Ni evolucionistas ni socialistas

En el siglo XVIII la medicina hipocrática condujo al auge del ambientalismo, que tuvo un enorme arraigo, alcanzado su máxima expresión en la obra de Montesquieu. El medio externo, y el clima en especial, no sólo determinaba el estado de salud sino también el carácter mismo de la civilización, su cultura y sus instituciones. El romanticismo fue una de las múltiples expresiones de aquellas concepciones ambientalistas, localistas y, en definitiva, nacionalistas. El modo de vida de cada pueblo dependía del clima, se adaptaba estrechamente a la topología. Las diferencias geofísicas explican la diversidad biológica y social (165). Para una ciencia que estaba en sus inicios era inevitable, pues, empezar poniendo el énfasis en el ambiente exterior, e incluso identificar esa concepción con el fundador de la misma, Lamarck. Pero a lo largo del siglo las alusiones ambientalistas van a ser erradicadas, saliendo despedidos de la biología aquellos científicos a quien imputaron su introducción en la biología, especialmente Lamarck. Me resulta imposible descifrar -ni siquiera imaginar- los motivos por los que el ambientalismo se imputó a Lamarck y no a Comte. Quizá ello sea achacable a que muy pronto, a partir de la revolución de 1848, el positivismo iba a tener un peso decisivo, hasta el punto de identificarse con la ciencia y, por tanto, había que poner a Comte más allá de cualquier crítica y seleccionar a Lamarck como cabeza de turco, en donde Lamarck no es en realidad el propio Lamarck sino una reconstrucción artificiosa de su pensamiento, identificado primero con la generación espontánea y luego con la herencia de los caracteres adquiridos.

En cualquier caso, esa mixtificación es equiparable a las demás que se produjeron a finales del siglo XIX, ninguna de las cuales tuvieron -como expondré luego- carácter científico alguno, abriendo una etapa de la biología repleta de paradojas y contradicciones que aún no han sido ni siquiera despejadas. La teoría sintética ha convertido a la biología en una ciencia incoherente, sin principios generales, en donde las explicaciones de determinados fenómenos evolutivos no sirven para otro tipo de fenómenos parecidos o se contradicen con ellos. Así, por ejemplo, la ecología o la microbiología tienen muy poco que ver con la genética. Es una gran incongruencia de algunos partidarios de la teoría sintética que, por un lado, rechazan la influencia de los factores ambientales en la evolución de las especies y, por el otro, recurren a las catástrofes geológicas cuando sus postulados se encuentran ante un callejón sin salida. Como antes le ocurrió a la sicología, la ecología crecerá como una disciplina independiente de la biología, ambas mal articuladas entre sí y, por consiguiente, sosteniendo tesis contradictorias. Por ejemplo, la edición digital de 5 de octubre de 2009 de la revista Proceedings of the National Academy of Sciences tituló así un artículo de dos investigadores de la Universidad de Kansas: «Un cambio climático pasado provocó el enanismo de las lombrices de tierra y otros pobladores del suelo». Del mismo modo en los manuales de ecología es posible leer afirmaciones tales como que la «tensión ambiental» produce nuevas especies y que el hombre es «producto» de las glaciaciones (166). Si los ciclos climáticos no han podido influenciar la evolución, como sostiene la teoría sintética, no tienen sentido esas continuas alusiones de los paleontólogos a las glaciaciones que ha experimentado el planeta. Cuando el planteamiento pasa de la ecología a la microbiología se obtiene la misma conclusión. Aunque lo intentó, la teoría sintética nunca tuvo buena sintonía en el universo de las bacterias y los virus, de manera que muy pronto tuvo que salir por la puerta de atrás. En las obras de microbiología es muy frecuente encontrar explicaciones abiertamente lamarckistas que en otro contexto serían inaceptables. Se pueden leer argumentaciones como las siguientes:

El mundo de las bacterias en cualquier estadio de la historia del planeta ha estado condicionado por el estado de su hábitat. Si éste ha sido estable, su población microbiana habrá permanecido estable; si ha sido cambiante, su población bacteriana habrá cambiado con él.

De ahí también se sigue que las bacterias que viven en asociación con organismos superiores, como E.coli en nuestro intestino, o las bacterias fermentadoras que viven en el rumen del ganado, o las que habitan en los nódulos radiculares de las plantas, habrán evolucionado junto con sus patrones, en las direcciones determinadas por éstos. Incluso la evolución de los patógenos, que perjudican a sus patrones, se habrá visto muy influida por éstos (166b).

No sólo las bacterias sino todos los seres vivos forman una unidad estrecha con su medio, con el que interactúan permanentemente. Si las funciones fisiológicas dependieran de componentes internos (génicos) que son inmutables, es difícil explicar por qué los órganos de los sentidos están en fase con los factores ambientales, por qué el ojo humano es más sensible a las radiaciones que están en el espectro de los 400 a los 800 nanometros de longitud de onda, que es la que llega hasta la superficie del planeta. Los manuales de biología y genética de los mendelistas siguen de espaldas a la realidad sin aludir para nada a ningún factor ambiental. En ellos apenas encontramos algo más que las famosas «mutaciones al azar», siempre referidas al genoma. Pese a ello, los mendelistas nunca lograron erradicar al ambiente de la biología sino que las referencias a su influjo se utilizaron de una manera oportunista. En el caso de los dinosaurios, los meteoritos no explican su vida pero sí su muerte, si bien a fin de mantener la validez de los postulados antiambientalistas es imprescindible, a su vez, sacar a la muerte (a las extinciones y a la enfermedad) de la biología y llevarlos a los estudios de medicina.

En el nacimiento de la teoría de la evolución en 1800 las referencias a las circunstancias, al medio y al entorno eran tan ambiguas como cualesquiera otras utilizadas en la biología (y en la sociología), pero no son suficientes para explicar el repudio que empezaron a desencadenar en un determinado momento del siglo. Nos encontramos ante un caso único en la ciencia cuya explicación merecería reflexiones muchísimo más profundas del cúmulo de las que se han venido exponiendo durante cien años. Lamarck ya era un personaje discutido en su época. La elaboración de su monumental obra botánica «Flora francesa» le había granjeado una merecida admiración, pero su posterior «Metereología» le hundió en el descrédito y fue acusado de charlatán. Una anécdota ilustra esa dicotomía. Al año siguiente de publicar «Filosofía zoológica» le entregó un ejemplar a Napoléon durante una recepción oficial quien, sin conocer su contenido, le dijo que le admitía el libro por consideración hacia su pelo canoso, exponiéndole brutalmente su escepticismo: esa obra, ¿era del estilo de la «Metereología» o de la «Flora francesa»? Escriba Usted sobre historia natural y aceptaré sus obras con agrado, le recomendó Napoleón (166c). El estadista corso protegió con esmero a los científicos franceses, y muy especialmente a los naturalistas. Fue muy cercano a Cuvier, Geoffroy Saint-Hilaire y Lacépède. Lamarck nunca estuvo en ninguno de esos círculos de elegidos.

Los motivos del funeral de Lamarck no son científicos sino políticos. Además del estado inicial de la biología, también concurrieron factores de otro tipo (ideológicos, políticos, económicos) que explican el visceral rechazo de la figura y la obra del naturalista francés. Bajo una débil cobertura deísta, la obra de Lamarck es un choque directo con cualquier forma religiosa, una propuesta abiertamente anti-creacionista y atea, en un momento en el que, consolidada la revolución burguesa, Napoleón buscaba un acuerdo con el Vaticano que se consagró con la firma del Concordato de 1801, una sutil operación política que selló un tipo de fundamento ideológico para su Imperio, muy distinto del escabroso enciclopedismo que había propiciado la revolución, la república y el terror. Ahora bien, ese retorno parcial al catolicismo fue compatible con la presencia de un protestante como Cuvier en los más altos cargos educativos, una especie bisagra que convenía a ambos poderes: a Napoleón porque marcaba una frontera a las concesiones ideológicas que el Estado podía admitir y al Vaticano porque era el más indicado en aquel momento para contener la difusión de teorías del estilo de la generación espontánea. Como cualquier otro funcionario público, desde 1801 los sacerdotes católicos también recibirían su sueldo del Estado, las propiedades de la Iglesia debían ser respetadas, el Estado participaría en el nombramiento de los obispos, etc. El Vaticano necesitaba recuperar una parte al menos de su secular dominio ideológico, uno de cuyos dogmas, el creacionismo, chocaba frontalmente con la teoría de la generación espontánea. «Quien no cree en la generación espontánea, cree en los milagros», escribía Jules Soury (167). En sus manuscritos de 1844 Marx empleaba la tesis de la generación espontánea para la crítica de la religión, que entonces constituía uno de los elementos fundamentales en la elaboración de su propio pensamiento. Se remonta a Aristóteles para afirmar que el hombre debe al hombre su existencia, y no a dios. La generatio aequivoca, concluye Marx, es «la única refutación práctica de la teoría de la creación» (167b). Estas y otras parecidas eran el tipo de concepciones a erradicar en aquel momento, especialmente tras la sacudida continental de 1848. Mediante concesiones a la Iglesia en materia de enseñanza, el Imperio napoleónico se ayudaba a sí mismo, consolidaba su propia estabilidad interna, impedía el retorno a 1789. Fuera de Francia, los demás Estados europeos, a medida que rehuían el enciclopedismo se arrojaban en los brazos del Vaticano con más ímpetu aún, si cabe.

El transformismo de Lamarck estaba de tal manera encadenado a la teoría de la generación espontánea que rompía el monopolio ideológico que la Sante Sede pretendía preservar en el mundo entero y, singularmente, en una Francia carcomida por el culto a la razón, donde la jerarquía católica estaba vinculada a los sectores más reaccionarios partidarios del Antiguo Régimen, mientras los republicanos -la extrema izquierda de la época- eran las fuerzas sociales que tomaron el transformismo de Lamarck como un ariete en la lucha contra aquel contra-ataque de la reacción. Fue el comienzo de una de aquellas características batallas políticas entre la ciencia y la religión que estallaron en el siglo XIX. Si la reacción católica se mantuvo en el creacionismo, los demócratas se pasaron al ateísmo: dios no existía porque los seres vivos no los había creado nadie, sino que eran una transformación de la propia naturaleza. Cuando la revolución burguesa se consolidó, había que olvidar el terror que la había consolidado junto con aquellas fuerzas ideológicas que lo habían promovido. En fin, una criatura de la república como Napoleón prefirió apoyarse en los católicos que en los republicanos, en un hugonote como Cuvier antes que el ateísmo encubierto de Lamarck (167c). No había nada más anti-evolucionista que aquel Imperio francés en el que los hijos renegaban de sus padres, es decir, de su mismo origen. En el peor momento posible Lamarck, sus teorías y sus seguidores, se convirtieron en el estandarte del ateísmo y el republicanismo, especialmente en Francia y Estados Unidos (167d).

Lamarck y Lysenko son dos personalidades científicas vilipendiadas y ridiculizadas aún hoy en los medios científicos dominantes por los mismos motivos: porque defienden la misma teoría de la heredabilidad de los caracteres adquiridos. Pero hay algo más importante que une a Lysenko con Lamarck: si aquel defendió la revolución rusa, éste defendió la revolución francesa y la reacción burguesa es rencorosa, no olvida estas cosas fácilmente: «No sorprende que el pensamiento lamarckiano haya influido sobre los pensadores revolucionarios franceses y tampoco que haya sido la doctrina oficial de Rusia en la época (aproximadamente 1937-1964) en que la ciencia agrícola estuvo dominada por las opiniones de Trofim Denisovich Lysenko y los genetistas mendelianos se encontraban en desgracia por creer en la desigualdad genética de los hombres» (168). Los revolucionarios como Lamarck creen en la igualdad de todos los hombres; por eso murió en la miseria, ciego, abandonado por todos y sus restos han desaparecido porque fueron arrojados a una fosa común, mientras los de Darwin yacen en el centro mismo de Londres, en la abadía de Westminster, junto a los de Newton. Quizá porque en 1794 Lamarck se negó a dedicar su obra «Investigación sobre los nuevos hechos físicos» al monarca sino a Marat (169), aunque es difícil apreciar a qué Marat iba destinada: ¿al «amigo del pueblo» y revolucionario?, ¿al científico y traductor de la «Óptica» de Newton al francés? ¿a ambos?

Por ese motivo, lo mismo que Lysenko, Lamarck es otra figura denostada y arrinconada en el baúl polvoriento de la historia científica. Es muy extraño porque es realmente difícil encontrar una rama del saber cuyo origen deba tanto a un solo científico, como la biología evolucionista debe a Lamarck. Me parece muy pertinente la valoración que realizó Gould de la obra del naturalista francés: «Una idea tan difusa y amplia como la de evolución no puede reclamar un único iniciador o punto de partida [...] Pero Lamarck ocupa un lugar especial por ser el primero en trascender la nota a pie de página, el comentario periférico y el compromiso parcial, y en formular un teoría de la evolución consistente y completa: en palabras de Corsi, ‘la primera gran síntesis evolucionista de la biología moderna’» (169b). Naturalmente que el olvido del naturalista francés no se puede atribuir a la ignorancia porque incluso la ignorancia -que abunda- no es aquí casual sino plenamente deliberada, es decir, que se trata de un caso claro de censura académica. Por ejemplo, en castellano de toda la obra de Lamarck sólo se ha traducido la «Filosofía zoológica», una tarea que se llevó a cabo hace ya cien años para conmemorar el centenario de su publicación. No hay traducciones de otras obras y, naturalmente, Lysenko ni existe, ni Béchamp, ni Lucien Daniel, ni muchos otros. La historia de la biología es un iceberg que oculta mucho más de lo que enseña.

El tamaño, el espacio que ocupan los grandes pensadores en la historia, es importante. Por lo tanto también debería serlo en los manuales que exponen esa historia. La distribución del espacio dedicado a las distintas aportaciones de los científicos a una tarea común contribuye a medir y, por tanto a comparar, a unos y otros, incluso con independencia del acierto de sus concepciones. Sin embargo, en una obra de referencia, como la historia de la «biología» que escribió Mayr, las referencias a Lamarck no alcanzan ni el dos por ciento de las páginas del texto. La obra de Bowler apenas dedica a Lamarck un par de páginas de un total de 400, es decir, un 0,5 por ciento, que si cuantitativamente es insignificante, cualitativamente es un resumen tópico y falso, es decir, que hubiera sido preferible que se abstuviera de cualquier comentario (169c). En cualquier otro campo del saber, ese porcentaje daría a entender que se trata de un autor marginal. El naturalista francés no fue el primero en establecer la evolución de los seres vivos y, por consiguiente, en romper con la inercia de un pensamiento milenario, sino que ha quedado como un precedente anecdótico de esa evolución, o incluso de Darwin. También es significativo que cuando algunos ensayos critican a Lamarck o Lysenko, no aparecen citas textuales sino vagas referencias, tópicos y lugares comunes que se vierten en la medida en que se necesitan y en la forma en que se necesitan. Lamarck marcó una pauta a la que seguiría Lysenko y otros científicos marginados: la «crítica» es tanto más estridente cuanto más desconocido es aquello que se «critica». Para poder divulgar tan infundadas «críticas» hay que obstaculizar el acceso directo a las fuentes originales. Es la mejor forma de preservar el engaño. En 2009 se conmemoró el 150 aniversario de la publicación de «El origen de las especies» sin una sola mención al 200 aniversario de la «Filosofía zoológica», lo cual es bastante más significativo que un simple descuido.

La biografía de Lamarck es tan sorprendente -por lo menos- como su obra. La revolución francesa había aupado a los científicos a las más altas cumbres de la gloria política como nunca se había visto anteriormente. Fueron adulados, agasajados y recompensados en vida con cargos de responsabilidad, sueldos elevados y menciones honoríficas, tanto durante la monarquía, como durante la república, el consulado y todas las formas de gobierno que se fueron sucediendo posteriormente. A golpe de decreto Napoleón, y luego la Restauración, convirtieron a los científicos en nobles, entre ellos a Lagrange, Laplace, Cuvier, Berthollet, Monge, Chaptal, Fourcroy y Lacépède, y a cada uno de los títulos le acompañaba el cargo de senador imperial y una importante dotación económica. Lamarck no estaba entre ellos. Científicos como Laplace, Lamarck o Cuvier mueren aproximadamente en las mismas fechas, coincidiendo con la revolución de julio de 1830 que inició en Francia el reinado de Luis Felipe de Orleans. Todos ellos, excepto Lamarck, estaban entonces en la cúspide de su gloria, disfrutando de innumerables prebendas. Sorprendentemente, después de dos siglos la situación no ha cambiado; Lamarck sigue siendo un autor más denostado que leído que siempre aparece aislado, como una curiosidad de la historia de la biología. A diferencia de Darwin, no tuvo defensores acérrimos como Huxley o Haeckel pero sí tuvo poderosos detractores, tanto en la política como en la ciencia, que son mucho más loados que él, como Virchow o Cuvier. Aunque ambos habían trabajado juntos, Cuvier era una generación más joven que Lamarck: sólo tenía 20 años cuando estalló la revolución. En absoluto se le puede considerar como un partidario del Antiguo Régimen. En su correspondencia privada, siempre indiscreta, manifiesta sus simpatía y no rehúye la guerra civil entre franceses si fuera necesaria para «regenerar» al país. Sin la revolución nunca hubiera trepado tan alto y tan rápido. Fue robespierrista cuando fue necesario (170), pero era un hombre tan apegado al terreno que, como los ríos, sigue las vicisitudes propias del momento, sin miedo a desmentir sus orígenes. Cuando en 1829 muere Lamarck, la revolución cumplía tres décadas y no era la que fue. Cuvier tampoco era el que fue. Su carrera nunca se sustentó en sus publicaciones científicas, cualquiera que fuera el mérito de las mismas, sino en nombramientos, cargos y responsabilidades docentes. A diferencia de Napoleón, Cuvier sí conocía el alcance del transformismo de Lamarck, de manera que cuando le encargan leer el discurso funerario de éste, lo que prepara es una diatriba en toda regla contra su viejo amigo y colega, «un panfleto tan magistral como repugnante», en palabras de Gould (170b). Afortunadamente Geoffroy Saint-Hilaire logró impedir a última hora tamaño despropósito. Sin embargo, no pudo impedir que en lo sucesivo Lamarck fuera olvidado junto con sus últimos restos.

El mismo Geoffroy Saint-Hilaire se vio obligado a mantener con Cuvier una agria polémica al año siguiente. En aquella época, cuando aún el positivismo anodino no había triunfado, estallaban grandes polémicas científicas que eran seguidas apasionadamente por numerosos lectores, aficionados y autodidactas. La de 1830 entre Geoffroy Saint-Hilaire y Cuvier sólo se apagó por la muerte de éste dos años después y, pese a su interés, apenas ha vuelto a ser recordada. Fue una controversia a la vez científica, social, política y religiosa que, con otros términos, sigue siendo de actualidad. Se resume en el planteamiento que procedía de Lamarck: mientras para Geoffroy Saint-Hilaire la función determina el órgano, Cuvier sostenía lo contrario. Siguiendo a Buffon, Geoffroy Saint-Hilaire defendía que en la naturaleza existía una unidad de plan que él consideraba manifiesta por los hallazgos de anatomía comparada que encontraba entre animales muy separados filogenéticamente. Apoyándose en esas similitudes anatómicas, Geoffroy Saint-Hilaire planteó numerosas hipótesis que Cuvier y el naciente positivismo se tomaron con desconfianza. Esas homologías, sostenía Geoffroy Saint-Hilaire, conducían a suponer que el origen de las especies estaba en un mismo antecedente, a partir del cual se generó la diversidad de materia viva que observamos en la naturaleza. La semejanza anatómica conducía a una filiación común, a partir de la cual, las diferentes condiciones ambientales externas habían diversificado las especies por influjo directo. Curiosamente, aunque en la polémica Von Baer apoyó explícitamente a Cuvier (170c), Geoffroy Saint-Hilaire proponía un mecanismo epigenético de la evolución y diversificación de las especies partiendo de un ancestro común que operaba mediante imperceptibles cambios cuantitativos y graduales, es decir, que era contrario al preformismo (171).

Cuvier también estaba interesado por la anatomía comparada, una disciplina de la que -erróneamente- ha pasado a ser considerado como el fundador. No obstante, en todos los sentidos, con los mismos datos, su posición era la opuesta a Geoffroy Saint-Hilaire. Cuvier reconocía la homología que, sin embargo, interpretaba de una manera puramente funcional, y no morfológica como Geoffroy Saint-Hilaire. Donde éste era evolucionista, Cuvier era fijista; donde era epigenetista, Cuvier era preformista; donde defendía los cambios graduales, Cuvier defendía las catástrofes y alteraciones repentinas. El pasado no era la materia prima del presente, no se transforma en presente sino que había desaparecido antes de la creación del presente. El tiempo rompe su sucesión temporal, el presente no es consecuencia de un cambio proveniente del pasado. Una nueva creación sólo es posible gracias a una extinción previa. El motivo que aduce Cuvier para oponerse al transformismo es claro: si las especies existentes hubieran surgido de las extintas, también deberían aparecer las intermedias; sin formas intermedias no hay evolución. Por consiguiente, las especies desaparecidas eran tan inmutables como las presentes y desaparecen sin dejar rastro. En ese tipo de explicaciones, puramente discontinuas, no tiene cabida ni la herencia de los caracteres adquiridos y ni ninguna teoría biológica basada en el transformismo; no hay más que creaciones y extinciones. El preformismo de Cuvier y su positivismo estrecho prefiguraban el futuro de la biología. Lo mismo en 1830 que en 1900 bajo las catástrofes, extinciones y mutaciones lo que se ocultaban eran concepciones antievolucionistas, como las de Cuvier, De Vries o Bateson.

Nunca existió una autopsia que diagnosticara cuáles eran las causas de la muerte científica de Lamarck. El naturalista francés ni siquiera era digno de una crítica porque la crítica mantiene vivo el pensamiento del autor; el de Lamarck era mejor olvidarlo. Las exequias científicas del francés las llevaron a cabo políticos y no científicos, por más que sus sepultureros ostentaran reputados diplomas. Además de científico, Virchow fue un conocido político cuya biografía llenó la segunda mitad del siglo XIX en Alemania. Después de participar en las barricadas durante la revolución de 1848, fue uno de los fundadores del partido progresista en 1861 y concejal del Ayuntamiento de Berlín desde esa fecha hasta 1902. También fue diputado del Reichstag hasta 1893, teniendo un ruidoso incidente con el canciller Bismark, que le retó a duelo en 1865. Lo mismo que Virchow, en Francia Cuvier (1769-1832) sólo fue científico durante su juventud; el resto de su vida la dedicó al ejercicio profesional de la política, con una especial capacidad para influir sobre los planes de educación, las inversiones en instituciones científicas, la financiación de determinadas revistas, etc. A partir de 1795 el general Walther impulsó la carrera política de Cuvier en París, que hacia 1816 le absorbía ya casi completamente. Fue un político muy influyente en la corte de Carlos X, de la que llegó a ser miembro del Consejo de Estado. Se convirtió en un redactor de prólogos y libros de sobremesa. Ambos, Virchow en Alemania y Cuvier en Francia, eran antievolucionistas y esas concepciones fueron las que promocionaron desde los cargos de responsabilidad que ocuparon. Cuando en 1856 aparecieron en Alemania los primeros fósiles de neandertal, Virchow negó que se tratara de un antecedente humano: era un hombre pero deforme, un monstruo, una tesis que mantuvo hasta su muerte, a pesar de que los hallazgos se fueron repitiendo (172). Haeckel escribió una obra en defensa del evolucionismo que, simultáneamente, es un ataque directamente dirigido contra Virchow (172b). Por su parte, a Cuvier le corresponde una frase célebre de las que deben pasar a la historia de los disparates científicos: «El hombre fósil no existe» (172c). A pesar de ello, Cuvier está considerado como uno de los fundadores de la paleontología, mientras que Lamarck es ajeno por completo a ella. Lamarck fue enterrado muy pronto porque era la única manera de enterrar el evolucionismo.

Sin embargo, parece evidente concluir que el ostracismo de Lamarck -y de las primeras concepciones evolucionistas- no se puede atribuir exclusivamente a la labor de Cuvier sino a un cúmulo de factores de todo tipo, ajenos a la ciencia misma, que están en la sociología, la economía, la política y la cultura, en general, así como en los derroteros que fueron experimentando a lo largo del siglo. Por ejemplo, no cabe duda de que el pensamiento lamarckista chocó frontalmente con la ideología positivista dominante desde mediados de siglo. Lamarck era un teórico de la biología en un momento en el que las corrientes científicas dominantes repudiaban las teorías, las leyes y los postulados generales, reclamando hechos, experimentos o investigaciones de campo. Si por algo destaca la obra de Lamarck es por su audacia, su capacidad de aventurar profundas generalizaciones con muy pocos hechos sobre los que apoyarse, e incluso sobre ninguno. Muy pronto a los coleccionistas de hechos debió parecerles que su profunda reflexión estaba anticuada, que pertenecía a otro siglo.

Una buena explicación del ostracismo de Lamarck -cuya existencia desconozco- redundaría en una mejor comprensión del éxito inmediato de Darwin, del traslado del evolucionismo fuera de Francia, a Gran Bretaña y Alemania, así como del nuevo sesgo ideológico y cultural que eso supuso para la biología. El 1814 París era la capital de la biología, «la meca de los naturalistas», la llama Bowler (173). El evolucionismo también tuvo su propio Waterloo. Renunciando a Lamarck Francia renunció a desempeñar un papel cabecero en biología y en la cultura europea ilustrada, en general. Francia también dejó que los británicos escribieran la historia de la biología que ha sido, es y seguirá siendo la historia de la biología y de los biólogos anglosajones mientras sean ellos quienes tengan la hegemonía en el mundo. Después de Waterloo la burguesía inglesa estaba en una situación política que le permitía poner al evolucionismo en el centro de la ciencia, tanto en su país como en el mundo entero. Ahora bien, la burguesía inglesa, que había realizado su propia revolución un siglo y medio antes, de una manera bien diferente, también necesitó su propio proceso de digestión del evolucionismo. Tres figuras científicas de primera línea marcaron los límites en los que la teoría podía resultar admisible. El primero lo colocó Godwin en su polémica con Malthus. El segundo Robert E. Grant (1793-1874), el lamarckista que enseñó a Darwin lo que significaba realmente el evolucionismo y de quien éste se tuvo que desmarcar posteriormente para no ser confundido con un despreciable enciclopedista francés; en palabras de T.H.Huxley, el evolucionismo debía huir del materialismo. El tercero era el médico evolucionista Henry Charlton Bastian (1837-1915) o, lo que es lo mismo, la generación espontánea. Así lo expresaba un darwinista, Henry Lawson, en un editorial del semanario Scientific Opinion publicado el 28 de abril de 1869:

A nosotros nos parece un poco extraño que muchos de los más feroces opositores de la generación espontánea implícitamente sean, sin embargo, los mayores creyentes en la ley de la selección natural y, de hecho, en los principios generales de la evolución [...] Simplemente, a priori no podemos entender que los discípulos darwinianos puedan rechazar la heterogenia.

El evolucionismo era admisible si quedaba ceñido a la selección natural, lo cual supuso que, como movimiento, se escindiera internamente. Huxley, a quien los libros de divulgación presentan como el perro faldero de Darwin, su más fiel defensor, fue el primero que en 1870 se apartó de su maestro, separando lo que hasta la fecha formaba una unidad, la evolución y la generación espontánea. Dada su prevalente posición en los círculos cientificos británicos, Huxley lo transmitió así al resto del mundo. Su polémica contra Bastian lo demuestra. Bastian fue uno de los primeros y más consecuentes evolucionistas británicos, habiendo defendido la teoría de la generación espontánea hasta su muerte, lo que, igual que a Lamarck, le ha llevado al ostracismo más absoluto. Huxley y el Club X se preocuparon muy pronto por desmarcar al darwinismo del materialismo ilustrado francés, del que Bastian era un representante en las Islas. Los procedimientos caciquiles fueron los mismos de siempre: actuar de juez y parte. Huxley publicó su artículo Biogenesis and abiogenesis contra Bastian aprovechando su condición de presidente de la British Association for the Advancement of Science como una carta dirigida a los afilados. El artículo de Huxley se convirtió en la referencia por antonomasia de la biología evolucionista tal y como él la entendía, es decir, transformando el experimento de Pasteur en el experimentum crucis que demostraba la inexistencia de la generación espontánea. Era el evolucionismo sin generación espontánea. El Club X logró cambiar hasta el lenguaje antes utilizado imponiendo nuevas expresiones (heterogénesis, abiogénesis, xenogénesis) y, lo que se convertirá en rutina, de influir en la ciencia influyendo sobre quienes la enseñan en los centros educativos. Naturalmente, Huxley y los suyos recurrieron a la prensa especializada (Nature) tanto como a los diarios de circulación general (The Times) porque no se trataba sólo de discutir con un auditorio especializado sino de crear ideología, de crear opinión trasladando la suya propia a los más vastos ámbitos. Algunas de las exitosas presiones que el Club X ejerció para que la obra de Bastian fuera olvidada están en los anales de la ignominia científica (173b).

Thomas Huxley era evolucionista antes de que en 1859 Darwin escribiera «El origen de las especies» y Richard Owen era lo contrario precisamente por el sesgo ateo y materialista que Lamarck y Grant le habían dado. Ambos, Huxley y Owen, lo mismo que Cuvier en Francia y Virchow en Alemania, ocupaban los cargos políticos imprescindibles para encumbrar o arrinconar una teoría, cualquiera que fuese. Menos conocido que Huxley, Owen era el prototipo de Jano, a la vez superintendente de historia natural, prohombre de los tories y musa del obispo Wilberforce. No necesitaba padrinos dentro del poder político porque él era quien apadrinaba a unos científico con la misma invocación con la que rechazaba a los otros, como Grant: en el nombre del dios de la Iglesia anglicana y de la creación. Bowler resume así la situación previa a la explosión causada en 1859 por «El origen de las especies»:

En la atmósfera fuertemente cargada de los años cuarenta del siglo pasado [siglo XIX], Owen sirvió bien a sus maestros conservadores al bloquear resueltamente los intentos de los radicales por postular relaciones lo suficientemente estrechas para justificar la teoría de la transmutación [transformismo de Lamarck] (173c).

También al otro lado del canal de La Mancha, pues, la reacción política llevaba décadas batallando contra el evolucionismo. A través de Grant, Lamarck era el centro de una controversia política e ideológica porque su transformismo era «una teoría atea que únicamente atraía a los revolucionarios políticos», escribe Bowler. En aquella controversia, como en las sucesivas, el poder político no sólo puso en marcha sus propias capacidades de presión económica y social, no se limitó a los argumentos científicos o a la manipulación de los museos o los planes de enseñanza. Las maniobras volvieron a ser bastante más turbias. Por ejemplo, Owen «logró frustrar los esfuerzos de los evolucionistas franceses de utilizar el ornitorrinco de pico de pato como eslabón entre los reptiles y los mamíferos, porque fue el único que tuvo acceso a un buen abasto de especímenes» (173d). El poder político permite el disfrute de unos privilegios a costa de los demás, y muchas veces del retardo de la ciencia.

Darwin se encontró con la mayor parte de la tarea acabada. Hubiera sido incapaz de llegar por sí mismo a formular una teoría de la evolución de no poder apoyarse en el naturalista francés. Lamarck está plenamente introducido en la obra de Darwin. Al mismo tiempo, Darwin no puede mencionar su enorme deuda intelectual con el francés para no reavivar una vieja polémica con la que prefiere guardar las distancias. Darwin no quiere enfrentamientos y mucho menos que le identifiquen con un materialista francés. A lo largo del siglo XIX en el imaginario burgués la revolución francesa juega el mismo papel de espantajo ad hoc, de construcción artificiosa, que luego desempeñó la revolución bolchevique. Era el ejemplo de lo que no debe volver a repetirse. En la ciencia la burguesía inglesa imitó su propia revolución: si a la evolución pero no al lamarckismo. Esa es la esencia del pensamiento de Darwin, que ha llegado hasta nuestros días. Es lo que permitió que Huxley y Owen coincidieran a partir de puntos de vista diametralmente opuestos. También es lo que permitió que Darwin triunfara allá donde Lamarck fue silenciado (173e).

Entendido a la manera usual, el lamarckismo rompía la individualidad clasista de la burguesía, la disolvía en una marejada informe. Las alusiones ambientalistas tenían un componente corrosivo para una burguesía atemorizada por la experiencia del siglo XIX. Sobre todo tras la I Internacional y la Comuna de París, hablar del ambiente se hizo especialmente peligroso, signo de obrerismo y de radicalismo, y Lamarck era la referencia ineludible en ese tipo de argumentaciones. Frente al ambientalismo socialista, igualitarista, la burguesía busca un significado singular para el nuevo contenido semántico de la palabra «herencia» que se ciña a los individuos de una especie, no a la especie misma y, desde luego, tampoco al propio ambiente, que es colectivista por antonomasia. La utilidad del nuevo significado de «herencia» iba a ser la misma que la del grupo sanguíneo, la raza, el gen o las huellas dactilares. La doctrina orquesta en torno a ese nuevo significado va a convertirse en algo que la teoría de los caracteres adquiridos jamás podría proporcionar: un fundamento de la identidad biológica, que es natural, interno e individual al mismo tiempo. Sin embargo, parece obvio constatar que la introducción de una especie en un hábitat que no es el suyo, como el conejo en Australia, modifica éste de manera radical y definitiva. Si habitualmente no se considera este supuesto como «herencia de un carácter adquirido» es porque, lo mismo que el carácter, la expresión «herencia» se toma en un sentido individual. ¿No es heredable el medio? Cuando algunos simios comenzaron a caminar en bipedestación, no se trató de una modificación del medio, ni del organismo sino de ambas cosas a la vez y, desde luego, fue algo heredado porque no vuelve a repetirse en cada generación. Lo mismo cabe decir de la domesticación de algunos animales por los seres humanos, que no sólo los modificaron irreversiblemente sino que la especie humana también quedó modificada junto con ellos. Había que acabar con la maldición lamarckista y el mal ambiente revolucionario del momento. A finales del siglo XIX la burguesía tenía que dar un giro de 180 grados a su concepción de la biología: empezar de dentro para ir hacia fuera. Es el papel que desempeñó el micromerismo, una corriente ideológica asociada al positivismo que trata de explicar la materia viva a partir de sus elementos componentes más simples. A partir de 1839, con el desarrollo de la teoría celular, el micromerismo fue encontrando partículas cada vez más pequeñas de la materia viva (núcleo, cromosomas y genes), reales o inventadas, sobre las que concentrar la explicación de los fenómenos vitales. La teoría celular descubrió la importancia de lo interno en biología, un terreno hasta entonces dominado sólo por lo ambiental.

El micromerismo se incuba a mediados del siglo XVIII por dos vías diferentes. En Francia por el esfuerzo de Buffon para trasladar a la biología la física de Newton y, más concretamente, su atomismo; en Alemania y en Maupertuis es consecuencia de la influencia de las mónadas de Leibniz y el idealismo alemán. Las condiciones ideológicas estaban ya presentes para obtener su impulso definitivo en la teoría celular, uno de los tres avances científicos más importantes del siglo XIX, según Engels (174), además de un extraordinario ejemplo de la dinámica de los descubrimientos científicos (174b) porque vuelve a mostrar que el avance de la ciencia no procede exactamente del descubrimiento de un nuevo «hecho» sino de la inferencia argumental que lo explica. En la teoría celular lo importante fue la teoría, no la célula, una partícula que ya era conocida desde el siglo XVII. Lo que en 1839 llevaron a cabo Schleiden y Schwann no consistió, pues, en aportar un nuevo descubrimiento sino en desarrollar una nueva teoría en torno a algo ya conocido, la célula, poniéndola en el primer plano de la fisiología de los seres vivos. Como escribió el soviético Kedrov: «La revolución científica tiene lugar siempre en la esfera del pensamiento, es decir, en la esfera de las representaciones, generalizaciones y explicaciones teóricas, y no en la esfera de los descubrimientos y observaciones puramente empíricos, que sirven de premisa para la revolución científica pero que, por sí solos, no constituyen todavía esta revolución» (174c). El descubrimiento de la teoría celular fue mucho más importante que el de la célula; si el microscopio prolongó el sentido de la vista, la teoría celular resultó mucho más potente: prolongó la inteligencia. Aunque Lamarck prestó una considerable atención a las células en su «Filosofía zoológica», no conoció la teoría celular, lo que es uno de los elementos clave en la (in)comprensión de su obra, un caso de evolucionismo precelular.

La teoría celular replantea los viejos problemas de la biología, a la vez que suscita nuevos interrogantes, incluso de tipo metodológico. Expresa la unidad de la diversidad (unitas complex) que, junto al concepto de «unidad de tipo» que luego defenderá Darwin, reconduce la multiplicidad de los seres vivos, animales y plantas, a un único componente: la célula. Los seres vivos, lo mismo que los tejidos, son todos ellos diferentes pero se componen también de células similares, que desempeñan funciones similares, se duplican de manera similar, etc. La teoría celular descubre la unidad interna de la materia viva en medio de la biodiversidad, reconduce la multiplicidad de animales y plantas a un componente común a todos los seres vivos. Pese a sus enormes diferencias, todos los organismos vivos se componen de células, que son parecidas para todos ellos.

La teoría humoral de Hipócrates resultó afectada por la nueva concepción, que intervino así en la polémica entre las corrientes continuas y discontinuas. La teoría de los fluidos vitales defendía la continuidad, apoyándose en la concepción sobre los «elementos primarios» (agua, aire, tierra y fuego) que componen la materia. Tuvo su prolongación biológica en la pangénesis de Anaxágoras, Demócrito y otros filósofos de finales del siglo V a.n.e. (175). Los fluidos o humores, especialmente la sangre, eran los elementos que determinaban los caracteres del organismo y se caracterizan por poner en mutua relación a sus diferentes componentes. A diferencia de los sólidos, los líquidos (plasma) pueden mezclarse y combinarse en cualquier proporción hasta lograr un equilibrio entre ellos (krasis). Un organismo presentaba determinados rasgos característicos como consecuencia de una determinada combinación de los fluidos vitales, algo que ha trascendido al lenguaje coloquial (buen humor, mal humor). Así, originariamente la noción de protoplasma no era un componente de la célula sino un fluido originario a partir del cual se desarrollaban los organismos (176). En Lamarck el concepto de fluido vital desempeñó un papel rpimordial, como ya he expuesto, y la pangénesis de Darwin formaba parte de esa misma concepción continua, totalmente coherente con el gradualismo de su teoría evolutiva. En la mayor parte de los estudios sobre el origen de la vida, tanto en biología como en cosmología, es frecuente emplear las expresiones «caldo» o «sopa» para aludir a una supuesta sustancia originaria, líquida y caliente, la warm little pond de Darwin.

Como toda teoría revolucionaria, la nueva concepción de Scheleiden y Schwann suscitó fuertes resistencias. El fundador del positivismo, Comte, fue un enemigo declarado tanto del concepto de célula como de la teoría celular porque consideraba la teoría celular como parte integrante de una metafísica despreciable, una secuela característica del idealismo alemán. En París la oposición a la teoría celular fue brutal a lo largo del siglo XIX, no vacilando la burocracia docente en recurrir a la censura abierta. En 1842 la universidad prohibió su enseñanza y en la Academia de Medicina la oposición alcanzó también al uso del microscopio (177).

Las nuevas teorías también suelen ser sutilmente tergiversadas, que es, a veces, la manera en que prosperan dentro de la ciencia. En el caso de la teoría celular el maquillaje corrió a cargo de Virchow, quien logró una componenda para que una teoría, acusada de metafísica y excesivamente filosófica, fuera admitida en los círculos positivistas dominantes. La teoría de Schleiden y Schwann no es la de Virchow; la primera se expone en 1839 y la segunda en 1855; entre ambas, más que un breve lapso temporal, lo que se levanta es el abismo de la revolución de 1848, que marca el final del romanticismo, del idealismo alemán y de la filosofía de la naturaleza, y el comienzo de la era positivista. A pesar de que tanto Schleiden y Schwann como Virchow son alemanes, su formación es distinta. Schleiden y Schwann forman parte de la tradición de la filosofía de la naturaleza, que prolongaba el idealismo clásico alemán, especialmente Schelling, Goethe y Oken. Por eso, aunque no están ausentes las expresiones positivistas, mecanicistas y reduccionistas que entonces comenzaban a emerger, su concepción es fundamentalmente dialéctica, mientras que Virchow es un mecanicista vulgar que está en la tradición de Vogt, Moleschott y Büchner. La concepción de Schleiden y Schwann resultó sutilmente desnaturalizada por Virchow, quien dio uno de esos vuelcos característicos de la biología del siglo XIX. Ambas parecen próximas y llevan un nombre parecido (teoría celular, en un caso, teoría de las células, en plural, en el otro), pero no son idénticas. En su teoría celular Virchow deslizó sus propias convicciones ideológicas, imponiendo una versión atomista y mecánica de los organismos vivos. Frente al romanticismo de la filosofía de la naturaleza se había impuesto la ilustración alemana, el individualismo. Según el patólogo alemán, los animales y plantas pluricelulares son «la suma o resultante de un número mayor o menor de células semejantes o desemejantes». A causa de ello afirma sentirse «obligado» a dividir al individuo «no sólo en órganos y tejidos sino también en territorios celulares». Como el Reich bismarckiano, los organismos vivos también son Estados federales. Fue una concepción muy arraigada en la biología alemana. En 1917 el fisiólogo Max Verworn aún sostenía:

Si calificamos al Estado de organismo viviente y hablamos de ‘organismo estatal’, no se trata una mera analogía ni de una alegoría aproximada, sino de la más completa realidad. Nos debemos convencer a consciencia de ese hecho, puesto que de él se deriva el punto de vista dominante para todas las actividades de organización política [...] Es evidente que el Estado es organismo viviente real, que se compone de elementos individuales vivientes de diverso tipo, los seres humanos [...] que a través de su proceso vital producen resultados, los cuales son armónicamente combinados y unificados por la acción del Estado.

Por su parte, muy pocos años después, Oscar Hertwig añadía:

La comparación de los Estados con organismos vivientes -de lo que estoy firmemente convencido- no es el resultado de ningún juego trivial de la fantasía, sino que permite comprender su conformación y contribuir a dirigir las tendencias sociales más profundas de la sociedad humana de acuerdo a determinados objetivos su evolución orgánica futura (178).

En el Reich celular de Virchow no existía coordinación ni órganos centralizados. No existía organismo como tal. Las concepciones de Schleiden y Schwann están abandonadas, afirma Virchow, y hay que sustituirlas por su propia concepción, que califica de mecanicista: «Es casi imposible tener ideas más mecanicistas de las que yo profeso», reconocía. Su teoría de las cúlulas es discontinua y, dentro de un lenguaje muy singular, está expresamente enfilada contra la teoría de los humores: Virchow sostiene que en el cuerpo no había otra cosa más que células, es decir, margina a los humores y habla de la «democracia de las células» frente al «imperialismo absolutista de los humores». En su batalla contra los humores atacó brutalmente a Carl Rokitansky (1804-1878), el gran patólogo checo, defensor de la Krasenlehre, la vieja teoría hipocrática de la enfermedad. Se trataba, más bien de una teoría hematohumoral, en la cual la sangre es un fluido que recorre todos los órganos del cuerpo, poniéndolos en contacto y provocando la enfermedad como consecuencia de un desequilibrio (discrasia) de los componentes de las proteínas del plasma sanguíneo: la fibrina y la albúmina. Como consecuencia de las feroces críticas de Virchow, Rokitansky eliminó las alusiones a su Krasenlehre en una edición resumida de su conocido «Manual de Anatomía Patológica». Se acababa una época de la medicina y empezaba otra. Aunque Virchow le expresó su admiración, calificándole como «el Linneo de la patología», muy pronto la obra de Rokitansky pareció un fósil: realizaba sus autopsias sin microscopio. Era el último homenaje a una clínica fundada en la pura observación. Sus contemporáneos no le entendieron: los traductores de sus obras al inglés y el italiano las mutilaron y deformaron burdamente (178b).

Paradójicamente los precedentes micromeristas de Virchow no se pueden atribuir exclusivamente a la influencia positivista, sino que están en las mismas raíces de la filosofía de la naturaleza y, concretamente, en Leibniz, para quien, a pesar de las apariencias, los seres vivos no eran sujetos individuales sino pluralidades autónomas (178c), una especie de confederación de mónadas o células cada una de las cuales tenía vida propia. En la filosofía de la naturaleza las células, como como infusorios, eran una categoría de seres vivos. Esta errónea concepción filosófica permitió a Virchow asociar la teoría celular a un componente ideológico. Consideraba que en su época estaban en un periodo de plena reforma médica, cuya consecuencia fue «perder de vista la idea de unidad del ser humano». Esa unidad debía ser sustituida por otra, la célula, concebida como autosuficiente, la cual ofrece «los caracteres completos de la vida». Las células viven por sí mismas, actúan de manera aislada y funcionan independientemente unas de otras. En consecuencia también son independientes del cuerpo del que forman parte, e incluso capaces de vivir indefinidamente: cada célula pervive en las dos células que le suceden. «La célula es la forma última, irreductible, de todo elemento vivo [...] en estado de salud como en el de enfermedad, todas las actividades vitales emanan de ella». Virchow transforma la teoría celular en una teoría patológica y, en especial, en una explicación de los procesos tumorales: el cáncer se desarrolla a partir de un foco de células específicas, las células madre del cáncer, una concepción prolongada luego en la teorí­a microbiana de la enfermedad. El minifundismo celular de Virchow condujo a una concepción también descentralizada de las patologías. El cuerpo humano no forma una unidad porque no tiene un centro anatómico sino muchos: cada célula es uno de esos centros, por lo que no es el organismo el que enferma sino que dentro de él hay partes enfermas y partes sanas (179). Esta concepción está profundamente arraigada en medicina actual. Sin embargo, hoy los indicios subrayan la importancia de las interacciones de una célula a otra así como al medio ambiente que las rodea como causa de los tumores. La etiología tumoral se ha desplazado de las células madre o los microbios al «campo» patológico, es decir, a los factores ambientales en los que se desenvuelven las propias células (180).

Pero, sobre todo, el elemento diferenciador de Virchow respecto a Schleiden y Schwann es que sustituye la generación espontánea por el postulado de la continuidad biológica. La teoría celular de Schleiden y Schwann es, ante todo, una respuesta a la pregunta acerca del origen, esto es, una teoría del desarrollo que concibe las células como unidades que se reproducen a sí mismas. Cualquier organismo vivo, por complejo que sea, se desarrolla a partir de una única célula. Como movimiento, las células son la unidad dialéctica de lo continuo y lo discontinuo, lo humoral y lo orgánico. Por el contrario, como buen reduccionista, Virchow confundió el origen de la célula con el origen de la vida porque aquella era sinónimo de ésta, su componente fundacional. La vida empieza con la célula.

Son dos cuestiones diferentes: una cosa es explicar el origen actual de cada célula y otra el origen de las células desde el punto de vista de la evolución. La primera cuestión, la duplicación celular, fue explicada por el polaco Robert Remak, quien demostró que las células se suceden por desdoblamiento de cada una de ellas en otras dos. A partir de ahí era tentador trasladar el mismo mecanismo a la segunda cuestión: a explicar el origen evolutivo de las células. Es lo que hizo Virchow: deducir el postulado de la continuidad de la vida de la división celular. Fue otro de los espejismos de la biología. La división celular parecía la imagen gráfica de la biogénesis y de ahí derivó Virchow lo que calificó como «ley eterna del desarrollo continuo», según la cual la vida no procede de la materia inerte sino de la misma vida, (omnis cellula e cellula, dice, plagiando a Raspail), esto es, que la vida es eterna. Él mismo reconoció que la aportación de Schwann a la teoría celular se había limitado a consignar que el cuerpo se compone de células, mientras que la teoría de la continuidad fue su propia aportación.

Bajo versiones transfiguradas también reaparecieron entonces la epigénesis y el preformismo. Schwann continúa la epigenética de Wolff que concibe el protoplasma no sólo como una parte integrante de la célula sino como su parte primordial porque es el componente originario. Si las células proceden de una anterior, ¿de dónde surgió la primera de ellas? Según Schwann las células no eran originarias sino que procedían de un fluido o blastema primitivo. Con ellas la materia viva había alcanzado un grado superior de organización después de una larga etapa evolutiva. Por consiguiente, en algún momento se produjo el salto. Como tantas otras formas organizadas de la materia viva, la célula no puede explicar el origen de la vida porque es una consecuencia y no una causa de su evolución. Si hubiera continuidad celular, es decir, si todas las células procedieron de las precedentes, no habría evolución. Las células no nacen unas de otras sino de la cristalización de sustancias amorfas. Los organismos unicelulares ponen de manifiesto formas de vida ya complejas y desarrolladas que han debido surgir de otras inferiores, más rudimentarias. De ahí que la naturaleza manifieste formas intermedias de vida como los virus o los procariotas (organismos unicelulares sin núcleo). Por el contrario, Virchow es preformista; considera que los fluidos eran secreciones de las células: son éstas y no aquellos los que tienen un carácter originario. Los líquidos que se observan entre las células están bajo la dependencia de ellas, porque «los materiales formadores se encuentran en las células». El postulado de la continuidad de Virchow es coherente con su pensamiento preformista y antievolucionista que anticipa las actuales teorías de la «complejidad irreductible». El médico alemán asevera que los seres vivos no pueden proceder de «partes no organizadas». Es como si los edificios surgieran de las maquetas que los representan. Virchow no es capaz de encontrar en los ladrillos y la ferralla el germen de los majestuosos edificios una vez elaborados porque no tiene en cuenta el proceso de su elaboración, es decir, la evolución.

Schwann fue la primera víctima de la teoría que le ha hecho famoso. Se impuso la concepción Virchow que afirmaba la teoría celular y negaba la de la generación. Los ataques fueron tan virulentos que el creador de la teoría celular tuvo que marchar a Bélgica, donde impartió lecciones, primero en Lovaina y luego en Lieja. Comenzó así otra historia más de proscripción científica, aunque Schwann tuvo importantes continuadores, entre ellos Anton de Bary, a quien se atribuye la expresión que resume esta teoría: «las plantas crean células, las células no crean plantas»(180b). La frase quedó como lema de los embriólogos, abriendo la brecha que hasta la época actual señala el abismo entre dos concepciones diferentes de la biología, cada una de las cuales seguirá su propio camino en lo sucesivo: la teoría de la herencia y la teoría del desarrollo. El auge del mendelismo convertirá a la primera, construida sobre la división celular de Remak y la proliferación cuantitativa, en la corriente dominante.

Por varios motivos, Anton de Bary es uno de los biólogos más interesantes y más ignorados del siglo XIX. Su teoría protoplasmática se fundamenta en el ciclo vital de los mixomicetos, un hongo mucilaginoso que estudió en 1859. Una de las etapas de su ciclo es la plasmodial, durante la cual carecen de forma, constituyendo una especie de protoplasma multinuclear rodeado por una única membrana. No obstante, al cambiar las condiciones ambientales, se convierten en organismos pluricelulares capaces de formar esporas para reproducirse.

Ludwig Büchner (180c) e Yves Delage (181) expresaron opiniones precidas a las de Schwann y Anton de Bary. El fisiólogo ruso Sechenov también combatió las concepciones de Virchow desde 1860. Según Haeckel, las móneras, organismos unicelulares sin núcleo que hoy llamaríamos procariotas, son los organismos de los que parte la vida y, en consecuencia, son previos a las células en el curso de la evolución: «La vida ha comenzado en un principio por la formación de una masa homogénea amorfa y sin estructura, que es en sí tan homogénea como un cristal [...] La vida propiamente dicha está unida, no a un cuerpo de una cierta forma, morfológicamente diferenciado y provisto de órganos, sino a una substancia amorfa de una naturaleza física y de una composición química determinadas» (182).

En Inglaterra Bastian es el ejemplo más claro del nudo trabado en torno a esta cuestión, que a finales de siglo promueve el surgimiento de teorías moleculares o subcelulares en contradicción con las corrientes dominantes que darán nacimiento de la microbiología. Desde 1870 Bastian no sólo defiende la generación espontánea sino que su teoría le conduce a enfrentarse a Pasteur, Koch y los patrocinadores de la teoría microbiana de la enfermedad, llevó a cabo experimentos in vitro para demostrar que los microbios no eran la causa sino la consecuencia de la descomposición de los tejidos. Aunque sus tesis fueron marginadas por los darwinistas del Club X, tuvo importantes apoyos, como John Burdon Sanderson o John Hughes Bennett (1812-1875), Gilbert Child, y en Estados Unidos Jeffries Wyman.

Bennett calificó su explicación del origen de las células como una «teoría molecular de la organización» (183) que debía aplicarse a la práctica clínica. Fue un abierto defensor a las tesis originales de Schwann tanto como opositor a las de Virchow, de manera que, a su muerte, cuando no podía replicarle, Virchow le desacreditó de una forma vergonzosa. No obstante, Virchow argumenta con razón al exhibir la naturaleza paradógica de Schwann y algunos de sus seguidores, especialmente en Inglaterra, sosteniendo que la teoría del blastema dejaba la puerta abierta a la generación espontánea, que no se podía separar ambas cuestiones.

Las teorías subcelulares también fueron corrientes en Francia a finales del siglo XIX. Con su teoría de las microzimas, Béchamp fue uno de los más claros continuadores de las concepciones originarias Schwann, aunque -lo mismo que Schwann- siempre se manifestó contra la generación espontánea. Era uno de los que Virchow hubiera incluído dentro de la corriente intermedia. Más que la abiogénesis, Béchamp defendió la heterogénesis, un transformismo microbiológico. En 1886 mantenía que no todas las partes de un organismo vivo mueren al mismo tiempo, en un cadáver no todo está muerto. ¿Qué es lo que permanece vivo, lo que resiste a la muerte, lo vivo per se? Las microzimas, responde Béchamp, seres vivos subcelulares. Como Bastian, Béchamp afirma que los microbios son de origen endógeno. No es fácil, sin embargo, encontrar un equivalente actual del concepto de microzima que Béchamp utilizaba, así como tampoco de los de moléculas «histogenéticas» o «histolítica», que eran las expresiones utilizadas por Bennett. Posiblemente se refería a lo que hoy llamamos endosporas, fagos o retrovirus endógenos procedentes del interior de las células. En cualquier caso, Béchamp sostenía que dentro de las células había unidades vivas más pequeñas, es decir, que no procedían del exterior, que provocaban las fermentaciones y se transformaban (pleomorfismo) siguiendo un ciclo reversible: las microzimas se transformaban en «vibriones» y posteriormente en bacterias, pudiendo recorrer también el camino inverso (183b). Pero a Béchamp le esperaba el mismo destino que a Schwann y por los mismos motivos. Si Schwann pasó al ostracismo, Béchamp está desaparecido de la microbiología; si de Schwann sólo se recuerda un fragmento de su teoría celular, de Béchamp no se recuerda absolutamente nada.

A finales de siglo Charles Robin, discípulo de Comte, seguía polemizando contra la teoría celular. Robin, primer catedrático de histología de la Facultad de Medicina de París, era igualmente contrario a la teoría celular, en varias de sus conclusiones. En su «Tratado de Anatomía y Fisiología Celular», publicado en 1873, describía la variedad histológica de los tipos celulares del organismo, que es la clave de su argumentación. Como buen positivista, Robin consideraba que la noción de célula era una abstracción que contradecía la diversidad morfológica de los componentes anatómicos. Además, no siempre una célula procede de otra igual a ella. La diversidad de células -sostiene Robin- demuestra que tienen orígines diversos, apareciendo inicialmente en forma de vitelio y luego de blastema, habiendo tantos blastemas diversos como tipos de células. Algunos discípulos de Robin, como Tourneux, profesor de histología de la Facultad de Medicina de Toulouse, continuaron hasta 1922 sin impartir lecciones de teoría celular (184).

El neurólogo francés Jean Nageotte (1866-1948) fue un conocido defensor de la misma. En 1922 escribió un tratado sobre la organización de la materia en sus relaciones con la vida, que en 1936 desarrolló con un sorprendente estudio, hoy olvidado, que se encuentra a caballo entre la biología y la cristalografía. Nageotte subraya la importancia de los fluidos para la vida, en especial la mielina, «un edificio coloidal cristalino que, al mismo tiempo, es un componente anatómico con relaciones morfológicas y funcionales con el protoplasma nervioso». La mielina tiene propiedades morfogenéticas y su estructura es parecida a la de las mitocondrias, a las que Nageotte concedía una enorme trascendencia (185).

En la URSS Olga Lepechinskaia también se enfrentó con Virchow desde 1933, con idéntico -o aún peor- resultado de linchamiento. Lepechinskaia es otra de las figuras malditas de esta corta pero vertiginosa historia. Autores como Rostand la ridiculizan y Medvedev, demostrando su baja catadura personal, la califica de «buena cocinera». Es otra aberración científica soviética y, como en el caso de Lysenko, las concepciones de Lepechinskaia se presentaron -falsamente- como únicas, originales y exclusivas. En realidad, bajo la misma teoría celular que Schwann, Lepechisnkaia replantea los viejísimos problemas fundamentales de la biología del siglo XIX, que siguen sin resolver: la generación espontánea, la naturaleza de los virus, la complejidad orgánica, la continuidad y discontinuidad de la materia viva y, en definitiva, la evolución misma (186).

También Wilhelm Reich llevó a cabo en 1936 una serie de experimentos en el Instituto de Sicología de la Universidad de Oslo sobre generación espontánea publicados con el título «Los biones en el origen de la vida vegetativa». En ellos participaron varios profesores de la Universidad, y fueron filmados y reproducidos por Roger Du Teil, del Centro Universitario Mediterráneo de Niza. A través de un microscopio de campo oscuro midieron el potencial eléctrico de los organismos unicelulares y observaron la trasformación espontánea de material vegetal herbáceo macerado en agua, en vesículas u organismos similares a los paramecios a los que Reich llamó «biones». Reich sostuvo que en la vida vegetativa hay situaciones de tensión que conducen a una acumulación de carga eléctrica, seguidos por descargas eléctricas, que a su vez, culminan en una relajación mecánica.

En 1946 Busse-Grawitz seguía sosteniendo la misma tesis que Schwann: que las células pueden aparecer en el seno de sustancias fundamentales subcelulares (186b).

No se trataba sólo de teorías sino de prácticas experimentales de generación espontánea, que no censaron nunca. Antes que Oparin, en 1910 Sthéphane Leduc y en 1917 el mexicano José Rodríguez Carracido siguieron llevando a cabo ensayos in vitro de generación espontánea. Fueron característicos de aquellos países cuyas concepciones científicas pudieron mantenerse al abrigo de la teoría sintética. Así, el mexicano Alfonso L. Herrera escribió un manual de biología en 1904 en el que seguía defendiendo la generación espontánea. Según él, todo en los organismos vivos ha sido antes un protoplasma inorgánico (186c). Para comprender la vigencia de estas corrientes hay que huir de la bibliografía anglosajona y recurrir a obras como la del veterinario polaco Larski, que plantea interrogantes que han desaparecido de los manuales usuales como, por ejemplo, el origen «protobióntico» de los virus. Según Larski los virus proceden de formas de vida precelulares. Los más primitivos estarían formados por ARN, porque los virus de las plantas son de ARN y las plantas son anteriores a los animales en la evolución (186d).

Estas tesis eran fieles a las concepciones originarias de Schwann, las de quienes se niegan a aceptar el giro que había experimentado la biología en la segunda mitad del siglo XIX, y no son los únicos.

La ideología micromerista

En 1900 la biología pasó de ser una disciplina morfológica a ser una disciplina analítica, molecular o micromerista, que basa una parte de su éxito en la potencia del análisis, uno de los más eficaces medios de investigación científica en cualquier área del conocimiento. Se ha convertido en una disciplina hiperanalítica, en bioquímica o, en cualquier caso, muy próxima a la química. Los métodos de la química se han trasladado a la biología molecular, donde cualquier unidad sometida a estudio se puede y se debe descomponer en sus partes integrantes para conocer su funcionamiento. El objetivo es la purificación, el aislamiento de las sustancias, la identificación de lo que configura su identidad y su unidad, diferenciándola de cualquier otra y, especialmente, del medio en el que habita. Considerar como una única sustancia lo que es un compuesto de varias, conduce a errores importantes en química. La cuestión reside en saber si de los seres vivos se puede predicar lo mismo: si se les puede aislar, si tiene algún sentido científico hablar de su purificación o de su pureza. La respuesta es negativa sin duda alguna: en química existen las sustancias puras o se pueden aislar, pero en biología todo es impuro: no existe nada -ningún organismo vivo- que pueda ser aislado, ni de la materia inerte ni tampoco de otros organismos vivos.

El concepto de pureza es de origen religioso y siempre se ha mantenido en el ámbito de lo estrictamente ideológico: la pureza es sinónimo de perfección y, por consiguiente, en cualquier caso, como ya he expuesto, es antievolucionista porque la pureza, lo mismo que la perfección, no evoluciona. Así, por ejemplo, en genética no tiene ningún sentido aludir a la pureza de los genes y a las mutaciones al mismo tiempo porque una mutación, o bien convierte en impuro lo que es puro, o al revés. Naturalmente que si no hay pureza tampoco hay identidad, ni es posible contruirla sobre la base de los genes. No obstante, la genética está edificada sobre estas construcciones erróneas que singularizan al mendelismo como una ideología de la identidad biológica.

Si no hay nada puro, tampoco hay nada limpio. El siglo XIX cambió los hábitos casi todo el mundo entero en materia de higiene. La salud se vinculó a la salubridad y la asepsia. Las polémicas más importantes de la biología versan sobre la pureza o sobre su reverso, la contaminación. Es lo que Pasteur reprochaba a Pouchet, lo que Huxley reprochaba a Bastian y su nieto a Lysenko. Pero la vida es esencialmente impura; unas formas de vida interaccionan con otras de manera simbiótica. Por consiguiente, la biología no puede proporcionar ninguna clase de identidad. No existe un medio aséptico, ni es posible crearlo sobre la faz de la Tierra. La vida es ubicua, no tiene fronteras. La aspiración de Pasteur y los cazadores de microbios fue una ilusión. No es posible eliminar la vida de ningún lugar de la biosfera. La pasteurización de la leche no acaba con las bacterias, sólo las transforma. Por más que el hombre se ha esforzado, ni siquiera en los quirófanos ha logrado crear un medio estéril.

En cualquier disciplina la potencia del análisis no justifica las conclusiones mecanicistas de los positivistas, como pretende Russell: «El progreso científico se ha logrado por el análisis y aislamiento artificial [...] Por lo tanto, es en todo caso prudente adoptar la concepción mecanicista como hipótesis de trabajo, y abandonarla sólo cuando haya pruebas claras en contra de ella. En lo concerniente a los fenómenos biológicos, tales pruebas faltan totalmente hasta ahora» (187). Pero el positivismo ha ido mucho más lejos de la prudencia y las meras «hipótesis de trabajo». El análisis nada tiene que ver con el mecanicismo ni con el reduccionismo. Aunque en ocasiones se estudian como si fueran cerrados, aislados, los organismos vivos y los ecosistemas son abiertos, interaccionan con todo lo que les rodea.

El esquema micromerista está calcado del atomismo del mundo físico, que luego se acabó convirtiendo en un atomismo «lógico» (187b). El positivismo lo intentó con la lógica formal, suponiendo que las partes explican el todo y, en el colmo del reduccionismo, que en realidad esas partes ni siquiera son agregados sino hechos «únicos», «singulares»(187c). Del mismo modo, los fenómenos biológicos se debían estudiar en sus componentes «únicos». Cualquier organismo vivo procede de una única semilla o de una única célula. Todo empieza por la unidad, la simplicidad y la homogeneidad. Sólo si la ciencia es capaz de comprender cuáles son los integrantes más pequeños de la materia, será capaz también de explicar los fenómenos macroscópicos. Por consiguiente, el todo se puede reducir a cada una de sus partes. En el siglo XIX la tendencia dominante en biología suponía que la materia viva, a diferencia de la inerte, era un coloide de partículas bastante grandes dispersas en agua. Las moléculas orgánicas tienen una composición modular. Cuando en 1893 Albrecht Kossel inició sus investigaciones acerca de los ácidos nucleicos introdujo la noción de Baustein o ladrillos, según la cual los gigantescos compuestos orgánicos, como los ácidos nucleicos, se componían de unidades más pequeñas que se repetían unidas entre sí por medio de enlaces químicos, entonces no bien conocidos aún. También las enzimas y proteínas son combinaciones merísticas (polímeros) de los mismos 20 aminoácidos. Son largos filamentos formados por piezas muy similares o incluso idénticas, unidas por distintos tipos de enlaces químicos. Sus múltiples combinaciones forman una estructura definida y, por consiguiente, determinan su funcionamiento. Del mismo modo, son los cromosomas, la membrana, las mitocondrias, el aparato de Golgi y demás componentes de la célula los que explican su fisiología. Además, el micromerismo supone que no todas las partes tienen el mismo relieve, e incluso que sólo una de ellas importa y que las demás juegan una función pasiva. A medida que el positivismo fue imponiendo su cadena reduccionista, en cada paso siempre se quedaba algo por el camino. Cuando en la célula se concentra el interés en el núcleo, todo el citoplasma pasa a desempeñar un papel marginal; cuando en el cromosoma el interés se limita a los ácidos nucleicos, son las proteínas las que aparecen descuidadas; cuando de los dos ácidos nucleicos sólo se alude al ADN, es al ARN a quien se olvida; cuando en el ADN sólo se presta atención a las secuencias codificantes, el resto se desprecia como basura. Sin embargo, en el núcleo de la célula el ADN está enroscado en torno a las proteínas, algunas de las cuales se llaman histonas, de las que hay alrededor de 60 millones de cada uno de los tipos diferentes que se conocen. Esto significa que en el núcleo de cada célula hay dos veces más proteínas que ADN, a pesar de lo cual sus trascendentales funciones genéticas se ignoran o se menosprecian abiertamente.

Es muy frecuente confundir el micromerismo con una forma de «materialismo», cuando en realidad es un mecanicismo vulgar. Le sucedió a un filósofo de altura como Hegel y a un biólogo de la talla de Haldane. Por eso Rostand encuentra aquí una incongruencia entre los marxistas, los cuales -afirma- defienden el atomismo en física pero se oponen al atomismo en biología (188). La diferencia es bastante obvia. No todos los fenómenos físicos se rigen por las leyes atómicas, salvo los del átomo. Los físicos no han confundido la mecánica cuántica con la mecánica celeste; no han reducido toda la física a la física de partículas, ni han pretendido explicar los fenómenos físicos recurriendo a las leyes que rigen el movimiento de las partículas subatómicas. Tampoco han cometido otro atropello común entre los mendelistas: tratar de explicar los fenómenos del universo teniendo en cuenta sólo una parte de las partículas subatómicas. Para exponer su concepción de la biología Schrödinger no vacila en afirmar con rotundidad: «El mecanismo de la herencia está íntimamente relacionado, si no fundamentado, sobre la base misma de la teoría cuántica» porque ésta «explica toda clase de agregados de átomos que se encuentran en la naturaleza» (188b). ¿Y qué son los seres vivos más que átomos amontonados unos junto a los otros? ¿Por qué no experimentar con ellos en aceleradores de partículas? En la misma línea, Russell afirma lo siguiente: «Todo lo distintivo de la materia viva puede ser reducido a la química, y por ende, en última instancia, a la física. Las leyes fundamentales que gobiernan a la materia viva son, según todas las probabilidades, las mismas leyes que rigen la conducta del átomo de hidrógeno, o sea, las leyes de la mecánica cuántica [...] Las leyes de la herencia, como las de la teoría cuántica, son discretas y estadísticas [...] No hay ninguna razón para suponer que la materia viva está sujeta a leyes diferentes de las de la materia inanimada, y hay considerables razones para pensar que todo en la conducta de la materia viva es teóricamente explicable en términos físicos y químicos» (188c). Aunque lo expresa con otras palabras, François Jacob repite idénticas nociones: «De la materia a lo viviente no hay una diferencia de naturaleza sino de complejidad». Por consiguiente, de lo muerto a lo vivo no hay más que diferencias de grado, puramente cuantitativas: lo vivo no es más que materia inerte algo más complicada. Para analizar lo vivo hay que dividirlo en partes: «No se puede reparar una máquina sin conocer las piezas que la componen y su uso». Luego, cabe concluir, la vida no es más que una máquina como cualquier otra, lo cual se puede incluso seguir sosteniendo aunque esté en funcionamiento: «Hay al menos dos razones que justifican abordar el análisis del funcionamiento del ser vivo no ya en su totalidad, sino por partes...» (188d). Pero un organismo vivo no es una máquina. En su conjunto, una máquina es menos fiable que cada uno de sus componentes tomados aisladamente. Basta una alteración en uno de ellos para que el conjunto deje de funcionar. Una organismo vivo, por el contrario, tiene unos componentes muy poco fiables, que se degradan muy rápidamente; las moléculas, como las células, se renuevan y mueren pero el organismo en su conjunto permanece idéntico a sí mismo aunque todos sus componentes se hayan deteriorado. La fiabilidad del conjunto contrasta con la fragilidad de los componentes (189).

La carrera reduccionista emprendida por los positivistas desde el siglo XIX ha fracasado en todas las disciplinas científicas en las que se ha ensayado. Así, Frege y Russell fracasaron al tratar de fundamentar la matemática en la lógica. Sin embargo, en biología las concepciones reduccionistas siguen siendo corrientes, e incluso el reduccionismo se presenta como la esencia misma del proceder científico, pretendiendo incluso llegar mucho más allá, a reducir la biología a la física, porque ésta sí es auténticamente científica. Para lograr esto Rostand tendría que demostrar primero que los fenómenos que estudia la física son equiparables a los fenómenos biológicos, y el marxismo sostiene todo lo contrario: que la biología no se puede reducir a la física, y ni siquiera la física se puede reducir a la mecánica. Aunque la materia viva procede de la inerte, se transforma siguiendo leyes diferentes de ella. Entre ambos universos hay un salto cualitativo, de manera que no se puede confundir a la materia viva con la inerte, ni al hombre con los animales. Tan erróneo es separar completamente al hombre de la naturaleza, como hace la Biblia, como equipararlos, que es lo que hacen los neodarwinistas (190). La complejidad creciente de las distintas formas de materia impide la reducción de las leyes de la materia viva a las de la materia inerte, pero a partir de ahí es igualmente erróneo sostener que la materia viva no es materia o que hay algo no material en la vida. Nada ha alimentado más al holismo que los absurdos reduccionistas (191). En consecuencia, el positivismo no se puede postular a sí mismo como alternativa a las corrientes finalistas y holistas, porque ambas son unilaterales y, por tanto, erróneas.

Los dos siglos transcurridos desde el nacimiento de la teoría celular ponen de manifiesto que la continuación puramente analítica de la biología como biología molecular, jamás logrará fundamentarla en las leyes de las física, en cualquiera de sus formas, y mucho menos en las formas que adoptaba la física en 1900, es decir, tanto en la atomística como en la mecánica. La diferencia entre cualquier artefacto mecánico y un organismo vivo, aún el más simple, consiste en que este último nunca agota el análisis. Mientras una máquina se puede separar en sus elementos componentes, que siempre son finitos, un ser vivo nunca se puede descomponer de esa manera, de modo que el análisis jamás puede lograr una descripción exahustiva. En biología no existen los átomos indivisibles de Demócrito. No basta comprender que los polímeros se componen de unidades más pequeñas y que cualquier polímero no es más que una determinada combinación de ellas. Las partes sólo se pueden comprender en su mutua interacción y en la mutua interacción con el todo que las contiene, un principio que Lamarck estableció entre los más importantes de su metodología. Según el naturalista francés, la alteración de una parte repercute sobre las demás y para conocer un objeto hay que comenzar por considerarle en su totalidad, examinando el conjunto de partes que lo componen. Después hay que dividirlo en partes para estudiarlas separadamente, penetrando hasta en las más pequeñas. Por desgracia, continúa Lamarck, no hay costumbre de seguir este método al estudiar la historia natural. El estudio de las partes más insignificantes ha llegado a ser para los naturalistas el tema principal de estudio: «Ello no constituiría, sin embargo, una causa real de retraso para las ciencias naturales si no se obstinasen en no ver en los objetos observados más que su forma, su color, etc., y si los que se entregan a semejante tarea no desdeñasen elevarse a consideraciones superiores, como indagar cuál es la naturaleza de los objetos de que se ocupan, cuáles son las causas de las modificaciones o de las variaciones a las cuales estos objetos están sujetos, cuáles son las analogías entre sí y con los otros que se conocen, etc. De ese modo no perciben sino muy confusamente las conexiones generales entre los objetos, ni perciben de ningún modo el verdadero plan de la naturaleza ni ninguna de sus leyes» (192).

Al mismo tiempo, Hegel ya había advertido acerca de la falsedad de esa relación entre el todo y sus partes: el todo deja de ser una totalidad cuando se lo divide en partes. El cuerpo deja de estar vivo cuando se lo divide; se convierte en su contrario: en un cadáver (193), en materia inerte. Como su propio nombre indica, la teoría de la pangénesis de Darwin sigue esa misma concepción. Engels también denunció el mecanicismo. Dirigió su crítica contra el botánico suizo Nägeli, quien consideraba explicadas las diferencias cualitativas cuando las podía reducir a diferencias cuantitativas, lo cual, continúa Engels, supone pasar por alto que la relación de la cantidad y la calidad es recíproca, que una se convierte en la otra, lo mismo que la otra en la una: «Si todas las diferencias y cambios de calidad se reducen a diferencias y cambios cuantitativos, al desplazamiento mecánico, entonces es inevitable que lleguemos a la proposición de que toda la materia está compuesta de partículas menores idénticas, y que todas las diferencias cualitativas de los elementos químicos de la materia son provocadas por diferencias cuantitativas en la cantidad y el agrupamiento espacial de esas partículas menores para formar los átomos» (194). No son los componentes los que diferencian al todo, ni es posible reducir el todo a una de sus partes, ni tampoco a una suma de ellas; tampoco se puede considerar como todo lo que no es más que una parte. Los ejemplos que pueden aducirse son muchos. Así, cuando un hombre fallece por causas naturales, por simple vejez, su edad quizá supere los setenta años. Ahora bien, sus células se han renovado periódicamente y muchas de ellas se habrán formado pocos días antes de la muerte del organismo. La edad del organismo no es la de las células que lo componen. Un organismo viejo puede componerse de células muy recientes y, a la inversa, un organismo puede subsistir a pesar de que una parte de sus células no se hayan renovado, hayan muerto o dejado de funcionar tiempo atrás. El caso de la ambliopía que antes he propuesto ayuda a ilustrar que la visión no depende sólo del ojo sino también del funcionamiento del cerebro. En química la isomería también ha demostrado la falsedad del micromerismo: sustancias que tienen la misma composición molecular pero diferente estructura, tienen también diferentes propiedades químicas. Lo mismo cabe decir en biología de los priones, una proteína que no se diferencia de otras por su composición sino por su forma. Una tragedia sanitaria, la talidomida, demostró hasta qué punto la función de las moléculas orgánicas no depende sólo de sus partes, de su composición química. La talidomida es, además, un ejemplo de la profunda corrupción de la biomedicina contemporánea. Se trata de un tranquilizante experimentado en los campos de concentración nazis y difundido a finales de los cincuenta en medio de una gran campaña publicitaria. Era el narcótico perfecto, «casi» sin efectos secundarios, en una sociedad tan narcotizada que acabó siendo dispensado incluso a las mujeres embarazadas para evitar las náuseas. El micromerismo demostró sus serios problemas con el «casi». Cuando las mujeres consumidoras comenzaron a abortar y miles de niños nacieron con gravísimas malformaciones congénitas, especialmente en Europa, el «casi» empezó a llamar la atención, descubriendo que había dos talidomidas con la misma composición química pero distinta disposición espacial de sus átomos. El «casi» era la mitad, una mezcla racémica entre su parte dextrógira junto a la levógira. Sólo una mitad era inofensiva.

Para explicar su metodología micromerista Monod pone el ejemplo de un ingeniero extraterrestre que llega a la Tierra, encontrándose con un ordenador del que quiere conocer su funcionamiento. Según Monod, el ingeniero procedería a desmontarlo para analizar cada una de sus piezas, y no cabe duda de que eso le ayudaría a comprender muchas cosas sobre los ordenadores, excepto una: su funcionamiento. El extraterrestre avanzaría aún más en su comprensión si fuera capaz de volver a montar cada una de las ellas y enchufar el aparato a la red eléctrica. A medida que el análisis avanza, lo que demanda, más que la continuación rutinaria del procedimiento, es una síntesis, invertir el procedimiento, como proponía Newton, quien denominó «método de composición» a la síntesis: el análisis es anterior a la síntesis, decía Newton, pero siempre hay que llegar a una síntesis. Lo que mejor demuestra las limitaciones del análisis es la síntesis, bien porque no llega nunca o aparece en el delirio del doctor Frankenstein de reconstruir un ser humano juntando los restos de órganos extraídos de las tumbas. El hombre, decía Pasteur, imita a la naturaleza, cada vez la imita mejor pero nunca dejará de ser un imitador. Aún conociendo la composición de la sangre, en una transfusión no se la puede sustituir por una creación de laboratorio. Tampoco es posible recrear la leche materna y, por consiguiente, sustituirla por un compuesto sintético con la misma eficacia. El error se ha demostrado muchas veces. La aparición del escorbuto demostró que la nutrición no es sólo alimentación, que no es suficiente con saciar el apetito sino que es necesario dotar al organismo de determinados componentes esenciales. Pero la leche materna tampoco es ni alimentación ni nutrición, aunque en la década de los sesenta también se pretendió sustituirla por compuestos sintéticos uniformes. En el calostro va también una parte del sistema inmunitario que la madre transfiere al neonato. El ingrediente inmunitario de la leche materna se modifica cada día, algo que los productos sintéticos no pueden lograr. Que algunos médicos no quisieran comprender esto poniéndose al servicio de las multinacionales de la alimentación, causó muchas muertes y graves enfermedades a mediados del pasado siglo.

Ningún ser vivo se puede considerar como una federación celular, que transmite la noción estática de un mapa. Las células están en movimiento como consecuencia de los cambios (químicos, térmicos, radiactivos) que experimenta su entorno. A pesar de ello, la emigración celular aparece como un fenómeno marginal. Los manuales de citología deberían dedicar algún capítulo a explicar cómo se unen las células en un organismo pluricelular, cómo coordinan su actividad y cómo interaccionan entre sí. Si el número de células de un mamífero se cuenta por millones, las interacciones entre esas células es muy superior, pero es justamente esa parte la que permanece oculta. ¿Cómo se comunican las células entre sí? ¿Cómo coordinan su actividad? ¿Cómo se comunican las células con su entorno? El micromerismo retardó la obtención de respuestas a estos interrogantes y habitualmente las referencias ni abundan (195), ni ocupan tampoco el espacio que merecen. Por ejemplo, las glándulas de secreción interna (hipófisis, tiroides, los islotes del páncreas, las suprarrenales, los ovarios y los testículos) vierten sus mensajes, las hormonas, al torrente circulatorio. Una vez en la sangre, estas hormonas circulan por todo el organismo e interactúan con algunas células receptivas para un determinado mensaje, llamadas «células blanco». El sistema endocrino capta los cambios en el medio externo, ajusta el medio interno y favorece la actividad de cada célula de forma tal que la respuesta general se integre. Es, pues, uno de los mecanismos de coordinación celular, pero sólo uno de ellos.

La concepción federal de Virchow persistió durante la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del siguiente. Su influencia es indudable en el cellular federalism del embriólogo estadounidense Ernest Everett Just, es decir, rastreable al menos hasta 1930. Paralelamente comenzó a extenderse la teoría del «sistema» nervioso superior de Sechenov y Pavlov. El centralismo retornó a la biología desde Rusia. Según Pavlov, «el todo se fragmenta progresivamente en partes constituyentes cada vez más elementales y se sintetiza de nuevo». Por lo tanto, el análisis debe conducir a la síntesis en un momento determinado, a la generalización. Pavlov insistió en el papel coordinador del sistema nervioso, al que calificó como «el instrumento más completo para relacionar y conexionar las partes del organismo entre sí, al mismo tiempo que relaciona todo el organismo, como sistema complejo, con las innumerables influencias externas». Según Pavlov, «el organismo animal es un sistema extremadamente complejo, compuesto por un número casi ilimitado de partes conectadas entre sí y que forman un todo en estrecha relación y en equilibrio con la naturaleza ambiente» (195b).

Waddington fue uno de los pocos biólogos que mantuvo una actitud crítica hacia el micromerismo, expresándolo gráficamente: «La arquitectura en sí es más importante que los elementos que han servido para construirla». Pero las propias expresiones que se utilizan habitualmente en estos casos (todo, partes) son igualmente reminiscencias mecanicistas. Por eso Waddington apunta con más precisión cuando lo expresa de la siguiente manera: «Un organismo vivo no se puede comparar a un saco lleno de sustancias químicas, cada una de las cuales ha sido configurada por un gen particular. Su carácter peculiar lo admitimos implícitamente al decir de él que es un ser vivo. Ello presupone aceptar también que tiene la propiedad de estar organizado; pero ¿qué se entiende exactamente por organización? Se trata de un concepto bastante difícil de definir, por lo que quizá baste con que digamos aquí que implica el hecho de que las partes de que se compone un ser organizado tienen propiedades que sólo pueden comprenderse del todo poniendo cada una en relación con todas las demás partes del sistema» (196).

El micromerismo ha impuesto también una causalidad unilateral fundamentada en dos errores capitales: los efectos están separados de sus causas y una (única) causa produce un (único) efecto. Esta concepción arranca con el origen en la bioquímica, en la discusión sobre los fermentos, un componente altamente especializado. Tiene hoy un profundo arraigo en varias disciplinas relacionadas con la biomedicina:

a) cada microbio causa una enfermedad (postulado de Koch)
b) cada fármaco cura una enfermedad (teoría de la diana de Ehrlich)
c) cada antígeno produce su anticuerpo
d) cada gen produce una proteína (Beadle y Tatum)

Es lo que sucede con la técnicas de los marcadores, es decir, la asociación de determinadas proteínas exclusivamente a determinados virus, lo que permite -según algunos- su identificación indirecta. Esto ha provocado importantes errores. En 1975 Robert Gallo anunció el descubrimiento del «primer retrovirus humano», el fantasmagórico HL23V causante de la leucemia. El «descubrimiento» se apoyaba en la aparición de unos «anticuerpos específicos» que no eran específicos sino secreciones celulares procedentes de personas sanas que no padecían leucemia.

Pero la expresión más contundente de esta concepción micromerista es el dogma central de la biología molecular, en donde no sólo el genotipo es la causa del fenotipo, sino algo peor: un único gen que produce una única enzima. Esta simplificación transmite una imagen distorsionada de la fisiología celular, en donde se pueden estar produciendo más 5.000 reacciones bioquímicas de manera casi simultánea. La formulación micromerista del dogma arrastra, además, otra imagen -no menos distorsionada- de que el gen es anterior en el tiempo (y, por lo tanto, en la evolución) a las enzimas o a las proteínas.

El análisis ha conducido a la experimentación, al laboratorio, que se ha impuesto en todas las áreas del conocimiento. La publicación de la obra de Claude Bernard «Introducción a la medicina experimental» en 1865 marcó una nueva etapa. A partir de entonces a los experimentos se les atribuyó una serie de cualidades de las que carecen las observaciones de campo: son objetivos, controlables y reproducibles. Aunque de ese modo el laboratorio ha creído eliminar la subjetividad ligada a la observación, en realidad la ha sustituído por otra, por una nueva subjetividad, la que está ligada al experimento:

a) el laboratorio se aleja de la realidad
b) crea otra nueva realidad en la cual los seres vivos están ausentes, es decir, cambia la materia que estudiaba hasta entonces la biología
c) no extrae información de la observación sino de la manipulación de la realidad
d) la experimentación depende del instrumento que la hace posible

Al final del recorrido reduccionista, la vida no aparece ligada a un ser vivo sino a la célula, al ADN, los cromosomas o los genes, algo que los medios de comunicación repiten con insistencia. Han convertido al biólogo en un taxidermista y por eso algunos libros sensacionalistas de divulgación titulan que la vida ha muerto, que la vida no existe o, en expresión de Jacob, que en los laboratorios nadie pregunta por ella. Se ha alterado radicalmente el objeto mismo de la biología como ciencia de la vida, que retorna a las «ciencias naturales» en donde aparecen confundidos lo vivo y lo inerte. El problema aparece cuando esos componentes no están vivos porque no se puede explicar la vida a partir de componentes no vivos exclusivamente, sino por la forma en que esos componentes interactúan entre sí, es decir, por la forma en que se organizan y, por lo tanto, por la forma en que funcionan dentro de un organismo vivo. La biología no es una ciencia cuyo objeto se pueda mantener in vitro, como tampoco se pueden obtener conclusiones de la fisiología humana diseccionando cadáveres. La evolución de las especies, las presentes y las pasadas, no se puede explicar sólo con la ayuda del microscopio, ni se rige por las mismas leyes del mundo físico. Sin embargo, los micromeristas sí pretenden extrapolar las leyes que rigen los fenómenos celulares y moleculares a la evolución de todos los seres que componen la naturaleza viva.

A medida que la biología molecular ha insistido en la experimentación, se ha alejado de la realidad porque el laboratorio no se ha puesto al servicio de la observación sino de sí mismo. Ni la biología molecular es una ciencia cuyo objeto de estudio sean los seres vivos, ni un cultivo celular in vitro es un ser vivo, ni es posible encontrar nada semejante fuera de los laboratorios. Por lo tanto, una nueva disciplina cuyo objeto científico es artificial, sustituye a la biología «al aire libre», a la biología del Beagle, e incluso a veces tiene la pretensión de suplantarla. Los cultivos artificiales en invernaderos o laboratorios no reproducen los fenómenos de la naturaleza. Ni los guisantes, ni las moscas, ni los perros, ni las bacterias, ni los ratones, silvestres o de diseño, sirven para establecer leyes generales sobre la evolución de todos los seres vivos. Por ejemplo, hacia los años cuarenta la bacteria del colon (lombriz intestinal o Escherichia coli) sustituyó a las moscas que Morgan como modelo de experimentación. Pero esta bacteria ni siquiera es representativa del mundo unicelular, tanto del parasitario como del que tiene vida independiente. La mayor parte de las bacterias (más del 99 por ciento) no se pueden cultivar in vitro, dadas las condiciones extremas de presión o temperatura en las que viven, y las que sí se pueden cultivar no son representativas de los tipos de bacterias prevalecientes en la naturaleza (196b). Por lo demás, el medio de cultivo en el que se desenvuelve esa bacteria no tiene nada que ver con su medio natural, que es el intestino de los seres humanos. Son factores tan conocidos que, por ello mismo, no se suelen tener en cuenta. Como advertía Henry Mandel en 1923, las nuevas teorías microbianas se han forjado en los laboratorios, los cuales han perdido el contacto con la enfermedad. Durante una enfermedad el microbio no se desenvuelve en un medio de cultivo artificial, sino que interacciona con el organismo anfitrión en el que está alojado (196c).

El laboratorio convierte los «medios» en «fines» en sí mismos. Hoy las técnicas de laboratorio para identificar y aislar son cada vez más importantes. La mayor parte de los artículos científicos que se publican versan sobre sofisticadas técnicas y procedimientos de laboratorio, y la enseñanza pone el énfasis en lo mismo. Los medios son tan importantes que deciden sobre lo que existe y lo que no existe, una dicotomía con trampa porque parte del supuesto de que todos los seres vivos lo son en cuanto que pueden ser aislados, de vivir en aislamiento; es más: aislados en un laboratorio. Si existe algo que puede vivir en aislamiento, también puede ser aislado. El aislamiento, pues, ha sido -y es- un problema importante en biología que ha afectado a proteínas, enzimas, ácidos nucleicos, pero también a los organismos vivos. Las fermentaciones ya suscitaron el debate de separar a los microbios de los fermentos «solubles», suscitándose problemas no sólo por el tamaño sino también otros de tipo conceptual, lo cual debería alertar sobre los estragos del positivismo: la separación entre hechos y teorías es relativa, cambiante. Un virus existe -se descubre su existencia- cuando se considera aislado después de superar determinados requisitos técnicos. Primero se tuvieron que separar de las bacterias mediante un filtrado más fino, denominándose virus «filtrables». Como en los viejos tiempos de la teoría miasmática, el virus se consideraba como un veneno, un líquido, o sea, materia inerte. Luego se demostró que era una partícula, capaz de ser detectado por su tamaño. Sucesivos errores exigieron no sólo afinar el tamaño de los filtros sino nuevas técnicas de aislamiento, tales como los gradientes de densidad, pero la duda teórica no se ha despejado porque la biología no ha resuelto la cuadratura del círculo, es decir, no puede afirmar si el virus es un ser vivo, si se puede aislar de un ser vivo conservando su identidad como tal.

La evolución del concepto de virus demuestra que las teorías científicas son complejos integrados por observaciones, conceptos, enunciados, definiciones, hipótesis e inferencias. Las explicaciones no están separadas de los hechos, ni los hechos de las teorías que los explican, como pretende el empirismo; están en mutua interacción. Cualquiera que haya publicado un artículo científico o escrito una novela sabe que las multiples «lecturas» que de ellos se hacen, no coinciden con lo que el autor pretendió exponer. Hay tantas lecturas como lectores. Pero la subjetividad no es sólo un problema individual; es la subjetividad que crea el propio estado alcanzado por la ciencia en un determinado momento, es decir, sus limitaciones presentes. En cualquier disciplina la objetividad no es un punto de partida sino un proceso dilatado; avanza con el propio desarrollo del conocimiento. La esencia de la dinámica de una ciencia no es, en definitiva, más que el tránsito de lo subjetivo a lo objetivo, que nunca es posible agotar.

En el conocimiento científico, los hechos son el aspecto dominante, el motor que desarrolla el discurso. El componente fáctico mueve el desarrollo de las teorías científicas, pero conviene recordar a los empiristas que la ciencia se debe apoyar en todos, en la mayoría o en una parte esencial de los hechos. Hoy se publican una cantidad ingente de artículos científicos, cada uno de los cuales expone hechos y observaciones fácticas en una cantidad tan gigantesca que es imposible leerlos y, por consiguiente, tenerlos en cuenta, sobre todo para alguien que pasa su tiempo en un laboratorio, preocupado por su parte por encontrar más hechos. La ciencia se desenvuelve hoy abrumada por tantos hechos que no es capaz de digerirlos. Es otra de las grandes trampas que envueven a la ciencia moderna, un aspecto importante sobre el que volveré a exponer algunas observaciones más adelante. También es necesario recordar que la teoría celular no nace con el descubrimiento de la célula. El descubrimiento de un «hecho» no aportó de inmediato una nueva teoría. El complejo que integran los hechos y las teorías es dinámico, cambia cuantitativa y cualitativamente, pero una buena teoría científica debe acumular observaciones, experimentos y fenómenos, articulando en torno a ellos el discurso que trata de explicarlos e integrarlos. Pero sobre todo, una buena teoría abre la posibilidad de iniciar nuevas investigaciones, acelerar la acumulación de observaciones. Las teorías condenadas al ostracismo son las retóricas, es decir, aquellas en las que el discurso se sostiene sobre sí mismo con una pobreza extrema de concreción fenomenológica, sobre definiciones o hipótesis, encadenadas una detrás de otra.

En torno a esta concepción experimental, Luria y Delbrück organizaron toda una metodología y un colectivo influyente, que fue conocido como «el grupo del fago». Un experimento de este grupo realizado en 1943 marcó el derrotero de la nueva biología de la posguerra. Los mendelistas «leyeron» este «hecho» de laboratorio como la prueba incuestionable de que las mutaciones del genoma son aleatorias, edificando sobre el mismo su teoría de la evolución. Si se analiza con detalle su construcción se debió entender ya en aquella época que no eso es cierto. La evolución posterior de la biología molecular añadió nuevos «hechos» que Luria y Delbrück no pudieron siquiera sospechar. El más importante de ellos es que la noción micromerista de la bacterias planctónica, es decir, seres individuales flotando en un determinado medio, es falsa. Las bacterias forman colonias y actúan colectivamente, adhiriéndose a una superficie, creando capas que las aíslan relativamente de dicho medio y comunicándose entre sí. La bacteria planctónica es una construcción de laboratorio; los biofilms son la naturaleza.

Los prolijos protocolos que se siguen para la aprobación de fármacos para el consumo humano ponen de manifiesto la distancia que hay entre un laboratorio y la vida real. También es algo que cualquier especialista admite, pero sólo retóricamente. La subjetividad experimental aún está por reconocer. Los experimentadores están sugestionados por los laboratorios, los procedimientos in vitro y los instrumentos técnicos auxiliares, algo que los artículos científicos detallan con precisión. Lo que no suelen reconocer es en qué medida los procedimientos han podido afectar al resultado. Desde luego, el lector rara vez repara en ellos. No los lee porque al vértigo de la ciencia moderna lo que le interesa son los resultados, las conclusiones, no la manera de llegar a ellas. Aunque los procedimientos y las técnicas tienen cada vez más importantancia, la construcción de las argumentaciones científicas prescinden de ellos y se apoyan exclusivamente en los resultados finales.

Una de las técnicas más importantes que coadyuvaron al nacimiento de la biología molecular fue el microscopio electrónico, un instrumento que no falta en el equipamiento de ningún buen laboratorio desde 1945 y que, a su vez, exige un método de preparación del objeto antes de proceder a su observación. Son los procedimientos propios de un taxidermista. La células son deshidratadas antes de ser cortadas en filetes muy finos y luego teñidas de colores a fin de que se puedan apreciar con mayor nitidez. Lo que el investigador observa en su laboratorio no es, pues, un fenómeno real sino una creación artificial. Otro tipo de instrumentos, como el microscopio de campo oscuro, permiten observar seres vivos en movimiento, fenómenos que ocurren «en tiempo real».

En un laboratorio los experimentos se realizan sobre animales criados en cautividad, endogamizados, con un sistema inmunitario frágil; se trata de seres débiles y enfermizos. Otros están manipulados genéticamente. Una rata de laboratorio no tiene mucha relación con otra silvestre. Los ratones de laboratorio suelen ser albinos. Un reciente estudio descubrió que al tomar a los ratones por la cola, les provoca ansiedad, lo cual altera las conclusiones de algunos experimentos (197). Otros experimentos se llevan a cabo no con animales completos sino con células derivadas de ellos, denominadas explantos o cultivos primarios que se realizan fuera de los tejidos del ser vivo del que proceden. Pero la mayoría de las células no se pueden cultivar in vitro porque tienen un periodo de vida limitado. Después de un cierto número de duplicaciones envejecen y dejan de dividirse. Hay que seleccionar el tipo de células en las que se va a llevar a cabo el experimento, normalmente los leucocitos extraídos de la sangre, que se conservan en incubadoras con condiciones ambientales constantes (temperatura, humedad, pH) y, desde luego, siempre están bien nutridas. El rechazo del lamarckismo no permitió a los laboratorios sospechar siquiera que las células, como los seres vivos, acaban adaptadas al medio en el que se desenvuelven que, naturalmente, nada tiene que ver al medio originario del que proceden.

La técnica de cultivo de las células afecta a su fisiología y al funcionamiento de su genoma. Si se cultivan en placas planas (conocidas como placas de Petri), las células se pegan al fondo de la placa y se esparcen a medida que se multiplican. Por el contrario, en condiciones naturales, tridimensionales, las células están suspendidas en fluidos, rodeadas por otras células y, además, no están pegadas, sino que se mueven y crecen más rápido (197b).

Los laboratorios son organismos complejos, empresas privadas o instituciones públicas en donde que las decisiones no siempre se adoptan teniendo en cuenta criterios científicos sino que éstos coexisten con los económicos, presupuestarios y contables. No siempre las necesidades científicas prevalecen sino que, en ocasiones, se impone la necesidad de ahorrar costos, por rapidez, sencillez, multiplicación acelerada etc. Los cultivos secundarios de células se compran a empresas comercializadoras. Habitualmente se trata de células enfermas, normalmente cancerígenas, como las HeLa, porque se multiplican más rápidamente y se puede conservar una estirpe uniforme. Los experimentos buscan la homogeneidad, la reproducción en condiciones idénticas. Los embriones, las células germinales y las tumorales tienen niveles elevados de telomerasa y, por lo tanto, una capacidad de multiplicación más duradera. Es posible lograr la multiplicación indefinida de las células somáticas activando la secuencia de ADN que fabrica la telomerasa. De ese modo la célula puede seguir dividiéndose y generar una estirpe celular que se puede conservar durante un período largo de tiempo, reteniendo su viabilidad. Pero no todas las células humanas se preservan de la misma manera. Algunas, a pesar de que sus telómeros no se acorten, también paralizan su división. Para lograr que mantengan su capacidad reproductiva los laboratorios introducen virus cancerígenos.

En ocasiones en los cultivos se estimula a las células con fitohemaglutinina, interleukina o corticosteroides, agentes oxidantes que las estresan, por lo que desprenden ácidos nucleicos (retrovirus endógenos) y microvesículas. Otra de las formas de manipulación de las células en los laboratorios es contraria al principio de aislamiento: son los cocultivos. En ellos se mezclan unas células con otras, las extraídas de su medio natural (de pacientes, por ejemplo) con las artificiales, procedentes de los laboratorios (HeLa, Jurkat, Hut-78). De esta manera se han producido numerosos equívocos procedentes del arraigado prejuicio de la pureza, según el cual las células no se fusionan unas con otras porque tienen vida por sí mismas, son independientes unas de otras y no se contaminan unas con otras. El postulado es tan absurdo que sus propagadores no han caído en la cuenta de que la propia vida humana no es más que la fusión de dos células diferentes: un óvulo y un espermatozoide, y que fenómenos tan conocidos como la metástasis del cáncer no son más que la extensión de una patología celular a las células vecinas.

El aislamiento biológico no existe, ni siquiera en los cultivos in vitro; más bien al contrario, lo que se produce es la contaminación. En 1966 Stanley Gartler comprobó en 70 muestras de células tomadas de diferentes laboratorios, que ninguna de ellas era del tipo con el cual los laboratorios creían trabajar sino que habían sido suplantadas por células cancerígenas HeLa. Nadie le prestó atención, hasta que en 1975 Walter Nelson-Rees confirmó que las células HeLa habían influido sobre otras alterando su naturaleza. En 1999 comprobaron que en Alemania el 18 por ciento de un total de 252 cultivos celulares estaban contaminados por células diferentes de las que se creían utilizar (197c). Los laboratorios no estaban trabajando con el material celular que suponían. Si en un cultivo celular de laboratorio las células no son independientes unas de otras, con mucha mayor razón se puede pensar lo mismo de las células que forman parte de un mismo organismo vivo.

Los cocultivos in vitro no sólo contaminan a unas células con otras, sino también con virus. El «grupo del fago» inoculaba a las bacterias con virus, con lo cual no sólo se modificaba la bacteria sino también el virus. Las interacciones son mutuas, es decir, no vale cualquier virus ni cualquier bacteria. Los efectos cambian tanto al cambar la bacteria como al cambiar el virus. Cuando en los cultivos de células se inocula un determinado tipo de virus, como los asociados a la polio, la gripe y el herpes, mueren de inmediato. Por el contrario, otros virus no sólo no destruyen a la célula sino que logran que se multiplique incontroladamente. Entonces se concluye que la célula anfitriona se ha «inmortalizado» y que dicho virus es cancerígeno. Cuando eso ocurre inadvertidamente, tiene serias consecuencias sobre la salud de las personas, como sucedió con las primeras vacunas contra la polio («incidente Cutter»). Para manipular el virus y elaborar la vacuna, se deben cultivar en un medio celular. La corriente dominante de la microbiología aún cree que la polio está causada por su virus correspondiente, llamado poliovirus. A fin de inactivarlo, este poliovirus se cultivó en células procedentes de monos Rhesus para inactivarlo y posteriormente inocularlo en millones de niños. Pero junto con el poliovirus atenuado, la vacuna contenía también un virus propio de los macacos, el SV40, que estaba presente en las células de cultivo y que entonces el análisis aún no había sido capaz de detectar. No se conocen las consecuencias que esto ha podido tener en la salud de millones de seres humanos en todo el mundo, aunque el SV40 se utiliza hoy en los laboratorios para crear células «inmortales», es decir, como elemento cancerígeno. No hay ningún interés en saber el alcance del perjuicio causado porque las vacunas son el gran mercado de la industria famacéutica y la de la polio fue su momento estelar. El hecho es que un importante porcentaje de la población mundial, quizá una cuarta parte, lleva consigo un virus simiesco deliberadamente inoculado. Aunque dijeron que las vacunas contaminadas se habían retirado, lo cierto es que se han seguido comercializando en algunos países al menos hasta 1980 (197d). A los niños les inocularon dos virus para prevenir la acción posible de uno de ellos.

Si la teoría de la evolución es -o debe ser- interdisciplinaria, en el siglo XX el micromerismo la condujo por el camino opuesto, situando a la genética en el sitio académico de privilegio que en la actualidad ocupa dentro de las diversas ramas de la biología. Cambiaron cuantitativa y cualitativamente los planes de estudio, los diccionarios, los manuales y las enciclopedias para ensalzar el papel protagonista de la genética. Ha cambiado la biología y ha cambiado la historia de la biología, la manera de contar la evolución de esta ciencia. Carece de interés cualquier asunto que no tenga relación con el ADN. Los manuales de biotecnología, por ejemplo, sólo aluden a las técnicas de ADN recombinante, dejando fuera a las fermentaciones o la fabricación de bioproteínas (single cells proteins). La biotecnología se confunde con la ingeniería genética. Hoy la historia de la biología es la historia de la biología molecular, una historia micromerista que busca lo más pequeño porque eso es lo más importante. Incluso dentro de lo más pequeño, la historia de la biología molecular no cuenta la historia de las enzimas o las proteínas sino la historia del ADN o de aquello que tiene relación con el ADN. Quienes han realizado los descubrimientos capitales de la embriología son desconocidos porque los protagonistas únicos y exclusivos son siempre los mismos, un puñado muy reducido de autores: Mendel, De Vries, Morgan, Dobzhansky, Crick, Watson... A su vez, de esos autores sólo interesan determinadas obras, manteniendo el resto en el olvido. Por ejemplo, a De Vries sólo se le conoce por ser uno de los «redescubridores» de Mendel, mientras que sus obras completas ocupan siete volúmenes, de los que casi nadie quiere saber nada. El concepto de gen es más importante que el de hormona. Así lo pone de manifiesto la historia «de la biología» que escribió Mayr, cuya temática se agota con la doble hélice. No hay ninguna referencia a la ecología ni a la virología, por poner dos ejemplos, por no hablar de otras partes integrantes de la disciplina. Ese tipo de historias rondan exclusivamente lo que tiene algo que ver con la genética y con los autores que la hicieron posible. Los manuales de biología tienen que aludir necesariamente a De Vries y sus mutaciones pero pueden prescindir de Von Frisch y sus abejas. El gran descubrimiento de la biología en 1900 no son los postulados de Koch sino las leyes de Mendel, aunque los motivos hay que adivinarlos, porque no hay una explicación clara de ello. La manera en que Mayr expone la centralidad de la genética es característica del cúmulo abigarrado de mistificaciones que envuelven a la teoría sintética:

El aspecto más importante de la herencia es el programa genético. Es él quien diferencia radicalmente a los seres vivos del mundo de los objetos inanimados, y no existe fenómeno biológico en el cual no esté implicado un programa genético. Los genetistas, no sin razón, han afirmado, pues, que la genética es la más fundamental de las disciplinas biológicas.

La importancia de la genética se debe al hecho de que trata de un nivel de la jerarquía de los fenómenos biológicos que hace de enlace entre los dominios relativos a los organismos enteros -presentados por la biología de sistemas y la mayor parte de la biología evolucionista- y los relativos a los fenómenos puramente moleculares. A causa de ello, ha unificado la biología mostrando que los procesos genéticos en los animales y en las plantas eran idénticos. Más importante aún, la genética ha resuelto el problema de los mecanismos de la evolución y el desarrollo. La explicación completa de no importa qué fenómeno, en no importa qué rama de la biología evolucionista, se trate de la fisiología del desarrollo o de la biología evolucionista, requiere previamente que se hayan comprendido los principios fundamentales de la herencia. Si la biología ha podido progresar a paso de gigante en el siglo XX es en gran parte gracias a una mejor comprensión de los mecanismos de la herencia. Correlativamente, muchas controversias de la primera mitad del siglo XX no tuvieron otra razón que la dificultad para hacer coincidir los resultados y los conceptos de la genética con los de las ramas más antiguas de la biología (197e).

Como consecuencia de esto, en un repaso a la biología se puede prescindir de cualquier cosa excepto de los genes, porque todo lo que no son genes desempeña una función marginal. Al mismo tiempo, los genes, lo mismo que la selección natural, adquieren una connotación panglósica: lo explican todo, es decir, no explican nada.

A su vez, la genética es una ciencia lastrada por su origen, que no estuvo en las facultades de medicina ni en nada que tuviera que ver con la biología, sino en la práctica económica o, para ser más preciso, en la agronomía. Más que con estudios o investigaciones universitarias, tuvo que ver con agricultores y ganaderos que trabajaban sobre el terreno y que, además, pretendían obtener beneficios económicos de sus experimentos, es decir, con la penetración del capitalismo en el campo. El vuelco que experimentó la biología tuvo profundas raíces económicas en una división capitalista del trabajo: los seleccionadores se separaron de los agricultores. Desde el neolítico, es decir, desde hace 10.000 años, la agricultura y la selección de las semillas las realizaban los mismos campesinos, que apartaban las mejores para volver a sembrarlas al año siguiente, un procedimiento empírico denominado «selección masal». De la cosecha elegían aquellas que poseían las cualidades buscadas: alto rendimiento, fruto abundante, resistencia a las plagas, a la sequía, a las heladas, etc. Se sembraban de nuevo y las mejores se volvían seleccionar para la siguiente cosecha, repitiendo el proceso un cierto número de generaciones, hasta obtener una variedad mejorada que mantiene siempre idénticas características, lista para ser plantada por los agricultores. Esta práctica dio lugar a una cantidad cada vez mayor de variedades vegetales adaptadas localmente. Un mercado de alcance limitado, basado en el autoconsumo, promovía la diversidad vegetal.

Lo mismo cabe decir de la ganadería, en donde los mejores sementales se convirtieron en mercancía por sí mismos, por las cualidades reproductivas que transmiten en su descendencia. El apareamiento de la cabaña dejó de ser una práctica espontánea y empírica en Inglaterra ya en el siglo XVIII; criadores como Gresley y Bakewell buscaban ejemplares especializados: un caballo de carreras será diferente de otro de tiro; determinados animales se cuidan y preservan sólo como instrumentos sexuales, lo cual se convierte en un negocio en sí mismo, tanto en caballos, como en perros, gallos, ovejas, vacas, palomas u otras especies económicamente útiles.

En una cierta escala siempre había existido esa división del trabajo entre los agricultores y los seleccionadores, pero cuando a finales del siglo XIX se profundiza, los primeros propietarios de viveros y sementales son capitalistas que acumulan las mejores especies para revenderlas o explotar sus fecundaciones y no corren ninguno de los riesgos propios de la cosecha. Una parte de los campesinos se transforman en comerciantes, aparecen los prestamistas de semillas, los viveros y los bancos de semillas. La primera empresa vendedora de semillas de siembra fue la Vilmorin en 1727 en Francia. Incluso ya se vendían semillas por correo en Estados Unidos a comienzos del siglo XIX. Los seleccionadores no se conforman con las variedades locales y viajan por todo el mundo en busca de buenas semillas. En 1895 y 1900 M.A. Carleton viajó a Rusia en nombre del Ministerio de Agricultura de Estados Unidos para comprar semillas de trigo, entre ellas la variedad Jarkov, que en 1921 se cultivará en más de ocho millones de hectáreas del suelo americano. Los agricultores tienen que comprar semillas todos los años, las piden prestadas a los viveros con una garantía de devolución sobre la cosecha y, finalmente, también sobre la tierra. La siembra es una inversión que convierte al campesino en dependiente de empresas comercializadoras cuyo radio de acción va siendo cada vez más amplio, hasta alcanzar al mercado internacional (198). A los seleccionadores sólo les interesan las semillas, no el fruto. Su tarea concierne a la reproducción, no al cultivo, cuidado y desarrollo de la planta o del ganado.

A la «selección masal» le siguió inmediatamente la hibridación, la otra fuente empírica de conocimientos genéticos desde finales del siglo XIX, si bien de la hibridación pronto no quedó más una de sus formas, la hibridación sexual, pasando al olvido las hibridaciones vegetativas y poniendo en un primer plano, como habrá oportunidad de exponer más adelante, la búsqueda y preservación de los ejemplares «puros». No sólo aquellos capitalistas agropecuarios creyeron que en la naturaleza era posible encontrar algo «puro» sino que se olvidaron de que lo «puro» había surgido de lo «impuro», de la mezcla y la hibridación. Lo «puro» tenía que ver con el sexo y, empeñados siempre en reducir y simplificar, la genética sólo entiende de la reproducción sexual. La genética nació del impulso ideológico de estos seleccionadores de semillas que, por su propia configuración social, quebraron las líneas de desarrollo de la biología que existían a finales del siglo XIX, escindieron la generación de la transformación, lo cual no era más que un reflejo intelectual de la división del trabajo impuesta a la agricultura y, por lo tanto, de la penetración del capitalismo en el campo. Los seleccionadores pusieron a la herencia en el centro de la evolución, la genética suplantó a la biología o, en palabras de François Jacob, «el sustrato de la herencia acaba siendo también el de la evolución» (199).

Al separar la generación de la transformación, los seleccionadores separaron los dos componentes del mandato bíblico («creced y multiplicaos») e identificaron la vida con la multiplicación exclusivamente. La vida no consiste en crecer, transformarse o desarrollarse sino en reproducirse, una idea que conectará fácilmente con el malthusianismo, la competencia y la lucha por la existencia. Por consiguiente, la vida se reduce a la multiplicación y ésta es un mecanismo cuantitativo: como cualquier fotocopiadora, no produce sino que reproduce a partir de un original, difunde copias que son idénticas entre sí e idénticas al modelo de procedencia. Si la vida es reproducción (y no producción), se debe identificar con los mecanismos que hacen posible su transmisión: cromosomas, primero y ADN posteriormente. En inglés el título de una obra de divulgación de Kendrew sobre biología molecular es «El hilo de la vida» (200), expresión con la que se refiere al ADN y que literalmente siguen Suzuki, Griffiths, Miller y Lewontin, quienes también aluden al ADN como el «hilo de la vida» (201). Con muy diferentes formulaciones literarias, es un mito que está presente en casi todos los autores. En su panfleto Schrödinger habló de los cromosomas como «portadores» de la vida; en ellos radican las claves de los seres vivos: «En una sola dotación cromosómica se encuentra realmente de forma completa el texto cifrado del esquema del individuo». Es un retorno de varios siglos atrás, hacia el preformismo: los cromososmas contienen el «esquema completo de todo el desarrollo futuro del individuo y de su funcionamiento en estado maduro». Puede decirse incluso que son mucho más: los instrumentos que realizan el desarrollo que ellos mismos pronostican; son el texto legal y el poder ejecutivo, el arquitecto que diseña los planos y el aparejador que dirige la obra, la «inteligencia absoluta de Laplace» para establecer cualquier cadena causal (202). Ahí aparece confundida la biología con la quiromancia...

Los seleccionadores llevarán el micromerismo hasta sus últimos extremos, de la célula a los genes pasando por los cromosomas. Impondrán una concepción individualista de la herencia (y por tanto de la evolución): lo que evolucionan son cada uno de los organismos y combinaciones sexuales de ellos. El atomismo celular y genético no era más que un trasunto de ese individualismo, una noción política transfigurada a la biología. Según Virchow, el individuo es una organización social, una reunión de muchos elementos puestos en contacto, una masa de existencias individuales, dependientes unas de otras pero con actividad propia cada una de ellas. Esta concepción clasista, aseguró por su parte Haeckel, no es una analogía entre lo biológico y lo social: todo ser vivo evolucionado es una «unidad social organizada, un Estado cuyos ciudadanos son las células individuales», de modo que «la historia de la civilización humana nos explica la historia de la organización de los organismos policelulares», donde las algas son los salvajes, poco centralizadas, primitivas (203). En torno a esta concepción política, en 1881 el genetista Wilhelm Roux desarrolló su «mecánica del desarrollo» y su teoría de la «lucha entre las partes» dentro de un mismo organismo, basada en una visión pluralista y no sistemática ni orgánica de los seres vivos. Cada parte conserva una independencia relativa. El tipo de cada parte -dice Roux- se alcanza y se realiza, no por transmisión integral de un modelo unitario, sino por satisfacción de necesidades inherentes a las cualidades heredadas de las partes singulares. Es el atomismo llevado a la materia viva, la lucha de todos (cada uno) contra todos (los demás), que también alcanza a la inmunología, cuyos manuales han rescatado una curiosa versión del idealismo clásico alemán de Fichte: el yo, el cuerpo, es capaz de diferenciarse y luchar contra el no-yo, generando anticuerpos para impedir la entrada de elementos extraños en su interior.

El micromerismo es la microeconomía del mundo vivo, su utilidad marginal y cumple idéntica función mistificadora: son las decisiones libres de los sujetos (familias y empresas) las que explican los grandes agregados económicos tales como el subdesarrollo, el déficit o la inflación. La naturaleza no forma un sistema, las partes de un organismo «no pueden subsistir como partes de un todo de manera rígidamente normativizada». La lucha de las partes es el fundamento de la formación y del crecimiento del organismo en el proceso de su adaptación funcional. Como afirma Canguilhem, con la teoría celular «una filosofía política domina una teoría biológica». Según el filósofo francés, «la historia del concepto de célula es inseparable de la historia del concepto de individuo. Esto nos autoriza ya a afirmar que los valores sociables y afectivos planean en el desarrollo de la teoría celular» (204).

En la biología el individualismo perseguirá la identidad propia, una diferencia indeleble por encima del aparente parecido morfológico de los seres humanos y de un ambiente social homogeneizador, hostil y opresivo. El fenotipo podía ser similar, pero el genotipo es único para cada individuo. Es la naturaleza misma la que marca el lugar de cada célula en los tejidos y de cada persona en la sociedad. El carácter fraudulento de esta inversión (de lo natural en lo social) ya fue indicado por Marx y Engels, quienes subrayaron que provenía de un truco previo de prestidigitación: Darwin había proyectado sobre la naturaleza las leyes competitivas de la sociedad capitalista que luego retornaban a ella como «leyes naturales» (205). Sobre la base de ese individualismo, una base natural e inmutable, había que edificar la continuidad del régimen capitalista de producción. Cabía la posibilidad de hacer cambios, siempre que fueran pequeños, fenotípicos, y no alteraran los fundamentos mismos, la constitución genética de la sociedad capitalista. Por supuesto esas pequeñas variaciones no son permanentes, no son hereditarias, no otorgan derechos como los que derivan de la sangre, del linaje y de la raza. De ahí que las tesis micromeristas prevalecieran entre los mendelistas de los países capitalistas más «avanzados», especialmente en Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania y sus áreas de influencia cultural, bajo el título fastuoso y ridículo de «dogma central» de la biología molecular.

Cuando la evolución se abrió camino en la biología de manera incontestable, era necesario un subterfugio para separar lo que evidentemente evolucionaba de aquello que -supuestamente- no podía evolucionar en ningún caso. La herencia no crea ni transforma, sólo transmite lo que ya existía previamente; es la teoría de la «copia perfecta», algo posible porque el genoma no cambia (los mismos genotipos crean los mismos fenotipos). La genética no estudia los problemas de la génesis, que quedan disueltos entre los problemas de las mutaciones. Es otra de las paradojas que encontramos en el siglo XIX: la lucha contra Darwin pasó a desarrollarse en nombre del propio Darwin. Con el transcurso del tiempo los neodarwinistas prescindirán de la herencia de los caracteres adquiridos para acabar prescindiendo del mismo Lamarck, hábilmente suplantado por un remiendo de las tesis de Darwin. La biología y la sicología se reparten las tareas: a la biología compete lo hereditario y a la sicología lo aprendido; lo hereditario no se aprende y lo aprendido no es hereditario. No obstante, en este proceso quizá lo peor no haya sido el vuelco que da la biología a finales del siglo sino a la historia de la biología, empezando por la tesis de que no hay evolución antes de Darwin ni genética antes de Mendel, la de que lamarckismo es algo no sólo diferente sino opuesto a darwinismo, etc.

En esa confusa polémica, muchas veces encubierta, confluyeron factores de todo tipo, y los argumentos científicos sólo constituyeron una parte de los propuestos. Como ocurre frecuentemente cuando se oponen posiciones encontradas, los errores de unos alimentan los de los contrarios y por eso la oposición religiosa al darwinismo presentó a éste con un marchamo incondicional de progresismo que no está presente en todos los postulados darwinistas. A finales de siglo, el componente religioso sigue estando muy presente, especialmente en la paleontología y los estudios de lo que -también confusamente- empezaba a conocerse como prehistoria. Ante los ojos atónitos de la humanidad aparecía una época de la humanidad anterior y, por lo tanto, ajena al cristianismo. La polémica retorna al siglo XVI, cuando los teólogos se preguntaban si, a pesar de las apariencias, los indios americanos eran auténticos seres humanos, es decir, si tenían alma. Los primeros restos fósiles de humanoides primitivos presentaban a unos seres anteriores a Adán y Eva y, por consiguiente, a la creación divina. Antes de cualquier referencia bíblica habían existido sociedades precristianas, sin alma, formadas al margen de cualquier adoctrinamiento religioso. Resurge el paganismo. Precursores de la paleontología como Gabriel de Mortillet, distinguido militante del partido republicano radical, utilizan la nueva ciencia como un instrumento de lucha no sólo ideológica sino política contra Napoleón III, el Vaticano y el protagonismo de las fuerzas católicas en la vida pública francesa.

En la polémica religiosa subyace un profundo cambio en la percepción humana del tiempo, el vértigo de su dilatación hacia el pasado y la incógnita de su proyección hacia el futuro. Emerge la conciencia antediluviana. El cristianismo había educado a la humanidad en unos márgenes históricos muy limitados de unos 6.000 años que Buffon pulverizó al elevarlos hasta los 74.382 y que cada descubrimiento, especialmente en el ámbito de la geología, multiplicaba espectacularmente (206). ¿Cómo había sido el hombre en el pasado? ¿Había sido realmente humano? Por lo tanto, ¿qué definía al hombre? ¿Cuál es su esencia? ¿Hacia donde conducía la biología al ser humano como entidad biológica? ¿Aparecerían superhombres? ¿Crearía la evolución humana nuevas razas? ¿Se quedarían otras rezagadas? ¿Está en decadencia occidente, como decía Spengler? Quizá todas las sociedades humanas estaban en decadencia y, por primera vez, la evolución se había convertido en su contrario, en involución. Es el momento en el que la conciencia burguesa entra en su peor eclipse, concluyendo que en la evolución no se observa ningún progreso. O quizá sí, hacia el caos y la catástrofe planetaria, el maelstrom del que hablaron en sus relatos Edgar Allan Poe («Un descenso al Maelstrom») y Julio Verne («Veinte mil leguas de viaje submarino»).

Como también suele ocurrir cuando se abordan fenómenos asociados a conceptos tales como «raza», en la segunda mitad del siglo XIX los factores chovinistas también estuvieron entre aquellos que hicieron acto de presencia. En el origen del hombre la polémica religiosa era una parte, pero no se trataba de averiguar únicamente si el hombre provenía de un acto de creación divina sino en dónde encontrarlo: ¿de dónde era Adán? ¿dónde había aparecido el primer hombre? La estratigrafía demostraba que ese primer humano estaba sepultado bajo un montón de tierra. En 1865 Julio Verne aporta su propia versión en su «Viaje al centro de la Tierra». Entonces no había discusión sobre un punto: todos los arqueólogos coincidían en que Europa era la cuna de la humanidad porque todos los arqueólogos eran europeos; el problema empezaba cuando disputaban acerca de qué país europeo vio nacer al primer hombre, dónde estaba la cuna de la humanidad.

Las reacciones chovinistas estaban en todos los países europeos. El final del siglo XIX conoce la organización de gigantescas Exposiciones Universales, donde las naciones competían por mostrar a las demás sus avances tecnológicos. La ciencia y las revistas científicas, paracientíficas y seudocientíficas tenían una enorme divulgación, sólo comparable a las deportivas en la actualidad. Reeditadas hasta la saciedad, las novelas de Julio Verne constatan que la ciencia estaba de moda y los científicos eran el modelo de país, el espejo que mostraba su grandeza, de manera que, en buena medida, las disputas científicas disfrazaban disputas nacionales y nacionalistas. Si Röntgen descubrió los rayos X en Alemania, Blondlot se inventó los rayos N en Francia. Si Francia exhibía a Pasteur, Alemania hacía lo propio con Koch, pero es como si cualquiera de ellos fuera la encarnación misma de la ciencia francesa y alemana respectivamente, o algo más: la encarnación de todo un país, de su grandeza, de su genio, de su superioridad «natural». En Alemania la derrota del ejército francés no sólo fue interpretada como un signo de la debilidad política de Francia, sino también como un síntoma de la inferioridad de los franceses. En aquella orilla del Rhin entre la intelectualidad se esfumó la secular influencia del pensamiento francés heredero de la revolución de 1789, sustituido por uno propio, pangermanista, militarista y expansionista, cuyas consecuencias sobre la biología habrá que volver a plantear más adelante.

Naturalmente, el chovinismo también era muy común en Francia a finales del siglo XIX, tras la derrota frente a Prusia en 1870, la pérdida de Alsacia y Lorena y la unificación del Reich. Son los años del caso Dreyfuss y del general Boulanger en los que el ejército se presenta como el paladín de la nación. Por ejemplo, uno de los motivos del rechazo de la teoría celular en Francia estuvo motivado por el antigermanismo sembrado bajo la III República (206b). Los estudios arqueológicos también tuvieron una vinculación estrecha y directa con el chovinismo posterior a la derrota en la guerra con Prusia. En 1872 se crea la AFA (Asociación Francesa para el Progreso de las Ciencias), que ponía la ciencia al servicio de la nación y la nación al servicio de la ciencia. Una de las figuras principales de la AFA era el referido Gabriel de Mortillet, que dedicó un libro entero a esta cuestión, La formation de la nation française, que transcribe el curso que impartió en 1889. Mortillet era un científico de los que ya no se encuentran. Nunca separó la política de la ciencia. Desde 1848 consideró que la divulgación de la ciencia era un arma esencial en la lucha por la democracia. El curso de Mortillet tuvo lugar en la Escuela de Antropología de París, una institución creada por Paul Broca en 1875, a la que el gobierno le había reconocido como «institución de utilidad pública», un título que alcanzaba no sólo a la Academia sino también a la arqueología como disciplina científica. Aquella Escuela estuvo mucho tiempo bajo sospecha por el contenido «subversivo» de las discusiones evolucionistas. La prefectura de policía sólo autorizaba sus sesiones mientras no abordaran cuestiones de carácter «teológico, político, o social», y durante más de cinco años, estuvo enviando a un policía de paisano a las reuniones. En Broca y su escuela de antropología, la «subversión evolucionista» no estaba, sin embargo, reñida con el racismo, verdadero sello de identidad de la escuela.

A finales de siglo el indigesto contexto intelectual arrastró a la biología como a muchas otras ciencias. El romanticismo había degenerado en un gótico tenebroso, la búsqueda de supuestas civilizaciones perdidas que habitaban el interior de la Tierra o las profundidades marinas, que habían evolucionado mucho más que los seres humanos. Como en las novelas de Verne, no era posible separar la ciencia de la mitología. El ocultismo se apoyaba en algunas propuestas científicas tanto como éstas degeneraban en superstición. Como demuestra la novela naturalista de la época, el evolucionismo no era ajeno a estos movimientos culturales y seudoculturales. En 1871 el británico Edward Bulwer-Lytton publicó su novela The coming race (La raza venidera), una mezcla de ciencia-ficción y darwinismo con racismo. Un ingeniero de minas conduce al narrador a un mundo subterráneo donde la selección natural había creado una raza superior dotada de poderes sobrehumanos, la vril-ya, cuyo símbolo es la esvástica, desprecia la democracia y vive dentro de la Tierra, planeando conquistar el mundo. Esa civilización suplantará a los humanos y conducirá a los pocos elegidos de nuestra raza a una formidable mutación que engendrará el superhombre. La antropología se superpone de manera confusa con la biología, engendrado extrañas concepciones seudocientíficas divulgadas con enorme éxito. En 1896 John Uri Lloyd publica otra novela, Etidorhpa or The end of the earth, en la que Drury, el hijo de un ocultista, atraviesa un reino subterráneo de caverna en caverna guiado por un extraño forastero, calvo y sin ojos, pero con una fuerza enorme, hasta que llegan a una zona «de luz interior» poblada de hongos venenosos gigantes, pterodáctilos y otros reptiles monstruosos.

En biología estas cuestiones se pueden disimular mejor o peor, pero no cambian con el tiempo, aunque cambie el escenario geográfico. De la misma manera que la historia del cine es la historia de Hollywood, hoy la historia de la biología es la historia de la biología anglosajona, la bibliografía es anglosajona, las revistas son anglosajonas, los laboratorios son anglosajones... y el dinero que financia todo eso tiene el mismo origen. Todos los descubrimientos científicos se han producido y se siguen produciendo en Estados Unidos. Por eso sólo ellos acaparan los premios Nobel. Aunque Plutón no es un planeta, se incluye entre ellos porque fue el único descubierto por científicos estadounidenses, que no pueden quedarse al margen de algo tan mediático.

Regreso al planeta de los simios

La ciencia siempre juega en contra de las corrientes políticas más retrógradas, que es un factor de progreso y liberación del hombre. Si la biología demostraba que la evolución no sólo era posible sino inevitable, parecía sensato deducir que lo mismo debía ocurrir con la evolución social, económica y política. Pero si se trataba de frenar el cambio en las sociedades humanas, había que reinterpretar el significado de la teoría de la evolución, convertirla en algo diferente de lo que en realidad era. Engels había pronosticado que «si la reacción triunfa en Alemania, los evolucionistas serán, después de los socialistas, sus primeras víctimas» (207).

Así sucedió. En 1877 fue muy significativa en Alemania la polémica entre Virchow y Haeckel en el Congreso de Ciencias Naturales de Munich (208), que no giró tanto en torno a la teoría de la evolución en sí misma, cuanto sobre su enseñanza, algo premonitorio de una cierta manera de condicionar la evolución de la ciencia que se consolidará en siglo XXI: la ciencia es aquel conocimiento cuya difusión se imparte en las aulas y es el Estado quien dicta los planes de estudio. La polémica no era tanto por motivos científicos como políticos. En aquel momento en el debate parlamentario había una propuesta de los sectores más reaccionarios para reformar la ley de la enseñanza, que encubría una reforma de un artículo de la Constitución prusiana que garantizaba la libertad de enseñanza y la libertad científica. En su discurso, titulado «Sobre la libertad de la ciencia en el Estado moderno», Virchow advertía del riesgo que suponía para la subsistencia del capitalismo la difusión del evolucionismo, cuyas conclusiones él juzgaba favorables al movimiento obrero. Era de aquellos políticos que juegan en el equipo contrario. A través de un conocido «progresista» como él, la reacción pretendía expulsar a los evolucionistas de sus cátedras e imponer nuevos planes de estudio en los que la teoría de la evolución no tuviera cabida. Estaban preocupados porque en la enseñanza sólo tuviera cabida la ciencia auténtica y nadie mejor que Virchow para discernir la ciencia verdadera de la falsa. Difundir el evolucionismo era trabajar a favor del socialismo, dijo Virchow, acusando a Haeckel de ser cómplice de los socialistas alemanes y responsabilizando al evolucionismo de la Comuna de París y otras «atrocidades» parecidas. Lo mismo que la revolución francesa, el evolucionismo conducía a un baño de sangre, a la lucha de clases (208b). Consecuente con ello, sugirió la posibilidad de limitar la enseñanza de las ciencias con estas palabras:

¡Figúrense ustedes qué carácter toma ahora esta teoría [la de la evolución] en la cabeza de un socialista! Si, señores, esto a muchos quizá les parezca ridículo, pero es muy serio y espero que la citada teoría a nosotros en nuestra patria, no nos traiga todos los horrores que verdaderamente han provocado en Francia teorías análogas (209).

En aquella época la revolución francesa era el espantajo con el que la burguesía alemana se asustaba a sí misma. Luego, la revolución de 1917 en Rusia no hizo más que amplificar aquel temor enfermizo hacia la divulgación de malas teorías que -como es bien sabido- están en el origen de peores prácticas. Unas teorías son perjudiciales para la salud y otras para la sociedad, sobre todo en determinadas cabezas, incapaces de comprender el método científico. De ahí que lo idóneo sea impedir la difusión de teorías perversas desde que los niños ingresan en las escuelas. En otros países, como Gran Bretaña, se discutió la conveniencia de incorporar los fósiles a los museos de historia natural. ¿Se podía poner la evolución a la vista del público? Y también: ¿qué precio debía ponerse a la entrada para impedir las visitas de los trabajadores? En eso Nietzsche era mucho más contundente: lo que había que impedir era la generalización de cualquier clase de enseñanza entre los obreros, una cuestión que no era ajena a la biología: Nietzsche llamaba Züchter al educador del futuro, un término que en alemán es intercambiable con cualquier otra clase de crianza de animales o cultivo de plantas (210). La crianza (de personas, animales o vegetales) es una selección artificial cuyo objeto es formar a una élite reducida (de personas, animales o vegetales).

La intervención de Virchow en el Congreso fue apludida ruidosamente por los enemigos de la teoría de la evolución. La polémica posterior fue sólo el detonante; entonces como ahora la prensa también jugaba su conocido papel intoxicador. No basta con filtrar la información en las aulas para impedir la divulgación de teorías perversas; hay que llegar al gran público con las buenas teorías. Dos días después de la clausura de las sesiones del Congreso se produjo un violento atentado contra el Kaiser y el periódico clerical de Berlín Kreuzzeitung acusó a Haeckel y a los evolucionistas de ser los instigadores de la acción. Aquello era la prueba evidente del daño que causaban las teorías evolucionistas y socialistas en el intelecto de las masas ignorantes. Arrinconado por el despliegue mediático, Haeckel tuvo que disculpar lo obvio: la teoría de la evolución nada tenía que ver con aquel atentado. Se vio precisado a empezar su réplica definiéndose políticamente a sí mismo como enemigo de los socialistas y defensor del emperador y el orden establecido. Sólo entonces pudo pasar al ataque contra Virchow, quien en nombre de la verdadera ciencia estaba defendiendo posiciones intolerables en materia de enseñanza. También le acusa de transfuguismo ideológico y científico: ¿cómo es posible que el dirigente de un partido progresista (en política y en ciencia, aclara Haeckel) se haya convertido en un instrumento de la reacción más peligrosa? Virchow se había pasado del librepensamiento al oscurantismo, convirtiéndose en la fuente inspiradora de los medios clericales en contra de una teoría que es «la más preciosa conquista intelectual de la humanidad ilustrada».

No obstante, Haeckel daba un rodeo que, a fin de cuentas, conducía al mismo puerto: en la teoría de la evolución lo importante no era tanto la evolución como su mecanismo, la selección natural, que beneficia al más fuerte, y ese no era el proletariado sino la burguesía. La teoría de la selección natural, decía Haeckel, protege a la burguesía de los intentos igualitarios del proletariado, que son «antinaturales» y científicamente impensables. La desigualdad es fruto de la adaptación y de la competencia, por lo que hay que estimularla, favorecer que los más aptos ocupen los puestos dirigentes de la sociedad, de lo cual resultaría que, lejos de desaparecer, la estratificación social sería el fiel reflejo de las diferencias de aptitud y talento de cada individuo, lo cual determinaría de forma «natural» su posición subalterna o dirigente (211). La burguesía no sólo era la clase dominante sino que lo seguiría siendo en el futuro porque había sido seleccionada para ello por la naturaleza. Fue otro hallazgo que en un futuro muy próximo hará fortuna: lo mejor del darwinismo no era tanto la evolución como la selección natural.

Luego se comprobó que los anarquistas autores del mismo jamás habían oído hablar de la teoría de la evolución, pero a nadie importaba ya aquel pequeño detalle. La disputa se acabó decidiendo «científicamente» a favor de Virchow. De paso los socialistas fueron ilegalizados.

Después, la tarea consistió en buscar buenas teorías que sustituyeran a las malas. En 1901 se convocó en Alemania un premio para vincular la teoría de la evolución a las posiciones políticas más reaccionarias, clericales y chovinistas. Se trataba de establecer un paralelismo entre la historia social del hombre y la herencia biológica. Los concursantes debían responder a la pregunta: ¿Qué enseñanzas se desprenden de la teoría de la evolución para la elaboración de la legislación pública? La iniciativa estaba dirigida entre bastidores por el magnate de la industria armamentística, Friedrich Krupp, quien había ordenado la participación de renombrados catedráticos y profesores universitarios, aunque el ganador, Wilhelm Schalmayer, como es habitual en estos casos, estaba decidido de antemano: «Se pretendía manipular la teoría de la evolución para extraer conclusiones políticas y sociales», escribe Cornwell (211b). Con su dinero, la burguesía promueve determinadas ideologías que, como el eugenismo, se ajustan a sus necesidades prácticas, sobre todo si puede adornarlas con un cierto barniz científico, aunque el truco está en que no se note mucho la mano que mueve los hilos, porque la capacidad de penetración del barniz científico reside en su consabida «pureza» virginal. Con la promoción de esas ideologías se promociona, al mismo tiempo, a los científicos que las exponen y defienden.

La reinterpretación de la teoría de la evolución era una necesidad ideológica imperiosa entre la burguesía alemana de finales de siglo. Su máximo exponente es el zoólogo alemán August Weismann (1834-1914), quien emprende la tarea de moldear una nueva forma de metafísica biológica, aunque esta vez en nombre del darwinismo. Con él la involución se traviste con las ropas de la evolución. Fue él quien dio el vuelco a la biología que hasta entonces predominaba. Además, como ya he expuesto, ese vuelco estuvo acompañado de otro a la historia de la biología: también aquí tienen que aparecer las tergiversaciones históricas. Así, aunque Huxley consideraba que Weismann sólo tenía un interés histórico (212) y Lecourt le califica como un autor «olvidado», genetistas de primera línea como Morgan le mencionan como un precedente de relieve (213) y Sinnott, Dunn y Dobzhansky afirman que es el precursor de la genética moderna (214). Cualquier historiador de esta ciencia, como Rostand, coincidiendo en esto con Lysenko, destaca la enorme importancia de sus concepciones (215). En un conocido manual de historia de esta disciplina, Smith asegura que Weismann, «más que ningún otro investigador de finales del siglo XIX, mantuvo la pureza inicial de las ideas darwinianas» (216). Por el contrario, la comparación entre Darwin y Weismann no presenta ningún parecido. Frente a las tesis evolucionistas lo que defendió Weismann es la idea de que hay algo eterno, que va más allá de la historia porque no tiene principio ni fin. Weismann no es darwinista, si bien con él empieza el neodarwinismo, que es algo diferente. El mismo concepto de evolución cambia radicalmente. No obstante, al imponerse esta corriente de forma hegemónica, de rebote fuerza la calificación de quienes no admiten el nuevo giro, que quedan marginados como «lamarckistas», un cajón de sastre fabricado artificialmente, denostado hasta el ridículo y que, sin embargo, carece de entidad por sí mismo. Son despreciados como «lamarckistas» todos aquellos que no admiten el giro en los conceptos fundamentales de la biología. Por supuesto, ese «lamarckismo» no sólo es diferente al «darwinismo» sino su opuesto. En cualquier caso, a partir de 1883 el uso de las comillas es imprescindible.

Los presupuestos científicos de Weismann son singulares. Como él mismo reconoce, emplea la palabra «investigación» en un sentido «un poco diferente» del usual. Para él también son investigaciones las «nuevas observaciones», aunque de esa manera sólo cambia el problema de sitio porque no define esa noción, aunque ofrece pistas al afirmar acto seguido que el progreso de la ciencia no se apoya sólo en «nuevos hechos» sino en la correcta interpretación de los mismos. Weismann había quedado ciego muy pronto, de manera que los supuestos experimentos que se le atribuyen son como aquellos de los matemáticos que lanzan los dados al aire múltiples veces, tomando nota cada vez que un determinado resultado se repite: no son tales experimentos (217). Al igual que Mendel, es un teórico de la biología y lo que reconoce de una manera ambigua es que el vuelco que está a punto de dar a esta disciplina no se fundamenta en el descubrimiento de hechos que antes nadie hubiera apreciado sino en una nueva hipótesis teórica. Luego, al aludir a la herencia de los caracteres adquiridos afirma algo más: que no está probada. ¿Cómo se demuestra una teoría en biología? Desde luego la «demostración» y la propia experimentación en biología se desarrollan mucho más tarde y en condiciones muy diferentes de la física. Hasta el siglo XX no se puede hablar de una biología experimental. Los experimentos del siglo anterior no se repiten en los mismos organismos ni en los mismos medios, de manera que cada uno de ellos arroja resultados diversos. Cuando los experimentos de Morgan con las moscas se hicieron famosos, los mendelistas se volcaron en el descubrimiento. Más adelante explicaré que, con el fin de sostener el concepto mendelista de «pureza génica», hubo que definir un conjunto de condiciones canónicas de cultivo de moscas. Lo mismo que los guisantes de Mendel o los perros de Pavlov, la mosca típica dejó de ser el objeto de la investigación para convertirse en el instrumento de la investigación, la personificación misma de la nueva genética.

Que la herencia de los caracteres adquiridos no estaba probada es algo que a lo largo del siglo XIX ningún biólogo había advertido antes de Weismann. Pero él tampoco define en qué consiste «demostrar» en biología, de manera que cuando el biólogo alemán Wilhelm Detmer le indicó varios hechos que -según él- sí lo demostraban (218) Weismann rechaza unos y de los otros ofrece una interpretación alternativa basada en la selección natural. Lo mismo ocurrió con el francés Brown-Séquard, que desde 1869 había comprobado en varios experimentos distintos la heredabilidad de la epilepsia inducida en cobayas mediante una sección parcial de la médula espinal o del nervio ciático (218b). La explicación de Weismann fue que la epilepsia no se heredaba ya que el verdadero causante de la epilepsia era un microbio que se introducía al seccionar le médula espinal y luego se transmitía de padres a hijos. Aunque esto hubiera sido cierto, durante un cuarto de siglo Brown-Séquard llevó a cabo el experimento de muchas maneras distintas, algunas de las cuales no requerían cirugía. En esos casos, la explicación de Weismann no servía. Fue mucho más interesante el punto de vista de Cuénot cuando en relación con los experimentos de Brown-Séquard apuntó que para el estudio de la herencia las enfermedades como la epilepsia no se podían utilizar como marcadores de la misma manera que los rasgos normales. Pero si los experimentos de Brown-Séquard con la epilepsia, que fueron reales, no tienen alcance demostrativo, mucho menos pueden tenerlo los imaginarios de Weismann con las colas de las lagartijas. Precisamente a partir de 1900 empezó un doble juego cuando el mendelismo empezó a fundamentar una parte de las evidencia de sus tesis precisamente en las enfermedades.

Como el propio Weismann reconoció, su labor fue de tipo jurídico: se trataba de trasladar la carga de la prueba sobre los partidarios de la herencia de los caracteres adquiridos; son ellos quienes deben «demostrar». Fue una reflexión de enorme éxito; a partir de sus escritos le dieron la vuelta al problema, repitiendo una y otra vez que la tesis -desde entonces ligada a Lamarck de manera definitiva- no está probada. El zoólogo de Friburgo se convirtió en la referencia. Por ejemplo, William James lo utiliza en sus «Principios de psicología» para atacar a Lamarck. Pero Weismann fue mucho más allá: la tarea de probarlo le resulta «teóricamente inverosímil», es decir, que nunca se ha probado ni se podrá probar jamás. Con acierto, en 1895 Binet decía que la teoría de Weismann era «más curiosa que convincente» porque rechazaba la herencia de los caracteres adquiridos no por la observación de los hechos sino por las exigencias de su propia teoría (218c). No hay herencia de los caracteres adquiridos solo si se observa la realidad con las gafas de la teoría sintética. La imposibilidad de demostrarla es -justamente- de naturaleza «teórica» y que esa teoría no es otra que el neodarwinismo del que Weismann está a punto de poner los cimientos. No es científica, no tiene nada que ver con los hechos, ni con la realidad, ni con los hallazgos y las investigaciones porque cien años después seguimos conociendo casos de esa imposibilidad metafísica de demostración prevista por Weismann. Desde siempre se han seguido proponiendo nuevos supuestos, más o menos afortunados, de herencia de lo adquirido, de los que voy a enumerar brevemente algunos:

— la aparición de callosidades en los embriones de determinadas especies, tales como avestruces, dromedarios o jabalíes africanos (facoqueros). Los callos en las extremidades se deben al uso de las mismas, por lo que su aparición en los embriones no se puede explicar sino como una herencia de los que adquirieron sus progenitores (219)

— en 1883 Paul Bert intentó aclimatar a las dafnias o pulgas de agua (Daphnia pulex) al agua de mar añadiendo cada día un poco de agua salada. A los 45 días, cuando el agua contenía un 1,5 por ciento de sal, todas habían muerto, pero de sus huevos nacieron ejemplares completamente sanos adaptados al agua salada (219b)

— en 1889 Eschenhagen demostró que las conidias, esporas asexuales de un hongo, que en condiciones normales no soportan determinadas dosis salinas, pueden superar ese límite si a la planta progenitora se le habitúa a soluciones concentradas de sal. El experimento lo confirmaron diez años después Hunger y Errera, añadiendo sal marina al líquido Raulin en el que cultivaban Sterigmatocystis nigra y constatando un retardo en su germinación, tanto mayor cuanto que la concentración salina era más fuerte. Compararon la rapidez de germinación de las esporas de Sterigmatocystis en la segunda generación, según hubieran germinado o no en líquidos salinos, observando que se producía una adaptación a la sal en el primer caso. El resultado fue más contundente en la segunda generación que en la primera (219c)

— el Bacillus pyocyaneus tiene un color fluorescente porque en condiciones normales segrega de manera natural un pigmento específico. En 1892 los franceses Charrin y Phisalix demostraron que el cultivo de dicha bacteria durante varias generaciones a 42,5 grados centígrados elimina la función cromogénica en ella y en su descendencia (219d)

— en 1893 Gley y Charrin vacunaron a conejos machos con una estirpe atenuada de Bacillus pyocyaneus y luego los cruzaron con hembras en condiciones calientes de temperatura. La mayor parte de la descendencia murió, incluso antes del parto, deformes y atrofiados, pero algunos de los supervivientes aparecieron inmunizados contra la bacteria Bacillus pyocyaneus. La conclusión de los autores es que el experimento «desacredita la doctrina de Weismann, teniendo en cuenta que hay una transmisión de la propiedad de los elementos somáticos a los germinativos» (219e)

— a partir de 1898 y durante cuarenta años de actividad investigadora ininterrumpida, Lucien Daniel estableció uno de los pilares fundamentales sobre los que se asentaría luego la biología soviética: que los injertos crean híbridos vegetales, especies mezcladas que transmiten su nueva condición a la descendencia (220)

— varios experimentos seguidos en el Instituto Pasteur condujeron a Mechnikov a sostener en 1901 que la resistencia de las bacterias a lo que entonces se calificaba como «antisépticos», una inmunidad adquirida, se transmitía a las generaciones sucesivas (220b)

— aquel mismo año el suizo M.T.Fischer sometió a unas crisálidas de la mariposa gitana (Arctia caja) a temperaturas de 8 grados centígrados bajo cero, apareciendo ejemplares aberrantes. Luego cruzó dichos ejemplares entre sí, obteniendo una segunda generación que, a pesar de estar sometidos a temperaturas ambientales normales, seguián produciendo ejemplares aberrantes (220c)

— en 1918 Guyer y Smith realizaron experimentos sobre la heredabilidad de ojos congénitamente defectuosos en conejos a cuyos progenitores se había inyectado un anticuerpo contra el cristalino

— en 1924 Victor Jollos dio a conocer su teoría de la Dauermodifikationen en experimentos llevados a cabo en protozoos, demostrando que los cambios ambientales persisten en el citoplasma celular después de más de mil divisiones. Aunque luego desaparecen, esas modificaciones son adaptativas o dirigidas (220d)

— en 1925 Richet, Bachrach y Cardot estudiaron el óptimo térmico al que las bacterias lácticas producen la fermentación, concluyendo que cambiaba en función de si las mismas estaban habituadas o no a un medio cultivo tóxico con cloruro de potasio; las modificaciones inducidas por el tóxico eran estables y se mantenían para las generaciones sucesivas, aunque no padecieran su influencia (221)

— en 1927 William McDougall demostró experimentalmente, como más adelante diré, que determinadas pautas de conducta aprendidas por los ratones se transmiten a las generaciones sucesivas

— en 1929 Lysenko demostró que la vernalización es un carácter adquirido por las plantas como consecuencia de la exposición de las semillas al frío que se transmite por vía vegetativa, sin la intervención del ADN, tanto por vía vertical, es decir, por división celular, como horizontalmente, de unas células a las contiguas

— en 1935 Wendell M. Stanley publicó los resultados de uno de los experimentos más espectaculares del pasado siglo, al lograr cristalizar el virus del mosaico del tabaco, al que consideró como una sustancia bioquímica compuesta por proteínas (observando más adelante la existencia de ARN) con propiedades autocalíticas, reproductivas y transmisibles

— en aquella década tanto Jollos (221b) como Waddington sometieron larvas de moscas durante 21 a 23 horas a una temperatura de 40 grados centígrados. Algunas de las moscas procedentes de aquellas larvas padecían una interrupción o una ausencia de los nervios transversales posteriores y, en ocasiones, también de los anteriores. Las otras eran normales. De generación en generación, tras el tratamento, Waddington separaba las moscas afectadas por la ausencia de nervios transversales de las que, por el contrario, no reaccionaban al tratamiento y permanecían normales. El porcentaje de sujetos que reccionaban en los dos linajes de moscas cambiaba con el tiempo. En el linaje sin nervios transversales el número de moscas disminuía y después de más de 20 generaciones afectaba casi a la totalidad. En el linaje normal el porcentaje de moscas disminuía de generación en generación, pero sin dar resultados tan característicos. Además, en el linaje sin nervios transversales llegó un momento en el que, a pesar de que los individuos no estaban sometidos al tratamento de alta temperatura, había un porcentaje de moscas que no tenían nervios transversales. Waddington escribió: «El efecto sobre los nervios transversales que en el linaje original sólo aparecía como respuesta a un estímulo externo, se hizo completamente independiente de toda característica del medio en las razas seleccionadas. Se puede decir que el carácter adquirido fue asimilado por el medio» (222)

— en la década siguiente, otro marginado de la biología, Tracy M. Sonneborn (1895-1970), extirpó los cilios de Paramecium, volviéndolos a colocar en la superficie pero al otro extremo de la bacteria, observando que al menos en las siguientes 200 generaciones los cilios aparecían en su nueva posición (222b)

— en 1949 Boris Efrussi descubrió que la acriflavina, un mutágeno químico, causa en la levadura (Saccharomyces cerivisae que puede vivir tanto anaeróbicamente como en presencia de oxígeno) una pérdida de la capacidad de respirar que hereda la totalidad de la progenie. El fenómeno se debe a la pérdida de un gran número de mitocondrias o de su capacidad de elaborar las enzimas solubles necesarias para la respiración, un proceso que es irreversible. Efrussi las calificó como partículas o unidades citoplasmáticas dotadas de continuidad genética, denominando como factor ρ a su componente genético que, como las demás partículas citoplasmáticas, no cumple con las «leyes» de Mendel (223)

— aquel mismo año MacFarlane Burnet y Fenner plantearon su hipótesis de la tolerancia inmunológica inducida, según la cual los parabiontes no forman anticuerpos mutuos. Como el injerto, la parabiosis es una condición somática inducida que se preserva durante la división celular. La exposición de un embrión a antígenos pertenecientes a otro organismo distinto suprime la respuesta inmune durante la vida posterior del embrión. Al menos una parte del sistema inmune no es, pues, innato sino adquirido. La demostración de la hipótesis corrió a cargo en 1953 de Milan Hasek y Peter Medawar (223b)

— a partir de 1958 y durante 40 años A.Durrant y luego C.A.Cullis realizaron experimentos con el lino silvestre (Linum usitatissimum) cultivado con nutrientes ricos en amoniaco, potasio y fosfatos, cuyo peso triplicaba al desarrollado en condiciones normales, transmitiéndose ese carácter adquirido durante tres generaciones, con independencia de las condiciones de cultivo empleadas a partir de la primera generación (224)

— en un largo experimento seguido desde 1959 durante varias décadas, el biólogo soviético Dimitri K. Beliayev, director del Instituto de Citología y Genética de la Academia de Ciencias, logró domesticar zorros seleccionando a aquellos que mostraban una mayor docilidad y dejando que fueran ellos los que se reprodujeran. Al cabo de diez generaciones, el 18 por ciento de los zorros mostraban conductas extremadamente dóciles, pero lo más sorprendente es que no sólo se asimilaban cada vez más a los perros en conducta, sino también físicamente (224b)

— en 1961 M.Petterson escribía en la revista Animal behaviour acerca del comportamiento de un ave, el verderón, que había adquirido el hábito de drogarse con las bayas de Daphne, un arbusto ornamental. Desde que en el siglo XIX se observó dicho hábito en Inglaterra, el mismo se había ido propagando a razón de unos cinco kilómetros por año, hasta alcanzar a toda la población de verderones de las islas, un fenómeno que Petterson interpretaba como un ejemplo de propagación de un hábito adquirido

— en 1965 D.J.Hill demostró la heredabilidad de los cambios experimentados en la floración por Nicotiana rustica cuando se la nutría abundantemente con potasio (225)

— en 1975 Arthur D. Riggs y Robin Holliday sostuvieron la hipótesis de que la metilación del ADN era un mecanismo de control de su expresión, que posteriormente se vio confirmada y ampliada. Nacía la epigenética moderna. El fenómeno ya se conocía pero existían dudas sobre su alcance, especialmente en eucariotas. En 1980 Peter Jones y Shirley Taylor lo confirmaron, introduciendo el uso de diverosos compuestos químicos para prevenir la metilación del ADN (226)

— en 1976 Nagl y Rucker comprobaron que la exposición de protocormos de Cymbidium (orquídea) a la auxina amplifica los segmentos satélites de ADN ricos en AT, mientras que la exposición al ácido giberélico aumenta la de aquellos que lo son en GC, modificaciones que tienen relación con la inducción de la citodiferenciación de los protocormos de las orquídeas, lo que sugiere la amplificación de secuencias particulares de ADN durante el desarrollo (227)

— en 1980 Gorczynski y Steele sostuvieron que los ratones transmiten la tolerancia inmunológica durante dos generaciones. Las investigaciones soviéticas habían demostrado que los embriones no rechazan los injertos, de manera que, una vez desarrollados, admiten transplantes procedentes de los mismos donantes sin experimentar rechazo. Gorczynski y Steele demostraron que, además, esa tolerancia adquirida se transmite durante dos generaciones en ratones. Ambos inmunólogos llevaron a cabo injertos precoces de una especie de ratones en otros que, una vez llegados a la madurez, cruzaron con hembras de la misma especie, no tolerantes, resultando que entre un 50 y 60 por ciento de la primera generación heredaron la tolerancia, un porcentaje que en la segunda se redujo a una proporción que oscilaba entre el 20 y el 40 por ciento (227b)

— en 1982 Stanley Prusiner descubrió unas proteínas, denominadas priones, con la misma composición de aminoácidos que otras, pero que se diferencian de ellas en que se pliegan espacialmente de modo diferente. A causa de su singular configuración tridimensional, los priones desempeñan funciones diferentes que las demás proteínas y son la base de una herencia de tipo estructural, basada en proteínas, sin la participación del genoma ni de los ácidos nucleicos: no se multiplican generando nuevas copias de sí mismos sino que modifican la configuración física de otras proteínas, tanto pertenecientes al mismo organismo como al de especies diferentes (228)

— en 1990 Hiroshi Sano comprobó que el tratamiento con azacitidina, un agente químico no mutagénico, causa enanismo en la planta de arroz, un carácter adquirido que se transmite a las sucesivas generaciones (229)

— ese mismo año Amzallag demostró que las plantas bicolores de sorgo se han adaptado a condiciones ambientales salinas y ese carácter adquirido se transmite a las generaciones sucesivas (230)

— Heslop Harrison demostró que la azacitidina causa diferencias en el tamaño y el tiempo de maduración del triticale, un híbrido de trigo y centeno, otro carácter adquirido que se transmite a las sucesivas generaciones (230b)

— en 1991 Pierre Rossin publicó un artículo en la revista Science et Vie sosteniendo que en el caso de algunas aves migratorias existían nuevas rutas de migración que eran el resultado de un carácter adquirido

— el ADN de los girasoles varía para adaptarse a las condiciones ambientales cambiantes (231) en función de la cantidad y calidad de la luz incidente (231b)

— en 1994 M.A.Fieldes demostró que la azacitidina inducía la floración temprana del lino (Linum usitatissimum), carácter adquirido que se transmite a las sucesivas generaciones (231c)

— en 1998 Renato Paro sometió embriones de mosca durante un breve lapso de tiempo a una temperatura de 37ºC, cuando en condicionales naturales las larvas se desarrollan a 18ºC. El cambio de las condiciones ambientales afectó al color de los ojos del insecto: en lugar de tenerlos blancos, las moscas mostraban un rojo anaranjado y ese cambio se transmitió a la descendencia durante varias generaciones. Además, Paro comprobó que el ADN no había cambiado, es decir, que las moscas de ojos blancos y las de ojos rojos tenían idéntico ADN (232)

— al año siguiente A.A.Agrawal demostró la transmisión generacional de elementos defensivos en las dafnias. Aunque sean genéticamente idénticas, algunas de ellas llevan una especie de casco espinoso que ahuyenta a los depredadores, mientras otras tienen su cabeza descubierta. La diferencia no estriba en el genoma sino en las experiencias de sus progenitoras. Si se toparon a lo largo de su vida con algún depredador, sus crías nacen con casco, pero si la vida de la madre transcurrió sin amenazas, las crías no tienen casco (232b)

— en 2002 Jan M. Lucht demostró que las agresiones del patógeno Peronospora parasitica estimulan la recombinación somática en Arabidopsis thaliana, una respuesta a un factor exógeno que genera nuevas secuencias genómicas heredables obtenidas mediante la recombinación de otras anteriores ya existentes (233)

— en 2004 Hilmar Lemke sugirió que el impacto funcional de los anticuerpos maternos (inmunoglobulina G) en la descendencia es un supuesto de herencia, que calificaba de «no genética» que apoyaba la validez de las tesis lamarckistas en la explicación del sistema inmune (233b)

— al año siguiente Michael Skinner sometió a ratas embarazadas a altas dosis de un insecticida (metoxicloro) y un fungicida (vinclozolin). Durante tres generaciones su descendencia redujo el volumen de esperma en los varones y elevadas tasas de infertilidad en las hembras. Los efectos adversos se prolongaron en el 90 por ciento de los varones en las cuatro generaciones posteriores que siguieron, sin que hubiera exposición adicional a los pesticidas. El laboratorio de Skinner en Washington también descubrió que al inyectar a ratas preñadas una sustancia química que suprime los andrógenos (hormonas sexuales masculinas) hace que sus descendientes sufran enfermedades que se heredan durante varias generaciones (234)

— ese mismo año Douglas M. Ruden expuso a moscas a un fármaco llamado geldanamicina, observando que durante doce generaciones sucesivas desarrollaron protusiones en los ojos, aunque los descendientes no fueran expuestos a dicho fármaco (235).

— en 2006 el francés Jean Molinier demostró que el tratamiento de Arabidopsis thaliana con radiación UV-C o flagelina induce a un aumento en la flexibilidad genómica incluso en sucesivas generaciones no tratadas, aumentando así la capacidad de adaptación. Un factor ambiental aumenta la recombinación homóloga de un gen introducido y la recombinación se mantiene en subsiguientes generaciones. El aumento en el número de recombinaciones en las generaciones siguientes es independiente de la presencia del alelo transgénico (235b).

— en 2009 otro experimento con ratones dirigido por Larry Feig concluyó que la memoria puede mejorar de una generación a la siguiente por medio de la epigénesis. Feig expuso ratones con problemas de memoria a un entorno rico en juguetes, ejercicios y atención extraordinaria. Los ratones demostraron mejoras significativas en la presentación a largo plazo, una forma de transmisión neural que es esencial en la formación de la memoria. Los descendientes exhibieron las mismas mejoras, aunque no estuvieron expuestos a la atención recibida por sus padres, lo cual, según los autores, es un caso de herencia lamarckista (235c).

— en 2010 se descubrió que acontecimientos traumáticos como las guerras, los delitos y las catástrofes, provocan cambios en la metilación de los segmentos del ADN responsables del sistema inmunitario y la memoria. Durante los años posteriores, la salud física de las personas que han padecido transtornos postraumáticos se deteriora, su sistema inmunitario se debilita y su memoria empeora (236)

La herencia de los caracteres adquiridos siempre estuvo bien demostrada. Hay muchos ejemplos de información que se aprende o adquiere de los ancestros por medios extragénicos, desde las técnicas de alimentación de los monos y las ratas a las preferencias alimentarias de los conejos y los dialectos del canto de pájaros y ballenas. Siempre se observó que los caracteres adquiridos se transmitían pero no se sabía la manera en que tenía lugar. La tarea de Weismann consistió en hacer teóricamente inconcebibles dichas vías de transmisión. El vuelco en la biología estaba diseñado para que fueran inverosímiles. En forma de característico dogma los Medawar ofrecen la receta infalible para descartar cualquier cualquier experimento imaginable, cualquier tentación lamarckista: «No puede aceptarse ninguna interpretación lamarckiana como válida, a menos que expresamente excluya la posibilidad de selección natural» (237). La selección natural es el mecanismo por antonomasia de la evolución biológica y es, además, según el criterio neodarwinista, un mecanismo único, exclusivo y excluyente. Es incompatible con la intervención de otras causas diferentes y, por consiguiente, con la herencia de los caracteres adquiridos y con cualquier otro fenómeno biológico, como la simbiogénesis.

Como en otros aspectos de la biología que analizaré más adelante, lo que se trata de averiguar aquí son dos cuestiones diferentes. La primera es si ésta es la concepción que defendió Darwin, es decir, si los neodarwinistas merecen dicha condición, si son expositores fieles del pensamiento de Darwin y de la historia de la biología o si, por el contrario, la han adulterado. La segunda es si, independientemente de lo que Darwin expusiera, se trata de una concepción biológica acertada o si, por el contrario, los neodarwinistas están equivocados. Pues bien, la respuesta a ambas preguntas es la misma: los neodarwinistas han falseado tanto la historia de la biología como la biología misma. Caben muy pocas dudas al respecto porque ya en su día el propio Darwin en persona se defendió expresamente de tergiversadores como Weismann y los Medawar, sosteniendo con meridiana claridad lo siguiente: «Pero como mis conclusiones han sido recientemente muy tergiversadas, y se ha afirmado que atribuyo la modificación de las especies exclusivamente a la selección natural, me permito hacer observar que en la primera edición de esta obra, y en las siguientes puse en lugar bien visible: ‘Estoy convencido de que la selección ha sido el principal pero no exclusivo medio de modificación’. Esto no ha servido de nada. Grande es la fuerza de la tergiversación continua; pero la historia de la ciencia demuestra que, afortunadamente, esta fuerza no perdura mucho tiempo» (238). Fue precisamente Weismann el primero en plantear esa gran tergiversación a la que se refería Darwin. A este respecto, Gould puso el acento en el concepto de allmacht con el que Weismann concibe la selección natural, un verdadero caso de autosuficiencia científica y causalidad omnipotente: el panseleccionismo (239). Además, para desconsuelo de Darwin, esa gran tergiversación iniciada por Weismann sí perduró mucho tiempo, hasta la misma actualidad. Hoy los neodarwinistas no hablan de otra cosa que no sea la selección natural. Huxley lo expone de la siguiente forma: «La contribución especial de Darwin al problema de la evolución fue la teoría de la selección natural, pero, a causa del rudimentario estado de los conocimientos en ciertos campos biológicos, Darwin se vio obligado a reforzar su exposición con hipótesis subsidiarias lamarquianas acerca de la herencia, de los efectos del uso y desuso y de modificaciones producidas de modo directo por el ambiente. Hoy estamos en condiciones de rechazar estas hipótesis subsidiarias y podemos demostrar que la selección natural es omnipresente y virtualmente el único agente orientador en la evolución» (240). Esa era la línea directriz a seguir por la biología en el futuro: acabar con esas hipótesis subsidiarias lamarckistas, salvar a Darwin de sí mismo porque, en ocasiones, «no se mostraba todo lo darwinista que debería haber sido» (241).

Cuando los supuestos de herencia de lo adquirido se presentaban ante sus ojos, los neodarwinistas miraban para otro lado e inventaban una explicación alternativa. Nada les resultaba convincente; decían que no habían podido reproducir los experimentos con los mismos resultados, o que estaban mal concebidos. Para eludir mencionar la herencia de los caracteres adquiridos, empleaban expresiones tales como «epigenética», que es una modalidad de transmisión de lo adquirido, secundaria de segunda fila. En otras ocasiones hablan de transmisión horizontal o «transgeneracional». Luego expondré también otro recurso bastante socorrido, que consistió en definir de determinadas maneras la herencia de lo adquirido para concluir que su existencia no era posible.

Si, pese a todo, la teoría de Lamarck no está probada sólo queda comprobar si lo está la de Weismann. La leyenda de la genética afirma que para demostrar la inconsistencia de la heredabilidad de los caracteres adquiridos, Weismann amputaba el mismo miembro de cualquier animal generación tras generación, a pesar de lo cual, el zoólogo ciego veía que dicho miembro reaparecía en cada recién nacido. Nunca existió tal experimento, pero de esa manera absurda se ha pretendido ridiculizar a Lamarck con una caricatura, cuando sería el experimentador el que hubiera debido quedar ridiculizado. El naturalista francés no habló nunca de amputaciones, que no son una reacción del organismo ante un cambio en el medio sino la acción directa y traumática del mismo medio. Por lo demás, no hacía falta ningún experimento; los judíos llevan siglos circuncidándose y, a pesar de ello, el prepucio reaparece en cada nueva generación; los hijos de los cojos a quienes se coloca una prótesis ortopédica no nacen con las piernas de madera; en China las mujeres nacían con la largura normal de los pies, a pesar de que durante generaciones se les vendaron fuertemente y, no obstante las penetraciones sexuales desde los más remotos tiempos de la humanidad, las mujeres siguen naciendo con el himen intacto... Estos y otros ejemplos que se pueden exponer lo que demuestran es que, como reconoció el propio Lysenko, «las variaciones de los organismos o de sus diferentes órganos y propiedades no siempre, ni en pleno grado, son transmitidas a la descendencia». Es un fenómeno frecuentemente observado, añadía el agrónomo soviético, que «a veces las modificaciones de los órganos, caracteres o propiedades del organismo no aparecen en la descendencia» (242). A la descendencia no se transmiten con la misma frecuencia y en el mismo grado todos los caracteres ni todos los cambios que experimentan las diferentes partes de un organismo. Esto es lo que hubiera merecido una explicación: por qué hay caracteres adquiridos que no se transmiten, en que condiciones ese fenómeno es posible.

El objetivo del ataque de Weismann no era la heredabilidad de los caracteres adquiridos; es toda la biología preexistente la que se propone derribar, aunque él la personaliza en Lamarck, excluyendo a Darwin. La crítica empieza con una tergiversación tópica de las concepciones del naturalista francés: como la heredabilidad de los caracteres adquiridos es el único mecanismo explicativo que Lamarck propone y es errónea, afirma Weismann, todo su sistema biológico se hunde. Los demás biólogos quedan a salvo del naufragio, incluso el mismo Weismann, que había defendido esa misma concepción hasta el dia anterior. Había algo en la obra de Lamarck que a finales del siglo parecía necesario erradicar. Sin embargo, convenía salvar a Darwin porque éste redujo al ámbito de acción de la herencia de los caracteres adquiridos con su teoría de la selección natural. Había que preservar ese residuo darwinista, el principio de la evolución exclusivamente por medio de la selección natural.

Pero además de eso es necesaria una teoría de la herencia que sustituya a la de Lamarck. De ahí que, aunque el zoólogo alemán sostiene que ambas son independientes, lo cierto es que sí procede abiertamente a contraponer su hipótesis a la lamarckista.

La teoría de Weismann no carecía de precedentes, que están en la teoría celular de Virchow. En 1876 Jäger publicó su tesis sobre la continuidad germinal, Nussbaum desarrolló en 1880 la teoría con una serie de experimentos sobre ranas y, finalmente, la teoría del idioplasma de Nägeli de 1884 también era equivalente. Pero lo verdaderamente sorprendente es la rapidez con que a partir de entonces se abandona la pauta anterior y se inicia una nueva sin grandes resistencias. En muy poco tiempo la herencia de los caracteres adquiridos pasó de ser un principio incontrovertible, incluso para los fijistas, a ser el más controvertido de toda la biología. Fue un giro fulgurante, aunque lo más sorprendente es que no se fundamentaba en hechos sino en contraponer una hipótesis a otra. La explicación de este éxito no radicaba, en absoluto, en ninguna clase de evidencias empíricas sino en el racismo, el antisemitismo y el pangermanismo que empezaban a recorrer Alemania como una sombra amenazante. En 1875 se publicó «Raza y Estado» la obra pionera en la que Ludwig Gumplowicz (1838-1909) justifica las diferencias sociales como diferencias biológicas, a la que seguirán las de Ludwig Woltmann (1871-1907) y otros. El fundamento de estas corrientes racistas es el mismo que el de Weismann, el neodarwinismo, es decir, una interpretación sesgada de la obra de Darwin seguida de su extensión a la sociedad y a la historia, la metáfora de que la sociedad también es un organismo, un ser vivo, por lo que la historia descansa sobre la genética: también los pueblos están sometidos a la selección natural. Weismann fue uno de los primeros eugenistas. También fue miembro de la Liga Naval, una de las organizaciones pioneras del nacionalismo alemán. En la Universidad de Friburgo, formó parte de un grupo de profesores que se oponían a las medidas de protección social exigidas por el partido socialdemócrata. En 1904 le nombraron presidente honorario de la Sociedad para la Higiene Racial. Defendía que sólo las personas más aptas debían ser autorizadas a procrear hijos, y esas son las que cumplen el servicio militar (243). Su concepción biológica triunfa rápidamente porque su tesis refuerza esa metáfora biológica racista según la cual, como decía Bismarck, Alemania es una «nación saturada», superpoblada que necesita colonizar nuevos territorios, anexionar nuevas fuentes de aprovisionamiento e imponer su superioridad natural sobre los demás pueblos.

Las luces, el pensamiento ilustrado europeo, se deslizan rápidamente hacia el sumidero más pestilente de la historia. En 1903 el austriaco Otto Weininger escribió un ensayo, «Sexo y Carácter», que es una de las obras que marcan el cambio de ciclo intelectual. Al año siguiente otro austriaco, Jörg Lanz von Liebenfels, publicó su libro «Teozoología» en el cual incorporaba la evolución humana y la antropología al ocultismo. Al tiempo que glorificaba a la raza aria, abogaba por la esterilización de los enfermos y la imposición de trabajos forzados para las razas inferiores. La búsqueda de la pureza racial aparece descarnadamente bajo la forma de mujeres rubias seducidas por hombres de piel oscura, inferiores, cuyo mestizaje se debe impedir. Es el momento en el que se produce la mezcla explosiva del racismo con el malthusianismo. Pero no se trataba sólo de teorías disparatadas sino que en varios países comienzan a promulgarse leyes contra la inmigración so pretexto de consideraciones médicas y biológicas. En torno a estas aberraciones intelectuales, caracterizadas por Luckacs como un «asalto a la razón» (244), se fueron tejiendo redes sociales que difundían revistas y libros. En un espacio temporal muy pequeño, entre 1900 y antes de la llegada de los nazis al gobierno, las instituciones eugenésicas en Alemania proliferaron:

— Asociación Alemana para la Higiene de la Raza
— Laboratorio de Genética de Munich
— Asociación Alemana de Genética
— Departamento de Genealogía del Instituto Alemán de Investigaciones Psiquiátricas
— Genética y Mejora de la Población (Volksaufartung und Erbkunde)
— Liga Alemana de Protección Materna y Reforma Sexual
— Oficina de Historia Familiar de Leipzig
— Instituto Kaiser Guillermo de Antropología, Herencia Humana y Eugenesia
— Instituto de Biología Criminal de Staubing
— División de Herencia Biológica del Ministerio Sajón de Justicia
— Institución Central de Alemania para el Estudio de las Migraciones
— Asociación de Oficinas de Consulta Matrimonial

Estas organizaciones desplegaron una frenética campaña publicitaria entre la población. Abonaron el terreno sobre el que se constituyó la Orden Germánica, que en 1912 formará la Sociedad Thule, hasta que los nazis pusieron en marcha lo que hasta entonces sólo era un programa seudocientífico: segregación, colonias de trabajo, paranoia sexual, higiene reproductiva, registros de personas, consultorios matrimoniales, pedigrí, control de la natalidad, esterilización... Muchos de estos programas se difundieron en las universidades.

Alemania no fue el único caso. Sólo el más conocido. Así, el Instituto Checoslovaco de Eugenesia fue fundado en 1924 y recibió una subvención anual de 50.000 coronas del Ministerio de Salud Pública. Se dividía en cuatro secciones, una de las cuales estaba dedicada al estudio del mendelismo (245).

La propuesta de Weismann nada tiene que ver con la ciencia. Como escribió Bertalanffy, «el modelo de Weismann constituye el caso típico de una teoría falsa aunque fértil» (245b). Supuso un retroceso hacia ideologías pretéritas. No sólo carecía por completo de virtudes teóricas sino que sus postulados eran inferiores a los hasta entonces predominantes. Weismann formula la primera versión del dogma central de la biología, según el cual la dotación genética («plasma germinal», la llamó) determina unilateralmente los rasgos morfológicos de los seres vivos. Las células de éstos aparecen divididas en dos universos metafísicamente contrapuestos, un elemento activo y otro pasivo, quebrando de manera radical los fundamentos mismos de la teoría celular según los cuales todas las células son estructural y funcionalmente similares. Hasta la fecha, la división dominante en los organismos vivos se establecía entre la especie (o el individuo) y el medio; a partir de entonces esa división separa el plasma de «todo lo demás», calificado de «medio exterior». Unas células componen el cuerpo y otras lo reproducen. No se puede ignorar que esta distinción tiene un extraordinario valor analítico, ni tampoco que realzó la importancia que en los organismos vivos tienen los sistemas reproductores, mucho mayor que otras funciones orgánicas. Su alcance, pues, es considerable. También fue fecundo porque el análisis está en la esencia misma de la ciencia pero, como expondré más adelante, no tardó en convertirse en un arma de doble filo porque la escisión condujo a un planteamiento metafísico, en el cual:

a) se confunde la parte (reproducción) con el todo (organismo)
b) se impone un determinismo estricto de la parte (germen) sobre el todo
c) no existe retroacción del todo sobre la parte

Si ya es discutible separar de manera absoluta el plasma del cuerpo, mucho más lo es proceder a una separación entre el plasma y «todo lo demás», un verdadero torpedo a la línea de flotación de la biología de entonces. El cuerpo no tiene el carácter residual que Weismann le quiso otorgar y, en cuanto al plasma, forma parte integrante de esa totalidad compleja que es el cuerpo vivo. Sin embargo, entre el plasma y el cuerpo Weismann establece un tipo de relación que sólo es posible entre dos partes de un todo, mientras que parece obvio afirmar que el plasma y el cuerpo están en una relación de la parte con el todo, que no puede ser bilateral. Por otro lado, cuando dos componentes se separan también deben unirse en otro momento de la explicación. El análisis requiere de la síntesis y en la genética aún está por producirse esa síntesis del plasma y el cuerpo.

Aunque Weismann se guarda de reconocerlo, esta teoría era una crítica directa contra la pangénesis de Darwin, según la cual cada célula del cuerpo produce unas partículas, a las que llamó «gémulas», que transportadas por los fluidos orgánicos, llegaban a los órganos reproductores, donde permanecían en espera de la fertilización. Los gametos emanan de todas las células corporales, son una réplica concentrada del ser vivo que las origina, de manera que si ese ser cambia, también cambia su réplica germinal. La pangénesis de Darwin reconoce la interacción entre todas las partes del cuerpo y, por consiguiente, no separa de manera absoluta al plasma del resto del organismo. Sus aplicaciones más importantes son, como veremos, la regeneración de los órganos dañados o amputados y la hibridación vegetativa, esto es, la posibilidad de crear nuevas variedades de plantas mediante injertos de una parte del cuerpo (esqueje o púa) de una variedad en una parte del cuerpo (patrón o mentor) de otra. Esas modificaciones alcanzan a las células germinales y, por consiguiente, se transmiten a las generaciones sucesivas. Se trata, pues, de una causalidad inversa respecto a la que Weismann propone: es el cuerpo el que engendra la materia germinal, y no al revés. Como cualquier otra parte del cuerpo, para Darwin el plasma estaba sometido a toda clase de influencias. Pero para Weismann el plasma no es un efecto sino una causa. A través de Michurin y su «método del mentor», de una manera tácita, la teoría darwiniana de la pangénesis fue asumida por Lysenko y una parte de la genética soviética, por lo que la fidelidad a Darwin es mucho más evidente en Lysenko que en Weismann y sus epígonos de la teoría sintética.

La pangénesis de Darwin conduce directamente a la herencia de los caracteres adquiridos, le proporciona un fundamento fisiológico, pues las gémulas recogen los cambios que sufren las partes del organismo de las que proceden. Por el contrario, Weismann crea la noción de «linaje» celular, derivado de la teoría de la continuidad celular: las células sexuales provienen exclusivamente de otras células sexuales. La separación entre el plasma y el cuerpo que, como decimos, rompe con la teoría celular, no es un añadido que Weismann aporta al darwinismo sino un giro conceptual; mientras con su pangénesis Darwin relacionaba a todas las células del cuerpo entre sí, Weismann acaba con esa interacción mutua y sólo reconoce los efectos del plasma sobre el cuerpo pero nunca los del cuerpo sobre el plasma. Weismann extrae del cuerpo una de sus partes, a la que confiere un influencia sin contrapartidas. Su nueva orientación conceptual se expresa en la vieja paradoja del huevo y la gallina que Lysenko califica acertadamente de metafísica: ¿Qué aparece primero, la gallina o el huevo? Desde Aristóteles hasta Darwin los biólogos habían afirmado que primero fue la gallina; para Weismann y los partidarios de la teoría de la continuidad lo primero es el huevo: omne vivum ex ovo. Empezando con él y acabando con Dawkins, Wilson, Ruse y los demás, ya no es la gallina la que pone huevos sino los huevos los que ponen gallinas. De acuerdo con Weismann, la gallina es simplemente un dispositivo del huevo que posibilita la postura de otro huevo; la gallina acabará desapareciendo de la biología y con ella el concepto mismo de vida. La biología ya no es la ciencia que trata de la vida sino de otros fenómenos, o bien la vida se confundirá con esos otros fenómenos (células, cromosomas, genes). La vida no es más que reproducción; los mecanismos reproductivos monopolizarán la primera plana. El plasma germinal no es una parte de un todo vivo sino la vida misma. Esa será la esencia de la genética del futuro. La deducción lógica de este vuelco es que toda la teoría de la evolución pasa a descansar en torno a la genética.

Por lo demás, la concepción de Weismann no sólo no precisa el concepto de «medio» sino que pretende darle «una gran amplitud». Es una buena prueba de que se había impuesto la concepción abstracta de Comte. Como buen zoólogo, aunque ciego, Weismann era un observador perspicaz y había leido a Lamarck mucho mejor que sus contemporáneos. Sabía que el francés se apoyaba en el «uso y desuso» y no en el ambiente exterior. Pero, según Weismann, el uso y desuso no puede ejercer una influencia «directa» de transformación de la especie tan grande como los factores ambientales. La de Weismann no es una crítica de los postulados del contrario sino de la interpretación que él mismo ofrece de esos postulados. Es un aspecto en el que Weismann deja de ser el biólogo minucioso y atento para desplegar un ataque en toda la línea del frente que, en aquel momento, estaba compuesta por todos los demás. Es una crítica genérica de toda una corriente, el neolamarckismo, presentada de una manera uniforme sobre la base de conceptos imprecisos, como el «medio exterior», cuya precisión se difumina aún más con la teoría del plasma. De esta manera, Weismann se enfrenta directamente a los neolamarckistas de su tiempo sobre tres ejes básicos:

a) los cambios individuales no afectan a la especie; si se toma al individuo aisladamente, todas las influencias exteriores no pueden transformar la especie
b) las modificaciones acaban en el cuerpo, no se transmiten porque no pasan al plasma germinal
c) en la crítica el factor ambiental queda definido como la «acción directa del medio exterior», una expresión que repite varias veces

En fin, para Weismann esos cambios inducidos por el ambiente exterior son como el bronceado veraniego: se van con los primeros fríos. Sin embargo, parece claro observar que la afirmación micromerista de que los cambios exteriores sólo pueden afectar a un único individuo también es opuesta a lo que Darwin sostuvo: «La selección puede aplicarse a la familia lo mismo que al individuo» (246). Las modificaciones ambientales afectan a todos los organismos a los que alcanza su radio de acción. Pero eso es exactamente lo que Weismann critica y su conclusión hará fortuna. Todos los caracteres debidos a las acciones exteriores, afirma Weismann, quedan limitados al individuo afectado y, además, desaparecen muy rápido, mucho antes de su muerte, concluyendo de una forma rotunda sin intentar siquiera ninguna clase de prueba: «No hay un solo caso en el cual el carácter en cuestión se haya convertido en hereditario» (247). Es lo que habitualmente se denomina como la «barrera» de Weismann, según la cual, las influencias se dirigen en la dirección del plasma al cuerpo pero nunca del cuerpo al plasma; es, en suma, el dogma central del mendelismo.

Sin embargo, Weismann defiende la evolución, por lo que tiene que recurrir a otros mecanismos hipotéticos diferentes, es decir, tiene que explicar la transformación sin herencia de los caracteres adquiridos. Éste es uno de los problemas más profundos de la biología, advierte Weismann; su solución es decisiva para comprender la formación de las especies y los cambios en los organismos vivos a lo largo del tiempo. Weismann tiene que introducir un cambio previo que los cause, el plasma germinal: no hay cambio en la especie sin previo cambio del plasma: «Nunca he dudado de que modificaciones que dependen de una modificación del plasma germinal, y por tanto de las células reproductoras, sean transmisibles, incluso siempre he insistido en el hecho de que son ellas, y sólo ellas, las que deben ser transmitidas» (248). Pero si el cuerpo cambia, dichos cambios deberán tener su origen en un plasma cambiante y entonces la pregunta de Weismann es qué es lo que causa esas modificaciones del plasma que a su vez causan modificaciones del cuerpo. Entonces critica el preformismo de Nägeli, para quien las modificaciones son de tipo «interno» de modo que todo el desarrollo de las especies estaba ya previamente escrito en la estructura del primer organismo simple y todas las demás proceden de él. Weismann iba a perder la batalla frente a Nägeli, de manera que en el futuro las teorías dominantes de la herencia pondrían en primer plano los factores puramente internos, que preservaban esa condición incluso en el interior de las células. Lo externo empezaba a perder terreno frente a lo interno.

Inicialmente esas teorías adoptaron una forma oscura, revestida de una terminología aún más oscura. El caso de Nägeli es un ejemplo. Nägeli hablaba de una fuerza interna que actuaba con independencia del medio. No negaba la importancia de la adaptación en la evolución, pero le atribuía un papel insignificante. Su teoría de la herencia concedía gran importancia a las tendencias no adaptativas producidas por predisposiciones naturales existentes en el plasma germinal. El elemento clave en la evolución es un «principio de perfeccionamiento» inherente a la herencia, una concepción que, a pesar de su nombre, es muy parecida al concepto de «potencia» de Lamarck y a la «herencia con modificaciones» de Darwin. El perfeccionamiento no atrae a las especies hacia un objetivo predeterminado sino que es una fuerza organizadora que opera en las unidades básicas de la materia viva. La fuerza organizadora incrementa la complejidad, ofreciendo constantemente nuevas oportunidades de evolución. Según el suizo la evolución no es un progreso en una dirección específica sino que es desarrollo abierto que crea incesantemente nuevas formas de vida, una variedad cada vez mayor de organizaciones posibles, cada una de las cuales comienza una nueva genealogía ramificada que sigue sus propias leyes.

Nägeli llamó «idioplasma» al plasma germinal de Weismann, aunque para rechazar la acusación de que su teoría reintrodujera un elemento místico o teleológico, cayó en el otro costado, en el reduccionismo no menos confuso: el «idioplasma» lo formaban un conjunto de fuerzas mecánicas. Luego la confusión proseguía imparable con una argumentación artificiosa y vacía. Lo mismo que el plasma germinal de Weismann, el «idioplasma» de Nägeli también es potencialmente inmortal y se transmite de una generación a otra. Sin embargo, a diferencia del plasma germinal, el «idioplasma» radicaba en todo el organismo y no en un único lugar aislado, es decir, un planteamiento parecido a las gémulas de Darwin que le impide al suizo evadirse completamente del lamarckismo. Según Nägeli los cambios adaptativos eran el resultado de la acción continuada del medio sobre el «idioplasma». Por lo tanto, lo mismo que Weismann, Nägeli aún seguía nadando entre dos aguas, entre la vieja y la nueva biología que empezaba a abrirse camino. Admitió la generación espontánea y su negación de la herencia de los caracteres adquiridos era muy matizada.

Lo mismo que Nägeli, Weismann es otro «antiguo», aunque insista en criticar la «acción directa del medio exterior». En definitiva, para Weismann las causas de la evolución son «externas», lo cual parece dar la razón a los lamarckistas, o al menos permite una síntesis: no habría una acción «directa» del medio exterior sino que ésta sería «indirecta». Weismann no lo dice pero sólo cabría esa reflexión. De haberlo dicho habría entrado en contradicción consigo mismo: no existiría ninguna «barrera».

Ahora bien, Weismann relaciona la «acción directa del medio exterior» exclusivamente con Lamarck, que no la admitía. Quien había hablado antes de esto mismo no era Lamarck sino Darwin, así que es una oportunidad para volver a comprobar que persistió un inusitado interés por volcar sobre el francés las concepciones a criticar, librando al británico de la más leve sospecha de lamarckismo. Además también servirá refutar el supuesto darwinismo de Weismann.

Lamarck no conoció la separación establecida por Weismann entre el plasma y el cuerpo. La única dicotomía que él aceptó fue la del cuerpo y el medio. A diferencia de él, Darwin sí conoció esa distinción y cita dos veces expresamente a Weismann a partir de la cuarta edición de «El origen de las especies», que data de 1866, para aludir precisamente a la «acción directa del medio exterior». Cuestión distinta es que Darwin no aceptara esa separación entre el plasma y el cuerpo en los mismos términos que Weismann, lo cual parece claro porque dio lugar a un nuevo marco conceptual en la biología, radicalmente distinto del anterior. Sólo en este punto las divergencias entre Darwin y Weismann se expresan en tres aspectos. El primero es que cuando Darwin habla de «medio exterior» se refiere al ambiente externo al animal, mientras que cuando lo hace Weismann, alude a todo lo que no es el plasma, es decir, tanto al ambiente como al resto del cuerpo. La segunda aparece cuando pretendemos averiguar sobre qué actúa el medio exterior: para Darwin ese sujeto pasivo es el cuerpo mientras que para Weismann es el plasma. La tercera es que mientras Weismann sólo habla de una «acción directa», Darwin reconoce una directa (sobre el cuerpo) y otra indirecta (sobre el cuerpo a través del sistema reproductor): «El cambio de condiciones de vida es de suma importancia como causante de variabilidad, tanto por actuar directamente sobre el organismo, como indirectamente, al afectar al sistema reproductor». Esta noción está tan arraigada en su pensamiento que lo repite en otras obras suyas, tales como «El origen del hombre» y «La variación en plantas y animales sometidos a domesticación» (249). Parece obvio concluir que la diferenciación entre plasma y cuerpo no fue algo intrascendente en biología y que si es posible afirmar que Weismann es neodarwinista, entonces el neodarwinismo no tiene nada que ver con Darwin.

A partir de ahí las explicaciones de la nueva biología son ambiguas y quedan en una nebulosa. Weismann dice que la selección opera no sobre el cuerpo sino sobre «variaciones germinales», pero no explica por qué se producen esas variaciones, salvo que son de naturaleza distinta a las variaciones del cuerpo. También alude a las «tendencias de desarrollo» del germen, lo que parece una vuelta a Nägeli. En cualquier caso, la biología posterior se olvidó de esta parte de la concepción de Weismann, de modo que el plasma no podía resultar influenciado por nada ajeno a él mismo. El motivo es bastante claro: la acción indirecta del medio exterior sobre el plasma no era más que un retorno apenas disimulado de la herencia de los caracteres adquiridos con la que se pretendía acabar. Una mala teoría siempre se puede empeorar y a los continuadores de Weismann les pareció preferible acabar con las medias tintas y las ambigüedades.

También es nebulosa la misma concepción del plasma germinal, que no es un organismo «en el sentido de un prototipo microscópico que engordaría para transformarse en un organismo completo» (250). Esta declaración es un abierto posicionamiento de Weismann contra el preformismo, por lo que en este punto no tiene razón Bernal (251). Ahora bien, las secuelas de esta concepción, la hipótesis del gen en la forma en que fue luego desarrollada a comienzos del siglo XX, sí era un retorno al preformismo. En cuanto a la composición material del plasma, Weismann dice lo que no es pero no dice lo que es, y todo vuelve a la nebulosa. No obstante, avanza dos conjeturas de largo alcance. Primero sitúa al plasma germinal en el núcleo de la célula porque a veces se refiere a él como «sustancia nuclear». Además, habla de que el plasma dispone de una «estructura molecular específica» y determinadas «propiedades químicas» que no concreta, y posiblemente no podía concretar en aquel momento. No obstante, esas alusiones son suficientes para concluir que Weismann parece conceder al plasma una estructura material. Esta afirmación resultaría más que suficiente para afirmar que el plasma, como materia, no puede estar, de ninguna manera, fuera de la interacción con las demás formas materiales. Por lo demás, ahora que estamos en condiciones de afirmar la composición bioquímica del plasma, resultaría útil preguntar dónde está su separación respecto de «todo lo demás»: si el ADN está separado del ARN, si ambos están separados de las proteínas, etc. Es algo sobre lo que tendremos que volver al hablar de la hipótesis del gen.

La concepción material del plasma fue otro vuelco importante producido en el seno de la biología, pero tampoco es original de Weismann sino que le llega de Descartes por influencia inmediata de Buffon. Hasta entonces la idea de herencia había estado vinculada a nociones filosóficas idealistas de origen aristotélico y escolástico. La herencia era la «forma» de Aristóteles y, en cuanto tal, se oponía a la «materia». Según el hilemorfismo, la forma no nace sino que se realiza en un cuerpo; no sólo es la causa sino el motor del cuerpo, «la razón de la cual la materia es algo definido» (252). Descartes fue el primero que materializó la transmisión de la herencia, dándole un sentido mecánico y determinista. El mérito de Descartes fue que precedió al descubrimiento del espermatozoide (1677), del óvulo (1827) y de la fecundación (1875). La filosofía ya lo había anticipado pero que lo dijera un biólogo, aunque no probara nada, le otorgó un estatuto muy diferente dentro del mundillo científico, facilitando su difusión.

Hay otro aspecto en el que Weismann también incurre en contradicción consigo mismo: aunque explícitamente no quiere caer en el preformismo, cae de bruces en sus mismos postulados. A su conjetura se le da el nombre de «teoría de la continuidad» que, como ha quedado expuesto, tiene su origen remoto en el preformismo y su origen inmediato la versión ofrecida por Virchow de la teoría celular. Sin embargo, sería mejor llamarla teoría de la inmortalidad y es interesante entender los motivos porque inspiró corrientes filosóficas de clara raigambre mística, como la del Henri Bergson, cuya obra «La evolución creadora» estuvo entre los grandes éxitos editoriales tras su aparición en 1907. De las mónadas de Leibniz y a través de Goethe y la teoría celular de Virchow, se extrajo la idea peregrina de que los organismos unicelulares (bacterias, infusorios, móneras) no mueren nunca, ya que carecen de órganos reproductores y se multiplican con la totalidad de su cuerpo mediante divisiones sucesivas e idénticas que mantienen su vida indefinidamente, al menos en teoría. Por el contrario, parece que los organismos más complejos, que tienen órganos reproductores diferenciados del resto del cuerpo, fallecen. Weismann opina lo contrario y afirma que precisamente el plasma germinal no muere nunca; lo único que muere es el cuerpo, mientras que el plasma continúa en los descendientes. El primero de los artículos teóricos de Weismann se titula «La duración de la vida», donde la apariencia científica apenas puede encubrir el viejo misticismo: los organismos inferiores no mueren nunca, los individuos mueren pero la especie es eterna, el cuerpo se descompone pero el plasma perdura, etc. La escisión que establecía entre parte reproductora y parte reproducida, también separaba la parte mortal de la inmortal, que luego Morgan rubricará de una manera característicamente dogmática: «Las células germinativas son inmortales; las células somáticas tienen sólo una vida perecedera» (253). Es el componente místico de la teoría. Aunque parece concederle una composición material, el plasma germinal de Weismann es el viejo alma («pneuma», «anima») de la vieja filosofía idealista. El plasma es inmortal, lo mismo que el alma. Como el plasma, el alma no tiene origen: se reencarna, emigra de unos cuerpos a otros, siempre idéntica a sí misma. No hay (re)generación; los seres vivos no se renuevan, no cambian nunca. Por lo tanto, Weismann incurrre en el preformismo que trataba de evitar y con él arrastrará al mendelismo que surge en 1900.

Otra consecuencia mística de la teoría de Weismann: si el plasma germinal no cambia, no existen padres e hijos y todos los hombres somos hermanos (y los animales también). Es lo que a veces los mendelistas denominan como «copia perfecta» o «papel de calco», que es abiertamente malthusiana y antievolucionista, una continua multiplicación cuantitativa, genética, independiente de condicionantes económicos y sociales. Si la herencia se distribuye de esa manera horizontal, si no hay sucesión generacional, tampoco hay manera de concebir siquiera ninguna clase de cambio; ni tampoco el tiempo. De ahí que haya que concluir que Weismann en particular y el neodarwinismo en general no son evolucionistas sino involucionistas.

Respecto a esta parte de la teoría de Weismann cabe apuntar varias observaciones, aunque sea de manera muy resumida:

a) cuando se dice que algo no tiene fin, que es eterno, es porque tampoco tiene principio y por eso, aunque Weismann critica a Nägeli, no acaba de romper con él; Darwin tituló su libro «El origen de las especies» y los fósiles demuestran el final de las mismas

b) a pesar de lo que digan Leibniz, Harvey, Goethe, Virchow y Weismann, las células sí mueren, todas ellas, pero es aún más necesario recordar en qué condiciones se puede prolongar su existencia: cambiando el medio, es decir, cultivándolas apropiadamente en los laboratorios de una manera parecida a como se cuidan los geranios en las macetas de cualquier terraza (254)

c) en los embriones, las células germinales se forman al cabo de un cierto tiempo después de otras, un tipo especial de células madre en las cuales no existe ninguna separación ni especialización y, por tanto, a partir de ellas, justo todo lo contrario de lo que cabría esperar de la tesis de Weismann

d) la fecundación demuestra que, en contra de una opinión muy común, no heredamos el plasma sino que heredamos el plasma junto con el cuerpo

Weismann pone la reproducción en un primer plano de la biología, de una manera que resultará definitiva y de largo alcance, hasta el punto de que es la misma que llega a la actualidad, imbricándose con el malthusianismo. Es bastante evidente que, no obstante su éxito, esta concepción también contradice los postulados más básicos la teoría celular, incluido aquel según el cual una célula proviene de otra célula: se trata justamente de que proviene de ahí y no de un gen ni de un cromosoma y, por consiguiente, si una célula se compone tanto de plasma germinal como de cuerpo, se heredan ambos simultáneamente y se desarrollan ambos simultáneamente. Sin embargo, la genética formalista pondrá todo su énfasis en el instante de la fecundación, del cruce, convirtiéndose en una suerte de preformismo.

Después de Weismann, el énfasis de la nueva biología en la reproducción irá estrechando su propio cerco de una manera aún más clara, cuando concentre su atención no sólo sobre la reproducción sino sobre la reproducción sexual precisamente. Volveré a insistir más adelante en este hecho capital, por lo demás conocido: la reproducción no se agota con la fecundación. La reproducción biológica presenta dos modos diferentes. Un primer modo se denomina vegetativo o asexual ya que sólo hay un progenitor. Es característico de los microorganismos, plantas y animales de organización simple, un fenómeno de división de todo el cuerpo del organismo, junto con el cual se divide también el plasma. Por consiguiente, los dos organismos resultantes heredan tanto el plasma como el cuerpo. El segundo se denomina reproducción generativa o sexual que combina dos células diferentes (óvulo y espermatozoide en el caso de los seres humanos) procedentes de dos progenitores diferentes. A lo largo de la evolución la reproducción vegetativa antecede a la sexual, es decir, que ésta procede de aquella, es un desarrollo suyo, lo cual significa, en definitiva, que el plasma germinal es una derivación evolutiva del cuerpo.

Otra consecuencia que se desprende de la reproducción sexual es que también en ella heredamos tanto el plasma como el cuerpo por las siguientes razones:

a) el óvulo es una célula completa antes de la fecundación que, como cualquier otra, se compone tanto de núcleo (plasma) como de citoplasma (cuerpo)
b) los cromosomas (maternos y paternos) que se fusionan en su núcleo se componen tanto de plasma (ácidos nucleicos) como de cuerpo (proteínas)
c) los espermatozoides componen menos del 10 por ciento del total del semen; el resto es el líquido seminal que, a su vez, contiene otros 30 elementos heterogéneos más, con otro 5 por ciento de células (leucocitos y células epiteliales) y otra plasmática, que incluye ADN circulante (255)
d) a su vez, el ADN de un espermatozoide sólo constituye un 20 por ciento de su peso total, pudiendo portar microorganismos, como hongos, bacterias y virus

En la fecundación el espermatozoide también tambié transmite su ARN, lo cual parece ser la explicación de un experimento que vulnera las «leyes» de Mendel. Un grupo de científicos franceses dirigidos por Minoo Rassoulzadegan mostró que ratones criados excluyendo una secuencia mutante que causa manchas en sus pies y colas presentaron igualmente estos rasgos. Los científicos cruzaron ratones con un gen normal y uno mutante, descubriendo que la mayoría de la descendencia con dos genes normales también presentaba manchas en sus colas. Rassoulzadegan propone la hipótesis de que fue el ARN el agente transmisor de aquel fenotipo a las sucesivas generaciones (255b).

En los seres vivos que se reproducen sexualmente, la vida no se agota con la fecundación sino, más bien, es entonces cuando empieza. Una vez fecundado, el óvulo permanece unido al cuerpo de la madre -precisamente a su cuerpo y no a su plasma germinal- a través de la placenta y del cordón umbilical. En los seres humanos, la gestante intercambia células con el embrión durante el embarazo y la lactancia, las cuales pueden persistir en el organismo durante decenios (255c). El intercambio de células completas durante la gestación está hoy bien documentada en los mamíferos, habiéndose comprobado tanto entre la madre y el feto como entre los gemelos. El caso de las vacas estériles freemartin es conocido desde hace milenios, pero no sus causas. Las vacas freemartin son gemelas dicigóticas con un macho en las cuales durante la gestación se produce una fusión de los coriones (envolturas exteriores) de ambos embriones, así como -en el 90 por ciento de los casos- una anastomosis o comunicación entre sus vasos sanguíneos. Como consecuencia de ello, se produce entre ambos un intercambio de células hematopoyéticas que permanecen activas a lo largo de toda la vida del animal. Por consiguiente, una parte de las células sanguíneas de la vaca son masculinas y una parte de las células del ternero son femeninas, lo que acarrea dos consecuencias fenotípicas. Por un lado, el animal habituado a convivir con células ajenas tiene -como más adelante repetiré- un sistema inmmune que no rechaza los transplantes de su gemelo. Por el otro, la hembra adquiere algunos de los rasgos masculinos, especialmente en sus órganos genitales y suele ser estéril (256).

En los seres humanos, las mujeres gestantes también también transmiten al feto oxígeno, anhídrido carbónico, hormonas, vitaminas, sales, azúcares y la alimentación imprescindible durante un periodo de gestación que parece ajeno por completo a los manuales de la teoría sintética. Cabe decir que la madre le transmite al feto tanto el cuerpo como los anticuerpos. El sistema inmunitario es un claro ejemplo de herencia de los caracteres adquiridos: tanto el del feto como el del recién nacido no son suyos propios sino heredados de la madre. En el caso de los embriones de la mayor parte de los mamíferos, los anticuerpos de la madre les llegan atravesando la placenta; en el caso de los recién nacidos, por medio del calostro y la leche materna (257). Los madre puede transmitir virus al feto (258). La adrenalina, noradrenalina, oxitocina, serotonina y otros mensajeros moleculares también atraviesan la placenta y llegan hasta el feto. Los mismo cabe decir de los fármacos, drogas y contaminantes de origen químico también alcanzan al feto, provocando graves trastornos, aunque en la madre resulten inapreciables. Algunos plaguicidas, metales pesados y toxinas atraviesan la placenta de la embarzada y también se pueden excretar con la leche materna. La exposición al plomo y al mercurio del feto y del neonato, a través de la sangre materna, la leche materna y los alimentos, puede tener efectos neurotóxicos. Los lactantes pueden estar expuestos a micotoxinas (como las aflatoxinas) que proliferan en el maíz, los cacahuetes y otros cereales mohosos que ingiere la madre que amamanta. El feto es alcanzado por enfermedades y patógenos que no provocan síntomas en las personas sanas y, por tanto, tampoco en las embarazadas. En ocasiones, las enfermedades causan síntomas en la madre, pero en otros casos son asintomáticas o tan leves que la madre no nota la infección y, sin embargo, la transmite al feto, sobre el que los efectos pueden ser graves. Ya he mencionado el caso de la sífilis, pero también se puede mencionar la viruela y el sarampión. La rubeola no es grave para la madre pero ocasiona malformaciones en la cabeza del feto. La toxoplasmosis es otra enfermedad que en una persona sana habitualmente sólo provoca síntomas leves, similares a los de la gripe. Sin embargo, tiene graves consecuencias para el feto a largo plazo: puede causar retraso mental, esquizofrenia (259), ceguera, parálisis cerebral, nacimiento muerto y aborto espontáneo. Otra enfermedad, la listeriosis, provocada por una bacteria que afecta principalmente a adultos, es especialmente peligrosa para el feto y en un 40 por ciento de los casos tiene relación con el embarazo; puede provocar aborto, nacimiento prematuro, nacimiento muerto y enfermedad neonatal. La alimentación materna es la principal vía de transmisión de la listeriosis al feto.

Es necesario concluir, en consecuencia, que esa supuesta separación entre el plasma y el cuerpo no aparece en ningún ser vivo en ningúna etapa de su desarrollo; no es más que un artificio analítico. También es igualmente necesario concluir que los ejemplos mencionados son otros tantos supuestos de herencia de los caracteres adquiridos.

En Francia, por influencia de Bergson, algunos embriólogos, como Charles Houillon, han tratado recientemente de seguir defendiendo la teoría del linaje germinal, es decir, la existencia de una diferenciación absoluta entre las células germinales y las demás células corporales. Según Houillon éstas agotan su potencialidad por el hecho mismo de la diferenciación, mientras que las germinales las conservan puesto que son «totipotentes», es decir, capaces de crear un nuevo organismo. Además, el embriólogo francés enumera una serie de singularidades, como que tienen una diferenciación especial en células masculinas y femeninas o que «evolucionan por su propia cuenta». No obstante, a medida que avanza en su exposición, matiza muchas afirmaciones iniciales hasta acabar reconociendo la evidencia. Así, concluye que en organismos unicelulares no existe tal diferenciación, como es obvio porque no hay más que una sola célula. Es notable la reiteración con que manifiesta que las células germinales aparecen diferenciadas muy precozmente, pero parece natural concluir que por muy pronto que se separen estuvieron indiferenciadas anteriormente. Por ello afirma lo siguiente: «La noción de estirpe germinal no puede ser considerada en el sentido estricto de una separación entre soma y germen puesto que en los metazoarios considerados como inferiores abundan las observaciones que se oponen a esta concepción». Pero resulta que no es la única excepción. También se ve obligado a reconocer que las células sexuales se pueden regenerar a partir de las somáticas, y pone el ejemplo de las babosas (Arion rufus). Finalmente Houillon concluye de la siguiente manera: «Si bien la concepción weismaniana no ha sido enteramente confirmada ni en genética ni en embriología, ha proporcionado, sin embargo, unas nociones básicas para el posterior desarrollo de estas disciplinas. El problema de las células germinales sigue siendo todavía uno de los más curiosos y atrayentes de la biología» (260). De tal afirmación se desprende que a pesar de que -cien años después- las tesis de Weismann no sólo no se han demostrado sino que se han derrumbado (en genética y en embriología), sus seguidores van a seguir manteniendo sus «nocionesbásicas». Contra viento y marea.

Si de la embriología pasamos a la botánica, la conclusión es idéntica: no existe ninguna diferenciación absoluta entre las células germinales y las demás células corporales porque los meristemos reproductivos se forman a partir de los vegetativos, es decir, que el plasma se forma a partir del cuerpo. Por ejemplo, las flores de Arabidopsis thaliana nacen de los mismos primordios que dan lugar a hojas durante la fase vegetativa de crecimiento. Que estos primordios den lugar a una flor en lugar de formar una hoja depende de algunas proteínas, como LFY, que funcionan como un interruptor. La presencia de LFY por encima de cierto nivel inicia el desarrollo floral, mientras que su ausencia impide la formación de flores.

La regeneración que menciona Houillon ha constituido desde hace siglos uno de esos «misterios» tan discutidos en biología. En algunos vegetales y animales, los órganos se pueden reconstruir a pesar de las amputaciones. Si se corta una lombriz en dos mitades, cada una de ellas se convertirá en un nuevo gusano; la parte de la cabeza desarrollará poco a poco su cola y la otra parte creará su propia cabeza. En mayor o menor medida, por sí mismos los organismos vivos tienen una asombrosa capacidad para reparar los daños que detectan, curar heridas, sanar lesiones e incluso regenerar pérdidas. El ejemplo más característico que se suele utilizar es el de la hidra, que con sólo una centésima parte de su cuerpo puede reconstruirlo por completo (261). Esa capacidad es diferente en cada especie, aunque disminuye en los animales superiores, como las aves y los mamíferos. Sin embargo, en éstos algunos órganos, como el hígado, se pueden regenerar casi completamente a partir de un pedazo. La regeneración depende también de la fase de desarrollo y, por consiguiente, del grado de diferenciación de las células, es decir, que disminuye con las células maduras y aumenta en los embriones. Los embriones de los vertebrados poseen «una misteriosa capacidad para reconocer si la estructura está intacta. Si se ha perdido parte de ella por accidente o a causa de manipulaciones experimentales, se reconoce la pérdida y entran en acción procesos reparadores» (262). En los seres vivos que tienen esa capacidad, la regeneración de órganos incluye las células y los órganos reproductivos, es decir, que éstos se pueden regenerar a partir de las demás células y órganos del cuerpo.

En cualquier caso, lo que parece claro es que si bien las células somáticas surgen de las germinales, éstas también pueden proceder de aquellas. En las fases más tempranas no existe diferencia ninguna entre linajes germinales o somáticos y, por consiguiente, ni siquiera se puede hablar de una mutua transformación sino de un género indiferenciado de células embrionarias que pueden devenir tanto de uno como de otro linaje (263). La separación entre ambos linajes puede verificarse antes o después, pero existe siempre. Existen células somáticas que pueden convertirse en germinales incluso en adultos, del mismo modo que hay invertebrados en los que las células somáticas pueden reproducir nuevos individuos. Por decirlo con las palabras de Carlson: «Los transplantes de células germinales primordiales de Xenopus [ranas] a blástulas tempranas han mostrado que las células contenedoras de plasma germinal no están irrevocablemente determinadas a ser células germinales, en tanto tienen la capacidad de diferenciarse en algunos tipos de células provenientes de las tres capas germinales» (264). En cuanto a los vegetales, la conclusión es idéntica:

De todos los órganos de las plantas se pueden aislar tejidos capaces de regeneración que pueden ser cultivados. Esto se ha seguido hasta el extremo de llegar a regenerar plantas completas con raíces, tallos y hojas de células somáticas individuales [...]

El éxito de cultivo de tejidos y células en los cuales se obtiene una nueva planta completa a partir de una célula somática individual, tiene también un alcance difícilmente subestimable para nuestra comprensión fundamental de diferenciación y desarrollo. Con esto se demuestra que cada célula somática contiene la información genética completa para la formación de todas las funciones que ejerce una planta superior compleja, o sea, que es totipotente (u omnipotente) como lo es el zigoto (265).

Como cualquier otra forma de desarrollo en biología, la conclusión es idéntica: no existen barreras infranqueables entre las células germinales y las somáticas sino que, a partir de un determinado momento, unas células se desarrollan hacia la línea germinal y otras hacia la somática, un proceso que es reversible en determinadas condiciones. Por lo tanto, las células germinales no proceden sólo de otras células germinales sino que pueden proceder también de células somáticas. Tendremos ocasión de volver a plantear esta cuestión al aludir a las hibridaciones vegetativas que se practicaron en la URSS, que fueron objeto de las más mordaces críticas por parte de los mendelistas porque son uno de tantos ejemplos de la falsedad de sus postulados. Como sostuvo Darwin acertadamente, tanto la regeneración como la hibridación vegetativa forman parte del mismo capítulo de la genética y debían estudiarse simultáneamente. Lo que ambos fenómenos demuestran es la validez de la teoría celular en la forma que expusieron Schleiden y Schwann: en esencia no hay más que un tipo de células por lo que el intento de Weismann de establecer una separación metafísica entre células germinales y somáticas ha sido desmentido repetidamente por la investigación científica. Por el mismo motivo, queda evidenciado que también es falsa la teoría de la continuidad de la vida, se acredita la herencia de los caracteres adquiridos y la noción potencialidad celular y biológica adquiere el protagonismo que merece.

Las células se pueden clasificar de muchas maneras pero todas ellas tienen en común que son células y, por consiguiente, que su composición y su funcionamiento son sustancialmente idénticas. De todas las clasificaciones con las que se pueden ordenar las células, una de las más importantes es la que concierne a su grado de desarrollo, según el cual existen células embrionarias y células maduras, teniendo las primeras una capacidad de transformación mucho mayor que las segundas, que ya se han especializado formando parte de órganos y tejidos concretos. Una célula embrionaria se puede transformar en adulta, pero hasta la fecha no parecía que el fenómeno fuera reversible. Las células embrionarias se utilizan actualmente en medicina para regenerar o sustituir a las células maduras destruidas o dañadas en tejidos y órganos porque de ellas se puede obtener cualquier otra célula especializada. Se denominan células madre porque disponen de esa potencialidad de desarrollo diversificado.

A mayor abundancia, el empleo de células embrionarias para la regeneración de tejidos y órganos lesionados ha suscitado el rechazo de los creyentes, quienes han puesto de manifiesto -con acierto- que no es necesaria la destrucción de dichos embriones por cuanto también hay células madre maduras en los órganos especializados del cuerpo con la misma potencialidad creadora que las embrionarias y, por consiguiente, que no es necesario emplear embriones humanos para obtener células madre pluripotentes. Es cierto que determinadas células maduras son capaces de «volver atrás» transformándose en células madre. Ahora bien, son escasas y no proliferan de la misma forma que las embrionarias, es decir, que no tienen la misma potencialidad de desarrollo. Esta línea de investigación es muy reciente, por lo que está lejos de arrojar resultados concluyentes y definitivos. No obstante, son extraordinariamente ilustrativas y, desde luego, confirman la falta de fundamento de la tesis de la barrera de Weismann. Por lo demás, ponen de manifiesto un segundo componente de un enorme interés teórico: algunas de las técnicas de obtención de células madre se apoyan en la fusión de células con diferente grado de desarrollo, lo que acredita la inexistencia de barreras entre los distintos tipos celulares. En noviembre de 2007 un equipo de científicos japoneses anunció que habían logrado fusionar células adultas (neuronales y cutáneas) con células madre embrionarias de modo que aquellas adquieren las propiedades de éstas. Se han denominado células iPS (células madre pluripotenciales inducidas), constituyendo verdaderos híbridos, es decir, diferentes de las adultas de las que proceden pero con la misma capacidad de desarrollo pluripotencial de las embrionarias.

Aunque a partir de Weismann la biología siguió hablando en los mismos términos que Darwin, el marco conceptual había cambiado radicalmente. Después del vuelco sólo quedaba explicar lo inexplicable: cómo era posible que algo que no cambiaba nunca pudiera determinar algo que es cambiante, es decir, que el mismo plasma (factor o gen) produjera efectos diferentes en el cuerpo a lo largo del tiempo. Por ejemplo, debía explicar que una niña comenzara a ovular a partir de un determinado momento, transformándose en mujer; o que posteriormente esa misma mujer dejara de hacerlo en otro determinado momento, transformándose en una anciana. Sobre la generación, esto es, sobre el origen de los genes ni siquiera cabe preguntar. Empezaba la gran paradoja de la genética: no podía explicar la génesis. En el futuro de la biología Darwin se iba a convertir en la gran coartada; en adelante todo se iba a fraguar en su nombre. No obstante, el neodarwinismo -el de Weismann y el de sus sucesores- es una forma de antidarwinismo.

El espejo del alma

En 1900 a las tesis de Weismann se le suman las del monje checo Mendel, que también escribía en alemán. Es lo que habitualmente se califica como el «redescubrimiento» de unas supuestas «leyes» que Mendel había formulado ya en 1865. Décadas después aquellas leyes se utilizaron como punta de lanza contra Darwin; la genética le ganó el pulso a la biología evolucionista, de modo que entre 1900 y 1930 el darwinismo, que no se puede confundir con el evolucionismo, desapareció del panorama científico (266). La obra de Darwin fue atacada en dos flancos. El primer concepto que creó desconfianza fue el de selección natural, especialmente en la manera en que lo expuso Weismann, que no fue admitido por corrientes muy importantes de la biología, incluídas las evolucionistas. El otro fue el de pangénesis, contra el que hacia 1900 se pronunciaron la mayor parte de los genetistas a los que se atribuye la fundación de esta disciplina científica. Darwin perdió la batalla a manos de sus secuaces tanto como de los mendelistas. Pero, si los darwinistas no estaban siendo fieles a la obra de Darwin, ¿fueron los mendelistas fieles a la obra de Mendel? La respuesta vuelve a ser negativa: Mendel no era mendelista, afirma Randy Moore (266b). En 1900 la obra de Mendel no fue «redescubierta» sino «reconstruida» y cada mendelista hizo su propia reconstrucción. No se trata sólo de que el mendelismo de Bateson, por poner un ejemplo, sea diferente -e incluso opuesto- al de Morgan, sino de que el mendelismo de Bateson no es el de Mendel. Finalmente, el mendelismo que se impuso como canon de la ciencia genética no fue ni el de Mendel, ni el de ninguno de los tres redescubridores, ni tampoco el de Bateson, sino otro distinto: el de Morgan.

Como ha escrito García Olmedo, «la historia del redescubrimiento de las leyes de Mendel en el año 1900 puede considerarse como una farsa científica moderna» (267). Habrá que averiguar los motivos por los cuales algunos científicos son tan aficionados a sostener ese tipo de farsas, empezando por las fechas, que también son ficticias y están debidamente reconstruidas. Ni Mendel fue redescubierto en 1900, ni tampoco la genética nació entonces, aunque sus fieles han erigido a Mendel como padre fundador de esa ciencia. Según ellos antes de Mendel la genética no existía porque la genética nació como sinónimo de mendelismo, lo mismo que han convertido al evolucionismo en sinónimo de darwinismo. La palabra genetics se incorporó a los diccionarios ingleses en 1830 y en alemán Genetik es un neologismo que se añadió a la voz autóctona Erblehre un siglo antes de que lo empleara Bateson. Pero para los mendelistas ni Prosper Lucas, ni Nägeli, ni Pierre Trémaux escribieron nunca sus tratados sobre la herencia natural; Darwin ignoró todo lo relativo a la pangénesis; Charles Naudin no existe... La leyenda del redescubrimiento de 1900 es como la de Cristóbal Colón de 1492: los que estaban allá lo habían descubierto mucho antes. La leyenda tejida en torno a este asunto asevera que el monje checo empezó desde cero, que puso la primera piedra donde antes no había nada porque ese el significado exacto de la palabra inventar. Es como el dios creador que engendra el universo en medio del vacío, una verdadera falsificación de los más evidentes datos históricos. En una fecha tan temprana como 1919, Rolfe ya salió al paso de esta tergiversación al reconocer la existencia de «una larga era premendeliana», como la llamó (267b). Incluso el lenguaje de la genética empleaba términos muy similares en aquella época (267c), derivados de teoría celular aunque sin ninguna clase de evidencia fáctica:

1864 unidad fisiológica Herbert Spencer
1868 gémula Charles Darwin
1875 stirp Francis Galton
1876 plastídula Ernst Haeckel
1883 biofora August Weismann
1884 micela Carl von Nägeli
1886 plasoma Julius Wiesner
1889 pangen Hugo de Vries
1893 idioblasto Oscar Hertwig
1901 anlagen Carl Correns
1911 gen Wilhelm Johannsen

El desarrollo de la genética a partir de 1900 es imposible comprender sin el estudio de obras previas como «Una teoría de la herencia» publicada por Galton en 1875 (267d), en 1883 el estadounidense W. K.Brooks escribió The law of heredity: A study of the cause of variation and the origin of living organisms, al año siguiente apareció la teoría «mecánica y fisiológica» de Nägeli sobre la doctrina de la descendencia y en 1889 Galton publicó su Natural inheritance. No obstante, para encumbrar al mendelismo había que saltar por encima de aquella «larga era premendeliana».

Como la obra de Mendel se resume en sólo 40 páginas mecanografiadas, se hace preciso recurrir a otros datos para tratar de reconstruir el posible itinerario de su pensamiento, a elementos contextuales e incluso biográficos. Pero esto se ha prestado a una manipulación aún mayor que su propia obra: un monje aislado en el convento de una remota ciudad perdida en el centro de Europa... Tampoco esto es cierto. Brno no era ninguna aldea sino la capital de Moravia, una próspera ciudad mercantil de 70.000 habitantes con una intensa vida social y científica. Desde comienzos del siglo existía allá una asociación de ovejeros para la promoción de la ganadería y la agricultura. Querían mejorar la calidad de la lana de sus ovejas y se dirigieron al naturalista Christian Carl Andres, el cual, a su vez, les remitió al conde Festetics, que elaboró un informe posteriormente publicado en una revista científica. En aquel informe no sólo aparecen ya las supuestas «leyes de la herencia» sino también el término «genética».

Desde la Edad Media los conventos europeos eran el centro de conservación y transmisión de la ciencia y la cultura, que entonces aún no se habían separado totalmente de la religión. En los conventos estaban entonces las biliotecas y a través de ellos la Iglesia romana había atesorado durante siglos los conocimientos de la humanidad, lo cual le servía, al mismo tiempo, para controlar su difusión y, en su caso, ejercer la censura correspondiente. En el siglo XVIII y primera mitad del XIX tanto en Europa central como en Inglaterra existían numerosos párrocos de provincias que eran botánicos aficionados. Su «teología natural» era una forma de honrar al creador estudiando las maravillas que había sembrado en la tierra. Un decreto imperial imponía a los monjes la enseñanza en las escuelas de Brno, donde el convento era un importante centro de experimentación científica. En 1830 el prior Franz Cyril Napp creó en su interior un jardín botánico y un invernadero experimental. Napp estaba entre los que investigaban en la huerta con hibridaciones, participaba en las discusiones científicas sobre genética y presidía las asociación de cultivadores de manzanas creada por el mencionado Christian Carl Andres. Aquella asociación local trataba de mejorar el rendimiento de los árboles frutales mediante polinización artificial y publicaba una revista de genética con los resultados de los ensayos con frutales, tanto en Brno como en Alemania y en Londres. La revista tradujo y publicó los estudios de Thomas Andrew Knight, presidente de la Sociedad de Horticultura de Londres.

Mendel entró en el convento en 1843 para estudiar, tomando el nombre de Gregorio. Allá coincidió con el monje Frantisek Matthäus Klacel (1808-1882), encargado del huerto y uno de los pensadores checos más importantes de aquella época. Entre otras varias facetas, Klacel era naturalista, un pensador que defendía la filosofía de la naturaleza así así como la dialéctica hegeliana. También publicó un extenso libro sobre el origen del socialismo utópico y el comunismo al año siguiente de la revolución que sacudió Europa central en 1848. En fin, el convento estaba en pleno centro de los acontecimientos más importantes de la época, tanto políticos como científicos, que no pudieron dejar de influir poderosamente sobre los monjes que lo habitaban.

Allá se hospedó en 1850 Jan Evangelista Purkinje, uno de los impulsores de la teoría celular. Luego en Viena Mendel estudió teoría celular y métodos experimentales de cultivo entre 1851 y 1853 con el botánico Franz Unger y el famoso físico Christian Doppler (el del efecto Doppler o de desplazamiento hacia el rojo). Unger sostenía la tesis de que en la herencia se transmitían pequeñas partículas materiales de generación en generación, de donde proviene otra de las ideas de Mendel: los factores procedentes de los padres no se mezclan en la descendencia. Un estudio sobre este tema le valió a Mendel obtener su licenciatura. J.K.Nestler le transmitió sus conocimientos sobre herencia y sobre lo que Mendel llamaría «desarrollo» (Entwiklung). El alemán Gärtner publicó en 1849 un tratado monumental en el que describía el método de polinización artificial que había ensayado más de 10.000 veces con 700 variedades distintas de plantas, describiendo los cuatro primeros caracteres que Mendel incorporó luego en su estudio. Mendel conocía este estudio porque F. Diebl le había informado de ello en los cursos que impartía en el instituto de filosofía de Brno, a los cuales asistió. Mendel se refirió a ese trabajo en su memoria. Por consiguiente, cuando en 1856 Mendel empezó a experimentar con híbridos por su cuenta, tenía por detrás una larga carrera universitaria, medio siglo de publicaciones sobre genética, una de los mejores bibliotecas de botánica dentro del convento, una infraestructura experimental y el apoyo de su superior Napp, un experto en la materia.

El monje estaba, pues, al corriente de los progresos de la ciencia de su época. La afirmación de Sinnot, Dunn y Dobzhansky según la cual Mendel no era biólogo sino monje (267e) es un completo absurdo. La condición sacerdotal de Mendel se presta a equívocos y simplificaciones, sobre todo teniendo en cuenta la oposición católica a la evolución. Por su formación, es verosímil que estuviera influenciado por Aristóteles, cuyo pensamiento biológico se presenta como opuesto al evolucionismo. Por lo tanto, son muchas las circunstancias que inclinan a concluir que Mendel formó parte de aquella campaña antidarwinista. De hecho su obra fue utilizada a partir de 1900 por Bateson contra la selección natural. Pero no estamos hablando de 1900, ni de Inglaterra, sino de 1865 y del centro del continente europeo. Tres años después de publicarse la obra de Mendel, H.K.H.Hoffmann le cita en un artículo para criticar a Darwin: los guisantes híbridos no demostraban la evolución sino la reversión de los caracteres ancestrales a su estado originario. Correns inicia sus investigaciones sobre hibridación para defender a Nägeli, su maestro, y atacar a Darwin. Mendel habla de unos «caracteres constantes» que parecen opuestos a la teoría de la evolución. No cabe duda que en numerosos aspectos, que reseñaremos, la obra de Mendel contradice a Darwin y hay autores que han destacado la oposición de Mendel a la teoría de la evolución (268). Todo parece indicar, pues, que Mendel era opuesto a la evolución.

El cúmulo de circunstancias es muy equívoco y nadie más que los mendelistas se ha empeñado en que ese equívoco se perpetúe; «el hábito no hace al monje», dice un refrán castellano que aquí ocupa también su lugar preciso. Mendel era hijo de una familia muy humilde y jamás hubiera podido recibir una educación mínima si no hubiera ingresado en el convento. Durante siglos las órdenes religiosas católicas reclutaban niños intelectualmente bien dotados para reforzar sus organizaciones. Mendel no estuvo en el convento por vocación sino por necesidad, como reconoció en un currículo escrito por él mismo: «El respetuoso abajo firmante [...] se vio obligado a ingresar en una clase social que lo liberó de las amargas preocupaciones del sustento; las circunstancias decidieron su elección de estado». Era presidente del banco hipotecario de Brno, tenía una amante y por influencia de Klacel era de ideas socialistas, como corresponde a su origen de clase. Por consiguiente, no cabe pensar que tratara de defender el dogma creacionista. Por lo demás, la obra de Aristóteles no sólo no era opuesta a la evolución sino, por el contrario, propicia la consideración dinámica del universo, como lo demuestran los casos de Lamarck y Darwin, en donde la huella del griego es aún bastante clara. Uno de los maestros de Mendel, Franz Unger, fue uno de los precursores del evolucionismo en Alemania. Por influencia de Klacel, entre los antecedentes de Mendel hay que incluir a los filósofos alemanes de la naturaleza, y especialmente a Lorenz Oken, en donde la evolución ya está presente, aunque empleando el término Entwiklung y no «evolución», que se introduce posteriormente en la terminología científica alemana. En una obra breve Mendel utiliza en 67 ocasiones la palabra «constante» en expresiones como caracteres constantes, descendencia constante, combinaciones constantes, formas constantes o reglas constantes. Aunque el empleo de estas expresiones se ha utilizado para tratar de demostrar su concepción antievolucionista, es congruente con lo que Mendel pretendía exponer, por lo que hay que relacionarlo con el núcleo de su teoría que, a mi modo de ver, se puede resumir de la siguiente manera: la obra de Mendel tiene que ver con la hibridación y no con la evolución. Tampoco versa sobre genética ya que ni siquiera incluye la palabra herencia. Ahora bien, su concepción no está dirigida contra la evolución porque la hibridación es ajena a ella, responde a un tipo de prácticas botánicas tradicionales.

Las hibridaciones constituían una técnica agrícola complementaria con la selección. Formaban parte, pues, de la ideología naciente de los mejoradores de semillas que, como ha quedado expuesto, está en el origen de la genética. No obstante, como en toda ciencia, la práctica siempre fue por delante de modo que, cuando se comenzó a trabar alguna explicación del fenómeno, apareció un dilema. Por un lado, los cruces híbridos eran observados como fenómenos antinaturales, como monstruos y aberraciones estériles: mestizos, bastardos, impuros. La etimología griega y latina de la palabra indica una violación, el empleo de la fuerza en la fecundación. En el siglo XIX el utilitarismo capitalista cambió completamente el significado a la palabra: se hibrida para mejorar una planta y rentabilizar una explotación agropecuaria. Los híbridos tienen heterosis, esto es, un vigor superior al de sus progenitores. Los primeros ensayos sistemáticos de hibridación aparecen documentados en Inglaterra a mediados del siglo XVIII con el ganado, especialmente caballos de carreras y ovejas. El mencionado Knight también realizó cruces experimentales con plantas y describió la dominancia, uniformidad y segregación de los caracteres morfológicos de la descendencia de los híbridos.

La selección y la hibridación forman parte de la penetración capitalista en la agricultura. En Francia, Delessert mejoró en 1812 la remolacha azucarera introducida en 1786 por Vilmorin. Las pequeñas cantidades de azúcar transportadas desde la India hacia Europa se utilizaban como medicamento. Traída a Europa por los árabes, el cultivo de la caña de azúcar se introdujo por Sicilia, desde donde pasó a las colonias americanas. Cuando el bloqueo contra Napoleón privó a Francia de la caña de azúcar, Delessert se propuso mejorar el porcentaje de azúcar de las raíces de la remolacha, que pasó de un 8 a un 15 por ciento.

Otros hibridadores confirmaron las tesis de Knight mucho antes que Mendel: los británicos John Goss (1822) y Alexander Seton (1824), que cultivaban guisantes, ya que las leguminosas formaban parte de la alimentación del ganado. Tanto en Goss como en Seton los fenómenos de dominancia y recesividad de los híbridos aparecen claramente expuestos. El francés Augustin Sageret (1760-1851), que cosechaba melones híbridos, también describió en 1826 sus caracteres uno por uno, extrayendo conclusiones sobre la independencia de los mismos, su segregación y recombinación. Fue de los primeros en hablar de caracteres «dominantes» para designar la preponderancia de algunos de ellos sobre los demás y expuso la posibilidad de combinarlos: «No se puede admirar bastante la simplicidad de medios por los cuales la naturaleza se ha dotado de la capacidad de variar hasta el infinto sus productos y evitar la monotonía. Un número pequeño de ellos, la unión y segregación de caracteres, combinados de formas diversas, pueden conducir a un número infinito de variedades». Constató de que los híbridos obtenidos no eran intermedios entre los dos progenitores; en cada carácter hay una estrecha semejanza con uno u otro antecesor, llegando a esta conclusión: «La semejanza de un híbrido a sus dos antecesores consiste, en general, no en una fusión íntima de los diversos caracteres, sino en una distribución igual o desigual de caracteres invariantes: digo igual o desigual porque esta distribución está lejos de ser la misma en todos los individuos híbridos del mismo origen, y existe entre ellos una gran diversidad» (269).

Tampoco se puede ocultar que cuando en 1865 Mendel exponía sus ensayos en Brno, aparecía publicada la obra de Pierre Trémaux, donde se mencionan idénticos experimentos de hibridación realizados en París con distintas variedades de plantas.

Estos precedentes han desaparecido de la historia que narran los manuales neodarwinistas. Como todos los pioneros Mendel tiene que estar envuelto en el misterio, como un personaje adelantado a su tiempo, un precursor que nadie fue capaz de entender en su momento. Su lanzamiento e instrumentalización tuvo una estrecha relación con las querellas que se entablaron entre los tres «redescubridores» por la prelación de sus descubrimientos. El botánico holandés Hugo de Vries se había adelantado publicando un artículo en francés (Sur la loi de disjonction des hybrides) en el que resumía sus ensayos de hibridación, coincidentes con los de Mendel, pero en los que no le mencionaba para atribuirse la primicia. Entonces, en Alemania Carl Correns estaba corrigiendo las pruebas de imprenta con sus propios resultados sobre el mismo asunto cuando conoció el artículo de De Vries, añadiendo un «Epílogo tras la corrección», donde indicaba la paternidad de Mendel para dejar en evidencia a De Vries, hasta el punto de poner al monje en el título para que no cupiera ninguna clase de dudas sobre la prelación. Por ello éste reaccionó publicando una segunda versión en alemán de su artículo (Das Spaltungsgesetz der Bastarde) en el que ya mencionaba al monje checo como auténtico descubridor. Todo empezó, pues, de una manera muy poco edificante, como un litigio por la propiedad intelectual. La solución salomónica fue «ni para tí ni para mí»: el primero fue Mendel. Los demás precedentes no existían para ellos.

Sorprendido en su intento de plagio, en la segunda versión de su artículo De Vries trató de justificarse diciendo que el trabajo de Mendel se mencionaba muy raramente, por lo que sólo pudo conocerlo cuando ya había terminado la mayor parte de sus investigaciones y había redactado el texto (269b). Curiosamente los tres «redescubridores» tienen la misma coartada; los tres llegaron a las mismas conclusiones que Mendel sin haberle leído; los tres conocieron su obra justo en el momento en que se disponían a redactar sus respectivos artículos; los tres se apresuraron a enviarlos a la imprenta, realizando incluso resúmenes de ellos para que no se adelantaran los demás... Hay razones más que sobradas para sospechar que los mendelistas fraguaron sus fantasías desde un principio. Correns era discípulo de Nägeli y se casó con su sobrina, por lo que al fallecer Nägeli en 1891 pudo acceder a la correspondencia privada que había mantenido con Mendel. Justo al año siguiente comenzó a experimentar sobre hibridación pero, a pesar de fallecer en 1933, nunca desmintió que su «redescubrimiento» tuviera lugar con anterioridad a 1900, como hoy sabemos gracias a una investigación en sus archivos privados, de los que se desprende que al menos desde 1896 ya conocía la obra de Mendel (270). La familia paterna de Tschermak era de origen moravo y estaba emparentada con la de Mendel. También era nieto de Fenzl, profesor de botánica de Mendel en Viena, por lo que también es inverosímil que no le conociera.

En lo que a De Vries concierne, hay dos circunstancias que merecen ser destacadas. La primera no es nada casual: antes de 1900 los tres redescubridores experimentaban sobre un fenómeno de hibridación conocido entonces como «xenia» o doble fertilización, que tuvo una importancia capital en la revalorización de Mendel porque demostraba la discontinuidad y la segregación de los caracteres en las plantas. Aunque el descubrimiento del efecto xenia se suele remontar a 1898, según afirma Lenay (271), De Vries inició sus investigaciones al respecto en una fecha tan temprana como 1876. El primero que utiliza la expresión «xenia» es el manual de Wilhelm Olbers Focke Die Pflanzenmischlinge: Ein Beitrag zur Biologie der Gewächse, publicado en 1881. La definición que De Vries expone sobre el efecto xenia la toma de Focke explícitamente; dado que en su obra Focke menciona 17 veces a Mendel, es inverosímil que De Vries no hubiera sabido de Mendel antes de 1900. No se trata de un caso aislado, por lo que el vínculo entre Mendel y De Vries no ha sido históricamente bien establecido.

La segunda es que, además de Focke, la relación entre De Vries y Mendel pasa también por el botánico estadounidense Liberty Hyde Bailey (271b), quien «redescubrió» a Mendel en 1892, ya que le cita entre la bibliografía de su obra The rural library. Aunque no reprodujo esa bibliografía en la primera edición de otra obra suya, Plant breeding, aparecida en 1895, sí la incluye en las reediciones posteriores de 1896, 1897 y 1902. Lo más probable es que Bailey no leyera a Mendel, limitándose a repetir la bibliografía de Focke, pero a su vez De Vries cita a Bailey y ambos, Bailey y De Vries, participaron en 1899 en una conferencia sobre hibridación en Chiswick, de cuyas discusiones no queda constancia escrita, aunque sabemos que ambos aportaron sendos artículos. En 1954 T.J.Stomps, sucesor de De Vries en la Universidad de Amsterdam, dijo que De Vries le había contado que había descubierto a Mendel cuando Beijerink le envió la separata del trabajo, pero no concretó la fecha en la que la recibió. Pudiendo haber aclarado esta circunstancia, en lo que era el más interesado, De Vries no sólo no lo hizo, sino que falseó los hechos. En una carta dirigida a H.F.Roberts, le comentó que descubrió el trabajo de Mendel en la primera edición de la obra de Bailey Plant breeding, es decir, en 1895, lo cual es imposible. Lo cierto es que en sus artículos escritos antes de 1900 De Vries utiliza la expresión «recesivo» que está tomada de Mendel (271c).

Algunos autores, como Kottler (271d), justifican las incongruencias de De Vries afirmando que en sus obras anteriores a 1900 el botánico holandés dio unos porcentajes distintos de los de Mendel para la segunda generación de los híbridos. Parece querer decir que si antes de 1900 hubiera conocido los trabajos de Mendel, hubiera dado los mismos porcentajes cuantitativos. Pero, como tantos otros, De Vries estaba realizando sus propios experimentos de hibridación y sus artículos arrojan resultados distintos de los de Mendel porque, como bien sabían los botanistas por experiencia propia antes de la explosión de 1900, ni son exactos ni tienen un alcance general. Por lo tanto, aquí como en otros muchos aspectos de sus postulados científicos, De Vries nunca fue un fiel exponente de las tesis de Mendel sino que incorporó las conclusiones de éste a su propia teoría, lo mismo que Bateson y otros pioneros del mendelismo.

La relación de De Vries con Mendel no sólo fue ambigua sino claramente hostil. En 1907 volvió a «olvidarse» de Mendel en su obra Pflanzenzuchtung y al año siguiente se negó a firmar una petición dirigida al ayuntamiento de Brno para que levantaran un monumento que recordara al monje, explicando por carta las razones de su negativa de la siguiente manera:

A mi pesar, no puedo acceder a su petición. No entiendo por qué la academia está interesada en las celebraciones de Mendel. El homenaje a Mendel es una moda que todo el mundo, incluidos los que no tienen mucho conocimiento, pueden compartir; esta moda está destinada a desaparecer. La celebración de Brno es nacionalista y anti-inglesa, dirigida especialmente contra Darwin y, por consiguiente, antipática según mi criterio, aunque sea muy popular.

Los homenajes a Mendel tenían, pues, un transfondo político -a la vez que científico, antidarwinista- que De Vries no compartía. Sin embargo, la torpe justificación con que el holandés disculpó su plagio se convirtió en un mito: la obra Mendel había sido ignorada por sus contemporáneos. Esto es tan falso que, no por casualidad, su «redescubrimiento» sucedió en tres lugares distintos (Holanda, Austria y Alemania) por tres biólogos también distintos: Hugo De Vries, Erich von Tschermack-Seysenegg y Carl Correns. No obstante, el descubrimiento no parece ser independiente porque Tschermak conoció a De Vries en 1898 y desde entonces ambos se mantuvieron en contacto. Es muy difícil comprender que si antes había sido tan desconocido, posteriormente fuera reconocido repentinamente de modo simultáneo. Lo cierto es que los experimentos de Mendel no pasaron, en absoluto, desapercibidos en el ámbito científico porque, en contra de lo que también se afirma, la revista en la que se publicó tenía una enorme difusión y era muy reconocida entre los naturalistas de la época. A Mendel le entregaron 40 separatas de su artículo, que remitió a reputadas personalidades científicas europeas de aquel momento, como el suizo Nägeli o el holandés Beijerinck. También fue enviado a las bibliotecas de 120 instituciones científicas, incluidas la Royal Society, la Linean Society, la Librería del Congreso, el Instituto Smithsoniano, la Librería del Museo de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard, la Academia Real de Ciencias Naturales de Bruselas, las Sociedades de Ciencias Naturales de Dublín y Estrasburgo, entre otras. El artículo apareció en un catálogo científico de referencia de la Royal Society británica, frecuentada por Darwin, el mismo año de su publicación. Antes de 1900 el artículo de Mendel fue expresamente mencionado en 14 obras diferentes. Sus leyes de la herencia se expusieron públicamente en las universidades de Upsala (1872) y San Petersburgo (1874). En su edición de 1880 la Enciclopedia Británica también le menciona en la voz «hibridación», redactada por J.G.Romanes, el cual se apoyó en la obra de Focke que le prestó Darwin. El botánico suizo Nägeli, descubridor de los cromosomas, mantuvo correspondencia con él pero no le menciona en su obra sobre la descendencia. En su tesis doctoral sobre los híbridos, leída en 1875, el biólogo ruso I.F.Schmalhausen no cita a Mendel, aunque al enviarla a la imprenta añadió una nota a pie de página, destacando por vez primera la importancia de la presentación cuantitativa de sus experimentos. Además, Schmalhausen mencionaba también las reglas de segregación y recombinación. Sin embargo, la referencia más importante a Mendel fue la de Focke porque se trataba de una verdadera enciclopedia sobre hibridación que todos los botánicos tenían en sus librerías, consultaban y citaban habitualmente. Focke también consideró que los estudios de Mendel sobre los guisantes eran irrelevantes en comparación con los de otros hibridadores. Afirmaba que las conclusiones de Mendel eran similares a las de Knight, si bien arrojaban datos cuantitativos precisos. En la biblioteca personal de Anton Kerner, uno de aquellos profesores universitarios a los que Mendel envió su obra, ésta apareció sin abrir, por lo que ni se molestó en leerla.

La prensa local (el periódico Tagesbote, por ejemplo), así como la alemana, referenció las conferencias de Mendel. Su obra no pudo tener más publicidad y fue muy conocida desde el mismo momento de su publicación. Llegó a todas y cada una de las bibliotecas, librerías, así como a los investigadores que estaban interesados por el asunto, lo cual no significa que fuese leída o se le prestase la atención que a sus seguidores les hubiera complacido. Lo que el «redescubrimiento» prueba es que la producción científica no se corresponde con su difusión efectiva. Muy pocos lo leyeron porque así sucede con la mayor parte de las obras científicas. Que un científico haga una cita no significa que se haya leído el contenido del artículo. Los botánicos de la época, como cualquiera de los científicos actuales, no leían la mayor parte de las publicaciones científicas, incluidas las de su propia especialidad porque acudían a los manuales de referencia, a los textos canónicos, como el de Focke. A los botánicos de entonces les bastaba con las referencias indirectas de Focke para ignorar las tesis de Mendel porque ni aportaban nada nuevo ni eran tampoco generalizables.

De Vries siempre sostuvo esa opinión, de modo que nunca dio importancia al redescubrimiento en el que había participado. Siempre reconoció el carácter limitado de los experimentos de Mendel, que se trataba de un tipo particular de herencia. En 1901 trató de convencer a Bateson de que el mendelismo «es una excepción de la regla general de los cruces» y de que la separación de la herencia en factores no tenía lugar en los cruces mendelianos.

Las relaciones entre Darwin y Mendel también se pueden tomar como criterio. Darwin y Mendel se ignoraron mutuamente. Mendel conoció los escritos de Darwin, pero no le mencionó, como tampoco mencionó la evolución, a pesar de que entonces constituía la mayor polémica del momento. Darwin tenía en su biblioteca un ejemplar de la obra de Mendel, aunque parece que no la leyó porque, como en el caso de Kerner, permanecía sin abrir en su biblioteca. Es muy probable que no se molestara en hacerlo por las referencias que de él tenía a través de Focke. Pero también es muy probable que la conociera porque fuera discutida en la Royal Society. El británico estaba muy interesado por la hibridación, como lo demuestran las continas menciones que realiza en «El origen de las especies» y los experimentos de hibridación que realizó por su cuenta, entre otros, precisamente con guisantes. Darwin leyó a Gartner, a Naudin y a Trémaux (aunque a éste no le cita) y tuvo en consideración sus descubrimientos en hibridación, que discutió expresamente. A pesar de todo ello, el interés de Darwin por Mendel fue prácticamente nulo, lo que no sucede con otro hibridador como Naudin. Aquí el vínculo sí es recíproco: Naudin tiene en cuenta Darwin y Darwin tiene en cuenta a Naudin. El trío (Naudin, Darwin, Mendel) vive en la misma época y realiza los mismos experimentos de hibridación pero, de entre ellos, sólo Mendel permaneció en un segundo plano, mientras Naudin fue un botánico muy apreciado entonces; Haeckel le cita expresamente entre los partidarios del evolucionismo en Francia (272). Naudin fue un evolucionista confeso en una época en la que aún no proliferaban y sus experimentos de hibridación se integran dentro de la problemática evolucionista. Sin embargo, las conclusiones de Naudin son diferentes de las de Darwin. Mientras éste defiende la herencia mezclada y la posibilidad de que surjan nuevas especies por hibridación, Naudin no está de acuerdo con ninguna de las dos tesis y fue uno de los primeros en afirmar la «inestabilidad» de los híbridos. Aunque no la considera como un fenómeno universal, para él los híbridos son antinaturales, degeneraciones o monstruos. Los híbridos, como los monstruos, crean individuos, no especies duraderas (272b).

A diferencia de Darwin y los demás botánicos del siglo XIX, los tres «redescubridores» de Mendel, hibridistas todos ellos, sí le prestaron atención tres décadas después. ¿Quién estaba equivocado? La obra de Mendel, ¿era tan irrelevante como pensaban los científicos antes de 1900 o era tan trascendente como dijeron después? ¿qué ocurrió en 1900 para provocar un cambio de criterio de esa envergadura? Para realizar en 1900 una valoración de la obra de Mendel que no había existido en 1865 tuvieron que desencadenarse otra serie de circunstancias en paralelo. En botánica las cosas habían cambiado totalmente desde 1865. Por ello, no son los «redescubridores» los que se ponen al servicio de Mendel sino que se sirven de éste para desarrollar unas tesis propias que ya venían defendiendo desde antes de 1900. Los hibridistas leen a Mendel en 1900 con unas gafas que no tenían antes. Son las gafas de Weismann, que habían aportado dos nuevos cristales a la ciencia de la vida. El primero fue la liquidación de la herencia de los caracteres adquiridos, que había dejado huérfana a la biología, necesitada de una concepción nueva en este punto, convirtiendo los escritos de Mendel sobre hibridacion en una teoría general de la herencia. A su vez, para acabar con la herencia de los caracteres adquiridos había que acabar antes con la pangénesis. Precisamente De Vries comenzó en 1876 sus ensayos de hibridación para contrastar la pangénesis de Darwin, sobre la cual escribió en 1888 su obra Intracellular pangenesis (272c). El segundo fue la separación que estableció entre el plasma y el cuerpo y, sobre todo, que el plasma, lo mismo que el cuerpo, también tenía un carácter material.

La obra de Mendel no versa sobre lo hoy llamaríamos «genes» sino sobre los caracteres y, sobre todo, sobre la separación de esos caracteres entre sí: en un ser vivo unos componentes se podían separar de los otros y, por consiguiente, los unos se podían transmitir independientemente de los otros. A esto De Vries añadió su propia aportación: «Es necesario un cambio completo de los puntos de vista desde los cuales tiene que partir la investigación. Es necesario que pase a segundo término la imagen de la especie frente a su composición a base de factores independientes». No sólo había que introducir el micromerismo sino que, además, había que concebir a los organismos vivos como conglomerados de caracteres independientes. El botánico holandés introducía así un nuevo punto de vista discontinuo que rompía con la vieja teoría de los fluidos y, subsiguientemente, con la noción de plasma de Weismann. Esa nueva concepción coincidía con el auge de la teoría celular, también discontinua, reforzada por los éxitos del atomismo en la física. Los sólidos parecen más propicios que los líquidos para una explicación mecanicista y una explicación de esta naturaleza tiene más visos científicos para los positivistas: ofrecen la imagen intuitiva de discontinuidad, mientras los líquidos parecen expresar mejor la continuidad, ya que se puede lograr su uniformidad fácilmente por medio de la mezcla; en definitiva, son más propicios para las odiadas divagaciones de tipo filosófico. La concepción continua, el plasma germinal de Weismann, quedó atrás definitivamente. De Vries partió de una segregación (de caracteres) y eso le condujo a deducir otra segregación (de factores), vinculados en forma de un determinismo estricto: cada factor condiciona un único carácter. Partiendo de caracteres contrastables y discontinuos, sólo eran imaginables factores igualmente discontinuos, porque eran ellos los que los determinaban. La causa debía ser parecida al efecto. Por lo tanto, se llegó a una conclusión por la elección de un determinado punto de partida que, por lo demás, era opuesto al de Darwin: donde la pangénesis concebía a las células interrelacionadas, De Vries partió de la independencia de esos factores, así como su capacidad para combinarse de una manera merística. Además, como ya ha quedado expuesto, la pangénesis invierte la relación entre el factor y el carácter, siendo éste el determinante de aquel, y no al revés. Por supuesto, también es opuesta a la de Lamarck, de manera que cuando los mendelistas se lanzaron a liquidar a Lamarck, de quien pretendían deshacerse en realidad era de ambos.

En el monje checo ni siquiera aparece esa distinción abismal, como la que luego establecieron sus secuaces, entre el factor y el carácter. Como apuntan Hubbard y Wald, el monje checo no estaba interesado por el genotipo sino por el fenotipo, y habló de caracteres dominantes y recesivos, no de factores dominantes y recesivos (273). También aquí su obra ha sido utilizada en provecho de concepciones que son ajenas a su concepción originaria, en ocasiones mediante traducciones de conveniencia. Mendel utiliza más de 150 veces la palabra alemana Merkmal que debe traducirse como «carácter» o «rasgo» exterior reconocible. No obstante, en sus conclusiones Mendel también emplea en 10 ocasiones en plural la expresión bildungsfähigen Elemente que literalmente significa «elementos constructores de la forma» o elementos formadores. El origen de esta expresión está en los «elementos» de Euclides, los conceptos geométricos primarios (invisibles) que definen el espacio (visible). Se trataba de abstracciones, elementos puramente formales e independientes de los caracteres concretos que determinaban, una reminiscencia de la concepción hilemorfista de la materia y la forma expuesta con otras palabras que velaban su origen metafísico. Los «elementos» eran diferentes de los caracteres que determinaban del mismo modo que la forma es distinta de la materia, entes inmateriales de los que la materia era expresión, algo que también expone el comienzo del Evangelio de Juan: al principio fue el verbo que luego se hizo carne. Con otros nombres, la escisión metafísica entre genotipo y fenotipo (plasma-cuerpo en Weismann, factor-carácter) tiene, pues, un origen muy antiguo. A través de Oken y Goethe, es decir, de la filosofía de la naturaleza, el idealismo alemán retuvo esa misma concepción, que es característica del ocultismo de la segunda mitad del siglo XIX. En aquella época abundaban los neologismos para hablar de ello sin ninguna clase de sustento fáctico: idioplasma, plastídulas, bioforas, gémulas, pangenes, etc.

El concepto causal de gen es posterior a Mendel. Fueron sus redescubridores quienes hablaron de «factor» y de «determinante», expresiones que incorporan una noción de causalidad. Por ejemplo, Correns no utiliza ni la palabra Merkmal ni Elemente sino Anlage para referirse al portador de un rasgo externo. Anlage no es un carácter sino el determinante del carácter, es decir, un concepto mucho más próximo a lo que luego se entendió como gen. El genotipo es el motor y la causa de todo lo demás. El alma utiliza al cuerpo para manifestarse, decía Aristóteles, y el genotipo hace lo mismo con el fenotipo, lo cual se expresa en el viejo refrán popular de que «la cara es el espejo del alma». Ahora bien, el cuerpo es mortal pero el alma es inmortal; la copia (el cuerpo) nunca puede ser tan perfecto como el original (el alma). Esta concepción llega hasta algún manual universitario actual, según el cual la función del ADN consiste en «transformar la información en forma» (274) o también metamorfoseado en un rebuscado lenguaje criptográfico, alusivo a un supuesto «código genético».

En cualquier caso, tanto la pangénesis, como el plasma de Weismann o los factores de Mendel estaban envueltos en la más absoluta oscuridad. Eran lo que Darwin había calificado como «tinta invisible» (275), algo que no era posible descifrar. Expuesto de una forma mística, como hasta la fecha, hubiera sido inconcebible que esa clase de concepciones prosperaran en el ambiente positivista de mediados del siglo XIX. La ciencia repudia las abstracciones que se escapan a la intervención experimental, y ahí hay que buscar el motivo de la oposición de muchos positivistas al mendelismo. Los biólogos no podían admitir que «formas», «entes de razón» y abstracciones filosóficas semejantes pudieran influir sobre un cuerpo material. La obra de Weismann fue importante porque defendía la materialidad del plasma germinal, que luego se trasladó a aquellos nebulosos «factores» de los que hablaba Mendel. Los «factores constantes» de Mendel son el plasma de Weismann que se concretaban y encarnaban en diferentes partículas materiales, susceptibles de ser sometidas a experimentación, es decir, cuyo funcionamiento se podía verificar y reproducir por medio de la hibridación. Sin embargo, a pesar de su materialidad nadie proporcionaba ninguna pista acerca de aquellos «factores constantes». Con el tiempo las mismas nociones fueron mutando, a veces sólo de nombre. Se empezó a hablar cautelosamente de la «hipótesis del gen» hasta que acudieron en su apoyo tres descubrimientos capitales de la primera mitad del siglo XX, convenientemente interpretados para que la hipótesis del gen pasara a convertirse en la teoría del gen: en 1903 la teoría cromosómica, en 1925 los efectos mutágenos de las radiaciones y en 1953 la estructura de doble hélice.

Los conceptos iban tomando forma de una forma paradójica, como suele suceder. La pangénesis de Darwin se iba a transformar en su contrario pero manteniendo las mismas expresiones o similares. La voz gen deriva de pangénesis, e incluso la propia genética nació entre los biólogos alemanes de la escuela de la filosofía de la naturaleza de comienzos del siglo XIX con un significado científico diferente, dialéctico, que es el que había que eliminar: genética significaba tanto creación como desarrollo o transformación (276). En el siglo XIX Darwin es el último en emplear dialécticamente ese concepto de generación y transformación. A partir de 1900 gen y genética parecen tener que ver con Darwin cuando son su misma negación.

No hubo «redescubrimiento» porque las leyes de Mendel eran conocidas con anterioridad a él. Si sus contemporáneos no apreciaron sus conclusiones no fue por su originalidad sino precisamente por su falta de originalidad. Hacia mediados del siglo XVIII el alemán Joseph Kölreuter ya describió que los híbridos de la primera generación aparecen mezclados y uniformes y que, al cruzar de nuevo estos híbridos, en la segunda generación aparecían numerosas variaciones, algunas de las cuales se aproximaban a los porcentajes de los que luego habló Mendel. La obra de Kölreuter fue rescatada hacia 1830 por otro hibridador alemán, Carl von Gärtner. Existieron muchos otros precedentes en varios países europeos, aunque quien más se acercó a las tesis de Mendel fue el francés Charles Naudin (1815-1899). En una de sus cartas a Nägeli, Mendel le confiesa haber leído la obra de Naudin, cuya conclusión era que los híbridos de la primera generación presentan un aspecto uniforme intermedio respecto al de los progenitores, es decir, se anticipa a una de las leyes de Mendel. A partir de la segunda generación consideraba que aparecía una variedad abigarrada de formas que se aproximaba más o menos a alguno de los progenitores. Para explicarlo introdujo el concepto de «segregación», es decir, la coexistencia en la descendencia híbrida de factores («esencias» las llamaba) no mezclados. Es otra de las leyes de Mendel. Antes se creía que las células sexuales no contenían más que un único factor pero, según Naudin, el híbrido era un mosaico de componentes discretos que se combinan de manera merística, aleatoria. Los descubrimientos de Naudin le valieron en 1862 el premio de ciencias físicas (277).

La diferencia entre Mendel y Naudin no son las leyes, que el francés fija con cierta precisión, sino que mientras Naudin se interesa por la especie con la que está experimentando, por la totalidad de sus caracteres, a Mendel sólo le interesan algunos de ellos. Como consecuencia, mientras Naudin cruza especies distintas, Mendel cruza a una especie consigo misma. La conclusión que se extrae del monocultivo de guisantes es que Mendel no relaciona a las especies entre sí sino a una especie consigo misma. Los guisantes de Mendel no eran el objeto sino el instrumento de estudio. Para un botánico que únicamente trabajó con guisantes es muy significativo que nadie se interesara nunca por lo que Mendel dijo de ellos. A Mendel no le interesa la estabilidad de los guisantes con los que experimenta, que está asegurada de antemano, sino la de sus rasgos característicos. De ahí que utilice la expresión «factores constantes»: no le importaba la especie en sí sino determinados rasgos de la misma y la manera en que se podía lograr (o impedir) la transmisión hereditaria de los mismos, una vez obtenidos. Según C.U.M.Smith, Mendel dio un vuelco al enfoque que sobre la hibridación había prevalecido hasta entonces: «Era necesaria una orientación radicalmente diferente para descifrar la clave hereditaria. En lugar de estudiar la variación ‘per se’, en lugar de ponderar el cambio progresivo de una especie animal o vegetal conforme al tiempo geológico, era necesario concentrarse sobre la estabilidad en medio de la variabilidad, sobre la continua reaparición de un rasgo invariable. Y esto desde luego es precisamente lo que hizo Gregor Mendel durante sus ocho años de labor experimental de crianza» (278).

Voy a exponer esto mismo desde otro punto de vista: en lo que a los caracteres respecta, a diferencia de Lamarck, que estudia los componentes fundamentales de los organismos (vértebras, corazón, ojos, etc), Mendel se refiere siempre a los rasgos secundarios y diferenciales (color, tamaño, forma, etc.). Se ocupaba de aspectos tales como el color de las alas de una mariposa, mientras que a Lamarck lo que le interesaba es que las mariposas tuvieran alas. Sólo una vez que se toman en consideración los componentes constitutivos de una especie, aquellos que son iguales en todos y cada uno de sus individuos, se puede pasar al estudio de aquello que diferencia a unos otros, a la variabilidad, que es el núcleo de la obra de Mendel. Si el monje hubiera fijado su atención sobre los elementos constituyentes de las especies, no hubiera podido proceder siquiera a la hibridación: no se puede hibridar una especie con pulmones con otra con branquias.

No es ninguna casualidad que todos los hibridadores del siglo XIX trabajaran con un número enorme de variedades mientras Mendel sólo experimentó con una. El monje checo no fue el primero en usar guisantes para experimentar pero sí fue el único que limitó sus experimentos a los guisantes. Por el contrario, Kölreuter ensayó 500 tipos distintos de hibridaciones con 138 especies también distintas y Focke experimentó con unos cien tipos diferentes de plantas. Luego el mendelismo ha convertido en ley general unos ensayos restringidos sobre los que Mendel nunca pretendió establecer leyes que comprendieran a todas las especies vivas. No todos los vegetales reunen las características del guisante, cuya planta se puede autofecundar. Además, también hay muchas variedades distintas de guisantes. Por eso las excepciones a sus leyes superan, con mucho, los casos que las confirman y, para evitar su derrumbe, los mendelistas han ido colocando un remiendo detrás de otro. El propio Mendel pudo comprobarlo. Nägeli le sugirió que estudiara otras plantas para ver si confirmaban los resultados obtenidos con los guisantes. Mendel dedicó cinco años a la tarea pero los intentos con otro tipo de plantas (Hieracium) no coincidieron con los de los guisantes, comprobando así que sus resultados eran de aplicación limitada. El mendelismo ha construido una teoría general en torno a la reproducción y a una única forma de reproducción, la sexual, de las muchas que la naturaleza presenta. Mendel atribuyó erróneamente a una supuesta autopolinización la falta de segregación observada en Hieracium, aunque hoy se sabe que muchas especies de Hieracium son apomícticas, es decir, que se reproducen asexualmente por medio de semillas, sin meiosis ni fertilización.

También Correns reconoció que las reglas (Regel) de la herencia no fueron formuladas por el propio Mendel sino deducidas de su posterior redescubrimiento. Las calificó como reglas y no como leyes (Gesetz) para destacar el valor limitado (279) de la herencia mendelista. No obstante, se tradujo al inglés como «law», no como «rule». De 1900 hasta 1927 Correns se dedicó a experimentar para probar precisamente el carácter limitado de las reglas de Mendel. Fue el primero en clasificar los fenómenos hereditarios en mendelianos y no mendelianos. Actualmente los propios mendelistas empiezan a reconocer que «la inmensa mayoría» de las variaciones no se heredan en forma mendeliana (280).

Pero la concepción opuesta a la de Mendel, que es la que Naudin mantenía, tampoco era cierta. Mientras Naudin consideró que los híbridos eran inestables y que no existía un orden en la herencia, Mendel afirmó todo lo contrario. Pero Mendel no era mendelista; lo mismo que Lamarck y Darwin, él tampoco es responsable de lo que 35 años después sus «redescubridores» quisieran leer en sus escritos. La propia leyenda fabricada en torno a los guisantes poco tiene que ver con el original. Los experimentos de Mendel, como él mismo dijo en el título de su conferencia, se referían a la hibridación de una planta concreta. Como los botánicos del siglo XIX, Mendel se centró en la variabilidad, no en la evolución. No habló nunca de la existencia de unas supuestas leyes de la herencia de validez universal (281). Lo que Mendel dijo exactamente de su concepción fue lo siguiente: «Todavía no se ha podido llegar a deducir, por la formación y el desarrollo de los híbridos, una ley extensible a todos los casos sin excepción; eso no podría dejar de extrañar a cualquiera que conozca la extensión del problema y sepa apreciar las dificultades que uno tiene que superar en ensayos de esta naturaleza. Una solución definitiva sólo podrá intervenir como consecuencia de experiencias detalladas hechas en las más variadas familias vegetales. Si se echa un vistazo de conjunto a los trabajos acometidos en este terreno, se llegará a la conclusión de que, entre numerosos intentos, no hay ninguno que se haya ejecutado con suficiente amplitud y método para permitir fijar el número de las diferentes formas en las cuales aparecen los descendientes de los híbridos, clasificar esas formas con seguridad en cada generación y establecer las relaciones numéricas que hay entre esas formas. En efecto, es necesario tener un cierto coraje para emprender un trabajo tan considerable. Sin embargo, sólo él parece poder conducir finalmente a resolver una cuestión cuya importancia no hay que ignorar para la historia de la evolución de los seres organizados» (282).

A causa del sesgo manifiesto en la elección de los guisantes, hoy ninguna revista científica publicaría las conclusiones del experimento de Mendel. Como él mismo indica, una solución definitiva no podía derivar sólo de los experimentos con guisantes sino que era necesario comprobarlo «en las más variadas familias vegetales», lo cual está mucho más allá del alcance de su obra. Lo mismo que la clasificación de las especies, la evolución se ha se construido habitualmente sobre la zoología. Es difícil encontrar un significado botánico al uso y desuso de Lamarck o a la lucha por la existencia de Darwin. Los zoólogos consideran a los vegetales como alimento de los animales y, en consecuencia, la vegetación no es el sujeto sino el medio. Pero ese tampoco es el aspecto fundamental de la cuestión: lo que se trata de determinar es si por medio de la hibridación se podía llegar a explicar la evolución.

Aunque la hibridación es una práctica agrícola y ganadera tradicional con más de 6.000 años de antigüedad, desde finales del siglo XVIII se convirtió en uno de los recursos más corrientes para explicar la biodiversidad, una práctica tradicional que consumió muchas horas de experimentación, las primeras de una ciencia basada en la observación pura. En la primera mitad del siglo XIX a los agrónomos se les llamaba precisamente «hibridadores». Su interés era económico: estaba naciendo la agricultura capitalista para alimentar con nuevas variedades de ganado y plantas más baratas a una clase obrera creciente que poblaba las ciudades procedente del campo. Aquellos ensayos de hibridación plantearon los primeros interrogantes concretos y prácticos de la genética. Fue una manera experimental de poner a prueba la clasificación de los seres vivos que Linneo había establecido. ¿Es posible la hibridación entre distintas especies? ¿Hasta qué punto el hombre era capaz de crear o de modificar lo ya creado? Demuestran que la genética tenía ya un importante recorrido -práctico y teórico- en la primera mitad del siglo XIX y, por lo tanto, que esa ciencia ni nace con Mendel ni con su manoseado «redescubrimiento» de 1900.

Los mendelistas han reducido las hibridaciones del siglo XIX a meras fecundaciones, es decir, a hibridaciones sexuales en las que un único polen insemina a un único óvulo y, a partir de ahí, formación de un embrión con cromosomas de doble origen. Casanueva ha calificado este modelo genético de Mendel como una «miniteoría» de la fecundación (282b). Este pansexualismo suplanta la biología por la genética, separa el plasma y el cuerpo y, en definitiva, conduce a conclusiones meramente reproductivas, es decir, cuantitativas. La evolución es un problema multiplicativo: prospera quien reproduce un mayor número de ejemplares, todos esos ejempares son idénticos (teoría de la copia perfecta), toda diversidad tiene un origen sexual y, finalmente, la dotación hereditaria es ajena a cualquier condicionamiento exógeno, somático o ambiental. Mendel ignoró completamente el medio en el que crecían sus guisantes, pero ningún ganadero piensa que el rendimiento de una vaca lechera depende exclusivamente de sus ancestros y no de una buena alimentación. A partir de 1900 esta concepción estrecha conduce a otra de las tergiversaciones más comunes de los mendelistas: la de que toda hibridación tiene un origen sexual. Pero en «El origen de las especies» Darwin trata de las hibridaciones sexuales y en «Variación de los animales y las plantas bajo domesticación» trata de las hibridaciones vegetativas. él mismo en persona realizó experimentos prácticos de hibridación, algunos de ellos con guisantes precisamente, y dedicó muchas páginas a discutir esta cuestión, en las que -insisto- coincide exactamente con las aborrecidas tesis de Michurin y Lysenko. Le sirvieron para refrendar su teoría de la pangénesis y la heredabilidad de los caracteres adquiridos.

Para comprender la obra de Mendel desde la perspectiva actual, evolucionista, la pregunta clave es, sin duda, si se puede desarrollar una teoría de la evolución exclusivamente sobre la hibridación y, especialmente, sobre la hibridación sexual. Aún situándose en un horizonte más amplio que Mendel, la propia obra de Darwin demostró, hace siglo y medio, que la respuesta es negativa. El error de los mendelistas, como Punnet, uno de los pioneros, consiste en creer lo contrario. Punnet consideraba esta cuestión como un hecho decisivo del mendelismo: «Excepto para los relativamente raros supuestos de partenogénesis un nuevo individuo, sea planta o animal, surge del producto conjunto de dos células sexuales derivadas de los individuos de los diferentes sexos» (283). El planteamiento mendelista es contrario a la evolución y, por consiguiente, falso. En la naturaleza la reproducción asexual no es un fenómeno «raro» sino la norma general, especialmente en los seres más primitivos. En los vegetales menos del 6 por ciento tienen cromosomas sexuales que, por lo demás, aparecen en la evolución a partir de los autosomas (cromosomas no sexuales) (283b). La fecundación sexual es, por consiguiente, una consecuencia de la evolución, no su causa. Sólo existe en los seres más evolucionados, si bien no cabe duda que, una vez aparecida, se convierte, a su vez, en un motor acelerado de esa misma evolución.

La conversión de la norma en excepción y de la excepción en norma es uno de los elementos claves en la comprensión que del mendelismo hicieron en 1900 quienes lo lanzaron a la fama. En el «Discurso Preliminar de la Enciclopedia» D’Alembert advirtió que los monstruos en biología sirven «sobre todo para corregir la temeridad de las proposiciones generales» (283c). Por su parte, Bateson destacó la importancia de tener en cuenta tanto las normas como las excepciones, aconsejando a sus alumnos algo que, con el transcurso del tiempo, no tendrían en cuenta: que atesoraran sus excepciones. éstas son un tesoro para la ciencia: «Cuando no las hay [excepciones], el trabajo llega a ser tan aburrido que nadie se preocupa por llevarlo adelante. Manténgalas siempre descubiertas y a la vista. Las excepciones son como los ladrillos en bruto de un edificio en construcción, los cuales dicen que queda algo más por llegar y muestran cómo va a ser la próxima construcción» (283d). Mendel construyó su modelo de hibridación sobre unos supuestos tan concretos que antes de 1900 se consideraron carentes de interés por sus propias limitaciones. Sin embargo, sobre tales supuestos se deducían conclusiones teóricas muy definidas que permitían el control y la manipulación de la herencia de los seres vivos, unas conclusiones tan sumamente definidas que llegaban al punto de arrojar datos cuantitativos predecibles. Antes de 1900 los hibridadores sólo vieron los puntos de partida, mientras que después sólo vieron los de llegada. Sólo hacía falta generalizarlos, es decir, convertir la excepción en norma, suponer que la hibridación de los guisantes había establecido las leyes de la herencia de cualquier especie viva.

La simplicidad de su modelo, que hasta entonces le había conducido al fracaso, se convirtió luego en la causa de su éxito. Hasta entonces los biólogos no habían encontrado leyes en la herencia porque lo que buscaban era otra cosa: porque pretendían explicar la herencia junto con el desarrollo. A partir del «redescubrimiento» los problemas del desarrollo celular desaparecen o son absorbidos por la problemática de la herencia. Una de las múltiples reinterpretaciones de Mendel, especialmente la de la escuela de Morgan, consistió en eliminar las limitaciones del modelo, en «extender» las leyes de la herencia a otro tipo de fenómenos, o mejor dicho a todos los fenómenos, especialmente al desarrollo embrionario. Este modelo simple se extendió posteriormente sin tener en cuenta sus limitaciones.

No sólo la embriología sino que la propia evolución también estaba fuera de la perspectiva de Mendel. Con el mismo experimento, Mendel y Darwin se sitúan en contextos científicos diferentes. Utilizando el ejemplo anterior cabe afirmar que el color de las alas de una mariposa puede tener interés a determinados efectos, aunque limitados, pero en ningún caso para explicar la evolución. El objetivo de Mendel era explicar la diversidad y no la continuidad. Como ha quedado expuesto más arriba, los caracteres que son iguales, es decir, los más importantes, aquellos relacionados con la clasificación de los seres vivos, carecen de explicación mendelista. La hibridación trataba de contestar a la pregunta acerca de si la clasificación de las especies establecía fronteras absolutas entre ellas, imposibles de sortear: ¿Es posible la hibridación entre distintas especies? La pregunta cuestionaba la fecundidad de los híbridos, es decir, su capacidad para engendrar descendencia. La palabra más utilizada por Darwin al hablar del asunto en «El origen de las especies» es esterilidad que, naturalmente, conduce a la extinción, no a la evolución. Por eso, comentando la obra de Trémaux, Marx escribió que, contrariamente a una opinión generalizada, no son los híbridos los que crean las diferencias, sino al revés, demuestran la unidad de tipo de las especies: «Lo que Darwin presenta como las dificultades de la hibridación son aquí [en Trémaux], al contrario, pilares del sistema, puesto que [Trémaux] demuestra que una ‘espèce’ solo está constituida cuando el ‘croisement’ con otras deja de ser fecundo o posible» (283e). La hibridación, pues, no puede explicar la evolución, y ese fue uno de los errores básicos de los mendelistas, que quisieron hacer pasar los resultados de unos experimentos de hibridación con guisantes como leyes generales aplicables a todas las especies vivas en cualquier época histórica, por remota que pudiera ser.

La oposición entre Mendel y Darwin es clara en la continuidad o discontinuidad de los caracteres. Mientras Darwin desarrolla una teoría basada en la continuidad, descartando los saltos y la discontinuidad, las leyes de Mendel eran discretas, requieren rasgos morfológicos contrastables. Como consecuencia de ello, la hipótesis del gen se va a construir sobre la base de que dicho componente explica no exactamente los caracteres sino la variación de los caracteres: si todos los hombres fueran rubios, nadie hubiera sospechado jamás que existiera un gen determinante del color del pelo. Por lo tanto, no hay tantos genes como caracteres sino tantos genes como caracteres diversos. Pero hay variaciones casi imperceptibles, por lo que el número de genes será el mismo que el de los cambios que seamos capaces de observar, es decir, no dependerá sólo de nuestra perspicacia sino de la potencia del microscopio con el que trabajemos. Por otro lado, Mendel sólo tomó en consideración unos pocos y secundarios rasgos de la planta, ignorando otras diferencias porque no eran suficientemente contrastables. Sus ensayos eran impracticables con tipos intermedios que, como el tamaño de las hojas y de las flores, presentan un amplio rango de variaciones. Los guisantes debían ser amarillos o verdes y no valían las tonalidades intermedias.

El éxito de las leyes de Mendel en 1900 hay que ponerlo en relación con las leyes que sobre la herencia estaban vigentes antes de 1900. Hasta esa fecha las concepciones dominantes acerca de la herencia defendían la mezcla, interpretada de manera que no sólo no explicaba la biodiversidad sino que pronosticaban la mediocridad, es decir, la tendencia de las especies a la uniformidad y, en el hombre, la tendencia sociológica hacia la denominada «clase media». La cantidad se opone a la calidad. Para impedir la regresión a la mediocridad, la burguesía implementó toda esa batería de políticas aberrantes de tipo aristocrático en los países capitalistas más «avanzados». Como los miserables se reproducen más que los burgueses, no solamente había que impedir la hibridación interclasista sino que había que esterilizarlos.

Con Mendel el asunto se podía presentar de otra forma. Sus leyes demostraban que la hibridación no sepultaba los caracteres «puros» más que aparentemente porque en la segunda generación reaparecían. Era una explicación convincente de algo que venía preocupando a los biólogos: la estabilidad de los híbridos, a veces calificado como el problema de la «constancia de las razas», que contrastaba con su opuesto, el de la regresividad o reaparición en la progenie de rasgos provenientes de los ancestros al cabo de algunas generaciones. A mediados del siglo XIX las controversias sobre hibridación planteaban si los híbridos constituían nuevas especies o, por el contrario, eran un retorno a una variedad preexistente, esto es, supuestos de involución y atavismo, el retorno de caracteres pasados en las nuevas generaciones. La regresión de los caracteres ya era conocida desde comienzos del siglo XIX, pero se había interpretado erróneamente, en el sentido de que la regresión demostraba una tendencia hacia las especies originales, que serían inmutables, cuando en realidad es una forma de segregación, como probaron Naudin y Mendel, es decir, de conservación y, por consiguiente, de continuidad de la herencia. Había algo en la forma-factor-gen que no se manifestaba, que quedaba latente, escondido en medio de la impureza. Las leyes de Mendel proporcionaban un método para sacarlo a la luz, que fue el utilizado por los eugenistas y racistas para extraer la pureza en medio de la mezcla degenerativa. Esto era algo tan conocido en la segunda mitad del siglo XIX que Darwin hace un uso intensivo de esta concepción, citando siempre a Naudin y nunca a Mendel ni a Trémaux. «Un híbrido es un mosaico viviente», dice Darwin parafraseando a Naudin. También habla de «prepotencia» para aludir al carácter dominante, así como de «caracteres latentes» para aludir a los recesivos, sobre los que escribe: «En toda criatura viva podemos asegurar que subyace una multitud de caracteres perdidos, lista para desplegarse bajo condiciones adecuadas» (284). En una carta a Wallace fechada en 1866, el mismo año de la publicación del trabajo de Mendel, Darwin le dice: «No creo que comprenda lo que quiero decir cuando afirmo que ciertas variedades no se mezclan. Esto no se refiere a la fertilidad. Un ejemplo explicará el punto. He cruzado guisantes Painted Lady con Purple, variedades de colores muy diferentes, y he obtenido, incluso en la misma baya, ambas variedades perfectamente separadas y no un estado intermedio. Pienso que debe ocurrir algo parecido, por lo menos, con sus mariposas y las formas arbóreas de Lythrum. Si bien estos casos son, en apariencia, tan maravillosos, no sé si son, en realidad, más maravillosos que el hecho de que todas las hembras del mundo produzcan machos y hembras bien distintos como descendencia». Parece obvio, y no es ninguna casualidad, que también Darwin realizó experimentos con guisantes con dos objetivos:

a) para refutar la hipótesis de la herencia mezclada que, al diluir las variedades y uniformizar gradualmente a los individuos, socavaba la selección natural

b) para explicar la regresión en los caracteres; siguiendo a Naudin Darwin considera que mientras la primera generación de híbridos es uniforme, la segunda experimenta una regresión, reapareciendo caracteres ancestrales que habían permanecido ocultos hasta entonces.

Aunque no fue ni el primero ni el único que la defendió, la teoría de la dominancia y la recesividad es el verdadero núcleo de la obra de Mendel que, a partir de 1900, alcanzó gran difusión porque permitió otro vuelco a la concepción misma de la selección natural de Darwin, cuyo objeto ya no serán los cuerpos, las especies vivas, sino los genes. Así, reconoce Jacob, se empieza a sostener que la selección natural ya no opera sobre el cuerpo sino sólo sobre las células germinales, con lo cual «la concepción de la herencia sufre así una transformación total» (285). Es el denominado polimorfismo genético, es decir, la concepción de que un mismo carácter puede estar determinado por varios genes diferentes, de los cuales sólo opera uno, quedando los demás latentes o inactivos. Si la selección natural de Darwin requería de biodiversidad, la selección natural de los neodarwinistas requerirá de polimorfismo, de genes variables. En contra de lo que Darwin había repetido con insistencia, la selección natural, se convierte en el único mecanismo de la evolución.

Como reconoció Bateson, uno de sus primeros fieles, los escritos de Mendel no son una descripción literal de sus investigaciones sino una «reconstrucción» de las mismas, que relató de manera diferente a la forma en que las había llevado a cabo. Los números no cuadran en ningún caso. Así, por ejemplo, dice que utilizó 22 plantas en total, pero dado que estudió siete caracteres en plantas que sólo diferían en uno de ellos, sólo hubiera necesitado siete parejas, es decir, 14 en total. Sus experimentos son absurdos e imposibles, concluye Di Trocchio: «Mendel no llevó a cabo experimentos en el jardín del convento sino en su celda con papel y pluma» (286).

Otra demoledora crítica contra Mendel la lanzó en 1936 R.A.Fisher desde el punto de vista estadístico (287). Mendel concentró su atención en siete caracteres dominantes de los guisantes que, además, presentó como mutuamente independientes. Pero hoy sabemos que eso sólo es posible si cada factor que lo produce (gen) se encuentra en un cromosoma diferente. De todos los caracteres posibles Mendel seleccionó los que él creía que cumplían sus previsiones, es decir, aquellos situados en cromosomas distintos. Sin embargo, el guisante tiene un total de siete cromosomas y la probabilidad de que siete caracteres tomados al azar pertenezcan cada uno de ellos a un cromosoma distinto es de un 0’6 por ciento, es decir, sólo seis de cada mil. Lo más normal es que uno o varios formen parte del mismo cromosoma, por lo que se heredan de forma conjunta y, por tanto, la proporción prevista por Mendel no podía funcionar en la mayor parte de las ocasiones. De hecho, los genetistas usan la proporción en que dos caracteres distintos se heredan de forma conjunta para calcular la distancia a la que se localizan estos dos genes en un mismo cromosoma. De los siete caracteres que Mendel estudió, y que presentó como independientes, sólo dos eran realmente independientes. El resto no podía cumplir sus leyes. La conclusión fue que las había elaborado no como conclusión de sus experimentos, sino calculando numéricamente cuál sería el resultado si todos los caracteres se transmitieran de manera independiente.

Por su parte, para disculpar a Mendel, Mayr elabora toda una compleja explicación que comienza dejando claro que Mendel nunca cometió un fraude deliberado. A partir de aquí el discurso de Mayr está repleto de suposiciones: «Es posible que hubiera apartado algunos resultados de cruce particularmente desviantes, pensando que habían sido producidos por algún polen extraño. Es posible igualmente que haya perseguido tal o cual cruce hasta que las cifras se aproximaran a las proporciones esperadas, no observando que eso introducía un error. Sin embargo, es más verosímil que este error fuera introducido por el hecho de que, durante la maduración, el polen se produce en forma de tétradas. Esta última circunstancia, sobre todo en el caso de autofecundación y de cantidades restringidas de polen, puede conducir a resultados ‘demasiado buenos’. Por otra parte, si la germinación de las plantas cultivadas por Mendel no se producía más que ocho o nueve veces de cada diez, como es corriente en este tipo de experiencias, eso invalida los cálculos chi-dos de Fisher, y pone los resultados de Mendel al mismo nivel que los obtenidos por los demás hibridadores. Aparentemente, pues, nada se puede reprochar a las cifras adelantadas por Mendel; siempre dio muestras de un cuidado casi maniaco, registrando los datos con un máximo de precisión, incluso en sus trabajos de meteorología» (288). En efecto, tiene razón Mayr cuando dice que Mendel era extremadamente cuidadoso al recoger los datos. Son los mendelistas los que no han entendido ni a Mendel ni al método científico que empleó. Mendel se limitó a exponer en forma de experiencia práctica lo que no era más que un modelo teórico, abstracto redactado «con papel y pluma». El fraude lo cometieron sus seguidores: las leyes de Mendel son un fraude en el sentido que le dieron sus secuaces a partir de 1900. Los datos de Mendel son como el cuello de la jirafa de Lamarck: no demuestran la teoría pero la ilustran muy gráficamente. La diferencia es que, desde Lamarck, había transcurrido medio siglo. Mendel vivió una época dominada por el positivismo en la que no interesaban las teorías sino los datos y por eso los mendelistas lo que valoran en el monje moravo es justamente el equívoco de los datos. Por eso tiene también razón Michael Ruse cuando sostiene que «Mendel había ya descubierto las leyes antes de realizar la mayor parte de los experimentos con el guisante» (289).

Si las cifras son incongruentes resulta absurdo que los mendelistas destaquen en su obra precisamente sus resultados cuantitativos, es decir, su aspecto menos interesante. Tampoco cabe apreciar el carácter experimental de sus hibridaciones, un tópico de moda en la botánica del siglo XIX. Sus referencias al cultivo de guisantes no eran más que la ilustración del mensaje que Mendel pretendía transmitir, de su concepción de la variabilidad vegetal. Hasta entonces había habido muchos hibridadores que habían destacado un sinfín de observaciones empíricas y de metodologías de cultivo. Por eso nadie prestó atención a Mendel hasta 1900, porque parecía otra experiencia más, esta vez de alcance mucho más reducido. Sobraban los ensayos sin teoría previa, sin hipótesis de trabajo. Mendel tenía un teoría en una disciplina en la que nadie se había preocupado por alcanzar ninguna. Según Mae Wan Ho, Mendel «procedió deductivamente desde principios generales a lo específico, con una teoría matemática ya en mente que buscaba confirmar mediante la experimentación». Existían muchos caracteres que no encajaban en el complejo modelo de la herencia mendeliana: «Pero Mendel se concentró solamente en los que sí lo hacían. Por lo tanto, la teoría resultante solo puede ofrecer, en el mejor de los casos, una descripción muy parcial e idealizada de la herencia [...] Mendel eliminó las desprolijas complejidades de los organismos vivos para experimentación y optó por entidades ideales y eternas que se comportan de un modo simple y lógico» (290). Eso es lo que le vuelve contradictorio: él sí tenía una teoría capaz de resultar contrastada. Hasta entonces los hibridadores no esperaban nada de sus cultivos. El caso de Mendel es totalmente distinto; concibió un modo de transmisión hereditaria de los caracteres y lo contrastó en una serie de ensayos, confesando que reinició sus pruebas cuando comprobó que los resultados no eran los esperados. En una carta a Nägeli de 8 de abril de 1867 Mendel le dice: «La realización de una gran cantidad de fecundaciones entre 1863 y 1864 me convenció de que no era fácil encontrar plantas apropiadas para una amplia serie experimental y de que en caso favorable podrían transcurrir años sin obtener la conclusión deseada». Por eso sólo experimentó con guisantes, la «planta apropiada» y con determinados caracteres, también apropiados para ilustrar de una manera concreta lo que se proponía.

El concepto de pureza es el punto de partida, el verdadero núcleo motor, del «redescrimiento» de Mendel, la búsqueda de la propia identidad en la biología. Sin embargo, hasta finales del siglo pasado, es decir, durante cien años, no hubo ninguna posibilidad de saber si dos genes eran idénticos o no. El mendelismo se edificó, pues, sobre algo de lo que no existía ninguna evidencia empírica y, por consiguiente, nunca debió aspirar más que a ser considerado como una hipótesis. Para validar la nueva genética, la identidad y la diferencia se dieron por supuestas sobre fundamentos exclusivamente morfológicos. Si el fenotipo era igual, ello debía responder a la acción de los mismos genes porque son ellos -y sólo ellos- los que establecen la identidad y la diversidad entre los seres vivos. También había que suponer que en la naturaleza existen seres así, idénticos génica y morfológicamente. Dado que ello es factible, cualquier investigación debía empezar por obtener ejemplares génicamente idénticos. Es el reproche que los mendelistas repitieron una y otra vez contra Lysenko, que no trabajaba con variedades puras, mientras ellos se afanaban por encontrar gemelos univitelinos en los que poder investigar, porque sólo los ejemplares puros tienen identidad propia, mientras que los híbridos son indefinibles. Para obtener lo impuro primero hay que disponer de lo puro, de manera que la reproducción asexual preserva el patrimonio hereditario (permite la continuidad de la pureza) en tanto la sexual propicia la hibridación (permite la impureza). Ahora bien, en condiciones silvestres es imposible determinar si un ejemplar es puro o impuro, lo que impide obtener conclusiones realmente científicas, desde el punto de vista del mendelismo. Esta hipótesis conducía directamente al laboratorio, porque la experimentación in vitro es la única que trabaja con ejemplares puros de los que se pueden deducir resultados plenamente válidos, contrastables y repetibles. Para ello es necesario definir un tipo igual de cobaya, como propuso Morgan con sus moscas, obtenidas mediante cruces monogámicos, los cuales presuponen que conducen a la obtención de variedades puras, un procedimiento que sólo es válido desde una óptica mendelista. Es un conjunto de hipótesis encadenadas unas con otras. Aunque habrá ocasión de volverlo a comprobar más adelante, es necesario recordar que inicialmente los mendelistas siempre fueron conscientes de que estaban trabajando sobre supuestos no verificados empíricamente. En 1917 el primer artículo de R.A.Fisher inaugurador de la teoría sintética se titulaba «La correlación entre familiares en el supuesto de herencia mendeliana». El título lo dice todo: tampoco se trataba de establecer causalidades materiales sino puras correlaciones estadísticas.

En 1911 estalló una polémica en el Instituto Francés de Antropología entre Lapicque, un mendelista, y Rabaud, un lamarckista, que comenzó discutiendo la aplicabilidad de las leyes de Mendel a los seres humanos y el significado mismo de lo que son las «razas puras». La pureza, afirma Rabaud, es el elemento clave del mendelismo y no es posible conocer si una variedad es pura o no, ni se puede diferenciar a una variedad pura de una híbrida. Todos los seres vivos, dice Rabaud, están sometidos a la herencia, por lo cual -indiscutiblemente- hay continuidad y semejanza de una generación a la siguiente. No obstante, la forma en que se manifiesta dicha semejanza es diferente. Bajo la misma morfología, los mismos rasgos, el mismo color de la piel o del plumaje, el ser vivo ha cambiado, es distinto del anterior. Por ello, la recuperación de los caracteres ancestrales es una ilusión. Rabaud admite que en algunos casos aparecen formas de descendencia mendeliana en las proporciones previstas, pero hay otros que desautorizan su plena validez. Para estas evidencias negativas, los mendelistas buscan explicaciones más o menos extravagantes, como la del «gen oscilante», hasta convertir en mendeliano cualquier fenómeno hereditario. Por ello, «el mendelismo se ha convertido en un artículo de fe», concluye Rabaud (291).

La corriente dominante en la genética soviética se fundamentó en postulados parecidos a los de Rabaud. Fueron establecidos por el botánico ruso K.A.Timiriazev (1843-1920), quien diferenciaba entre una reproducción simple, que es la repetición del desarrollo de los ancestros, característico de las plantas que se multiplican de manera asexual, junto a la reproducción que denominaba doble o compleja, es decir, la multiplicación sexual, normalmente asociada a los dos organismos progenitores. A su vez, en esta última diferenciaba tres supuestos:

a) mixta, en la que se incluyen las quimeras, un tipo de herencia en el que los caracteres de uno de los progenitores se manifiestan en una parte del organismo y los caracteres del otro en la otra parte.

b) conjunta, que es la más importante para Timiriazev, que se produce cuando los caracteres de los dos progenitores se fusionan en la descendencia, aunque sin manifestarse en estado puro, ya que se obtienen nuevas propiedades.

c) antagónica, cuando los caracteres paralelos pero opuestos de los antecesores no se fusionan en la descendencia híbrida. En estos casos no se obtiene una propiedad nueva o intermedia sino que se expresa la propriedad de uno solo de los progenitores mientras que la del otro desaparece.

En la herencia antagónica, continúa Timiriazev, se observan dos posibilidades:

a) el millardetismo, nombre derivado del botánico francés Millardet, que estudió esta categoria de híbridos: son aquellos supuestos en los que los híbridos, uniformes en la primera generación, lo son también en las generaciones siguientes. La descendencia híbrida no se diversifica, no se segrega en las generaciones sucesivas, ya que las propriedades de uno de los progenitores quedan totalmente absorbidas por el otro.

b) el mendelismo, al que Timiriazev considera como un hecho aislado que no se produce más que en condiciones determinadas y que, además, no fue descubierto por Mendel.

Como se observa, es un cuadro mucho más completo que el esquema simplificado en extremo que se ha difundido y sigue vigente en los países capitalistas. Ni Rabaud ni Timiriazev rechazan los fenómenos de herencia mendeliana sino que los interpretan como un caso particular y restringido que no excluye otras formas diferentes de herencia. Como afirma Mae Wan Ho, «la hererencia mendeliana se aplica sólo a un conjunto restringido de caracteres observados a lo largo de un número limitado de generaciones en condiciones ambientales más o menos constantes, y sólo cuando se cruzan organismos dentro de la misma especie y con el mismo número de cromosomas. En realidad, uno de los caracteres que Mendel estudió, el de los guisantes rugosos, fue introducido por un elemento genético móvil o ‘gen saltador’, que se había insertado en el alelo salvaje normal de los guisantes redondos, un proceso decididamente no mendeliano» (293). El mendelismo, pues, elevó a regla general, lo que no era más que un caso particular, y así fue considerado inicialmente por la mayor parte de los biólogos inicialmente: como un caso particular de herencia que aparecía en los híbridos.

Sin embargo, muy pronto los mendelistas comenzaron a ampliar su radio de acción, reconvirtiendo las reglas de Mendel sobre la hibridación en leyes de la herencia aplicables tanto a los vegetales como a los animales, incluido el hombre, tanto en el caso de herencia de rasgos normales como anormales y, finalmente, tanto en el supuesto de caracteres morfológicos como sicológicos. En Francia, un país dominado por los lamarckistas, desde 1900 y durante doce años, Lucien Cuénot llevó a cabo experimentos con ratones para demostrar que las leyes de Mendel también se correspondían con la herencia en animales. Empezó cruzando ratones silvestres de pelo gris con otros de laboratorio albinos. Con las conclusiones obtenidas, el 12 de marzo de 1902 publicó el primer informe a la Academia de Ciencias, que también difundieron los Archivos de Zoología Experimental y General. Se titulaba «La ley de Mendel y la herencia de la pigmentación en los ratones» y confirmaba la validez de las leyes de Mendel en ratones. Habitualmente las referencias históricas sólo hacen referencia a este primer artículo, como si fuera el único que Cuénot escribió. Pero hubo muchos más en los años siguientes, que documentaban otros experimentos de parecidas características con resultados contradictorios. Cuénot advirtió que el albinismo de los ratones con los que experimentaba no era exactamente un carácter sino la ausencia de un carácter. Los numerosos experimentos que contradecían las leyes fueron explicados o bien como excepciones a la regla general o mediante enrevesadas explicaciones, tales como «modificaciones de constitución en los gametos» (293b).

Todos estos matices fueron pasados por alto e incluso se trató de estudiar la herencia en las malformaciones y patologías a pesar de que el error de cruzar ejemplares enfermos con sanos ya había sido comprobado experimentalmente en varias ocasiones. En 1895 Alfred Russel Wallace criticó la obra de Bateson sobre la variación porque dedicaba varios cientos de páginas a describir variaciones que, en realidad, eran auténticas monstrosidades orgánicas que nada tienen que ver con la evolución: no se podían mezclar las malformaciones con las variciones de tipos normales (393c). En Alemania en 1917 Dresel también puso en duda la aplicabilidad de las reglas mendelianas a la patología (393d). En 1909 Ernest E.Tyzzer, patólogo de la Universidad de Harvard, realizó cruces entre ratones sanos con otros denominados «japoneses valsantes», que deben su nombre al padecimiento de una mutación recesiva. Durante dos generaciones la descendencia fue inoculada con un tumor, observando que la patología se desarrollaba en la primera de ellas en todos los casos y en ninguno de la segunda, por lo que pensó que el fenómeno no obedecía a las leyes de Mendel. Sin embargo, Little demostró que la no aparición de ningún supuesto tumoral en la segunda generación se debía al empleo de un número escaso de ejemplares, de manera que utilizando un volumen mayor descubrió que aparecía en un uno por ciento aproximadamente, porcentaje que posteriormente se afinó, obteniendo un 1’6 por ciento de tumores en la segunda generación, cifra que variaba en función del tipo de ratones utilizados y del tumor inoculado. El desarrollo posterior de los experimentos comprobó que ese porcentaje también era válido si en lugar de una enfermedad se transplantaban a los ratones tejidos sanos (393e) porque dependía del sistema inmune, que es diferente para cada especie y para cada tipo de enfermedad.

Sólo quedaba trasladar las leyes de Mendel a los seres humanos, e incluso a las patologías, estableciendo las primeras asociaciones entre algunas enfermedades y la constitución genética de los pacientes. La noción de patología hereditaria comenzó entonces a consolidarse. La primera alteración génica conocida capaz de producir una patología, la alcaptonuria, fue descrita por el médico británico Archibald E. Garrod (1857-1936). La alcaptonuria es un oscurecimiento de la orina después de ser excretada, a causa del contacto con el aire. En 1902 Garrod publicó The incidente of alkaptonuria: A study of chemical individuality, donde expone el origen genético de la alcaptonuria. Amigo de Garrod, Bateson se interesó especialmente por esta enfermedad, ya que se detectaba con mayor frecuencia en los hijos de padres emparentados consanguíneamente. Es más, fue Garrod quien relacionó por vez primera a los «factores» con las enzimas de una manera característica: una mutación génica provocaba que el organismo no fabricara en cantidad suficiente la enzima responsable de la conversión del ácido homogentísico en anhídrido carbónico y agua; aunque una parte de dicho ácido se elimina a través de la orina, el resto se acumula en determinadas partes, provocando una coloración negruzca (ocronosis). Se estableció entonces la primera versión del dogma «un gen, una enzima» que triunfaría medio siglo después. A mayor abundancia, no se puede descuidar la metodología micromerista de Garrod, presente en su noción de «individualidad química», según la cual «hemos concebido la patología en términos de célula, pero ahora empezamos a pensar en términos de molécula». Para acabar, parece preciso aludir al título de otra de las obras de Garrod, escrita en 1931: The inborn factors in disease, es decir, «Los factores innatos de la enfermedad».

Otro de los pioneros en esta tarea fue William Curtis Farabee (1865-1925) en una tesis leída en 1903 en la Universidad de Harvard titulada Heredity and sexual influences in meristic variation: A study of digital malformations in man. Farabee tomó la braquidactlia como objeto de estudio, un rasgo caracterizado por un acortamiento desproporcional de los dedos, que normalmente aparece asociado a otras malformaciones morfológicas, como la baja estatura. Estudió a una familia de braquiodáctilos y se remontó en su pedigrí familiar durante varias generaciones para demostrar que la deformidad era un rasgo genético dominante y se heredaba siguiendo las proporciones previstas por las leyes de Mendel (293f). Nacía la «genética humana» identificada con el mendelismo, que empezaba a establecer los primeros fundamentos «científicos» de la eugenesia. No sirvió de mucho que el planteamiento de Farabee fuera totalmente erróneo, que la apicación de las leyes de Mendel a la herencia de las deformidades humanas fuera una caricatura, ni tampoco que hasta alguno de los eugenistas más furibundos, como Daveport, advirtiera que «las entidades clínicas no son necesariamente entidades genéticas» (294). El mendelismo penetró en la medicina y, a su vez, la medicina penetró en la política: el remedio ante los males derivados del declive de la civilización estaba en la higiene reproductiva y la mejora de la raza.

Ni el «redescubrimiento», ni las publicaciones de Cuénot, ni las de Farabee, ni las de ningún mendelista tuvieron éxito por sí mismos. Cuando en 1905 se celebró en Viena el Congreso Internacional de Botánica, Tschermak fue el único participante en hablar del mendelismo, un asunto que pasó desapercibido. Cinco años después en Bruselas, nadie volvió a hablar del asunto. Dos años después Cuénot fue humillado por los organizadores del VII Congreso Internacional de Zoología al presentar su trabajo sobre la aplicación de las leyes de Mendel a los ratones. De Vries, Correns y Tschermack eran centroeuropeos, Cuénot era francés y en Estados Unidos Farabee fue siempre un investigador aislado, no creó escuela, y sus preocupaciones se encaminaron muy pronto hacia la antropología. En Inglaterra el mendelismo tampoco fue bien acogido entre los biólogos. Alfred Russel Wallace criticó sus tesis y el profesor de la Universidad de Oxford, Edward B. Poulton, afirmó que los escritos de Mendel eran un «insulto a la ciencia de la biología» y un obstáculo para intentar resolver el problema de la evolución. En especial, los biometristas se opusieron frontalmente al mendelismo, por múltiples motivos. En primer lugar, porque su positivismo les impedía conceder ningún valor a unas entidades fantasmagóricas o «factores» a los que nadie había visto nunca y de los que nadie sabía nada. En segundo lugar, porque consideraban que los mendelistas eran contrarios a la evolución en la forma que la evolución había tomado con el neodarwinismo, es decir, a la adopción panglósica de la selección. Finalmente, porque defendían la herencia mezclada. No obstante, las divergencias entre mendelistas y biometristas encubren sus coincidencias, polarizadas en torno a la línea abierta por Weismann, es decir, en torno a la liquidación de la herencia de los caracteres adquiridos, la pangénesis de Darwin y a la tesis básica de que la herencia depende de factores exclusivamente internos al propio organismo, lo que luego llamaron «genes».

No fueron, pues, sus «redescubridores» quienes lanzaron a Mendel a la fama porque entonces el centro del mundo estaba en Inglaterra. Para difundir una teoría científica, sea buena o mala, hace falta mucho más que investigaciones y artículos científicos: hace falta organización, conferencias, publicaciones, así como las subvenciones necesarias para financiarlas. El mendelismo lo impusieron William Bateson gracias a Balfour y T.H.Morgan gracias a Rockefeller. Más allá de los tópicos, el pensamiento científico de Bateson está por descubrir. Fue el primero en proponer una «síntesis» de distintas corrientes biológicas, que no logró ni siquiera esbozar, y varias de cuyas elaboraciones teóricas carecían de apoyo fáctico. Lysenko le calificó de «oscurantista». Aunque formalmente se definía a sí mismo como evolucionista, en realidad lo que Bateson defendía eran las teorías catastrofistas de Cuvier. Sostenía que la evolución es variación (294b), que la variación procede de la hibridación entre las especies y que la validez de las leyes de la herencia, que no son otras que las enunciadas por Mendel, son de aplicación a todos los seres vivos. Las variaciones eran saltos discontinuos para cuya explicación Bateson se remitía a De Vries, es decir, a las mutaciones. Se opuso tanto a la pangénesis como a la selección natural, para lo cual necesitaba utilizar a Mendel contra los neodarwinistas. Bateson fue uno de los muchos biólogos que en aquel momento no admitió la centralidad de la selección natural. Por eso su «síntesis» no fue aceptada. Donde Bateson defendía la variación sin selección, la teoría sintética triunfante impuso variación con selección.

Bateson fue el primero en destacar las limitaciones de la obra de Mendel, de las que expuso unas cuantas en sus obras. Aunque el hallazgo se cuenta en el haber de Morgan, junto con Punnet, Sutton y Correns, Bateson fue el primero que habló de linkage en los guisantes, que él calificó como coupling, es decir, acoplamiento génico, caracteres que se heredan conjuntamente porque los factores están ligados en un mismo cromosoma (294c). El problema es que Bateson se oponía a la teoría cromosómica de Correns y Sutton, una contradicción que nunca fue capaz de resolver. Paradógicamente a Correns le ocurrió lo mismo: a pesar de que fue el precursor de la teoría cromosómica, describió el acoplamiento pero no fue capaz de explicarlo porque no lo conectó a ella. Propuso la hipótesis de una supuesta «atracción diferencial» entre los gametos: la composición génica (anlagen) de los gametos influía en la manera en que se unían entre sí en la fecundación. Las células de polen que contenían ciertos genes podían unirse o separarse con las células huevo portadoras de otros genes. Fue Sutton en 1903 el primero que adelantó una explicación del acoplamiento a partir de la teoría cromosómica que posteriormente Morgan demostró que era correcta.

Más allá de cualquier teoría más o menos discutible, lo que desde un principio evidenciaban los hechos es que no eran los genes sino los cromosomas los que formaban una unidad y que ponía de relieve uno de los principales errores derivados de las leyes de Mendel: que los genes no son independientes («modelo de la bolsa de colores», lo llamó Mayr) sino que aparecen asociados entre sí. El fenómeno se descubrió en los cromosomas que determinan el sexo, un importante hallazgo de 1905 que la ciencia debe a una de las primeras científicas de esta especialidad, Nettie Maria Stevens (1861-1912). Fue la primera vez en la cual un fenotipo apareció asociado a un determinado genotipo: la vinculación entre el sexo y los cromosomas. El sexo depende de la presencia o ausencia de un determinado cromosoma (294d). Pero, además del sexo, los cromosomas sexuales transmiten conjuntamente otra serie de rasgos característicos. Por lo tanto, era obvio que los genes no eran unidades hereditarias por sí mismas sino partes integrantes de una unidad superior. Sturtevant también empezó a observar muy pronto el «efecto de posición» de las distintas secuencias cromosómicas, lo que refuerza la vinculación interna de todos ellos. Pero Morgan se cuida de no poner de manifiesto la contradicción de su descubrimiento y del efecto de posición con las leyes de Mendel, que «se aplica a todos los seres de los reinos animal y vegetal» (294e). Un recién converso como Morgan tapaba un error colocando otro encima suyo. No había otro remedio porque desde un principio las grietas del mendelismo aparecieron al descubierto.

Pero Bateson procedió de una manera bien distinta; siguió coleccionando excepciones que hacen de él un mendelista irreconocible. Además del couplig describió otros supuestos en los que las leyes de Mendel no aparecían. Aunque fue el primero en utilizar la expresión «alelomorfo» para describir las dos variantes alternativas de un mismo gen, planteó el problema de una manera mucho más general: se preguntó si los genes podían presentarse en más de dos alelos, es decir, si la cantidad de material génico cambiaba cuantitativamente. No sólo se cuestionó si aumentaba el número de alelos, sino también si sereducía, como había pronosticado Weismann. Como una pérdida de material genético era una mutación, lo que pretendía Bateson era ampliar la teoría de De Vries al plantarla también desde el punto de vista cuantitativo. Además, relacionó este interrogante con el carácter dominante o recesivo de los alelos, en torno a lo cual elaboró una sofisticada teoría de la presencia y ausencia, «una de las más fantásicas teorías evolucionistas modernas» (294f). En base a algunos experimentos Bateson llegó a la conclusión de que en determinados híbridos existía una dominancia incompleta o codominancia, en los que no aparece un rasgo dominante ni recesivo. A diferencia de los mendelistas posteriores, Bateson interpretó la dominancia y recesividad no como dos alternativas cualitativamente distintas sino cuantitativamente compatibles; por lo tanto, ambas podían expresarse. La hipótesis de la presencia y ausencia de Bateson sostenía que un carácter recesivo correspondía a la pérdida de un elemento presente en el tipo dominante. Aunque esta hipótesis estuvo presente en los orígenes del mendelismo, entre 1905 y 1920 aproximadamente, luego desapareció y nadie ha vuelto a acordarse después de ella.

Bateson no es más que un ejemplo de que el mendelismo tenía poco que ver con Mendel, de la manera en que la obra del monje moravo se instrumentaliza para incorporarla al conocimiento existente en 1900. Para propagar estas nuevas y confusas concepciones genéticas, Bateson no se limitó a escribir sino que puso en marcha un movimiento organizado con los primeros partidarios del mendelismo apoyándose primero en la Sociedad de Horticultura de Londres y luego en la nueva cátedra Balfour de genética de la Universidad de Cambridge. En 1906 la Sociedad de Horticultura de Londres organizó una conferencia internacional sobre hibridación, presidida por Bateson, para propagar la doctrina de Mendel al respecto y financió la traducción de su obra al inglés. Punnet escribió una obra de divulgación destinada a un público muy amplio, que tituló precisamente «Mendelismo». Bateson recorrió las librerías de Gran Bretaña y Estados Unidos para recomprar los originales de la obra de Mendel que pudo encontrar, con el fin de volverla a redistribuir entre los botanistas. En 1909 fundó la revista Journal of Genetics y redactó en inglés, el idioma de la genética naciente, varios manuales de la nueva ciencia que dieron la vuelta al mundo. En 1910 tradujeron al inglés la «Teoría de las mutaciones» de De Vries. Ese mismo año los fieles a Mendel sufragaron el levantamiento de una estatua suya en Brno. En 1913 el Príncipe de Liechtenstein fundó en Lednice un nuevo instituto de cultivo agrícola, al que puso el nombre de Mendel. En 1919 crearon en Londres la Sociedad de Genética. En 1922 organizaron unas fiestas para celebrar el primer centenario del nacimiento de Mendel, los artículos científicos en su honor comenzaron a proliferar, hasta convertirle hoy en un mito al que le rinden el culto debido, sin escatimar adjetivos que hubieran sonrojado al propio monje agustino. Se han excedido en su culto a la personalidad; le han catapultado a un olimpo del que aún no le han bajado. Por ejemplo, Rostand se atreve a decir que toda la genética está contenida en las 40 páginas en las que Mendel resumió sus experimentos sobre hibridación: «Leyendo hoy esas cuarenta páginas, a uno le sorprende a la vez la novedad de los resultados obtenidos y la circunspección del autor, que no adelanta nada más que lo perfectamente probado, y se contenta con encadenar los hechos con hipótesis estrictamente necesarias. Más de un siglo después de la publicación de la memoria de Mendel, no se encuentra, por así decirlo, nada que rectificar, ni un error de hecho ni de interpretación. De un golpe Mendel vio todo lo que se podía ver y todo comprendido: es casi único en la historia de la ciencia» (294g). Lleno de entusiasmo por su maestro, el biólogo soviético Medvedev le pone a la altura de Copérnico, Leonardo da Vinci, Newton, Galileo y Darwin: «El descubrimiento de Mendel es tan importante como el de Darwin» porque sólo después de haber descubierto las leyes de la herencia se pudo hacer de la teoría de la evolución la base de la biología moderna (294h). ¿Cómo pudieron Lamarck y Darwin escribir sus obras sin conocer las leyes de Mendel? Otra historia que parece vuelta del revés...

La diosificación de Mendel ha convertido a todos los demás en herejes. La crítica del mendelismo se presenta en sociedad como una crítica a la genética, como si genética fuera sinónimo de mendelismo. Como los fundamentos son erróneos, desde el comienzo se va tejiendo el mendelismo con continuas amalgamas entre concepciones dispares, con un remiendo detrás de otro para no dejar caer a los mitos sobre los que se ha construido. Con la teoría de las mutaciones los factores-genes siguieron su andadura. Lo crean todo y no son afectados por nada. La evolución se detiene a sus puertas. Como escribió Harper en 1920: «El viejo dogma de la fijeza de las especies ha resurgido en la forma de la fijeza del plasma germinal». Bertalanffy era de esta misma opinión: la biología podía ser evolucionista pero la genética quedaba como el reducto de la inmutabilidad. A partir de entonces y sobre fundamentos tan poco claros, el mendelismo se convierte en el centro de las ciencias biológicas. A ella se subordinan la citología, la embriología, la paleontología, la antropología, la medicina y otras disciplinas.

La imposición del mendelismo como canon científico no fue un fenómeno exclusivamente científico, sino también mediático, es decir, ideológico, político y económico. Los mendelistas acaparan los premios Nobel, aparecen en primera plana en los medios de comunicación y conceden ruidosas conferencias de prensa. Cualquier fenómeno publicitario de esa naturaleza tiene como contrapartida el silenciamiento de otro tipo de investigaciones y concepciones y, en consecuencia, un determinado tipo de explicaciones aparece como la única explicación existente, o incluso posible. Una interesante investigación de Matiana González Silva ha sido sugestivamente titulada de la forma siguiente: «Del factor sociológico al factor genético. Genes y enfermedad en la páginas de ‘El País’ (1996-2002)», donde analiza cómo ha cambiado la divulgación periodística acerca de las causas de las enfermedades, a favor de una explicación genética y, lógicamente, en detrimento de otra clase de explicaciones (295b). La genética lo invade todo porque hay poderosos intereses económicos, bélicos y políticos que así lo determinan. Los intereses estrictamente científicos no coinciden necesariamente con ellos. Pero donde estaba ocurriendo eso era en los países capitalistas precisamente, por más que la burguesía intente proyectar sus espectros contra la URSS.

En el confuso estado que mantenían, los ingredientes ideológicos de la genética se convierten en dominantes en la cultura capitalista y propician el racismo y la xenofobia. En 1900 se descubren los grupos sanguíneos, de los cuales se extraen otras tantas nociones oscurantistas a sumar a las que la teoría sintética engendraba por sí misma. Los lazos nacionales y raciales son una extensión de los familiares y éstos se basan en la consanguinidad. La sangre es la unión más próxima y más íntima; en la Biblia está asociada al alma y a Aristóteles y Linneo le sirvieron para realizar la primera clasificación de los animales en dos grandes grupos: los que tienen sangre y los que carecen de ella. Pero pronto el papel místico de la sangre pasará a ser desempeñado por lo genético. Se forma un «darwinismo social» que divide a los seres humanos entre los ostentadores de un pedigrí secular, una estirpe superior, y los portadores de malformaciones hereditarias, predestinados al exterminio. En definitiva, lo que se observa con el cambio de siglo es la emergencia de dos teorías de marcado sesgo antievolucionista, la de Weismann y la de Mendel, que se ensamblan y, paradógicamente, se incorporan al evolucionismo distorsionándolo. No era la primera síntesis ni será la última. Cada una de esas confusas amalgamas no hace más que poner de manifiesto los endebles fundamentos sobre los que ha pretendido construirse el edificio, la insuficiencia conceptual y la precariedad de hipótesis que son clave para futuros desarrollos.

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