INVESTIGACIONES


LA FOTOGRAFÍA Y EL TIEMPO
María del Carmen Moreno Sáez



Lo que convierte a la fotografía en una extraña invención –con consecuencias imprevisibles- es que su materia prima fundamental sea la luz y el tiempo.

( John Berger)


Esta frase de John Berger nos lleva al acto mismo de fotografiar, al diálogo que se entabla entre el motivo a aprehender y la mirada del fotógrafo. Diálogo en el que está presente la luz como elemento imprescindible para que la imagen se fije sobre el soporte. El tiempo, de igual modo, forma parte de la misma acción y es manipulador pasivo “en detener o prolongar el movimiento” con tan sólo cambiar algunos parámetros. No hemos de olvidar que ambos, luz y tiempo, están presentes en el proceso básico y mecánico de la obtención de fotografías, luz que atraviesa implacable la película fotográfica y tiempo que necesitan los productos químicos de la emulsión para transformarse en otros componentes distintos.

Pero hacer algunas consideraciones sobre la luz y el tiempo en la fotografía tradicional resulta una tarea poco más que insignificante y escasamente interesante, teniendo en cuenta que nos encontramos en los albores del siglo XXI, cuando las nuevas tecnologías irrumpen desmesuradamente en los aconteceres del hombre actual.

Lejos quedaron los nombres de Niépce, Daguerre, Talbot y Herschel y tantos ilustres descubridores, quienes lograron que la luz dibujara sobre un soporte las caprichosas formas de la naturaleza.

Los productos químicos como elemento mediático para la obtención de la fotografía parece que están tocando a su fin, por no incluir igualmente, la desaparición de la fotografía como técnica. La fotografía digital brota como un nuevo elemento que se abre paso sin encontrar resistencia en la ya desgastada y aletargada fotografía tradicional. Este novedoso medio satisface los más incipientes deseos de innovación, instantaneidad y manipulación, por lo que su presencia se está haciendo incuestionable en los tiempos actuales.

En la fotografía digital las imágenes son recogidas por un pequeño diskette y transportadas a través circuitos hasta la fría pantalla de nuestro ordenador, morada que alguna de ellas abandona para transformarse en una imagen táctil, liberada ya de la virtualidad de su origen y al mismo tiempo presa de los cambios, unas veces aleatorios y otras perfectamente dirigidos por la amenazante mano de su creador.

En las próximas líneas trataremos de unificar y hacer compatibles los tiempos que están representados por las emulsiones fotográficas primitivas y por las cámaras digitales, pasado y presente perfectamente combinables.



La Pintura y la Fotografía

La fotografía no sólo es el espacio perenne de la realidad, sino que también es arte porque capta intrínsecamente lo que se encuentra en la esencia de la realidad y que no percibimos normalmente, quizás distraídos con el movimiento nuestro y el de cuanto nos rodea.

Desde sus comienzos la fotografía se convirtió en ese medio rápido de obtener imágenes detalladas que testimoniaran hechos acontecidos, documentos gráficos de que alguien vivió en alguna parte y en alguna época. Con la invención de la fotografía el dibujo representativo de la realidad sensorial pasaba a segundo término. Los retratos que querían perdurar a través de los siglos se plasmaban mediante esa técnica mágica, descubierta casualmente por Joseph-Nicéphore Niépce en 1926, quien desde su ventana reflejó el paso del tiempo desde el patio de su casa, trabajo que denominó “Punto de vista desde la ventana el Gas”. Daguérre y Talbot posteriormente, refinaron los procedimientos de reproducción de imágenes y los tiempos de exposición se acortaron sensiblemente.

El acercamiento de la pintura a la fotografía se percibe perfectamente entre los impresionistas. Dado que este movimiento quería representar percepciones instantáneas, semejantes a las aprehendidas por la fotografía, tenían que simplificar la técnica pictórica para captar la fracción de tiempo que querían plasmar. Por ello, la pincelada ancha y suelta entraba a formar parte de la composición de sus lienzos y se ayudaban por la cámara fotográfica para aprehender las cambiantes condiciones de luz en la naturaleza, gracias a lo cual lograron en sus cuadros un sutil tratamiento de la pertinencia atmosférica.

A nivel técnico, en los bodegones los fotógrafos elegían a menudo como componentes del cuadro diversos objetos de vidrio, que por refracción o reflexión, lograban suavizar los rayos de luz. Lo mismo puede decirse de las fotografías de escenas silvestres, donde la luz caída sobre el follaje de los árboles confería a la fotografía una atmósfera pictórica. La fotografía se acercaba a la pintura.



Evolución de la fotografía

Durante el siglo XX la evolución de la Fotografía ha sido constante. Tras mejorar las técnicas fotográficas y la incorporación del color, la fotografía es practicada por la casi totalidad de los habitantes de los países desarrollados, habiéndose creado en torno a ella una de las industrias mundiales más potentes.

Actualmente, las cámaras digitales compiten con las ya viejas tecnologías (químicas y ópticas) que parecen restrictivas y empobrecidas, mientras que las nuevas tecnologías prometen inaugurar una era de flexibilidad y libertad sin fronteras en la creación de imágenes. Dicho esto, “la muerte de la fotografía” convencional, parece evidente. Ahora bien, como nos dice Martín Lister “La cultura digital, tal como la conocemos, es particularmente poco imaginativa y tristemente repetitiva. A pesar de su sofisticación teórica e incluso de su “corrección”, hay algo restrictivo y limitado en la organización y el orden de sus esquemas teóricos”1.

La tecnología digital facilita la obtención de fotografías y nos permite manipularlas en el ordenador. Un periférico imprime en un papel o cartulina las imágenes capturadas. Esto añade otro inconveniente a la tecnología digital frente a la fotografía convencional, que es precisamente la limitación en la elección del soporte. Efectivamente, mientras que en este último proceso podemos utilizar gran variedad de soportes, en la fotografía digital se restringe al grosor que nuestra impresora acepte.

Renunciar a la imagen digital por alguno de los inconvenientes que su uso conlleva sería una presunción y menosprecio difíciles de aceptar, teniendo en cuenta que con su utilización se pueden conseguir negativos “a la medida” para emplearlos en otras técnicas fotográficas antiguas como son la Cianotipia, Goma Bicromatada y Marrón Van Dycke, entre otras. De igual forma se pueden combinar los “viejos procesos fotográficos y la fotografía digital”.



El tiempo en la fotografía

Mediante la fotografía nos apropiamos de lo fotografiado, lo reducimos, ampliamos y manipulamos. El resultado final es una imagen minúscula del mundo sensorial y del mundo interior. Técnicamente el artista puede controlar todos los elementos que componen su obra final: el espacio se lo va a dar el encuadre y el punto de vista, la luz el propio motivo en combinación con el diafragma, y el obturador es el encargado de congelar o dilatar el movimiento. Ahora bien, ¿qué es lo que pasa con el tiempo?.

La fotografía nos evoca un tiempo pasado que añoramos al contemplar las imágenes. También nos indica que hace más de un siglo existieron unas técnicas de positivado que actualmente se están “recuperando”.

Cuando fotografiamos algo capturamos un flash de un presente que, inmediatamente, se convierte en pasado. Estos instantes no nos amplían mucho la razón por la que fue hecha cuando los contemplamos algún tiempo después y fuera de contexto. Toda foto sólo nos muestra por principio el pasado, ya sea próximo o lejano. “La distinción del aquí y el allí se superpone a la del ahora y el entonces”, como nos dice Philippe Dubois.

En todas las fotografías “el pasado queda detenido de tal modo que, a diferencia del pasado vivido, no puede conducir nunca al presente”2 Una fotografía nos presenta la apariencia de lo que está ausente.

La fotografía no apresa la realidad, porque la realidad es una suma de muchos momentos lineales vividos. La fotografía nos muestra instantes inconexos, aislados, que difícilmente nos pueden transportar a un significado verdadero. Tampoco nos ofrece el tiempo transcurrido en nuestras vivencias. Y el tiempo es una de las cosas en las que la fotografía no puede competir con el dibujo. “El tiempo en un dibujo no es uniforme”, como nos dice Berger. “El artista concede más tiempo a lo que considera importante (…) En un dibujo el tiempo aumenta conforme al valor humano”3.

Aunque la anterior compenetración con el objeto a través del dibujo confería un más esporádico goce imperdible, el alivio de la memoria a buen seguro también tiene su lado bueno, más aún cuando la velocidad de la vida sustituye la intensidad y duración de las vivencias por la cantidad y la rápida sucesión. Por otra parte, al retener lo más esencial, lo más imprevisto, la fotografía educa al ojo, de funcionamiento más lento, para una observación rápida como el rayo.

En una fotografía el tiempo es uniforme, no nos muestra la simultaneidad del objeto mismo con su imagen. Este desfase temporal se debe al proceso técnico de revelado y a sus sucesivos pasos que van desde la imagen latente a la copia definitiva, aunque en su elaboración se empleen escasos minutos e incluso segundos. La fotografía digital soluciona estos inconvenientes, al conferir una simultaneidad entre el momento percibido y el acto de contemplación de la imagen capturada.

La fotografía digital es hija de nuestro tiempo y ese tiempo innovador se revela en su propio espacio para retornar al pasado y dejar una huella de luz en las emulsiones de hace más de un siglo. Esta revelación la entendieron muy bien diversos artistas norteamericanos en la década de los 70 cuando, agobiados por los incipientes cambios entre los que se encontraban la invasión de los medios informáticos y de la fotografía digital, decidieron, en un acto de reflexivo valor, recuperar los viejos procesos de positivado de imágenes. Así empezó todo un proceso de recuperación de las antiguas y olvidadas emulsiones y técnicas fotográficas del siglo XIX, que permitían una libertad casi absoluta en la elección de superficies, tamaños y formas y ofrecían la posibilidad de intervenir directamente el color de la copia final. Sus obras alcanzan la misma categoría que el dibujo, pero cambiando los carboncillos y colores primitivos por otro medio mucho más primitivo: la luz.

Efectivamente, las emulsiones antiguas (técnicas alternativas diría yo), se sirven de la luz del día para presentarse ante nosotros en toda su plenitud. Como el proceso de positivado suele ser largo, el soporte recoge las alteraciones o mutaciones que sobre la imagen pueda causar el tiempo. Las imágenes obtenidas con estos procedimientos nos ofrecen dos tipos de lectura: horizontal y vertical. Objetividad y subjetividad. Espacio exterior y espacio interior representados ambos en un mismo soporte.

El fotograma, el más primitivo de los primitivos procesos, emerge de su letargo y se hace presencia. Técnicamente el fotograma consiste en la colocación de objetos sobre una superficie sensible por acción directa de la luz, sin necesidad de cámara fotográfica ni otras manipulaciones intermedias. Este método lo utilizó Ana Atkins, discípula de Herschel, para hacer herbarios y es retomado actualmente por diversos artistas. El fotograma obtiene la fotografía directa del objeto, sin intervención de cámara alguna, es la presencia y la ausencia del objeto mismo.



Conclusiones

Como hemos visto la fractura del tiempo entre el acto de fotografiar y la imagen procesada la suple perfectamente las cámaras digitales. Las emulsiones antiguas nos presentan un despliegue del tiempo en dos fases: el tiempo que la imagen te dice que quiere estar más el tiempo que intentas imponer.

Casi sin percibirlo hemos pasado de lo complejo a lo simple, de lo moderno a lo antiguo, del presente al pasado, fotografía digital y viejos procesos unidos, finalmente, para configurar una realidad. Y lo hemos conseguido gracias a la fotografía que permanece, aún, inexorable en su puesto, robando espacio a la luz y observando expectante el paso del tiempo, un tiempo por una parte innovador y, por otra, descifrable y que pasa a ser eterno, porque las emulsiones antiguas pueden reflejar en un soporte 15 minutos del tiempo.





1 Lister, M. La imagen en la cultura digital. Editorial Paidós. Barcelona, 1997, p. 52.

2 Berger, J. Otra manera de contar. Editorial Mestizo. Murcia, 1997, p. 86.

3 Íbidem, p. 95.



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