Madrid siglos XIX y XX

En esta web se encuentran los trabajos realizados por los alumnos de la asignatura Historia de Madrid en la edad contemporánea.

Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid, curso 1998-1999,

impartida por Luis Enrique Otero Carvajal, profesor titular de Historia Contemporánea de la UCM.

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LUGARES DE ENCUENTRO EN EL MADRID DE FINES DEL SIGLO XIX Y PRINCIPIOS DEL XX : CAFÉS, TABERNAS, MESONES, FONDAS Y PROSTÍBULOS

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Realizada por:

María Isabel Lucas Pizarro

Yolanda Rodríguez Casares

Ana Rodríguez García

 

Indice

LOS CAFÉS

TABERNAS

MESONES

FONDAS

PROSTÍBULOS

BIBLIOGRAFÍA

LOS CAFÉS

El último tercio del siglo XIX y principios del siglo XX, son los límites elegidos para enmarcar este aspecto de Madrid.

El contexto histórico de este momento tan propicio para los cafés, era ni más ni menos que el breve reinado de Amadeo de Saboya, llegado a Madrid el 2 de enero de 1871. Prim acababa de ser asesinado y Madrid estaba dividido y envuelto en un clima de intrigas y complot, prueba de ello, eran los enfrentamientos existentes entre las facciones políticas: los alfonsinos que deseaban como monarca al príncipe hijo de Isabel II y por otro lado, los republicanos, que querían instaurar la República, y por último los carlistas que deseaban como rey a la otra rama dinástica.

El reinado del monarca italiano fue breve y le sucedió la I República que duró menos de un año, de la que fueron presidentes: Pi y Margall, Salmerón y Castelar. El 2 de enero de 1874 se produjo la transición del régimen republicano a la Restauración monárquica, tras el golpe del General Pavía que provocó el coronamiento de Alfonso XII.

Por su parte el entorno del momento de Madrid era sosegado: contaba aproximadamente con unos 20.000 habitantes; desde 1871 podían disfrutar del primer tranvía cuyo recorrido era de la Puerta del Sol al barrio de Salamanca, extendiéndose pronto a Argüelles, compitiendo con los coches de caballos que invadían el centro de la ciudad.

Ya en 1895 llegó un nuevo deporte: las carreras de velocípedos. Una máquina que constaba de una rueda delantera de gran tamaño y una trasera muy pequeña sobre la que se subían los hombres vestidos de forma similar a los jockeys, para lanzarse a una carrera cuya función era llegar a la meta tratando de no caerse.

Fue, justamente este momento, en el que aumentó de forma importante el número de cafeterías y chocolaterías, como bien anunciaban los diarios de la época (Iberia...).

A la hora de hablar de los orígenes del café hay que remontarse al siglo XVII, momento en el que se introducen en Europa tres productos distintos, que fueron aceptados de manera diversa en cada país. Estos tres productos no son otros que el chocolate procedente de América y que arraigó en España y luego en Francia e Italia; el té, llegado desde el Extremo Oriente y muy bien acogido en Rusia, Gran Bretaña y Portugal, y por último el café, que procedía del cercano Oriente y que fue introducido por los árabes, aunque rápidamente se extendió por el resto de Europa.

El grano de café es el fruto del cafeto, un pequeño árbol del que existen diferentes variedades: el Coffea arabica que es el más importante porque produce el fruto de mejor calidad. Se cultiva sobre todo en Brasil pero también en lugares de gran altitud en Europa. Su grano es de un gran tamaño y tras el tratamiento al que se somete después de su recolección, podemos diferenciar, entre cafés suaves y cafés duros; Una segunda variedad es el Coffea canephora que es el más resistentes, puede ser cultivado en las tierras bajas del continente europeo, aunque su centro de producción más importante es África Oriental y Occidental; La tercera especie es el Coffea Libérica que produce granos de calidad inferior y se suele cultivar para uso local en países como Malasia y la Guayana.

En Europa se suscitaron acaloradas discusiones sobre sus virtudes y sus peligros de manera que para unos era una bebida que envenenaba al hombre y para otros era un néctar. Surgieron así en toda Europa publicaciones a favor de cada una de las posturas. A pesar de todo, el café produjo un cambio en los hábitos de los españoles que siempre habían tomado chocolate, símbolo de las normas impuestas por la aristocracia dominante. El café, por el contrario, suponía romper con todos esos esquemas por lo que se convirtió en bebida de intelectuales y escritores que aceptaban los cambios impuestos por la Ilustración europea, de muy buen grado.

Madrid fue la primera ciudad española que contó con cafés, que fueron sustituyendo poco a poco a las tradicionales botillerías. Las botillerías eran lugares de paso, mal alumbradas en las que servían bebidas alcohólicas y licores. También se servía chocolate con bizcochos, leche merengada, naranjada... Las verdaderas damas no entraban en estos locales sino que se hacían servir en su vehículo, mientras que en el interior había parejas de "majos" y "manolas".

Los cafés les fueron sustituyendo poco a poco, a inicios del siglo XIX, como le sucedió a la de los Valbases, la de Canosa... que era de mayor fama por ser frecuentada por personalidades del mundo del arte, la política, la música...

En un principio las instalaciones eran rudimentarias y contaban con espejos que deformaban la imagen, quinqués adosados a las columnas a modo de iluminación, mesas de madera, y banquillos... En el interior había un mostrador tras el cual había unos estantes repletos de botellas de licores, como el aguardiente dulce... estas bebidas eran servidas por los camareros vestidos de negro con largos delantales blancos. Pero lo verdaderamente importante era que el café era un punto de encuentro, aunque el ambiente no fuera demasiado propicio para ello.

Jugaron un papel fundamental en la vida social madrileña del último tercio del siglo XIX, pero trajeron consigo algunos tabúes como el de la prohibición del paso a mujeres, aunque pasado un tiempo nadie les negaría el derecho a entrar.

Los cafés más antiguos eran los de la calle Santo Domingo como el café de San Antonio o el de San Luís. En la calle Carretas existía el Café y Botillería de Pombo, fundado en el siglo XVIII allí se reunieron políticos de la talla de Prim, Sagasta u O´Donnell... pero sin duda alguna la tertulia más importante fue la de Ramón Gómez de la Serna.

Para Bonet Correa la Edad de oro del Café en Madrid, fue de 1875 a 1910, es decir, durante la Restauración borbónica.

Ya en la segunda mitad del siglo XIX surgieron en Madrid los cafés que no sólo ofrecían tertulias sino que además ofrecían a sus concurrentes alguna representación teatral, eran los cafés-teatros. El primer fue el de Capellane en el que se presenciaba el espectáculo y los ensayos por el precio de la consumición: dos reales. La idea gustó y nacieron otros similares como el del Carmen o el de los Artistas.

Estos cafés tuvieron poco éxito, sí, pero sin embargo muchos desaparecieron u optaron por suprimir las actuaciones, aunque prácticamente en todos los cafés se ofertaba música, y normalmente clásica.

Los cafés sustituyeron los salones, los casinos, los clubes... dentro de la vida literaria de la capital. Desde la década de los veinte del siglo XX hasta la Guerra Civil hubo cafés para todo tipo de gentes y oficios: toreros, cómicos, pintores, escritores... y dentro de cada barrio. En ellos se encontraban los políticos, los literatos... como por ejemplo Manuel Azaña que uno de los asiduos al igual que Jacinto Benavente o Jardiel Poncela entre otros muchos.

Existía una gran oferta de cafés desde el Café de San Millán prototipo del café de barrio donde se reunían los ganaderos, arrieros, mozos de mulas... hasta cafés donde se reunían políticos, aristócratas... Este era el café El Fornos, en opinión de muchos uno de los símbolos de la vida de Madrid de fines del siglo XIX e inicios del XX. Estaba ubicado en la calle Alcalá y su fundador fue Manolo Fornos, propietario también del Café Europeo. Era un café montado a todo lujo, decorado con pinturas y tapices, alfombras y cómodos sofás, que contaba en la parte superior con un amplio corredor y en el entresuelo unos cuantos reservados para las tertulias de hombres de negocios o para las parejas que no querían ser vistas.

También en la calle Alcalá se encontraba el Café Suizo, ubicado donde está hoy el Banco de Bilbao. En este café pasaron algunas de sus tardes Salmerón, Carlos Rubio y Ramón y Cajal, que presidía allí una tertulia de médicos. Algo que lo diferenciaba del resto de los cafés era que contaba con un salón exclusivamente para mujeres, el salón blanco, donde sólo se servía chocolate y cremas acompañados de unos bollos que luego se conocieron como bollos "suizos".

Poco a poco se fueron inaugurando cafés en los que se va mejorando las instalaciones y donde como se puede apreciar, se reunían todo tipo de personas. Estos son sólo algunos de los numerosos establecimientos que había en la capital y otros se han dejado en el tintero como el Café del Príncipe conocido como el Parnasillo, el Café Nuevo, el Café de la Iberia, el Café del Prado...

Lamentablemente con el paso del tiempo el café fue quedando para aquellas personas que pasaban de los treinta mientras que los jóvenes preferían frecuentar el típico bar americano, llegando nuevas bebidas, cocktails... Sin embargo, el golpe de gracia definitivo para los cafés fue la llegada, procedente de Estados Unidos, de las cafeterías que trajeron los zumos de fruta, los sandwiches. Las personas ya no tenían tiempo de charlar relajadamente como antaño mientras tomaban el café y poco a poco este tipo de cafeterías fue sustituyendo a los cafés, porque se adaptaban mejor a la vida moderna...Su fin y decrepitud, es pues el resultado de unos tiempos que cambian y que no dejan espacio para las tradiciones.

TABERNAS

Desde el siglo XIX las tabernas madrileñas van a ser muy características, de hecho podríamos decir que este tipo de establecimientos va a ser producto genuino de la villa de Madrid. No vamos a encontrar en el resto de la geografía española o en el extranjero ningún tipo de establecimiento que tenga semejanza alguna con la taberna madrileña.

Las tabernas madrileñas de este momento van a tener unas características muy específicas tanto en su exterior como en el interior.

Características exteriores:

punto05.JPG (3724 bytes) Exteriores sombríos decorados con planchas o cuarterones de madera barnizados con pintura roja. Se va a identificar la pintura roja con el buen vino y además este color se va a convertir en una de las señas de identidad de esas tabernas.

punto05.JPG (3724 bytes) También disponían de una barra de hierro que cruzada y con un gran candado era utilizada para cerrar el establecimiento. El cierre se producía a altas horas de la noche.

punto05.JPG (3724 bytes) Sobre la cornisa se encontraban el número de la calle, bien visible, y el nombre del propietario en letras blancas y oscuras. En algunas ocasiones se escribía hasta el número de la calle sobre el saliente de la cornisa, con la palabra "vinos", como por ejemplo: Vinos el 21.

punto05.JPG (3724 bytes) Con el paso del tiempo la prosperidad económica se reflejó en las fachadas de estos establecimientos que comenzaron a ser decorados con nuevas técnicas, como por ejemplo la del azulejo y después con cristal pintado que las hizo aún más llamativas.

punto05.JPG (3724 bytes) A la puerta del establecimiento era frecuente encontrar atractivos dioramas que exponían las bebidas alcohólicas y las delicias culinarias del lugar.

Características interiores:

Las proporciones eran medias, solían tener una barra oscura de madera labrada. El mostrador era del zinc, detrás del cual se encontraba el tabernero, figura muy representativa. Las mesas eran de mármol: los bancos corridos. Había un antiguo y reluciente filtro de agua. Los zócalos eran de madera o de cerámica. Solía haber un reloj, recipientes y medidas. Anaqueles con botellas...

Otras características de estas tabernas eran las sentencias que se fijaban en sus muros como por ejemplo: "El camello es el animal que más resiste sin beber. No seas camello" o "La política pa` los políticos, las mujeres a ratos y el vino a "toa" las horas".

Estas tabernas se diferenciaban de otros tipos de establecimientos porque despachaban bebidas alcohólicas como las bodegas, porque eran ruidosas, y detentaban la primacía del alterne, el rocerío y la tertulia por lo pobre. Estos negocios estaban a la cabeza de los negocios de este tipo de rama comercial.

La taberna además de un establecimiento donde se despachaban bebidas, era un restaurante económico, donde se podía comer de forma desenfadada, informal y barata, fundamentalmente platos tradicionales: riñones, callos, mollejas, bacalao... El público que solía acudir allí eran jóvenes estudiantes y literatos. Sin embargo a altas horas de la madrugada solían servir una reconfortante mezcla denominada el Té con chispazo, cuya preparación seguía un viejo ritual, grandes teteras con el té negro desmenuzado en hilillos y el agua al vapor. El chispazo solía ser el aguardiente de la casa. Aún hoy en día se sigue sirviendo en un único sitio dentro de Madrid en la Casa de Eugenio Humanes en la calle Embajadores.

Este tipo de establecimiento solía abundar en las barriadas de Lavapiés, Delicias, Pacífico, el Rastro, Las Peñuelas y Arganzuela, junto con las zonas de Cuatro Caminos y Chamberí. Muchas referencias a estas tabernas madrileñas las encontramos en la literatura de la época. En episodios de Don Ramón Mesonero Romanos, ya a mediados del siglo pasado se hablaba de que en Madrid existían 816 tabernas.

Una de las tabernas más prestigiosas y antiguas conocida en la Villa y Corte, era la taberna de Don Antonio Sánchez, cuyos orígenes se remontan a más de dos siglos, situada en el número 13 de la Calle Mesonero Romanos, incluso hoy día es conocida. Su interior corresponde a los cánones de la época, decorado con una gran cantidad de cuadros, medallones con rostros de toreros y dos cabezas de toro. Tenemos constancia de que su propietario en 1870 fue el famoso Colita, adquiriéndola 14 años más tarde Antonio Sánchez padre, al que le siguió su hijo que además de tabernero fue pintor y torero. Esto nos vale para mencionar otra característica de este tipo de negocios: en no pocas ocasiones eran negocios familiares que pasaban de padres a hijos.

Las tabernas hoy se han convertido en un lugar de tracción de turistas y extranjeros. Algunas de estas tabernas fueron transformadas en cafeterías, o bares modernos en torno a los años 50 y 60: Un ejemplo claro de ello fue la taberna de Felipe Martí y Hermanos Vinos y Aguardiente, situada en la calle San Vicente Ferrer número 44, que hoy en día es un bar llamado "Casa do Compañeiro".

Otra de las tabernas que aún hoy perviven es la que se ubica en el número 14 de la Calle San Andrés, una sencilla taberna con la puerta pintada de rojo y que tiene por encima un friso con las señas del local: El Maragato. Vino. Comidas. Cervezas. y que fue fundada en 1871 por Tomás Blas Nieto y que aún continúa siendo negocio familiar.

También la Taberna de Colmenar en San Agustín, 17, con su fachada roja, con mesitas redondas, mostrador de zinc y retablillo castizo de alcoholes. Lugar de tertulias desde que su último propietario la adquiriera en 1917. Está considerada como una reliquia.

Otra es la famosa Casa Labra fundada en 1860 y famosa por su bacalao. Situada en pleno centro de Madrid, detrás del centro comercial El Corte Inglés de Callao, para visita de turistas y curiosos.

MESONES

Por lo que respecta a los mesones, al igual que las tabernas fueron lugares de comidas y bebidas. Sus bajos y sótanos se caracterizaban por su forma laberíntica, llenos de muros de carga y arquillos que van a tener un cierto halo de misterio.

Estaban decorados con azulejos, cacharras de cobre, y de las paredes van a colgar los lienzos de los toreros.

Los mesones proporcionaban un ambiente íntimo que favorecía la charla, una charla siempre regada con morapio o fino y acompañada por unos taquitos de jamón y queso. Estos mesones, en ciertas ocasiones ofrecían al visitante el "quejío" de una guitarra o los sones marchosos de un acordeón.

 Este tipo de mesones solían estar ubicados cerca de la Plaza Mayor, Arco de Cuchilleros, Cava Alta y Baja y la Cava de San Miguel.

Por este tipo de mesones ha pasado toda la vida trajinante y trashumante de España. En el siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX eran de punto de parada a los vecinos y labriegos de aldeas y tierras de los lados de la carretera de Extremadura.

En los paradores de la Cava se trataban la cotización del trigo y del vino, y se negociaba el precio de las caballerías que se feriaban los jueves en el mercado del paseo de los Pontones. Era también centro de recaderos y corsarios, de allí salía al pueblo todo lo que hiciera falta, y era adquirido en Madrid sin pasar de la plaza Mayor, proveyéndose de ello en las tiendas de la calle de Toledo. Todavía en la actualidad se puede atisbar la antigua estructura urbana de la Cava baja, con la permanencia de alguno de los mesones más reputados de finales del siglo XIX y principios del XX, convertidos en la actualidad en algunos de los restaurantes más reputados de la ciudad.

 FONDAS

Eran estos unos establecimientos donde se daba alojamiento y comida, lugares de escasa categoría . Eran las casas de dormir cuyas habitaciones encerraban un número más o menos alto de camas destinadas a dar un abrigo en la noche a las personas sin domicilio. Las había de diferentes categorías: unas para hombres, otras para mujeres, y otras para citas clandestinas de ambos sexos. Además existen en Madrid un cierto número de casas llamadas paradores que reciben huéspedes por el precio de 0,25 pesetas la noche. Algunos ejemplos son los paradores y posadas de Picazo, de Luna, de Medina...

La mayor parte de estas casas se encuentran en los barrios bajos, sobre todo en los distritos de la Latina y la Inclusa; su número se elevaba a una cifra de unos 30 aproximadamente. En algunas de ellas no hay más que uno o dos pisos que sirven para este objeto, mientras que en otras, todos los pisos reciben huéspedes, pero cada uno, gente de categoría diferente: el primero está destinado a la clase más indigentes, por el precio de 10 ó 20 céntimos por noche, sus habitaciones se ocupan por seis, ocho y hasta diez camas; el segundo recibe una clientela menos mísera, sus habitaciones son más pequeñas con una o dos camas, y con un precio de 20 ó 20 céntimos. Los demás pisos de más precio, sirven ya, para las citas clandestinas.

La parte inferior de la clase obrera , por ejemplo, debido a su escaso salario, se veía obligada a habitar "casas-jaula", faltas de luz y de aire respirable, y cuya alimentación era también insuficiente. Dada una alimentación tan escasa no tenía nada de extraño que el obrero recurriese a las bebidas alcohólicas para estimular su sistema nerviosos y para calmar el hambre.

Una de las mejores fondas estaba situada en la calle de Alcalá en el local de las Diligencia peninsulares; al contrario, la Fonda de Europa era una de las más económicas , situada en la calle de los Peregrinos. En estas al igual que en los mesones y tabernas servían comida a precios muy económicos.

Fue en una de estas fondas situadas en la calle Tetuán donde el 2 de mayo de 1879 y con ocasión del banquete de "Fraternidad Universal" se decidió fundar el Partido Socialista.

Tabernas, fondas y mesones eran todos establecimientos donde se servían comidas. Especialmente comidas caseras y populares, como las judías guisadas... Incluso a mediados del siglo XIX surgió el novedoso sistema de comidas por abonos, que se conseguían a 4,6, o 10 reales. En algunos sitios, el precio incluía el periódico del día, vasos de cristal tallado e incluso cubiertos de plata dentro del sistema.

Eran, efectivamente, lugares de reunión pero no reunían las condiciones higiénicas necesarias para una aglomeración humana.

Estos establecimientos, se dividían en dos clases, como ya se ha podido deducir: los que servían vinos, licores, y cervezas y los que servían sólo café y accesoriamente licores. La clientela de la primera categoría se componía generalmente sólo de personas adictas a las bebidas, siendo las tabernas más frecuentadas por la clase obrera, y las cervecerías por una clase más elevada. En la segunda categoría de establecimiento re reunía una clientela más variada y perteneciente a todas las clases sociales. sin embargo en los distritos ocupados en su mayor parte por la clase acomodada, existe mayor número de Cafés, mientras que en aquellos donde predominaba la clase obrera las tienda de vinos y bebidas alcohólicas reemplazaban a los Cafés. no obstante, en estos mismos distritos, existían un cierto número de Cafés llamados Cafés Económicos, por ser más barato el café, pero también de peor calidad que en los de mayor lujo.

La mayor parte de estos establecimientos se hallaban menos frecuentada de día que de noche, y menos los días de trabajo que los festivos. Estos establecimientos se hallaban, en su gran mayoría, en unas condiciones higiénicas de los más deplorables: no tienen aire suficiente para el número de personas que a ellos concurren, sobre todo en las noches de invierno cuando las puertas y ventanas están cerradas; los retretes se encuentran deficientes de aire y agua, y los urinarios están siempre inundados; las cocinas y las despensas de alimentos también dejan mucho que desear... Así las personas que han pasado varias horas en estos establecimientos se encuentran expuestas, al regresar a sus casas, en unas condiciones favorables para enfrentarse con el frío de la noche... y más aún cuando sus ropas y sus calorías son insuficientes.

Por otro lado, la burguesía en ascenso desde el siglo XIX legitima su posición aprovechando el espacio culinario para marcar su singularidad. Así aparecerán los típicos restaurantes de lujo como Botín Lhardy.

Cabe citar así, este otro local no menos prestigioso y aún hoy visitable el Lhardy abierto desde 1839, en la Carrera de San Jerónimo. Su nombre según Altabella, venía sugerido por el famoso café Hardy, del Boulevar des Italiens, de París, que más tarde se convertiría en la Maison Dorée. Su propietario Emilio Huguenin, tomó el nombre de su negocio y se transformó en Emilio Lhardy. Así la Carrera de San Jerónimo adquirió el empaque de una calle de moda. Isabel II hacía escapadas desde Palacio para comer en el Lhardy, como luego sucedería con Alfonso XII. El gusto del segundo Imperio, dotado de la elegancia de la alta burguesía se perfiló en el diseño de la fachada del Lhardy, construida con magnífica madera de caoba de Cuba, como símbolo de las que fueron las provincias de Ultramar.

PROSTÍBULOS

La prostitución como oficio, ha sido reconocido durante todos los tiempos: desde Isabel la Católica que daba el privilegio de explotación de las mancebías de Andalucía a un servidor suyo, hasta Fernando VI... conviviendo, más o menos ordenadamente con las reglamentaciones y las ordenanzas dictadas para cada ocasión que siempre resultaron ineficaces.

Hasta 1865 la prostitución en Madrid fue un asunto libre y exento de toda clase de trabas. Nadie se ocupaba de "su influencia perniciosa en la salubridad pública". Sin embargo en 1865 la epidemia colérica se cebó sobre todo en los barrios donde abundaban las casas de prostitución. Entonces el Ministro de la Gobernación decidió reglamentar la prostitución entrando en vigor el primer reglamento, que sometió a las prostitutas a una inspección médica periódica, además de quedar controladas por una vigilancia, que hoy día realiza la Policía urbana. Según se vaya avanzando en la materia podremos ir observando algunas de estas reglamentaciones, como por ejemplo, era la prohibición expresa de que las mujeres públicas frecuentaran ciertas calles o paseos públicos, o que se pararan a la puerta de su casa y provocar a los transeúntes.

Como cifra orientativa, cabría decir que para 1872, el número de las mujeres que ejercían la prostitución en Madrid, según un estudio de Vahillo de ese mismo año, era de un total de 17.000, esto es un 7% de la población femenina de Madrid, que va desde niñas hasta mujeres envejecidas, solteras, casadas y viudas, vendedoras de periódicos, de artículos variados, obreras, pensionistas...

Las causas que Hauser adjudica como origen de este destino son varias: la aglomeración humana que genera el pauperismo, la falta de trabajo, y cuando lo hay, su mala remuneración y como consecuencia la criminalidad y la prostitución "engendros malsanos de la sociedad misma"; la falta de instrucción de las clases sociales inferiores; y el "amor excesivo al lujo y a los placeres entre las clases más instruidas de la sociedad conduce igualmente al libertinaje y a la prostitución clandestina".

Pero, de todos modos cualquier intento de reglamentar la prostitución resultó estéril debido a que no se podía vigilar la prostitución clandestina, a que las casas de citas estaban totalmente toleradas y constituían el "refugio inviolable de la inmoralidad masculina y de la prostitución femenina" y finalmente debido a la deficiencia de la inspección sanitaria.

Sin embargo, y a pesar de todo, las mujeres dedicadas a estos menesteres han sido dignificadas, entre otros, por Galdós, Pérez de Ayala.... Chulas por derecho propio, hijas de las manolas de Lavapiés, nietas ilegítimas de las majas y crecidas entre la necesidad y el apaño. Enamoradizas y ocurrentes destrozadoras o inventoras de un lenguaje propio. Fumadoras cigarreras de la Fábrica de Tabacos de Embajadores. Costureras remendonas, trabajadoras de la aguja o modistillas, chillonas lavanderas o domingueras, planchadoras, botoneras, loteras, verduleras peinadoras...

Madrileñas populares que se buscaban la vida, honradas de milagro; pluriempleadas en el discreto pecar. Mozas de los barrios bajos, de las casas bajas, de los sueldos bajos; simpáticas y audaces a dos esquinas de la mala vida. El chulo las gana y ellas se pierden .

Con todos estos adjetivos y otros más que nos hemos dejado en el tintero podríamos definir a estas mujeres dedicadas al "oficio más antiguo" por la mera necesidad del momento. Sin excusas, sin arrepentimientos. Pasemos ahora a examinarlas más de cerca.

Burlan a la autoridad, los bandos del corregidor y al marido si era menester : "Tu marido y el mío se han peleao, se han llamado cabrones... y han acertao." así decía una famosa copla madrileña.

El camino más usual para llegar a ser prostitutas era el de las chicas de servicio. Se las consideraba chicas para todo, y bajo este concepto tan amplio solían entrar por la fuerza, el miedo y el respeto al que te podía poner en la calle, los privados servicios al señorito de la casa o al marido de doble moral. No había muchas opciones... La resistencia creaba problemas de continuidad, y el acatamiento podía traer el embarazo con despido incluido. La próxima salida se llama prostitución.

Sin embargo sí existía otra salida, reciente y muy frecuentada para todas esas a las que se les había torcido el destino, se llamaba "Congregación de las Adoratrices".

La adoratrices fueron fundadas por la vizcondesa de Jorbalán, o madre Sacramento, quien creó una casa para las jovencitas "extraviadas", para las arrepentidas de su mala vida, que quisieran recogerse para vivir bordando, cosiendo, oyendo misa, confesando y escuchando los sensatos consejos de algunas muy caritativas damas de la sociedad peor pensante y pudiente.

La habilidad de la madre Sacramento para buscar dinero entre los de su clase su sentido "comercial" y su espíritu trotaconventos, hicieron a estas adoratrices muy movibles por todo Madrid. La potente Sacramento, pronto vio que también dentro de las extraviadas había clases, candidatas antes de tener ocasión y negocio. Abrió las casas a hijas que sus padres consideraban indomables y allí recibían "doma" y oración. Se formaron dos grupos, "las micaelas", que no eran descarriadas pero que con el paso por esa pía institución terminaban, muchas de ellas, en lo que no eran. Y las otras, las perdidas o hijas de perdidas, "las filomenas".. Esta singular discriminación la dibuja a la perfección Pérez Galdós en Fortunata y Jacinta.

El mayor triunfo de una "danzadera" era terminar de "querida", en el mejor de los casos, de un gerifalte de antaño, de un ministro liberal, de un militar constitucional, de un diputado de provincias. Ellas recibían en sus discretos pisos comprados y mantenidos por su oficial amante. Tenían criados, amparaban a sus consentidores padres, imitaban la elegancia de las cocotas francesas, se dejaban querer por los socios, viejos verdes militares y ricos conservadores de provincias que buscaban expansión y aventuras madrileñas.

Lo fatal de las queridas aquellas era que muchas veces se enamoraban de un tísico poeta que las engolosinaba con exordios líricos o de un cantamañanas de la redacción de algún semanario ilustrado. La buena vida que les "regalaba" su achacoso amante, la convierten en pasión conflictiva con su chulo ilustrado. "Las cortesanas, las tusonas, o las más tiradas, siempre han necesitado el amor posesivo, celoso o interesado de un hombre que no las pagara por sus favores".

La descripción de estas prostitutas y sus quehaceres están perfectamente estipulados en sus propias denominaciones: Prostitutas arrastradas, carreristas que trabajaban en la calle, en los descampados, en las afueras, en los parques oscuros; chamiceras aquellas que en sus chamizos tienen sus propio negocio, en el Barrio de la Ventilla, en las Ventas...; pajilleras viejas desdentadas que hacen su trabajo con dos dedos o a "mano completa", según se ajuste el precio, ejerciendo por puentes, desmontes, bajos de Atocha... Algunas de ellas se hicieron francamente populares en el Madrid canalla: la Patti "una loca que hacia gorgoritos a la puerta de los cafés, recordando un brillante pasado artístico imaginario"; Juana la Loca que terminó pidiendo por las calles pero sin perder la compostura y el tipo , ceremoniosa y enlutada; Madame Pimentón ex prostituta venida en borracha empedernida, tan popular que recibió un homenaje de los periodistas de la época...

Mientras tanto, y al margen de estas realidades, se dan de manera paralela otras: las de las actividades cotidianas en la capital: cenas nobles, confesores, cambios de favoritos... Los hombres y mujeres siguen moviendo alegremente sus extremidades en los bailes y sus órganos en lo privado. La alcoba era el recinto, el teatro, el trono y el altar de ese antiguo combate, de ese juego legal o prohibido... en definitiva, todo aquello a lo que la imaginación se prestase.

La alcoba puede ser regia, de cama con dosel, de madera negra, de sábanas de satén y de luces tenues; puede haber algún diván, algún canapé, tapices, alfombras, mullidos edredones y un artístico lavabo... Allí gozan los hombres que deciden los destinos, los negocios y las leyes del ruedo madrileño. Nunca hay problemas con lo que sucede en los interiores de estas alcobas. Allí las mujeres públicas se pueden sentir princesas, emperatrices, marquesas...

Por lo que concierne a los prostíbulos populares, Madrid estaba lleno de las calles que eran "barrancos del género femenino"; barrios bajos que eran el asentamiento de los más baratos burdeles y la simiente de las pupilas más económicas de la capital. Desde la peseta de algunas tiradas de Las Injurias hasta los cinco duros del barrio chino de los traseros de la calle Ancha de San Bernardo.

Famosas casas se encontraban en las calles de Santa Polonia y de la Justa, en el barrio de Huertas. Putas con blanquete en las caras, de labios mal pintados que fuman y esperan la clientela a la puerta de la casa. "El albergue es un portal oscuro, que da a un patio negro, en el que se cuentan varios cuartos. La ramera llega a uno, empuja la puerta, que sólo está entronada y al chasquido de un fósforo se vislumbra un cuartucho de unos tres metros cuadrados. A un lado, un camastro de cuatro tablas, con un jergón de sucia paja, y tela más sucia aún, lleno de agujeros, completando este asqueroso lecho una almohada repleta de borra, y una destrozada manta (...)" (Rodríguez Solís). Otro barrio de burdeles baratos era el de Embajadores y el Mesón de Paredes. Allí se confunden las económicas casas de dormir, con las de "pecar", muchas tienen un farol rojo en su puerta para no confundir a los buscadores de sexo. Muy famosa fue una casa de dormir, la más barata de la ciudad que se encontraba en la antigua calle de la Comadre, hoy del Amparo; la llamaban piltra del tío Largo y allí compartían promiscuidad prostitutas sin domicilio, mendigos, ciegos cantores acompañados de sus perros, alcohólicos, randas, golfos, chicas de servir en paro, jornaleros sin trabajo y visitantes de la Corte "sin posible".

Sin embargo, también había prostíbulos elegantes, con interiores acogedores, casas de licencia, de cita, que son imitación de coquetas estancias burguesas. La chica hermosa la "trotera" de lujo, la que sabía utilizar su desparpajo y su belleza tenía muchos lugares para triunfar.

Conocidos refugios de prostitución eran los "Paradores de Santa Casilda", en la Ronda de Embajadores; las casas de la "Plaza de Armas", en el Campillo de Gilimón...

Todas las casas toleradas tienen al frente una mujer "respetable" que llaman ama. La estancia en la mancebía de las fijas, era una "domesticación" a la fuerza por el control de las duras amas; había que cuidar el "serrallo". La "carne " estaba fuera, por el calor, en exhibición, en el quicio apoyada, con un cigarro eterno, con la falda rasgada hasta la cintura, con el escote dejando ver lo más posible, mirando, incitando, invitando. Las luces rojas, el humo, la apariencia de alegría, el vino o el aguardiente formaban parte de esos sitios donde "La Socorrito", "Mauricia la dura", "la Fortunata"... ofrecía una barata posibilidad de escapada. En la vivienda no puede haber hijos o parientes menores. Se obligaba a tener tantas habitaciones como huéspedes internas y declarar a las externas.

Las calles en las que se permitía la instalación de los prostíbulos, también estban bajo reglamento. No se toleraban casas en calles estrechas y con poco tránsito. Se prohibía la publicidad exterior que señalase la condición de la casa, así como las "tertulias y reuniones a partir de las doce de la noche". Aquella que fuera encontrada en una de estas casas sin estar matriculada perdía la posibilidad de matricularse en el futuro, al ama se la imponía una multa y se la apercibía de cierre. La encontrada sin tener en regla sus controles sanitarios era conducida al Hospital de San Juan de Dios, además de imponer diez duros de multa al ama.

Este tipo de actividades en todo momento estuvo pendiente de un propósito reiterado por parte de las autoridades de querer esconder lo evidente, de tapar lo obvio. Esto había llevado a las que ejercían este viejo oficio, a Huertas. Madrid con cerca de trescientos mil habitantes a mediados del siglo XIX, necesitaba mucho más espacio para esos menesteres. Así aumentaron las discretas casas particulares, las encubiertas de ciertos cafés, las carreristas, las esquineras y toda una especie de prostitución no controlada ni autorizada. Así, las autoridades no tuvieron más remedio que contemplar las casas particulares.

El primer reglamento de vigilancia especial, como ya se mencionó anteriormente, se aprobó en 1865 por el gobernador de la provincia, que más tarde se amplió en 1889. En este primer reglamento se obligaba a ser "incluidas en la matrícula todas las mujeres que se entregan habitualmente al vil tráfico de su cuerpo". De esta manera se las dividió en dos grupos: aquellas que tenían domicilio fijo en casas toleradas por la autoridad ; aquellas con domicilio en casa particular, que ejercían la prostitución en ella o en las casas toleradas y recibían el nombre de libres.

Las amas de las casas toleradas y sus sirvientas se hallaban compendiadas dentro de la primera clases, y las sujetas a obligaciones que en tal concepto las imponía el reglamento. Las sirvientas de las libres sólo se incluian en la matrícula en el caso de ejercer el ama la prostitución en su propio domicilio.

Se las registraba, se las entregaba una cartilla sanitaria, se las obligaba a los reconocimientos médicos... Sin embargo, muchos de estos artículos quedaron en nada, como por ejemplo el que prohibía frecuentar los paseos y reuniones públicas en las horas de concurrencia, de modo que pudieran ser conocidas por tales, produciendo escándalo con su presencia. Se las prohibía transitar solas por las calles sin el recato y compostura de las mujeres honestas; reunirse más de dos, pararse, conversar con hombres, detenerse en las esquinas y puertas de las casa para atraer a los transeúntes, y todo otro acto ofensivo a la moralidad y decoro públicos.

Como se puede haber observado a lo largo de estas páginas la vida de una prostituta no era en ninguno de los casos ni sencilla, ni mucho menos agradable. Estaba llena de asperezas que no había más remedio que superar por medio del desparpajo y el buen propósito.

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