La directiva
“Frankenstein”
Un tema que es objeto ahora de un
intenso debate político y social en Europa es el de la liberalización de
los servicios en el seno de la Unión Europea contenido en el proyecto de
la “directiva Bolkestein” (o “Frankenstein”, como la llaman sus
detractores). El proyecto fue aprobado por la Comisión Europea en 2004 y
debe su nombre al apellido del comisario que la elaboró. En febrero
pasado (2006), el texto fue examinado por el Parlamento Europeo, que
hizo más de 200 enmiendas al proyecto original. Ahora la Comisión tiene
que elaborar un nuevo proyecto que incorpore dichas enmiendas para
someterlo al Consejo y al Parlamento, que deben llegar a un acuerdo para
que la norma se apruebe.
Para entender el significado de la
directiva Bolkestein, hay que situarla en el marco de las
transformaciones inducidas por la globalización en el ámbito de la
organización empresarial y las relaciones laborales. Como consecuencia
de la mundialización económica las empresas han “externalizado” buena
parte de sus actividades. Esto significa que tareas antes realizadas por
asalariados de la firma ahora se compran como servicios a otra empresa
diferente (por ejemplo las labores de limpieza, de mantenimiento, de
vigilancia…, o incluso fases de la elaboración del producto que las
empresas fabrican: montaje de ordenadores, fabricación de piezas, cosido
de prendas de vestir, etc). Una de las consecuencias del proceso de
“externalización” ha sido el incremento de la importancia económica del
sector servicios, que hoy en día representa el 70% del PIB de la UE y da
trabajo al 65% de la población activa. Una norma que liberaliza los
servicios en el seno de la Unión tiene, pues, la máxima importancia
económica y social.
El objetivo que persigue la
Directiva Bolkestein es que una empresa de servicios de un país de la UE
pueda desarrollar libremente su actividad en el territorio de cualquier
otro Estado de la Unión. El proyecto original de directiva despertó la
oposición frontal de los sindicatos y fue una de las razones del NO
francés a la “Constitución Europea”. La razón principal del rechazo era
el llamado “principio del país de origen” que establecía que las
empresas prestadoras de servicios se regirían por la normativa del país
en el que estuvieran ubicadas y no por la del país en que se
desarrollasen su actividad. El principio del país de origen abría la
posibilidad a que una empresa polaca prestara servicios en Alemania (por
ejemplo, tareas de mantenimiento) por medio de trabajadores polacos con
sueldos polacos, seguridad social polaca y sometida a la normativa
fiscal y de responsabilidad de Polonia. Eso representaría una
competencia desleal para las empresas alemanas y, sobre todo,
presionaría a la baja sobre los salarios y garantías sociales de los
trabajadores alemanes.
Tras el paso por el Parlamento
europeo se han introducido una serie de enmiendas que dejan bien claro
que la directiva no afecta al derecho laboral. Es decir que los
trabajadores se regirán por la normativa laboral del país donde realicen
su actividad. No obstante, la trampa para eludir esta disposición la
proporciona la propia directiva en otro artículo que considera que las
personas físicas pueden ser consideradas “prestadoras de servicios”. Eso
significa dar cobijo legal a una práctica que ya se está llevando a
cabo: la de contratar los servicios de trabajadores “autónomos” en
Polonia para que presten sus servicios en Francia. Como la relación
entre una empresa y un trabajador autónomo no es laboral, sino mercantil
(el autónomo es una microempresa integrada por un sólo trabajador), las
relaciones entre ambos pueden regirse por el nivel polaco de ingresos y
también por la normativa polaca en todo lo que no esté explícitamente
prohibido por la directiva.
La protesta de los sindicatos de los
países más ricos contra la liberalización de los servicios no es un
intento de mantener los privilegios de sus afiliados. Lo que se pide es
que primero se armonicen las legislaciones laborales, sociales y
fiscales de los países de la UE y sólo luego se liberalicen los
servicios. Actuar de otro modo es propiciar que las empresas utilicen
las diferencias de nivel de vida y de rigor normativo en los distintos
países europeos como un factor de competitividad. Y de lo que se trata
es precisamente de lo contrario: no de que los alemanes acaben viviendo
como los polacos, sino más bien de que los polacos alcancen el bienestar
que hasta ahora han tenido los alemanes.
[José Antonio
Estévez]
Más cerca de la
igualdad de género
El proyecto de ley orgánica de
igualdad entre mujeres y hombres es un paso firme en la eliminación de
la discriminación por motivos de género. Se ha de leer en el contexto de
otras normas recientes, como la ley de violencia de género, la ley de
matrimonios homosexuales, o el proyecto de ley de autonomía personal,
piezas de una misma política multipolar. El proyecto de ley de igualdad
es minucioso en la descripción de sus campos de actuación, sobre todo
dentro del sector público, fruto de un estudio bastante amplio sobre lo
que podemos llamar “el dividendo patriarcal” (el conjunto de ventajas
laborales, patrimoniales o familiares que otorga al hombre su mera
pertenencia a un género socialmente diferenciado de la mujer). Y en
consecuencia, trata desde una perspectiva diferenciada a hombres y
mujeres en atención a la responsabilidad de éstas en los cuidados de la
vida y en la reproducción social —lo que revela una toma de conciencia
acerca de la dimensión social compartida de un trabajo tradicionalmente
considerado como “natural” de las mujeres—.
Claro está que esta norma es
manifiestamente mejorable. Puede ser criticada por tener una visión
todavía estrecha de las ideas de género e igualdad de oportunidades y
por su concesividad hacia el sector privado. En cuanto a lo primero,
sigue presente una asociación entre género y sexo que no tiene en cuenta
la hibridación de las categorías “hombre” y “mujer” con otras
estructuras de dominación como la raza, la nacionalidad, o la clase
social. (Por ejemplificar, un chapero negro extracomunitario
que viva en España no puede gozar de dividendo patriarcal alguno,
teniendo un ámbito de libertad muchísimo más restringido que una mujer
blanca, heterosexual, europea y de clase media). El proyecto omite, en
este sentido, importantes áreas de exclusión social como la del mercado
del sexo, sobre el cual estamos asistiendo desde Cataluña a propuestas
de regulación consonantes con la idea de “orden público”.
Por otro lado, la norma afecta
sobre todo al ámbito administrativo y laboral público, donde se
establece el principio de paridad en los futuros concursos y consejos
directivos de entes públicos. En el ámbito privado, la norma anima a
denunciar la discriminación y el acoso sexual e invierte para ello la
carga de la prueba en los procesos judiciales, pero organizativamente se
limita a establecer un marco general para la autorregulación de normas
igualitarias y para la negociación colectiva de “planes de igualdad”
—que a la hora de su ejecución, en los casos que lleguen a aprobarse,
tropezarán con el contrapeso de la coerción empresarial—. Además, se
establecen incentivos a la empresa de los que ésta puede sacar partido
económico (explotación comercial de las medidas antidiscriminadoras
adoptadas voluntariamente, obtención del “distintivo español de Empresa
Modelo en Igualdad”, etc). Y la regulación del sector audiovisual —una
importante fuente de sexismo— es sumamente tibia, al remitirse a la
ineficaz Ley General de Publicidad.
Se ha publicitado mucho el nuevo
permiso de paternidad (amplía el actual de 2 a 10 días y es
independiente del de maternidad, que puede ser compartido con el
hombre). Y es en efecto importante, sobre todo para concienciar acerca
del carácter discriminador de la actual organización social de la
reproducción, por mucho que aún se trate de una reforma tímida en la
dirección señalada.
Un examen crítico de este proyecto
de ley ofrece buenas ideas para una política antisexista más ambiciosa.
En primer lugar, la distribución igualitaria del acceso a los recursos a
través de políticas paritarias ha de abordar más a fondo el poder
sociocultural y económico de los hombres. El policía de género que todos
tenemos en nuestras cabezas y el arraigo de hábitos sexistas, fruto de
procesos educativos no neutrales, no son eliminables sólo a través de
leyes, aunque éstas pueden allanar el camino a la lucha social por una
verdadera reforma de la vida cotidiana, que hay que mantener. En segundo
lugar, toda política de discriminación positiva como la emprendida ahora
en nuestro país parte de estándares o situaciones-tipo que delimitan lo
que queda dentro y lo que queda fuera de la norma. De ahí que una
política igualitaria más ambiciosa deba partir de una concepción muy
amplia del género que tenga en cuenta, además del sexo, otras variables
interdependientes como la raza, la situación sociocultural de las
personas, su nacionalidad, o la división social clasista. En tercer
lugar, las normas que promueven la igualdad de género establecen
principios que pueden ser útiles organizativa e ideológicamente, pero no
pueden abarca los contextos de aplicación de la norma. Por tanto, han de
venir acompañadas de una política educativa que incluya no sólo a la
ciudadanía en general sino especialmente a quienes las van a tener que
aplicar (empresarios, autoridades, sindicatos) dentro de espacios donde
la cultura patriarcal goza aún de buena salud. Una política de género de
este tipo pasa por adoptar puntos de vista relacionales y concretos,
respetuosos con las diferencias en el modo de pensar el género dentro de
espacios de relación compartidos.
A pesar de sus limitaciones, la
política de género del actual gobierno ha de ser juzgada en positivo. El
proyecto de ley de igualdad se opone al prejuicio social histórico
acerca de la incapacidad intelectual y política de la mujer (cuya
vigencia se muestra en el informe de Amnistía Internacional La
discriminación, raíz de la violencia. ¡No a las leyes
discriminatorias! publicado el 7 de marzo por la sección española
de AI http://www.es.amnesty.org/) Toca
ahora aprovechar este nuevo espacio para avanzar en la eliminación
efectiva del androcentrismo en la vida cotidiana.
[Antonio Giménez
Merino]
Luna de
marzo
“Alto el fuego permanente”
de Eta: creíble, en principio
Hay motivos para dar crédito a la
declaración de “Alto el fuego permanente” de Eta: los tres años sin
atentados mortales, las tomas de posición por el fin de la lucha armada
de presos etarras altamente significados, la esterilidad de la
estrategia terrorista de la organización, su debilitamiento, la pérdida
de apoyo político de la “izquierda abertzale”. O el cambio de lenguaje:
ya no tregua, sino “alto el fuego permanente”, y la no mención de
condiciones previas. Parece que puede abrirse un período en el que Eta
busque de veras abandonar su estrategia de recurso a las armas y
reinsertar a sus gentes en un sistema de relaciones
dialógico.
Obstáculos al proceso de pacificación
Quizá sea el menor la existencia
de un auténtico cuerpo de ejército de vigilantes privados armados que
ahora quedarán en paro en el País Vasco. Podemos suponer que las
autoridades sabrán qué hacer ante esta dificultad menor, pero no
excluyamos las sorpresas: hay que saber situarlas, si se producen, en su
lugar.
De mayor calado es la posibilidad
de escisión de la propia organización Eta y de la izquierda abertzale.
Que puede producirse ante cualquier obstáculo aparentemente insalvable o
por impaciencia. Ni siquiera el Ira, el ejército republicano irlandés,
que ya ha avanzado mucho en el sentido del abandono de la violencia, ha
quedado a salvo de este peligro. Pues en el ideologizado mundo de la
lucha armada —y en el por otra parte cómodo mundo del que vive sin
necesidad de trabajar en el sentido corriente de esta palabra— no
resultará fácil adaptarse a un debate político en el que los objetivos
propios sigan siendo lejanos —las gentes de la izquierda tenemos una
amarga experiencia de eso— y a una vida civil nada fácil de vivir. La
posibilidad de rupturas y desgarrones en el universo abertzale no está
excluida. Por eso tampoco hay que excluir la posibilidad de avances y
retrocesos en el proceso de pacificación antes de llegar a la
reconciliación y a la paz con naturalidad.
¿Palos en las ruedas?
Parece que el PP va a aceptar el
protagonismo del Gobierno en la interlocución con Eta. Pero no ha dejado
de poner palos en las ruedas del proceso de pacificación de Euskadi, y
no es del todo esperable que deje de hacerlo en el futuro. He aquí un
inventario de sus actuaciones en los últimos tiempos:
Cuando estuvo en el Gobierno, y
ante el dudoso resultado del macroproceso a Batasuna instruido por
Garzón, una especie de “causa general” insostenible, obtuvo la
ilegalización del brazo político de ETA mediante la aprobación de la ley
de partidos que tenía a aquella formación como único destinatario. Luego
se obstinó en atribuir a ETA los atentados del 11 de marzo, contra toda
evidencia, y ha seguido haciéndolo durante años. En la oposición, sin
querer registrar que ETA había dejado de realizar atentados mortales,
rompió el pacto antiterrorista, del que se había beneficiado en el
Gobierno, al negarse a secundar la política del Gobierno de ZP. El PP ha
buscado la ilegalización del llamado “Partido Comunista de las Tierras
Vascas” sin conseguirla. Ha promovido en la sociedad, mediante
declaraciones constantes, la sed de venganza, al objeto de inmovilizar
al Gobierno actual con ataduras ideológicas. Ha atizado la consigna
dudosamente constitucional del “cumplimiento íntegro de las condenas”;
ha instrumentado para ello a alguna asociación de víctimas del
terrorismo y ha sacado a la gente a la calle contra la prudente política
del Gobierno actual. Ha movido contra él a sus peones en el Consejo
General del Poder Judicial. Ha obtenido finalmente la repugnante
sentencia del Tribunal Supremo que, por la vía de la interpretación de
la ley, amplía las penas de prisión efectiva haciendo añicos el
principio garantista de la irretroactividad de la ley penal
desfavorable. El PP ha afirmado el principio, negador en la práctica de
toda solución negociada, de “ninguna concesión política”, cuando es
evidente que todo puede ser visto como concesión política, incluso un
simple caso menor de indulto o un traslado de presos.
El PP ha buscado ganar posiciones
entre el electorado con este política: ha tratado de ganar
emocionalmente para sí la repugnancia de todos contra el terrorismo.
Sostiene los recortes a las libertades que han ido de la mano de la
lucha contra el terrorismo: una ley especial antiterrorista que amplía
los períodos de detención y cercena las garantías jurídicas de los
detenidos; un tribunal especializado, anómalo en un estado de derecho,
como es la Audiencia Nacional; normas penitenciarias especiales para
condenados por terrorismo; una ley de partidos antidemocrática; una
política penal del ojo por ojo. En definitiva, el mantenimiento de
medidas autoritarias para las que es argumento la existencia del
terrorismo.
Al Partido Popular no parece
importarle cerrar vías de salida a la situación de violencia. Y también
él se puede dividir a este respecto, o dividirse su electorado, pues ha
de virar tras cabalgar desbocado. Queda además la duda de que pueda
permitirse el éxito de la política de su principal alternativa: la del
partido socialista y sus aliados.
¿Qué
podemos hacer las gentes corrientes?
Debemos buscar la vía de regreso a
una legalidad democrática e intentar ponerle un bozal jurídico e
ideológico al Estado, nuestra bestia colectiva. Es preciso buscar la
derogación de la ley de partidos y de la ley antiterrorista. Es preciso
luchar por las garantías de la integridad física de las personas
detenidas y de los presos. Hay que exigir el desmantelamiento
institucional de la Audiencia Nacional. Hay que exigir garantías, y no
sólo racionalidad, ante las medidas de vigilancia policial contra los
atentados terroristas, y a la vez el abandono de misiones militares en
las que no se nos ha perdido nada, como la presencia de tropas españolas
en Afganistán, donde sus funciones no son precisamente las de una Ong,
que pueden atraer hacia España el rencor islámico.
Si alguien nos incita a no
olvidar, debemos entonces recordarlo todo: no sólo los
atentados y asesinatos de Eta, repugnantes en sí mismos, o los
asesinatos internos de esa organización, y sus secuestros y extorsiones:
también los años en que el euskera estuvo prohibido, las insuficiencias
políticas de la transición, las largas penas de prisión impuestas y
cumplidas, la guerra sucia bajo los gobiernos de Suárez y González.
Recordar a los etarras Lasa y Zabala torturados hasta la muerte y
enterrados en cal viva, las denuncias de torturas nunca investigadas y
tantas otras historias de nuestra triste historia: los asesinatos de la
extrema derecha durante la transición y los numerosos muertos por
disparos de la policía en ese período. Sobre estas víctimas ha caído el
manto del olvido. A quien nos incite a no olvidar hay que exigirle
recordarlo todo.
La pacificación no exige el
olvido, pero sí, en cambio, la liquidación del deseo de venganza para
hacer posible tanto la convivencia civil como la controversia política
que desactiva la violencia armada.
Debemos poner como ejemplo la
generosidad de la izquierda en la transición. En el País Vasco y en toda
España, donde las víctimas del terrorismo de Eta han sido muchas, y
principalmente gentes humildes: simples policías, soldados conscriptos,
ciudadanos corrientes, y no sólo políticos y militares profesionales,
funcionarios de un Estado que a fin de cuentas debería ser nuestro,
estar a nuestros pies y no por encima de nuestras cabezas.
[Juan-Ramón Capella, 27 de marzo
2006]
América Latina y
Asia por fin libres de las garras de
Washington
16 de marzo de 2006
Por Noam
Chomsky
La perspectiva de que Europa y
Asia puedan tender hacia una mayor independencia preocupa a los
estrategas americanos desde la segunda guerra mundial. Sus tribulaciones
han aumentado a medida que ha evolucionado la “relación tripolar”:
Europa, América del Norte y Asia.
También América Latina está
aumentando día a día su independencia. Ahora Asia y las Américas están
fortaleciendo sus lazos mientras la superpotencia reinante, la
excepción, se consume en las desgracias de Oriente Medio.
La integración regional en Asia y
América Latina es una cuestión crucial y cada vez más importante que,
desde la perspectiva de Washington, presagia un mundo rebelde y fuera de
su control. La energía, desde luego, sigue siendo un factor decisivo —y
motivo de disputa— en todas partes.
China, a diferencia de Europa, se
niega a dejarse intimidar por Washington, una razón elemental para el
miedo a China de los estrategas americanos y que conlleva un problema:
los pasos hacia la confrontación son inhibidos por la confianza de la
sociedad americana en China como plataforma de exportación y como
mercado potencial, así como por las reservas financieras de China,
proporcionalmente equivalentes a las de Japón.
El Wall Street Journal
informa que la visita a Pekín el pasado enero del Rey Abdullah de Arabia
Saudita desembocará en una declaración de colaboración chino-saudita,
animando al “aumento de la cooperación e inversión entre los dos países
en cuestiones como petróleo, gas natural y financiación”.
Una gran parte del petróleo iraní
se exporta a China. Y China le proporciona a Irán armas que
probablemente ambos estados consideran disuasorias para los planes de
EE.UU. India también tiene opciones: puede escoger entre ser cliente de
EE.UU o puede preferir unirse al bloque asiático que se está formando,
más independiente y con mayores lazos con los productores de petróleo de
Oriente Medio. Siddharth Varadarjan, editor de The Hindu,
observa que “para que el siglo XXI sea ‘el siglo asiático’, la pasividad
de Asia en el sector energético tiene que acabar”.
La clave es la cooperación de
India y China. En enero, un acuerdo firmado en Pekín “dejó expedito el
camino para la colaboración de India y China no sólo en lo referente a
tecnología sino también en la exploración y producción de hidrocarburos.
Una colaboración que en el futuro podría alterar decididamente las
relaciones mundiales del sector del gas natural y del petróleo”, señala
Varadarjan.
Un paso más, que también se está
considerando, es un mercado petrolífero asiático que comercie en euros.
El impacto en el sistema financiero internacional y el equilibrio de
poder global podría ser muy importante. No debería sorprender que el
Presidente Bush hiciera recientemente una visita a la India para
intentar mantenerla en el redil, ofreciendo cooperación nuclear y otros
alicientes como señuelo.
Entretanto, en América Latina se
imponen gobiernos de centro-izquierda de Venezuela a Argentina. Las
poblaciones indígenas son ahora mucho más activas e influyentes,
especialmente en Bolivia y Ecuador, donde pretenden que el petróleo y el
gas estén bajo control nacional o incluso, en algunos casos, se oponen a
su producción.
Muchos indígenas no ven ninguna
razón por la que deban destruirse o romperse sus vidas, sociedades y
culturas para que los neoyorquinos puedan seguir sentados en sus
todoterrenos en un atasco de tráfico.
Venezuela, el principal exportador
de petróleo del hemisferio, que ha forjado probablemente las relaciones
más cercanas a China de todos los países latinoamericanos, está
planeando vender cantidades cada vez mayores de petróleo a China en su
esfuerzo por reducir la dependencia del gobierno de EE.UU., abiertamente
hostil.
Venezuela se ha integrado en el
Mercosur, la unión aduanera suramericana. Un paso descrito por Néstor
Kirchner, el presidente Argentino, como “un hito” en el desarrollo de
este bloque comercial. El presidente brasileño, Luiz Inacio da Silva,
“Lula”, le dio la bienvenida como un “nuevo capítulo de nuestra
integración”.
Venezuela, aparte de abastecer a
Argentina con gasoil, adquirió casi una tercera parte de la deuda
Argentina emitida en 2005, una muestra del esfuerzo regional para
liberar a los países de los controles del FMI, después de dos décadas de
desastrosa sumisión a las reglas impuestas por las instituciones
financieras internacionales dominadas por los EE.UU.
Un nuevo paso hacia la integración
del Cono Sur (los estados del sur de Suramérica) se dio en diciembre con
la elección en Bolivia de Evo Morales, el primer presidente indígena del
país. Morales actuó rápidamente para alcanzar una serie de acuerdos
energéticos con Venezuela. The Financial Times informó que “se
espera que los acuerdos apuntalen las futuras reformas radicales de la
economía de Bolivia y su sector energético” con sus enormes reservas de
gas, sólo superadas — en Suramérica— por Venezuela.
Las relaciones entre Cuba y
Venezuela son más intensas que nunca, gracias a las ventajas que les
proporciona. Venezuela sirve petróleo barato. A cambio, Cuba organiza
programas de alfabetización y de salud, enviando a miles de
profesionales muy experimentados, maestros y médicos, que trabajan en
las zonas más pobres y más abandonadas, como lo hacen en cualquier punto
del tercer mundo.
La ayuda médica cubana también es
bien recibida en muchos otros lugares. Una de las tragedias más
horrendas de los últimos años fue el terremoto de Pakistán del pasado
octubre. Además del coste en vidas, produjo un número indeterminado de
supervivientes que tienen que hacer frente a un invierno brutal sin
refugio, alimentos o ayuda médica.
"Cuba le ha proporcionado a
Pakistán el mayor contingente de médicos y enfermeros”, haciéndose cargo
de todos los costes (quizás con financiación venezolana), escribe a John
Cherian en la revista India’s Frontline, citando a
Dawn, el principal diario pakistaní.
El presidente de Pakistán, Pervez
Musharraf, expresó su “profunda gratitud” a Fidel Castro por el
“espíritu y compasión” de los equipos médicos cubanos, formados por más
de 1.000 especialistas, el 44% de ellos mujeres, que seguían trabajando
en remotos pueblos de montaña “alojados en tiendas, con una temperatura
glacial y en una cultura extranjera”, cuando los equipos de ayuda
occidentales ya se habían retirado.
El crecimiento de los movimientos
populares, principalmente en el sur pero con cada vez mayor
participación en los países industriales ricos, es la base del
desarrollo de una mayor independencia e interés por las necesidades de
la gran mayoría de la población.
[Fuente: Znet, http://www.zmag.org/.
Texto
proporcionado por Agustí Roig.
Traducción de Víctor
Cassi]
La biblioteca de
Babel
Jorge Rodríguez
Guerra La transformación de la sociedad salarial y la
centralidad del trabajo Talasa, Madrid, 2006, 206 págs. |
|
Este libro es un buen
ejemplo de cómo se puede escribir un texto breve pero bien
fundamentado que aporte al lector los elementos que necesita para
comenzar a reflexionar sobre un tema central. En este caso, el
tema es la organización salarial del trabajo y sus
transformaciones contemporáneas. El autor aporta tres perspectivas
de análisis que va articulando con agilidad: la visión de autores
clásicos y contemporáneos, los datos que permiten explicar la
situación actual del empleo y su argumentación sobre los malos
tiempos que arrastra el neoliberalismo.
Toma como eje
central el pensamiento de Marx, que compara con Durkheim. Con esta
entrada pasa a explicar desde qué posturas distintos autores
–Gorz, Mèda, Offe y Rifkin– han sostenido la pérdida de
centralidad del trabajo en la sociedad contemporánea. A estas
alturas, Rodríguez Guerra ya ha comenzado a rebatir esta posición
tan post mostrando cómo la transformación del trabajo –su
precarización, el debilitamiento de los derechos sociales o la
desorientación de los sindicatos– no ha de ser confundida con la
pérdida de su |
centralidad o con su desaparición. Para fundamentar
esta posición, aporta datos estadísticos que muestran el
incremento del empleo, aunque se pregunta: qué tipo de empleo se
genera, en qué condiciones se trabaja –el contrato de primer
empleo francés es un buen ejemplo de este nuevo
empleo–.
Con este equipaje, el autor afronta la
parte final del libro mostrando al lector sus principales
argumentos: la centralidad del trabajo, los efectos del
neoliberalismo, la necesidad y oportunidad de reorientar el papel
de los sindicatos, la feminización del trabajo, su necesaria
desmercantilización… la necesidad de cuestionar radicalmente el
vínculo salarial que caracteriza la organización del trabajo en el
capitalismo.
Tal como está construido, este texto compendia temas y
aportaciones que frecuentemente aparecen dispersas. En este
sentido, ofrece una visión panorámica. Incluye además un buen
número de referencias para continuar pensando y practicando. Buena
lectura.
[Antonio
Madrid]
|
Cinephilia
Ang Lee Brokeback
Mountain EE.UU, 2005 |
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Corre una
descripción simplista de Brokeback Mountain que la
describe como “un film de cawboys gays”. Sin embargo, estamos ante
una película arriesgada y magistral que toma en consideración la
dificultad de ser libres dentro de un sistema de educación de
género monolítico.
Partiendo del respeto hacia los sentimientos, la película
nos convierte en espectadores de la forma de pensar tradicional en
contra de la homosexualidad, convenientemente subrayada en un
contexto de “tipos duros” con el que se pretende huir del
arquetipo construido en torno a la cultura gay. Más allá de los
tópicos, se nos muestra la relación entre dos hombres que,
habiendo cada uno formado una familia con mujer e hijos, están
inmersos en un |
contexto sociocultural
que les priva de su libertad de amar. Y es que uno de los méritos
de este film es —además de desmitificar la figura del americano
viril tan arraigada en los westerns— desarrollar una
historia perfectamente creíble sobre el telón de fondo de la
intolerancia de nuestras sociedades heterosexistas. Si a ello le
añadimos unos paisajes indescriptibles, una banda sonora
brillante, una dirección magnífica y una interpretación
inmejorable, estamos ante la que es, desde mi punto de vista, la
mejor película del 2005, cuyo único defecto quizás haya sido el
“boom” mediático que supone el gasto de 4 millones de dólares en
publicidad.
[Aureli del
Pozo] |
Martin ScorseseAlberto Méndez
No direction
home EE.UU., 2005 |
|
Hubo una
época, no muy lejana, en la que se pensó que las canciones podían
cambiar el mundo. Una época en la que los acordes y la palabra
cantada lograron percutir en las conciencias de una generación de
jóvenes y no tan jóvenes asediados por el hastío industrial y el
gélido pánico nuclear. Es en los EE.UU. de este período, finales
de los cincuenta y principios de los sesenta, donde se sitúa
No Direction Home, un documental de Martin Scorsese que
muestra los inicios de un joven expedicionario de la música,
Robert Zimmerman, conocido artísticamente como Bob
Dylan.
Dylan, a
pesar de haberse implicado en el movimiento por los derechos
civiles junto a muchos otros músicos folk como Pete Seeger,
Theodore Bikel o Joan Baez y de haber criticado las pulsiones
belicistas de quienes le gobernaban, jamás se sintió cómodo con la
etiqueta de cantante protesta, quizás por su complejo
esquema mental o quizás por su negativa a asumir la idea de que
era un ejemplo de algo para alguien. No obstante, lo cierto
|
es que la sensibilidad
moral, política, estética y lingüística que se desprendía de sus
canciones constituyó la plasmación de una angustia colectiva y de
un compromiso cívico y político.
La recomendación un poco extemporánea de este documental
(llegó a Europa en noviembre del 2005) pretende invitar a una
reflexión acerca de la figura del artista como misionero cultural
en tiempos de medianoche, sin la premura de la novedad que nos
aboca a una vacua competición de mitomanía (tan tentadora cuando
nos encontramos ante personajes de la talla de Dylan). En poco más
de tres horas, Scorsese logra condensar una etapa fértil en
cantautores militantes dados a abrazar causas ajenas a la cultura
mercantilizada. Hoy, éstos son una especie en serio peligro de
extinción, pero es posible que los necesitemos de nuevo en el
futuro. La respuesta, amigos míos, está “flotando en el viento”.
[Sergio
Tamayo] |