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Historia de Madrid. Siglos XIX-XX
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Esta Web ha sido realizada por l@s estudiantes de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid (España, Spain), en la asignatura Historia de Madrid en la edad contemporánea, curso 1997-1998.

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Bajo la dirección de Luis Enrique Otero Carvajal, Profesor Titular de Historia Contemporánea.

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La nobleza en el Madrid del siglo XIX

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Realizada por:

Susana Celemín Alonso

Esperanza López Rehecho

Indice

Evolución Político-económica de la Vieja Nobleza.

La creación de una Nueva Nobleza. La concesión de Títulos.

Su Lugar de Residencia: Los Palacios.

Los espacios de sociabilidad

 punto05.JPG (3724 bytes)  Los salones y los bailes.

 punto05.JPG (3724 bytes)  El Teatro Real y la ópera

 punto05.JPG (3724 bytes)  El papel de las mujeres en la sociabilidad aristocrática.

 punto05.JPG (3724 bytes)  El Casino.

 punto05.JPG (3724 bytes)  El Salón del Prado.

 punto05.JPG (3724 bytes)  Los toros.

Bibliografía

Evolución Político-económica de la Vieja Nobleza.

La afluencia de nobles a Madrid comenzó cuando Felipe II decidió fijar su hasta entonces Corte ambulante en esta villa a mediados del siglo XVI. Los nobles se trasladaron a la entonces pequeña población, al amparo de la Corte real, manteniendo estrechos contactos con el Rey, a través del aparato cortesano. Su presencia fue haciendo poco a poco de Madrid una de las ciudades más animadas de Europa, convirtiéndose en el principal foco de atracción social. Pasó así, de ser una población principalmente agraria a girar en torno a la aglomeración de lujo y administración que exigía la Corte. Como consecuencia y aunque la industria era mínima, comenzó a desarrollarse en su seno un verdadero comercio de lujo (joyerías, bordados de plata y oro, pañerías, sombrererías, etc.).

La llegada a la capital de nobles llevó aparejada, la atracción de capas sociales bajas procedentes de zonas rurales, que venían en busca de un empleo sabiendo de la demanda de sirvientes por parte de la aristocracia. De hecho, el tener mayor o menor número de empleados era un signo de mayor o menor estatus. Como lo era también en otra dimensión el número de coches que se poseyera, o el número de caballos que tiraban de ellos.

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La nobleza constituyó desde un principio la cúspide social de la capital. Pero no sólo la social, sino también la económica y la política. Sus cargos palatinos les facilitaron los contactos con los centros de poder, formándose fuertes camarillas. Por lo que Madrid seguía siendo en el siglo XIX centro de poder político un foco de atracción para las élites. De esta forma la nobleza madrileña fue monopolizando los altos cargos políticos del gobierno. La gran parte de los escaños del Senado y de los cargos diplomáticos, estaban ocupados por los Grandes de España por derecho propio (como contemplaría la Constitución de 1876), igualmente seguían ocupando los cargos palatinos desde la Edad Moderna, como el de Tesorero real, Secretario real y otros muchos relacionados con la administración de palacio.

El desempeño de esas actividades les hizo adquirir gran prestigio, lo que unido a la suntuosidad que rodeaba su estilo de vida con palacios, comodidades, fiestas y todo tipo de símbolos externos que los identificaban, proporcionó que esta élite influyera y fuera envidiada por todas las clases sociales. Desde los altos burgueses adinerados a los que no les suponía esfuerzo imitar los modos de vida aristocráticos, a las clases más pobres que anhelaban una vida que nunca podrían llegar a alcanzar. Este prestigio les acompaño hasta bien entrado el siglo XX, aunque la situación económica, social e ideológica de este grupo sufriese fuertes transformaciones a lo largo del siglo XIX.

La principal base económica de la nobleza era la tierra rural. No hay que olvidar que aunque la nobleza de cuna se había ido instalando alrededor de la corte, aportando sus valores, pautas e ideología, solían ser originarios de la meseta y de Andalucía principalmente, donde habían dejado vastas tierras de las que percibían el mayor porcentaje de las rentas nacionales. Esa renta agraria aseguraba el futuro a los viejos nobles, porque eran bienes fijos y amortizados, lo que propiciaba que la tierra pasara de padre a primogénito sin posibilidad de perderse.

Pero la nobleza contaba también con amplias propiedades urbanas, principalmente fincas que se hallaban dispersas por la ciudad en los suelos de más alto precio y que solían tener arrendadas. Este tipo de posesiones les vino muy bien, cuando en momentos determinados las tierras agrícolas no conseguían dar la liquidez necesaria a sus dueños, quienes pasaban relativos apuros para poder mantener su alto nivel de vida. Era entonces cuando recurrían a vender esas fincas urbanas, ya que como estas sólo desempeñaban un papel complementario en sus ingresos, no contemplaban la posibilidad de invertir en ellas.

De esta manera comenzó un repliegue nobiliario, causado porque la nobleza reprodujo hábitos y comportamientos tradicionales del Antiguo Régimen, basados en criterios improductivos que no permitían la recuperación de lo invertido en los elevados gastos que los acompañaban. Incluso a pesar de que la nobleza había comenzado a finales del XVII a impulsar una actividad económica algo más activa, -encontrando su base en la ampliación del mercado anterior, sobre todo en el abasto de los centros urbanos, comercio lanero y vinculación con los Gremios madrileños y basándose en el pensamiento ilustrado de la necesidad de impulsar las actividades productivas, mercantiles y fabriles,- no se alteraron las estructuras de producción y propiedad. Es decir, que trataron de maximizar la producción para conseguir más dinero líquido, pero sin llevar a cabo transformaciones industriales. Así, cuando más adelante comenzó a surgir unas incipiente industrialización se mantuvieron las redes de clientelismo y subordinación.

Con el fin de aumentar la producción sin salir del modelo tradicional de propiedad, subieron los gastos dirigidos a nuevas roturaciones, construcción de canales y otras mejoras de infraestructura. Al mismo tiempo el consumo suntuario de la aristocracia se incrementaba, debido a la transformación de esta, en una clase más cosmopolita, más abierta a las influencias francesas, y que tenía que destinar gran parte de sus ingresos a gastos fijos para mantener su estatus, marcado por la nueva moda de grandes y nuevos palacios, la adquisición de obras de arte, etc.

El cambio de coyuntura a finales del siglo XVIII y principios del XIX, el entorpecimiento del comercio de exportaciones de lana, el coste del aprovisionamiento de las rentas durante la Guerra de la Independencia, el descenso de los precios agrarios, el cuestionamiento de los privilegios señoriales y el cortocircuito de las rentas provenientes de la corona como consecuencia de la quiebra de la Hacienda Pública, frenó la expansión de la economía nobiliaria. Se produjo entonces un desfase entre gastos e ingresos comenzando una crisis patrimonial que duró hasta los años setenta, en la que perdieron posiciones económicas.

Se hizo necesario por ello, un proceso de saneamiento que permitiera la recuperación. Fue entonces cuando la nobleza demostró su capacidad de resistencia, pues la mayoría consiguió reconstruir su situación sin abandonar del todo su componente agrícola y sin tener que participar de una forma decidida en los nuevos sectores económicos (Deuda Pública, construcción, negocios, etc. ). En general a lo largo del XIX la nobleza mantuvo su patrimonio.

El saneamiento conllevaba, la abolición del mayorazgo y el fin de la propiedad vinculada, además de la intervención del Estado Liberal que va a transferir a la vieja nobleza indemnizaciones por la desamortización de sus bienes. Las Indemnizaciones eran utilizadas por sus destinatarios como el elemento de liquidez que tanto ansiaban y no como medio de englosar el patrimonio.

El hecho de que la nobleza no participase de forma decidida en los nuevos sectores económicos no significó, sin embargo, su ausencia total en los mismos. Entre 1840 y la Restauración, la aristocracia madrileña buscó un nuevo punto de equilibrio económico que les ayudara a salir de bache, proporcionándoles mayores beneficios y una gestión más eficaz de los recursos. Por ejemplo, la casa de Medinaceli transfirió propiedad rústica o valores por un valor efectivo de 58 millones de reales ( lo mismo que el duque de Alba, el conde de Altamira, el marqués de Alcañizes, etc.).

Para la pequeña nobleza la política de saneamiento suponía un mayor esfuerzo, y podía suponerles la liquidación total de su patrimonio. Se trataban de economías con una excesiva presencia de bienes improductivos, por lo que la enajenación de las fincas agravaba el desfase y dificultaba la reactivación posterior.

Como excepción y no como norma algunas familias nobles no supieron o no pudieron recuperarse, llegando a la quiebra definitiva de sus patrimonios. Entre otros motivos se encuentra el hecho de que se endeudaran con banqueros madrileños. Este es el caso de los Altamira, Híjar, Salvatierra y Osuna.

Una consecuencia de la crisis de la nobleza, fue el hecho de que muchos aristócratas dejaran de engrosar la filas carlistas para pasar a la de los liberales. Esto tenía su explicación en que desde ahí podían controlar la reconversión de sus propiedades, superar la crisis y recuperar el prestigio político (aunque nunca habían perdido su influencia social). Hay que tener en cuenta que el liberalismo al que se adhieren es un liberalismo moderado, por lo que durante la Restauración se les verá en el partido conservador de Cánovas.

A la vez, como si de una cadena se tratara, el giro político de la nobleza (mas bien obligado por las circunstancias), provocó que esta clase social tomara contacto con otras élites de importancia, haciéndose más abierta, convirtiéndose así en la nobleza europea más liberal en ese aspecto. Por ello la alta burguesía comenzó a ennoblecerse y a englobar las filas de la aristocracia. De hecho muchas de las tierras que los nobles tuvieron que vender cuando enajenaron sus propiedades, pasaron a manos de la alta burguesía.

Claro que esa apertura no fue compartida por la totalidad de la nobleza. Mientras que un sector más integrado en el núcleo mundano de la capital era más integracionista. Otro sector enquistado en la tradición patriarcal, sencilla y monótona, con profundo y arraigado sentido del hogar, era lo que podríamos llamar "puristas". Estos últimos desdeñaban a los burgueses por contaminar la sangre, el código social y el modo de vida de la aristocrática. Algo que no era cierto, ya que si bien en el tema de la sangre, los nuevos nobles no podían hacer gran cosa para remediarlo, las otras dos cuestiones estaban perfectamente solucionadas, ya que la adquisición de un título llevaba aparejada la adopción tanto de los modos de vida como de los códigos de la nueva clase social a la que pasaban a formar parte (incluso se les imitaba por aquellos que no poseían ningún título).

La creación de una Nueva Nobleza. La concesión de Títulos.

Muy a pesar de los disconformes la creación de una nueva nobleza, surgida de la élites económicas de los negocios, fue un hecho. Siendo especialmente significativa en el reinado de Isabel II y de Alfonso XII.

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Uno de los ejemplos más notables de las nuevas élites surgidas en época de Isabel II, fue el marqués de Salamanca. Quién encarna en su persona lo que significó la burguesía ennoblecida y sus diferencias con la nobleza de cuna, principalmente económicas. Mientras los segundos valoraban su patrimonio como simple fuente de rentas, y empleaban los excedentes en el lujo y no en la reinversión, los primeros se embarcaban en distintos negocios e inversiones en bolsa, consiguiendo aumentar su capital si les salían bien, pero corriendo el riesgo de arruinarse en caso contrario.

El marqués de Salamanca nació en Málaga en 1811, en el seno de una familia acomodada que se pudo permitir pagarle los estudios de leyes. Ejerció como jurista lo que le permitió codearse con grandes personajes. Su matrimonio con Petronila Livermore Salas de padre inglés, hizo que emparentara con grandes empresarios, de los que fue aprendiendo. Poco a poco fue abandonando su carrera para dedicarse exclusivamente a los negocios y la política. Así, llegó a Madrid por primera vez como diputado por Málaga en las cortes Constituyentes celebradas en octubre de 1836. Y de ahí, pasó al Ministerio de Hacienda. Esto viene a demostrar que la mayoría de los títulos que se concedieron en el XIX, fueron a parar a manos de políticos y de militares.

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Fértil en ideas invirtió en numerosos negocios, algunos de creación propia. Invirtió en Bolsa con relativo éxito, fue el principal impulsor del Banco de Castilla, que pronto se conoció como Banco de Isabel II, impulsó la construcción del ferrocarril, tanto en España con el tramo a Aranjuez, como en el extranjero, presentó un proyecto de construcción de viviendas para la clase acomodada en el Ensanche, de ahí que se conozca a esa parte como Barrio de Salamanca e intento también crear un Banco Hipotecario. Lo verdaderamente asombroso de este hombre es que a pesar de sus momentos de apuros económicos e incluso quiebras, conseguía recuperarse de manera sorprendente. Algo que no ocurrió con otros nuevos nobles.

Durante el reinado de Alfonso XII, se mantuvo la tendencia de otorgar títulos nobiliarios que había comenzado durante el reinado de su madre y que continuará posteriormente, durante la Regencia de María Cristina y el reinado de Alfonso XIII. Con ello se pretendía crear una nueva nobleza, aunque también se beneficiaran de esta política personas que poseían títulos con anterioridad.

Durante la Restauración, la necesidad de encontrar simpatizantes con la causa para consolidar el régimen, llevó a premiar con títulos a aquellos que contribuyeron a restablecer a la monarquía borbónica en el trono Español y a los que la rendían fidelidad. Por eso fueron principalmente militares, hombres de negocios y políticos, los que adquirieron dichos títulos, pues eran estos los principales apoyos para un sistema recién implantado.

Por cada título, que sólo podía ser otorgado por el Rey, había que pagar un importe que estaba en relación con la calidad del mismo, pudiendo aspirar a uno u otro, o a más de uno, según el poder adquisitivo. En algunos casos se les eximía del correspondiente pago a la Hacienda, por ejemplo, a los militares que habían prestado un servicio especial a su advenimiento al Trono, luchando contra los carlistas. De entre los políticos que ascendieron encontramos a aquellos que ocupaban grandes cargos como el marqués de Rubalcaba, Fernández Calderón y otros. También se concedieron títulos a propietarios de grandes haciendas en Cuba, que aportaron gran cantidad de dinero a la causa alfonsina, como el marqués de Álava, o el marqués de Santa Rita.

Pero si en los casos citados fue la buena posición o la política la que facilitó la concesión de título, en otros fue la elevada posición económica de la alta burguesía industrial la que abrió las puertas de la entrada en la nobleza y en una carrera política. Es el caso del marqués de Comillas, que compartía junto a Manuel Girona la hegemonía del Banco Hispano Colonial.

El apogeo de la venta de títulos se dio al principio de la Restauración cuando se intentaba consolidar el régimen, decayendo según se vaya asentando. Al mismo tiempo se concedieron más títulos en las épocas del gobierno conservador de Cánovas, que en las del liberal de Sagasta. Y también fue durante los gobiernos conservadores cuando se dio mayor número de nobles en las cortes.

Con todo lo dicho podemos llegar a la conclusión de que la nobleza del XIX, no era un grupo social homogéneo. Dentro de la vieja nobleza encontramos desde la Edad Moderna, a los Grandes de España, que eran el más alto escalafón y a la nobleza sin título de Grandeza, diferenciada a su vez según la importancia de su patrimonio. Este cuadro vino a complicarse con la nueva nobleza, que se diferenciaba de los anteriores, sobre todo, por su comportamiento económico más que social.

Por último en este apartado, señalar que el XIX para la nobleza madrileña, fue un paso más en la evolución que comenzó cuando se asentó la Corte. Así, en el XVI empezó a echar raíces en la capital, en el XVII tomó cuerpo, en el XVIII se consolidó y en el XIX sufrió una transformación con el fin del Antiguo Régimen, convirtiéndose en una élite abierta, con gran capacidad de reproducción, basada en la captación y asimilación de otros individuos ajenos.

Su Lugar de Residencia: Los Palacios.

A finales de siglo XVIII tuvo lugar en Madrid un cambio en la estructura residencial de la nobleza. Aunque siguieron en ellos los nuevos gustos de la Monarquía Borbónica que comenzó su reinado levantando el Palacio Real en el lugar donde se había erigido el antiguo Alcázar.

Hasta entonces los nobles de la capital española habían ocupado viejos caserones de presencia exterior pobre, que no correspondía con el magnifico lujo del interior, que albergaba vasijas de plata, colecciones de cuadros y otros objetos suntuarios. La construcción de nuevas casas no se había llevado a cabo, porque dentro del casco urbano no existía el espacio suficiente, ni las condiciones urbanísticas apropiadas, ya que predominaban las calles estrechas y laberínticas.

Por eso cuando comenzó a llegar el gusto por los palacios de fachada decoradas y grandes jardines, procedente de Francia, influencia del pensamiento ilustrado que pretendía mejorar la calidad de vida a todos los niveles y en todos los ámbitos sociales, no quedo más remedio que buscar grandes solares en la periferia de la ciudad, que permitieran desarrollar el tipo de vivienda que la aristocracia demandaba. Se concentraron principalmente en la zona oriental y occidental, coincidiendo con la vecindad del Palacio Real y el del Buen Retiro. Los palacios de Liria, Buenavista, Villahermosa y Osuna son buenos ejemplos de ello. Pero también se buscaron lugares cercanos a monasterios y conventos prestigiosos (San Andrés), o a las rutas oficiales por donde pasaban los reyes en sus desplazamientos.

Hubo tres momentos a lo largo del siglo XIX, que podrían indicarnos la relación entre la construcción de palacios y la clase social que los ocupaba. El primero se dio en la primera mitad del siglo XIX, entre 1800 y 1840,  en el que la construcción de palacios estuvo protagonizada por la nobleza de cuna; el segundo en los decenio centrales del siglo, coincidiendo con el reinado de Isabel II, entre 1840 y 1868, en el que la aristocracia de nueva creación adquirió un creciente protagonismo, ejemplificado en la construcción del palacio del marqués de Salamanca; y el tercero, coincidiría con la Restauración borbónica, 1875-1900 representado por la alta burguesía de los negocios ennoblecida, un ejemplo claro es el palacio de Linares . A la vez estos tres periodos se corresponderían con la secuencia de construcción Palacio-Palacete-Hotel.

De los grandes palacios concebidos al modo tradicional y habitados por la antigua nobleza, podríamos señalar los de Villafranca, el de la Alameda de Osuna, que situado en una amplia zona despejada permitió crear una residencia rodeada de jardines y huertos o el de Liria, junto a la Puerta de San Bernardo en el límite de la ciudad. Propios de la nobleza surgida gracias al dinero, los del marqués de Salamanca en Recoletos y el de Gaviria, ambos de influencia italiana. Poco más tarde, de influencia francesa, destacó el palacio del duque de Uceda en la plaza de Colón, o el de Portugalete en la calle Alcalá.

Una vez hecho realidad el proyecto del Ensanche, la nobleza pasó a contar con un barrio residencial propio donde estaba agrupada. Hasta entonces sus palacios habían estado más o menos dispersos por la ciudad. Y fue sobre este nuevo barrio donde el marqués de Salamanca proyectó la construcción de unos Hoteles para la clase alta, que serían los antecedentes de las viviendas unifamiliares de la Ciudad Lineal y de la Ciudad Jardín.

Los palacios del XIX a diferencia de los anteriores mezclaba el lujo tanto interior como exterior. Las fachadas solían ser de ladrillo y piedra, formando con ello una combinación bicromática. En ellas se podían contemplar elegantes frisos, cornisas y portadas en las que se encajaban los escudos familiares. Avanzado el siglo, fueron apareciendo los balcones. Además, rodeaba al edificio enormes jardines con fuentes y pequeños estanques, limitados con formidables cerramientos que incluían monumentales puertas de entrada.

 

El interior de la casa se dividía en tres plantas, aunque fueron subiendo con el tiempo: la planta baja donde se situaba la cocina, las caballerizas, las cocheras, y otros servicios, en la planta principal en la que se encontraban los salones donde se celebraban las fiestas y otros actos sociales; las alcobas de los distintos miembros de la familia, alrededor de las cuales se desplegaban numerosas estancias, tales como la antecámara, el gabinete, guardarropa, etc.; en el segundo piso estaban los cuartos de criados. Los pisos se comunicaban por una suntuosa escalera principal. La división espacial que se creaba en el interior de estas lujosas casas, daba lugar a la aparición de microsociedades dentro de los palacios.

El lujo interior se reflejaba en los espejos, en los salones de mármol, tapices, alfombras, cortinas, papeles pintados que cubrían las paredes, frescos en los techos, colecciones de pinturas, lamparas de cristal, grandes ventanas que daban a los jardines, habitaciones decoradas al gusto mudéjar, grandes Bibliotecas, como la del Palacio de Osuna que era una de las más grandes de la ciudad, etc. Eso sí, sin perder nunca el estilo de vista francés que estaba en boga.

Los espacios de sociabilidad

 punto05.JPG (3724 bytes) Los salones y los bailes.

La nobleza madrileña de viejo cuño sufría una crisis desde finales del siglo XVIII, especialmente, en el tránsito del Antiguo Régimen al Régimen Liberal. Crisis que tuvo que afrontar de diferentes modos. En este sentido, las pautas de comportamiento de la vieja nobleza iban a jugar un papel muy importante como manera de reafirmar su poder e influencia. Pero estas pautas no sólo venían determinadas por un sentimiento de amenaza respecto a su posición, sino que iban a dar una impronta propia a dicho grupo social a la vez que iban a servir de "modelo" a la nueva nobleza. Desde este punto de vista, la vida de sociedad tuvo una gran importancia como forma de mantener las viejas formas y perpetuar los complicados ceremoniales nobiliarios.

Para poder comprender el por qué de este tipo de respuestas, tendríamos que tener en cuenta el hecho de que si bien a finales del siglo XIX y hasta 1930 aproximadamente, la mayor parte de la nobleza continuaba presente en la capital, según Tuñón de Lara, el 65% del total, sobre el XIX había perdido parte del poder político y económico, que en estos momentos tenía que compartir con la alta burguesía. Sin embargo, seguía monopolizando el poder social multiplicando las fiestas, las comidas, los bailes, etc. como respuesta a esa pérdida de poder.

De esta manera, si bien se trataba, de una nobleza "aperturista", en el sentido de que permitió el acceso a su ámbito de actuación de otros sectores sociales, dígase alta burguesía, lo hizo de una manera muy controlada y vigilada, es decir, que en cierto modo, puso resistencia a verse del todo sustituida por la nueva clase emergente. Puesto que, en definitiva, lo único que le quedaba a la nobleza era el poder social, intentó conservarlo por encima de todo. Así, incluso arruinada, hizo unos esfuerzos y sacrificios económicos con tal de mantener sus estatus social, no renunciando a su viejo modo de vida opulento y ostentoso.

En cuanto a la importancia que tuvieron determinados ámbitos de sociabilidad de la nobleza de Madrid del siglo XIX, el salón del noble fue considerado como el primer escenario de representación social y de la propia fusión con la alta burguesía, ya que ésta intentaba penetrar en los círculos aristocráticos y conseguir el ansiado ennoblecimiento, bien por favor o bien por medio del matrimonio. A este respecto, el salón fue un espacio de sociabilidad clave, ya que en él, además de tener lugar intrigas políticas o económicas, también habría un lugar para las intrigas amorosas.

En este sentido cabe señalar, que si bien antes del siglo XIX el matrimonio del grupo nobiliario en sí tenía un carácter endogámico y estaba muy condicionado por el sistema de herencia, en estos momentos consistió en estrategias a largo plazo, de fusiones con segundones, con la consiguiente creación de ramas familiares secundarias, buscando la consolidación de dicho grupo social. De ahí, que en definitiva, los salones dieron cobijo a la clase dirigente por excelencia, una clase que era producto de la fusión señalada.

A pesar de esa fusión entre alta burguesía y vieja nobleza, ésta estableció unos criterios bastante rígidos en la admisión de personas a sus salones, los cuales seguían "funcionando" gracias a la venta de parte de sus tierras y viejos palacios.

La importancia de los salones y los bailes que en ellos se dieron, fueron de capital importancia para la nueva nobleza porque le permitirá introducirse en el mundo aristocrático, en tanto en cuanto, ésta adoptó los usos y costumbres de la vieja aristocracia de sangre. Así, por ejemplo, los viejos palacios de la nobleza con un piso bajo de grandes ventanas enrejadas y otro piso alto, muy suntuosos por dentro y adornados con tapices y cuadros de gran valor, fueron sustituidos por los palacios burgueses, que trasladaron esa suntuosidad al exterior.

En cuanto a los bailes celebrados en este tipo de salones, algunos de ellos fueron celebrados en Palacio por la propia reina, Isabel II. Otros tuvieron lugar en los palacios de la alta aristocracia. Se trataba de unos bailes a los que podían asistir hasta cuatrocientas personas y su frecuencia era, si no diaria, al menos semanal. Según Azaña, en el invierno de 1849 a 1850, se dieron en las casas de la nobleza doscientos cincuenta bailes sin contar los de Palacio. Esto tenía lugar en un momento en que se reanudaba la vida de sociedad y llegaba la epidemia "que llaman pasión de riquezas, fiebre de lujo y de comodidades" que afectaba, sobre todo, a la nueva grandeza del comercio y del préstamo.

A este respecto, Guillermo de Cortázar ha señalado dos etapas en el comportamiento de la élite madrileña: la primera, que iría desde 1875 hasta el reinado de Alfonso XIII, caracterizada por la plena vigencia de los salones aristocráticos, la segunda desde 1914 a 1918, en la que tendría lugar la decadencia de estos salones y de una mayor aplicación y apertura de la élite. Así mismo tendría lugar un cambio en el espacio físico y urbano de Madrid, de tal manera que la construcción de los hoteles Ritz (1905) y Palace (1912) con sus respectivos salones, iban a permitir que esta élite se reuniera en ellos, a diferencia de la cerrada "vida de sociedad" de la época de la Regencia o del reinado de Alfonso XII.

 

Si nos remitimos a las Memorias Íntimas de Fernando Fernández de Córdova, marqués de Mendigorría, antes de 1875 también se produjeron una serie de transformaciones en cuanto a la vida social de la nobleza se refiere. Este señala que a la altura de 1836 la sociedad de Madrid "había perdido el fausto de los últimos años del reinado de Fernando VII, cambiando mucho de aspecto. De aquellas fiestas de la corte, de aquellos bailes del cuerpo diplomático y de las grandes casas españolas, no quedaba ya sino el recuerdo (…) pero habían prosperado las tertulias para que las relaciones sociales no quedaran interrumpidas". Ante estas afirmaciones cabe suponer que antes de 1836 la vida social nobiliaria era aún más "activa".

Pero volviendo al mundo de los salones, los bailes, fiestas y reuniones, cabe decir que a ellos asistía lo más granado de la juventud aristocrática, incluidos oficiales de la Guardia y militares, que también eran invitados. Fernández de Córdova señala que hacia 1825, todos los domingos la duquesa de Osuna, condesa de Benavente (prueba de la reunión de más de un título nobiliario en una sola persona), recibía "a la sociedad más selecta y escogida. Su base era el Cuerpo Diplomático extranjero y su propia familia". "La duquesa de la Roca era una señora de la primera grandeza de España, daba los viernes bailes a donde era muy afortunado tener el privilegio de ir, pues escogía entre la juventud los más distinguidos". "Los sábados abrían los salones de la señora de Vallarino".

Otras señoras que cita son, por ejemplo, la duquesa de Benavente, la marquesa de Santa Cruz, la marquesa de Alcañices ("sin rival en la Corte"), Fernanda de Santa Cruz, condesa de Corres, la marquesa de Miraflores, la de Montelo, la condesa de Vilches (que solía acudir a la casa del conde de Ezpeleta), la duquesa de Castro Enriquez, etc. Es decir, que "las damas eran el principal ornamento de aquella sociedad".condesavilches1.JPG (43401 bytes)

Pero quizás lo más destacado de estas reuniones eran el lujo y la suntuosidad que las presidían. Las señoras llevaban todos sus brillantes y alhajas y se ponían para la ocasión sus más elegantes vestidos. Fernández de Córdova recuerda en sus memorias a la condesa de Cervellón, "que apenas podía soportar el peso de los diamantes en su preciosa cabeza y sobre su elegante traje" y a la Infanta doña Luisa Carlota "radiante de hermosura y de riquísimas joyas, siendo las únicas que pudieron rivalizar en tal conjunto con la Princesa de Pastrana" (se está refiriendo a la anfitriona de una fiesta celebrada los jueves en la embajada de Nápoles). En ellos incluso se daban conciertos a los que acudían los más importantes cantantes de ópera y artistas del momento (en los celebrados por el duque de Osuna asistía Encarnación Camarasa), y es que la nobleza tenía especial predilección por este mundo, especialmente por la ópera italiana, espectáculo predilecto de la buena sociedad.

 

 

punto05.JPG (3724 bytes)  El Teatro Real y la ópera

Este tipo de conciertos se daban en casas particulares como los celebrados en el palacio del duque de Osuna, pero el lugar por excelencia en el que se hacían estas representaciones era el Teatro Real. Si bien hay que tener en cuenta que, hasta su inauguración en 1850, la ópera italiana tenía otros espacios de representación como los Teatros del Príncipe y de la Cruz o el Teatro del Circo, o el que la reina Isabel II mandó construir en Palacio, llamado Teatro del Palacio (un pequeño teatro íntimo y lujoso), que no hacía sino seguir la moda ya implantada a fines del siglo XVIII por las grandes casas de la nobleza española.

Un ejemplo representativo de la asistencia de la sociedad aristocrática al teatro fue la inauguración del Teatro Real. Se estrenó con "La Favorita" de Donizetti y a esta función acudió la flor y nata de la corte madrileña, luciendo etiquetas, uniformes, joyas, etc. El gobierno representado por Narváez y el conde de San Luis, la primera aristocracia por las duquesas de Alba y Medinaceli, de Gor, de Osuna y del Infantado; la condesa de Montijo, la marquesa de Malpica, etc. es decir, por las señoras de la alta sociedad que llegaban en engalanados carruajes. Además de las representaciones de ópera, en el Teatro Real se celebraron bailes de máscaras, bailes de orquestas, etc.

La presencia allí de la nobleza, sin embargo, no se iba a limitar sólo a asistir a las funciones, puesto que el marqués de Salamanca, por ejemplo, se encargó de dar publicidad al Teatro del Circo (se llama así porque en la Plaza del Rey, donde estaba ubicado, había un circo que en 1842 se convirtió en teatro, el primero de Madrid). Fue el marqués de Salamanca el encargado de reformarlo y de formar dos compañías, una de ópera y otra de bailables, así como una Academia de Coreografía para dicho teatro. Ello prueba el poder económico de la nueva nobleza.

Otros teatros a los que la nobleza asistía eran el de la Sociedad Liceo Artístico y Literario, en el Palacio de Villahermosa (en la Carrera de San Jerónimo esquina al Paseo del Prado) o el Teatro Buenavista, que funcionaba sólo por Pascua, en el Palacio del conde de Sástago (en la calle la Luna), etc. Teatros particulares que la nobleza tenía en el interior de sus palacios como es el caso del ya señalado duque de Osuna, el del duque de Híjar, el de Abrantes o el del duque de Frías.

 

 

 

punto05.JPG (3724 bytes)  El papel de las mujeres en la sociabilidad aristocrática.

En relación a las fiestas, cabe destacar el papel tan importante que jugaron las mujeres pertenecientes a los círculos aristocráticos. En la mayoría de los casos eran ellas las que organizaban este tipo de eventos. Estas mujeres, a duras penas desarrollaban tareas domésticas, sólo se dedicaban a supervisarlas, porque para ello estaba el servicio doméstico. De este modo, el mantenimiento de un elevado número de criados e incluso de acciones destinadas a la beneficencia también servían de expresión de su poder.

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El por qué de este hecho se debe a que si bien en el Antiguo Régimen la beneficencia era una labor que dependía del clero y la nobleza, con la pérdida del poder económico de esta, en el mundo liberal se creó un vacío en ese tipo de actividades. Vacío que fue ocupado por estas mujeres a través de la creación de la llamada "Junta de Damas", ya que la idea de que este tipo de empresas correspondía al Estado fue posterior.

De tal forma que, el tiempo libre lo dedicaban a su aseo personal y a sus compromisos sociales: aperitivos, paseos, comidas, bailes, educación de los hijos, que no a su crianza, puesto que dicha labor la desempeñaban las amas de cría.

En este sentido y en relación a todo el grupo nobiliario, no sólo a las mujeres, Larra señalaba que la principal dedicación de la nobleza era el ocio: ir a casa de tal o cual marquesa, pasear entre Atocha y Recoletos, … Si atendemos, de nuevo a las memorias de Fernández de Córdova podremos darnos cuenta no sólo de la frecuencia de las fiestas palaciegas, sino del papel de la mujeres en éstas, puesto que eran las que se encargaban de organizarlas. También es verdad, que aunque en los años cuarenta del siglo XIX se produce un resurgir de los salones llevados por las mujeres de la aristocracia, su decadencia en relación al siglo XVIII es un hecho.

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Respecto a la presencia del cuerpo diplomático dentro de los círculos aristocráticos madrileños, tenemos constancia de su papel en cuanto a la celebración de fiestas y bailes se refiere. Por ejemplo, el embajador de Rusia monsieur D’Ouvril invitaba a la alta sociedad madrileña a su casa, lo mismo hacía el embajador de Francia, el Marqués de Reyneval (aunque sus reuniones eran de mayor rigor en la etiqueta y falta de un ambiente de confianza), el conde de Brunetti, embajador de Austria (uno de los diplomáticos más influyentes que vivían en Madrid), o los príncipes de Pastrana, de la embajada de Nápoles.

A estos bailes también acudían los militares más destacados del momento, con su uniforme de corte (calzón corto, media de seda, zapato de hebillas y sombrero de tricornio de galón), caso del general Eguía (1750-1827). En especial, los militares solían ir a las tertulias del duque de Ahumada.

En estos salones se podía jugar a las cartas, al "monte", al "écarté" o al "tresillo", o bien se hablaba de política; esto los caballeros. Así, a Luis Fernández de Córdova, que era un favorito de Fernando VII, en las comidas que daba el duque de Osuna en su palacio, los demás invitados además de cederle el puesto, que no le correspondía a la derecha del duque mencionado (puesto que en estas reuniones se tenía especial miramiento hacia las personas de posición y de edad), le hacían hablar de política o de la "última chismografía de la Corte, o que revelase el secreto de alguna disposición del monarca relativa al personal femenino que prestaba sus servicios en el real palacio". En el palacio del conde de Puñonrostro, en la calle de Atocha, concurrían políticos de la talla de Martínez de la Rosa, Frías, Toreno, etc.

 

 punto05.JPG (3724 bytes) El Casino.

En relación a este tipo de tertulia, la nobleza también acudía al Casino, fundado en 1837 por lo más selecto de la sociedad madrileña. La creación del Casino respondió a la necesidad de los jóvenes de tener un punto céntrico de reunión y cita. Así se alquiló un cuarto principal en la calle de la Visitación, esquina a la del Príncipe. Allí se jugaba al carácter, al tresillo y al lasquenet. Luego, se le conoció con el apelativo "del príncipe", por haberse trasladado al número 14 de esa calle. Para finalmente ubicarse en la calle Alcalá tras haber estado también en la Carrera de San Jéronimo y en la Calle Sevilla. A este casino iba también lo más ilustre del ejército, la política y las letras para hablar de política, el Casino tenía un carácter distintivo.

En cuanto a los bailes de máscaras, su impulso se debe a los acontecidos en casa de la señora de Gayangos, entre 1836 y 1837, puesto que a partir de este momento empezaron a ponerse de moda este tipo de diversiones (también los celebrados en el Teatro Real). El motivo de su éxito se debió, entre otras cosas, al hecho de que si bien durante la última época del reinado de Fernando VII este tipo de bailes quedaron prohibidos, desde hacía tiempo el gobierno los venía permitiendo. Hecho que está muy en conexión con el gusto de los demás sectores sociales por celebrar este tipo de diversión.

Desde este punto de vista, en los meses de carnaval, la nobleza solía acudir a un gran salón, que se encontraba en la plazuela de Cervantes y que se conocía con el nombre de Santa Catalina. Más tarde, estas fiestas se trasladaron al Palacio de Villahermosa, cuando la reina gobernadora puso allí los salones del "Liceo". En este sentido, y en relación con la idea de los estrictos códigos de admisión, cabe señalar que para acceder a estos bailes era necesario llevar una invitación (billete) para evitar que "se mezclaran jóvenes de vida alegre". Existían además unas "reglas del juego": las damas tenían que llevar puestas toda la noche las respectivas caretas, algo que era infringido en las últimas horas de la noche según afirma Fernández de Córdova. Y es que no sólo en este tipo de diversiones o juegos existían normas, sino que "se llegaba hasta hacer un estudio para aprender la manera de penetrar en un salón, saludar, sentarse, etc.".

En otras épocas festivas del año, por ejemplo a la fiesta del Corpus, los condes de Oñate invitaban a sus amigos y parientes a asistir a su casa para poder ver desde los balcones, fastuosamente engalanados, las fiestas que se hacían frente a su palacio en la calle Mayor.

punto05.JPG (3724 bytes)  El Salón del Prado.

Saliendo ya del ámbito estrictamente privado, otra afición, que era común a todas las clases sociales del Madrid decimonónico, era el gusto por pasear; eso sí, cada grupo social tenía reservados sus propios espacios. En general, se paseaba por el Prado, el Retiro y Recoletos.

El Paseo del Prado fue el más frecuentado por su proximidad al Palacio del Retiro, destacando la parte denominada "Salón del Prado". Era el lugar en el que la nobleza exhibía su opulenta riqueza en las carrozas, luciendo las joyas las señoras o montando los mejores caballos los señores. Así, por ejemplo, el duque de Osuna o el duque de San Carlos, que montaban magníficos caballos, fueron de los primero "en Madrid que se presentaron en los paseos dirigiendo elegantes carruajes arrastrados por troncos ingleses".

Las clases aristocráticas eran las que tenían el privilegio de pasear por el Salón del Prado, aunque a nadie se le prohibía entrar allí; pero incluso dentro del mismo Salón había preferencias de clases y edad, que hacían conocer la riqueza del vestido de las señoras y el porte de las más jóvenes. Bajo ningún concepto se hubiera permitido invadir el Salón a las amas y criados con los niños que cuidaban.

Al lado del paseo de coches había una calle estrecha con bancos que llamaban el "gabinete". Este era el lugar de "exhibición" por excelencia, en el que el paseo se realizaba a pie y no en carruaje. Se solía pasear los domingos y días de fiesta desde la una, después de misa, hasta las cuatro o cuatro y media, cuando se iba a comer.

 punto05.JPG (3724 bytes) Los toros.

Otro de los espacios de la representación social del Madrid del siglo XIX era la asistencia a la plaza de toros. Era una de las principales atracciones de la época, pero también, y no menos importante, era un espacio privilegiado para la exhibición del estatus social. La nobleza, en la cúspide de la buena sociedad, ocupaba un lugar destacado en la plaza de toros, con sus palcos reservados donde las señoras lucían sus mejores galas y las noticias y chismes corrían de palco en palco. Angel Bahamonde y Luis Enrique Otero Carvajal en la biogafía del marqués de Mudela señalan al respecto, en su vejez: "En el caso del viudo, el palacio símbolo de la representación del estatus social no funciona generalmente como el espacio de la representación social; es decir, no funciona como salón abierto, lo que reduce considerablemente el gasto suntuario. El espacio de la representación social se vuelca hacia el exterior, de ahi la amplia panoplia de carruajes de Francisco de las Rivas. De hecho no renuncio a los actos sociales, bien fueran los toros, en donde se encontraba el día de su fallecimiento; la zarzuela, donde disponía de un palco en propiedad; o su asistencia a fiestas y tertulias en cafés u otros salones abiertos, como demuestran los ecos que su fallecimiento tuvo en la primera fiesta que celebró la duquesa viuda de Medinaceli en su palacio después de varios años de estar cerrado por el luto y en el que se reunió la flor y nata de la elite madrileña de la Restauración.. [la prensa de la época recogió así la noticia del óbito) víctima de una apoplejía fallecio anteayer en esta corte el señor marqués de Santa Cruz de Mudela. Hallándose en los toros se sintio mal: tomó el coche para regresar a su casa; subió a su habitación sin gran molestia, séntose en un sófa para descansar, y a los pocos segundos era cadáver".

Para finalizar, si nos atenemos al testimonio de un espectador taurino del momento, Pascual Millán, otro de los pasatiempos de este sector social era acudir a los toros, el espectáculo madrileño por excelencia. Con toros se celebraban bodas regias como la de Alfonso XII y Mercedes relatada por Benito Pérez Galdós en su obra Cánovas, así como los grandes acontecimientos públicos. En los toros "había representado de todo. Las clases sociales desde las más elevadas hasta las más pobres (…), lo mismo las primeras jerarquías de la nación como el más humilde jornalero, asisten a las corridas con igual entusiasmo, y al entrar en la plaza las categorías se borran, no hay más que aficionados y un espíritu esencialmente democrático reina en la fiesta".

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