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Al igual que en el mundo del transporte el rápido desarrollo de los ferrocarriles y de los barcos de vapor habían conseguido acortar extraordinariamente el tiempo invertido en recorrer grandes distancias, el tendido de las redes telegráficas, tanto terrestres como submarinas, conseguiría poner en comunicación en cuestión de minutos puntos del globo que pocos años antes necesitaban semanas para lograrlo. En la década de 1850 fueron las redes nacionales las que se desarrollaron con gran rapidez en los países más avanzados de la época, así como en sus respectivas colonias. La naturaleza de los principales usuarios del telégrafo: el Estado, grandes comerciantes, bancos, agentes de bolsa y los periódicos forzaron a que una vez terminadas las redes nacionales se procediera a unir estas entre sí, hasta formar una única y gran red supranacional, que pronto adquirió una naturaleza monopolística a través de acuerdos tipo cartel, que aseguraban el reparto del mercado internacional de las comunicaciones telegráficas entre las más importantes agencias de noticias y los estados. Es de destacar que la estructura de esta red supranacional se ha mantenido sin apenas variaciones hasta el presente configurando unos canales comunicacionales que nacieron al socaire del telégrafo eléctrico. A partir de entonces los estados y las grandes agencias de noticias pudieron establecer comunicaciones inmediatas con sus diplomáticos, sus colonias, sus agentes y sus clientes. Los comerciantes y banqueros harán sus transacciones con clientes situados a miles de kilómetros de distancia. El conocimiento casi inmediato de los movimientos bursátiles permitirá operaciones a escala universal. El telégrafo se convierte en elemento básico de estructuración de la economía-mundo. Y por fin, los periódicos de la época podrán ofrecer a sus lectores las noticias acaecidas el día anterior en cualquier punto del globo. Durante la segunda mitad del siglo XIX fue tal el grado de desarrollo del telégrafo y tal su utilización por parte de los círculos antes citados, que una brusca paralización del mismo era capaz de provocar una importante distorsión en la marcha regular de un país, como sucedió en España durante la huelga de telegrafistas de 1892. Si durante los primeros años la carestía de las tarifas hizo que el servicio telegráfico sólo fuera utilizado por las clases acomodadas de la sociedad, la rebaja de las mismas posibilitó el acceso de la cada vez más numerosa clase media e incluso de sectores de las clases populares. Mientras que el tendido de los cables submarinos se convirtió en una aventura seguida con fruición a través de las noticias de los periódicos, los postes y los cables del tendido terrestre se desarrollaron tan extraordinariamente que se incorporaron al paisaje como un elemento más, al igual que las líneas de ferrocarril. La aparición de la telegrafía eléctrica. En 1833, en la antigua ciudad hanseática de Gotinga, los científicos Wilhelm Weber y Carl Friedrich Gauss instalaron la primera línea telegráfica electromagnética, que unió el laboratorio de Física de la Universidad y el Observatorio Astronómico de dicha ciudad. Era la primera vez que se lograba una aplicación práctica a una nueva forma de energía: la electricidad. Durante largos años el telégrafo fue su única aplicación tecnológica: hasta 1869 no aparece la dynamo de Gramme, capaz de alimentar una fuente luminosa, y sólo entre 1876-1878 aparecieron el teléfono, la lampara eléctrica de Edison y el fonógrafo. En 1881 la Exposición Universal de París festejará la nueva era de la electricidad. Una nueva época nacía con el telégrafo eléctrico. Esta primera aplicación marca la separación entre el período anterior, que comenzó en el siglo XVIII, caracterizado por la construcción de prototipos telegráficos, y la nueva etapa de sistemas capaces en la práctica de transmitir mensajes a través de los hilos telegráficos. En el siglo XVIII, el desarrollo de las investigaciones en el campo de la electricidad estática y el hallazgo de la botella de Leyden por Kleist y Musschenbroek en 1746, posibilitaron la fabricación de los primeros prototipos de telegrafía electrostática. El 17 de febrero de 1753, aparecía en la revista Scott Magazine un artículo fechado en Renfrew (Escocia) y firmado por Charles Marshall, en el que describía con minuciosidad el primer aparato telegráfico electrostático. El sistema lo componían tantos pares de hilos como letras del alfabeto que se utilizase, y cada uno de los extremos estaba conectado a un péndulo de médula de saúco que, al cargarse con la electricidad generada por una máquina electrostática situada en el otro extremo, atraía papelitos con las letras correspondientes. Habrá que esperar hasta 1774 para ver construido y funcionando el primer prototipo de telegrafía electrostática, fabricado en Ginebra por Lesage. Se trataba de un sistema similar al descrito anteriormente, pero sustituyendo en este caso el péndulo de saúco por "una disolución electrolítica, contenida en otros tantos vasos de vidrio o en una gran cubeta común de forma paralepipédica." Relacionado con este último sistema y con Lesage surge en la última década del siglo XVIII la figura de un científico español Francisco Salvá y Campillo. Nacido en 1751, este médico barcelonés, formado en el ambiente de resurgimiento cultural y científico que había hecho posible la Ilustración, se va a dedicar desde muy joven al estudio de su segunda vocación: la electricidad. Realizó frecuentes viajes al extranjero donde entró en contacto con científicos dedicados a investigar los fenómenos eléctricos, entre ellos Reisser y Lesage. Fruto de estos estudios son las dos memorias que leería al finalizar la década de 1780 ante la Academia de Ciencias de Barcelona. Posteriormente sus investigaciones se centraron en lograr un sistema práctico de telegrafía eléctrica. Los primeros resultados los dio a conocer ante el citado foro barcelonés el 16 de diciembre de 1795, en su Memoria sobre la electricidad aplicada a la telegrafía. El sistema descrito se parecía bastante al de Lesage, con la particularidad de que los numerosos conductores del sistema suizo eran simplificados al sustituirlos por dos cables. Además el sistema de recepción representaba otra novedad. Estos experimentos llamaron la atención de Godoy que invitó a Salvá a efectuar una demostración de su invento en Aranjuez ante la familia real. La noticia de esta demostración la recogía la Gaceta de Madrid el 29 de noviembre de 1796. Establecido en la Corte a instancias del infante D. Antonio, siguió Salvá trabajando en el perfeccionamiento de sus sistemas. El fruto de estos trabajos los recogió en una nueva Memoria sobre el galvanismo y su aplicación a la telegrafía, en la que describía un aparato que utilizaba músculos de ranas como receptores de las descargas, siguiendo así los experimentos de Galvani. Sería una Memoria de igual título y leída ante la citada Academia barcelonesa en 1804, la que le haría entrar en la Historia de la Telegrafía. En esta ocasión Salvá aportó dos novedades respecto a los sistemas anteriores: la utilización de la electricidad dinámica a través de una pila voltaica y el uso de receptores de origen electroquímico. En dicha Memoria narra Salvá las dificultades prácticas para la construcción de la pila, ante lo que propone la futura construcción de diversas columnas formando baterías. Todavía fue más original en concebir el sistema receptor, basándose para ello en la descomposición del agua por electrólisis, según el método descubierto en 1800 por William Carlisle y Anthony Nicholson. Las burbujas de hidrógeno provenientes del electrodo negativo, al descomponerse el agua por el paso de la corriente, eran recogidas en tubos de cristal, previamente lacrados, colocados en el extremo de cada par de alambres, indicando así las diversas letras transmitidas. La originalidad de este método y planteamientos teóricos como el tendido aéreo, subterráneo y submarino de los cables, así como su aislamiento y protección, o la comunicación inalámbrica, que ayudándose de la conductibilidad del agua ejemplificó entre Mallorca y Alicante, hicieron que Salvá fuera considerado como uno de los padres de la telegrafía por varios de los más prestigiosos historiadores de la misma. Así, Fahié tanto en su primera obra History of Electric Telegraphy to 1837 como en su A History of Wireless Telegraphy destacaba la obra del médico barcelonés. Basándose en el método de Salvá el alemán Thomas Samuel von Soemmerring presentó ante la Academia de Ciencias de Munich un nuevo y perfeccionado telégrafo electroquímico. Paul von Schilling-Cannstadt, basándose en las experiencias del profesor Oersted, que en la Universidad de Copenhague había estudiado las desviaciones producidas en una aguja imantada ante el paso de una corriente eléctrica, construirá en 1832 el primer telégrafo electromagnético, aunque fueron Gauss y Weber los que crearon el primer aparato con posibilidades de aplicación práctica. Estas innovaciones llevarán a los británicos, William Fothergill Cooke y Charles Wheatstone, a construir un telégrafo de cinco agujas semejante al de Schilling. Tras varias demostraciones ante los directores de las nuevas compañías de ferrocarriles, una de ellas la Great Western Railway les encargó la instalación de un telégrafo entre la estación de Paddington de Londres y West Drayton que comenzó a funcionar el 9 de julio de 1839. Fue la primera línea telegráfica en acción prolongada hasta Slough en 1843, año en el que se abrió al servicio público. Un segundo modelo de sólo dos agujas del telégrafo de Wheatstone y Cooke, patentado en 1845, fue el primer tipo de telégrafo utilizado en España. También se utilizó en nuestro país, aunque solamente en los ferrocarriles, el sistema ideado por Antoine Breguet. Este inventor francés, nieto del colaborador de Betancourt, había ideado, con la ayuda de Foy, un telégrafo electromagnético de dos agujas que imitaba los movimientos y el código del telégrafo óptico de Chappe. En 1845 perfeccionará Breguet su sistema, cuyo receptor y transmisor constaba de un círculo en el que estaban grabadas las letras y cifras, el primero con una aguja en su centro mientras el segundo se accionaba con una manivela y un índice para señalar el signo deseado.
En pocos años se había superado la era de los telégrafos de gabinete. Se habían perfeccionado los sistemas ópticos y se podía utilizar la transmisión alfabética en lugar de la codificada. El gran inconveniente estribaba en la lentitud de la transmisión y el elevado número de hilos utilizados por estos sistemas. La aparición de un nuevo método simplificó considerablemente la transmisión y la recepción: el sistema morse. Inventado por un joven norteamericano, diletante en el campo de la telegrafía, llamado Samuel F.B. Morse, se extendió rápidamente a escala universal. Morse cuya principal ocupación era la de retratista, campo en el que consiguió cierta notoriedad en Nueva York, había viajado a Europa en dos ocasiones, 1811-1815 y 1829-1832. No es arriesgado aventurar que en sus periplos europeos conociera las últimas innovaciones en el campo de la telegrafía, incluidas las realizadas desde 1828 por su compatriota Josep Henry. Con estas bases Morse ideó un sistema que comenzaba por la reducción de los conductores a un sólo hilo o alambre con vuelta por tierra. Consiguió la patente de invención para su aparato transmisor y receptor en 1837. El método de Morse suponía una vuelta a la codificación, esta vez en forma de rayas y puntos o de sonidos cortos y largos, según el receptor. El 1 de enero de 1845, tras haber recibido una subvención del Senado norteamericano, inauguró la primera línea de su telégrafo eléctrico entre el Capitolio de Washington y la ciudad de Baltimore. El gran éxito de este sistema, debido a su simplicidad, velocidad y economía hizo que en pocos años todos los países con servicio telegráfico lo adoptaran total o parcialmente. Se mantendría durante toda la segunda mitad del siglo XIX junto a otros tres sistemas surgidos en la década de los cincuenta: el sistema impresor Hughes, el sistema automático de Wheatstone y el sistema multiplexor de Baudot. El primero de ellos lo patentó en 1855 el norteamericano David E. Hughes. Consistía en un telégrafo de tipos o teleimpresor, que dotado de un teclado similar al de un piano podía transmitir e imprimir hasta 60 palabras por minuto, frente a las 25 palabras por minuto del sistema Morse. El británico Wheatstone patentó su sistema en 1857, que utilizaba el código Morse y constaba de tres aparatos: el perforador de aire comprimido, con teclado; el transmisor y el receptor, con lo que se conseguía una operatividad de hasta 70 palabras por minuto. Por último, el telegrafista francés Emile Baudot inventaría su telégrafo en 1875. Se basaba en un código de cinco unidades de igual longitud que se correspondían con las cinco teclas del manipulador; en el receptor los impulsos enviados actuaban sobre cinco discos o magnetos que permitían la transmisión múltiple de hasta seis mensajes a la vez por el mismo hilo. La construcción de la red telegráfica en España. 1852-1900. Cuando todavía se estaba intentando terminar la red de telegrafía óptica, el gobierno encomendó el 7 de mayo de 1852 a Mathé el estudio de los sistemas de telegrafía entonces en uso, para la adopción del más adecuado en nuestro país. Cinco meses después, Mathé elevó al gobierno una Memoria en la que exponía las ventajas de la telegrafía eléctrica y se decantaba por el sistema de Wheatstone, al ser el más extendido en Europa. Inmediatamente, y a la vez que se le encargaba la realización del proyecto de construcción de la primera línea electrotelegráfica entre Madrid e Irún, se creaba por decreto de 1852 una escuela especial de telegrafía donde se dio cabida a 48 alumnos, casi todos reclutados entre los antiguos trabajadores del telégrafo óptico. La real orden de 27 de noviembre de 1852 encargaba al Ministerio de Fomento la construcción de la "línea que partiendo de Madrid y cruzando las provincias de Zaragoza, Navarra y Guipúzcoa debía terminar en la frontera de Francia por la parte de Irún, empleándose en ella el sistema de conductores suspendidos." De esta forma comenzó a construirse la red telegráfica a cargo de los ingenieros de Caminos, bajo la dirección de Mathé, mientras que la parte de mantenimiento y utilización del telégrafo seguía bajo el control del Ministerio de Gobernación. Esta situación se mantuvo hasta 1857, fecha en la que la construcción de las líneas pasaría a ser responsabilidad del Cuerpo de Telégrafos. Ese mismo año se había iniciado el estudio del trazado de dos nuevas líneas: la de Extremadura y la de Cataluña. Con estos proyectos se perseguían dos objetivos prioritarios: la comunicación telegráfica con los dos países fronterizos de España y la creación de una red centralizada en la Corte, que comunicase todas las capitales de provincia y otras ciudades de importancia militar y estratégica. En esta ocasión la lenta máquina de la burocracia española es acelerada por el interés del Gobierno en implantar el nuevo milagro de la comunicación. El decreto de 28 de junio de 1853 ampliaba a dos millones de reales la suma destinada para la construcción de la primera línea, a la que se añadió ese mismo año un ramal que desde Alsasua uniera dicha línea con Vitoria y Bilbao. La inexistencia de la vía férrea en nuestro país obligaba a tender los hilos telegráficos siguiendo los caminos a través del campo y las montañas, a diferencia de lo que sucedía en otros países europeos y en Estados Unidos, donde el telégrafo y el ferrocarril avanzaron de la mano. Entre 1853 y 1855 se construyó la línea Madrid-Irún, con una extensión de 613 kilómetros y en la que se emplearon 1.297 postes de primera dimensión y 10.823 de segunda. El sistema elegido fue el Wheatstone de 2 agujas que sólo necesitaba 2 alambres como comunicadores. La rápida expansión del sistema Morse en Europa durante esta década hizo que la Administración española adoptase en las demás líneas el sistema norteamericano. La falta de desarrollo industrial obligó a que salvo la madera y los aisladores de porcelana fabricados en Pasajes, el resto del material tuviera que importarse del exterior, situación que se prolongaría en el tiempo. El primer tramo, Madrid-Guadalajara fue inaugurado el 5 de julio de 1855. La estación de Zaragoza quedó abierta el 11 de agosto; Pamplona, el 18 de octubre; San Sebastián el 22, e Irún el 27 del mismo mes. El ramal de Bilbao fue terminado el 27 de noviembre de 1855. El buen funcionamiento de esta línea, la demanda de los sectores financiero y comercial y los acuerdos firmados con Francia para la transmisión recíproca de telegramas, animaron la aprobación el 22 de abril de 1855 de una Ley que autorizaba la construcción de "un sistema completo de líneas radio-telegráficas que pongan en comunicación a la Corte con todas las capitales de Provincia y Departamentos Marítimos y que lleguen a las fronteras de Francia y de Portugal." Reparemos en la cronología. Estamos en pleno bienio progresista, 1854-1856, de clara vocación modernizante. Así la legislación telegráfica es un eslabón más de una larga cadena legislativa que transformó las bases del sistema financiero, llevó a su fin las nuevas formas de propiedad con la desamortización civil y colocó los pilares de una política ferroviaria que superó las inconcreciones de la etapa moderada. En lo que respecta al telégrafo la eficaz iniciativa del Estado queda puesta de manifiesto por dos hechos: una política inversora consecuente y una inmediata incorporación de los inputs tecnológicos provenientes del extranjero. En los diez años que median entre 1854 y 1863 quedó constituida la primera red de telegrafía eléctrica, sobre la base de una red de estructura radial, que partiendo de Madrid enlazaba con todas las capitales de provincia y principales ciudades, que incluía a las islas Baleares y Ceuta, quedando fuera las islas Canarias y Melilla. Estas líneas principales estaban unidas entre sí por otra serie de líneas transversales, como se observa en el mapa y el cuadro número 40.
Entre 1854 y 1863 se construyeron 10.001 kilómetros de líneas y 194 estaciones, de las que sólo estaba tendida sobre el ferrocarril la línea de Palencia a Santander. En los años que siguieron hasta terminar el siglo continuó extendiéndose la red de forma desigual. De 1863 a 1879 sólo se tendieron 5.869 nuevos kilómetros, mientras que en los trece años que median entre 1879 y 1892 se volvió a recuperar un ritmo alto de construcción, hasta alcanzar los 12.263 kilómetros de nuevas líneas construidas. Al terminar el siglo el número de líneas en funcionamiento había alcanzado la cifra de 32.494 kilómetros. El número de oficinas había tenido un desarrollo muy diferente, de las 14 de 1855 se pasó en 1885 a 914 para alcanzar en 1900 la cifra de 1.491 oficinas telegráficas (ver cuadro nº 41).
El número de oficinas telegráficas de 1865 presentaba la relación de una por cada 52 kilómetros de línea construida: en 1900 la proporción había pasado a una cada por cada 21 kilómetros. El incremento viene explicado por la política derivada de la Ley de 29 de diciembre de 1881, sobre la apertura al servicio público de las estaciones telegráficas de las Compañías de los ferrocarriles, cuyo artículo primero disponía: "El Estado establecerá en los puntos que juzgue convenientes Estaciones que enlacen su red telegráfica con la de los ferrocarriles, instalando uno o más aparatos en los locales en que funcionen los de las Compañías." Las oficinas telegráficas según el número de horas de servicio se dividían en: permanentes, abiertas las 24 horas; completas, destinadas al servicio diurno, y limitadas, con un servicio reducido a 8 horas. El Estado fomentó las oficinas limitadas por cuestiones presupuestarias: con un menor gasto se controlaba un mayor número de puntos telegráficos. En caso de urgencia las estaciones limitadas operaban a cualquier hora (ver cuadro nº 42).
La estructura radial de la red telegráfica española revela el marcado carácter centralista de la construcción del estado liberal en España. Modelo que sería reafirmado por el tendido de la red ferroviaria. Madrid se constituye en verdadero centro político del país, más tarde también en centro de la toma de decisiones económicas. Más allá del hecho evidente de ser lugar de residencia de la Corte y de los órganos políticos vertebradores del nuevo Estado liberal: Parlamento, Gobierno y Poder Judicial, la red radial de comunicaciones, articulada en torno a la capital, actuó de auténtico polo impulsor de los procesos de centralización política y económica del país, a pesar del retraso histórico en la industrialización de Madrid. Con el cambio de siglo, la estructura radial de las comunicaciones telegráficas mostraba claros síntomas de estrangulamiento. El incremento continuado del tráfico telegráfico, parejo con el desarrollo económico, social y político del país obligó a un nuevo esfuerzo inversor dirigido a crear una red poligonal en forma de malla, capaz de garantizar las comunicaciones entre zonas geográficas próximas sin la obligación de pasar por Madrid. La construcción de la red telegráfica española no se demoró sustancialmente respecto de otros países europeos. Gran Bretaña fue la pionera en introducir la telegrafía eléctrica de la mano de las compañías ferroviarias. El primero de enero de 1839 la Great Western Company financiaba el tendido de una red telegráfica del sistema de Cooke y Wheatstone en los alrededores de Londres, el éxito de la experiencia condujo a la rápida adopción del nuevo sistema de comunicaciones por las compañías de ferrocarriles británicas, a la altura de 1852 se encontraban en funcionamiento 6.500 kilómetros de líneas telegráficas. En Estados Unidos, tras numerosas reticencias y reveses, Morse logró la autorización de una subvención por el Senado de 30.000 dólares, para construir una línea telegráfica bajo su sistema entre Washington y Baltimore, inaugurada en enero de 1845. En Francia el nuevo sistema encontró serias dificultades para su implantación, como consecuencia del desarrollo registrado por la telegrafía óptica. Hasta 1842 no se iniciaron las primeras experiencias. En esa fecha el ministerio del Interior concedió 240.000 francos con el fin de probar el nuevo medio de comunicación. En 1845 la primera línea de telegrafía eléctrica francesa entraba en funcionamiento entre París y Rouen. En 1846 Austria-Hungría y Bélgica iniciaban el tendido de su red telegráfica. En 1847 la península italiana, en 1849 Prusia electrifica su línea de telegrafía óptica entre Berlín y Colonia, en 1852 Suiza, en 1853 Rusia. Tal como había sucedido con el telégrafo óptico, el modelo de las redes de telegrafía eléctrica fue diverso: en Francia se impuso el modelo estatal, al igual que en España; en Gran Bretaña y Estados Unidos fue la iniciativa privada quien se hizo cargo de la construcción de las líneas telegráficas; en la mayoría de las ocasiones las compañías ferroviarias fueron las protagonistas del tendido telegráfico. Sin embargo, Gran Bretaña optó en 1871 por nacionalizar las compañías telegráficas, sumándose así al modelo dominante en Europa. El interés de los Estados por el nuevo medio de comunicación explica la prontitud de su introducción. En esta ocasión España no fue la excepción, la rapidez con la que fue culminada la red básica de la telegrafía eléctrica española, en apenas nueve años de 1854 a 1863, es demostrativa de la importancia otorgada por el gobierno al telégrafo. Los cables submarinos: una aventura universal. Tras un primer ensayo fracasado, en el mes de septiembre de 1850, entraba en funcionamiento en 1851 el cable telegráfico submarino tendido entre Dover y Calais. Este primer intento fue realizado por una compañía privada: la Submarine Telegraph Company between Great-Bretain and the continent of Europe, dirigida por los hermanos Brett. El primer éxito de la telegrafía submarina iba a poner de manifiesto una serie de constantes repetidas a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. Por una parte se confirmaba la capacidad tecnológica del momento para hacer frente con rapidez a las dificultades que con el aumento de las distancias irían apareciendo. De otra parte, el interés compartido por las compañías privadas y por los estados en la instalación de dichos cables. Por último, el papel hegemónico de Gran Bretaña en la extensión de la red telegráfica submarina. Los adelantos científicos y tecnológicos contribuyeron decisivamente al rápido desarrollo de la red telegráfica submarina. Para que esta se hiciera realidad, los científicos que trabajaron en este campo hubieron de superar tres grandes obstáculos: el aislamiento de los cables; el reforzamiento de los mismos a fin de evitar el rozamiento y la erosión de los agentes mecánicos, y, por fin, en las líneas de gran extensión, el debilitamiento de las señales transmitidas. Los primeros ensayos prácticos para tender conductores telegráficos bajo el agua, los cables subfluviales de Schilling bajo el río Neva, en San Petersburgo en 1836, y el de O'Shaughnessy en las Indias Británicas en 1839, fracasaron por la falta de un material aislante que impidiera el contacto del agua con el hilo conductor. Los intentos posteriores, ya submarinos, de Morse en Nueva York (1842) y de Wheatstone en la bahía de Swansea (1844), corrieron igual suerte. La solución al problema del material aislante se produjo indirectamente al intentar Siemens solucionar el aislamiento de un cable subterráneo entre las ciudades de Berlín y Coblenza. Para tal fin construyó una máquina capaz de fabricar un cable telegráfico recubierto de una sustancia, la gutapercha, que había sido introducida en Europa en 1843 por el inglés William Montgomerie. Desde entonces todos los proyectos de cables submarinos, comenzando por la línea que unió a Francia e Inglaterra a través del canal de la Mancha, se realizaron utilizando la gutapercha como aislante. Con el tendido del primer cable transatlántico, que a su vez fue la primera línea de gran longitud, se pusieron de manifiesto problemas eléctricos que provocaban un debilitamiento progresivo de las señales. Un intento de recuperar las señales incrementando la tensión eléctrica provocó la ruptura del cable a las pocas semanas de haber iniciado su funcionamiento. Se observó entonces que tanto la sección del conductor como la diferencia de potencial entre éste y la tierra estaban limitadas por la capacidad que tuviera la cubierta para soportarlas. Por lo tanto la intensidad de la corriente debía de ser forzosamente pequeña, por lo que los aparatos receptores que utilizaban intensidades más altas no captaban las señales. Para solucionar esta dificultad, el físico británico William Thomson inventó un aparato receptor, consistente en un galvanómetro de espejo, que registraba ópticamente las señales recibidas. A fin de superar las dificultades que entrañaba la captación visual de las señales, el mismo Thomson ideó un nuevo receptor llamado siphon-recorder, que permitía la impresión gráfica de las señales Una vez solucionada la comunicación entre Gran Bretaña y el resto del continente europeo, que se reforzaría esa misma década con nuevas líneas desde Inglaterra hacia Francia, Bélgica y Holanda, los proyectos se orientaron a la unión del viejo continente con Estados Unidos y las colonias de las metrópolis europeas. La carrera que entablaron tres compañías por enlazar a Londres con la India es un claro ejemplo de como se desarrollaron las grandes líneas de cables submarinos en pugna a veces con las líneas terrestres. La primera línea transcontinental fue tendida por la Indo-European Telegraph Department, compañía oficial británica que dependía del virrey de la India. Esta línea, terrestre en su mayor parte, atravesaba Francia, Alemania, Austria y el Imperio Turco hasta el puerto de Fao en el Golfo Pérsico. A partir de este puerto se tendía un cable submarino que enlazaba, después de hacer escala en Bushire, Jask (Persia) y Gwadar (Beluchistán), la India Británica con Gran Bretaña a través del puerto de Karachi. Puesta en servicio en 1865, esta línea tuvo grandes dificultades en su funcionamiento, derivado de la enorme cantidad de operadores que intervenían a lo largo de su trayecto terrestre. La segunda línea partió de la iniciativa de la familia de industriales alemanes Siemens, que habían comenzado su andadura industrial fabricando cables y aparatos telegráficos. Mientras el mayor de los hermanos, Werner, se quedó dirigiendo la central de Alemania, dos de sus hermanos, Wilhelm y Carl, se establecieron en Inglaterra y Rusia respectivamente. En 1868 fundaron la Indo-European Telegraph Company, con el fin de construir una línea que partiendo de Londres uniera a Gran Bretaña con Alemania, a través de un cable submarino, para tras atravesar el Imperio Ruso y Persia, enlazar en el puerto de Bushire con la línea submarina oficial de la India. En 1870 comenzaría a funcionar esta línea que en su tramo terrestre conectaba ciudades como Berlín, Varsovia, Tiflis y Teherán. El último de los intentos se realizó íntegramente a través de una línea submarina que partiendo de Bombay enlazaba con Adén y, desde este puerto árabe, con Suez por el mar Rojo; un corto tramo terrestre llegaba hasta Alejandría y desde el puerto egipcio proseguía por mar hasta Malta, los dos últimos tramos unían Malta con Gibraltar y este puerto con Portheurno (Cornualles). La iniciativa de esta última línea, terminada en 1868, la había tomado el industrial británico John Pender, que también había jugado un papel decisivo en el cable transatlántico. Esta triple vía de comunicación con las Indias posibilitó una rebaja de las tarifas, además de una serie de enlaces que, en el caso de la última línea, permitieron la posterior comunicación de los países ribereños del Mediterráneo, incluidas las colonias norteafricanas. La otra gran empresa de la telegrafía submarina estuvo representada por el cable que unió, en la década de 1850, América y Europa. Un intento de enlace a través de Siberia, el estrecho de Bering y Alaska, promovido en 1854 por la compañía norteamericana Western Union Telegraph Company, no pudo superar las enormes dificultades geográficas y climáticas. La vía transatlántica tuvo una doble iniciativa: británica y norteamericana. Después de conseguir subvenciones de ambos gobiernos por un período de 25 años y de superar incontables dificultades prácticas, lograron inaugurar la línea el 5 de agosto de 1858, que unía las estaciones de Vitoria (Irlanda) y Bahía Trinidad (Terranova). Tuvo una vida efímera: una sobrecarga de tensión la inutilizó el 20 de octubre del mismo año. El segundo y definitivo intento alcanzó una gran resonancia pública. Los periódicos de la época contribuyeron con sus crónicas a darle un carácter de epopeya. Esta vez además del entusiasmo de Pender y Cyrus Field, directores de las compañías británica y norteamericana, contaron con el apoyo económico de los dos Estados, mediante suscripciones públicas oficiales y de la colaboración de científicos como Wheatstone y Thomson, que solucionaron los problemas de tensión eléctrica de los cables. El 27 de julio de 1866 se cursaba el primer telegrama por el nuevo cable, quedando solucionado el problema de la comunicación telegráfica entre el Nuevo y el Viejo Continente. Con ello se demostraba la viabilidad y las ventajas de los cables submarinos para las grandes distancias. El éxito de estas iniciativas multiplicó las líneas submarinas a lo largo de las siguientes décadas, quedando unidos los cinco continentes, de la forma que muestra el mapa nº 27 y el cuadro número 43.
De las ventiseis compañías privadas que existían en 1887, diecisiete de ellas tenían su sede en Londres, tres en París y Nueva York respectivamente y una en Berlín, Copenhague y Buenos Aires. Más significativo es el hecho de que el 75 por ciento del total de la longitud de los cables (80.654 millas náuticas) eran propiedad de las empresas británicas, lo que otorgaba a Gran Bretaña el control de la mayor parte de la red telegráfica submarina. En los convenios internacionales, a partir de 1864 regulados por la U.T.I., y en los propios reglamentos de las compañías privadas, se consignaba explícitamente la neutralidad de dichas compañías ante posibles conflictos internacionales. No obstante, la agudización de las tensiones generadas por el reparto del espacio colonial en los últimos decenios del siglo XIX convirtieron en papel mojado esos acuerdos, producto de la monopolización del uso de las líneas internacionales por parte del gobierno británico en caso de conflicto, como sucedió en la guerra de los Boers o el enfrentamiento de Fachoda (Egipto) en 1892 con Francia. Se ponía así de manifiesto el uso estratégico del alambre rojo que ya en 1876 proporcionaba a Gran Bretaña el control de la información a lo largo de los cinco continentes. También, durante la guerra hispano-norteamericana de 1898, Estados Unidos presionó a las compañías privadas para que cortasen la comunicación telegráfica entre España y sus colonias. El control de las comunicaciones transcontinentales, a través de la hegemonía británica en el tendido de los cables submarinos, se reveló como un instrumento imprescindible para sustentar el dominio mundial del Imperio Británico durante la segunda mitad del siglo XIX. El control de los mares iba más allá del predominio de la flota británica. El papel de la City londinense como centro mundial de las finanzas no hubiera sido posible sin la constitución de una red telegráfica transcontinental. Sin una rápida circulación de las informaciones económicas el sistema multilateral de intercambios, sobre el que se basaba el mercado mundial no hubiera sido una realidad. De esta forma, la libra pudo actuar de medio de pagos internacional, asegurando el buen funcionamiento y la estabilidad del patrón-oro. Lombart Street se convirtió así en el centro de las finanzas mundiales. La vinculación entre la red telegráfica submarina y la expansión y consolidación de los imperios coloniales es evidente si nos atenemos a los hechos. En el caso de Gran Bretaña el tendido de los cables submarinos quedó estrechamente vinculado a la conexión de los centros neurálgicos del Imperio Británico, en primer lugar la India; pero también la unión en 1854 de Ceylan con la India, en 1859 el enlace entre Tasmania y Australia. Francia a la altura de 1880 había establecido una red submarina con sus posesiones en el norte de Africa, las Antillas e Indochina. Mientras Estados Unidos alejado de la carrera colonial centraba su interés en las conexiones transatlánticas y transpacíficas, con un fuerte contenido económico que anticipaba la posterior irrupción, tras la Gran Guerra, de la economía norteamericana en la economía mundial. En 1910 la red telegráfica de titularidad británica alcanzaba los 260.000 kilómetros, que representaba más de la mitad del parque mundial telegráfico, le seguía Estados Unidos, gracias a la extensión de su red interior, y a continuación se situaba Francia con 44.000 kilómetros de cables telegráficos. El dominio británico de las comunicaciones telegráficas a escala mundial es patente, a la vez que revelador de la importancia de las comunicaciones telegráficas en el mantenimiento de la hegemonía internacional del Imperio Británico durante la segunda mitad del siglo XIX. A partir de 1918 Estados Unidos, conforme vaya asentando su creciente papel en la economía mundial tras el fin de la Gran Guerra, ira tomando el relevo de Gran Bretaña en el liderazgo mundial de las comunicaciones de la mano de las grandes corporaciones industriales y las nuevas innovaciones tecnológicas en el campo de las telecomunicaciones, con su preponderancia en la industria telefónica. España y la telegrafía submarina. Las redes de telegrafía submarina en España, las que unían a la Península con los archipiélagos balear y canario y con las posesiones del norte de Africa, fueron siempre de titularidad estatal salvo los diez primeros años del cable canario, periodo en el que estuvo a cargo de dos empresas concesionarias británicas. Por el contrario, el resto de las líneas internacionales que recalaban tanto en territorio de la metrópoli como de las colonias fueron propiedad de empresas privadas o estatales extranjeras. El escaso desarrollo de la industria española hizo que hasta los cables de la red interior fueran construidos y tendidos por compañías extranjeras, limitándose la aportación española a los sondeos previos al proyecto inicial, la confección del pliego de condiciones y la supervisión de la fabricación de los cables y el tendido de los mismos por miembros del Cuerpo de Telégrafos. La red de telegrafía submarina estuvo orientada a solventar la secular incomunicación de los territorios insulares. En el caso del archipiélago canario se pretendió convertirlo en punto privilegiado de unión de la Península con los territorios antillanos. El resto de las líneas se orientaron a la comunicación de todas las posesiones del norte de Africa, de un claro interés estratégico-militar. Fue este tipo de interés el que propició el tendido del primer cable telegráfico submarino español entre Tarifa y Ceuta en 1859. El 22 de octubre de ese año España había declarado la guerra a Marruecos y al mes siguiente le fue encomendado al cuerpo de Telégrafos la dirección del tendido de dicho cable. Se utilizó para ello cable sobrante de la primitiva línea transatlántica tendida el año anterior. La precipitación del proyecto con la falta de sondeos y estudios previos, además un gran temporal agravó las de por sí difíciles condiciones del Estrecho de Gibraltar, terminó por provocar la ruptura del cable, que sólo estuvo en funcionamiento entre el 19 de diciembre de 1859 y el 8 de enero siguiente. El interés por establecer un cable submarino con Baleares se había plasmado en una real orden de 31 de mayo de 1858. Después de los pertinentes estudios y sondeos, varias disposiciones legislativas publicadas en los meses de mayo y junio de 1859 determinaron el trazado y los puntos de amarre de los cables. Por una real orden de 12 de julio de 1860, se adjudicó la contrata a sir Horacio J. Perry, el cual encargó a la empresa británica Henley la construcción y tendido de los cables, bajo la dirección de Charles Bright, ingeniero británico que ya había dirigido el tendido de varias líneas submarinas. El barco cablero utilizado fue el británico Stella, que fue auxiliado por la goleta de la marina española Buenaventura, barco desde el que se habían realizado los estudios previos. El tendido del cable comenzó el 29 de agosto en Ciudadela (Menorca) y después de enlazar con Mallorca e Ibiza concluyó el 7 de septiembre la primera fase del tendido en el cabo de San Antonio (Jávea). La segunda fase del proyecto que uniría a Mahón con Barcelona no culminó hasta el 16 de enero de 1861. Debido a la rotura de los cables de Jávea y Barcelona, en 1870 se procedió a tender nuevas líneas para restablecer la comunicación con las Baleares. En sólo dos años, de 1872 a 1874, se enlazó la Península mediante cables submarinos con tres países europeos, a través de las líneas establecidas por dos compañías extranjeras. El primero de los cables unió en diciembre de 1872, Halmouth (Inglaterra) con Bilbao, línea controlada por la compañía Direct Spanish Telegraph Company en 1884. También desde Inglaterra, esta vez desde Porthcurno, se tendió una línea hasta Vigo en 1873, por la Eastern Telegraph Company, encargada de realizar el enlace entre Vigo y Lisboa. Por último, los avatares de la guerra carlista en 1874 animaron al gobierno español a otorgar una concesión para una línea submarina entre Barcelona y Marsella, capaz de garantizar la comunicación de Cataluña, a la India Ruber Gutta Percha and Telegraph Works Company, pasando a depender meses después de la misma compañía británica que había tendido el cable de Bilbao. La comunicación telegráfica submarina con el archipiélago canario se demoró hasta la década de 1880, entre otras razones porque a Canarias se la incluyó en la línea trasatlántica entre la Península y Cuba, línea que nunca se llegó a construir. En junio de 1860, se había concedido el permiso para construir dicha línea a una compañía británica, a través del trayecto Cádiz-Islas Canarias. Pero ni esta concesión ni otros proyectos similares se llevaron a la práctica. Finalmente se aprobó por decreto de 5 de diciembre de 1866 la unión de Cuba con Florida, a través de un proyecto presentado por la International Oceanic Telegraph Company, que culminado en 1868 cedió su explotación a la Western Union Telegraph Company. Una Real Orden de 3 de mayo de 1880 volvió a insistir en la comunicación telegráfica con las Canarias. El concurso abierto tras sucesivas modificaciones fue declarado desierto en cuatro ocasiones. Por fin, en diciembre de 1882 se dio la concesión a una compañía encabezada por el médico, ingeniero y aventurero polaco Tadeo d'Oksza Orzechouski. Para efectuar el tendido se dispuso de dos vapores cableros, el Internacional y el Dacia, que realizaron los sondeos previos a lo largo del mes de octubre de 1883. Tres meses duró la operación de tendido de los cables, abriéndose la línea al servicio el 12 de febrero de 1884, que partiendo de Cádiz enlazaba directamente con la isla de Tenerife. Desde ésta última llegaba a las islas de Gran Canaria, Lanzarote y La Palma. La longitud de los cables alcanzó las 1.172 millas náuticas (2.170,5 kilómetros). Al transcurrir los diez años de concesión el gobierno recuperó la explotación directa de la misma. En los primeros años de la década siguiente se procedió a unir telegráficamente a la Península con las posesiones españolas del norte de Africa. En una real orden de 18 de agosto de 1890 se aprobó el tendido de los cables que partiendo de Tarifa y Almería en la Península, enlazaban con Ceuta, Alborán, Melilla, islas Chafarinas, Alhucemas y Peñón de la Gomera (Ver cuadro nº 44). La compañía encargada de la fabricación y del tendido fue la italiana Pirelli, que había comenzado su andadura industrial en 1870 con la fabricación de cables telegráficos, y corrió a cargo del buque cablero de esta compañía, Cittá di Milano. Concluido el tendido en 1891, tres años más tarde se instaló un nuevo cable entre Ceuta y el Peñón de la Gomera, a cargo esta vez de la misma empresa británica que se encargó de la línea con Canarias. En 1894 la empresa Deutsch-Atlantische Telegraphengesellschaft tendió una línea submarina entre la ciudad alemana de Emden y Vigo, con escala en la isla de Borkum. Mientras Cuba se había comunicado telegráficamente con el continente americano en 1867, la unión de Filipinas con el continente asiático no se llevó a cabo hasta 1880. Un decreto de 14 de diciembre de 1878 concedía una fuerte subvención a la empresa que uniera Manila y Hong Kong. La empresa adjudicataria fue la británica Eastern Extension Australasia and China Telegraph Company que en 1880 abrió al servicio dicha línea. Ocho años más tarde la misma compañía comunicaría con Manila las islas de Panay, de los Negros y Cebú. En el cuadro número 44 se elabora el balance de las líneas Telegráficas submarinas relacionadas con España y sus colonias en la última década del siglo XIX.
Oferta y demanda telegráfica, 1855-1900. La socialización del telégrafo. Si el telégrafo óptico nació con una marcada naturaleza áulica, política o militar y en todo caso fue concebido para un uso restringido de carácter oficial, no sucedió lo mismo con el telégrafo eléctrico. Desde sus orígenes estuvo llamado a convertirse en un servicio público. Al fin y al cabo su empleo fue más variado. Partiendo de su utilización oficial el telégrafo eléctrico diseña un contexto de uso en el que se entremezcla la política, la economía, el periodismo y el ámbito de lo privado. El 1º de marzo de 1855 se abrió al servicio público la única línea de telegrafía eléctrica existente en esa fecha, que unía Madrid con Irún. Desde el año anterior en que comenzó a funcionar sólo lo hizo para transmitir los despachos oficiales y los del propio servicio telegráfico. Una de las causas que aceleró la apertura al servicio público de esta línea, además de las lógicas demandas de los sectores comercial y financiero, fueron los acuerdos suscritos con Francia, el 24 de noviembre de 1854 y 31 de enero de 1855, en los que se sentaron las bases de la correspondencia telegráfica internacional privada. Los telegramas oficiales tenían un régimen de franquicia más riguroso que el de Correos. Solamente podían cursarlos la Casa real, ministros del gobierno, capitanes generales y gobernadores militares y civiles, ampliando excepcionalmente su uso a gran número de autoridades civiles y militares. Estos despachos eran los únicos que podían trasmitirse en clave cifrada, si bien esta modalidad se usaba con moderación, como lo muestra la estadística del año 1875: de los 127.591 despachos oficiales expedidos sólo 13.190 fueron cifrados. A partir de 1878 se aprobó una nueva modalidad de correspondencia oficial: la conferencia telegráfica, por medio de la cual las autoridades podían mantener un diálogo telegráfico entre ellas. Al año siguiente se calculó que el número de horas que fueron utilizadas por este servicio fue de 558, manteniéndose sobre cifras parecidas hasta la construcción de las redes interurbanas de teléfonos en los últimos años del siglo (ver cuadro nº 45). Comparativamente con otros países europeos, la correspondencia telegráfica oficial se mantuvo dentro de unos cauces normales, sin llegar por ejemplo a las cotas de Bélgica, que en 1890 superó el cincuenta por ciento del total de telegramas interiores expedidos.
Los telegramas privados estuvieron sujetos a una detallada normativa, recogida en los diferentes reglamentos y tarifas que se aprobaron desde 1856. En este año se publicó el primer Reglamento para regular la correspondencia telegráfica. En él se recoge la posibilidad de suspensión del servicio público y la total prohibición de cursar telegramas privados en clave, así como la de enviar mensajes que atentaran contra la seguridad pública o las buenas costumbres. El régimen tarifario era similar al que había tenido el correo hasta unos años antes. Se dividía, la única línea existente, en zonas según los kilómetros de distancia entre las estaciones telegráficas (ver cuadro nº 46). El sistema tarifario vigente hasta 1861 además de complejo constituía un obstáculo para la socialización del telégrafo. Los precios eran disuasorios, por lo que la utilización del telegrama quedaba limitado a las instituciones gubernamentales, las operaciones comerciales y actividades empresariales de una cierta envergadura. La política tarifaria cambio pronto de signo, a imagen y semejanza de lo sucedido en el Correo, el Gobierno optó por una política continuada de abaratamiento de las tarifas.
Las razones de este cambio son variadas. De una parte, la demanda de la sociedad civil por utilizar el nuevo medio de comunicación, particularmente el mundo de los negocios y de la bolsa, así como el naciente periodismo de noticias articulado en torno a las agencias y las empresas periodísticas, que demandaban un abaratamiento de los costes. De otro, el propio interés del Estado, una vez superadas las iniciales reticencias sobre la utilización del telégrafo por los particulares, fundamentalmente por razones políticas de control de la información. En efecto, el Gobierno comprendió con prontitud que la socialización del servicio mediante el abaratamiento de las tarifas significaría un incremento de los ingresos, que revertiría en la financiación de la construcción de la red telegráfica. La primera medida en esta dirección fue la uniformización de las tarifas interiores en 1861, lo que supuso, además de una simplificación de la política tarifaria, un sensible abaratamiento del telégrafo. A partir de esta fecha se asiste a un sostenido incremento del tráfico telegráfico. Tomando como base 100 el año 1860, el incremento del tráfico telegráfico privado en 1870 se sitúa en 293,3; en 1880 en 667,4; en 1890 en 1.244,1 y en 1900 en 1.475,6 (ver cuadro nº 49). Los datos hablan por sí mismos del proceso de socialización del telégrafo entre 1860 y 1900, y de la influencia que en ello tuvo la política tarifaria adoptada a partir de 1861, amén de los efectos derivados de la extensión de la red telegráfica española.
A la hora de elegir, el Estado prefirió asegurar un incremento de la demanda, mediante una política de precios baratos que a largo plazo garantizase el aumento de los ingresos. En las tres últimas décadas del siglo las tarifas permanecieron inalterables. Esta situación adquiere un mayor relieve si lo comparamos con la evolución de las rentas personales. Así se observa una onda de larga duración entre 1855 y 1936 en la que el coste unitario del telegrama ocupa cada vez un porcentaje menor de las rentas personales. Esta es la clave de la socialización del servicio. A lo largo de la segunda mitad del siglo se detecta una mayor utilización por parte de las clases medias. Paulatinamente se va superando la función elitista que el telégrafo tuvo en sus primeros tiempos. Del mundo institucional político el telégrafo se introdujo en el mundo empresarial; de ahí pasó a las clases medias para desembocar, durante el primer tercio del siglo XX, en la primera utilización por parte de las clases populares, eso sí de manera ocasional. Existe una evidente correlación entre el abaratamiento o la congelación de las tarifas, la ampliación longitudinal de la red y la apertura de nuevas oficinas. Tarifas más baratas y mayor número de puntos para la emisión y recepción de telegramas son causa y consecuencia de la socialización del servicio. Mayor número de telegramas significaba ingresos más elevados para el Estado, que fueron reinvertidos en la extensión y mejora técnica de la red. Los telegramas dirigidos a las localidades donde estaban enclavadas las estaciones telegráficas (sólo catorce en la primera línea Madrid-Irún) tenían que pagar 2 reales (rs.) más por la entrega a domicilio de los mismos. Si el destinatario vivía en un radio de diez kilómetros se le podía entregar el telegrama por el ordenanza de la estación, previo pago por el expedidor de 2 rs. Para todos los demás destinos el telegrama se reexpedía por correo certificado, por lo que se cobraban 2,5 rs. También se contemplaba la posibilidad de entregar varias copias de un mismo despacho en distintos domicilios de la misma localidad, pagando un recargo de 4 rs. por cada copia entregada. Durante la segunda mitad del siglo XIX se dictaron distintas disposiciones que variaron las tarifas, sobre todo las de la correspondencia destinada al extranjero, a la vez que ampliarán las modalidades de despachos telegráficos. Entre las más importantes cabe destacar la aprobada en 1861, a través del artículo 5º de la Ley General de Presupuestos del 11 de enero de dicho año: "El precio de transmisión de un despacho desde cualquier estación telegráfica a cualquiera otra del reino en la península, será de 5 rs. mientras no exceda de diez palabras, con el aumento de otros 5 rs. por cada serie de diez palabras más o fracción de ella." Solamente quedaban fuera de este acuerdo los telegramas enviados o recibidos entre la Península y las Baleares, a través del cable submarino tendido el año anterior, que tendrían que pagar una sobretasa de 2,50 reales por cada diez palabras o fracción. Los usuarios del telégrafo pudieron acogerse ya en esas fechas a tres servicios adicionales: el acuse de recibo, los telegramas colacionados y la respuesta pagada. Por el primer servicio y previo pago de 3 reales el expedidor recibía en su domicilio un despacho telegráfico con la indicación de la hora en que su telegrama hubiera sido entregado al destinatario o la hora en la que se hubiera certificado por correo, si tal destinatario no residiese en la localidad donde se encontrara la estación telegráfica. Por el telegrama colacionado, el expedidor recibía la repetición íntegra por parte de la estación destinataria del telegrama enviado, pagando lo mismo que por el telegrama sencillo, si bien este tipo de telegramas no duro más que unos pocos años. Por último, cabía la posibilidad de pagar la respuesta del destinatario, poniendo un límite de palabras para el telegrama de respuesta. Tres años más tarde se bajaron nuevamente las tarifas, esta vez a 4 reales por cada diez palabras o fracción de diez, a la vez que se establecía la obligatoriedad de utilizar sellos de telégrafos, que se vendían como los de correos en los estancos. En esta ocasión se añadía la modalidad del telegrama certificado por el cual el expedidor recibía el acuse de recibo firmado por el destinatario del despacho. La utilización de estas modalidades de telegramas queda reflejada en el cuadro número 47.
Las tarifas de la correspondencia telegráfica para el extranjero mantienen durante todo el siglo una gran complejidad. Por el Convenio Telegráfico de París de 1865 se aprobaron una serie de acuerdos básicos entre los países europeos, por los que se fijaban dos tipos de tasas: terminales, para cada país expedidor y destinatario, y la de tránsito para cada uno de los países intermedios, con la particularidad de que cada país establecía la cuantía de cada una de dichas tasas. En la Conferencia de Berlín de 1885 se dividió territorialmente la correspondencia internacional en dos grandes regiones: la europea y la extraeuropea. La primera con un único valor para cada uno de los dos tipos de tasas: 10 céntimos de franco francés la terminal y 8 céntimos la de tránsito. La ejemplificación del tipo de usuario de los primeros años de la década de 1870 se representa en el cuadro número 48. La correspondencia telegráfica de esos años muestra el notable grado de socialización alcanzado por el telégrafo. En primer lugar conviene señalar su importancia política. El considerable incremento de los telegramas cifrados, de uso exclusivamente oficial, en el año 1873, es decir durante la I República, en el que las alteraciones políticas fueron considerables como consecuencia del movimiento cantonalista y del recrudecimiento de la guerra carlista revelan la importante vertiente de orden público y militar del telégrafo. En ese año se registra un incremento del 341 por ciento respecto de 1871 y del 375 por ciento respecto de 1875, mientras disminuyen los telegramas de noticias políticas y financieras.
A partir de 1881, el gobierno autorizó el uso de lenguajes secretos, siempre que los expedidores y destinatarios presentaran ante los funcionarios de las oficinas telegráficas los vocabularios y las claves necesarias para interpretarlos. Este derecho sería derogado en varias ocasiones, la primera de ellas el 6 de agosto de 1883, cuando se produjo el levantamiento republicano de la guarnición de Badajoz, restableciéndose la posibilidad de telegrafiar en clave dos meses después. Las rebajas de las tarifas nacionales e internacionales posibilitaron un incremento continuo del uso del telégrafo durante todo el siglo, pues la desigual y lenta extensión del servicio telefónico en nuestro país no frenará el incremento del telégrafo hasta la década de 1930 (véase cuadro nº 49).
El aumento más espectacular se dio entre 1860 y 1880, período en el que el crecimiento económico corre parejo al abaratamiento de tarifas y al considerable aumento de líneas y estaciones telegráficas. En cuanto al tráfico interior, resulta notable la desigualdad existente entre las estaciones de las capitales de provincias y las situadas en el resto de las localidades, que apenas absorben el cinco por ciento de la correspondencia. Los datos de 1880 nos aproximan a la desproporción geográfica en la utilización del telégrafo. En ese año el 31,5 por ciento del flujo telegráfico total correspondía a Madrid y el 15,6 por ciento a Barcelona. El movimiento de las diez capitales con más tráfico (Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia, Málaga, Cádiz, Santander, Bilbao, Zaragoza y Coruña) suponía el 85,8 por ciento del total nacional. Datos que son indicativos del grado de integración alcanzado y de las desigualdades territoriales vigentes en España durante esta época. En el tráfico internacional la desproporción era aún más acusada: quince países intercambiaban con España el 98,7 por ciento de los telegramas recibidos y expedidos, repartiéndose el resto de la correspondencia entre veinticinco países. Resultados que ponen de manifiesto las vinculaciones políticas y sobre todo económicas de nuestro país con el exterior. Francia era el país con el que se intercambiaba más correspondencia telegráfica: 90.357 telegramas expedidos y 97.966 recibidos en 1880. Gran Bretaña se situaba en segundo lugar con 37.241 expedidos y 36.950 recibidos. El tercero en la lista era Portugal: 25.819 expedidos y 22.817 recibidos. La aparición del telégrafo determinó el enorme desarrollo del mundo periodístico durante la segunda mitad del siglo XIX. Gracias al telégrafo surgieron las primeras grandes agencias de noticias, tanto en el ámbito nacional como internacional. Durante la década de los cuarenta los directores de los principales periódicos norteamericanos habían creado dos agencias: la New York Associated Press para las noticias nacionales y la Harbour News Association para las noticias extranjeras. En Francia la agencia Havas, fundada en 1835, si bien no podía utilizar directamente la extensa red del telégrafo óptico, sí se benefició a partir de 1838 del uso preferencial del correo y de la comunicación prioritaria por parte del gobierno de todas aquellas noticias recibidas por el telégrafo óptico, que pudieran ser de interés para los periódicos. A partir de 1851 la Havas haría uso del telégrafo eléctrico con una serie de ventajas tarifarias y prioridades a la hora de transmitir. También en la mitad de siglo nacieron las agencias alemanas Wolf y Reuter, pasando esta última a tener su sede principal en Londres. Aparte de una serie de tímidos intentos, la primera agencia española de noticias que se constituyó fue la de Nilo Fabra en 1865, que dos años después tendría distribuido por España y Portugal un número considerable de corresponsales. Nilo Fabra se había acogido a lo dictado en el decreto de 30 de mayo de 1864 que autorizaba la concesión de estaciones telegráficas a municipios y particulares, con la obligatoriedad de que a cargo de los aparatos estuviera siempre un funcionario del Cuerpo de Telégrafos. El rápido incremento de las noticias periodísticas le hizo asociarse a las tres grandes agencias europeas Havas, Reuter y Wolf, que a su vez se asociaron con la recién creada agencia norteamericana, Associated Press. En 1870, la agencia de Nilo Fabra pasó a ser una filial de la Havas. En 1874 una nueva normativa estipuló que las estaciones y los aparatos telegráficos de las concesiones particulares estuvieran a cargo de sus propietarios, pagando por ello un canon anual fijo al margen del volumen de correspondencia emitida y recibida. Esta medida multiplicó las agencias de prensa en nuestro país, si bien el monopolio internacional de las agencias antes mencionadas dieron al traste con las nuevas empresas. Sin el telégrafo no hubiera sido posible el nacimiento del periodismo de información. En España un periódico de estas características como La Correspondencia de España fue tributario del telégrafo eléctrico, como años más tarde lo fue El Imparcial, a finales de la década de los sesenta, o los grandes periódicos de información a finales de siglo, en un momento en el que se consolida la prensa de opinión gestionada con criterios empresariales. Entre 1860 y 1890 se sitúa el proceso de socialización del telégrafo eléctrico en España. Entre ambas fechas el tráfico telegráfico interior ha registrado un incremento del 1.232 por ciento, de los 259.909 telegramas de 1860 se ha pasado en 1890 a 3.202.905, siendo el tráfico privado el que representa un mayor crecimiento absoluto: de los 227.421 telegramas de 1860 se llega a 2.829.246 en 1890. Respecto del tráfico oficial la tasa de crecimiento es similar, aunque su volumen es considerablemente menor: de los 32.488 telegramas oficiales de 1860 se pasa a los 373.659 de 1890. Una vez sobrepasado el umbral de socialización del servicio las tasas continúan su incremento, aunque a un ritmo menor. Entre 1860 y 1870 la tasa de crecimiento registrada alcanzó un 198,5 por ciento; de 1870 a 1880 la tasa fue de un 120,9 por ciento; entre 1880 y 1890 se situó en un 86,9 por ciento; para descender a tasas más moderadas en años posteriores: un 18 por ciento entre 1890 y 1900, y un 12,3 por ciento entre 1900 y 1910. En esas fechas la red básica de la telegrafía española estaba plenamente estructurada, en otras palabras la red radial había quedado completada. El telégrafo se había incorporado como un instrumento más, uno de los más importantes, de la red de comunicaciones española.
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