mientrastanto.e Num. 51 del 10-2007
mientrastanto.e
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| El
rey súbdito
Inmediatamente
después de la reelección de Bush II ...
Cuando la crítica
quema
En cierto modo, ha ocurrido lo esperado. La torpe reacción
penal contra la viñeta de El Jueves...
Venezuela
en la encrucijada
El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, acaba
de presentar a la Asamblea Nacional un proyecto de reforma de la
Constitución...
¿La iglesia
católica versus ciudadanía?
por
José Manuel Barreal San Martín
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La
SGAE demanda a la revista literaria Quimera
por
Jorge Carrión, Jaime Rodríguez Z. y Juan Trejo,
directores. Miguel Riera, editor
La biblioteca
de Babel
· Roberto Saviano, Gomorra.
Un viaje al imperio económico y al sueño de poder
de la Camorra.
· Manuel Sacristán,
Seis conferencias.
Devedeando,
que es gerundio
· Jia Zhangke, The World
(2004).
· Hebert J. Biberman, La
sal de la tierra (1954).
|
Páginas
amigas
· Nómadas
· El
Viejo Topo
· La
Insignia
Revista mientras
tanto
·
Contenido
del nº 102
·
Avance
del nº 103
|
mt.e mientras tanto mt.e bitartean
mt.e mientras
tanto mt.e
mentrestant |
|
El
rey súbdito
Inmediatamente
después de la reelección de Bush II, en noviembre de 2004,
Juan Carlos de Borbón le hizo una visita relámpago con
la finalidad de hacer las paces tras la supuesta afrenta que
supuso la retirada de las tropas españolas de Iraq. La prensa
más afín al gobierno de Zapatero (El Periódico
de Catalunya, 12-11-04) afirmó que ese viaje respondía
a una iniciativa del propio rey. Un dato muy revelador acerca de una
de las funciones que cumple el monarca en el ámbito de la política
exterior y que poco se corresponde con la imagen de Jefe del Estado
meramente “decorativo”.
En
una fecha tan significativa como el 21 de marzo de 2003 —un día
después del comienzo de la invasión de Iraq—, el
rey intercaló las frases siguientes en un discurso (que se puede
consultar en www.casareal.es/casareal/depordi3.html)
sobre otro asunto:
“El
deporte, su espíritu y el respeto a las reglas que entraña,
constituyen un lenguaje universal que todos comprendemos. Se convierte
así en el vehículo ideal para llevar a la sociedad mensajes
positivos de paz, concordia, consenso y respeto mutuo, y muy especialmente
en los momentos de crisis o dificultad.
Desde esa reflexión no podemos dejar de mencionar que el acto
de hoy, previsto desde hace tiempo, se celebra cuando se ha iniciado
el conflicto de Irak. Por ello, no podemos dejar de expresar nuestro
firme deseo de que concluya cuanto antes con un mínimo de pérdidas
humanas y de sufrimientos y de que pronto se logre la paz.”
[las cursivas son mías]
En
contra de lo que muchos creen, los discursos regios los escriben personas
de la confianza del monarca a partir de sus indicaciones. Como ha declarado
el propio Juan Carlos de Borbón: “Las líneas maestras
de mis mensajes son siempre obra mía.” (en J.L. Vilallonga,
El Rey, Plaza & Janés, Barcelona, 1997, pág.
248). Conviene subrayar este dato para entender la trascendencia de
las palabras citadas.
En
los meses previos a la guerra, mientras media España se echaba
a la calle para pedir paz que en ese momento quería
decir no a la invasión de Iraq, el rey que el día de su
coronación dijo quererlo ser de “todos los españoles”
permaneció mudo. Sólo abandonó su silencio al día
siguiente del inicio de la invasión, y lo hizo para caracterizarla
como un “conflicto” y para expresar el deseo de que pronto
llegase la paz, pero sin pedir en ningún momento el cese inmediato
de la agresión contra Iraq. Esa apelación a la paz tenía,
pues, un sentido muy diferente a la hecha por los manifestantes del
15 de febrero de 2003. Significaba exactamente desear que la invasión
de Iraq fuera rápida y no muy cruenta, es decir, que concluyera
“cuanto antes con un mínimo de pérdidas humanas
y de sufrimientos”, para repetir sus propias palabras. El diputado
del PNV Iñaki Anasagasti ha corroborado este extremo, al explicar
que el rey le expuso una “argumentación justificativa de
aquella odiosa aventura” en una conversación privada en
2003, en la que también estaba presente Felipe Alcáraz
de IU (I. Anasagasti, Agur Aznar, Temas de Hoy, Madrid, 2004,
pag. 36).
En
otro discurso posterior pronunciado con motivo de la pascua militar
de 2004 y cuando todavía había tropas españolas
en Iraq, el monarca afirmó:
“Nuestras
FFAA se distinguen por su alta valoración, capacidad y eficacia
en el cumplimiento de las numerosas, importantes y complejas misiones
asignadas con motivo de su participación en operaciones fuera
del territorio nacional, ya sea en los Balcanes, Afganistán,
Océano índico, Kuwait o Iraq.”
Consciente
seguramente del descrédito popular de muchas de estas operaciones,
en especial la de Iraq, el rey consideró necesario señalar
también en ese discurso la urgencia de “reforzar la conciencia
de defensa nacional”, una tarea que en su opinión no se
podía circunscribir al ámbito de las Fuerzas Armadas,
sino que se debía extender “al conjunto de la sociedad
española”. Dicho a la pata la llana: la plebe, según
el rey, necesitaba un lavado de cerebro a la vista de su escaso entusiasmo
por el neocolonialismo militar.
Juan
Carlos de Borbón siempre ha sido un hombre de Washington y siempre
ha utilizado el “poder simbólico” que detenta, ese
que tácitamente le otorgan los medios de comunicación
riéndole las gracias y silenciando sus negocios y sus meteduras
de pata, para impedir que España afloje las “estrechas”
relaciones de sumisión que mantiene con Estados Unidos. Las bases
americanas y el rey —jefe militar supremo, no lo olvidemos—
van en el mismo paquete. No debe extrañar, pues, que proliferasen
las banderas republicanas en las manifestaciones contra la guerra de
Iraq y que desde entonces haya resurgido con fuerza la reivindicación
de la República.
[José
Luis Gordillo]
Cuando
la crítica quema
En
cierto modo, ha ocurrido lo esperado. La torpe reacción penal
contra la viñeta de El Jueves disparó las críticas
y sátiras sobre la familia real. Primero en los periódicos
y en la red, luego en la calle. El último episodio de estas reacciones
han sido las manifestaciones de Girona, donde se han quemado retratos
del rey.
Un nutrido sector de la clase política
y jurídica ha condenado drásticamente estos hechos y ha
aplaudido la intervención del fiscal pidiendo la pena prisión
para los responsables. Ya cuando se publicó la humorada de El
Jueves, de hecho, muchos recordaron airados que los miembros de la familia
real también tenían “dignidad”, y que la libertad
de expresión no incluía el derecho al insulto. No obstante,
lo que pueda considerarse “insulto” o ataque al “honor”,
no puede ser lo mismo tratándose de los miembros de una institución
pública que de un ciudadano de a pie. Mucho menos cuando esa
institución, como ocurre con la monarquía española,
goza de un estatuto privilegiado y carece, prácticamente, de
responsabilidad política y jurídica.
Lo
llamativo del caso es que lo que aquí rasga las vestiduras de
declarados liberales y de no pocos “republicanos juancarlistas”,
en otros países europeos se acepta, de mayor o menor gana, como
contenido innegociable de la libertad ideológica. En Inglaterra,
las caricaturas a la familia real se remontan a tiempos pre-victorianos
y resultan usuales en la prensa amarilla, como atestigua la celebre
metáfora del tampax del príncipe Carlos. En otros países
monárquicos como Suecia, Dinamarca, Holanda o Noruega, existe
análoga tolerancia. En España, en cambio, el blindaje
de una institución terrenal como la monarquía es casi
el mismo que en los países islámicos pretende darse a
Mahoma, quien al cabo es una figura considerada sagrada para millones
de personas.
En
realidad, desde la revolución francesa hasta nuestros días,
los símbolos del poder, político o religioso, siempre
han sido satirizados o ridiculizados. En la soledad del sótano
de una imprenta, en las algaradas callejeras e incluso en los festejos
populares, como prueban las fallas valencianas o los carnavales gaditanos.
Tales gestos suelen tener una carga vindicativa o ideológica
añadida a la simple sátira o burla de papel, y quizás
por eso acostumbran a suscitar mayor desasosiego en ciertos sectores
políticos e intelectuales "respetables". No obstante,
una sociedad democrática debería ser capaz de verlos,
no tanto como violentos ataques al orden público, sino como un
sano, y a veces necesario, ejercicio de libertad ideológica y
de catarsis ciudadana. En Estados Unidos, la jurisprudencia que sitúa
las quemas de banderas y otros símbolos públicos bajo
el amparo de la Primera Enmienda, se basa en un razonamiento de este
tipo.
No
es lo que está ocurriendo en España. Entre otras razones,
porque la mayoría de estas críticas podría subsumirse
en algunos de los delitos contra la Corona contemplados en el llamado
Código Penal de la democracia. Este tipo de previsiones son incompatibles
con cualquier régimen que pretenda garantizar el pluralismo político
junto a la libertad de expresión e ideológica. A casi
un siglo de la persecución de Valle Inclán por sus ácratas
invectivas contra la Corona, o de la condena a prisión de Unamuno
por “ultraje al rey”, la mitificación de la monarquía
como símbolo intocable de la transición sigue siendo fuente
de tabúes y un obstáculo para la libre discusión
ciudadana. En un contexto así, siempre será preferible
una quema de símbolos del poder a que el propio poder acabe abrasando
espacios de crítica irrenunciables en cualquier sistema democrático.
[Gerardo
Pisarello y Jaume Asens]
Venezuela
en la encrucijada
El
presidente de Venezuela, Hugo Chávez, acaba de presentar a la
Asamblea Nacional un proyecto de reforma de la Constitución de
1999. La propuesta llega tras las elecciones de 2006, en las que una
amplia mayoría de la población renovó su apoyo
al actual mandatario. Y persigue un objetivo explícito: avanzar
en la construcción de un “socialismo bolivariano para el
siglo XXI”. A partir de ahora, deberá ser discutida por
el resto de instituciones venezolanas y por el conjunto de la sociedad.
La
izquierda y, en general, los movimientos sociales que en diversos rincones
del planeta luchan por la democratización de las relaciones políticas,
económicas y culturales, deberían prestar atención
a este debate.
En
primer lugar, porque se trata de una propuesta hecha en nombre del “socialismo”.
Durante siglos, este ideal ha aglutinado las esperanzas igualitarias
y libertarias de millones de personas. Pero con frecuencia ha sido utilizado
en vano, como demuestra la experiencia de las dictaduras burocráticas
del Este y de no pocas socialdemocracias. Hay buenas razones, que van
más allá de la fascinación por el “turismo
revolucionario”, para atender al sentido que esta antigua aspiración
está teniendo en el Sur y, a partir de allí, repensar
las propias formas de hacer política.
En
segundo término, porque se trata de un proyecto de transformación
radical impulsado, no desde la oposición al gobierno sino desde
el propio poder estatal. Esto es algo que en Europa no ocurre hace décadas.
En América Latina no pasaba posiblemente desde la revolución
sandinista de 1979. Aquí residen, en buena parte, las expectativas,
aunque también las dudas, que despierta la “revolución
bolivariana”.
La
propuesta de reforma constitucional impulsada por el ejecutivo venezolano
abarca múltiples aspectos cuyo análisis pormenorizado
exigiría una nota más amplia. Grosso modo, se
ocupa de tres cuestiones centrales difíciles de conciliar: a)
una mayor democratización del poder político y económico;
b) una mayor concentración de poder en el ejecutivo, desprovista
de controles suficientes; c) la supeditación del papel de las
Fuerzas Armadas a los objetivos anteriores.
Existen
numerosos aspectos en la propuesta de reforma que, en efecto, apuntan
a una profundización de la democracia política y económica
en Venezuela. Muchos de ellos recogen figuras y experiencias novedosas
que contrastan con la lánguida realidad de las democracias de
baja intensidad vigentes en otros países del mundo.
Así,
por ejemplo, junto a los ya existentes mecanismos de asamblea, consultas,
revocatoria de mandatos, iniciativas legislativas y constituyentes,
se da carta constitucional, entre otros, a los consejos comunales, obreros,
de campesinos y estudiantiles. Asimismo, se potencian las cooperativas
de propiedad comunal, las diferentes formas de autogestión y
las “redes de productores libres asociados”.
Al
igual que ocurre con las “Misiones” sanitarias, de alfabetización,
o de prestación de servicios en general, muchos de estos instrumentos
de participación ya existen en la práctica. Otros pretenden
incentivarse desde la reforma. La idea de fondo es que la participación
desde abajo pueda ir ganando el espacio que, todavía hoy, ocupa
una Administración Pública y un sistema de partidos y
sindicatos atravesados por la corrupción, el sectarismo y la
lealtad hacia el régimen de la IV República.
Para
hacer creíble este propósito, la reforma avanza en aspectos
inconcebibles en el ámbito europeo. Se prohíben los monopolios
privados y los latifundios. Se tutelan diversas formas de propiedad
(pública, social, privada) en el marco de un socialismo con mercados
(aunque no de mercado). Se elimina la “autonomía”
del Banco Central; o se establece la jornada laboral máxima diurna
en 6 horas diarias y 36 horas semanales. Este último aspecto,
acompañado del reconocimiento del trabajo voluntario y doméstico
y de la apuesta por un modelo de desarrollo progresivamente independizado
del petróleo, no sólo carece de parangón en otros
regímenes políticos. También constituye una salvaguarda
contra variantes autoritarias del socialismo, basadas en proyectos de
“industrialización forzosa” insostenibles desde el
punto de vista ecológico y opresivos en términos humanos.
El
problema, en realidad, es que estos instrumentos de democratización
radical (de los que, por obvias razones, se habla muy poco en los medios
de comunicación mayoritarios) aparecen ligados a una notable
concentración de poder en manos del ejecutivo. La centralidad
de la figura presidencial, como se sabe, es una de las debilidades del
proceso venezolano. Lo deseable, sin duda, hubiera sido que el propio
proceso se hubiera convertido en escuela de formación de nuevos
y nuevas dirigentes, capaces de "mandar obedeciendo", durante
tiempo limitado y sometidos a permanente escrutinio popular.
Sin
embargo, la centralidad de la figura de Chávez es una realidad
histórica del proceso bolivariano. Para bien y para mal, Chávez
no es Salvador Allende. Su retórica, a menudo distorsionada por
el filtro que de ella realizan los grandes medios de comunicación,
puede resultar ajena a los códigos culturales de muchos militantes
de la izquierda alternativa, sobre todo en Europa. Sin embargo, hoy
por hoy desempeña una función simbólica y material
sin la cual el proceso venezolano y las conquistas populares que el
mismo ha implicado, correrían el riesgo de naufragar. En primer
lugar, porque Chávez es visto como un límite efectivo
a los poderes oligárquicos internos y a los poderes imperiales
externos. En segundo lugar, porque, al menos hasta ahora, ha actuado
como catalizador del protagonismo democrático de los sectores
populares. Finalmente, porque ante la ausencia de sistema de partidos,
de sindicatos o de movimientos articulados, ha operado como salvaguarda
contra un repliegue nacionalista o contra una degradación burocrática
del propio proceso.
Ahora
bien, si el fortalecimiento de la figura presidencial puede verse como
una condición histórica del proceso revolucionario, la
concentración de poder en sus manos es un serio obstáculo
para su profundización democrática.
El
ejemplo más obvio es el de la reelección indefinida, uno
de los puntos básicos del proyecto de reforma y el que ha desatado
las iras de la oposición y de los grandes medios extranjeros.
No hay duda de que la reelección del ejecutivo comporta una lesión
del principio republicano democrático de periodicidad de las
funciones. Esa lesión, sin embargo, no es grave si se establecen
instrumentos adecuados de control. En los sistemas parlamentarios, el
propio control de la Asamblea legislativa es, al menos en términos
teóricos, uno de sus instrumentos. En los sistemas presidencialistas,
las posibilidades son varias: no permitir más de un cierto número
de mandatos, como ocurre en Estados Unidos, o prever mecanismos revocatorios,
como en Venezuela misma. Pero hay un mecanismo obvio, por lógico:
la reducción del mandato presidencial. El proyecto de reforma
venezolano incorpora, junto a la propuesta de reelección, la
de ampliación del mandato a 7 años ¿Por qué?
¿No ganaría acaso en legitimidad si la propia Asamblea
sugiriera que junto a la admisión de la reelección se
mantuviera el mandato presidencial en 6 años, e incluso se redujera
a 5 o 4?
Lo
mismo ocurre con otras facultades que el proyecto atribuye al presidente
de manera casi discrecional: la creación de “Autoridades
Militares Especiales” por razones estratégicas y de defensa;
la nominación de gobernadores y autoridades municipales; la coordinación
del resto de poderes; o la determinación de la cuantía
de las reservas monetarias excedentarias. La ausencia de definición
de muchos de estos de términos se presta a usos claramente arbitrarios,
sobre todo cuando no se establecen mecanismos adecuados de control,
como la intervención de la Asamblea, de otros órganos
institucionales o de la propia ciudadanía.
Confundir
el fortalecimiento de la auctoritas presidencial con la concentración
de poder y la supresión de controles es un error. Por razones
ético-políticas y por razones históricas. Una de
las trágicas lecciones que arrojan las experiencias “socialistas”
del siglo XX es que el mismo poder que puede ser herramienta de democratización
y de erradicación del despotismo privado puede, sin límites
y controles adecuados, convertirse en fuente de nuevos despotismos y
de frustración popular.
Y
ello no depende sólo de lo que el líder pueda hacer o
no. Tiene que ver con las conductas que el cesarismo sin límites
genera en el resto de cuadros dirigentes y en el conjunto de la población:
desde el culto a la personalidad a la inhibición del debate y
de las voces más críticas, pasando por el sectarismo,
la delación o la promoción de los burócratas de
aparato.
En
el caso venezolano, esta deriva sería especialmente peligrosa
si acabara por contagiar el propio papel de las Fuerzas Armadas en el
conjunto del proceso. Cualquiera que conozca mínimamente la coyuntura
venezolana sabe el destacado papel que han tenido las Fuerzas Armadas
en el desbaratamiento del golpe de Estado de 2002 así como en
la puesta en marcha de programas sociales con frecuencia saboteados
desde la Administración Pública tradicional.
Precisamente
por eso, resultaría imprescindible fortalecer la conciencia y
el sentimiento constitucional de las mismas, protegiéndolas contra
toda deriva pretoriana o sectaria. La propuesta de reforma no incide
suficientemente en este punto. Es evidente que la erradicación
de privilegios y la supresión de formas de propiedad oligárquicas
obligaría a cualquier régimen socialista democrático
a plantearse el espinoso tema del uso de la violencia pública.
Sin
embargo, una de los puntos fuertes de la Constitución de 1999
es precisamente la condena que realiza de los delitos de lesa humanidad
y de las violaciones graves a los derechos humanos, que son calificados
como imprescriptibles. Mantener la primacía de la lógica
de los derechos humanos sobre cualquier lógica belicista sería
una manera de reforzar una característica que ha dado enormes
credenciales ético-políticas al proceso bolivariano: la
de encarnar una revolución pacífica y democrática,
que sólo se arma a efectos defensivos y nunca con fines meramente
represivos del adversario o con objetivos imperialistas.
La
legalidad socialista no puede ser una carta blanca otorgada a ningún
poder constituido, por más revolucionario que asegure ser y por
más lúcidos y honestos que sean los individuos que lo
encarnan. El poder coactivo del Estado es una bestia que necesita bozales,
para que las dentelladas supuestamente dirigidas contra los dominadores
no acaben devorando a todos: opresores y oprimidos, opositores y disidentes,
hasta alcanzar incluso a quienes creen controlar las riendas.
Muchos
de los tics cesaristas-plebiscitarios que contiene la propuesta presidencial
de reforma constitucional podrían corregirse, salvando así
las credenciales democráticas y pluralistas del socialismo bolivariano.
De esa manera, el propio proyecto ganaría en legitimidad y podría
presentarse como un intento de profundización, y no de abandono,
de la “democracia participativa y protagónica” consagrada
en la Constitución de 1999.
La
dirigencia venezolana y los movimientos populares que sostienen el actual
proceso político han dado sobradas muestras de inteligencia y
coraje como para no advertir la importancia de que la revolución
siga siendo "bonita". Ojalá puedan conjurar, también
en esta encrucijada, los peligros que se ciernen sobre ella.
[Gerardo
Pisarello]
¿La
iglesia católica versus ciudadanía?
José
Manuel Barreal San Martín
Miembro del Foro por la E.Pública del Valle del Nalón
(Asturias)
“Sólo
rechazan la Educación para la Ciudadanía los enemigos
de la democracia” (Gregrorio Peces-Barba, La Nueva España,
11-9-2007).
No
sé si lo dicho por el ex-rector de la Universidad Carlos III
es exagerado. Pero lo que sí me parece obvio es que la Jerarquía
de la Iglesia Católica no está por la labor de separar
lo que es ser “feligrés” y lo que significa “ciudadano”.
Y que ”la derecha pre-moderna, pre-ilustrada y pre-civilizada”
(Carlos Fernández Liria, 2007) corea y apoya la “rebelión”
de sus eminencias.
Viene
lo anterior —y la pregunta que encabeza el artículo—
a raíz de la no acabada polémica sobre la asignatura “Educación
para la Ciudadanía” suscitada por la Iglesia Católica
Española y por diferentes sectores de la derecha social. Así,
un obispo ha denunciado la aceptación de la asignatura Educación
para la Ciudadanía como forma de directa colaboración
con "el mal"; y sostenido que su establecimiento es más
constrictivo de lo que lo fueron las clases de religión del franquismo.
La
Iglesia Católica, por boca de los obispos, parece pensar que
controlando la educación de los niños y de las niñas
éstos les serán más fieles en su vida adulta. Esta
Iglesia Católica Española está obsesionada con
el sistema educativo. De ahí la penúltima ofensiva de
la conferencia episcopal, en que pretende seguir controlando la educación
religiosa oponiéndose falaz e hipócritamente a que desde
los centros educativos se prepare al alumnado para ser “buenos
ciudadanos en una vida buena”.
Por
mucho que intento leer, con cierta objetividad, lo que dicen los que
se oponen a la asignatura, más me parece que están queriendo
no perder aquello de lo que de un modo mendaz acusan a otros —es
decir el adoctrinamiento de las mentes más infantiles y jóvenes—,
más me parece que sienten cómo el poder que en otro tiempo
tuvieron se les va apagando.
No
es la primera vez que la iglesia católica pretende influir e
incluso marcar la política educativa en España: del seguidismo
y apoyo a los cuarenta años de dictadura franquista, con todo
lo que ello conlleva, hasta la actual guerra particular que tiene programada
con la mencionada asignatura. Lo único cierto en esta postura
eclesiástica es no perder el control ideológico a través
de la religión en la formación moral de los estudiantes,
tanto en los centros privados —que ya tienen— como en los
públicos. Y lo hacen pregonando una nueva Cruzada en la que “un
nuevo Satán atenta contra la vida eterna de los españoles
mediante la modesta materia escolar […] que sólo ocupará
un día a la semana durante tres años [...]” (Hidalgo
Alberto, 2007)
Son
los últimos coletazos de una iglesia católica, al menos
de los sectores más reaccionarios de la misma, que sólo
se oponen y movilizan en contra de los derechos de los homosexuales,
de los derechos de las mujeres, y contra de todo lo que les huela a
Derecho. Esta ofensiva eclesiástica, en mi opinión, obedece
a la su ansia de supervivencia en una sociedad en la que ven disminuir
las prácticas religiosas y las “vocaciones” eclesiales.
Cada
vez que la sociedad tiene un problema (drogas, violencia, racismo, etc.),
vuelve la vista hacia la escuela para que desde ella se aporten posibles
soluciones. Se piensa en la escuela como el marco necesario —que
no el único— para junto con las familias seguir en la formación
de los y las jóvenes en aspectos como la educación en
valores éticos, en valores cívicos, en normas de convivencia…,
en definitiva, en derechos humanos y en actitudes sobre derechos y deberes
de la ciudadanía. Pues, hete aquí, que con mejor o peor
fortuna, algunos de estos temas se plantean en la nueva asignatura.
Y, sin embargo, los obispos de la Iglesia Católica Española,
por el contrario, se dicen y postulan como los únicos valedores
de una ética universal desde la posición de su particular
moral católica.
Olvidan
sus eminencias que en España ya llevamos treinta años
en que los poderes legislativo, ejecutivo y judicial —al menos
en teoría— son independientes. Claro que ese olvido viene
reforzado por el consentimiento y la falta de firmeza de los gobiernos
socialistas con la iglesia católica, además de la oposición
de “boca pequeña” de la otra izquierda política.
No
me gusta el currículo de mínimos de la asignatura, y más
ahora menguado por la falta de valentía del gobierno actual y
su claudicación con respecto a una beligerante y aburrida iglesia
católica. Es muy preocupante la reducción a 35 horas,
y me parece patético que se haya concedido, por mor de una supuesta
“libertad de cátedra”, que los colegios religiosos
pagados con el dinero de creyentes y no creyentes puedan adaptar el
currículo a su ideario de centro. Aún así, no hallo
en los contenidos algo que me pueda hacer ver que, efectivamente, es
una asignatura que “adoctrina en el socialismo”, que “destruye
la familia” o que está confabulada demoníacamente
con homosexuales, feministas y un laicismo excluyente. Y no me parece
nada mal que los y las estudiantes estudien y debatan sobre lo que es
la democracia, sus libertades y responsabilidades, aunque posteriormente
puedan decepcionarse al apreciar que una cosa son los libros y otra
la realidad que se marca desde ciertos poderes. Para ello no hace falta
que empollen la Constitución de memoria tal como algunos tuvimos
que hacer con un anodino catecismo o unos principios fundamentales del
movimiento.
Estoy
seguro que el profesorado actual de la Escuela Pública no adoctrinará
a sus alumnas y alumnos en la Educación para la Ciudadanía.
De lo que ya no estoy tan seguro es que eso ocurra con la “adaptación”
de la asignatura al ideario de centro.
Habrá
que seguir actuando y contraponer mayores resistencias denunciando las
razones de los que defendemos una enseñanza crítica, laica,
científica, no segregadora y que prepare para la vida. Es decir
una real educación ciudadana.
Permítaseme
finalizar con una cita de Immanuel Kant, que en el siglo XIX dejó
dicho que “no se debe educar a los niños conforme al presente,
sino conforme a un estado mejor, posible en lo futuro, de la especie
humana”.
La
SGAE demanda a la revista literaria Quimera
Jorge
Carrión, Jaime Rodríguez Z. y Juan Trejo, directores
Miguel Riera, editor
En
una insólita maniobra y sin mediar comunicación alguna
con los responsables de la publicación, la Sociedad General de
Artistas y Editores ha interpuesto una demanda a la revista literaria
Quimera por supuestos daños contra el honor. El artículo
que ha desatado las iras de la todopoderosa SGAE es un texto de opinión
(“La horda de gestores”, Quimera 282) en el que
el autor Trebor Escargot habla, de manera metafórica y en lenguaje
coloquial, en un registro irónico que por lo visto se le ha escapado
a los lectores de La Sociedad, sobre temas literarios como la piratería
editorial y los comportamientos por lo menos polémicos de ciertas
instituciones a las que compara de manera tangencial con la SGAE, cuyo
radio de acción abarca, como se sabe, las obras audiovisuales,
dramáticas, coreográficas y musicales, además de
las “obras literarias de breve extensión, tales como los
chistes y las historietas cómicas”. La SGAE haciendo una
interpretación burda y literal del mencionado texto, ha solicitado
a la revista, in media res, la cantidad de 9.000 euros para darse por
satisfecha. Al parecer, también saben calcular con precisión
cuál es el canon por la recuperación del “honor”.
Ante
semejante atentado contra la libertad de prensa y contra la libertad
de expresión, la revista literaria Quimera cumple con
informar a la opinión pública que litigará con
la SGAE en defensa del derecho de sus colaboradores a emitir su opinión
mediante los recursos literarios que crean oportunos, en el marco de
una publicación que durante más de veinticinco años
ha defendido el derecho a expresarse de escritores de todo el mundo.
Barcelona,
14 septiembre 2007
QUIMERA
c/Sant Antoni, 86. Local 9.
08301 Mataró. Barcelona.
Telf. 937550832 – 93796263
Más
información:
Jaime Rodriguez (Tel. 662010129)
quimerarevista@gmail.com
La
biblioteca de Babel
Roberto
Saviano
Gomorra. Un viaje al imperio económico
y al sueño de poder de la Camorra.
Debate, 2007, 325 págs. |
|
He aquí unos de esos libros que arrastra al lector hasta
el borde de un abismo emocional para provocarle un tipo de vértigo
a medias entre, que dirían los antiguos romanos, el orror
vacui y la cupio dissolvi. Se trata de Gomorra,
un libro de un joven escritor sobre el mundo de la Camorra, es
decir, la Mafia de Nápoles. En efecto, el libro traza una
espeluznante radiografía moral y material del fenómeno
“camorrístico” desde dentro, en un relato espléndidamente
escrito en el que aparecen, uno a uno, todos los ambientes y protagonistas
que componen el rompecabezas de ese mundo: del camello de poca
monta al “capo” orquestador de los sofisticados negocios
financieros. Y la visión completa de este rompecabezas
es, como alude el título del libro, un escenario babilónico
donde muerte, corrupción y degeneración son la cara
oscura del capitalismo globalizado.
El
libro empieza con una descripción impresionista del puerto
de Nápoles, la puerta del contrabando mundial hacia Europa
y el inicio de una verdadera “cadena de montaje” de
producción de mercancías cuyo destino final podemos
apreciar en los escaparates de las tiendas caras de Madrid, Nueva
York o Hamburgo. La narración se esparce luego en la descripción
de los tres mercados dominados por la Camorra: drogas-armas-reciclaje
de basura. Un círculo que azota el Sur de Italia y que
actualiza el endémico problema de la “cuestión
meridional” de gramsciana memoria. Todo esto en medio de
una población atemorizada y de un proletariado napolitano
que, lejos de la autenticidad que todavía veía |
Pasolini en él en 1975 y víctima del paro, se
ve abocado a adoptar códigos de comportamientos y modelos
de vida totalmente alienados. Saviano sabe de lo que habla,
porque además de ser miembro del Centro de Estudios sobre
la Mafia y de conocer perfectamente las fuentes policiales y
judiciales sobre el problema, procede de los “Barrios
Españoles” de Nápoles, allá donde
la Camorra es la única Ley vigente.
Pero
sobre todo es la imagen vivida del “camorrista”
la que pone los pelos de punta. Una imagen sólo aparentemente
biunívoca y contradictoria: por un lado rapaz, despiadado
y al borde de la esquizofrenia mental, por el otro, sutil hombre
de negocios que no sólo domina los tres mercados mencionados
sino que consigue infiltrar sus tentáculos en los mucho
más respetables businness inmobiliario y de
alta moda. Una figura, pues, coherentemente posmoderna y perfectamente
integrada en el tardocapitalismo que poco tiene que ver con
en el glamuroso Vito Corleone o el gracioso Tony Soprano. Como
afirma Saviano, la única figura que puede dar la idea
del “camorrista” es la de Tony Montana, el mafioso
cubano interpretado por Al Pacino en la película El
precio del poder de Brian De Palma: un personaje sin escrúpulos
en emplear cualquier método para obtener lo que quiere
pero con una evidente frialdad a la hora de registrar el mundo
que le rodea. Hasta la muerte final, claro, porque los mafiosos
mueren siempre jóvenes (aunque luego les sucedan otros,
deseosos de coger su puesto). El que no parece morir, parece
sugerir Saviano, es el sistema que se sirve y se nutre de ellos.
[Giaime
Pala]
|
Manuel
Sacristán
Seis conferencias.
El Viejo Topo, Mataró, 2005, 246 págs. Edición
de Salvador López Arnal, prólogo de Francisco Fernández
Buey y epílogo de Manuel Monereo. |
| La
conferencia es un género frecuentemente infravalorado a
la hora de trazar el alcance del magisterio intelectual de un
hombre de cultura, quizá por aquello del “verba volant,
scripta manent”. Pero recuperando las palabras se recuperan
ideas y Salvador López Arnal ha recuperado en este volumen
publicado por El Viejo Topo seis conferencias pronunciadas
por Manuel Sacristán entre 1978 y 1985 (algunas de las
cuales fueron publicadas hace bastantes años en mientras
tanto), a saber: “Sobre el estalinismo”, “Reflexión
sobre una política socialista de la ciencia”, “Las
centrales nucleares y el desarrollo capitalista”, “La
situación del movimiento obrero y de los partidos de izquierda
en la Europa occidental”, “Tradición marxista
y nuevos problemas”, “Sobre Lukacs”. Asimismo,
López Arnal ha trascrito las respuestas de Sacristán
a las preguntas que le fueron formuladas después de las
conferencias. Ello nos permite, como afirma Francisco Fernández
Buey en el prólogo al libro, encontrar aquí a un
Sacristán “en acción”, es decir vivo
y punzante.
El lector atento no podrá menos que constatar
que estas lecciones fueron impartidas en años de reflujo
político de la izquierda española. La desmovilización
política surgida a raíz del proceso de Transición
política estaba produciendo sus primeros efectos. De ahí,
el evidente
|
propósito
sacristaniano de volver a las herramientas teóricas y
encararse con la tradición marxista para, respectivamente:
criticarla en lo que se refiere a sus legados históricos
más oscuros (desde el mito del progreso a la crítica
del estalinismo); recuperarla en la relectura de sus
autores más fecundos (Lukács y los clásicos
del marxismo); y reformularla a la luz de los nuevos
problemas ecológicos y sociales que se venían
vislumbrando en el horizonte. Es decir, pasado, presente y futuro
en contacto permanente con vista a crear una mayor autoconciencia
política y sentar las bases de un nuevo activismo sociopolítico.
Ideas
fluidas y dinámicas, pues, que se insertaban en un tiempo
en el que mucho estaba por rehacer y repensar:
porque es bueno recordar que muchas de las verdades asumidas
por la izquierda alternativa de hoy en día fueron en
un tiempo objeto de discusiones intensas y de no fácil
asimilación. Manuel Sacristán fue uno de pioneros
del eco-socialismo transformador en España y este libro
nos permite constatar la fuerza dialéctica, la precisión
conceptual y terminológica y la pasión con las
que imbuyó su idea de política. Sin duda, oxígeno
para el cerebro.
[Giaime
Pala]
|
Devedeando,
que es gerundio
Jia
Zhangke
The World (2004)
Intermedio, Barcelona, 2007. |
|
No le des más vueltas: cómprate el mundo. O sea,
The World. Supongamos que habéis visto Naturaleza
muerta (2006) y habéis alucinado. ¿Cierto?
Bien. Las casas donde nacieron los chinos ahora han de ser demolidas
—con medios propios de una heroica película de Dziga
Vertov de los años veinte— para hacer la presa de
las Tres Gargantas, en el río Amarillo. ¿Costes?
¡Va, una miaja! Un millón de desplazados, trece ciudades
y mil quinientos pueblos habitados puestos bajo el agua. Para
los chinos de a pie, el diluvio universal: el acabóse.
¿A que os gustaría ver qué más ha
hecho este director? No os preocupéis: está todo
editado en DVD. (“¿Por qué? Ingenuos: ¡es
el heredero por línea directa de Antonioni, Jancsó
y Angelopoulos!”, salta la Puri). Bueno, ver The world
|
después de Naturaleza muerta es empezar por
el final, porque después de aquél viaje alrededor
del mundo en miniatura muchos nos preguntamos “¿y
ahora qué puede hacer este muchachito?”. Pero no
se crean: en realidad, The World es un parque lleno
de atracciones (eso sí, de todo el mundo: tienen las
torres gemelas, por ejemplo); y los protagonistas son jóvenes
inmigrantes que acuden a Pekín y acaban trabajando en
este parque, por cuatro cuartos. Para que vean que para los
jóvenes no hay salida, ni en China ni el mundo simbólico.
Se la recomiendo, créame.
[Vladímir
Kalashnikov (Oficina Soviética para el Cine)]
|
Hebert
J. Biberman
La sal de la tierra (1954)
Sherlock/Verdi, Madrid, 2005. |
| Bueno,
vale, tenéis razón: rigurosamente nueva no es, que
digamos. Pero no me digáis que la onerosa publicidad comercial
os ha perseguido con que la compréis, porque no lo ha hecho.
Fijo. Porque esta película es LA PELÍCULA que los
yanquis prohibieron (allá por el 1954). Hasta 1965 no pudo
ser vista en Norteamérica. Otra cosa fue en Europa, pero
en Estados Unidos, ni hablar del peluquín. Os diréis:
¿por qué? Primero, por los que la hicieron. Comunistas
de cabo a rabo, ¡ya me diréis!, empezando por Herbert
Biberman —que acababa de salir de la cárcel por ser
uno de los “diez de Hollywood” que se negaron a declarar
ante el senador McCarthy y su banda de cuervos—, y acabando
por Rosario Revueltas, actriz mejicana, expulsada durante el rodaje
del país y entrada clandestinamente para rodar lo que faltaba.
Segundo, por el tema, claro. Imagínate que no se les ocurrió
nada
|
mejor
que rodar una huelga. Bueno, de huelga había muchas,
todas con los sindicalistas malvados, esto sí. Pues no.
Ésta era con los obreros buenos, con los patronos canallas,
y los policías repartiendo leña. Además,
la peli hacía especial hincapié en el papel de
las mujeres (¡ya era hora!) y en los conflictos raciales
que se escondían en toda huelga. En fin, lo que Hollywood
muestra cada día, ¿no? Pues me parece que va a
ser que no, visto cómo se pusieron. La prohibieron más
de prisa que corriendo. Ahora, muchas huelgas no hay, la verdad.
Podéis mirar ésta de una época en que huelgas,
de haberlas había, pero estaba mal visto mencionar su
existencia. Así, algún día, quizá
habrá alguna, y podremos desempolvar la bandera roja
del desván.
[La
Puri (Oficina Soviética para el Cine)]
|
Revista
mientras tanto
Contenido del número
102
| mientras
tanto
BCCBBHBCCBBBCBBBCBBBBCCB |
Primavera 2007
102
NOTAS EDITORIALES
Capitalismo intangible
A. Recio
Memoria democrática o memoria fascista
X. Doménech
¿Un doctorado en crímenes de guerra y daños
colaterales?
J. L. Gordillo
ARTÍCULOS
EL ORIGEN NORTEAMERICANO DE LA IDEOLOGÍA DEL TERCER REICH
Domenico Losurdo
LA CABEZA DE
JANO. EL DERECHO DE EXCEPCIÓN NORTEAMERICANO EN EL PRIMER
MANDATO DE GEORGE BUSH
Ramón Campderrich
NUEVO CAPITALISMO, PRISIÓN Y LÓGICAS DEL CASTIGO
Brandáriz García
LA PROPIEDAD INTELECTUAL DESDE UNA PERSPECTIVA SOCIAL: UNA CRÍTICA
AL MODELO VIGENTE
Eduardo Melero Alonso
LA CONSTRUCCIÓN POLÍTICA Y JURÍDICA DEL
GÉNERO. REFLEXIONES DESDE UNA PERSPECTIVA INCLUSIVA
Antonio Giménez Merino
EDUCAR COMO TAREA POLÍTICA
José Manuel Barreal San Martín y
Manuel García-Morán Escobedo
RESEÑA
Pedro de la Llosa, 'Retratos plumistas',
Pepe Gutiérrez
|
| mientras
tanto bitartean mientras tanto mentrestant
BCCBBHBCCBBBCBBBCBBBBCCB
|
Avance
del número 103
| mientras
tanto
BCCBBHBCCBBBCBBBCBBBBCCB |
Verano 2007
103
NOTAS EDITORIALES
La historia interminable: nueva crisis financiera
A. Recio
Venezuela en la encrucijada
G. Pisarello
En la muerte de Lluís Maria Xirinacs
Q. Sempere
ARTÍCULOS
LOS SERVICIOS SOCIALES Y LA CUARTA PATA (¿COJA?) DEL
ESTADO DEL BIENESTAR EN ESPAÑA
José Adelantado
EL CUIDADO
DE LA DEPENDENCIA: UN TRABAJO DE CUIDADO
Teresa Torns
SINDICATOS Y JÓVENES: EL RETO DE SUS VÍNCULOS
Antonio Antón
DERECHOS FORMALES
Y DERECHOS REALES DE LOS TRABAJADORES EN LA ESPAÑA DE
COMIENZOS DEL SIGLO XXI
Daniel Lacalle
L’ESGLÈSIA CATÒLICO ROMANA A ESPANTA: PODER
I PRIVILEGI
Ángel Zaragoza i Tafalla
RESEÑA
CITA
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| mientras
tanto bitartean mientras tanto mentrestant
BCCBBHBCCBBBCBBBCBBBBCCB
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