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MONOGRÁFICOS M.2 - TONI NEGRI Theoria | Proyecto Crítico de Ciencias Sociales | Universidad Complutense de Madrid |
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| Michael Hardt [1] |
Si uno se limitara a seguir las crónicas
periodísticas, la biografía de Toni Negri podría pasar
por un guión de Hollywood, lleno de aventura, escándalo,
intriga, revuelta, encarcelamiento y fuga. En particular, en la prensa
italiana Negri ha sido acusado de todo tipo de delitos intelectuales, desde
haber sido un «mal maestro» a corruptor moral de la juventud.
No cabe duda de que pocas vidas intelectuales presentan una trayectoria
similar, y pocas han cosechado tal grado de celebridad, atractivo y tragedia
debido a sus actividades intelectuales. Sin embargo, si consideráramos
las cosas sólo desde la perspectiva de los mass media y del
“espectáculo” comprenderíamos bien poco de la substancia
intelectual y política del itinerario de Negri durante los últimos
cuarenta años. En efecto, su vida se presenta como una aventura,
pero una aventura colectiva de auténtico compromiso intelectual
y político.
La anomalía de la trayectoria
de Negri como intelectual se remonta a principios de los sesenta y a su
estelar carrera académica en la universidad de Padua, en la que
empieza a ejercer de profesor titular a una edad extraordinariamente temprana
en el campo de la Dottrina dello Stato, una especialidad italiana
que se ocupa de la teoría jurídica y constitucional. Siempre
se consideró comunista, pero no ingresó en ningún
momento en el PCI. De hecho, ya en los años sesenta su trabajo
abordaba una crítica de las posiciones comunistas y socialistas
europeas desde un punto de vista obrero y de izquierda. Un prolijo estudio
de 1964, II
lavoro nella costituzione, constituye el centro de su evolución
intelectual durante este periodo. En este estudio, Negri reconoce el papel
fundamental del trabajo en la constitución de las sociedades democráticas
liberales: tanto en los términos de la constitución formal
(por ejemplo, el texto de la constitución italiana comienza declarando
que «Italia es una república democrática basada en
el trabajo») como en los términos de la constitución
material de la sociedad y de la producción social. El trabajo se
ve incorporado al Estado del bienestar a medida que es incorporado al
capital. Desde este
punto de partida, Negri desarrolla una crítica marxista del Estado
y del capital que involucra a su vez de manera central una crítica
del trabajo. Es aquí
donde podemos reconocer de forma más clara la separación
de la línea política tradicional comunista y socialista
del periodo por parte de Negri. La izquierda oficial celebraba y afirmaba
el trabajo como medio hacia la liberación, o incluso como la liberación
misma. Antes que una
liberación [¿por] el trabajo, Negri defendía una
liberación del trabajo. El trabajo mismo es un régimen
disciplinario que debe ser impugnado y destruido por los obreros.
Uno de los rasgos característicos
del compromiso de Negri que se remonta a estos primeros años consiste
en que para él los proyectos intelectuales siempre implican una
actividad colectiva y cooperativa. Inclusive la formación de conceptos
es una actividad de grupo; durante una serie de años
un amplio grupo de intelectuales desarrollarán en conjunto una
batería de conceptos siguiendo líneas de articulación
diferentes pero coordinadas. A principios de los sesenta se unió
al colectivo editor de los Quaderni Rossi, una revista que representó
el renacimiento del marxismo en Italia fuera del área del partido
comunista. El armazón filosófico desarrollado en el ámbito
de la revista pasó a conocerse como «obrerismo» (operaismo), y uno de sus conceptos centrales era
el «rechazo del trabajo», que no remitía a un rechazo
de la actividad creativa o productiva sino más bien a un rechazo
del trabajo dentro de las relaciones de producción establecidas. El otro corazón conceptual
del operaismo implicaba un proyecto de autonomía de la clase obrera
respecto al capital así como a las tradicionales estructuras representativas
y estatales, sindicatos y partidos incluidos. La actividad política
práctica de Negri en la década de los sesenta culminó
con su participación en Potere Opéraio. En muchos
aspectos, Potere Operaio era característico de los grupos
surgidos al calor de 1968 en toda Europa y en los Estados Unidos. Como
sucedió con organizaciones similares en otros lugares, el grupo
supuso la fusión entre movimientos estudiantiles radicales y obreros
externos y críticos con los partidos políticos y los sindicatos.
En particular, Potere
Operaio aspiraba a poner en práctica los conceptos de rechazo del
trabajo y de autonomía de la clase obrera que Negri y otros teorizaban.
En el siguiente periodo de su actividad
intelectual, Negri y sus colegas fueron más allá de los paradigmas
del 68. En los años setenta, la obra de Negri continuó concentrándose
en el trabajo y en la crítica del Estado, pero el principal emplazamiento
del análisis se desplazó al exterior de los muros de la fábrica.
Al principio, Negri y sus colegas centraron sus análisis en la clase
obrera (por la cual entendían los obreros varones de la fábrica
industrial), pero en este momento desarrollaron una idea más amplia
de proletariado que pretendía hacer referencia a todos aquellos
cuyo trabajo está dominado y explotado por el mando del capital.
Concibieron sus análisis como una salida de la fábrica hacia
la sociedad. En este periodo, Negri desarrolló una teoría del «obrero social», que trataba de aferrar la nueva
figura subjetiva de la producción social y la rebelión. En
efecto, este proyecto intelectual puso en cuestión la división
conceptual planteada por las concepciones marxistas tradicionales acerca
del trabajo productivo e improductivo o el trabajo productivo y reproductivo,
así como las divisiones políticas tradicionales entre obreros
asalariados, no asalariados y parados. La principal consecuencia teórica
de estas teorías fue el reconocimiento de la capacidad de rebelión
de todas las diferentes figuras de la producción social, de todo
el proletariado en sentido amplio. El trabajo teórico de Negri
culmina en este periodo con Marx más allá de Marx, una reinterpretación de la
obra marxiana que la prolongaba más allá de los límites
de la visión y la época de Marx.
Tras la disolución de Potere
Operaio en 1973, Negri participó en lo que vino a conocerse
como Autonomía
Organizzata, una red
difusa de organizaciones locales de toda Italia. Autonomía se oponía
firmemente a la idea de un partido de vanguardia y de una dirección
centralizada, planteando en cambio la autonomía de los grupos locales.
Negri insistía
en que la organización política debía plantearse de
manera continua el problema de la centralización y la democracia. En las anteriores revoluciones comunistas,
la gestión del poder a cargo de un partido centralizado acabó
estrangulando la organización proletaria de los poderes, lo que
puso fin a la revolución. En este sentido, Negri abogaba por Autonomía
como antipartido, una red de organizaciones políticas abiertas y
descentralizadas.
A su vez, en este periodo y partiendo
de este mismo terreno de luchas sociales, se formaron los grupos terroristas
italianos como las Brigadas Rojas. Todo el horizonte de la actividad política
en Italia se volvió más complejo y violento desde finales
de los años setenta, los llamados «años de plomo».
No cabe duda que podemos distinguir entre prácticas políticas
terroristas y no terroristas, y es importante hacerlo, tan importante
como reconocer que el periodo presentaba un marcado continuum de
uso de la violencia, tanto contra la propiedad como contra determinados
sujetos. Las manifestaciones de masas cobraban un carácter más
violento a medida que se endurecía la represión policial
contra las mismas. Negri se opuso continuamente a los
grupos terroristas y defendió en su lugar otras formas de intervención
política.
Tras el secuestro y asesinato de Aldo Moro [nota del “formateador” de este texto: recuérdese la famosa red GLADIO y hasta qué punto estaba todo el ambiente envenenado por las tramas negras], destacado dirigente de la Democracia Cristiana, en 1978, el gobierno italiano promulgó una serie de medidas de emergencia y redobló sus esfuerzos policiales contra los grupos políticos terroristas y no terroristas por igual. El 7 de abril de 1979, Negri es detenido junto a numerosos exmiembros de Potere Operaio. El fiscal sostenía que esa organización era el origen de la violencia política de los años setenta y que Negri era el líder secreto de una vasta constelación clandestina de organizaciones terroristas -por más que sus esfuerzos de organización política fueran encaminados en la dirección contraria y hacia modelos más descentralizados-. Las medidas de emergencia permitieron que Negri, junto con miles de personas, permaneciera en prisión preventiva durante años sin cargos firmes ni fecha de juicio. Cuando, cuatro años más tarde, Negri fue juzgado, las acusaciones originales de ser el cerebro de las organizaciones terroristas habían sido desestimadas. En su lugar, los jueces le procesaron basándose en gran medida en sus escritos, considerándole responsable «moral» y «objetivo».
En 1983, mientras se celebraba su juicio, Negri fue elegido diputado por el Partido Radical y excarcelado inmediatamente. En el parlamento defendió los derechos de los presos políticos y se opuso a las medidas de emergencia utilizadas por el gobierno para procesarles. Amnistía Internacional denunció a su vez la irregularidad de los encarcelamientos y juicios. Sin embargo, solo unos meses después la Cámara de Diputados votó a favor de retirarle la inmunidad parlamentaria y devolverle a la cárcel. En ese momento, en vez de volver a la cárcel, Negri huyó en barco a Francia, donde permanecería exiliado los catorce años siguientes. Los juicios continuaron sin su presencia y fue condenado en rebeldía.
Sin duda, la cárcel y el exilio
impusieron duras condiciones a Negri. La cárcel supuso duras penas
físicas, pero el exilio, lo que tal vez fuera aun peor, le separó
de los contextos intelectuales y políticos en los que siempre había
trabajado. No obstante, Negri hizo de necesidad virtud. Este tercer periodo
de su producción intelectual contiene algunas de sus contribuciones
filosóficas más importantes, desde su célebre estudio
sobre Spinoza, escrito en la cárcel, hasta su impresionante estudio
del concepto de «poder constituyente», que se ocupa principalmente
de Maquiavelo y los periodos revolucionarios en Inglaterra, Estados Unidos,
Francia y la Unión Soviética. En cierto modo, uno podría
decir que el proyecto central del pensamiento de Negri durante todo este
periodo consistió en reunir (o acaso revelar las resonancias entre)
el pensamiento político del operaismo italiano con la nueva filosofía
francesa de autores como Michel Foucault, Gilles Deleuze y Félix
Guattari. De esa forma, por ejemplo, el proyecto operaista de rechazo del
trabajo se encuentra con la idea foucaultiana de resistencia a la sociedad
disciplinaria y con la concepción de las líneas de fuga de
Deleuze y Guattari. Qué duda cabe, a resultas de ese encuentro todos
estos conceptos aparecen transformados. Así, recibimos una nueva versión
de la filosofía «posestructuralista» claramente comprometida
políticamente.
No obstante, Negri continuó las líneas de pensamiento que
recorren su obra. En el trabajo de colaboración que hemos llevado
a cabo conjuntamente, nos centramos en los cambios recientes de las prácticas
del trabajo y del mando capitalista, extendiendo la tradición de
la crítica del Estado a las condiciones de la posmodernidad. En la
actualidad, ultimamos un libro sobre el Imperio que articula las lógicas
culturales, políticas y económicas del orden mundial contemporáneo.
El gobierno francés se opuso
repetidamente a las peticiones de extradición de Italia, con independencia
del partido en el poder, pero lo impreciso de sus condiciones de residencia
le impedían intervenir políticamente. No obstante, se las
arregló para introducirse en el ambiente intelectual parisino. En
los años ochenta comenzó a enseñar en la Universidad
de París VIII (Saint Denis) y en el Collège International
de Philosophie. Y, una vez más, una revista hizo las veces de
mecanismo generador de un empeño intelectual colectivo. Negri ha sido
el motor central de la revista Futur antérieur, que comenzó
a publicarse a principios de los años noventa y reunió en
un proyecto coherente a una amplia coalición de la izquierda francesa,
a menudo dividida por diferencias sectarias. En torno suyo logró
construir en París una enorme y articulada máquina de colaboración
e intercambio intelectuales.
En el verano de 1997,
después de catorce años en París, Negri decidió
abandonar el medio intelectual parisino y volver a Italia y, por tanto,
a la cárcel. Su principal objetivo ha sido instar al gobierno italiano
a encontrar una solución política colectiva para esos cientos
de personas que, como él, permanecen exiliados o en la cárcel
por sus actividades políticas en los años setenta. El parlamento
estudió dos de tales soluciones: un indulto, una conmutación
que rebajaría los años suplementarios de pena para los delitos
políticos, que los equipararía a delitos comunes; y una
amnistía que permitiría el retorno a la vida civil italiana
de todos los exiliados y encarcelados. Negri piensa que, habida cuenta
de los recientes cambios en el gobierno italiano y de la futura integración
de Italia en la nueva Europa, es hora de pasar la página de las
actividades políticas y la represión de los años setenta.
A su vez, la concesión del premio Nobel a Darío Fo, quien,
al igual que Negri, jugó un importante papel contestatario en la
izquierda radical italiana en los años setenta, tal vez sea una
señal de que ha llegado el momento de dejar atrás el conflicto
de aquellos años y reconocer claramente los logros intelectuales
que durante mucho tiempo se han visto oscurecidos por anteojeras ideológicas.
El segundo motivo de la vuelta de
Negri es el redescubrimiento de una vida política propia en Italia.
Un rasgo característico del modelo de intelectual que nos ofrece
consiste en la búsqueda constante de una vida radical en sintonía
con los tiempos. Tras el largo y fructífero paréntesis del
medio parisino, en la actualidad aspira a reinventar el modo de intervención
política radical del que pudo gozar con anterioridad. Recordando
los diversos cambios de su pensamiento y de su vida, uno percibe el valor
que ha demostrado en numerosas ocasiones, dejando a un lado las comodidades
de su vida y volviendo a empezar desde la nada, desde una posición
de pobreza. Resulta extraordinario que hoy, con 65 años de edad,
tenga la energía para reconstruir una vida radical y un proyecto
político colectivo desde cero. Son muchos los intelectuales radicales
de los años sesenta que se han instalado cómodamente en el
gobierno, la universidad o en el mundo de los negocios. En comparación,
Negri es una anomalía y un modelo. No ha seguido siendo un radical
de los años sesenta (celosamente conservado en hielo) ni ha abandonado
sus aspiraciones políticas; más bien ha cambiado con los tiempos,
tratando siempre de reinventar el papel del intelectual público y
político. En
cada periodo Negri ha tratado de descubrir las posibilidades revolucionarias
del presente.
Louis Althusser dijo en una ocasión:
«Un comunista nunca está solo». Lo cual nos indica un
segundo rasgo característico de la figura del intelectual que nos
ofrece Negri. Su actividad intelectual siempre es colectiva y colaborativa,
siempre va en busca de la intervención social y política.
Esta es la razón por la cual cuando decide asumir un grave riesgo
personal o una posición de pobreza nunca adopta una figura ascética.
La naturaleza colectiva
y colaborativa del proyecto político asegura siempre que no se trata
de un proyecto de renuncia sino de alegría, una aventura alegre
de intervención política e intelectual. Es éste el modelo del intelectual
radical que Negri ofrece a nuestra época.
[1] Michael Hardt enseña
en la actualidad Romance Studies en la Duke University, Durham, NC. Ha
colaborado estrechamente con Toni Negri desde principios de los años
noventa, participando asimismo en la redacción de la revista Futur
antérieur. Fruto de su colaboración con Negri son los estudios
Labor of Dionysus (1994) y el reciente Empire (2000). (N. del E.)
[2] Michel Foucault,
Le philosophe masqué, en Dits et écrits 4, Gallimard, Paris,
1994, p. 105.
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