Un
genocidio es un genocidio, aunque lo llamen guerra defensiva
Albert
Recio
Esta
es una nota de urgencia. De rabia e impotencia. Para constatar, una vez
más, que Israel tiene total impunidad para practicar cualquier
barbaridad sobre el pueblo palestino. Muchos de quienes callaron el
exterminio de los campos nazis podían alegar que no se habían enterado,
que el holocausto ocurría en espacios cerrados, fuera del ojo público. Y
que estaban sometidos a un régimen dictatorial que impedía la disensión
abierta. Pero el genocidio, la limpieza étnica que practica Israel, su
ocupación sistemática de nuevos territorios, la expulsión y expropiación
de tierras y derechos, y el uso masivo y despiadado de su fuerza militar
viene ocurriendo delante de todo el mundo. Convirtiéndose ahora en la
noticia de portada de las fiestas navideñas. Muestra no sólo la crueldad
y la impudicia de los políticos israelíes (la que explica tan bien el
pequeño-gran film israelí “Los limoneros”), sino el cinismo de quienes
les apoyan. Sabemos que los hombres de Bush han sido tan genocidas como
sus aliados. Pero que Obama esté aún de vacaciones (y con una futura
secretaría de Estado netamente aliada del lobby pro israelí) no augura
cambios significativos. Por no citar a nuestro “progresista” Ministro de
Exteriores, que mientras con la boca pequeña condenaba la dureza israelí
en voz clara acusaba a Hamas de haber roto la tregua.
Muchas
de las actuaciones de Hamas son sin duda incomprensibles, como el
disparo de cohetes a territorio israelí, injustificables moralmente e
inútiles en el plano militar. Pero una actitud que ha estado precedida,
una vez más, por una agresión continua israelí durante la tregua. Si uno
repasa las hemerotecas del mes de noviembre pasado, lo que encuentra son
dos cosas: bombardeos “selectivos” de Israel causando muertos en Gaza y
bloqueo sistemático de los accesos a la llegada de ayuda humanitaria.
Como puede aprender cualquiera que haya visitado o leído sobre los
campos de exterminio, el hambre y las privaciones mataban tanto o más
que los crematorios. Nadie en los meses finales de la tregua denunció
los bombardeos ni los bloqueos de Israel. Poner a ambos contendientes en
la misma balanza es una muestra del servilismo de nuestro Gobierno hacia
el Imperio decadente y una garantía de que seguiremos sin hacer nada
para cambiar las cosas. Oponerse a los EEUU e Israel es sin duda
necesario pero de difícil impacto. Exigir la responsabilidad a nuestro
ministro debería ser un ejercicio básico de ética democrática.
La
crisis universitaria y Bolonia
Juan-Ramón Capella
1.
Antes de Bolonia
Hay
que buscar las raíces de la actual crisis de la universidad en España en
la política de los gobiernos de Felipe González, que dieron el gran
salto de la universidad elitista y burocrática que había sobrevivido al
régimen franquista a una universidad de masas pero también burocrática.
1.1. La universidad del franquismo
La
universidad del franquismo era burocrática en el sentido de que el
profesorado superior estaba integrado por funcionarios que lo eran de
por vida, los cuales gobernaban las facultades y las universidades y
adoptaban a sus sucesores entre los profesores más parecidos a ellos
mismos —mediante oposiciones que formalmente eran muy difíciles pero que
se resolvían mediante relaciones de amiguismo y clientelismo entre los
caciques de las diferentes especialidades académicas—. En aquella
universidad había gran número de mediocridades ocupando las cátedras
como consecuencia del exilio intelectual tras la guerra civil.
Y
la universidad era elitista porque sólo los hijos de familias de la
burguesía media-alta tenían acceso a ella, aunque la demanda social de
instrucción empezó a minar este muro de acceso a las profesiones
tituladas cualificadas a principios de los años setenta del siglo XX.
Junto
al personal “docente” antes mencionado había una gran cantidad de
profesores no funcionarios, de categorías inferiores, profesores muy mal
pagados, que desempeñaban la mayoría de las tareas docentes dado el
absentismo real de los catedráticos, muchos de ellos dedicados a
actividades privadas o políticas y en la mayoría de los casos no
profesionalizados en la educación superior.
Una
parte de los profesores no funcionarios estaba hecha a imagen y
semejanza de sus patrones catedráticos, de cuya designación dependían.
Otra parte pequeña pero muy significativa de ellos apoyó al movimiento
estudiantil democrático y antifranquista, sufrió la represión del
régimen, y elaboró propuestas serias de democratización de la
universidad que iban en las direcciones siguientes:
*Respecto del estudiantado, oposición a las políticas de
selectividad con las que el régimen trataba de mantener el elitismo
de la educación superior, apoyando las demandas sociales de acceso a
ella.
*Respecto
del profesorado, defendían el cambio a un sistema contractual que
les asimilara al resto de trabajadores, concibiéndose a sí mismos
como trabajadores de la enseñanza. Este sistema debía conducir a
enseñantes profesionalizados contratados por sus méritos, necesarios
para conseguir contratos de larga duración.
*Respecto
de la universidad como tal, defendían su democratización y
desburocratización; el restablecimiento de la actividad
investigadora y la normalización de una enseñanza de calidad.
La
mejor expresión de estas aspiraciones se halla en el Manifiesto por una
universidad democrática, de 1966, aprobado por el efímero Sindicato
Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona, el SDEUB, que
desbordó la legalidad franquista.
El
movimiento de los profesores no numerarios, la mano de obra barata del
franquismo, fue sin embargo débil en muchas universidades y poco
abarcante en otras, lo que explica su fragilidad posterior.
1.2. La universidad de masas
El
gobierno de Felipe González amplió efectivamente el acceso a la
educación superior, duplicando en brevísimo plazo el número de
estudiantes universitarios y superándolo después. Sin embargo mantuvo el
principio burocrático en el gobierno de las universidades, cuyas
consecuencias en seguida se verán.
También
el Partido Comunista de Carrillo contribuyó ciegamente a pacificar la
universidad. Desde la transición oficializó considerarla como un bien
público que no se debía desestabilizar. Fueron pues las políticas “de la
izquierda” de aquellos años las que contribuyeron a desmovilizar la
universidad.
Fueron
creadas nuevas universidades públicas, aumentando el escaso número de
las que el franquismo instituyó en los últimos cinco años de su
existencia, y se abrió la puerta a la creación de universidades
privadas.
Pero
durante los años ochenta y noventa las universidades públicas fueron
simplemente aularios, insuficientes por demás: los estudiantes atestaban
unas aulas en las que a menudo no había asientos para todos. Faltaba de
todo: libros, bibliotecas y personal de biblioteca, espacios para el
estudio, personal administrativo, servicios y medios. Algunos servicios
internos —fotocopias, librerías, restaurantes y bares— fueron
privatizados. Las universidades públicas empezaron a diferenciarse de
los centros privados de enseñanza superior, muchísimo más caros, que
atendían exclusivamente a estudiantes procedentes de las clases altas,
donde en un ambiente “más selecto” se establecían relaciones útiles para
las futuras élites dirigentes empresariales, administrativas y políticas
del país.
En
suma: el acceso a la universidad se popularizó, pero sufrió las
consecuencias de una “igualación por abajo”, de una relajación
generalizada en las exigencias de los aprendizajes.
1.2.1. El profesorado
Respecto
del profesorado el gobierno de Felipe González recurrió a una solución
drástica: convirtió en funcionarios prácticamente a todos los profesores
que no lo eran, acabando con el proyecto de relación contractual
generalizada propuesta por el profesorado activamente antifranquista en
la etapa anterior.
Al
hacerlo el gobierno Psoe trató de satisfacer una necesidad política
distinta de la educativa: buscaba obtener la alianza del más amplio
sector de intelectuales con influencia social, el de los docentes
universitarios, para su proyecto de entonces, consistente en establecer
una política económica neoliberal e ingresar en la Otan, y desvincular a
los intelectuales de las clases trabajadoras.
La
burocratización
general de los docentes se hizo sin criterios selectivos: de una parte
fueron creadas “comisiones de idoneidad” que convirtieron en “profesores
titulares” a cuantos lo solicitaron —los pocos rechazados por falta de
cualificación suficiente obtuvieron también la idoneidad por la vía de
los recursos administrativos—. De otra, los concursos de acceso futuros
a cátedras y titularidades universitarias se simplificaron notablemente,
se redujo el número de miembros de los tribunales o comisiones que
habían de decidirlos (de siete miembros a cinco, con lo que resultaba
fácil conseguir mayorías de sólo tres votos), y se entregó la
designación de dos de estas personas a la decisión de los propios
departamentos universitarios afectados. Los verdaderos méritos docentes
e investigadores empezaron a perder importancia.
La
endogamia profesoral de la universidad burocrática quedó así mantenida y
reforzada. En el futuro no habría casi nunca verdadera concurrencia
científica para desempeñar plazas universitarias, sino que bastaría
conseguir el apoyo de tres juzgadores antes de los ejercicios de acceso
a plazas docentes.
Las
cordadas
académicas de la universidad burocrática se multiplicaron. Aparecieron
nuevos caciques, con influencia en el ámbito local o estatal en diversas
disciplinas. La decisión sobre el valor de la investigación y de la
docencia de muchos profesores quedó en sus manos. La filiación política
empezó a contar por debajo de la mesa: para incluir y para excluir. Las
actividades de administración universitaria fueron computadas como
méritos para el acceso a plazas docentes.
En
estas
condiciones muchos profesores titulares valiosos empezaron a desistir
del proyecto de convertirse en catedráticos, pues no aceptaban pasar
bajo las horcas caudinas de adulación, sumisión y tráfico de favores
impuestas por los caciques correspondientes. Otros, en cambio,
advirtieron que cargar con funciones de vicedecanos, vicerrectores o
jefes de estudios les aseguraba la promoción a puestos docentes
superiores que no habrían conseguido de otro modo.
Esta
nueva endogamia facilitó que determinadas disciplinas quedaran en manos
de una única escuela de pensamiento. El caso más destacable es el de los
llamados minessotos, gentes que pasaron por ciertas universidades
norteamericanas para publicitar la “economía de libre mercado”, que
apoyándose unos a otros han conseguido marginar casi todo pensamiento
crítico en el área de los estudios económicos, con la notable
consecuencia de que pocos economistas de menos de cuarenta años disponen
de instrumentos analíticos para afrontar en serio la crisis económica
actual, quedándose en su superficie financiera.
La
universidad
conservó un rasgo capital de la administración burocrática: para el
mantenimiento general del statu quo no se despide a nadie. Profesores o
administrativos incompetentes o absentistas permanecen en sus plazas
pese a que su comportamiento es conocido. La vigilancia sobre el
cumplimiento de los deberes docentes y administrativos es nula a pesar
de la simulación de control en forma de encuestas a los estudiantes,
etc. Una parte muy importante de los profesores y administrativos de la
universidad trabaja concienzuda y honestamente, e incluso más horas que
las estipuladas normativamente. Pero otra parte de ellos no. La
relajación laboral que se da en la universidad jamás sería aceptada en
una empresa.
1.2.2. Los “consejos sociales”
Por
último,
pero no menos grave, las actividades de lo que se había llamado
“extensión universitaria”, esto es, la proyección de la universidad
sobre la sociedad en general, fueron modificadas radicalmente: fueron
creados Consejos Sociales de las universidades, en los que hay
representación académica, política, empresarial y sindical, que
supervisan los proyectos académicos. Los poderes autonómicos locales
pesan fuertemente sobre estos Consejos. Pero los Consejos Sociales no
han tenido nunca la función de patrocinio o patronazgo que tienen en
algunos sistemas de otros países: no aportan nada a la universidad: ni
becas, ni recursos financieros, ni propuestas racionales de futuro.
Eso
sí: los Consejos Sociales imponen dos exigencias a las universidades:
que afluyan a las empresas innovaciones para la actividad productiva
(pero en un tejido productivo de pequeñas y medianas empresas, o con la
hipertrofia del ladrillo y del turismo, eso es imposible, con lo que la
universidad a lo sumo puede aportar patentes médicas y farmacéuticas y
acaso ciertas ingenierías; que las empresas financien aquí a las
universidades no pasa de ser un sueño); pero también y sobre todo
imponen a las universidades que traten de autofinanciarse, esto es, que
conviertan en servicios todas las actividades universitarias para que
puedan ser vendidas como créditos.
Además
los Consejos Sociales exigen contención del gasto, reducción de los
servicios que prestan los centros de enseñanza superior y que se limiten
los derechos de sus trabajadores. Los Consejos Sociales son los
inductores de las políticas “de empresa” en las universidades.
1.3. Los estudiantes
Los
estudiantes
que se inscribieron en masa en este nuevo modelo de universidad fueron
poniendo en evidencia progresivamente el deterioro de las enseñanzas
medias. Acudían a los centros universitarios con preparación previa cada
vez más baja.
Ello
sólo en parte fue debido a que los nuevos grupos sociales que accedían a
la universidad carecían de la dotación cultural familiar de las clases
altas y medias-altas. También se debe a que los defectos de “igualación
por abajo” se dan en la enseñanza media. Sin embargo sus causas últimas
son sobre todo las tremendas desigualdades sociales, las grandes
diferencias de nivel en la estratificación social.
Por
otra
parte los estudiantes se despolitizaron rápidamente. Prácticamente las
únicas experiencias de verdadera politización universitaria tuvieron que
ver con hechos externos a la enseñanza: el ingreso de España en la Otan,
la campaña del 0’7 % de ayuda a los países pobres, la primera guerra del
Golfo y la guerra de Iraq. En cambio, los estudiantes dejaron de asumir
masivamente la función crítica del funcionamiento de la actividad
universitaria que les había caracterizado en la etapa anterior.
Soportaban individualmente cambios desacertados en los planes de
estudios y a profesores insuficientemente preparados. Su objetivo
personal pasó a ser predominantemente, más que aprender, aprobar.
1.4. Estudios y titulaciones
El
profesorado,
al igual que los estudiantes, desatendió la función crítica del
funcionamiento de las universidades.
La
universidad
así conformada fue incapaz de hacer frente al reto de su renovación.
Uno
de
los aspectos más destacables de esta renovación tendría que estar
determinado por los Planes de Estudios y por el Sistema de Titulaciones.
Los
Planes
de Estudio de los diferentes grados universitarios son establecidos por
especialistas, esto es, por los propios profesores universitarios en sus
organismos de representación o de consulta. Pero la racionalidad de los
Planes de Estudio no se puede conseguir porque toda discusión sobre
planes de estudio de una licenciatura queda planteada como una batalla
entre Departamentos por mantener y ampliar sus “espacios de poder”.
Dicho
de otro modo: lo que importa al profesorado en esas discusiones no es la
racionalidad de un aprendizaje actualizado y graduado, sino el número de
materias que cada unidad docente se puede atribuir, ya que ello
condiciona el número de docentes de la unidad, las posibilidades de
promoción profesional de éstos y la capacidad de influencia de la propia
unidad. Por eso los planes de estudios que resultan de cada ocasión de
adaptación suelen ampliar las materias de las cordadas burocráticas
fuertes y reducir o eliminar las de las débiles.
Por
este camino las unidades docentes menos pretenciosas, que suelen ser las
de Humanidades o saberes sociales básicos, van siendo excluidas de los
planes de estudio o ven reducido su papel en ellos. Con el beneplácito
de los consejos sociales, pues estos saberes no aportan directamente
nada a las empresas. No importa así que los aspectos metodológicos e
históricos de todas las licenciaturas universitarias queden disminuidos
u ostracitados de las universidades españolas. Ello ocurre sobre todo
cuando las instituciones políticas no sirven para señalar una
orientación correcta y concreta a las universidades, y en cambio la
orientación política la determinan el empresariado —siempre con
manifiestos intereses a corto plazo—, los colegios profesionales y sobre
todo el gremialismo corporativo de la propia institución universitaria.
En
cuanto
a las titulaciones, los problemas que se han planteado, hablando siempre
en términos históricos, pre-boloñeses, son dos: qué titulaciones tiene
cada universidad, pues algunas titulaciones carecen de demanda para que
las programen todas las universidades; y qué grados inferiores —las
diplomaturas— se establecen. Para una eficaz resolución del primer
problema las inercias burocráticas son siempre un obstáculo. Y todas las
universidades quieren crecer en titulaciones.
En
cuanto
a las diplomaturas, se trata de titulaciones que reproducen en la
enseñanza superior los problemas que ya se dan en la enseñanza media. En
ésta parece que cada actividad profesional ha de ser realizada con un
título para ella. Ahora aparecen diplomaturas de toda especie. En la
enseñanza universitaria las diplomaturas acotarán actividades
profesionales para las que en la mayoría de los casos no se precisa, en
la práctica, enseñanza superior ninguna, y existen sobre todo para que
el profesorado pueda justificar horas de actividad y las universidades
puedan vender más titulaciones. Por el otro lado, el de la demanda, es
manifiesto que muchos estudiantes prefieren titulaciones “breves”, o
“rápidas”, que les habiliten para empezar a trabajar.
En
suma: no se forma a la gente, sino que se la “capacita”; no se educa,
sino que “se invierte en recursos humanos”. Las personas ocupan para el
pensamiento neoliberal el lugar que cualquier otro medio de producción.
Ése es el trasfondo de la política universitaria de hoy y se pretende
que lo sea aún más mañana.
1.5. La administración de las universidades
La
administración
universitaria es hoy, fundamentalmente, el refugio de profesores
cansados de enseñar o de investigar, si alguna vez lo hicieron. Y
también una cuerda por la que pueden trepar los arribistas.
En
el
pasado lejano, republicano, las autoridades universitarias tuvieron la
consideración de dignidades académicas. Hoy son contados los profesores
e investigadores competentes que aceptan asumir esa desaparecida
dignidad: sólo ha quedado la autoridad. Una relación eficiente entre
rectorado, facultades, departamentos, unidades docentes y estudiantes ha
sido sustituida por rutinas burocráticas que deforman la realidad de las
prácticas de enseñanza que se dan en las universidades cuando no las
obstaculizan.
Porque
la administración universitaria ha pasado paulatinamente a manos de los
profesionales que en su día fueron “idoneizados” o convertidos en
funcionarios por tríos de patronos simpatizantes en las oposiciones o
concursos. A ellos se les añaden gerentes profesionales que durante
algún tiempo quedan al margen de los sueldos ofrecidos por las empresas,
más suculentos que los públicos, al igual que “expertos” informáticos
que se hallan en la misma situación. El resultado del calamitoso estado
de la alta dirección de las universidades es la acumulación de tareas
tanto en los centros efectivamente administrativos, que tienen más
trabajo que nunca a pesar de la informatización, y en el propio
profesorado, que ha de dedicar una parte importante de su tiempo a
tareas burocráticas de las que estaba descargado incluso en la
burocrática universidad del régimen político anterior.
1.5.1. La meritocracia de papel
Ha
aparecido en las universidades una falsa “meritocracia de papel”,
constituida por ciertos profesores dedicados a obtener certificación
documental hasta de la más nimia de sus actividades, a aprovechar cada
posibilidad de financiación de intercambio internacional publicitada en
los Diarios Oficiales —con independencia de su oportunidad o
relevancia—, a practicar sistemáticamente el toma y daca con otros como
ellos, a rellenar minuciosamente todos y cada uno de los impresos
burocráticos con los que algún día se evaluará formalmente la actividad
investigadora, a figurar regularmente en los medios de masas y a adular
a las autoridades académicas y políticas. En realidad no hacen nada
fecundo o relevante, pero lo aparentan, en detrimento del profesorado
responsable.
1.6. Las evaluaciones del profesorado
Hay
que aludir especialmente a los sistemas adoptados en tiempos recientes
para que el profesorado obtenga el reconocimiento de su actividad
investigadora. Hay todo un sistema de evaluaciones y acreditaciones que
premian al más pillo y perjudican al investigador honesto. Se valora
“publicar”, aunque no se examina qué sino dónde. Ciertas revistas
establecidas por el cacicado académico están muy valoradas; otras,
alternativas, ni cuentan. Se evalúa el número de veces que un nombre
aparece citado en el conjunto de publicaciones del mundo mundial, lo que
fomenta las trampas (circulan por internet numerosos relatos al
respecto; yo me limitaré a contar lo que le ocurrió a un profesor amigo.
Conoce en el bar de su facultad a una chica que resulta ser una
profesora. Tras unas frases amistosas, la chica le dice: “Oye, podríamos
citarnos”. Él se sorprende, nunca ha conseguido un ligue tan rápido,
pero ella le aclara: “Sí, hombre: tú me citas a mí y yo te cito a ti, y
así los dos acumulamos méritos”). La moral universitaria se viene abajo.
Ahora
para todo se precisa y se precisará una evaluación, que es el nombre, en
la neolengua neoliberal, de la selección. Los evaluadores son los
programadores y los seleccionadores de personal reales, efectivos a la
larga. La policía del pensamiento. Verdaderamente, la mano invisible del
mercado planeando sobre la docencia y la investigación. Y una nueva losa
burocrática cargada sobre la universidad.
A
unas
universidades abrumadas por todos estos problemas y otros que no cuento
se les impone ahora cargar con el “proceso de Bolonia”, de “armonizar”
la enseñanza superior europea en las condiciones señaladas por la
ideología neoliberal y las políticas económicas neoliberales.
NOTA: Publicamos aquí la primera parte de este trabajo, que aparece
impreso completo en el número de enero de la revista El Viejo Topo. La
segunda parte será publicada en el próximo número de mientrastanto.e.
La
misión de la universidad (según la UE)
J-A.Estévez
La
primera pregunta que se suscita a propósito de la transformación que
están experimentando las universidades europeas es ¿cuál es el objetivo
que se persigue con la homogeneización de las titulaciones y de la
contabilidad de los créditos? ¿Por qué se está llevando a cabo una
operación tan compleja y costosa como reformar todo el sistema
universitario europeo para adaptarlo al modelo anglosajón (algo así como
si países que llevan más de un siglo rigiéndose por el sistema métrico
decimal, ahora fueran obligados a contar en pies y millas)?
La
respuesta que dan los documentos oficiales del proceso de Bolonia y las
autoridades académicas a esta pregunta es que la finalidad del proceso
es favorecer la movilidad de los estudiantes. De lo que se trata es que
un graduado español pueda hacer un master en Alemania o ejercer como
médico en Hungría (o Ucrania) sin problemas de convalidación.
Sin
embargo, esa respuesta resulta difícil de creer. No es verosímil que
ese
sea el objetivo de un plan tan ambicioso.
Por
varias razones:
En
primer lugar, ese objetivo se puede conseguir por medio de mecanismos
mucho más sencillos, como, por ejemplo, un sistema de convalidaciones
automáticas para realizar los masters. De hecho, el programa erasmus ha
funcionado sin necesidad de esa homogeneización.
En
segundo
lugar, no existe una demanda social que justifique esa complejísima y
costosísima reforma. No se ven miles de universitarios españoles
desesperados porque no pueden ir a hacer sus masters a Alemania.
Y
en
tercer lugar, y sobre todo, hay que recordar que todo proceso de
homogeneización o armonización a nivel europeo ha llevado siempre
consigo una “sorpresa”. Como los huevos de pascua: las armonizaciones
han sido siempre una especie de caballo de Troya para introducir a
escondidas otras cosas.
Así,
por ejemplo, la creación de una moneda única, el euro, llevaba escondida
la sorpresa de la constitucionalización a nivel europeo de la política
económica neoliberal, es decir, un banco central europeo irresponsable,
limitaciones del déficit y del nivel de endeudamiento de los estados
miembros, restricción del gasto público…
En
virtud
de esos antecedentes, la pregunta correcta que hay que plantear es ¿Cuál
es la sorpresa que esconde el proceso de Bolonia? ¿Qué es lo que nos
quieren “colar” con la creación del rimbombante Espacio Europeo de
Educación Superior?
Mi
hipótesis
personal es que el proceso de Bolonia pretende crear unas condiciones de
homogeneidad para que todas las universidades europeas puedan competir
entre sí y para que puedan ser evaluados sus resultados docentes e
investigadores con criterios comunes y cuantificados. El resultado de
esa competencia arrojará un ranking. Las 12 o 15 universidades que
consigan estar en la cúspide acapararán la mayor parte de los recursos
materiales y humanos: “ficharán” a los mejores profesores, seleccionarán
a los mejores estudiantes, tendrán financiación pública y privada para
sus investigaciones, sus títulos serán los que más valdrán en el mercado
laboral.
En
cuanto
a las universidades “perdedoras”, las que queden más abajo en el ranking
ofrecerán unos títulos que no tendrán valor alguno en el mercado.
Tendrán que cerrar y dedicarse a otra cosa. Y entre ambos extremos habrá
un montón de universidades medianas peleando encarnizadamente entre sí
por los recursos que no vayan a parar a las de elite. Ante esa
perspectiva, los dirigentes de la Universidad de Barcelona han actuado
hasta ahora con el presuntuoso convencimiento de que la UB va a ser de
las que ganen. Como si fuera la selección española en la Eurocopa.
Frente
al diseño de un ranking con un puñado de universidades de elite, resulta
mucho más democrático e igualitario un sistema de universidades públicas
con un perfil relativamente homogéneo. Eso facilita un acceso más
equitativo a la educación superior, que es uno de los activos más
importantes que tiene la Universidad española actual: ser una de las más
accesibles de Europa.
Pero,
llegados
a este punto, surge una segunda pregunta: ¿Cuál es la misión de la
Universidad en el diseño de la UE? ¿Qué es lo que la UE considera que
las universidades deben aportar a la “sociedad”?
La
respuesta
a esta pregunta debe buscarse en la llamada “Estrategia de Lisboa”,
acordada el 2 y 24 de marzo de 2000 en esa ciudad por el Consejo
Europeo. En ese documento se estableció el objetivo de que la UE se
convirtiera en “la zona económica más competitiva del mundo”. En el
contexto de ese plan estratégico, la misión de la Universidad sería
contribuir a incrementar la competitividad de las empresas europeas.
¿Cómo
se va a conseguir que se cumpla esa misión en relación con la
investigación? Es decir, ¿qué mecanismos se van a poner en práctica de
cara a que la universidad se “ponga las pilas” para producir y
transferir conocimiento rentable a las empresas?
El
primero
será la selección de las líneas de investigación que financiarán con
carácter prioritario los entes públicos: los programas de subvenciones
de la UE, de los Estados y de las comunidades darán prioridad (ya la
están dando) a los proyectos de investigación que prevean
“transferencias de conocimiento” a las empresas.
El
segundo
será el control que las propias empresas ejercerán sobre la Universidad.
Por un lado, las firmas privadas financiarán investigaciones que les
resulte muy caro llevar a cabo ellas mismas: si las hace un equipo de la
universidad, correrá a cargo de ésta la formación de los investigadores,
y la dotación de infraestructuras. Por otro lado, las empresas
controlarán la gestión de las universidades. En España, este control se
ejerce a través del Consejo Social. Así, el art. único, once de la LEY
ORGÁNICA 4/2007, de 12 de abril, por la que se modifica la Ley Orgánica
6/2001, de 21 de diciembre, de Universidades, señala que “Corresponde al
Consejo Social la supervisión de las actividades de carácter económico
de la universidad y del rendimiento de sus servicios”. En el caso de la
UB, ese Consejo Social que debería ser “el órgano de participación de la
sociedad en la universidad” está integrado por 6 miembros que provienen
de la empresa frente a un representante de los trabajadores. Hasta quien
actúa en nombre de los antiguos alumnos es un destacado empresario.
El
tercer
mecanismo será la modificación del ethos del investigador universitario,
es decir, de la motivación que los profesores universitarios tienen para
investigar. Como señala la estrategia de Lisboa, “hay que desarrollar en
Europa una verdadera cultura de dinámica empresarial”. Y esa cultura hay
que promoverla también en la universidad. Por tanto, hay que incentivar
a los investigadores a que se lucren de sus descubrimientos e inventos.
Hay que estimularles a que patenten, a que creen empresas con sus
equipos de investigación (las llamadas “spin-offs”). Así, seguro que se
dedican a cosas útiles y no a investigaciones abstractas o al saber por
el saber. Que los fondos que financian esos lucrativos resultados sean
públicos es una cuestión que no parece ser preciso tomar en cuenta.
Pero
la universidad tiene que contribuir también a la competitividad de las
empresas europeas por medio de la docencia. Como señala la estrategia de
Lisboa: “Para que las personas que llegan al mercado laboral puedan
actuar en la economía del conocimiento, es necesario que su nivel de
formación sea suficientemente elevado”.
Para
conseguir este objetivo, se ha optado por programar la educación de
acuerdo con el sistema de competencias. El término “competencia” se
refiere a la capacidad para resolver problemas no de laboratorio, sino
prácticos, en un contexto real. El concepto lo inventó Chomsky en los
años sesenta para referirse al dominio de una lengua (competencia
lingüística). Pues no es lo mismo conocer la gramática inglesa y hacer
bien los ejercicios en el cuaderno, que hablar inglés en Londres (tener
competencia lingüística). Posteriormente, el término pasó por el terreno
de la gestión empresarial, convirtiéndose en un componente de la teoría
del “capital humano”. Y finalmente llegó a la pedagogía. En Europa se
implantó por primera vez para diseñar la formación de los mecánicos de
coches, haciéndoles trabajar desde el principio con motores de verdad.
No
está
clara la viabilidad práctica de la pedagogía de las competencias en la
universidad, pues no tiene mucho sentido que los centros de enseñanza
redupliquen las condiciones de la vida real. Pero lo que sí está clara
es su filosofía de fondo: entre los paradigmas educativos que dan valor
al saber por el saber mismo y los que consideran que el saber sólo tiene
valor por su utilidad práctica, la pedagogía de las competencias se
encuentra entre estos últimos. Lo único que importa es que los
estudiantes obtengan los recursos que puedan movilizar para resolver
problemas prácticos. Ese objetivo convertirá la docencia universitaria
en una mera formación profesional adaptada a las exigencias del
“mercado”.
Los
estudiantes
que protestan contra “Bolonia” intuyen todas estas cosas. Por eso se
movilizan. Y demuestran con ello tener una visión clara de lo que se
quiere hacer con la Universidad. Más clara, en cualquier caso, que la de
las autoridades académicas que se limitan a implementar ciegamente las
reformas.
Cuaderno
de crisis 2
Albert
Recio
Madoff:
¿un crimen particular?
“No
son los camorristas los que persiguen los negocios, son los negocios los
que persiguen a los camorristas. La lógica del empresariado criminal, el
pensamiento de los boss coincide con el neoliberalismo más radical. Las
reglas dictadas, las leyes impuestas, son las de los negocios, el
beneficio, la victoria sobre cualquier competidor. El resto es igual a
cero. El resto no existe. Estar en situación de decidir sobre la vida o
la muerte de todo, de promocionar un producto, de monopolizar un
segmento de mercado, de invertir en sectores de vanguardia es un poder
que se paga con la cárcel o con la vida. Tener poder durante diez años,
durante un año, durante una hora. La duración da igual: vivir, mandar de
verdad es lo que cuenta”. (Roberto Saviano “Gomorra”)
Leer
el agudo análisis de Saviano sobre la Camorra napolitana es una fuente
de conocimientos y analogías para entender una parte de lo que ocurre en
el mundo del capitalismo legal. Me ha generado la misma sensación que
tuve hace un par de años cuando pasé una tarde de cine contemplando
Saló de Pasolini. Mientras que en este duro film uno puede encontrar
una premonición del universo concentracionario de Guantánamo, en Saviano
uno reconoce comportamientos sociales que van más allá del mero “crimen
organizado” del Mezzogiorno italiano. Y es que en la última fase
del período neoliberal la frontera entre el negocio legal y el ilegal ha
sido cada vez más tenue. La misma difuminación de fronteras que el plano
de los derechos políticos ha ocurrido al socaire de la llamada “guerra
contra el terrorismo mundial”.
La
relevancia del caso Madoff no es tanto su novedad, sino el momento en
que ha ocurrido. Cuando estaban ya en marcha los planes de ayudas
masivas al sistema financiero mundial. Cuando muchos analistas se
atrevían a augurar que lo peor de la crisis ya había pasado y en unos
pocos meses o trimestres saldríamos del túnel (un buen ejercicio para
tiempos presentes: anotar las previsiones que están haciendo los
expertos y esperar a ver si se cumplen sus augurios). Cuando la gente se
estaba olvidando de la masiva ayuda pública que han recibido unos
líderes financieros a los que nadie ha exigido ni responsabilidades
penales ni siquiera sustanciales contrapartidas económicas.
El
caso
Madoff no es particularmente excepcional. Es una variante más de los
escándalos financieros que han sido habituales en los últimos años,
empezando por la quiebra fraudulenta de las Enron, World Comm y otros
escándalos de las grandes empresas de principios de la presente década.
O del affaire de las empresas filatélicas Afinsa y Forum Filatélico. (La
memoria es corta, en nuestro país este tipo de políticas lo inauguraron
hace más de veinte años tipos como Javier de la Rosa o Mario Conde). En
ellos se mezclan elementos parecidos: una regulación pública laxa o
inexistente, una promesa de elevada rentabilidad y, sobre todo, una
imagen pública de éxito que atraía a incautos inversores. Una vez más se
pone en evidencia la importancia de la imagen para el funcionamiento del
capitalismo moderno.
El
poder de los grandes grupos capitalistas se basa, en buena parte, en su
imagen de mercado, la fuerza de sus marcas, su prestigio. Una fuerza que
descansa en la incapacidad que tenemos la mayoría de los mortales de
evaluar correctamente la calidad técnica de los productos, en conocer el
valor real de lo que estamos comprando. Es la marca lo que nos garantiza
la calidad del producto, lo único que estamos en condiciones de conocer.
Algo que también explota la competencia “ilegal” de las marcas de
imitación. Cuanto más complejo es el producto, más importancia tiene el
aval de la marca, más dificultad del juicio elemental que haría posible
la pretendida “soberanía del consumidor” sobre la que se ha construido
parte de la hegemonía neoliberal. Una marca que se construye con una
generosa inversión en relaciones públicas, en imagen.
Esto
que vale para los bienes de producción es particularmente importante en
la esfera financiera. Si hay un producto complejo, que escapa al juicio
de la mayoría de personas, éste es el de las inversiones financieras.
Especialmente después de la liberalización del sector y la proliferación
de los mercados de derivados de todo tipo. Desde siempre los mercados
financieros han sido espacios para supuestos “expertos”. La figura del
asesor de inversiones ha sido habitual entre la gente rica, también ella
incapaz de conocer con exactitud las condiciones más adecuadas de
inversión financiera. Si algo han puesto en evidencia las sucesivas
crisis financieras de las últimas décadas ha sido la incapacidad de un
conocimiento efectivo de la situación financiera de las empresas en un
mundo con regulaciones laxas, espacios para contabilidades creativas, de
redes empresariales diseñadas para escaquear el riesgo y el valor real
de los activos, de sistemas de incentivos que favorecían el crecimiento
a corto plazo. Y donde los medios de comunicación han colaborado a crear
“auras de excelencia” alrededor de determinados personajes. No hay nada
que atraiga tanto como los triunfadores, los héroes que, al menos
aparentemente, saben “leer” las complejidades de una lógica financiera
de la que escapan el resto de mortales. El escándalo Madoff ha mostrado
algo que ya hizo evidente el crash del Long Term Credit Bank hace
diez años: que los ricos son a menudo tan incautos como los pobres.
Simplemente necesitan que el timador utilice un comportamiento elitista
con el que envolver su estafa.
Madoff
es más que una anécdota. Si se limitara a constituir un timo a
inversionistas ricos quizás resultaría hasta una broma. Pero no tenemos
certeza que los verdaderos afectados no acaben siendo los fondos de
pensiones de miles de asalariados que resultarán empobrecidos por los
juegos malabares del financiero corrupto. No es ni la primera ni la
última vez que los avatares financieros acaban por empobrecer a
pensionistas con pocos recursos. Por ello la regulación del sistema
financiero no es una mera cuestión técnica que incumbe a unos pocos
especialistas. Es un campo crucial en el que se juegan las condiciones
de vida de la mayoría.
Hay
tres
demandas sociales que este nuevo caso nos deberían impulsar. La primera
es el cuestionamiento de la bondad de los sistemas de pensiones basados
en el juego financiero. Sus defensores parten de modelos en los que se
supone que existe una tasa de beneficio garantizada. Pero la experiencia
de los avatares financieros muestra que en realidad nos ofrecen jugarnos
las pensiones al póquer, dejando que tahúres sin escrúpulos jueguen por
nosotros. Ningún sistema de pensiones está exento de problemas, pero
estos son mucho más incontrolables en la operativa de los volátiles
mercados financieros. La segunda es la urgente regulación de los
mercados financieros, eliminando los mecanismos que han generado la
opacidad y pérdida de control que han favorecido los tejemanejes de
individuos como el financiero “cazado”. Y la tercera es sin duda una
nueva reforma del tratamiento legal de este tipo de delitos, orientado a
prevenir su aparición y a restituir a la sociedad de los males que
generan. Son exigencias básicas a realizar a cualquier político que se
declare de izquierdas o, simplemente honrado.
¡Que
vienen los rusos!
No
es el remake de un viejo film que se estrena estas navidades. Es
el grito de guerra lanzado por el Partido Popular (y subliminalmente por
casi todos los medios de opinión) ante la posible entrada de Lukoil en
el capital de la petrolífera Repsol YPF. Es sin duda una ironía del
destino que la historia de una privatización acabe con los temidos
capitalistas de oriente controlando la primera empresa
industrial-extractora del país. La historia de ambas empresas es en gran
parte paralela. Ambas eran públicas y ambas fueron privatizadas al calor
de las políticas neoliberales (de hecho Repsol YPF fue el producto de
una doble privatización, la española y la argentina). En ambas el
proceso de privatización significó un regalo a intereses privados, en
manos cercanas al poder político. Si al final Lukoil toma el control de
Repsol simplemente se habrá llegado a la consecuencia final del proceso
de privatización.
Pero
esta venta constituye también una nueva etapa en un proceso más amplio
de extorsión de lo público y una nueva expresión de la crisis
financiera. Lukoil tiene posibilidades de comprar porque Sacyr
Vallehermoso tiene necesidad de vender. Una necesidad que es el
resultado de una de las empresas que mejor explica el ciclo neoliberal
del capitalismo español. Sacyr es una de las seis grandes constructoras
del país (las otras son ACS, Acciona, FCC, Ferrovial y OHL). Es la de
formación más reciente. Nació en 1986, creada por un grupo de directivos
escindidos de Ferrovial. Es por tanto la única que no tiene raíces
directas en el periodo franquista aunque siempre se ha considerado que
su expansión estuvo relacionada con los buenos contactos que sus
directivos mantenían con los gobiernos de Felipe González. Al fin y al
cabo el negocio fundamental de las seis grandes es la obra pública y
este ha constituido siempre un mercado particular. También como el resto
de sus rivales su crecimiento trató de apoyarse en otras patas,
fundamentalmente las concesiones de infraestructuras y la gestión de
servicios públicos (agua, limpieza, residuos…). En 2003 dio un salto
de tamaño al fusionarse con la inmobiliaria Vallehermoso, la antigua
inmobiliaria del grupo Hispano Americano. Y en 2006 culminó su expansión
con la toma de una participación sustancial en Repsol YPF. Tanto su
modelo de diversificación como su expansión son paralelas a la del resto
de las seis grandes (y a la de algunas que tratan de emularlas como
Isolux, Corsan o Comsa). Se trata tanto de ampliar el peso e influencia
económica y social de la empresa, como la de controlar actividades más
estables que la obra pública, siempre sujeta a ciclos económicos y
políticos y con potencial de crecimiento. La gestión de residuos (a la
que llaman pomposamente “Medio ambiente”) y la energía cumplen ambas
características. Todas sus actividades se caracterizan además por su
estrecha relación con la esfera política, su dependencia del gasto
público y las opciones de gran política.
Pero
se ha tratado de un crecimiento basado en un endeudamiento. En el
apalancamiento financiero, o sea, compra de empresas en base al crédito
que se espera devolver con el flujo de ingresos obtenido por las mismas
empresas compradas. La misma euforia e irracionalidad que condujo a la
banca a conceder cuantiosos créditos hipotecarios a personas con bajos
ingresos la aprovecharon las empresas “constructoras” para ampliar su
imperio empresarial. Operaciones como la compra de BAA (la gestora de
los aeropuertos británicos) por parte de Ferrovial, de Endesa por
Acciona, de Unión Fenosa por ACS (y su aspiración a controlar Iberdrola)
tienen en esta política crediticia parte importante de su origen. Al
final, cuando los intereses han subido (al menos desde el momento en que
se tomaron los créditos) y la rentabilidad ha sido menor de la esperada,
el endeudamiento es insoportable y no queda otra posibilidad que la
venta. Quizás Sacyr ha tenido más problemas porque era la empresa más
pequeña, la que realizó operaciones más audaces para situarse al nivel
de las compañías históricas, la que tenía un peso mayor de actividad
inmobiliaria. Pero también sus rivales atraviesan dificultades parecidas
y el anuncio de venta de filiales se generaliza. Un reflejo de la
historia reciente del país, del “milagro económico” de un país que pone
en venta sus activos más preciados.
Si al
final llegan los rusos no podremos achacarlo a una conspiración
soviética. Será el resultado de una sucesión de políticas y prácticas
irresponsables de nuestros mandamases locales, públicos y privados. El
resultado final de las privatizaciones y la expansión crediticia. Y
aunque ello ocurra tampoco es evidente que signifique un grave problema
para la “independencia energética”. Al fin y al cabo Repsol depende de
la compra de petróleo en medio mundo, La verdadera autonomía sólo se
conseguiría con un cambio sustancial de política energética, y por ende
de modelo económico. De desarrollo de las energías renovables, del
ahorro energético y de la racionalidad ecológica de nuestro modelo de
producción y consumo.
La
marca de los Derechos Humanos
Antonio
Madrid
Se
ha celebrado estos días el 60 aniversario de la Declaración Universal de
los Derechos Humanos. Los actos de conmemoración provocan una reacción
contradictoria. Entre los sentimientos que hacen aflorar los festejos
está el de la vergüenza.
Por
una parte, la Declaración contiene una aspiración irrenunciable, por
otra parte, la realidad cotidiana muestra dramáticamente la distancia
existente entre esta Declaración y las condiciones de vida de cientos de
millones de personas: hambre, guerra, violaciones, abusos, destrucción
del medio ambiente, discriminación, servidumbres, torturas, desamparo,
arbitrariedades, persecuciones, pérdida de garantías jurídicas y
exclusión. Como decía una mujer magrebí, nos morimos con los derechos
puestos, no nos sirven. La gente es torturada, abandonada a su suerte,
excluida… pese a la aspiración y aceptación formal por parte de los
Estados de la Declaración de los Derechos Humanos. Los Derechos Humanos
son una gran aspiración, pero también son al mismo tiempo el recuerdo de
una enorme frustración, de una tremenda injusticia.
Si
esto fuera todo, se podría decir que con los Derechos Humanos pasa lo
mismo que con las grandes ideas como la igualdad o la libertad, nunca se
alcanzan suficientemente, son ideas complejas que marcan el rumbo pero
que se hallan insuficientemente realizadas. Sin embargo hay algo más: la
utilización publicitaria, mentirosa y autocomplaciente del discurso de
los Derechos Humanos. Los Derechos Humanos convertidos en marca.
La
mejor tradición de los Derechos Humanos, protagonizada por los hombres y
las mujeres, así como sus organizaciones, que luchan en serio por
hacerlos efectivos, concurre con otra tradición: la de quienes rebajan
continuamente las aspiraciones contenidas en la Declaración Universal
allanando el camino a la vulneración sistemática de los Derechos
Humanos. Los primeros dignifican la aspiración contenida en la
Declaración Universal, los segundos la manosean.
El
discurso de los Derechos Humanos ha perdido fuerza en la medida en que
crece su utilización hipócrita por parte de aquellos que crean y
sostienen las condiciones necesarias para que se vulneren
continuadamente los Derechos Humanos. Frente a este uso hay que reclamar
la capacidad crítica y propositiva de la Declaración, en el bien
entendido de que ésta no ha de cumplir una función complaciente sino
transformadora.
El
incremento de la xenofobia entre los jóvenes y no tan jóvenes visto como
un reflejo de una sociedad crecientemente excluyente plantea un
interrogante a la pedagogía de los Derechos Humanos. Frente a la
creencia tan extendida y tan poco exigente consistente en creer que la
prédica de los valores equivale a su asunción, hay que recordar que los
valores, como las ideas centrales, se asumen en la medida en que son
dichas-practicadas por una sociedad, de otra forma se convierten en
discursos no practicados. No por decir que hay que ser solidarios las
personas serán solidarias, no por aderezar todos los platos con pizcas
de Derechos Humanos se conseguirá que éstos sean respetados. Es
necesario, pero no es suficiente. Los discursos ―y las celebraciones― no
se ajustan a los hechos.
La
celebración
de este 60 aniversario coincide en el tiempo con la publicación de la
Directiva de la vergüenza. El pasado 24 de diciembre se publicó en el
Diario oficial de la Unión Europea la Directiva 2008/115/CE del
Parlamento Europeo y del Consejo relativa a normas y procedimientos
comunes en los Estados miembros para el retorno de los nacionales de
terceros países en situación irregular. Entre otras cosas establece que
una persona en situación irregular podrá ser internada ―en un centro de
internamiento o en la cárcel― durante 6 meses ampliables a 12 meses (arts.
15.5 y 15.6).
Esta
Directiva
ha sido llamada con razón la Directiva de la vergüenza. Supone un paso
más en la criminalización del inmigrante. Nos aleja aún más de los
mejores ideales contenidos en la Declaración Universal de los Derechos
Humanos. Habrá quien sin faltarle razón verá en todo esto una muestra
más de la hipocresía de las sociedades occidentales.
La biblioteca de
Babel
Daniele Ganser
Gli eserciti
segreti della NATO. Operazione Gladio e terrorismo in Europa occidentale
Fazi Editore, Roma, 2ª ed. 2008, 454 págs (es trad. al italiano de
Operation Gladio.
NATO’s Secret Stay-Behind Armies and Terrorism in Western Europe,
Frank Cass, London, 2005).
El
24
de diciembre de 1990, en las postrimerías de la guerra fría, el
Parlamento Europeo aprobó una Resolución en la que denunciaba la
existencia de una red paramilitar clandestina dependiente de la OTAN. Se
afirmaba en ella que esa red no estaba sujeta a ningún control
democrático, que había interferido gravemente en los asuntos políticos
de varios Estados de la Europa occidental y que había pruebas claras de
su participación en acciones terroristas. La Resolución recomendaba a
los Estados de la UE la creación de comisiones parlamentarias para
investigar este oscuro asunto. Respondiendo a este llamamiento y a la
presión de la opinión pública, se llevaron a cabo sendas investigaciones
parlamentarias y/o periodísticas en varios países europeos que
completaron las informaciones obtenidas a partir de diversos procesos
judiciales (en especial los celebrados en Italia, donde estalló el
escándalo a raíz de unas declaraciones explosivas de Giulio Andreotti y
Francesco Cossiga en las que ambos reconocían la existencia de dicha
red). El historiador suizo Daniele Ganser, basándose en esa información,
ha escrito un libro imprescindible para conocer sin anteojeras
ideológicas la reciente historia de Europa. Si los europeos del este
padecieron al KGB, a la Stasi y a otras agencias de seguridad
similares, los europeos del oeste padecieron (y siguen padeciendo) a la
CIA, al MI-6, al CESID y a otros servicios secretos por el estilo, y
además a la red Gladio de la OTAN. Su función fue siempre la misma:
combatir al comunismo entendido como cualquier corriente ideológica que,
en nombre de la igualdad y la fraternidad, supusiese una amenaza para la
pervivencia del capitalismo. Eso incluía los planes para una eventual
guerra de guerrillas tras una hipotética invasión soviética y la
intervención en la vida política interna con el objetivo de impedir el
acceso democrático al poder de los partidos comunistas occidentales.
Para ello se recurrió a acciones de desinformación y manipulación de la
opinión pública como, significativamente, el false flag terrorism
o terrorismo de falsa bandera. El terrorismo de falsa bandera es una
estrategia de control de las poblaciones tan antigua como los Estados:
alguien (inducido o por propia iniciativa) comete un atentado y a
continuación los servicios estatales de información le colocan la
bandera ―es decir le atribuyen la autoría― que más les conviene para
alcanzar unos determinados fines políticos como, por ejemplo,
desacreditar a determinados partidos y organizaciones, ganar una
elecciones, generar sensación de caos para legitimar políticas de mano
dura o bien crear una corriente de opinión favorable a una intervención
militar imperialista que, por serlo, es difícil que sea aceptada por la
población gobernada. Los autores materiales pueden ser funcionarios a
sueldo, confidentes policiales de origen lumpen, ultraderechistas
teledirigidos (los preferidos por la OTAN, incluidos antiguos SS),
fanáticos islamistas o jóvenes de extrema izquierda borrachos de
verborrea sobre las virtudes purificadoras de la “violencia
revolucionaria”. Ganser ha reunido información contrastada sobre la
actuación de la red Gladio en Italia, Estados Unidos, Gran Bretaña,
Francia, España, Portugal, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Dinamarca,
Noruega, Alemania, Grecia, Turquía, Suecia, Finlandia, Suiza y Austria
(que el país formara parte o no de la OTAN era irrelevante para los
cerebros de la operación). En abril de 2009, la OTAN celebrará por todo
lo alto el 60 aniversario de su fundación. La traducción a cualquiera de
las lenguas peninsulares de este libro riguroso y documentado sería un
excelente regalo de cumpleaños.
[José Luis Gordillo]
Juan
Ramón Capella
Fruta
Prohibida
5ª ed.,
Trotta,
Madrid, 2008.
Fruta
Prohibida
es un libro que, siguiendo una línea histórico-teorética, arroja
nueva luz sobre las relaciones entre Derecho, Estado y Poder. Con
una
rigurosa visión del pasado, el autor trata de desnaturalizar elementos
que se suponían inherentes al ser humano, sobre todo en el campo
jurídico. Esto abre la puerta a una nueva manera de acercarnos al mundo
del Derecho, lo cual convierte el libro en una buena recomendación para
el jurista, si bien su lectura es apta para un público más amplio.La
presente edición, renovada y ampliada, profundiza en el origen del
derecho como punto de partida para el desarrollo del libro. Asimismo,
pudiendo ser utilizado como material para estudiantes, aporta una visión
más amplia del último tramo del siglo XX para aquellos que, por edad, no
han sido conscientes del cambio de época cuyas profundas
transformaciones nos muestra el autor como cruciales para entender el
mundo en el que vivimos.
[Joan Ramos Toledano]
Jordi Gracia
La vida
rescatada de Dionisio Ridruejo
Anagrama, Barcelona, 2008.
Jordi
Gracia tiene en su haber varios libros que tratan de reconstruir la vida
cultural española bajo el franquismo. La vida rescatada de Dionisio
Ridruejo revela un enorme trabajo de documentación y acopio de
información y una bien ponderada reflexión sobre la intelectualidad
vencedora desencantada relativamente temprano de las hazañas del bando
vencedor en la guerra civil.
[J.R.C.]
Devedeando, que es
gerundio
Sueño de
navidad
Theo Angelopoulos,
1970-1977
Los cazadores
(1977)
El viaje de los comediantes (1975)
Días del treinta y seis (1972)
La reconstrucción (1970)
Intermedio, Barcelona, 2008 (y prólogo del autor antes de cada
película)
He
tenido un sueño. (¿Qué pasa? ¿Es que una no puede tener sueños o qué?).
Sigamos. He tenido un sueño. Era un sueño de actualidad. Llegaba a mi
casa, procedente de una calle en que hacía un frío que te despellejaba
viva; vaya, que hacía un frío de ambiente de crisis. Al legar a casa, me
quitaba el abrigo, los zapatos, me arremolinaba bien arremolinada sobre
el sofá y ordenaba (oigan, no se crean que yo hago esto, ¡que mala
imagen!, pero, en fin, ¡así es el sueño!): “Kalashnikov, ¡el DVD!”.
Igualito, igualito que lo que dio por decir a Nikita Jruschov cuando se
enteró de la muerte de Stalin: “Khrustaliov, ¡el coche!” [Khrustaliov, a
todo esto, sólo era el chofer del bigotazos], que era como decir, para
entendernos, “Trae para aquí el auto, antes de que vengan otros y se lo
queden, pandilla de chorizos”. Bueno, pues yo igual. (Por lo demás,
Khrustaliov, masinu! (1988) es el título de una película del rotundo
Alexei Guerman, pero nada. No temáis: ¿quién va a editar a este maestro
del cine si resulta que es ruso? Vamos, como si pidiéramos que nos
editaran la integral de Larisa Shepitko, ¡vamos apañados, que además de
ser soviética tiene el descaro de ser mujer! Estas cosas sólo pasan
hablando de sueños, fijo. O séase que pasemos a otra cosa: sigamos
durmiendo.)
“Kalashnikov,
¡el DVD!”. Y el bueno de Kalashnikov ―que yo no entiendo qué hacía en mi
casa― encendió la tele y puso en marcha el reproductor de DVD. Y el
sueño se convirtió en películas. ¡Ah, pero no os creáis! En películas
que me sé de memoria; en películas que al instante decía para mí:
“¡Tate, ya sé cual es!”.
Era
un
lago azul, en un día tranquilo aunque bajo un cielo que amenazaba con
ponerse lluvioso, cuando empieza a sonar una música apagada con resabios
griegos y se ven muy lentamente unas barcas largas atiborradas de
banderas rojas, que pasan como si fuera un entierro o una anunciación.
¡Cómo iba a olvidarlo! Si es
Los cazadores
(1977), que la TVE2 cortó por la mitad por meterse con la monarquía...
¡griega! Pero el sueño proseguía a piñón fijo.
Era
una mañana de domingo, cuando las calles están tranquilas, cuando todos
están durmiendo aún. Hay un mitin anticomunista, y ocho personas ―cinco
hombres y tres mujeres― se alejan de la multitud que vitorea, y se van
por una calle, con paso cansino y encogidos por el frío. ¡Pero si a
estos los conozco! ¡Son las figuras de
El viaje de los
comediantes
(1975)!
¡Claro que sí! ¡Me diréis que no! Pero todo va a gran velocidad, no hay
tiempo para los interludios de tasca y chascarrillo.
Dos
hombres
suben a un montón de piedras, se dan la mano y se quedan esperando a que
la gente se apacigüe y dar comienzo a un mitin sindical; pero suenan
unos disparos, el que iba a dar el mitin cae mortalmente herido y los
obreros se piran más de prisa que corriendo, por si los cazadores
piensan seguir cobrándose piezas. También, también los conozco,
chavales. ¡Es la primera secuencia de
Días del treinta y seis
(1972), que ―parece increíble, la verdad— pero Angelopoulos la rodó
en Creta bajo un sol que ya no volvería a rodar, como si los turistas
fuesen a Grecia a disfrutar sólo de clima lluvioso! Pero, sin embargo,
el sueño continúa.
Aunque
ahora en blanco y negro, para variar. Hay una casona campesina, y está
la mujer en la puerta, esperando. Viene el amante, y se van para el
interior. Algo deben hacer dentro, porque la cámara sostiene el plano,
impasible el ademán. ¡Ah, claro! ¡El marido, tú! Pues sí, llega el
marido y se mete en el interior de la casa. Algo deben de hacer, porque
nos parece oír a la mujer gritar. Pero como la cámara sigue inmóvil
fuera, pues libre juego a la imaginación, pero de seguro nada. Después
aparecen los tres chiquillos de la casa, y corretean por ahí delante.
Luego sale el amante, que echa pies en polvorosa. Y al cabo de un rato
―tranquila, no hay prisa— sale la mujer, abraza a los críos y se vuelve
a meter en el interior de la casa, y al cabo de nada te plantan el fin.
Fin de la película y fin del sueño. O séase, fin de
La reconstrucción
(1970), con un final que es también el principio ―¡pues sí que
empieza bien, el Theo!— de esta reconstrucción criminal.
Y,
claro,
fin del sueño, porque no tiene nada de raro que sueñe con estas
películas porque, ¡al fin!, las ha sacado Intermedio en un paquete para
arreglarnos las fiestas. Increíble, pero cierto: las cuatros primeras
películas de Angelopoulos, presentadas por éste y con un librito de Pere
Alberó en que sitúa las películas dentro de la historia de Grecia (lo
que, a decir verdad, se agradece). Lo siento, majaderos: no tenéis
excusa. ¿Cómo vais a seguir suscritos a mientras tanto electrónico
si no vais corriendo a comprar el excelente y formidable paquete?
O sea,
que todo controlado, y a seguir durmiendo. Es la sección de DVD de una
gran superficie comercial. En novedades, se ven Jean-Luc Godard y el
grupo Dziga Vertov, Theo Angelopoulos, 1970-1977, etcétera. Se oye
un barullo creciente, aunque remoto. De golpe, por las escalerillas
mecánicas, apiñada y combativa, empieza a desplegarse la marea roja.
Unos traen banderas rojas, otros traen capuchas de papá noel, pero todos
van en busca de los cofres de Angelopoulos: los actuales, los antiguos,
los que haya. Cuando pasan, no queda ni un solo ejemplar de Angelopoulos,
ni de Resnais, ni de Guédiguian ni de Eisenstein, ni nada. Todo vendido:
habrá que esperar a otra edición. Entonces voy yo y pido ―¡inocente,
inocente!— el nuevo paquete de Angelopoulos, y me dice el sonriente
joven que no queda ni uno. Que está agotado.
¿Agotado?
Es un verbo que en boca de un dependiente me horroriza: por desgracia,
lo que yo busco nunca se agota. Y, naturaca, me despierto. ¿Todo ha sido
un sueño? Mujer, ¡no te pases!, el paquete de Angelopoulos está a la
venta, pero... poco más. Ni copan las estanterías, ni hay multitudes con
banderas dispuestas a comprarlos. Es decir, igual como siempre. ¿Y
vosotros, criaturas, mis parecidos y parecidas, mis hermanos y hermanas?
Pues como siempre: despistando, hasta el mes que viene. O peor aún:
riendo como si fuese la página de humor. Pero de meter el Angelopoulos
en la cesta de la compra, ni hablar, vamos. ¡Faltaría más! Es que hay
crisis, decís, con el carro lleno a rebosar con objetos de consumo
obligado (por quienes pagan los carteles de publicidad). Amiguitas y
amiguitos, si me lo permitís, tenéis guasa, con perdón. Y, esto, la
verdad, no me gusta nada. Pero nada de nada.
¿Sabéis
que os digo? ¡Mejor seguir soñando! Con las películas de Angelopoulos
que vinieron, las que han venido, las que vendrán.
Y
feliz
año nuevo, tú, que se me olvidaba.
La Puri (de la Oficina Soviética para el Cine)
Foro
de webs
Manifestaciones y concentraciones por Gaza
http://www.palestina.cat
http://www.aturemlaguerra.org
En
ambas
webs se encuentra toda la información sobre las actividades de protesta
desplegadas en Cataluña contra la intolerable
masacre que padece el pueblo palestino.
PÁGINAS-AMIGAS
Centre de Treball
i Documentació (CTD)
http://www.cetede.org
Nómadas. Revista Crítica de
Ciencias Sociales y Jurídicas
http://www.ucm.es/info/nomadas
El Viejo Topo
http://www.elviejotopo.com
La Insignia-
http://www.lainsignia.org
Sin permiso
http://www.sinpermiso.info/
Revista
mientras tanto
Contenido del número 107
| mientras
tanto
BCCBBHBCCBBBCBBBCBBBBCCB |
2008107
María Rosa Borràs, in memoriam.
NOTAS EDITORIALES
¿EL FINAL DEL NEOLIBERALISMO?
Albert Recio
EUROPA SÍ, EUROPA NO
José Antonio Estévez
UNA BRISA FRESCA JUNTO AL CASPIO
Josep
Torrel
ARTÍCULOS
Aproximaciones anómicas al campo del género
HOMOSEXUALIDAD, MASCULINIDADES, E IDENTIDAD GAY EN LA
TARDOMODERNIDAD: EL CASO ESPAÑOL
Oscar Guasch
¿DE
LA DESCONSTRUCCIÓN A LA (RE)ESENCIALIZACIÓN? GÉNERO,
HETEROSEXUALIDAD OBLIGATORIA Y MINORÍAS SEXUALES
Laurentino Vélez-Pellegrini
RECONSTRUIR LA IDENTIDAD MASCULINA: UNA OBLIGACIÓN POLÍTICA
Daniel Gabarró
LA IDENTIDAD DE GÉNERO: DOS REFLEXIONES DESDE UNA PERSPECTIVA
TRANS
Andrea Planelles
OTROS ARTÍCULOS
MARXISMO Y DESARROLLO
Bob Sutcliffe
PANE LUCRANDO. OCTAVI PELLISA Y EL QUEHACER REMUNERADO
Josep Torrell
SE HA APAGADO UNA VOZ IMPRESCINDIBLE: RECORDANDO A DAVID ANISI
RESEÑAS
LA IDENTIDAD SEXUAL EN EL EMBUDO DE LA IDENTIDAD DE GÉNERO
Antonio Giménez Merino
GHANDI. UNA ANTOLOGÍA
Pere Ortega
CITA
|
| mientras
tanto bitartean mientras tanto mentrestant
BCCBBHBCCBBBCBBBCBBBBCCB
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