EL JARDÍN DE LA CREACIÓN
ÓSCAR ALONSO MOLINA
La magia del arte reside en repensar y
representar continuamente el acto primordial
de la creación del universo.
-Anish Kapoor-
En el Génesis se dice claramente que, una vez
expulsado del Jardín, el hombre no descubrirá jamás
el rastro que pueda indicarle cómo retornar, como si la
historia fuera la marcha que cada vez aleja más al hombre del Jardín.
-Ignacio Gómez de Liaño-
Déjame que te coja del brazo mientras damos nuestro paseo a
la busca de las obras y conversamos. Verás, al oído de hoy no
suena como antaño, debido a la identificación completa entre
las partes, pero hasta hace algún tiempo el jardín, propiamente
hablando, lo era “de ornamento” o “decorativo”. Véase
si no -justo como en el caso que nos ocupa-, que también los había
botánicos, y zoológicos (aunque apenas se empleé ya esta
hermosa denominación, desplazado aquí el remanente contemplativo
del jardín por el substrato recreativo del parque), “de verduras”
y “de hortalizas”, incluso “de cura” o “de presbítero”,
entre algunos otros, como señal de advertencia de que el repliegue
de la naturaleza sobre sí misma sólo es accesible para el hombre
si se tematiza de algún modo; esto es: si acontece bajo la orientación
de un sentido.
A veces ocurre que ese “sentido” decisivo es simplemente
una cuestión de estilo, una preocupación hacia las formas por
delante de los contenidos, lo que nos permitirá hablar de jardines
de tipo romántico, francés, inglés o rústico,
así como de “jardín japonés” o, en su defecto,
de “jardín zen”, a partir de alguna de esas versiones divulgadas
hoy hasta la saciedad a base de vulgarizarlo...
Sentido y estilo; significado y gusto... parece como si por definición
la imagen del jardín nos empujara con suavidad hacia el momento de
la inspiración; o como si ella misma encarnara ese mismo lugar. En
la Enciclopedia de Diderot, el caballero de Jaucourt define el jardín
como un “lugar artesanalmente plantado y cultivado”, clasificando
el arte de la jardinería según las “artes del gusto”.
¿Cómo podría ser de otra manera? Y si no, ¿qué
vendrían a hacer aquí los seis artistas que ahora nos convocan?
Pues probablemente, como todos sospechamos, ir en busca de la inspiración
que propicia todo jardín desde que en la Creta minoica apareciera la
noción de la epifanía en uno de ellos, de donde derivará
la larguísima y fecunda tradición del jardín o el bosquecillo
sagrados, en cuanto ámbitos idóneos para el encuentro con la
divinidad.
Desde entonces, multitud de mito-poemas han tomado un jardín
como punto de partida y de llegada para la creación. Así,
la tradición judeo-cristiana relata en el Génesis cómo
el día que dios creó el cielo y la tierra “no había
en ella arbusto alguno del campo, y ninguna hierba del campo había
germinado todavía, pues Yahvé Dios no había hecho llover
sobre la tierra, ni había hombre que labrara el suelo”; y que
ese mismo día creó al hombre. Acto seguido, “plantó
Yahvé Dios un jardín en Edén, al oriente, donde colocó
al hombre que había formado. Yahvé Dios hizo brotar del suelo
toda clase de árboles deleitosos a la vista y buenos para comer.”
En fin, conocemos la historia... “Maldito sea el suelo por tu causa”,
dirá en breve Dios a Adán en el Paraíso; “con fatiga
sacarás de él el alimento todos los días de tu vida [...]
comerás la hierba del campo”. Y el hombre en su caída
hubo de abandonar el jardín primigenio, aquel espacio en donde lo puso
dios “para que lo labrase y cuidase”.
Por su parte, la escatología del Islam opone su propio
Paraíso al final del relato: al-Jannah (sencillamente “El
Jardín”, que es el término más usado en el Corán
y los hadices), un paraíso de carne plagado de huríes, con sus
maravillosos jardines, fuentes perfumadas con alcanfor y jengibre, con sus
ríos de agua, leche, miel y vinos regando ubérrimos valles sombreados
donde crecen frutas deliciosas y sin espinas de todas las estaciones... Aunque
para ese mismo vergel encontramos otros nombres coránicos muy significativos:
Al Wasilah (“Edén, los jardines del paraíso”),
Jannat al-‘adn (“Jardines de la dicha eterna”),
Jannat al-khuld (“Jardines eternos”), Jannat al-ma’wá
(“Jardines de la morada”), al-Maqam al-amin (“La
casa de la seguridad”), o Jannat al-na‘im (“Jardines
del placer”). Por cierto, que no por casualidad Ignacio Gómez
de Liaño, uno de nuestros filósofos que mejor ha estudiado la
dimensión simbólica y literaria del jardín, tituló
su libro sobre ellos Paisajes del placer y de la culpa.
Entre el Edén y al-Jannah, al hombre se le abrió
un espacio inmenso para el cultivo del placer y de la culpa, sí, pero
también para la creación de esos recintos en los cuales “el
cuerpo piensa” que llamamos jardines. En ellos, incluso en los más
ascéticos, se despierta un brote concupiscente y los sentidos
se abren a las formas... La creación en el jardín está
siempre, pues, más allá de la tentación de la serpiente
que hace a una Eva desnuda y sin pudor comer del Árbol de la Ciencia
del Bien y del Mal, pero al tiempo, también más acá de
esos inimaginables harenes de huríes y ghilmanes, irresistibles en
su perfección –bellísimos todos, todos de la misma edad
y estatura, eternamente jóvenes y célibes-. Dicho con la inquietante
fórmula de Edmond Jabès, en el tránsito de la vida “Harás
de mi cuerpo tu más preciado jardín”. Precisamente, el
modelo medieval del Hortus Conclusus (“huerta cerrada”),
como espacio cultivado independiente y hasta cierto punto autónomo
del exterior, está en el trasfondo de una denominación habitual
para la Virgen en Occidente desde el siglo XIII: “Jardín cerrado”,
tal y como se puede encontrar en el Cantar de los Cantares (4,12):
“Eres jardín cercado, hermana mía, esposa, eres jardín
cercado, fuente sellada”.
Pero al final, insisto, ¿qué habrán venido
a hacer a un jardín botánico seis artistas a comienzos del siglo
XXI? Les he oído decir que recomponer el bosque, plantar árboles
de hierro, trazar el mapa de la red de drenaje de los ríos de Madrid,
escribir con hielo en el estanque..., en definitiva: hacer paisaje en
el jardín. Pero, como observaba Gómez de Liaño,
“las propias palabras con que se designa esa realidad aluden a la extraordinaria
dificultad que implica franquearla, pues tanto “paraíso”
como “jardín” o “huerto” significan lo “cerrado”,
lo “acotado”, lo “guardado”, lo “encerrado””.
Si Natura no puede ser dicha, pues escapa al dominio lingüístico
(es una completa exterioridad a sí misma), y el jardín, como
te decía al principio de nuestro paseo, es un repliegue profundo de
lo natural, puede que, cual auténticos demiurgos, lo que Iraida Cano,
María Jesús Hita, Marta Linaza, Diego Arribas, Luis Ortega y
Bodo Rau hayan venido a intentar aquí no sea sino a recrear un paisaje
particular: el de la propia creación estética. O dicho de otra
manera: a poner de manifiesto el potente artificio que late detrás
de cada idea que nos hacemos sobre el mundo. Por cierto, igual que como debió
de pasarle al comienzo de los tiempos a cualquier divinidad empeñada
en crear al hombre, ¿no te parece?
Ó.A.M.
[ Madrid-Roderos (León), abril 2009 ]