| NÓMADAS - REVISTA CRÍTICA
DE CIENCIAS SOCIALES Y JURÍDICAS 13-2006/1 | Universidad Complutense de Madrid | ISSN 1578-6730 |
| El
"recelo feminista" a propósito del ensayo La dominación masculina de Pierre Bordieu |
| Yuliuva Hernández Garcia >>> CV |
Una vez leída la primera
oración gramatical de “La dominación masculina”, ya no puede
resistirse la tentación de llegar hasta el final para conocer qué
dice en su análisis del tema, este especial discurso masculino. Especial
en dos sentidos importantísimos: en una instancia porque es un hombre
quien lo escribe, y en la otra, porque ese hombre no es cualquier hombre que
enuncia su discurso desde el conocimiento de sentido común, sino un
hombre que discursa desde la “legitimidad poderosa” del
conocimiento científico. Y no carece de fundamento,
entonces verdaderamente, que Bordieu observara
esta observación recelosa de la crítica feminista de
los escritos masculinos sobre el problema de la diferencia sexual.
Al leerse este primer planteamiento
de Bordieu, podría liberarse la intensa
emoción de quien va a enfrentarse a un autor que se aleja de la tradición
masculina del tratamiento del tema en una suerte de “desprendimiento”. Sin
embargo, el discurso se torna (su lectura) en una inquietante mezcla de altibajos
en las emociones de quien lee, sobre todo si se es mujer, por el choque no
poco frecuente, de grandes aciertos, y desaciertos: Bordieu
incurre, en el despliegue de su “incuestionablemente develador universo simbólico”, en las mismas
limitaciones que encuentra. Es como si cayese en sus propias trampas, no se
pusiese de acuerdo consigo mismo, o simplemente apuesta contra la inteligencia
del lector o la lectora, al no comprometerse.
En “La dominación masculina”,
Pierre Bordieu realiza un vasto abordaje (sin
lugar a dudas) de los mecanismos que subyacen a la, al parecer, casi universal
relación de dominio de los hombres sobre las mujeres, a través
del análisis de datos antropológicos de ciertas sociedades
primigenias mediterráneas, en especial la Kabilia,
de obras de Virginia Wolf, y del análisis mismo del propio psicoanálisis
en algunos de sus principales postulados.
Pero en su abordaje, aunque
ya se ha enunciado su enorme valor, Bordieu se
queda paralizado en la pretensión expuesta, no explícitamente,
de superar las limitaciones de otros autores, en el nivel de la “descripción
del status quo” de las mujeres, y más doloroso aún (ya entrada
en la lectura con cierto nivel de expectativas), en una suerte de “reconocimiento
y confirmación de ese status quo” (velado en los “juegos del lenguaje”)
que simultanea con algunos instantes del “luz” para las mujeres (resultado,
cabría preguntarse, si de una falta de compromiso con respuestas más
radicales de solución para las mujeres por la comodidad del hombre
insertado en la “lógica” de las relaciones de dominación masculina,
o si de la metáfora del hombre que como buen padre entrega
las alas a la hija pero es a ella a quien corresponde aprender a volar; aunque
a veces, parecería que simultanea esta metáfora con la del
posesivo-egoísta que después de entregadas las alas las
corta, anunciando que sí, que vuele, pero que al final no podrá
llegar a ningún lugar porque en realidad no puede hacerlo “sola”).
Al hablar acerca del recelo
de la crítica feminista de los escritos masculinos sobre la diferencia
sexual puede encontrarse el primer acierto de Bordieu,
que se apoya en que ello sucede porque precisamente estos escritos están
realizados desde los instrumentos del conocimiento que socializa desde el
paradigma de lo masculino, por lo cual la interpretación, ya en sí
misma, se haya sesgada, y es lógico que la crítica feminista
se revele contra ello.
De esta forma, es claro que
el psicoanálisis no responda realmente a los intereses del feminismo,
en tanto explica la formación de la subjetividad femenina a partir
de la “carencia y envidia del falo”. Es lógico
que vea con cierta ironía burlesca, que muchas feministas se inspiren
en él, cuando esta es una teoría que lejos de liberar, confirma
el “falonarcisismo”, una visión del mundo
que postula el status inferior de las mujeres. De ahí, la necesidad
de estar alertas con los posicionamientos teóricos.
La otra parte de este mismo
problema, es que la existencia de las mujeres, incluso las feministas, en
este orden simbólico, significa que las categorías
disponibles para analizar la realidad social, que responden a dicho orden,
pueden paradójicamente estar perpetuando
la dominación, por lo que se necesitarían otros instrumentos
de conocimiento diferentes, y es ahí donde Bordieu
no da respuestas muy claras, y sí muy contradictorias con su propio
discurso.
No es posible negar, que en
su trabajo “La dominación masculina”, el sociólogo realiza análisis
verdaderamente lúcidos de apartados como el de sus tesis acerca de
la violencia simbólica, la construcción social de la sexualidad
y el carácter político de las relaciones entre los géneros;
pero no podría decirse exactamente lo mismo acerca de sus postulados
sobre la lucidez de los excluidos, la mujer objeto y una libido institucional,
en los que se muestra (incluso en los otros también) por momentos
optimista con respecto a las mujeres, y por otros, en una suerte de “reaccionario”
que se aleja para mirar la realidad (de las mujeres) y posteriormente ridiculizarlas.
Tampoco es posible afirmar que esta sea la observación realizada desde el resentimiento de los “excluidos”.
Bordieu reconoce en el orden simbólico
que se instaura sobre la diferencia sexual (por demás, arbitrario),
el origen de la dominación masculina al inscribirse sobre lo biológico.
Este orden simbólico de la diferencia sexual instituye la violencia
simbólica, que encuentra su eficacia y confirmación en el propio
comportamiento de las mujeres “mediante el amor fati
que lleva a las víctimas a entregarse y abandonarse al destino que
socialmente están consagradas” [1], y dice además, que
las mujeres “parecen disfrutarlo”. Resulta una contradicción teórica
evidente, que Bordieu primero se refiera al destino
al que socialmente están consagradas reconociendo que es algo
que existe fuera de su “naturaleza”, y luego diga que parecen disfrutarlo
incurriendo él mismo en una especie de “naturalización” de ese
destino, más aún, refiriéndose en todo el ensayo, al
poderoso papel de la socialización en la subordinación de las
mujeres. ¿Cómo no van a reproducir entonces las mujeres la
lógica del prejuicio desfavorable, que supone adoptar, sin saberlo,
el punto de vista dominante que instituye categorías de percepción,
si él mismo ha explicado que la socialización se realiza desde
las relaciones de dominación? Así, plantea: “la violencia
simbólica impone una coerción que se instituye por medio del
reconocimiento extorsionado que el dominado no puede dejar de prestar al
dominante al no disponer, para pensarlo y pensarse, más que de instrumentos
de conocimiento que tiene en común con él y que no son otra
cosa que la forma incorporada de la relación de dominio” (...) “Pero
esta apariencia se disipa cuando se percibe que la eficiencia simbólica
encuentra sus condiciones de posibilidad y su contrapartida económica
(en el sentido amplio de la palabra) en el inmenso trabajo previo de inculcación
y de transformación duradera de los cuerpos que es necesario para producir
las disposiciones permanentes y transponibles en las que descansa la acción
simbólica capaz de ponerlas en acción o de despertarlas” [2].
En este mismo círculo
de su explicación de la violencia simbólica, surge un concepto
muy importante y es el de “habitus” , en estrecha relación con el proceso de socialización.
Desde estos conceptos, nuevamente se refiere a la confirmación de
la dominación por parte de las mujeres con sus comportamientos: “Al
ser fruto de la inscripción en el cuerpo de una relación de
dominio, las estructuras estructuradas y estructurantes del habitus constituyen el principio de actos de conocimiento
y reconocimiento prácticos de la frontera mágica que produce
la diferencia entre los dominantes y los dominados, es decir, su identidad
social, toda ella contenida en esta relación. Este conocimiento corporativo
lleva a los dominados a contribuir a su propio dominio al aceptar tácitamente,
fuera de toda decisión de la conciencia y de todo acto volitivo, los
límites que le son impuestos, o incluso al producir o reproducir mediante
su práctica los límites abolidos en el ámbito del derecho”
[3].
Posteriormente, habla de “autoexclusión
y vocación” de las mujeres, como relevo de la exclusión expresa
que la sociedad crea, que son los límites de la aceptación
inconsciente del dominio masculino cuando los constreñimientos externos
son abolidos y las libertades formales adquiridas. Es recurrente la sensación
de burla de Bordieu nuevamente, si ha estado
explicando la influencia del habitus en los
procesos de dominación, si ya ha estado diciendo que se está
“adiestrada” (socializada) en un “esquema de pensamiento” que aliena, que
limita las posibilidades de transgresión.
No menos importante, y más
aún, interesante, es el análisis que propone acerca de los costos
disímiles para los hombres del ejercicio de la “libido dominandi”, los cuales no son pocos. No obstante, nunca
serían demasiados y tan profundos como para enunciar que en ello la
lectura feminista parece superficial. Al final, son menos dolorosos los costos
desde una posición de poder que desde una posición subordinada:
en su propio análisis, a partir de la obra de Virginia Wolf, en estos
costos de la virilidad, del status quo de los hombres, las mujeres emergen
como “restauradoras de la recomposición masculina”, de la “recuperación
de su ego”, nueva evidencia de que la carga de las dominadas es doble, cargar
con su subordinación y compensar la “ilusión” del otro en “la
lucidez de los excluidos”. En una posición más en favor de
las mujeres, podría plantearse como “debilidad masculina”.
En este apartado, en una especie
de “naturalización del destino social” de
las mujeres, Bordieu parece como si volviera
sobre la burla o a contradecirse a sí mismo
en su concepción de la socialización y habitus de la “libido dominada”, cuando habla de que
la socialización diferencial dispone a las mujeres a “sucumbir” ante
la seducción del poder (que ostenta el hombre), ganando la quietud
que ofrece la indiferencia y exclusión
frente a los juegos de poder y la “seguridad”.
Acerca de la “mujer objeto”,
Bordieu señala que “la sumisión
femenina aporta una forma irremplazable de reconocimiento, justificando al
que hace de ello el objeto de existir y de existir como existe”. Es probable
como él mismo dice más adelante, que ello se logre con la complicidad
de las mujeres, pero ya está sabido hace algún tiempo que esto
es un resultado histórico y parecería que Bordieu lo desconociera cuando realizó esta
enunciación.
No menos cierto es que en
condición de objeto de intercambio económico en las sociedades
simples, las mujeres contribuyen a la acumulación del capital simbólico
y social de los hombres (que hoy, ya no como objeto de intercambio económico
como el anterior momento iniciático propiamente,
pero revestido de otras muchas formas, también contribuyen) y que
el dominio masculino puede perpetuarse más allá del cambio
en los modos de producción económicos; pero la limitación
de Bordieu reside en disminuir el papel de las
transformaciones de dichos modos de producción como favorecedores del
orden simbólico y del capital asociado a él, en los que las
mujeres podrían cambiar sus situaciones vitales.
Hoy, las formas de violencia
simbólica, de la que tanto habla Bordieu,
se disfraza con muchas apariencias que él mismo reconoce (la mujer
como objeto estético, el cuidado del orden doméstico y otros),
y cuando se refiere a ello como “socialmente inclinadas”, vuelve a su error (¿ceguera o burla?) recurrente de expresarse en términos de que “se
encargan de manera natural” en la división del trabajo doméstico
de lo relacionado con la estética e incluso en la esfera del trabajo
que se paga.
Finalmente, lo más
oscuro del discurso de Bordieu en “La dominación
masculina” , son sus “aparentes” contradicciones
teóricas en el cuerpo del trabajo sobre las posibilidades de liberación
de las mujeres de dicho dominio. En varias ocasiones dice:
“De todos modos, el lenguaje de las categorías corre el riesgo
de enmascarar, por sus connotaciones intelectualistas, que el efecto del
dominio simbólico no se ejerce en la lógica pura de las conciencias
conocedoras sino en la oscuridad de los esquemas prácticos del habitus en que se halla inscrita la relación
de dominio, con frecuencia inaccesible a la toma de conciencia reflexiva y
a los controles de la voluntad” [4], destacando el papel del
conocimiento en la liberación, pero un conocimiento diferente del
de la lógica del dominio; y que “huelga señalar, por pequeña
que sea la correspondencia entre las realidades o los procesos
del mundo natural y los principios de visión y de división que
les son aplicados, y por fuerte que pueda ser el proceso de reforzamiento
circular de ratificación mutua, que siempre hay lugar para la lucha
cognitiva a propósito del sentido de las cosas del mundo y en particular
de las realidades sexuales” [5], ofreciendo la alternativa
de revertir la lógica de las categorías dominantes en favor
de los dominados en una suerte de pensamiento iluminador de las mentes, que
descubre el poder de la socialización de la sexualidad: “sólo una acción colectiva que busque organizar una lucha simbólica capaz de cuestionar
prácticamente todos los presupuestos tácitos de la visión
falonarcisista del mundo puede determinar la ruptura
del pacto casi inmediato entre las estructuras incorporadas y las estructuras
objetivadas que constituye la condición de una verdadera conversión
colectiva de las estructuras mentales, no sólo entre los miembros
del sexo dominado sino también entre los miembros del sexo dominante,
que no pueden contribuir a la liberación más que librando la
trampa del privilegio” [6], para posteriormente estarse
negando a sí mismo de forma constante en los planteamientos que hace
“naturalizando”, de alguna forma, lo que llama “vocación de autoexclusión,
disfrute en la “confirmación del dominio” de las mujeres.
Lo que inicia como un hermoso
proyecto prometedor en Bordieu, culmina en una suerte de desaliento irremediable: “pero esta visión
distante que les hace percibir, así sea vagamente, el carácter
ilusorio de la ilusión y sus apuestas, no tiene muchas posibilidades
de estar en posición de afirmarse en contra de la adhesión que
se impone a ellas, al menos a favor de la identificación con las causas
masculinas (…) es un programa tan utópico
que está condenado a servir de tema de comedia” [7]. Y prosigue “ no podría, sin embargo, sobreestimarse
la importancia de una revolución simbólica que busca trastocar,
tanto en los espíritus como en la realidad, los principios fundamentales
de la visión masculina del mundo” [8].
La contradicción, y
no pocas veces, la privación de esperanzas para las mujeres, deviene
un atributo importante en el ensayo “La dominación masculina”, que
por instantes abre las puertas, pero en cuanto se va a pasar, las cierra de
golpe.
En su intento de despojarse
de lo que enuncia, “el analista, una vez metido en lo que cree comprender,
obedeciendo sin saberlo intereses justificatorios,
puede presentar las presuposiciones o los prejuicios que él mismo ha
introducido en su reflexión, sino sobre todo porque enfrentado a una
institución que se encuentra inscrita desde hace milenios en la objetividad
de las estructuras sociales y en la subjetividad de las estructuras mentales,
suele emplear como instrumentos de conocimiento categoría de percepción
y pensamiento que debiera abordar como objetos de conocimiento” [9], cae en su propia trampa.
Lo más complejo de
todo es que, como bien lo han dicho las teorías sobre el discurso,
el poder y la ideología, el discurso científico no tiene muchas
necesidades de justificar su legitimidad (como mismo él concibe la
cuestión del arraigo del patriarcado y el dominio masculino de forma
tal que no necesita justificarse), legitimidad que legitima (sin jerigonzas)
por demás, muchos aspectos de la realidad social y cotidiana.
Siendo así, el discurso
científico de Bordieu, bien puede contribuir
desde el poder que lleva implícito, sin despreciar
sus innegables valores epistemológicos,
a legitimar la realidad de las mujeres como “naturalmente objetos”. Y parece ser así como termina su ensayo.
[1] Bordieu, Pierre: “La dominación masculina” . Página 5 en versión Microsoft Word. http://identidades.org/debates/bordieu_dominacion_introduccion.htm
[2] Bordieu, Pierre:
“La dominación masculina” . Página 6 en versión Microsoft Word. http://identidades.org/debates/bordieu_dominacion_introduccion.htm
[4] Bordieu, Pierre:
“La dominación masculina” . Página 6 en versión Microsoft Word. http://identidades.org/debates/bordieu_dominacion_introduccion.htm
[5] Bordieu, Pierre:
“La dominación masculina” . Página 13 en versión Microsoft Word. http://identidades.org/debates/bordieu_dominacion_introduccion.htm
[6] Bordieu, Pierre:
“La dominación masculina” . Página 33 en versión Microsoft Word. http://identidades.org/debates/bordieu_dominacion_introduccion.htm
[7] Bordieu, Pierre:
“La dominación masculina” . Página 33 en versión Microsoft Word. http://identidades.org/debates/bordieu_dominacion_introduccion.htm
[8] Bordieu, Pierre:
“La dominación masculina” . Página 34 en versión Microsoft Word. http://identidades.org/debates/bordieu_dominacion_introduccion.htm
[9] Bordieu, Pierre:
“La dominación masculina” . Página 1 en versión Microsoft Word. http://identidades.org/debates/bordieu_dominacion_introduccion.htm
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