| NÓMADAS - REVISTA CRÍTICA
DE CIENCIAS SOCIALES Y JURÍDICAS 13-2006/1 | Universidad Complutense de Madrid | ISSN 1578-6730 |
| Detener la guerra, no justificarla |
| Luis Tamayo >>> CV |
ABSTRACT.- For centuries, the humanity makes war. Different
and various wars against anyone. Wars were justified by Saint Agustin
and Aquinus and recently by Teresa Santiago. I would like to think that
the purpose of the philosophy of the XXI century should be to stop not
to justify it. This article explores the myth of Dionysus because in this
myth the Greeks explain the nature of war and the way to stop it.
RESUMEN.- La humanidad
realiza guerras desde hace siglos. Variadas y multifacéticas guerras
justificadas antiguamente por San Agustín y Santo Tomás y
recientemente por Teresa Santiago. Desde mi punto de vista la tarea de la
filosofía del Siglo XXI no es la de justificar sino la de encontrar
la manera de detener la guerra. En este ensayo se examina el mito de Dioniso
pues en esta narración los griegos plantearon no sólo la naturaleza
sino el modo de detener la guerra.
“Todo el que promueva el desarrollo
de la cultura trabaja también contra la guerra”.
S. Freud [1]
En ocasiones los criminales
requieren justificar sus felonías. Ello ocurre cuando, por alguna razón,
no poseen el poder absoluto, es decir, cuando las cometen en estados que,
como las democracias actuales, se enmarcan en un “estado de derecho”. En
el caso de las guerras, los criminales que las realizan han encontrado un
curioso apoyo en la patrística y la escolástica. Cuando San
Agustín en
Un enemigo que contase con “armas
de destrucción masiva” como Sadam Hussein para G. Bush era, por ello,
un gran peligro para el “mundo libre” y estaba plenamente justificada su
destrucción. Si gracias a ello podían controlar también
el mercado del petróleo… ¡mejor aún! El evangélico
Bush y sus no menos conservadores camaradas requerían justificar su
incursión ante el sector piadoso de su pueblo. San Agustín y
Santo Tomás sin pretenderlo les ayudaron a ello. Una vez consumada
la agresión, y medianamente tranquilizado el conflicto, a nadie importó
que nunca hubieran existido las susodichas “armas de destrucción masiva”
ni que ello demostrase la verdadera rapiña, la locura que animaba dicha
guerra.
Pero esa guerra no es sino una
entre miles. La humanidad guerrea desde hace siglos variadas y multifacéticas guerras, analizadas por Sun Tzu,[5]
banalizadas por von Clausewitz[6]
y recientemente justificadas por Teresa Santiago.[7]
Guerras que no sólo se libran en los campos de batalla sino en las
calles, en las familias, incluso al interior de cada uno. Guerras trabadas
en el origen y cuyas consecuencias sufrimos. Guerras enloquecidas cuyo modelo
nos revela el mito de Dioniso. Detenerlas es, lo considero así, el
máximo desafío de la filosofía del nuevo milenio.
Las enseñanzas de Dioniso
“Y
el Dios frenético, que irrumpía con su cortejo de furibundas
danzantes, conminaba a las hembras humanas a enloquecer con él. Traía
consigo el mundo primigenio. Por eso, la tormenta que desataba arrancaba a
lo humano de toda costumbre y decoro burgués abocándolo a la
vida, embriagada de muerte, donde arde lo más vivo, donde ama, concibe,
pare y celebra la primavera. Allí lo lejano está próximo,
lo pasado se hace presente, todas las épocas se reflejan en el instante
que es ‘ahora’. Todos los seres se abrazan. El hombre y el animal respiran
el mismo calor maternal. El aire entero vibra con los gritos de júbilo
que despiertan las milagrosas fuentes de la tierra abierta... hasta que la
locura se convierte en sombría tormenta y el arrebatado frenesí
da paso a la furia más cruel y aniquiladora”.
Otto (1997: 106).
Son los poetas griegos quienes abrieron el camino
de la comprensión de la locura guerrera, así como de su tratamiento,
y no sólo lo hicieron a la manera hipocrática, metódica
y racional, sino también a la manera poética.[8]
Porque los mitos griegos no son sino las maneras mediante las cuales la
Grecia antigua reflexionaba acerca de sus problemas.[9]
Plantean los problemas y, lo que es más interesante, la manera de
resolverlos. En los diversos fragmentos y variantes del mito de Dioniso la
locura aparece a cada paso; constituye la manera mediante la cual se comprendía
la locura guerrera en la antigua Grecia.[10]
Recordémoslo.
Dioniso,[11]
cuenta el mito, fue un hijo de Zeus y Sémele. Siendo apenas un feto
de 6 meses la mujer de Zeus, Hera, enfurecida por la infidelidad de éste,
se le presentó a Sémele y, fingiendo un interés por su
integridad, la conmina a exigir a su amante a que se le presentara sin disfraz,[12]
elemento que Zeus siempre portaba en su presencia. Al siguiente encuentro
con su amado, y consecutivo a una promesa del olímpico de que como
prueba de su amor accedería a todo lo que le pidiese,[13] ella le solicita que se despoje de su disfraz. Zeus
intenta desdecirse, más ella es firme en su propósito. Acto
seguido, Zeus cumple su promesa y los candentes rayos que emergen de su
cuerpo no tardan en devorar a quien había sido su amada. Pero antes
de que ella se convirtiese en ceniza, extrae el fruto de su vientre[14]
y lo injerta en su muslo para salvarle la vida. Una vez concluida la maduración
lo sacará de ahí. Es por ello que algunos estudiosos del mito
refieren que uno de los epítetos de Dioniso ¾Distóco¾ significaba “el nacido dos veces”.[15]
La versión lacedemonia del nacimiento de Dioniso no es menos interesante.
Según ésta, Dioniso nació normalmente de Sémele
en Tebas. Al enterarse Cadmo, el padre de Sémele, se enfureció
por ese hijo bastardo, metió a madre e hijo en un cofre y los arrojó
al mar. En el cofre la madre muere, mas el hijo continuó alimentándose
de ella. Tiempo después el cofre fue encontrado, el niño salvado
y la madre enterrada en Laconia. Posteriormente el pequeño Dioniso
fue raptado por los Titanes, quienes por orden de Hera lo despedazarán
y arrojarán a un caldero para, una vez cocido,
devorarlo... excepto el corazón. Lo cual le permitirá
renacer.[16]
Fue Rea, la diosa madre, quien lo rescató y reconstruyó.
Como puede apreciarse, ambas versiones presentan
un conflicto de los orígenes, sea por la
ausencia de la madre, sea por la devoración de la madre. ¿Sería
ésta la manera de escribir la fantasía de culpa por la muerte
de la madre, presente en aquellos que sufrieron la catástrofe, muy
común en esos años, de ser hijos de una mujer que no resistió
la experiencia del parto? Llama asimismo la atención que en este mito
se encuentra también figurada esa experiencia narrada por algunos aquejados
de locura: la vivencia del cuerpo despedazado.
Continuemos con la versión más conocida
del mito.
Una vez concluida su maduración, Zeus saca
al pequeño de su muslo y lo entrega a Hermes para que lo lleve a Atamante
e Ino, la hermana de Sémele, para que se encarguen de cuidarlo, especificando
que debían vestirlo como niña para evitar que Hera lo reconociese.
Más con antelación Ágave, la hermana mayor de Sémele,
ya había esparcido el rumor de que la muerte de ésta era debida
a que Sémele había tenido una aventura con un mortal y que,
posteriormente, había pretendido engañar a su pueblo afirmando
que su vientre había sido fecundado por el principal de los inmortales,
ante lo cual el mismo Zeus la había castigado con la muerte.
Encontramos en este fragmento del mito el conflicto
de linaje: a Dioniso no se le reconocía su procedencia, el rumor
había cuestionado su paternidad inmortal, había hecho de él
un hijo sin padre. Además se había confundido su identidad
sexual con el fin de salvarle la vida.
Hera descubrirá que bajo
el ropaje femenino se encontraba el pequeño Dioniso y por ello castigará
con la locura a la nodriza, a Ino y a Atamante, conduciéndolos a asesinar
a sus propios hijos. Consecutivamente Ino se arrojará al mar y Atamante
iniciará una larga errancia detenida tan sólo en el sitio donde
los animales salvajes le dieron de comer.
En este fragmento del mito la locura es ya manifiestamente
tratada. Es mencionada como tal en el mito y entendida a la manera griega,
es decir, como aquella que conduce a la pérdida mayor, esa que era
una especie de suicidio pues remitía al porvenir de la propia semilla:
el asesinato de la descendencia.
A continuación Zeus que
rescata a su hijo para llevarlo a Nisa donde las ninfas pudiesen cuidar de
él, transformándolo en cabrito para engañar a Hera,
lo cual consigue. Es ahí donde inventa el vino.[17]
En este fragmento del mito, como puede apreciarse,
Dioniso conserva la vida a condición de perder, ya no sólo
su identidad sexual, sino, incluso, su carácter humano, el cual sólo
en la madurez recupera.
Y siendo ya un adulto Hera lo
reconoce y enloquece, a consecuencia de lo cual empieza un largo peregrinar
acompañado de su tutor, Sileno, y de Sátiros y Ménades.
Es entonces cuando empieza a constituir su bizarro ejército, el cual
dirige armado de un tirso cubierto de yedra y con una piña de pino
en la punta.
Como puede apreciarse, ahí comienza la locura
guerrera de Dioniso ¿Existe una manera más clara de figurar
lo que sería una armada enloquecida, en la cual las armas son “tan”
peligrosas como esa vara “con punta de piña de pino”? Ese Dioniso afectado
de locura empezará a guerrear, manifestando el carácter loco
de tal actividad humana. Pues bien sabemos que la guerra no tiene vencedores,
que la victoria máxima, esa que aniquila al rival y a su descendencia,
sólo consigue disminuirnos pues el fragmento de mí mismo que
porta el enemigo, esa porción de la humanidad, se habrá perdido
para siempre.
Y una vez armado, el Dioniso guerrero hará
lo propio. Guerreará para probar su linaje.[18]
Después de ser recibido hospitalariamente por el rey Proteo, en Faros,
solicita a las Amazonas que lo auxilien en su venganza contra los Titanes.
El fruto de ello será una serie de victorias militares detenidas sólo
cuando Rea, la diosa madre, lo cura purificándolo de sus asesinatos.
Pero la cura de la madre no es suficiente dado
que afecta sólo a uno de los contrincantes. El rey Licurgo, aprovechando
la coyuntura, ataca al ejército de Dioniso y lo derrota. Dioniso apenas
consigue escapar. Rea se entera del artero ataque y castiga a Licurgo enloqueciéndolo.
En su locura éste asesinará a su hijo Triante confundiéndolo
con una vid a la cual corta. La leyenda cuenta que todo el país de
Tracia se volvió estéril ante el horror del crimen. El pueblo
Edonio llevará a Licurgo al monte Pangeo
donde unos potros salvajes lo descuartizarán.
Este fragmento del mito está lleno de simbolismo
y no sólo por la referencia a la insuficiente cura de la madre[19]
que mediante la purificación y el perdón pretendía poner
fin a la locura. El mito nos muestra que la purificación no es suficiente,
asimismo nos presenta a un Licurgo alucinado que atenta contra su propio hijo
y, además, que los efectos de tal crimen no se limitaron a su familia
sino que incluyeron a su pueblo todo.
Posteriormente Dioniso se encamina a Tebas, ahí
exige a las tebanas la asistencia a las bacanales que se efectuarían
en el monte Citerón. Penteo, el rey de Tebas e hijo de Ágave,
primo de Dioniso, se opondrá a tal pedido, pues le repugnaba el aspecto
disoluto de Dioniso. Intentará arrestarlo. Mas Dionisio lo enloquece
y confunde haciéndolo esposar a un toro. Y después, cuando Penteo
intentó espiar a las ménades dionisíacas, su madre Ágave
lo confundió con una fiera y lo despedazó, puso su cabeza en
un tirso y, orgullosa, la llevó a Tebas pues
creía que era la cabeza de un león. Su padre Cadmo la sacó
de su error y ella, como penitencia, se desterró. A ese mismo bacanal
las tebanas Leucipe, Arcipe y Alcitoe se negaron a asistir. En castigo Dioniso
las enloqueció. Leucipe sacrificará a su hijo y sus hermanas
lo devorarán junto con ella. Al darse cuenta de su acto, correrán
frenéticamente al grado de perder contacto con el suelo. Hermes las
transformará en pájaros.[20]
Son esos años en los cuales Dioniso se da
a conocer por todo el Egeo propagando alegría y terror con su corte
de silenos, ménades y sátiros. Era la orgía, esa que
no conoce límites, enloquecida.
Años después unos piratas tirrenos,
mediante engaños, consiguieron capturar a Dioniso e intentaron venderlo
como esclavo en Asia. Dioniso los hará alucinar, obligándolos
a confundir las partes de su barco con animales malignos. Los piratas se arrojarán
al mar convirtiéndose en delfines. En ese viaje Dioniso se encontrará
con Ariadna, abandonada por Teseo en la isla de Naxos y se casará
con ella, tendrá seis hijos:[21]
Enopión, Toante, Estafilo, Iatranis, Evantes y Taurópolo.
Con Ariadna encontró el amor y la descendencia,
mas ello no puso fin a su afán guerrero. La cura por amor tampoco fue
suficiente. Será necesario el encuentro con un semejante: Perseo.
Tiempo después Dioniso arribará con
su ejército a la patria del semidiós Perseo y luchará
contra él. Perseo matará a varios de los seguidores cercanos
de Dioniso; éste se vengará inoculando locura en las mujeres
argivas. Ante tal evento, que le permitía a Perseo reconocer la calidad
olímpica de su oponente, cambia de postura: reconoce su error y construye
un templo dedicado a Dioniso, colocándolo a la derecha de Zeus.[22]
En ese momento y por ese acto, Dioniso pone fin a su guerra. Acto seguido,
Dioniso solicita a Hades recuperar a su madre. El dios del mundo subterráneo
accederá al ruego y elevará a Sémele hacia el cielo
convirtiéndola en la estrella Tione.[23]
Es en el curso de este último evento cuando ocurrió la necrofilia
de Dioniso.[24]
Como podemos ver, el Dioniso enloquecido guerreaba.
Su locura consistía en eso, en guerrear para vengar la temprana afrenta
a su linaje, ese daño que había sufrido en su infancia: el despedazamiento
realizado por los Titanes y la negación de su paternidad olímpica
por todo el pueblo egeo. Su locura consistía en guerrear. Esa locura
no se curó con la purificación realizada por Rea. La cura de
la madre no fue suficiente, tampoco la victoria militar concreta, sus victorias
sobre los titanes no interrumpieron la guerra, y si hubiese aniquilado a
los Titanes y a todo el pueblo egeo lo único que habría logrado sería acabar consigo mismo pues recordemos
que los dioses griegos requerían de un pueblo que los reconociese y
adorase.
Dioniso se curó de su locura sólo
hasta que pudo reiterar con Perseo el drama original (el conflicto de linaje
que cuestionaba su origen olímpico) y obtener de él el reconocimiento
anhelado: el de su ascendencia divina, lo cual condujo a que su madre fuese
divinizada igualmente. Es esa repetición, simbolizada y
resuelta lo que puso fin a su locura guerrera.[25]
La guerra no es un atributo de la physis,
el pólemos de Heráclito no es guerra, es lucha.
La diferencia entre la guerra y la lucha estriba en que la guerra es contra otro, mientras que la lucha es con otro
por...[26]
La guerra declarada es sencilla de notar, sus efectos
son devastadores. La guerra encubierta no es tan visible; son los síntomas,
esas heridas de guerra, los que nos revelan su presencia.
La guerra no tiene vencedores. Eterniza la venganza.
Incluso la máxima victoria ¾la aniquilación del enemigo¾ es una pérdida pues la humanidad toda pierde
la experiencia, la historia y la verdad que portaba el enemigo aniquilado.
Pues un enemigo no es sino nuestro espejo, nos refleja nuestra verdad más
repudiada y es por ello que guerreamos contra él; igualmente es posible
que si lo escuchamos nos escuchemos.[27]
Aniquilándolo nos aniquilamos.[28]
Por todo esto, considero que una de las enseñanzas
del mito de Dioniso consiste en mostrar que una tarea fundamental de la humanidad,
y de la filosofía con ella, estriba ya no en la forma de ganar la guerra
sino en el modo de detenerla.
El insuficiente modelo cristiano para detener la
guerra
La tradición cristiana nos ha proporcionado
un modelo para lograr este objetivo. El poner la otra mejilla constituye su
manera de intentar resolver la cuestión. Desgraciadamente es insuficiente.
Ni siquiera Cristo pudo realizarla en todos los casos. Su conducta airada
y destructiva ante la ofensa que los comerciantes del templo habían
hecho a su padre, y a él en consecuencia, revela una actitud que no
es, de ninguna manera, la de poner la otra mejilla. El procedimiento cristiano
no es suficiente, ni siquiera como guía del actuar pues aquél
que en nuestros días, en su afán de ser un buen cristiano, reitera
el precepto, no puede evitar, en la mayoría de los casos, el poseer
un sentimiento adicional: la esperanza de que tarde o temprano el enemigo
reciba, por parte de su padre eterno, del gobernante o de la iglesia, un
castigo por la afrenta. En suma, la receta cristiana no satisfizo ni a la
propia iglesia cristiana, la cual intentó, como ya vimos, más
que detener la guerra, justificarla.
En su intercambio epistolar con Einstein, Freud
(1976: 196) retoma la propuesta kantiana:[29]
para detener la guerra es menester la configuración de una instancia
supranacional a la cual los diversos países hubiesen delegado el poder
para dirimir los conflictos. La solución freudiano-einsteiniana implica
la existencia de una humanidad cuya razón domina las pulsiones destructivas.
Esta propuesta, como la historia del papel de la Liga de las naciones y de
la ONU nos lo ha mostrado, es también insuficiente.
La inclusión de la investigación lacaniana
acerca del narcisismo, así como la heideggeriana sobre el Mitsein, nos permiten afinar la concepción freudiana.
Pero debo saber que no hay vencedores.
Sólo interrumpiendo mi respuesta a la solicitud
de guerrear del otro ¾interrupción del goce que no es sin la angustia¾ se puede detener la guerra. Sólo reconociendo
el reclamo del otro, como nos enseñó el Perseo del mito de Dionisio,
es que el enemigo se desvanece. Sólo eso detiene esa guerra constante,
omnipresente, la cual ciertamente entretiene la vida, al par que la dirige.
Para que la vida pueda ser diferente es menester detener la guerra.
Curarse de la locura implica detener la guerra.
Ésta es la manera como la resolución del mito de Dionisio permite
entender eso que J. Allouch (1984:9) escribe en Lettre pour lettre:
“salud mental es poder pasar a otra cosa”. Pero la guerra no se detiene sólo
con un esfuerzo de voluntad o con la comprensión de la necesidad de
hacerlo. Es menester comprender la verdad que porta el enemigo, el otro. Es
necesario que el afán de pasar a otra cosa surja de lo más hondo
de sí y ello requiere de un ejercicio cotidiano, de un poner en palabras
las afrentas para simbolizarlas, para entender su dinámica, nuestra
responsabilidad y, finalmente, en un momento dado, revivirlas en la transferencia.
Esa particular experiencia denominada psicoanálisis
presenta un modelo para detener, al menos en el plano subjetivo, la guerra.
El psicoanálisis permite detener el goce guerrero y soportar la angustia
consecuente para, al final, posibilitar el acceso al deseo.
Detener la guerra es detener nuestra guerra. Implica
descifrar lo que mis síntomas, esas heridas de guerra, me dicen, implica
leer lo que mis sueños, esos recuerdos de guerra, me presentan, implica
sobretodo, detener la guerra que llego a establecer con el otro y que se reitera
en la transferencia, esa a la cual el analista no puede sino prestarse. Porque
el analista puede concebirse como un excombatiente,[30]
uno que reconoce los límites de su poder, su falta, así como
su corresponsabilidad con el enemigo, su intrincación con el otro.
El analista, desde este punto de vista, es aquél que se presta para
que el analizante reitere, descifre y resuelva su guerra.
Una guerra que, como ya mostró
el mito de Dioniso, se resuelve mediante actos. Perseo no resolvió
la locura de Dioniso mediante explicaciones. Lo hizo mediante un acto de reconocimiento.
Ese acto manifestó la posesión del saber más peculiar:
el de la falta,[31]
esa que constituye la clave de la posición del psicoanalista[32]
y que permite el paso de la impotencia a la imposibilidad, poniéndonos
en la senda del objeto causante del deseo. Pero tan sólo en la senda
pues en la vida, como decía Heidegger, tan sólo se trata de:
Auf einen Stern zu gehen, nur
dieses
(Ponerse en camino
hacia una estrella, sólo eso) (Heidegger, 1986:41).
La experiencia psicoanalítica
nos enseña la manera de detener la guerra a nivel micro, es decir,
al de una experiencia humana concreta y sufriente... pero sólo a ese
nivel. Trasponer sus resultados a un nivel mayor, al de toda una sociedad, o de un conjunto de naciones, implica contemplar una
serie de variables que hacen enormemente compleja la cuestión para
mi lectura. Afortunadamente ya existen los que, como
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[1] Freud (1976: 198).
[2] Agustín de Hipona (1994).
[3] Citado por Teresa Santiago (2001:40).
[4] […] “quizás la única
guerra justa es la que nunca se emprende”, Santiago (2001:162).
[5] Sun Tzu, 1991.
[6] Para Karl von Clausewitz (1983),
la guerra no es sino “la continuación de la política por otros
medios”.
[7] “La guerra es una nueva etapa
de un conflicto ya existente, para el cual no se ha podido, o no se ha querido,
encontrar una solución por otras vías. En efecto, hay guerras
que intentan reparar una situación de injusticia que ésta no
inaugura. Un caso claro de éstas son las guerras de liberación,
esto es, las que generalmente tienen lugar al interior de los estados. Guerras
en las cuales los individuos se ven obligados a ir en contra de los gobiernos
y las instituciones supuestamente creadas para defenderlos y protegerlos.” (Santiago, 2001:161).
[8] Al afirmar esto no quiero decir
que no hayan intentado abordar la locura también desde el punto de
vista de la razón. Es muy conocido el esquema de los cuatro tipos de
locura descrito por Platón en el Fedro: la locura de
amor, la adivinatoria, la del arte y la que F. Davoine y J.M Gaudillière
nos enseñaron a leer como la locura del linaje. Y no sólo Platón
se abocó a tal tema como dejan claro los estudios
de G. Colli, de P. Lain Entralgo, de J. Pigeaud o de T. M. Robinson, sin embargo,
considero que la vía razonante no ha sido la más fructífera
y es por ello que, con P. Lanceros, propongo reconsiderar la vía poética,
más rica y luminosa.
[9] Como muestra Rougement (1993:19),
esta cualidad no es exclusiva de los mitos griegos.
[10] Vide Otto (1997:101ss). Al respecto escribe Gadamer
(1993:133): “[…] en vez de ser ridiculizado como mentira de curas o cuento
de viejas, el mito tiene en relación con la verdad, el valor de ser
la voz de un tiempo originario”.
[11] El culto de Dioniso estuvo muy
difundido en
[12] “Que se uniese a ella con los
mismos atributos con los que se unió a Hera” Ovidio, citado por Ruiz
de Elvira (1982:175).
[13] Lo hizo jurar por Estige, ante
quién se hacían los juramentos solemnes de los Dioses, Ruiz
de Elvira (1982:176).
[14] O pide a Hermes que lo haga,
Ruiz de Elvira (1982: 176).
[15] Ruíz de Elvira (1982:176);
Grimal (1986:139). Guthrie (1970: 86), lo considera
tres veces nacido debido a su renacimiento luego de ser despedazado por los
titanes.
[16] Este elemento determinó
los elementos característicos del culto a Dioniso, el despedazamiento
(sparagmós) y el consumo de carne cruda (omofagós), Detienne
(1982:135ss).
[17] ¿Para olvidar?
[18] Cfr. Eurípides (1988:188).
[19] Destino prefigurado de las curas
de la madre, vide Sechehaye (1973).
[20] ¿Será esta una manera de figurar lo que la psiquiatría
clásica denomina la “pérdida del contacto con la realidad”?
[21] Según otra versión
tuvo sólo 4 hijos. Existe además otra referencia que indica
que Ariadna fue muerta por Artemis en la misma isla de Naxos por orden de
Dioniso luego de ser abandonada por Teseo, otra indica que Teseo no la abandonó,
sino que una vez desembarcado ahí, para que ella superase el mareo,
al viento, o un Dioniso enamorado, se llevó la nave (Grimal 1986:51
y 508; Otto 1997:48).
[22] Cfr. Graves (1984:47).
[23] Versión de Diodoro, citado
por Guthrie (1970:62).
[24] Este elemento del mito es habitualmente
disfrazado o suprimido por los biógrafos. Narra el mito (Ruiz de
Elvira 1982:176ss) que, en el camino hacia el Hades, el barquero solicitó
a Dioniso el pago por el servicio de llevarlo al otro lado del río.
Dado que Dioniso no portaba el óbolo correspondiente, el barquero le
solicitó gozar de su cuerpo, a su vuelta, como pago. Dioniso accedió.
Pero, cuando volvió del Hades se encontró con que el barquero
había muerto en su ausencia, por lo cual tomó el cadáver,
erectó con una rama el pene del barquero y se hizo penetrar por él.
El recién reconocido Dios no podía dejar de cumplir una promesa.
[25] ¿Sería este conocimiento
lo que hizo que los templos dedicados a Dioniso no fuesen sólo oraculares
sino también curativos? Cfr.
Rohde (1989:350).
[26] No es exactamente la misma idea,
pero E. Bloch (1967:49ss) también diferencia la aniquilante guerra
(Krieg) de la germinadora lucha (Kampf), cuestión
desgraciadamente confundida, entre muchos otros, por Unamuno, Cfr. Souto
(1996:163).
[27] Esto ya lo sabía el Nietzsche
enloquecido. En Ecce homo (1988:32) escribe: “Si peleo contra
el cristianismo es precisamente porque nunca me ha molestado. Los cristianos
serios, formales, han estado siempre bien dispuestos a favor mío”.
[28] Esto ha sido escrito ya por los
poetas: E. A. Poe (1985:45ss) en su William Wilson, Dostoievsky
(1983) en su cuento El Doble. En la actualidad,
[29] Kant (1983:213ss).
[30] Cfr. Davoine, F., Gaudillière,
J.-M. Seminario Locura y lazo social II: La locura de las guerras,
Villahermosa, Tabasco, México, Noviembre
1997.
[31] Perseo construyó el monumento
en honor a Dioniso debido a que reconoció su
falta de saber respecto a lo que había ocurrido a sus
mujeres cuando su incursión contra la armada de Dioniso. Esa consecuencia
extraña (la locura de las mujeres argivas) hacía de Dioniso
un ser excepcional.
[32] El cual, a causa de ello “calla en lugar de responder”, Lacan
(1984:337).
[33] Actual Presidente de
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