|
La historia es la narración de acontecimientos
pasados que llegan a formar parte de la memoria colectiva. El ser humano
necesita contar su vida para ser capaz de vivirla como propia, para establecer
y comprender su ser social. La memoria es una búsqueda particular
de identidad perdida con el paso del tiempo y, por ello, no es sólo
acumulación de datos sino principalmente la reelaboración e interpretación
de los mismos. Así, la historia sirve como barómetro ideológico
y estético en función de quién narra, qué narra
y para quién narra.
La historia literaria ha sido utilizada, desde la Antigüedad, para
forjar un relato genealógico que garantizaba la linealidad de la identidad
de los distintos pueblos. Pero elaborar historias literarias implica elegir
y ordenar, crear sentidos, relacionar lo heterogéneo, reunir lo disperso
en argumentos para construir sistemas dinámicos y vitales. La pluralidad
crítica y teórica propiciada por un mayor contacto entre culturas
a través del desarrollo de los medios de comunicación, ha roto
la unidad orgánica de la historia literaria positivista y canónica
posibilitando el desarrollo de la identidad histórica intercultural
y transliteraria.
El descubrimiento de que la identidad histórica se gesta al hilo
de nuestro presente, nos sitúa como autores y no sólo como
actores de nuestra historia literaria. Además, si existe una historia
transliteraria es porque nos encontramos ante la necesidad de construir
historias que analicen las relaciones complejas entre la teoría,
la crítica y el análisis textual, los géneros y la
sexualidad, el
nacionalismo y la
identidad nacional, el
colonialismo y
el postcolonialismo, la
raza y
etnia, la cultura popular y sus audiencias,
la ciencia y la
ecología, la
identidad política, la
pedagogía,
la política de los estudios estéticos, las instituciones
culturales, la política de la disciplina, discurso y textualidad.
De ahí que nuestras historias literarias hablen de traducciones
culturales en el espacio y en el tiempo, de transferencias internacionales
e intergeneracionales, de diálogo entre los textos y las culturas,
y de hipertexto como soporte de comunicación. La historia literaria
sobrevive en la convicción de que nuestro ser cultural no está predestinado
sino que conforma un entidad abierta y plural cuyo sentido último
se encuentra en el diálogo con los otros.
|