| NÓMADAS - REVISTA CRÍTICA
DE CIENCIAS SOCIALES Y JURÍDICAS 13-2006/1 | Universidad Complutense de Madrid | ISSN 1578-6730 |
| Poesía
- Pensamiento / Palabra - Cosa Acerca del texto "La esencia del habla" de Martin Heidegger |
| Gloria Inés González
Ramírez >>> CV |
ABSTRACT.-
Palabras claves:
ser, esencia del habla, experiencia, poesía, pensamiento, mundo.
El habla se constituyó
en uno de los cinco temas principales de Heidegger en su madurez, esta época
corresponde alrededor de la década de 1950. Hans Georg Gadamer, en
su conferencia en Bogotá en marzo de 1981, señala como temas
de Heidegger en esta época: la cosa, el lenguaje, la obra de arte,
la técnica y das Gestell.
Del tema sobre el
lenguaje, merece destacarse el libro “De camino al habla” que contiene la
conferencia objeto de este trabajo: “La esencia del habla”. Se toma la versión
castellana de Ives Zimmermann, 1 Odos, Barcelona, 1987. Traducción
sacada de la 6ª edición alemana de la edición separada
en la Editorial Gunter Neske, Pfullingen, 1979. Las tres conferencias que
componen “La esencia del habla” fueron dadas por Heidegger en el Studium
Generale de la Universidad de Friburgo im Breisgau, los días 4 y 18
de diciembre de 1957 y el 7 de febrero de 1958. Las referencias que aparecen
se refieren al texto citado.
Primera Conferencia
Las tres conferencias
pretenden llevarnos ante la posibilidad de hacer una experiencia con el habla.
Hacernos una representación de lo que
el habla es en general, en el sentido que vale para toda cosa, es decir la
esencia. Experiencia en el sentido más estricto, de manera que ese
algo nos alcance, que se apodere de nosotros y nos transforme, que aquello
que estamos experimentando nos someta a sí, lo tomemos, nos cobije
y nos inunde.
El hombre habla,
se dice que le es connatural su condición de hablante. Esto significa
que la palabra forma parte de aquello que le da existencia como hombre al
hombre. El habla es lo más cercano, lo inmediato, lo vecino a ser
hombre. “El lenguaje es la casa del ser” dice Heidegger en su Carta sobre
el Humanismo.
El filósofo
y el poeta como vigilantes excelsos del ser y de su morada, presentifican,
hacen patentes ese ser mediante la palabra, lo muestran en su plenitud. Por
esto hablar del lenguaje, pensar la palabra es hablar del hombre y de su
esencia. La poesía crea su obra en el dominio y con el lenguaje. Por
tanto, la esencia de la poesía es la esencia del lenguaje. La poesía
es el lenguaje primitivo del pueblo histórico, soporta fundamentalmente
la historia y como tal no es simplemente una manifestación cultural.
“El hombre habla”
y lo dicho se constituye en su mostración de lo que es hombre. En
el decir está su permanencia. En el habla no solamente se manifiesta
el cómo es como hombre, sino principalmente manifiesta que es hombre.
Pensar el habla
debe conducirnos a ese lugar esencial de ser, al acontecimiento-apropiador
donde el habla solamente puede ser fundamentada a partir de sí misma.
“Reflexionar sobre el habla significa: llegar al hablar del habla de un modo
tal que el habla advenga como aquello que otorga morada a la esencia de los
mortales” (p. 13)
Común y tradicionalmente
el lenguaje ha tenido una mirada instrumental, de representación que,
aunque siendo correcta desde las miradas gramatical, lógica y lingüística,
no conduce a la verdadera esencia del habla, o sea a su sentido general válido.
La expresión de estados o acepciones particulares, internas y subjetivas
es sólo la manifestación externa y más instrumental
del lenguaje y es ciertamente insuficiente para
hablar de la esencia del habla.
La experiencia que
propone Heidegger no es sobre el habla, incluso la pretensión no es
la experiencia con el habla, sino la posibilidad de hacer una experiencia
con el habla. No podemos perder de vista el objetivo del trabajo: “Que el
intento de llevarnos ante la posibilidad de hacer una experiencia con el
habla sea coronado con éxito” (p.144).
Teniendo claridad
sobre el objetivo principal del trabajo al cual nos abocamos, busquemos el
camino para realizarlo. De igual manera que requerimos de toda nuestra atención
responsable para delimitar el objetivo, necesitamos explorar las vías
conducentes a él con reserva de inventario. Explorar, y explorar en
sentido amplio, porque como experiencia fundamentadora no basta sólo
con otear el horizonte, ¿cuántos rincones ignotos e incógnitos
podrían quedar velados? Corremos el riesgo de pasar por alto, sin
saberlo, el toque justo, preciso para la feliz culminación del trabajo
en que nos empeñamos. Para reconocer el camino correcto para y con
la esencia del habla no tenemos otra alternativa que caminar caminos diversos
y así reconocer el verdadero, nadie podrá hacerlo por nosotros,
a nadie le representará lo que represente a cada uno, nadie vivirá
igual que otro esta experiencia, a cada uno le tocará su “alma” de
diferente manera.
Caminemos esos caminos
despacio, sintiéndolos y sintiéndonos en ellos. El tiempo como
elemento esencial del ser-ahí “se venga de todo lo que no se hace
con su concurso”. Ellos, los caminos están ahí, muchas veces
estamos sobre ellos pero no en ellos y así no conducen el habla a
lo esencial del habla, porque en aquellos el habla se retiene, se oculta
en su esencia para poder así de esta manera retenedora hablarse el
habla, hacerse proposiciones de y sobre cosas, intercomunicarnos. Lo otro,
el habla que habla como tal en la palabra está en aquellas situaciones
límite donde lo que nos toca es impronunciable, nos descentra y nos
desestabiliza de nuestra pretensión de amos y señores omnipotentes
del mundo y sus alrededores. Esta habla que nos habla es experiencia única,
personal, intransferible. Todo lo anterior indica que no somos nosotros quienes
llamamos al habla, ella da o deniega la palabra.
La poesía
se presenta como el hablar perfecto, como pureza en el hablar. Aquí
hablar del habla es estar en lo poético de lo hablado. En la poesía
habla verdaderamente habla. La poesía re-une, re-coge, recupera y
res-guarda el mundo, dividido y particionado por la ciencia y la vida común.
La poesía “funda”, inaugura por la palabra y sobre la palabra lo eterno,
lo universal, lo único, imperecedero e indivisible: el ser. La palabra,
como fuente de ser y del ser, se confía eminentemente al poeta; así
la poesía es lenguaje primigenio, iniciador, instaurador.
Comencemos, entonces,
a explorar el camino de la poesía. ¿El poeta cómo habla
su experiencia con el habla? Poéticamente y para comprender mejor
ese hablar poético del habla del poeta, Heidegger conversa, analiza,
desglosa el poema “La palabra” de Stefan George, que data del año
1919, como un diálogo del pensamiento con la poesía de manera
tal que pueda llegar a comprenderse que el habla es la casa de habitación
del hombre.
Sueño o prodigio de la lejanía
Al borde mi país traía
Esperando a que la Norna antigua
En su fuente el nombre hallara –
Después denso y fuerte lo pude asir
Ahora florece y por la región reluce ...
Un día llegué de feliz viaje
Con joya delicada y rica
Buscó largamente e hízome saber:
“Sobre el profundo fondo nada así descansa”
Entonces de mi mano se escapó
Y nunca el tesoro mi país ganó ...
Así aprendí triste la renuncia:
Ninguna cosa sea donde falta la palabra.
Son siete estrofas
de dos versos cada una, divididas en tres iniciales, tres posteriores y una
estrofa conclusiva. Es justamente esta última estrofa, en su último
verso, nuestra directriz. “Pues él lleva la palabra del habla, lleva
el habla misma a su habla y dice algo acerca de la relación entre
palabra y cosa.” (p. 146).
Ninguna cosa sea
donde la falta la palabra dice la traducción
de I. Zimmerman; Que cosa alguna sea allí donde falla la palabra,
traduce Jaime Hoyos, SJ, diferenciando fehlen
(faltar) y Brechen (fallar). En su versión original la expresión
es wort gebricht (falla la palabra). Atenidos a esto último la palabra
se rompe, se resquebraja, se hiende para centellear en su fondo el habla
del habla misma como un verso susurrante, cantador, acariciante. La palabra
no falta, no está ausente, no está lejos de nosotros, en otro
lugar. Ella está aquí pero abierta para dejar ver-oir lo que
está en el fondo. Es necesario pensarlo. Pensarlo el poeta y pensarlo
quienes lo desentrañan, pensarlo a conciencia, sapiencial, meditativamente,
con cuidado de joya.
El último
verso del poema dice Que ninguna cosa sea allí donde falla la palabra.
Transcribamos: Ninguna cosa es donde carece de palabra, para que la cosa
sea es necesaria la palabra. En estos términos Dios Es porque la palabra es dios, dios lo hace, la palabra confiere el ser.
Pero ¿es así de simple? ¿es así para todo caso,
para toda situación? Evidentemente no. Las denominaciones y cada cosa
tangible independiente de su posibilidad de alternancia de nombre es en todo
“diferente de lo que nombra el poeta en la primera estrofa de las tres iniciales:
Sueño o prodigio de la lejanía
Al borde de mi país traía.” (p.148)
Esta diferencia
puede no hacérsenos evidente a primer golpe por nuestra sumisión,
las más de las veces irreflexiva, a la ciencia y técnica modernas.
Por ellas rechazamos de plano el que sea la palabra quien confiera el ser,
ellas sólo se atienen a hechos palpables, medibles.
El hombre está sometido a lo que disponga el apresuramiento
de máquinas y aparatos modernos. Pero si nos detenemos un poco, si
pensamos calmadamente la cosa, lo que es y cómo es, está inmersa
en el nombre de su nombre.
Otro intento en
la misma vía. A partir de una nueva expresión del enunciado
guía: “algo es solamente cuando la palabra apropiada –y por tanto
pertinente- lo nombra como siendo y lo funda así cada vez como tal”
(p. 149). Esta no es una elaboración poética, sí una
acertada reelaboración conceptual de la expresión contenida
en “Carta sobre el humanismo”: el habla es la casa del ser, y el hombre,
como custodio de la mostración del ser, puede llamarse custodio de
la palabra.
Hasta aquí
“La cuestión permanece enigmática: la palabra del habla y su
relación con la cosa, a todo lo que es –el hecho que es y el modo
como es” (p.148). O sea que este primer camino de simple análisis
filológico no nos conduce a nuestro objetivo. Pero los esfuerzos en
él empleados no son despreciables. Como preparación de una posible
experiencia con el habla tiene elementos altamente capitalizables. El apresuramiento
no sirve al oficio de poeta, caminemos despacio y atentamente hagamos otro
intento de encontrar el camino directriz que nos conduzca ciertamente a la
posibilidad de una experiencia exitosa con el habla.
Retomemos completa
la última estrofa y no solo el último verso:
Así aprendí la triste renuncia:
Ninguna cosa sea donde falta la palabra
Los dos puntos indican
aquello a que el poeta está renunciando, lo que se está comprometiendo
a negarse. Renuncia que aprendió como un devenir sabedor, como una
visión en su via-(a)ndancia,
En el caminar por
su región, su paraje propio que es la poesía está acostumbrado
a, se siente dueño de palabras que le representan lo existente, pero
un día, en su viajar llega con una joya tan singular que la Norna
no encuentra para ella nombre y no puede darle con él, nombrándola,
aquel álito de vida que antes siempre había logrado. Ausente
la palabra que la nombra, la joya se retrae, desaparece como tesoro del que
el poeta pueda ser depositario y se revela así una esfera especialísima
del decir: “Es sólo la palabra la que otorga la venida en presencia,
es decir, el ser, aquello en que algo puede aparecer como ente. ... El poeta
debe abandonar la exigencia de que, con toda seguridad y a demanda suya,
le sea dado el nombre para lo que él ha puesto como verdaderamente
existente” dice Heidegger en su conferencia “La Palabra”, y esta certeza
da al poeta una templada tristeza, una serena disposición de ánimo
que le hace decir: Ninguna cosa sea donde la palabra falta, lo cual enuncia
un nuevo modo de relación palabra-cosa. La palabra misma es la relación
retenedora de la cosa como siendo.
El poeta aprendió
a renuncia, en una renuncia que es un compromiso. Aprendió a la manera
de un devenir saber como lo que se ha visto, se ha vislumbrado y así
permanece para siempre, nunca lo pierde de vista. El camino recorrido hizo
que se comprometiera con la experiencia del recorrido.
El poeta fue tocado
esencialmente por su experiencia con el habla, ¿podemos nosotros alcanzar
esa vivencia en forma adecuada? Estamos dispuestos a dejar a estas tres conferencias
“llevarnos ante la posibilidad de hacer una experiencia
con el habla”? (ps. 143 y 156).
Si reconocemos al
pensamiento como lo que abre surcos en el campo del ser, si tenemos la sensibilidad
para poder aspirarlo como una “vigorosa fragancia de un campo de trigo en
una tarde de verano” (p.155) en el decir nietzscheano, podemos separarnos
del pensar calculador, proeficiente materialmente.
Poesía y
pensamiento calculador son irreconciables. Pensémoslos como vecinos,
se necesitan mutuamente, cada uno a su modo, cada uno en su límite.
La región para cada uno es diferente pero su ámbito es el mismo.
En el camino al habla y su esencia precisamos del habla y la esencia mismas,
de su consentimiento para abordarlas y cuestionarlas, precisamos del saber
sonoro de ese consentimiento, para pensar la esencia como profundización
y fundamentación, para preguntar. Este preguntar debe entenderse como
una devoción obediente al pensamiento que previamente ha escuchado
el consentimiento de aquello a quien vamos a preguntar su esencia, esto es,
“la esencia del habla deviene habla de la esencia” (p.158).
Así, el título
original de las conferencias “La esencia del habla” pasa a ser sólo
eco de una posible experiencia y la nueva declaración: “La esencia del habla: El habla de la esencia” una frase
directriz conductora en el camino de la experiencia, acompañados,
de la experiencia poética previa y asumiendo íntegramente la
nueva relación palabra-cosa: “La palabra misma es la relación
en tanto que sostiene toda cosa hacia su ser y la mantiene en él”
(p.158).
La segunda conferencia
inicia con una clara reducción fenomenológica heideggeriana:
experimentar es alcanzar algo en el caminar el camino, alcanzar es llegar
a ese algo y llegar a algo es haber escuchado su demanda hacia ello mismo.
Si estamos tratando
de llegar a una posible experiencia con el habla, esa experiencia supone
caminar un camino. Pensemos el estar de camino y el camino mismo, tanto de
las ciencias como del pensar. El camino como re-encontrarnos, porque aquel
que va por el camino sólo se lleva a sí mismo.
“Las ciencias conocen
el camino al conocimiento bajo el término de método” (p.159).
Nietzsche denuncia y critica acervamente el poderío el método
adquiere en el ámbito de las ciencias y el positivismo. El método
es como el motor sin freno de las ciencias en su frenética carrera
a ninguna meta, el método propone el tema, lo implanta y lo dirige.
En el caso del pensamiento
filosófico no hay método, ni tema, hay una región, un
paraje. Este paraje se caracteriza como un camino que se-nos-viene-en-cima,
nos ad-versa, viene a nuestro encuentro ofreciéndosenos obligatoriamente
para que lo caminemos. No se trata de todo pensamiento. Se trata del pensamiento
que permitirá hacer una experiencia pensante con el habla, pero de
tal manera que en cada eventualidad se nos ofrece una pluralidad de caminos.
El que escogemos es el nuestro. El paraje de que nos habla Heidegger es nuestra
inmediatez primera, nos constituye en la ineludible tarea de cargar, de llevar
nuestra existencia, en-caminando-nos en nuestra via-andancia. Podemos decir
que es el diseño de la espacialidad del desarrollo de nuestro ser,
punto de largada y de llegada de todas las otras dimensiones espaciales que
propician el des-alejamiento del ser-ahí. El paraje obsequia con un
en-frente, libera lo que el pensamiento tiene por pensar. El pensamiento
mora en esta región al caminar los caminos de esta región.
Aquí el camino pertenece a la región, Una aclaración,
región es expresión correcta en cuanto léxico, pero
nominalmente paraje tiene una mayor fuerza de palabra inaugural.
Cuando hablamos estamos repitiendo lo previamente
dicho por el habla. El habla
nos pre-cede, estamos a su zaga. De lo que vamos a hablar debe habérsenos
dado previamente para poder hablarlo. En consecuencia, no igualemos el hablar
ordinario sobre cosas y asuntos también ordinarios que es un abrir
camino, un ir hacia delante, y el hablar sobre el habla misma que es un ir
tras algo que nos pre-cede: el habla.
Pensemos sapiencialmente
el camino de una experiencia con el habla y la región, el paraje donde
mora el pensamiento es la vecindad con la poesía. En esa vecindad
poesía-pensamiento del camino del pensamiento, retomemos los asuntos
de que trata la primera conferencia:
Primer asunto: La
experiencia poética con el habla.
Segundo asunto:
Las características de esa experiencia poética serán
las características de la experiencia del pensamiento que se prepara
para nosotros.
Tercer asunto: La
transformación del título de las conferencias.
Ahondando en el
segundo asunto vemos que preguntar por la esencia de algo está signado
por el ofrecimiento, el decir confiador de lo cuestionado, lo que tiene ahora
que hacer el pensamiento sapiencial es escuchar el decir confiador desplegado
en un preguntar que debe atender a lo que se le da a pensar.
El tercer asunto,
el del cambio de título de las conferencias nos confirma que pensar
el habla implica que el habla misma se nos confíe, incluso se nos
haya confiado previamente.
El habla nos habla
constantemente y su esencia es lo hablado, pero ni oímos ni leemos
correctamente ese decir confiador y el título modificado “es la tentativa
de avanzar un primer paso hacia la región (el paraje) que nos tiene
reservadas las posibilidades para una experiencia pensante con el habla.
El pensamiento encuentra en esta región (paraje) la vecindad con la
poesía” (p.162).
La experiencia poética
está resumida en:
Así aprendí la triste renuncia:
Ninguna cosa sea donde falta la palabra
La renuncia no es
solo a una pretensión vana y superflua, es la transformación
del decir en un eco casi inaudible, en un murmullo cantarino, en un Decir
indecible. La estrofa no concluye el poema: lo abre, revela el secreto de
la palabra.
Y fue el poeta quien
hizo la experiencia, no nosotros y lo hizo en éxodo, en alejamiento
de la presunción de poseedor y proveedor de la palabra. El libro de
George, 1928, “El nuevo reino” en que apreció el poema “La palabra”,
su última parte lleva por título “El canto”. Hölderlin,
como los antiguos, llama canto a la poesía. El canto es canto en el
cantar, no después. El poeta del canto es el cantor, aquel juglar que
en su siempre caminar recoge y entona las cantas de un pueblo en sus más
sentidas vivencias, sus decires legendarios. Decires de su conciencia mítica
que con-vocan.
Se convocan hombres
(los unos) y dioses (los otros) y se canta el advenimiento de los dioses
como silencio, pero no silencio como opuesto al diálogo sino como
íntima afinidad. Canto es habla. Nietzsche en “Así habló
Zaratustra” dice: “Oh mi alma, ahora te lo he dado todo y también
mi último bien, y contigo todas mis manos se han vaciado; que yo te
pudiera cantar, ves, éste era mi último bien!”.
El poeta renuncia
a la primera relación palabra-cosa y se manifiesta la superioridad
de la palabra como la que deja ser cosa a la cosa. Recordemos que la Norna
no puede nombrar la preciosa joya que tiene en su mano el poeta y entonces
esta se le retrae, no desaparece. Esa joya le fue dada, obsequiada como signo
de favor particular al poeta para ser su custodio, en el camino determinado
por la nueva relación palabra-cosa. Joya, favor y huésped dichos
en un decir innombrable, sus nombres no están silenciados, el poeta
no los sabe, como lo reconoce en el verso:
En lo que yaces – esto tú no lo sabes.
La palabra está
en la oscuridad, está velada, pero vecina al ámbito del pensamiento.
Y no es que sea más expedito el camino a la claridad por el pensamiento
que por la poesía; tenemos que forzar el pensamiento a oír
de un modo correcto el decir confiador dentro del cual hable la esencia del
habla en tanto que habla de la esencia en suposición de que habla
y pensamiento pertenecen a una misma vecindad, esto lo hemos invocado en
el decir de la renuncia: “Ninguna cosa sea donde falta la palabra”, algo
que, en verdad, es cotidiano en el pensamiento occidental. Tanto así
que logos, dice simultáneamente ser y decir. Así las cosas,
lo dicho por George no es nada nuevo aunque impensado. De donde “Ni la experiencia
poética con la palabra, ni la experiencia con el decir llevan el habla
al habla en su ser propio” (p.166) ¿Por qué?
La esencia del habla
se niega reiteradamente a llegar al habla, este retenerse le es característico.
Por este atener-se-a-sí-misma de retención de su origen les
deniega su esencia a nuestras nociones habituales. A pesar de todo “cuál
puede ser la razón por la que pasa tan fácilmente inadvertida
el ‘habla’ propia del despliegue del habla”? (p.166). Una causa puede ser
el haber inadvertido la vecindad de poesía y filosofía como
modos también eminentes del decir. Otra explicación, la “y”
de poesía y pensamiento debe tomarse como signo de vecindad. Digamos
qué significa vecindad y con qué derecho se puede hablar de
ella.
Vecino es el que
habita en proximidad y junto a otro, consecuencia: el otro es vecino del
uno, son cercanos, están establecidos en-frente. Cercano, próximo,
en-frente no indica eliminación de distancia física, medible.
En el diálogo
con el poema de S. George se hace posible llegar a evocar la esencia del
habla y el ser del hombre. Ese diálogo del pensamiento con la poesía
hace que ambos se necesiten, que no hay pensamiento sin poesía y que
esa poesía adquiera su verdadero sentido poético por el pensamiento
dialogal con ella. Se hacen vecinos, cada uno conserva su casa propia, pero
la casa de uno esta en-frente de la casa del otro, si sitúan cercanos
y ligados por esa cercanía. El “en-frente mutuo” (Gegen-einander-uber)
heideggeriano, que los remite a lo propio de su esencia, al Ser mismo.
En el en-frente-mutuo
de poesía y pensamiento, estamos y nos movemos en su vecindad, eso
lo dice la aproximación: Ninguna cosa sea donde falta la palabra.
La palabra retiene, es la relación de la cosa como tal.
Estamos buscando
la posibilidad de una experiencia pensante con el habla desde la vecindad
de la experiencia poética con la palabra, necesitamos estar atentos
a esta vecindad aunque permanezca invisible y ello nos deje perplejos por
nuestra incapacidad de hacer la experiencia de vecindad en su puridad. Vecindad
de pensamiento y poesía puede ser relación, pero de qué
con qué, con qué propiedad. Sólo hay un elemento que
entre los permanece incólume, el decir, sólo se mueven en este
elemento y a él deben sus múltiples experiencias con el habla,
a pesar de nuestra habitual falta de atención a esta experiencia.
Ya antes dijimos
que fue el poeta, no nosotros, quien hizo la experiencia de pasar de la relación
palabra-cosa en la esfera de inventario de relaciones representativas a una
esfera de pensamiento sapiencial, gustativo, saboreador y como las conferencias
pretenden, desde la mostración de la experiencia del poeta, llevarnos
a la posibilidad de nuestra propia experiencia con el habla y en esta segunda
conferencia estamos pensando el camino y el estar-en-camino, tenemos que reconocer
que aún no estamos encaminados, eso implica que debemos volver, retornar
en confianza adonde ya estamos propiamente. No temamos el que lo anterior
nos produzca confusión, caminar a la localidad de la esencia humana
es diferente a caminar a la localidad del progreso científico. Recordemos que no estamos hablando sobre el habla, que hemos
dejado que sea el habla quien nos hable desde ella misma, que nos diga su
esencia. No clausuremos la vía de la poesía para zambullirnos
ciegamente en la del pensamiento, retomemos el poema y su estrofa final,
como si fuera una anunciación, una tesis doctrinal:
Así aprendí la triste renuncia:
Ninguna cosa sea donde falta la palabra
El poeta ya sabe
que no puede negarse al secreto de la palabra: hace
cosa la cosa. Este secreto es lejano porque es secreto, pero es cercano porque
ya es conocido. No hay palabra para decir este secreto: llevar la esencia
del habla al habla. La palabra para la esencia del habla no es concedida.
Palabra, sigamos
atentos en cuidarnos del pensamiento calculador: en un primer momento, viendo
el texto pero no leyéndolo, podemos entender que el poeta nos dice
que si la cosa es por la palabra, la palabra es cosa y para que por ella
la cosa sea, debe ser anterior a la cosa, tendríamos que concluir
que una cosa (la palabra) da ser a otra cosa (la cosa). Pero si escuchamos
atentamente como se nos ha sugerido de antes el poeta separa palabra y cosa,
los diferencia. La palabra no es cosa, nos elude, se retrae cuando queremos
asirla, poseerla, adueñarnos de ella, tal como le ocurrió al
poeta con su “rica y delicada joya”, no pudo nombrarla tal era su valor,
su nobleza, su riqueza. “La palabra para la palabra no puede encontrarse en
ningún lugar donde el destino (Geschick) obsequia con el habla que
nombra e instituye lo existente para que lo sea y como tal ente brille y
florezca” (p.172). El tesoro de la palabra para la palabra se negó
al poeta, a S. George, a su país de poesía, su palabra, su
decir no tiene ser. ¿Se negará también al país
del pensamiento? Positivamente ese no tener ser es conflictivo, permanentemente
estamos diciendo, nombrando, determinando, leyendo, es un mundo de términos,
no de palabras. Aquí la palabra por la cual la palabra es tal no cabe,
entonces, ¿dónde?
Si volvemos a la
experiencia poética concienzudamente veremos una seña, una
indicación: la palabra no es cosa, ni ente, pero desde ella entendemos
las cosas que son. El ser de las cosas que son no es un ropaje que cubre
a esas cosas que son, no es una cosa de la cosa, ni en la cosa. Al igual
que la palabra, el es no pertenece a las cosas que son. La experiencia poética
dice la relación palabra-ser. Palabra no es ente alguno, a ninguno
lo especifica la cosas. Sin embargo, “ni el ‘es’ ni la palabra y su decir
pueden arrojarse al vacío de la mera nada”(p.172)
Cuando el pensamiento
ronda y constituye la experiencia poética des-encubre lo digno de
pensar, lo memorable, aquello que sigilosamente ha guardado desde siempre
el pensamiento, lo que hay pero que no “es” y aquí cabe la palabra
como dadora en su esencia. La palabra da pero ella no se da, da, dona el
ser y es en la palabra como dadora de ser que debemos buscar la palabra esencial,
sin que en realidad se de.
Esa palabra esencial
no es cosa, no es un ello que dé ser, es ella por sí misma,
joya, donadora de ser pero recogida, retenida en sí misma. Y ese retenerse,
que no es perderse o deshacerse, nos aproxima a su esencia. He aquí
lo digno de pensar.
Tercera Conferencia
Recordemos que estamos
procurando una posible experiencia con el habla y retomemos qué hemos
hecho hasta aquí. En la primera conferencia se presta oído
a, se piensa una experiencia poética con la palabra y en esa forma
estamos ya en la vecindad poesía-pensamiento. La segunda conferencia
piensa el camino que debemos caminar para posiblemente acceder en forma correcta
a esa experiencia y lo hicimos mostrando la diferencia entre el pensamiento
calculador positivista y el pensamiento meditativo. De este último
dijimos que camino es región, paraje, claro. Paraje como aquel sitio
en que estamos situados y a donde se nos vienen los caminos que nos conducen
propiamente a. Claro como aquel sitio en donde la luz des-en-cubridora ha
colocado el objeto de nuestro caminar, claro que es también puesta-en-camino
donde son dados los caminos de la región. Este camino nos permite
llegar a, a aquello que tiende hacia nosotros, que nos de-manda, que nos
toca y nos interesa, demanda nuestra esencia, la llama y le permite llegar
adonde propiamente pertenece. Este camino pretende lo que la riqueza culta
del habla se reserva para de-mandarnos desde ella para el decir del habla.
Sólo desde la región, el paraje encontramos ese camino, ese
paraje en-camina, da, dota, abre o instituye caminos. Camino es palabra inaugural
del habla.
En nuestra pretensión
de una posible experiencia con el habla, estamos en-caminados en la vecindad
de poesía-pensamiento como aquel lugar, aquel paraje desde el cual
se cristaliza con certeza y no por simple azar la experiencia de lo que hay
del habla.
Con estos presupuestos
entramos a la tercera conferencia, con la mirada puesta en lo que haría
posible que nos ocurriera una experiencia con el habla. Tenemos que permanecer
en el camino posibilitador establecido aunque por él sólo lleguemos
hasta donde ya estamos porque, recordemos que, donde ya estamos estamos sin
haber alcanzado con propiedad lo que de-manda nuestra esencia. Ese camino
posibilitador necesita algo que lo acompañe y nos impulse jalonándonos
hacia delante, como la palabra rectora: la esencia
del habla: el habla de la esencia. El cómo indica el camino esta palabra
no está dicho, antes debíamos conocer el ámbito a dónde
pertenece el camino, que acompañado de la palabra rectora como séquito,
hacía señas hacia delante. El ámbito se manifiesta en
la vecindad como proximidad en que moran poesía y pensamiento como
modos del decir.
El decir será
aquella proximidad que lleva a la poesía y al pensamiento a su mutua
vecindad, proximidad que suponemos que es en ese Decir donde reside la esencia
del habla. Sage, sagen, sagan es mostrar como un dejar aparecer, como una
liberación des-ocultadora a través de la cual se nos ofrece
el mundo. Ese luminoso velador enmascarante ofrecimiento del mundo es la
naturaleza esencial del Decir.
El poeta sabe que
porta un tesoro, una joya. ¿Será la palabra de la palabra?
¿La riqueza de la joya reside en el Decir, en el mostrar, en hacer
resplandecer? Y ¿Es delicada por lo familiar, lo cuidadosa? La joya
rica y delicada es el “esenciar” de la palabra que, en tanto diciente, nos
coloca en presencia de la cosa en tanto cosa.
Sigamos la indicación
que expresa la frase rectora de la vecindad poesía-pensamiento:
La esencia del habla:
El habla de la esencia.
Da una primera indicación
de lo que es el habla. Si le prestamos suficiente atención pueden
enriquecerse aún más las señas para el camino que nos
lleva a donde estamos de-mandados. Hagamos un análisis gramatical
de esta frase en intento de un primer acercamiento al asunto.
En :La esencia del
habla”, el habla es sujeto del que debemos decir que es. Desde Platón,
su esencia deviene en concepto, en representación.. Decir que el habla
es sujeto quiere decir que el habla misma habla, en ese caso, su esencia
o ser-esencial. Por el concepto, la representación conocemos lo que
una cosa es. Los dos puntos abren una perspectiva, el habla de la esencia.
Esencia pasa a ser sujeto cuyo carácter es el habla. Ahora, analicémoslo
más estrictamente. Entendamos esencia como verbo, s west: esto esencia
en presencia y perdurando nos concierne, nos en-camina, y nos de-manda. Lo
que así es nombrado por la esencia, permanece, viene hacia nosotros,
nos concierne porque nos en-camina. Así tenemos que reconocer que
“el habla de la esencia” indica que el habla pertenece a lo que “esencia”,
en-camina con propiedad toda cosa por el hecho de hablar. ¿Qué
significa hablar, en qué medida habla lo esenciante? Esto está
aún por dilucidar, a ello pretendemos llegar.
La frase rectora nos hace señas pero solo a la determinación
de la vecindad poesía-pensamiento, la cual es desde la proximidad.
Si poesía-pensamiento son modos eminentes del Decir y vecinos por
su proximidad, esta proximidad prevalece por el modo del Decir, de donde
proximidad y Decir serían lo Mismo. Pensar lo anterior exige un alto
grado de severidad, el cual no debemos atenuar en nada.
Continuemos y permanezcamos
en el señalar de la frase rectora, ella nos hace señas hacia
la experiencia del habla como el Decir, fuera de las representaciones corrientes
del habla. El Decir en-caminador determina lo que nos llega como habla.
La señal
puede ser directa o indirecta. Indirecta es dirigirse primero a lo no claro
desde donde hace la seña y posteriormente se dirige a lo que señala
a lo digno de ser pensado pero lo cual aún no tiene un modo adecuado
de pensar. Por todo ello primero debemos reflexionar sobre el habla en sus
nociones habituales pero con la visión puesta en la señal de
la vecindad de poesía y pensamiento, es decir en la proximidad como
decir. El habla nos es permanente, hablamos el habla, la hemos representado
y determinado durante mucho tiempo, prueba de ello son los lenguajes.
Consideremos que
en alemán Murdarten –que se suele traducir como dialectos-, literalmente
traduce géneros de la boca, habla propia de cada territorio porque
no es solo diferencias en el fonar, es que paisaje, tierra hablan diferente
en cada lugar y la boca como cuerpo diciente, pertenece a la emergencia y
crecimiento de la tierra donde los mortales florecemos y de de donde provienen
nuestras más auténticas raíces. Quien se extraña
de su tierra pierde sus raíces. La flor de la boca es el habla, por
ella la tierra florece hacia el florecimiento del cielo.
La palabra en la
región. Región que hace que tierra y cielo, como profundidad
y cima, regiones del mundo, vayan a mutuo encuentro. Palabras como flores,
palabras resonando desde su sustancia terrenal, es decir dejando-mostrar-el-mundo.
Lo sonoro de esta resonancia es llamada congregadora en apertura al aparecer
mundo en las cosas. De esta manera resonar no es físico-fisiológico.
“Lo resonante, lo terrenal del habla está sostenido en la armonía
que entonan mutuamente las regiones de la estructura del mundo, haciéndolas
jugar las unas hacia las otras” (p.186).
Lo próximo
es correlato de lo lejano, en tiempo, en espacio. Así ha sido y así
será a través de los tiempos. Esta representación parametral
no sirve a la experiencia de la proximidad en donde habita la vecindad. La
proximidad vecinal como projimidad no habita en la relación tempo-espacial,
entendida esta relación como parámetro. Si espacio-tiempo es
medida para la proximidad vecinal es porque reconocemos en su relación
el en-frente-mutuo de ambos o sea aquello que determina lo vecinal. En-frente-mutuo
que proviene de la amplitud donde cielo y tierra, dios y hombre, la cuaternidad
del mundo, se alcanzan. “Cuando prevalece el en-frente-mutuo, todo, lo uno
para lo otro, está abierto, abierto en su ocultación de sí;
así, el uno se extiende hacia el otro, se entrega al otro y de este
modo todos permanecen ellos mismos; uno está frente al otro como vigilante,
custodiándolo, y está por encima de él como aquello
que lo vela.” (p. 189).
Abandonando la mentalidad
calculadora, podemos captar que es la proximidad misma la que en-camina lo
vecinal de las regiones del mundo, la que propicia alcanzar y mantener esa
proximidad. Proximidad es el en-caminar del en-frente-mutuo, es die Nahnis,
esencia misma de la proximidad vecinal, esencia que no es distancia sino
el en-caminar del en-frente-mutuo del uno y del otro de las regiones de la
cuaternidad del mundo. Encaminar que es proximidad como esencia, como Nahnis.
Espacio y tiempo
como parámetros de representación, producción y acumulación
nos sirven ahora como punto de partida a un ámbito nuevo. Allí
donde toda distancia es medible, aparece como su negación lo in-distante;
donde todo lo equi-valente es voluntad de dominación y control de
la tierra por el cálculo uniformizador. Por esta lucha se niega la
proximidad, se aniquila el en-frente-mutuo de cada una de las regiones del
mundo y se esconde, se oculta la esencia de espacio y tiempo en relación
con la esencia de la proximidad.
Para entender que
el tiempo temporaliza y el espacio espacializa es necesario pensar la identidad.
Temporalizar es madurar, dejar crecer y eclosionar. Estar a tiempo es emerger
en la eclosión. Se temporaliza lo que viene, lo que está a
tiempo, lo contemporáneo, lo que eclosiona con su tiempo. Con-temporáneo
del tiempo es lo que fue, lo que es y lo que será, pasado, presente
y futuro. En la temporalización el tiempo integra en sí mismo
su triple simultaneidad y en ese retraimiento y aporte el tiempo en-camina
aquello que lo con-temporáneo espacializa: el espacio temporal. “El
tiempo mismo, en la totalidad de su esencia, no se mueve, reposa en silencio”
(p. 191). Igual ocurre con el espacio, libera y reúne localidades
y lugares, asume lo con-temporáneo como tiempo espacial. “El espacio
mismo, en la totalidad de su esencia, no se mueve, reposa en silencio” (p.
191). El retraer y aportar del tiempo y el espacio, temporalizando y espacializando
pertenecen a lo Mismo, al juego del silencio. Esto Mismo que reúne
en esencia el tiempo y el espacio puede llamarse el Espacio (de) Juego (del)
Tiempo, der Zeit-Spiel-Raum. “Lo Mismo del Espacio (de) Juego (del) Tiempo,
temporalizando-espacializando, en-camina el en-frente-mutuo de unas y otras
de las cuatro regiones del mundo: tierra y cielo, dios y hombre – el juego
del mundo” (p. 192)
Poner-en-camino
el en-frente-mutuo en la cuaternidad de mundo hace advenir proximidad, en
tanto que esencia, Nahnis. ¿En-caminar es advenimiento apropiador
del silencio? También esto pertenece a la esencia del habla y en el
mismo sentido de las tres conferencias: llevarnos ante una posible experiencia
con el habla en forma tal que desde ahora nuestra relación con el
habla sea lo digno de ser pensado.
¿Y la posibilidad?
¿Hemos llegado a ella? En primera instancia hemos determinado el Decir
como un mostrar, un dejar aparecer, como un donador ofrecer mundo en des-en-cubrimiento
y proximidad como puesta-en-camino del en-frente-mutuo de cada una de las
regiones del mundo. Es posible percibir el Decir como esencia del habla, resonando
en retorno a la esencia de la proximidad. Proximidad y Decir como lo esenciante
del habla son lo Mismo. Aquí está la posibilidad de hacer una
experiencia con el habla. ¿En qué medida?
El habla, Decir
de las regiones del mundo, es más que relación palabra-hombre.
El habla como Decir en-caminador del mundo es la relación de todas
las relaciones, en ella suspendido y enriquecido el en-frente-mutuo de todas
las regiones del mundo, las tiene y custodia mientras el Decir se retiene
en sí. En esta retención el habla nos de-manda como Decir de
la cuaternidad del mundo, a nosotros, hombres de esa cuaternidad, a nosotros
que hablamos en tanto que correspondemos al habla.
Ahora podemos decir:
Un “es” se da donde se rompe la palabra
Ese romper es el
regreso de la palabra resonante a lo no sonoro, a su matriz: “al son del
silencio que, en tanto que Decir, en-camina a su proximidad las regiones
de la cuaternidad del mundo” (p. 194).
Lo que desde antes
estábamos nombrando como paso atrás en el camino del pensamiento
es propiamente la ruptura de la palabra, el paso de su sonoridad al silencio.
REFERENCIA BIBLIOGRAFICA
Heidegger, Martin.
De camino al habla. Conferencia “La esencia del habla”. Versión castellana
de Ives Zimmermann, 1 Odos, Barcelona, 1987. Edición realizada de
la traducción 6ª edición alemana Editorial Gunter Neske,
Pfullingen, 1979
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