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La reflexión teórica desde campos como la semiótica
de la cultura, la fenomenología, la antropología cultural,
las teorías sistémicas o los estudios
postcoloniales, y los
cambios contextuales producidos por los movimientos migratorios masivos en
dimensiones desconocidas, las tecnologías de la comunicación
y la glocalización, han propiciado un cambio en la concepción
de los fenómenos culturales, que lleva implícita una revisión
de todos los términos que designan este campo nocional, comenzando
por la propia definición de cultura
Si partimos de un concepto semiótico-antropológico de cultura
como red simbólica que permite el intercambio de significados, es
decir, la comunicación, la actuación, la interpretación
y la interacción en y con el mundo, tendremos que tener muy presente
que dicha red es inseparable de los sujetos, por cuanto son éstos
quienes crean y otorgan esos esquemas de significado. Estos símbolos
y modelos son consecuencia de un proceso relacional. El ser humano para crearlos
se relaciona con el otro, ya se trate de los otros seres humanos o del mundo,
por lo que la cultura lleva implícita el concepto del otro para existir.
A través de esta idea llegamos a entender qué sistema de modelos
y símbolos culturales van produciéndose y transformándose.
Son los sujetos quienes, en la socialización, incorporan esquemas
compartidos colectivamente y los utilizan, reelaboran o transforman en combinación
con otros modelos, tal y como explica la noción de habitus.
En el acto discursivo por el que construimos la identidad colectiva e individual
utilizamos algunos de estos habitus previos, escogidos tras un proceso de
selección y comparación, como marcadores sociales de identidad.
Este acto performativo de configuración identitaria establece también
lo que se considera como propio o como
ajeno a un colectivo. Por tanto, lo
que pertenece a una u otra cultura dependerá del lugar en el que se
marque la frontera o diferencia, según la perspectiva del sujeto y
los elementos que se tengan en cuenta para demarcar. A nosostros nos interesará particularmente
ese trazado de las diferencias que permite hablar de
diversidad
cultural
y de culturas.
Precisamente la frontera constituye en sí misma un motor de la
interculturalidad,
dado que pertenece a los ámbitos que chocan o se interrelacionan en
ella. La frontera es intercultural e
intracultural porque une y separa a
la vez.
Las culturas están conformadas por medio de esos esquemas
culturales
que residen en el interior de los sujetos,
donde se encuentran con otros,
lo que permite el dinamismo de la red y la continua variación de las
fronteras. Interculturas son esos terceros
espacios del encuentro, el cruce,
el entrecruzamiento, la
intersección “entre culturas”,
caracterizados por el contacto o por el hibridismo entre lo cultural propio
y lo ajeno. Esta concepción entiende, en definitiva, los cruces como
el motor del dinamismo de los fenómenos culturales e incide en un
cambio de enfoque que se centre en las culturas como producto de aquellos,
es decir, como interculturas.
Dado que la literatura se enmarca dentro de la red simbólica más
amplia de la cultura, su producción y transformación es impensable
sin dichas interculturas y a su vez podemos examinar las que aparecen representadas
en la literatura como indicios de la necesidad de cruzarse.
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