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Parece indudable la vinculación existente entre el desarrollo del telégrafo y la consolidación del Estado liberal en la España del siglo XIX. Al igual que sucede con el correo entendemos esta vinculación en una triple vertiente: política, económica y cultural. Desde el punto de vista político el telégrafo y, en general, el nuevo sistema de comunicaciones, posibilitó incrementar en muchos enteros la eficacia en la toma de decisiones de un Estado con acusada vocación centralista. Un Estado que establecía su dinámica en el supuesto de que las decisiones tomadas en un punto neurálgico del ejercicio del poder, en este caso la capital, pudieran ser ejecutadas en el lapso de tiempo más breve posible y de manera eficiente. En la España de mediados del siglo XIX, cuando se pone en marcha la red telegráfica, no existe alternativa posible al telégrafo en términos de velocidad de la transmisión de la información. A pesar de la modernización del correo a la que se ha hecho alusión en otro lugar, comparando ambos sistemas las ventajas de telégrafo resultan indiscutibles. Por eso el telégrafo, tanto en su versión óptica como eléctrica, nació amparado y justificado por las necesidades de información de los aparatos de poder, ya fuera la Corte, el Estado en su dimensión político-administrativa y como ejecutor de la autoritas con su componente de orden público o la institución militar. No es, pues, de extrañar que fuera el Estado quien tomará la iniciativa técnico-financiera en la construcción de las redes telegráficas, limitando al máximo la intervención de una iniciativa privada, por otra parte no excesivamente motivada por la inversión en este campo. La importancia del telégrafo ya fue asumida por los últimos políticos ilustrados del siglo XVIII. Nos referimos por supuesto al telégrafo óptico. La iniciativa del Palacio Real fue esencial en 1800 cuando se instalaron los primeros tendidos del telégrafo óptico, de ahí el apelativo áulico con el que le bautizaron los contemporáneos. En los albores del Estado liberal pronto se comprendió la utilidad del nuevo sistema de información asociado a las cuestiones de orden público, en un momento en el que el telégrafo no estaba abierto al servicio de los particulares. También desde el punto de vista económico, ya con el telégrafo eléctrico, pronto se puso de manifiesto su carácter dinamizador. Estamos en la década de los sesenta del siglo XIX. Es en este momento cuando supera el punto de inflexión en el que el nuevo servicio deja de ser un instrumento exclusivamente en manos del poder político. Tampoco resulta extraño que este hecho coincida con años claves en la configuración del mercado nacional. En los años treinta del siglo XIX la redefinición de los derechos de propiedad, derivados de los procesos de desvinculación y de desamortización tanto eclesiástica como civil, la abolición de los gremios, la legislación tendente a asegurar la libertad de industria y comercio y la supresión de todo tipo de trabas a la libre circulación de los factores aseguraron el funcionamiento del mercado nacional de manera virtual. Pero fue la configuración de un sistema de comunicaciones a mediados de siglo, que contemplaba la construcción del tendido ferroviario, la modernización del correo y la instalación del telégrafo la que articuló en el terreno de lo real el mercado nacional, al garantizar el transporte eficiente de información, mercancías y personas. ¿Cómo entender el desarrollo del mundo de la bolsa sin la red telegráfica?. La misma pregunta cabe hacerse cuando nos planteamos el sistema de precios o los términos del intercambio. En suma, el funcionamiento del mercado exige una variada, rápida, minuciosa y compleja información para su mejor funcionamiento. Los políticos liberales y los hombres de negocios del siglo XIX fueron conscientes de que estaban sustituyendo una economía mercantilista por otra basada, al menos teóricamente, en los principios de la oferta y la demanda, en la que la rápida circulación de la información se había convertido en un valor añadido de primer orden. Desde el punto de vista cultural no anda a la zaga la importancia del telégrafo eléctrico. En primer lugar por su papel como difusor de la información, tanto pública como privada. Asociemos dos hechos: nacimiento del telégrafo y primer auge de la prensa de noticias. El telégrafo alteró los cánones del tiempo y modificó cosmovisiones y percepciones, de lo próximo y de lo lejano. El telégrafo hizo cosmopolitas a las clases ilustradas en un lapso de tiempo reducidísimo. En apenas quince años, su horizonte intelectual se amplió de los limitados márgenes del espacio más próximo, local o regional, pasando a abarcar los límites del planeta. Si con Julio Verne era posible dar la vuelta al mundo en ochenta días por la revolución de las comunicaciones terrestres y marítimas, las noticias de los más apartados lugares del mundo tardaban horas en llegar al lector de periódicos de información. La política inversora desarrollada para colmatar la red telegráfica, en principio con una definición radial, posteriormente completada por líneas transversales, la introducción en el primer tercio del siglo XX de la telegrafía sin hilos y la rápida incorporación de los inputs tecnológicos, mostraron el enorme interés tanto del Estado como de la sociedad civil por un medio fundamental en la transmisión de noticias, que en los albores del siglo XX encontraría la competencia de los primeros proyectos del sistema telefónico. I.- EL TELEGRAFO OPTICO, 1800-1850. La historia del telégrafo queda definida por una evolución en la que se suceden diversas soluciones, en función de las innovaciones tecnológicas: el telégrafo óptico, el eléctrico, la telegrafía sin hilos y otras versiones de la telegrafía como es el caso del teletipo. El pionero es pues el telégrafo óptico. Fue el espíritu cientifista del mundo de la Ilustración en el siglo XVIII el que auspició una serie de experimentos que culminaron a partir de 1790 con las primeras realidades prácticas.
El día 2 de Thermidor de 1794 (19 de julio), la Convención recibía el primer telegrama de la historia, en cuyo texto se anunciaba la toma por parte del ejército republicano francés de las plazas fuertes de Landrecies y Condé, hasta entonces en poder de las fuerzas austríacas. La noticia había sido transmitida hasta París desde la ciudad de Lille, a través de una línea de telegrafía óptica de 230 kilómetros, montada sobre 22 torres, la última de las cuales estaba ubicada en la cúpula del Louvre. Claude Chappe había concebido en 1790 un sistema de señales ópticas, a través de las cuales y del correspondiente código, se podían transmitir signos alfabéticos y numéricos a distancia. Presentó su sistema ante la Convención el 22 de mayo de 1792, recibiendo un año más tarde una subvención de 6.000 francos para la construcción de una línea de prueba. En la perfección de su sistema contó Chappe con la inestimable ayuda de Abraham Louis Breguet, relojero suizo que residía en París, quien incorporó algunos dispositivos al primitivo prototipo de Chappe. El éxito de esta primera línea posibilitó la creación de una completa red de telegrafía óptica en Francia, bajo la dirección de Chappe hasta su muerte en 1805. Cuando a mediados del siglo XIX apareció la telegrafía eléctrica, en Francia el entramado de las líneas de la telegrafía óptica alcanzaba casi los 5.000 kilómetros. A raíz de las primeras experiencias de Chappe, varios países comenzaron a ensayar sus propios sistemas de telegrafía óptica. En 1794, los ingleses construyeron varias líneas entre Londres y los puertos del canal de la Mancha (Deal, Portsmouth y Plymouth). La repercusión de este nuevo método de comunicación fue considerable en casi todos los países europeos y en Estados Unidos. La idea de concebir un sistema de transmisión del pensamiento, de manera mucho más rápida y más segura a la del correo de la época, venía gestándose desde el último cuarto del siglo XVIII. Las necesidades militares y las del propio Estado, con una burocracia cada vez más compleja, impulsaban la búsqueda de nuevos y más eficaces medios de comunicación. La publicación en 1785 de la obra Synthematographik, del alemán Bergsträsser, sobre la combinación de signos para la construcción de lenguajes y la aparición de varios métodos para enviar señales a distancia a través de cohetes y otros procedimientos acústicos, prueban la predisposición de un sector de la sociedad ante esta modalidad comunicativa. El telégrafo óptico encontró su máximo desarrollo en la Francia napoleónica, las necesidades militares del Imperio obligaban a una rápida transmisión de las noticias. El sistema de Chappe, probado con fortuna en Valmy, aparecía como el medio más eficaz. Entre 1805 y 1810 se construyeron las líneas París-Lyon-Turín-Milán, París-Brest, Paris-Calais-Boulogne. Durante la restauración borbónica el esfuerzo inversor se paralizó excepción hecha del tendido de la línea Paris-Bordeaux-Bayonne, realizado en 1823. Bajo el gobierno de Luis Felipe la telegrafía óptica asistió a un nuevo impulso, se trataba de crear una red en forma de tela de araña, que garantizará una comunicaciones eficaces del Estado, capaz de unir las plazas fuertes del Norte, los centros comerciales del litoral de La Mancha y las ciudades más importantes del Midi francés. Mientras Francia optaba por un modelo estatal, Gran Bretaña y Estados Unidos se decantaban por un modelo vinculado a la iniciativa privada y Prusia lo hacía por uno de carácter militar. En Gran Bretaña los primeros tendidos de telegrafía óptica fueron impulsados por el gobierno durante las guerras napoleónicas, con el fin de asegurar las comunicaciones entre los puertos y Londres. Tras la derrota de Napoleon, el gobierno británico abandonó en favor de la iniciativa privada la construcción y explotación de la telegrafía óptica. Comerciantes y compañías navieras fueron las protagonistas del desarrollo de la nueva innovación, particularmente el Comité de los Docks de Liverpool, interesados en la rápida comunicación de las llegadas y partidas de los barcos mercantes. En Estados Unidos el modelo fue similar. En 1800 entró en funcionamiento el primer sistema norteamericano de telegrafía óptica entre la ciudad de Boston y una isla próxima, con el fin de anunciar la llegada de los navíos. En 1812 Nueva York y la costa de Sandy Hook quedaban enlazadas. La telegrafía óptica en Estados Unidos no fue más allá de las ciudades costeras del Atlántico, la construcción de una auténtica red tuvo lugar con la llegada del telégrafo eléctrico. En Prusia la telegrafía óptica nació de la mano de las necesidades militares y políticas. Fue el Estado Mayor prusiano quién en 1832 tomó la iniciativa, construyendo una línea entre París y Coblenza, destinada a unir Prusia con la Renania, que asegurará una rápida comunicación de Prusia con Francia y Gran Bretaña. Lo tardío de la fecha hizo que la telegrafía óptica no tuviera un mayor desarrollo en Prusia.
A mitad de camino entre la anterior variedad de proyectos teóricos y lo que luego serán primeras líneas de telegrafía óptica en funcionamiento, se encuentra la figura omnipresente de Agustín de Betancourt. Fue uno de los científicos españoles favorecidos por el Conde de Floridablanca, cuyo apoyo le permitió ampliar sus estudios en la capital francesa. Durante su primera estancia de 1781 a 1784, hizo amistad con el relojero suizo A.L. Breguet, colaborador de Chappe en el diseño del nuevo invento. Esta circunstancia posibilitó que el ingeniero canario siguiera de cerca los avatares del telégrafo óptico, del que conoció las dos principales versiones: la francesa por medio de la correspondencia con Breguet y la inglesa al encontrarse viviendo en Londres de 1793 a 1796, años en los que George Murray estaba construyendo su propia versión del telégrafo óptico en Inglaterra. Sus dudas ante la efectividad de ambos sistemas le indujeron a idear un nuevo tipo de telégrafo, que enseñó a su amigo Breguet a su regreso a París en 1796. Juntos perfeccionaron el invento, presentándolo ante la Academia de Ciencias del Instituto de Francia. A pesar de los elogios y respaldos conseguidos, la oposición frontal de Chappe, entonces en la Jefatura de los Telégrafos franceses, hizo imposible que Francia adoptase el sistema ideado por Betancourt y Breguet.
Vuelto Betancourt a España, con el apoyo de Urquijo Ministro de Estado, consiguió de Carlos IV una Real Orden, con fecha de 17 de febrero de 1799, por la que se aprobaba el Proyecto para la instalación del telégrafo óptico en España. Posiblemente el tramo Madrid-Aranjuez fue el único que se construyó en esas fechas, entrando en funcionamiento a partir de agosto de 1800. En los primeros años del siglo XIX funcionó en Cádiz un telégrafo óptico de carácter estrictamente militar, creado por Francisco Hurtado, teniente coronel de Ingenieros. El sistema de tipo semafórico, muy parecido al que luego utilizaron los ferrocarriles, se instaló a partir de 1805 en cuatro líneas, que unían Cádiz con Sanlucar de Barrameda, Medina Sidonia, Chiclana y Jerez, algunas de las cuales se mantuvieron en funcionamiento hasta 1820. La crisis del Antiguo Régimen, sobre todo en su vertiente hacendística, fue un lastre considerable para la expansión de la red telegráfica. Un nuevo intento surge a principios de la década de 1830. En una ambientación política bien diferente y en los prolegómenos de la instauración del Estado liberal, Juan José Lerena, teniente de navío exiliado en 1823 por sus posiciones políticas liberales, fue encargado, a su regreso a España, de instalar una red de telegrafía óptica entre Madrid y los Sitios Reales. Una real orden de 8 de febrero de 1831 aprobaba la construcción de una línea de prueba entre Madrid y Aranjuez. Fue terminada el 30 de mayo del mismo año, con cuatro estaciones: Torre de los Lujanes en Madrid, cerro de los Angeles, cerro de Espartinas en Valdemoro y "Monte Parnaso" en Aranjuez; su coste se elevó, con los gastos de entretenimiento y los sueldos, a 391.548 reales. Su uso quedaba reservado a la familia real. En años posteriores se siguió construyendo la red del telégrafo óptico: el 24 de julio de 1832, la línea Madrid-San Ildefonso, con torres intermedias en el Puerto de Navacerrada y en Hoyo de Manzanares; en marzo de 1834, la línea Madrid-Carabanchel de Arriba; en julio de 1834, la de San Ildefonso-Riofrío, y el 28 de agosto de 1.834 se iniciaba la de Madrid-El Pardo. Este primer núcleo, proyectado como el embrión de la futura red de telegrafía óptica en España, no pasó de tal estadio. En 1836, la crisis política y hacendística imposibilitaron la continuidad del proyecto de Lerena. No obstante, el ejército liberal que operaba contra los carlistas en el norte peninsular construyó en ese año quince estaciones que enlazaban Pamplona y Vitoria a través de Logroño, formando una especie de media luna alrededor de Estella, sede del pretendiente carlista. Los avatares de la guerra imposibilitaron su utilización posterior, debido al grado de deterioro en el que quedaron las torres telegráficas.
De las numerosas líneas previstas sólo se construyeron tres, que enlazaban la capital con Irún, Cádiz y La Junquera. La primera de ellas, conocida como la línea de Castilla, comenzó a construirse en 1844 entrando en funcionamiento el 2 de octubre de 1846. A través de sus 52 torres, unía Madrid con la frontera francesa y con Valladolid, Burgos, Vitoria y San Sebastián. La segunda línea, la de Cataluña por Valencia, sólo funcionó plenamente a partir de 1849 en el tramo entre Madrid y Valencia a través de 30 torres. También funcionaron los ramales Valencia-Castellón, Barcelona-Tarragona, Barcelona-La Junquera y Tarancón-Cuenca. Por último, la tercera línea construida fue la de Andalucía que, a través de sus 59 torres, comenzó a funcionar por tramos, el de Madrid-Puertollano lo hizo en junio de 1850, hasta su conclusión en febrero de 1853. Esta última línea tenía torres en varias capitales intermedias, Toledo, Ciudad Real, Córdoba y Sevilla, además de en Jerez de la Frontera y Aranjuez, siendo el tramo Madrid-Aranjuez el de mayor frecuencia de uso por las prolongadas estancias de la Corte en esta ciudad. La casi simultánea instalación de la red de telegrafía eléctrica hizo que el telégrafo óptico tuviera una vida muy corta, así la línea Madrid-Irún dejo de funcionar en 1855 y la de Cádiz, la última en ser desmontada, en 1857. Cortesanos, militares y políticos, usuarios exclusivos de la telegrafía óptica. En consonancia con la filosofía de la política moderada, la concepción del uso del telégrafo óptico estaba estrictamente vinculada a la cuestión del mantenimiento del orden público. Se concebía, pues, al telégrafo como un instrumento gubernamental, tanto en el plano político como militar. No se planteaba la posible función que podía cumplir el telégrafo como factor de articulación económica del mercado nacional o de fortalecimiento de la sociedad civil, dada su capacidad para acortar el tiempo en la difusión de información. Consecuentemente, desde 1844 a 1847, Telégrafos dependió de la Dirección General de Caminos, Canales y Puertos. Esta concepción exclusivamente gubernamental hizo que a partir de 1847 la vertiente operativa del telégrafo quedará adscrita al Ministerio de la Gobernación, bien conjuntamente con Correos o en solitario; mientras que la construcción de las torres continuó a cargo de Caminos, situación que se mantuvo hasta el fin de la etapa de la telegrafía óptica. No es pues de extrañar que, en la reorganización del Ministerio de Gobernación realizada en 1847, la Dirección General de Gobierno encuadre dentro del despacho de Orden Público las secciones de: Policía Política, reuniones públicas, estados excepcionales, telégrafos y correos. Las instrucciones sobre el telégrafo contenidas en la real orden de 26 de noviembre de 1846 explicitan esta concepción gubernamental: "Unicamente los Capitanes Generales y los Jefes Políticos, podrán dirigir por el telégrafo comunicaciones ya sea a las Secretarías del Despacho o a las Autoridades Superiores de las Provincias..."
La mayor parte de los que nutrieron el nivel facultativo procedían del ejército, y como en su anterior profesión se les designaba con grados militares: Brigadier Jefe de las líneas, para designar al Director General, Coronel Inspector para el Inspector de línea de primera y por último los Comandantes de línea. Existía un Inspector de segunda en cada cabecera de línea y los Comandantes se encargaban de las jefaturas de una parte de cada línea, llamada División; normalmente cada línea estaba constituida por cuatro o cinco divisiones. Los comandantes eran los únicos que podían codificar y decodificar los mensajes telegráficos. Al igual que la oficialidad había nutrido el nivel facultativo, los soldados, cabos y sargentos licenciados del Ejército fueron los que nutrieron el nivel inferior. Los oficiales de sección se encargaban de recorrer diariamente las cinco torres que solían componer cada sección. La telegrafía óptica se encontraba más próxima a los medios de transmisión de información tradicionales que a los modernos, surgidos sobre la base de las nuevas teorías científicas que desarrolladas a mediados del siglo XIX iban a encontrar una rápida aplicación tecnológica: el telégrafo eléctrico que revolucionará el mundo de las comunicaciones, acortando distancias y tiempos, acercando a las naciones y a los hombres. Una vez solventadas las dificultades técnicas para la conexión intercontinental, por medio del tendido de los cables submarinos, se hará posible la creación de una red mundial de comunicaciones, imprescindible para avanzar en los crecientes procesos de mundialización de los acontecimientos económicos, políticos y sociales. |