| NÓMADAS - REVISTA CRÍTICA
DE CIENCIAS SOCIALES Y JURÍDICAS 13-2006/1 | Universidad Complutense de Madrid | ISSN 1578-6730 |
| Esclavitud y esclavismo durante la Nueva España |
| José Martín Hurtado Galves >>> CV |
La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos
dones que a los hombres dieron los cielos. Con ella
no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra
ni el mar encubre; por la libertad, así
como por la
honra, se puede y debe aventurar la vida.
Cervantes.
El presente texto trata acerca
de los términos esclavo, esclavitud y esclavismo desde los enfoques
etimológico e histórico, mismos que servirán de base
para acercarnos, en un primer momento, al análisis filosófico
de dichos conceptos como referentes conceptuales, dentro de un sistema sociocultural
que enmarcó una etapa en la historia de nuestro país llamada
Es importante aclarar que no se pretende denostar la importancia que
tienen, para la historia de México, los religiosos defensores de los
indígenas durante la etapa antes mencionada; antes bien, con base en
una reconceptualización de sus hechos, más que de sus discursos
en cuanto a la posesión de indios como esclavos, se busca que podamos
construir una visión más clara y concreta en cuanto al tema
se refiere. De no hacerlo seguiremos idealizándolos, desde un enfoque maniqueo, y no podremos
llegar a verlos como lo que fueron: sujetos históricos que respondieron
a sus propias circunstancias, con cualidades y virtudes que de alguna manera
reflejan el espíritu de su época, pues como decía José
Ortega y Gasset: yo soy yo y mis circunstancias, entonces ¿por
qué estos religiosos no lo serían?
A diferencia de la palabra
esclavo, del latín vulgar sclavus y éste del alemán
slave; el término esclavitud es una palabra en castellano
que proviene del latín culto servitus, que sirvió también
para definir al siervo que trabajaba en el feudo de
En cambio, esclavismo, es únicamente el estado del esclavo
dentro de un régimen económico-social en el que un hombre llega
a ser propiedad personal de otro. En dicho régimen el hombre esclavo,
no se ve como una persona con sus derechos y deberes, pues es parte del sistema,
y estar en contra de su situación de objeto sería tanto como
atentar contra el sistema mismo; en cambio, cuando se hace referencia al
esclavo, se puede disentir de la condición en que esté un hombre
en concreto, ya sea por lástima o por proselitismo político
o religioso.
Así, aún
cuando en
Para estos defensores era “natural” la postura que mantenían
con respecto a la esclavitud, natural en un sentido religioso, pues se basaban
en
Basándose Vitoria en
Nótese cómo había un discurso acabado acerca de
la posesión de los indígenas, éstos eran considerados
poco menos que animales, incluso cuando los vendían o compraban, se
preocupaban más por sus animales que por ellos. Cuando los españoles
tenían indios gañanes[iv]
en sus haciendas, éstos habían sido aculturizados de tal forma
que incluso llegaban a sentirse diferentes a sus compañeros que seguían
libres del yugo español. Excepto los indios naboríos[v]
que a pesar de su condición de ser hombres libres, tenían
que servirle al español hasta que éste se muriera en un sentido
de “siervo” o “servidumbre”, pero, cuando al parecer quedaba libre totalmente
al morir el español, otro, podía reclamar sus servicios o bien
el mismo español antes de morir lo asignaba a otro peninsular; de esta
forma el indio naborío nunca podía ejercer su libertad en concreto,
tan sólo la afirmaba en abstracto, aunque su condición no era
tan dura como la del indio esclavo de las minas.
Las razones que alegaban los soldados conquistadores para poder poseer
como esclavos a los indios eran las mismas que Cortés le informó
al rey de España, decía que “los indios mataron españoles,
se rebelaron después de haber dado la obediencia, comían carne
humana y [que] convino atemorizar a los demás indios; añadía
que se había satisfecho a la corona el quinto de los esclavos” (Zavala,
1994). Como podemos observar, era el derecho de conquista al que hacían
alusión, es decir, el derecho del más fuerte.
Para dar sustento a su dicho, los españoles idearon cinco formas
en que los indios podían llegar a ser esclavos: 1) Ser hijo de madre esclava
que no sea libre al concebir; 2) Por la guerra hecha con autoridad
de quien no reconoce superior; 3) Por algún delito; 4) Por propia
voluntad (venta de un mayor de 25 años que sabe que es libre y permite
ser vendido con conocimiento del vendedor y del comprador); 5)Por hambre (el padre vende
al hijo, lo cual no se permite hacer a la madre, pero el esclavizado por esta
causa puede ser libre en todo tiempo si paga lo que por él se dio).
El mismo Hernán Cortés en una carta[vi]
que le dirige al emperador Carlos V, dice: “Para que los españoles
se sustenten y puedan sacar oro para sus necesidades, y las rentas de vuestra
majestad no se disminuyan, antes se
multipliquen, hay tal orden que con la merced de vuestra majestad
fue servido que se hiciese a los pobladores de estas partes, de que pudiesen rescatar esclavos de los
que los naturales tienen por tales, y con otros que sean de guerra,
hay tanta copia de gente para sacar oro que, si herramientas
hubiese, como las habrá presto, placiendo
a Nuestro Señor, se sacaría más cantidad de oro en sola
esta tierra, según las muchas minas que por muchas partes están
descubiertas, que en todas las islas juntas y en otras
tantas” (Cortés, 1976: 211-212).
También los teólogos y juristas eclesiásticos
estaban a favor de reducir a los indígenas a la esclavitud, para
ellos el esclavismo era un modus vivendi justificado ante los juicios
de Dios y del hombre: “Multiplicáronse los
escritos de teólogos y juristas como el padre Acosta, Juan Matienzo,
Bartolomé de Albornoz, Antonio de León, Fray Alonso de Castro
y otros que, apoyándose en textos bíblicos o de San Gregorio,
San Agustín, Santo Tomás y otros Padres y Doctores de
Este no es un caso aislado, el mismo Vasco de Quiroga tenía
también esclavos para su uso personal, él mismo declara en su
testamento otorgado el 24 de enero de 1565: “Item (sic) declaro y es mi voluntad
que todos los esclavos que tengo, hombres y mujeres sin adición alguna
se le dé libertad, porque esta es mi voluntad” (Zavala, 1994: 90).
No obstante, dirigiéndose al rey, le informa[viii]
acerca de los excesos que se cometían en
Ya antes, en 1529, varios religiosos entre los que se encontraban el
obispo de Chiapas, fray Bartolomé de Las Casas, don Vasco de Quiroga,
oidor de la segunda Audiencia de México y después obispo de
Michoacán, el oidor de la misma Audiencia doctor Alonso de Zurita,
el padre fray Francisco de Mena, el padre fray Pedro de Juárez, don
Sebastián Ramírez de Fuenleal, obispo de Santo Domingo, presidente
de la segunda Audiencia de México, don Juan de Zumárraga,
primer obispo de México y otros, se dirigieron al rey de España
para denunciar acerca de las muertes de los indios a causa de los maltratos
por parte de los españoles. Decían que las licencias para esclavos
se vendían y jugaban públicamente, y que los excesos eran tantos
que como ejemplo, a causa del trabajo y el hierro que el veedor Peralmindes
Chirinos impuso a sus indios esclavos o encomendados, murieron en sus minas
más de tres mil.
Pero los abusos en contra de
los indígenas continuaron: “El 21 de octubre de 1531, se cautivaron
más de 500 indios, de los cuales más de 300 fueron herrados
como esclavos, y los restantes no porque en
28 de mayo de 1532 fue presentada la provisión
real para que los indios no se herrasen sino que los dueños se sirviesen
de ellos en sus haciendas y granjerías, con buen
tratamiento, hasta tanto que Su Majestad se hiciera relación”. (Zavala,
1994: 648).
De hecho hubo frailes que se declararon abiertamente a favor del trato
que los encomenderos les daba a los indios, tal es el caso de fray Toribio
de Benavente, conocido también como Motolinía, este fraile le
escribía al rey de España[ix]
diciéndole que: “eran bien tratados [los indios] y que no había
causa ni motivo para ninguna de las quejas que se elevaban al monarca” (Riva
Palacio, 1958: 79). Pretendía también el mismo Motolinía:
“Que se redujese todo el bien que debía hacerse á los indios á obligarlos á
bautizarse y á confesar y comulgar… pues a Vuestra Magestad conviene
de oficio darse prisa que se predique el Santo Evangelio
por todas estas tierras y los que no quieran oir de grado el
santo evangelio de Jesucristo sea por fuerza que aquí
tiene lugar aquel proverbio `Más vale bueno por fuerza que malo de
grado´” (Riva Palacio, 1958: 80).
Los españoles pensaban que ellos sí tenían derecho
a practicar la esclavitud en contra de los indígenas, pero no soportaban
la idea de que entre los mismos indios éstos tuvieran esclavos. Así,
aceptaban el esclavismo como parte de su sistema sociopolítico
y económico, pues era parte esencial de su idiosincracia cultural,
pero el que sus sojuzgados pudieran estar en igualdad de condiciones les movía
su sistema prefabricado. Además, este tipo de razonamientos eran comunes
entre los peninsulares, sin importar a qué denominación social
o económica pertenecían. “La prohibición para que ningún
indio haga a otro esclavo de nuevo, por manera alguna, o si lo hiciere con
la información sea traído preso a la cárcel
de esta corte, figura en las Ordenanzas hechas por
El mismo Hernán Cortés habla acerca del delito que cometían
los indios al tener ellos para sí a esclavos, así lo refiere
en su carta dirigida al emperador Carlos V.[x] “Con la prisión de éste
y de otro mancebo que pareció ser el señor natural y con
el castigo de haber hecho esclavos aquellas ciento y tanto personas que se
prendieron, se aseguró toda esta provincia, y cuando yo de allá
partí quedaban todos los pueblos de ella poblados y muy seguros y repartidos
en los españoles, y servían de muy buena voluntad al parecer”
(Cortés, 1976: 270).
A continuación la carta de compraventa de una indígena,
en donde podemos apreciar el des-precio del español hacia el
indio como ser humano, pues éstos eran considerados como parte de las
posesiones materiales del peninsular; por tal motivo, tenían un precio
que podía inclusive ser recuperado en caso necesario: “Carta de venta
de una esclava india, natural de Coatzacoalcos, de Alonso López de
Rivera a Alonso Martín Partidor. (Escribano: Juan Fernández
del Castillo Temixtitlán, 1528, 12 de febrero, p. 37) Venta. Alonso
López de Rivera, estante en Tenuxtitlan, de su grado y buena voluntad
otorga por esta carta para vender a Alonso Martín Partidor, vecino
de esta ciudad que está presente,
una esclava india que ha el nombre Catalina, de edad de 20 años poco
más o menos, natural de Coatzacoalcos, la cual le
vende por esclava y por de buena guerra, y no obligada
ni hipotecada a deuda ni otro enajenamiento alguno;
vendida buena y sana, justa y derecha, con todo
el derecho y acción que a ella tiene y le pertenece por justo derecho,
precio de cien pesos de oro de lo que corre, fundido y marcado, razonado cada un peso a 450 maravedís,
los cuales recibió y sonen su poder. Si en el valor de la esclava hubiere
demasía del precio que recibe, se
la dona al comprador. Desde hoy día que esta carta
es hecha en adelante para siempre jamás se desapodera de la dicha esclava
india que así le vende y de la posesión de ella, y apodera
y entrega en ella y en la posesión de
ella al dicho Alonso Martín Partidor, para que sea suya propia y de los
herederos y de quien él o ellos quisiesen para que la
pueda dar y vender y donar y trocar y cambiar y hacer de ella y con ella todo
aquello que quisiere, como de cosa suya propia habida y comprada por sus propios dineros. Y por
esta carta otorga que le hace cierta y sana y de paz esta esclava india que
le vende, de cualquier persona que se
la pidan o demanden, embarguen diciendo pertenecerle, así de hecho
como de derecho. Y se obliga por él y por sus bienes y herederos y sucesores de salir por él
y en su nombre y tomar la autoría y defensión (sic) cualquier
pleito y demanda y otras molestias que sobre la dicha razón le muevan.
Y si defender y hacer sana y de paz la dicha esclava no pudiere o no quisiere,
la restituya el precio de los dichos cien pesos de oro que recibió,
como doble por pena y con todas las cosas y daños que
sobre esta razón se le recrecieren” (Zavala, 1994: 657-658).
Este tipo de razonamientos tienen un soporte teoréticamente[xi]
deóntico[xii],
es decir los españoles referían un juicio de valor a priori
con respecto al objeto de su conocimiento. Es decir, para ellos, los indígenas
no eran más que objetos de compra-venta, por lo que no podían
así mismo poseer bienes, pues ellos mismos eran los bienes de los españoles.
Y si éstos últimos podían cosificar al indígena
a partir de la relación que éstos les daban a los indios con
la realidad, entonces, es comprensible (no aceptable), que los españoles
emitieran sus ideas desde el deber ser de ellos como personas y el
tener que ser, sin protestar de los indígenas como objetos.
Prueba de ello es la carta que Hernán Cortés le dirige a Carlos
V refiriéndose a los chichimecas de Mechuacán (sic), en ésta
habla acerca de que los indios tenían que ser esclavos si se resistían
a servir de buen modo a los españoles[xiii]: "[…]
Llevan mandado por instrucción que si hallaren en ellos alguna aptitud
o habilidad, para vivir como estos otros viven, y venir en conocimiento de
nuestra fe, y reconocer el servicio que a vuestra majestad deben,
que trabajen por todas las vías posibles los apaciguar
y traer al yugo de vuestra majestad, y pueblen entre ellos en la
parte que mejor les pareciere; y si no lo hallaren como arriba
digo, y no quisieren ser obedientes, les hagan guerra y los tomen
por esclavos, porque no hay cosa superflua en toda la tierra, ni que dejen
de servir ni reconocer a vuestra majestad,
y trayendo estos bárbaros por esclavos, que son gente salvaje, será
vuestra majestad servido, y los españoles aprovechados, porque sacarán
oro en las minas…” (Cortés, 1976: 282).
Los religiosos regalaban esclavos por igual a civiles y a otros religiosos
como ellos, tal es el caso de Juan Caballero y Osio,[xiv]
que regaló varias esclavas, sin importarle que algunas de éstas
fueran apenas unas niñas: “Sepan los que la presente
vieren como yo el bachiller Juan Caballero y Osio, presbítero vecino
de esta ciudad de Santiago de Querétaro
[…] del tribunal del Santo Oficio de
“Sepan
los que la presente vieren como yo el Br. [bachiller] Don Juan Caballero y Osio
presbítero vecino de esta ciudad de Santiago de Querétaro
y domiciliario del arzobispado de México, criador de
ganados mayores y menores […] y corte de los santos tribunales de
Como podemos constatar, los defensores de los “derechos”[xvii]
de los indios, defendían por un lado a éstos, aunque al mismo
tiempo eran parte del mismo sistema que oprimía a éstos. Así,
se podría decir que estaban a favor de “los otros”, pero siempre y
cuando no se atentara el estar con el “nos-otros”, es decir, el estar en contra
de sus propios intereses como clase social.[xviii]
Su conquista social y espiritual fue el haber reducido a un sólo
grupo étnico a las diferentes naciones de indios, esto para poder cosificarlos[xix]
como “los otros”, y su defensa hacia éstos era igual: siempre fueron
“esos otros”; nunca seres como ellos. Y estaban orgullosos de ello: “El franciscano fray Juan de
Torquemada (1557-1624) defendió su Monarquía indiana (1615)
la humanidad del indio americano. Negó su barbarie, aunque no el
carácter demoniaco de su religión; análogo la antigüedad aborigen
a la romana, interpretó la conquista en términos de providencialismo
y milenarismo -para neutralizar la crítica de Las Casas- y sobre todo propuso
a los misioneros, no a los conquistadores, como quienes verdaderamente fundaron
Es común y hasta normal que cada grupo se sienta identificado
con aquellos con los que comparte el mismo idioma, credo religioso, manifestaciones
culturales, sentido del deber ser, etc., pero, el que esto se lleve a cabo
desde una postura de desigualdad; es decir, tomando en cuenta que los españoles
estaban aplicando su poder hegemónico en contra de los indígenas,
lo convertía en una antípoda en la que el polo ganador siempre
era el español, independientemente que fueran o no religiosos.
Incluso desde que inician las encomiendas, siempre existió el
soslayo, el desprecio, el ninguneo hacia los conquistados, sin importar que
se estuviera haciendo alusión a una doctrina que se caracteriza por
su amor hacia el prójimo[xx],
pero, ¿cómo iban a ser los indios prójimos de los españoles?.
Al menos no en el sentido de verlos como personas cercanos a ellos, aunque
convivían en la misma tierra, estaban distanciados por abismos insalvables.
Sólo en el caso de usar el término como una forma de ningunear
al indio es que usaron los españoles el término “prójimo”.
Y como hemos visto hasta ahora, los frailes defensores de los indígenas
no estaban tan alejados de haberlo interpretado también de esa manera.
Pues ellos mismos eran encomenderos, la sotana no les impedía el tener
sus propias encomiendas; así lo percibió Humboldt en el siglo
XVIII: “Se introdujo el sistema de las encomiendas. Los indígenas cuya
libertad había proclamado en vano la reina Isabel eran, hasta entonces,
esclavos de los blancos, que se los adjudicaban indistintamente. Con el establecimiento
de las encomiendas tomó la esclavitud formas más regulares.
Para poner fin a las pendencias entre los conquistadores, se dividió
en parte lo que quedaba del pueblo conquistado: los indios, divididos en
tribus y algunos centenares de familias, tuvieron desde entonces dueños
nombrados en España de entre los soldados que se habían distinguido
en la conquista y entre los letrados que envió la corte para gobernar
las provincias y servir de contrapeso al poder usurpador de los generales.
Un sinnúmero de encomiendas de las mejores, se distribuyeron entre
los frailes. La religión, que por sus principios debía favorecer
la libertad, se vio envilecida desde que se la hizo interesada en la esclavitud
del pueblo. Este repartimiento de los indios los sujetó a la gleba;
su trabajo pertenecía a los encomenderos. El siervo tomó muchas
veces el apellido de la familia de su señor; y todavía hoy
llevan muchas familias indias apellidos españoles, sin que se haya
mezclado jamás su sangre con la europea. La corte de Madrid creía
haber dado protectores a los indios y había agravado el mal, porque
había hecho más sistemática la opresión”. (Humboldt,
1991: 68).
Sin embargo, para los monarcas
españoles no deberían de haber esclavos en
Para algunos historiadores,
la fuente de todo esta desigualdad era la crasa ignorancia en la que estaban
sumidos la población de
Incluso para el mismo Clavijero
como digno representante de esa nueva visión ilustrada, la religión,
entendiendo al menos por ésta las acciones de los religiosos, prelados,
y todo aquél que escudara sus acciones en la sombra del deber ser atemporal,
religioso, era la culpable de que se siguieran reproduciendo dichos esquemas
de injusticias. “Le parece un funesto ejemplo de la justicia divina el que
los indígenas quedaran a pesar de las cristianas y prudentes leyes
de los monarcas católicos, abandonados a la miseria, a la opresión
y al desprecio”. (Pacheco, 1989: 39).
No
podríamos afirmar que todos los religiosos se comportaran de la manera
que hemos venido diciendo; pero no descartamos que una gran cantidad de ellos,
sí llevaban a cabo una vida terrenal en todas las manifestaciones de
la época, caso concreto, el tener esclavos para su uso personal.
Así, Clavijero condena a los españoles dominadores en
todos los sentidos, y asume una posición que unida a las injusticias
socioeconómicas, darían a la postre una rebelión independentista.
Es decir, la sociedad esclavista en la que se defendían a los indígenas
de la esclavitud, pero que se hacía uso corriente del esclavismo no
podía seguir adelante. “Frente a la condena de los dominadores Clavijero
asume una cultura mexicana. No puede hablar de “cultura nacional” cuando la
nación no existe todavía y sólo hay un territorio políticamente
unificado pero sin ninguna homogeneidad étnica, social, económica
ni geográfica” (Pacheco, 1989: 44).
PARTE 2
Esclavitud y esclavismo, ¿diorismas
sociales?
Este segundo apartado es un
análisis del tema expuesto anteriormente. Se trata de sustentar filosóficamente
nuestra postura acerca de si los frailes defensores de los indios tenían
dos discursos, uno defendiendo a los indígenas del régimen
que vivían, y que era el del esclavismo, y otro aceptando y practicando
la esclavitud. Como se puede ver, se hace una diferenciación filosófica
entre esclavismo y esclavitud. Para ello se recurre a la identificación
y significación de algunos términos tales como diorisma, otredad,
ontologismo, etc., y se trata de significar que es un problema la concepción
sociohistórica que hemos recibido en la educación formal la
de presentar y diferenciar maniqueamente a los personajes históricos
de nuestro país, en este caso de manera específica, los frailes
defensores de los indios.
La esclavitud
es una manifestación de poder del hombre con respecto a otros que considera
no iguales a él dentro de su propia cultura. Es decir, hay una relación
de forma previamente establecida que enmarca a este hombre, el español
de
Así, la relación entre el español y sus esclavos,
partía desde la concepción ideológica de la otredad del
primero, desde la manifestación declarada de que el indígena
es un subtipo, el estereotipo del vencido, del que asume su papel de estar
bajo las órdenes del amo, de aquél ser sumiso que en un primer
momento también aceptó la diferencia entre él y su vencedor,
pero que ahora detrás de su desprecio, quisiera ser como aquél
que lo domina, y en ese sentido afirma más su vencimiento[xxii].
Esta antípoda no es gratuita, ese estar cosificando “al otro”,
va a justificar el devenir sociocultural de
Cabe entonces preguntarnos si independientemente de que ellos lo hayan
considerado de tal forma, nosotros debemos aceptar no sólo su comportamiento
de manera general, sino también el de los particulares, pero, como
personas (como es el caso específico de los frailes defensores de los
indios). Cuando hablamos de los frailes como individuos, hacemos la distinción
del de personas. Esto es porque los individuos son el último reducto
de la sociedad en su conjunto, y en este sentido, reproducen los esquemas
y cánones que enmarcan a dicha sociedad, desde su reproducción
ideológica y enajenada, masificada, como parte de una totalidad llamada
monasterio o convento, o incluso como parte de una comunidad de seres superiores
llamados no sólo españoles, sino cristianos. En el caso de ser
tomados en cuenta como personas, el punto de vista varía, pues entonces
se está haciendo alusión a seres con juicio personal, con toma
de conciencia y criterios totalmente subjetivos de acuerdo a sus circunstancias
que les rodean y las que ellos mismos construyen. Es decir, no sólo
como parte de una comunidad religiosa, sino como seres autónomos, esto
en el sentido de que desde el momento en que se oponían a lo que dictaban
los grandes jerarcas religiosos, estaban enarbolando su propia bandera ideológica
y en ese sentido asumían las consecuencias. Entonces, por un lado los
religiosos defensores de los indios rechazaban el esclavismo como parte de
vida dentro de la comunidad en la que se desenvolvían, si no en su
totalidad, al menos sí en los excesos que los encomenderos y amos en
general tenían para con los indios; aunque esto no les impedía
el que ellos mismos tuvieran esclavos para sí, como pudimos constatar
en el capítulo anterior. Así, rechazaban la esclavitud, más
no el esclavismo.
¿Qué es lo que pasaba por las mentes de estos “frailes
defensores” cuando por un lado pregonaban la misericordia para con el indio
que de alguna manera sí consideraban como prójimo y, por otro,
ellos mismos eran partícipes de esta forma de vida en
Los indios eran esclavos de doxa[xxiv] y de factum[xxv]
en el sentido antes referido; pues aunque se les liberara de su condición
de no libre de manera individual, no redimía a su clase del sistema
esclavista (esclavismo). Entonces, nunca dejaron de ser esclavos de factus, a um[xxvi]
como clase social diferente. Es decir, por el hecho de ser indígena,
era considerado como un ser menor, un hombre que necesitaba de la jurisdicción
del español… el indio podía estar como “esclavo” bajo las órdenes
de su amo[xxvii],
no importando que éste fuera un religioso que se opusiera a la esclavitud.
Fray Andrés de Olmos decía[xxviii]
que la desobediencia de los indios hacia Dios y hacia los españoles,
los conduciría irremediablemente hasta el infierno, aseguraba que sólo
los buenos cristianos seguían de buen modo a sus amos. Y, en este
sentido, trataba no sólo de reducir a los indios a la esclavitud física,
sino aún más, a la esclavitud ideológica, es decir,
a que con el tiempo los mismos indígenas reprodujeran los esquemas
socioculturales con los que los estaban aculturizando. Él mismo sostenía
que: “…será muy bueno, él,
el hombre del pueblo, humilde, seguirá a aquel que está por
encima de él, el hombre del pueblo, humilde, seguirá
a aquel que está por encima de él, nunca se interesa, vinculará
en su rostro y en su corazón, no irá a creer como aquellos
que siguen al diablo en todo lo que éste quiere para que el hombre
del pueblo (el merecedor) se entregue a él para engañarlo” (De
Olmos, 1990: 9)
Pero, qué pasa con la otredad cuando se vive dentro de la misma
sociedad, ¿las normas son naturales?, Roland Barthes, el semiólogo
de los años cincuenta del siglo XX en Estados Unidos de Norteamérica
sostenía que: “Uno de los mayores errores cometidos por la sociedad
moderna consiste en creer que sus instituciones y hábitos intelectuales
son buenos porque concuerdan con lo que popularmente se conoce como ´la
naturaleza de las cosas´. El segundo error estriba en ver el lenguaje
como un fenómeno natural en vez de un conjunto de signos convencionales”
(Barthes, 1950)
Teniendo como premisa las afirmaciones de Barthes, podemos afirmar
entonces que nada de natural hay en la religión, ni en las manifestaciones
culturales, ni mucho menos en las instituciones que le dan carácter
de civilización a la sociedad, pues todas éstas son construcciones
sociales, mismas que se reciben en la interacción social con otros
individuos con los que compartimos nuestra cultura. Entonces, la interpretación
del lenguaje como arma ideológica para sojuzgar y legitimar un deber
ser que parte de la concepción de un modus vivendi diferente
al que se tiene, es decir, la fundamentación de la deontología
del español, tanto conquistador militar, como conquistador religioso,
así como los mismos defensores de la esclavitud de los indios, estaban sosteniendo que de la palabra se desliga la
acción, es decir, no aceptaban el esclavismo, pero si la esclavitud,
negaban el sistema de vida social, pero fortalecían el de la vida individual
en su deber ser social. Por ello, no se les puede considerar solamente como
parte de un sistema, como si fueran sólo individuos, es necesario asirlos
desde un enfoque de su ser como personas.
A partir de que conceptualicemos su aspecto deóntico como un
diorisma[xxix]
en el que de suyo vayan implícitos tanto su cuestión ideológica,
como su posición práctica respecto a la concepción que
tenían del indígena, no podremos estar en posición de
desligarnos de esas posturas maniqueistas que separaban a los “buenos” lejos
de los “malos”. Esto es importante si pretendemos
aprehender el concepto que ellos (los españoles) tenían acerca
de la realidad[xxx].
Ésta era concebida desde un enfoque escolástico, pues dicha
filosofía era la que estaba en boga en los españoles bajo el
reinado aún de los Habsburgo. Sostenía la escolástica
una concepción acerca del universo y todo lo que hay en él in
re, o sea incorporado en las cosas.
Lo
opuesto era entonces la idealidad, lo ideal, en donde se indicaba el modo
de ser de lo que está en la mente y no es o no puede ser o no está
todavía incorporado o puesto en acción en las cosas. Es decir,
para los peninsulares la referencia a las cosas (y los indígenas habían
sido cosificados, tomados como cosas), era evidente en expresiones tales como
“definiciones reales”[xxxi]
para indicar la definición de la cosa y no del nombre de dicha cosa
(léase indígenas), y no del nombre y “derechos reales” para
indicar derechos que conciernen a las cosas y no a las personas (léase
derechos de indios no; derechos de los dueños de los indios
sí). Entonces, a partir de formular como diorisma “al otro”, tanto
los frailes defensores de los indios, como los mismos indios, estaban en
el estadio de la re-conceptualización, o sea, de de-finir
al otro, es decir, establecer la diferencia que había entre los dos,
pero desde puntos de vista diferentes. En el caso del indígena hacia
el europeo, verlo como un arquetipo que era su modelo a seguir ya sea por
la imposición tanto física como ideológica que sufría,
así como también por la aculturación de la que había
sido objeto; y en el caso de los españoles hacia el indio, como una
cosa, es decir, como lo habían objetivizado, estigmatizado, alienado,
y por ello el acercamiento que se daba entre ellos era desigual. Así,
el esfuerzo que realizaban los frailes defensores de los indígenas
hacia éstos, se daba en dos planos: uno teórico y otro práctico.
Para lograr lo anterior, los frailes teóricos se valían
de un discurso en donde ponían de manifiesto el ontologismo, es decir,
se desligaban de la sociedad como personas en el sentido de que se reconceptualizaban
a sí mismos como parte de un plan divino, “la grey del Señor”,
y entonces ellos eran sólo un instrumento del Señor para sus
propios fines. Dios mismo era quien les dirigía en su empresa que no
era otra que la del mismo Dios. Así, justificaban que no hubiera abusos
hacia los indios dentro del régimen esclavista, pero aceptaban y justificaban
teoréticamente la esclavitud de manera personal, por eso ellos mismos
tenían a sus esclavos para uso doméstico. Entonces, cuando
les convenía eran parte de la sociedad y como tales disfrutaban de
los beneficios de pertenecer a ella, pero cuando querían o necesitaban
asumirse como “fuera del mundo”, como parte del rebaño sagrado, entonces
se asían de Dios y su discurso bíblico, así como el
de los padres de
Los derechos y las obligaciones de los frailes defensores se constreñían
a su discurso ya fuera deóntico en un sentido espiritual, o bien, desde
un enfoque como diorisma hacia los indios cuando lo querían ver ideológicamente;
cuando no, sólo hasta que morían les daban la libertad a los
indios que defendían del esclavismo pero no de la esclavitud que ellos
mismos les imponían.
La otredad es la antípoda ontológica del esclavista,
que al cuestionar el sistema, se cuestionaría a sí mismo, pero,
que cuando cuestionaba casos particulares, sólo atendía a los
aspectos tangenciales, de forma, nunca de fondo. Entonces, no podemos asir
con la misma palabra al fraile defensor de los indios, como individuo, en
la misma medida del que se comportaba como persona con un juicio propio, a
pesar de que mantuviera bajo su casa a algunos indios como esclavos. Para ahondar en este problema
como diorisma, es necesario que lo entendamos desde la relación de
un sujeto con un objeto, (al menos un sujeto cosificado). Es decir, él,
el sujeto (el español) y su relación con los otros, los
objetos (los indios). Así, el diorisma que aquí se presenta
es social, en donde la cuestión prístina es de carácter
ideológico. En donde liberar[xxxii]
no era entendido como liberal[xxxiii].
Los defensores de los indígenas podían poner en libertad
a sus esclavos, ayudarlos dándoles la libertad como individuos; pero
no eran partidarios en la práctica como seres liberales, pues a esto
hubiera correspondido el tener que reconocer en la práctica que los
otros, eran iguales a ellos, al menos en practicar los mismos derechos políticos[xxxiv].
Algo parecido les sucedía con el holocausto, asimilaban el de
Cristo realizado una sola vez para su salvación; pero les era imposible
aceptar y reconocer que los indígenas practicaran varios holocaustos.
Es decir, para los españoles, incluyendo a los religiosos defensores
de los indios, era totalmente civilizado[xxxv]
el acto de haberse inmolado el hijo de Dios, pero les era totalmente incivilizado
la concepción del holocausto en la cosmovisión indígena.
Así, con la conquista no se evangelizaron a los indios, en el sentido
de ofrecerles el conocimiento de los Evangelios, más bien se les impuso
una nueva religión[xxxvi]
en la que se les cambió a Huitzilopochtli por Santiago Matamoros;
a Tláloc por San Isidro Labrador, etc. Con ello muchos de los frailes
sólo buscaban enriquecerse y vivir posteriormente de sus tesoros, después
de haber colgado los hábitos y haber regresado a España. Así
lo manifiesta Gregorio VIII en 1578.
Con esto podemos entender que a los indios siempre se les consideró
como “los otros”, los que podían ser cosificados, esclavizados, ninguneados,
los que eran considerados como “menores de edad”, y por ello, siempre necesitados
de la mano poderosa y guiadora de los españoles. Aún las de
los mismos religiosos defensores de los indígenas. Como es el caso
de fray Antonio Margil de Jesús, quien pidió directamente al
rey de España, la desaparición de los lacandones porque no aceptaban
la fe católica. ¿Hubiera pedido lo mismo si hubiese considerado
a los indios como personas dignas de respeto?. ¿Hubieran tenido esclavos
los religiosos defensores de los indios si los hubieran considerados como
personas o sujetos de ejercer los mismos derechos?. Hernán Cortés
en su testamento afirma que: “En el testamento de Hernán Cortés
en la cláusula 39 y 41, hablando de los esclavos, añade Cortés
estas palabras memorables: “Como es muy dudoso si ha podido en
conciencia un cristiano servirse como esclavos de los indígenas
prisioneros de guerra, y como hasta ahora no se ha podido poner en claro
este punto importante, mando á mi hijo don Martín, y á
sus descendientes que les sucedan en mi mayorazgo y estados que tomen todos
los informes posibles sobre los derechos que pueden legítimamente
egercerse sobre los prisioneros. Los naturales á quienes después
de haberme pagado los tributos se les ha forzado á prestar servicios
personales, deben ser indemnizados, si se decidiere que no se pueden exigir tales
servicios” (Humboldt, 1991: 88). Y aunque por escrito se dijera algo a favor
de los indios esclavos, y en algunos casos la ley estuvo de lado de los conquistados,
de manera general, los indígenas sufrieron el esclavismo como parte
consustancial de su entender l nuevo orden de cosas que les había sido
impuesto. “Al esclavo que haya sido maltratado con crueldad, le da la ley
por este hecho su libertad, si es que el juez hace justicia al oprimido.
Es fácil concebir que esta ley será eludida las más veces;
pero con todo yo he visto en México por el mes de julio de 1803, el
ejemplar de dos negras a quienes el alcalde de corte dio la libertad, porque
su ama, que era una señora nacida en las islas, las había llenado
de heridas con tijeras, alfileres y cortaplumas. En este terrible proceso,
fue acusada el ama de haber roto los dientes con una llave a sus esclavas,
cuando estas se quejaban de una fluxión de muelas que nos las dejaban
trabajar. Las matronas romanas no eran más refinadas en sus venganzas.
En todos los siglos es igual la barbarie, cuando los hombres pueden dar libre
curso a sus pasiones, y cuando los gobiernos toleran un orden de cosas contrario
a las leyes de la naturaleza, y por consiguiente al bienestar de la sociedad”
(Humboldt, 1991: 89).
El náhuatl al igual que los demás idiomas autóctonos
fueron destituidos poco a poco hasta que por una real cédula dejaron
de existir, al menos de manera legal como uso corriente de comunicarse entre
los indígenas; de esta manera, la evangelización dio su último
golpe: la esclavitud había sido tal, que llegaba hasta la parte “fina”
de los indígenas, su idioma, la forma en la que aún podían
guardar y reproducir vestigios de su cultura ancestral, ahora les era vedada,
y en ese sentido, iniciaban una nueva forma de esclavitud, aquella en la que
ellos mismos serían los que reproducirían los esquemas y cánones
socioculturales que les habían sido impuestos. Ya no necesitarían
del español para ser esclavos, ahora ellos mismos podían reproducirse
como tales, ahora ellos mismos contaban con los herramientas con las que
podían mutilar sus orígenes. Ahora las cadenas ya no venían
de Europa, ahora estaban en ellos mismos, al haber aceptado el cambiar no
sólo en el actuar, sino en el pensar mismo, pues somos lo que pensamos
y en base a nuestros pensamientos es que construimos nuestra realidad, así
como la del mundo que nos rodea.
El esclavismo había dejado de ser una forma socioeconómica
de los españoles, los indígenas lo habían adoptado como
tal, pero de una forma velada, cubierta. No es que se esclavizaran unos
a otros, no hacía falta; todos estaban en las mismas condiciones.
Habían sido reducidos a ser esclavos no ya de un hombre europeo, sino
del sistema mismo que los había reducido a ser un estado de desheredados
ideológicamente por medio de una aculturización como todas:
enajenante.
“En el reinado de Carlos III,
aparece la figura del arzobispo de Méjico don Francisco
Antonio Lorenzana y Buitrón, amigo personal del rey y típico
exponente del despotismo ilustrado. En 1768, publicó las
reglas para que los indios mexicanos sean felices en lo espiritual
y en lo temporal, donde abogaba decididamente por la enseñanza
obligatoria del español y no sólo con fines religiosos,
sino como medio único para lograr los objetivos políticos, económicos
y sociales de
Nadie puede ser perfectamente
libre
hasta que todos lo sean.
Herbert Spencer
Los indios llegaron a ser
objeto de xenofobia,[xxxvii]
fueron extranjeros en su misma tierra. Y como tales, pasaron de ser sujetos
con voluntad propia, a objetos reducidos a tener que aceptar el esclavismo
como parte “natural” de su propio coexistir rutinario. Sólo unos cuántos
alcanzaron su libertad como esclavos, ya fuere porque compraron su libertad
o, porque los mismos amos (incluyendo los frailes defensores de los indígenas)
les concedieron su libertad. Y si algunos indios pudieron obtener su libertad,
esto no fue de ninguna manera, condición para mejorar su situación
como clase social; y aún más, como diferentes grupos étnicos,
o naciones, pues hasta eso perdieron, fueron reducidos a un grupo de otros,
de indios cosificados.
Hoy, cuando hablamos de los grupos étnicos que pueblan nuestro
país, son solamente los reductos de esos indígenas que han sido
considerados como “los otros”. Esa otredad que pone de manifiesto que de
suyo se luchó en contra de la esclavitud, pero que el esclavismo estuvo
muy lejos de querer ser erradicado. Recuérdese que aunque en 1551
hay un decreto de abolición de la esclavitud indígena; para
1810 Miguel Hidalgo la vuelve a abolir. ¿Abolir algo que ya había
sido abolido?, pues sí, porque en la práctica los indígenas
vivían en un sistema de esclavismo que estaba muy lejos de los logros
que pudieron alcanzar los religiosos defensores de éstos.
Si tomamos en cuenta de que para los españoles la situación
de los indios como esclavos no era un diorisma como lo es para nosotros, podremos
entonces comprender que la actitud de los religiosos defensores de los indígenas
no es que fuera mala desde un punto de vista maniqueo, pero tampoco buena,
-en el mismo sentido-; antes bien, era una forma de conceptualizar su sociedad
a partir de estructuras socioeconómicas y culturales preestablecidas,
sobre todo religiosas que ponían a cada uno en su lugar.
Construyendo con ello la antípoda necesaria para establecer
las condiciones para la desigualdad en hombres que en realidad nunca llegaron
a ser iguales. Para ello, hubiera sido necesario que los dos estuvieran en
el mismo plano o estadío, pero, ¿cómo lograr que el
sujeto sea igual al objeto?.
Este problema gnoseológico es ante todo, en la cuestión
que nos ocupa, una forma de aprehender la realidad desde dos enfoques: la
del indígena esclavizado y, la del español que esclavizó.
Mientras queramos ver el problema como un diorisma independiente de alguno
de estos, es decir, tratar como una sola voz a la esclavitud y al esclavismo,
estaremos lejos de poder separarnos de ese maniqueismo al que hacíamos
alusión.
Es necesario que concluyamos que tanto el esclavismo como la esclavitud
son diorismas de concepción ideológica, en los que los indios
al haber sido cosificados, tuvieron que aceptar su condición de esclavos
ante los vencedores, aún cuando estos fueran sus mismos protectores.
Si no lo vemos así, nos parece que seguiremos hablando de la esclavitud
como algo homogéneo al esclavismo y en ese tenor seguiremos reproduciendo
los mismos esquemas teóricos que le han dado sustento a nuestra concepción
de la historia como algo acabado, sin posibilidad de ser parte de ella, en
donde ya se han asumido de facto los roles incuestionables acerca de
la esclavitud en
Al reflexionar sobre la otredad, la de los indígenas en su condición
de esclavos, estaremos en posibilidad de no negarnos a nosotros mismos, y
no solamente en el sentido histórico como algo pretérito, sino
también como el producto de ese fenómeno social que hemos llegado
a ser. Thomas Hobbes decía al hablar de la naturaleza del hombre como
ser social: homo homini lupus[xxxviii],
y cuánta razón tenía, al menos en casos como este
que de manera breve hemos tratado de demostrar, porque “el hombre no está
solo, no se define ni se construye solo, no existe el hombre solo. El hombre
se autoconstruye y se define con respecto a los demás” (Hurtado,
2001: 7).
Así, de nosotros, –como profesores-, depende en gran medida
que la historia siga siendo sólo una materia más de la currícula
oficial, una forma de ser un alguien abstracto en una sociedad indiferente
a su origen histórico, pues aunque lo exalta con discursos llenos
de retórica parafernalista en los “días y mes patrios”; en
la práctica hay un claro desprecio hacia el indígena que actualmente
vive con nosotros (o por qué no decir que somos nosotros los que vivimos con ellos). Es decir, o nos asumimos
como sujetos reales y concretos capaces de cuestionar lo que es parte consustancial
de nos-otros: la historia que somos nosotros mismos en el transcurrir del
tiempo, o bien, seguiremos siendo espectadores de nuestro propio devenir pero
desde una tribuna en la que el foro está a años luz. Entonces,
los diorismas de la esclavitud y el esclavismo fueron de suyo parte normal,
nunca natural, del momento histórico que conocemos como Nueva España.
Dichos diorismas sobrepasaron el problema entre Cratilo y Hermógenes,[xxxix]
pues lo que buscaban era sobre todo lograr lo que con la evangelización
se podía lograr: mansedumbre de los indígenas al grado de asumirse
como esclavos y con ello, todo lo que podía resultar de tan funesta
situación para el indio. Pero, para lograr tal objetivo necesitaban
lograr una creosis[xl]
deóntica,[xli]
una en la que los sujetos reducidos a objetos, es decir los indios, se asumieran
como seres cosificados, y en esa coyuntura que aceptaran su ser, tanto social
como individual, en un mundo de blancos; sin importar que apenas unos cuantos
años antes esas mismas tierras hubieran sido de ellos. Para tal efecto,
los europeos, especialmente los frailes evangelizadores, hicieron uso del
onoma[xlii],
modificando así, las estructuras socioeconómicas de los indígenas
por aquellas que traían del “viejo mundo”. con el onoma las posibilidades
de mantener vivas las manifestaciones culturales de los indios, se vieron
reducidas casi a la nulidad, pues hicieron suyas no sólo las costumbres
culturales de los españoles, sino también las formas de entenderse
dentro de un mundo en el que el esclavismo era tan normal como el que sus
hijos pudieran estar en venta. El tiempo no nos es ajeno, en él se
cifran nuestro ser en el mundo, y para el indígena, su tiempo fue el
tiempo de los conquistadores que los habían sumido en la esclavitud,
sin importar que éstos fueran los frailes defensores de su condición
de esclavos en particular.
Nosotros ya no esclavizamos en un sentido literal y tangencial al indígena,
pero lo seguimos haciendo desde nuestra indiferencia, seguimos reproduciendo
la actitud de esos religiosos que defendían al individuo de la esclavitud,
pero que participaban de la indiferencia que el esclavismo como sistema sociocultural
les permitía seguir siendo lo que eran, unos hombres de su tiempo. Ahora bien, ¿cómo
vemos el problema en cuestión?, ¿cómo conceptualizamos
a la historia?, ¿la vemos como algo innecesario para comprendernos
y comprender al mundo que nos rodea?. Si es así, seguiremos creyendo
que hay y hubo buenos que pelearon contra los malos en la historia, palabras
que de suyo nos seguirán siendo por demás abstractas, y que,
al final de todo, pensaremos que son sólo historias que nada o casi
nada tienen que ver con nuestra realidad existencial (¡Ay! de esa indiferencia
hacia la otredad, subsumida en un ninguneo disfrazado de nuestra propia oquedad
existencial).
El mantener una postura indiferente no nos ayudará ni en la
apreciación de nosotros como sujetos históricos, ni tampoco
como seres vivos que nos sabemos a nosotros mismos. Sobre todo en el caso
de nosotros que, como profesores, debemos asumirnos como portadores y posibilitadores
de una realidad histórica que no les sea ajena a nuestros alumnos.
Aunque para que el alumno sea crítico y reflexivo, y en ese sentido
pueda construir su propio conocimiento significativo dentro de la historia,
primeramente el profesor lo tiene que hacer, porque ¿cómo
podríamos dar lo que no tenemos?. La historia es una posibilidad personal
de reflexionar e invitar a reflexionar a otros, sobre la existencia de nuestro
ser en un mundo que no nos es ajeno.
¿Esclavitud o esclavismo?, diorismas de concepción ideológica
que hoy nos dan pautas para comprendernos también a nosotros mismos,
dentro de un constante devenir histórico.
[ii]
Se usan indistintamente los términos indígena e indio, ya
que los dos denotan al natural de Mesoamérica con la llegada de los
españoles. En un sentido estricto del término, ninguno de los
dos, habla de la identidad, ni geográfica ni ideológica, y
mucho menos conceptual de dichos seres humanos. Los dos refieren al originario
de
[iv] Los gañanes eran los indios que trabajaban en las haciendas de los españoles, y que por estar en esta condición, habían sido aculturizados más fácilmente; era despreciado por sus compañeros libres. También se les llamaba indios ladinos.
[v] Los naboríos eran los indios libres, pero que a pesar de estar en esta condición tenían que servirle al español en sus propiedades; si llegaba a morir el español, podían ser reclamados sus servicios por otro español, o incluso por el primero antes de morir, pues los podía asignar a otro peninsular. Silvio Zavala al respecto cita: “indio libre pero de servicio perpetuo, naboria es un indio que no es esclavo, pero está obligado a servir aunque no quiera; naboria es el que ha de servir a un amo aunque le pesse; e él no lo puede vender ni trocar sin expresa liçençia del gobernador; pero ha de servir hasta que la naboria o su amo se muera; acabado es su captiverio; y si muere su señor, es de proveer de tal naboria al gobernador, y dála a quien él quiere. E estos tales indios se llama naborias de por fuera e no esclavos, pero yo por esclavos los avria, quanto a estar sin libertad (Oviedo)”, (sic).
[vi] Carta dirigida el 15 de octubre de 1524 desde Tenuxtitan, Nueva España al emperador Carlos V por Hernán Cortés..
[viii] Informa del licenciado don Vasco de Quiroga, oidor de la segunda Audiencia de México, en 1535.
[x]
Carta escrita el 3 de septiembre de 1526, y que está dentro de
[xiii]
En
[xvi] No se contó con el final de este texto. Cf. Archivo Histórico del Edo. de Querétaro, Serie Pedro Ballesteros.
[xvii]
Los derechos humanos como tales surgen a partir de
[xviii] Algo parecido nos sucede en la actualidad. Podemos estar orgullosos de nuestro antepasado indígena, mostrarlo de manera enfática en los libros de historia, incluirlos como prototipos de la gallardía de nuestra raza en los discursos oficiales y escolares. Incluso mostrar sus vestimentas en fechas especiales en donde nuestro “patriotismo” sale a flor de piel, pero todo esto siempre y cuando no atente contra nuestro sistema socioeconómico. Dice el INEGI que en la actualidad hay 56 grupos étnicos en nuestro país, afirma también que de los casi 100 millones de mexicanos que somos, el 9.7% son indígenas, es decir, casi 10 millones; y si observamos bien, no están tan alejados de las injusticias que padecieron en el pasado. Con una diferencia sustancial: ahora son despreciados y saqueados no por extranjeros conquistadores, sino por sus mismos compatriotas.
[xix] Cosificar: Convertir algo en cosa, considerar como cosa algo que no lo es; por ejemplo, una persona. el objetivo de cosificar es dominar, etiquetar, volver objeto al sujeto.
[xx] Prójimo, del latín proximus: el más cercano, muy cercano. También tiene una acepción despectiva: cuando para referirse a una persona cuya identidad se ignora o no se quiere nombrar, se utiliza el término.
[xxii] A partir de la relación del indígena con el español, el primero fue perdiendo cada vez más su identidad, para pasar a construir una que estuviera bajo las directrices ideológicas del español, esto lo podemos ver inclusive en la actualidad en donde hay un desprecio por el ser indio. Pues aunque se revalora mucho al indígena, es sólo al antepasado histórico, pero al actual, al que aún vive entre nosotros, se le relega de la sociedad hecha a imagen y semejanza del modelo español.
[xxvii] Amo viene del griego Despothz, déspota, dueño, señor absoluto, persona que abusa de su poder.
[xxix] Es la enunciación de un problema, o la delimitación y aceptación de éste como tal a partir de su re-conocimiento.
[xxx] La realidad en su significado propio y específico, designa el modo de ser de las cosas, en cuanto existen fuera de la mente humana o independientemente de ella.
[xxxi] Con “definiciones reales” no nos referimos a la realeza española, sino a lo real en el sentido de lo opuesto a lo ideal.
[xxxiv] Hoy sabemos que la libertad es el ejercicio del libre albedrío, siempre y cuando existan posibilidades reales de tomar o ejecutar las decisiones.
[xxxvii] Del griego Xenoz, ou, extranjero, huésped; y joboz, horror: hostilidad para con el extranjero.
[xxxviii] El hombre es el lobo del hombre.
xxxix En los Diáologos de Platón, Cratilo afirma que las cosas tienen el nombre que les corresponde, de manera natural (teoría de phisis); mientras que Hermógenes sostenía que los nombres de las cosas eran dados por cuestiones convenionales (teoría de nomos).
xl Creosis: coherencia, racionalidad, exactitud, orden, sistematicidad, inteligibilidad y sentido.
xli Deóntica: elaborar juicios a priori o a posteriori, pero siempre y cuando haya elementos de valor universal para ello, es decir, juicios valorativos de acuerdo a un deber ser moral establecido por la sociedad o la cultura en la que ese esté.
xlii Onoma: es
la palabra ya existente (en este caso las creencias y la ideología
en general de los indígenas) es sustituida
por otra que por lo regular es impuesta, aunque no necesariamente de una manera
violenta.
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