercado no es la salud sino el fármaco; dicho mercado está dominado, pues, por poderosas multinacionales famacéuticas que dominan de manera monopolista la investigación y los protocolos de actuación médica.

La ciencia es única y la medicina también. Ese cúmulo exótico de prácticas médicas esparcidas por el mundo que exhiben los libros de historia debía desaparecer en favor de una terapia universal en cuya cúspide está un organismo internacional que vela por su imposición uniforme. En todo el mundo los protocolos terapéuticos vienen impuestos incluso legislativamente desde comienzos del siglo pasado. Así, en España el 28 de agosto de 1916 el gobierno dictó una circular para «evitar una invasión de poliomielitis» que marcó las líneas maestras de actuación en tales casos, imponiendo al médico la declaración obligatoria de cada caso detectado a la autoridad pública, el aislamiento de la persona «infectada», una medida equivalente a su encarcelamiento, la «desinfección» de los lugares en los que había permanecido (vivienda, centros de trabajo, barcos, escuelas) y, finalmente, la vacunación, a cuyos efectos el «infectado» debía llevar consigo una cartilla que resgistrara su administración bajo pena de multa en caso contrario. Se dictaron numerosas disposiciones parapoliciales de esa naturaleza. En 1921 el gobierno creó una Brigada Epidemiológica Central que disponía de un horno crematorio móvil montado sobre un camión y, sobre todo, se crearon burocráticamente, de arriba a abajo, asociaciones de afectados para que ellos mismos participaran en su marginación social, desencadenando a tales efectos amplias campañas de prensa que coadyuvaban a generar una espectacular histeria colectiva. No obstante, las enfermedades que propiciaban tan draconianas medidas en nombre de la salud pública, tales como la polio o la lepra, no tenían carácter infeccioso. Ni los protolos de actuación, ni la campaña de histeria tenían justificación científica ninguna.

En 1910, junto con algunos conglomerados farmacéuticos, Rockefeller controlaba hospitales, universidades e investigación. La medicina y sus áreas afines se convirtieron en un modelo de control y regulación monopolista, bajo la cobertura oficial de instituciones públicas como la FDA (Food and Drug Administration), un departamento del gobierno de Estados Unidos que hoy dicta la política sanitaria, alimentaria y farmacéutica en el mundo entero. No obstante, la naturaleza pública de la FDA es engañosa ya que el 75 por ciento de su presupuesto lo cubren las empresas farmacéuticas, es decir, que son éstas las que realmente controlan a un organismo aparentemente público, y no al revés. En cualquier caso, lo que concierne a la vida y a la salud es algo hoy extremadamente formalizado y minuciosamente regulado por criterios que, en ocasiones, son harto dudosos y poco tienen que ver con la ciencia. Los abigarrados protocolos de la FDA imponen lo que es una droga que hay que prohibir, lo que es un alimento que se puede ingerir y lo que es un fármaco que se debe prescribir. Dicen lo que es sano y lo que es pernicioso; lo que deben hacer y lo que no, tanto los médicos y pacientes como los gobiernos; lo que es salud y lo que es enfermedad, siempre basándose en criterios que sólo son realmente científicos si coinciden con los intereses económicos de las empresas farmacéuticas. Las razones para legalizar un edulcorante neurotóxico sintético, como el aspartamo (301), y paralelamente prohibir otro natural, como la stevia (301b), son otras tantas huellas de los turbios derroteros por los que circulan hoy las ciencias de la vida.

La ciencia auténtica de Rockefeller se puso en evidencia en 1918 con su claramoroso error en el diagnóstico de la fiebre amarilla. La historia resumida de este fiasco se remonta a 1900, cuando el médico japonés Hideyo Noguchi se traslada a trabajar a Estados Unidos, incorporándose poco después al laboratorio de Simón Flexner en el Instituto Rockefeller de Nueva York. En 1918 sus jefes le trasladan a Guayaquil (Ecuador) para estudiar la fiebre amarilla que causaba estragos entre los trabajadores del canal de Panamá, cuya construcción estaba paralizada, con enormes pérdidas para las empresas contratistas. A través de Nueva Orleans y otros puertos del sur de Estados Unidos, la enfermedad penetraba en el interior del país. Al año siguiente de su llegada a Guayaquil Noguchi publicó un artículo en el Journal of Experimental Medicine, creado por Rockefeller, en el que sostenía que la causa de dicha enfermedad era la bacteria Leptospira icteroides, descubrimiento que le valió ser nombrado coronel honorario por el gobierno de Ecuador. El diagnóstico era equivocado, como ya avisó Mario G. Lebredo en un artículo convenientemente olvidado (302), y cuando un diagnóstico falla, el coste no se mide en dinero sino en vidas humanas. Los médicos de Rockefeller retrasaron la cura de la enfermedad en Ecuador, Perú, México y otros países latinoamericanos. En África tampoco encontraron la bacteria de Noguchi en los pacientes con fiebre amarilla. Rockefeller y Noguchi pasaron por encima de un antiguo descubrimiento del cubano Carlos Finlay: que la enfermedad la transmitía el mosquito Aedes aegypti (Stegomya fasciata), algo bastante conocido en Estados Unidos porque en 1900 su ejército había enviado una misión científica a la Isla para conocer de cerca las investigaciones de Finlay. Combatiendo el mosquito se pudieron concluir en 1914 las obras del canal de Panamá. Luego se demostró que el mosquito era el vector que transmitía el virus.

Pero Noguchi y sus padrinos no están en los libros de oro de la historia por sus fracasos sino por sus éxitos. Dicen que identificaron al Treponema pallidum, la bacteria de la sífilis. No es exacto. En 1905, dos científicos alemanes, Fritz Schaudinn y Hoffmann Erich, ya habían observado la espiroqueta ondulada en los cerebros de los pacientes fallecidos a causa de aquella enfermedad venérea, aunque no lograron cultivarla y, por consiguiente, no pudieron demostrar cabalmente que era la causa de la enfermedad. No obstante, a partir de entonces los laboratorios iniciaron una carrera para cultivar Treponema pallidum, lo que Noguchi logró en 1910 en testículos de conejo, pasando así a integrarse en la nómina de los primeros cazadores de microbios. La historia se viene presentando de otra manera, eliminando los precedentes, para mayor gloria, no de Noguchi, sino de Rockefeller. Noguchi es un héroe nacional en varios países, especialmente en el suyo propio. Desde 2004 su rostro aparece en el billete de 1.000 yenes y dos años después el gobierno japonés estableció el Premio áfrica Hideyo Noguchi, para honrar la labor de los científicos en la lucha contra las enfermedades infecciosas en el continente negro (302b).

Las terapias de Simon Flexner volvieron a quedar en ridículo durante la epidemia de polio de 1937 en Estados Unidos. Según Flexner la polio era una enfermedad de origen viral que afectaba al sistema nervioso central y se transmitía sólo por vía nasal. El remedio infalible consistía en revestir las paredes nasales con una pasta de sulfato de zinc (302c), por lo que en aquella época era corriente que la gente paseara por las calles de las ciudades de Estados Unidos con gasas de algodón taponando sus narices. Las historias de la fiebre amarilla y la polio tienen todos los ingredientes premonitorios de lo que iba a ser la medicina en el futuro, especialmente en la posguerra, incluidas las campañas benéficas de recogida de dinero y la intimidación obsesiva a través de la prensa: la polio fue la primera enfermedad mediática y su ejemplo visible era el presidente F.D.Roosvelt postrado en una silla de ruedas. Un cierto tipo de medicina, la de los virus y cuarentenas, empezó a ser noticia. La polio no es contagiosa pero las personas fueron intimidadas con el miedo a los virus e infecciones, creando la prensa una auténtica paranoia colectiva. Como medida profiláctica había que evitar el contacto entre las personas; se cerraron lugares públicos, como cines, escuelas y locales de diversión. Impusieron una especie de estado de excepción por supuestas razones de salud pública.

Lo que es bueno (o malo) para Estados Unidos también lo es (o no) para el resto del mundo. De ahí que las instituciones internacionales que hoy operan en el terreno de la salud y la alimentación (OMS, FAO) imponiendo sus criterios (científicos o no), son un trasunto de las estadounidenses (CDC, FDA). Al tiempo que ganaba la batalla en su propio país, Rockefeller creó su propio medio de propaganda, el Journal of Experimental Medicine, bajo la dirección efectiva de Simon Flexner. También cruzó todas las fronteras con el informe de Flexner bajo el brazo. En el periodo de entreguerras, el Organismo de Salud de la Sociedad de Naciones le ofreció a Rockefeller la primera oportunidad que extender sus tentáculos, aportando la mitad del presupuesto de aquel organismo mundial. China fue uno de sus primeros puertos. Con su correspondiente provisión de subvenciones, en 1921 fundó en Beijing el Hospital de la Unión y el Colegio de Médicos, una institución hasta entonces desconocida en el país asiático. No era más que la punta de un gigantesco iceberg científico que comprendía escuelas, librerías, laboratorios y todo un complejo integrado por unas cien instituciones de muy diverso tipo. China debía emular a Estados Unidos y si en medicina el modelo era el hospital John Hopkins, también constituyeron en 1928 la Academia de Ciencias a la imagen y semejanza de su patrocinador (303).

Al mismo tiempo, al otro lado del planeta, en Londres, Rockefeller fundó la Comisión Haldane para repetir lo que se estaba imponiendo al otro lado del Atlántico. Otra de las primeras manifestaciones de su influencia estuvo en el Colegio Universitario de Londres, la Universidad de Gales y la Universidad de Cambridge. En 1921 creó una nueva Escuela de Higiene y Medicina Tropical como parte de la Universidad de Londres, el principio de una red propia de hospitales extendida por las islas, así como de un estilo de ejercer la medicina asociado a una definición científica de lo que es la medicina y, por lo tanto, el ser humano. Hacia 1950 en los colegios médicos británicos había 31 cátedras de formación financiadas por Rockefeller. Paralelamente, Rockefeller tejió a ambos lados del Atlántico una tela de araña de vigilantes que supervisaban la puesta en práctica de sus nuevos métodos y la buena aplicación del dinero invertido, como el Medical Research Council (304).

Finalmente, en 1977 la doctrina Flexner se impuso en el mundo cuando la declaración de Alma Ata de la OMS la recomendó a todos los países como canon de enseñanza de la medicina y, por consiguiente, de la práctica de la medicina misma, bajo el cuidado de la propia OMS o, lo que es lo mismo, de las multinacionales farmacéuticas, en las que Rockefeller tiene poderosos intereses. En efecto, las grandes potencias imperialistas dejaron de subvencionar a la OMS que, progresivamente, ha tenido que recurrir a la financiación de empresas privadas, a cuya merced se encuentra ya que las mismas destinan fondos sólo a aquellos objetivos que les interesa (304b).

Tras su victoria en la medicina, Rockefeller expande la auténtica ciencia hacia otras áreas del conocimiento que estaban necesitadas de su correspondiente informe Flexner, en particular la agronomía y la genética. Aún hoy algunos de los descubrimientos científicos de la biología molecular llevan el nombre de Rockefeller. La ribosa (un azúcar), el ARN (ácido ribonucleico), el ADN (desoxirribonucleico), la ribozima (una enzima de ARN) y el ribosoma (un componente celular) son nombres derivados de RIB, el Rockefeller Institute of Biochemistry. En biología el destino de los fondos económicos de Rockefeller se concentró primero, a partir de 1927, en el laboratorio de Morgan y posteriormente, desde 1934, en el equipo de Emerson, que trabajaba en la genética del maíz. Morgan había impartido lecciones en la Universidad de Columbia, en Nueva York, hasta que en 1928 se trasladó a Pasadena, al Instituto Tecnólógico de California, conocido como Caltech. En la Universidad de Columbia, en Nueva York, fue Carnegie quien financió las primeras investigaciones del equipo de Morgan, uno de cuyos miembros Calvin Bridges, era al mismo tiempo miembro de Carnegie. En California la financiación corrió de cuenta de Rockefeller y resultó decisiva porque, a diferencia de Columbia, el Caltech era una institución privada sacudida por la crisis de 1929.

Aquel temprano interés de Rockefeller por la genética es extraño ya que, como reconocía en 2006 una noticia de los Archivos Centrales de la Fundación, entonces la genética era poco más que una disciplina exótica que pocos alcanzaban a calificar como ciencia. ¿Qué podía interesar a una fundación privada para destinar fondos hacia un terreno tan poco firme? El dinero no fue encaminado hacia la filosofía, ni la historia del arte; fue a parar al laboratorio de Morgan en California porque el trabajo de Morgan, como el de Emerson, eran experimentales, ponían el acento en el control y la manipulación de la naturaleza viva, es decir, porque eran instrumento de dominación. En la Fundación Rockefeller nunca ha habido ningún interés de carácter estrictamente científico; se trataba de un proyecto hegemónico imperialista articulado a lo largo del siglo XX en cuatro fases sucesivas: la primera es el malthusianismo, control demográfico, restricciones a la inmigración y planes antinatalistas; el segundo es la eugenesia, la nueva genética, la esterilización y el apartheid; el tercero es la «revolución verde», los fertilizantes, abonos y pesticidas usados masivamente en la agricultura a partir de 1945; el cuarto son los transgénicos, el control de las semillas y de la agricultura mundial. La biología había dejado de de ser aquella vieja ciencia descriptiva, adquiriendo ya un tono claramente experimental. Era la vida, en su más amplio sentido, social, histórico, político, lo que pretendían controlar y creyeron que los genes eran la clave de la misma. Les inspiró el descubrimiento realizado en 1927 por H.J.Muller de que era posible modificar el genoma por medio de rayos X. Modificando el genoma se podía modificar la vida y la conducta de las personas. A partir de entonces la Fundación Rockefeller inició un giro en su política de subvenciones favorable a la genética y en detrimento de otras ciencias, como la matemática o la física, incluso restringiendo las aportaciones destinadas al Organismo de Salud de la Sociedad de Naciones. Como resume Olby: «El [Instituto] Rockefeller orientó al mundo hacia la enzimología» (305).

Desde 1928 el director de la división de ciencias naturales de la Fundación era el matemático Max Mason, que al año siguiente asumió su presidencia, cargo que ocupó hasta 1936. Otro matemático, Warren Weaver, era su adjunto. Mason procedía del comité de submarinos del Consejo Nacional de Investigación, un organismo creado durante de la I Guerra Mundial para el desarrollo de nuevas técnicas de armamento. El 11 de abril de 1933 Mason anunció que la Fundación Rockefeller se disponía a implementar un ambicioso programa de «control del comportamiento humano». El objetivo del equipo científico que dirigía la Fundación era poner la ciencia al servicio de la eugenesia con el fin de crear superhombres, una casta de elegidos capaces de mantener a Estados Unidos en la cúspide mundial (306). Siguiendo las orientaciones malthusianas, el Hospital John Hopkins y la Universidad de Rochester buscaban desde 1921 una «antihormona» para reducir la natalidad. Las investigaciones las iniciaron con monos: «Hemos trabajado mucho en la formulación y solución de problemas básicos de la biología general y la fisiología del sexo en otros organismos distintos al humano. Es indispensable que esta obra fundamental con sub-humanos allane el camino para aplicarla a los humanos», decía el informe de la Fundación en 1933. Al año siguiente Weaver se preguntaba: «¿Puede el hombre adquirir un control inteligente de su propio poder? ¿Podemos desarrollar una genética sana y amplia de la cual podamos esperar en el futuro el cultivo de una raza superior de hombres? ¿Podemos obtener suficiente conocimiento de la fisiología y la psicobiología del sexo que ponga bajo el control racional del hombre este aspecto omnipresente, muy importante y peligroso de la vida?». El informe de Fundación confesaba:

La Fundación Rockefeller ha decidido concentrar sus esfuerzos actuales de las ciencias naturales en el campo de la biología moderna experimental, con especial interés en temas como la endocrinología, la nutrición, la genética, la embriología, problemas que se centran sobre el proceso reproductivo, la psicobiología, fisiología general y celular, biofísica y bioquímica [...]

Se trata de estudios observacionales y experimentales del ciclo reproductivo de algunas especies de primates superiores, en el que este ciclo se asemeja mucho al de la especie humana. Se está estudiando el efecto de las diversas hormonas reproductivas relacionadas entre sí.

La Fundación Rockefeller creó sus propios proyectos eugenistas y financió los ajenos. En 1926 impulsó la fundación de la American Eugenics Society, pero fue más significativo su apoyo a la Eugenics Record Office, creada en 1902 por el biólogo Charles B. Davenport, profesor de la Universidad de Chicago. A través de uno de los primeros presidentes de su Instituto de Investigación Médica, William Henry Welch, Rockefeller financió con 100 millones de dólares sus dos primeros años de existencia. Es importante recordar la manera en la que se creó aquella Oficina, en la que trabajaban 250 personas que acumularon una fantástica cantidad de información acerca de los antecedentes de miles familias completas. Inicialmente Davenport solicitó 45.000 dólares al Instituto Carnegie para crear una estación biológica experimental para el estudio de la evolución en Cold Spring Harbor. A su petición adjuntaba una memoria en la que el mendelismo rampante justificaba los experimentos que se iban a emprender. Carnegie le concedió los fondos solicitados y, ocho años después, aquella estación se convirtió en la Eugenics Record Office. Además de Rockefeller, a las subvenciones de Carnegie se añadieron los de la millonaria E.H. Harriman, y los de John Harvey Kellogg (el magnate de los cereales), quien por su parte, ya había creado una «Fundación para la Mejora de la Raza» en 1906.

Nunca hubo ninguna diferencia entre los eugenistas de unos u otros países. En el juicio de Nuremberg los nazis invocaron la legislación eugenista vigente en 1945 en Estados Unidos como un precedente de la suya propia. Esto condujo el 6 de febrero de 2004 al diario The Guardian a preguntar si no estaba Hitler en deuda con América. Si los estadounidenses no fueron condenados como criminales de guerra no fue porque no hubieran cometidos tales crímenes. En Estados Unidos 24 Estados aprobaron leyes esterilizadoras, que se aplicaron forzosamente contra más de 60.000 personas entre 1907 y 1931, en su mayoría contra la población negra. En 1927 el Tribunal Supremo, en una de las más vegonzosas sentencias jamás dictadas por tribunal alguno en la edad moderna, el caso Carrie Buck, ratificó la constitucionalidad de la eugenesia. Hasta las grandes movilizaciones por los derechos civiles, a comienzos de la década de los setenta, los estados del sur seguían presionando a las mujeres negras para que aceptaran ser esterilizadas, y se procedía a ello mediante engaños. Suecia, cuya ley de esterilización fue aprobada por los socialdemócratas, con el apoyo de otros partidos y la iglesia luterana, un año después de la llegada de los nazis al gobierno alemán, provocó 62.000 esterilizaciones entre 1934 y 1975, una cifra escalofriante en relación con el volumen de población (306b).

Era necesaria una teoría a la altura de las políticas eugenésicas, la teoría sintética, así como los especialistas capaces de llevarla a la práctica. California fue el estado racista por excelencia de Estados Unidos y su centro pìloto, el Caltech, no sólo obtuvo fama por sus moscas, sino también por ser un semillero de antisemitas y racistas, entre ellos el propio Morgan (306c). A ellos se añadieron científicos extranjeros cooptados para trabajar en Estados Unidos. Entre 1932 y 1945 dicha Fundación contribuyó con muchos millones de dólares a la financiación de la nueva teoría sintética porque el resto era seudociencia que había que erradicar. Sólo en China Rockefeller (y otras instituciones estadounidenses), aportaron 15 millones de dólares entre 1925 y 1949 para financiar un ambicioso proyecto neocolonial que comprendía la promoción de la industria de fabricación de anticonceptivos, la enseñanza de la teoría sintética y la erradicación de la medicina tradicional del país.

La petroquímica siempre ha encontrado importantes economías de escala en la biología molecular y, por consiguiente, una fuente importante de beneficios, creando un bionomio monopolista que llega hasta hoy. En la segunda mitad del siglo XIX los nuevos explosivos impulsaron el avance de la química, una ciencia un vinculó su suerte con el despiegue de nuevas formas de armamento. Las primeras Convenciones de La Haya que prohibieron el uso de agentes patógenos en la guerra se aprobaron en 1899 y 1907. La guerra bacteriológica inició su andadura con el lanzamiento masivo de gases letales en los campos de batalla de la I Guerra Mundial. Por primera vez en la historia el ejército español gaseó a la población civil del Rif para aplastar la insurrección de 1923, provocando patologías que se han transmitido durante varias generaciones (307). En la siguiente década científicos al servicio del ejército colonial británico probaron el gas mostaza en cientos de soldados hindúes y pakistaníes en un cuartel militar de Rawalpindi (307b). Al final de la II Guerra Mundial los laboratorios militares estadounidenses habían sintetizado muchos compuestos bacteriológicos nuevos destinados a transformarse en armas letales, tanto para los seres humanos como para las cosechas; con algunas variantes, muchos de ellos se podían utilizar como insecticidas o herbicidas. Por ejemplo, el DDT lo diseñó Monsanto en la década de los cuarenta como un arma de guerra química, reconvertida luego en el agrotóxico estelar con el que envenenaron a los campesinos, las tierras y las aguas de gran parte del planeta en la década siguiente (307c). Varios científicos que trabajaron para Rockefeller, lo hicieron también para los militares simultáneamente. Los mismos Mason y Weaver siempre estuvieron estrechamente ligados al Pentágono en el desarrollo de proyectos militares secretos. Peter Kosciusko Olitsky (1866-1964) fue otro de los científicos que colaboró indistintamente para Rockefeller y los programas de guerra biológica del ejército en ambas guerras mundiales.

El armamento nuclear tiene una conexión algo distinta con la biología molecular. Al descubrimiento de los efectos de las radiaciones sobre el genoma se le añadió un interés médico creciente en la medida en que las explosiones nucleares se fueron sucediendo a partir de 1945, provocando un incremento brutal del cáncer en todo el mundo. En cierta medida, la teoría sintética no es más que el reverso de la bomba atómica y la proliferación de centrales nucleares en todo el mundo. Las investigaciones genéticas formaban parte del capítulo de seguridad nuclear. Su objetivo era estudiar los efectos de las radiaciones sobre los cromosomas humanos, en busca de mutaciones y anormalidades inducidas por los ensayos nucleares, tanto militares como civiles. El transplante de médula o el proyecto de secuenciación del genoma humano tuvieron ese origen (308). Físicos como Willard F. Libby (1908-1980), Martín D. Kamen (1913-2002) y Samuel Ruben (1913-1943) realizaron investigaciones con fines a la vez militares y médicos. Lo que se había creado para la muerte fue presentado como algo bueno para la vida y la salud de las personas. La construcción del primer acelerador de partículas tuvo que ver tanto con la medicina como con la mecánica cuántica. Varias fundaciones médicas privadas contribuyeron a su financiación porque Ernest O. Lawrence (1901-1958) les convenció de que serviría para curar el cáncer (309). Algunos de los físicos que habían contribuido a fundar la mecánica cuántica pasaron entonces a analizar sus efectos en el hombre y a buscar en las radiaciones una terapia contra el cáncer que las radiaciones provocaban. En el Laboratorio de Radiación de la Universidad de Berkeley Glenn Seaborg (1912–1999) dirigió la fabricación de varios isótopos radiactivos empleados en el tratamiento del cáncer, como el yodo-131, el hierro-59 y el cobalto-60. Aquellos físicos trasladaron mecánicamente a la biología sus presupuestos metodológicos reduccionistas. El caso más conocido es el de Erwin Schrödinger que escribió un libro que en algunas ediciones tradujo bien su titulo: «¿Qué es la vida? El aspecto físico de la célula viva». La presencia de dos matemáticos como Mason y Weaver dentro de la división de ciencias naturales de la Fundación Rockefeller tiene ese mismo objetivo. Mason y Weaver no financiaron cualquier área de investigación en genética sino únicamente aquellas que aplicaban técnicas matemáticas y físicas a la biología. Otorgaron fondos a los laboratorios que utilizaban métodos reduccionistas, cerrando las vías a cualquier otra línea de investigación diferente (310).

El remate de esta situación fue uno de los episodios médicos más vergonzosos de la posguerra mundial: como consecuencia de la guerra fría, en los años cincuenta la OMS tuvo que firmar un acuerdo con la AIEA (Agencia Internacional de la Energía Atómica) que le prohibe actuar por su propia iniciativa en materia de contaminación radiactiva, lo que incluye emprender investigaciones y emitir declaraciones sin el acuerdo previo de la AIEA. De ahí que en materia de enfermedades de origen radiactivo mantenga siempre un silencio cómplice.

La presencia de la Comisión de Energía Atómica en la genética también tiene esa misma explicación. Al concluir la II Guerra Mundial, Estados Unidos no encomendó la producción de armas nucleares al Pentágono sino a una institución civil, la referida Comisión de Energía Atómica, que hasta su disolución en 1974 fue responsable tanto del diseño de armas nucleares, como del desarrollo de la energía nuclear para usos civiles. En este último aspecto, debía ocuparse a la vez de la promoción de la energía atómica civil y de la regulación de la seguridad en las centrales nucleares. En su seno crearon una Oficina de Investigación Sanitaria y Ambiental encargada de supervisar la seguridad en los trabajos con radiaciones. En los años ochenta esta Oficina disponía de presupuestos gigantescos (del orden de 2.000 millones de dólares) para el estudio de los efectos de las radiaciones sobre el genoma humano. Este interés permitió que Dobzhansky, entre otros, tuvieran acceso a una fuente constante de financiación y colaboradores, mientras que otro tipo de proyectos de investigación quedaron relegados. Las ingentes cantidades de dinero procedentes de la Comisión de Energía Atómica y de la Fundación Rockefeller desempeñaron un papel fundamental en la imposición de la hegemonía científica de la teoría sintética.

Junto con la física de partículas, la cibernética y la teoría de la información, la especialidad de Weaver, fueron el otro eje sobre el que desarrolló la genética en la posguerra. Weaver era discípulo de Mason, a quien sucedió en 1932 en el cargo de director de la división de ciencias naturales de la Fundación, que ejerció hasta 1959, compatibilizándolo con la dirección de un equipo de investigación militar. Fue el encargado de implementar la nueva política de subvenciones favorable a la genética, una de cuyas primeras ocurrencias nada más tomar posesión de su puesto fue inventar el nombre de «biología molecular», lo cual ya era una declaración de intenciones de su concepción micromerista. En la posguerra Weaver fue quien extrapoló la teoría de la información más allá del área en la que Claude Shannon la había concebido. La teoría de la información de Weaver, verdadero furor ideológico de la posguerra, asimilaba los seres vivos a las máquinas, los ordenadores a los «cerebros electrónicos», el huevo (cigoto) a las antiguas cintas magnéticas de ordenador que archivaban la memoria, al tiempo que divagaba sobre «inteligencia» artificial y demás parafernalia adyacente. Si el hombre era una máquina, las máquinas también podían convertirse en seres humanos: «No hay una prueba concluyente de una diferencia esencial entre el hombre y una máquina. Para cada actividad humana podemos concebir una contrapartida mecánica» (311).

Otra economía de escala del sector petroquímico fue la fabricación de bioproteínas. En 1962 la fabricación de la primera bioproteína (denominada comercialmente toprina) la inició la sucursal francesa de la British Petroleum haciendo crecer levaduras Candida lipolytica sobre un hidrocarburo, la parafina. Las empresas de biología sintética mantienen vínculos muy estrechos con las multinacionales petrolíferas. En 2005 Craig Venter fundó Synthetic Genomics asociado a las petroleras British Petroleum y Exxon para comercializar supuestas formas de vida artificiales. Aunque British Petroleum no anunció la aportación de capital que realizó en 2007, otra petrolera, Mobil, desembolsó 600 millones de dólares. El vínculo también es muy estrecho con el Ministerio de Energía del gobierno de Estados Unidos. En diciembre de 2008 Steven Chu fue elegido por Obama para encabezar ese Ministerio. La prensa califica a Chu como «el ministro de la biología sintética» por su cargo previo de jefe del Laboratorio Lawrence de Berkeley, al que subvencionó con 600 millones de dólares de la caja de British Petroleum para los laboratorios de biología sintética de la Universidad. Al jefe científico de British Petroleum, Steve Koonin, le nombraron subsecretario del mismo Ministerio. Koonin fue el impulsor más entusiasta de la penetración de British Petroleum en Synthetic Genomics. Los científicos han convencido a las petroleras de que los microbios sintéticos van a fabricar biocombustibles baratos. En su informe anual de 2006 Bush anunció que su gobierno dedicaría fondos adicionales de investigación para hallar métodos punteros para producir etanol a partir del trigo y desechos vegetales. El Ministerio gastó más de 600 millones de dólares en investigación sobre biología sintética entre 2009 y 2010.

En 1945 para comercializar las armas químicas era necesario crear un mercado civil capaz de consumir sus subproductos en gran escala. Habían invertido mucho capital como para abandonar las investigaciones, así que organizaron un negocio para rentabilizarlas, sacando a un oscuro agrónomo de un laboratorio militar aún más oscuro: Norman E.Borlaug (1914-2009). La Fundación Rockefeller le propuso cambiar de trabajo y trasladarse a México para iniciar allá la «revolución verde» que -volveré sobre ello- es uno de los mayores desastres sociales y ambientales del siglo pasado. Se trataba de acabar con el autoconsumo y las prácticas agrícolas tradicionales, introduciendo el capitalismo en el campo: fertilizantes, pesticidas, maquinaria y, ante la imposibilidad de obtener nada de esto, introducción del crédito para endeudar al campesinado, arruinarle y hacerle perder la propiedad de sus tierras. Por su probado servilismo hacia las multinacionales, a Borlaug le recompensaron con el Premio Nóbel de la Paz en 1970. En México Borlaug cosechó una espiga híbrida de trigo, llamada Brevor 14, con un tallo mucho más corto y grueso, capaz de soportar el uso masivo de agrotóxicos.

Ni Borlaug ni Rockefeller crearon nada nuevo. Aquel trigo enano fue pirateado a los japoneses tras la guerra (312); formaba parte de un intercambio comercial con los criminales de guerra japoneses: patentes a cambio de impunidad. Cuando en 1931 Japón invadió China, el Regimiento 731 del ejército imperial se instaló en Harbin, levantando un campo de concentración que sirvió a los científicos japoneses, bajo la dirección de Shiro Ishii, como laboratorio de experimentación con seres humanos, primero prisioneros chinos y a partir de 1942 estadounidenses y soviéticos. Tres mil cautivos sirvieron como conejillos de indias y murieron horriblemente a consecuencia del tifus, peste, cólera y sífilis. Se trataba de determinar si la resistencia a ciertas enfermedades mortales dependía de la raza de las personas. Cuando el Ejército Rojo soviético liberó Harbin, los japoneses intentaron borrar las huellas de sus experimentos en el campo 731 y los últimos presos supervivientes del laboratorio fueron gaseados. Shiro Ishii y los demás científicos regresaron a Japón. Los servicios secretos estadounidenses les ofrecieron la impunidad a cambio de que entregaran los resultados de sus investigaciones. Shiro Ishii murió plácidamente en 1959, sin haber sido nunca molestado por sus crímenes (313).

La Fundación Rockefeller colaboró con el Instituto Kaiser Guillermo y con Eugen Fisher (1874-1967) que en 1913 estudió la descendencia de los cruces de hombres blancos y mujeres negras en las colonias africanas de Alemania, publicando una obra titulada «Los bastardos de Rehoboth» en la que, tras emplear la leyes de Mendel sobre una población de descendientes de bóers y hotentotes, concluía que los negros y los mestizos eran menos inteligentes que los blancos. Como ha escrito Andreassi Cieri:

Fischer con esta obra evidentemente rendía un buen servicio a la legitimación de la expansión colonial alemana, al tiempo que respondía a una preocupación de índole interna, la cuestión de probable declive biológico de la población alemana -su degeneración- y su repercusión en el futuro de la nación como gran potencia. Fischer revigorizaba el tema racial en la antropología y la biología de su tiempo, y acudía para sustituir el previo racismo basado en una antropometría cada vez más cuestionada por la variabilidad de sus resultados. El racismo que se deriva de los planteamientos de Fischer, continuará recurriendo a los mismos argumentos circulares y peticiones de principio que el anterior, pero vinculándose a la rama más moderna de la investigación biológica de la época, la genética (313b).

La obra de Fisher fundamentó «científicamente» las políticas racistas de la administración colonial en Namibia que, según declaración de la ONU de 1985, constituyeron el primer genocidio de la historia (313c). En 1927 fue nombrado director de genética humana del Instituto Kaiser Guillermo y en 1933 rector de la Universidad de Berlín, iniciando la depuración de los profesores judíos e impartiendo cursos a los médicos de las SS. En 1940 se afilió formalmente al partido nazi, siendo uno de los genetistas que inspiraron la política de exterminio del III Reich. A partir de 1932 y durante tres años, Rockefeller le subvenció a él y a su protegido Otmar Von Vershuer (314), sus estudios sobre gemelos, una cadena que luego continuó de la misma manera, es decir, en los estudios sobre gemelos de Joseph Mengele en Auschwitz. A pesar de los asesinatos de presos antifascistas en los internados y campos de concentración, Rockefeller continuó subvencionando las investigaciones nazis al menos hasta 1939, sólo unos meses antes de desatarse la II Guerra Mundial. El gas Zyklon B, utilizado en los campos de concentración para asesinar a los presos, fue fabricado por Bayer, una de las empresas que desde 1926 integraba el consorcio Interessengemeinschaft Farben (IG Farben), la multinacional química que en 1932 financió el ascenso de Hitler a la cancillería. Dado que Rockefeller mantenía titularidades accionariales cruzadas con IG Farben, es decir, que el monopolio alemán era accionista de la Standard Oil y viceversa (314b), Rockefeller fue uno de los que financiaron el ascenso de Hitler a la cancillería. En Nuremberg fueron condenados 24 directivos de IG Farben por cometer crímenes contra la humanidad y el tribunal ordenó desmantelar el consorcio, que se dividió en las multinacionales Hoechst, Bayer y BASF, un mero cambio de marca comercial (314c).

El químico alemán Gerhard Schrader (1903-1990) trabajó de 1930 a 1937 para Bayer, sintetizando más de 2.000 nuevos compuestos químicos organofosforados, entre ellos algunos insecticidas que se podían utilizar también como armas neurotóxicas contra seres humanos, como el tabún. Tras la guerra, Schrader fue más hábil que sus jefes de IG Farben. Se refugió en Estados Unidos y, como tantos otros, encontró allí impunidad por sus crímenes, a cambio de poner sus conocimientos científicos al servicio de sus nuevos amos (314d). El 8 de febrero de 2009 el diario Sunday Times informó de que la talidomida había sido uno de los numerosos fármacos y productos químicos sintetizados en Dyhernfurth (un laboratorio químico) o Auschwitz-Monowitz bajo la dirección de Otto Ambros (1901-1990), el máximo experto nazi en guerra química, uno de los que participaron en la decisión de utilizar el Zyklon B en las cámaras de gas. Ambros trabajaba al servicio de la multinacional francesa Rhône-Poulenc, que estuvo bajo control nazi durante los años de la II Guerra Mundial. Por encargo de Rhône-Poulenc, buscaba un antídoto contra el gas sarín y, tras la guerra, se integró en el US Army Chemical Corps, fue un peón fiel tanto del canciller Adenauer como del especulador Friedrich Flick, el de las subvenciones ilegales al PSOE en 1983. Científico polifacético, Ambros también se incorporó al laboratorio de la empresa Grünenthal que patentó la talidomida y la comercializó bajo la marca «Contergan», causando la grave crisis iatrogénica que ya he comentado antes.

Se trata de un proceso que no ha terminado. Los pesticidas que se utilizaron en la «revolución verde» eran derivados químicos de las sustancias utilizadas como armamento en la I Guerra Mundial y producidas por los mismos laboratorios que fabricaron las bombas químicas arrojadas durante la guerra de Corea. A través de la multinacional suiza Syngenta y del CGIAR (315), hoy Rockefeller sigue manteniendo su red para el control de la población mundial y de sus fuentes de alimentación. En Puerto Rico los experimentos bioquímicos con la población han sido una constante. En 1931 Cornelius P. Rhoads, del Instituto Rockefeller de Investigaciones Médicas, infectó a seres humanos con células cancerígenas, falleciendo 13 personas. Rhoads dirigía los servicios de salud del Instituto de Medicina Tropical en San Juan de Puerto Rico. Desde allí escribió varias cartas a sus amigos en Estados Unidos en las que describía su odio hacia los puertorriqueños. Hablaba de ellos con desprecio: «Los puertorriqueños son sin duda la raza de hombres más sucia, haragana, degenerada y ladrona que haya habitado este planeta. Uno se enferma de tener que habitar la misma isla que ellos. Son peores que los italianos. Lo que la isla necesita no es trabajo de salud pública, sino una marejada o algo para exterminar totalmente a la población. Entonces pudiera ser habitable». En una de aquellas cartas, fechada el 11 de noviembre de 1931, confesaba sus crímenes. Reconocía haber implantado células cancerígenas a pacientes puertorriqueños sin su consentimiento. Las cartas fueron interceptadas por los independentistas, quienes denunciaron el crimen. Pero las complicidades llegaban muy alto, de modo que, en lugar de perseguir a Rhoads, la revista Time le elogió, sacando su rostro en portada el 27 de junio de 1947. Por su parte, el gobierno le puso a cargo de los proyectos de guerra bacteriológica del ejército estadounidense en Maryland, Utah y en Panamá. Fue condecorado con la medalla meritoria de la Legión. Tras la II Guerra Mundial, le nombraron director de investigaciones del hospital Sloan Kettering Memorial de Nueva York, el centro oncológico más importante del mundo. En sus instalaciones Rhoads emprendió la investigación de 1.500 tipos de gas mostaza nitrogenado con la excusa de que se trataba de una terapia contra el cáncer. Utilizaron isótopos radiactivos con mujeres embarazadas e inocularon virus a algunos enfermos. Luego Rhoads formó parte de la Comisión de Energía Atómica de Estados Unidos, donde siguió experimentando con radiaciones, tanto en soldados como en pacientes de hospitales civiles (316).

Rockefeller fue para Morgan en Estados Unidos lo que Balfour a Bateson en Inglaterra. Del mismo modo, en Estados Unidos la American Breeders’ Association desempeñó idéntico papel que la Sociedad de Horticultura en Gran Bretaña, si bien su creación data de 1903. Esta Asociación, de la que Morgan formaba parte, fue simultáneamente el motor del movimiento eugenista y del mendelismo en Estados Unidos. Inicialmente las publicaciones de la Asociación apenas mencionaban a Mendel, pero a partir de 1907 los artículos sobre problemas teóricos, planteados en forma mendeliana, comenzaron a superar en número a los puramente prácticos sobre la materia. También comenzaron entonces a publicar artículos en defensa de las políticas eugenistas. Finalmente, en 1914 la American Breeders’ Association adoptó el nombre de American Genetics Association, por lo que el proceso es el mismo en todas partes: la genética nace de la confluencia de dos ideologías, la eugenesia y el mendelismo.

El centro de gravedad de la nueva ciencia se trasladó hasta la orilla del Pacífico. En todo el mundo Morgan creó escuela a través de una institucion privada como el Caltech. Estados Unidos que, como el propio Morgan, hasta la fecha había importado ciencia desde Europa, pasó a exportarla. Generosamente becados por Rockefeller, numerosos genetistas de todo el mundo pasaron por los laboratorios de Pasadena para aprender las maravillosas posiblidades abiertas por la teoría mendelista. Phillip Thurtle ha explicado así la trascendencia del laboratorio de Morgan en el futuro de la biología:

El laboratorio de Morgan incubó más que las Drosophilas que estudiaba. Incubó la carrera de muchos científicos que querían modelar la próxima generación de investigación biológica. Incubó un nuevo sentido de la identidad biológica para los occidentales basado en la estabilidad de los caracteres mendelianos linealmente cartografiados en los cromosomas. Y consiguientemente, incubaron la insatisfacción con el control biológico basado en las estrategias y metáforas de los criadores. Esta insatisfacción no impidió que los genetistas del laboratorio de Morgan prescribieran sus propios antídotos biológicos para la condición humana social. Por el contrario, cada uno de los investigadores que comento, describe sus objetivos para un nuevo plan de mayor alcance de control social, modelado únicamente por concepciones personales. Al mismo tiempo que forjan una visión más compleja de la vida, forjan también formulaciones más complejas de control social biológico (317).

Entre los que se graduaron en California con moscas atrapadas en botellas de cristal estaba el soviético Georgi Karpechenko, uno de los discípulos de Vavilov. Los tentáculos de Rockefeller alcanzaron a China: Tan Jiazhen, rector de la Universidad de Fudan y calificado como el «padre» de la genética de aquel país, también inició sus experimentos en el laboratorio de Morgan. Entre los visitantes estaba uno de los introductores del mendelismo en España, Antonio de Zulueta, que tradujo al castellano algunas de las obras de Morgan. En España la primera cátedra especializada en genética se creó en 1932 al margen de la universidad, por iniciativa privada de la Fundación Conde de Cartagena, siendo ocupada por Zulueta. De acuerdo con el gobierno español, Rockefeller financió el equipamiento del laboratorio de Zulueta en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid. A cambio, el gobierno debía comprar revistas especializadas para la biblioteca y crear una plaza de ayudante de laboratorio que debía ocupar Käte Pariser. Además, Rockefeller becó a un discípulo de Zulueta, Fernando Galán, para que se desplazara al laboratorio de Morgan e instruyera a su escuela en las técnicas de tinción ideadas por Ramón y Cajal aplicadas al estudio de los cromosomas gigantes de las glándulas salivares de Drosophila melanogaster. Otro discípulo de Zulueta, Fernández Nonídez también pasó casi tres años (1917-1920) en el laboratorio de Morgan. Al regresar a España en 1920, Nonídez introdujo la teoría cromosómica en un curso que impartió en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid. La Junta de Ampliación de Estudios publicó un compendio de sus lecciones con el título «La herencia mendeliana: Introducción al estudio de la genética». Fue la primera obra en castellano que exponía con detalle la teoría cromosómica de la herencia, así como muchos otros conceptos postulados por la escuela de Morgan. A este libro le siguió en 1923 otro, «Variación y herencia en los animales domésticos y plantas cultivadas», enfocado hacia la mejora genética de animales y plantas. Como en el caso anterior, se convirtió en un manual de referencia de gran repercusión entre los agrónomos y veterinarios del mundo hispano, reeditándose cuatro veces entre 1923 y 1946.

El laboratorio de las moscas

El mendelismo nunca hubiera podido asentarse sin el apoyo de la teoría cromosómica. Sus defensores necesitaban pisar tierra firme y la escuela de Morgan puso a la citología al servicio de la entonces balbuceante genética. Pero todo empezó de una manera bien distinta que se hace preciso explicar porque, como sucedió con el «redescubrimiento» de Mendel en 1900, la teoría cromosómica también fue debidamente reconstruida con posterioridad a su elaboración, de modo que tiene poco que ver con la sucesión histórica real del conocimiento acerca de la misma. Dado que dicha reconstrucción procede de fuentes estadounidenses, hay que recurrir a ellas para entender no sólo lo que sucedió sino cómo se ha explicado posteriormente. En 1900 en Estados Unidos la referencia en materia de citología era el manual que Edmund Beecher Wilson (1856-1939) publicó aquel año, titulado «La célula en la herencia y el desarrollo». En 1925 Wilson sostuvo que la paternidad de la teoría cromosómica correspondía a Sutton y Boveri. En aquel momento ambos habían fallecido y no pudieron desmentirlo. La afirmación es falsa porque sobra Boveri y falta Correns. Por el mismo motivo, la concesión del Premio Nobel a Morgan carece de fundamento porque Morgan no demostró nada. La teoría cromosómica fue elaborada por Correns (318) y Sutton (318b). Los escritos de Boveri versan sobre citología y embriología, no sobre genética.

El prolongado olvido de la prioridad de Correns en la formulación de la teoría cromosómica a lo largo del siglo XX es harto significativa porque el alemán estuvo en todas y cada una de las formulaciones originarias más importantes de la genética de comienzos del siglo XX: el «redescubrimiento», el coupling y la herencia citoplasmática. El motivo de este error está en que las fuentes empleadas en la reescritura de los conceptos fundamentales de la genética son estadounidenses, en este caso representadas por Wilson, quien conocía de sobra la formulación cromosómica de Correns, que no coincidía con la de Sutton y la escuela de Morgan. Es la consecuencia ineludible del empleo de autores, países y obras de referencia en cualquier ciencia. No sólo pasan a la historia sus tergiversaciones sino que cuesta romper el monopolio ideológico que desencadenan y que se prolonga a lo largo de décadas.

La teoría cromosómica nació en el contexto de una vieja polémica interna a la embriología (319) que poco tenía que ver inicialmente con las cuestiones relativas a la herencia: saber si es el núcleo o el citoplasma de la célula los que dirigían el desarrollo. Mientras Flemming y Van Beneden defendían la intervención decisiva del citoplasma, Nägeli, Hertwig, Strasburger, Kölliker y Weismann estaban del otro lado. Wilson era también de esta misma opinión. En 1889 Boveri, que era un amigo muy cercano a Wilson, había realizado una serie de experimentos de los que se podía deducir que era el núcleo el que controlaba el desarrollo celular, una evidencia que Morgan, traductor de Boveri al inglés, consideró insuficiente porque no los había podido reproducir. En aquel momento Morgan trabajaba en el desarrollo embrionario y se opuso a la teoría cromosómica porque consideraba que las fuerzas del desarrollo de los embriones estaban fuera de la célula (319b). No fue el único que se opuso a esta teoría; lo mismo que Morgan, inicialmente la mayor parte de los biólogos mostraron su rechazo. La embriología no concordaba bien en todos sus aspectos con la genética mendelista: no es posible que las células de los tejidos y órganos, que son tan diferentes, tuvieran los mismos cromosomas. Los estudios sobre desarrollo celular utilizan variedades puras en sus investigaciones, mientras que hasta la fecha la herencia se basaba en la hibridación, es decir, en los cruces entre diferentes variedades, en donde los cromosomas son de distinto origen. La fisiología de la célula no podía ser la misma en ambos casos.

El agrupamiento de los genes en cromosmas era algo insospechado para las corrientes hereditarias de las que el mendelismo formaba parte que, desde los tiempos de Galton y Nägeli, venían concibiendo a las partículas hereditarias de una manera atomista. En el modelo de la «bolsa de bolas de colores» los genes tenían su propia individualidad, eran algo con entidad propia, no una parte de una totalidad mayor. Los genes no se podían corresponder con los cromosomas porque el número de éstos era muy reducido. Morgan argumentaba que si los genes estaban en los cromosomas, como el número de genes es muy superior al de cromosomas, había que suponer tanto la segregación como su contrario, la asociación, la cual debía concordar con el número de cromosomas, debían existir tantos genes asociados como cromosomas. Pero en aquel momento no existía evidencia fáctica de que los cromosomas se separasen después de su apareamiento durante la división celular.

La teoría cromosómica tampoco era nada clara, y no podía serlo porque los cromosomas sólo se podían observar durante la división celular y nadie podía asegurar que tuvieran continuidad, es decir, que fueran estables o que, por el contrario, se disolvieran en el núcleo para reaparecer posteriormente durante la siguiente división. ¿Qué pasaba con los cromosomas cuando no se veían por el microscopio? ¿Subsistían durante la interfase de una división celular a otra? Tampoco se sabía si el número de cromosomas se mantenía en cada fase del ciclo celular. Muchas de las concepciones citológicas eran francamente erróneas. Por ejemplo, creían que los cromosomas estaban unidos unos a otros por las puntas, como las sinapsis de las células neuronales. No estaba nada claro si los cromosomas eran diferentes uno de otro, o si todos cumplían las mismas funciones. Una concepción entonces muy extendida, que procedía de Weismann, suponía que cada cromosoma procedía de otro preexistente por división transversal, es decir, que se partían, reduciéndose su tamaño en cada división celular. Otra de las discusiones versaba acerca de si los cromosomas de los padres se mezclaban o no con los de la madre. Es obvio que si la teoría cromosómica poco podía decir de los cromosomas, mucho menos podía decir de los genes, salvo nuevas conjeturas.

El nombre de teoría cromosómica es un exceso porque nunca hubo tal teoría sino, a lo máximo, en expresión de Correns, una «conjetura» según la cual los genes están alojados en los cromosomas, son parte de ellos y, por lo tanto, tienen su misma naturaleza material. De ese modo se les otorgaba a los genes -una hipótesis- el mismo estatuto científico que a los cromosomas -una evidencia física- de los que formaban parte. Como suele suceder, al cabo del tiempo la conjetura se acabó convirtiendo en una teoría, es decir, en algo que a base de un continuo ejercicio retórico de repetición se acabó considerando como científicamente fundamentado en hechos. La teoría cromosómica era una construcción ad hoc en la medida en que suponía una nueva reinterpretación del mendelismo para acomodarlo a los datos de la citología. De todas las posibilidades que se debatían en aquel momento acerca del comportamiento de los cromosomas, Correns y Sutton se quedaron con las más favorables para la genética mendelista, que eran las de Boveri. El artificio era tan evidente que algunos mendelistas se opusieron porque no sólo no podía respaldar sino que contradecía abiertamente los postulados mendelistas. Para algunos mendelistas ni siquiera parecía claro que se tratara de una buena conjetura. Así, Goldschmidt propuso que era el cromosoma el que, por sí mismo, constituía la unidad hereditaria, en lugar del gen (320). También Bateson se opuso a ella por dos motivos. En primer lugar, consideró que era preformista. Los cromosomas no podían ser los factores mendelistas, es decir, el motor del desarrollo porque su número y forma varían de una especie a otra. Si los cromosomas cambiaban, ¿qué es lo que cambiaba al motor del cambio? En segundo lugar, a Bateson la teoría cromosómica le parecía «materalista» y él la trató de sustituir por una teoría «vibratoria» de su invención, que carecía de cualquier apoyo fáctico y le acabó conduciendo a una posición claramente marginal dentro de la genética (321).

No obstante, si algunos de los datos más recientes de la citología se confirmaban, como así sucedió, el emparejamiento de los cromosomas dentro del núcleo era una buena base para explicar la segregación mendeliana. Dejando aparte el núcleo central de la teoría cromosómica, es decir, la prueba empírica de que los genes formaban parte de los cromosomas, aún subsistían muchas dudas. La citología contradecía tanto como apoyaba determinadas aspectos del mendelismo. Si estos últimos también se dejaban al margen, la teoría cromosómica podía abrirse camino. Lo mismo que los cromosomas, los genes forman parejas (alelos) cada uno de los cuales bien se podrían alojar en los cromosomas homólogos, es decir, que podían funcionar independientemente: el factor dominante se alojaba en uno de los cromosomas y el recesivo en el homólogo suyo. Era una repentina visualización de lo que hasta entonces no había sido más que una entelequia.

De manera independiente de Correns y Sutton, el botanista William Austin Cannon, llegó en diciembre de 1902 a parecidas conclusiones, sugiriendo también la asociación entre el comportamiento cromosómico y las leyes de Mendel. Pero no sólo no prueba nada sino que plantea más preguntas de las que es capaz de responder: «¿Hay una base citológica para la ley de Mendel de la segregación de los híbridos?», pregunta Cannon (321b). Por su parte, tras leer a Sutton y Cannon, Wilson publicó una nota sobre el asunto en Science aquel mismo mes para respaldar las hipótesis de ambos, que también reconocía como ausente de fundamento empírico. Según Wilson, la segregación mendeliana «debería tener» relación con el comportamiento físico de los cromosomas durante la división celular (321c).

Al año siguiente Sutton desarrolló más ampliamente su hipótesis, volviendo a repetir que se trataba de una pura «especulación» que podría explicar algunos supuestos de herencia mendeliana, reconociendo expresamente que había otros «muchos» supuestos hereditarios a los que no tenía sentido aplicar las reglas de Mendel («desviaciones del tipo mendeliano») explicables como variaciones de la fisiología cromosómica normal. En este segundo artículo, hay un aspecto importante en el que Sutton modifica expresamente su punto de vista anterior, manifestándose partidario de la mezcla de cromosomas paternos y maternos (322). Este cambio en la hipótesis no procedía de hechos, sino al revés. No había nuevas evidencias empíricas sino que se trataba de acomodar éstas a lo que Sutton quería sostener: la validez de la genética mendeliana. Sin mezcla de cromosomas no podía haber recombinación de caracteres. Sin aportar ninguna nueva observación, Sutton acomoda la citología para que concuerde con las tesis de la herencia mendeliana. Al mismo tiempo el mendelismo se se tuvo que reinterpretar a sí mismo conforme a las necesidades impuestas por los nuevos descubrimientos de la citología.

En 1910 Morgan dio un vuelco completo a sus puntos de partida científicos. Originariamente sostenía tesis tanto antidarwinistas como antimendelistas. Su giro se produjo al relacionar la teoría cromosómica con dos descubrimientos: el ligamiento de Correns, Bateson y Punnet y el de Nettie Stevens de los cromosomas sexuales. Morgan no demostró ni descubrió nada nuevo sino que propuso una relación entre todo ello con la aparición en su laboratorio, dentro de un linaje puro de moscas, de un ejemplar macho supuestamente mutante de ojos blancos, lo cual le permitió cruzarla endogámicamente con las moscas hermanas normales de ojos rojos, observando que la descendencia sólo se ajustaba a las proporciones mendelianas que cabía esperar en tal caso, es decir, si el macho era de ojos blancos y la hembra de ojos rojos, pero no a la inversa. Sin embargo, en lugar de seguir manteniendo su rechazo al mendelismo, Morgan elaboró una sofisticada explicación del fenómeno sobre la base de la teoría cromosómica, el ligamiento y los cromosomas sexuales, que consideró como un supuesto de herencia de los caracteres ligados («limitados», dice Morgan) al sexo (322b).

Las moscas tienen cuatro pares cromosomas, uno de los cuales indica el sexo en la misma forma en que los seres humanos, es decir, que las hembras tienen un par XX mientras que los machos tienen un par XY. El primer tipo de cruce (machos de ojos blancos con hembras de ojos rojos) cumple las proporciones mendelianas pero la mutación sólo reaparece en los machos de la segunda generación. En el segundo tipo (machos de ojos rojos con hembras de ojos blancos) las previsiones de Mendel fallan desde la primera generación, ya que la misma no es uniforme y el fenotipo ha cambiado de sexo: todas las hembras tienen ojos rojos y los machos ojos blancos. En la segunda generación tampoco se observan las proporciones mendelianas, sino un reparto por mitades: la mitad de ojos rojos y la mitad de ojos blancos, la mitad en macho y la otra mitad en hembras. El experimento de Morgan lleva hasta la constatación de este hecho, a partir del cual la suposición con la que lo explica era que dicho rasgo estaba ligado al cromosoma sexual X. Como el propio Morgan reconoce, tal circunstancia no era ninguna demostración sino una serie de suposiciones encadenadas entre sí. Aunque la explicación se tome como correcta, no resuelve los problemas. Para que el mecanismo de Morgan fuera satisfactorio hay que suponer también que los cromosomas sexuales no son homólogos, algo que no era posible conocer entonces. Pero si dichos cromosomas no son homólogos, entonces no cabe hablar de la existencia de cuatro «grupos de ligamiento» en las moscas, como sostienen los manuales de genética incluso en la actualidad siguiendo las tesis de Morgan, sino de cinco: había un grupo por cada par de autosomas, es decir tres, más un grupo para el cromosoma X, más otro para el Y. El modelo de emparejamiento por alelos y, por consiguiente, la existencia de genes dominantes y recesivos, sólo funciona para las hembras porque tienen dos cromosomas XX, pero no para los machos, cuyo par sexual XY no es simétrico. Esta circunstancia era imposible de conocer en 1910.

A partir de ahí se pueden seguir apuntando más disfunciones. Morgan escogió las moscas por el mismo motivo que Mendel los guisantes: porque en ellas funcionaban algunos de los mecanismos previstos, los cuales no aparecen en la mayor parte de los seres vivos, que carecen de paridad sexual cromosómica. La teoría cromosómica se asentó en los mismos fundamentos limitados del mendelismo que, como afirmó Lysenko, conducen a excluir la posibilidad de cualquier clase de hibridación que no sea de origen sexual, algo que Darwin, Lucien Daniel y Michurin ya habían demostrado que no era cierto con sus experimentos de hibridación vegetativa. Tampoco los cruces endogámicos, el apareamiento entre padres e hijos o de hermanos entre sí, se pueden considerar como un fenómeno generalizado en la naturaleza, especialmente entre los seres vivos más evolucionados.

Los ojos blancos de las moscas no son mutaciones sino malformaciones. Morgan confundía una variedad de una especie con una especie enferma. En la naturaleza no existen moscas de ojos blancos sino que Morgan las criaba en cautividad, sometiéndolas a condiciones muy distintas de las que encuentran en su habitat natural, por ejemplo, en la oscuridad o a bajas temperaturas. De esa manera lograba mutaciones que cambiaban el color de sus ojos y otros rasgos físicos que eran auténticas patologías del organismo. Dichos ejemplares eran mórbidos: sólo uno de cada cinco mil o diez mil de ellos era viable (323), pero él consideraba que eran de la misma especie que las silvestres y, en consecuencia, comparables (323b). No se pueden fundamentar las leyes de la herencia sobre el cruce de un ejemplar sano con otro enfermo. Como bien decía Morgan con su teoría de los genes asociados, esas mutaciones no sólo cambian el color de los ojos a las moscas sino que provocan otra serie de patologías en el insecto. Una alteración mórbida es excepcional y no puede convertirse la excepción en norma, es decir, en un rasgo fenotípico de la misma naturaleza que los rasgos morfológicos habituales: color del pelo, estatura, etc. Morgan era plenamente consciente de que las leyes que regulan la transmisión hereditaria de la salud no son las mismas que las de la enfermedad y la manera en que elude la crítica es destacable por la comparación que establece: también en física y astronomía hay experimentos antinaturales. De nuevo el reduccionismo y el mecanicismo juegan aquí su papel: las moscas son como los planetas y la materia viva es exactamente igual que la inerte.

La teoría cromosómica condujo a minusvalorar importantes hallazgos que afeaban sus dogmas. En 1906 Edmund B.Williamson descubrió los cromosomas B y en 1928 Randolph estableció sus diferencias con los cromosomas A u ordinarios. También denominados supernumerarios, son un supuesto de aneuploidía o cambio en el número de cromosomas, en este caso añadido al número habitual. En los seres humanos el supuesto más conocido es el que da lugar al síndrome de Dawn, cuya causa es la existencia de un tercer cromosoma (trisomía) en el par 21 de cromosomas ordinarios. Pues bien, los cromosomas B tampoco responden a las leyes de Mendel ya que no se segregan durante la división celular, por lo que tienden a acumularse en la descendencia, especialmente en las plantas. Estos fenómenos dan lugar a otros de tipo también singular que poco tienen que ver con los postulados de la teoría sintética, tales como:

— la formación de mosaicos especialmente en plantas, es decir, de células con distinto número de cromosomas dentro del mismo organismo vivo
— la fecundidad de los cruces entre personas con síndrome de Dawn, pese a disponer de un número diferente de cromosomas

Además de la evolución, que desde un principio no encajó con el mendelismo, la teoría cromosómica dejó varios cadáveres por el camino porque los cromosomas empezaron a adquirir un protagonismo creciente, sustituyendo progresivamente a cualquier otro componente celular. La genética también se superpuso a la embriología y los problemas del desarrollo fueron marginados y tratados como un asunto derivado de los genes. La citología empezó siendo un respaldo para la genética para acabar siendo absorbida por ella. Morgan conduce su discurso en muy pocas líneas de una manera unilateral desde la célula al núcleo, de ahí a los cromosomas, para acabar finalmente en los genes (324). En ellos concentra el monopolio de la herencia, para lo cual tiene que arrojar el lastre por la borda: «La explicación no pretende establecer cómo se originan los factores [genes] o cómo influyen en el desarrollo del embrión. Pero éstas no han sido nunca partes integrantes de la doctrina de la herencia» (325). De esta manera absurda es como Morgan encubría las paradojas de la genética: sacándolas de la genética, como cuestiones extrañas a ella. Si antes la sicología había desaparecido escindida de la biología y si otro tanto se podía decir de la ecología, Morgan estableció (326) otra de esas características separaciones metafísicas de quienes repudian la metafísica. Era plenamente consciente de su concepción porque había dado sus primeros pasos en la embriología, que había sido su primera especialidad científica. De esa manera la teoría cromosómica dejó las cosas escindidas de la peor forma posible:

núcleo —  genética —  nature —  transmisión de los caracteres  
  citoplasma —  embriología —  nurture — expresión de los caracteres

En Estados Unidos los embriólogos llamaban a los genetistas marauding intruders (intrusos merodeadores) y en Alemania se burlaban del kernmonopol (monopolio del núcleo) en el que incurrían los mendelistas. Repasando los manuales de embriología de los años treinta se comprueba que la genética está ausente y que en ellos el citoplasma ocupa el lugar dominante. Repasando los de genética sucede todo lo contrario. Naturalmente hubo intentos de síntesis. Los que procedieron de la embriología no tuvieron eco porque el papel estelar de la biología no estaba en esa disciplina; los de la genética tampoco porque los genes ejercieron un influjo embriagador. Incluso el propio Morgan en sus últimas obras se preocupó de buscar vínculos de unión entre la herencia y el desarrollo o, como él decía, «reunir la genética con la embriología» (327). Nadie se acordó nunca de este tardío esfuerzo.

Otra de las víctimas de la teoría cromosómica fue, naturalmente, la herencia extra-cromosómica porque los determinantes hereditarios se alojaban exclusivamente en los cromosomas, que son, según Morgan, «son las últimas unidades alrededor de las cuales se concentra todo el proceso de la transmisión de los caracteres hereditarios» (328). El citoplasma celular (el cuerpo) no desempeña ninguna función reproductiva. Pero en 1908 Correns descubrió en la variegación vegetal que el citoplasma también desempeñaba un cierto papel en la herencia, una teoría desarrollada por Erwin Baur (328b) que demostraba la existencia otras formas de transmisión generacional. Ambos, núcleo y citoplasma, participan en la transmisión hereditaria. En 1919 Delage incluyó a la herencia citoplasmática entre los fenómenos que contradecían el mendelismo (328c), por lo que cabe asegurar que en su misma génesis los hechos demostraban que la teoría cromosómica era insuficiente en cuanto que, como la mayor parte de los postulados mendelistas, era reduccionista y otorgaba un valor absoluto a fenómenos biólogicos que sólo son parciales y limitados. La herencia citoplasmática demuestra la falsedad de los siguientes postulados fundamentales de la teoría sintética:

a) el citoplasma forma parte del «cuerpo» de la célula, por lo que no existe esa separación estricta entre plasma y cuerpo de la que hablaba Weismann
b) no se rige por el «código» génico de los cromosomas nucleares (329)
c) contradice las leyes de Mendel (330)
d) no siempre todas las mitocondrias de una misma célula tienen idéntico ADN (heteroplasmia)
e) su división y, por consiguiente, su reproducción, no se corresponde con la división nuclear ni con la de la célula
f) su origen no está en los progenitores sino en virus, es decir, en agentes ambientales exógenos
g) presenta una fuerte dependencia de factores ambientales

El olvido de esta forma de herencia tiene su origen en la concepción reduccionista de la fecundación donde el núcleo era el único protagonista. Como consecuencia de ello, la teoría cromosómica suponía que dado que las mitocondrias están en el citoplasma, sólo pueden proceder de la madre. Coexistían así dos tipos de herencias distintas: la nuclear y la extranuclear. La explicación argumentaba que cuando un espermatozoide fecunda un óvulo, sólo penetra el núcleo con su ADN, dejando fuera su cola y su citoplasma, donde están las mitocondrias. Luego seguía sosteniendo que aunque no ocurriera así, el ADN mitocondrial del espermatozoide resultaría degradado. Por lo tanto, el ADN mitocondrial procede sólo por vía materna. Sin embargo, no siempre ocurre eso. En los mamíferos los espermatozoides están entre las células que contienen más mitocondrias y, como se ha comprobado, algunas de ellas pueden ingresar en el óvulo. En esos casos se produce la heteroplasmia: el cigoto acumula dos tipos de mitocondrias con distinto ADN que se transmite a la descendencia (331).

Esta parte de la genética fue marginada en los medios académicos oficiales. Según Jinks se trató como «una colección de rarezas aisladas» (331b). Así por ejemplo, para Huxley «desempeña un papel completamente secundario» (331c). Por su parte, Dunn, Beadle, Muller y otros genetistas admitieron a regañadientes los supuestos de herencia extranuclear, después de dejar bien claro que su importancia dentro de la genética era mínima. Un colaborador muy próximo de Morgan, Alfred Sturtevant, fue uno de los genetistas más beligerantes en este punto, llevando a cabo durante veinte años una constante batalla, hasta que hacia 1940 se tuvo que rendir ante la evidencia: todos los seres vivos disponen de herencia citoplasmática, los animales en las mitocondrias, las plantas en los cloroplastos y las bacterias en los plásmidos. La teoría sintética siempre ha seguido la política del avestruz; lo que no encaja en el dogma es mejor apartarlo, como si no existiera. Al principio esta forma de herencia génica ocupaba muy poco espacio en los libros de genética, unas pocas páginas en el último capítulo; se hablaba de ella casi de forma vergonzante, como si se tratara de un fenómeno residual. Aún en la actualidad la clonación se presenta como una duplicación exacta de un organismo, cuando se trata sólo del transplante del núcleo, es decir, que no se realiza sobre todo el genoma y, por lo tanto, nunca puede ser idéntica.

En otros países se podían leer cosas diferentes, pero en los años cuarenta los manuales anglosajones seguían destacando que la fisiología celular estaba dirigida y controlada en exclusiva por el núcleo. A Estados Unidos el cambio de perspectiva no llegó hasta 1938 cuando el genetista alemán T.A.Sonneborn descubrió en el citoplasma de una bacteria (Paramecium aurelia) la existencia de unas partículas que denominó kappa causantes de un determinado rasgo, una proteína que acababa con la vida de otros paramecios. Las partículas kappa mantenían una compleja relación con el núcleo celular y con el medio ambiente y, desde luego, tampoco respondían a las leyes que los mendelistas hubieran esperado. Con el tiempo la herencia citoplasmática fue aportando evidencias cada vez más abundantes. En 1952 W. Siegel descubrió las partículas mu y en 1962 Gibson y Beale postularon la existencia de otras similares a las que llamaron metagón. Estos hallazgos tuvieron sus paralelos en los que Efrussi, Teissier y L’Héritier llevaron a cabo en Francia sobre la misma materia en 1936. Encontraron que un linaje de Drosophila melanogaster presentaba una especial susceptibilidad al gas carbónico ambiental a causa de unas partículas citoplasmáticas que L’Héritier y Teissier denominaron sigma. Bittner también encontró otras partículas, a las que designó como nu.

Estos descubrimientos, especialmente los de Sonneborn, que inicialmente se consideraron como entre los más importantes de la genética, se acabaron interpretando en términos mendelistas decepcionantes: aquellas partículas del citoplasma y otras que se descubrieron, especialmente en Francia, eran vulgares virus simbiontes (332), que entonces se despreciaban como parásitos. Según Muller, no se podía decir que formaran parte exactamente de la constitución genética del propio organismo, ya que procedían del exterior. Se trataba de una infección, de un problema patológico, más médico que estrictamente biológico. El asunto dejó de interesar cuando más interesante se estaba poniendo.

Vistos al microscopio los cromosomas aparecían, además, segmentados en diferentes tonalidades de color, cada una de las cuales bien podía ser un gen, por lo que la teoría cromosómica propuso una foto fija del genoma: los mapas génicos. Correns había dado un sentido físico y espacial a los genes, presentados como los eslabones de las cadenas de cromosomas. Según Correns, los genes se disponen en el cromosoma «en serie lineal» o, en expresión de Morgan, «como los nudos de una cuerda» (332b), formando una especie de collar en el que las perlas (genes) se anudaban una detrás de la otra. Cada gen es un «lugar» o una posición dentro de un cromosoma, empleando en ocasiones la expresión latina loci como sinónimo. Esta descripción geográfica se reforzó cuando en 1937 G.W.Beadle y B.Efrussi, y luego, en 1943, el primero de ellos junto con E.L.Tatum formularon el dogma micromerista «un gen, una proteína» (333) que presentaba el aspecto causal más contundente de la genética, la prueba definitiva de su naturaleza auténticamente científica. La función de los genes en la célula consistía en elaborar proteínas y enzimas. De esa manera pudieron trabar una correspondencia biunívoca que a cada gen hacía corresponder una enzima. A través del microscopio los cromosomas ofrecían la imagen gráfica de linealidad en donde los genes eran hileras en formación uno detrás de otro. Lo importante era la posición sucesiva de los genes en el cromosoma y la distancia entre ellos.

Cuando en 1944 el canadiense Oswald T. Avery (1877-1955) descubrió que el «lugar» de los genes no estaba exactamente en los cromosomas sino sólo en el ADN (un descubrimiento decisivo que no mereció la recompensa del Premio Nóbel) la teoría sintética volvió a superar el descalabro con elegancia. Se olvidaron de los cromosomas y de los mapas y pasaron a hablar del ADN y de las bases, pero el formato no cambió. Los genes ya no estaban en el cromosoma sino sólo en el ADN y, a su vez, la linealidad también se trasladó al ADN: ahora eran las bases de esta molécula las que aparecían en fila, encadenadas una detrás de otra como los eslabones de una cadena. Tampoco cambió la causalidad dogmática expuesta en forma de hipótesis secuencial que propuso Crick en 1957. Los genes fabrican proteínas y enzimas, pero lo importante es que eso se atribuía exclusivamente a las secuencias de ADN; una determinada secuencia de bases del ADN conduce a la secuencia correspondiente de aminoácidos de la proteína.

En 1964 Yanofsky reforzó experimentalmente la hipótesis de Crick con la tesis de «colinealidad», según la cual existe una correspondencia entre la secuencia de bases del ADN (que aún equiparaba al mapa o al código génico) y la secuencia de aminoácidos de las proteínas que sintetizan. La secuencia de bases del ADN determina el orden de los aminoácidos en la proteína o en la enzima (334). La genética no sólo se caracterizaba por la inmovilidad sino por la linealidad, lo que Luria expresó de la manera siguiente: «El que los genes hayan de ser transcritos exactamente punto por punto y deban emparejar no menos exactamente punto por punto, exige una configuración abierta, en la cual los detalles pertinentes de estructura se presenten en orden para ser emparejados o transcritos. Sólo una línea o una superficie pueden presentarse de ese modo; un sólido de tres dimensiones no puede. Así, es de esperar que los genes tengan una estructura unidimensional -esto es, lineal- o bidimensional. Tales son las clases de estructura que pueden servir como patrones o plantillas con que sacar copias nuevas» (335). A partir de entonces ya no se habló tanto de «mapas» genes de como de «secuencias» de ADN o del genoma, expresiones que llegan hasta la actualidad. En cualquier caso, la vida a la que se refería la teoría sintética era, a lo máximo, bidimensional.

En los años cuarenta Barbara McClintock (1902-1992) descubrió los transposones, a los que calificó de «elementos de control»: las secuencias de ADN se desplazan a lo largo del genoma, saltan de un lugar a otro, dentro del mismo cromosoma o de un cromosoma a otro. En consecuencia, si se podían dibujar «mapas» de genes, en ellos también se debían modificar las fronteras continuamente. La propuesta de McClintock chocaba en muchos sentido con las anteriores. Siguiendo la línea micromerista de Beadle y Tatum, lo que Yanofsky investigaba era si las mutaciones en una secuencia determinada de ADN eran separables, mientras McClintock postulaba una amplia integración funcional del genoma, cuyos diversos segmentos interactuaban entre sí. Los seres vivos modifican su genoma continuamente y se intercambian entre sí secuencias de ADN. La transgénesis no sólo se produce dentro de los cromosomas de una misma célula sino de unos seres vivos a otros. Desde 1948 se sabe que existe ADN extracelular o circulante, segregado por las células y que circula fuera de ellas, por ejemplo en los fluidos corporales, la orina y el suero sanguíneo (336), pudiéndose incorporar horizontalmente a cualquier organismo vivo. Por otro lado, el área de trabajo de Yanofsky era la inhibición génica, es decir, las secuencias inactivas de ADN con la presunción de que se trataba de una disfunción que quizá se podría solucionar. Por el contrario, la tesis de McClintock concernía a la funcionalidad de las mutaciones causadas por los transposones, cuyo origen está en condicionamientos ambientales. Los transposones eran genes no funcionales en el sentido de Beadle y Tatum. Al calificar a los transposones como «elementos de control», McClintock abrió vías completamente insospechadas para la genética: descubrió que había al menos una parte del ADN cuya tarea no consistía en fabricar ni enzimas ni proteínas, que el ADN formaba parte de un sistema de regulación, que era un regulador regulado. Pero los mendelistas prefirieron saltar por encima de McClintock, mantenerla en el ostracismo durante décadas y seguir defendiendo sus posiciones a capa y espada. Si los hechos no confirmaban la teoría sintética, tanto peor para ellos. Para no quedar en evidencia -como expondré luego- tuvieron que darle varios quiebros a la teoría cromosómica con su discreción característica.

Si el dogma micromerista «un gen, una proteína» fuera exacto, cabría esperar dos deducciones:

a) que los organismos más complejos requieren más proteínas y, por consiguiente más genes, que los menos complejos; su genoma debía ser mayor y contener más cantidad de ADN
b) que organismos cercanos con un nivel de complejidad parecido poseyeran genomas cuyo contenido de ADN fuera similar

Fue otro descalabro temprano para la teoría sintética porque sucedió todo lo contrario: es la denominada paroja del valor C que mide el tamaño de los genomas de las diferentes especies. Esta paradoja expresa que en eucariotas (células con núcleo) la cantidad de ADN no aumenta con la complejidad del organismo. Hay organismos menos complejos que poseen cantidades de ADN muy superiores a los más complejos, como por ejemplo la Euglena, un organismo unicelular, tiene casi tanto ADN como un ser humano. Al mismo tiempo, hay organismos de parecido nivel de complejidad que tienen cantidades de ADN muy diferentes. La cebolla necesita 200 veces más ADN que el arroz y los anfibios tienen variaciones de hasta 91 veces. Una célula de la salamandra Amphiuma contiene 170 veces más ADN que una célula de un pariente relativamente cercano, el pez ballesta o gatillo, mientras que la célula de éste último contiene solamente nueve veces más que la célula de una esponja, la cual es mucho más lejana filogenéticamente de cualquier vertebrado.

La teoría sintética conduce a esta contradicción o paradoja del valor C. Los organismos más complejos no necesitan más ADN sino que el ADN cumpla funciones más diversas que la fabricación de proteínas, que es propia de los organismos más simples. A fecha de hoy lo que la ciencia ha logrado concluir es lo siguiente:

— que dentro del genoma el ADN funcional sólo ocupa una parte
— que la función del ADN no es sólo fabricar proteínas
— que el genoma es un componente dinámico y cambiante de la célula

Tanto los cromosomas como el ADN son moléculas integradas en una célula que forma parte de un ser vivo que se mueve, que cambia y, sobre todo, que es tridimensional. Así lo habían demostrado Linus Pauling, Robert Corey y Herman Branson en 1951 pero aunque se conoce hasta la saturación la configuración de doble hélice del ADN, se menciona mucho menos la configuración espacial de las proteínas, a pesar de su importancia. El comportamiento de una proteína no sólo depende de su secuencia de aminoácidos sino también de la manera en que se pliega dentro de la célula, es decir, de estructuras secundarias, terciarias y cuaternarias. Dos proteínas de secuencias iguales funcionan de manera diferente según se plieguen espacialmente de una u otra forma dentro de la célula o, dicho en el lenguaje favorito de la teoría sintética, también hay información codificada en la configuración tridimensional de las proteínas. Según la hipótesis de Crick ese plegamiento dependía de su secuencia pero se supo muy pronto que no era así. Por ejemplo, dependía de la actividad de otras proteínas llamadas chaperonas. Siempre se supo, pues, que por lo menos había algunas cosas que no dependían de los genes y que los manuales debían dejar un espacio para explicar este tipo de interacciones:

proteína → proteína

De la teoría cromosómica se han retenido sus aspectos erróneos, descuidando lo que antes he reseñado, algo verdaderamente interesante y que es, además, lo más obvio: la noción de que, en definitiva, lo que se hereda no son los genes sino los cromosomas, y si en ellos -como hoy sabemos- hay tanto ADN como proteínas, esto quiere decir que no existe una separación absoluta entre el plasma germinal y el cuerpo; si las proteínas son el cuerpo hay que concluir que también heredamos el cuerpo. Esto resulta aún más contundente habida cuenta -repito- de que en la fecundación preexiste un óvulo completo, que no es más que una célula con su núcleo y su citoplasma, por lo que se obtiene la misma conclusión: si el citoplasma del óvulo forma parte del cuerpo, volvemos a comprobar por esta vía que también heredamos el cuerpo.

Las conclusiones que se pueden extraer de la teoría cromosómica no se agotan en este punto. Como observó el belga Frans Janssens en 1909 y el propio Morgan más tarde, en la división celular se produce un entrecruzamiento (crossing over) de determinados fragmentos de los cromosomas homólogos. De modo que no solamente no es cierto que recibamos los genes de nuestros ancestros; ni siquiera recibimos sus cromosomas íntegros sino exactamente fragmentos entremezclados de ellos, es decir, que se produce una mezcla de los procedentes del padre con los de la madre. Por consiguiente, la ley de segregación de los factores establecida por Naudin y Mendel no es absoluta sino relativa: la segregación no es incompatible con la mezcla. La segunda de las leyes de Mendel tampoco se mantiene incólume, incluso en el punto fuerte al que el mendelismo se contrae: la reproducción sexual. En la herencia coexisten tanto la continuidad como la discontinuidad, la pureza como la mezcla y, lo que es aún más importante, se crean nuevos cromosomas distintos de los antecedentes y, a la vez, similares a ellos. La herencia es, pues, simultáneamente una transmisión y una creación; los hijos se parecen a los padres, a ambos padres, al tiempo que son diferentes de ellos. Pero esto no es suficiente tenerlo en cuenta sólo desde el punto de vista generacional, es decir, de los descendientes respecto de los ascendientes. En realidad, cada célula hereda una información genética única y distinta de su precedente. Como en cada organismo vivo las células se están dividiendo, también se están renovando constantemente. El genoma de cada organismo cambia continuamente en cada división celular: se desarrolla con el cuerpo y no separado de él. Un niño no tiene el mismo genoma que sus progenitores y un adulto no tiene el mismo genoma que cuando era niño. No existen las copias perfectas.

Para acabar, el entrecruzamiento tampoco se produce al azar sino que obedece a múltiples influencias que tienen su origen en el medio interno y externo (sexo, edad, temperatura, etc.), que son modificables (336). Un colaborador del equipo de Morgan, Calvin B.Bridges, demostró en 1915 (confirmado por Plough dos años después) que la temperatura afecta al porcentaje de entrecruzamiento de los autosomas de Drosophila melanogaster. Later Mavor en 1923 y luego Svenson y Muller también demostraron que lo mismo sucedía con las radiaciones: tanto en los autosomas como en el cromosoma X de Drosophila melanogaster los entrecruzamientos cambian en función de la región cromosómica afectada o de otros factores, como la edad (337). Ese es el significado exacto de la herencia de los caracteres adquiridos: desde la primera división que experimenta el óvulo fecundado, el embrión adquiere nuevos contenidos génicos y, por lo tanto, nuevos caracteres que no estaban presentes en la célula originaria y que aparecen por causas internas y externas.

Pero no fueron esas las conclusiones que obtuvo la escuela de Morgan, sino todo lo contrario: creó la teoría de la copia perfecta, que llega hasta nuestros días constituyendo la noción misma de gen como un componente bioquímico capaz de crear «copias perfectas de sí mismo» (338). Esta concepción está ligada a la teoría de la continuidad celular: las células se reproducen indefinidamente unas a otras y cada una de ellas es idéntica a sus precedentes. La evolución ha desaparecido completamente; el binomio generación y herencia se ha roto en dos pedazos incompatibles. La herencia es un «mecanismo» de transmisión, algo diferente de la generación; eso significa que sólo se transmite lo que ya existe previamente y exactamente en la misma forma en la que preexiste.

Esta concepción es rotundamente falsa. Está desmentida por el propio desarrollo celular a partir de unas células madre indiferenciadas, hasta acabar en la formación de células especializadas. Así, las células de la sangre tienen una vida muy corta. La de los glóbulos rojos es de unos 120 días. En los adultos los glóbulos rojos se forman a partir de células madre residentes en la médula ósea y a lo largo de su proliferación llegan a perder el núcleo, de modo que, al madurar, ni siquiera se puede hablar de ellas como tales células. Pero además de glóbulos rojos, en su proceso de maduración las células madre de la sangre también pueden elaborar otro tipo de células distintas, como los glóbulos blancos. Por tanto, a lo largo de sus divisiones un mismo tipo de células se transforma en células cualitativamente distintas. A su vez, esas células pueden seguir madurando en estirpes aún más diferenciadas. Es el caso de un tipo especial de glóbulos blancos, los linfocitos, que al madurar reestructuran su genoma para ser capaces de fabricar un número gigantesco de anticuerpos. Al mismo tiempo que se diferencian, hay células que persisten indiferenciadas en su condición de células madre para ser capaces de engendrar continuamente nuevas células. Por tanto, nada hay más lejos de la realidad que la teoría de la copia perfecta.

El artificio positivista de Morgan es el que impide plantear siquiera la heredabilidad de los caracteres adquiridos, lo que le condujo a considerar que sus descubrimientos habían acabado con el engorroso asunto del «mecanismo» de la herencia de manera definitiva, legando para el futuro una concepción esencialista de los seres vivos según la cual no se desarrollan: son de una forma u otra, y lo que son es hereditario, proviene de sus ancestros. La embriología no tiene ninguna relevancia para la biología evolutiva, la herencia citoplasmática es una materia secundaria y las interacciones de Sonneborn entre el núcleo y el citoplasma pasan desapercibidas. Este tipo de concepciones erróneas tuvieron largo aliento en la biología moderna, de modo que sus estragos aún no han dejado de hacerse sentir. Un mismo fenómeno biológico se aborda de una manera muy diferente y da lugar a explicaciones diferentes según se estudie en un manual de genética, de sicología, de ecología o de embriología. Son las consecuencias de la ideología positivista, que se limita a exponer el fenómeno tal y como se desarrolla delante del observador, que se atiene a los rasgos más superficiales del experimento. No cabe preguntar de dónde surge y cómo evoluciona eso que observamos antes nuestros órganos de los sentidos (339).

La teoría cromosómica es consecuencia del micromerismo, una de sus formas especiales, característica de finales del siglo XIX. En 1900 el micromerismo celular de Virchow pasaba a convertirse en el micromerismo molecular de Correns y Sutton. Este último defiende con claridad su punto de vista cuando asimila la entelequia aristotélica a la consideración del «organismo como un todo» (340), algo rechazable tanto por su condición finalista como por la holista. En otra obra confirma su defensa del micromerismo de la siguiente manera:

«El individuo no es en sí mismo la unidad en la herencia sino que en los gametos existen unidades menores encargadas de la transmisión de los caracteres.

La antigua afirmación rodeada de misterio, del individuo como unidad hereditaria ha perdido ya todo su interés» (341).

El micromerismo le sirve para alejar un misterio... a cambio de sustituirlo por otro: esas unidades menores de las que nada aclara, y cuando se dejan las nociones en el limbo es fácil confundir las unidades de la herencia con las unidades de la vida. Naturalmente que aquella «antigua afirmación rodeada de misterio» a la que se refería Morgan era la de Kant; por tanto, el misterio no estaba en Kant sino en Morgan. Con Morgan la genética perdió irremisiblemente la idea del «individuo como unidad» a favor de otras unidades más pequeñas. A este respecto Morgan no tiene reparos en identificarse como mecanicista: «Si los principios mecánicos se aplican también al desarrollo embrionario, el curso del desarrollo puede ser considerado como una serie de reacciones físico químicas, y el individuo es simplemente un término para expresar la suma total de estas reacciones, y no habría de ser interpretado como algo diferente de estas reacciones o como más de ellas» (342).

Morgan no era un naturalista. Su método era experimental y ahistórico; no salía de su laboratorio y sólo miraba a través de su microscopio. Un viaje en el Beagle le hubiera mareado. Ya no tenía sentido aludir al ambiente porque no había otro ambiente que una botella de cristal. Aquel ambiente creaba un mundo artificial. El antiguo método especulativo, decía Morgan, trataba la evolución como un fenómeno histórico; por el contrario, el método actual es experimental, lo cual significa que no se puede hablar científicamente de la evolución que hubo en el pasado. La evolución significa que los seres vivos que hoy existen descienden de los que hubo antes: «La evolución no es tanto un estudio de la historia del pasado como una investigación de lo que tiene lugar actualmente». El reduccionismo positivista tiene ese otro componente: también acaba con el pasado y, por si no fuera suficiente, también con el futuro, es decir, con todas las concepciones finalistas herederas de Kant: la ciencia tiene que abandonar las discusiones teleológicas dejándolas en manos de los metafísicos y filósofos; el finalismo cae fuera de la experimentación porque depende exclusivamente del razonamiento y de la metafísica (344). Como no hay historia, no es necesario indagar por el principio ni tampoco por el final. Paradógicamente la evolución es un presente continuo, el día a día.

Tampoco hay ya lucha por la existencia, dice Morgan: «La evolución toma un aspecto más pacífico. Los caracteres nuevos y ventajosos sobreviven incorporándose a la raza, mejorando ésta y abriendo el camino a nuevas oportunidades». Hay que insistir menos en la competencia, continúa Morgan, «que en la aparición de nuevos caracteres y de modificaciones de caracteres antiguos que se incorporan a la especie, pues de éstas depende la evolución de la descendencia». Pero no sólo habla Morgan de «nuevos caracteres» sino incluso de nuevos factores, es decir, de nuevos genes «que modifican caracteres», añadiendo que «sólo los caracteres que se heredan pueden formar parte del proceso evolutivo» (345).

Sorprendentemente esto es un reconocimiento casi abierto de la tesis de la heredabilidad de los caracteres adquiridos. En realidad, las investigaciones de Morgan confirmaban la tesis lamarckista, es decir, que al cambiar las condiciones ambientales, las moscas mutaban el color de sus ojos y transmitían esos caracteres a su descendencia. No hay acción directa del ambiente sobre el organismo; la influencia es indirecta, es decir, el mismo tabú que antes había frenado a Weismann. En otro apartado Morgan vuelve a reconocer la herencia de lo adquirido. Hay casos -dice- en los que «queda demostrado que el ambiente actúa directamente sobre las células germinales por intermedio de agentes que, al penetrar en el cuerpo, alcanzan dichas células». Pone el ejemplo de las radiaciones. Las células germinales son especialmente sensibles a ellas; afectan más a los cromosomas que al citoplasma y causan esterilidad en los embriones. La debilidad y los defectos que provocan en los organismos pueden ser transmitidos a generaciones posteriores, aún por una progenie que aparentemente es casi o completamente normal. Pero este hecho evidente, advierte Morgan, no se puede emplear como prueba de la herencia lamarckiana: «No cabe duda que esos efectos nada tienen que ver con el problema de la herencia de los caracteres adquiridos, en el sentido que se le ha atribuido siempre a este término». ¿Por qué? Morgan no lo explica. Quizá la clave esté en ese enigmático «sentido» que «siempre» se le ha atribuido (¿quién?) a dicho término: bastaría, pues, atribuirle otro «sentido» distinto y ya estaría solucionada la cuestión. Pero Morgan ni siquiera se atreve a entrar en ese galimatías lingüístico. No obstante, se despacha a gusto con la herencia de los caracteres adquiridos: se trata de una superstición derivada de pueblos antiguos, teoría frágil y misteriosa, una pesadilla de lógica falsa sustentada en pruebas sin consistencia ninguna. Resulta desmoralizante -añade Morgan- perder tanto tiempo en refutar esta teoría que «goza del favor popular» y tiene un componente emotivo envuelto en un misterio. Precisamente el papel de la ciencia consiste en destruir las supersticiones perniciosas «sin tener en cuenta la atracción que puedan ejercer sobre los individuos no familiarizados con los métodos rigurosos exigidos por la ciencia» (346). Ningún científico apegado a los «métodos rigurosos de la ciencia» puede incurrir en tamaña superchería; eso sólo es propio de los advenedizos, aficionados y autodidactas, incapaces de comprender las maravillas de un método científico tan especial que está al alcance de muy pocos iluminados.

No es la única ocasión en la que Morgan se deja caer en el lamarckismo, al que critica implacablemente. También al tratar de explicar la «paradoja del desarrollo» expone una hipótesis que incurre en el mismo desliz. Morgan reconoce la existencia de la paradoja e, implícitamente, su contradicción con la teoría sintética. Para superarla habla de tres teorías que describe sucesivamente para encontrar las posibles explicaciones, que son -todas ellas- otras tantas versiones de la heredabilidad de los caracteres adquiridos. Según Morgan, de conformidad con el mendelismo, si todos los genes actúan en todos los momentos de la misma manera, no es posible explicar por qué en algunas células del embrión se desarrollan de un modo y otras de otro. Entonces expone la solución propuesta por Roux y Wiesmann: quizá no todos los genes entren en acción al mismo tiempo; a medida que el embrión pasa por las sucesivas fases de desarrollo diferentes baterías de genes se activan una después de la otra: «En las diferentes regiones del huevo tienen lugar reacciones distintas que comprenden diferentes baterías de genes. A medida que las regiones se diferencian, otros genes entran en actividad y otro cambio tiene lugar en el protoplasma, el cual ahora reaciona nuevamente sobre el complejo de genes. Este punto de vista -dice Morgan en una obra- presenta una posibilidad que debemos tener en consideración». Pero en otra posterior sostiene que esta teoría «no está de acuerdo con los resultados que se obtienen cambiando los planos de segmentación mediante la compresión». Finalmente esboza otra posible explicación de la paradoja: en lugar de suponer que todos los genes actúan siempre de la misma manera y de suponer que los genes entran en acción de manera sucesiva, cabe imaginar también que el funcionamiento de los genes «sufre un cambio como reacción a la naturaleza del protoplasma donde se encuentran». Otra versión posterior, más elaborada, del mismo Morgan es la siguiente: «El protoplasma de las diferentes partes del huevo es algo diferente, y [...] las diferencias se hacen más marcadas a medida que que se produce la segmentación debido al desplazamiento de los materiales. Del protoplasma derivan las sustancias para el crecimiento de la cromatina y para la elaboración de las preparadas por los genes. Puede suponerse que la diferencia inicial en las regiones protoplasmáticas afectan a la actividad de los genes, y éstos a su vez, actúan sobre el protoplasma, originándose así una serie de reaciones recíprocas. De ese modo podemos representarnos la elaboración y diferenciación graduales de las diversas regiones del embrión» (347). Esta hipótesis de Morgan sobre el desarrollo embrionario, claramente lamarckista, demostraba, además, que no se podía separar a la genética del desarrollo y, por lo tanto, de las condiciones en las que se desarrollan los embriones. Es una hipótesis que resultó confirmada por experimentaciones posteriores: en las fases iniciales del huevo fecundado, el citoplasma circundante influye sobre la actividad de los genes nucleares. De ahí se desprende que los genes no regulan sino que son regulados.

Es bien cierto que desde su mismo origen la noción de herencia de los caracteres adquiridos es extraordinariamente confusa y que una de las estrategias implementadas para desacreditarla ha sido crear una mayor confusión, retorcerla periódicamente para que no quepa reconocer nunca las influencias ambientales. Un biólogo marxista español, Faustino Cordón, defendía el neodarwinismo de la forma siguiente: «En el organismo, bien resguardadas de influencias externas, se encuentran las células germinales sobre las cuales no pueden influir ‘coherentemente’ las modificaciones que experimente durante su vida el cuerpo del animal (esto es, los caracteres adquiridos no se heredan). Pero si es inconcebible, como de hecho lo es, que el organismo adulto, al irse modificando por su peripecia, moldee de modo coherente con ésta sus células embrionarias, hay que deducir, como conclusión incontrovertible, que el medio de una especie no ha podido ajustarlas a él moldeando directamente los cuerpos de los individuos adultos» (348). Es lo mismo que defienden los Medawar cuando escriben: «No es pertinente que la mutación pueda inducirse por un agente externo, sobre todo radiaciones ionizantes, como rayos X; esto no es pertinente porque no existe relación funcional o adaptante entre el carácter del mutante y la naturaleza del mutágeno que lo causó: las mutaciones no se originan en respuesta a las necesidades del organismo y tampoco, excepto por accidente, las satisfacen» (349). Por lo tanto, en un caso, se exige a la herencia de los caracteres adquiridos que el medio ejerza una influencia «coherente» y, en el otro, que sea «adaptativa», circunstancias ambas que nunca formaron parte de la teoría. Como proponía Morgan en este mismo asunto, siempre es posible definir los conceptos de manera tal que sea imposible reconocerlos bajo ninguna circunstancia, esto es, un juego con las cartas marcadas de antemano. Lo que la teoría siempre sostuvo es que el medio ejerce una influencia directa e indirecta sobre el cuerpo y, por tanto, sobre el genoma como parte integrante del cuerpo, así como que dicha influencia se transmite hereditariamente.

Este argumento de los mendelistas tiene varios aspectos subyacentes que conviene realzar explícitamente. Así, por ejemplo, no tiene un carácter general en cuanto que, a efectos inmunitarios, las influencias ambientales son adaptativas: cada patógeno induce la formación de un anticuerpo específico. Pero quizá lo más importante es que lo que la crítica pretende es separar artificialmente el lamarckismo del darwinismo de tal manera que al introducir los factores ambientales y la herencia de los caracteres adquiridos queda excluida la selección natural. No hay ningún argumento para pensar que eso pueda suceder de esa manera y, desde luego, Darwin se fundamentó en todo lo contrario al combinar ambos aspectos. Efectivamente es cierto que las influencias ambientales, como cualquier otra clase de mutaciones, no desarrollan adaptaciones perfectas de manera mecánica. Lo único que explican es la variabilidad; la adaptación o inadaptación es obra, según Darwin, del uso y desuso y de la selección natural. Para que haya selección antes tiene que haber una diversidad entre la cual poder elegir. Al negar la influencia de los factores ambientales la teoría sintética negaba la unidad del organismo con el medio y al exigir adaptación niega la contradicción entre ambos. Lo que la biología tiene demostrado es que cada ser vivo forma una unidad con su habitat, lo cual no excluye, al mismo tiempo, la contradicción entre ambos. Sólo en las teorías creacionistas la adaptación aparece instantáneamente como algo ya dado. En cualquier teoría de la evolución la adaptación es un proceso dilatado en el tiempo.

El francés Maurice Caullery es otro exponente del doble rasero con el que los mendelistas abordan la herencia de los caracteres adquiridos, tanto más significativa en cuanto que Caullery se inició en las filas del lamarckismo. El biólogo francés se enfrenta al problema de explicar las enfermedades hereditarias, un ejemplo de que se hereda tanto el plasma como el cuerpo, en este caso las patologías corporales. Sostiene lo siguiente: «Todo lo que pasa de una generación a la siguiente no dimana de la herencia propiamente dicha. Algunas enfermedades, que son seguramente transmisibles, son a menudo falsamente llamadas hereditarias, como la sífilis hereditaria. Se trata, en realidad, de una contaminación del germen por un agente infeccioso, independiente del organismo mismo. Todos los hechos de ese orden no entran en el cuadro de la herencia, incluso cuando se presentan con una generalidad y una constancia perfectas». El argumento no puede ser más sorprendente: las enfermedades hereditarias no son hereditarias porque no se transmite un plasma auténtico sino un plasma contaminado. Pasemos por alto la validez de este argumento. Caullery lo lleva más allá e incluye dentro de ese plasma contaminado a toda la herencia citoplasmática, de la que llega incluso a poner en duda su existencia. También haremos la vista gorda ante esta segunda afirmación y, por tanto, supondremos que si las patologías no valen como ejemplo de herencia de los caracteres adquiridos tampoco valen como ejemplo de herencia mendeliana. Sería la única tesis coherente que podríamos esperar... Pero no es así porque Caullery acaba de la siguiente manera: «Los hechos que en el hombre revelan más claramente la herencia mendeliana son los de orden patológico, relativos a la transmisión de bastantes enfermedades constitucionales, o de malformaciones» (350). Las enfermedades valen para el mendelismo pero no valen para el lamarckismo. Con tales trucos parece natural que no haya ninguna forma de demostrar la herencia de los caracteres adquiridos.

Tenía razón Caullery en esconder la cabeza bajo el ala porque las enfermedades adquiridas ponen al desnudo una de las falacias del mendelismo: se transmiten de la madre a los hijos durante el embarazo (a través de la placenta), durante el parto (ruptura de la placenta) o después del parto (a través de la lactancia). Era algo muy evidente desde el siglo XIX, antes de que el mendelismo fuera «redescubierto». En cuanto al ejemplo que pone Caullery, la sífilis infantil, a partir de 1861 Hutchinson y luego Fournier demostraron la heredabilidad de la sífilis. La causa de esta patología es la bacteria Treponema pallidum. Al incorporarse al torrente sanguíneo de la embarazada, el Treponema pallidum alcanza al embrión a través de la placenta. Entre el 40 y el 70 por ciento de estos embarazos traen al mundo a un neonato con graves problemas físicos y mentales como resultado de la infección y alrededor del 25 por ciento de estos embarazos acaban en aborto o muerte fetal (351).

La genética formalista siguió implacable a la caza de Lamarck y los restos que quedaban de las tesis ambientalistas. El 7 de agosto de 1926 Gladwyn K. Noble publicó en la revista Nature un informe denunciando que los experimentos realizados por el biólogo austriaco Paul Kammerer con salamandras y sapos parteros para demostrar la influencia sobre ellos del cambio de medio, eran fraudulentos. El suicidio de Kammerer pocas semanas después ejemplificaba la suerte futura de este tipo de teorías. Cuando llegó al Instituto de Biología Experimental de Viena, fundado por Hans Przibram en 1903 Kammerer era un joven especialista en reptiles y anfibios. Según él mismo confirmó después, entonces se hallaba bajo la influencia de Weismann y el mendelismo, una influencia que nunca abandonó, aunque sus experimentos le llevaron hacia el lamarckismo, tratando de encontrar una síntesis entre ambas corrientes de la biología.

El primer experimento que llevó a Kammerer a la celebridad, publicado en 1906, se realizó con la antiguamente denominada Salamandra maculosa, a la que obligó a reproducirse en un clima frío y seco, donde comenzó a parir crías en forma vivípara de igual forma que su pariente alpina, la Salamandra atra. El efecto inverso se obtuvo también, obligando a la Salamandra atra a reproducirse en el agua. Ambos efectos fueron heredados hasta cierto punto por la segunda generación. Otro de sus experimentos fue aún más sorprendente. La Salamandra atra es de piel negra, mientras que la Salamandra maculosa es moteada. Kammerer incubó huevos de Salamandra maculosa en un ambiente en el que predominaba el color amarillo, logrando que las manchas amarillas de su piel se ampliaran hasta convertirse en bandas anchas del mismo color. De igual forma, cuando se desarrollaba en un ambiente de color negro, las manchas disminuían de tamaño y los animales adoptaban un color predominantemente negro. Ambos efectos se intensificaron durante varias generaciones apareciendo, pues, como heredados. Los experimentos de cría demostraron que la variedad amarilla artificial no se reproducía, aunque se produjo un híbrido amarillo. Al transplantar los ovarios de una variedad amarilla natural en hembras normales el carácter se reprodujo, aunque cuando se repitió la misma técnica con individuos de color amarillo hubo una fuerte tendencia hacia la regresión.

La coloración de la piel y su semejanza con la del medio más inmediato es uno de los ejemplos favoritos de los lamarckistas, por lo que los experimentos de Kammerer tuvieron arraigo y sirvieron a una polémica presidida por un mecanicismo ingenuo y muy envejecida por el progreso científico actual, pero que es necesario recordar para reconstruir la historia de la biología sobre sus propios fundamentos. Aunque no tienen mucha relación con los postulados de su mentor, los lamarckistas han llevado a cabo experimentos en diversas especies, especialmente insectos, para demostrar que la coloración de su piel es adquirida y que se trata de una influencia adaptativa del medio. No sólo sucede con los camaleones. Así, existe una correlación entre el color de los piojos y el de las plumas de las aves que colonizan, lo cual les sirve para enmascararse. El cisne, por ejemplo, alberga en sus alas piojos de color claro, mientras que en la cabeza y el cuello se albergan piojos oscuros: no necesitan ocultarse porque no les alcanza el pico de su anfitrión (353). Otro ejemplo: en 2006 encontraron una mutación en la secuencia MC1R del ADN de una población de ratones de playa (Polionotus peromyscus) que altera el color de su pelaje para asemejarlo al color de la arena donde viven (354). Pero quizá el supuesto de estas características más conocido es el del melanismo industrial, es decir, el oscurecimiento en la piel de las polillas (Biston betularia) causado por la contaminación ambiental. Es otro de esos caballos de batalla del lamarckismo, uno de los mejor documentados, habiéndose desplegado múltiples contreversias al respecto. En 1925 J.W.Heslop Harrison sostuvo que era posible provocar el melanismo en las polillas suministrándoles una nutrición contaminada con plomo. Según el lamarckismo de comienzos del siglo XX la coloración oscura que adquieren las polillas que habitan en las comarcas industriales contaminadas se transmite hereditariamente. Antes de 1848 las polillas oscuras constituían menos del dos por ciento de la población. A causa del hollín de las fábricas, los abedules en los que se posaban las polillas oscurecieron. La población de polillas también cambió de una mayoría de color claro a una mayoría de color oscuro. Para 1898 el 95 por ciento de las polillas en Manchester y otras zonas altamente industrializadas eran de la forma oscura. Ese porcentaje era mucho más reducido en las áreas rurales. Lo que no se suele poner de manifiesto es que en este caso el defensor de la tesis lamarckista no fue otro que Darwin, quien dedicó a la defensa de su criterio un esfuerzo significativo que, además, tiene un sesgo claramente finalista. Pero aún más significativo es el hecho de que Darwin le da a su explicación lamarckista un carácter muy general que merece la pena recordar: «Cuando en los animales de todas las especies la coloración ha experimentado modificaciones con un fin especial, estas modificaciones, en cuanto nos es dable juzgar, han tenido por objeto ora la protección de los individuos, ora la atracción entre los individuos de sexos opuestos» (355).

Otra serie de espectaculares experimentos de Kammerer versaron sobre el Proteus anguinus un extraño pez ciego con aspecto de anguila, utilizado como símbolo en la antigua Yugoeslavia. Este animal vive en grutas submarinas oscuras y tiene unos ojos rudimentarios y no funcionales bajo una piel pálida, traslúcida. Al criarlo a plena luz del día, Kammerer observó que su piel adquiría una cierta pigmentación superficial en la zona bajo la que estaban los ojos. Pero si se criaba bajo la influencia de la luz roja, los ojos reaparecían completamente funcionales, un carácter que se transmitía a las sucesivas generaciones.

En otro experimento similar Kammerer también consiguió que el sapo partero Alytes obstetricans se apareara bajo condiciones de humedad artificial. Dado que normalmente la especie procrea en terreno seco, los machos han perdido las almohadillas en los miembros anteriores que los sapos normales utilizan para sujetar a la hembra mientras se aparean en el agua. Después de varias generaciones de aparearse en el agua, los ejemplares de Kammerer adquirieron ventosas que se transmitían por herencia. Era un ejemplo de la adquisición de un carácter como consecuencia del uso. No obstante, dado que ese carácter es habitual en las demás especies de sapos, podía tratarse simplemente de un atavismo o la regresión de un carácter ancestral que había sido eclipsado por la evolución reciente de esa especie particular. Eso explicaría, según Kammerer, que ese nuevo carácter no fuese, en realidad, nuevo, por lo que la síntesis entre el lamarckismo y el mendelismo parecía posible: los caracteres adquiridos no sólo se transmiten sino que al mezclarse con los caracteres innatos siguen las leyes de Mendel. Por lo tanto, el carácter adquirido tiene la posibilidad de producirse en forma pura y en un determinado porcentaje de la mezcla de caracteres, y así es preservado. En otras palabras, como dice Bowler, el mendelismo permitía al lamarckista afirmar que no todos los individuos adquirirían ese nuevo carácter (356). Kammerer siempre creyó en la validez del mendelismo e intentó demostrar que los dos enfoques eran compatibles. Creía que la herencia se producía normalmente a través de unidades de carácter pero nunca tuvo mucho éxito en su intento de demostrar que esas unidades, podían formarse por vías denominadas lamarckistas.

Kammerer llegó a ser el biólogo más famoso del mundo en su época. Tras un triunfal ciclo de conferencias por Estados Unidos, el New York Times le calificó como «el nuevo Darwin». Luego fue arrojado al basurero de la historia, arrastrando tras de sí a sus 130 artículos científicos, de los que nadie ha querido acordarse nunca más. El sitio del investigador austriaco no está en la biología sino en la literatura de ficción, en la novela detectivesca (357). Ciertas historias de la ciencia tienen una pintoresca manera de tratar los fraudes, tan amnésicas con Teilhard de Chardin como implacables con Kammerer. En unos casos hay tantas dudas como certezas en el otro. Indudablemente los fósiles de Piltdown tienen propiedades biológicas de las que carecen los sapos parteros. Por ello los sacerdotes católicos tenían bula pontificia para sus artimañas, mientras que el supuesto fraude de Kammerer pareció cometido por el mismísimo Lamarck en persona. Pero un fraude no se compensa con otro (al menos en la ciencia) y en los libros de texto las menciones a los mismos deberían ir acompañadas de unas buenas comillas tipográficas porque en 2009, volviendo a mostrar su más implacable rostro, la historia empezó a sacar a Kammerer del pozo negro en el que le habían introducido. La revista Journal of Experimental Zoology publicó un artículo del investigador chileno Alexander Vargas en el que afirmaba que los experimentos del austriaco no sólo no eran un fraude sino que Kammerer fue el fundador de la epigenética (358). Nada de esto es, en realidad, novedoso porque poco después del suicidio de Kammerer ya se descubrió un especimen silvestre de sapo partero con almohadillas nupciales, lo que demostraba que los sapos parteros tenían el potencial para desarrollarlas. Kammerer y los lamarckistas tenían razón, pero la razón tuvo que volver a esperar 80 años y nunca podrá recuperar al científico austriaco de su amargo final; deberá conformarse con reivindicar su memoria. Era un anticipo de lo que le esperaba a Lysenko. Al fin y al cabo en su persona Kammerer reunía una serie de lacras socialmente intolerables: era judío y masón al mismo tiempo que socialista, y se aprestaba a instalarse en la URSS cuando se pegó un tiro en la cabeza. A pesar de la denuncia de Noble, en la URSS siempre tuvieron en alta estima sus investigaciones e incluso se rodó una película hagiográfica.

Kammerer no era el único lamarckista; en aquella época, cuando Estados Unidos no había logrado aún la hegemonía ideológica que obtuvo en 1945, era bastante frecuente encontrar biólogos que realizaron ensayos parecidos. A partir de 1920 el británico MacDougall inició un concienzudo experimento que duró nada menos que 17 años con ratones albinos para demostrar la heredabilidad de una conducta aprendida. MacDougall adiestró 44 generaciones de ratones para que lograran salir de una fuente rectangular llena de agua con dos rampas laterales simétricas, una de las cuales estaba fuertemente iluminada y conectada a un circuito eléctrico que lanzaba una descarga al ratón que pretediera escapar por ella. Sometía a cada animal a seis inmersiones diarias a partir de su cuarta semana de vida, cesando la operación cuando el ratón demostraba haber averiguado la ruta de salida, diferenciando de entre las dos rampas, aquella que le permitía huir sin recibir una luz cegadora ni una fuerte descarga eléctrica. La prueba terminaba cuando salía 12 veces sin vacilar por la rampa inocua. El número de errores se tomaba como medida del grado de aprendizaje adquirido y a partir del recuento MacDougall obtenía un promedio generacional con las sucesivas estirpes. Para evitar los efectos de la selección natural tomó la precaución de utilizar en cada generación a la mitad que había demostrado mayor torpeza; también elegió otros ratones al azar para el mismo experimento y utilizó a algunos de ellos como «testigos neutrales» y cruzó ratones ya adiestrados con otros «testigos» para evitar cualquier posibilidad de intervención de factores ajenos al aprendizaje. Los resultados fueron bastante claros: el promedio de errores descendía (aunque no de manera uniforme), pasando de 144 en la primera generación a 9 en la última. La conclusión de MacDougall es que el aprendizaje se había convertido en hereditario (359).

Morgan criticó los resultados de MacDougall, con los argumentos demagógicos que acostumbraba. Naturalmente este tipo de experimentos suscitan dudas; nunca son concluyentes no sólo porque cambian las condiciones del experimento, sino la estadística, la manera de deducir los resultados cuantitativos, se presta a la desconfianza. Existen demasiados «medios» interpuestos, demasiados factores que no siempre se tienen en cuenta, etc. Se han intentado repetir, aunque nunca de una manera tan exahustiva, y los resultados no son coincidentes.

Stockard fue otro de aquellos investigadores obsesionados por demostrar la tesis de la herencia de los caracteres adquiridos con experimentos de laboratorio. Hizo inhalar vapores etílicos a sus cobayas durante seis años, sucediéndose varias generaciones en las que observó taras hereditarias, especialmente en los ojos e incluso en los cromosomas (360).

El catedrático de zoología de la Sorbona, Frédéric Houssay, sometió a gallinas a una dieta de carne; en varias generaciones sucesivas observó que disminuía el tamaño del hígado y la molleja, pero a partir de la sexta generación las gallinas morían o quedaban estériles...

El azar considerado como una de las bellas artes

En la época de Morgan el darwinismo se batía en retirada. El mismo Morgan era antidarwinista. Buena parte de la oposición a Darwin no estaba enfrentada a la evolución misma sino a la selección natural, de modo que cuando Weismann puso a ésta en el centro de su teoría y la identificó con Darwin, la oposición a Weismann se asoció con la oposición al darwinismo, sumiendo a éste en una profunda pero fructífera crisis. El darwinismo se convirtió en ideología dominante cuando dejó de ser el pensamiento de Darwin. La propia situación de crisis del darwinismo favoreció que una corriente minoritaria, el mendelismo, se apropiara de algunas de sus señas de identidad. Ni Mendel, ni Weismann, ni Morgan tenían una teoría propia de la evolución, pero las evidencias eran lo suficientemente fuertes como para forzar a Bateson a intentar una conciliación de las leyes de Mendel con la evolución, a la que denominó «teoría sintética» (361). La propuesta de Bateson tampoco era original sino que, a su vez, se remitía a la teoría de las mutaciones de De Vries que luego, habitualmente, se presenta con la muletilla de «mutaciones al azar», la esencia misma del neodarwinismo.

Del azar cabe decir lo mismo que del alma y demás conceptos teológicos introducidos en la biología sin mayores explicaciones por la puerta trasera, cambiando su nombre para que parezcan algo diferente de lo que son en realidad. El azar es objeto de un debate secular a lo largo de la historia del pensamiento científico, pero el positivismo quiere -pero no puede- permanecer al margen de cualquier tipo de polémicas, por lo que recurre a una noción vulgar del azar y, a su vez, la vulgaridad conduce al tópico: el azar es la casualidad o el accidente. En la antigüedad clásica la aparición de factores «inexplicables» (imprevistos) se atribuyó primero a la fortuna, que era una diosa, y luego al azar. En los fenómenos naturales intervenían entes inmateriales o sobrenaturales que desviaban el curso esperado de los acontecimientos. Los sucesos naturales eran previsibles, los sobrenaturales eran aleatorios. Pero como lo natural aparece mezclado con lo sobrenatural, las situaciones indecisas se resolvían echándolo a suertes, es decir, por sorteo. Era una forma de que los dioses decidieran donde los humanos no eran capaces. Como los dioses tienen a los demonios de contrapunto, la suerte también tiene dos caras: hay mala y buena suerte. De ese modo algunas personas eluden su propia responsabilidad por las decisiones erróneas que adoptan: han tenido mala suerte. No han previsto todas las consecuencias posibles que se pueden derivar de sus actos y a ese resultado le llaman azar. A causa de ello, en su vida se ayudan de amuletos que les traen buena suerte y huyen de los gafes que traen la mala. Los espíritus deciden las situaciones inciertas haciendo que la suerte sonría a los más fieles, aquellos que rezan o pasean en romería imágenes sagradas para que llueva y las cosechas sean abundantes.

El azar no ha logrado desembarazarse de un velo místico que desde los albores del pensamiento científico ha separado el cosmos del caos, el orden del desorden, afirmando uno para rechazar al otro. A pesar de tres siglos de progreso del cálculo de probabilidades y la estadística hay quien se sigue preguntando si el azar existe o si, por el contrario, dios no juega a los dados. Las ciencias están trufadas de conceptos de origen oscuro, especialmente teológico. Muchos de ellos fueron abandonados y otros, como el de «impulso» en física o «afinidad» en química, han logrado sobrevivir porque responden a fenómenos empíricos contrastados y han sido definidos de manera crecientemente precisa. Así, la noción de afinidad química también fue discutida porque parecía introducir en la naturaleza un componente antropomórfico: los elementos se atraían o repudiaban lo mismo que las personas. La misma explicación ofreció Fracastoro de las enfrmedades infecciosas: hay microbios que tienen «afinidad» por determinadas personas y las contagian. Se observaba el fenómeno pero no existía una expresión lo suficientemente precisa para explicar cabalmente las razones de ello, así que también se plantearon numerosas discusiones al respecto. Posiblemente sea aún más incorrecto que la inmunología utilice la expresión «memoria» o que Dawkins hable de genes egoístas y altruistas, pero su uso no levanta tantas ampollas.

La comprensión del azar también ha estado interferida por la eterna cuestión del libre albedrío, de la libertad humana, un aspecto en el que la vulgaridad mendelista conduce a una no menos vulgar noción de la libertad humana: sólo hay libertad donde hay azar. Por el contrario, donde impera el determinismo no hay lugar para la libertad. La libertad, como el azar, es lo contrario del determinismo. El azar está en las antípodas de la causalidad y las leyes que regulan los fenómenos. La libertad concierne a la voluntad, es la posibilidad de elegir, la capacidad de optar entre varias posibilidades diferentes, concebida de forma omnímoda, es decir, no condicionada por nada ajeno a ella misma. De nuevo, la metafísica positivista introduce barreras dicotómicas donde no las hay. A diferencia de las naturales, las ciencias sociales se consideran menos científicas porque sobre ellas influye la libertad de los hombres, cuya conducta se vuelve imprevisible. La palabra estadística deriva de Estado, tiene que ver con la política y en Gran Bretaña se denominó como «aritmética política». El azar siempre pareció cosa de las ciencias sociales que, a causa de ello, sólo de una manera figurada cabía calificar de verdaderamente científicas. Por el contrario, la causalidad expresa el señorío de las ciencias de la naturaleza, que son más fiables, más perfectas, que las de la sociedad, por lo que nada más fácil que extender sus leyes al hombre y a la historia.

Aisladas entre sí, incluso las mismas ciencias naturales parecen esquizofrénicas; las hay absolutamente deterministas, como la astrofísica («mecánica celeste»), y las hay absolutamente estocásticas, como la mecánica cuántica. La humanidad se siente aliviada gracias a que la mecánica cuántica ha demostrado que en el universo de las partículas subatómicas los fenómenos son casuales, no causales. Parece que necesitamos ese tipo de declaraciones científicas para reconocernos como seres libres, así que había que profundizar en esa vía, llevarla hasta el ridículo. De la mecánica cuántica dedujeron que todo el universo se rige por el azar, que todos los fenómenos son estadísticos, impredecibles, caóticos, que no se rigen por ninguna ley. «El físico es como el jugador que se dispone a apostar», decía Poincaré. El universo es como un juego de azar: todos los fenómenos, como una partida de naipes, tienen un desenlace incierto. A partir de fenómenos singulares y teorías locales, extrapolan concepciones generales, imprecisas, a las que otorgan un carácter absoluto.

La contradicción (y por lo tanto la unidad) entre el determinismo y la libertad humana ya fue magistralmente expuesta por Espinosa. Según el filósofo holandés, los hombres somos conscientes de los fines que nos mueven a actuar, pero no de las causas de esa misma actividad. Por eso nos forjamos una libertad ilusoria y falsa: «Los hombres creen ser libres sólo a causa de que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas que las determinan». No obra libremente quien actúa al margen de las causas que impulsan su conducta sino con plena conciencia de ellas. Lo mismo que el azar, la libertad está unida a la necesidad, no es algo diferente de ella sino la conciencia de esa misma necesidad (361b). La batalla antifinalista emprendida por la teoría sintética confunde a los molinos de viento con los gigantes imaginarios: no existe ese muro entre las causas eficientes y las finales.

Por supuesto el marxismo es la negación misma de la libertad, como corresponde una ideología dogmática, fundada sobre certezas. Huxley sostuvo la tesis de que la genética soviética había repudiado el mendelismo porque el marxismo, a su vez, como doctrina dogmática, repudia el azar:

Es posible que detrás del pensamiento de los dirigentes políticos e ideológicos de la U.R.S.S. exista el sentimiento de que no hay lugar para el azar o para la indeterminación en la ideología marxista en general ni, en particular, en la ciencia, tal como la concibe el materialismo dialéctico, el sentimiento de que en un sistema que pretende la certeza no hay lugar para la probabilidad o el accidente.

No se si esa es o no la respuesta correcta. Para descubrir las razones fundamentales del ataque a la teoría de las probabilidades, sería necesario leer, digerir y analizar todo lo que ha sido publicado en Rusia sobre el tema, y aunque valdría la pena hacerlo, debo dejarlo para otros (362).

Efectivamente, el biólogo británico no tenía ni la más remota idea de lo que estaba hablando, pero no por eso guardó silencio, como corresponde a cualquier persona que es consciente de su falta de información, máxime si se trata de un científico. Pero cuando se alude a la URSS la ignorancia importa menos, de manera que la pretensión de Huxley de extender la crítica al mendelismo al cálculo de probabilidades, es una auténtica aberración que pone al desnudo su falta de honestidad intelectual. Entre otros datos, Huxley ignoraba que la primera obra de Marx en defensa de la teoría del «clinamen» de los átomos de Epicuro no es, en definitiva, más que una crítica del estricto determinismo de Demócrito y, por consiguiente, una defensa del papel del azar (363). Ignoraba también que el azar fue introducido en 1933 en la matemática moderna por el soviético Kolmogorov, junto con Jinchin autor de los manuales más importantes de esta disciplina en el siglo pasado (364). Sin desarrollar la estadística, la econometría y el cálculo de probabilidades, la planificación socialista no hubiera sido posible, ni tampoco fabricar cohetes balísticos intercontinentales o satélites espaciales.

Las mutaciones al azar están en la médula de la teoría sintética pero nada tienen que ver con Darwin. Este es otro de esos aspectos en los que los neodarwinistas son antidarwinistas. De nuevo la reconstrucción del pensamiento de Darwin sobre su propio pedestal revela muchas sorpresas porque él dejó bien claro su punto de vista precisamente en el momento mismo de iniciar el capítulo de «El origen de las especies» titulado «Leyes de la variación»:

Hasta aquí he hablado a veces como si las variaciones -tan comunes y multiformes en los seres orgánicos en domesticidad, y en menor grado en los que viven en estado de naturaleza- fuesen debidas a la casualidad. Esto, por supuesto, es una expresión completamente incorrecta, pero sirve para reconocer llanamente nuestra ignorancia de la causa de cada variación particular. Algunos autores creen que producir diferencias individuales o variaciones ligeras de estructura es tan función del aparato reproductor como hacer al hijo semejante a sus padres. Pero el hecho de que las variaciones y monstruosidades ocurran con mucha más frecuencia en domesticidad que en estado natural, y de que se de mayor variabilidad en las especies de áreas extensas que en las de áreas restringidas, llevan a la conclusión de que la variabilidad está generalmente relacionada con las condiciones de vida a que ha estado sometida cada especie durante varias generaciones sucesivas (365).

Darwin es tan finalista (o tan poco finalista) como Lamarck, por lo menos. Como la mayor parte de los biólogos de la época, se apoyó en Von Baer y la teoría de la recapitulación porque es quien «ha dado la mejor definición que se conoce del adelanto o progreso en la escala orgánica, diciendo que descansa sobre la importancia de la diferenciación y la especialización de las distintas partes de un ser». El naturalista británico utilizó la expresión vertebrados «superiores» e «inferiores», sostuvo que existe progreso en la evolución, que se realiza mediante «pasos lentos e ininterrumpidos» y, sobre todo, insistió en que el progreso consiste en la complejidad (diferenciación y especialización) y, por fin, que «el punto culminante lo tiene el reino vertebrado en el hombre». Eso no significa -continúa Darwin- que los seres más evolucionados reemplacen a los predecesores o que estén en mejores condiciones que éstos para sobrevivir: «Debemos guardarnos mucho de considerar a los miembros ahora existentes de un grupo de organismos inferiores como si fueran los representantes perfectos de sus antiguos predecesores» (366).

El determinismo «ciego» es una expresión ajena a Darwin pero no a Lamarck, quien considera que la naturaleza tiene un poder limitado y ciego que no tiene intención, ni voluntad ni objetivos (367). De nuevo la historia de la biología aparece completamente distorsionada en este punto, como en tantos otros. La polémica finalista se presta a la manipulación y el antilamarckismo fácil. Pero el azar de los mutacionistas no sólo es ciego sino sordo. No quiere saber por qué, cómo, dónde ni cuándo se producen esas mutaciones. Además de no saber sus causas (si es que tiene causas) tampoco saben sus consecuencias (son imprevisibles). Lo único que pueden decir es que no tienen relación con el medio externo: son un «puro accidente químico» (368). La evolución marcha sin rumbo... El antifinalismo, en fin, reaparece en la biología por varias esquinas distintas e infecta a la teoría sintética. En la paleontología conduce a emplear caricaturas grotescas para ridiculizar a Lamarck, como en el caso de «La especie elegida», el éxito editorial de ventas de Arsuaga y Martínez, dos de los investigadores de Atapuerca (369).

Es cierto que, por influencia de Aristóteles, la evolución se interpretó no sólo de una manera direccional sino, además, en una dirección lineal, continuamente ascendente. Este hecho favoreció determinadas interpretaciones místicas o simplmente antropomórficas, que se han dedicado a extrapolar el fenómeno, provocando la reacción mendelista en el sentido opuesto. Pero esta reacción ha sumido al mendelismo en una inconsistencia interna, que contrastaba poderosamente con otros dos componentes de su teoría sintética:

a) el determinismo estricto que se otorgó al plasma germinal en la configuración del cuerpo
b) la teoría de la copia perfecta (error de copia o de transcripción del ADN)

¿Por qué el mendelismo es determinista a unos efectos y recurre al azar a otros? Como suele suceder, no obtenemos ninguna clase de explicaciones. Es un completo absurdo científico que conduce al túnel del tiempo, al pensamiento medieval. Este retroceso tiene su origen en un error: el de considerar que en la naturaleza el error es aquel fenómeno que aparece con una frecuencia baja mientras que lo «normal», la «copia perfecta», emerge habitualmente. Como las copias perfectas repiten seres idénticos, lo que explica la variabilidad es el error y, por consiguiente, el error es también el motor de la evolución: «La evolución tiene su origen en el error», aseguran los mendelistas (370). Si no hubiera errores tampoco habría evolución, que es como un error en cadena. Las mutaciones son errores de duplicación. En las especies que se reproducen sexualmente, la variabilidad es posible por la combinación genética, pero no en la reproducción vegetativa. Los errores «ocasionales», dice Orgel, son la única fuente de variedad en bacterias: «Si no hubiese errores, cada microrganismo produciría descendientes con una secuencia de DNA inalterada, y, por lo tanto, con un potencial genético inalterado; las familias derivadas de un único progenitor permenecerían exactamente iguales a éste, generación tras generación» (371). Por consiguiente, el tránsito de las bacterias a los seres pluricelulares tuvo su origen en algún tipo singular de error que ignoramos.

Edgar Morin ha asumido y resumido con más claridad que nadie la naturaleza antievolucionista de este «error» de la teoría de las mutaciones. De las tesis de Weismann, que supone válidas, el filósofo francés concluye que la vida no quiere evolucionar y no evoluciona por ella misma porque no tiene mecanismo evolutivo propio: «Es muy difícil de entender que los triunfos evolutivos no sean otra cosa que errores», asegura Morin, a quien se le olvida añadir que esa dificultad sólo aparece en el mendelismo y en la necesidad que esta teoría tiene de recurrir a un apaño mutacionista. Luego, de la teoría de la copia perfecta Morin deduce que la probabilidad de reproducción idéntica está muy próxima a la unidad; entonces la mutación es una anomalía muy infrecuente y a partir de ahí Morin reproduce la batería de tópicos usuales: error, ruido, accidente, azar, fortuna... El ruido es una perturbación, crea desorganización o degradación del mensaje original, pero es, a la vez, ambiguo, relativo y, por lo tanto, «creativo» (372).

La teoría sintética ha vuelto todo -absolutamente todo- del revés, conduciendo a la biología a un callejón sin salida. Si la evolución tiene su origen en el error, lo «normal» es precisamente el error y lo extraordinario sería conocer un caso en el cual la reproducción lograra obtener una «copia perfecta» del original, una criatura idéntica a su progenitor. Cualquier manual de pasatiempos matemáticos está repleto de ese tipo de paradojas acerca de lo que concebimos como «normal» o «excepcional», lo que podemos extender a todas aquellas expresiones ligadas a lo contingente: fortuito, afortunado (desafortunado), coincidencia, casualidad, accidente, suerte, etc. Los discursos en torno a estas cuestiones conducen, además, a una tautología: lo infrecuente es aleatorio y lo aleatorio es infrecuente. La versión extrema de ese tipo de planteamientos son los «casos únicos», los realmente insólitos, aquellos que sólo han aparecido una vez. Es una concepción estética del azar que, por supuesto, nada tiene que ver con la ciencia. No hay nada más irrepetible que una obra de arte, el refugio de lo exclusivo y lo inimitable, por contraste con el repudio que provoca lo rutinario y lo monótono, aquello que se repite. Una concepción absoluta del azar, como la que expone Monod, es la estética trasladada a la genética. Como bien sabe quien haya tratado de realizar una tarea de manera aleatoria, libérrima, el azar «puro» es tan inimitable como la obra de arte.

La teoría decorativa del azar del mendelismo es una deserción de la ciencia, la negación misma de la posibilidad de la experimentación científica, de la capacidad para reproducir una y otra vez los mismos fenómenos, en la naturaleza y en el laboratorio. Como ha escrito Israel, «no existen fenómenos aleatorios por naturaleza porque los fenómenos físicos se rigen por el principio de razón suficiente» (373). Añado por mi parte que lo mismo sucede en los fenómenos biológicos. Las mutaciones no explican nada, como tampoco nada habían explicado el diluvio universal de la Biblia o los cataclismos de Cuvier cien años antes. La biodiversidad se explicaba por las mutaciones pero las mutaciones carecen de explicación porque en la teoría sintética hablar del azar es hablar de la nada (y de todo al mismo tiempo). El azar absoluto (esencial lo llama Monod) es idéntico al determinismo absoluto; el destino, la predestinación fatal de los luteranos, un concepto más religioso que científico.

La teoría sintética utiliza el azar pero no lo define; no conozco ningún mendelista que, después de acudir al azar como pócima milagrosa para justificar toda clase de desaguisados, haya definido lo que entiende por tal (374). Sólo cabe observar la instrumentalización de dicho concepto por la teoría sintética. Como el nóumeno kantiano, el azar es lo incognoscible, el reducto en el que la ciencia jamás podrá penetrar. A partir del siglo XVII, como en tantos otros fenómenos, el avance del conocimiento humano demostró que no hay nada impenetrable a la capacidad cognoscitiva del ser humano, ni en el azar ni en ningún otro fenómeno natural o social. Nació entonces el cálculo de probabilidades, cuyo desarrollo constata que no existe una muralla infranqueable entre los fenómenos deterministas y los aleatorios, que no hay fenómenos absolutamente causales, por un lado, ni fenómenos absolutamente fortuitos, por el otro: «Un fenómeno absolutamente casual significaría algo no necesario, algo sin fundamento, en cualquier tipo de relación. Sin embargo, esto destruiría el determinismo, la unidad material del mundo. Reconocer la casualidad absoluta significa reconocer la existencia de milagros, por cuanto éstos, precisamente, son fenómenos que no obedecen a causas naturales» (371). Lo que el cálculo de probabilidades viene demostrando es que el azar también responde a determinadas leyes que no son, en esencia, diferentes de las que rigen los fenómenos causales hasta el punto de que se puede calcular la probabilidad de que determinados acontecimientos casuales se produzcan.

Como cualquier otra disciplina científica, el cálculo de probabilidades nace de la práctica como una ciencia aplicada para resolver problemas muy concretos sobre contratos mercantiles de aseguramiento. Lo seguro nace de lo inseguro. En su origen fue una curiosidad que entraba en la matemática como una disciplina menor que tomó los juegos de azar como campo de pruebas. Para fijar las primas en los seguros de vida las empresas elaboraron complejas tablas de defunción cada vez más precisas y detalladas, es decir, que el cálculo se basaba en una previa experiencia práctica real. El azar no es, pues, un problema de información porque el volumen de ésta es relativo: tanto da hablar de información como de falta de información. No hay nada de lo que no sepamos nada; tampoco de lo que lo sepamos todo. Cuando se dice que el azar es una medida de nuestra ignorancia, también se podría expresar lo mismo diciendo que el azar es una medida de nuestro conocimiento. ¿Está la botella medio llena o medio vacía? Por otro lado, aunque conociéramos la mayor parte de los parámetros de la realidad, no podríamos operar con ellos, especialmente en biología porque la materia viva responde a leyes más complejas que la inerte; en cada fenómeno confluyen muchas causas, algunas de ellas de tipo subjetivo y totalmente impredecibles. Por eso cualquier modelo teórico constituye una simplificación deliberada de la realidad concreta que, o bien implica una pérdida de información, o bien introduce hipótesis irreales o, en definitiva, la sustitución de unos supuestos de hecho por otros más sencillos o más manejables (376).

Ahora bien, el conocimiento acerca de una determinada parcela de la realidad es siempre progresivamente creciente. De esta manera los fenómenos meteorológicos, antes imputados al azar, se conocen mejor porque los condicionantes que tienen relación con las radiaciones solares, la presión atmosférica, la lluvia, la temperatura, los vientos, etc., están más definidos y porque hay más información acerca de su desenvolvimiento. Si el azar dependiera de nuestro conocimiento, la tendencia general sería a disminuir la aplicación del cálculo de probabilidades. A pesar de ello, los modelos probabilísticos se aplican cada vez con mayor frecuencia a fenómenos de lo más diverso, incluidos aquellos considerados generalmente como de tipo determinista. De este modo la estadística se ha convertido en una gran coartada ideológica, en panestadística, pasando algunos a sostener que todo en la naturaleza es estadístico, aleatorio. La generalización del cálculo de probabilidades demuestra, por un lado, el enorme grado de abstracción que ha alcanzado y, por el otro, que los denominados fenómenos aleatorios no son sustancialmente diferentes de los deterministas. Por consiguiente, si bien es cierto que todo en la naturaleza es estadístico, también es igualmente cierto que todo en la naturaleza es, al mismo tiempo, necesario.

La imagen distorsionada del azar proviene de la ilusión de pretender alcanzar un conocimiento exhaustivo de los fenómenos, de todos los factores que conducen a la producción de un determinado evento, lo cual no es posible ni tampoco necesario. La ciencia no avanza por impulsos teóricos sino prácticos. Sus pretensiones tampoco son teóricas sino prácticas. Nace de la práctica y tiene la práctica como destino final. Sabemos aquello que necesitamos y en la medida en que lo necesitamos. En un muestreo electoral no importa a qué candidato vota cada cual, sino el voto del conjunto. El comportamiento de un componente aislado puede resultar aleatorio, pero el del conjunto no lo es. Tomados de uno en uno, los seres vivos individuales como el jugador de bacarrá, son imprevisibles. Sin embargo, considerados en su generalidad, como fenómenos masivos, sí son previsibles. La ciencia puede determinar un cierto número de condicionantes, los más importantes y los más directos, pero nunca la totalidad de ellos. Normalmente, cuando en ciertos fenómenos se descubre una ley determinista, tal como la ley de la gravedad o la de Boyle-Mariotte, se dice que una o un reducido número de causas producen siempre un cierto efecto de manera necesaria, quedando todo lo demás como fortuito o casual. La producción de resultados imprevistos pone de manifiesto la complejidad de un determinado fenómeno, la operatividad, junto a los condicionantes inmediatos, de otros más débiles o remotos. En ocasiones el cálculo de probabilidades sirve para poner de manifiesto la trascendencia de esos condicionantes remotos. Como decía Hegel, la tarea de la ciencia consiste precisamente en aprehender la necesidad oculta bajo la apariencia de la contingencia (377).

Los positivistas, que no gustan de las formulaciones filosóficas, pueden recurrir a expresar la misma noción citando a un matemático contemporáneo de Hegel como Laplace quien, por otra de esas paradojas absurdas de los libros de bolsillo, aparece como el paladín de un cierto «determinismo», cuando se trata, en realidad, del impulsor del cálculo de probabilidades. Laplace recuerda el principio de razón suficiente para defender que todo acontecimiento tiene una causa. Sin embargo, sostiene, existen acontecimientos «pequeños» que parecen no sujetarse a las leyes de la naturaleza y cuyos lazos con el resto del universo no conocemos exactamente. No habría incertidumbre si existiera una inteligencia capaz de realizar todos los cálculos relativos al cambio de cada estado en el universo, afirma Laplace en cita muy repetida. Pero el conocimiento humano es sólo un pálido reflejo de ese intelecto hipotético. No obstante, el incesante avance del conocimiento le acerca hacia él, si bien nunca llegará a tener su misma capacidad omnisciente. Ese intelecto hipotético de Laplace es, pues, dinámico, no queda restringido a un momento determinado del saber sino a su avance incesante a lo largo de la historia del conocimiento científico. Del mismo modo, para Laplace la probabilidad matemática es un concepto dinámico, una aproximación: «En medio de las causas variables y desconocidas que comprendemos bajo el nombre de azar y que convierten en incierta e irregular la marcha de los acontecimientos, se ve nacer a medida que se multiplican, una regularidad chocante [...] Esta regularidad no es más que el desarrollo de las posibilidades respectivas de los sucesos simples que deben presentarse más a menudo cuanto más probables sean [...] Las relaciones de los efectos de la naturaleza son mucho más constantes cuando esos efectos se consideran en gran número [...] La acción de causas regulares y constantes debe prevalecer a la larga sobre la de las causas irregulares» (378).

La introducción del azar en biología corrió paralela a la mecánica cuántica, en donde se produjo un fenómeno parecido al que aquí examino: lo que la corriente dominante está divulgando y, por lo tanto, lo que identificamos como mecánica cuántica, es una interpretación singular de ella, a saber, la que llevó a cabo la Escuela de Copenhague. Si en genética no hay más que mendelismo y neodarwinismo, en física no hay más que Heisenberg, Born y Bohr. El resto son especímenes seudocientíficos, herejes equiparables a Lysenko. La mecánica cuántica ha vuelto a poner otra vez de moda el azar, como si hubiera planteado algo diferente, algo que no era conocido hasta entonces (379). A pesar de tratarse de una disciplina joven y aún no consolidada, la han tratado de convertir en el patrón de todas las demás ciencias, han extrapolado sus principios fuera del ámbito específico para el que han sido concebidos. Parece que todos los fenómenos del universo se rigen por la mecánica cuántica, lo cual es absurdo porque desde comienzos del siglo XX la física ha dejado de ser la ciencia unificada de antaño, es decir, que ni siquiera la mecánica cuántica es toda la física. A pesar de un siglo de esfuerzos, ésta carece de unidad interna, no existe como teoría unificada, cuyos conceptos y leyes sean de validez general. Si la mecánica cuántica no es extensible a todos los fenómenos físicos, con más razón tampoco será extensible a otro tipo de fenómenos diferentes, como los biológicos. Por lo demás, el concepto de azar, como cualquier otro, no se puede perfilar sólo en la mecánica cuántica, ni en la genética, ni en la economía política, ni en la termodinámica, ni en ninguna ciencia concreta de manera exclusiva. Habrá que tener en cuenta todas ellas simultáneamente y, en particular, el cálculo de probabilidades.

En la mecánica cuántica como en genética no hay efecto sin causa ni causa sin efecto que, por lo demás, no son únicos, es decir, un efecto tiene múltiples causas (y a la inversa) y las causas pueden producir efectos contrapuestos. El principio de causalidad dimana del principio de conservación de la materia y la energía: los fenómenos no surgen de la nada. Si, como también he sostenido, las causas se convierten en efectos y los efectos en causas, del mismo modo la necesidad se convierte en azar y el azar en necesidad. Lo que para el casino es una ley determinista que le reporta beneficios inexorablemente, para el jugador de bacarrá que se acomoda en una de sus mesas es puramente aleatorio. No cabe duda de que en los fenómenos materiales existen las probabilidades del mismo modo que a ellas les acompaña el cálculo de esas mismas probabilidades: «El azar es omnipresente, pero se suprime a sí mismo al adquirir la forma de leyes» (380). Muchos de los debates sobre el azar se podrían eliminar teniendo en cuenta que también los fenómenos aleatorios se rigen por leyes, como el teorema de Bayes, que permite calcular la probabilidad de las causas. A partir de ahí es posible comprender que el azar y la necesidad no están separados el uno del otro, que la intervención del azar no excluye la necesidad, y a la inversa. El azar, pues, es el modo en que se manifiesta la necesidad; ambos forman una unidad de contrarios. Cada vez que alguien intenta repetir un acontecimiento aleatorio, emerge la necesidad. No existe nadie en este mundo capaz de elegir números al azar, incluso entre un número finito de ellos. Alguien que apunte los números aleatorios del 0 al 99 que se le vayan ocurriendo «libremente» puede permanecer años anotando cifras y siempre habrá algunos que no aparecerán nunca. Por consiguiente, no todos los números tienen la misma posibilidad de aparecer. Lo mismo sucede si pedimos a un colectivo de personas que elija números al azar: siempre habrá unos que serán elegidos con mayor frecuencia que otros. Los números obtenidos por medios informáticos se denominan seudo-aleatorios porque no es posible asegurar que verdaderamente sean aleatorios. De ahí la dificultad de las simulaciones, e incluso de algunos sondeos y muestreos: para resultar representativos los datos se tienen que tomar al azar. Por eso nadie puede entrar en un casino con un ordenador o una calculadora, ni siquiera apuntar los resultados; por eso los componentes de una ruleta cambian continuamente, como los dados o los naipes: a largo plazo siempre surge la regularidad en medio de lo que parece caótico. Cualquier criptógrafo conoce los problemas de obtener números verdaderamente aleatorios, cuya secuencia no responda a una lógica interna entre ellos, a lo que Laplace llamaba «función generatriz» y que hoy llamaríamos algoritmo.

De lo que queda expuesto también se deduce otra consecuencia importante, que no siempre se tiene en cuenta: por sí mismo un número aleatorio no existe, sólo existe dentro de un colectivo de otros números, de los cuales es independiente (o dependiente). Los juegos de azar tienen sus reglas de juego de tal manera que las partidas se pueden reproducir indefinidamente. Un planteamiento científico del azar exige (re)conocer que de un acontecimiento cabe esperar la producción de múltiples casos posibles, es decir, conduce a las nociones de potencia y posibilidad. Uno de los principios esenciales del cálculo de probabilidades es que la suma de las probabibilidades de todos los resultados posibles tiene que ser igual a la unidad. De esta manera retornamos de nuevo a la unitas complex: la multiplicidad es tan necesaria como la unidad. A diferencia del arte, en la ciencia no existen «casos únicos». Es otra de las consecuencias de la ley de los grandes números. Una de las diferencias entre la ciencia y la ufología o la parapsicología es que éstas versan sobre fenómenos extraños y raros, mientras que la ciencia es rutinaria: estudia fenómenos que se repiten. Que la teoría sintética haya convertido a las mutaciones génicas en un «error de copia», en un fenómeno tan insólito como los platillos volantes o las psicofonías, una muestra de su falta de estatuto científico.

Hace tiempo que los errores forman parte integrante de la ciencia y han tenido, además, una relación directa con el surgimiento mismo de la teoría de probabilidades, a causa de las dificultades surgidas en la medición de distancias astronómicas. Además de su contribución al cálculo de probabilidades, Laplace fue uno de los más distinguidos impulsores del sistema métrico decimal. El azar también es un problema de medida, denominado «variable aleatoria», que mide cada posibilidad, es decir, que a un fenómeno cualitativo le atribuye una probabilidad cuantitativa, un número real entre el cero y el uno, donde el cero es lo imposible y el uno lo seguro. La probablidad se mueve, pues, entre dos extremos cualitativamente contrarios, recorriendo toda una gama continua de números. Midiendo esas distintas posibilidades intermedias, el cálculo transforma los cambios cualitativos en cambios cuantitativos. Aunque ninguna de las mediciones sea coincidente, los valores obtenidos se aproximan a un cierto punto y esas aproximaciones son tanto mayores cuantas más mediciones se realizan. Los errores no son erráticos sino que siguen una ley de distribución normal o de Gauss.

Gauss mantenía correspondencia epistolar con Napp, el prior del convento en el que ingresó Mendel. Algunas de aquellas cartas versaban precisamente sobre estadística y teoría de los errores, lo cual explica el fraude de Mendel con los guisantes. Cuando a mediados del siglo XIX escribe Mendel, el positivismo ya estaba en boga. Los hechos pretendían ocupar el lugar de las teorías. Por eso Mendel expone en forma de experimento singular lo que no era más que un promedio, un resumen general de la experiencia de muchos resultados distintos (pero aproximados); presentó como un método de investigación lo que no es más que un método de exposición. De ahí que sus resultados fueran tan exactos. Pero en un sentido nominalista estricto, los promedios no existen y, por consiguiente, la probabilidad nunca aparece en la realidad. Es más, a medida que los resultados reales se acumulan progresivamente, los resultados cada vez divergen más de su probabilidad teórica en términos absolutos (cuantitativos). Por ejemplo, dada su naturaleza matemática, los decimales del número π aparecen aleatoriamente y se conocen ya miles de millones de ellos. Si tomamos los primeros 20.000 millones cabe esperar que cada dígito, que tiene una probabilidad de 1/10, aparecerá 20.000 millones de veces. No es así. El cero supera su expectativa en más de 30.000; con la cuarta parte de dígitos, el cero la supera en poco más de 12.000. El error, por lo tanto, se ha duplicado con creces, lo cual significa que al llevar a cabo un experimento real, lo más probable -casi con una seguridad absoluta- es que la probabilidad no aparezca nunca de manera exacta, por más que se repita el experimento. Todo lo contrario: cuanto más se experimenta, más errores aparecen en términos absolutos (cuantitativos). Pero el error, como la probabilidad, no es sólo un número; además de su componente cuantitativo el error y la probabilidad tienen un componente cualitativo. Al transformarse de nuevo en cualidad el error y la probabilidad ya no son un número sino una relación entre dos números, una proporción o, por decirlo de otra manera, una abstracción: lo abstracto y uniforme se pone en el lugar de lo concreto y diverso, lo exacto en lugar de lo inexacto. Esta manera de proceder la conocían muy bien los escolásticos medievales, lo mismo que Mendel. La llamaron suppositio. Transformaba lo probable en improbable. El azar se negaba a sí mismo y se convertía en necesidad. Precisamente un estadístico como Fisher fue quien no lo supo apreciar en Mendel: la suppositio le parecía una pura suplantación, es decir, poner una cosa en el lugar en el que debía estar otra (o mejor dicho, varias).

El índice anual de inflación también puede servir como ejemplo ilustrativo. Es un instrumento de medida de las subidas de los precios que cambia de un país a otro, que difiere en la forma de expresar las oscilaciones cuantitativas. Al mismo tiempo, la inflación tiene un carácter general, e incluso oficial, sancionado administrativamente, que sustituye a las subidas de los precios concretos de cada una de las mercancías, como si todos ellos hubieran subido en la misma proporción. Es más: este método es tan poderoso que autoriza a decir que todos los precios han subido un 2’3 por ciento a pesar de que ninguno haya tenido esa subida exactamente, por lo que convierte en representativo de una generalidad a algo que no forma parte de la misma.

La suppositio medieval resume el modo de proceder de la ciencia, la síntesis inherente al método de abstracción, la verdadera médula del nominalismo de Occam, un avance magistral del concepto mismo de ciencia con respecto a Aristóteles: «La ciencia no versa sobre los singulares sino que está constituida por universales que están en lugar de los mismos singulares» (381). El nominalismo de Occam no tiene, pues, nada que ver con lo que los positivistas anglosajones modernos han querido hacer pasar por su famosa «navaja». Más bien Occam proponía todo lo contrario y hoy el cálculo de probabilidades proporciona las herramientas matemáticas que permiten la generalización científica, unificando dos orientaciones fundamentales en cualquier clase de investigación: «la que va de las propiedades del sistema en su conjunto a las de los elementos y la que pasa de las propiedades de los elementos a las propiedades generales del sistema» (382). Este método contribuye, por un lado, a poner de manifiesto las limitaciones del micromerismo y, por el otro, la falacia empirista según la cual los fenómenos de la realidad se presentan juntos, uno al lado del otro o uno después del otro pero sin vínculos internos entre ellos, conectados pero no conjuntados, que decía Hume (383). La ciencia, según los empiristas, no infiere reglas de tipo causal sino puras correlaciones y coincidencias. Esto lo defienden como la esencia misma de la estadística. Sin embargo, la estadística pone de manifiesto tanto correlaciones como vínculos causales objetivos entre los fenómenos, por más que no se puedan confundir las unas con los otros. En definitiva, una función de distribución estadística expresa la existencia de un ordenamiento interno de los elementos del sistema.

El cálculo de probabilidades, además de un método de cálculo es un método de conocimiento. Permite el manejo de grandes cantidades de información que serían imposibles sin él. Por ejemplo, el muestreo facilita el estudio del todo en una de sus partes, realizar extrapolaciones sobre un número muy grande de datos, conociendo sólo una parte de ellos, empleando sólo su media y otros conceptos matemáticos derivados, como la varianza. Del mismo modo, el comportamiento de un juego de azar puede parecer errático cuando se llevan disputadas unas pocas partidas; no obstante, cuando el volumen de información aumenta con el número de partidas disputadas, deja de serlo y aparecen las leyes conforme a las cuales se desenvuelve. Por eso, decía Hegel, la necesidad se abre camino en forma de azar. Ese es el significado exacto de la ley de los grandes números. Más de la mitad de los fenómenos considerados aleatorios siguen una de las tres leyes de distribución, uniforme, normal y de Poisson, y otra tercera parte siguen a otras diez leyes de distribución. Por ejemplo, el número de mutaciones de una molécula de ADN después de cierta cantidad de radiación no se produce al azar sino que sigue una distribución de Poisson. Como concluye un matemático: «Uno de los fenómenos más sorprendentes de la teoría de las probabilidades es el pequeño número de leyes a las cuales se reduce la mayor parte de problemas que se les plantean a los probabilistas» (384).

El azar demuestra que la naturaleza está en un desarrollo permanente, cambia y engendra de manera incesante. En su evolución los acontecimientos crean posibilidades nuevas; el efecto siempre contiene algo nuevo en comparación con la causa: «Durante el desarrollo no sólo se realizan las posibilidades existentes en el pasado sino que se crean posibilidades nuevas por principio, no implícitas en los estados anteriores de la materia [...] Las nuevas posibilidades no se originan sin causa, sino como una tendencia de los nuevos estados de la materia, antes inexistentes» (385). El cálculo de probabilidades no es sólo un recurso matemático, cuantitativo sino cualitativo. Lo que determina es que:

a) de una misma acción se pueden derivar varios resultados posibles
b) es posible medir esas diferentes posibilidades
c) hay resultados cuya producción es imposible

El preformismo en biología, lo mismo que la predestinación luterana, son variantes del mecanicismo que desconocen la potencialidad del desarrollo, que en la evolución continuamente se están creando nuevas posibilidades y nuevas potencialidades. A causa de ello, el futuro no está escrito en el pasado; por bien que conociéramos éste nunca podríamos vislumbrar aquel. Los positivistas, para quienes la realidad es un presente continuo, desconfían de las posibilidades y se atienen a lo realmente existente, a las posibilidades ya realizadas. Pero las posibilidades forman parte de la realidad, están en ella, no de una manera subjetiva sino objetiva. La contingencia, decía Hegel, es la posibilidad de otra existencia, no a título de simple posibilidad abstracta sino como posibilidad real, porque la posibilidad es un componente esencial de la realidad: «Esta contingencia hay que reconocerla y no pretender que tal cosa no puede ser sino así y no de otro modo» (386). La ciencia explica la transformación de la posibilidad en realidad. Su objeto no está tanto en relatar lo que ocurrió sino en las razones por las cuales ocurrió, aquellas que lo hicieron posible. Si, como vengo defendiendo, de una determinada causa pueden derivarse diferentes efectos posibles, la tarea de la ciencia consiste en precisar -con verdadera necesidad- el conjunto de posibilidades realmente factibles en cada caso, según determinadas circunstancias, frente a todo aquello que resulta imposible. Los acontecimientos reales tienen que ser posibles, pero un acontecimiento posible puede ocurrir o puede no ocurrir.

La diferenciación de las células embrionarias demuestra que el concepto de posibilidad no es exclusivamente filosófico sino que tiene importantes expresiones en la biología. Los organismos superiores tienen más posibilidades de desarrollo que los inferiores. Las posibilidades se realizarán siempre que se cumplan las leyes que rigen el fenómeno, siempre que se den las condiciones precisas para ello y, por el contrario, no se den las contratendencias que se le oponen. De ahí que la evolución se deba concebir con un sentido progresivo, hacia una mayor complejidad, hacia formas superiores de materia: de la materia inerte a la materia viva y de ésta hacia la sociedad, la cultura y los fenómenos singularmente humanos. De ahí que quepa concluir que quienes realmente han introducido el azar en la biología de una manera impecable han sido los mismos que han concebido la evolución como un desarrollo potencial, no lineal, entre ellos los patrocinadores de la embriología y la teoría del desarrollo, entre los que cabe contar a Lamarck y Lysenko. En efecto, el concepto de potencialidad que ambos utilizan acredita dos cosas al mismo tiempo: que su concepción de la biología no es ni finalista ni actualista (387). Lamarck entiende la naturaleza como «potencia» y habla del «poder de la vida» que, sin embargo, se ve contrarrestado por las «causas modificantes», por lo cual la progresión de los seres vivos no puede ser ni sostenida ni regular (388). Esas «causas modificantes» a las que alude Lamarck son, pues, el fundamento de las regresiones en la evolución y, en última instancia, de las extinciones, otra prueba más de la ausencia de finalismo en la teoría lamarckista. También demuestra que en su concepción tampoco hay ninguna forma de cambio lineal o unilateral, que toda tendencia evolutiva tiene su propia contratendencia.

En su noción vulgar, positivista, el azar excluye la causalidad, no liga el pasado al presente, ni éste al futuro. Por consiguiente, si el azar fuera absoluto no habría evolución porque todo empieza de nuevo; otra vuelta de la ruleta. Ese es justamente el concepto de mutación que De Vries introdujo en la genética: no cambia un gen preexistente sino que se crea uno nuevo, es decir, un retroceso a Cuvier que proviene de la escisión entre la generación y la herencia; al poner todo el énfasis en ésta desaparece cualquier posibilidad de innovación. En este sentido el azar desempeña el papel creador de lo nuevo en la evolución biológica y ese es el verdadero significado de la mutación como salto cualitativo o, como dice René Thom, un auténtico acto de creación a partir de la nada: «En ciencia, lo aleatorio puro, es el proceso markoviano, donde todo vestigio del pasado se elimina en la génesis del nuevo golpe; en cada prueba se reitera el ‘big bang’ creador: lo aleatorio puro exige un hecho sin causa, es decir, un comienzo absoluto. Pero en la historia de nuestra representación de lo real, no hay otro ejemplo de comienzo absoluto que el de la Creación» (389). La teoría de las mutaciones es, pues, un forma de creacionismo laico, un retorno bíblico bajo nuevas apariencias. Las mutaciones se explican sin necesidad de previos cambios cuantitativos, graduales, evolutivos. En la herencia había continuidad sin cambio y en la mutación había cambio sin continuidad. Monod lo expresó de la manera extremadamente dogmática que acostumbran los mendelistas: «Por sí mismo el azar es la fuente de toda novedad, de toda creación en la biosfera. El azar puro, el azar exclusivamente, libertad absoluta pero ciega, es la raíz misma del prodigioso edificio de la evolución: esta noción central de la biología moderna ya no es hoy una hipótesis entre otras posibles o al menos concebibles. Es la única concebible, la única compatible con los hechos de observación y de experiencia. Y nada permite suponer (o esperar) que nuestras concepciones sobre este punto deban o incluso puedan ser revisadas» (390). Otro punto y final para la ciencia; también aquí no hay nada más que aportar al respecto. La ideología siempre intenta impedir el avance de la ciencia sustituyéndola, necesariamente travestida de dogmatismos de esa pretenciosidad.

El concepto vulgar de azar que emplea la teoría sintética no explica la evolución sino la creación; es el dios creador de los mendelistas. Son saltos cualitativos, discontinuos, que de la chistera engendran caracteres e incluso nuevas especies diferentes de las anteriores. No existen cambios graduales y, desde luego, ningún papel desempeña el entorno ni nada ajeno a los genes mismos. La argumentación es circular: lo que mutan son los genes y como los genes son autosuficientes, las mutaciones son, en definitiva, automutaciones. Los genes mutan por sí mismos del mismo modo que se multiplican por sí mismos.

El modelo del gato y el ratón

Con la teoría de las mutaciones la genética adopta un ademán matemático abstracto o, como diría Lysenko, formal. Ya los trabajos de Mendel presentaban -como ha quedado expuesto- un sesgo estadístico, pero fue la propia necesidad de introducir la evolución dentro del mendelismo, convertir al mendelismo en una teoría de la evolución, la que impulsó el tratamiento cuantitativo de la genética y la primera amalgama: Darwin y Mendel podían convivir o, mejor dicho, los que podían convivir eran un cierto Mendel y un cierto Darwin. La genética pasó entonces de lo individual (lo idéntico) a lo poblacional (lo diverso) sin solución de continuidad. El artificio que permitió esa transición fue un modelo matemático, estocástico, que tan pronto encuentra uniformidades como polimorfismos. Engels ya había puesto de manifiesto que «también los organismos de la naturaleza tienen sus leyes de población prácticamente sin estudiar en absoluto, pero cuyo descubrimiento será de importancia decisiva para la teoría de la evolución de las especies». Los modelos estadísticos elaborados por los genetistas soviéticos, en especial Chetverikov, luego recreados en los países capitalistas por Fisher, Haldane y Wright como si fueran previos, abrieron la vía a la «genética de poblaciones» y al tratamiento estadístico de la herencia que facilitó la amalgama. Los modelos estadísticos poblacionales se fundamentan en dos de las claves de la ideología burguesa en materia biológica: micromerismo y malthusianismo, la «lucha por la existencia» y la competencia entre los seres vivos (391), llegando algunos a aplicar la teoría matemática de juegos a la evolución (392). Del mismo modo que la aplicación de la teoría de probabilidades a la física estadística estuvo en relación con la introducción del atomismo y, como consecuencia de ello, la noción de «independencia», es decir, a la ausencia de vínculos directos entre las partículas, para introducir sus modelos estadísticos, en biología los mendelistas parten de una muestra de sucesos independientes entre sí. El prototipo burgués es Robin Crusoe en su isla. Los hombres viven permentemente enfrentados unos con otros; su naturaleza biológica es esencialmente agresiva. Por su parte, los animales silvestres son como los hombres en la sociedad: están atomizados, sin vínculos mutuos de sociabilidad, como las moléculas de gas en un recipiente cerrado, rebotando unas contra otras. Si Wilson aplicó la teoría de la guerra de Clausewitz al crecimiento de las poblaciones animales en los ecosistemas (393), Volterra elaboró la «teoría matemática de la lucha por la existencia» (394), un modelo biológico que fue seguido en la URSS por el ecologista poblacional Georges F.Gause, cuyas investigaciones «se sitúan en el contexto de un florecimiento sin precedentes de la ciencia ecológica en la Unión Soviética» (395).

El fundamento de estos modelos matemáticos no va más allá de los dibujos animados de Tom y Jerry, la lucha del gato contra el ratón, la carrera entre el depredador y la presa, donde no existen familias, ni rebaños, ni enjambres, ni manadas. La teoría sintética transmite una imagen hostil de la naturaleza donde fuera del cuerpo propio no hay más que enemigos o parásitos que causan enfermedades y, por consiguiente, deben ser exterminados. Desde Weismann las corrientes dominantes de la biología han llevado la competencia hasta límites insospechados, convirtiéndola en un tópico panglósico que sirve lo mismo para los seres vivos que para las células o incluso las moléculas bioquímicas. En «El origen de las especies» se han analizado 200.000 palabras utilizadas por Darwin, anotando el número de veces que aparece cada una de ellas, tales como especie (1803 veces), selección (540), individuo (298), perfección (274), raza (132), destrucción (77), exterminio (58) o matar (21). Sin embargo, no aparecen nunca las expresiones cooperación, asociación, colaboración, interacción o similares. Esta ha sido una de las líneas de ruptura de la biología anterior, tenazmente continuada hasta el día de hoy. En 1887 Mechnikov hablaba de la «lucha» entre las células del sistema inmune y los microbios invasores (396) y, siguiendo esa estela, David Ho inventó un absurdo modelo matemático (open sink theory) para explicar el SIDA como una «carrera» entre el retrovirus VIH y las células T del sistema inmune, lo cual le valió que en 1996 la revista Time le nombrara «hombre del año», en otro de esos burdos montajes publicitarios con los que pretenden acostumbrar a la ciencia a hombres de paja (396b) y a modelos matemáticos, programas informáticos y videojuegos más o menos verosímiles.

La explicación seudocientífica de la «competencia» entre los espermatozoides por fecundar al óvulo, unida a una selección natural en la cual sólo «el mejor», el más rápido, de entre ellos logra penetrar la membrana, es el espejo bioquímico perfecto de un fenómeno social.

También Haig ha tratado de «explicar» grotescamente la impronta génica como un supuesto de «lucha entre sexos», un mecanismo para dirimir un conflicto de poderes entre los genes paternos, promotores del crecimiento y de que su descendencia sea favorecida respecto a la de otros padres, y los genes maternos, que actúan como represores de crecimiento y pretenden ser equitativos entre toda la prole.

Pero quizá el ejemplo más claro este planteamiento erróneo es la teoría microbiana de las enfermedades infecciosas. Desde Henle, Cohn, Koch y Pasteur los microbios se asocian automáticamente a las enfermedades; los microbios causan enfermedades y las enfermedades están causadas por microbios. A fecha de hoy la microbiología sigue siendo un capítulo de la parasitología, una disciplina propia de la medicina y de la veterinaria, no de la biología. La microbiología no es más que la ideología de esos cazadores de microbios. No hay manual de esta disciplina que evite la tentación de situar a una bacteria o a un virus junto a «su» enfermedad correspondiente. Cuando aparece un microbio sin su correspondiente enfermedad, lo califican como «huérfano» porque la tarea de los cazadores de microbios no se limita a buscarlos e indentificarlos, sino que, además, deben emparejarlos con «su» patología propia. Por eso se han inventado enfermedades que no tenían «su» virus, de la misma manera que se han inventado virus que no tenían «su» enfermedad. No les resulta posible imaginar un microbio que no cause un perjudicio al ser humano, a la cabaña ganadera o a las plantas cultivadas o que ese perjuicio pueda no estar motivado por el microbio que aparece junto con él. El binomio del microbio y la enfermedad sólo tiene una relación de causalidad; ni siquiera como hipótesis el microbio puede resultar una consecuencia de la enfermedad. Esta errónea concepción ha conducido a uno de los mayores fracasos de las ciencias biomédicas modernas, al señuelo de suponer que era posible erradicar los microbios y que de esa forma también era posible erradicar las enfermedades infecciosas. Afortunadamente hoy, de manera muy tímida, el planteamiento vuelve a los tiempos de Béchamp, abriéndose camino la tesis de que los microbios ni son siempre de origen exógeno, ni tampoco son necesariamente patógenos, ni tampoco tienen un carácter parasitario, sino que funcionan como simbiontes, es decir, como organismos que cooperan en el desempeño de determinadas funciones celulares habituales, e incluso que han cumplido un papel importante en el desarrollo embrionario, así como en la evolución de las especies (397).

En las poblaciones vivas, lo mismo que en física estadística, se produce una paradoja metodológica: mientras, por un lado, se reconoce la existencia de interacciones entre los elementos de los sistemas estudiados, al mismo tiempo, la matemática no admite tal interacción (397b). La competencia es una de las múltiples formas de interacción de los seres vivos entre sí, pero ni es la única ni tampoco es el prototipo. En biología las relaciones sociales no son independientes, bilaterales e iguales. Así, la abeja doméstica (Apis mellifera) es un insecto social que vive en colmenas. Aislada, una abeja muere al cabo de pocos días. Las sociedades apícolas se componen de tres tipos de individuos (reina, obreras y zánganos) que mantienen entre sí una división de tareas y, por consiguiente, una especialización funcional sin ninguna clase de competencia o lucha interna entre ellas ni entre otros animales sociales o, por lo menos, no es ése el comportamiento predominante. Más bien al contrario, la subsistencia de la abeja doméstica se fundamenta en la colaboración y coordinación sinérgica de actividades dentro y fuera de la colmena, hasta el punto de que no se las pueden considerar como seres independientes. El intercambio de alimento es una conducta innata en muchas especies animales. Por ejemplo, los insectos sociales practican la trofalaxis, es decir, la mutua entrega y recepción de nutrientes. Si la colonia pasa hambre, pasan hambre todos sus integrantes por igual. La abeja recolectora ofrece parte del botín a otra obrera que lo demanda sacando su lengua hasta recibir una porción que rezuma de la boca de la primera. Además, mediante la trofalaxis las abejas se traspasan feromonas, que es una forma de comunicación y reparto social de las tareas.

Entre las abejas domésticas el reparto de funciones alcanza también a los dos aspectos vitales de la alimentación y la reproducción. Las obreras se encargan de la parte vegetativa y la reina y los zánganos de la reproductiva. Por lo tanto, la reproducción no se verifica al azar sino conforme a reglas bien establecidas con un fuerte carácter endogámico. Sólo la reina es fecundada y, por lo tanto, es la madre de toda la colonia. Su función es poner huevos toda su vida y sólo sale de la colmena para fecundarse. Los zánganos son los machos y proceden de huevos sin fecundar, es decir, son clones de la reina, a la vez que hijos, medio hermanos también de ella. Por su parte, las obreras no son estériles, como se afirma en ocasiones, sino que la presencia de la reina les impide desarrollar sus órganos genitales. Mientras en la colmena hay una reina activa, las obreras no desarrollan otras que puedan competir con ella. Pero en cuanto empieza a envejecer o muere, las obreras inician la construcción de celdas reales. En la colmena la función de la reina depende de la jalea real; mientras circula por la colmena, las obreras no buscan sucesoras. Dicha sustancia se produce en las glándulas cefálicas de la reina, que al lamerse el cuerpo se empapa con ella, la cual a su vez la lamen las obreras que se encargan de su aseo y éstas, a su vez, la transmiten a otras.

Otro ejemplo es el prototipo de bacteria que la microbiología ha difundido, que tradicionalmente ha sido la ameba, cuya forma de vida planctónica es excepcional. La mayor parte de las bacterias también tienen modos de vida colectivos, creando capas (biofilms) que se adhieren a algunas superficies sobre las que se reproducen formando colonias (398). Esas capas pueden llegar a tener un espesor de un milímetro, conviviendo en ellas simbióticamente numerosas especies distintas, hasta 500 en una placa dental. Esas colonias segregan polímeros con azúcares, tales como glucosa o galactosa, que las envuelven, defendiéndolas de los ataques de los macrófagos. En su interior las bacterias intercambian nutrientes y señales químicas que les permite responder colectivamente al entorno.

El modelo del depredador y la presa, derivado de la selección natural, condujo durante la guerra fría a proponer la «hipótesis del cazador», es decir, que el proceso de hominización era consustancial a la caza, a un hombre carnívoro, portador de armamento, de instintos agresivos y defensor de su territorio. En torno a la caza se alzó una leyenda sobre la «nobleza» de esta actividad, frente a otras -como el carroñeo- que resultaban inimaginables. La caza no sólo es el prototipo de la selección natural, de la cruel lucha por la subsistencia sino un comportamiento que diferenciaba al hombre de los demás primates. Además de infundadas, este tipo de proyecciones trasladaba la cuestión desde el reparto de la comida hacia la obtención de la misma. No obstante, en 1978 Glynn Isaac defendió que los primeros homínidos no se alimentaban «al paso», es decir, no comían en el lugar donde obtenían el alimento sino que lo transportaban a sus asentamientos, en donde se producía un reparto del mismo. Según Isaac (398b) los primeros humanoides eran omnívoros y tenían una división sexual del trabajo. Mientras los machos se desplazaban en busca de presas no enteramente devoradas o de restos comestibles, las hembras recogían frutas y tubérculos cerca del campamento, y las hordas compartían lo recolectado. Con el tiempo, esta conducta cooperativa reforzó la comunicación, el lenguaje y la socialización. Las armas y utensilios de caza son muy recientes en el registro fósil.

Después de Weismann la biología dejó de conjugar el verbo vivir para sustituirlo por el de sobrevivir. La naturaleza como la sociedad, está llena de amenazas, peligros y riesgos. Las especulaciones competitivas conducen en caída libre hacia otra perla de las modernas supersticiones seudocientíficas de la posguerra: homo homini lupus, el canibalismo de los homínidos, e incluso de los humanos. En algunos yacimientos fósiles se han encontrado restos humanos con señales de cortes similares a los encontrados en animales. Además, esos restos aparecen mezclados en los mismos lugares, por lo que parece que todos ellos constituían parte de una misma dieta. En algunos casos el atrevimiento puede llegar al punto de sostener que aquellos seres no sólo se comían a sus semejantes ya fallecidos, sino que lo hacían después de matarlos a tal fin. Los relatos sobre canibalismo proceden -sobre todo- de la colonización, sirvieron para justificar los esfuerzos «civilizadores» de los colonialistas y se escribieron en momentos de guerra para justificar las agresiones contra pueblos indígenas de costumbres supuestamente bárbaras y brutales. El canibalismo ha sido la imagen gráfica más divulgada de determinados pueblos del Tercer Mundo, cuyo atraso los mantenía en las mismas condiciones que habían tenido los neandertales y los primeros seres humanos. Es una leyenda que entra dentro de la recuperación de las peores versiones del malthusianismo y el neodarwinismo actuales, ampliamente jaleadas por los medios de propaganda, generalistas y especializados.

También aquí algunos «científicos» no han vacilado a la hora de recurrir a burdas manipulaciones, como la que en 1977 protagonizaron al unísono D.C. Gajdusek y la revista Science con motivo del discurso de aceptación por el primero del Premio Nóbel, que la segunda difundió acompañado de unas fotos para «demostrar» las absurdas teorías de Gajdusek. ¿Cómo poner en duda de la veracidad de unas fotos? Los hechos se iniciaron dos décadas antes, cuando empezaban a agotarse los réditos de la polio, momento en el que Gajdusek, un pediatra metido a virólogo, viajaba por el mundo a la caza de otros virus de los que seguir obteniendo subvenciones. Había pasado unos años en Afganistán trabajando sobre la fiebre amarilla, el dengue, el virus del Nilo, el escorbuto, la rabia y otras patologías. No encontró los virus que buscaba, por lo que se trasladó a Nueva Guinea en 1957, donde los miembros de la tribu Fore padecían una extraña enfermedad mortal que llamaban kuru. Sus primeros síntomas eran la descoordinación ambulatoria y los temblores en manos y ojos. En las autopsias Gajdusek observó que el tejido nervioso de los fallecidos presentaba abundantes orificios, lo que le daba un aspecto esponjoso. Al cabo de un tiempo consiguió inducir la enfermedad en chimpancés inoculándoles tejido nervioso enfermo por vía intracerebral. Desde que Landsteiner hizo lo mismo en 1908 para descubrir el poliovirus, a los cazadores de microbios eso les bastaba para dar por demostrado que la enfermedad estaba causada por un virus. Sin embargo, los síntomas de la infección tardaban en aparecer entre dos y tres años, durante los cuales el infectado no expresaba ninguna clase de síntomas. Tampoco se manifestaban las secuelas típicas de las infecciones y, sobre todo, no aparecía ninguna reacción inmunitaria. Cualquier investigador sensato hubiera rechazado la intervención de un virus, de los que se pensaba que se multiplicaban rápida y exponencialmente. Pero los pequeños obstáculos no podían desalentar a los cazadores de microbios, dispuestos a cualquier cosa. Frente a la incubación asintomática, Gajdusek inventó la teoría de los «lentivirus», capaces de permanecer de manera latente en el organismo durante años, décadas o generaciones enteras sin causar ningúna patología, hasta que se reactivan por arte magia. Pero el pediatra fue mucho más allá en sus invenciones: para exponer una vía creíble de penetración del virus en el organismo, dijo que los nativos de Fore eran caníbales porque durante los ritos funerarios los allegados se comían el cerebro de sus difuntos, que era el mecanismo de transmisión del virus. Por eso la enfermedad presentaba una apariencia genética, afectando a los mismos círculos de familiares. La genial teoría de Gajdusek le valió el Premio Nóbel y la revista Science, por su parte, reforzó su teoría ilustrando la necrofagia con 10 fotografías de la vida habitual de los nativos, una de las cuales aludía -supuestamente- a uno de aquellos macabros festines (399). Cuando le preguntaron a Gajdusek por ella, admitió que el menú era carne asada de cerdo. Al pedir explicaciones a Science, los editores se disculparon aduciendo que no publicaban imágenes reales de canibalismo para no herir la sensibilidad de los lectores. La explicación es falsa: cada una de las fotos va acompañada de su pie explicativo correspondiente. Es un burdo montaje: en la tribu Fore no existe el canibalismo. Así lo ha defendido el antropólogo Lyle Steadman, que pasó dos años haciendo trabajo de campo en Nueva Guinea. Escuchó a menudo relatos de canibalismo, pero cuando buscó pruebas no encontró ninguna. En palabras de Duesberg, el lentivirus era un fantasma, transmitido por un canibalismo fantasma, que causaba una enfermedad fantasma (399b). El kuru, lo mismo que Creutzfeldt-Jakob, la encefalitis espongiforme bovina (mal de las vacas locas) o el prurigo ovino (scrapie), es una enfermedad neurodegenerativa causada por priones.

Los titulares preferidos sobre Atapuerca también coinciden en destacar el canibalismo de los homínidos que habitaron el yacimiento, algo que los propios paleontólogos están alimentando. Pero entre los mamíferos el canibalismo, si existe, es una práctica excepcional, cuando no absolutamente marginal. De todos los yacimientos explorados hasta la fecha sólo en 11 hay restos con vestigios de descuartizamientos de cuerpos humanoides o humanos realizados por otros seres de la misma especie. En relación a los restos neandertales aparecidos en El Sidrón (Asturias), Trinkaus ha hablado de un «canibalismo de supervivencia». Como consecuencia del hambre, los neandertales supervivientes consumían los restos de los fallecidos (399c). Los fósiles no demuestran en ningún caso que el descuartizamiento se practicara con individuos vivos, ni tampoco que su finalidad fuera la de servir de alimento porque forman parte de una ceremonia fúnebre o, en los casos más recientes, de ritos relacionados con la guerra, que no es un fenómeno biológico sino social.

Los modelos matemáticos elaborados por la teoría sintética no tienen en cuenta los fenómenos asociativos. Se fundamentan en el individualismo y el malthusianismo: la probabilidad de que un gato se coma una rata parece depender de la densidad de la población de gatos y de la densidad de la población de ratas, una relación que, como dice Margaleff, en los modelos matemáticos se supone recíproca y simétrica. Sin embargo, la energía que alimenta a los gatos pasa a través de la población de ratas. La duración de los ciclos totales tiene que ver con propiedades dinámicas de cada población considerada aisladamente, principalmente con el tiempo que cada una de ellas requiere para duplicar su población, en la presa, o para reducirla a la mitad, en el depredador. Además, continúa Margaleff, las poblaciones evolucionan o, mejor dicho, coevolucionan de manera asimétrica. El depredador captura más fácilmente las presas torpes y lentas, y es, por tanto, un factor de evolución para la presa. A su vez, la presa, al adquirir nuevas habilidades, estimula la evolución del depredador, al eliminar aquellos incapaces de adaptarse a las nuevas estrategias defensivas de la presa. Pero la presa tiene una vida media más corta que el depredador y sus contactos con éste son pocos, mientras que el depredador vive más tiempo, entabla relaciones con muchos individuos de la presa sucesivamente y, por consiguiente, tiene más capaz para aprender, que es una característica social (399d). Finalmente, si bien una especie constituye un factor de selección para otra, y viceversa, en realidad es también un factor de selección para otras muchas especies con las que no tiene esa relación de depredador o presa.

Esta concepción puramente cuantitativa se expresa en la noción de que la evolución no es más que un «éxito reproductivo», que consiste en multiplicarse en mayor número o en más cantidad de individuos. Si eso fuera cierto, la biosfera resultaría una proeza de los virus y bacterias, e incluso de los insectos que, con más de un millón de especies conocidas, suponen cerca del 75 por ciento de todos los seres vivos pluricelulares. Los malthusianos escinden al individuo del medio, afirmando que el primero podría multiplicarse indefinidamente, pero que el medio le pone limitaciones. Es como decir que las gallinas podrían vivir sumergidas en el océano, pero que el agua no se lo permite. Un ser vivo y su medio forman una unidad inseparable y, por consiguiente, es absurdo sostener que los individuos crecen más que los recursos que el medio les puede proporcionar porque el alimento de algunos individuos son individuos de otras especies que, por consiguiente, por la misma «ley» de Malthus, también deberían crecer en la misma proporción. Un ave acuática como el somormujo, por ejemplo, es alimento de las truchas y, a su vez, se alimentan de renacuajos. El mismo animal a unos efectos es depredador y a otros es presa. Por lo tanto, los cálculos malthusianos son incoherentes, ya que no existe ningún motivo para pensar que a unos efectos el número de somormujos deba crecer en mayor medida que a otros. Como es previsible las absurdas teorías malthusianas conducen a las no menos absurdas teorías apocalípticas, que convierten en un «fracaso» ecológico lo que para los genetistas es un «éxito» reproductivo:

Los científicos que estudian la población humana han llegado a la conclusión de que el mundo ha alcanzado su capacidad de sustento, que es la capacidad de abastecer las necesidades de la gente. Así que en el futuro será difícil alimentar, vestir, dar vivienda y trabajo a un número adicional de personas a un nivel superior al de subsistencia vital. El rápido crecimiento de la población ha dilatado ya los recursos del planeta; las estimaciones sobre el crecimiento en el futuro platean serias dudas sobre si el planeta podrá seguir abasteciendo las necesidades crecientes de la gente. En los próximos 50 años se necesitará un aumento de la actividad económica diez veces superior al actual para dar salida a las necesidades humanas básicas -una situación que posioblemente la biosfera no pueda tolerar sin un deterioro irreversible.

En los países en vías de desarrollo, con las tasas más elevadas de nacimientos, las ganancias económicas se acaban rápidamente -simplemente por tener demasiadas bocas para alimentar. Los países en vías de desarrollo de Asia, áfrica y América del Sur se encuentran en la desesperada carrera de mantener el abastecimiento de alimentos al nivel del crecimiento de la población. Cuando se produce una sequía y se extiende el hambre, sus gentes se encuentran en grave peligro, especialmente si por razones políticas o de otro tipo, la importación de alimentos no puede abastecer a la demanda [...]

Cuando la agricultura no pueda proporcionar los alimentos necesarios, la gente se encontrará en grave peligro de morir de hambre. En climas favorables las poblaciones crecen más allá de los límites que imponen los climas desfavorables -que es cuando las cosechas son pobres. La raza humana podría encontrarse más cerca del abismo cuando el hambre en masa surja como consecuencia de una reduccion de la producción de los cultivos provocada por la sequía, las infecciones o la enfermedad de éstos» (400).

Este tipo de soflamas, reliquias del Apocalipsis bíblico, constituyen uno de los mayores fraudes seudocientíficos contemporáneos, cuyo objeto es el de maquillar el hambre y las calamidades sanitarias que padece la población mundial. Normalmente, el volumen de cualquier población de seres vivos es una función inversa de su densidad, nivelando su número antes del punto de saturación. En ocasiones, pueden darse casos de crecimiento incontrolado de determinadas poblaciones, como en el caso de las plagas. También hay irrupciones periódicas de poblaciones de determinadas especies que ocasionan grandes oscilaciones en la densidad poblacional. Se trata de fenómenos temporales o cíclicos que también acaban autorregulándose (401).

El movimiento cuantitativo de una población no es un fenómeno genético sino ecológico. En cuanto a la demografía humana, se trata de un fenómeno social, no solamente biológico. Así lo demuestran comportamientos humanos como la masturbación o la homosexualidad, que carecen de otro sentido que no sea el social y cultural, es decir, que son una demostración del «fracaso» reproductivo de los seres humanos y otras especies de mamíferos muy próximas. Recientemente Godelier recordaba (402) que las prácticas sexuales suponen un cierto orden social que cambia en el tiempo y en el espacio, materializándose en vínculos familiares y vecinales, en ritos ancestrales de iniciación, en ceremonias de acceso a la pubertad, en la celebración pública de bodas, etc. No obstante, Malthus parte de la primacía de lo biológico sobre lo social en el crecimiento poblacional y considera su hipótesis demográfica como una ley natural: «En virtud de las leyes de nuestra naturaleza es necesario que exista algún tipo de obstáculo que frene el crecimiento de la población», decía (403). A partir de su ensayo los demógrafos malthusianos forjaron el concepto de movimiento «natural» de la población, deducido como la diferencia entre la natalidad y la mortalidad. Como fenómeno biológico, la población se rige por una «ley» invariable que se originó hace 3.500 millones de años, con la aparición de la vida sobre el planeta, y sigue operando inexorablemente, tanto en las sociedades humanas como en las poblaciones animales, vegetales y microorganismos, algo realmente insólito que carece de precedentes científicos de ninguna clase. Lo mismo que los genes, para el malthusianismo la población humana es otra de esas abstracciones ahistóricas, capaz, no obstante, de desempeñar el papel de variable independiente: lo condiciona todo y no es condicionada por nada.

La otra parte del mismo problema, los recursos, se consideran en su cuantía absoluta y no en la forma de su distribución, en el reparto de los mismos. Así, en opinión de Malthus el salario (y por tanto la pobreza y la miseria de la mayoría de la población) es efecto y no causa del exceso de población (404). Esta teoría es rotundamente falsa. La población humana es una abstracción vacía si no se tienen en cuenta otros condicionamientos sociales, como la estratificación social, las clases sociales o la distribución de los ingresos. Los cambios poblacionales están influenciados por numerosos factores de muy diverso orden: movilidad social, flujos migratorios, urbanización, servicios de salud, convicciones religiosas, etc. Cada modo histórico de producción (y, por lo tanto, cada modo de distribución que de él deriva) tiene sus propias leyes de población, que son, pues, necesariamente variables.

El malthusianismo no es menos erróneo en lo que las poblaciones animales concierne. Así, como el propio Darwin observó, en cautividad la reproducción de algunos animales se paraliza completamente y los individuos se tornan estériles. Según todos los experimentos que desde 1931 se han llevado a cabo con diferentes especies, de manera unánime, tanto en los laboratorios como en estudios de campo, las poblaciones animales autorregulan su número. El crecimiento del volumen de una población animal ni es ilimitado ni depende tampoco de los recursos alimenticios disponibles. Cuando en un terrario con suficiente alimentación y bebida el número de ratones crece hasta una cierta densidad, su fisiología se modifica, las glándulas suprarrenales crecen, entrando en un fenómeno de intensa actividad y la mortalidad de los ejemplares jóvenes aumenta hasta que la reproducción se detiene completamente. Si se extrae de la jaula a una parte de los ratones, el fenómeno se detiene: las glándulas suprarrenales dejan de crecer y se reanuda la reproducción.

El excedente de población es relativo, tanto en el hombre como en los animales. Lo que los experimentos llevados a cabo demuestran es que la reproducción se ralentiza antes de que se pueda hablar de un excedente, es decir, antes de poder afirmar que se ha reducido significativamente el espacio disponible. El fenómeno no depende de la densidad de población, no existe ninguna forma de espacio vital porque si se traslada a la población de ratas a un terrario más amplio, la reproducción sigue descendiendo de la misma forma. Es más, se observa que los roedores que disponen de más espacio tienden a juntarse en sólo una parte del terrario (405). Este es una grave problema en la evaluación de los resultados de la ecología poblacional, ya que las muestras de ecosistemas no son extrapolables: «En la naturaleza apenas existen partes o muestras que se puedan considerar como duplicados unas de otras» (406). No hay dos ecosistemas iguales; la individualidad y la biodiversidad obstaculizan la fiabilidad de la aplicación de técnicas estadísticas, tales como el muestreo.

Los seres humanos también son animales sociales que se rigen por criterios colectivos. Las leyes de la reproducción humana no son sólo biológicas ni individuales sino sociales y económicas. Así, hay una norma general en el terreno reproductivo que prohibe el incesto, hay impúberes que dependen de sus padres, en la India las castas no se mezclan entre sí, etc. Los movimientos de población dependen de varios condicionantes, los más importantes de los cuales son de tipo económico. La lucha por la existencia, pues, es otra de esas expresiones que, según Engels, puede abandonarse. Según Engels la lucha por la existencia no tiene el carácter de mecanismo único de la evolución: «puede tener lugar» en la naturaleza pero «sin necesidad de interpretación malthusiana». La sociedad capitalista se basa en la sobreproducción y el exceso; crea mucho más de lo que puede consumir por lo que se ve obligada a destruir en masa lo producido: «¿Qué sentido puede tener seguir hablando de la ‘lucha por la vida’?», concluye Engels (407).

Mayr destacó por vincular la evolución a la genética de poblaciones. Decía que había que concebir la teoría de la evolución como un fenómeno poblacional. Además, según él, su «pensamiento poblacional» no sólo se contrapone sino que debe suplantar a lo que califica como «pensamiento tipológico». Con esta operación el ser vivo, el individuo concreto como tal desaparece como objeto de la investigación biológica: «Las especies no son entidades ‘esenciales’ que deban ser caracterizadas morfológicamente, sino que se trata de agregados de poblaciones naturales, reproductivamente aisladas las unas de las otras y ocupando cada una un nicho particular en la naturaleza». Lo mismo que «hermano», el concepto «especie» es relacional, dice Mayr, tiene una «entidad individual» de manera que cada uno sus miembros son una parte de ese individuo y los genes de todos los miembros de la especie son parte «del mismo patrimonio genético colectivo» (408). Ahora el objeto de la biología son las poblaciones y los genes. El gen aparece entonces como una abstracción matemática o, mejor dicho, se encubre bajo ella, deja de ser una partícula material. Las poblaciones también son otras tantas abstracciones. Como escribió Fisher, uno de los defensores de esta concepción, las poblaciones estudiadas son abstracciones, agregados de individuos pero no los individuos mismos y, en cuanto a los resultados, tampoco son individuales sino «un conjunto de posibilidades» (409). Por supuesto, las abstracciones matemáticas resultan inalcanzables por cualquier fenómeno físico exterior. Pero el gen ya no es algo encerrado dentro de una caja fuerte sino como la combinación de esa caja fuerte, su secreto. Los mendelistas han hablado del «desciframiento» del genoma humano como si su tarea fuese de tipo criptográfico.

La matemática se había desarrollado a lomos de la mecánica y no faltan intentos de suplantar a la biología con la mecánica a través de la matemática (y de la estadística). Fisher explicaba la selección natural como si se tratara de un caso de teoría cinética de los gases, lo que da lugar a un tipo de argumentaciones como la siguiente: «Las moscas del vinagre podían ser consideradas como partículas sujetas a las mismas leyes de difusión que afectan a los átomos de un gas. Al mezclar dos cepas distintas de ‘Drosophila’, la competencia entre sus individuos podía ser asimilada a una reacción química. Aplicando modelos físicos de difusión de partículas gaseosas, así como otros tipos de modelos estadísticos, Fisher, Haldane y Wright establecieron las bases de una nueva disciplina, la genética de poblaciones, que estudiaba a los individuos en función de una unidad superior, la población. De este modo la genética se reencontraba con el darwinismo allí donde Francis Galton y otros biómetras se habían estancado: en el análisis de poblaciones y la influencia de la selección natural sobre ellas, no sólo sobre los individuos, sino también sobre los factores subyacentes, los genes, que eran los que se transmitían de generación en generación. Bajo el nivel más aparente del fenotipo, causa de la selección natural, había aparecido un nivel infrayacente, el genotipo, resultante de la selección natural» (410). A través de la modelización matemática, la biología se asimila a la mecánica. Lo que se acaba sosteniendo no es que dos fenómenos (distintos) funcionen de la misma manera (matemática) sino que son iguales. No hay analogía entre los modelos mecánicos y biológicos sino identidad.

La modelización estadística finge y crea un espejismo: pretende hacer pasar las hipótesis como tesis. Sin embargo, la validez de un modelo no está determinada por su forma matemática de exposición sino por su comprobación empírica. Así, se habla en genética de poblaciones de la «ley» de Hardy-Weinberg cuando se debería decir el modelo de Hardy-Weinberg, es decir, una hipótesis sobre el funcionamiento de un fenómeno que debe ser corroborada con los datos empíricos correspondientes, lo cual es imposible porque los postulados sobre los que se construye dicho modelo no existen en la realidad, ni siquiera como aproximación. De la misma manera, según Huxley, Fisher había demostrado «matemáticamente» que la herencia de los caracteres adquiridos, aunque ocurriera en la naturaleza, era incapaz de explicar la evolución (411). Matemáticamente se utiliza aquí, una vez más, en su sentido vulgar, como sinónimo de «indudablemente», de manera definitiva y concluyente. Es un exceso de demostración: cualquiera se hubiera conformado con una explicación debidamente argumentada y fundamentada en hechos. Algunos científicos tienen un complejo de inferioridad respecto a la física por no haber sido capaces de exponer sus resultados en la misma forma matemática en que lo logró la mecánica desde el siglo XVII, como si la determinación cuantitativa fuera la única posible, sinónimo de una exactitud que no existe en ciencia alguna.

Por lo demás, la modelización matemática opera como un sustituto de la argumentación teórica, de modo que, en lugar de contribuir al desarrollo conceptual -cualitativo- de la ciencia, en ocasiones lo empobrece. Al elaborar una «teoría matemática de la lucha por la existencia» sería necesario precisar también qué es la lucha por la existencia, qué tipo de fenómenos explica (o encubre), qué leyes rigen el crecimiento de las diferentes poblaciones, si son las mismas en las poblaciones humanas y de otros seres vivos, etc. Responder a estos interrogantes no requiere solamente de una aproximación de la biología a la matemática, sino también a otras disciplinas científicas, como por ejemplo, la economía política porque el crecimiento demográfico no es un fenómeno exclusivamente biológico o reproductivo, sino también económico; tampoco es un fenómeno exclusivamente cuantitativo sino cualitativo: las poblaciones no permanecen estáticas sobre el mismo territorio sino que migran y, en consecuencia, interactúan unas con otras.

La equiparación de los animales (y los hombres) con las «máquinas bioquímicas», es otra de esas extrapolaciones mecanicistas sobre las que está construida esta teoría: el micromerismo. La genética se rige por las leyes de la termodinámica, por lo que cada gen, como cada molécula, debe tener una incidencia insignificante sobre el carácter, es decir, se pierde la individualización causal entre el gen y el carácter que determina. Entonces los mendelistas comienzan a hablar de caracteres cuantitativos, es decir, de caracteres que ya no son contrastables, como los de Mendel, sino graduales. La genética de poblaciones no solamente no tiene fundamento alguno en Darwin sino que tampoco lo tiene en Mendel. Los mendelistas han pasado de la concepción discreta de Mendel a otra de carácter continuo, y ambas son igualmente metafísicas. Si a Mendel y De Vries hay que recordarles que los caracteres no siempre son totalmente contrastables, a los biometristas hay que recordarles que entre un grupo sanguíneo y otro no hay término medio. Este el punto en el que los nuevos mendelistas dejan de serlo y empiezan a balbucear incoherencias: por un lado hablan de caracteres continuos y, por el otro, de mutaciones discontinuas. El recurso a la continuidad o a la discontinuidad es oportunista; depende de las necesidades de la argumentación. Como veremos, para encubrir sus contradicciones los manuales de los mendelistas tienen que introducir nuevos conceptos sobre la marcha:

a) poligenes: varios genes que actúan -pero muy poco- sobre el mismo carácter
b) pleiotropía: un mismo gen que actúa sobre varios caracteres

Los métodos mendelianos son difíciles de aplicar a estos casos de variación continua, reconocen Sinnott, Dunn y Dobzhansky: parecen mezclarse en vez de segregar. Según ellos se debe a la «acción conjunta de varios o de muchos genes, cada uno de los cuales tiene un efecto individual pequeño sobre el carácter en cuestión». Ahora bien, no existe una divisoria clara entre caracteres cualitativos y cuantitativos. Además los caracteres cuantitativos tienen tendencia a resultar influidos por el ambiente. Los poligenes no son genes diferentes a los demás y su acción es estadística (412). Todas esas cábalas se lanzan al aire sin ningún tipo de argumentación ni de prueba. Hay poligenes que son genes pero cuyos efectos no son los de los genes. Su efecto es «estadístico» pero no explican qué clase de efectos son esos.

Otros autores, como Falconer, empiezan destacando que la genética cuantitativa está en contradicción con el mendelismo: «Los métodos de análisis mendeliano no resultan apropiados en estos casos», dice inicialmente para acabar luego afirmando que, sin embargo, los principios y las leyes son los mismos y que la genética cuantitativa es una «extensión» de la mendeliana. Sin embargo, los genes ya no determinan caracteres, como en el mendelismo, y mucho menos se puede decir que un gen determina un carácter. Por lo tanto, en contra de lo que sostenía Weismann, para Falconer el objeto de estudio de tal genética cuantitativa no son las progenies aisladas sino las poblaciones; no se trata de clasificar sino de medir. Pero, como sutilmente reconoce el autor, nada de esto tiene ningún fundamento empírico: «El aspecto experimental de la Genética Cuantitativa, sin embargo, ha quedado muy por atrás de su desarrollo teórico, y existe todavía mucho camino por avanzar para lograr su función complementaria. La razón de esto es la dificultad de diseñar experimentos de diagnóstico que discriminen, sin dejar lugar a dudas, entre las muchas situaciones posibles visualizadas por la teoría» (413). Por consiguiente, se trata de un puro artificio matemático. Mayr también advirtió que no siempre la genética cuantitativa trabaja con poblaciones reales, siendo esas poblaciones, en ocasiones, de tipo «estadístico», lo que conduce a llevar a cabo investigaciones «con lápiz y papel» y, posteriormente, con ordenadores (414). Se hace preciso, pues, volver a insistir otra vez en el auténtico estatuto científico de las hipótesis, los modelos matemáticos y las simulaciones informáticas para no fingir que la realidad es un videojuego y los seres vivos dibujos animados.

La teoría de las mutaciones se inventó para cohonestar el mendelismo con la evolución, impidiendo a toda costa la mención del ambiente exterior. De ahí que las mutaciones resultaran automutaciones. Los genes estaban fuera de la evolución, no variaban. La existencia de genes dominantes y recesivos eran una especie de reserva genética, de genes redundantes o sobrantes que no servían para nada, algo que era contrario a la idea de selección natural. Propició la idea de «recombinación» como si los genes preexistieran desde siempre, siendo la evolución una distinta combinación de los mismos genes, la misma baraja con un reparto diferente de cartas. En 1925 el descubrimiento de los efectos genéticos de las radiaciones cambió la situación por completo... o al menos hubiera debido hacerlo porque demostraba la incidencia de los factores externos sobre el genoma. No fue así porque se olvidó ese aspecto y se interpretó como la segunda confirmación de la hipótesis del gen, después de la teoría cromosómica. La hipótesis del gen se transformó en la teoría del gen: existían los genes porque se podían modificar por medios físicos. La parte ambiental no fue tomada en consideración porque estimaron que, en realidad, no había mutaciones inducidas exteriormente sino que los agentes ambientales aumentaban la frecuencia de las mutaciones naturales, entendidas éstas como «espontáneas», es decir, aleatorias.

Un ejemplo puede ilustrar el papel del azar y de los factores ambientales en genética, además de corroborar la vaciedad de la teoría sintética: un carácter tan importante como el sexo no depende de ningún gen ni de ninguna secuencia de ADN. En el gusano Bonellia viridis el sexo depende del sitio en el que se depositen las larvas (415); en las tortugas de la temperatura de incubación (416); y en los seres humanos de una determinada combinación de los cromosomas. Uno de los pares de los cromosomas homólogos, el que determina el sexo del individuo, es distinto al resto. Las hembras sólo producen gametos (óvulos) portadores de cromosomas del tipo X, mientras que los varones producen la mitad de gametos (espermatozoides) X y la otra mitad de gametos Y. La probabilidad de que al unirse los gametos resulte una combinación XX (hembra) o XY (varón) es la misma que la de lanzar una moneda al aire: el 50 por ciento. Ésa es la teoría. Sin embargo, si al lanzar una moneda al aire no encontráramos aproximadamente el mismo número de caras que de cruces, sospecharíamos que la moneda no es simétrica. Pues bien, desde hace siglos se sabe que nacen más niños que niñas, por lo que concurren factores exteriores que modifican esa expectativa. Además, según un estudio que publicó la revista Biology Letters en abril de 2009, cuanto más cerca del Ecuador viven las poblaciones, más se reducen las diferencias entre nacimientos masculinos y femeninos. La investigación fue dirigida por Kristen Navara, de la Universidad de Georgia, quien analizó los datos oficiales desde 1997 hasta 2006 procedentes de 202 países y publicados en el World Factbook de la CIA. La conclusión es que la población que vive en los trópicos tiene más niñas en comparación con la que vive en otras partes del mundo. La media de hembras nacidas en el mundo es de 487 por cada mil nacimientos. Sin embargo, en las latitudes tropicales, por ejemplo en el áfrica subsahariana, se eleva hasta 492 niñas por cada mil nacimientos. Navara considera que podría deberse al tiempo más cálido o a los días más largos. Es posible que los gametos humanos se vean afectados por la luz ambiental y la temperatura, y que estas variables favorezcan a uno u otro género en función de la latitud. De hecho, estudios previos en mamíferos pequeños como hámsteres siberianos revelan que estos animales tienen más hijos varones durante los meses de invierno (417).

Esas consideraciones se pueden extender a las mutaciones, que se han vuelto contra los mendelistas al convertirse en lo contrario de lo que fueron en su origen, en una teoría de la contaminación ambiental. A fin de cuentas lo que Mendel denominó «factores» son secuencias de ADN, una molécula de ácido nucleico que puede ser sintetizada y alterada por numerosos fenómenos químicos, físicos y biológicos de tipos muy diversos. No hay automutaciones; las mutaciones tienen un origen externo al ácido nucleico. Desde 1925 las experiencias al respecto se han ido acumulando con el paso del tiempo. Dos años después Muller lo confirmaba en Estados Unidos y doce años después, Teissier y L’Heritier repitieron la experiencia en Francia con el gas carbónico. La interacción ambiental se ha demostrado no sólo con las radiaciones (naturales y artificiales) sino con las sustancias químicas ingeridas en los alimentos o en el aire que respiramos y con los virus o bacterias con los que el organismo entra en contacto. La nómina agentes mutágenos es considerable: de 10.000 sustancias químicas que se han estudiado, cerca de 1.000 son mutágenas. Las bases nitrogenadas del ADN absorben luz a una longitud de onda máxima de 260 nanometros, que es la propia de los rayos ultravioleta, de modo que este tipo de radiaciones son mutagénicas. Como muchos compuestos químicos, las bases tienden a oxidarse, produciendo un compuesto molecular distinto. Por ejemplo, la guanina se transforma en 8-oxoG de modo que en lugar de unirse a la citosina de la otra hebra que la complementa en la misma molécula de ADN, se une a la timina, transmitiéndose a la siguiente generación celular. La oxidación de la guanina no se produce al azar a lo largo de cualquier punto de la molécula de ADN sino concentrada en ciertas secuencias específicas.

La acción de los agentes mutágenos se manifiesta por dos vías diferentes: directamente sobre el ácido nucleico e indirectamente a través de la metabolización del propio organismo (promutágeno). Las mutaciones no son, en realidad, más que una parte de los cambios que puede experimentar un genoma por efecto de las circunstancias ambientales. En ocasiones no es necesario siquiera que la composición del ADN o de sus bases se modifique sino que basta con que se modifiquen las proteínas que los envuelven. Así, además de oxidarse, las bases también se metilan y las proteínas que las rodean en el núcleo celular se acetilan, modificando su funcionamiento. Según Dubinin, «el surgimiento de las mutaciones está determinado por las variaciones de las moléculas de DNA, las cuales surgen sobre la base de las alteraciones en el metabolismo del organismo y bajo la influencia directa de los factores del medio ambiente» (418). Lo interesante es destacar lo que hoy es obvio, a saber:

— las mutaciones génicas tienen una causa o varias, bien conocidas o que pueden llegarse a conocer
— son disfuncionales, es decir, provocan enfermedades, malformaciones, abortos e incluso la muerte
— los mutantes tienen una capacidad reproductora muy débil.

En una mutación pueden concurrir varias causas difíciles de individualizar, pero no se puede decir que ocurra al azar. Cuando la teoría sintética invoca el azar lo que quieren decir es que no conocen las causas de la mutación, es decir, expresan lo que a su ciencia le queda aún por recorrer. Que una causa no se conozca no significa que no se pueda llegar a conocer. Sin embargo, basta rastrear la evolución del concepto de mutación para comprobar que las observaciones al respecto se han multiplicado progresivamente: cada vez se conocen más, se conocen mejor y sus causas están más determinadas, hasta el punto de que la radiobiología y la toxicogenética se han convertido en disciplinas con sustantividad propia, que no se han desarrollado para hablar del azar precisamente. Desde hace un siglo (419) es sabido que se pueden utilizar radiaciones ionizantes como esterilizante o desinfectante, una práctica cuya aplicación a los alimentos se ha regulado recientemente por normas jurídicas de la Unión Europea. Los legisladores, pues, no deben confiar en el carácter aleatorio de unas radiaciones capaces de acabar con las bacterias de los alimentos pero no con los alimentos mismos.

Otro ejemplo puede contribuir a ilustrar lo que vengo defendiendo: si correlacionamos la edad de la madre con la probabilidad de que alumbre un neonato con síndrome de Dawn, es más que evidente el vínculo entre ambas circunstancias (420):

edad materna      25 a 29 años30 a 34 años 35 a 39 años40 a 44 años
riesgo al nacer      1 ⁄ 1.2501 ⁄ 378 1 ⁄ 1001 ⁄ 30

Ahora bien, la edad de la madre no puede ser la causa sino algún factor derivado del desarrollo materno que, naturalmente, no aparece en el padre. Una de las explicaciones más verosímiles reside en un fenómeno que ya he comentado anteriormente: en el hombre los espermatozoides tardan en formarse entre 65 y 75 días, por lo que se trata de una célula que no tiene la misma antigüedad que el organismo completo. Por el contrario, en cada ovario de la mujer hay unos 400.000 óvulos desde el mismo momento del nacimiento, desprendiendo uno de ellos en cada ciclo menstrual a partir de la pubertad y conservando (dictiotena) el resto expuestos a todo tipo de circunstancias ambientales: radiaciones, estrés oxidativo y otras circunstancias que provocan en ellos alteraciones cromosómicas. La permanencia de los cromosomas del ovocito puede ocasionar una división incorrecta dando lugar a un ovocito con cromosomas excedentes.

Debido al efecto mórbido de las mutaciones, los dispositivos génicos tienen su propia capacidad de autoprotección, que se refuerza a medida que se asciende en la escala de las especies. En el hombre no se conocen mutaciones viables y su número no alcanza la tasa del dos por ciento de mutaciones naturales de la mosca. No hay humanos mutantes porque los que tienen un ADN diferente no se desarrollan o no se reproducen. Paradójicamente puede decirse que es en las mutaciones donde no aparece la herencia de los caracteres adquiridos. Ahora bien, cuando los seres vivos mutantes son viables, sus alteraciones génicas se transmiten hereditariamente, es decir, son un caso de herencia de los caracteres adquiridos.

Las radiaciones son un ejemplo tan claro de esa influencia que ha aparecido una disciplina, que se dedica a estudiarla, bien a fin de determinar sus efectos patológicos, bien como terapia para destruir células tumorales. Son agentes mutágenos que inciden tanto sobre los elementos vitales de la célula como sobre alguno de sus componentes, como el agua. En este último caso, la radiación ioniza el átomo de agua, expulsa radicales libres H y OH que a su vez forman agua oxigenada (peróxido de hidrógeno), que es un oxidante. En el interior de las células tanto los radicales libres como los oxidantes rompen los enlaces de las moléculas, alterando su naturaleza química. Las consecuencias varían en función del tipo de moléculas afectadas. Desde 1906 la ley Bergonié-Tribondeau expone que las radiaciones afectan a los mecanismos reproductores más que a cualesquiera otros. El plasma germinal, por consiguiente, no sólo no es resistente sino que es menos resistente que el cuerpo a ciertas acciones ambientales. Existen radiaciones que no afectan a las células hasta que éstas se dividen, y entonces sucede que:

— muere al dividirse (muerte mitótica)
— se divide de manera incontrolada
— impide la división y crea esterilidad
— no afecta a la célula directamente sino únicamente a su descendencia

Buena prueba de que las radiaciones no provocan mutaciones al azar es que, hasta cierto punto, se pueden controlar. Así, está comprobado que la irradiación de los tejidos impide su regeneración, de manera que si se irradia un animal con capacidad de regeneración, como una lombriz por ejemplo, y luego se trocea, no se regenera. Pero si se cubre una parte de ella, sí se puede regenerar el animal completo a partir de ahí, incluso aunque la amputación tenga lugar en una parte alejada de la zona irradiada, lo cual indica que las células no irradiadas se desplazan para regenerar el resto del cuerpo. También se puede concluir sosteniendo que la irradiación sólo impide la regeneración de aquellas células a las que afecta (421).

La ley Bergonié-Tribondeau se puede expresar mediante una escala de sensibilidad que clasificaría a las moléculas celulares de la forma siguiente: ADN > ARN > proteínas. La sensibilidad genómica a las radiaciones es mil veces superior que la del citoplasma. Por más que sea una convicción muy extendida, es falso que las bajas dosis de radiactividad no sean peligrosas para la salud, es falso que haya «dosis admisibles» de radiactividad. Lo que Muller demostró en 1927 es que no existía umbral mínimo para las mutaciones genéticas inducidas por rayos X. Prácticamente cualquier dosis es lesiva, influye sobre el genoma. A pesar de ello los manuales de genética afirman precisamente todo lo contrario, una supuesta capacidad de resistencia del genoma ante las modificaciones ambientales: «El genotipo es una característica de un organismo individual esencialmente fija; permanece constante a lo largo de la vida y es prácticamente inmodificable por efectos ambientales» (422).

La contaminación radiactiva no sólo mata o enferma a la generación actual, sino que seguirá matando y enfermando a las generaciones futuras para siempre. En 1945 lo más grave no fueron las explosiones atómicas en Hiroshima y Nagasaki sino las partículas radiactivas que se liberaron en la atmósfera. Las explosiones asesinaron a 300.000 japoneses directamente, pero las partículas radiactivas lanzadas al aire dieron la vuelta al mundo; donde siguen y seguirán afectando a toda la humanidad. Además, los efectos de las radiaciones se transmiten a las generaciones sucesivas de quien las padece; son ellas las que experimentan sus consecuencias. En abril de 2009 un grupo de investigadores suecos utilizaron la incidencia de la contaminación atómica ambiental sobre el ADN para fechar la regeneración de las células cardiacas. Las pruebas con bombas nucleares realizadas en la posguerra tuvieron como resultado la producción masiva de isótopos radiactivos de carbono-14 que se trasladaron desde la atmósfera a las células de todos los seres vivos, alcanzando también al ADN. Éste integra el carbono-14 en una concentración que se corresponde exactamente con el nivel atmosférico del momento en el que nace la célula de la que forma parte. Midiendo la presencia de carbono-14 en el ADN de las células es posible saber la fecha en la que se generaron y, de este modo, inferir retrospectivamente la antigüedad de las mismas así como la renovación que se debe haber producido. Naturalmente el ADN de cada célula tiene unos niveles diferentes de carbono-14 que dependen de los niveles de contaminación radiactiva ambiental.

Es difícil poner un ejemplo más claro de herencia de los caracteres adquiridos. No hay demostración más dramática que las secuelas de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki sobre los supervivientes y su descendencia. En la guerra de Vietnam, los estadounidenses bombardearon a la población con el «agente naranja» que contenía dioxinas, una sustancia tóxica que ha pasado de generación en generación provocando la aparición de tumores, leucemias linfáticas, anormalidades fetales y alteraciones del sistema nervioso en cuatro millones de vietnamitas (423). Con el paso del tiempo este tipo de enfermedades se han agravado porque los bombardeos atómicos no son algo del pasado sino que han aumentado tras las últimas agresiones imperialistas. El número de átomos radiactivos lanzados en las guerras de Irak y Afganistán es cientos de miles de veces mayor que los liberados por las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Desde la primera guerra del Golfo en 1991 en Irak han aumentado las malformaciones monstruosas, los cánceres y otras enfermedades. En Faluya el 75 por ciento nacen deformes y el 24 por ciento mueren en su primera semana de vida (425). La causa principal de las malformaciones neonatales es la contaminación radiactiva por el empleo de las armas mal llamadas de «uranio empobrecido», que contienen elementos radiactivos, como el uranio-236, que no existen en la naturaleza, y que se han encontrado en la orina y autopsias de veteranos de guerra, de la población afgana e irakí. También se han encontrado restos de plutonio, como se comprobó tras el bombardeo de Yugoslavia, y contiene uranio enriquecido, como se comprobó tras la guerra del Líbano. Según confesión propia a la ONU, en diciembre de 2008 Israel bombardeó Gaza con fósforo blanco cuyos efectos no tardarán en hacerse notar.

Todo eso a pesar de que la herencia de los caracteres adquiridos no está demostrada. ¿Qué hará falta para demostrarlo?

Cuatro tendencias en la biología soviética

Como ciencia de los organismos vivos, la biología involucra de una manera directa las contradicciones decisivas de la dialéctica: la producción y la reproducción, la continuidad y la discontinuidad, la herencia y el medio, entre otras cuestiones. Pero esas interrelaciones, dice Engels, no se pueden «encajar» en los hechos sino que es preciso «descubrirlas» en ellos y verificarlas por medio de la experimentación. Ni en biología ni en ninguna otra ciencia la dialéctica materialista tiene nada diferente que decir, salvo reconocerse a sí misma, lo cual significa defender los postulados que han sido corroborados empíricamente por la experimentación y la observación, separándolos de las adherencias ajenas. La ciencia es única, si bien no es fácil reconocerla en cada momento porque, como cualquier fenómeno, está en permanente proceso de cambio. La explicación estática y canónica, tan usual en los manuales, conduce a una concepción equivocada del saber, que a lo largo del tiempo ha evolucionado tanto como las especies.

Las posiciones de la dialéctica materialista respecto de la biología, harto resumidas, ya fueron expuestas en los inicios mismos del darwinismo por Engels en el «Anti-Dühring» y la «Dialéctica de la naturaleza», aunque este último texto no se conoció hasta su publicación en 1925 en alemán y posteriormente en ruso. Engels destacó que un fenómeno tan complejo como la evolución sólo se puede explicar sobre la base de una colaboración entre multiples disciplinas científicas, algo diametralmente opuesto a lo que en la actualidad se observa, ya que la genética ha fagocitado a las demás ciencias de la vida, imponiendo a los genes como causa única y exclusiva de toda la evolución de la materia viva desde sus orígenes. No hay espectáculo más penoso que los actuales manuales de paleontología, reconvertidos en una rama de la genética, tratando de explicar la transformación de los homínidos en carnívoros con alambicados argumentos mutacionistas.

También advertía Engels, más que justificadamente, de que las líneas «duras y rígidas» son incompatibles con el evolucionismo y, naturalmente, con la dialéctica. Sin embargo, también comprobamos hoy que la biología se ha llenado de barreras metafísicas infranqueables e insuperables que jamás se comunican, la más conocida de las cuales son las que separan al medio ambiente del organismo y luego a éste de sus propios genes, hasta el punto de que la teoría sintética pretende hacer creer que los genes -si es que existe algo así- ni siquiera forman parte del cuerpo. Estas barreras metafísicas no nacen en la biología sino que, junto con el atomismo, se importan de la física a mediados del siglo XVIII: el medio (el espacio, el tiempo) es el escenario en el que se manifiesta la acción de las fuerzas físicas y, por su mismo carácter absoluto, no depende de los cuerpos. El continente es diferente del contenido. Trasladado a la biología, el medio se divorcia del fin, de modo que, para ser verdaderamente científica, también debía separar los fines de los medios. Esta operación llega envuelta en la quiebra del concepto tradicional, amplio, de causalidad, que estaba siendo sustituido por otro mucho más restringido. Aristóteles hablaba de causas formales, materiales, finales y eficientes, mientras que en el siglo XVIII sólo quedarán las dos últimas. Este proceso conducirá a la oposición entre ambos tipos de causas, las finales y las eficientes, que era el preludio de la eliminación de las primeras, las finales, que desaparecerán en el siglo siguiente como consecuencia del mecanicismo, considerando que sólo las causas eficientes son causas verdaderas, una operación característica de la economía del pensamiento porque, en expresión de Bacon, las causas finales son «vírgenes estériles» (426). En las corrientes dominantes de la biología el finalismo es casi un insulto porque no admiten ninguna clase de causa final, interpretada siempre como algo trascendente, las causas últimas, normalmente por referencia al creador, a la providencia divina, para rechazar cualquier posibilidad de un plan externo a la naturaleza misma. En su lugar ponen un determinismo calificado de «ciego», dominado por el azar, en donde la evolución no se interpreta como un progreso que se manifiesta en la clasificación de las especies.

El finalismo tiene su origen en Aristóteles; es una doctrina filosófica presente en la mecánica clásica del siglo XVIII, que también tuvo siempre connotaciones vitalistas presentes en conceptos, como el de «fuerza viva» de Leibniz sin que nadie se rasgara las vestiduras. En 1744 Maupertuis formuló el postulado de acción mínima con un claro sentido finalista bajo el nombre de «ley de economía de la naturaleza»: la naturaleza es ahorrativa en todas sus acciones, no produce nada inútilmente (natura nihil facit frustra). En cualquier cambio que se produzca, la suma de las acciones (energías) consumidas es la más pequeña posible. Como el hombre, la naturaleza también «elige» entre las distintas opciones que se les presentan aquella que resulta más barata. Hoy las corrientes dominantes en la biología siguen ancladas en este tipo de formulaciones del siglo XVIII. La situación no cambió cuando los antiguos conceptos físicos, como «fuerza viva», fueron sustituídos por los modernos de «energía» porque la energía siguió siendo algo diferente y separado de la masa (materia). El concepto de energía, en cuanto capacidad para realizar un trabajo, nunca perdió el sentido finalista que le persigue desde su origen; el de masa (materia) es el refugio de las interpretaciones mecanicistas y reduccionistas. La termodinámica primero y la teoría de la relatividad después, demostraron que esta dicotomía era falsa, pero para entonces el abismo entre la causa eficiente, mecánica, natural o inconsciente, y la causa final, intencional, consciente o artificial ya había tomado carta de naturaleza (427). Por eso decía Poincaré que el principio de acción mínima tiene «algo de chocante para el espíritu»; presenta los fenómenos físicos como si fueran seres animados y libres, por lo que sería mejor reemplazar su formulación por otra en la cual «las causas finales no parecieran sustituir a las causas eficientes» (428).

Una formulación diferente nunca podrá disimular los fenómenos materiales. Causalidad y finalidad forman una unidad dialéctica o, si se prefiere, un proceso circular, cíclico o, más exactamente, espiral. En el griego antiguo la palabra «cambio» se traducía por metabolei, un término que también tiene connotaciones claramente biológicas y que remite a la noción de interacción, la causa sui de Espinosa. Del mismo modo, para Kant, el organismo forma una unidad articulada en donde «todo es fin y recíprocamente medio». Hegel siguió esa misma línea de crítica del mecanicismo, al que opuso lo que calificó de «quimismo». Un error de los más graves, según Hegel, es la aplicación del mecanicismo a la materia orgánica, que debe ser sustituido por la acción recíproca. En las vinculaciones mecánicas los objetos se relacionan de una manera exterior, unos independientemente de los otros; en la química, unos se completan con los otros. Las causas no están separadas de sus efectos, ni los medios de los fines: «Aun el fin alcanzado es un objeto que sirve a su vez de medio para otros fines, y así hasta el infinito» (429). Como en cualesquiera otros, en los fenómenos de la naturaleza, decía Le Dantec, las causas se convierten en efecto y los efectos en causas (430). Los efectos retroalimentan a las causas. Los dispositivos biológicos funcionan de manera reactiva ante los estímulos exteriores. Con distintas variantes la interacción entre la causa y el efecto se manifiesta en los más diversos fenómenos biológicos, e incluso sicológicos: es la homeóstasis fisiológica, la memoria, la imitación, el reflejo sicológico o la retroalimentación cibernética de los sistemas abiertos (431). Así, ante una agresión del entorno (antígeno), el sistema inmunitario del organismo, después de reconocer el tipo concreto de ataque, reacciona segregando anticuerpos que interactúan con los invasores para eliminarlos. Otro ejemplo: la estatura de una persona tiene un indudable componente génico que se transmite hereditariamente a la descendencia; de progenitores altos nacen descendientes también altos. Ahora bien, este tipo de fenómenos deben analizarse de manera evolutiva. Así, la estatura media en España ha crecido en las últimas décadas, lo cual no puede imputarse al genoma sino a otros factores, tales como la mejora en la cantidad y en la calidad de la alimentación. Lo mismo sucede con la estatura de los homínidos, que ha crecido a lo largo de su evolución.

Las explicaciones unilaterales, deterministas o finalistas, han promovido agotadoras controversias en biología que resultan irresolubles en la forma en que se han planteado porque sus presupuestos son metafísicos; no tienen en cuenta la evolución. Así, el mendelismo se limita a exponer sólo una parte de los hechos. Lo que toma como factores causales originarios (genoma, célula, fecundación sexual) son efectivamente causa inmediata de numeros fenómenos vitales. Pero a su vez son componentes vitales muy complejos y muy organizados que no pueden tener un carácter originario, por muchos saltos cualitativos y mutaciones que se puedan imaginar. Su aparición evolutiva constituye una etapa muy larga cuyo punto de partida han sido otras formas intermedias de organización de la materia viva, más elementales y rudimentarias. Por consiguiente, son a su vez consecuencia de otros primigenios, el instrumento a través del cual se transmiten determinados cambios en el ambiente y en el cuerpo del ser vivo. Un factor causal directo e inmediato que no excluye, a su vez, la intervención de otro tipo de factores diferentes que, generalmente, tienen una importancia mucho mayor que el propio genoma y de los cuales depende el genoma mismo. En un sentido evolutivo el genoma no es causa sino consecuencia de esos otros factores, y lo mismo cabe decir de las células eucariotas (nucleadas), la fecundación y la reproducción sexual, en general, que sólo existen en los organismos más evolucionados y, por tanto, en los de aparición más tardía. La conclusión, pues, es que los factores hereditarios son una causa pero, ante todo, un efecto de la evolución, contribuyendo a la aceleración de los cambios y, por lo tanto, de la marcha de la evolución. Por lo tanto, tampoco se pueden identificar con la vida misma porque la vida no se resume ni se reduce a ninguna de sus formas materiales tomada por separado. Cualquier forma de vida, por simple que sea, es una articulación de varios componentes orgánicos distintos, nunca de uno sólo. La vida no es ADN, ni células ni fecundación. Hay formas de vida que no se basan en el ADN, ni son celulares y ni conocen la fecundación.

Como es habitual, a la hora de inculpar al finalismo Lamarck se convirtió en el blanco de las iras de los partidarios de la teoría sintética. Pero una vez más, han construido un enemigo a su imagen y semejanza porque lo que el naturalista francés dijo con claridad fue lo siguiente: «Es un verdadero error atribuir a la naturaleza un fin, una intención cualquiera en sus operaciones; y este error es uno de los más comunes entre los naturalistas». Un poco más adelante repite que los fines en los animales no son más que una apariencia: no son verdaderos fines sino necesidades (432). Sin embargo, también hay que tener presente que el actualismo, por un lado, así como la insistencia funcionalista de Lamarck, por el otro, le da un cierto aire finalista a algunos de sus textos, de lo que algunos historiadores neodarwinistas de la biología se han aprovechando para ridiculizar su pensamiento.

Aunque a los neodarwinistas les repugne reconocerlo, la obra de Darwin está lejos del ciego determinismo que pretenden imputarle. En ella aparecen las profundas raíces aristotélicas sobre las que se asienta el pensamiento del naturalista británico, donde una cierta idea de finalidad también está claramente presente, lo mismo que en Lamarck. Según Darwin la evolución tiene su origen en la «selección natural», un fenómeno que no es diferente de la «selección» que el hombre lleva a cabo. Su noción de «selección natural» no es, pues, más que una «elección» que lleva a cabo la naturaleza en favor del mejor, el más apto o el más fuerte, es decir, un concepto antropomorfo. Darwin alude en numerosas ocasiones a la idea de fin y perfección: «Todo ser tiende a perfeccionarse cada vez más en relación con sus condiciones. Este perfeccionamiento conduce inevitablemente al progreso gradual de la organización del mayor número de seres vivientes en todo el mundo. Pero entramos aquí en un asunto muy intrincado, pues los naturalistas no han definido a satisfacción de todos lo que se entiende por progreso en la organización» (433). Sin embargo, según el evolucionista británico las tendencias teleológicas de los seres vivos no son unilaterales sino contradictorias: «Hay una lucha constante entre la tendencia, por un lado, a la regresión a un estado menos perfecto, junto con una tendencia innata a nuevas variaciones y, por otro lado, la fuerza de una selección continua para conservar pura la raza. A la larga la selección triunfa» (434). No obstante, continúa Darwin, en ocasiones prevalece la tendencia opuesta: «He sentado que la hipótesis más probable para explicar la reaparición de los caracteres antiquísimos es que hay una ‘tendencia’ en los jóvenes de cada generación sucesiva a producir el carácter perdido hace mucho tiempo y que esta tendencia, por causas desconocidas, a veces prevalece» (435). Como en Lamarck, la noción de fin en Darwin tiene que ver con la de función, es decir, con la adaptación ambiental. De ahí que hable de órganos «creados para un fin especial» (436).

El finalismo es el contrapunto de la teoría de la involución, otra de las incongruencias de una teoría seudocientífica que recurre a negar uno (el finalismo) o a afirmar el otro (la involución) según la conveniencia de cada caso. La involución es una ideología de la decadencia, es decir, esencialmente pesimista y su origen es el pensamiento económico burgués. David Ricardo, seguido por Malthus y John Stuart Mill, formuló la ley de la fertilidad decreciente del suelo, luego reconvertida en ley de los rendimientos decrecientes en cualquier clase de actividad económica: cada inversión suplementaria de capital (en la tierra o en cualquier otro medio de producción) proporciona un rendimiento inferior al de la inversión precedente, de manera que, alcanzado determinado limite, resulta imposible obtener ningún nuevo incremento. El universo marcha hacia una hecatombe que desborda lo económico e incluso la escala planetaria para entrar en lo cósmico: «Podemos estar acercándonos al fin de un callejón sin salida, quizá hayamos llegado ya», profetizó Schrödinger (437). La «ecología» anglosajona es hoy es campo de especulación favorito de este tipo de concepciones apocalípticas, caracterizadas por su linealidad, por seguir rumbos que jamás se alteran a lo largo del tiempo porque nada puede cambiar su curso: lo que crece siempre cre, lo que cae siempre cae y lo que se enfría siempre se enfría. No existen fuerzas contrapuestas. El planteamiento de la cuestión, por lo tanto, va mucho más allá de las innovaciones tecnológicas y, por supuesto, de las relaciones de producción capitalistas: cualquiera que sea el modo de producción, la Tierra es finita, los recursos de agotan y el caos aumenta por causas naturales inexorables. Es la versión economicista de la predestinación luterana, es decir, una ideología enmascarada tras una fachada seudocientífica.

De la economía, el irremediable desplome pasó a la termodinámica, a cuya segunda ley le otorgaron un carácter universal y absoluto. Así, en 1848 Mayer calculó que el Sol se apagaría dentro de 5.000 años. Por su parte, Kelvin planteó que, como consecuencia de ello, el planeta será cada vez más frío e inhabitable y Clausius fue mucho más allá al pronosticar la muerte térmica del universo en su conjunto: llegará un momento en el cual habrá un universo inerte, materia sin movimiento y, por consiguiente, sin vida. A partir de Clausius el pensamiento burgués tuvo la oportunidad de seguir involucionando con un fundamento que ya no era económico sino físico, es decir, plenamente «científico». Siguió su recorrido cuesta abajo, introduciendo las distintas modalidades agónicas de la civilización, en general, no de la civilización que la burguesía representa, para la cual no hay alternativa posible pues la hecatombe deriva de la propia actividad del hombre sobre la Tierra.

Para introducir la predestinación divina dentro de la ciencia había que sustentar toda la física sobre la termodinámica, es decir, demostrar que ésta es una teoría de carácter general y que las demás teorías (astronomía, mecánica cuántica, biología, etc.) se reducen o se sustentan sobre ella. Es lo que imaginó Poincaré cuando reconoció las esperanzas de algunos científicos hace un siglo: «Tratamos hoy de elevar sobre la termodinámica solamente el edificio entero de la física matemática» (438) y recientemente Atlan ha procedido a una extrapolación semejante al sostener que el segundo principio de la termodinámica es el único gran principio de la física (439). Sin embargo, a diferencia de la ley de la conservación de la energía, que sí tiene un carácter general para toda la física (conservación del espín, del momento, de la carga eléctrica, de la cantidad de movimiento, etc.), el segundo principio de la termodinámica es una ley local, limitada a los fenómenos que la termodinámica originariamente pretendió explicar y, por consiguiente, sujeta a los condicionantes que configuraron esta rama de la físca, entre las cuales cabe reseñar las siguientes:

— la termodinámica no tiene en cuenta la composición de la materia sino sólo los fenómenos basados en el intercambio de calor y trabajo, al margen de condicionantes eléctromagnéticos, nucleares, químicos o de cualquier otro tipo

— los sistemas térmicos se fundamentan en las leyes de los gases perfectos, un modelo idealizado en el que las moléculas se consideran mutuamente independientes y su volumen se supone insignificante en comparacion con el volumen total que ocupa el gas. A pesar de que las moléculas se conciben como puntos matemáticos inextensos, acaban chocando unas con otras, que es el medio a través del cual intercambian energía, una interacción débil. No hay acción a distancia ni atraccion molecular, cualquiera que sea la temperatura o la presión. Por ejemplo, se supone que las moléculas del gas no están ionizadas, es decir, que carecen de carga eléctrica

— los sistemas físicos reales no son homogéneos; el calor no es la única forma de movimiento de la materia, que como cualquier otro tipo de energía interrrelaciona con todas las demás; el aspecto cualitativo de la ley de la conservación de la energía demuestra que todas las formas de energía se reconvierten unas en otras, de manera que es imposible que todas ellas adopten exclusivamente su forma térmica; la diversidad cualitativa de las formas de energía no puede desaparecer

— los sistemas físicos reales no están en estado de equilibrio, ni se mueven de un equilibrio a otro, como supone la termodinámica; el equilibrio sólo es una situación temporal y relativa entre los continuos cambios de estado

— la termodinámica divide el universo de una manera muy simple en dos partes: un sistema térmico y «todo lo demás», que se considera exterior al mismo, e incluso inexistente, como en el caso de las radiaciones; este supuesto, como es obvio, es impensable para el universo en sí mismo

— los sistemas térmicos se suponen compuestos por muchos elementos (del orden del número de Avogadro), pero en ningún caso infinitos

— el segundo principio de la termodinámica sólo se aplica en sistemas cerrados, lo cual supone una simplificación que no existe en ninguna parte, ni siquiera en los sistemas térmicos, en los que puede adoptarse como una aproximación a la realidad que quiebra de manera definitiva fuera de ellos.

Por lo tanto, al tratarse de un fenómeno restringido, como cualquier otro de ese mismo alcance, la segunda ley de la termodinámica no es de aplicación general a fenómenos físicos ajenos al funcionamiento de dispositivos térmicos y, con mucha más razón, a fenómenos que ni siquiera son físicos, tales como los biológicos. Las leyes físicas no son universales sino que sólo se aplican a los supuestos en los cuales su validez se ha comporobado empíricamente, lo cual no es exclusivo de la segunda ley de la termodinámica. Así, la ecuación de los gases perfectos sólo es válida como aproximación en las condiciones normales de presión y temperatura, y no en otras. De la misma manera, las interacciones nucleares fuertes son de un alcance muy corto, de manera que más allá operan las fuerzas electromagnéticas, más débiles pero de mayor radio de acción. La segunda ley de la termodinámica no tiene, pues, un alcance general, ni siquiera en los fenómenos físicos, de manera que desde comienzos del siglo XIX se sabe que sus principios no se pueden aplicar al movimiento browniano, por ejemplo. Cuando en 1905 Einstein descubrió las leyes que rigen este movimiento, Röntgen se lo recordó en una carta, diciéndole que su explicación contradecía el segundo principio de la termodinámica. Lo mismo sostuvo Poincaré. En defintiva, el movimiento browniano demostraba que sí era posible un móvil perpetuo (440).

Por aquella misma época, el descubrimiento de las glaciaciones fue otro choque para la termodinámica que hizo temblar la linealidad del pensamiento metafísico. Kelvin supuso que la temperatura de la Tierra procedía exclusivamente del Sol, una estrella destinada inexorablemente a enfriarse, siguiendo las leyes absolutas del universo. Pero las glaciaciones demostraban todo lo contrario, que las temperaturas son oscilantes y que a los periodos de frío suceden otros de calor intento, por lo que resultó un problema explicar de dónde procede la energía capaz de calentar el planeta. Lo mejor era proceder como acostumbran los metafísicos: mirar para otro lado, sostener la teoría y olvidarse de los hechos. Un siglo y medio después la corriente dominante no ha cambiado tanto y a una paradoja (la muerte térmica del universo) le han sumado otra, no menos absurda: el calentamiento planetario, otro proceso lineal e inexoroable, pero justamente a la inversa. Apoyándose en los movimientos de los glaciares de los Alpes, en 1821 el suizo Ignace Venetz (1788-1859) ya explicó que el clima de la Tierra es oscilante, que sigue determinados patrones cíclicos. De Venetz la teoría de los glaciares pasó a Jean de Charpentier (1786-1855) y de éste a Louis Agassiz (1807-1873), quien comenzó a difundir la tesis de la «era glaciar» que, además, no se había ceñido sólo a los Alpes. Naturalmente, con la excepción de Karl Schimper, hasta 1862 la respuesta de la «comunidad científica» fue la esperada: hostilidad, insultos y desprecio. A finales del siglo XIX se supo que no sólo había habido una sino cuatro glaciaciones, cuya explicación se mantiene al margen de las interpretaciones corrientes de la termodinámica.

Sin embargo, no cabe duda de que, a pesar de que los supuestos en los que se funda son muy restricitvos, el concepto de entropía se ha generalizado por dos razones de muy diversa naturaleza pero coadyuvantes. La primera de ellas es que, como la cibernética o la teoría de la información, la termodinámica ha contribuído a explicar numerosos fenómenos físicos más allá de su origen empírico, más allá de los gases perfectos e incluso de los intercambios entre calor y trabajo. En algunos casos, ha demostrado su eficacia en sólidos y líquidos, y en las colisiones de determinadas partículas elementales, es decir, en supuestos en los que las interacciones son fuertes. Ahora bien, la termodinámica ha expandido su campo de aplicación analógica a costa de convertirse en un modelo formal: la mecánica estadística.

La segunda razón tiene un origen diferente pero acompaña a la anterior: desde el Renacimiento la física padece una progresiva confusión entre los conceptos y las formas cuantitativas de medirlos. En ocasiones los manuales de física pretenden tener por definidos los conceptos por la ecuación que los mide cuantitativamente, lo cual pasa por alto su dimensión cualitativa y, lo que es aún peor, reduce lo cualitativo a lo cuantitativo. Es conocida la frase de Kelvin que repudiaba todo aquello que no se pudiera contar o medir: «Cuando podemos medir aquello sobre lo que estamos hablando y expresarlo numéricamente, podemos decir que sabemos algo sobre ello; pero cuando el conocimineto no se puede medir, cuando no se puede expresar numéricamente, entonces es débil e insatisfactorio: puede ser el comienzo del conocimiento, pero apenas se ha avanzado hasta el estadio de la ciencia, sea cual sea la materia de que se trate» (442). No cabe duda que la introducción de una determinada métrica mejora el conocimiento cualitativo de los conceptos, permite su desarrollo matemático y vuelve operativas sus interacciones con otros conceptos, pero no se reduce a él. Cuando la métrica reduce los fenómenos cualitativos a su dimensión cuantitativa, como en el caso de la mecánica estadística, se convierte en un modelo matemático-formal capaz de ampliar su radio de acción a fenómenos diferentes de los que le dieron origen. Por eso la termodinámica explica otro tipo de fenómenos en los que se puede introducir una métrica análoga a la de la entropía, lo cual significa que, en tal caso, se priva a la entropía de significado, o lo que es lo mismo, se la transforma en un concepto matemático abstracto. La única conclusión que de ahí puede derivarse, lo mismo que en las múltiples aplicaciones cibernéticas, es que existen fenómenos (físicos, biológicos, económicos) que a pesar de su diferente naturaleza, funcionan de manera análoga. Ahora bien, que dos fenómenos funcionen de manera parecida no quiere decir que sean iguales, que se trate del mismo fenómeno.

Un concepto tan abstracto como el de energía padece ese mismo problema. La energía no se puede medir porque es infinita y el procedimiento utilizado por la física para medirla ha sido analítico; ha consistido en tomar en consideración la energía en fenómenos concretos y limitados: en el desplazamiento, en las reacciones químicas, en los dispositivos térmicos o en las interaccionies nucleares. Además, lo que la física mide no es un nivel absoluto de energía sino sus cambios, por lo cual ha debido tomar en consideración necesariamente su dimensión cualitativa. Así, en la caída libre de un cuerpo, la física establece la siguiente ecuación:

energía total = energía potencial + energía cinética = constante

Al lanzar un cuerpo al aire, cuando está en su punto más alto, toda su energía es potencial y la energía cinética es cero. Cuando cae al suelo, la situación se invierte: su energía potencial es cero y su energía cinética es máxima. Por el contrario, en cualquier punto intermedio, el cuerpo reparte su energía entre la potencial y la cinética. En su caída, el cuerpo va transformando progresivamente su energía de un estado cualitativo a otro; lo que pierde como energía potencial lo gana en cinética y son esas modificaciones las que permiten medir cuantitativamente cada tipo particular de energía y decir, al mismo tiempo, que la energía total es constante. La energía es una medida de la capacidad de movimiento de la materia, para lo cual se crea siempre una diferencia en la posición del cuerpo, elevándolo a una altura por encima del suelo, se crea también una diferencia en su potencial eléctrico o un desnivel en su temperatura, etc.

Salvo para los ingenieros o los economistas, no tiene ningún sentido científico afirmar que la energía se degrada o se disipa, porque en la caída de un cuerpo, la energía no se degrada al transformarse de su forma potencial a su forma cinética. Ni siquiera tiene sentido decir que la energía se degrada cuando se realiza un trabajo con ella a partir de su forma calorífica. Una corriente eléctrica genera calor que no se puede aprovechar para realizar un trabajo, pero la primera ley de la termodinámica asegura que no se pierde, ni se degrada, sino que se transmite a las moléculas más próximas. Que no se pueda aprovechar toda la energía para realizar un trabajo útil no significa que la energía se haya perdido. Al afirmar que la energía se degrada, los manuales de termodinámica le siguen pagando a Bentham el peaje histórico que les corresponde por el origen empírico de su disciplina. Al final de la Edad Media, cuando el trabajo mecánico se obtenía de los molinos de agua o de viento, a ningún físico se le hubiera ocurrido sostener que el agua o el viento se disipan. Pero con la máquina de vapor, Inglaterra acabó con sus bosques para quemar los troncos de los árboles en las calderas y luego tuvo que excavar minas de carbón para utilizarlo como combustible. El agua y el viento se obtenían gratuitamente, pero por la madera y el carbón había que pagar un precio y un modo de producción basado en la codicia exige lograr la máxima rentabilidad. La termodinámica también nace de una práctica económica, con el propósito utilitario de aprovechar el rendimiento de las máquinas de vapor, realizar el máximo trabajo con el mínimo gasto de energía, de donde surgieron toda una serie de expresiones características, como la ley de acción mínima o ley del mínimo esfuerzo, e incluso sutiles diferencias semánticas en algunas idiomas, que son capaces de diferenciar work (inglés) y werke (alemán), trabajo en sentido físico, de labour y arbeit, trabajo en sentido socio-económico.

La segunda ley de la termodinámica dice que es posible ejecutar una cierta cantidad de trabajo a partir de una cierta cantidad de calor, pero ese proceso no es reversible, de manera que no existe fuerza capaz de volver a acumular la misma cantidad inicial de calor utilizando el mismo trabajo. Es de ahí de donde surge esa visión ideológica -antropomórfica- repleta de significados equívocos que convierten a la entropía en la ley de la fertilidad decreciente del suelo de la economía política transplantada al trabajo mecánico, un proceso de descomposición intelectual que posteriormente se ha convertido en imparable, verdadero símbolo del declive científico de nuestros días, hasta el punto de introducir conceptos evanescentes tales como «caos», «desorden» y otros parecidos en la teoría de la información, la demografía, la ecología o la astronomía para defender una versión termodinámica del apocalipsis. La entropía no tiene nada que ver ni con el orden ni con el desorden. En un sistema térmico un cambio en la entropía modifica las condiciones de equilibrio del gas sin que cambie necesariamente la distribución de sus moléculas en el espacio, es decir sin que produzca ni ordenación ni reordenación (443).

La entropía no es una forma de energía sino un concepto físico que tiene un «carácter extraño, distinto a las demás magnitudes de la física» (444). Dado que a efectos cuantitativos la energía total de un sistema térmico se considera constante y se puede distribuir de formas cualitativamente distintas, la entropía mide cuál de esas formas tiene más probabilidades de realizarse, es decir, mide el aspecto cualitativo de la energía interna de un sistema térmico, sus diferentes potencialidades evolutivas, que son direccionales porque sus probabilidades son diferentes, resultando más probables las más altas. La entropía es una probabilidad y sería adimensional desde el punto de vista físico de no ser porque Boltzmann introdujo su constante κ en la ecuación que la mide:

S = Σ κ log pi

En ella no quedarían más que las distintas probabilidades de cada uno de los estados posibles pi si prescindiéramos de la constante κ, que Boltzmann introdujo con la dimensión de energía (dividida por la temperatura) por las necesidades operativas de cálculo, es decir, por dos motivos:

— lo mismo para la energía que para la entropía, lo que se mide no son los valores absolutos sino sus modificaciones cuantitativas (445)

— la constante de Boltzmann se relaciona con la constante universal de los gases perfectos R, que es dimensional, de tal forma que R se obtiene de multiplicar κ por el número de Avogadro, que es adimensional; de esta manera Boltzmann cerraba el círculo de la mecánica estadística porque la temperatura y la energía son directamente proporcionales.

Desde luego el segundo principio de la termodinámica es inaplicable a todo el universo porque el universo no es que no sea un sistema cerrado sino que ni siquiera es un sistema (446), y mucho menos un único sistema, un sistema homogéneo en todos sus puntos. Los sistemas térmicos se caracterizan, por ejemplo, entre otras cosas, por su volumen, encerrando en él un gas con una determinada presión y una determinada temperatura que se mantiene en un estado de equilibrio. De un sistema así se puede decir que su energía interna es constante. Por el contrario, el universo no tiene una energía constante sino infinita, un problema histórico que ha sido velado por los intentos de medir cuantitativamente la energía, cuando lo que se medía en realidad eran los cambios en la energía al transformarse cualitativamente.

Por otro lado, el universo no diferencia entre lo interno y lo externo y, por ello mismo, no tiene volumen ni le resulta aplicable las nociones termodinámicas de homogeneidad o equilibrio; se compone de infinitos elementos que forman infinitos estados posibles e infinitos sistemas, como demostró Giordano Bruno antes de arder en la hoguera (447). Por consiguiente, no tiene sentido la entropía o, en su caso, la misma se anula al anularse la probabilidad de cada uno de ellos en la ecuación de Boltzmann. En tales condiciones, por consiguiente, la entropía no sólo no aumenta sino que se anula (448).

Ni la energía se dispersa (es indestructible) ni la entropía es un proceso lineal. A medida que unos sistemas pierden energía, otros la ganan, lo cual acaba transformando dichos sistemas: «La segunda ley de la termodinámica no considera el tránsito de los cambios cuantitativos a cualitativos al aumentar la masa del sistema. En un sistema cerrado de dimensiones relativamente pequeñas puede producirse, debido a la nivelación de las velocidades del movimiento de las moléculas, un estado de equilibrio térmico. Mas no en todos los sistemas cerrados se desarrollará el proceso en ese sentido. Si la masa del sistema supera en 1/20 la masa solar, en sus profundidades se originará una presión y una temperatura tan elevadas que se iniciará la reacción termonuclear, con lo que se liberará mucha más energía que la energía cinética primaria de las moléculas» (449).

Los repetidos intentos de introducir la segunda ley de la termodinámica dentro de la biología ha dado lugar a toda clase de paradojas. Jagjit Singh ha destacado la contradicción, que califica de «aparente», entre la evolución biológica y el segundo principio de la termodinámica, porque «la marcha de nuestro universo en su totalidad hacia un destino mortal de desorden total» no es incompatible con el surgimiento local de orden (450). La entropía también ha sido utilizada por creacionistas, como Henry Morris, para defender que no existe evolución de las especies ya que la historia del universo y de los sistemas vivos avanza hacia estados más «desorganizados», lo cual significa que en el momento de la creación (big bang) el Universo estaba en su máximo grado de «organización» imaginable. Dios creó un universo perfecto que luego la termodinámica fue desorganizando progresivamente. La teoría de la evolución de los creacionistas supone que en el paraíso aparecieron primero los mamíferos y luego los trilobites, lo cual contradice hasta la propia narración del Génesis. Es algo que comparten los creacionistas con las corrientes dominantes de la biología, que al tiempo que critican el finalismo (en realidad, un cierto tipo de finalismo) llegan a su propia y absurda versión del finalismo, que es la teoría de la involución en su más puro estado: la materia inerte no da lugar a la vida sino que es la vida la que da lugar a la materia inerte. El cosmos no surge del caos sino al revés. La ilusión entrópica le ha dado la vuelta a la convicción más arraigada en la historia del pensamiento científico desde su origen hace 2.500 años. No es de extrañar que sea uno de los titulares favoritos de los libros de bolsillo seudocientíficos, el índice más lamentable del declive de la ciencia contemporánea.

Los sistemas biológicos son abiertos, tienen la capacidad de metabolizar la materia inorgánica y, por consiguiente, de transformar el medio inerte circundante en materia viva, de obrar por sí mismos el «milagro» de la creación. En su «Dialéctica de la naturaleza» Engels lo expresa con una tesis de Haeckel, recibida a su vez de Prosper Lucas, como núcleo central de la teoría evolucionista: «Desde la simple célula en adelante, la teoría de la evolución demuestra que cada avance hasta la planta más complicada, por un lado, y hasta el hombre, por el otro, se realiza en el continuo conflicto entre la herencia y la adaptación [...] Se puede concebir la herencia como el lado positivo, conservador, y la adaptación como el lado negativo que destruye continuamente lo que heredó, pero de la misma manera se puede tomar la adaptación como la actividad creadora, activa, positiva, y la herencia como la actividad resistente, pasiva, negativa» (451). La dialéctica materialista defiende la tesis de la unidad del organismo vivo con su medio. Ambos forman una unidad contractoria. Engels estaba tan lejos del reduccionismo mendelista como del reduccionismo ambientalista. Lamarck lo entendió cabalmente cuando subtituló su obra Hidrogéologie de la manera siguiente: «Influencia de las aguas sobre la superficie de la tierra y cambios que los cuerpos vivos ejercen sobre la naturaleza y el estado de esa superficie». Existe una interacción mutua entre ambos componentes, el organismo y el medio, el genoma y el cuerpo, que se influencian recíprocamente, en donde -según Engels- el medio tiene un carácter dominante o principal respecto al organismo y al genoma. Los manuales de genética que, en raras ocasiones, aluden a la acción del medio ambiente, sostienen precisamente lo contrario: los genes son el elemento dominante y el medio ambiente «simplemente aporta la materia prima» (452). Esta tesis es antievolucionista: ¿de dónde ha salido la materia prima de la que se componen los genes?

Un tipo de reduccionismo genómico conduce a extraer conclusiones erróneas en el sentido opuesto, que es muy corriente en determinados medios progresistas, propensos a otorgar una relevancia especial a los factores ambientales por encima de cualesquiera otros, tanto en biología como en sociología, a pesar de la multiplicidad de condicionantes que concurren. Es un punto de partida empirista que arranca del error de concebir los organismos vivos como «tablas rasas», materiales plásticos sobre los que impacta el medio exterior, materia prima absolutamente moldeable. Sin embargo, no todos los factores ambientales influyen siempre, ni influyen de la misma manera y mucho menos influyen de manera permanente, generación tras generación porque el medio cambia con el tiempo. El ambientalismo es unilateral, según Engels, porque presenta las cosas «como si la naturaleza fuese la única que reacciona sobre el hombre y las condiciones naturales determinasen en todas partes, y de manera exclusiva, su desarrollo histórico [...] Olvida que el hombre también actúa sobre la naturaleza, la cambia y crea nuevas condiciones de existencia para sí» (453). No sólo el medio influye sobre el organismo sino que el organismo también influye sobre el medio. El hombre no sólo cambia el medio sino que también cambia de medio, emigra, busca nuevos espacios, nuevas fuentes de sostenimiento, nuevos climas, nuevos cultivos, etc. Lo que habitualmente consideramos como naturaleza es algo bien artificial, una creación del animal que la habita. Nuestra alimentación no nos viene impuesta de la naturaleza sino que es algo que nosotros hemos seleccionado en ella y que, a su vez, nos selecciona a nosotros. La fábrica en la que trabajamos, la casa en la que vivimos y la calle por la que paseamos no son obras de la naturaleza sino creaciones del hombre. El paisaje urbano que nos rodea, la temperatura que nos envuelve y el aire que respiramos, es el medio que hemos creado para nosotros mismos. Por consiguiente, la selección natural también es una selección de la naturaleza: el medio selecciona al hombre y el hombre selecciona el medio.

La materia viva es distinta de la inerte y, en su evolución, se separa y aísla cada vez más de ella. El hombre ha logrado aislarse del medio creando uno a su imagen y semejanza. Este fenómeno cada vez tiene más importancia evolutiva. Es el punto en el que, finalmente, los antilamarckistas tienen plena razón: a medida que la evolución progresa, las formas más desarrolladas de vida son mucho más capaces de aislarse del medio. Pero en ningún caso podrán nunca romper con él. En mucha menor medida esto mismo se puede predicar de otras especies pero es especialmente pertinente para los mendelistas que pretenden reducir al hombre a su condición puramente biológica o animal, ignorando su componente social: «El animal es uno inmediatamente con su actividad vital. No se distingue de ella. Es ella. El hombre hace de su actividad vital misma objeto de su voluntad y de su conciencia. Tiene actividad vital consciente. No es una determinación con la que el hombre se funda inmediatamente. La actividad vital consciente distingue inmediatamente al hombre de la actividad vital animal [...] Es cierto que también el animal produce. Se construye un nido, viviendas, como las abejas, los castores, las hormigas, etc. Pero produce únicamente lo que necesita inmediatamente para sí o para su prole; produce unilateralmente, mientras que el hombre produce universalmente; produce únicamente por mandato de la necesidad física inmediata, mientras que el hombre produce incluso libre de la necesidad física y sólo produce realmente liberado de ella; el animal se produce sólo a sí mismo, mientras que el hombre reproduce la naturaleza entera; el producto del animal pertenece inmediatamente a su cuerpo físico, mientras que el hombre sabe producir según la medida de cualquier especie y sabe siempre imponer al objeto la medida que le es inherente [...] Es sólo en la elaboración del mundo objetivo en donde el hombre se afirma realmente como un ser genérico. Esta producción es su vida genérica. Mediante ella aparece la naturaleza como su obra y su realidad» (454).

El biólogo marxista español Faustino Cordón dio una explicación magistral de la interacción del medio con el organismo vivo, con una claridad pocas veces lograda en biología: «Los seres vivos son criaturas del medio en que viven, la genética debe esclarecer cómo se verifican la adquisición y conservación de los caracteres por las especies, profundizando en los procesos por los que el ser vivo asimila y corrige constantemente las influencias del medio; debe tomar como supuesto estas permenentes acción y reacción entre el medio y el organismo, entender la vida como un equilibrio -que puede desplazarse- y no considerar el ser vivo haciendo abstracción del medio al que pertenece». Siguiendo a Darwin, Cordón recuerda que el medio actúa directamente sobre el organismo vivo, creando los rasgos del fenotipo, y también indirectamente, a través del genoma. En los animales superiores -continúa Cordón- es predominante la forma indirecta, a lo que añade una precisión muy importante: «Esta aseveración no debe oscurecer otra posible verdad; a saber, que el proceso ontogénico, que lleva del genotipo al fenotipo, está plasmado por una suerte de otro proceso que primigeniamente, a la inversa, hubo de ir guardando, en estado potencial, en células de función germinativa creciente caracteres del soma que se habían moldeado en él por efecto directo del medio. Vía que en ningún ser vivo debe estar totalmente cerrada, siquiera en los más evolucionados el medio haya de limitarse ya a desarrollar las posibilidades intrínsecas de evolución que poseen las criaturas directas suyas que encerró en las células germinales dicho proceso ancestral y en cierto sentido también inverso del filogénico que hoy conocemos (ya que el medio por selección natural no puede operar sino sobre lo que es congruente)». Cordón continúa matizando de forma magistral con una observación muy aguda: que «la conservación y la adquisición de un carácter no deben ser, probablemente, sino resultados distintos de un mismo proceso» (455).

Para Waddington el desarrollo de los animales es el resultado de la autoorganización; la tendencia a la autoorganización es «la característica más importante» de las células y «una de sus más misteriosas propiedades» (456). Según Waddington, el embrión es un sistema organizado y autorregulado: «Una de las propiedades más llamativas de los embriones es la de ser capaces de ‘regular’, es decir, que a pesar de cercenar una parte de los mismos o de lesionarlos de varias maneras, muestran fuerte tendencia a terminar su desarrollo con un resultado final normal. Las fuerzas que configuran la morfología no pueden actuar con entera independencia y sin tener en cuenta lo que está ocurriendo alrededor. Han de tener la misma facultad que les permita compensar las anormalidades y adaptarse a la sustancia que las rodea, como ya tuvimos ocasión de advertir en los procesos químicos que intervienen en la diferenciación de los tejidos». El concepto de «regulación» lo toma Waddington de la cibernética y lo relaciona de manera precisa con el de «finalidad», aunque para no acabar equiparado con el hilozoísmo alude más bien a una «cuasi-finalidad», algo en lo que también coincide con Kant o con lo que Lamarck consideraba como «voluntad» en el animal. Al mismo tiempo, para escapar del micromerismo, Waddington habla de «organicismo», que concebía como un circuito cibernético «donde nada es ya causa o efecto». El biólogo escocés detectaba al menos tres de esos circuitos cibernéticos: «Uno pone al animal en relación con el medio y los otros dos relacionan los caracteres adquiridos con las mutaciones que, a su vez, están sujetas a circuitos reverberantes propios del desarrollo ontogénico». La cibernética le conduce a la noción de finalidad: «Hemos aprendido ya a construir mecanismos accionados por procesos que no son provocados por una causa final, pero que se integran en una máquina proyectada para un fin pre-determinado». Los procesos de desarrollo tienen tendencia a alcanzar siempre el resultado final previsto, aún en circunstancias anormales (457).

Aunque Piaget quiere eludir hablar de finalidad, utiliza la palabra «vección» para transmitir la misma idea direccional. Al mismo tiempo, trata de restringir la noción de finalidad en biología que, según él, involucra tres significaciones distintas. En primer lugar, está la de utilidad funcional, que puede desligarse de la de fin si se interpreta como regulación homeostática o interna al organismo. La segunda es la de adaptación, que también puede excluir la de finalidad si se entiende como otra regulación, pero de tipo externo o relacionado con el medio ambiente. La tercera es la de anticipación, que también puede reconducirse, dice Piaget, a la regulación porque la retroalimentación se puede convertir en previsión. Hay una cuarta significación posible, según Piaget, que es la de finalidad en sentido estricto o plan en su acepción sicológica, es decir, referido a la conciencia. A partir de la constatación de que la idea de finalidad ha ido perdiendo terreno progresivamente para centrarse en esa última acepción, el sicólogo suizo se pregunta si la noción de finalidad añade algo más a la de regulación. Según él se trata de una noción «infantil» o animista en el sentido de que remite a la pregunta típica de los niños: ¿por qué?, a la que los adultos no son capaces de contestar en numerosas ocasiones. En la sicología adulta, la noción de finalidad va perdiendo terreno, que es una forma de resignación ante la realidad, como si el mundo que nos rodea no pudiera ser diferente de lo que es. Según Piaget, la noción de finalidad es producto de la indiferenciación entre lo objetivo y lo subjetivo, lo físico y lo sicológico, lo inerte y lo vivo, lo natural y lo humano (458). La finalidad subsistirá, pues, en la medida en que tales dicotomías no son absolutas. En efecto, es difícil ignorar alguna forma de teleología cuando vemos a los gatos corriendo detrás de los ratones o cuando observamos que podemos enterrar cada semilla en una posición diferente, a pesar de lo cual el tallo de la planta que de ella brote siempre saldrá al aire; nunca profundizará más hacia el interior de la tierra, como si «buscara» la luz y fuera capaz de encontrarla.

El medio exterior se convierte en interior. Influye sobre el organismo normalmente a través de una metabolización o transformación previa del propio organismo. La miel que fabrican las abejas es una metabolización del néctar y otros jugos dulces que succionan de las flores. La misma abeja fabrica tipos de miel diferentes según el tipo de flor que haya libado, de modo que las mieles se clasifican en función de la flor originaria y no de la abeja que la elaboró: entre muchas otras, hay mieles de azahar, trébol, alfalfa, espliego, eucalipto, romero y tomillo. La composición nutritiva de la miel no varía con la abeja sino con la flora de origen, la zona, el clima o la altitud. Al néctar las abejas añaden sustancias propias de su organismo que transforman en miel en sacos especiales situados en su esófago. Posteriormente madura en los panales dentro de las colmenas. Como escribió Engels, «la vida es un continuo intercambio metabólico con el medio natural [...] El metabolismo consiste en la absorción de sustancias cuya composición química se modifica, que son asimilados por el organismo y cuyos residuos se segregan junto con los productos de descomposición del propio organismo» (459). Por lo tanto, la distinción entre lo interno y lo externo es relativa; en unos casos determinados componentes del medio son externos y en otros internos. En una colmena de abejas, la flora circundante es el medio frente al cual las abejas forman una unidad; pero para cada una de ellas, las demás abejas también son su medio e interactúan unas con otras. En unos casos las bacterias son externas al organismo humano y en otras forman parte de él, desempeñando determinadas funciones vitales o mortales.

En la intosuscepción la materia viva absorbe la energía del medio para metabolizar la materia inerte y desarrollar moléculas orgánicas complejas (460). Se trata, pues, de un sistema abierto, es decir, un sistema en el que la materia viva y la inerte forman una unidad. De aquí se desprende que las leyes biológicas no se puedan reducir a las físicas. En un medio templado, el agua caliente no conserva su temperatura. Por el contrario, algunos organismos vivos, como los seres humanos, son capaces de mantener su temperatura constante a pesar de las fluctuaciones del medio en el que se desenvuelven. En biología las constantes ponen de manifiesto la continuidad dentro de los procesos de cambio y evolución. Pero además de las constantes, en las reacciones bioquímicas aparecen variables tanto de estado como de flujo. Las primeras (pulso, temperatura, pH) se denominan «constantes» y las otras son variables en sentido estricto. Tanto los fenómenos termodinámicos como los cibernéticos son direccionales. La materia viva se desarrolla siguiendo vectores como el de la respiración celular:

CH2O + O2 ⟶ CO2 + H2O + energía

Estos fenómenos bioquímicos crean estados asimétricos o irreversibles. Como cualquier otra forma de movimiento, la evolución puede tener regresiones locales en determinadas especies, que pueden llegar a desaparecer, pero no tiene ninguna clase de límites, es absoluta. Como diría Vernadsky, se expande, es ubicua, coloniza la biosfera, donde no hay regiones azoicas o desprovistas de alguna forma de vida. Su fuerza expansiva logra que se imponga en todas partes (461).

El movimiento de la materia viva o, lo que es lo mismo, la evolución, es direccional según expresión de Wiener (462). Los seres vivos no se pueden estudiar como elementos estáticos sino en su desarrollo y cambio permanente: «Cuando se quiere hacer algo en el campo de la ciencia teórica a un nivel que abarque el conjunto, no hay que considerar los fenómenos naturales como unas cantidades inmutables, como hacen la mayoría de las personas, sino considerarlos, al contrario, en su evolución, como susceptibles de modificación, de evolución, fluidos. Y todavía hoy es en Hegel donde esto se aprende con más facilidad» (463). Por ejemplo, una embarazada no puede exponerse a radiaciones que, aunque sean inocuas para ella, afectan al feto; luego una misma causa provoca efectos diferentes según la fase de desarrollo en que se encuentre el organismo. Otro ejemplo: las enfermedades tienen un origen muy diferente; unas son de origen predominantemente genético, otras son predominantemente ambientales. Pero, cualquiera que sea su origen, una enfermedad no afecta lo mismo a un niño que a un adulto. Así, se conocen unas 5.000 enfermedades catalogadas como genéticas, de las cuales sólo 1.600 se consideran causadas por un única secuencia de ADN. De éstas, en un 90 por ciento de los casos ese gen no afecta al portador, no se manfiesta en él como enfermedad. Por lo tanto, el genoma está muy lejos de tener el carácter ineluctable que le atribuyen; en consecuencia, además del gen serán necesarias otras circunstancias para que la patología se manifieste. La enfermedad denominada «corea de Huntington» («baile de San Vito») es de tipo monogénico pero sólo se manifiesta a partir de la edad madura del individuo. Además del gen, son necesarias otras explicaciones para saber por qué durante la juventud el paciente no experimenta la enfermedad. Para cubrir esas -y otras- lagunas apareció la epigenética a finales del siglo pasado. A su vez, esas lagunas son consecuencia de que cien años antes la embriología había sido liquidada de la biología para dejar sitio a un cierto tipo de genética, la teoría sintética, a pesar de que la embriología estuvo en el nacimientos mismo de la teoría de la evolución en Alemania hacia 1800. Afortundamente hoy ese interés ha retornado bajo la forma de «biología del desarrollo», acreditando que nada -y menos los fenómenos vitales- se puede analizar al margen de su incesante proceso de cambio y transformación.

Pero no es suficiente tener en cuenta el movimiento de los sistemas biológicos sino que, además, es también necesario conocer su forma, ya que la direccionalidad no supone un curso unilateral de los fenómenos. Sin embargo, bien por razones religiosas (un universo que empieza con la creación y acaba en el apocalipsis) o científicas (la geometría euclídea), la linealidad sigue muy arraigada. Nicolás de Cusa fue el primero en poner en primer plano la circularidad como descripción geométrica que expresa la forma de cambio de los fenómenos materiales (464). La tercera ley de la dialéctica, la negación de la negación, cierra los procesos materiales sobre sí mismos, expresa la importancia de las contradicciones internas, la acción de múltiples fuerzas, incluso divergentes.

Un ejemplo reciente de aquella clase de concepciones lineales y unilaterales está en los seguidores de Bergson, como Atlan o Prigogine, quienes defienden la irreversibilidad y la «flecha del tiempo». Para fundamentar su flecha, Prigogine recurre equivocadamente a la entropía, a la que también concede un valor ilimitado: «El único criterio general de irreversibilidad está dado por la producción de entropía» (465). Los fenómenos del universo son irreversibles pero no existe ninguna clase de flecha porque nunca están sometidos a una única fuerza sino a la acción de varias que, además, son contrarrestantes y cambiantes. La acción tiene su reacción, una fuerza que opera en el sentido contrario, siendo en algunos casos dominantes un tipo de fuerzas y en otros las opuestas. Prigogine también tiene criticar la hipótesis ergódica, el teorema de la recurrencia de Poincaré y cualquier teoría cíclica, es decir, no concibe que las situaciones puedan retornar a su punto de origen. A pesar de poner todo su énfasis en los procesos no lineales, Prigogine concluye con una errónea concepción lineal, uniforme y unilateral del tiempo. Sus tesis corren en paralelo con la teoría de la continuidad en biología. Se fundamentan en la extrapolación del segundo principio de la termodinámica, que es una ley local, sujeta a condiciones que no permiten su generalización. El tiempo es una forma de existencia de la materia de carácter universal. La irreversibilidad del tiempo y, por consiguiente, de los fenómenos materiales, que tiene un carácter absoluto, no se puede deducir de una ley relativa.

El movimiento de la materia -y por consiguiente el tiempo y la evolución orgánica- es una unidad de contrarios, a la vez reversible e irreversible, continuo y discontinuo. Que el tiempo sea irreversible no significa que no tenga un cáracter cíclico, o mejor dicho, espiral, es decir, que retorne a su punto de partida bajo condiciones modificadas. A la bajamar sucede la pleamar, a la noche el día y al invierno la primavera. Por un lado, los ciclos expresan la ley de la conservación de la materia y la energía según la cual el flujo de los elementos químicos es cerrado. La materia no se crea ni se destruye sino que se transforma. Los ciclos son cambiantes porque la materia, a la vez que se conserva, también se transforma y sólo se conserva transformándose, cambiando continuamente de estado, de composición o de forma. La retroalimentación expresa, por un lado, una dinámica de los fenómenos no lineal sino espiral y cambiante y, por el otro, que las causas y los fenómenos son intercambiables, que los efectos reaccionan sobre las causas, interaccionan con ellas, convirtiendo a los efectos en causas y a las causas en efectos.

La forma del movimiento de la materia viva no es diferente de la inerte, como lo prueba la existencia de los ritmos circadianos. La sangre circula permanentemente por el circuito de venas del cuerpo, regenerándose periódicamente algunos componentes y excretando a otros, como en el ciclo menstrual de las mujeres. En bioquímica el ciclo Krebs es buena prueba de esa forma cíclica de los fenómenos biológicos. Lo mismo cabe decir de los ciclos biogeoquímicos que describen los cambios de los elementos de la tabla periódica en la naturaleza. Por ejemplo, el carbono, que es el cuarto elemento químico más abundante en la parte conocida del universo, después del hidrógeno, el helio y el oxígeno. Constituye el pilar básico de la materia orgánica ya que integra todas las formas conocidas de vida. Todas las moléculas orgánicas (azúcares, grasas, proteínas y ácidos nucleicos) están formadas por átomos de carbono en un porcentaje promedio del 18 por ciento. Se conocen cerca de 10 millones de compuestos del carbono. Además de su forma orgánica, el carbono también está presente en la materia inorgánica, en las rocas, en la atmósfera y en el agua, porque los componentes de la materia orgánica son los mismos que los de la materia inorgánica. En forma de gas CO2 (dióxido de carbono o anhídrido carbónico), el carbono está presente en la atmósfera en una concentración de más del 0’03 por ciento. Además del carbono, en las moléculas orgánicas existen otros elementos químicos, pero lo que diferencia a la materia orgánica de la inorgánica no es su composición sino su compleja organización. La enorme variedad de moléculas que componen los seres vivos se debe a la fantástica capacidad de combinación del carbono con otros elementos químicos (hidrógeno, oxígeno, nitrógeno y otros). El carbono puede formar compuestos muy complejos y muy pesados gracias a diferentes combinaciones y enlaces de otros compuestos más simples. Por ejemplo, las moléculas de ADN de una célula humana miden aproximadamente dos metros a lo largo de los cuales se enlazan a unos tres billones de pequeñas unidades, cuyo tamaño es del orden de millonésimas de metro, que se van alternando siguiendo un determinado orden.

Precisamente por su circularidad, el movimiento de cualquier forma material es infinito, no se agota nunca. Las teorías lineales que predominan en las corrientes de la «ecología» anglosajona son, pues, infundadas. Todos los elementos químicos de la biosfera se están renovando y reciclando continuamente, pasando de unas compuestos a otros y de unos estados a otros. El ciclo del carbono consiste en su transformación de su forma inorgánica en inorgánica y a la inversa. Los vegetales verdes (aquellos que contienen clorofila) toman el anhídrido carbónico del aire y durante la fotosíntesis lo acumulan en los tejidos vegetales en forma de grasas, proteínas e hidratos de carbono y liberan oxígeno según la siguiente reacción que se produce en presencia de una fuente de energía luminosa y en la que la clorofila actúa como catalizador, según fue expuesta por Von Sachs en 1864:

CO2 + H2O ⟶ CH2O + O2

En términos más llanos, a partir del anhídrido carbónico y el agua, las plantas elaboran oxígeno y azúcares (glúcidos o hidratos de carbono). Como las plantas son, además, el material nutritivo de los animales herbívoros, los hidratos de carbono aportan energía a los hervívoros en forma de glucosa. El retorno del anhídrido carbónico a la atmósfera se hace cuando en la respiración los animales oxidan los alimentos produciendo anhídrido carbónico. En este ciclo cada año se consume y se renueva un cinco por ciento aproximadamente de las reservas de anhídrido carbónico de la atmósfera.

Los seres vivos acuáticos toman el anhídrido carbónico del agua. La solubilidad de este gas en el agua es muy superior a la del aire. Cuando los porcentajes contenidos en el aire superan a los existentes en los océanos, se forma ácido carbónico que ataca los silicatos que constituyen las rocas, dando lugar a los carbonatos y bicarbonatos que los peces absorben. Por eso el agua es uno de las reservas más importantes de carbono bajo la forma de sedimentos orgánicos que suponen más del 70 por ciento de los recursos de carbono existentes en la Tierra.

Una parte del carbono no retorna a la atmósfera sino que se transforma con la descomposición de la materia orgánica, creando sedimentos de pretróleo, gas y carbón. Tras la muerte de los animales, bacterias y otros organismos descomponen sus restos, cadáveres y excrementos. Una parte de esos restos se depositan en los sedimentos, donde se mineralizan. Por ejemplo, el carbón vegetal se produce por calentamiento en ausencia de aire (hasta temperaturas de 400 a 700 grados centígrados) de madera y otros residuos vegetales. Del modo parecido se forman otros depósitos de combustibles fósiles como petróleo y gas natural. El retorno a la atmósfera de los sedimentos inorgánicos se produce en las erupciones volcánicas tras la fusión de las rocas que los contienen o cuando se extrae artificialmente el carbón, el gas o el petróleo. La combustión de estos elementos devuelve de nuevo el anhídrido carbónico a la atmósfera.

Otros compuestos inorgánicos esenciales para la vida, como el nitrógeno o el agua, también describen ciclos similares. En estos procesos periódicos no intervienen fuerzas ajenas a la materia sino que se retroalimentan a sí mismos indefinidamente, poniendo de manifiesto que las causas se convierten en efectos y los efectos en causas. Son fenómenos a la vez reversibles e irreversibles. De ahí que afirmar que el origen de la vida radica en la materia inorgánica no puede tener nada de sorprendente porque es un fenómeno cotidiano que la naturaleza repite incansable: «Y así volvemos al modo de ver de los grandes fundadores de la filosofía griega, al concepto de que el conjunto de la naturaleza, desde el elemento más pequeño hasta el más grande, desde los granos de arena hasta los soles, desde los protistos hasta el hombre, tiene su existencia en un eterno devenir y extinguirse, en un flujo constante, en un interminable movimiento y cambio. Pero con la diferencia esencial de que lo que en el caso de los griegos era brillante intuición, en el nuestro es el resultado de una estricta investigación científica, en consonancia con la experiencia, y por lo tanto surge también en forma mucho más definida y clara. Es cierto que la prueba empírica de esa trayectoria cíclica no carece por completo de lagunas, pero son insignificantes en comparación con lo que ya se estableció con firmeza, y por otra parte se llenan cada vez más, con cada año que pasa» (466).

La biología en Rusia mantuvo su propia inercia, que ni la influencia de Engels ni la Revolución de 1917 pudieron contrarrestar de manera decisiva (467). El caso de Rusia, con algunos matices, no es diferente del de ningún otro país de la época. El elemento fundamental a tener en cuenta en la polémica que se iba a abrir inmediatamente es que no solamente no existió una «injerencia» del marxismo sobre la genética sino que el impacto fue en la dirección contraria, de la genética (y de las nuevas ciencias) sobre los postulados marxistas. Los nuevos descubrimientos y progresos, especialmente la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica, abrieron nuevos interrogantes dentro el marxismo como dentro de tantas otras corrientes ideológicas. A partir de esos interrogantes se desarrollaron concepciones divergentes, algunas de las cuales permanecieron dentro del marxismo y otras se escaparon fuera de él, colectiva o individualmente. Este fenómeno no sólo ocurrió en la URSS sino en todo el movimiento comunista internacional, especialmente en Gran Bretaña y Francia. Para quienes están apegados a los esquemas más simplones no deja de ser curioso constatar que mientras el mendelismo y la teoría sintética triunfaron plenamente en la República Democrática Alemana, encontraron una enorme resistencia en la URSS, a pesar de que ambos países se fundamentaban sobre los mismos principios socialistas.

Desde comienzos del siglo XX coexistían en Rusia cuatro corrientes dentro de la biología. La primera de ellas, de tipo simbiótico, era tradicional en la biología rusa, iniciándose con el discurso de K.F.Kessler en 1880, decano de la Facultad de San Petersburgo. Es una corriente más bien crítica hacia los discípulos de Darwin que hacia el naturalista británico en sí mismo. Fue una de tantas reacciones características de finales de siglo contra la reducción de la evolución a los fenómenos de «competencia» y «lucha por la existencia», en defensa de la incidencia biológica de otros, tales como la cooperación y la sociabilidad, tanto en animales como en seres humanos. En plena marejada darwinista, Engels ya había sostenido la validez científica de esta concepción. En 1875 en su carta a Piotr Lavrov, Engels le manifiesta su desacuerdo con la idea darwiniana de que la «lucha de todos contra todos» fue la primera fase de la evolución humana, sosteniendo que la sociabilidad instintiva «fue una de las palancas más esenciales del desarrollo del hombre a partir del mono». Al mismo tiempo y de forma paralela, en otra obra suya destacó el carácter predarwiniano de esta concepción, así como su unilateralidad: «Hasta Darwin, lo que subrayaban sus adictos actuales es precisamente el funcionamiento cooperativo armonioso de la naturaleza orgánica, la manera en que el reino vegetal da alimento y oxígeno a los animales, y éstos proveen a las plantas de abono, amoniaco y ácido carbónico. Apenas se reconoció a Darwin, ya esas mismas personas veían ‘lucha’ en todas partes. Ambas concepciones están justificadas dentro de límites estrechos, pero las dos tienen una igual característica de unilateralidad y prejuicio. La interacción de cuerpos en la naturaleza no viviente incluye a la vez la armonía y los choques; la de los cuerpos vivientes, la cooperación conciente e inconciente, así como la lucha conciente e inconciente. Por lo tanto, inclusive en lo que se refiere a la naturaleza, no es posible inscribir sólo, de manera unilateral, la ‘lucha’ en las banderas de uno. Pero es en absoluto pueril querer resumir la múltiple riqueza de la evolución y complejidad históricas en la magra frase unilateral de ‘lucha por la existencia’. Eso dice menos que nada» (468).

Las tesis de Kessler tuvieron el apoyo de biólogos evolucionistas rusos como N.A.Sivertsov, entre otros. En 1902 el conocido científico anarquista Pedro Kropotkin también acusó a ciertos sucesores de Darwin de despreciar la cooperación entre los organismos vivos para exagerar la importancia de la lucha por la existencia: «La sociabilidad es tanto una ley de la naturaleza como lo es la lucha mutua», defendió Kropotkin (469). Aunque en su momento el periódico Times ensalzó la obra como «posiblemente el libro más importante del año», Kropotkin estaba entonces en el exilio y su obra no tuvo distribución en el interior de la Rusia zarista a causa de la censura. Sin embargo, muy pocos años después el biólogo ruso Konstantin S. Mereshkovski (1855-1921) formalizó la teoría de la simbiogénesis que, como cualquier otra que no es de origen anglosajón, fue absolutamente ignorada, salvo para los biólogos marxistas (470) y, naturalmente, para biólogos soviéticos, como Andrei Faminstin. Otro de ellos, Kozo-Polianski, publicó En 1924 su obra «Bosquejo de una teoría de la simbiogénesis», en 1933 el también soviético Keller expuso la misma teoría, que también pasó completamente desapercibida (471), e incluso Lysenko se apoyó en ella, como veremos, para sostener alguna opinión suya. En las corrientes dominantes no fue tomada en consideración hasta 1966, cuando fue rescatada del olvido por la investigadora estadounidense Lynn Margulis, defensora de esta teoría simbiótica. Hasta esa fecha no tuvo ninguna influencia fuera de la URSS, quedando la obra de Kropotkin como una de esas exóticas incursiones de los políticos, en este caso anarquistas, en la ciencia, como si un anarquista no pudiera ser, a la vez, un extraordinario científico, como Kropotkin. Un ejemplo de ello es la referencia despectiva que le dirigió Morgan: «Los argumentos que empleó [Kropotkin] harían sonreir a la mayoría de los naturalistas y muchas de sus anécdotas deberían en realidad figurar en algún libro de cuentos para niños» (472). Ese es el estilo crítico con el que los mendelistas juzgan las opiniones que menosprecian, y el tiempo es tan cruel que mientras Kropotkin ha madurado, las tesis de Morgan parecen mucho más cerca de los cuentos infantiles.

La segunda corriente es la mendeliana que, a pesar de lo que sostiene Watson, estaba presente en Rusia antes de la revolución de 1917. Era autónoma y actóctona, por lo que las polémicas que se crearon luego en la URSS no fueron consecuencia de un supuesto rechazo hacia «las doctrinas occidentales», como asegura Watson sin ningún fundamento (473). Fue introducida en la Rusia prerrevolucionaria por N.K.Koltsov (1872-1940), un seguidor de la escuela alemana de Nägeli, Hertwig y Von Baer. De la embriología Koltsov pasó a la genética, organizando un Instituto de Biología Experimental en la Universidad de Moscú. El segundo puntal del mendelismo en la la URSS fue un colaborador suyo, el entomólogo S.S.Chetverikov (1880-1959), creador de la genética de poblaciones. Finalmente, la defensa del mendelismo en Petrogrado corrió a cargo de Yuri A.Filipchenko (1882-1930), que en 1919 fundó la primera cátedra de genética en la Universidad de la capital rusa (473b). Como en los demás países, los mendelistas soviéticos también trataron de promover políticas eugenésicas, para lo que fundaron en 1920 la Sociedad Eugenésica Rusa que difundía su propia revista y en la cual participaron, entre otros, el antropólogo V.V. Bunak, A.N. Abrikosov, G.I. Rossolimo y D.D. Pletnev. La Sociedad abrió sucursales en Leningrad, Kiev, Odessa y Saratov. Koltsov representaba a la URSS en el Commité Eugenésico Internacional. La Sociedad recopiló información del pedigrí familiar de escritores, artistas y científicos para estudiar la herencia del talento humano. Koltsov reunió los antecedentes familiares del novelista Máximo Gorky, del cantante F.I. Chaliapin, del poeta S. Esenin y de muchos otros. Fue una de las pocas experiencias de ese tipo que se conoció en la URSS (473c). De las aulas de Filipchenko salió uno de los creadores de la teoría sintética, Theodosius Dobzhansky (1900-1975), que estudió en la Universidad de Kiev, emigrando en 1927 a Estados Unidos, donde trabajó con Morgan, siendo el fundamento de su investigación la necesidad de conciliar el evolucionismo con la Biblia vaticana, un esfuerzo que compartió con su amigo, el paleontólogo y jesuita francés Teilhard de Chardin. En Estados Unidos Dobzhansky fue uno de los impulsores de la teoría sintética y, aunque había impartido clases a Lysenko, destacó por ser un antilysenkista feroz.

Una tercera corriente muy influyente de la biología soviética es la que encabeza Vladimir I.Vernadsky (1863-1945), un pionero de la ecología científica y, por consiguiente, radicalmente enfrentado a las corrientes micromeristas. Pero quizá no se deba afirmar que Vernadsky forma una corriente de la biología soviética sino más bien que su obra tiene un sello propio tan característico y tan poderoso a la vez que desde un principio, es decir, desde la publicación de su «Geoquímica» en 1924 y de su «Biosfera» en 1926, gravita sobre toda la biología soviética posterior. La complejidad del pensamiento de Vernadsky es tal que si bien pocos son los que, como él, subrayan la especificidad de la materia viva frente a la inerte, son aún menos los que aproximan las biología a la geofísica de una forma tan magistral como el soviético.

Una última corriente, representada por el botánico K.A.Timiriazev (1843-1920), es la que se denomina a sí misma como evolucionista y darwinista, aunque en sus concepciones es evidente la presencia también de Lamarck. Por consiguiente, el darwinismo existente en Rusia 1917 es el darwinismo de Darwin, no el neodarwinismo. Timiriazev fue un pionero del darwinismo en la Rusia zarista, un científico con un peso ideológico muy superior al que Thomas Huxley pudo tener en Inglaterra o Ernst Haeckel en Alemania, porque escribía para un público mucho más vasto: conferencias, artículos, libros de divulgación, etc. El darwinismo se conoció allá a través de sus obras más que los del propio Darwin. Pero Timiriazev no era un político burgués a la manera de Huxley o Haeckel, sino un demócrata revolucionario comprometido con la lucha contra el zarismo en su país. Su ascendente sobre los bolcheviques creció aún más después de la revolución de 1917, a cuya causa se sumó incondicionalmente, siendo quizá el científico más comprometido con el nuevo régimen. Recibió al mendelismo con una enorme hostilidad, escribiendo un folleto titulado «Repulsa de los mendelianos» en el que afirmaba que no sólo era una teoría errónea sino políticamente reaccionaria. Pero Timiriazev no confundió a los mendelianos con Mendel. De éste reconoció la validez de algunos de sus postulados. Su posicionamiento resultó decisivo; contribuyó a sostener en darwinismo en una etapa en la que éste había perdido la batalla frente a los mendelistas en los demás países.

Además de Timiriazev, las prácticas agrícolas de I.V.Michurin (1860-1935) corresponden también a la Rusia prerrevolucionaria y, aunque sus teorías son plenamente darwinistas, manifestó hacia el mendelismo idéntica opinión que la de Timiriazev. En base a sus décadas de experiencia, consideró que las leyes de Mendel no eran aplicables a la hibridación en frutales, ni anuales ni tampoco perennes: «Repito que sólo los ignorantes más completos de hibridación de árboles frutales pueden soñar con aplicarles las conclusiones obtenidas en las observaciones realizadas con guisantes» (474). Según Michurin, la segregación de caracteres que señaló Mendel también se aprecia en los frutales pero no de una manera completa porque «cada organismo se constituye con una mezcla de caracteres heredados, de los cuales sólo una parte proviene de sus progenitores y el resto de sus allegados», intervienendo también factores exógenos (475).

Otro de los impulsores del darwinismo en la URSS fue Alexander I.Oparin, que publicó en 1923 su trascendental obra «El origen de la vida» que, sin embargo, tampoco fue conocida en los países capitalistas hasta que en 1967 John D. Bernal lo incluyó como apéndice a su obra The physical basis of life (476). La influencia de estos y otros científicos fue determinante para que después de 1917 la corriente darwinista se abriera camino inicialmente, precisamente en un momento en que en todos los demás países estaba en retroceso ante el avance del mendelismo.

La asimilación del marxismo al darwinismo ha sido muy frecuente desde los mismos orígenes de ambas corrientes de pensamiento. En su obra «Anarquismo o socialismo», escrita en 1907, Stalin denunció las tergiversaciones de los seguidores caucasianos de Kropotkin, para quienes el marxismo se apoyaba en el darwinismo «sin espíritu crítico». Sin embargo, aquellas referencias de Stalin a Lamarck y Darwin eran muy someras y se utilizaban como ejemplo de la validez universal de la leyes de la dialéctica. Por lo demás, para Stalin, lo mismo que para Engels, no existía ninguna contradicción sustancial entre los postulados lamarckistas y los darwinistas, situando a ambos en el mismo plano, si bien el neolamarckismo había tomado el relevo del neodarwinismo. En cuanto al «espíritu crítico» del marxismo respecto al darwinismo, Stalin seguía el criterio de Engels, destacando tanto sus coincidencias como sus divergencias, en las que destaca que a los cambios graduales hay que sumar los saltos: «El darwinismo no sólo se aparta de los cataclismos de Couvier, sino también de la evolución dialéctica, que incluye la revolución; desde el punto de vista del método dialéctico, evolución y revolución, mutaciones cualitativas y cuantitativas son dos formas necesarias de un mismo movimiento» (478). Aunque en aquel momento la «Dialéctica de la naturaleza» no fuera conocida, las observaciones críticas expresadas en el «Anti-Dühring» eran muy relevantes. Engels defendió a Darwin de las críticas de Dühring pero, al mismo tiempo, era plenamente consciente de las limitaciones y del carácter unilateral de las explicaciones de aquel: «Yo acepto la teoría de la evolución de la doctrina de Darwin pero no acepto su método de demostración (struggle for life, natural selection) salvo como primera expresión, provisional e imperfecta, de una realidad recién descubierta». El británico, añade Engels en otra obra, habría puesto el acento en los efectos pero no en las causas de la selección natural. Además, «el hecho de que Darwin haya atribuido a su descubrimiento [la selección natural] un ámbito de eficacia excesivo, que le haya convertido en la palanca única de la alteración de las especies y de que haya descuidado las causas de las repetidas alteraciones individuales para atender sólo a la forma de su generalización, todo eso es un defecto que comparte con la mayoría de las personas que han conseguido un progreso real» (478b).

Aparentemente se habían formado dos posiciones contrapuestas. Incluso el soviético Stoletov resumía esas posiciones en el titular de su libro: «¿Mendel o Lysenko? Dos caminos en biología» (479). Pero no se puede resumir la polémica en dos posiciones. Hubo militantes del Partido bolchevique que defendieron el mendelismo, como los había que defendieron la posición contraria. Se dieron toda clase de combinaciones ideológicas y científicas imaginables que sorprenderían a quienes pretenden analizar la biología soviética con esquemas simples. Filipchenko no fue el único eugenista que hubo en la URSS en la década de los años veinte. Hubo eugenistas lo mismo que lamarckistas, y en ambas corrientes los hubo que se declaraban marxistas, lo mismo que antimarxistas. A causa de ello es difícil hablar de una influencia del marxismo sobre la ciencia en la URSS, cuando bajo el marxismo existían distintas corrientes en conflicto interno. Desde luego, la disputa no formó una alternativa entre Mendel y Lysenko. No sólo es muy difícil reducir la polémica soviética sobre la biología a dos polos encontrados sino que allá las expresiones también tenían otros significados, diferentes de los occidentales. Ni los mendelistas en la URSS defendían exactamente las mismas posiciones que los occidentales, ni tampoco los lamarckistas eran asimilables a los del otro lado del telón de acero. Los polemistas se lanzaron entre sí mutuas acusaciones porque los unos tergiversaban las posiciones de los otros. Hubo quien, aún declarándose michurinista, no secundaba las tesis de Lysenko, o no las secundaba en su integridad. También se dieron posiciones intermedias e intentos de síntesis a comienzos de los años veinte, como los ensayados por B.M.Zavadovski, quien consideraba compatible el lamarckismo con el mendelismo, aunque progresisvamente fue adoptando posturas cada vez más próximas a esta última corriente. Quienes más insistieron en la imposibilidad de encontrar puntos de unión entre ambas corrientes fueron mendelistas como A.S.Serebrovski, I.I.Agol y N.P. Dubinin. Otros intentos de síntesis, como los del embriólogo B.P.Tokin, afirmaban que ni el lamarckismo ni el mendelismo eran corrientes científicas y que el marxismo era ajeno a ellas, por lo que había que elaborar una nueva biología de conformidad con las concepciones del materialismo dialéctico.

A los amantes de los esquemas se les ampliaría notablemente su perspectiva si salieran de la URSS y analizaran la cuestión de Lysenko en relación con otros países. En los medios de la guerra sicológica de 1948, y aún hoy, es frecuente relacionar a Lysenko con el marxismo, de manera que la ridícula explicación que tratan de esbozar es que las aberraciones de Lysenko fueron posibles por el propio carácter aberrante del marxismo. De esa manera no se comprenden los motivos por los cuales en la República Democrática Alemana no se impuso nunca el lysenkismo, de modo que la genética dominante fue de tipo mendeliano, a pesar de que aquel país estaba dirigido por un conocido partido comunista cuyos principios ideológicos eran los mismos que el soviético. Si la vinculación del marxismo con el lysenkismo es tan estrecha como pretenden dar a entender, la pregunta es obvia: ¿No eran realmente comunistas los comunistas alemanes o no lo eran los soviéticos? Esta misma cuestión se puede ampliar fuera del telón de acero, a los partidos comunistas de occidente, dando por supuesto que todos ellos eran igualmente comunistas para no sorprender en el ridículo a los estrategas de la guerra fría. Entre los comunistas de fuera del telón de acero coexistieron (y discutieron y se enfrentaron) los lysenkistas con los mendelistas. Los amantes de los esquemas simples que pretenden asimilar el lysenkismo al lamarckismo también deberían explicar por qué razones, dentro y fuera de la URSS, existieron lamarckistas que criticaron a Lysenko.

La situación no se polarizó hasta una década después, tras la llegada al gobierno de Hitler en 1933: el eugenismo adquirió entonces una filiación reaccionaria mientras el lamarckismo fue la bandera de los progresistas. Muchos de aquellos debates son de un extraordinario valor y serán recuperados en su momento, cuando puedan ser leídos sin la carga emocional que hoy les envuelve. La riqueza de argumentos exhibidos elevó a gran altura la biología soviética, abriendo caminos novedosos, como la teoría del origen de la vida de Oparin, un reflejo del «desarrollo que habían alcanzado las ideas evolucionistas en Rusia. La biología soviética había heredado de los científicos prerrevolcionarios una corriente de pensamiento darwinista que se mantuvo vigente durante varias décadas y que llevó a la formación de grupos y escuelas que alcanzaron un refinamiento teórico sin igual», afirma Lazcano, quien concluye así: «Hacia 1939 hubiera sido difícil encontrar un país en el mundo en donde la teoría de la evolución estuviera más desarrollada o fuera mejor conocida que en la Unión Soviética» (480). No obstante, también se expusieron planteamientos simplemente ingenuos, como correspondía una sociedad joven, como la soviética. Por ejemplo, A.S.Serebrovski, un opositor de Lysenko, era un eugenista convencido, partidario de la fertilización artificial de las mujeres con un semen portador de las mejores cualidades. Llamaba «antropotecnia» a la eugenesia. Según él, esto permitiría cumplir los planes quinquenales en la mitad de tiempo.

A finales de la década de los veinte, bajo una apariencia darwinista, el mendelismo logró recuperar terreno dentro de la genética soviética. En 1927, durante el V Congreso Internacional de Genética celebrado en Berlín, Muller anunció su descubrimiento de las mutaciones inducidas por radiaciones. El 11 de setiembre de ese mismo año, Serebrovski publicaba en Pravda un artículo titulado «Cuatro páginas que estremecen al mundo científico». Supuso un vuelco desfavorable al lamarckismo. Un ejemplo característico de esa tendencia es el caso de V.L.Komarov, vicepresidente de la Academia de Ciencias, un biólogo que progresivamente fue pasando de sus iniciales simpatías lamarckistas hacia el mendelismo. Las nuevas corrientes sintéticas en la genética, con su aparente integración del darwinismo, se introdujeron con fuerza dentro de la URSS, del Partido bolchevique, de las universidades y los centros de investigación. Tras la muerte de Michurin en 1935 Lysenko pasó a encabezar las posiciones científicas antimendelistas, pero la correlación de fuerzas no tardó en cambiar. Aunque fue elegido presidente de la Academia Lenin de Ciencias Agrícolas en 1937, Lysenko empezaba a estar en minoría y no pudo tener los apoyos políticos y oficiales que la campaña quiere hacer creer: «En la época en que Lysenko presentaba su informe a la Academia de Ciencias, el ‘mendelismo-morganismo’ era ya una teoría ampliamente aceptada en la Unión Soviética, con destacados partidarios como Poliakov, Zavadovski y Dubinin, quienes difícilmente habrían reconocido el carácter ‘idealista’ o ‘reaccionario’ de la teoría cromosómica de la herencia. Sus protestas, desgraciadamente, sirvieron de muy poco» (481).

Es igualmente comprobable que ni todos los que defendían ni todos los que criticaban a Lysenko exponían los mismos argumentos. Por ejemplo, no es fácil compartir los motivos del británico George Bernard Shaw para defender a Lysenko, que se apoyaban en una vaga comprensión de los términos del debate. Shaw decía que frente al mecanicismo vulgar de la teoría sintética, Lysenko defendía una concepción integral de los organismos de la naturaleza como seres dotados de vida. En una carta publicada por el Saturday Review of Literature, el genetista Dunn, que había viajado por la Unión Soviética protestaba por la equiparación de todo el conjunto de la biología soviética con las tesis lysenkistas, que no representaban la doctrina «oficial» del país, poniendo un ejemplo odioso para comparar: no se puede juzgar a la biología soviética desde la óptica de Lysenko del mismo modo que no se puede juzgar a la biología estadounidense desde el punto de vista de los creacionistas. Lo mismo expuso el británico Eric Ashby en 1945. También había viajado por la URSS, donde estuvo una larga temporada, publicando a su regreso varios libros sobre la situación de las ciencias soviéticas, su organización académica y científica y sus métodos de investigación. Ashby apreció que en la URSS concurrían diversas corrientes científicas, desde aquellas que manifestaban cierto rechazo hacia la investigación occidental hasta otras que seguían los mismos derroteros que ella. No obstante, considera que, en general, la ciencia soviética era equiparable a la occidental y no parecía estar influida por la filosofía marxista «en absoluto» (482).

A mi juicio el núcleo de la postura de Lysenko no es positiva sino negativa y está constituida por su rechazo a las teorías sintéticas que defendían un mecanismo unilateral por el cual la herencia determina la constitución de los organismos vivos, y si hay que indicar un rasgo positivo fundamental de su pensamiento no es el de ambiente sino el de desarrollo. En muchos aspectos su concepción es similar a la de Conrad H.Waddington (1905-1975) que, no por casualidad, fue entonces equiparado a Lysenko e incluido en el índice de los malditos de la biología (483). Frente a la escisión entre genotipo y fenotipo, Waddington propuso el término epigénesis, referido al proceso de desarrollo de los organismos, ontogénesis, de los que se había olvidado la genética formalista. Waddington habló de una «asimilación genética», considerando que los organismos eran capaces de reaccionar a las presiones del entorno modificando su comportamiento, e incluso su estructura. Para Waddington, la capacidad de reacción no era pasiva sino activa y estaba dirigida por los genes. Por medio de la asimilación genética, un tejido convierte un estímulo externo (ambiental) en otro interno (génico) de modo que se vuelve independiente del inductor ambiental. Otro biólogo maldito de la misma época, Richard Goldschmidt (1878-1958), sugirió que la información contenida en el fenotipo, adquirida a lo largo de la vida, se integraba en el genotipo en determinadas condiciones, fijándose en el genoma (fenocopia) y transmitiéndose así a las generaciones sucesivas.

Mantengo dudas, que no estoy en condiciones de resolver ahora, acerca de si la crítica de los lysenkistas fue, al mismo tiempo, capaz de asimilar la médula racional de la genética formalista o si, por el contrario, adoptaron la misma posición errónea que éstos, un rechazo en bloque de las concepciones opuestas. La propaganda burguesa sostiene que existió un repudio total de las concepciones genetistas a causa de su naturaleza idealista. Esta ridícula línea argumental conduciría al absurdo de proceder de idéntica manera con Kant o con Hegel y reprobar, por ejemplo, la dialéctica a causa de su origen idealista. El criterio de Marx y Engels fue otro. Consistió en criticar aquellas concepciones que fueran falsas o erróneas y, por el contrario, incorporar al acerbo científico aquellas nociones certeras, cualquiera que fuese su origen. Pero por encima de todo ello, considero esencial que gracias a la firmeza que demostró en la defensa de sus postulados (otros dirían dogmatismo, fanatismo, intolerancia), la URSS fue uno de los pocos países del mundo en los que pudo contrarrestarse la influencia de la teoría sintética. A causa de ello la propaganda imperialista lanzó en la posguerra su ofensiva de acusaciones falsas en su contra según la cual sus tesis habían conducido a la prohibición de la genética, al cierre de los laboratorios y el encarcelamiento de los biólogos opuestos a sus tesis.

Vamos a comprobar la falsedad de esta campaña.

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