Madrid siglos XIX y XX

En esta web se encuentran los trabajos realizados por los alumnos de la asignatura Historia de Madrid en la edad contemporánea.

Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid, curso 1998-1999,

impartida por Luis Enrique Otero Carvajal, profesor titular de Historia Contemporánea de la UCM.

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Madrid y la Generación del 98

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Realizada por:

Lydia Fernández Domínguez

Indice

Introducción

La circunstancia histórica.

La generación del 98.

El Madrid del 98.

Madrid cultural.

Tertulias y grupos literarios.

Actos colectivos.

Las revistas.

Disolución del grupo "noventayochista".

Biografía de los componentes de la generación del 98.

Azorín.

Pío Baroja.

Ricardo Baroja.

Jacinto Benavente.

Angel Ganivet.

Antonio Machado.

Ramiro de Maeztu.

Miguel de Unamuno.

Valle Inclán.

Bibliografía utilizada.

Bibliografía recomendada.

Introducción

Madrid es vida. Sus calles, sus parques, sus majestuosos edificios, sus cafés y restaurantes, todo en Madrid es vida. Ha sido, es y será uno de los escenarios más importantes de la vida española. No sólo por ser capital del país, ("capitalidad, asumida sin culpa, que deja lugar al reencuentro de otras gentes que no plantean lo hegemónico, si no la convivencia, una natural forma de hermanamiento") sino por todo lo que encierra en sí misma, variedad, secreto, estilo, sorpresa, crítica, drama... en definitiva, una enorme complejidad, ideal en todo momento para observar e imaginar. En esta tarea, los poetas y novelistas han sido especialistas. Madrid ha sido una presencia constante en nuestra literatura. Escenario de intrigas, de elogio, de melancolía y nostalgia. Madrid, razón para la crítica. Madrid, pulso de la historia, del arte, de la vida...

<<¡Qué limpio, claro, alto y azul es cielo de Madrid! ¡Y qué bello, en estos días iniciales de la primavera, en que la naturaleza renace, el lejano Guadarrama, añil intenso en las faldas, blancura nítida en las cumbres! ¡Y cómo la austeridad del paisaje madrileño, en la Casa de Campo, con sus chaparros, contrasta con los dos azules, el de la Sierra y el del Cielo, y los hace más resaltantes!>>. Azorín.

Madrid está en la temática de los escritores del 98. La generación del 98 fue la primera generación española que tuvo una conciencia clara de su papel rector en la vanguardia política y social. Vieron la necesidad de influir culturalmente en el rumbo de su país. Tendremos ocasión de ver su papel como <<intelectuales>>, personas comprometidas con su tiempo. Y debemos poner esto en relación con Madrid, centro político y cultural del país, donde desarrollan su trabajo.

El escritor, como creador, es parte activa de la sociedad de su época, vive en ella y escribe acerca de sus vivencias. Pero el intelectual no es sólo un creador, sino que es un ciudadano. Es en la ciudad donde desarrolla su trabajo, pues es allí donde están los medios y es a donde se dirige su discurso. Por eso me parece interesante analizar la relación dinámica existente entre estos intelectuales y su escenario; al fin y al cabo, entre estos ciudadanos y su ciudad.

Madrid de las tertulias, Madrid de la bohemia, de los barrios nuevos, incluso de los barrios míseros, las barriadas... Cada escritor acude a la preferencia de sus diversas vivencias y, solamente llegando a esa pluralidad de textos y de lecturas, entendemos un poco esa ciudad mísera a la vez que divertida, residencial junto a lo periférico, nueva y modernista a la vez que profundamente deciochesca. Quien llega a ella se deslumbra, se pierde por las calles, por los cafés, por las tabernas, pero encuentra los jardines, el cielo abierto, las claridades del Guadarrama.

LA CIRCUNSTANCIA HISTÓRICA.

<<Yo soy uno de los tantos españoles que, nacidos

en el último tercio de siglo XIX, han vivido

en un momento malo, confuso y de transición...>>.

Miguel DE UNAMUNO.

Las profundas divisiones del pueblo español reflejadas en la Revolución de Septiembre fueron superficialmente aplacadas por el arquitecto de la Restauración. Siendo el objetivo principal la consolidación de la monarquía, la convivencia cívica quedó en segundo plano. Olvidaba que toda auténtica paz civil debe asentarse en el libre juego y desarrollo de las energías y aspiraciones nacionales; y fomenta para neutralizar a la numerosa masa antidinástica, un género de convivencia civil y política que consiste en el entumecimiento de esas mismas energías. El encogimiento de hombros se ha convertido en el gesto mostrenco del país.

A derecha e izquierda de liberales y conservadores, los dos partidos, queda dicho, que se repartieron en turno pacífico el gobierno del país durante los años de la Restauración y la Regencia, se alinean, siempre en la oposición, las minorías carlista y republicana.

Mientras se mantuvo en vigencia el orden político basado en el usufructo del poder por dos únicos partidos, la vida comunitaria española se apoyó casi exclusivamente en el caciquismo. La representación de la voluntad nacional se elaboraba en el Ministerio de la Gobernación por medio del <<encasillado>>, distribuyéndose los distritos electorales entre quienes componían el partido en el poder.

Componen la sociedad española durante los años de la Regencia una sociedad rural víctima del caciquismo y sumida en la ignorancia, un proletariado industrial concentrado en Cataluña y algunas provincias del litoral Cantábrico, la Iglesia, el ejército y los profesionales de la política, una burguesía que incrementa su poder con la expansión económica y la vieja casta de la nobleza. Salvo zonas como Barcelona u otras ciudades costeras, España entera es un dilatado villorrio cuya vida se centraliza en Madrid.

<<Arrastra España su existencia deleznable, cerrando los ojos al caminar del tiempo, evocando en obsesión perenne glorias añejas, figurándose siempre ser aquella patria que describe la Historia. Este país de obispos gordos, de generales tontos, de políticos usureros, enredadores y "analfabetos", no quiere verse en esas yermas llanuras sin árboles, donde viven vida animal doce millones de gusanos, que doblan el cuerpo al surcar la tierra con aquel arado que importaron los árabes al conquistar Iberia; no se ve en esas provincias anchurosas, tan despobladas como estepas rusas; no se ve en esas fábricas catalanas, edificadas en el aire, sin materia prima, sin máquinas inventadas por nosotros, sostenidas merced al artificio de protectores aranceles; no se ve en esas minas de Vizcaya, de donde salen toneladas de hierro, que pagan los ingleses a cuatro o cinco duros, para devolvérnoslas en máquinas, cuyas toneladas pagamos nosotros por millares de pesetas; no se ve en esos vinos, que para que encuentren compradores han de filtrarse por los alambiques de Burdeos; no se ve en esas ciudades agonizantes, donde la necedad ambiente aplasta a los contados espíritus que pretenden sustraerse a su influjo; no se ve en esas Universidades de profesores interinos; en ese Madrid hambriento; en esa prensa de palabras hueras; mírase siempre en la leyenda, donde se encuentra grande y aprieta los párpados para no verse tan pequeña>>.Ramiro de Maeztu.

Durante los años de la Regencia se inicia el ascenso al plano político de las masas obreras y paralelamente tiene lugar la difusión del credo anarquista: el ideario de Bakunin fue propagado en España. El anarquismo español pronto derivó a la acción directa, dando con ello motivo a la promulgación de las leyes represivas de 1894 y 1896.

La numerosa población obrera de las ciudades hizo sentir su presencia. Proporcionó votos republicanos e introdujo en el mecanismo político los primeros concejales socialistas. El partido obrero gobernado por Pablo Iglesias cobra vida oficial en 1881; su órgano de difusión, El Socialista, empieza a publicarse en Madrid en 1886. En 1887 las secciones locales del nuevo partido crean la <<Unión General de Trabajadores de España>>, organismo que encabezará la lucha sindical. La calle ganó protagonismo: las bombas anarquistas, las manifestaciones del Primero de Mayo y las duras huelgas del período 1900-1905 pertenecen a escalas de valores muy diferentes, y sirvieron para que la burguesía conociera a su enemigo real y para que una larga serie de intelectuales radicales colaborara activamente en la incipiente organización cultural de los partidos y los sindicatos proletarios.

Así, tres son los problemas que polarizan la pugna política durante la Regencia: el desarrollo económico, con graves contradicciones, la <<cuestión social>> y la aparición del regionalismo. Estos problemas, al no ser abordados como era preciso, adquieren mayor gravedad y hondura.

Hacen la crónica cotidiana de la vida política en Madrid y sirven de plataforma para la pugna ideológica, un nutrido grupo de periódicos, entre los que figuran diarios de amplia tirada como El Heraldo, El Imparcial, El Liberal y La Correspondencia de España y otros de más modesta difusión como El Nacional, El Correo Español, La Epoca, El País y El Globo.

 Con la pérdida de las posesiones coloniales, se desvaneció el principal espejismo suscitado por la Restauración, "un país cívicamente unido, espiritualmente fundido en el crisol de la monarquía restaurada". Las discordias que dominaban la vida española a principios del siglo XIX, y que aumentaron notablemente durante la Revolución de Septiembre, aparecen de nuevo a raíz de la derrota. La Restauración no había logrado cicatrizar esas disensiones, solo disfrazarlas.

La mayoría de los hombres que conformaron la <<generación del 98>> vivieron dos épocas emocional e intelectualmente diferentes: una, la revolucionaria, caracterizada por la efervescencia ideológica, el afán de reforma y la desmesurada confianza en la virtud correctiva de los programas políticos; otra, la restauradora, cuyos rasgos esenciales son la lasitud de los espíritus, la cortedad con que se abordan ineludibles problemas, la sospecha que inspira toda propuesta de cambio, y la creciente desconfianza en la política vigente. Estos hombres resultan doblemente engañados. Son los que han asistido al derrumbamiento de dos estructuras políticas de cariz contradictorio, de cada una de las cuales se esperaba con fervor el remedio de los males de España. De estos dos experimentos políticos los <<intelectuales>> del 98 sacaron una misma conclusión: la urgencia de buscar en zonas de pensamiento y actividad ajenas a la política los medios de rescatar a España de su progresiva suspensión vital. Por eso es importante que tengamos en cuenta el apoliticismo, la gran desconfianza en los formularios políticos y en los hombres y métodos de la política al uso. Esta actitud ya aparece en los comienzos de la Restauración, ante el fracaso del espíritu teórico y doctrinario que sufre con los avatares de la Revolución de Septiembre. Pero se acentúa mucho más con la pérdida de las posesiones coloniales. El <<desastre>> hace aflorar temas de inaplazable tratamiento colectivo, enmascarados durante siglos <<Lo que el 98 significa es la patentización de la inanidad de los supuestos básicos de las generaciones anteriores, el descubrimiento de la falsedad en que se había fundado la vida española, bajo una película de apariencias favorables. En otros términos, el 98 no es, a estos efectos, mas que el revelador que muestra cuál era la situación real de España; a partir de entonces, sólo se podrá vivir con autenticidad reconociéndolo y, por tanto, iniciando una época nueva.>>. Julián Marías. El militarismo, el clericalismo, el pacifismo, el regionalismo, la modernización, la europeización, nuevas ideologías del humanismo obrero, las viejas ideologías del autoritarismo o el racismo... Por primera vez en mucho tiempo los intelectuales actuaron como provocadores de los mismos y se involucraron sin paliativos en su suerte. Se habla de una lucha contra la España <<oficial>>, contra sus fraudes, sus tapujos y artimañas, su cinismo y su indiferencia criminosa, la <<España sin pulso>> que dijo Francisco Silvela. Se deduce que las últimas derrotas militares son únicamente un eslabón de una larga cadena de desventuras cuya explicación se buscará en vano repasando solamente la crónica política y social española.

El denominador común de todas las tendencias que encontramos entre los <<intelectuales>> del 98 es el afán de adentrarse en la intimidad española, buscando la demandada personalidad histórica de España.

<<...Mas otra España nace,

la España del cincel y de la maza,

con esa eterna juventud que se hace

del pasado macizo de la raza.

Una España implacable y redentora,

España que alborea

Con un hacha en la mano vengadora,

España de la rabia y de la idea.>>

Antonio Machado.

Asumieron el riesgo porque se juzgaba también la pérdida de su propia esencia más íntima de su condición de persona, que no estaban dispuestos a delegar.

El 98 recupera Castilla, la España interior, a la vez que pierde nuestro país su insostenible imperio marítimo y colonial, como hemos mencionado. No es paradoja, sino volver la mirada hacia lo más próximo. La generación surgida del desastre intelectualiza así épicamente Castilla, se apropia de lo rural y es en este espejo mesetario, pobre ante todo, donde refleja la síntesis de su necesidad: transformar y renovar la cultura, humanizar el paisaje. Los escritores no castellanos recuperan Castilla en un intento por recuperar la totalidad de España. Encuentran en esta geografía castellana, castigada, una fórmula de comprensión para sus preocupaciones filosóficas. Desentrañar Castilla es recuperar, por extensión España. El Noventa y ocho recupera Madrid porque parte precisamente de Madrid, de sus tertulias, de sus revistas, de sus calles.

LA GENERACIÓN DEL 98.

<<La llevada y traída y calumniada Generación del 98 ha amado a España como nadie, nos duele España como a dadie ha podido delerle jamás patria alguna. Pero los españoles habíamos soñado con exceso, habíamos vivido demasiado de nuestros antepasados, demasiado como milagro. Nuestro sueño cayó con la bancarrota de las últimas empresas ultramarinas>>. Miguel De UNAMUNO.

Cuando hablamos de la generación del 98, hablamos "de ese cajón de sastre donde se corta todavía uno de los trajes más brillantes de la escritura en lengua castellana", una relación de nombres de infrecuente brillantez, una promoción que tiene evidentes paralelos europeos, más allá de posibles fuentes comunes.

La difusión del término <<generación del 98>> aparece con una conocida serie de cuatro artículos con el título <<La Generación de 1898>> del Azorín de 1913. Resume la labor literaria cumplida por los escritores de los que quiere ser portavoz, y da nombre a la generación adjudicándole para rotularla la fecha del desastre colonial. En su empeño por dibujar el perfil colectivo de su generación, busca explicar cómo fue en ellos afán compartido el <<ansia de renovar, de ensanchar el idioma>>, y unido a este propósito el deseo de <<estudiar la realidad, la verdadera vida española, el paisaje de España>>.

La convivencia personal y la labor compartida de los escritores <<noventayochistas>> en sus años de juventud la hizo posible una innegable identificación en sus preferencias ideológicas y en el modo de entender los cuatro el quehacer literario, y asimismo las vivencias, por todos experimentadas, nacidas de un particular estado anímico, cuya confirmación documental nos la ofrece Azorín en su libro Madrid. Él habla del <<replegamiento sobre sí mismo de esos escritores>>, al que obligaba el cansancio, ya naciente, de una sociedad (la de la Restauración), que llegaba a su final.

Este ánimo se nutrió en la contrapuesta influencia de dos tendencias ideológicas, schopenhaueriana la primera, nietzscheana la otra, a la que se suman inconcretos anhelos religiosos y ciertas preferencias doctrinales. El desconcierto íntimo es notable en los cuatro.

Unamuno y Baroja, en algunos de sus primeros relatos y novelas, dieron vida a personajes que pueden considerarse no tanto encarnación de sus propios creadores como arquetipos de la generación a que ellos pertenecen.

La generación del 98 se caracterizó por una hipertrofia del egotismo <<Los que en 1898 saltamos renegando contra la España constituida y poniendo al desnudo las lacerías de la patria, éramos, quien más, quien menos, unos ególatras. Pero esa egolatría fue la consecuencia de un descubrimiento moral que hicimos en el fragoroso hundimiento de los ideales históricos españoles...nosotros, los jóvenes de entonces, nos lavábamos, nuevos Pilatos, las manos y acusábamos. Acusábamos a todos y a todo.>> Miguel De UNAMUNO, por un precoz y morboso sentimiento de frustración, por la exageración neorromántica de lo individual, por un mimetismo servil de las modas europeas del momento. La vivencia común de unos mismos acaeceres históricos era ingrediente básico de un hecho generacional, la realidad se mostraba mucho más compleja que lo era la simple remisión del desengaño generacional a las hirientes consecuencias del <<desastre>> que concluyó con la sombra del colonialismo decimonónico español.

Pero la <<generación del 98>> es simplemente un rótulo. No hay que dejarse arrastrar tan fácilmente por el concepto generacional. Observamos una nueva visión del "problema de España" y una reinterpretación de las peculiaridades de la historia intelectual de la época. Sin duda las influencias recibidas y las ideas formuladas durante la etapa de formación intelectual siempre dejan su huella, pero a medida que las tensiones sociales y políticas amainan y que tanto Europa como España vivían otros momentos históricos, en los autores conocidos como <<generación del 98>> se desarrollan desiguales orientaciones vitales que respondían a sus particulares preocupaciones y aspiraciones artísticas y filosóficas.

La generación del 98 encuentra su plena significación cultural en la crisis civilizatoria que atraviesa a Europa con el cambio de siglo y que se prolonga hasta el inicio de las felices veinte. Por eso, algunos autores prefieren el epígrafe de <<crisis de fin de siglo>>. Una crisis de madurez en la literatura española contemporánea o el mismo paso a la contemporaneidad y todo ello a través de las características que, desde el siglo XIX, marcaron esos rumbos europeos: la indeterminación del género literario, molde que se revela insuficiente al escritor; la preponderancia de elementos intimistas o confesionales sobre la objetivación creadora; el impresionismo y el irracionalismo como actitudes; la predilección por ciertas zonas de sombra mística en el alma humana. Y estas similitudes son las que se han encuadrado bajo la misma etiqueta.

 Hay que llamar la atención sobre la conversión del <<escritor>> en <<intelectual>>, cuando analizamos las actitudes adoptadas por estos jóvenes. Debemos a los jóvenes de 1898 la penetración en la lengua castellana el término <<intelectual>>. Fue la primera generación española que tenía una conciencia clara de su papel rector en la vanguardia política y social.

La situación creada en Francia por el asunto Dreyfus y los problemas de los últimos años de la Restauración en España producirían reacciones muy semejantes en los ambientes intelectuales: la falta de confianza en el sistema parlamentario, un sentido crítico frente al poder de los militares, una actitud anticlerical, etc. La ineficacia del gobierno y de la sociedad corrompida por los intereses creados de la burguesía en la administración de la justicia individual y social hacía que los intelectuales fueran tomando conciencia de una misión especial en la <<regeneración>> de su país. Si a esto, añadimos el hecho de que encontramos bastante a menudo en textos españoles de los años 1890 expresiones como <<la juventud intelectual>>, <<l´élite intelectual>> y <<obrero intelectual>>, es evidente, con el estrecho y casi inmediato contacto cultural que había con Francia, que el paso a la incorporación al español del sustantivo <<intelectual>> será rápido. No hay duda de que a partir de 1898, como reflejo de la toma de conciencia que hemos comentado, el intelectual adquiere importancia como personaje literario.

EL MADRID DEL 98.

La existencia colectiva de quienes compusieron la promoción literaria de la Regencia transcurre, por entero, en Madrid. Por lo tanto es interesante conocer este marco de su vida juvenil.

Madrid, desde la segunda mitad del siglo XIX, se constituyó en el polo de atracción de la cultura española, hasta llegar a ser con el cambio de siglo, la capital cultural de España. Con la llegada del nuevo siglo aparece la figura del intelectual íntimamente ligado a Madrid. En Madrid se encuentra el Poder, el político y el económico, pero también el cultural. En la capital, está la cúspide del saber, tanto oficial como crítico. Además es el lugar donde se concentran las editoriales y los grandes diarios. En Madrid los intelectuales encuentran todos los órganos, todos los atributos de su poder. Todo favorece la publicidad de su pensamiento. Era el centro de creación cultural y científico. La propia estructura de la Universidad española de la época, hacía de Madrid el centro de la ciencia oficial, con la localización de las diferentes Reales Academias y otros organismos oficiales. También estaban en Madrid instituciones no oficiales donde se debatían los grandes temas del país. Aquí residían los inspiradores de la Institución Libre de Enseñanza, pieza esencial en la renovación del ambiente cultural español. El Ateneo madrileño, las tertulias de mayor renombre, donde las figuras consagradas de la literatura y del pensamiento intercambiaban sus opiniones sobre los más diversos temas. En Madrid estaba la única universidad completa en lo que se podía estudiar cualquier carrera. La importancia de Madrid en el panorama cultural de la época queda reforzado por el hecho de que el 70% de la producción intelectual del país se realizaba en la capital.

A Madrid se viene a triunfar, a buscar el reconocimiento, la fama y un público lector. Las primeras tribunas para iniciarse en el oficio de la pluma o darse a conocer son los periódicos como: El Imparcial, El Liberal, El Sol; y revistas como: Revista Nueva, Germinal, Revista de Occidente... Además la proliferación de las tertulias en los cafés constituía una inapreciable escuela en la que se entraba en contacto con las más diversas corrientes de pensamiento y artísticas.

Precisamente el encuentro diario en tertulias y redacciones de periódicos, el emprender juntos diversas empresas editoriales y su actitud rebelde ante los prejuicios y convicciones que gobernaban la vida española de la época, confirió una coherencia pasajera a estos escritores que realizaron su aprendizaje literario en Madrid.

A finales del siglo XIX y principios del XX, al viejo Madrid de los Austrias se le añadieron nuevos barrios (los de Argüelles, los de Pozas y Monasterio...) y agrupaciones todavía con cierto aire rural (Bellas Vistas, Colmenares, Cuatro Caminos).

La vida cotidiana en Madrid, la política y cortesana, la cultural y literaria, como la que protagonizan pícaros y bohemios, tiene por escenario casi único el recinto urbano comprendido entre la Plaza Mayor y Cibeles, y en él, de preferencia, la Carrera de San Jerónimo y las calles de Alcalá y Sevilla. La Puerta del Sol conserva todavía su romántico prestigio y es para muchos lugar desde donde creen poder influir con la expresión ruidosa de su voluntad en el rumbo político; día y noche puebla sus anchos acerones una abigarrada multitud que por ellos pasea, comenta o disputa y hasta conspira. La Puerta del Sol, recuerda Pío Baroja en sus Memorias, era <<foro popular ciudadano, lleno de políticos callejeros, de vagos y cesantes>>. Allí se encontraban los más concurridos cafés, entre ellos algunos de los que sirvieron de refugio habitual a las cotidianas tertulias de los que aún eran entonces aprendices de escritor. Centro preferido de reunión de elegantes y algunos políticos, de artistas y escritores, es la estrecha acera de la Carrera de San Jerónimo, hacia la puerta de <<Lhardy>>, el más afamado restaurante de Madrid. A primera hora de la tarde se paseaba por las calles de Alcalá y Sevilla mientras al atardecer los coches recorren lentamente los paseos de la Castellana y Recoletos para regresar, ya anochecido, por la calle Alcalá.

La aristocracia vive en la Corte su decadencia como clase dirigente; la suplanta en este papel rector la alta burguesía, cuyo poderío económico, se dijo ya, es fruto de la industrialización y en parte se ha fraguado al socaire de las campañas coloniales. Esta minoría de banqueros y negociantes ansía establecerse y ambiciona también el mando político. Separa a los poseedores del renombre social y el poder económico de las masas obreras y artesanas una clase media integrada por profesionales y funcionarios muchas veces retratada por los escritores costumbristas, cuyo horizonte espiritual se ensombrece por constantes dificultades económicas, sin otra aspiración que mantener cada día el difícil equilibrio entre lo que se desea aparentar y una dura realidad muchas veces imposible de encubrir. Con el proletariado urbano se mezcla, sin posibilidad de distinción en ocasiones, una infrahumanidad que merodea por los aledaños de la Corte y confiere a la vida nocturna de Madrid un cariz peculiar; la componen abandonados e inadaptados, mendigos, golfos, busconas y profesionales del robo. De ellos han hecho excelentes retratos literarios Pío Baroja y Vicente Blasco Ibáñez.

De la animada vida nocturna madrileña destaca, por la indiscutible popularidad de que gozó, la llamada <<cuarta de Apolo>>, espectáculo que cada noche congregaba en aquel teatro a un abigarrado público de aristócratas, burgueses y menestrales, artistas y literatos. Los cafés y buñolerías mantienen abiertas sus puertas hasta el nuevo día y como éstos los garitos y los prostíbulos; abundan también los cafés cantantes, donde triunfa la gitanería y el flamenquismo. En los meses estivales cobran animación los merenderos, se suceden las verbenas y para quienes no se trasladan a las playas norteñas la vida social se reduce a reuniones nocturnas en los Jardines del Buen Retiro.

En Madrid, durante los años de la Regencia, la imprevisión ante el futuro inmediato parece gobernar la vida cotidiana, la existencia de una sociedad infantil y tontamente alegre. Entonces <<pocos miraban a lo lejos. Inconsciencia y optimismo. Pasada la batahola de la Revolución y la Regencia, avenida la Restauración, salvado el momento difícil de la muerte de Alfonso XII y sumido el país en enorme calma chicha, el gran niño que era España se entretenía en discutir a propósito del crimen de la calle de Fuencarral o, poco más tarde, del submarino inventado por Isaac Peral. El cuadro de nuestros grandes hombres, para mayor felicidad, estaba cubierto dos veces. De aquí que los españoles se permitiesen el lujo de tener donde elegir, cifrando su fe en el ídolo público de alguna de las dos series puestas en juego, para satisfacción de toda necesidad banderiza: o Cánovas o Sagasta; o Galdós o Pereda; o Calvo o Vico; o Lagartijo o Frascuelo... Libres de cuidados, las gentes se consagraban a sus ocios predilectos. Triunfaban, con los toreros y los cantantes de ópera, los oradores, los poetas fáciles y los prosistas amenos. Los artículos de fondo sonaban muy bien, y las novelas se multiplicaban con lozanía sin precedentes>>.Melchor Fernández Almagro.

Un personaje barojiano, el doctor Iturrioz, en la novela La dama errante, define este Madrid finisecular como <<un pueblo raro, distinto de los demás, uno de los pocos pueblos románticos de Europa; un pueblo donde un hombre, sólo por ser ingenioso, podía vivir. Con una quintilla bien hecha se conseguía un empleo para no ir nunca a la oficina. El Estado se sentía paternal con el pícaro, si era listo y alegre. Todo el mundo se acostaba tarde; de noche, las calles, las tabernas y los colmados estaban llenos; se veían chulos y chulas con espíritu chulesco; había rateros, había matuteros, se hacían chascarrillos y epigramas en las tertulias; había perioducuchos, en donde unos políticos se insultaban y calumniaban a otros, se daban palizas, y de cuando en cuando se levantaba el patíbulo en el campo de Guardias>>.

La guerra colonial no consigue despertar al pueblo de su confiado sueño. En 1896 don Juan Valera, en una de sus <<Cartas americanas>> escribe: <<Madrid está alegre y tan animado como siempre>>. Será preciso sobrevenga el brutal desastre militar de 1898 para que la realidad se muestre al desnudo, humillante, ante algunos y ello suscite denuncias y críticas, apasionadas campañas a cargo de arbitristas y regeneradores, de hombres de ciencia, periodistas, literatos y profesionales de la política.

Unamuno, que llega a Madrid en septiembre de 1880, con la intención de estudiar la carrera de Filosofía y Letras. Llega una mañana, a la estación de Príncipe Pío y, al subir por la cuesta de San Vicente, ve una ciudad triste. <<(...)una impresión deprimente y tristísima, bien lo recuerdo. Al subir, en las primeras horas de la mañana, por la cuesta de San Vicente, parecíame trascender todo a despojos y barreduras; fue la impresión penosa que produce un salón en que ha habido baile público, cuando por la mañana siguiente se abren las ventanas para que se oree, y se empieza a barrerlo>>. Miguel De UNAMUNO. La imagen que retiene de Madrid es la de un salón de baile, pero a la hora triste y sucia en que comienzan a barrerlo. Esta impresión se repetirá más tarde, en el Unamuno adulto, siempre que llega a Madrid. Madrid le desplace. No le odia, pero siente ante él un innegable asco espiritual <<Madrid pulula en vagabundos y atrae al estéril vagabundaje callejero... Madrid es el vasto campamento de un pueblo de institnos nómadas, del pueblo del picarismo(...). La mejor defensa es huir, huir al desierto a encontrarse uno consigo mismo en él>>. Miguel De UNAMUNO. Sólo alaba de Madrid su cielo, sus <<espléndidas puestas de sol, magnificadoras del que las contemple...>>.

Elige una pensión estudiantil, la casa de Astrearena, entre las entradas de Fuencarral y Hortaleza. Acude al viejo Ateneo de la calle de la Montera donde estudia alemán. Acude a las clases de la Universidad Central, en San Bernardo. En el Centro vascongado y en la Biblioteca Nacional pasará muchas horas de estudio. En su último curso de Facultad (1882-1883) vivirá en la Glorieta de Bilbao número 8, obteniendo la calificación de sobresaliente en la prueba final de licenciatura. En 1891 obtiene la cátedra de Griego de la Universidad de Salamanca y coincide con Ángel Ganivet como opositor a la misma disciplina en Granada.

Unamuno fue, sobre todo, un hombre de Ateneo. Allí mostró, mediante sus discursos, su preocupación por la política. También la hizo patente en diferentes escritos en prensa, discursos, conferencias, e intervenciones en el Congreso de los Diputados, etc. Acepta el nombramiento como presidente del Consejo de Instrucción Pública y el día 1 de mayo, ante el monumento a Castelar, preside con otros principales políticos, el acto de manifestación republicana. Se convocan elecciones generales y en Salamanca, Unamuno sin pertenecer a ningún partido político obtiene la segunda acta de diputado. Cuando se inauguran las Cortes, don Migle se instala en Madrid, en casa de su yerno, José María Quiroga Pla, en el nº 49 de la calle Zurbano. El prestigio intelectual de Unamuno llega a su cenit en los primeros años de la República.

En diversos actos Unamuno se muestra hastiado de los derroteros que lleva la República. Es en Madrid donde, precisamente, muestra su desencanto. En las elecciones generales de 1933 ya no se presenta y vuelve a Salamanca. La actitud aversiva de Unamuno ante Madrid se extiende a todas las ciudades, y particularmente a las que pasan por más <<civilizadas>>. El contacto con la ciudad produce en Unamuno un deseo de huir.

Azorín tiene una actitud similar ante Madrid. Ávido de vida y de ensueño llega a Madrid. <<En Madrid su pesimismo instintivo se ha consolidado; su voluntad ha acabado de disgregarse en este espectáculo de vanidades y miserias. Ha sido periodista revolucionario y ha visto a los revolucionarios en secreta y provechosa concordia con los explotadores. Ha tenido luego la humorada de escribir en periódicos reaccionarios y ha visto que estos pobres reaccionarios tienen un horror invencible al arte y a la vida>>. Y de los políticos dice que <<no hay cosa más abyecta que un político>>. El dolor, la suciedad, la estridencia y la muerte son los cuatro elementos que integran la visión azoriana del arrabal madrileño.

En 1940 redacta Azorín su libro Madrid, esencial para conocer cómo se desarrolló la convivencia de los escritores que integran la promoción literaria de la Regencia. (Según él, la Generación la componen: Unamuno, Pío Baroja, Maeztu, Rubén Darío, Valle-Inclán, Benavente y él mismo). En él, vemos los recuerdos y las emociones del autor en la ciudad. En estos textos especula monográficamente acerca de los diversos aspectos ciudadanos, siendo Madrid, en ocasiones, la obligada referencia de todo tratamiento urbano: sus costumbres, sus calles, sus cafés, sus pintoresquismos, tan azorinianos en su análisis interiorizado. El Madrid de Azorín es un Madrid interiorizado, reflexivo, contrastadamente sentimentalizado.

Pío Baroja, llega junto a su familia en 1879, alojándose en el domicilio de una tía de la madre durante una larga temporada. Pío se matriculó en el Instituto de San Isidro para cursar el último año de Bachillerato. Los recuerdos del Instituto de la calle de Toledo le acompañarán siempre, <<(...)las mañanas de Madrid, de invierno, de cielo claro y hermoso, andando por las calles, me dan mucha tristeza... me recuerda la época de estudiante en que iba al Instituto de San Isidro y en que me sentía tan desvalido y tan tímido>>.

Al empezar el segundo curso de Medicina la familia se mudó a la calle Atocha, esquina a la llamada entonces de la Esperancilla. Pronto descubriría que esta no era su verdadera vocación. Más tarde, se hará cargo de la panadería de su tía, dedicándose por entero a este trabajo. Frecuentaba las tabernas del alrededor junto con los panaderos alemanes, visitando después los cafés cantantes y los bailes. Baroja conocería entonces muchos tipos extravagantes, bohemios y licenciosos. Cuando murió su tía y cerrar la panadería, tomaron una casa en el barrio de Argüelles.

Las ciudades fueron punto de atracción en sus obras. Deambular por París, Londres, Roma y Madrid fue la afición quizá predilecta del autor. Sin lugar a dudas, será Madrid, su residencia habitual, la que conozca mejor y por donde pasee más. Caminatas prolongadas y continuas de las que se desprenderían observaciones directas y recuerdos que se convertirían en mantenimiento de una cercana realidad en él y en fantasías para otros acompañantes literarios, como Valle-Inclán. Mantuvo en Madrid una vida de funcionario de las Letras, de trabajo metódico.

Después de la guerra, los Baroja viven juntos en Madrid en la calle de Ruiz Alarcón, donde recibirían a los amigos de la familia en prolongadas tertulias. Moría el 30 de octubre de 1956, en su casa madrileña. A su entierro asistieron personajes tan ilustres como Hemingway o Camilo José Cela.

<<(...)Tengo la impresión de que Madrid no dejaba de ser, en su limitación y en su pobreza, un pueblo alegre y pintoresco y fácil para todo el mundo>>. Así recuerda Baroja sus experiencias infantiles en Madrid. En sus Memorias, evoca sus primeros recuerdos de Madrid. Pero aparecerá como centro de conspiración, será un Madrid "poblachón, sucio, polvoriento, destartalado".

Resumiendo sus juicios de estudiante universitario acerca de Madrid, Baroja dirá: <<En un ambiente de ficciones, residuo del pragmatismo viejo y sin renovación, vivía el Madrid de hace años. Otras ciudades españolas se habían dado cuenta de la necesidad de transformarse y de cambiar; Madrid seguía inmóvil, sin curiosidad y sin deseo de cambio... España entera, y Madrid sobre todo, vivía en un ambiente de optimismo absurdo. No había curiosidad por lo de fuera. Todo lo español era lo mejor>>.

Leyendo La busca, Aurora roja, La dama errante, encontramos un Madrid con un rostro repelente, y una sensación de inconsistencia <<Madrid, entonces, era un pueblo raro, distinto a los demás, uno de los pocos pueblos románticos de Europa, un pueblo en donde un hombre, sólo por ser gracioso, podía vivir. Con una quintilla bien hecha se conseguía un empleo para no ir nunca a la oficina. Todo el mundo se acostaba tarde; de noche, las calles, las tabernas y los colmados estaban llenos; se veían chulos y chulas con espíritu chulesco; había rateros, había conspiradores, había bandidos, había matuteros, se hacían chascarrillos y epigramas en las tertulias, había periodicuchos en donde unos políticos se insultaban y calumniaban a otros; se daban palizas y, de cuando en cuando, se levantaba el patíbulo en el Campo de Guardias, en donde se celebraba una feria a la que acudía una porción de gente en calesines... Entonces, los alrededores de la Puerta del Sol estaban llenos de tabernas, de garitos, de rincones, lo que permitía que nuestra plaza central fuera una especie de Corte de los Milagros. En la misma Puerta del Sol se podían contar más de diez casas de juego, abiertas toda la noche; en algunas se jugaba a diez céntimos la puesta. Los políticos eran, principalmente, chistosos...>>. De La dama errante..

La miseria de los más humildes, que viven en condiciones infrahumanas, determina la creación de un mundo novelístico con propio valor sin caer en un panfleto social y político. Madrid seducirá a varios personajes barojianos. No importa la escasez de lugares artísticos, en comparación con otras ciudades europeas. Los personajes no se sienten atraídos por los monumentos. El hablar con las gentes madrileñas será más interesante que ver París. Refiriéndose a la Madrid, dirá: <<Qué tipo más acusado tenía todo, lo inanimado y lo vivo, las casas y las calles, como el alma de los hombres>>.

En el Madrid de Valle-Inclán encontramos por una parte el mundo plural y abierto de las calles, los cafés, las tabernas, las habitaciones de guardillas y áticos, los jardines, escenarios todos ellos del Madrid trasnochador, vividor y bohemio, y por otra los calabozos, los cementerios y los despachos como una oposición claramente entrevista, el Madrid serio, burocrático, represivo contra todo intento de manifestación popular. En este Madrid absurdo, brillante y hambriento, sangriento y peligroso, se pierden y se encuentran los personajes de Luces de bohemia.

El mundo de la estética toma contacto con el mundo cercano de las cosas, de lo vulgar, de lo desesperado. Ambos se distorsionan entonces, se rompen, se elevan, crean una inestabilidad que pide la ruptura, la muerte de los personajes para no acabar en lo grotesco. Luces de Bohemia muestra un Madrid del feísmo, existencial, donde la muchedumbre herida se queja, donde la herida es sangrante y la heroicidad no tiene cabida en modo alguno, o en todo caso, donde lo heroico y lo sublime consistan en seguir viviendo sin soportar la vergüenza. La noche cobra un mayor poder, la noche como transcurrir de la vida noctámbula y la noche como momento oscuro y patético de la historia del primer cuarto de siglo. Este es el Madrid de Luces de Bohemia.

Pero Valle-Inclán, en otras obras, también nos muestra un Madrid distinto, una ciudad risueña, multicolor, veraniega, falsamente burguesa, militar y alejada de los barrios populares, de las tabernas, las tascas, el bullicio de las calles, la bohemia nocturna. Así, el escritor muestra espacios dramáticos que se oponen tanto en tonalidades como en el estilo de vida que representan.

En definitiva, sus personajes son reales (tienen posibilidad de serlo) y el Madrid como escenario es visitable y reconocible, permite hacerse escuchar en las voces, las conversaciones, incluso en los gritos, el ambiente de época de sus cafés y tabernas.

Madrid ofrece un mismo rostro a todos los provincianos del 98. Tuvieron la osadía de ver y describir un Madrid de arrabal, agrio cuando muestra el verdadero sabor de su vida, grotesco cuando enseña la película histórica que cubre y esconde tan desabrida entraña. Una actitud sucia, dolorida y dolorosa en los seres que viven subhistórica y realmente; una radical inconsistencia en los que viven oficial e históricamente. Estas son las dos notas fundamentales del Madrid que ven y describen, al llegar, todos los miembros de la generación.

MADRID CULTURAL.

El 27 de mayo de 1988, el Consejo de Ministros de Cultura de la C.E.E. acordó designar a Madrid: <<Capital Europea de la Cultura 1992>>. Sin duda, es un justo reconocimiento a la trayectoria de Madrid a través de los siglos, donde diversos factores foráneos, nacionales y extranjeros, además de los de su propia identidad, se han ido fundiendo en ese crisol que siempre ha sido la Villa. La cultura de España, en general, y de Madrid en particular, en las últimas décadas del siglo XIX se nutre con la labor, tanto de los intelectuales como de revistas, instituciones y entidades que obran a favor del desarrollo cultural.

La Institución Libre de Enseñanza creada en 1876, fue sin lugar a dudas la empresa educativa más importante aprendida en España durante el último tercio de la pasada centuria. Proclamó su independencia frente a banderías políticas y disputas confesionales. Era firme la creencia de Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución, de que toda tentativa de reformar la sociedad española <<desde arriba>>, es decir, recurriendo a las medidas ejecutivas de la política, sería inútil, con una masa popular en gran parte ignorante. La libertad civil y política es un delicado mecanismo que funciona con un mínimo de trabas sólo en una sociedad que ha alcanzado un nivel relativamente alto de ilustración general. Por eso, los institucionistas volvieron la espalda a la palestra pública y pusieron mano a la tarea de rehacer a España <<desde abajo>> y <<desde el principio>>, es decir, mediante la educación, según pautas rigurosamente modernas, de las jóvenes generaciones. Giner propugnaba la redención de España por medio de la educación universal, entendida ésta como libre de dogmas, doctrinas o prejuicios excluyentes. Su tarea constituye, así, el repudio indirecto de la enseñanza oficial, probadamente ineficaz e insuficiente en aquella época y sujeta por añadidura a la tutela agobiante de intereses políticos y religiosos. Otros colaboradores fueron: Fernando de Castro y Manuel Bartolomé Cossío, José de la Revilla y Joaquín Costa; políticos como Salmerón y Castelar, Moret y Montero Ríos, y literatos como Valera y Clarín.

Quienes en España, y durante los años de la Regencia, cultivan quehaceres científicos o viven entregados a obligaciones intelectuales, van a encontrar, deseándolo o no, alistados en uno de ambos bandos, de renovadores y europeizantes o tradicionales, sin que entre ellos falten quienes pretenden aunar aquellas dos actitudes en su apariencia antitéticas. Muchos hombres de ciencia dieron a su generación notable densidad intelectual, y ellos, con los políticos y literatos coetáneos, crearon el ambiente cultural vigente en la España finisecular.

El Ateneo : el edificio de la calle de Prado número 21 alberga el Ateneo Científico y Literario de Madrid. Centro de difusión ideológica y cultural, contribuye a mantener este clima que pone marco a la actividad de literatos e intelectuales. Lo más interesante del Ateneo son su biblioteca y su "Cacharrería". La primera es magnifica y quizá sea la mejor biblioteca española, en fondos del siglo XIX y comienzos del XX, época que coincide con el esplendor de la institución. La "Cacharrería" es una gran sala, donde a diario, hasta la época de la guerra civil se mantenía una tertulia permanente. Participaban en ella artistas, escritores y políticos que se enzarzaban en discusiones que terminaban a veces en escandaleras sonadas. Desde 1896 las actividades desarrolladas por el Ateneo se amplían con la fundación de una <<Escuela de Estudios Superiores>>. Colaboró con el Ateneo en esta tarea de enriquecer el mundo cultural madrileño la sociedad <<El Fomento de las Artes>>.

 Durante la mayor parte del siglo XIX y ya bien entrado el XX la gran colmena intelectual española fue el Ateneo de Madrid, que ha pervivido y sigue reuniendo, sobre todo en su célebre biblioteca, gentes ávidas de saber, y de saberes, y que no ha dejado de ser escenario de conferencias, lecciones y otras actividades culturales. Pero es cierto que el Ateneo conoció su gran esplendor en la pasada centuria, al extremo que puede darse por válida la frase que abarca y representa la Historia de nuestro país en ella.

Tuvo momentos de gran ebullición política; y grandes políticos, personajes de primera fila en la política, solieron elegir casi siempre los ateneístas para presidirlos.

La generación del 98 hace acto de presencia en el Ateneo "y sin haberlo gobernado nunca difunde su espíritu, crea el Ateneo disidente, sacándolo del marasmo en que lo tenía preso los númenes canovistas". El impacto de 1898 sacude el Ateneo con el mismo vigor y la misma inquietud que a la sociedad española. El Ateneo de principios de siglo es un centro donde se agita el espíritu de regeneración nacional de la crítica radical, de negación de los restauracionistas, de renovación literaria y artística. El 98 español aglutina todos aquellos factores que enmarcan los comienzos de siglo. Sus hombres más representativos lo convierten en un placer estético de demolición.

Los años 1898-1909 son fundamentales para la orientación definitiva de los hombres del 98 y para la maduración de jóvenes intelectuales de nuevas generaciones.

La fisonomía que aportan los hombres del 98 al carácter tradicional del Ateneo es de un radicalismo crítico ante realidades de la España finisecular y un innegable decoro literario. Unamuno fue el que más influencia ejerció desde su tribuna dentro y fuera de aquel centro. Será uno de los impulsores claves para el derrocamiento de la monarquía y la proclamación de la II República En 1915, manifestaba su entusiasmo por la labor cultural que desarrollaba el Ateneo: "Ayer, 23 de este mes de noviembre, se inauguró el curso de conferencias y lecciones de 1915 a 1916 en el Ateneo científico, literario y artístico de esta villa y corte de España. No creo tener que decir a mis lectores lo que es el Ateneo de Madrid, la institución de cultura más famosa de España, más que cualquiera de sus Universidades. Hubo también un tiempo en que se llamó a ese Ateneo la Holanda de España, el refugio de la libertad de pensamiento, y cuéntase que en la época de la llamada Restauración, a raíz del restablecimiento de la dinastía borbónica en España, después de 1876, Cánovas del Castillo, árbitro de las libertades civiles en España y fervoroso ateneísta, sostenía que en el Ateneo se puede decir todo lo que fuera de él no era permitido se dijera. No hay, seguramente, en España, institución que haya influido más en la marcha de su cultura". (Publicado en La Nación, Buenos Aires, 24 de enero de 1916. Tomo VIII de las O.C.). Valle-Inclán, por el contrario, ejerció su magisterio en sus vastas tertulias ateneístas. Ni Azorín ni Baroja mantuvieron su influencia directa dentro del Ateneo. Benavente fue ateneísta activo, ocupando durante bastantes años la presidencia de la Sección de Literatura.

La generación del 98 fue sólo el necesario y saludable espíritu iconoclasta inicial de un movimiento cultural y político que se sucedió sin solución de continuidad en la generación del 14. La dispar evolución intelectual de los hombres del 98 cobran en este movimiento ininterrumpido una más clara perspectiva. Actuaron como revulsivo y como elemento educador de una conciencia crítica con respecto al poder y se alinearon con sus discípulos de la generación del 14 en la tarea política de remodelar un nuevo Estado desde la única plataforma posible: el poder político. Esta evolución intelectual está ya presente en el Ateneo hacia 1909.

Las Reales Academias, también tuvieron un lugar esencial en el panorama cultural de Madrid. La Real Academia de la Lengua, fundada en 1714 por Felipe V con la finalidad de preservar al castellano de sus desviaciones y salvarlo del mal uso, así como cuidar las modificaciones que en el mismo va dictando el cambio de los tiempos. La Real Academia de la Historia, instalada desde 1876 en el edificio atribuido a Juan de Villanueva del número 27 de la calle de León, construido a fines del siglo XVIII por decreto de Felipe V en 1735. La Academia de Bellas Artes de San Fernando, importante museo que contiene cerca de mil lienzos, una buena colección de esculturas, mobiliario, porcelanas y planchas y grabados de diversos artistas. Se encuentra en la calle Alcalá, número 13. También podemos destacar las Academias de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, la de Ciencias Morales y Políticas, la de Medicina, la de Jurisprudencia y Legislación y por último la de Farmacia.

La Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País. Carlos III firma la Real Cédula fundacional el 9 de noviembre de 1775 en el Real Sitio de El Escorial. Desarrolla varias actividades encuadradas en tres ámbitos: económico, beneficiencia y enseñanza. Ocupa la planta baja de la Torre de los lujanes, desde 1866.

Y por último, no podemos olvidar la extraordinaria aportación del Archivo de la Villa, de la Biblioteca Municipal y de la Hemeroteca, actualmente en el cuartel del Conde-Duque.

TERTULIAS Y GRUPOS LITERARIOS.

En la etapa de aprendizaje literario tuvo lugar el encuentro de los escritores que luego compondrían, unidos, el grupo <<noventayochista>>; ocurrió con ocasión de publicar sus libros primerizos, por coincidir en tertulias y redacciones de periódicos y revistas.

Las tertulias se reunían a diario, se saltaba de una a otra; a distintas horas del día y de la noche, se celebraban en cafés y cervecerías. También en periódicos y en casas particulares. Como dijo Pío Baroja, <<había tertulia que era un muestrario de tipos raros, que se iban sucediendo: literatos, periodistas, aventureros, policías, curas de regimiento, cómicos, anarquistas; todo lo más barroco de Madrid pasaba por ellas>>.

Gustaban también aquellos escritores jóvenes prolongar las largas estancias en los cafés con paseos hacia los barrios extremos, evidenciando una manifiesta predilección por conocer la vida de los miserables y un cierto amor a lo lúgubre. De este mundo de la pobretería de la Corte ofrecieron luego logradas descripciones Baroja en La horda.

En los paseos de madrugada proseguían las discusiones iniciadas en el café. En el amanecer de nuestro siglo, de este siglo XX, los cafés eran el espejo donde se miraba la sociedad española. Y los cafés, desde luego, solían hacer alarde de espejos, más o menos ostentosos y lujosos según la categoría del local que se multiplicaban en sus paredes. Iban a los cafés los pudientes y los modestos, los bohemios y los menestrales. Había cafés con reservados para las damas y otros, algún otro, con sala especial para las meriendas de estas con los caballeros que las acompañaban, o solas. Había cafés encopetados, para gentes encopetadas; cafés chulones, cafés populares, que aglutinaban todas las esferas; cafés de barrio, mesocráticos; e ínfimos cafés. Respondían los cafés a la escala de los ciudadanos y eran, pues como sus vestiduras. El café conciliaba diversión y Universidad, y otras muchísimas cosas.

La tertulia del Café de Madrid fue uno de los primeros y más concurridos lugares de reunión de la juventud literaria en los años finales del siglo. Presidían la tertulia Valle Inclán y Benavente y en ella ocupaban lugar preferente cuando asistían Rubén Darío y Maeztu. Fueron asiduos, entre otros, los periodistas Antonio Palomero y Luis Bello y el poeta Ramón de Godoy, Camilo Bargiela, Orts y Ramos, Adolfo Luna, Delorme, Rafael Urbano y Pedro Barrantes, Bernardo González de Candamo y Pedro González Blanco; durante sus estancias en la Corte acude también Gómez Carrillo; en ocasiones comparecen en la tertulia los hermanos Solana, Manuel Sawa y los dibujantes Francisco Sancha y Leal da Cámara. En la tertulia se combinan los silencios de Rubén Darío con las mordaces ironías de Benavente, las peroratas de Valle-Inclán y las siempre violentas diatribas de Maeztu.

Temas preferidos de comentario o disputa son los literarios, a los que se mezclan en ocasiones cuestiones de índole artística; en política, apunta Ricardo Baroja, <<casi todos eran indiferentes>>, y tampoco suscitan interés los problemas científicos. En muchos de los que concurren a la tertulia es incluso mezquino el panorama de sus conocimientos librescos: <<La mayoría de los contertulios del café -concluye Baroja- eran enciclopédicamente ignorantes>>. Pero el Café de Madrid, también fue el lugar en el que se produjo la amistosa escisión de aquellos que escuchaban más a Jacinto Benavente y jaleaban sus iniciales triunfos escénicos, el Café de la Montaña, locales todos, por lo próximos los unos de los otros, que podrían encerrarse, valga el símil, en una mano. Los benaventinos se marcharon a la Cervecería Inglesa de la Carrera de San Jerónimo, esquina a la calle de Echegaray, antes Lobo, según precisa el ameno cronista. Así se iban señalando las tendencias...

Valle-Inclán acudió, por lo menos durante algún tiempo, y a raíz de la citada escisión, a las reuniones en torno a Benavente, al que siempre profesó amistad. Fue de los de la Cervecería Inglesa y del Café de la Montaña, donde acudían asimismo Manuel Bueno, Fernández Bahamonde, Palomero y Ricardo Baroja. El grupo más indisciplinado y bohemio de sus componentes encontró refugio en la horchatería de Candela, en la calle de Alcalá, y luego en otros cafés e incluso en tabernas.

Valle-Inclán tuvo tertulia propia en Fornos, café al que concurrieron habitualmente, en diversas épocas, Joaquín Dicenta y Alejandro Sawa, Baroja y el futuro Azorín, Antonio Palomero, Pedro Barrantes, Eduardo Zamacois y Manuel Bueno, Pedro González Blanco, considerado <<el nietzscheano más competente de Madrid>> y por algunos apodado Zarathustra, y Gregorio Martínez Sierra. Y donde se entretenía en hostigar a Ramiro de Maeztu, haciéndole preguntas destinadas a poner a éste en un apuro.

Valle-Inclán fue un lujo en la entonces <<cochambrosa calle de Alcalá>>, también algo espectro de los de sábana blanca, pero sin sábana, y Gran Premio de máscaras de a pie, máscara llamativa, elegante, digna y orgullosa, en medio de la multitud de máscaras tristes, desvaídas y pobretonas, tal y como le viera un a la sazón joven y travieso periodista. Parte de la vida de don Ramón del Valle-Inclán pasó en el café. Al café acudió desde los años que irrumpió en el mundo de las letras hasta, cabe decir, las vísperas de su muerte. Muchos de sus colegas que junto a él frecuentaron los cafés en la juventud los abandonaron más o menos pronto, pero él los conservó su fidelidad y a su lado se fueron renovando las generaciones de artistas, escritores y afines, que acudían para acompañarle, escucharle y presumir de ser sus amigos.

Valle-Inclán fue un importantísimo coleccionista de cafés. Vivió su esplendor y entrevió su precipitada decadencia. Hubiera dado motivo más que suficiente para un libro nutrido, y hoy lo daría para una <<tesis>> la crónica de Valle-Inclán a través de los cafés, rodeado del ambiente de éstos y las gentes que acudían a las tertulias, que en unos tiempos frecuentó y más adelante presidió. La gran leyenda de Valle-Inclán tiene estrechísima conexión con lo cafés. De los cafés ha salido su inagotable anecdotario, el anecdotario verdadero y el falso, pues, hasta su muerte, e incluso acerca del trance de la misma, le inventaron anécdotas. Valle-Inclán frecuentó la <<Cacharrería>> del Ateneo y, a lo largo de una etapa, los saloncillos de algunos teatros, pero en realidad donde se hallaba más <<en su salsa>> era en el café.

El paso de Valle-Inclán por los cafés va unido a las ciertas transformaciones de su figura, o más bien de su cabeza y barba. El aliño indumentario vino a ser el mismo. A veces experimentaban variaciones los sombreros. La capa española era prenda predilecta invernal. Valle-Inclán aparece con la testa rapada en fotos y pinturas, y en otras con el cabello largo, en melena. A la barba de don Ramón dedicó Gómez de la Serna particular atención: <<Las barbas de Valle-Inclán han tenido épocas diferentes y precisas, desde aquellas barbas compactas y endrinas hasta las que hoy rafaguean su rostro. Siempre han sido barbas orgullosas, de las que él podría decir lo que el Cid Campeador dijo llevándose la mano a las suyas durante su altercado con Garci Ordóñez...>>. Y más adelante: <<En esta última época las barbas de don Ramón se han adelgazado y se han atenuado, convirtiéndose en un cendal de esos que flotan en las cumbres al amanecer>>.

En el Café Lion d´Or hubo una tertulia cuyos primeros componentes fueron Valle-Inclán, Palomero, López Pinillos, Dicenta y Cristóbal de Castro. La última tertulia de Valle-Inclán, en el Lion de la calle de Alcalá frente al llamado Palacio de Comunicaciones. El más viejo Lion se hallaba junto al Banco de Bilbao, en la misma calle, y en la desembocadura de la de Sevilla. Ese café ha conservado el mismo aire de entonces y que, a la sazón, albergaba a otras tertulias de artistas e intelectuales emigradas de otros locales.

Empezó a acudir Valle-Inclán al Lion cuando venía de Roma donde ostentaba el cargo de director de nuestra Academia de Bellas Artes. <<Cuando don Ramón del Valle-Inclán no está en Roma, está en Madrid. Y cuando está en Madrid, don Ramón va al Lion por las noches y se sienta en un rincón, frente a la puerta. Allí recibe a sus amigos. Allí habla de Roma y de Madrid. Allí se acaricia las barbas celebérrimas. Don Ramón habla: "Lope de Vega no era más que un Villaespesa con talento". O bien: "En México"…>>

A la tertulia del Nuevo Café de Levante, inaugurada en 1903, y cuyas diarias reuniones encabezó Valle-Inclán, asisten, en diferentes años algunos, Martínez Ruiz, Pío Baroja y Rubén Darío, los hermanos Manuel y Antonio Machado, Ciro Bayo y Siverio Lanza, Ramón de Godoy y Camilo Bargiela, Palomero, Manuel Bueno, los hermanos Sawa, Rafael Urbano, Candamo, Amado Nervo y Santos Chocano, el francés Cornuty y el suizo Pablo Schmitz. Tocaban el violinista Abelardo Corvino y un admirable pianista llamado Enguita.

El grupo de escritores a quienes preocupan cuestiones ideológicas, sociales y hasta políticas, seguirán encontrándose a diario en el Café de Madrid.

La idea que el madrileño de la calle se había forjado de aquellos nuevos escritores: <<Para el público en general, los llamados modernistas son unos entes melenudos, afeminados, lloricones y grotescos, algo así como fueron los románticos para sus contemporáneos>>.

La divergencia en preocupaciones y motivos habituales de conversación en el grupo de los <<noventayochistas>> testifica la fragmentación de la promoción literaria de la Regencia en grupos bien definidos. Además los distingue con los que se reunían en el Café de la Montaña, los <<modernistas>>. Almagro San Martín dice que el lo único que podían coincidir era en el "deseo de cambiar de postura".

En el hogar de los Baroja tuvo vida una tertulia a la que acudieron José Martínez Ruiz, Valle-Inclán y Maeztu. El negociado de Prensa del Ministerio de la Gobernación, lugar de trabajo de José Ignacio Alberti, miembro del grupo. Era también un lugar de reunión de los jóvenes literatos. En aquella covachuela estatal solían congregarse, ya a altas horas de la noche, con el propio jefe del negociado, Angel Luque, y su subordinado Alberti, Ciro Bayo, Schmitz y Pío Baroja, Manuel Sawa, Ramón de Godoy y una plebe de periodistas y gacetilleros; <<en aquella oficina del Estado se discutía de una manera libre, como en un club, sin que a nadie se le ocurriera poner coto a aquellas conversaciones, a veces antisociales>> concluye Baroja.

Otra tertulia fue la fundada por Luis Ruiz Contreras. Tuvo su sede en su propio domicilio, en la calle de la Madera, en un amplio salón al que adornaban, se nos cuenta, estanterías repletas de libros, cuadros y dibujos, una panoplia de armas antiguas y en <<mesa redonda>>, protegidas por un cristal, las cuartillas del primer acto del Juan José de Dicenta. Luego fueron instalados en el mismo salón algunos útiles de gimnasia de los que hicieron buen uso varios concurrentes a la tertulia. La liberalidad del anfitrión se hacía patente en la frecuencia con que sentaba a su mesa a varios de aquellos escritores jóvenes y también en cómo hacía funcionar una heladora de su propiedad para regalo de los contertulios. Acudían con cierta asiduidad a las reuniones, que se celebraban todos los miércoles desde el año 1896, periodistas en tal fecha con ya larga experiencia en la profesión y con ellos miembros de la entonces más joven promoción literaria.

El Café Europeo se hallaba en la Glorieta de Bilbao, esquina al bulevar de Carranza, ya que entonces ese bulevar existía. Allí solían citarse y reunirse Manuel y Antonio Machado (Manuel vivía a dos pasos) cuando Antonio pasaba temporada en Madrid, de vacaciones, o venía fines de semana desde Segovia donde era catedrático de francés en el Instituto de Segunda Enseñanza de la Ciudad. En esas entrevistas planearon algunas de sus obras teatrales en colaboración.

Por el año 1893 ó 1894, Manuel y Antonio Machado, muy jóvenes ambos, fueron acogidos con los brazos abiertos en la tertulia que reunía en su casa don Eduardo Benot, <<político en el poder>> un momento, lingüista, publicista, cultivador de varios géneros, y que, por añadidura gozó de la estimación y el respeto intelectuales de sus contemporáneos, y ejerció una influencia, que pudiera llamarse formativa, en no pocos de los que le admiraron y siguieron.

Los Machado habían perdido a su abuelo, el célebre médico <<del gabán blanco>>, y, antes, a su padre, que se había destacado como uno de los iniciadores de los estudios folklóricos en España. Don Eduardo Benot había sido amigo de ambos y recibió a sus sucesores mozos con verdadera ternura paternal. Se hallaron los Machado en una reunión de personas mayores y todas, o casi todas ellas, de renombre. En la tertulia se hablaba por lo general de poesía y de poetas, y no era raro que se recitasen versos. Lógicamente las predilecciones no se mostraban unánimes.

Es alrededor de esos días cuando los Machado conocieron a Enrique Paradas y éste lanza su revista La Caricatura y los jóvenes fueron con sus originales a que les diese el visto bueno Benot, para que les orientase en lo tocante a intención y estilo. También, a solicitar, lo cual les concedieron, la colaboración de los personajes famosos que en torno a su mentor se reunían. Benot emprendió el trabajo de un <<Diccionario de ideas afines>>, para el que requirió la colaboración de sus jóvenes protegidos, y cuyo editor era Muñoz Samper.

Azorín dice que Benot <<era un típico hombre del siglo XIX, de nuestro siglo XIX. Sus conocimientos eran vastos y varios, y sus trabajos abrazaban actividades diversas en el mundo de las letras. Era benévolo y se complacía en ayudar, para que se abriesen horizontes, a la juventud deseosa de trabajar y demostrar su valía>>.

Al propio tiempo que los jóvenes Machado van a casa de Benot y aprenden en esa tertulia en la que tanto quien la preside, como quienes concurren a ella, les acogen con cariño y suma benevolencia, frecuentan otras reuniones con escritores y aprendices de literatos más a tenor de su edad. La tertulia de don Eduardo Benot fue, sin duda, la primera a la que acudieron los Machado, con sus títulos de familia, y de la que sacaron provecho de formación e información. Su gratitud hacia él la proclamaron uno y otro, los dos grandes poetas españoles, mientras vivieron.

Manuel y Antonio Machado fueron desde sus años mozos dos impenitentes partidarios de las tertulias. El café fue punto de reunión, de comunicación y hasta cátedra de los intelectuales. No acostumbraban a ir solamente los escritores, los poetas, los dramaturgos, los artistas plásticos. Iban los médicos, los catedráticos, los ingenieros, los comerciantes y los aristócratas.

El rumbo de los Machado, cada cual por su matrimonio, y por el ejercicio de sus profesiones, archivero y periodista uno, catedrático el otro, les había separado del común alentar bajo el mismo techo, pero ya cuajados después del doblar esa mitad, que en lo general señala para el hombre el cabo que marca un poco más de la mitad de la vida, Madrid acabó por reunirles. Y en Madrid tuvieron sus últimas tertulias literarias con viejos amigos y otros nuevos, admitidos en el íntimo y un tanto cerrado círculo. La separación definitiva habría de sobrevenir después del postrer viaje sin retorno de Antonio.

Los cafés que los Machado elegían para reunirse en esa etapa estaban enclavados en el centro de la ciudad, viejos cafés en los que palpitaban las añejas tradiciones del fin del siglo XIX. El <<Café Español>>, primero, el cual conservaba un viejo pianista ciego y algunas tertulias de mujeres cuarentonas, románticas y de la mesocracia, de modestos artistas que vivían a la sombra del Conservatorio de Música y Declamación, y de alarbaderos retirados, o en ejercicio. Este local había recibido en el transcurso de su historia a grandes divos y maestros a su paso por el Teatro Real en las brillantes temporadas de Ópera.

En los momentos en los que acudían los Machado el café guardaba únicamente sus recuerdos, ya empolvados, y quizá las sombras invisibles de aquellas noches de triunfos clamorosos, las cuales le seguían siendo fieles. Los Machado también lo fueron hasta que un incidente pintoresco y la escasez de clientela ocasionaron el cierre del local. Decidieron trasladarse entonces al <<Café de Varela>>, hoy convertido en cafetería desprovista de carácter, situado en la calle de Preciados, esquina, casi, a la plaza de Santo Domingo. Era a la sazón un café profundo, oscuro, pese a sus muchos ventanales. Y muy confidencial. Resultaba sumamente típico y lo frecuentaba un público que parecía vivir ajeno a las modernas vías de su entorno.

Los habituales de la tertulia de los Machado eran el actor Ricardo Calvo, amigo entrañable, e inseparable, de los poetas desde su primera juventud, su tocayo Ricardo Baroja, el señor García Cortes, el doctor Giménez Encinas y José Machado. De vez en cuando, siempre que venía a Madrid, acudía don Miguel de Unamuno con el que unían a Antonio, preferentemente, afinidades poéticas y filosóficas, y, también, jóvenes escritores y poetas. Antonio Machado y su hermano José, eran los primeros en llegar. Luego iban apareciendo los demás. Resultaba admirable registrar el contrate de los dos Machado poetas, tan atildado el uno. No se le había desvanecido el sello de <<medio macareno medio parisién>>; tan descuidado en su aliño indumentaria el otro, muchas veces como ensoñando cosas lejanas.

Se desenvolvían las conversaciones en una mezcla de sencillez y de hondura. Los acaecimientos cotidianos, desde los literarios a los políticos, tenían allí su comentario. El último estreno, el libro recién publicado, la exposición de arte acabada de inaugurar, y asimismo las inquietudes que preocupaban a los españoles de esa hora, y que anunciaban el conflicto que, irremediablemente, había de producirse. La última tertulia literaria de los hermanos Machado fue la del <<Café de Varela>>. De cualquier manera todos los escritores de la generación del 98 eran de todas las tertulias, y unas a otras se enviaban visitantes, en cierto modo embajadores.

ACTOS COLECTIVOS.

Los componentes de la generación del 98 también organizaron una serie de actos como la asistencia al estreno de Electra de Galdós, en 1901. Fue uno de los acontecimientos más significativos en la historia intelectual española. Se estrenó en el Teatro Español de Madrid el miércoles, 30 de enero de 1901, no hubo lleno al ser un día de frío, con nieve espesa. Se vivía en aquellos momentos un ambiente político y social que ponía en entredicho al clericalismo y la Restauración. Esta obra ponía de manifiesto las aspiraciones de la juventud intelectual española. En Madrid hubo ochenta representaciones consecutivas de Electra en el Español, y unas veinte más en el Teatro Novedades. Sin duda, esta obra fue un elemento catalizador para el movimiento anticlerical. La mañana siguiente al estreno, un número entero de El País fue dedicado a comentarios por los escritores y críticos más destacados del día. Los más profundos fueron los de Baroja y Maeztu, sin olvidar los de Azorín.

Galdós, con la representación de Electra, sirve para juntar a los intelectuales, los hombres públicos y las masas en sus esfuerzos por imponer el liberalismo en la España del siglo XX.

Otros actos relevantes fueron el banquete en honor de Baroja por la aparición de su obra Camino de perfección, en 1902, la visita a la tumba de Larra en 1905 y la protesta contra la concesión del premio Nobel a Echegaray, dando nacimiento a un manifiesto, en marzo de 1905, que aireado en los cafés de los alrededores de la Puerta del Sol es pronto conocido como el manifiesto de los rebeldes.

Unos de los actos literarios más significativos de lo que va de este siglo. Una limpia, noble, sincera solidaridad reunió a aquellos hombres dedicados todos, en distintas ramas, al ejercicio de las actividades intelectuales: a la creación, a la docencia, a la investigación, a la política... Una ejemplar solidaridad.

El 23 de noviembre del año 1913 se reunieron literatos, profesores, médicos, artistas, algún político, y periodistas. El motivo era la profunda admiración que sentían por aquel a quien rendían homenaje. Inmortalidad de Azorín: por su arte inimitable, por su exquisita sensibilidad de artista. <<Entre dos momentos políticos de Azorín, cuando él vuelve a ser única figura en medio de la desolación, se les ocurre a sus amigos darle un banquete en la espesura de Aranjuez, bajo un triste cielo de la España otoñal el día 23 de noviembre de 1913>>.

<<Es usted, después de Galdós, quien ha dirigido una mirada más afectuosa a esos años del siglo XIX, humildes por sus resultados, pero sembrados de fervor y sacudidos por un fuerte dinamismo>>... José Ortega y Gasset.

LAS REVISTAS.

Todos se unieron, y reiteradamente, para dar vida a publicaciones periódicas en las que buscaban ofrecer testimonio de sus preferencias y repulsas, proclamar admiraciones y vocear denuncias; dar fe de vida, en suma, ante una sociedad en la que aún eran prácticamente desconocidos y frente a la generación literaria cuya obra gozaba de popularidad y prestigio. Se hicieron acompañar de los ya consagrados y asimismo reciben consagración la colaboración de escritores más jóvenes que ellos.

También participaron en revistas de reconocido prestigio y en los periódicos de mayor difusión. Por ejemplo, Miguel de Unamuno, que publicó en La España Moderna la serie de ensayos <<En torno al casticismo>>.

Fue El País, diario republicano dirigido en diferentes épocas por Roberto Castrovido, Lerroux y Joaquín Dicenta, uno de los primeros periódicos madrileños en el que consiguieron escribir los literatos jóvenes; en su redacción, en la que a días conseguía albergue para sus noches de miseria Pedro Barrantes, convivieron Maeztu, el futuro Azorín, Pío Baroja y otros compañeros de promoción con los periodistas, mayores todos en edad, Ricardo Fuente, Antonio Palomero, Adolfo Luna y el cura Ferrándiz; El País llegó a ser para los literatos nuevos <<vertedero donde todos arrojaban, sin esperanzas de retribución, lo que producían>> dice Ruiz Contreras.

Otro paso decisivo en el ejercicio del quehacer periodístico lo dieron los escritores del grupo <<noventayochista> al ingresar en 1902 en la redacción de El Globo, diario fundado por Castelar y que luego pasó a propiedad del diputado catalán Emilio Ríu, que acogío a Martínez Ruiz y a Baroja.

La Campaña y Heraldo de París se dirigían a un público bastante numeroso en España y América Latina. La popularidad de estos dos periódicos es evidente al lector de otros periódicos madrileños, porque su contenido y su orientación editorial son fuente de frecuente comentario. Estos dos periódicos, a causa de su inmunidad a las represalias del gobierno español, contribuyen a aclarar el papel y la forma del movimiento anarquista en España. Los artículos del futuro Azorín, los cuentos de Unamuno y los poemas de Vicente Medina, representan otra confirmación de los contactos que tenían los escritores de la época con los círculos anarquistas.

En cuanto a revistas literarias: Germinal, cuyo programa evidencia preocupaciones sociales y emite opinión sobre cuestiones políticas. La Vida Literaria, que nace y muere en 1899, que mantuvo, por razones mercantiles, una postura ecléctica.

Ya en nuestro siglo: Juventud, Arte Joven, Electra, Helios y La República de las Letras. Vida Nueva fue el segundo semanario creado por los escritores jóvenes cuando el siglo llegaba a su final. Sólo colaboraron Unamuno y Maeztu. Simboliza mejor que Germinal, el espíritu crítico que hace suyo la llamada Generación del 98. Defiende un programa de cariz socialista y radical.

De todas las publicaciones periódicas sostenidas por los escritores jóvenes en los años finales de la Regencia, la que mejor simboliza los afanes de aquella inquieta promoción literaria fue Revista Nueva. Su fundador fue Luis Ruiz Contreras.

Las nóminas de colaboradores de las revistas que surgieron en los años finales de la Regencia, al igual de los sucedió en las tertulias y actos colectivos que entonces aúnan a los escritores jóvenes, confirman cómo la promoción de literatos que pugnaba por hacerse un nombre en el campo de las letras, si se enfrentó, ello es cierto, con la generación que le precedió, no por eso deja de aceptar y aun desear la compañía de algunos de sus componentes y permite también que otros aprendices de escritor, más jóvenes que ellos mismos participen en sus empresas editoriales y concurran a sus diarias reuniones.

DISOLUCIÓN DEL GRUPO <<NOVENTAYOCHISTA>>.

Hacia 1905 queda consumada la disolución del grupo <<noventayochista>>, y quienes lo integraron, devueltos al ejercicio exclusivo de su verdadera vocación, por entero consagrados a la creación literaria, de la que será fruto una espléndida obra, novela y teatro, poesía, ensayo o artículo periodístico, que compone en el panorama de la cultura española contemporánea uno de sus más valiosos capítulos. Distanciamiento recíproco motivado preferentemente por razones ideológicas.

BIOGRAFÍA DE LOS COMPONENTES DE LA GENERACIÓN DEL 98.

AZORÍN, José Martínez Ruiz. (Monóvar, 1873-Madrid, 1967). Escritor español que formó parte de la generación del 98. Estudió Derecho, pero se dedicaría toda su vida al periodismo. Desplegó una intensa actividad política, que le condujo del anarquismo de sus inicios al nacionalismo de 1939, pasando por los afanes reformistas del <<grupo de los tres>>, que formó con Maeztu y Baroja en 1901, por su trayectoria como diputado conservador (1907, 1914, 1916-1920) y por su apoyo a la dictadura de Primo de Rivera. Paralelamente, en lo religioso, pasó de su anticlericalismo inicial a un escepticismo sereno para terminar proclamando "un catolicismo firme".

El 26 de noviembre de 1896 llega a Madrid dispuesto a progresar en su carrera. Una carta de recomendación le conecta de inmediato con el diario republicano capitalino El País que dirige A. Lerroux. Su salida, dudosa de dicho periódico, justifica su futura pirueta ideológica, al sufrir con ello una situación material dificultosa que refuerza su ánimo al replanteamiento de futuro.

Su obra literaria desarrolla una meditación sobre la fugacidad y la permanencia del tiempo. Es un espíritu nostálgico que vive para evocar. Esta filosofía enlaza con la contemplación lírica del paisaje, en una prosa diáfana, opuesta a la retórica decimonónica. La trilogía novelesca compuesta por La voluntad (1902), Antonio Azorín (1903) y Las confesiones de un pequeño filósofo (1904) marca su madurez literaria. Sus ensayos sobre paisajes y temas españoles, y sobre textos de literatura castellana, en particular Castilla (1912) y Clásicos y modernos (1913), son otro vértice de su obra literaria. En el año 1924 ingresó como miembro de número en la Real Academia Española.

BAROJA, Pío (San Sebastián, 1872- Madrid, 1956). Novelista español y miembro destacado de la generación del 98. Vivió su niñez y juventud en Madrid con cortos intervalos en Pamplona y Valencia. Creador de un vasto universo narrativo, estudió medicina en Madrid y en Valencia y ejerció en Cestona, pero, a los dos años, abandonó la carrera y se instaló en Madrid, donde regentó una panadería de una tía suya. Entró en contacto con los escritores que integrarían la generación del 98. Precisamente en 1898 tomó la decisión de dedicarse por entero a la literatura. Fijaría la residencia en Madrid, ciudad que sólo abandonó para atender su vocación viajera por España y Europa y, a partir de 1912, para recrearse periódicamente en la casa de Itzea, en Vera del Bidasoa, Navarra. Conoció bien París, pues allí vivió su exilio durante la guerra civil española.

Inconformista radical, de su anarquismo juvenil le quedó siempre una postura iconoclasta, hostil a la sociedad. No creyó ni en Dios, ni en la vida, ni en el hombre. Y sin embargo, hay también en él una inmensa ternura por los seres desvalidos o marginados. Esto y la sinceridad son las bases de su ética personal. Como hombre del 98, amó a España y le preocuparon sus problemas, pero no se hizo ilusiones.

Es uno de los escritores con mayor producción literaria, autor de libros como "Aventuras, inventos y mixtificación de Silvestre Paradox", "Camino de perfección", la triología "La lucha por la vida". Su obra más ambiciosa, "Las memorias de un hombre de acción", es una recreación de la época de las guerras carlistas. En 1934 ingresó en la Real Academia. Él mismo se extraña de su elección como académico, hablando siempre con humildad sobre su tarea de escritor.

BAROJA, Ricardo (Riotinto, 1871-Vera de Bidasoa, 1953). Pintor y grabador español. Su pintura está vinculada con la expresión plástica de la generación del 98. De temática primordialmente paisajística, sus postulados estéticos se aproximan al impresionismo. Su obra gráfica refleja la influencia de Goya. Sería el cronista de la generación del 98.

BENAVENTE, Jacinto (Madrid, 1866- 1954) Dramaturgo español. Renovador del teatro español, su extensa obra, que consta de más de 150 piezas, incluye dramas de ambiente cosmopolita y rural, teatro infantil y comedias. En 1885 abandonó sus estudios de derecho y se dedicó a la literatura. Sus primeros escritos (El teatro fantástico, 1892; Cartas de mujeres, 1893) contienen algunos de los elementos que desarrolló luego en profundidad, como la exploración de la psicología femenina. Su obra más célebre, Los intereses creados (1907), es una crítica de la hipocresía burguesa en tono satírico. Otras obras notables son: La malquerida (1913), La mariposa que voló sobre el mar (1926) y Pepa Doncel (1928). Miembro de la Real Academia Española desde 1912, obtuvo el Premio Nobel de literatura en 1922.

Azorín lo incluía en la generación del 98. Es cierto que en sus comienzos tuvo una actitud crítica vecina a la de aquellos autores. No obstante, Benavente fue limando su carga crítica para acomodarse a lo que pedía y era capaz de admitir el público habitual de los teatros de entonces.

GANIVET, Ángel (Granada, 1865-Riga, 1898). Escritor español, ensayista muy personal. Puede ser considerado precursor de la generación del 98, con la publicación de su Idearium español (1897), donde son diagnosticados los males y propuestos los remedios del país, que ante su temprano suicidio serán recogidos por los miembros de la generación del 98. Conoció a Unamuno en 1891 durante unas oposiciones al cuerpo de archiveros, que ganó el filósofo vasco; entre ellos se estableció una intensa relación epistolar. En 1894 obtuvo un cargo diplomático en Amberes; un año más tarde fue trasladado como cónsul a Helsinki, y finalmente a Riga, donde se suicidó arrojándose a las aguas del Dvina, víctima de uno de los accesos de locura que venía sufriendo desde 1896.

MACHADO, Antonio (Sevilla, 1875- Colliure, 1939). Poeta español. Él mismo describió su vida como sencilla y modesta. Hombre de honda sensibilidad, se educó en Madrid, donde llegó con apenas siete años, en 1883. Estudió en la Institución Libre de Enseñanza, junto a su hermano Manuel. Tuvo como maestros a Giner de los Ríos, Cossío y Salmerón. En 1900 obtuvo el grado de bachiller. Una burguesía intelectual, liberal, progresista y anticlerical decimonónica es la clase que dio origen al poeta, marcando así su obra y pensamiento. Especialmente influyó la enseñanza y educación de su padre, licenciado en Derecho y letras, como el abuelo, destacado krausista y titular de la Cátedra de Ciencias Naturales de la Universidad de Sevilla, ambos fervientes republicanos.

Su labor como catedrático de francés y literatura de enseñanza media se desarrolla en Soria, Baeza, Segovia y Madrid. Pasó cortos periodos de su vida en París y reconoció a Unamuno como maestro.

En 1901 publicó sus primeros poemas en la revista Electra. En 1902 conoció a Juan Ramón Jiménez, y a finales de ese mismo año apareció su libro Soledades, obra que se reeditó en 1907 con el título de Soledades, Galerías y otros poemas, al tiempo que el autor obtenía la cátedra de francés en el Instituto de Soria. Dos años más tarde se casó con Leonor Izquierdo. En 1910 obtuvo una beca para estudiar en París, donde siguió las clases de Bergson y de Bédier. Leonor enfermó gravemente y, en 1911, regresaron a Soria; poco después de la muerte de su esposa apareció publicado Campos de Castilla (1912). Desesperado, deja Soria.

Al estallar la guerra radicalizó sus posiciones a favor de la República. En 1939 se exilió en Francia, donde murió, en el pueblecito de Colliure, el 22 de febrero de 1939.

MAEZTU, Ramiro de (Vitoria, 1875- Madrid, 1936). Escritor español, fue una de las figuras más representativas, el gran periodista político de la generación del 98. El propio Unamuno le define como "un ensayista puro, desde el primer momento apostado en esa primera línea de la realidad española que es el periodismo". Desde los primeros balbuceos profesionales, la circunstancia biográfica de Maeztu parece condicionarle a la asunción de posturas de responsabilidad en la sociedad que le acoge, y el compromiso, al fin, alentará su obra. Por otra parte, sus conocimientos de lenguas extranjeras proyectarán su obra hacia culturas vedadas de común a los intelectuales patrios. Experiencias y capacidades conceden a su firma inequívoca particularidad en la España de entonces.

De origen navarro, su infancia fue relajada y cómoda, acorde con la rica familia de hacendados que le corresponde. Pero en 1894 sufre un periodo de difuicultades, tras la muerte de su padre y la pérdida por completo de la hacienda, que le sirvieron para aprender a defenderse "contra las espinas de la vida". Se inicia como periodista en El Porvenir Vascongado de Bilbao. A mediados de 1897 se traslada a Madrid y persiste en el afán profesional que le ocupará toda su vida.

Con Baroja y Azorín conforma en 1901 <<el grupo de los Tres>> que funda la revista Juventud. Atraído por las incipientes teorías que propagan los nuevos socialistas, su periodismo se muestra militante. Baroja lo cuenta entre los jóvenes y airados intelectuales que asisten en Madrid en febrero de 1901 "el año anticlerical", al estreno de la Electra de Galdós para proferir en el teatro gritos contra la Iglesia y en apoyo del autor. Fue embajador del régimen de Primo de Rivera en Argentina (1928) y colaborador de Acción Española. Murió fusilado el 29 de octubre de 1936. Había permanecido en la cárcel desde el 30 de julio anterior. Académico de la Real Academia desde 1934.

UNAMUNO, Miguel de (Bilbao, 1864- Salamanca, 1936). Escritor y filósofo español. Es el pensador más fecundo de la generación del 98, y el de más amplia trayectoria fuera de España. Doctorado en filosofía y letras por la Universidad de Madrid con la tesis titulada Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca. Renovador y tradicionista; liberal por herencia y por razón; anarquista, beligerante, provocador, contradictorio y polemista; moralizador y antidogmático, agónico en la duda y en la fe; vitalista y depresivo, intransigente e inconformista, excéntrico y susceptible; utopista de la libertad y Quijote del espíritu, independiente incluso en el compromiso. Su vida fue de intensa actividad intelectual y de constante lucha. Lucha consigo mismo, debatiéndose entre contradicciones sin hallar paz. Y lucha contra la "trivialidad" de su tiempo o la falta de inquietudes, intentando sacudir las conciencias.

En 1900 fue nombrado rector de la Universidad de Salamanca, donde realizaba una función docente desde 1891 como catedrático de griego, pero en 1914 fue destituido de su cargo por disensiones con el Gobierno. En 1921 fue elegido vicerrector y decano de la Universidad de Salamanca, hasta que en 1924, por su clara postura antidictatorial, Primo de Rivera ordenó su deportación a Fuerteventura. Permaneció en el exilio hasta 1931, año en que se instauró la República, y de regreso a Salamanca fue reintegrado a su cátedra y elegido diputado en las Cortes Constituyentes. Su pensamiento filosófico estuvo marcado por un acercamiento existencial a la realidad.

Buen conocedor de la lengua, acuñó un estilo personal inconfundible, que puso al servicio de su voluntad de <<despertar>> a los españoles de su <<modorra espiritual>>. Se esforzó por rescatar el <<fondo intrahistórico del pueblo español>>, la verdadera esencia de España, que vio encarnada en la figura de don Quijote (Vida de Don Quijote y Sancho, 1905). En su narrativa encontramos obras como Paz en la guerra (1897), Niebla (1914), La tía Tula, San Manuel Bueno, mártir...

 VALLE-INCLÁN, Ramón María del Valle y Peña, (Villanueva de Arosa, 1866- Santiago de Compostela, 1936). "Eximio escritor y extravagante ciudadano", así lo definió en cierta ocasión el general Primo de Rivera. Su figura era inconfundible: manco, melena y barbas largas, capa, chambergo y chalina. Su escudo de armas era su figura. Bajo dicha excentricidad se encontraba su inconformismo, la entrega rigurosa a su trabajo de escritor y una arrogante búsqueda de nuevas formas. Políticamente fue primero tradicionalista, pero a partir de 1915, da un giro radical, desde la izquierda adopta posturas revolucionarias que llegan hasta el comunismo.

Estudió leyes en Santiago de Compostela. En 1892 emigró a México, donde se enroló en el ejército. A su vuelta a España, se estableció inicialmente en Pontevedra. En 1895 publicó su primera obra Femeninas, y se estableció en Madrid, donde llevó una vida bohemia y noctámbula y se forjó una ficticia personalidad de aristócrata displicente que reivindicaba los títulos nobiliarios de marqués del Valle, vízconde de Viexin y señor de Caramiñal. En 1899 perdió el brazo izquierdo a consecuencia de una pelea con Manuel Bueno. En 1910 regresó a América como director de la compañía teatral Guerrero-Mendoza, y en 1922 volvió a México. En 1929 fue encarcelado por Primo de Rivera. La República le nombró director de la Academia de Bellas Artes de España en Roma, y en 1934, regresó definitivamente a Galicia, donde murió. En su obra narrativa y dramática es donde encontramos lo mejor de su producción: El ciclo de El ruedo ibérico y la novela Tirano Banderas, otros cilos narrativos como La guerra carlista y las Comedias bárbaras. En el ámbito del teatro encontramos El marqués de Bradomín y Luces de bohemia, obra que resume su noción del esperpento. Otra obra dramática esencial, Divinas palabras.

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