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Lo que más atrae
en estos teóricos italianos y en los movimientos ligados al mismo
es su carácter alegre. Demasiado frecuentemente la cultura de la
izquierda ha identificado la vida revolucionaria con la trayectoria estrecha
del ascetismo, de la negación y pareja al resentimiento. Aquí,
en vez, la búsqueda colectiva del placer está siempre en primera
línea: la revolución es una máquina deseante. Quizá
la razón está en que, aunque estos autores siguen muchos aspectos
de la obra de Marx, raramente desarrollan su crítica de della merce
[las mercaderías/del mercado] y la crítica de la ideología
como temas centrales. Siendo seguramente conceptos importantes, entre ambos
de estos análisis corren el riesgo de caer en una suerte de ascetismo
que quisiera predicar la lucha revolucionaria sobre la base de una negación
de los placeres que ofrece la sociedad capitalista. El camino que encontramos
aquí, al contrario, no comporta negación alguna sino, desde
luego, la adopción y la apropiación de los placeres de la
sociedad capitalista por parte de todo nosotros, intensificándolos
como riqueza colectiva compartida. Todo esto va más allá de
la visión del comunismo como división igualitaria de la pobreza,
y recuerda muy poco a las formas comunales precapitalistas. El comunismo
surgirá más bien desde el corazón del capitalismo como
una forma social que no sólo responderá a las necesidades humanas
básicas de todos, sino acrecentarán e intensificarán
nuestros deseos. Junto a la atención al regocijo hay también
otro elemento que permea el trabajo de estos autores: un trato distintivo
de optimismo, que a cualquiera podría parecer a primera vista ingenuo.
En varios momentos de los años setenta, por ejemplo, sus escritos
parecían como si la revolución fuese posible y bastante inminente.
Incluso durante los períodos duros de la derrota y la represión
política, la lectura era todavía optimista. En ensayos recientes,
por ejemplo, la contrarevolución de los últimos años
es interpretada como una inversión y un reinvestimento de las energías
revolucionarias, como el negativo fotográfico de una revolución
potencial. Estos autores proponen continuamente lo imposible como si fuese
la única opción razonable. Pero esto, en realidad, no tiene
nada que ver con el simple optimismo o pesimismo; es más bien una
elección teorética o, mejor, una toma de posición sobre
la vocación de la teoría política. En otras palabras,
las tareas de la teoría política comportan efectivamente los
análisis de la forma de dominio y explotación que nos afligen,
pero la primera y más importante tarea es identificar, afirmar y satisfacer
las demandas existentes del poder social que aluden a una nueva sociedad
alternativa, a una comunidad que viene. La potencial revolución es
siempre ya inminente en el espacio social contemporáneo. Así
como estos autores están placenteramente libres de todo ascetismo,
también están libres del disfattismo y del victimismo. Es nuestro
deber traducir esto potencial revolucionario, tornando lo imposible real
dentro de nuestros contextos.
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