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Luis Enrique Otero Carvajal

Profesor Titular de Historia Contemporánea. Universidad Complutense. Madrid. España (Spain).

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EL PALACIO DE COMUNICACIONES.  UN SIGLO DE HISTORIA DE CORREOS Y TELÉGRAFOS

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EL SISTEMA DE COMUNICACIONES EN LA ESPAÑA DE 1900

Publicado en: Bahamonde Magro, A.; Martínez Lorente, G. y Otero Carvajal, L.E.: El Palacio de Comunicaciones. Un siglo de historia de Correos y Telégrafos. Madrid. E.P.E. Correos y Telégrafos, editorial Lunwerg, 2000. ISBN: 84-7782-758-3.

 

ÍNDICE

 

El Correo en 1900

La telegrafía en 1900

Nuevos sistemas de comunicaciones: la Telegrafía sin Hilos y el Teléfono

 

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El sistema de comunicaciones en la España de 1900

 Al inaugurarse el siglo XX el sistema de comunicaciones en España, articulado por el correo, el telégrafo, la radiotelegrafía y la telefonía, registraba realidades bien distintas. En los casos del correo y el telégrafo los esfuerzos inversores y las reformas legislativas del siglo XIX habían desembocado en la construcción de una red eficiente de comunicaciones postales y telegráficas, que jugó un papel básico en la articulación del Estado contemporáneo en España. La radiotelegrafía (o telegrafía sin hilos), una innovavión tecnológica de finales del siglo XIX, inició su andadura con el nacimiento del nuevo siglo, cuando en 1908 se aprobó el Real Decreto en el que se fijaron las bases y el reglamento del servicio radiotelegráfico. Sin embargo, en el caso de la telefonía la situación era claramente insatisfactoria debido a la prolongada indefinición del marco legal en el que debía desenvolverse el nuevo sistema de comunicaciones. Las sucesivas normativas, que oscilaron entre la definición pública de la telefonía o su carácter privado, a través del sistema de concesiones a compañías privadas, dieron lugar a una situación de inseguridad, que condicionó en sus primeras etapas el despegue de la telefonía. Sólo tras la creación del monopolio telefónico en 1924, con la constitución de la Compañía Telefónica Nacional de España, con unas ventajosísimas condiciones, se produjo el definitivo despegue del servicio telefónico en nuestro país.

El Correo en 1900

En el caso del Correo, desde la aparición del sello en 1850 y su obligatoriedad como sistema de franqueo desde 1854, la Administración Pública mantuvo una sostenida política tarifaria de abaratamiento del servicio postal, que posibilitó la progresiva socialización del servicio, al resultar accesible, por sus menores costes, a capas cada vez más amplias de la sociedad española. Esta política de reducción tarifaria no estuvo exenta de vaivenes durante el último tercio del siglo XIX, dados los criterios divergentes de la Dirección de Correos y el Ministerio de Gobernación y las autoridades hacendísticas, llevados los dos primeros por el afán de expandir el servicio postal, incidiendo en su definición de servicio público, frente al carácter recaudatorio del mismo privilegiado por el Ministerio de Hacienda, ante la sempiterna escasez de recursos del Estado en el siglo XIX. En este proceso desempeñó un papel de primer orden el tendido y extensión de la red ferroviaria, al incrementar de forma exponencial la capacidad de transporte de la correspondencia por los caminos de hierro, frente al tradicional sistema de diligencias.

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Desde su mismo nacimiento el ferrocarril apareció estrechamente vinculado al correo, la Real Orden de 31 de diciembre de 1844, que autorizó la creación de empresas ferroviarias, establecía la gratuidad del transporte de la correspondencia. Superadas las dificultades en el desarrollo del ferrocarril a partir de 1855, las cláusulas de concesión de líneas férreas fijaron o bien el principio de gratuidad o el establecimiento de tarifas preferenciales para el arrastre de los vagones-correo. Con ello aparecieron las oficinas ambulantes de ferrocarril, cuya red de acción creció de manera sostenida a lo largo del último tercio del siglo XIX, desde los 11.334 kilómetros de 1870 a los 54.615 de 1900.

La combinación del abaratamiento de las tarifas y la expansión del tendido ferroviario permitieron desde 1868 un incremento sostenido de la circulación postal. Las 71 millones de cartas, franqueadas o con franquicia, que circularon en España entre 1868 y 1877 ascendieron a 83,6 millones durante el decenio 1878-1887, para pasar en el siguiente intervalo decenal a 92 millones. Entre 1898 y 1907 se registró la tasa de crecimiento más acusada del período 1868-1935, el 62 por ciento durante ese decenio, que en valores absolutos representó un total de 149 millones de cartas circuladas, con especial incremento del correo oficial -con franquicia- que llegó a duplicar su monto. Los datos son suficientemente reveladores del grado de socialización alcanzado por el Correo a la altura de 1900.

La red postal española, articulada a través de la combinación del ferrocarril, la diligencia, el correo a caballo y los carteros peatonales, constituía una tupida y extensa red de malla que desde 1865 garantizaba la distribución diaria de la correspondencia a todos los municipios del país. No nos cansaremos de insistir en la importancia del Correo para la articulación real del país en el siglo XIX.

El análisis del tráfico interior de la correspondencia nos ofrece para el siglo XIX y comienzos del siglo XX uno de los indicadores más fiables, por la conservación de la serie completa de las estadísticas postales, del proceso de articulación de la sociedad contemporánea en España, de los ritmos de avance y de la existencia y persistencia de los desequilibrios territoriales, poniendo de manifiesto los desiguales niveles de integración en un espacio social y económico articulado de los distintos territorios de la geografía española. Debemos tener presente que a lo largo del siglo XIX el Correo, acompañado desde su segunda mitad por el telégrafo eléctrico, constituía el principal sistema de comunicación para la sociedad, tanto en su dimensión humana como política y económica.

Los desequilibrios territoriales en el tráfico interior de cartas para el período de 1883-1919, siguiendo los patrones fijados desde los años sesenta, revelan en primer lugar el crecimiento del ratio cartas per cápita (un buen índice para medir el grado de socialización del Correo) que pasó a escala nacional de 4,13 cartas per cápita de 1883 a 9,71 de 1919. Tomando como punto de referencia la media nacional de 4,13 cartas per cápita de 1883, un total de 38 provincias se sitúaban por debajo de dicho umbral. A pesar del crecimiento generalizado para todo el país del tráfico postal a lo largo del siglo XIX, éste no fue en absoluto uniforme, poniéndose de manifiesto las correlaciones entre crecimiento económico, provisión de servicios políticos, tráfico comercial y niveles de urbanización y alfabetización, de un lado, y crecimiento del consumo de servicios postales de otro, diseñando un esquema de socialización desigual que contraponía fundamentalmente el centro agrario y la corona marítima, con la capital del Estado como gran centro articulador del sistema de comunicaciones postales, en concordancia con la transcendencia de Madrid como centro proveedor de servicios reforzado por el carácter radial de los sistemas de caminos y ferroviario.

Como era lógico esperar, dada la estructura de desarrollo territorial de la España del siglo XIX, Madrid y Barcelona, con sus correspondientes áreas de influencia, fueron las que protagonizaron el incremento del consumo postal. En 1883 ambas capitales absorbían un tercio del tráfico interior de cartas, mientras que las provincias fronterizas con Portugal, más Lugo, Almería, Cuenca y Canarias registraban los menores índices de cartas per cápita. Treinta y cinco años después, en 1918, los desequilibros territoriales apenas habían registrado variaciones relevantes. Bien es cierto que el binomio Madrid-Barcelona pasó del 31 por ciento de 1883 al 27 por ciento de 1918 en su participación del tráfico interior de cartas, aumentando su porcentaje las provincias marítimas vascas (del 3,42 al 4,66) y, sobre todo, el arco mediterráneo, incluida Barcelona, que elevó su participación del 27,4 por ciento de 1883 al 30,6 por ciento de 1918, destacando también el crecimiento registrado por Zaragoza (2,73 a 6,39), mientras que en ambas Castillas, excluida Madrid, permaneció prácticamente estancado (8,58 a 9,69). Los datos revelan la mayor pujanza del Pais Vasco, el arco Mediterráneo y la emergencia de Zaragoza, como núcleo vertebrador del incipiente eje del Ebro y de la conexión Madrid-Barcelona, lo que pone de manifiesto la transcendencia del tráfico postal como indicador de los niveles y ritmos de desarrollo de la España contemporánea.

Asimismo, los datos del tráfico postal nos permiten establecer una comparación del nivel de desarrollo postal a escala internacional. En 1900 las cartas per cápita (considerando exclusivamente el tráfico postal interior) de Alemania eran de 24,83; Francia (incluidas Argelia y Túnez) 18,88; Bélgica 13,91; España 6,92 y Portugal 4,14. En el caso de Italia los datos conservados nos remiten a 1911 con 7,33 cartas per cápita, en ese año en España se situaba en 7,30. Dichas cifras revelan las diferencias de desarrollo postal de los distintos países al comenzar el siglo XX, poniendo de manifiesto la similitud de partida del caso español e italiano (en 1887 España registraba 5,62 cartas per cápita e Italia 4,23; en 1911 España 6,92 e Italia 7,33; y en 1931 11,00 y 16,36 respectivamente), pero también el mayor ritmo de crecimiento del tráfico postal italiano durante el primer tercio del siglo XX respecto de España, un momento clave en los procesos de despegue y consolidación del capitalismo en ambos países. En cualquier caso, los datos de 1900 nos informan de la madurez alcanzada por la red postal española, que en términos comparativos se situaba por encima del nivel de desarrollo económico alcanzado por nuestro país.

A diferencia de lo que sucedió en otros sectores y actividades con participación del Estado, el sistema de comunicaciones postales en España se realizó en un contexto excedentario, que permitió su autofinanciación. El servicio postal no absorbió recursos ajenos, muy al contrario generó un superávit estructural que palió el déficit continuado del servicio telegráfico, necesitado de inversiones más cuantiosas. Según las estadisticas internacionales de la Unión Postal Universal, entre 1875 y 1935 todos los ejercicios anuales de Correos se cerraron con un apreciable superávit, muy errático hasta 1900, para fluctuar posteriormente entre un mínimo de 12 millones de francos y un máximo de 35 correspondiente a 1930. En conjunto, entre 1900 y 1930 el superávit global de Correos taspasó los 604 millones de francos, un excedente sobre el que descansaron la modernización del propio servicio postal, cada vez más diversificado en su oferta, y la del servicio telegráfico, que durante el mismo periodo acumuló un déficit superior a los 284 millones de francos.

La Telegrafía en 1900

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La telegrafía eléctrica fue el segundo gran pilar del sistema de comunicaciones del siglo XIX. España no fue una excepción. En aquella época no existía alternativa posible al telégrafo en términos de velocidad de la transmisión de la información. A pesar de la modernización del Correo decimonónico, las ventajas del telégrafo resultaban indiscutibles. Por eso el telégrafo, tanto en su versión óptica como eléctrica, nació amparado y justificado por las necesidades de información de los aparatos de poder, ya fuera la Corte, el Estado en su dimensión político-administrativa y de orden público o la institución militar. No es, pues, de extrañar que fuera el Estado quien tomara la iniciativa técnico-financiera en la construcción de las redes telegráficas, limitando al máximo la intervención de una iniciativa privada, por otra parte no excesivamente motivada por la inversión en este campo, al posibilitar incrementar en muchos enteros la eficacia de la toma de decisiones de un Estado con acusada vocación centralista.

La politica inversora desarrollada para colmar la red telegráfica, en principio con una definición radial, posteriormente completada por líneas transversales, la introducción durante el primer tercio del siglo XX de la telegrafía sin hilos y la rápida incorporación de los inputs tecnológicos, mostraron el enorme interés, tanto del Estado como de la sociedad civil, por un medio fundamental en la transmisión de información, que en los albores del siglo XX comenzó a encontrar la competencia de los primeros proyectos del sistema telefónico.

En la década de 1850 fueron las redes nacionales las que se desarrollaron con gran rapidez en los países más avanzados de la época, así como en sus respectivas colonias. La naturaleza de sus principales usuarios: los Estados, grandes comerciantes, bancos, agentes de Bolsa y prensa empujaron, una vez terminadas las redes nacionales básicas, a enlazar éstas entre sí, hasta formar una única y gran red supranacional, merced al tendido de los cables submarinos. Ya en el decenio de 1880 la red telegráfica mundial unía los cinco continentes. Una red mundial con un marcado carácter monopolístico, a través de acuerdos tipo cartel, que aseguraban el reparto del mercado internacional de las comunicaciones telegráficas entre los Estados y las más importantes agencias de noticias -que nacieron con la telegrafía eléctrica como las norteamericanas New York Associated Press, Harbour News Association, o las europeas Wolf, Reuter, Havas o la española Fabra-. Desde entonces los Estados y las grandes agencias de noticias pudieron establecer comunicaciones inmediatas con sus diplomáticos, sus colonias, sus agentes y sus clientes. El conocimiento casi inmediato de los movimientos bursátiles permitió operaciones a escala internacional. El telégrafo se convirtió en elemento básico de la estructuración de la economía-mundo, a la vez que los periódicos de la época podían ofrecer a sus lectores las noticias acaecidas el día anterior en cualquier parte del globo, haciendo posible el nacimiento de la prensa moderna, con los periódicos de noticias. Durante la segunda mitad del siglo XIX fue tal el grado de desarrollo y la importancia alcanzada por el telégrafo que una brusca paralización del mismo era capaz de provocar una importante distorsión en la marcha regular de cualquier país desarrollado.

De las veintiseis compañías de cables submarinos que existían en 1887, diecisiete de ellas tenían su sede en Londres, tres en París y Nueva York respectivamente, y una en Berlín, Copenhague y Buenos Aires. Más significativo aún es el hecho de que el 75 por ciento del total de la longitud de los cables (80.654 millas naúticas) eran propiedad de las empresas británicas, lo que otorgó a Gran Bretaña el control de la mayor parte de la red telegráfica submarina. Aunque desde la constitución de la Unión Telegráfica Internacional en 1864 se contempló explícitamente la neutralidad de la red telegráfica ante posible conflictos, la realidad fue otra. Con la agudización de las tensiones entre los Estados europeos como consecuencia del reparto colonial en el último tercio del siglo XIX, Gran Bretaña impusó su control de las comunicaciones telegráficas internacionales, merced a su dominio de las redes de cable submarino, como ocurrió en la guerra de los Boers o el conflicto de Fachoda (Egipto) en 1892 con Francia. También, durante la guerra hispano-norteamericana de 1898 Estados Unidos presionó a las compañías privadas para que cortasen la comunicación telegráfica entre España y sus colonias de ultramar, e incluso llegó a cortar algunos cables submarinos en Cuba y Filipinas.

El control de las comunicaciones transcontinentales, a través de la hegemonia británica en el tendido de los cables submarinos, se reveló como un instrumento imprescindible para sustentar el dominio mundial del Imperio Británico. El control de los mares iba más allá del predominio de la flota británica. El papel de la City londinense como centro mundial de las finanzas no hubiera sido posible sin la constitución de una red telegráfica transcontinental. Sin una rápida circulación de las informaciones económicas el sistema multilateral de intercambios, sobre el que se basaba el mercado mundial, no hubiera sido una realidad. De esta forma, la libra esterlina pudo actuar como medio de pagos internacional, asegurando el buen funcionamiento y la estabilidad del patrón-oro hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial. Lombart Street se convirtió así en el centro de las finanzas mundiales.

La vinculación entre la red telegráfica submarina y la expansión y consolidación de los imperios coloniales es evidente si nos atenemos a los hechos. En el caso de Gran Bretaña el tendido de los cables submarinos quedó estrechamente vinculado a la conexión de los centros neurálgicos del Imperio Británico, en primer lugar la India (unida telgráficamente desde 1865), pero también la unión de 1854 de Ceylán con la India, o de Tasmania con Australia en 1859. Francia a la altura de 1880 había establecido una red submarina con sus posesiones en el norte de Africa, las Antillas e Indochina. Mientras, Estados Unidos alejado de la carrera colonial centró su interés en las conexiones transatlánticas y transpacíficas con una fuerte motivación económica, que anticipó la posterior irrupción en el escenario internacional de la economía norteamericana tras la Primera Guerra Mundial. En 1910 la red telegráfica de titularidad británica alcanzaba los 260.000 kilómetros, más de la mitad del tendido telegráfico mundial, le seguía Estados Unidos, gracias a las dimensiones de su red interior, y a continuación se situaba Francia con 44.000 kilómetros de cables telegráficos. El dominio británico de las comunicaciones telegráficas a escala mundial resulta patente a la vez que revelador de la importancia de las comunicaciones telegráficas en el mantenimiento de la hegemonia internacional del Imperio Británico desde mediados del siglo XIX hasta el estallido de la Gran Guerra en 1914. El relevo lo tomó Estados Unidos tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial, mediante su control de las redes mundiales de telecomunicaciones, debido a su hegemonia y control de la tecnología de satélites.

España no fue a la zaga de otros países europeos en el desarrollo de la telegrafía eléctrica. El 7 de mayo de 1852 el Gobierno encargó a José María Mathé, primer Director de Telégrafos, el estudio de los sistemas de telegrafía en uso para su instalación en España. El 27 de noviembre de 1852 una Real Orden encargaba al Ministerio de Fomento la contrucción de la línea Madrid-Irún, que con 613 kilómetros conectó telegráficamente la capital con Europa, a través de Francia, en 1856. En un corto lapso de tiempo, entre 1854 y 1863, quedó constituida la primera red de telegrafía eléctrica española. Una estructura radial con centro en Madrid enlazaba todas las capitales de provincia y principales ciudades, incluidas las Islas Baleares y Ceuta, quedando fuera las Islas Canarias y Melilla. En apenas diez años se construyeron 10.001 kilómetros de líneas y se abrieron 194 estaciones telegráficas. En 1900 la red telegráfica española alcanzaba los 32.494 kilómetros de líneas y las 1.491 oficinas telegráficas. Construida conforme a la Ley de 22 de abril de 1855 en forma de estrella con centro en Madrid, la red radial mostraba claros síntomas de estrangulamiento al iniciarse el nuevo siglo, consecuencia del incremento continuado del tráfico telegráfico. Un nuevo esfuerzo inversor se hizo necesario, para dar paso a la constitución de una red poligonal en forma de malla, que se desarrolló durante el primer tercio del siglo XX con el fin de garantizar las comunicaciones telegráficas entre zonas geográficas próximas. La ausencia de redes periféricas impedía que ciudades cercanas tuvieran comunicación directa entre sí, sin hacer escala en Madrid.

El sistema tarifario anterior a 1861 además de complejo constituyó un obstáculo para la socialización del telégrafo eléctrico. Los precios eran disuasorios, por lo que la utilización del telegrama quedó circunscrito a las comunicaciones gubernamentales y a las operaciones comerciales y actividades empresariales de una cierta envergadura. Esta situación pronto cambio, a imagen y semejanza de lo sucedido con el Correo, el Gobierno optó por una política continuada de abaratamiento de las tarifas. Varias fueron las razones que motivaron dicho cambio. De una parte, el Estado, una vez superadas las iniciales reticencias a permitir la utilización del nuevo sistema de comunicación por los particulares, fundamentalmente por razones políticas de control de la información, comprendió que la socialización del servicio telegráfico mediante el abaratamiento de las tarifas significaría un incremento de los ingresos, como efectivamente ocurrió, lo que permitió disponer de mayores recursos propios para la construcción, extensión y mantenimiento de la red telegráfica. De otra parte, la demanda sostenida de los principales beneficiarios de la misma, particularmente del mundo de los negocios y la Bolsa, así como del naciente periodismo de noticias, articulado en torno a las agencias y empresas periodísticas, que reclamaban un abaratamiento de los costes por utilizar el nuevo medio de comunicación.

La reforma tarifaria de 1861, con la uniformización de las tarifas interiores, inició una senda continuada de abaratamiento de los precios. Los resultados no se dejaron esperar, y desde esa fecha se inicio un crecimiento sostenido del tráfico telegráfico. Tomando como base el año 1860, el incremento del tráfico telegráfico privado en 1870 se situó en 293,3; en 1880 en 667,4; en 1890 en 1.244,1 y en 1900 en 1.475,6. Los datos reflejan con claridad el proceso de socialización del telégrafo, en el que confluyeron la extensión del tendido telegráfico y el abaratamiento de las tarifas. A la hora de elegir, el Estado prefirió asegurar un incremento de la demanda, mediante una política de precios baratos, que a largo plazo garantizase el incremento de los ingresos. De esta forma se fue superando progresivamente el carácter elitista que el telégrafo tuvo en sus primeros años. Del inicial mundo institucional político, el telégrafo se introdujo en el mundo empresarial, desde allí se expandió hacia las clases medias para desembocar, durante el primer tercio del siglo XX, en una discreta y ocasional utilización del mismo por las clases populares. Existió una evidente correlación entre el abaratamiento o congelación de las tarifas, la ampliación longitudinal de la red y la apertura de nuevas oficinas telegráficas. Tarifas más baratas y mayor número de puntos para la emisión y recepción de telegramas fueron causa y consecuencia de la socialización del telégrafo.

A pesar del crecimiento sostenido del uso del telégrafo, el incremento de los ingresos no fue suficiente para compesar la evolución de los gastos, provocados por la ampliación y mantenimiento de la red. El desfase entre ingresos y gastos de la red telegráfica adquirió un carácter estructural entre 1855 y 1936. Ello no fue óbice para que los sucesivos Gobiernos continuasen apostando por la política de abaratamiento de las tarifas y por la inversión en la red telegráfica, poniendo en evidencia la transcendencia del telégrafo eléctrico en la vertebración política, económica y social del país. La situación deficitaria del telégrafo fue financiada por los superávit del servicio postal, de esta forma los dos principales instrumentos de comunicación del siglo XIX mostraron su indisoluble complementariedad. El Correo y el Telégrafo al iniciarse el siglo XX constituían un entramado comunicacional común, base del sistema de comunicaciones de la época, dado que los primeros pasos de la telefonía no eran suficientes para constituirse aún en alternativa al binomio combinado del Correo y el Telégrafo. Probablemente, sin los sostenidos superávit del Correo la red telegráfica no hubiera podido desarrollarse al ritmo que lo hizo. Asimismo, el déficit estructural del Telégrafo explica el desinterés de la iniciativa privada en la construcción de la red, la magnitud del déficit acumulado en el primer tercio del siglo XX hacía insostenible financieramente la empresa, aunque resultara estratégicamente vital para la articulación económica y política del país. La iniciativa del Estado en la construcción de la red telegráfica resultó imprescindible. La persistencia de la política inversora del Estado logró en un lapso de tiempo reducido, dada la envergadura de la aventura, hacer del Telégrafo un servicio público indispensable para la marcha del país.

El análisis del tráfico telegráfico, tanto interior como internacional, nos permite establecer una comparativa del nivel de desarrollo alcanzado por la red telegráfica española. De la misma forma que sucedió con el Correo, la persistente acción del Estado a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX hizó que al iniciarse el siglo XX, y durante el primer tercio del mismo, los índices de utilización del Telégrafo reflejaran el nivel de desarrollo de la red telegráfica española y el grado de socialización alcanzado. La comparación de los telegramas per cápita entre 1890 y 1910 guardan unas relaciones concordantes con las características del servicio telegráfico y las respectivas Rentas Nacionales. El estudio comparativo de la evolución del tráfico telegráfico y del número de oficinas muestran una clara jerarquía de países según su grado de desarrollo. En el nivel de los países más avanzados se sitúaban Gran Bretaña, Francia y Alemania. En un nivel intermedio se encontraban Italia y España, el primero en la franja superior y el segundo en la inferior. Finalmente, Portugal sería representativo del nivel inferior.

El binomio Correo-Telégrafo eléctrico fue de capital trancendencia para la construcción del Estado contemporáneo en España en su más amplio sentido del término. Sin un sistema de comunicaciones eficiente la acción del Estado hubiese resultado imposible, tanto en su vertiente política como administrativa. Las comunicaciones postales y telegráficas lo hicieron posible. Igualmente la construcción del mercado interior, base para la constitución y desarrollo de las economías nacionales de los Estados contemporáneos, hubiese resultado de todo punto imposible, baste señalar que sin las comunicaciones telegráficas el mundo de la Bolsa y los negocios no hubiesen existido en la forma que lo hicieron en el siglo XIX. Tampoco podemos dejar de mencionar el mundo de la prensa, que dio origen al nacimiento de las opiniones públicas, pilar básico en la creación de una sociedad civil cada vez más compleja y cimiento de las sociedades contemporáneas, el abaratamiento de los costes y la mayor rapidez en el transporte de la correspondencia permitió el nacimiento de las agencias de noticias y de la prensa nacional, el telégrafo eléctrico y el teletipo, este último en el primer tercio del siglo XX, hicieron posible el nacimiento de la prensa de noticias, con la creación de los primeros periódicos en la forma en la que hoy los conocemos, como fueron los casos en España de la Correspondencia de España o El Imparcial, no nos debe extrañar que algunas de las cabeceras más señeras del periodismo mundial lleven incorporadas en su nombre la palabra telégrafo, como el británico Daily Telegraph. Finalmente, como hemos tenido ocasión de señalar, la expansión colonial del siglo XIX no hubiera sido imaginable sin la creación de una red telegráfica mundial, mediante el tendido de los cables submarinos. No sería pues exagerado hablar del siglo XIX como del siglo del Correo y el Telégrafo. Sin ellos el mundo probablemente hubiese sido notablemente diferente de como lo conocemos.

Nuevos sistemas de comunicaciones: la telegrafía sin hilos y el teléfono

Si el siglo XIX fue el del Correo y el Telégrafo, el siglo XX fue el de la revolución de las telecomunicaciones. Sus primeros pasos acontecieron en el último tercio del siglo XIX, con la invención de la radiotelegrafía por Marconi y del teléfono por Graham Bell. Ambas innovaciones tecnológicas nacieron estrechamente vinculadas al mundo de la telegrafía eléctrica, aunque pronto la telefonía emprendió una vida autónoma de la telegrafía. Entre 1897 y 1901 Marconi realizó varios ensayos de su nuevo sistema, a través de su empresa, fundada el 20 de julio de 1897 en Londres, la Wireless Telegraph and Signal Company Limited, base del posterior emporio industrial Marconi´s Wireless Telegraph Company. Ese año logró establecer la primera conexión radiotelegráfica. Un barco de regatas fue capaz de transmitir radiogramas a una estación de la costa británica a una distancia de quince kilómetros. En 1898 realizó la primera comunicación radiotelegráfica a través del Canal de La Mancha, entre Dovers y Wimereux, en la región de Boulogne. Por fin, el 12 de diciembre de 1901, Marconi llegó al momento culminante de sus ensayos, desde Cornwall (Gran Bretaña) envió la primera señal radioeléctrica transatlántica a Terranova, a una distancia de 3.500 kilómetros.

Comenzaba una nueva era en el mundo de las comunicaciones. Estaban sentadas las bases teóricas y prácticas para el desarrollo de la radiotransmisión. En años posteriores se concretaría con la expansión de la telegrafía sin hilos (TSH) y la aparición de la radiodifusión, una vez solventado el problema de la transmisión de la voz humana. La aparición del teléfono fue anterior en el tiempo, los primeros intentos de transmitir el sonido de las voces a distancia se sitúan en 1860, cuando el alemán Philippe Reiss construyó un sistema que era capaz de transmitir el sonido pero resultaba incapaz de distinguir las palabras. Fueron tres norteamericanos, Graham Bell, Elisha Gray y Thomas A. Edison quienes desarrollaron los primeros sistemas de telefonía. Graham Bell y Elisha Gray trabajaban por separado en la investigación de nuevos sistemas para perfeccionar las comunicaciones telegráficas, mediante la transmisión simultánea de varios mensajes a través del hilo telegráfico. Paralelamente, Graham Bell desarrollaba un prototipo de teléfono que constaba de un transmisor y un receptor unidos por un cable metálico conductor de la electricidad. Las vibraciones producidas por la voz en la membrana metálica del transmisor provocaban, por medio de un electroimán, oscilaciones eléctricas que, transmitidas por el cable, eran transformadas por el electroimán del receptor en vibraciones mecánicas, que a través de la membrana reproducían el sonido emitido desde el emisor. En 1876 fueron presentados en la Exposición de Filadelfia los primeros prototipos telefónicos. En junio de 1877 Graham Bell fundó la Bell Telephone Company, ese mismo año la Western Union Telegraph Company creó su propia compañía de teléfonos, encargando a Edison el desarrollo de un modelo alternativo al teléfono de Bell, con ello nacía la telefonía, con una marcada impronta empresarial que estaría en la base del nacimiento de algunas de las grandes empresas de telecomunicaciones que han protagonizado el siglo XX, la adquisición por la Bell Telephone Company de la Western Electric, la mayor fábrica de material eléctrico de los Estados Unidos, a la Western Union Telegraph Company, fue el origen de la American Telephone and Telegraph Company (ATT).

El nacimiento de la radiotelegrafía en España se produjó mediante la constitución de una Comisión gubernamental integrada por los ministerios de Gobernación, Marina y Guerra, aprobada por decreto el 21 de mayo de 1905, sus trabajos dieron como resultado la Ley de 26 de octubre de 1907, por la que se autorizaba al Gobierno la puesta en marcha de un servicio radiotelegráfico, que fue desarrollado por el decreto de 24 de enero de 1908, en el que se fijaron las bases y el reglamento del servicio radiotelegráfico en España.

En el caso de la telefonía, su primer ensayo se produjo allende los mares, en la isla de Cuba, sólo seis meses después de la primera demostración de Graham Bell, en octubre de 1877. En la ciudad de La Habana se realizó la primera comunicación telefónica española, entre el cuartel de bomberos y la casa del industrial Muset. En la Península, Barcelona fue la ciudad pionera de las pruebas telefónicas. En diciembre de 1877 se realizaron ensayos en la Escuela Industrial, el ejército unió telefónicamente los castillos de Montjuich y de la Ciudadela y el industrial Dalmau llevó a cabo la primera conferencia de larga distancia entre Barcelona y Gerona. En Madrid los primeros ensayos tuvieron lugar en enero de 1878, fueron sus protagonistas el Gobierno y Palacio, al enlazar el antiguo casón de Telégrafos con el Ministerio de la Guerra, por un lado, y después los Palacios Reales de Madrid y Aranjuez. A pesar de la celeridad de estos primeros ensayos, el desarrollo de la telefonía en España no fue rápida, al contrario de lo sucedido con la telegrafía eléctrica.

Varias fueron las razones que explican las dificultades del desarrollo de la telefonía en España. Una demanda débil unida a una iniciativa privada con escasos recursos se combinó con la cambiante política gubernamental respecto del sistema, público o privado, por el que debía regirse el nuevo sistema de comunicaciones. Estos tres factores estuvieron en la base del retraso de la telefonía española. La sucesión de normativas contradictorias dificultó el desarrollo de la red telefónica española durante sus primeros decenios de vida. Mientras los liberales se proclamaban partidarios de la iniciativa privada, reservando para el Estado sólo la labor de supervisión, los conservadores se pronunciaban por el carácter estatal de la red telefónica, a pesar de ello las limitaciones presupuestarias les llevaron a aceptar la convivencia de redes estatales y privadas. De esta forma, la sucesión de liberales y conservadores en los gobiernos de la Restauración dio lugar a una sucesión de normativas contradictorias entre sí, caracterizadas por la multiplicidad y contradictoriedad de las condiciones para la regulación del servicio telefónico.

La situación desembocó en un auténtico caos, en el que se sucedían sin orden ni concierto reglamentaciones diversas, redes dispersas y desconectadas entre sí, compañías privadas y públicas, éstas a su vez de titularidad estatal, provincial, comarcal o local. La primera reglamentación del servico telefónico en España se produjo por el decreto de 16 de agosto de 1882, por el que se habilitó al ministro de la Gobernación para conceder a particulares o compañías la autorización para el establecimiento y explotación de redes telefónicas con destino al servicio público. La participación de la Dirección General de Corrreos y Telégrafos en el origen y primeros pasos de la telefonía en España fue esencial. Tanto por su protagonismo en los primeros ensayos telefónicos, como por su papel en la redacción y aprobación del Reglamento y selección de las distintas ofertas presentadas por lo concesionarios. Igualmente, Correos y Telégrafos fue uno de los protagonistas en el desarrollo de las primeras redes telefónicas, al crear en 1882 una red telefónica oficial en Madrid, que enlazaba las principales dependencias estatales. El decreto de 11 de agosto de 1884 reservó al Estado la explotación del servicio telefónico, mediante el concurso de los funcionarios del Cuerpo de Telégrafos. La penuria de las arcas del Estado impidió el desarrollo de una red telefónica amplia y eficaz. Con la llegada de nuevo de los liberales al poder, el Gobierno retornó al sistema de concesiones a la iniciativa privada, por el decreto de 13 de junio de 1886.

Finalmente, en 1890 Francisco Silvela aprobó una nueva reorganización de los servicios telefónicos, esta vez de carácter mixto, público y privado, para el desarrollo de la red telefónica española. El 18 de marzo de 1891 un nuevo decreto dividió la Península en cuatro zonas telefónicas. Solamente, la red del Nordeste a cargo de la Compañía Peninsular de Teléfonos se llevó a cabo, el resto quedó en mero proyecto. Si el Estado no tenía capacidad económica para asumir los costes del tendido y mantenimiento de una red telefónica de alcance regional o estatal, tampoco lo tenía la iniciativa privada. El capital nacional privado no encontró suficientes incentivos económicos para invertir en unas redes telefónicas que no se presentaban rentables en la mayor parte de España. Líneas aisladas unas de otras, materiales no homogeneizados, tarifas diferentes, diversidad en los cánones, explotación a cargo de empresas privadas, sometidas a distintas legislaciones, amén de amplísimas zonas sin servicio componían el mosaico telefónico de la España de comienzos del siglo XX.

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