Madrid siglos XIX y XX

En esta web se encuentran los trabajos realizados por los alumnos de la asignatura Historia de Madrid en la edad contemporánea.

Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid, curso 1998-1999,

impartida por Luis Enrique Otero Carvajal, profesor titular de Historia Contemporánea de la UCM.

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Bienvenidos

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Madrid espacio metropolitano

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Realizada por:

Pablo César Carmona Pascual

Amador Fernández-Savater

Indice

Introducción a la metrópoli.

El "urbanícola": individuo o ciudadano.

El hecho metropolitano.

El planeta urbano.

La ciudad en activa.

La ciudad en pasiva.

La okupación como experiencia liberadora.

¿Qué es okupar un espacio?.

La intervención urbana.

La okupación como la creación vital de un mundo.

Y llega el fin... el desalojo.

El nuevo Plan General de Ordenación Urbana.

Un Plan para especular.

Un modelo insostenible de ciudad.

La propuesta de transporte del NPG hace a la ciudad más insostenible.

Un Plan para que todo siga peor.

La espectacularización de la ciudad.

 

INTRODUCCIÓN A LA METRÓPOLI

La metrópoli, término que aplicaremos a todas y cada una de las grandes urbes del planeta por las implicaciones colonialistas que posee el término, tiene un significado territorial muy concreto que podemos centrar en dos claros planos, a saber; la metrópoli como concreción territorial de una política de funcionalidad económica en su política interna (gestión de lo local ) y el que se refiere a los aspectos que encontramos fuera de la metrópoli y que dividiremos por activa y por pasiva dentro de un ambiente de "espacio-mundo" coordinado y subordinado.

Los problemas de la ciudad son los problemas del mercado, la metrópoli es un gran mercado en el que todo, absolutamente todo, ha adquirido un valor de cambio y en el que también las personas han adquirido un precio de mercado hasta el límite de tener imposición fiscal como mercancía laboral, incluso con "stock".

EL "URBANÍCOLA" : Individuo o ciudadano

Es la expresión de la pieza básica de la metrópoli, las personas que están integradas dentro del marco socio-espacial de la urbe. Es evidente que, como todo en la ciudad, el urbanícola se sitúa en el territorio según su funcionalidad urbana, porque dentro de la urbe toda persona está tasada en tanto su valor como pieza de producción y consumo.

El urbanícola es un luchador por el espacio metropolitano en el marco de la jerarquía espacio-social del territorio. Ante este problema, algo que trataremos más ampliamente en la parte dedicada a la crítica del urbanismo y en particualr del plan general de urbanismo de Madrid, nos presentamos frente a los movimientos sociales que intentan desarticular esta forma de entender la ciudad, basados ante todo en el problema de la marginalidad y la exclusión social que crea la "economía de mercado y/o capitalista" por medio de la sustitución de la necesidad por el consumo y de la satisfacción de la necesidad por la producción. Así trataremos de forma somera la okupación como forma de reapropiación liberadora del espacio y de los deseos por medio de la destrucción de la propiedad privada y como forma de revalidación del deseo y la necesidad.

Otro aspecto importante, aunque nosotros no lo ampliaremos en esta exposición, es el valor de la presión social de los "urbanícolas", una forma de relación patentada por los individuos-ciudadanos en el marco de la competitividad de poderes del mercado como posible forma - intuimos - de superar las tensiones creadas antaño en las ciudades por la conciencia de clase o por movimientos que vindicaban nuevas formas humanas de vida en la urbe y que hoy están en período recesivo.

EL HECHO METROPOLITANO

Como ya advertíamos - la ciudad es un ente funcional - donde todo se encuadra en lo económico, es la máxima expresión de la economía de mercado. En este mercado lo que prima es, sin lugar a dudas, la distribución del espacio, algo que encontramos en la gestión planificada del suelo ( luego atenderemos al Nuevo Plan general de urbanismo de Madrid ) para un fin determinado y que es la producción de beneficio - a pesar incluso del valor -.

La producción de beneficio no es más que la organización sistemática del territorio de forma que llegue a producir, por medio de su distribución, como espacio de producción y reproducción a escala local de lo macroeconómico y de las relaciones del mercado.

En este marco, algo de lo que nos ocuparemos más detalladamente, la metrópoli utiliza mecanismos de planificación urbanística que le permitan calificar el terreno en función de un gran número de variables de funcionalidad que permiten jerarquizar el espacio disponible.

El espacio por tanto reproduce claramente, al ser una jerarquización funcional del suelo-mercancía , el "mapa" del hecho social sobre el territorio, algo que se traduce en espacios jerarquizados y segregados de la circulación de mercancías en el ámbito metropolitano. Pese a esto nos quedaría el factor integrador de este mecanismo, este factor es el precio, el valor monetario que se da a este espacio-mercancía. El precio que en el caso del hecho urbano está basado no en un beneficio de producción, sino en un beneficio especulativo, esto es una obtención de beneficios sin producción de valor. Esta especulación es la que realmente mueve, por medio de la negociación de lo abstracto y lo futurible, los precios base de relación de esta tensión especulativa.

EL PLANETA URBANO

Es obvio que vivimos en un planeta articulado en torno a grandes ciudades, algo que ha hecho configurar una red de comunicación y unas redes regionales que hacen de la ciudad el sujeto y el objeto de la articulación del sistema económico mundial. Por esto trataremos de dividir la actuación urbana en las dos partes de las que consta; la parte activa y la parte pasiva, dos segmentos que pueden ser estudiados de forma separada pero que toman sentido pleno en su interrelación.

La ciudad en activa

La ciudad articula en su entorno unas redes regionales primarias destinadas a abastecerla de: alimentos (vegetales, carnes y pescados); en este terreno encontramos la dicotomía campo-ciudad, lo que obliga al entorno de las urbes a organizarse en función de las necesidades de la ciudad, que es una "máquina devoradora de alimentos". A lo agrícola se unen los sectores secundarios, articulados en el mundo entero para fabricar todo lo necesario para la vida de las "urbanícolas" que, como no, también derrochan manufacturas y energía a un ritmo insostenible. En tercer lugar, los sectores terciarios también se sitúan estratégicamente para cubrir el ocio extramuros de las urbes, incluso el mapa ecológico es cambiado en función de los desechos urbanos y del consumo "urbanícola".

En definitiva podemos ver, a través de esta breve reflexión sobre la ciudad "omnívora", que todo el territorio se articula en el marco de la organización urbana y de las necesidades de las ciudades, pues es en las ciudades donde, como dirían los "geógrafos electorales" , donde se encuentran los votos que dan el poder político y sobre todo donde se encuentran los centros del "poder económico".

La ciudad en pasiva

En un tercer marco la ciudad es articulada dentro de una superestructura de grandes urbes que, por medio de mecanismos de competitividad en la capacidad de gestión-acción de su funcionalidad en el marco de lo local, lo regional, lo nacional y lo internacional, se enmarcan en claras jerarquías de poder que llegan dictadas por un cúmulo de factores externos e internos que hacen de la ciudad un ente al servicio de los devenires del "mercado global".

La jerarquía metrolitana por tanto es la red básica de sustentación del sistema económico que las configura y que ellas al tiempo configuran. Su unión se hace efectiva en redes de comunicación telemáticas o telecomunicativas que unen, en forma de nodos, a todas las grandes urbes al tiempo que crean formas de control y gestión de la información que circula como una mercancía más que es consumida, de forma masiva entre los "urbanícolas".

El fenómeno urbano en este aspecto se ciñe -creemos que bien- al modelo propuesto por los autores denominados neomarxistas. En este aspecto, y dentro de la propuesta de Inmanuel Wallernstein, debemos mencionar, para concretar el problema de la jerarquización de las urbes, la obra de Gunder Frank en torno al "Desarrollo del subdesarrollo" que asigna a cada urbe una composición dentro del esquema centro-periferia un doble valor central y periférico al mismo tiempo. Este problema es fácilmente solucionable si comprendemos que las urbes pueden ser al mismo tiempo centro regional, como antes explicábamos, y periferia en tanto le corresponda un lugar subordinado dentro del esquema jerárquico de las ciudades en el marco de la "Economía Mundo ".

Aunque indagar más en esta dirección se escaparía de nuestro objeto de estudio no nos resignamos a plantearnos alguna cuestión de fondo, a comprender : ¿Existe una ciudad directriz de la dinámica centro controladora de los designios de las redes económicas y de información? ¿podríamos establecer la categoría periferia en ciudades de rol centro en relación a otras ciudades?, sin duda son preguntas que nos gustaría responder, pero quizás el encontrarles solución sería entrar en el Reino del Dios-Dinero, y la religión nunca atendió a "razones".

LA OKUPACIÓN COMO EXPERIENCIA LIBERADORA

Dentro de la problemática de la Metrópoli nos encontramos con las experiencias anarquizantes de las okupaciones del espacio y del tiempo como forma de contestación colectiva a los problemas que crea la planificación de la propiedad privada y la gestión del territorio por medio de los mecanismos del mercado del suelo, de la especulación.

¿Qué es okupar un espacio?

Labo002.jpg (23811 bytes)Okupar es tomar posesión por el uso (valor de uso y no de cambio) de un espacio para subvertir las relaciones de desigualdad que devienen del dudoso derecho a la propiedad privada. Es una expropiación por el uso de los espacios que el sistema de especulación, típico de las urbes, impone a la sociedad sin importar las necesidades vitales de las personas, sobre todo la necesidad a una vivienda y la no menos importante capacidad de vivir de acuerdo a los deseos íntimos del uso del tiempo de la persona más allá de las imposiciones externas a las que sean sometidas como "urbanícolas".

Entrar en fábricas, casas, pueblos y en todo tipo de espacio abandonado a las suertes especulativas se convierte en un afán por liberar de las garras del mercado no solo el espacio okupado, sino también reapropiarse de gran parte de la vida expropiada en forma de obligación, inercia o salario.

"Vivir es resistirse al poder sin esperar nada. Dicho más claramente. Es la ilegalidad más o menos masificada asociada a la situación provisional y sin futuro la que proyectada socava las formas actuales de ejercicio del poder " (López Petit). La okupación entra en esta dinámica, pero también plantea desde una forma de acción y organización antiautoritaria nuevos planteamientos de lucha, es un método de lucha para experimentar futuras formas de vida. "Un discurso "sabio" y "poderoso" sobre la sociedad, exige ir más allá, atravesar los límites, transgredir las clausuras. Porque en este momento aún está todo por pensar" (Jesús ibañez)

La intervención urbana

Las okupaciones suelen provocar graves problemas en el desarrollo de la normalidad urbana, porque una okupación, dada su ilegalidad, paraliza de cierta manera el normal desarrollo de la compra-venta de inmuebles.

Labo007.jpg (25644 bytes)Es necesario por tanto cuestionarse varios problemas que plantea la okupación al orden metropolitano y que deben ser planteados al tiempo que se indaga más en cada una de esas posturas, pues no son, ni mucho menos, términos cerrados o estrategias ya acabadas, son una más de muchas estartegias inacabadas que pretenden retozar juntas para experimentar formas de lucha y vida libertarias.

"Es así como el espacio imaginario se duplica en espacio alternativo. Si es cierto que el movimiento juvenil de carácter popular (... ). Es el primero en tener constancia de que la lucha social requiere un espacio y un tiempo propios, y que la elaboración de contextos y construcción de situaciones ha encontrado en la casa okupada la miniatura encantada que aspira a encantar el mundo". (Karen Eliot)

Como ya veíamos en la introducción, la Metrópoli tiene en la funcionalidad de todos sus espacios en pos de la producción y el consumo su finalidad absoluta, el burgo es, sin duda alguna, el territorio de los comerciantes. La okupación, enemiga del sistema de cambio, renegona del dinero y recuperadora del uso de las cosas no busca mercancías, busca útiles, herramientas que permitan vivir peleando y pelear viviendo, conjugar una vida libertaria con una lucha libertaria sin pasar por el altar, ni por el juzgado.

No creer es un principio a seguir en la lucha social, en la okupación como tal, en el divertido trabajo de subvertir el orden urbano, "recalificar" los espacios en todo lo ancho y largo del término, volver a ser gamberros en una urbe de mutantes donde todo es plusvalía para el capital. Porque okupar no es un derecho, es un deseo, una forma de rebelión que añora una subversión definitiva y practica una subversión permanente.

Labo010.jpg (13475 bytes)"En los Centros sociales okupados se encuentran las periferias del vivir insumiso. En ellos tratamos de crear espacios donde nada está previamente definido, demostrar que hay posibilidad de romper con las formas dominantes de la metrópoli capitalista; dentro o fuera de la ciudad, en okupas urbanas o rurales, constituir espacios de libertad, autogestión, investigación, reapropiarnos de nuestra capacidad de producción social y material. En ellos producimos otra subjetividad, otras formas de individualidad, capaces de sostenerse sobre la cooperación y que se manifiestan en otro tipo de relaciones sociales y personales, respetuosas y conscientes de sus diferencias. Una política diabólica que tratan de arrojar a los márgenes del sistema : unos márgenes no siempre vividos como algo dramático, sino como un espacio de autodeterminación y autogestión, donde el consumo no es el elemento, espacios donde estar sin consumir, espacios de encuentro y de lucha, donde la comunicación tiene otras formas que la oral y la escrita, espacios de intercambio y de trueque, donde el dinero pierde el monopolio del valor y del cambio" (Mi amigo Yo)

La articulación de los espacios, la subversión del espacio-tiempo urbano es sincrónica; la okupación del tiempo, la okupación del espacio por tanto son equivalentes a la reapropiación del tiempo y la reapropiación del espacio, pero no un tiempo cualquiera o de un espacio cualquiera, un tiempo y un espacio que se nos había expropiado a nosotros, los expropiados de esta urbe de expropiadores y expropiados, de esta ciudad, como todas las ciudades de personas-mercancía en la que cada vez quedan menos clases de personas, yo diría que fundamentalmente dos: los especuladores y los "especulados".

Pero no me gustaría irme de esta casa en la que tuve sueños que se escapan del psicoanálisis sin defenderla como defendería mi vida, porque por unos momentos conseguí no "ser especulado" y conseguí especular con mis deseos y creencias, con mi teoría de persona libertaria que quiso, por unos instantes, no ser especulado y concebir las luchas de forma clara para subvertir su orden.

La okupación como creación vital de un mundo

Labo005.jpg (23218 bytes)Hemos intentado ir definiendo el estatuto de la okupación acercándolo a una forma de reapropiación y a una forma de resistencia. Parece claro, por lo anterior, que la okupación se sitúa más allá de la reivindicación pero también de lo que podría ser un mero gesto ejemplar. Adelantemos nuestra tesis : la okupación es una propuesta política crítica y radical adecuada a la forma actual de producción autoreferencial que ha hecho de la realidad algo cada vez más evanescente. ¿Cómo debe ser pues pensando el estatuto de la okupación? Simplemente a partir del gesto dadaísta. Es conocido que el gesto por excelencia consistía en decir "esto es arte" ante un urinario o ante una rueda de bicicleta. De esta manera, la creación artística se desvelaba solamente como una estrategia de neutralización mediante la cual se liberaba un objeto de toda su referencia de su valor de uso. Las consecuencias subversivas de este acto sobre la institución de arte eran evidentes. Todo el mundo podía ser artista y además todo era arte. Esto no impediría, sin embargo, que la emancipación de la mercancía al convertirse en ready-made, fuese verdaderamente definitiva.

Como es bien sabido el urinario y la bicicleta acabarían dentro de un museo. Si la frase que abre a la subversión artística se resume en "esto es arte" la frase "esto es un espacio de vida" sería la que dicha colectivamente abriría hoy la subversión política. En el devenir evanescente de la realidad con la compresión creciente del espacio-tiempo, en la compleja circularidad y coincidencia del proceso de producción de mercancías y del proceso de producción y reproducción de la vida, la afirmación "esto es un espacio de vida ( o liberado)" constituye una estrageia de neutralización de todos los códigos del sistema. Evidentemente el camino que abre esta vía mo es garantía de nada, como tampoco nada evitaría la recuperación del gesto dadaista.

Lo que es indudable es que dicha vía de neutralización debe ser retomada en la actualidad, y que la unilateralización - entendida simplemente como un operador que interrumpe y, a la vez, multiplica las dimensiones de la realidad - podría ser una buena reformulación. La okupación no dualiza lo real porque no despliega antagonismo.

Labo024.jpg (17897 bytes)Estamos más allá de la dialéctica. La okupación es el resultado de la unilateralización de una situación : la interrupción de las relaciones de poder, explotación y sentido mediante la desocupación activa y, en el mismo instante, la apertura y anclaje de un mundo. Porque con ella se abre la posibilidad de una crítica efectiva de la vida cotidiana. Y no tanto por el hecho de que el tiempo se recoja en el instante y todo parezca intensificarse, sino poque en este mundo que tiene la ilegalidad en su centro es factible vivir las vidas paralelas no vividas.

Como conclusión digamos que no tiene sentido alguno buscar cuál es el sujeto del movimiento de okupación, y que pensar en estos términos está está abocado al fracaso. Unos amigos afirman que: "Cualquier colectivo, grupo de afinidad, plataforma...- puede desobedecer el mando y entrar en las líneas de actuación que quiebran la legalidad desde la legitimidad y las ganas de libertad: puede okupar, ser insumiso/a, hacer objeción fiscal, abstenerse en el trabajo, participar en huelgas salvajes, hurtar en los supermercados, colarse en el metro - como formas de apropiación del tiempo de vida". Si la okupación deja a un lado la tradicional problema del sujeto - el sujeto solo puede ser ya un sujeto imposible, es decir, insoportable para el poder y respecto de sí mismo-.

Y llega el fin... el desalojo

Porque los especuladores, la metrópoli, cuentan tarde o temprano con todos los espacios disponibles, en especial de los espacios okupados, para recuperar el tiempo perdido, especular con lo que trató de derribar su mercadillo de gentes y espacios "especulados". Y como respuesta a ese intento de derribo suelen derribar los edificios desalojados, como si el espacio que fue okupado tuviese un cierto tufo a autenticidad, a eterna reapropiación, símbolo y monumento a lo posible.

karakol1.jpg (19468 bytes)Y son ellos, los especuladores, los que se sorprenden cuando los especulados se alzan en defensa de aquel espacio de dignidad que quieren expropiarles, porque aun no comprenden que no se defiende solo un espacio, un simple edificio, se defiende un modo de entender las cosas, un tiempo en el que hacer las cosas y un modo de hacerlas y, por supuesto, un espacio donde soñarlas y realizarlas.

Es sorprendente ver el modo de actuación del resto de los especulados, que felices en su envoltorio de regalo o bajo su cartel de oferta o incluso el que, como sucede hoy, les pone en rebajas, defienden a los especuladores y, en muchos casos les envidian, porque en el fondo añoran especular con su vecino. Y sus sueños son ser pesadilla de sus competidores, de aquellos que se venden más barato que él y le quitan el especulador que él mismo deseaba para poder estar especulando en su casa, especulando con su tele, especulando con sus hijos o en su coche, porque fuera de su celda, donde él es su propio especulador, no deja de ser un "especulado" como otro cualquiera, igual que otro cualquiera.

Así se nota que, cuando un espacio okupado es desalojado, llega a la metrópoli la Tramontana, un viento frío y huracanado que subvierte el espacio urbano; corta sus arterias y no permite que su sangre circule, congela el tiempo para que el ambiente se cargue con columnas de humo, y forma tifones que desprenden pedruscos tales que las sucursales de los especuladores abren sus puertas y ventanas para que en un futuro, no muy lejano, sean también okupadas, porque recuerdan que se ha de maldecir esa normalidad especuladora que nos mantiene siempre igual, siempre iguales.

EL NUEVO PLAN GENERAL DE ORDENACION URBANA

UN PLAN PARA ESPECULAR.

El Nuevo Plan General de Urbanismo (NPG) del Ayuntamiento de Madrid inauguró su oficina de la calle Arturo Soria allá por el año 1992. Con motivo de este evento las arcas municipales han destinado a su redacción y divulgación más de 2000 millones de pesetas. Desde entonces los allí contratados se supone que han estado dibujando y solucionando la vida a l@s madrileñ@s para el futuro.

Los instrumentos de Planeamiento, en este caso un Plan General, parecen en un principio presentarse a la opinión pública con una aureola de participación y de objetividad. Debe quedar claro que el Planeamiento es un mecanismo para encauzar las demandas no de la mayoría de l@s ciudadan@s sino para hacer realidad las demandas de los "agentes de suelo", demandas que buscan únicamente el incremento de sus beneficios a través de las plusvalías generadas por la recalificación de suelo: esto es lo que se conoce como "especulación".

El NPG y los diferentes Planes Generales que se están gestando en otras ciudades del Estado español, se han visto invadidos por ideas comunes: búsqueda de la competitividad entre ciudades en el contexto internacional y europeo, predisposición a la penetración de la globalidad para lo cual será necesaria una dotación en infraestructuras y en equipamientos que permitan la presencia de ese capital internacional, lo que hace que se prioricen objetivos lejos de los intereses de sus habitantes y completamente acordes con las necesidades de esos intereses transnacionales.

Si a esto añadimos las medidas liberalizadoras de suelo aprobadas por el Gobierno del Partido Popular el 7 de junio de 1996, por las que se suprime la diferencia que existía entre suelo no programado y se pierde un 5% en la cesión de suelo para equipamientos (de un 15% se ha pasado a un 10%) que deberán dejar los constructores a finalidades públicas (colegios, centros de salud, etc.); entonces vemos claramente que los instrumentos de planeamiento cada vez están más al servicio por un lado, de los agentes locales de suelo cuyo único objetivo es la especulación y por otro, al del capital transnacional que busca situaciones estratégicas y privilegiadas para poder desarrollar sus intereses.

En este contexto ¿dónde podemos situar a l@s ciudadan@s madrileñ@s? ¿dónde ha quedado el Plan Participado del que el Ayuntamiento hizo tanto gala?...

La participación urbanística puede ser en ocasiones un mecanismo muy útil para que los habitantes de una ciudad puedan expresar sus reivindicaciones en materia de equipamientos, de vivienda, de transporte, etc. Las fórmulas y métodos para poderlo hacer son variadas, se han ensayado distintas maneras, el Plan anterior de 1985, a pesar de sus lagunas fue un Plan mucho más participado en su gestación, las asociaciones vecinales tuvieron un papel decisivo a finales de los 70 y comienzo de los 80 para poder demandar las necesidades que tenían, los técnicos se acercaron a los barrios a explicar y modificar los planes.

En esta ocasión las 2.000 alegaciones que ha tenido el NPG han debido de servir única y exclusivamente para archivar el gran volumen de papel y contestar a todas ellas con una carta modelo; sin embargo, sabemos que sí han modificado con lápiz y goma de borrar todas aquellas reivindicaciones de propietarios de suelo que han reivindicado una recalificación de su solar o que han pedido un incremento de su volumen edificatorio. A esto deben referirse los representantes municipales cuando hablan de un Plan Participado.

Un modelo insostenible de ciudad.

Este NPG refleja en todos sus apartados una gran contradicción entre su declaración de intenciones y las propuestas concretas. De este modo podemos llegar a leer en su documento sobre criterios y objetivos la siguiente afirmación: "La Política medioambiental se ha convertido en una de las más necesarias estrategias urbanas en la época actual en la que la creciente concienciación a este respecto lleva a los Gobiernos a poner en entredicho las bases del modelo económico internacional".

Unas líneas más adelante se observa cómo esta idea dista mucho de ponerse en práctica e incorporarse al planeamiento y se dice con claridad: "La intervención cotidiana en la ciudad, pública o privada, se caracteriza por la primacía de actitudes sectoriales, impuesta por la urgencia de los problemas a resolver o la rentabilidad económica o política a corto plazo". En este sentido el Plan tiene como objetivo casi exclusivo "agotar" el suelo del término municipal de Madrid; agotar sin motivo un bien "finito" como es el territorio (para especular, claro está) demuestra la incapacidad de aplicar un concepto de desarrollo sostenible que no suponga el consumo indiscriminado de recursos no renovables.

Se intenta por lo tanto con este Plan construir una ciudad donde todo esté urbanizado. En este sentido no debemos olvidar la interrelación que existe entre los objetivos del NPG y los de otros instrumentos de planeamiento a otras escalas; estamos refiríéndonos al Plan Director de Infraestructuras diseñado por el Ministro de Obras Públicas José Borrell en 1993, o el Plan Regional de la Comunidad de Madrid, todos ellos orquestados acompasadamente por las estrategias que se dictan desde el Libro Blanco de Delors para conseguir los objetivos de convergencia, y a su vez con la batuta imprescindible de los organismos internacionales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Organización para la Cooperación y el Desarrollo en Europa y Organización Mundial del Comercio), guiados todos ellos por las necesidades del gran capital internacional, para los que el Estado español no deja de ser una delegación más en la inmensidad del planeta.

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Este capital internacional demanda de los países objetivo de ubicación, no recursos naturales para explotar sino otra serie de componentes entre los que se encuentran:

punto05.JPG (3724 bytes) Mano de obra concienciada con el cumplimiento de los índices de convergencia: sumisa y obediente.

punto05.JPG (3724 bytes) Suelo para ubicar delegaciones sin necesidad de una relación a largo plazo, para lo cual el suelo deberá ser lo más barato posible (por lo tanto la oferta de este suelo deberá estar alejada de los núcleos centrales de las ciudades y devora territorio)

punto05.JPG (3724 bytes) Suelo barato, pero eso sí dotado de accesibilidad de transporte de alta velocidad, es decir, cercano a las grandes infraestructuras de gran capacidad (nudos de autopista o autovía) y bien comunicado con grandes puertos o aeropuertos.

Parece que el modelo territorial que se nos impone vislumbra un modelo económico que es el que realmente determina la concepción del Nuevo Plan General.

Una idea que se expresa continuamente en el NPG es la de la "competitividad" de la ciudad, es decir la necesidad de estar preparada para que esos capitales internacionales que pululan en la globalidad del planeta vean recursos suficientemente atractivos en la ciudad de Madrid como para poder ubicarse en su espacio urbano. La desesperación de la Administración debe ser inmensa cuando desde el aparato burocrático europeo se califica a la ciudad de Madrid como la menos dotada de infraestructuras, la que padece mayor congestión viaria o la que más sucia está; porque lo que ocurre es que a pesar de los esfuerzos no dejamos de ser más que una ciudad de segunda categoría, poco interesante para los capitales financieros internacionales.

Por lo tanto este Plan no consigue su objetivo, y tampoco consigue contentar a l@s propi@s ciudadan@s madrileñ@s que padecen los resultados negativos de este modelo de ciudad. Este sistema territorial se basa en dos pilares fundamentales: por un lado en una red sobredimensionada de infraestructuras de transporte de gran capacidad y por otro en una política de vivienda apoyada en recalificaciones masivas de suelo, aspectos ambos que desarrollaremos a continuación.

La propuesta de transporte del NPG hace a la ciudad más insostenible.

La política de tranportes para el futuro se basa casi exclusivamente en el fomento del vehículo privado a través de la construcción de más infraestructuras para el automóvil.

Se generaliza sobre la ampliación de la red de Metro, sin hacer estudios pormenorizados sobre la demanda real en cada una de las situaciones; de tal forma que en algunos casos la necesidad de sobredimensionar la red ( Hay que tener en cuenta que un kilómetro de Metro cuesta más de 4000 millones de pesetas y que su impacto ambiental es muy significativo. En este despilfarro económico las constructoras encuentran una buena fuente de ingresos.) es una forma encubierta de volver a dar valor a partes del territorio que no estaban dotados de transporte, mientras otras áreas ya consolidadas carecen de una dotación suficientemente accesible.

En la línea de seguir fomentando el transporte en vehículo privado se diseñan aparcamientos "disuasorios" en destino (que curiosamente se encuentran localizados en el interior de la M-30), de escasa y dudosa utilidad, ya que los ciudadanos de la periferia que se trasladan a la capital en automóvil es bien probable que decidan llevarlo directamente a su lugar de destino.

Y por último hay una falta de sensibilidad total y absoluta a los modos de desplazamiento no motorizados, el andar o utilizar la bicicleta para nuestros desplazamientos cotidianos son las formas más ecológicas de trasladarnos, pero a las que el Ayuntamiento de Madrid no presta ninguna atención.

Un Plan para que todo siga peor.

Es curioso que para justificar la propuesta del NPG, se realiza un análisis de la evolución de la población madrileña para el siglo XXI, en la que se espera equilibrar los efectivos demográficos.

Se dice que se necesitarán entre 1993 y el año 2000 más de 150.000 viviendas nuevas como consecuencia de los nuevos emparejamientos, de tal forma que se propone realizar 20.000 viviendas al año durante estos 7 años. Este planteamiento es de ciencia ficción.

Recordemos que durante los pasados años del "boom inmobiliario" en la ciudad de Madrid no se superó el ritmo de 5.000 viviendas al año, y ahora se pretende incrementar el número de viviendas, en un momento de crisis económica y con un nivel de precariedad laboral entre los jóvenes desconocido en otros momentos, a lo que habría que añadir el descenso demográfico que experimenta, ya no solo el Ayuntamiento madrileño, sino el conjunto de la Comunidad Autónoma.

Nos preguntamos, ¿de dónde saldrán los futuros compradores de esas potenciales viviendas nuevas? ¿es que una expedición marciana nos sacará de este callejón sin salida, o serán las hordas de los "cachorros del PP" las que se reproducirán sin límite para dar solución al problema?

Mientras tanto, los colectivos verdaderamente necesitados de vivienda siguen sin solucionar su problema; no se hacen propuestas que potencien el uso residencial del patrimonio existente (más de 150.000 viviendas vacías en el Municipio de Madrid), que daría una solución real en muchas ocasiones a los problemas de alojamiento.

De cumplirse las previsiones de crecimiento en lo referente a transporte y vivienda para el Madrid del siglo XXI, nuestra ciudad se convertirá en un claro foco de insostenibilidad. Este es un modelo energéticamente despilfarrador y consumidor del escaso espacio libre del municipio.

LA ESPECTACULARIZACIÓN DE LA CIUDAD

El significado de la "ciudad" atraviesa hoy una aguda crisis; tanto es así que podríamos decir que "la ciudad gusta de ocultarse". Hay quien incluso piensa que la ciudad se ha ocultado de modo casi total, y ello en un sentido principalmente: la desaparición de la ciudad se refiere a la ciudad en cuanto textura urbana de espacio público como medio de comunicación física o concreta y social. "Si todas las fuerzas técnicas de la economía capitalistas deben ser comprendidas como operantes de separaciones, en el caso del urbanismo, tratamiento del suelo que conviene a su despliegue, nos enfrentamos con el equipamiento de su base general ; de la técnica misma de la separación" (Debord).

Naturalmente, el primer factor que parece determinante en este proceso de "disolución" de la ciudad es el crecimiento cuantitativo de las edificaciones y la densidad demográfica. Suponemos que una aldea "antigua" o medieval sus dimensiones escasas y su escala forzosamente peatonal convertían la orientación en el espacio es algo perfectamente natural, algo que podría lograrse fácilmente sin mayor ayuda que la proporcionada por el uso de los órganos sensoriales y sin necesidad de focalización, conformándose con una "atención dispersa". El sistema de comunicación física a través de la ciudad no parece presentar, en esos casos, ninguna dificultad: las vías son fáciles de recorrer y fáciles de imaginar (y de recordar), los lugares son fáciles de identificar porque sus funciones son fáciles sentir. La escala peatonal, las calles estrechas y las plazas cerradas y bien abrigadas sugieren el espacio de la calle como lugar de encuentro, comunicación social y conversación.

A medida que la ciudad crece, se producen dos fenómenos obvios: primero, se extiende en el espacio; segundo, se convierte en aglomeración de personas, edificios y viviendas. Las consecuencias del primer fenómeno se hacen manifiestas si lo llevamos a su extremo: cuando el espacio ocupado por la ciudad es tan grande que ya ningún peatón puede recorrerlo (ni tiene porque hacerlo) en un mismo "paseo"; imaginar (y recordar) las vías de la ciudad se convierte entonces en una tarea "difícil" -a veces en una misión imposible para la cual se necesitan mapas o planos, del mismo modo que se necesitan "itinerarios" para planificar los "viajes" a través de la ciudad . No es necesario hacer notar el modo en que las cosas se complican cuando, para compensar el gasto excesivo de tiempo que implica la extensión del espacio, las ciudades se abren al espacio motorizado que sustituye a la "tracción animal": el aumento de la velocidad en los recorridos promueve una mayor extensión espacial de la ciudad y eleva a la enésima potencia los problemas de orientación cartográfica, además de cambiar por completo la fisionomía urbana al convertir la vieja ciudad en una inmensa red de carreteras y aparcamientos , y al suscitar un nuevo tipo de construcción a escala automovilística.

Por otra parte, la concentración masiva de personas en las ciudades no tiene por único efecto el anonimato generalizado, sino también el surgimiento de toda una serie de necesidades nuevas, desde la estricta designación de las calles por nombres , y la numeración de casa y pisos, hasta la supresión de los "signos naturales" que permitían reconocer la función de los lugares (como, por ejemplo, los olores que anunciaban las confiterías y las cuadras, y que ahora ponen en peligro la salud pública); de entre esas nuevas necesidades, dos serían especialmente dignas de destacarse: en primer lugar, la necesidad de proveer a la ciudad de grandes espacios de capacidad multitudinaria, desde los palacios deportivos hasta los grandes almacenes, pasando por los hipermercados y los hoteles ("los momentos de reorganización inconclusa del tejido urbano,-dice Debord-, se polarizan pasajeramente alrededor de las "fábricas de distribución" que son esos gigantescos hipermercados que se alzan sobre un campo abierto, con un "parking" con pedestal y estos templos de consumo precipitado están a su vez en fuga en el movimiento centrífugo, que los rechaza a medida que se convierten, a su vez, en centros secundarios sobrecargados, porque han ocasionado una recomposición parcial de la aglomeración"); y en segundo lugar, la necesidad de asegurar nuevas formas de "comunicación social" que sean viables en el nuevo paisaje urbano que ya no admite convocatorias de "asamblea general" de toda la población ni permite confiar en la exposición de carteles, y en donde la voz de los delegados en cuestión sería inmediatamente sofocada por el fragor del claxon.

El primer resultado de esta situación ha sido, por tanto, la desaparición de la ciudad imaginada, recordada y sentida; y esto vale tanto para los grandes espacios exteriores (avenidas, calles, autopistas, etc.) como para los grandes espacios interiores (grandes almacenes, hoteles, aeropuertos). El espacio sensible o concreto ha sido sustituido por un espacio abstracto definido por sus señales. "Por primera vez, una nueva arquitectura, que en cada época anterior estaba reservada a la satisfacción de las clases dominantes, se encuentra directamente destinada a los pobres. La miseria formal y la extensión gigantesca de esta nueva experiencia de habitat proviene conjuntamente de su carácter de masa, que está a la vez implicado a la vez por su destinación y por las condiciones modernas de la construcción. La decisión autoritaria, que ordena abstractamente el territorio en territorio de la abstracción, está evidentemente en el centro de estas condiciones modernas de construcción" (Debord).

Los trenes subterráneos que atraviesan las grandes ciudades son el ejemplo privilegiado de este nuevo tipo de comunicación física sin desplazamiento corporal: en ellos, nadie tiene la impresión de moverse a través de la ciudad, sino únicamente de ser transportado inmóvil a través de un espacio abstracto, que no se reconoce por el paisaje que se ve, por los colores o por los olores, por la luz diurna y nocturna (pues estas cosas son aproximadamente iguales en todas las estaciones) sino por los carteles en que pueden leerse tras las ventanillas. El plano de la vía férrea se superpone al plano de la ciudad (que nadie es capaz de recordar en su totalidad ), y lo único que hay que saber para moverse es si es preciso cambiar de tren en tal estación o qué rótulo debe llevar el vagón de cabecera del ferrocarril.

Caminamos por la ciudad como caminamos por los pasillos y las escaleras mecánicas de esas estaciones metropolitanas que discurren bajo tierra: buscando entre las señales que cuelgan de las paredes o que se despliegan en pantallas de cristal líquido el nombre o el número que nos interesa y la flecha direccional que nos indica el curso a seguir; para salir de un hipermercado, a nadie se le ocurre intentar imaginar dónde puede estar la comunicación con el exterior o intentar recordar el lugar por donde entró, sino que simplemente se busca el cartel que indica "salida", y se sigue la dirección de la flecha que le acompaña; para buscar un coche en un aparcamiento, nadie -a pesar de haberlo recorrido entero- puede llegar a imaginarlo; si se busca un lugar concreto en unos grandes almacenes o en un aeropuerto, nadie confía en su memoria o en su intuición: se busca el directorio y se siguen sus direcciones ; y, en caso de perder a algún acompañante, no se le busca entre la multitud ni se "intenta imaginar" dónde habrá ido: se acude simplemente al "punto de encuentro" siguiendo las instrucciones de los carteles indicadores.

Los nombres de las calles de las ciudades, antiguamente disimulados en minúsculas carteleras situadas en las esquinas, han quedado obsoletas a la hora de orientar una circulación urbana que procede en general por vehículos de motor: se han desprendido poco de las esquinas de los edificios, han aumentado cinco o seis veces el tamaño de sus letras, y se sitúan en columnas dispuestas en las aceras para guiar el tráfico rodado; los viejos carteles de las esquinas, oscurecidos y eclipsados por los propios edificios de escala automovilística en los que reposan, resultan difíciles de leer incluso para los viandantes residuales. Y la función de las ventanillas en los túneles metropolitanos (permitir ver carteles y mapas lógicos, no paisajes o personas) evoca también la función de las ventanillas y parabrisas de los propios automóviles ; no sirven para ver "donde se está", si por ello se entiende ver los edificios, los paisajes, buscar monumentos o perspectivas que sirvan como puntos de referencia, sino para ver los carteles las señales y las flechas sin las cuales sería imposible orientarse o saber dónde, cuándo y cómo es preciso girar para localizar determinada dirección. "Hace treinta años, el conductor podía conservar cierto sentido de la orientación en el espacio. Ante el sencillo cruce de carreteras, una pequeña señal con una flecha confirmaba lo que era obvio. Uno sabía siempre donde estaba. Cuando el cruce de carreteras se convierte en un trebol, uno ha de girar a la izquierda para girar a la derecha... Pero el conductor no tiene tiempo para sopesar paradójicas sutilezas en tan peligroso y sinuoso laberinto. Él o ella confía en que las señales le guían, señales enormes en vastos espacios que se recorren a altas velocidades" (R. Venturi).

Todo ello implicaría la desaparición efectiva de la comunicación (física) a través de la ciudad, la desaparición de la ciudad concreta, sepultada tras una ingente masa de señales indicadoras y códigos cromáticos que orientan los trayectos en una espacio abstracto en el que el peatón es desplazado en beneficio de los automóviles ("producto-piloto de la primera fase de la abundancia mercantil", dice Debord) los ascensores, los ferrocarriles o las escaleras mecánicas. Naturalmente, la "muerte de la ciudad" no se refiere únicamente a esta suplantación del espacio concreto por el espacio lógico de los signos y señales, sino que también alude a la desaparición de la comunicación social, la liquidación de la calle y la textura urbana como espacio público de vecindad y encuentro. "El urbanismo es la realización moderna de la tarea ininterrumpida que salvaguarda el poder de clase: el mantenimiento de la atomización de los trabajadores que las condiciones urbanas de producción habían peligrosamente reagrupado. La lucha constante que se ha debido llevar contra todos los aspectos de esta posibilidad de encuentros halla en el urbanismo su campo privilegiado. El esfuerzo de todos los poderes establecidos, después de las experiencias de la Revolución Francesa, para acrecentar los medios de mantener el orden en la calle, culminará finalmente en la supresión de ésta" (Debord). La "desaparición de la ciudad" significa la extinción tanto de la asamblea popular como centro de decisión política y del mercado como lugar de intercambio de productos. la comunicación social es sustituida por los "programas de entretenimiento" de los llamados medios de comunicación de masas, que conlleva el ocaso del diálogo social y de la "opinión pública", además de la muerte de las charlas las tertulias y las conversaciones de todo género. "Con los medios de comunicación de masas a través de las grandes distancias, el aislamiento de la población ha resultado un modo de control mucho más eficaz" (Lewis Mumford).

Si se considera la evolución -vertiginosa- del significado del término "publicidad", que ha pasado en unos años de significar "vida social pública" a denotar "propaganda comercial", es tentador leer en ese cambio semántico una transformación que habría sustituido la vida social por la lógica mercantil y sus necesidades de atraer demanda para sus productos, y al ciudadano por el consumidor. Paul Virilio, que había analizado exhaustivamente esa conversión de la política en espectáculo en el siglo XX, en su Logística de la percepción, llama a esta transformación la conversión del espacio público en imagen pública. Se trata de la "imagen fática audiovisual, imagen pública que hoy viene a suceder al antiguo espacio público donde se efectuaba la comunicación social, avenidas, plazas públicas, actualmente superadas por la pantalla, la publicidad electrónica", y con la que pasa "de la ciudad, teatro de las actividades humanas, con su ágora, su plaza del mercado poblada de actores y espectadores presentes, de la Cinecittá a la Telecittá poblada de espectadores ausentes , a esa óptica electrónica de los medios de teletransmisión capaces de realizar, además de inmuebles escaparates, ciudades, naciones-escaparate, megalópolis mediáticas que poseen el poder paradójico de reunir a distancia a los individuos en torno a unos modelos de opinión o de comportamiento" (P. Virilio). En este mismo sentido en el que habla Virilio de la "reunión a distancia de los individuos", Debord dice: "el movimiento general del aislamiento, que es la realidad del urbanismo, debe también contener una reintegración controlada de la población, según las necesidades planificables de la producción y del consumo. la integración en el sistema debe recuperar a los individuos aislados en tanto que individuos aislados juntos: las fábricas como las casa de cultura, los pueblos de veraneo como las "grandes urbanizaciones" están especialmente organizados para los fines de esta seudo-colectividad que acompaña al individuo aislado en la célula familiar: el empleo generalizado de receptores del mensaje espectacular hace que su aislamiento se encuentre poblado de imágenes dominantes, imágenes que solamente por este aislamiento adquieren su pleno poder".

Pero esta conversión de la ciudad en imagen de sí misma no ha sido, como es lógico, inmediata: ha sido preciso que la ciudad quedase sepultada por las imágenes, confundida con sus imágenes, para que pudiera convertirse después de un flujo de imágenes transmitidas por los media. El mismo proceso al que antes hacíamos alusión (la creciente necesidad de señales como indicadores en un espacio lógico debido a la extensión espacial y a la aglomeración de las poblaciones) no obedece sólo a una lógica política, sino también mercantil. Si la imagen de la ciudad ya solo puede producirse audiovisualmente mediante eso que Virilio llama "una terminal de recepción de anuncios a domicilio", es porque, desde mucho tiempo antes, la ciudad no era otra cosa que una gigantesca exposición. En la obra que acabamos de citar, Venturi daba cuenta de ese proceso previo escogiendo un caso paradigmático: la evolución del Strip de Las Vegas desde la primera década de este siglo, hasta la de los años sesenta. Del hecho mismo de que, para orientarse en el nuevo espacio masivo y laberíntico, superpoblado y gigantesco, sea necesario un espacio abstracto y funcional de señales indicadoras, se sigue que los establecimientos comerciales necesitan igualmente atraer a sus clientes mediante ese tipo de carteleras o inscripciones; resulta de ello un panorama que es familiar a todo habitante de una gran ciudad actual: edificios monótonos, oscuros, de una funcionalidad deprimente, de los que se desprenden y sobre los que se elevan grandes carteles luminosos y fluorescentes de anuncios publicitarios o,a veces un triste vertedero de basuras rodeado de chabolas pero iluminado de una gran valla publicitaria.

El signo sustituye a la cosa, la señal sustituye a la casa, y se constituye así un espacio que no es únicamente abstracto, sino, en este caso, "alusivo". "Los edificios pequeños y bajos, de un gris parduzco como el desierto, se apartan de la calle que ahora es una autopista y sus falsas fachadas se desprenden de ellos para colocarse perpendiculares a esa autopista en forma de anuncios altos y grandes. Si prescindimos de los anuncios nos quedamos sin lugar" (Roberto Venturi). No se trata simplemente de un juego de palabras provocativo: ese espacio está definido por los anuncios, por la publicidad (así como también por los indicadores direccionales y otras señales municipales), y sin tales anuncios no sería ese espacio. En las Vegas como en todas partes, los anuncios fueron ciertamente colocados por sus propietarios para ser leídos o al menos para ser mirados (como también las señales indicadoras de direcciones para ser obedecidas, descodificadas). Y, en parte, debido al éxito de tales formas de publicidad, los locales y los lugares han quedado ocultos tras las falsas fachadas, del mismo modo que las calles de la ciudad se han vuelto invisibles detrás de los grandes carteles indicadores que contienen sus nombres. Los auténticos edificios que definen la textura urbana de las ciudades contemporáneas son esos carteles y vallas anunciadoras. Una calle ya no es una hilera de construcciones, sino una muchedumbre de letreros luminosos o reflectantes, de semáforos y relojes gigantescos, de spots y de guiños,de flechas y carteles. En cuanto tales, los carteles mismos se han convertido en objetos para ser (ad)mirados, en imágenes.

Las imágenes publicitarias, que definen la textura urbana contemporánea (no es preciso distinguir entre la publicidad comercial y las indicaciones municipales: también estas son publicidad de calles o edificios, y también en ese caso la calle o el edificio quedan sepultados bajo sus anuncios), no son, al menos en los casos más paradigmáticos, imágenes "artísticas", sino imágenes técnicas, es decir, mecánicas o filo-fotográficas. El propio Virilio lo recordaba al citar los prejuicios del arte plástico contra la fotografía, nuevamente en término que equiparan el tiempo, la verdad y el arte, de un lado, y el espacio, la sofisticación y la banalidad de la mecánica, del otro: "es el artista el que es veraz y la fotografía la que miente, pues en realidad el tiempo nunca se detiene, y si el artista consigue producir la impresión de un gesto que se lleva a cabo en varios instantes, su obra es sin duda mucho menos convencional que la imagen científica en la que el tiempo queda bruscamente detenido" (Rodin, El Arte, citado por Virilio en La Máquina de Visión). Ello explicaría, entre otras cosas, por qué esta "desaparición de la ciudad" convertida en cartel publicitario es vivida como "fin de la historia". las imágenes publicitarias son tiempo detenido, tiempo muerto, fin del tiempo en favor del análisis tecnocientífico del espacio abstracto, funcional y definido por signos. Los medios de comunicación audiovisual no han hecho más que "empaquetar" esas imágenes (que tienden a desaparecer incluso del espacio físico de las calles de los centros urbanos, hoy casi despoblados en beneficio de las urbanizaciones residenciales y los suburbios, que representan por su parte la otra cara de la liquidación de la ciudad como espacio público de encuentro de vecinos) en envoltorios susceptibles de consumo masivo. Este espacio abstracto se opondría al espacio concreto, al eliminar de las cosas su aquí y su ahora, lo que Benjamin llamaba su "aura": "Cada día cobra una vigencia más irrecusable la necesidad de adueñarse de los objetos en la más próxima de las cercanía, en la imagen, más bien en la copia, en la reproducción...Quitarle su envoltura a cada objeto, triturar su aura, tal es la signatura de una percepción cuyo sentido para lo igual en el mundo ha crecido tanto que incluso por medio de la reproducción, le gana terreno a lo irrepetible".

Así que no habría, en torno a nosotros y en el mundo en que vivimos, nada que pueda considerarse "ciudad" como espacio público; sólo imágenes públicas, ciudades-imagen que cancelan nuestra posible memoria del pasado. Esto ocurre principalmente en dos sentidos: "La historia universal nació en las ciudades y llegó a su mayoría de edad en el momento decisivo de la ciudad sobre el campo. (...) Sin embargo si la historia de la ciudad es la historia de la libertad, también lo ha sido de la tiranía, de la administración estatal que controla el campo y la misma ciudad. La ciudad no ha podido ser hasta ahora más que el terreno de lucha por la libertad histórica, y no su posesión. La ciudad es medio ambiente de la historia porque es a la vez la concentración del poder social, que hace posible la empresa histórica y la conciencia del pasado. (...) Las nuevas ciudades (...) inscriben claramente en el terreno la ruptura con el tiempo histórico sobre el cual fueron construidas; su divisa puede ser: "aquí nunca ocurrirá nada, y nunca ha ocurrido nada". Es muy evidente que las fuerzas de la ausencia histórica comienza a componer su propio paisaje exclusivo..." (Debord). Es preciso, también, exponer de un modo más explícito esta conexión entre la ciudad-imagen y la devaluación del tiempo histórico. La fabricación de un anuncio publicitario (bien sea para una valla o para un medio audiovisual), exactamente igual que la elaboración de un cartel señalizador en una calle, en una carretera o en una autopista, está sometida a unos imperativos muy estrictos de economía espacial (y, en el caso de la televisión, también temporal): se trata de comunicar una cantidad muy grande de información -y, la mayoría de las veces, de información muy compleja-, que puede contener mensajes contradictorios, y de hacerlo en poco espacio y/o en poco tiempo. Por eso se acude a un lenguaje que no puede ser explicativo (no hay tiempo ni espacio para explicaciones, que no sólo resultarían antieconómicas sino también ilegibles o ininteligibles), sino únicamente implicativo, connotativo o alusivo. No hay tiempo ni espacio para explicar por qué tal hotel es lujoso, sino que es preciso anunciarlo con imágenes que connoten lujo (connotación que a veces se reduce a, o comienza con, el nombre); entonces, es preciso contar con un repertorio de "connotaciones" que, a pesar de su carácter alusivo, sea lo más seguro y efectivo posible; esta es la ley que impera en este tipo de espacio abstracto definido por las señales, es el tipo de espacio abstracto definido por las señales, es el tipo de lenguaje "espacial" que tiene que dominar todo habitante de la ciudad.

Y este lenguaje se generaliza de tal modo que no sólo determina la relación de los habitantes con su espacio público (esto es, su imagen pública) sino que la misma lógica iconográfica se instala también en las relaciones de los ciudadanos con el tiempo. Si, para orientarse en el tiempo presente, la presencia de las cosas y de las personas se ha sustituido por sus imágenes, para orientarse con respecto al pasado se sigue el mismo procedimiento: no hay tiempo ni espacio para "explicar" todo lo que fue (pongamos por caso) "el siglo XV", sino que una sola imagen (digamos una carabela transatlántica, un telescopio y una "biblia" de Gutembreg) debe ser capaz de "resumirlo". Así, el pasado se convierte en una colección de imágenes alusivas, abstractas, pero de gran eficacia connotativa y directiva, que se desplieguen en un pequeño espacio. Hay que decir que, a fuerza de convencionalizarse, reproducirse mecánicamente y volverse ususales, las imágenes terminan por sustituir a las cosas también en ese terreno (el siglo XV se eclipsa tras sus imágenes), y ello aunque las imágenes institucionalizadas no guarden a veces la más mínima semejanza con el original. la máquinas expendedoras de esta clase de imágenes, expresan a la perfección su esquematismo y su carácter abstracto. las imágenes públicas constituyen, por tanto, grandes formas de falsificación del espacio público y del tiempo histórico, la suplantación de la realidad histórica por una capa de imágenes caprichosas y banales. "Economía de espacio, ahorro de símbolos, disciplina de las formas...sus imágenes y espacios de traducirían en procesos depravadores del medio y sus consecuencias más que evidentes: crecimiento anómalo; consumo de imágenes; derroche energético. El espacio de la ciudad construido como un lugar poblado de signos autodestructivo., Cualquier forma, por aleatoria que sea, está justificada si su presencia consigue falsificar la realidad" (A. Fdez. Alba, En las gradas de Epidauro).

No hay, entre las cosas que constituyen nuestro medio ambiente urbano (e incluso doméstico), nada que no sea imagen y abstracción: envoltorio de banalidades sin contenido ni profundidad. El vestido que me cubre queda definido por la "marca" del fabricante, que es el que auténticamente vehicula las connotaciones y no ya la forma o el color del traje ; los alimentos que consumo se definen por su envase, no por sus propiedades nutritivas; incluso las calles de la ciudad no parecen ser algo anterior a la señalización vertical u horizontal que las decora; no hay mundo tras las imágenes, sino que el propio mundo es su imagen, la ciudad es imagen de la ciudad inimaginable, en una época en que lo público es publicidad y la publicidad mera exterioridad sin contenido interior.

 

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