| NÓMADAS - REVISTA CRÍTICA
DE CIENCIAS SOCIALES Y JURÍDICAS 12-2005/2 | Universidad Complutense de Madrid | ISSN 1578-6730 |
| Rorty: Pragmatismo, ironismo liberal y solidaridad |
| Adolfo Vásquez Rocca >>> CV |
INTRODUCCIÓN AL NEOPRAGMATISMO
A Richard Rorty[2]
se lo considera, en la actualidad, el más importante filósofo norteamericano. Sin embargo, de modo
paradojal, su contribución fundamental consiste en haber argumentado
con claridad contra la idea de que la filosofía pueda imponerse como
perspectiva privilegiada del saber. Los filósofos no son dueños
de ninguna verdad inefable ni de un conocimiento metafísico insondable, ni de un instrumental más apropiado para diseccionar
la realidad.
Se puede llegar a discutir
si Rorty es o no el pensador más importante de la actualidad, pero
es indiscutible que es el mejor escritor filosófico
surgido desde Bertrand Russell.
La idea de que la filosofía
puede confirmar o desacreditar las pretensiones de conocimiento de la ciencia,
la ética, el arte o la religión es una construcción
histórica que debe ser rechazada de plano. Si la filosofía se
transformó en una especie de tribunal de la cultura es porque se adjudicó
una "comprensión especial de la naturaleza del conocimiento y de
la mente" que hoy resulta ilegítima. Los filósofos —dice Rorty—
no tienen un conocimiento peculiar, superior, que pueda conducirlos sin obstáculos
hacia afirmaciones más ciertas o seguras.
Richard Rorty
El pragmatismo —el movimiento
que William James, Charles Pierce, Oliver Wendell Holmes y John Dewey fundaron
a fines del siglo XIX y que llegó a imponerse como la
filosofía norteamericana o como un modo norteamericano de encarar
las cosas[3]—
recibió un impulso capital en el siglo XX gracias a los escritos
de Rorty, a su inusual combinación de sutileza literaria con un modo
agudo, preciso de encadenar los razonamientos críticos.
El pragmatismo (o neopragmatismo)
que Rorty contribuyó a difundir ha permitido recuperar la idea de
una filosofía norteamericana, estadounidense, como una perspectiva
"nueva", definida por su desapego a la metafísica y por oposición
a las corrientes filosóficas de la "vieja Europa" como el positivismo,
el pensamiento analítico, la fenomenología. El pragmatismo,
en este punto, puede sintetizarse como un rechazo por la noción de
verdad objetiva. La verdad, para el pragmatismo, es circunstancial, aunque
no completamente relativa sino resultado de un acuerdo –convención–.
Esta filosofía critica también la idea de una racionalidad
ahistórica, capaz de definir de antemano el carácter de lo
que es moral y de lo que no lo es, y finalmente rechaza la pretendida "objetividad"
de los hechos y de las explicaciones que de ellos nos forjamos. Ahora, lo
que esta todavía en cuestión es en qué medida las aspiraciones
del pragmatismo puedan corresponderse con las efectivas prácticas
políticas y tecnocientíficas que identifican hoy a lo norteamericano.
De hecho, Rorty mismo da cuenta de esa incertidumbre.
El antiesencialismo y el antifundamentalismo
de Rorty, que ataca la Filosofía entendida como búsqueda privilegiada
de fundamentos, está en la base de su renuncia al puesto de profesor
de filosofía y su paso a profesor de humanidades, ya que sitúa
la filosofía junto con la crítica literaria, la poesía,
el arte y otras formas de la actividad humanística, y abandona toda
pretensión de un acceso privilegiado a la Verdad[4].
LÉXICO
ÚLTIMO E IRONISMO LIBERAL
De la propuesta del filósofo
estadounidense Richard Rorty, me ocuparé, inicialmente, del capítulo
IV[5]
de una de sus obras capitales: Contingencia, ironía
y solidaridad en la que es posible encontrar las claves de su pensamiento
ético y político.
En la obra mencionada Rorty
sostiene que los sujetos llevan consigo una serie de palabras
que les permiten justificar sus acciones, creencias y vida, son las palabras
con las que narramos prospectiva o retrospectivamente nuestras vidas, este
conjunto de palabras las define como léxico último.
Rorty entiende por “léxico
último” aquel “conjunto de palabras que (los seres humanos) emplean
para justificar sus
acciones, sus creencias y sus vidas” y aclara que “es último
en el sentido de que si se proyecta una duda acerca de la importancia de
esas palabras, el usuario de éstas no dispone de recursos argumentativos
que no sean circulares”.
Un léxico último
se compone de términos como “Cristo”, “Inglaterra”, “La Revolución”,
“el Libre Mercado”, etc. El ironista trata también a ciertos autores
no como canales anónimos que conducen a ciertos conocimientos, sino
como emblemas o abreviaturas de determinados léxicos últimos
y de sus filiaciones afectivas. Es el caso de “Nietzsche”, “Friedman”, “Marx”, “Tomas de Aquino”,
“Sade”, “Teresa de Calcuta” y de otros nombres que soportan todo un imaginario
de resonancias ideológicas.
F. Nietzsche
Un ironista es la persona
que:
1.- Tiene
dudas radicales y permanentes sobre ese léxico último, debido
a que han incidido en ella otros léxicos últimos.
2.- Se
da cuenta que un argumento formulado con su léxico actual no puede ni consolidar ni eliminar esas dudas.
3.-
Y en la medida que reflexiona sobre su situación no piensa que su
léxico esté más cerca de la realidad que los otros, o
que esté en contacto con un poder distinto de ella misma. Los ironistas
saben siempre que los términos mediante los cuales se describen a sí
mismos están sujetos a cambio, porque saben siempre de la contingencia
y la fragilidad de sus léxicos últimos y, por tanto de su yo[6].
El
sujeto de Rorty es el ironista, los ciudadanos de su sociedad liberal son
las personas que perciben la contingencia de su lenguaje de deliberación
moral, conciencia y comunidad. La figura paradigmática
es el ironista liberal quien piensa que los actos de crueldad son lo peor
que se puede hacer y quien combina el compromiso con una comprensión
de la contingencia de su propio compromiso y he aquí la ironía.
La ironía anida y deja
su huella en el vocabulario de una lengua. Hay
palabras cuya función es, como en política, restringir la aserción
que se está haciendo o incluso significar lo contrario de lo que
dicen. Un claro ejemplo de esta cuestión es el decir que «no
hay cosa más incierta que la edad de las señoras que se dicen
de cierta edad». O en la mordaz observación de que decimos
«seguramente» cuando estamos todo menos seguros de algo. En
este sentido no hay expresión más genuinamente socrática
que la palabra «quizá». Precisamente estableciendo una
comparación entre las interpretaciones de la ironía históricamente
más destacadas, cabe decir que “mientras la sabiduría socrática
desconfía tanto del conocimiento de sí mismo como del conocimiento
del mundo y llega al saber de su propia ignorancia, la ironía romántica
aniquila el mundo para tomarse más en serio a sí misma”.[7]
Ironizar
acerca de la propia vida no es algo simple, sobre todo cuando “la propia
vida” se entiende afectivamente. Por ello se requiere
una falta total de complacencia, una modestia particularmente exigente, y
la decisión inconmovible de llegar, si es preciso, hasta el sacrilegio[8]
para poner en ejercicio la ironía[9],
entendida ésta como un radical desprendimiento de sí mismo.
El
hombre irónico se identifica
con esa misma capacidad de reírse de sí
mismo, una capacidad que pondrá a prueba no solamente con su propio
léxico, sino también con sus sentimientos –los cuales no son,
en definitiva, tan independientes de nuestro léxico como solemos
creer –y con sus actos. La ironía, llevada al extremo de recaer sobre
sí misma, coincidiría con el estado de nadificación
que caracteriza ciertos caminos místicos en su fase final.
Richard Rorty
Para Rorty la ironía
tiene indudablemente un carácter epistemológico desde el momento
en que con ello nombra la relación que mantiene cierto tipo de persona
con los valores fundamentales de su cultura o, en la terminología
de Rorty, con su “léxico último”. Dado que todo código
de comportamiento se establece de acuerdo con esos valores, no puede negarse
que la ironía tiene también un carácter ético.
Ahora bien, el “ironista” epistemológico es definido por Rorty como
aquel que –como hemos señalado - tiene serias dudas acerca de su propio
léxico, y la certeza de que esas dudas no podrán disiparse
con argumentos que pertenezcan al mismo léxico, ni tampoco, por supuesto,
con argumentos pertenecientes a léxicos ajenos. Los distintos caminos
metafóricos se le ofrecen al “ironista” como caminos equivalentes
entre los cuales no cabe mejor elección posible, dado que no existe
ningún metaléxico referencial[10].
Ello hace del “ironista” una persona incapaz de tomarse en serio a sí
misma “porque sabe que siempre los términos con que se describe a
sí misma están sujetos a cambio, porque sabe siempre de la contingencia
y fragilidad de sus léxicos últimos y, por tanto de su yo”[11].
Rorty, como queda claro, emplea
el término ironista para designar a quienes reconocen
la contingencia y fragilidad de sus creencias y deseos
más fundamentales. Los ironistas liberales son personas que entre
esos deseos imposibles de fundamentar incluyen sus propias esperanzas.
Así pues, en el concepto
de Rorty la sensibilidad postmoderna queda caracterizada
por el ironismo, es decir por la actitud caballeresca
y distante que el intelectual mantiene hacia las propias creencias, mientras
que la masa, para quien tal ironía pudiera resultar un arma demasiado
subversiva, seguirá saludando a la bandera y tomándose la vida
en serio[12].
Finalmente
la solidaridad humana vendrá en manos de Rorty desprendida de su carácter
universal y racional. Para él, la solidaridad
humana sólo puede entenderse con referencia a aquel con el que nos
expresamos ser solidarios, con la idea es “uno de nosotros”, en donde el
nosotros es algo mucho más restringido y más local que la raza
humana. Esto tiene su razón de ser en que los sentimientos de solidaridad
dependen necesariamente de las similitudes y las diferencias que nos den
la impresión de ser las más notorias, y la notoriedad estará
a final de cuentas en función de ese léxico último históricamente
contingente[13].
De esta manera la solidaridad humana para el ironista liberal, figura central
de la sociedad liberal de Rorty, no es cosa que
dependa de la participación en una verdad común o en una meta
común, sino cuestión de compartir una esperanza egoísta
común: la esperanza de que el mundo de uno –las pequeñas cosas
en torno a las cuales uno ha tejido el propio léxico último-
no será destruido.
Si Rorty puede ser clasificado
como sustancialista, será en el sentido de que ofrece un contenido
concreto de la moralidad, el de la democracia occidental contemporánea.
El peligro de los totalitarismos
y toda actitud intransigente radica en la posibilidad que amenaza a una idea
de volverse ideología; tal acechanza puede ser descrita como la tendencia
–o tentación -de querer transformar nuestro léxico último
o premisas fundamentales (sistema de ideas y creencias) en un léxico
trascendental, una verdad objetiva que queremos imponer a otros, siendo
pues -de este modo- la pretensión de objetividad sólo un argumento
para obligar. Con facilidad, por medio de estos mecanismos que operan de
forma inconsciente –en las interacciones humanas (manipulándonos)-
es que corremos el riesgo de caer en este peligroso
juego, y esto, sobretodo, por la extrema facilidad
que tenemos para darle entidad a aquello que nombramos. De esta manera, llenamos
el mundo de entes ficticios en los que terminamos creyendo y a partir de
los cuales (cuando están bien trabados -un ejercicio “artístico”,
por tanto), formamos “ideología”. –Una ideología, generalmente,
es soportada por lo que Rorty denominaba “léxico último”:
conceptos que tan sólo pueden definirse recurriendo a sí mismos.
Esto no constituiría
problema alguno si no mediara el concepto de verdad. Toda ideología
-y todo sistema- se propone como verdadero. Es decir, como explicación
verdadera. ¿De qué? ¿Del mundo? No (tengamos en cuenta
que “el mundo” siempre se dice dentro de un sistema): como explicación
de un mundo interpretado: el universo que se
ha urdido a partir de una serie de conceptos cuya validez y referencialidad
no se cuestionan.
FILOSOFÍA LITERATURA
Y SOLIDARIDAD.
Como hemos visto hasta aquí,
Rorty aboga por un liberalismo consciente de su fragilidad, por un liberalismo
irónico. Un liberal, piensa Rorty, es alguien que cree que no hay
nada más repugnante que el sufrimiento y que la crueldad y que aspira,
entonces, a minimizarla. Un ironista, por su parte, es –como hemos anticipado
–alguien capaz de advertir la contingencia de sus deseos y de sus propósitos
de autonomía y de autorrealización. Un liberal irónico
es, entonces, alguien que está preocupado por la justicia y a quien
le aterra la crueldad; pero que reconoce que carece de todo amparo metafísico
en esa preocupación y en ese terror.
Por eso un liberal metafísico
se resigna a la discontinuidad entre lo privado y lo público. Los
seres humanos, según Rorty, debemos decidir dos cosas distintas. Por
una parte, cómo vivir nuestra vida. Por otra, cómo organizar
la convivencia.
Marcel Proust
Contra el racionalismo —y
contra la idea de que es la filosofía la que nos conducirá
hacia una base racional que nos redima de la inmoralidad—, Rorty ha buscado
en la literatura las fuentes de la ética colectiva y de la moral individual.
En Walt Whitman rastrea el origen del ideal democrático norteamericano
y en la literatura de Henry James y Marcel Proust encuentra las fuentes de
la ética individual. "Habitualmente se piensa que Proust y James nos
forman de la misma manera en que nos forman Sócrates y Shakespeare;
ya que no sólo nos dan vívidos retratos de personas que hasta
entonces nos resultaban desconocidas, sino que además nos fuerzan
a experimentar vívidas dudas sobre nosotros mismos." Pero para Rorty,
lo que esta literatura ofrece es más profundo todavía: "Así
como las personas religiosas que al leer los textos sagrados se ven capturados
por algo superior a ellos, algo que a veces puede parecerse al éxtasis
del orgasmo, así también los lectores de James y Proust —escribe—
se ven de pronto capturados en una suerte de aumento de la imaginación
y de cierta intensidad compartida en la apreciación del tiempo, similar
a la que tiene lugar cuando dos amantes ven que su amor es recíproco.
Proust y James ofrecen una redención a sus lectores, pero no una verdad
redentora; de la misma manera en que el amor redime al amante y sin embargo
no le agrega nada a su conocimiento."
Henry James
Por ello no debe resultar extraño que Rorty recurra a la
literatura o a la ficción, allí se acota un problema y se
llena el vacío de las reflexiones descontextualizadas sobre el carácter moral de las acciones
humanas. Se busca que la descripción ya no de formulaciones abstractas
y vacías, sino de experiencias humanas concretas, –como el dolor o
la traición– al ser compartidas, genere la necesaria empatía
desde la cual se geste la solidaridad y la compasión.
Es importante insistir en
que Rorty cree que esta persuasión a ser solidarios
y compasivos no ha de tener lugar a través de la argumentación
filosófica –no hay fundamentación última alguna en
la preocupación por la justicia– sino a través de las redescripciones
de la metafísica como ironía, y de ésta –la ironía– como compatible con el liberalismo. Contingencia,
ironía y solidaridad o pertenece, por lo tanto, al género de
la filosofía sino más bien al de la crítica literaria
que, para Rorty, es la única forma de discurso que puede tener relevancia
moral en nuestra cultura posfilosófica[14]:
la sociedad liberal necesita literatura y no filosofía.
Un ironista liberal, piensa
Rorty, es alguien que cree que no hay nada más repugnante que el sufrimiento
y que la crueldad y que aspira, entonces, a minimizarla. Un ironista, por
su parte, es –como hemos anticipado –alguien capaz de advertir la contingencia
de sus deseos y de sus propósitos de autonomía y de autorrealización.
Un liberal irónico es, entonces, alguien que está preocupado
por la justicia y a quien le aterra la crueldad; pero que reconoce que carece
de todo amparo metafísico en esa preocupación y en ese terror.
Rorty, como detractor de los
discursos fundacionalistas, afirma la inutilidad de la pregunta “¿por
qué ser solidario y no cruel?” Sólo los teólogos y los
metafísicos piensan que hay respuestas teóricas suficientes
y satisfactorias a preguntas como esta. Por el contrario de lo que se trata
es de afirmar que “tenemos la obligación de sentirnos solidarios con
todos los seres humanos” y reconocer nuestra “común humanidad”. Explicar
en qué consiste ser solidario no es tratar de descubrir una esencia
de lo humano, sino en insistir en la importancia de ver las diferencias
(raza, sexo, religión, edad) sin renunciar al nosotros que nos contiene
a todos.
Así la solidaridad
humana no consistirá en el reconocimiento de un yo nuclear –la esencia
humana– en todos los seres humanos. Más bien se la ha de concebir
como la capacidad de percibir cada vez con mayor claridad que las diferencias
tradicionales (étnicas, políticas, religiosas, sexuales) carecen de importancia cuando se las compara
con las similitudes referentes al dolor y la humillación.
De allí que Rorty sostenga
que las principales contribuciones del intelectual moderno al progreso moral
son las descripciones detalladas de variedades de dolor y humillación
(contenidos en novelas e informes etnográficos), más que los
tratados filosóficos y religiosos. Piénsese, por ejemplo, en
1984 la novela de Orwell, de la que Rorty realiza un prolijo análisis[15].
1984 Orwell
Rorty[16],
por ejemplo, critica el enorme grado de abstracción que el cristianismo
ha trasladado al universalismo ético secular. Para Kant, no debemos
sentirnos obligados hacia alguien porque es milanés o norteamericano,
sino porque es un ser racional. Rorty critica esta actitud universalista
tanto en su versión secular como en su versión religiosa. Para
Rorty existe un progreso moral, y ese progreso se orienta en realidad en dirección
de una mayor solidaridad humana.
Rorty parte de la doctrina
de Williams Sellars de la obligación moral en términos de “intenciones
-nosotros” “we- intentions”. La expresión explicativa fundamental
es la de “uno de nosotros” equivale a “gente como nosotros”, “un camarada
del movimiento radical”, “un italiano como nosotros”.
Rorty propone demostrar que
la noción e idea de “uno de nosotros” tiene más fuerza y contraste
a la expresión “uno de nosotros, los seres humanos”. El “nosotros”
significa algo más restringido y local que la raza humana.
Los sentimientos de solidaridad
dependen necesariamente de las similitudes y las diferencias que nos den
la impresión de ser las más notorias, y la notoriedad estará
a final de cuentas en función de ese léxico último históricamente
contingente.
Rorty concibe al individuo, más bien, como una contingencia
histórica. La idea tradicional de “solidaridad humana” según
la cual dentro de cada uno de nosotros hay algo –nuestra
humanidad esencial– que resuena ante la presencia de eso mismo en otros seres
humanos se difumina. No existe un componente esencial en razón del
cual un ser humano se reconozca como tal, ni existe tampoco un tal yo nuclear.
No existe esencia, o fundamento o naturaleza humana. El ser humano es algo
relativo a la circunstancia histórica, algo que depende de un acuerdo
transitorio acerca de qué actitudes son normales y qué prácticas
son justas o injustas[17].
Es de esta forma como Rorty afirma la contingencia del ser humano.
Ahora bien, la tarea de la
ampliación de nuestras lealtades supondría un transformación
sentimental (basada en emociones, amor, amistad, confianza, empatía
o solidaridad) destinada a posibilitar un verdadero encuentro de las diferencias
culturales.
Este etnocentrismo moral,
político y cultural nos lleva a ser solidarios con nuestros semejantes,
con los que están dentro de unas estructuras socioculturales análogas.
En definitiva, más
educación sentimental y menos abstracción moral y teorías
de la naturaleza humana. Educación sentimental y moral a través
del desarrollo de la sensibilidad artística. Debemos prescribir novelas
o filmes que promuevan la ampliación del campo de experiencias del
lector, más aun cuando el lector es un político, un economista,
un trabajador social, un empresario, un dictador, o, más aún,
cuando se trate de un niño que tenga, como tal, la posibilidad de
convertirse en cualquiera de estos tipos humanos reconocibles.
Si Hitler, por ejemplo, no
hubiese sido rechazado en la Escuela de Bellas Artes cuando alrededor de
los 17 años postuló a lo que era su única vocación,
la pintura, sus actividades creativas no habrían sido sustituidas
por el dibujo del horror, de los campos de concentración con su violencia
voraz.
A. Hitler
NOTAS
[2] Filósofo norteamericano contemporáneo.
Nació en Nueva York, en 1931. Fue profesor de filosofía en
la universidad de Princeton hasta que en 1983 renunció a su cátedra
de filosofía para ocupar el puesto de profesor de Humanidades en la
universidad de Virginia. Dicho cambio profesional no es ajeno a sus tesis
sobre el papel de la filosofía, que él combate en la medida
en que pueda ser entendida como búsqueda privilegiada de fundamentos.
En este sentido se sitúa, por una parte, en la línea que entronca
con el pragmatismo americano, especialmente en la tradición de Dewey;
por otra parte, en la línea de la filosofía postnietzscheana
de Wittgenstein y Heidegger que retoman el impulso poético como camino
de reflexión y, finalmente, entronca con la crítica de filósofos
como Quine, Sellars y Davidson al esencialismo y al dogma del representacionismo.
De acuerdo con las concepciones ya clásicas,
las creencias son susceptibles de crítica si no se corresponden con
la realidad. Los deseos son susceptibles de crítica si no se corresponden
con la naturaleza esencial del yo humano: por ser «irracionales»
o «innaturales». Tenemos así la imagen del núcleo
esencial del yo en un extremo de esta red de creencias y de deseos, y la
realidad en el otro extremo. De acuerdo con esta imagen, la red es el producto
de una interacción entre ambos, y alternativamente expresa al uno y
representa al otro. Esa es la imagen tradicional del sujeto y el objeto, imagen
que el idealismo intentó, sin éxito, sustituir, y que Nietzsche,
Heidegger, Derrida, James, Dewey, Goodman, Sellars, Putnam, Davidson y otros
han intentado sustituir sin enredarse en las paradojas de los idealistas.
[6] RORTY, Richard, Contingencia,
ironía y solidaridad, Ed. Paidós, Barcelona, 1996, pp. 91- 92.
[7] JANKELEVITCH, W. La ironía, Ed Taurus, Madrid, 1982,
[8] Ibid. p. 24
[9] Ibid. p. 24
[10] MAILLARD, Chantal,
[11] RORTY, Richard, Contingencia, ironía y solidaridad, Ed. Paidós, Barcelona, 1996, p. 92.
[14] CRITCHLEY, Simon, “Derrida:
¿Ironista privado o liberal público?”, en Deconstrucción
y Pragmatismo, Compilación de Chantal Mouffe, Ed., Paidós,
Buenos Aires, 1998, pp. 52 y 53.
[15] RORTY, Richard, Contingencia, ironía y Solidaridad, Editorial Paidós, Barcelona, 1996.
[16] RORTY, Richard, Contingencia, ironía y Solidaridad, Editorial Paidós,
Barcelona, 1996.
[17] En este sentido debemos traducir la idea
de “objetividad” como intersubjetividad o solidaridad y conocimiento como
solidaridad. Debemos traducir el deseo de objetividad como el deseo de alcanzar
el mayor acuerdo intersubjetivo posible. “Objetividad” ha de entenderse,
en definitiva, como “acuerdo” entre los miembros de nuestra comunidad epistémica
y otras comunidades, sólo así podrá lograrse un diálogo
y comunicación entre todos los participantes.