|
|
REALIDAD Y MITO DEL 98: LAS DISTORSIONES DE LA PERCEPCION. CIENCIA Y PENSAMIENTO EN ESPAÑA (1875-1923).
Referirse al noventaycho se ha convertido en obligada cita en la Historia contemporánea de España, tanto por sus resonancias literarias como historiográficas, especialmente en estos momentos que se aproximan a la conmemoración de su centenario. Con ello se quiere remarcar un punto de inflexión en el transcurrir de la contemporaneidad en nuestro país, más allá de toda recapitulación que parece obligada cuando se aproxima un cambio de siglo, tanto desde el punto de vista de los contemporáneos como de la historiografía posterior. El noventayocho español, con la pérdida de los territorios de ultramar y su impacto en la incipiente opinión pública de la época, ha querido simbolizar el nacimiento de un movimiento de renovación que clausura un siglo frustrado en la percepción de la sociedad del cambio de siglo y en buena parte de la historiografía posterior. El regeneracionismo encontraba así su legitimación histórica y su explicación historiográfica. De esta forma, ha tendido ha sobrevalorarse la dimensión interna, el problema de España y su problemática inserción en el mundo contemporáneo, menospreciando las similitudes con la crisis fin de siglo que recorrió el Viejo Continente y encontró prolongación en la crisis civilizatoria que eclosionó tras el fin de la primera guerra mundial. Sin embargo, estas similitudes están presentes y no pueden ser obviadas en el campo del pensamiento, la ciencia y la cultura, incluso entre los representantes más conspicuos de la llamada generación literaria del noventayocho, sus contactos con las nuevas corrientes culturales europeas, y no exclusivamente como meros receptores de las mismas, deben ser tomadas en consideración huyendo de visiones excesivamente introspectivas. Cambio y continuidad están presentes en el fin de siglo español, como lo estuvieron en el europeo, la llamada Edad de Plata de la ciencia y cultura españolas, para referirse al primer tercio del siglo XX, no pueden entenderse sin los movimientos, en ocasiones soterrados en otros turbulentos, producidos en la sociedad, la cultura y la ciencia españolas de la segunda mitad del siglo XIX. Bien es verdad que en muchos casos se saldaron con el fracaso y la frustración o discurrieron por cauces paralelos al mundo oficial, en virtud de los avatares políticos de la época, a pesar de lo cual dejaron su huella o continuaron ejerciendo su influjo, de forma más o menos subterránea, como sucedió con la Institución Libre de Enseñanza o la recepción del darwinismo y el positivismo en el último tercio del siglo, creando el caldo de cultivo propicio para la eclosión del primer tercio del siglo XX. Del racionalismo krausista al positivismo.El régimen de libertades abierto con la llegada del Sexenio Democrático en 1868 favoreció la recepción de las nuevas corrientes científicas y culturales vigentes en la Europa de la segunda mitad de siglo. Positivismo, darwinismo, naturalismo alemán, psicofísica y antropología científica encontraron un ambiente proclive para su penetración en nuestro país.
El krausismo español partía de un organicismo antropológico que identificaba el hombre con el ser. El conocimiento de la naturaleza era mediado por la introspección. Se apartaba, pues, de la corriente hegemónica en la ciencia moderna, desde la síntesis absolutizadora del sistema newtoniano realizada por Kant en la Crítica de la razón pura en 1787, y aceptada por el positivismo. Frente a ello los krausistas proponían una concepción del orden matemático del Mundo cimentada en una escala humana, donde los seres revelaban la unidad formal del Mundo. De esta forma, la ciencia experimental, a diferencia de lo que ocurría con la ciencia moderna, quedaba reducida a mero instrumento verificador de la evidencia establecida por la deducción filosófica, dejando en un segundo plano la función de contrastación de las teorías y leyes, presupuesto básico de la ciencia moderna. Lo fundamental era, por tanto, elaborar una compleja sistemática categorial, a partir de los principios de la Analítica, quedando reducida la comprobación empírica a la simple confirmación de una ciencia doctrinal. El distanciamiento con los postulados dominantes en la ciencia del siglo XIX resultaba significativo.
Augusto González Linares, catedrático de Ampliación de Historia Natural en Santiago, expuso abiertamente en 1875 las tesis darwinistas. La respuesta no se hizo esperar. El marqués de Orovio, ministro de Fomento, publicó la conocida Circular de Orovio en la que se prohibía la libertad de cátedra al impedir la explicación de las teorías darwinistas. González Linares ignoró dicha circular, lo que provocó su expulsión de la cátedra, dando lugar a un movimiento de solidaridad entre los catedráticos progresistas que se saldó con la segunda cuestión universitaria. La labor de González Linares continuó en sus discípulos José Rodríguez Carracido, introductor de la química biológica en España, y Odón de Buen. En esta labor de difusión del darwinismo participó activamente Ignacio Bolívar, que desde su posición años más tarde en la Junta para Ampliación de Estudios posibilitó el desarrollo de la genética en España a través de las figuras de José Fernández Nonídez y Antonio Zulueta. Fue en este ambiente cultural auspiciado por el Sexenio, cuando el positivismo pudo introducirse en España. Tengamos en cuenta que Augusto Comte había publicado en 1844 el Discour sur l´esprit positif, catecismo del positivismo. La tardanza de su recepción en España se explica por la hegemonía del krausismo. El precedente inmediato lo constituyó la publicación en 1870 de la obra de Patricio de Azcárate Del materialismo y positivismo contemporáneo, donde exponía el trayecto recorrido por el naturalismo alemán desde el materialismo especulativo de Feuerbach al naturalismo positivo de la ciencia alemana de mediados del siglo XIX. Un año después Urbano González Serrano, discípulo de Nicolás Salmerón, publicaba Los principios de la moral con relación a la doctrina positivista, en la que abordaba uno de los principales problemas que separaban al krausismo del positivismo: la fundamentación de la moral. La crítica del positivismo a toda metafísica representaba un ataque directo contra los presupuestos básicos del krausismo, puesto que la coherencia de su sistema exigía recurrir al pensamiento metafísico, dada su afirmación del conocimiento racional de lo absoluto. Francisco de Paula Canalejas en sus Estudios críticos de Filosofía Política y Literatura (1872), presentaba al krausismo como la más sólida alternativa para hacer frente a los dos males del siglo: el escepticismo criticista y el materialismo naturalista. Desde postulados sustancialmente diferentes, basados en un hegelianismo de derechas, Antonio María Fabié combatía el positivismo en una serie de artículos aparecidos en 1874 en Revista Europea, recopilados posteriormente en el libro Examen del materialismo moderno (1875), acusándole de ser el introductor del materialismo, que encontraba, a juicio del autor, expresión en el darwinismo, el naturalismo alemán, la psicología empírica o la filosofía de la historia positiva. Como se puede colegir, las resistencias a las nuevas corrientes científicas imperantes en la Europa de la segunda mitad del siglo XIX provenían no sólo del pensamiento reaccionario español de un Balmes, un Donoso Cortés, Lista o la pléyade de tradicionalistas, sino también de los krausistas, aunque es preciso hacer la salvedad de que fueron estos últimos los que posibilitaron finalmente la llegada de las nuevas corrientes científicas. La instauración de la libertad de prensa, en octubre de 1868, fue determinante para la introducción de las nuevas ideas a través de la expansión del mundo editorial. En estos años se tradujeron o reimprimieron, algunos títulos no lo habían sido desde la época de la Ilustración, autores como Galileo, Newton, Leibniz, Bacon, Descartes, Voltaire, Spinoza, Pascal, Rousseau, Kant, Schelling, Comte, Condillac, Holbach, Goethe, Büchner... Se trataba de recuperar el tiempo perdido. La amplia nómina de autores y publicaciones revela el renacimiento cultural y científico que significó el Sexenio. El conocimiento de estos autores tomó cuerpo en la polémica entre metafísicos y antimetafísicos. Los primeros abarcaban un amplio abanico que iba desde el hegelianismo de Montoro y Fabié hasta el krausismo de Serrano y Azcárate, pasando por el eclecticismo de Moreno Nieto. Los segundos comprendían desde los neokantianos Perojo y Revilla a los positivistas Simarro, Cortezo Estasén, Pompeyo Gener y Ustáriz. En Cataluña esta polémica además quedó mediatizada, revistiéndose de caracteres específicos, por la cuestión nacional. En este caso estaba inspirada de un lado por los postulados idealistas, racionalistas, radicales y subjetivistas de Pi i Margall, influenciado por el pensamiento de Montesquieu, Herder, Hegel, Proudhon y Louis Blanc; de otro, el positivismo realista, ecléctico y objetivista de Almirall, fundamentado en Jefferson, Hamilton, Spencer y Darwin. Polémica, que iba más allá de la política, condicionando los nuevos rumbos de la Renaixença catalana. Este nuevo ambiente encontró su reflejo en la aprobación durante la Primera República del Plan Chao, de 1873, en el que se ponía de manifiesto el renovado interés por las ciencias naturales y su carácter experimental, salvando las deficiencias que a este respecto contenía la Ley Moyano de 1857. El nuevo plan contemplaba la creación en Madrid de las facultades de Matemáticas, de Física y Química y de Historia Natural, además separaba en dos facultades diferenciadas a Filosofía y Letras. La importancia otorgada a la enseñanza experimental quedaba patente en la dotación de laboratorios para las facultades experimentales. El plan Chao tomaba como ejemplo la universidad alemana, que en esta época se estaba configurando como la universidad modélica, en función de las conexiones que mantenía con el Estado y los nacientes conglomerados industriales, en un momento en el que los avances científicos y las innovaciones tecnológicas estaban estrechamente ligados y requerían una creciente y sostenida provisión de recursos económicos, básicos en los procesos de desarrollo industrial de la segunda mitad del siglo XIX, ejemplificados en la siderometalurgia, la industria química y las primeras aplicaciones de la electricidad con la telegrafía. El plan Chao pretendía acortar una distancia que, en el transcurrir del siglo XIX, se había acrecentado respecto de la situación existente en los tiempos de la Ilustración. El fin de la república en 1874 frustró, una vez más, una renovación que a esas alturas resultaba imprescindible.
La naturaleza conservadora del sistema político de la restauración borbónica influyó en el carácter moderado del positivismo español. El desorden en el que se desenvolvió la República, sobre todo en la etapa cantonal, y la alarma provocada por la llegada de La Internacional -cuyo primer congreso español se celebró en Barcelona en junio de 1870- amplificada por el impacto de la Comuna parisina de 1871, condujeron a los krausistas abiertos a los nuevos postulados del positivismo, como Gumersindo de Azcárate, y a los positivistas a la convicción de la bondad del enfoque comtiano de lo que debía ser la política positiva. Las posiciones reformistas del republicanismo, desde el posibilismo de Castelar al centrismo de Salmerón, creyeron encontrar justificación científica en la afirmación comtiana de la necesidad simultánea de orden y progreso, que engarzaba perfectamente con el gradualismo spenceriano, según el cual "no se puede abreviar el camino entre la infancia y la madurez, evitando el enojoso proceso de crecimiento y desarrollo que se opera insensiblemente con leves incrementos, tampoco es posible que las formas sociales inferiores se hagan superiores sin atravesar pequeñas modificaciones sucesivas". Esta concepción impregnaría el reformismo regeneracionista característico del ideario de la Institución Libre de Enseñanza, fundada por Giner de los Ríos en 1876.
En el plano literario las nuevas corrientes culturales encontraron su plasmación en la transición del costumbrismo, ejemplificado en Mesonero Romanos, al realismo de Galdós o Clarín. Se trataba de reflejar la realidad, pero desde unos postulados radicalmente diferentes a los de esa realidad bonachona del costumbrismo. Una realidad con sus claros y oscuros, en muchas ocasiones sangrante, como la hipocresía social de la vida provinciana de Vetusta, o la doble moral de Fortunata y Jacinta. La novela realista española conectaba con los nuevos aires que recorrían Europa desde los prolegómenos de las revoluciones de 1848. Al realismo de Balzac y Flaubert le sustituyó sin solución de continuidad el naturalismo de los Goncourt, Zola y Maupassant. El propio Zola señaló en 1879 el influjo ejercido por La educación sentimental, considerándola como el modelo de toda novela naturalista, al situar a sus personajes en su justa talla humana, alejados de toda vicisitud heroica, prescindiendo de toda carga dramática más allá del propio drama de la gris existencia, con sus pequeñas y grandes miserias. La extensa vida literaria de Galdós le llevó desde el realismo de sus primeras obras, de agitación política dentro del marco de la revolución de 1868, como La Fontana de Oro y El audaz, hasta el espiritualismo de sus últimas creaciones Nazarín o Halma, pasando por el naturalismo de La desheredada y Tormento influenciadas por un cierto determinismo biológico, o El amigo Manso, en donde el naturalismo se carga de ironía, para llegar a su esplendor narrativo en Fortunata y Jacinta, alcanzando el cenit del naturalismo en una obra tardía Misericordia, cuando las inquietudes espiritualistas de Galdós ya estaban presentes. Es inexcusable mencionar la gran creación literaria de Clarín, quién en La Regenta construyó una de las mejores obras de la literatura española y del realismo en general, con su retrato magistral de Vetusta. El tardío triunfo del realismo, ya con el Sexenio, hizo que éste se solapara con el naturalismo. El impacto de las obras de Zola, traducidas al castellano a partir de 1880, enlazó con la irrupción del positivismo y el darwinismo en España. La atracción de Zola por las teorías de Claude Bernard se sustanció en el marcado carácter biologista de su saga los Rougon Macquart, corregido en obras posteriores como Germinal donde las condiciones sociales actúan de motor de los comportamientos de los personajes. Fue el momento del auge de las corrientes higienistas y de la antropología criminal que influenció algunas de las obras de Galdós o de Baroja. Clarín, Galdós y Emilia Pardo Bazán fueron los abanderados del naturalismo en España, que podemos situar en 1881 con la publicación de La desheredada de Galdós y los artículos de Clarín y Pardo Bazán, estos últimos recogidos en La cuestión palpitante (1882). De esta forma, las nuevas corrientes científicas y de pensamiento: darwinismo, antropología criminal e higienismo tuvieron en el naturalismo literario su correlato. Revisión y crítica de la medicina tradicional. Del higienismo a Ramón y Cajal.Las nuevas corrientes científicas encontraron en el campo de la medicina a una figura clave, Pedro Mata y Fontanet, primer catedrático de medicina legal y toxicología de la Universidad Central, que desde 1843 era un crítico radical del vitalismo y del hipocratismo, referencias dominantes en la medicina española. Influenciado por la obra del medico positivista francés, Claude Bernard, realizó en España una labor similar a la del español Mateo Orfila en Francia, fundando la medicina legal española. Reivindicador de una ciencia frenológica, Mata partía de una concepción fisiologista que conectó con el movimiento europeo que dio lugar a las corrientes higienistas y a la antropología criminal que fueron hegemónicas en los últimos decenios del siglo XIX. La degradación de las condiciones de salubridad de los centros urbanos, el deterioro de los ecosistemas sanitarios, derivada de las alteraciones de los procesos de industrialización y de la mayor intensidad de ocupación de los núcleos urbanos, conforme las desamortizaciones y las desvinculaciones mercantilizaban el espacio urbano e incrementaban las corrientes migratorias, produjeron un proceso de pauperización de las condiciones de vida de las clases bajas de las ciudades.
En este contexto surgieron el Museo Antropológico, la Sociedad antropológica española y varias revistas especializadas a impulsos del médico cirujano Pedro González de Velasco, entre las que destacó El Anfiteatro Anatómico Español, publicada de 1873 a 1880. En el laboratorio histológico del Museo trabajaron médicos como Luis Simarro, histólogo y neuropsiquiatra, Carlos María Cortezo, clínico e higienista, o Aureliano Maestre de San Juan, catedrático de Histología en Madrid y fundador de la Sociedad Histológica Española en 1874. Fueron los introductores de la teoría celular del organismo, desarrollada por Virchow, dando lugar al nacimiento de la biología experimental en España. Pionero lo había sido Rafael Ariza, primer catedrático español de Histología en la Universidad de Sevilla. De esta forma el positivismo español engarzó con las teorías biologistas, que encontraron en los estudios comparativos del desarrollo cerebral, a nivel neuronal, una figura de alcance internacional: Santiago Ramón y Cajal. En esta revisión científica jugó un papel primordial la Academia Médico-Quirúrgica Española, reorganizada en 1872 a partir de la Academia Médico-Quirúrgica Matritense, dirigida esta última desde 1859 a 1872 por Pedro Mata, bastión de las concepciones mecanicistas y positivistas. A ello contribuyó decisivamente la labor de Juan Fourquet Muñoz, catedrático de la Facultad de Medicina de Madrid, en la especialidad de Anatomía macroscópica. Trabajo continuado por sus discípulos Julián Calleja y Rafael Martínez Molina, este último en el campo de la embriología y de la anatomía comparada. Por su parte, Ecequiel Martín de Pedro fue el introductor de la fisiopatología en España.
El evolucionismo darwinista tuvo en el campo de la anatomía humana su principal mentor en Peregrín Casanova Ciurana, catedrático de Medicina de Valencia y discípulo de Ernst Haeckel. Fue, sin embargo, la anatomía microscópica, gracias a la nueva generación de histólogos, la que alcanzó unos resultados más significativos. Eloy Carlos Ordóñez, venezolano residente en París y relacionado con la escuela de Robín, y Maestre de San Juan fueron los principales introductores de las ideas de Virchow. Maestre de San Juan formó una generación de histólogos, entre los que destacaron Eduardo García Solá, catedrático en Granada, Leopoldo López García, catedrático en Valladolid y maestro de Pío del Río Ortega, a su vez una de las grandes figuras en la materia durante el primer tercio del siglo XX. Junto a ellos el cirujano Federico Rubio Gali, el oftalmólogo Francisco José Delgado Jugo, el ginecólogo Eugenio Gutiérrez, Rafael Ariza y Luis Simarro fueron los referentes científicos de Santiago Ramón y Cajal. Simarro enseñó a Cajal en 1887 la técnica cromoargéntica de Golgi, base sobre la que Cajal desarrolló la primera parte de su labor científica y por cuyas aportaciones originales recibió el premio Nobel en 1906. Cajal fue el principal creador de la teoría neuronal, que sistematizó en su monumental Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados, publicada entre 1897 y 1904. Coetáneos de Cajal fueron José Gómez Ocaña, catedrático de fisiología en Cádiz y Madrid, relacionado con los fisiólogos europeos Charles Richet e Ivan Petrovich Paulov; Ramón Turró, fundador de la escuela barcelonesa de fisiología, en la que sobresalió desde principios de siglo Augusto Pi i Sunyer. En el campo de la bacteriología y la microbiología destacaron, además del propio Cajal, Vicente Peset Cervera y Jaime Ferrán, catedráticos en Valencia, Leopoldo López García, Eduardo García Solá y Luis del Río y Lara, que siguieron los postulados de la nueva microbiología médica encabezada por Pasteur y Koch. Madrid centro de la intelectualidad española.La atracción que ejercía Madrid sobre los que querían triunfar en el mundo de las letras era irresistible. A finales del siglo XIX esta tendencia no hizo sino acentuarse. A Madrid se iba a triunfar, a buscar el reconocimiento, la fama y un público lector, entre tanto se subsistía precariamente merced a las colaboraciones en los cada vez más numerosos medios de prensa. Las páginas de El Imparcial, bajo la dirección de Ortega y Munilla, El Liberal o posteriormente El Sol, por citar algunos periódicos madrileños, la colaboración en alguna revista como La Revista Nueva, Germinal, Alma Española o Europa, más tarde España, La Pluma, Revista de Occidente... sirvieron de primeras tribunas en las que iniciarse en el oficio de la pluma o para darse a conocer, además de representar un ingreso suplementario en las generalmente maltrechas economías. La proliferación de las tertulias en los cafés, auténticas antesalas introductorias de los círculos culturales madrileños, constituía una inapreciable escuela en la que se entraba en contacto con las más diversas corrientes de pensamiento y artísticas.
La palabra se convierte en un contrapoder, que encontraba su fuerza en la elaboración de un discurso en el que se reconocían como grupo coherente, cuya articulación se tradujo en la construcción de una alternativa política y cuya legitimidad descansaba en el pueblo, al que pretendía liberar mediante la reforma de la sociedad. De esta manera, la crítica se transformó en oposición política, que en el caso de Ortega desembocó en su aspiración a crear un partido de la intelectualidad, encontrando su manifestación más aproximada en la Alianza al Servicio de la República, fundada el 10 de febrero de 1931. La generación del 98. Al margen de la polémica sobre la exactitud de la denominación de generación del 98, para caracterizar a los escritores que hicieron su aparición en el panorama de las letras españolas a finales del siglo XIX, resulta evidente que autores como Azorín, Baroja, Ganivet, Antonio Machado, Maeztu, Unamuno, Valle-Inclán... fueron partícipes de un mismo ambiente, donde preocupaciones, periódicos y cafés fueron compartidos sin menoscabo de la autonomía de la obra de cada uno. La crisis del 98 puso de manifiesto ante la sociedad la decadencia de España, denunciada lustros atrás por krausistas e institucionistas, causa y efecto del anquilosamiento de sus estructuras: políticas, atrapadas en la espesa red del caciquismo; económicas, en las que el proteccionismo actuaba de rémora para el despegue definitivo del proceso industrializador, subordinado a un sector agrario atrasado y hegemónico en la sociedad española; sociales, donde una extremada polarización quedaba al descubierto debido a la crisis del paternalismo y la quiebra definitiva de las relaciones de subordinación y dependencia de una sociedad preindustrial en franco retroceso y la emergencia de un conflicto de clases crecientemente articulado, por las nuevas organizaciones obreras nacidas al calor de la llegada de la Internacional; y, en fin, culturales, fruto de las altas tasas de analfabetismo y del enquistamiento de una Universidad vuelta al pasado. Esta desesperanzadora situación dio pábulo al nacimiento de las corrientes regeneracionistas, que ganaron para su causa a un importante sector de la cultura española del cambio de siglo, alineada en torno a un amplio a la vez que vago proyecto reformista, que encontró sus principales adalides en la Institución Libre de Enseñanza, el reformismo social de la Comisión de Reformas Sociales, origen del Instituto de Reformas Sociales, y el auge de las corrientes higienistas. Azorín se hizo anarquista; Baroja se transformó en martillo implacable de las lacras sociales, imbuido de los postulados higienistas; Unamuno se convirtió al socialismo, mientras Maeztu se decantaba por un confuso anarcosocialismo. Angel Ganivet puede ser considerado el precursor de la generación del 98, con la publicación de su Idearium español (1897), donde son diagnosticados los males y propuestos los remedios del país, que ante su temprano suicidio fueron recogidos por los miembros de la generación del 98. Mientras Miguel Unamuno puede ser contemplado como su representante espiritual por excelencia, al sintetizar en la complejidad de su obra la tesis propugnada por Ganivet: Noli foras ire; in interiore Hispaniae habitat veritas. Desde el teatro a la novela, pasando por el ensayo y la poesía, Unamuno desplegó su particular concepción filosófica, influenciada por Kierkegaard y William James, en la que fe y razón pugnaron por encontrar un difícil y problemático acomodo, capaz de ofrecer una salida a la cuestión española, su pensamiento quedó plenamente elaborado en el trayecto recorrido por sus obras En torno al castizismo (1895), Tres ensayos (1903), Vida de don Quijote y Sancho (1905), Del sentimiento trágico de la vida (1912) y La agonía del cristianismo (1925). Antonio Machado transitó desde la excelsa sobriedad de su poesía y la hondura de su prosa, ejemplificada en su Juan de Mairena (1937), la crisis de la metafísica más allá de reflexión bergsoniana -que conocía por haber seguido cursos de filosofía en la Sorbona, con el filósofo francés-, que anticipaban algunos de los problemas tratados por Martin Heidegger. Ramiro de Maeztu cuya evolución desde el juvenil anarcosocialismo hasta su posterior integrismo católico y corporativismo de corte fascista, encuentra iluminación, amén de por los acontecimientos que sacuden a Europa y España en el período de entreguerras, en la influencia que Nietzsche ejerció en su pensamiento, sobre todo si tomamos en consideración las transformaciones que en el período sufrió la valoración de la obra del filósofo alemán. El tránsito se hace evidente en sus obras Hacia otra España (1899), La crisis del humanismo (1919) y Defensa de la Hispanidad. La nómina de la generación del 98 no queda reducida a los grandes nombres mencionados, a ella hay que incorporar a otros como: Gabriel Alomar, Carlos Arniches, Ricardo Baroja, Luis Bello, Manuel Bueno, M. Ciges Aparicio, Francisco Grandmontagne, Eduardo Gómez Baquero (Andrenio), Silverio Lanza, F. Navarro Ledesma, Eugenio Noel, Miguel S. Oliver y José María Salaverría, que dan muestra de la amplitud y vitalidad de movimiento cultural del cambio de siglo.
La generación del 98 encuentra su plena significación cultural en la crisis civilizatoria que atravesó a Europa con el cambio de siglo y que se prolongó hasta el inicio de los felices veinte, que pueden ser situados en la estabilización del marco alemán en 1924 con la puesta en marcha del Plan Dawes. Sus antecedentes se sitúan en el nacimiento de las vanguardias artísticas con la pintura de Van Gogh y Gauguin y la poesía de Valery y Rimbaud. Las influencias de Kierkegaard, Bergson y Nietzsche hablan con claridad de la imposibilidad de contemplar a los autores del 98 desde una perspectiva exclusivamente española. De la misma manera que este ambiente cultural encontró rasgos específicos en el París decadente de Huysmans, en la Viena fin de siglo de Hofmannsthal o en el Berlín del Judendstil, la generación del 98 adquiere su propio carácter distintivo dentro de la ancha senda de ese movimiento llamado modernismo, art nouveau, secession, liberty o judendstil según se trate de España, Francia, Austria-Hungría, Italia o Alemania. Los noventayochistas abandonaron la senda del naturalismo, para introducirse en el postimpresionismo a través de la frase corta y el párrafo breve que busca la plena efectividad en la totalidad del contexto narrativo, expresado paradigmáticamente en la límpida prosa de Azorín frente a la retórica ampulosa decimonónica. Valle-Inclán aparece de esta forma como la personalidad que engarza modernismo y noventayocho, sus cuatro Sonatas: Sonata de otoño (1902), Sonata de estío (1903), Sonata de primavera (1904) y Sonata de invierno (1905) preñadas de decadentismo así lo atestiguan, su estética modernista a la vez que el sentido histórico crítico de su prosa y teatro sirvieron de punto de enlace entre la prosa noventayochista y el simbolismo de la poesía de Darío. Con el esperpento y Tirano Banderas (1926) introdujo a la prosa española en la vanguardia de la literatura contemporánea, alcanzando con Luces de bohemia (1920) las más elevadas cimas de la literatura expresionista. Las señas de identidad de esos jóvenes, muchos de los cuales habían llegado a Madrid en el último decenio del siglo, se afianzaron con el nacimiento de la nueva centuria, en el enfrentamiento de noventayochistas y modernistas a la novela naturalista, a la poesía retórica de Nuñez de Arce y al drama neoromántico de Echegaray. Varios de ellos habían visto ya su nombre impreso en la portada de sus primeras obras, compartieron firma en las mismas revistas: Germinal, Vida Nueva, Revista Nueva, Juventud, Alma Española..., habían visto su nombre publicado en Los lunes de El Imparcial y acudían a los mismos cafés, saltando de una a otra tertulia, organizaban algunos actos como la asistencia al estreno de Electra de Galdós (1901), el banquete en honor de Baroja por la aparición de su obra Camino de perfección (1902), la visita a la tumba de Larra (1905) y la protesta contra la concesión del Premio Nobel a Echegaray, dio nacimiento, en marzo de 1905, al Manifiesto de los rebeldes. Faltaba Pío Baroja, no por desacuerdo como por el celo de salvaguardar su autonomía.
La estancia en París de algunos de los compositores españoles como Isaac Albéniz, donde conoció a Fauré, D´Indy, Debussy y Dukas entre otros, Enrique Granados o años después Manuel de Falla y Joaquín Turina contribuyó de manera decisiva a la introducción de las nuevas corrientes musicales del último tercio del XIX, especialmente la música impresionista. Su propia música se situaba en este contexto, donde la fusión de las músicas nacionales en la composición sinfónica encontraba paralelismos con lo que ocurría en otras partes de Europa, especialmente en Rusia y centroeuropa, con la música de Mussorgski, Borodín, Cui, Rimski-Korsakov, Tchaikovski, Smetana, Dvorák o Janácek. La importancia del renacimiento de la música culta, se manifestó también en las representaciones de los ballets rusos de Diághilev, con el mítico Nijinsky como primer bailarín y la Kshessinskaya, la Karsavina, la Fedorova, Fokin y Bolm en su cuadro de bailarines, convertidos en una de las grandes atracciones culturales de la época, tras su triunfal presentación en París el 1 de mayo de 1909 en la sala del Châtelet, y renovadores radicales del lenguaje musical y coreográfico de la danza con el concurso de los miembros de su cuadro técnico Bakst, Fómich, Cecchetti y Benois, con la participación de la música de Stravinsky y sus ballets El Pájaro de Fuego y la Consagración de la primavera, interpretado por Nijinsky. En 1917 el Ballet Ruso estrenaba Parade en su gira española, con Nijinsky todavía como primer bailarín. La generación del 14.En coincidencia con el estallido de la Gran Guerra hizo su aparición una nueva generación de autores, que siguieron la senda de la renovación estética iniciada por sus predecesores, figuras ya consagradas aunque todavía en la plenitud creadora de su obra, avanzando por los caminos de la vanguardia.
En el campo del pensamiento descolló la figura de José Ortega y Gasset. Es el intelectual por excelencia, su pluma es puesta al servicio de su ideal renovador del espíritu y la vida política y social del país, para ello no desdeñó ningún medio: el periódico, el libro, la cátedra, la conferencia, el ensayo... Hijo de Ortega y Munilla, director de los Lunes del Imparcial, recibió una educación esmerada, completada en Alemania, en Marburg -bastión del neokantismo-, Leipzig y Berlín -sede del neopositivismo alemán-, donde entró en contacto con la fenomenología de Husserl y con Heidegger. Catedrático de Metafísica en la Universidad de Madrid a los veintisiete años, en 1914 publicó su primer libro, Meditaciones del Quijote. A través de las páginas de El Espectador, iniciadas en 1916 y continuadas hasta 1934, recorrió todas los temas, preocupaciones y aspiraciones de su generación, transformándose en su alma mater, papel que afianzó con la fundación del periódico El Sol y las revistas España (1915-24) y Revista de Occidente (1923). En 1923 publicó El tema de nuestro tiempo, donde, ya alejado de su inicial neokantismo, desarrolló las bases de su lebenphilosophie (filosofía de la vida), en plena concordancia con los aires que recorrían a Europa en esos años de crisis civilizatoria, representados por el éxito avasallador de Spengler y su Decadencia de Occidente y el impacto que, desde la expedición de Eddington y Crommelin en 1919, tuvo la teoría de la relatividad de Einstein, convertido a partir de entonces en un auténtico mito, que atravesaba fronteras geográficas y culturales. Ortega afianzado ya en su concepción filosófica, se adentró en una larga reflexión sobre el papel de la historia en la génesis de la conciencia vital del hombre, en sus obras: En torno a Galileo (1933), Historia como sistema (1941) y Apuntes sobre el pensamiento (1943). Los vastos intereses de Ortega le llevaron a ocuparse de problemas relacionados con la estética, la política o el análisis social, en Ideas sobre la novela (1914), La deshumanización del arte (1925), Vieja y nueva política (1914), España invertebrada (1921), Rectificación de la República (1933)... En 1930 publicó La rebelión de las masas, en la que Ortega expuso su visión -cargada de nostalgia por la pérdida del gobierno de los notables característica del sistema político del liberalismo moderado posterior al cuarentayocho- sobre la irrupción de las masas al primer plano de la actuación política, en una Europa rasgada por la confrontación de las ideologías, movilizadas en torno a los pujantes fascismos y el nacionalsocialismo y el avance del movimiento comunista, alentado por la consolidación de la revolución de Octubre en la Unión Soviética. La influencia de Ortega en la cultura española del siglo XX encuentra pocos parangones. Por lo que respecta al ámbito del pensamiento, bajo su estela se situaron nombres como los de Manuel García Morente, Fernando Vela, Xavier Zubiri, Julián Marías, Paulino Garagorri, José Gaos, Manuel Granell, Francisco Ayala, María Zambrano... Los cinco primeros miembros de la denominada Escuela de Madrid, que bajo el influjo de Ortega, aunque desde parámetros filosóficos no necesariamente coincidentes e incluso claramente divergentes, mantuvieron abierta la senda del pensamiento en la noche oscura del franquismo; los restantes, forzados al exilio, llevaron su magisterio por tierras de Europa y América. En el plano literario, tres nombres destacaron, además del propio Francisco Ayala, por encima del resto: Ramón Pérez de Ayala, Gabriel Miró y Ramón Gómez de la Serna. A ellos habría que añadir en el campo del ensayo literario, la prosa científica y el compromiso político a Gregorio Marañon, Américo Castro, Salvador de Madariaga, Manuel Azaña y Luis Araquistáin.
Fue la obra y figura de Ramón Gómez de la Serna la que ejerció una mayor capacidad de atracción y fascinación, abanderado de las vanguardias artísticas del período de entreguerras, con claros paralelismos con el papel desempeñado por Apollinaire en el París de las vanguardias, cautivó a los jóvenes de la que ha sido conocida como generación del 27. Su escritura fragmentada, pletórica en imágenes y juegos metafóricos, encontró en la gregueria la forma que acabó por imponerse en toda su obra, bordeando la literatura del absurdo recorrida por Jarry en el París de finales de siglo. Introductor del futurismo a través de su revista Prometeo apadrinó todos los movimientos vanguardistas de la época. Fue, sin embargo, su figura, en calidad de inspirador y artífice de la tertulia del café del Pombo, la que adquirió tintes de leyenda como espejo y reflejo de una época, de la que ya sólo cabe la mirada nostálgica. Con el estallido de la Gran Guerra asistimos al fin de todo un mundo, el de la Europa nacida con la Ilustración, el malestar de la cultura respecto de los valores de la Razón universalizadora, cristalizada en el positivismo como ideología, se expresó en el nacimiento de las vanguardias del París de la Belle Epoque, que precipita en la decadencia de la Viena fin de siglo para terminar eclosionando en la crisis civilizatoria de la Europa de la posguerra.
La Edad de Plata de la ciencia española. La Junta para Ampliación de Estudios.
En este contexto surgió la Junta para la Ampliación de Estudios (JAE). Sus orígenes se remontaban al ambiente regeneracionista propiciado por los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza. El 28 de abril de 1900 se creaba el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, como consecuencia de la división del antiguo ministerio de Fomento. El nuevo ministerio se enfrentaba a la labor de proceder a una reforma del sistema educativo que fuera más allá de los diversos ensayos reformistas del siglo XIX, que habían olvidado por completo la dimensión experimental e investigadora de la Universidad. Con el nuevo siglo esta situación era enormemente preocupante.
El espíritu de renovación que encarnaba la JAE quedaba lastrado por la sempiterna escasez de recursos del Estado, de ahí su centralización en la propia JAE. Mediante la política de becas se trataba de formar a una generación de jóvenes investigadores, fundamentalmente en el extranjero, para que en tiempos posteriores y presupuestariamente más boyantes pudieran volcar sus conocimientos en la Universidad española. La labor de la JAE a lo largo del primer tercio del siglo XX para la renovación de la ciencia española, casi habría que decir para su despegue, fue trascendental. Baste para ello recordar que durante su existencia hasta 1939 recibió 9.000 solicitudes de beca, para dentro o fuera de España, de las que se concedieron entre dos y tres mil. El propio decreto fundacional de la JAE contemplaba, además de la política de becas, la creación de pequeños centros de actividad investigadora, para optimizar los conocimientos adquiridos por los becarios en el extranjero. Estas actividades quedaron completadas con la creación por José Castillejo de los ensayos docentes, dentro de la mejor tradición institucionista, que se sustanciaron en el Instituto-Escuela y en las dos residencias, la de estudiantes y la de señoritas. La JAE aunque dependiente del Ministerio de Instrucción Pública mantuvo un elevado grado de autonomía, que permitió la continuidad de su labor a pesar de los avatares políticos del primer tercio del siglo XX. El control y planificación de las actividades quedó en manos de las personalidades científicas más relevantes del país. La presidencia fue ocupada por Ramón y Cajal hasta su muerte, al que sustituyó el naturalista Ignacio Bolívar. En la primera junta de gobierno de la JAE participaron como vocales Echegaray, Menéndez Pelayo, Sorolla, Costa, Santamaria de Paredes, San Martín, Calleja, Vincenti, Azcárate, Simarro, Bolívar, Menéndez Pidal, Casares Gil, Alvarez Buylla, Rodríguez Carracido, Ribera Tarragó, Torres Quevedo, Marvá, Fernández Jiménez y Fernández Ascarza, además de Castillejo como secretario.
El Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales fue coetáneo: vio la luz el 27 de mayo de 1910. Ramón y Cajal fue su primer presidente y el físico Blas Cabrera su secretario. En él investigaron además Del Rio Ortega, Bolívar, Catalán, Palacio, Achúcarro, Rey Pastor, Moles, Negrín o Sacristán. En el nuevo instituto se integraron los centros ya existentes en Madrid como el Museo Nacional de Ciencias Naturales, el Museo de Antropología, el Jardín Botánico, el laboratorio de investigaciones biológicas de Cajal y la Estación biológica de Santander. El despertar de la Física española.
Cabrera visitó también en esas fechas las universidades de Ginebra y Heildeberg. Tras la Gran Guerra las visitas de físicos y químicos españoles, como Julio Palacios, Miguel Angel Catalán o Arturo Duperier, permitieron estrechar los contactos con algunos de los centros más importantes de la Física mundial. Las estancias en el extranjero subvencionadas por la Junta de Ampliación de Estudios permitieron a una reducida nómina de físicos españoles, que constituirían la flor y nata de la Física en nuestro país, ponerse en contacto con las nuevas corrientes y problemas de la Física internacional. Además de abrir perspectivas facilitaron el establecimiento de relaciones de colaboración e información imprescindibles para avanzar en el desarrollo de la Física en España. La recepción en España de la Teoría de la Relatividad, dado su carácter revolucionario respecto de los fundamentos de la física clásica y las dificultades que encontró para su aceptación generalizada por la comunidad internacional de físicos, es un ejemplo del salto cualitativo producido en la Física española durante el primer tercio del siglo XX.
El silencio de Echegaray respecto de Einstein fue compartido, prolongándose hasta fecha tan tardía como 1920, cuando el eco internacional de la relatividad era ya imparable. Es significativo el apoyo que desde las páginas de Madrid Científico se presto en ese interludio de tiempo a la teoría del éter. Entre ambas fechas se habían publicado los artículos de Cabrera y Terradas presentados en el Congreso de la Asociación para el Progreso de las Ciencias de Zaragoza, donde se hizo la primera presentación de la relatividad especial en España, sus discursos de ingreso en las Reales Academias de Ciencias de Madrid y Barcelona, y el artículo de Cabrera de 1912 en la Revista de la Real Academia de Madrid. El silencio fue la respuesta.
El periodo comprendido entre 1868 y 1923 contempla la configuración de un sistema científico, caracterizado por una multiplicidad de elementos. Recorre desde la recepción de las nuevas corrientes científicas a la apertura al exterior, ya de una manera organizada a través de la actividad de la Junta para Ampliación de Estudios. Trayecto que contiene sus luces y sombras. En el primer caso habría que mencionar la labor desarrollada por los institucionistas, verdaderos artífices del resurgir de la ciencia española entre 1876 y 1931. En este contexto la figura de Ramón y Cajal no resulta la excepción que confirma la regla sino el producto de un ambiente científico dotado de unos sedimentos estables, consolidados con la creación de la JAE. También existieron sombras alargadas. Las derivadas de las consecuencias políticas de la primera etapa de la Restauración. Su paradigma fue la gestión del ministro Orovio, que provocó el divorcio entre la ciencia oficial y los aires renovadores abiertos con el Sexenio. La renovación se recluyó en la Institución Libre de Enseñanza. Cuando estas circunstancias fueron cambiando con el paso del tiempo, a raíz de la apertura política de los años ochenta, la sempiterna escasez de recursos del Estado hizo de lastre. A pesar de todo se concretó el despegue de la ciencia española en la llamada Edad de Plata, pero la guerra civil y la naturaleza del franquismo abortaron la cristalización de ese esfuerzo.
|