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LA ALTA BURGUESIA DE LOS NEGOCIOS Y SUS PALACIOS EN EL MADRID EN EL XIX
El análisis de la estructura social madrileña y la conflictividad que en ella se produce en el siglo XIX no se puede hacer bajo los criterios de sociedad industrial, más bien están determinados por el fenómeno de la capitalidad, y por la mezcla que en Madrid se produce de la persistencia de formas y contenidos tradicionales del Antiguo Régimen en quiebra, y la emergencia de nuevas formas características de la sociedad clasista en vías de lenta consolidación. La élite madrileña de mediados del siglo XIX no era enteramente burguesa ya que mantenía pervivencias del Antiguo Régimen, pero tampoco era una ampliación de la nobleza ya que la concesión de títulos nobiliarios no puede ser sacado del contexto político y económico de la España de esa época. Madrid era el centro de la toma de decisiones políticas, aunque ahora haya que limitar esa capacidad centralizadora del Estado liberal del pasado siglo. Por tanto la economía y la sociedad de la capital tenían una naturaleza profundamente extrovertida y se movía más por el impulso del todo nacional que de una dinámica local. La importancia de Madrid como punto de contacto con el resto del mercado nacional y con el exterior hicieron que se convirtiera en el escaparate de las actividades económicas nacionales, como ocurrió con el ferrocarril o con la serie de exposiciones celebradas durante la segunda mitad del siglo XIX (la Agrícola de 1856 o la de Filipinas de 1887). Así la economía y la sociedad de la ciudad se diferenciaba con bastante claridad de la economía y sociedad de la capital, sin negar un contacto superficial; estas no corresponden a una estructura capitalista, siendo más industriosa que industrial y más rentista que burguesa, predominando más el comerciante del negocio familiar que el empresario como tal. Por lo tanto, la burguesía de los negocios y la alta burguesía de los negocios fueron un producto de Madrid, tanto a nivel social como económico. Cuando en 1561 Felipe II decidió trasladar la Corte a Madrid, quedó marcado el destino futuro de lo que hasta entonces era un reducido núcleo urbano de limitadas funciones. Madrid fue una ciudad imperial de inadecuado emplazamiento geográfico, elemento a tener en cuenta porque al unirse al fenómeno de la capitalidad conllevó a delimitar las funciones de la ciudad y a definir su vinculación con el resto del territorio próximo. La ciudad de Madrid, pues, articuló su dinámica interna sobre la base de su función como capital del Imperio, por lo que una parte importante de la renta que llegaba hasta Madrid se proyectaba hacía la conservación de la estructura imperial. A lo largo del siglo XIX la capital se convirtió en una pieza básica en la creación del mercado nacional, modernizando sus funciones financieras y acentuando su papel de centro intermediario. Madrid actuó durante el siglo XIX como el centro racionalizador y redistribuidor de gran parte del excedente nacional, esquema del cual el resto de la provincia de Madrid apenas participaba. Madrid es capital y ciudad en el complejo juego de la consolidación del sistema liberal en la España del siglo XIX. Esto permite explicar las relaciones de Madrid con el resto de España. Aunque el capital tiende a concentrarse a lo largo del siglo XIX, la élite económica que domina la llamada economía de la capital no se acopla en absoluto a la economía de la ciudad por estar, dicha élite, escasamente vinculada a ella; resultando que Madrid, si bien centraliza recursos de todo el país, no los absorbe en su propio desarrollo. Si la revolución industrial del siglo XIX fue superficial en la economía española, que decir de una ciudad como Madrid, en la que se acumulaban dasajustes y carencias estructurales de todo tipo. La élite económica no promocionó ninguna iniciativa industrial en la ciudad, ni en la provincia; en cambio, la élite económica madrileña sí colaboró activamente en proyectos industriales fuera de la capital, por ejemplo, la participación de Pascual Madoz en la empresa catalana del textil "La España industrial" y de Francisco de las Rivas y Ubieta, marqués de Mudela, como uno de los pioneros de la siderurgia vasca. El 14 de abril de 1857 se aprobó el Real Decreto por el que se autorizaba al ministro de Fomento, Claudio Moyano, para que formulara un proyecto de ensanche. En el preámbulo, el mismo ministro se dirigía a la reina enumerando las razones de la petición, argumentando que la población en los últimos años había aumentado mucho, por lo que eran necesarias grandes reformas en un breve periodo de tiempo. Así, en 1846, Moyano encargó a Carlos María de Castro un nuevo estudio, que estuvo ultimado en mayo de 1859. Se llevaría a cabo por la Comisión de Ensanche de Madrid. Fue presentado a la reina, y, el 9 de julio de 1860, dió su aprobación al anteproyecto de Ensanche de Madrid. Se señalaron en nueve artículos la obligatoriedad de sujetarse al plan, del que tres aspectos fundamentales eran: Apenas sí se reconoce a la vista de lo que ha llegado a ser hoy el Ensanche, tan sólo se aprecia en el plano y en las más antiguas manzanas del mismo, pues todo se haya muy alejado del anteproyecto de Castro. Los objetivos de Castro quedan recogidos en La Memoria donde se citan con admiración a Cerdá y el Ensanche de Barcelona. Castro conocía la distribución de las manzanas de Londres y Nueva York, cita disposiciones sobre la ciudad de París con interés por los barrios y edificios destinados a la clase obrera o poco acomodada. Dedica atención al arbolado, parques, bosques y jardines. Estudia el movimiento y el carácter de los vehículos, considera el ferrocarril y hace un diagnóstico certero sobre algunas carencias de Madrid, mencionando la falta de edificios monumentales y representativos, como Catedral, Museos, Biblioteca Nacional, Tiende, en sus bases, a conservar los paseos y caminos ya existentes en la zona del Ensanche. Procura calles rectas y largas formando una red octogonal para comunicar del mejor modo el casco histórico con el Ensanche y también reserva solares para los edificios públicos. El resultado final es el ensanche de la ciudad por el Norte, Este y Sur, formando un damero cuyas calles tienen dirección Norte-Sur y Este-Oeste, con manzanas de distinta superficie pero siempre alineadas de acuerdo con la cuadrícula general. En el encuentro de las calles incorporó plazas circulares y semicirculares, amplias plazas rectangulares ajardinadas, así como cruces en chaflán. La Catedral, nuevas parroquias, edificios públicos, hospitales, institutos, teatros, casas de socorro, edificios que se distribuyen por la ciudad, en la que Castro pensó distribuir a sus habitantes en función de su condición social, dejando para las clases menos favorecidas el Sur de Madrid y reservando el Norte en torno a la Castellana, mejor equipado y con mayor desahogo, para la aristocracia, y situando a la burguesía en lo que llegaría a ser el Barrio de Salamanca. Asimismo, en la zona de Chamberí se situaría el núcleo fabril, mientras que en las inmediaciones del Puente de Toledo se ubicaría el sector rural. Finalmente el Retiro conocería un notable aumento, con lo que la zona verde total prevista en el Ensanche vendría a ocupar más de una cuarta parte del mismo. Desgraciadamente muy pocos de los elementos positivos del Ensanche, como este último, llegarían a ser realidad. Al poco de aprobarse el anteproyecto, el plan de Castro empezó a recibir críticas dada la envergadura de la empresa. Castro fue consciente de haber preparado un proyecto que en aquellos momentos sobrepasaba la posibilidad de su consolidación, ya que estaba pensado como solución al ordenado crecimiento demográfico y físico de la ciudad en un largo periodo de tiempo. El Marqués de Salamanca, que pasa por haber sido el primer inmobiliario español, dió el nombre a la primera zona construida del Ensanche. Todo esto supuso un esfuerzo urbanístico verdaderamente grande, en el que se desenvolvería la arquitectura de la Restauración Alfonsina. La gran burguesía está formada por aquellos: que trabajan , que se hayan comprometidos en actividades particularmente remuneradas y que disponen de enormes ingresos. Los dos primeros elementos, separan a la gran burguesía de la antigua aristocracia terrateniente. El tercer elemento la separa de las demás burguesías, la pequeña y la mediana.Dentro de la gran burguesía de la Restauración se pueden distinguir: Los sectores aludidos de la alta burguesía se caracterizaban fundamentalmente por su fuerte poder económico, procedente de la posesión de algunas de las principales fuentes de riqueza del país: las contratas, el comercio, la industria y la banca. Dentro de la alta burguesía coexistía el profesional de alta categoría, el indiano, y el financiero al que correspondía el máximo prestigio. Hay dos elementos que sabían utilizar a la perfección, trabajo y corrupción. La alta burguesía aspiraba a entroncar con la nobleza para consolidar su prestigio social; la aristocracia de escasa hacienda deseaba también fundirse con las sólidas fortunas burguesas que vendrían a apuntalar con sus caudales las amenazas de ruina. La mujer fue un elemento indispensable para el mantenimiento de unas relaciones sociales que tenían como marco el salón, la tertulia, la comida, el teatro, El banquero decimonónico se siente burgués, comerciante de dinero. Los banqueros no crean el capital, pero sí su circulación. ¿Podríamos extraer un tipo (arquetipo) de banquero, válido para todo el siglo y para tantas figuras y figurones como hubo?. Indudablemente no. Se les mira y admira por su dinero, pero se les envidia por su suerte. Cada uno ha llegado a la riqueza por caminos distintos. Dentro de un concepto burgués, el dinero es el valor primario que sitúa al individuo. En la escala de valores que crea, los banqueros ocupan los más elevados puestos, la jerarquía suprema. Nos encontramos con el fin de la sociedad estamental. Es una sociedad clasista, de tipo abierto, de base económica, han surgido los nuevos ricos. Galdós lo simboliza en el avaro D. Francisco Torquemada de la obra Fortunata y Jacinta, que terminará por instalar sus oficinas en un palacio de la calle de Silva. Otro tipo de burgués es el indiano, como ejemplo señalamos a D. Juan M. de Manzanedo y González, el clásico hidalgo, santanderino y pobre, que hizo fortuna en La Habana de los años 1823-1832, y que más tarde obtendría distinciones nobiliarias. Algunas de las fortunas que allí se hicieron fueron a través de la trata de esclavos, aunque lo más frecuente es que se hubiera creado fortuna con el azúcar, el tabaco y los curtidos. También en Madrid se centralizaban los giros con ultramar para las necesidades de la Hacienda o las correspondientes a las colonias gallega, asturiana y vasca. Para las operaciones mercantiles eran preferidos los bancos catalanes. Los hay que se han hecho ricos como asentistas del ejército de la Independencia o de las guerras carlistas, y luego de las coloniales. En este sentido, aquí podríamos citar a Remisa, Aguado, Bertran de Lis, Mendizábal Todos ellos negociaron en cereales, forraje, vestuario. Muchos de ellos intervinieron en política para hacer los encargos, y siguieron interviniendo para cobrarlos. A veces, un comerciante se elevó desde la tienda de tejidos o de productos de ultramar a la Banca. Citemos a D. Romualdo Céspedes, filántropo, y D. Andrés Caballero, comerciante sólido, director del Banco de San Fernando en 1833 y reelegido hasta 1837. O a Joaquín de Osma, con título ducal, que importaba guano del Perú. La burguesía es una pequeña cantera que se enriquece con la especulación en Bolsa. La industria, al no existir apenas, no pudo servir de arranque salvo para los que venían de afuera o afuera se instalaban. Una de las firmas bancarias era la del francés Jaime Méric, a quien se le debía la gran fábrica de chocolates de la Compañía colonial de Pinto. Negociando con su dinero en los ferrocarriles y obras públicas hicieron su fortuna D. Nazario Carriquiri, el marqués de Campo y otros tantos. Otro caso sería el de León Cappa, que logró su fortuna con el carbón de Utrillas. ¿Cómo hicieron cada uno sus millones?. Los hubo de todos los tipos, desde los que ahorraron hasta los que se lo montaron a lo grande desde el principio, sin miedo a las trampas. EL ESPACIO DE LA REPRESENTACIÓN SOCIAL: EL PALACIO Y EL CONSUMO SUNTUARIO.
En el proceso de ascenso social de la élite burguesa madrileña, la representación social adquiere un fuerte protagonismo como la manifestación del status alcanzado y la posición que se pretende en la cúspide de la sociedad madrileña. Así la representación social gira, a un nivel considerable, en torno al palacio, el consumo suntuario y , finalmente, como máxima expresión del encumbramiento social, la concesión del título de nobleza. Este proceso se sitúa en la Restauración, uniendo a la élite burguesa ennoblecida con la vieja nobleza de cuna por la vía matrimonial. En este proceso de encumbramiento social, el palacio desempeña un papel de primer orden. Es el elemento paradigmático, actúa como el signo por excelencia de la posición social de un grupo. Con su construcción quiere dar a conocer, a través de la solidez de sus muros y la grandeza señorial de su fachada, el status alcanzado. El palacio es un instrumento imprescindible para todo aquel que quiere formar parte de la élite madrileña. El palacio burgués madrileño busca la imitación de lo nobiliario. Su interior resume las relaciones de subordinación y dependencia clásicas de aquella sociedad. Estableciéndose, debidamente estratificadas, las relaciones sociales del Antiguo Régimen, cuyo máximo exponente en Madrid fue el palacio del Marqués de Medinaceli. El palacio burgués madrileño busca con la grandiosidad de su edificación, la ostentación del poderío económico, que mostraba con la riqueza y nobleza de los materiales, su proyección hacía el exterior. Expresa el modo de pensamiento de una élite burguesa que busca en el palacio la plasmación de sus aspiraciones de reconocimiento social. En el interior es donde se desarrolla la representación social mediante su apertura al grupo social al que se pertenece o se quiere pertenecer. Lo logran a través de los salones en los que se dan fiestas. En el caso del viudo, el palacio no funcionaba con ese carácter de ostentación. En estas ocasiones el espacio de representación se vuelca hacía el exterior, como es el caso de Francisco de la Rivas. De ahí la gran exhibición de carruajes que este personaje realizaba. Es muy importante en esta burguesía madrileña el rol de la esposa y su papel dentro del palacio. Los salones deben ser el reflejo del poderío económico de la familia. El mobiliario, las alhajas, están supervisados por la esposa y aparecen reflejadas en las cantidades de los inventarios notariales del Archivo de Protocolos notariales. Un espacio importante del palacio decimonónico es la biblioteca, como lugar de reunión de los caballeros en las sobremesas, tertulias y meriendas. Mientras el salón de te, es el espacio propio de las damas. LA CONSOLIDACIÓN DEL PRESTIGIO: EL BURQUÉS ENNOBLECIDO Para la explicación de este apartado, hemos escogido la figura de tres personajes representativos: Personifica un nuevo tipo de burgués que se abre camino lentamente en la época de la Restauración. Sería el prototipo del burgues emprendedor. El 17 de mayo de 1882, Francisco de las Rivas y Ubieta, marqués de Mudela, se sintió repentinamente indispuesto mientras presenciaba una corrida de toros. Trasladado con urgencia a su palacio, de la Carrera de San Jerónimo 40, el médico solo pudo certificar su defunción por un ataque de apoplejía. A la hora de su muerte su fortuna se elevaba a 70 millones de reales, aproximadamente, una de las más cuantiosas de Madrid. Se trataba de un patrimonio sin igual entre la burguesía madrileña. Era un burgués empresario. Empresario vitivinícola en La Mancha y empresario siderúrgico en Vizcaya fueron respectivamente su principal instrumento de acumulación y culminación en su trayectoria económica. De las Rivas, responde, a la perfección, al mito liberal del ascenso social en la España del siglo XIX. Es el burgués hecho así mismo que, partiendo de una base débil, logra posición económica, ascenso social, titulación nobiliaria (marqués desde 1867) y reconocimiento de sus contemporáneos. Es el claro exponente del ascenso social de determinados grupos de burguesía madrileña de la Restauración. Lo singular de su trayectoria, también, se encuentra en la vertiente empresarial que desarrollo a partir de 1850, primero en la producción y comercialización del vino manchego y, después, en los últimos años de su vida, en la producción siderúrgica en Vizcaya. Francisco de las Rivas y Ubieta nació en Gordejuela (Vizcaya) en 1809, hijo de campesinos. A los 15 años emigró a Madrid en busca de fortuna y posición. En su trayectoria hay que tener en cuenta tres hechos que marcan su primer éxito económico: su vinculación al grupo de los comerciantes vascos residentes en Madrid; su matrimonio con Rosa Urtiaga en 1834, hija de un importante comerciante de origen vasco y , su incorporación al círculo próximo que giraba alrededor de Mendizábal. Fue adquiriendo en su juventud los primeros conocimientos de la actividad mercantil de la mano de sus tíos madrileños. Pasaría, después, a ser consumado comerciante pañero en los primeros años de su madurez por sus familiares en Andalucía, a través de la Compañía De Rivas hermanos de Granada, este es el punto de inflexión que le convierte en un importante comerciante madrileño a partir de 1834, cuando se casa con Rosa Urtiaga. Hasta ese momento había centrado su actividad económica en Andalucía Occidental, pero a partir de su matrimonio se instala en Madrid, aunque sigue conservando sus intereses en Andalucía. Es todavía un comerciante de reducidas dimensiones. Entre 1834 y 1846multiplicó su fortuna. En este enorme aumento de capital tuvieron que ver las relaciones políticas y las mercantiles que Francisco de las Rivas estableció en Madrid con los círculos próximos a Mendizabal. Además, y en segundo lugar, lo que recibió a la muerte de su suegro en 1842. En este espacio de tiempo pasó de ser un comerciante de desahogada posición a convertirse en una de las fortunas de la élite burguesa madrileña de mediados de siglo. La crisis de 1847/ 48 pronto revelaría la fragilidad de las bases sobre las que se asentaba su fortuna, ya que su cartera de valores se encontraba llena de títulos de dudosa realización. Esto le llevó a un proceso de reconversión patrimonial, llegando a duplicar su fortuna, transformándose en uno de los más importantes empresarios vitivinícolas del país y siderúrgicos de Vizcaya. El hombre más rico del siglo, creador del barrio madrileño que lleva su nombre, una de las personalidades que más influyó en la vida cotidiana de su tiempo. Hijo de familia acomodada, sus padres le educaron con el cuidado y la ambición de la mesocracia de principios del Ochocientos. José de Salamanca, estudió Derecho y se aficionó a la literatura, que tanta fama le proporcionaría después, aparte de estudiar Filosofía y Economía Política en el colegio de religiosos; se interesó por la política, perteneció al bando liberal trabando amistad por ello con Serafín Estébanez Calderón casado con la hermana de su mujer. Esta era Petronila Salamanca Livermore con quien tuvo dos hijos (Mª Josefa y Fernando), aunque tuvo alguno más... En 1825 obtuvo una beca en Granada, donde conoció a Mariana Pineda. Más adelante se trasladó a Madrid donde empezó a tener actividad política y comercial, llevando a cabo grandes proyectos de suministros ligados al Estado y al ferrocarril, logrando una gran fortuna. También fue banquero. Su vida estuvo ligada a los procesos políticos que ocurrieron en esa segunda mitad del siglo XIX en España, teniendo varias quiebras y resurgimientos, a veces ligado a su condición de liberal, sino siempre. El título de Marqués de Salamanca le fue dado por la Reina Isabel II, por sus servicios a la misma y a la Corona en 1863; después le concedió el título de Conde de los Llanos con Grandeza de España. Mantenía con extraordinario boato su magnífico palacio de Recoletos, la posesión de Vista Alegre en Carabanchel de Abajo, la quinta Buena Esperanza en Carabanchel de Arriba, la de Aranjuez, la hermosa posesión de los Llanos, el palacio de Mitra en Lisboa, el hotel propio en París y el alquilado en Roma; todos con su mobiliario, vajilla, cocheras y servidumbre, dispuestos a recibirle en cualquier momento. Algunos no los pisó en dos años. Su vida galante era tan intensa que podía competir en sibaritismo y sensualidad con la de los monarcas orientales. El día veintiuno de enero de 1883, José de Salamanca moría. Durante su dilatada vida, el Marqués de Salamanca había sido abogado, conspirador, alcalde, juez, banquero, contratista de obras, empresario de teatros, director de empresas, ingeniero, agricultor, ganadero, ministro, senador, diputado, marqués, conde, Grande de España, y mil cosas más. Merced a su esfuerzo y talento llegó a reunir un de las más colosales fortunas de su tiempo. Juan Manuel de Manzanedo y González nació en Santoña (Santander), en los primeros años del siglo XIX. Descendiente de hidalgos pobres, pero de ejecutoria ganada desde el siglo XVI. Emigró a América, donde, entre los años 1823 y 1832, llegó a hacer una cuantiosa fortuna. En La Habana trabajó en la Banca. José Manuel de Manzanedo forjó una considerable fortuna en Cuba, combinando la trata de esclavos, el préstamo privado y la comercialización del azúcar. Volvió a España definitivamente en 1845, donde ocupó importantes cargos en la Corte. Fue importante para el Madrid de mitad del siglo XIX, la repatriación de importantes personajes de la élite económica antillana, como es el caso de Juan Manuel de Manzanedo, Carlos Drake del Castillo conde de Vegamar, o del conde de Bagaes; tanto por su nivel patrimonial como por sus relaciones personales y políticas, además de su inciativa en la fundación de entidades bancarias.En 1864 se le otorgó el título de marqués de Manzanedo. Acudió, con su fortuna, en socorro de las víctimas de Filipinas y de Puerto Rico. Más tarde se le concedió el título de Duque de Santoña y las grandes Cruces de Isabel La Católica y Civil de Beneficencia. Falleció en Santoña el 19 de agosto de 1882. La duquesa de Santoña continuó ocupando el palacio de la calle de Las Huertas, hasta 1893. Manzanedo como otros miembros de la élite antillana intervino en la compra de títulos de Deuda Pública, lo cual le proporcionó grandes beneficios económicos, pero al igual que a la élite local su interés, su interés no sólo era económico sino también político. LA OSTENTACIÓN DEL CAPITAL: SUS PALACIOS. El tipo de vivienda que corresponde a las clases más elevadas desde el punto de vista social o económico en la segunda mitad del siglo XIX, son los palacios y palacetes. Así se caracterizaban por ser exentos, rodeados de jardín, y protegidos con verjas o muros, aunque hay excepciones. El emplazamiento de los palacios y palacetes se localizaba en general, a ambos lados de los paseos de Recoletos y de la Castellana. A continuación señalamos una serie de ejemplos significativos de los palacios.
C/ Calle del Arenal 9, c/v travesía del Arenal 3. Hasta hace poco ocupado por el Centro Asturiano y por comercios de decomisos. Fue construido por Aníbal Alvarez Bouquel en 1846, formado en la Academia, tenía experiencia directa de la arquitectura romana. Don Manuel Gaviria, poderoso banquero andaluz, encargó su construcción. El modelo para esta mansión fue el palacio Farnesio de Roma, diseñado por Antonio Sangallo el Joven y terminado por el mismísimo Miguel Angel. Hoy en día se conserva en el mismo estado, la escalera, la entrada y los salones contechos pintados, de los cuales, el principal está hecho por Joaquin Espalter. Aníbal Álvarez realizó otros edificios para Don Manuel Gaviria como el de Espoz y Mina 4, 6 y 8 c/f Cádiz 5. Sólo se conserva la escalera, la entrada y los salones del piso principal. Sufrió una ampliación en fecha desconocida, aumentándosele una planta. Los bajos se encuentran totalmente deteriorados al instalarse en ellos locales comerciales que han roto el esquema de huecos.
Paseo de Recoletos 10. Su autor fue Narciso Pascual y Colomer, entre 1846 y 1855. Las ampliaciones corrieron a cargo de Valentín Roca en 1905 y, en 1915 una posterior ampliación por Joaquin Saldaña. Se construyó sobre terrenos en el que levantaba una casa de recreo propiedad de los condes de Oñate, situado entre el convento de Recoletos y la Fábrica de Pósito( hoy, es el actual edificio del Banco Hipotecario, del grupo Argentaria). El edificio posee cuatro fachadas, la principal corresponde al Paseo de Recoletos. Consta, además, de planta baja y piso principal. Ocupa el centro, la portada, cuyo primer cuerpo tiene tres entradas de medio punto, decorado con pilastras. En el centro del palacio hay un gran patio que distribuye las lujosas habitaciones. Su alzado consta de dos plantas, en estilo neorrenacentista. En la portada noble, hay tres balcones arquitrabados con arcos de medio punto. Los motivos de candelieri y los medallones con bustos completan la ornamentación. El edificio resulta a todas luces singular, si bien, se adecua a una expresión vista en otras obras de su arquitecto Colomer. Se ha afirmado en repetidas ocasiones que el propio Salamanca intervino con indicaciones precisas en la elaboración del proyecto, lo cual no deja de ser común a cualquier encargo, pero en este caso Colomer gozó de total libertad para organizar el palacete, aunque también son evidentes las sugerencias del Marqués. El edificio es exento y relativamente alejado de la alineación general del Paseo de Recoletos, pero no tanto que no pudiese verse. Cuando todavía el palacio se hallaba a medio terminar, el 17 de julio de 1854, el pueblo madrileño lo asaltó. La edificación del Palacio de José de Salamanca fue un acontecimiento muy relevante, y, su posterior imaginación sería conversación obligada en tertulias, cafés, espectáculos, salones y, hasta en Palacio. Cuantos pudieron visitarle se hicieron lenguas de las obras de arte que atesoraba. Carrera de San Jerónimo 40, c/v Santa Catalina 2; edificio hecho por el arquitecto José Alejandro y Álvarez, y ampliado por César de la Torre Trassierra. El edificio fue mandado construir por Don Francisco de las Rivas, Marqués de Mudela, para residencia particular. Posteriormente, fue instalado en él el Banco de Crédito Industrial,en la actulidad es propiedad de Argentaria, realizándose obras de reforma que afectaron tanto al exterior (aumento de un piso) como al interior. Es una interesante construcción, característica de la arquitectura que se estaba realizando en Madrid a mediados del siglo XIX, dentro de un clasicismo italianizante que se podría relacionar con las obras de Narciso Pascual y Colomer, Wenceslacio Graviña o Aníbal Álvarez. Hay que destacar el original cuerpo superior en el que aparecen las cariátides, aunque estas no estaban incluidas en el proyecto original. Plaza de Cibeles. Fue mandado construir a Don Mateo Murga, Marqués de Linares, en el año 1873. En principio el proyecto se atribuyó al francés A. Ombrecht, sin embargo los planos aparecidos en el Archivo de la Villa están firmados por el arquitecto municipal Carlos Colubi. El palacio se encuentra situado en el solar que ocupó el antiguo Pósito, que a mediados del siglo XIX fue convertido en cuartel de Ingenieros. Cuenta con un bonito jardín, con una fuente diseñada por Manuel Aníbal Alvarez. La mayor riqueza de la mansión se encuentra en el interior con lienzos de C. Plasencia, Alejandro Ferrant, Manuel Domínguez y Francisco Amérigo, los mismos pintores que trabajaban en el templo de San Francisco el Grande. C/ Fernando VI,6, c/v Pelayo, 61. Fue construida por el banquero Javier González Longoria como residencia propia y sede social para su banco. El más interesante edificio modernista, sin duda, entre los escasos que se encuentran en Madrid. Obra de una gran unidad entre exteriores e interiores. Supone un trabajo excepcional dentro de la producción del arquitecto José Grases Riera (1850-1919), que realizó diversos edificios y monumentos de gusto ecléctico (entre estos el monumento a Alfonso XII en el Parque del Retiro y el dedicado a Cánovas en la plaza de la Marina Española). Hoy corresponde a la Sociedad General de Autores. Sobre un solar cuadrado la planta se compone de dos cuerpos rectangulares ensamblados por un torreón circular en el que se encuentra el acceso principal y se concentran las circulaciones verticales. La fachada, con nervios a la catalana y abundante decoración vegetal, culmina en los extremos en dos torreones de base cuadrada. Rejerías y diseño general según el modelo de modernismo parisino. Aunque a menudo se ha hablado de una posible influencia catalana, hoy parece claro que debe mucho más a Hector Guimard y a los modelos franceses. Merece ser destacada la forma espacial de la escalera. La escalera principal, armada de hierro con mármol, barandilla de bronce y decoración artística, escalera de servicio en espiral de la planta baja a la primera. El edificio modernista tiene una interesantísima decoración. Para Avezqueta, es una experiencia que se hizo famosa en Madrid, precisamente por su anomalía. Es un capricho formal dentro del eclecticismo experimental, contemporáneo de sus obras convencionales y formalistas como el Teatro Lírico, y otros monumentos ya citados. Paseo de Recoletos, 13. También llamado Palacio de Alcañices. Edificio entre medianerías, de planta rectangular con patio posterior. Es palacio eminentemente urbano, dentro de la arquitectura isabelina. El paseo de Recoletos comenzó a ser, hacia 1860, el lugar distinguido para residencia de la burguesía madrileña. El Duque de Sesto encargó al Marqués de Cubas la realización del palacio, que realiza una planta de noble diseño, con logia al estilo boloñés, y los motivos decorativos en consonancia con el palacio del Marqués de Salamanca que se encuentra enfrente. Con posterioridad, perteneció al Duque de Alburquerque, y al Marqués de Alcañices, nombre por el que en la actualidad se conoce el palacio. En los años sesenta del siglo XIX este paseo comenzaba a ser lugar distinguido de residencia que la burguesía madrileña necesitaba.
C/ Fortuny 43. El arquitecto fue Enrique Fort en 1886. Permaneció como ejemplo aislado de un edificio neo-árabe, en el Madrid de finales del siglo XIX. Perteneció a Guillermo Joaquín de Osma y Scull, duque de Osma, que fue un político y arqueólogo nacido en 1853. Fue diputado por Monforte de Lemos, senador vitalicio, presidente del Consejo del Estado. Fruto de su dedicación a la Arqueología y a estudios históricos, fundó el Instituto de Valencia de Don Juan, en cuya Biblioteca, Archivo Histórico y Museo, se han refundido varias colecciones de documentos y objetos de artes industriales. En el tiene su residencia, actualmente, el Instituto Valencia de Don Juan, con su museo de pequeñas dimensiones pero de gran interés.
C/ Salustiano Olázaga, 9, c/v Villalar, 2. Su arquitecto y propietario, Francisco de Cubas y González Montes (Madrid 1826; Madrid 1898), estudió los modelos clásicos en sus viajes por Italia y Grecia en 1852, conocimientos que utilizó en sus obras. Realizado por Francisco de Cubas entre 1876- 1879, reformado por Daniel Zavala y Alvarez en 1906. Es un edificio exento rodeado por un pequeño jardín salvo por su fachada a Villalar que se alza directamente sobre la calle. Esta ejecutado en un estilo de carácter italianizante. Consta de sótano y tres plantas. En sus fachadas hay un juego de apertura de huecos, de medio punto, flanqueados por pilastras de pequeña altura y diferente tipología. Otros elementos como guirnaldas, hojas y conchas completan la ornamentación. En 1906, se añadió un pabellón para consulado, cancillería, cocheras y cuadras. Francisco de Cubas, reunió una importante fortuna, también fue senador por Ávila, presidente de la sección de Arquitectura en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y condecorado con varias grandes cruces. Asimismo le fue concedido el título de Marqués de Cubas por S.S. el Papa León XIII en 1886, y también el título de Marqués de Fontalba en 1893. C/ Hortaleza 85, c/v plaza de Santa Bárbara s/n. Palacio que se ha venido denominando, erróneamente, Palacio del Conde de la Unión de Cuba, debido a que este perdió la licencia de construcción en nombre de su propietario, el conde de Villa Gonzalo, su protegido, más tarde embajador de Rusia.Fue construido por el arquitecto Juan de Madrazo y Kuntz, en 1866. Puede ser considerado como el ejemplo mas notorio de la influencia del arquitecto francés Viollet-le- Duc sobre sus colegas madrileños de la segunda mitad del XIX. La importancia dada a la arquitectura europea medieval y, especialmente, al gótico como estilo de gran sinceridad estructural y constructiva, fue la característica de las doctrinas extendidas por el arquitecto francés a través de sus libros. Es uno de los pocos ejemplos de palacios madrileños que responde a la corriente racionalista de la segunda mitad del siglo XIX como se aprecia en la distribución de su planta, de forma triangular truncada en torno a un patio central y una galería de comunicaciones, tanto horizontales como verticales, y en la concepción de sus fachadas.
C/Huertas 3, c/v calle del Príncipe 28. Actual Cámara de Industria. En el último cuarto del siglo pasado, el edificio pasó a ser centro representativo del ambiente de la burguesía madrileña, cuando en 1874, el palacio lo adquirió Manuel de Manzanedo y Duque de Santoña, quien lo entregó en donación de arras a su esposa. Bajo los Duques de Santoña adquirió la categoría de uno de los más representativos palacios del Madrid del XIX. Presenta una portada del estilo mas barroco madrileño de la época. Nueve sótanos, dos cuevas, dos depósitos de agua, una amplia escalera principal, gran patio, sala con piedra En su interior alberga gran cantidad de obras de arte: escultura, arquitectura y decoración. Se han utilizado en su construcción interior mármoles de diferentes colores, grandes obras pictóricas, y detalles en todos los rincones de los salones y estancias. Edificio que corresponde a la tipología de palacio madrileño del siglo XVIII, concentrando toda la decoración en la portada principal, como es habitual en las fachadas realizadas por Pedro de Ribera en aquellos años. La restauración que se terminó en 1876, estuvo a cargo de Antonio Ruíz de Salces, quien lo acondicionó a las necesidades y uso del siglo XIX, con interesantes salones.
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