| NÓMADAS - REVISTA CRÍTICA
DE CIENCIAS SOCIALES Y JURÍDICAS 13-2006/1 | Universidad Complutense de Madrid | ISSN 1578-6730 |
| Arte
y capital Releyendo el Capítulo VI (inédito) de "EL Capital" |
| José Mª Durán >>> CV |
Cuando en el conocido como
capítulo sexto (inédito) de El Capital trata Marx de explicar la diferencia esencial entre trabajo
productivo y trabajo improductivo (“productive
und unproductive
Arbeit”) se llega a referir, y en más
de una ocasión, a los productos culturales como ejemplos evidentes
de trabajo improductivo. En este artículo se procura limar esta diferencia
retrotrayendo el arte a la esfera de la producción para buscar en
su interior la relación, inevitable, de la producción artística
con el capital. Para ello, se ha de recurrir al concepto de la subsunción como herramienta
básica que nos llegará a mostrar, con claridad, de qué
manera el arte se sitúa en los procesos de valorización del
capital.
La relación entre
el arte y el capital es compleja. El capital no domina la producción
artística como domina la producción, por ejemplo, en la fábrica,
que es, esta sí, una producción determinada por la existencia
misma del capital. Sin embargo, reconocemos con normalidad al capital actuando
al lado mismo de la producción artística ya que está
detrás de los instrumentos apropiados para su producción o,
en otras palabras, ya que ha conformado todos aquellos instrumentos de los
que el arte se vale para poder ser formulado como tal. Y a parte de estos
instrumentos y materiales, también existen conformados bajo la dinámica
del capital toda la red social en la que el arte se exhibe y en donde es
comentado. Y sin embargo, no parece que el capital domine por entero la práctica
productiva del arte. La mayoría de los economistas que se han ocupado
del tema han diferenciado, rutinariamente, la producción artística:
dirigida por aquellos elementos estéticos e históricos que
la conforman, de la comercialización del arte: en donde sí
que encontraríamos actuando las dinámicas más propias
del capital (Frey/Pommerehne,
1989; Blaug, 1992; Frey,
2003; Throsby, 2003). Existiría, entonces,
un momento de separación, un instante de independencia en el que
el arte, al ser creado, aparecería asediado por el capital: no directamente
manipulado pero sí tentado en una siempre embarazosa relación
para ambas partes que, finalmente, se encontrarían, pues, enfrentadas
y, por lo tanto, separadas.
Pero detenernos en esta forma
de entender la producción artística supone aceptar, implícitamente,
una capacidad de producción social al margen del capital, autista
a su manera, que no es tanto una forma de respuesta al capital y sus usos
sociales como una forma de aquiescencia ausente en la que el arte se regocija
de su independencia no manoseada, aunque sí tentada, por el capital.
Y sin embargo, no queremos, aquí, ni siquiera comentar una posible
independencia del arte ante los movimientos del capital. Todo lo contrario,
lo que se pretende es demostrar la relación constitutiva que experimenta
el arte, en cuanto producción, con el capital. Por ello, son la producción y el valor los elementos
que surgen como fundacionales de una relación semejante. Se hace necesario,
así, volver siempre a Marx y a una de
sus tesis que nos parece, en este sentido, esencial:
El producto del trabajo es objeto de uso en
todos los tipos de sociedad; sólo en una época históricamente
dada de progreso, aquella que ve en el trabajo invertido para producir un
objeto de uso una propiedad “materializada” [“gegenständliche
Eigenschaft”] de este objeto, o sea su valor,
se convierte el producto del trabajo en mercancía. (Marx [I], 1973: 28)
Ahora bien, sabemos que esta
producción de valor es en realidad una producción de plus-valor.
Y sabemos también que la producción de plus-valor, o el modo
de valorizar (verwerten), resulta
de un no intercambio con el cuerpo del trabajo, resulta de una apropiación:
pues la plusvalía es el valor que no se le devuelve al obrero. Todo
trabajo constituido de esta forma es, para Marx,
trabajo productivo (“productive
Arbeit”): o el trabajo destinado a la producción
de plus-valor:
tan pronto como es introducida
en ese proceso preliminar que forma parte de la circulación, su fuerza
de trabajo es incorporada directamente como factor vivo,
al proceso de producción del capital y deviene incluso una de sus
partes constitutivas, la parte variable,
la cual no sólo conserva y reproduce los valores del capital avanzado
sino que también los aumenta y, creando plusvalor, los transforma en valor que se valoriza,
en capital. En el curso del proceso de producción, esa fuerza de
trabajo, magnitud fluida de valor se materializa directamente
en objetos. (Marx, 1997: 93 [110]) ([2])
Esta relación, así
formulada, no aparece de ningún modo en la creación artística.
Lo que la creación artística revela, por el contrario, es
algo mucho más sutil, a la vez que simple: es a través de
la constitución del trabajo como creación de valor que percibimos
la relación ineludible del arte con el capital. Pues la producción
artística acoge en su seno esta forma generalizada y jerarquizada
del producir: movimiento del sujeto al objeto como propiedad materializada en este último, es decir, como su valor.
Es así que el valor
también se expresa en el arte como un traspaso (Übertragung). En este caso del
sujeto productor: capacitado como artista, al objeto producido: reconocido
como obra de arte. Este traspaso aparece teorizado, por primera vez, en
el Renacimiento florentino y va a llegar hasta la tercera crítica
de Kant ([3]).
Lo que en este proceso histórico podemos observar es la constitución
de una praxis y su teoría que han fundado unas determinadas disposiciones
productivas como aquellas pertinentes a lo que hemos llegado a conocer como
arte, o mejor: bellas artes. Las relaciones que, a partir
de aquí, han hecho posible la socialización del arte en el
entorno del patronazgo cortesano y eclesiástico, o en el mismo del
entrepeneur burgués, son
las relaciones del arte con un capital social que lo destinaba a un uso privado.
Es por ello que es posible referirse, en este contexto, a una subsunción formal
del arte bajo ese capital. En el interior del marco productivo, el arte,
como una cosa (Ding) heterónomamente determinada por un sujeto que
la engendra, revela, pues, toda la teoría kantiana
del genio, que en este sentido no es más que una teoría del
sujeto productor. Si el genio era ese productor capaz de engendrar en el
corpus específico de las “bellas artes”, el arte aparecía formalmente
subsumido en un marco social mayor que lo determinaba – pues era este marco
el que lo hacía (producía) adecuado a su consumo social privado:
el artista se disponía, así, como productor en
la belleza, lo cual no dejaba de ser, nunca lo ha dejado de ser en realidad,
producción de valor.
Sin embargo, el arte del
siglo 19 va experimentar un tipo diferente de relaciones entre la producción,
el objeto de la producción y la fuerza de trabajo. Y es esta una
muy concreta experiencia de modernidad. Para Marx,
la consolidación capitalista, que ya estaba en marcha en la propia
época de Kant, se resumía en la
configuración renovada del trabajo como trabajo productivo:
El trabajo productivo no
es más que una expresión resumida para designar el conjunto
de la relación y la manera en la cual el obrero y el trabajo se presentan
en el proceso de producción capitalista. Por trabajo productivo entendemos,
por tanto, un trabajo, socialmente determinado (“gesellschaftlich bestimmte
Arbeit”), que implica una relación, bien
precisa, entre vendedor y comprador de trabajo. Así, el trabajo productivo
se intercambia directamente por dinero-capital, un dinero
que, en sí, es capital, que tiene, por destino, funcionar como tal
y hacer frente, como tal, a la fuerza de trabajo. Sólo es, pues,
productivo, el trabajo del obrero que reproduce el valor, determinado previamente,
de su fuerza de trabajo y valoriza el capital (“das Capital verwertht”) por medio de una actividad creadora de
valores que erige, frente al obrero, los valores producidos en tanto que
capital. La relación específica, entre trabajo objetivado y
trabajo vivo (“vergegenständlichte und lebendige Arbeit”), que hace del primero capital, hace del segundo
trabajo productivo (“productive
Arbeit”). (Marx,
1997: 97 [112])
Es a partir de aquí
que podemos observar, como dinámicas históricas del capital,
la producción de plusvalía absoluta y relativa así
como la subsunción forma y real del trabajo
en el capital. En lo que concierne a la circulación, no debemos nunca
menospreciar la fuerza de estructuración social que la fórmula
D - M - D’ revela: en el sentido, como lo expresara Marx, de que todo el mundo deviene mercantil
(“Waarenhändler”), esto es, lo que todo
el mundo quiere es hacer dinero (“Geldmachen”)
(Marx, 1997: 94-95 [110-111]). Sin embargo, no
todo hacer dinero implica un trabajo productivo,
pues no toda venta en el mercado implica el uso de un capital.
Ahora pongamos un ejemplo:
poco me importa que yo compre un pantalón de confección o
que haga venir un sastre, a casa, y le pague su servicio (es decir, el trabajo
de sastre)… En ninguno de los dos casos, convierto mi dinero en capital,
sino en un valor de uso que corresponde a mi necesidad y a mi consumo personales.
El obrero sastre me rinde el mismo servicio, ya trabaje para la sastrería
o para mí. Pero el obrero, si trabaja para la sastrería, rinde
otro «servicio» al capitalista… (Marx,
1997: 101-102 [115])
Ese otro servicio
que se rinde es, por supuesto, la explotación del trabajo del
obrero con el fin de valorizar el capital. Para Marx,
existía aquí una diferencia precisa entre el trabajo puesto
al servicio de un capitalista que lo usaba y el trabajo artesanal en el
que el obrero era al mismo tiempo su propio empresario y asalariado, y en
el que, por tanto, el producto es inseparable del acto productor
(“das Product ist
nicht trennbar vom Act des Producirens”): algo que diferencia la ejecución
de un servicio que se presta, de la producción de
objetos como mercancías (Marx,
1997: 103 [116]).
Claro que esta diferencia
era un hecho que el siglo 19 estaba contemplando con temor e interés
al mismo tiempo. Georg Simmel
hablaba de la inadecuación que se desarrollaba entre
la existencia del trabajador y aquella de su producto: apareciendo ambos
completamente separados: divorciados en el interior de la
cadena productiva; hecho que para Simmel era
consecuencia de la creciente especialización laboral. Emile Durkheim también
advertía, con preocupación, la sustitución progresiva
de los hombres por las máquinas, la degradación de la mano
de obra y, en general, el conflicto de clases, que podían llegar a
ocasionar una ruptura en la solidaridad social cuando se producía
una organización inadecuada de la división del trabajo (Lukes, 1985). En este sentido, Thompson ha contemplado la novela de Dickens: Hard Times (1854), como una descripción significativa de
dos fases bien diferentes de la revolución industrial: simbolizada
en las figuras de Mr. Bounderby
y su sofisticado primo Mr. Gradgrin. Si Bounderby
era el avaricioso manufacturero que representaba la primera acumulación
y explotación extensiva y brutal de la mano de obra, Gradgrin, gracias a toda esa acumulación lograda,
personificaba ya el utilitarismo típico de la clase media inglesa:
las leyes de la oferta y la demanda eran las leyes de Dios (God’s laws) y el mercado el determinante final del valor.
Gradgrin no sólo tenía poder,
riqueza e influencia política, escribe Thompson,
sino también toda una teoría para justificar la explotación
(Thompson, 1955: 21-22). Ante estas condiciones,
ampliamente reconocidas en la época, Simmel
observaba la creación artística de una muy diferente manera:
La división del trabajo
independiza el producto como tal de cada uno de los contribuyentes; el producto
está ahí en una objetividad autónoma que, sin duda,
lo hace apropiado para acomodarse a un orden de las cosas o para servir
a un fin particular objetivamente determinado; pero con ello se le escapa
aquel estado interno dotado de alma que sólo el hombre en su totalidad
puede dar a la obra en su totalidad y que porta su inclusión en la
centralidad anímica de otros sujetos. Por ello la obra de arte es
un valor cultural tan inconmensurable, porque es inaccesible a toda división
del trabajo, esto es, porque aquí… lo creado conserva
al creador de la forma más íntima. (Simmel, 2002: 358-359. La negrilla es mía)
Y lo que Simmel estaba constatando era un muy determinado momento
socio-cultural que había predispuesto a la obra de arte para un tipo
de creación en la que se llegaba a producir una unidad e identificación
entre productor y producto. Marx tampoco había
estado tan alejado de una visión semejante acerca de los productos
culturales:
Por ejemplo, Milton, el autor
de Paraíso perdido, es un trabajador improductivo,
mientras que un escritor que proporciona, a su editor, un trabajo de fabricación
(“Fabrikarbeit”) es un trabajador productivo.
Milton ha producido su poema como un gusano de seda produce la seda, expresando su naturaleza por medio de esa actividad.
Vendiendo, más tarde, su producto por la suma de 5 £, fue,
en esa medida, un comerciante. En cambio, el literato proletario de Leipzig que, bajo pedido de su editor, produce libros;
por ejemplo, manuales de economía política, se aproxima al
trabajador productivo en la misma medida en que su producción está
sujeta (“subsumiert”) [subsumida] al capital
y no existe más que con vistas a su valorización. (Marx, 1997: 98 [113]. La negrilla es mía)
Marx continúa afirmando
que en la medida en que ejercicios laborales como el de Milton no pueden
ser utilizados más que como un “servicio” (Dienst): servicio que se me presta a mí que lo
he solicitado para mi consumo privado, por ejemplo, el hecho de comprar
un volumen de Paraíso perdido, y que como tal “servicio”
su producto es “inseparable de su prestatario” (“nicht
in von den Arbeitern
trennbare”), son ejercicios laborales que no
pueden devenir mercancías autónomas, lo que no quiere decir
que no puedan ser explotados de una manera capitalista (Marx, 1997: 99 [113]). Marx
había diferenciado el hecho de que una obra como Paraíso
perdido pudiera ser comprada y vendida, es decir, tratada como una mercancía
más en el mercado capitalista de mercancías, del hecho laboral
de Milton como autor: que cuando se expresa en la obra Paraíso
perdido se refiere a un autor independiente: él es su propio empresario;
y para nada se refiere a una fuerza de trabajo dispuesta para el uso capitalista
de la misma: esto es, dispuesta para la valorización del capital
o producción de plusvalía. El escritor Milton estaría
actuando, pues, como un trabajador improductivo (“unproductiver Arbeiter”)
([4]).
A partir de aquí no
sería difícil poder llegar a inferir una diferencia esencial
entre el trabajo productivo y el trabajo artístico
o creativo: o aquel que no se dispone a la creación de plus-valor;
por lo que en lo que respecta a éste, al trabajo creativo,
su relación con el capital se verificaría no tanto en el momento
de su producción como en el hecho de su explotación en el
mercado: por ejemplo, cuánto se le paga a Milton por la edición
de Paraíso perdido. Sin embargo, un análisis
semejante de las condiciones de producción nos estaría alejando
de nuestro propósito para alentarnos a seguir en la línea
de las falsificaciones que el valor de uso propone ([5]).
No obstante, no querría dejar de comentar, brevemente, cómo
esta supuesta contraposición entre trabajo productivo
y trabajo creativo, ahora expuesta, ha funcionado
ideológicamente muy bien para un arte que ha buscado alejarse de las
contradicciones a las que la sociedad industrial lo sometía. Cuando
el escritor Edward Young
afirmaba en 1759 que: “An Original may be said to be of a vegetable
nature; it rises spontaneously from the vital roots of genius; it grows, it is not made”,
estaba, muy conscientemente, separando la “auténtica” creación
artística de los productos manufacturados; algo que para Raymond Williams era síntoma
de un profundo malestar cultural ante el utilitarismo burgués (Williams, 1958: 37). Aunque lo que expresaba Young fue un tema caro al romanticismo, ese: original que crece (grows)
y que no es hecho (made), ¿no refleja,
también, una buscada contraposición con el trabajo que es
un mandato, con el trabajo que no es autónomo, con el trabajo que
es, en definitiva, trabajo forzado? Wolfgang
Ruppert también ha señalado cómo
en el siglo 19 el taller del artista aparece como el lugar en donde surge
la individualidad creativa como obra de arte, en claro enfrentamiento a la
fábrica: símbolo del progreso industrial, en donde la producción
de la máquina y no del individuo es lo importante (Ruppert, 2000: 78 ss.).
Desde mi punto de vista, no habría, sin embargo, que confundir esta
reivindicación de la individualidad creativa alejada del capital:
como construcción ideológica, esto es, falsa conciencia en
los términos althusserianos, con una tal
reivindicación que es, por el contrario, el resultado de una muy
específica lógica productiva del capital social.
Cuando Marx hablaba de que al comprar una mercancía
para el consumo privado de la misma no ha lugar para referirnos al trabajo
productivo: porque no cambio mi dinero directamente por trabajo sino por
una mercancía, no dejaba de tener razón. Ello es cierto para
mí (como comprador) pues no soy un inversor capitalista que lo que
busca es la valorización continua de su capital. El hecho del consumo
me atañe a mí como individuo particular. Ahora bien, ello no
es tan cierto cuando me atañe a mí como individuo social, pues
a través del mismo acto de comprar posibilito la reproducción
del trabajo del artista: que gracias a la venta de su mercancía puede
satisfacer, ya no sólo sus necesidades vitales, sino también
reproducir su propia capacidad de trabajo y volver a reiniciar, así,
el ciclo del valor: la producción de una mercancía. Y atendamos
a un hecho crucial en este sentido: las mercancías no sólo
se intercambian, ellas también se producen. Cuando me ejercito, entonces,
como consumidor privado de mercancías al poner en circulación
mi dinero, no compro directamente fuerza de trabajo. Aunque sí indirectamente,
es decir, socialmente. Si la mercancía es la encarnación de
la fuerza de trabajo consumida en su producción – y es en este preciso
instante cuando surge toda la teoría metafísica del valor,
tan bien formulada por Marx como: aquella que ve en el trabajo invertido para producir un objeto
de uso una propiedad “materializada” (“gegenständliche
Eigenschaft”) de este objeto, o sea
su valor – todo consumo de mercancías supone la puesta en marcha
de un proceso productivo: aquel que se dispone para la producción
de mercancías. “Desde el simple punto de vista del proceso
de trabajo en general, es productivo el trabajo que
se realiza en un producto o, mejor dicho, en una mercancía.” (Marx, 1997: 91 [108])
Si para el comprador, la inversión
en arte supone una mera circulación de dinero: M - D - M; para el
artista es una circulación de capital: D - M - D’: donde el dinero
que se consigue por la venta de esa particular mercancía que es el
arte es un dinero que está revalorizando su capacidad de trabajo
como artista y, por tanto, supone una valorización también del
capital social general: gracias al cual todo el proceso de la producción
de esa mercancía que es el arte puede iniciarse de nuevo. Pero esta
valorización del trabajo artístico no ocurre en el sentido de
la creación de plus-valor (como expropiación del trabajo del
obrero), sino en el sentido de un capital que posibilita la reproducción
del artista como productor socialmente capacitado, esto es, como productor
de un valor (el arte) que es forma-mercancía destinada a una circulación.
¿Quiere decir esto que el proceso artístico produce un propio
capital? Sí, de alguna manera. Manera que es interpretación
– una propia forma de formalización – de lo que el capital social es
o representa; y esto a través de toda la valorización que se
produce gracias al trabajo del propio artista. En este sentido, la fuerza
de trabajo que el artista posee como capacidad propia e individual se ha materializado,
históricamente, de dos formas diferentes:
(a) como fuerza de trabajo que
se valoriza en el interior de un marco productivo específico: el
de las bellas artes, marco en el interior del cual el artista
se ejerce como tal artista: habilidoso, profesional. En este sentido, observamos
a un arte formalmente subsumido en el capital, pues de lo
que esta subsunción nos está hablando
es de la utilización de una capacidad productiva, previamente existente,
en el interior de un marco que la determina: el artista produce formalmente en el interior de una estructura. Sólo
es artista, así, quien es capaz de producir en las artes. A partir
de aquí, el valor como traspaso simbólico circula socialmente
en la forma de la obra de arte.
BIBLIOGRAFÍA
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Policy, Springer,
(1989) FREY, Bruno y POMMEREHNE, Werner, Muses and Markets.
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(Tr. Raúl Sánchez), Akal, Madrid
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A reinterpretation of
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(2000) RUPPERT, Wolfgang, Der moderne Künstler. Zur Sozial-
und Kulturgeschichte der Kreativen Individualität in der kulturelle
Moderne im 19. und frühen 20. Jahrhundert, Suhrkamp, Frankfurt/M.
(2002) SIMMEL, Georg, “Sobre filosofía
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(Tr. Gustau Muñoz
y Salvador Mas), Península, Barcelona
(2003) THROSBY, David, Economics and Culture,
(1955) THOMPSON, E.P., William Morris. Romantic to Revolutionary,
Lawrence & Wishart,
(1958) WILLIAMS, Raymond, Culture and Society,
1780-1950, Chatto & Windus,
([1])
Doctorando en la facultad de Historia del Arte de la UNED (Madrid) bajo
la dirección del Prof. Dr. Alberto R. de Samaniego (Universidad de
Vigo). Mi tesis: “La subsunción del artista en capital. Presupuestos
histórico-teóricos”, explora las relaciones históricas
que el arte moderno ha mantenido con la categoría marxiana de la
subsunción.
([2]) En cuanto al Capítulo VI (inédito) y para facilitar la lectura de las citas de Marx he optado por seguir la traducción española que, aunque no es del original alemán sino de la versión francesa de Roger Dangeville (1971), en la mayoría de los casos me parece buena. Entre corchetes se indica la página correspondiente en la edición del MEGA. Las citas originales en alemán, que van entre comillas, respetan la grafía original tal y como aparece en el MEGA. Cf. Marx, 1988 y 1997.
([3])
No me puedo extender, ahora, en la teoría que ha fundamentado este
traspaso y que podríamos resumir como una teoría que ha identificado
al artista como ese individuo productor capaz de fecundar en el corpus específico
de las bellas artes. El artista se ha constituido, a lo largo de la modernidad,
como un productor que ejerce un traspaso en el objeto, que no ha dejado
de ser forma-valor (Wertform)
en el sentido de que el objeto, como objeto bello, vale
o es reconocido como tal porque el traspaso se ha producido. Kant habría de teorizar al genio artístico,
precisamente, en este sentido. Mi tesis doctoral se centra en la teoría
de este “traspaso” de valor que identifico, concretamente, en los contextos
de la subsunción formal.
([4])
No deja de ser
curiosa la elección de Milton por Marx. En la historia del copyright, Milton aparece como uno de los primeros escritores
modernos que firma un contrato profesional de publicación por Paraíso perdido, con el impresor Samuel Simmons en 1667. Milton aparece, así, como
un trabajador independiente (“selfemploying laborer”). Ver Lindenbaum,
P., “Milton’s Contract”, 1999: 175-190.
([5])
Mantengamos junto
a Postone que todo análisis de la mercancía
en los términos de su necesidad es, según Marx, un análisis
que tiende a confundir el valor de uso con el valor, y que el análisis
del valor de uso no es, en ningún caso, el más adecuado para
iniciar un estudio de la producción. Postone,
2003: 271.
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