Todo
por la competitividad
El mensaje final que la última reunión de
jefes de gobierno europeo en Bruselas ha transmitido a su ciudadanía es
"que nuestro principal objetivo es convertirnos en el área económica más
competitiva del planeta". Y se acepta más o menos veladamente que los
otros objetivos considerados básicos (la sostenibilidad, la cohesión
social, la igualdad de géneros, etc.), deben ser considerados de rango
menor en aras de este gran proyecto colectivo. No es nada nuevo, por
cuanto el término competencia o competitividad ya hace años que viene
siendo aceptado como un eje orientador de la actividad económica, y
constituye en gran medida uno de los eslóganes ideológicos sobre los que
se está apoyando la remodelación neoliberal de la sociedad.
Se trata de una idea extraña. Pero que
basa su capacidad de atracción en vivencias sociales a diferente nivel.
Sin duda donde mejor funciona es en el ámbito del deporte y los
concursos, actividades diseñadas como juegos en los que tiene que haber
perdedores y ganadores. Pero se trata en todo caso de actividades
socialmente triviales (aunque permiten mantener por sí mismas un
importante tinglado mercantil), que sirven como entretenimiento pero no
sirven para resolver cuestiones sociales básicas Sin duda la importancia
que deportes y concursos han adquirido en nuestro mundo favorecen la
aceptación de esta idea en otros ámbitos. Por ejemplo en el campo de la
producción científica donde cada vez más se potencia la elaboración de
proyectos como una competencia entre equipos, donde al igual que en el
deporte lo que priman son las estrategias para ganar, a menudo en
detrimento de otros aspectos. Y es que a veces uno tiene la impresión
que también en algunas esferas científicas prima más el juego que la
relevancia, la dedicación a temas que dan premio que a cuestiones
importantes (por fortuna no toda la producción científica es igual y aún
existen espacios para la honestidad y la búsqueda desinteresada, aunque
el peligro es también ahí evidente).
El mundo de la empresa también sugiere
ideas de competitividad. La empresa se configura como un pequeño ente
enfrentado a otros rivales que persiguen el mismo botín. En este
imaginario, al igual que en el deporte, todo vale con tal de salir
airoso, en forma de crecimiento de la empresa, supervivencia, etc.
Aunque ahí la cosa ya es más compleja porque la propia empresa está
atravesada de contradicciones que a menudo contradicen esta imagen de un
colectivo en la búsqueda de autodefensa: el deterioro de las condiciones
laborales, la destrucción de empleos, etc., que a menudo se esgrimen
como medios para ser competitivos, recuerdan también que el coste a
pagar difiere según cuál sea la posición de cada uno en este pretendido
"barco en el que vamos todos". Por esto el mundo empresarial siempre ha
necesitado de mecanismos culturales complementarios (políticas de
motivación) que ayuden a la gente a creer en el interés de la empresa y
a aceptar dócilmente los costes que tiene para sus vidas la adopción de
políticas orientadas a este fin.
Lo que hoy nos proponen los jerarcas
europeos es que traslademos esta misma creencia a escala nacional, Algo
que tampoco es nuevo, Al fin y al cabo es lo que siempre han hecho los
estados cuando se han lanzado a aventuras bélicas e imperiales alegando
el peligro que para su integridad representaban los pueblos rivales.
Sabemos bastante de cuáles eran las motivaciones reales de estas guerras
y de cómo se reparten sus costes. Y resulta fácil entender que las
demandas actuales para convertirnos en un bloque competitivo van en una
dirección parecida, la de exigir a la ciudadanía que acepte unos costes
sociales en forma de deterioro de salarios y condiciones de vida y
trabajo, de aumento de la inseguridad económica, de pérdida de
independencia social, aunque de momento no se nos pida que vayamos
directamente a la guerra También ahora se perfila un potente enemigo,
China (los otros dragones asiáticos resultaban demasiado pequeños para
darnos miedo). Y también, como en las guerras, se trata de cerrar filas
evitando realizar una valoración crítica sobre entrar en dicha
competición.
Visto desde lejos, poner la competitividad
como un elevado objetivo social puede verse como muestra de infantilismo
o de peligrosa paranoia. Porque además es un objetivo no cuantificable
que como la adicción a las productos tóxicos siempre pide más. Producir
más, trabajar más, no tiene sentido si no es para garantizar una vida
satisfactoria a la gente. Y hay bastante evidencia de que las largas y
variables jornadas laborales, el desempleo recurrente y la reducción de
la protección social contribuyen negativamente al bienestar social. Por
ello ya hace algunos años Paul Krugman, un economista no radical, reunió
varios de sus trabajos como crítica a la competitividad y recordó que lo
que sí mejora la vida de la gente es la productividad, entendida como
mejora de las formas de producir (aunque las mediciones de la misma no
escapan tampoco a la controversia cuando se toman en consideración los
impactos ecológicos de algunas de las técnicas que mejoran la
productividad del trabajo). Resulta asimismo evidente que en muchos
casos la competitividad no sólo se consigue haciendo las cosas mejor
sino deteriorando las condiciones sociales y ambientales del proceso
productivo (de la misma forma que muchas competiciones se ganan
comprando al árbitro, haciendo trampas, con doping, o forman parte
simplemente de juegos amañados). De hecho, a pesar de la retórica sobre
la inversión en tecnología, lo que se está pidiendo a la población
europea es que acepte el deterioro de sus derechos sociales en aras de
este gran objetivo colectivo.
Una situación que resulta más curiosa
cuando se analiza realmente cómo está funcionando el proceso. Bastarán
un par de ejemplos. En unos casos la competitividad es aducida por las
filiales de alguna empresa transnacional para justificar el cierre de
una planta o el cambio en las condiciones laborales. Se alega que la
pérdida de competitividad de la planta afecta a su futuro. Lo que a
menudo se pasa por alto es que el competidor no es otra empresa sino
otra planta de la misma empresa situada en otro país donde predominan
otra estructura de derechos sociales. De hecho la competencia la está
produciendo la misma multinacional enfrentando entre sí a sus
trabajadores (y sociedades) de diversos territorios. El rival está
autoproducido por quienes van a ser los gananadores reales del ajuste,
los directivos y accionistas de la multinacional. Lo racional sería, a
escala europea, imponer normas sociales comunes que obligaran a las
grandes empresas a garantizar derechos básicos en todas partes y se
evitara esta competencia a la baja entre clases obreras de distintos
países.
En otro plano, al poner el peligro chino
como justificante, la Unión Europea trata de eludir el cuestionamiento
de sus propias políticas macroeconómicas y su adopción de politicas
neoliberales a escala internacional. Exagerando incluso el peso que
tienen las importaciones chinas en la generación de los actuales
problemas de empleo (por mucho tiempo la producción china sólo podrá
representar una pequeña fracción del consumo europeo, por más que
represente un elemento importante en sectores concretos) y evitando
debatir el marco monetario, institucional y social en el que esta
"competencia" tiene lugar. La apelación continua a la competitividad no
sólo es un "mantra" con el que colar otras demandas menos aceptables,
sino también una forma de evitar que se produzca otro tipo de debate
sobre los objetivos de la actividad económica.
La competititividad nunca puede ser un
objetivo primario de las sociedades humanas. Éstas deben preocuparse de
satisfacer necesidades básicas y garantizar a todo el mundo una vida con
niveles aceptables de autonomía y capacidad de realización. Aunque sin
duda cuáles son estas necesidades es un tema discutible, que exige
contar con buenos mecanismos para garantizar un serio debate social (y
que posiblemente pueden dar lugar a soluciones diferentes). Que la
actual estructura económica es insatisfactoria en muchos aspectos e
imposible de sostener es también cierto. Y ello obliga sin duda a
replantear los objetivos y las formas de las políticas comunitarias. Lo
que resulta evidente es que la potencial amenaza china nos indica dos
cosas igualmente preocupantes: que una parte de nuestra prosperidad se
sustenta en un juego de suma cero que resulta fatal si caemos en el lado
perdedor, y que el impacto ecológico que generará la copia de nuestro
modelo por otro 20% de la población mundial puede ser terrible. Pero
esta toma de conciencia también nos indica que si basamos la respuesta
en la competitividad el resultado puede ser catastrófico. Por ello me
parece tan decepcionante oír a los supuestos (o reales) representantes
de los y las asalariadas hablar en términos de competitividad y
olvidarse de crear una nueva conciencia social en la que la cooperación,
la búsqueda de salidas colectivas, la regulación consciente sustituya a
la locura de un mundo actual regido por una capa de machos que aún están
obsesionados en demostrar que la tienen más larga que nadie.
--[Albert Recio]
El
referéndum francés
He empezado a tener esperanzas que la
semilla valientemente sembrada por el No en ese referéndum que tenía que
ser triunfal y masivo en España, tampoco iba a ganar moralmente en
Francia cuando he escuchado en la muy oficial Radio France mentar al
engendro giscardiano como el Tratado de Giscard. Con ello se coloca al
llamado tratado constitucional al mismo nivel de simpatía que despierta
en Francia ese personaje pedante y orgulloso pero ávido de poder y de
dinero que una vez, hace años, fue presidente de la República francesa
en una época que poco dice ya a sus conciudadanos y en la que se podían
aceptar impunemente regalos de dictadorzuelos africanos.
Y las encuestas dan ya un 54 % de votos
No, en su mayoría de izquierdas (el 59 % del electorado de las
izquierdas dice preferir el No). La campaña de verdad está empezando
ahora, pero los argumentos de Fabius y de Marie-George Buffet (los
socialistas partidarios del No y los comunistas) así como de Attac y de
una gran parte de las bases sindicales de la CGT, parecen ir en la línea
del sentimiento popular contra la propuesta Bolkestein de liberalización
a la baja y salvaje de las condiciones de contratación en toda Europa,
símbolo de esa Europa de los explotadores que el auténtico guionista del
Gobierno francés, el jefe de la patronal MEDEF Antoine de Seillère, otro
noble más o menos auténtico como Giscard d'Estaing, concita en sus
sermones ante la incapacidad del Gobierno Raffarin de afrontar la
situación. Ya ese lunes de Pascua trabajado en parte de Francia está
sirviendo para liquidar las famosas 35 horas. Y Seillère insiste, como
un Cuevas cualquiera. Barroso, el cuarto mosquetero de las Azores (eran
cuatro, como los tres mosqueteros de Dumas), amenaza con el anatema,
pero tiene que acabar aceptando modificaciones, aun temporales, en la
política económica de la Unión.
La Unión europea, sus países, sus pueblos,
necesitan, incluso estructuralmente, en su misma concepción como
organización supranacional permanente, una política distinta de la que
desde la asimetría, desde la unipolaridad, quiere imponer el pensamiento
neoliberal. No se puede predicar el multilateralismo a escala
internacional y exigir dentro de Europa que se instale la pura
dominación unilateral de las grandes empresas.
Pero en todo caso, aquí y ahora, en estos
momentos de recesión, persistir en esa línea es también suicida. La
defensa del estado de bienestar, entendido éste no como el resultado de
una carta otorgada, sino como el de las luchas sociales y la complejidad
de la sociedad europea de todo el siglo XX, es imprescindible si se
quiere darle continuidad al proyecto y apoyar el desarrollo de terceros
países, es decir de sus fuerzas internas progresistas, no el de las
multinacionales allí instaladas. --[Jaume
Segarra]
De luna
a luna. Crónica / Crítica
Un saludo de
Bush
El presidente Bush, en la conmemoración
del 11-M, dirigió su saludo "al pueblo español", puenteando al gobierno.
Por lo visto los norteamericanos creen que los españoles no recordamos
lo mucho que les debemos.
A los gobiernos norteamericanos les
debemos bastantes años de carencia de derechos políticos, por su
apoyo político a Franco a cambio de las bases. Les debemos que
consideraran "un asunto interno español" el 23-F, en el que estaban tan
pringados que pusieron sus bases en España en situación de alerta y ese
día no llevaron a sus hijos al colegio aquí. Les debemos, si
vamos a eso, hasta la voladura del Maine para intervenir en Cuba. Todo
eso les debemos a los gobiernos norteamericanos. Se lo debemos y lo
recordamos muy bien.
También les debemos a unos pocos
norteamericanos su combate en las Brigadas Internacionales. Cantaremos
en su honor "Jarama Valley".
Dos películas y dos
respuestas políticas
Este año los premios Oscar de la Academia
del Cine de Hollywood a la mejor película norteamericana y a la mejor
película no norteamericana han recaído en sendas películas que abogaban
indirectamente por la legalización de la eutanasia. Dos películas
excelentes: la de Amenábar, por abordar el asunto sin recurrir a la
truculencia; la de Eastwood, por su increíble fuerza dramática. Ambas
habrán hecho pensar a mucha gente en la necesidad de regular usos que
permitan morir con dignidiad y sin sufrimiento con ayuda médica tanto en
los hospitales como en las casas.
La respuesta reaccionaria no se ha hecho
esperar. En Estados Unidos, la derecha ha montado un cirio colosal en
torno a un caso clínico terminal, en contra de numerosas decisiones
judiciales. Ya están los de siempre tratando de causar daño al prójimo.
Y, en España, el gobierno derechista de la Comunidad de Madrid, por si
tuviéramos alguna duda acerca de la peligrosidad de la derecha española,
ha montado también su propio cirio: sobre la base de una denuncia
anónima, sin base alguna, ha destituido a un jefe de urgencias (persona
de izquierdas, claro), en un esfuerzo por hacer creer a su necia base
electoral que en los hospitales públicos se mata a la gente.
Una recomendación: hay que preguntar a los
médicos que nos caen en suerte si son del Opus, de Comunión y Liberación
o amigos de los Legionarios de Cristo. Si lo son -créanme- lo primero es
salir huyendo. Y lo segundo protestar ante quien
corresponda.
En el
Vaticano
Y, hablando de eutanasia, parece que
Woytila no ha querido que hubiera con él encarnizamiento terapéutico.
[JRC, 31 de marzo de
2005]
El
Banco Mundial: un problema que va más allá de Wolfowitz
Por Mark
Weisbrot*
La elección del Secretario de Defensa Paul
Wolfowitz por parte de la Administración Bush para presidir el Banco
Mundial ha iniciado una tormenta internacional de controversias. Justo
después de la nominación del anti-ONU John Bolton como Embajador en las
Naciones Unidas, la elección de Wolfowitz se percibe como un fuerte
mensaje al resto del mundo.
Y ese mensaje no es amistoso. Wolfowitz es
el principal arquitecto y símbolo de la guerra en Irak de la
Administración Bush y también de su desprecio hacia las instituciones
multilaterales y de la absoluta despreocupación por la opinión pública
mundial.
¿Pero qué significará para el futuro del Banco Mundial?
Aquí en Washington, hay un profundo sentimiento de temor y malestar
entre el personal de Banco Mundial. Naturalmente no quieren ser vistos
simplemente como otro instrumento de la política exterior
americana.
Pero la mayoría no es consciente de hasta
qué punto juega ese papel el Banco Mundial. En primer lugar, casi toda
la política de préstamos del Banco Mundial está subordinada al Fondo
Monetario Internacional (FMI). En otras palabras, el Banco inutiliza su
política de préstamos siguiendo las políticas macroeconómicas del FMI,
negándose, en la mayoría de los casos, a otorgar préstamos a menos que
cuente con la aprobación del FMI. El FMI, a su vez, está dominado casi
completamente por el Departamento del Tesoro americano. Y aunque los
europeos y los japoneses teóricamente podrían desbancar a Estados
Unidos, en los últimos sesenta años todavía no lo han hecho.
Esto da al Tesoro americano el mando sobre
este cartel de poderosos acreedores, ya que el Fondo y el Banco juntos
pueden persuadir a otros prestamistas multilaterales, a los gobiernos de
los países ricos, e incluso al sector privado para que no presten a un
país que no cuente con la bendición del FMI y el Tesoro americano. En
los últimos años este poder se ha debilitado un poco, ya que Argentina,
uno de los receptores más importantes de estas instituciones, los puso
en evidencia y ganó. Después de reconvertir cien mil millones de dólares
de deuda privada, Argentina amenazó con la mora en los pagos al propio
FMI, un acto inaudito de desafío, y ha sorprendido a los expertos con un
salto hacia la recuperación con un crecimiento rápido y una disminución
de la deuda.
Pero el FMI y el Banco Mundial todavía
tienen una influencia enorme sobre la política de la mayoría de los
países en desarrollo. Un análisis de los últimos veinticinco años indica
que esta influencia ha sido abrumadoramente negativa: sin contar Asia,
la inmensa mayoría de los países con ingresos bajos y medios han sufrido
una punzante disminución en su crecimiento económico. El Banco Mundial y
el FMI no pueden apuntarse éxito alguno. Apenas puede atribuirse la
explosión del crecimiento chino desde 1980. Más bien al contrario: en
las zonas donde estas instituciones han estado muy involucradas, el
fracaso económico es galopante: en América Latina, la renta per capita
sólo ha crecido aproximadamente un 12% en los últimos veinticinco años,
comparada con el 80% de las dos décadas anteriores (1960-1979). África
ha ido a peor y el Banco Mundial y el FMI han sido lentos y tacaños en
la cancelación de la deuda de los países más pobres, cuando podrían
haberlo hecho de inmediato.
Por consiguiente, Wolfowitz va a tomar el
control de una institución que, desde todos los puntos de vista
económicos, ha fracasado. Pero el Banco se niega incluso a considerarlo.
Gran parte de sus investigaciones económicas están políticamente
dirigidas. Por ejemplo, el año pasado, en la víspera de una importante
votación en el congreso sobre comercio, el Banco publicó un estudio
demostrando que el NAFTA había aumentado el crecimiento de México. Los
principales resultados económicos que muestra son fruto de un error,
pero el informe todavía sigue sin corregir en su página web.
Para abreviar, a pesar de los sentimientos
liberales de su personal, el Banco Mundial no es una institución
liberal. De hecho es tan antiliberal en la práctica que algunas de las
Fundaciones de Inversión más importantes de Estados Unidos, preocupadas
por las cuestiones sociales (por ejemplo, el grupo Calvert), los mayores
sindicatos y diez ayuntamientos, están empeñados en boicotear las
obligaciones del Banco Mundial, normalmente adquiridas por
inversionistas institucionales, hasta que cambie sus abusivas políticas
hacia los países en vías de desarrollo.
Es improbable que Paul Wolfowitz haga
estas necesarias reformas. Pero hasta que los otros 183 países miembros
de esta institución tengan voz en sus decisiones, es poco probable que
el Banco Mundial lleve adelante su misión de reducir la pobreza y
mejorar el nivel de vida de los países en desarrollo, independientemente
de qué americano sea su director.
*Mark Weisbrot es co-director del
Center for Economic and Policy Research, en Washington, DC
(http://www.cepr.net/). [Traducción de Víctor Cassi. Texto
suministrado por Agustí Roig]
John Dimitri Negroponte
El
diplomático de la CIA: de Honduras a Irak
Este hombre, desde sus cargos de
diplomático o asesor, ha sido el brazo ejecutor de gran parte de las
políticas de intervención de la CIA en el Tercer Mundo. Empezó su
carrera diplomática en Hong Kong, se curtió en Vietnam, donde asesoró a
Henry Kissinger en las conversaciones de paz de 1968, destacándose por
mantener las posturas más duras. Su hermano es Nicholas Negroponte, el
gurú de las autopistas de la información y actualmente director
del Laboratorio de medios de comunicaión del MIT (Massachusetts
Institute of Technology).
Con la Administración Reagan (1980-1988)
fue nombrado embajador en Honduras (1981-1985), donde encabezó el
"triunvirato" formado con el presidente hondureño y la Contra, grupo
financiado y entrenado por la CIA. Se encargó de dirigir la guerra
encubierta contra el régimen sandinista y coordinó los grupos
paramilitares con los intereses norteamericanos. Supervisó la creación
de la base aérea "El Aguacate" (Honduras), donde EEUU entrenó a la
Contra. Esta base fue utilizada como centro de detención y tortura a los
"insurgentes" sandinistas (hoy se hubiesen llamado "terroristas"), donde
recientemente se han descubierto fosas de cadáveres. Por esta labor fue
interrogado por un comité del Senado por su consentimiento a las
violaciones de derechos humanos. También se le relaciona con la invasión
estadounidense de la isla de Granada entre 1983 y 1984. Entre 1985 y
1987 fue secretario de Estado adjunto para Asuntos Internacionales
Oceanográficos y Científicos del Medio Ambiente.
Con Bush I (1988-1992) fue asesor del
Consejo de Seguridad Nacional (1987-1989) y embajador en México
(1989-1993), en la época de la negociación de las duras condiciones del
Tratado de Libre Comercio de América del Norte, TLCAN, que dinamitaba
los procesos de integración latinoamericanos. Y posteriormente asesoró
al gobierno mexicano en la lucha contra los zapatistas.
Con la administración Clinton (1992-2000)
se le envió a negociar, sin demasiado éxito, la permanencia de las bases
militares de EEUU en Panamá y la creación de un centro internacional
antidroga. Después se le nombró embajador en Filipinas entre 1993-1996 y
entre los años 1997 y 2001 se tomó un descanso forzado, pasando a
trabajar en el sector privado para Global Markets, empresa de
comunicación perteneciente a McGraw-Hill.
Volvió a la administración de la mano de
Bush II, como embajador en la ONU entre 2001 y 2004, años en los que
EEUU instauró su doctrina de la "guerra preventiva" que se materializó
en las invasiones de Afganistán e Irak. Desde su cargo presionó al
Consejo de Seguridad para que aprobase la resolución que obligaba a
Irak, bajo amenaza de sanción, a someterse a inspecciones continuas, en
busca de las famosas e inexistentes "armas de destrucción masiva".
Excusa formal utilizada por EEUU para su invasión de Irak. Finalizada la
guerra, prosiguió su labor "diplomática" en la embajada-fortaleza de
Irak durante el 2004.
Este es el hombre que, como premio a sus
servicios y experiencia adquirida, ha sido nombrado Director Nacional de
Inteligencia, donde tendrá que coordinar a las quince agencias de
espionaje estadounidense (CIA, FBI, NSA), tarea que nunca ha dejado de
hacer, aunque esta vez sea a mayor escala.
Joan Lara Amat y León.
Más información en N. Chomsky, "From Central America to Iraq",
Khaleej Times, 6-VIII-2004 (http://www.chomsky.info/articles/20040806.htm); S. Kinzer, "Our man", The New
York Review of Books, vol. 48, n.º 14, 2001 (file:///C:/Documents%20and%20Settings/Román%20Reyes/Configuración%20local/Archivos%20temporales%20de%20Internet/Content.IE5/UIEEN4EK/www.nybooks.com/articles/14485).]
El
mundo laboral en el teatro
El método
Grönholm y
Almacenados
Durante los últimos meses las salas de
Barcelona han acogido dos representaciones centradas en la problemática
laboral. El método Grönholm, de Jordi Galcerán, escenifica una
agresiva entrevista de trabajo para acceder a un puesto como directivo
de una multinacional, en la que el aspirante se somete a duras pruebas
-inspiradas en métodos reales- para medir su resistencia y habilidad
para el engaño. Aunque el candidato se va mostrando fuerte, se desmorona
ante el detallado repaso de los momentos más desafortunados de su
trayectoria vital, desbaratando de este modo todas sus posibilidades.
Almacenados, de David Desola, transcurre durante la semana previa
a la jubilación de un responsable de almacén que enseña el oficio a su
joven sustituto. Sus diálogos reflejan las dificultades de la
comunicación intergeneracional y el absurdo de la situación de partida
(un almacén donde ningún camión descarga nunca nada). A su vez,
enfrentan al viejo con su realidad, triste y antigua, consistente en una
tarea vacía de contenido real pero pautada por una rutina de ficha,
almuerzo y salario miserable, que trasciende el ejemplo concreto y sirve
como metáfora de la desazón y el vacío existencial que -autoengaños al
margen- acompañan a la gran mayoría de trabajos. [Raül Digón]
Una de
cine
El secreto de Vera
Drake
El nuevo film de Mike Leigh constituye
otra de sus preciosas construcciones en las que se mezclan una aguda
percepción de la estructura social con el análisis de la vida familiar.
Al fn y al cabo la vida familiar sigue constituyendo uno de los aspectos
básicos de nuestras vidas y su análisis nos permite detectar elementos
cruciales de las mismas. En este caso lo que se nos presenta es un
cuadro bastante preciso de una familia británica de clase obrera en un
contexto concreto, el de la Inglaterra de principios de los años
cincuenta, el período del pleno empleo, de los primeros atisbos de
consumismo y de pervivencia de un modelo tradicional de división por
género (las profesiones y roles de los distintos miembros de la familia
constituyen al respecto un cuadro preciso de la situación). En este
contexto se introduce una cuestión crítica. Vera Drake no es sólo una
ama de casa (y trabajadora de limpieza a domicilio) amorosa y solidaria
con sus vecinos, es también una mujer que practica abortos clandestinos
a otras mujeres que lo necesitan. Y la situación explica, sin subrayados
innecesarios, pero con una contundencia clara, cómo se combinan las
desigualdades de género y clase, cómo responden las instituciones y las
clases dominantes frente a individuos de grupos sociales distintos. Y
cómo, cuando la actividad de Vera se descubre, la misma familia es
golpeada por el conflicto entre los valores hegemónicos y una visión
solidaria de la sociedad. Vera Drake es, sin gritarlo, un precioso grito
por el derecho de las mujeres al control de la sexualidad y de los
pobres a una vida digna. Es, al mismo tiempo, un magnifico retrato
social de la clase trabajadora de un tiempo y un lugar concretos.
[ARA]
La
biblioteca de Babel