Una de las claves del
mantenimiento del Dictador en el poder durante tantos lustros fue sin
duda la dosificación de las parcelas de influencia que Franco orquestó
entre los diferentes grupos de presión de los que se nutrió
el Régimen. La Ley de responsabilidades políticas
(9-II-1939) liquidó partidos, sindicatos y asociaciones y fue seguida
de la Ley sobre Seguridad del Estado (1941). La primera de esta leyes fijaba
las normas para la depuración de funcionarios y fue aplicada con
especial rigor en el ámbito de la enseñanza.
En términos generales
se podría afirmar que la educación nacional fue cedida a
los propagandistas católicos. “Hay que recristianizar a esa parte
del pueblo que ha sido pervertida, envenenada por doctrinas de corrupción”,
decía el Caudillo en 1940 en la Dirección Central de la Acción
Católica. En realidad las relaciones entre la Iglesia y el Estado
fueron desde comienzos de la Dictadura muy estrechas, hasta tal punto que
la Iglesia, a través de la autorizada palabra del Primado Cardenal
Gomá, sacralizaba el alzamiento calificándolo de “cruzada nacional”.
Serrano Súñer firmaba el 7 de junio de 1941
con el nuncio Cicognani un acuerdo por el que se concedía a Franco
el privilegio de la presentación de obispos -privilegio al que nunca
renunció pese a las peticiones personales del Papa Montini- en un
momento en el que estaban vacantes veinte sedes episcopales (...).
En 1943 siete obispos
fueron nombrados procuradores en cortes por designación directa
de Franco, y en ese mismo año, en febrero, se aprobaba la Ley de
Ordenación Universitaria en la que se afirmaba que «la Universidad,
inspirándose en el sentido católico, consustancial a la tradición
universitaria española, acomodará sus enseñanzas a
las del dogma y la moral católica y a las normas del derecho canónigo
vigente». El artículo 58 de esta ley disponía que para
concursar a plazas de profesor había que manifestar «la firme
adhesión a los principios fundamentales del Estado, acreditada mediante
certificación de la Secretaría General del Movimiento».
En ese mismo año se creaba el Instituto Balmes de Sociología
en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) que
el entonces ministro de Educación Ibáñez Martín,
y su amigo y promotor del Opus Dei José María Albareda, director
del Consejo, iban a poner bajo la dirección de Severino Aznar.
La sociología al servicio de la religión y de la dictadura,
entendida como soporte del apostolado social, echó en esta institución
sólidas raíces.
Severino Aznar, fundador
de la Revista Ciencia y razón y organizador de las Semanas
Sociales durante la Restauración, va a contar ahora con un grupo
de colaboradores, un órgano de expresión, la Revista
Internacional de sociología, y con un Instituto que compartía
las ventajas del CSIC, es decir, ser nueva creación y disponer
de un presupuesto autónomo. El Instituto Balmes destacó sobre
todo por su biblioteca, dotada con importantes fondos documentales que fue
pasto de las llamas en los primeros años de la transición
(...).
En la Revista Internacional
de Sociología y en el servicio de publicaciones del CSIC se
publicaron los resultados de encuestas por lo general, poco elaboradas
sobre los estudiantes universitarios (Fraga y Tena Artigas, 1949-50),
el servicio doméstico (P. Vázquez, 1957), así como
estudios de carácter demográfico sobre la mortalidad postnatal
urbana y rural (Arbello, 1951), la mortalidad en la edad preescolar (Bosch-Marín
y Arbello, 1958) y la evolución de la natalidad (Bustinza, 1958).
Aznar, Viñas Mey
y sus colaboradores desplegaron durante estos años una cierta actividad.
Y autores qué adquirieron posteriormente un peso en la sociología
no confesional publicaron algunos de sus primeros ensayos en la Revista
del Instituto, como, por ejemplo, Murillo Ferrol y J. Jiménez Blanco,
autores de un trabajo sobre «la conciencia de grupo en los escolares
de la Universidad de Valencia» (1958). Por entonces comenzaba a resurgir
una sociología laica.
La actividad de los católicos
sociales tuvo un peso nada desdeñable en la sociología española
durante el franquismo. Los primeros años cincuenta conocieron la
fundación del Instituto León XIII, así como la Oficina
de Sociología y Estadística de la Iglesia en España
por la Conferencia Episcopal. Entre las revistas de sociología católica
podemos destacar: Perspectiva Social, publicada por el Instituto
Católico de Ciencias Sociales de Barcelona, creado en 1951 por el
Obispo de dicha ciudad; la Revista de Estudios Sociales, publicada
por el Centro de Estudios Sociales del Valle de los Caídos regido
por los benedictinos. En este centro se han venido celebrando desde 1940
mesas redondas en las que han participado sociólogos confesionales
y laicos con una periodicidad anual. Las intervenciones se publican en los
Anales de Moral Social y Económica. Ya en los años setenta
Cáritas creó la revista Documentación Social. Revista
de Estudios Sociales y de Sociología Aplicada (1971) y Cuadernos
de realidades sociales (1973) editada por el Instituto de Sociología
Aplicada de Madrid.
El P. Jesús Irribarren,
director entre 1942 y 1954 de la revista Ecclesia, órgano
oficioso de la jerarquía eclesiástica, publicó en
su último año de mandato el libro Introducción
a la sociología religiosa en donde presenta las modernas técnicas
norteamericanas de encuesta, técnicas que fueron aplicadas bajo
supervisión eclesiástica en el Plan CCB (Comunidad Cristiana
de Bienes) y posteriormente en los informes de la Fundación FOESSA,
a partir de 1966, año en el que se publica el primer Informe.
Los años cincuenta
fueron los años de los cursillo de cristiandad, del rosario en
familia promovido por el infatigable P. Peyton y también del Concordato
de 1953 que rompió el bloqueo internacional del Régimen ya
que a los pocos meses de su firma se establecieron acuerdos con los Estados
Unidos (...).
Terminada la guerra Franco
creó el Instituto de Estudios Políticos, centro de formación
de cuadros dirigentes destinados a nutrir la administración, los
gobiernos civiles, el sindicato y las mutualidades del Régimen. Y
siguiendo su política de reparto de zonas de poder colocó al
frente de dicho Instituto a significados falangistas, y entre ellos a Javier
Conde, autor de la teoría del caudillaje y, paradójicamente,
promotor de discusiones políticas en cuyo marco surgieron las reflexiones
sociológicas (1). Manuel Fraga, que obtuvo la Cátedra
de derecho político de la Universidad de Valencia en 1943 fue nombrado
por Arrese, en 1956, subdirector del Instituto y, más tarde, director.
A finales de la década de los cincuenta este centro falangista
contaba con un panel de profesores de relieve entre los que figuraban Díez
del Corral, Jiménez de Parga, José Antonio Maravall, Enrique
Tierno, Carlos Ollero y Enrique Gómez Arboleya. Este último
era profesor de «Estructura y leyes de la realidad social»
y de «Sociología Política». Personalidades tales
como Perpiñá, Lissarrague, Alcorta, Legaz, Conde y el propio
Arboleya publicaron trabajos de sociología en la Revista de
Estudios Políticos, órgano oficial de la institución,
si bien, sus coordenadas de pensamiento coincidían más con
la filosofía del derecho, la filosofía social y la teoría
de las ideas políticas que con la sociología. La mencionada
revista estuvo dirigida por Javier Conde (1948-56), Emilio Lamo de Espinosa
(1956-61), Manuel Fraga (1961-62), Ollero (1962-66), Fueyo (1966-70),
Legaz (197074). En el consejo de redacción figuraban, entre otros,
Ruiz Giménez, Salustiano del Campo, Sánchez Agesta y Torcuato
Fernández Miranda.
En cierto modo, una prolongación
de este Instituto, al que José Solís definió como «
la médula del Régimen», fue la Facultad de Ciencias
Políticas y Económicas de la Universidad Central creada en
1944. En 1951, Ruiz Giménez, que había desempeñado un
importante papel como embajador de Franco en el Vaticano, fue nombrado ministro
de educación en sustitución de Ibáñez Martín.
Laín Entralgo ocupó el Rectorado de 1a Universidad de Madrid
y se produjo una cierta liberalización universitaria (...).
Es como si los democristianos
tuviesen una cierta prevención hacia la sociología, hacia
un saber desmitificador capaz de poner en solfa una cierta sacralización
heredada del derecho, de la ética y de la religión.
Arboleya ocupó
en 1954, en la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas,
la primera cátedra de sociología creada durante el franquismo
(...).
En febrero de 1956, se
produjeron en Madrid graves conflictos universitarios que se saldaron con
la caída de Ruiz Giménez -y también con la de Fernández
Cuesta-, así como la dimisión de Laín del Rectorado.
Conviene recordar que Ruiz Giménez reintrodujo en la formación
de tribunales de oposiciones a cátedra el sistema vigente durante
la Segunda República: dos miembros de designación ministerial
y tres de la especialidad elegidos al azar. Se ponía, pues, punto
final al sistema que rigió bajo el mandato de Ibáñez
Martín en el que todos los miembros del tribunal eran designados
por el Ministerio. En ese mismo año López Rodó ocupó
la Secretaría General de la Presidencia del Gobierno desde donde
el Opus inició su ofensiva tecnocrática que caracteriza a
la España de los Planes de Desarrollo. La muerte de Pío XII
en 1958 cierra, por su parte, el ciclo de la alianza de hierro entre la iglesia
católica y los gobiernos dictatoriales o autoritarios.
2. FORMACION DE LOS REFUNDADORES Y JEFES DE FILA
(1959-1964)
En estos años
del «desarrollismo» se produjeron importantes cambios en la
estructura social del país. Entre 1960 y 1965 la población
activa del sector industrial creció siete puntos. El porcentaje
de técnicos, cuadros, funcionarios y trabajadores del comercio y
de los servicios pasó del 20 % al 26,5 %. La OCDE evaluó el
crecimiento del PIB en ese mismo período en un 138 %. Se produjo
entonces una fuerte emigración interna de trabajadores del campo a
las ciudades, al tiempo que se abrió de forma abrupta la emigración
de trabajadores españoles a los países europeos industrializados.
Correlativamente las playas de la costa mediterránea especialmente
comenzaron a ser invadidas por turistas extranjeros. La emigración
y el turismo constituyeron una especie de pulmón de oxígeno
momentáneo para la Dictadura pero a la vez introdujeron estilos
de vida, hábitos y valores propios de otras latitudes.
Mientras tanto el Papa
Juan XXIII convocaba el Concilio Vaticano II en el que teólogos
y obispos holandeses y alemanes desempeñaron un papel primordial
en una línea «aperturista» -quizá
por estar acostumbrados a vivir con otras sectas y religiones en un marco
jurídico de libertad religiosa-. Se iniciaba así un proceso
de mayor tolerancia y de crítica de la confesionalidad que incidía
de forma especial en los países católicos del sur de Europa.
En 1961 se inauguraba la andadura de la Administración Kennedy. La
política de la «alianza para el progreso»
dio alas a las teorías del capital humano y la ideología
de la igualdad de oportunidades.
En nuestro país
López Rodó era nombrado, en 1962, Comisario del Plan de
Desarrollo y, meses más tarde, Fraga recibía el nombramiento
de ministro de Información y Turismo. Por esas mismas fechas un
grupo de intelectuales firmaba un manifiesto reclamando la libertad de
expresión. Se recrudecían las huelgas en Barcelona, Asturias
y el País Vasco. La ejecución de Julián Grimau en
1963 pese a la intercesión del Papa fue seguida por una serie de
huelgas en las que se puso de relieve la fuerza del sindicato clandestino
Comisiones Obreras. En 1964 se derrumbó el sindicato franquista de
estudiantes -SEU- coincidiendo con la pomposa celebración de los
25 años de paz. Al siguiente se produjo una fuerte agitación
estudiantil en Madrid y fueron expulsados de la Universidad, Aranguren,
Tierno y García Calvo a quienes estaban vinculados activos estudiantes
democráticos algunos de los cuales ocuparon más tarde puestos
relevantes en la Universidad, en la diplomacia y en la sociología.
En julio de ese mismo año los Beatles dieron un concierto en la plaza
de las Ventas. Una parte importante de la juventud española urbana
se internacionalizaba a través de la música, el cine y un incipiente
consumo de masas a la vez que participaba, en un clima de mayor opresión
que el sufrido por los jóvenes europeos contemporáneos, del
antimilitarismo y el rechazo del viejo orden establecido (...).
Frente a la sociología
pastoral y a la filosofía social se produjo en esta segunda etapa
la emigración de un grupo de jóvenes licenciado españoles
al extranjero, especialmente a Estados Unidos y a Alemania (2). Algunos atravesaron el Atlántico en una larga
travesía por barco, y otros, se dirigieron a Europa en los mismos
trenes en los que viajaban los emigrantes españoles y portugueses.
En ambos casos esa salida supuso un distanciamiento que favoreció
una nueva visión de la realidad española al mismo tiempo que
se pusieron en contacto con nuevas formas de expresarse y de percibir el
mundo, con estilos de vida diferentes en marcos políticos muy alejados
del español. La sociología española fue en gran medida
producto de la incorporación de los paradigmas sociológicos
dominantes en los países de formación de esos jóvenes
sociólogos. En Estados unidos conectaron sobre todo con las técnicas
de investigación social empírica y con las teorías
funcionalistas, es decir con la tríada formada por Lazarsfeld, Parsons
y Merton. En Alemania la conexión se estableció predominantemente
con los representantes de la Escuela de Francfort (...).
En todo caso de esa élite
migratoria, que se vio prolongada por nuevos estudiantes que se dirigieron
sobre todo a Francia e Inglaterra, surgieron dos incipientes grupos o constelaciones
que podemos denomina la constelación académica, de
formación eminentemente norteamericana, y la constelación
crítica. Unos aplicaban encuestas, manejaban datos, establecían
correlaciones múltiples y cruces de variables, redactaban informes
y realizaban las primeras y fragmentarias recopilaciones de datos cuando
únicamente existían las muy deficientes estadísticas
proporcionadas por el INE. Otros, a partir de teorías críticas
sobre la sociedad, construyeron discursos eminentemente antinormativos y
arremetieron contra élites y poderes oligárquicos.
Se pusieron así
los cimientos de dos escuelas que se caracterizan por dos formas de entender
la sociología y por dos formas de practicarla (...).
3. REINSTITUCIONALIZACION (1965-1975)
La Ley de Prensa, aprobada
el 15 de marzo de 1966, que suprimía la censura previa supuso en
este sentido un avance pese a que pronto comenzaron los secuestros y las
sanciones administrativas a distintas publicaciones. De hecho, entre 1963
y 1965 se impartieron unos cursos de sociología «en
colaboración nunca suficientemente formulada con el Rectorado de
la universidad» -como señala Elías Díaz- en
donde ejercieron la docencia un grupo de sociólogos además
de Tierno, Aranguren y otros filósofos del derecho. La Revista
Española de Sociología, que fue el órgano de expresión
de esos cursos publicó solamente un número cero y el número
uno correspondiente a enero-marzo de 1965. Cerrados estos cursos, una
Orden Ministerial del 21 de julio de 1965 creaba la Escuela de Sociología
de la Universidad de Madrid. La alternativa a ese centro oficial
fue CEISA, una Escuela de Ciencias Sociales de carácter
privado que, gracias fundamentalmente a las gestiones del activo José
Vidal Beneyto, estableció una serie de conexiones con instituciones
sociológicas de otros países y reunió en su interior
a los principales agentes de la reinstitucionalización de la sociología
en España.
CEISA no contó
con ninguna publicación propia, quizá debido al reducido
margen existente para la libertad de expresión escrita (...).
La sociología
académica, por el contrario, no estaba tan desabastecida de medios
de difusión escritos. En junio de 1966, se publicó el primer
número de Anales de sociología, revista dirigida por
Salustiano del Campo, catedrático de sociología de la Universidad
de Barcelona en 1962 quien, pocos años más tarde se trasladó
a Madrid para ocupar, por concurso de méritos, la cátedra
vacante de Arboleya en la Facultad de Ciencias Políticas. Salustiano
del Campo abanderó desde esa revista, y desde la cátedra, la
incipiente constelación académica. En 1967 este catedrático
se lamentaba de la ausencia de un lugar estable para la sociología
en el currículum universitario y de la ausencia de «condiciones
receptivas para la acción racionahzadora en que, en definitiva,
consiste el quehacer sociológico». En el mismo artículo
titulado «La vocación de la sociología española»
arremetía contra «un falso cientismo basado en la ausencia
de enfoques teóricos» y afirmaba que la sociología era
una ciencia a la vez que una disciplina moral cuya vocación resumía
en «la iluminación de la opinión».
Desde la perspectiva
académica, CEISA y otros centros similares -como, por ejemplo,
EISA en Barcelona-, no eran sino una operación política instrumentalizada
por quienes eligieron la sociología como pudieron haber escogido
otra disciplina para el cumplimiento de determinados fines políticos.
Esa «nota a pie de página de la sociología española»
no era una constelación directamente en concurrencia con la sociología
académica que entonces sólo reunía a un reducido
grupo de sociólogos empíricos de formación norteamericana,
sino que más bien competía con otro grupo, también
de formación norteamericana y empírica, moderadamente crítico
que podríamos denominar constelación profesional, cuyos
miembros más representativos eran Amando de Miguel y Juan Linz.
Este grupo desplegó a partir de 1965 una actividad muy intensa realizando
estudios sobre los empresarios, la estructura ocupacional, el prestigio
de las profesiones, las élites científicas, las relaciones
entre estructura social y juventud, etc. El equipo DATA, dirigido por Amando
de Miguel, Francisco Andrés Orizo y Manuel Gómez Reino, realizó
los primeros Informes sociológicos para la Dirección General
de Empleo en 1965, año en el que se publicó el primer número
de la Revista Española de la Opinión Pública,
del Instituto del mismo nombre reformado en 1963 por Manuel Fraga, entonces
ministro de Información y Turismo. Esta institución, en la
que se produjo una sociología al servicio del Gobierno, es el antecedente
y el modelo sobre el que surgirá más tarde el Centro de Investigaciones
Sociológicas (CIS), un instituto que es un híbrido entre
un centro gubernamental de encuestas y un centro de investigación.
En torno al IOP se formó una supernova, una constelación que
irá con los años y que se podrá calificar como la sociología
oficialista, es decir, un colegio privilegiado para obtener información
y ponerla al servicio del poder político de turno. Una parte importante
de los sociólogos integrados en este colegio ocuparon cargos políticos
bien dirigiendo institutos o asesorando a ministros, o bien, ya en la época
de la transición, como responsables de Direcciones Generales o de
carteras ministeriales.
Si examinamos el cuadro
de profesores de CEISA en el que figuran, con algunas excepciones significativas,
los sociólogos que nuclearon los principales colegios sociológicos,
si además tenemos en cuenta que fueron ellos los que produjeron
el grueso de los trabajos de sociología y, si a esto se suma el
reconocimiento exterior del que gozó CEISA se puede afirmar que fue
algo más que una Facultad de Sociología avant la lettre,
que fue una Universidad libre y a la vez un movimiento institucional antifranquista.
Se explica así que los sociólogos críticos consideren
este centro como la matriz institucional de la sociología española,
mientras que los partidarios de una definición más restrictiva
del oficio de sociólogo opinen que fue un proyecto intelectual irrelevante
caracterizado por la confusión entre sociología y política,
confusión que despertó en ellos los mayores recelos. En todo
caso CEISA levantó más que recelos entre las autoridades
gubernativas que ordenaron su cierre en 1968. Surgió entonces la
Escuela Crítica de Ciencias Sociales a la que se incorporaron
nuevos profesores entre ellos Elorza, Linz, Aranguren, Tierno y Pérez
Díaz, la cual se vio obligada también a cerrar por orden gubernativo
en 1970. Durante los años en que funcionó CEISA el gobierno
declaró el estado de excepción en el País Vasco -abril
de 1967- y en todo el Estado -24 de enero-25 de marzo de 1969-. El año
de la intervención soviética en Checoslovaquia y del mayo
francés se había iniciado con el cierre de la Facultad de
Ciencias Políticas y Económicas de Madrid (11 de enero de
1968), pues como declaró el Consejo de Ministros «personas ajenas
a la Universidad subvierten el orden». El diario Madrid fue
cerrado a finales de mayo de ese mismo año (3).
Entre 1965 y la muerte
de Franco se produjeron numerosos incidentes y cierres gubernativos en
numerosas Universidades española. Desde 1966 hasta 1969 se impusieron
más de cuatrocientas sanciones administrativas a periódicos
y revistas y se ordenó el cierre de al menos cuatro editoriales
de libros (...).
En este clima de lucha
por la conquista de las libertades Carlos Moya publicó uno de los
manifiestos teóricos de tendencia crítica, su libro Sociólogos
y sociología, en el que definía el saber sociológico
como «la ciencia de la libertad» cuya vocación es
«transcender los límites de la sociedad capitalista»
(4).
El 3 de agosto de 1970
se aprobó la Ley General de Educación que pretendía
racionalizar un viejo sistema educativo desbordado por la demanda de nuevos
grupos sociales en ascenso en unos años de fuerte despegue económico.
Entre 1960 y 1971, el número de alumnos universitarios se había
prácticamente triplicado, mientras que el de catedráticos
había crecido en mucha menor proporción (1.188 catedráticos
en 1960 y 1.423 en 1971) (...).
El Ministerio, para cubrir
las necesidades docentes, recurrió a profesores jóvenes, designados
por los catedráticos mediante un sistema de cooptación al
margen de criterios académicos. definidos. Fueron estos nuevos profesores
quienes sufrieron una «precaria situación laboral y económica»,
sin la menor «participación en las decisiones importantes que
afectan a la vida universitaria» y desprovistos de «cauces de
expresión, asociación y reunión legal», situados,
en fin, a modo de colchón amortiguador entre los profesores numerarios
y los alumnos como «blanco de críticas» (5).
La Ley del setenta ratificaba
en gran medida los seculares poderes semifeudales de los que gozaban los
profesores numerarios, especialmente los catedráticos. El rector
tenía que ser un catedrático «nombrado por decreto»
por el ministro de Educación, nombramiento que le confería
automáticamente la condición de procurador en Cortes (art.
77). Unicamente los catedráticos numerarios podían ser nombrados
por el rector directores de departamento (art. 71). Los vicerrectores tenían
también que ser catedráticos (art. 78) (...).
La estructura universitaria
era, pues, un sistema piramidal que yuguló por largo tiempo la posibilidad
de un trabajo serio e innovador, ya que los departamentos sin medios,
desbordados por los alumnos, regidos por una concepción pretoriana
de la autoridad, y marcados por unos arcaicos rituales de promoción
en la profesión, se sentaban en un sistema de castas que convertía
a los PNNs en los parias de la institución. Estos podían
optar entre la sumisión feudal -«llevar la cartera»,
«hacer la pelota» y < hacer de negros» del catedrático-,
y la contestación abierta al sistema que de hecho supuso numerosas
expulsiones de profesores contratados. En este contexto se creó la
nueva Sección de Sociología en la Facultad que pasó
a denominarse de Ciencias Políticas y Sociología, cuya primera
promoción de estudiantes comenzó a formarse en el curso
1972-73. Se inició así una nueva etapa para la sociología
bajo el predominio simbólico de Marta Harnecker, lo que no constituyó
un obstáculo para que los más afamados representantes del
marxismo vulgar se incorporasen al PSOE precisamente tras la renuncia del
Partido Socialista a la advocación marxista (6).
La institucionalización
de los estudios de sociología en la Complutense coincidió
con la creación de cátedras de sociología en otras
universidades. La docencia de esta disciplina, hasta entonces prácticamente
circunscrita a Madrid y, en menor medida a Barcelona, se amplió
de un modo significativo (...).
Se podría afirmar que las
escuelas de sociología surgieron y se diferenciaron en función
del grado de oposición de los sociólogos al Régimen,
producto y reflejo en parte de su posición en la estructura ocupacional
y la respuesta que daban al para qué de la sociología. Los
críticos pensaban que la sociología era un arma contra el
fascismo. Los profesionales consideraban que la misión de la sociología
consistía en dar cuenta de la realidad, es decir, proporcionar el
mapa más exacto posible de la estructura social. Este trabajo de
objetivación contribuiría al tránsito de una sociedad
arcaica a una sociedad moderna. Los académicos se preocupaban de promover
la disciplina, ampliar su radio de acción en la Universidad, al tiempo
que de conseguir un mayor reconocimiento de este saber entre los líderes
de opinión. Las Memorias de cátedra, que servían de
peldaño para alcanzar las posiciones académicas de prestigio
resultaban ser a la vez los mejores instrumentos para la formación
de los alumnos y las mejores introducciones para personas deseosas de conocer
esta materia. En fin, los representantes de la sociología oficialista,
partidarios en su mayoría de la liberalización del Régimen,
veían en las nuevas técnicas un poderoso instrumento de reformas
administrativas y de adaptación del Estado a los cambios sociales
generados por el denominado desarrollismo.
Así, pues, en función de la imagen dominante de la profesión
y de la mayor o menor identificación podemos establecer el siguiente
cuadro que, junto con la escuela de sociología católica,
sirve para presentar los diferentes colegios de sociología existentes
en el momento de la reinstitucionalización de la sociología
en España. Este cuadro resume mejor que la clasificación
generacional lo que hemos denominado la galaxia sociológica.
sociología como medio
sociología como fin
(concepción extensiva) (concepción
restrictiva)
|
Estado Sociedad |
Sociología oficialista |
Sociología académica |
|
Sociología crítica |
Sociología profesional |
Veamos brevemente, en
función de la distancia que estos colegios presentan en relación
con los centros franquistas de decisión, y de las propias cotas
de poder, algunas de sus características.
Como ya hemos señalado
el grupo crítico está formado por sociólogos que
pretendieron hacer de la sociología un instrumento de lucha contra
el poder establecido. Se integraron en esta corriente especialistas inmersos
en los partidos de la oposición que se movían en la clandestinidad
tratando de crear una cultura de resistencia. La sociología funcionó
como un dispositivo de oposición política cuando se produjo
una cierta liberalización prolongado así el papel jugado
en los cincuenta y primeros sesenta por determinadas películas y
obras literarias. Bardem. en las famosas discusiones de Salamanca (1955),
denunció el hecho de que «viviendo a espaldas de la realidad
española nuestro cine no ha sido aún capaz de mostrarnos el
verdadero rostro de los problemas, las tierras y los hombres de España
(...)».
CEISA constituyó
la principal instancia aglutinadora de la corriente crítica. Uno
de sus grupos más activos estaba formado por Jesús Ibáñez,
Angel de Lucas, Alfonso Ortí y José Luis Zárraga,
que a través de la puesta a punto de iriétodos cualitativos
trataron de buscar una alternativa a la sociología cuantitivista.
Sobre todo por razones de supervivencia fundaron una de las primeras consultoras
-ECO- que se dedicó a realizar estudios de mercado y de audiencia
de medios de comunicación. Su antifranquisino radical y su oposición
al capitalismo los condujo a un radicalismo teórico que en parte
se plasmó en una aportación original desde el punto de vista
metodológico: los grupos de discusión.
Mario Gaviria, profesor
también de CEISA, fue uno de los pioneros de la sociología
urbana -terreno al que contribuyó con una reflexión internacionalmente
reconocida por Manuel Castells desde París-. Por su parte Carlos
Moya estudiaba por entonces la élite del poder franquista e intentaba
sentar las bases de una teoría sociológica crítica.
Un trabajo pionero en esta perspectiva, que tuvo una fuerte repercusión,
fue La demagogia de los hechos de Ignacio Fernández de Castro,
prohibido por la censura y publicado en 1962 en París por Ruedo
Ibérico. Esta editorial comenzó a editar a partir de 1965
los Cuadernos de Ruedo Ibérico. También publicó
los libros de Daniel Artigues y de Jesús Infante sobre el Opus Dei,
prolongados años más tarde por Alberto Moncada.
Las referencias teóricas
más importantes de esta corriente fueron Mills, Adorno, el psicoanálisis,
el Marx de los Manuscritos y el Lukács de Historia y
conciencia de clase (7).
En el momento de la creación
de la Sección de Sociología en la Universidad Complutense muchos
de estos sociólogos no recibieron ninguna propuesta para incorporarse
a ella. No todos renunciaron sin embargo a crear grupos de intervención
y de formación de investigadores. Así, por ejemplo, Ignacio
Fernando de Castro, tras nueve años de exilio en París, fundó
en 1971 el Equipo de Estudios (EDE) que elaboró Informes de gran impacto
publicados en Triunfo, Cuadernos para el Diálogo y Cambio
16. Concretamente en Triunfo este equipo llevaba la sección
de conflictividad social. Durante algunos años editó la Revista
Teoría y práctica muy ligada a los colectivos obreros
y al movimiento asambleario y de la que publicaron 15 números.
Al margen también
de los medios académicos y especialmente dirigidos a estudiantes
de postgrado de América Latina surgió el Instituto de Sociología
y Desarrollo del Area Ibérica, dirigido por Manuel Lizcano, que
contó con un Anuario y con una asociación de sociólogos,
probablemente la primera creada en nuestro país (8).
En una perspectiva crítica
se crea en torno a Tierno un grupo de discípulos en el que predominan
los filósofos del derecho. A partir de 1972 publican la Revista
Sistema dirigida por Elías Díaz. Muy ligados a Aranguren
estuvieron Víctor Pérez Díaz y José María
Maravall profesores todos ellos de la Escuela Crítica de Ciencias
Sociales.
Entre los sociólogos
españoles críticos formados en los Estados Unidos hay que
citar a Juan Francisco Marsal, muerto prematuramente, quien, desde 1972
agrupó en la Universidad Autónoma de Barcelona en torno a
la Revista Papers a un grupo de sociólogos de inspiración
marxista. Otro sociólogo crítico de formación norteamericana
fue Salvador Giner, que, hasta bien entrados los ochenta produjo la mayor
parte de su obra en las universidades inglesas. En fin, también en
Barcelona, Alfonso C. Comín, uno de los fundadores de cristianos para
el socialismo y asiduo colaborador de Cuadernos para el Diálogo
nucleó un grupo de renovación del catolicismo social ligado
a la Editorial Laia (...).
El último de los
sociólogos en el exilio es Ignacio Sotelo, actualmente integrado en
Izquierda Socialista y catedrático de la Universidad Libre de Berlín
y autor de numerosos libros y artículos realizados desde la óptica
propia de un demócrata radical.
Los partidarios de una
práctica liberal de la sociología consideraron de la mayor
importancia no desdibujar el oficio de sociólogo, sino más
bien otorgarle unas funciones preciosas, mostrar su utilidad para resolver
problemas y para dar cuenta objetivamente de zonas de la vida social sumidas
en la sombra o atravesadas por juicios de valor que deformaban su verdadera
naturaleza. Pensaba que la sociología, en tanto que saber científico,
no podía abandonar unos criterios básicos de cientificidad
si pretendía ser una ciencia objetiva, es decir, una disciplina que,
a diferencia de las «ideologías», no podía estar
al albur de las coyunturas socio-políticas. Esta concepción
restrictiva de la sociología como profesión no significaba
que sus partidarios abdicasen de la defensa de las libertades, sino que
más bien creían que su opción en favor de la profesionalidad
formaba parte del proceso de democratización: la sociología
empírica, en la medida en que desvelaba la realidad desvelaba a la
vez a un Régimen autoritario que se esforzaba en ocultarla. En este
sentido la sociología profesional se aproxima más a la sociología
crítica que a la sociología académica o a la oficialista
(...).
Los profesionales creyeron
por tanto, que la profesión exigía unos códigos, una
forma específica de abordar los problemas y de resolverlos, una
deontología profesional que incluía entre otras cosas prestigiar
el oficio. Por eso su crítica no se circunscribió simplemente
a quienes confundían la sociología con la crítica
de las ideologías sino que se hizo extensiva a la sociología
académica. «Cuesta Dios y ayuda -se lamentaba Amando de Miguel-,
organizar conferencias, mesas redondas, cursillos, revistas, encuentros
y demás actividades no estrictamente académicas en el recinto
universitario, y en cambio esas actividades proliferan fuera de él»
(9).
La sociología
académica compartía con la profesional una concepción
restrictiva y no instrumental del saber sociológico. Sin embargo,
en el interior de una universidad funcionarizada e integrada en el aparato
de Estado, jerarquizada y controlada por diferentes instancias encargadas
de censurar, el saber dominante en el alma mater ya no era un saber
para la resolución de problemas sino un saber distante, acumulativo,
separado de la vida social, en suma, «la gran teoría».
Lo propio de la Academia era producir manuales, libros de texto, y recopilaciones
bibliográficas en las que los discursos sociológicos se sucedían
y se suponía al margen de todo contexto. Mientras los críticos
combatían el poder y los profesionales hacían informe en función
de problemas planteados por clientes o por propia curiosidad intelectual,
los académicos impartían desde sus cátedras con tono
magistral un saber distante y neutro que presentaban como un saber incuestionable.
Esa codificación de la verdad, encontró su mejor expresión
en el libro de texto, en el Manual, en esas Summas comentadas que
organizan a través de lecciones -o temas- la distribución
del curso escolar, el desarrollo de la explicación de la asignatura
y sobre todo la forma correcta de pensar, un modo específico de entender
la disciplina que los ceremoniales institucionales obligan a incorporar
bajo la forma de marcas durables, de habitus, de estructuras cognitivas
operativas que, desde las perspectivas de los críticos y los profesionales,
van a ser los principales obstáculos epistemológicos para
que surja en nuestro país una sociología innovadora. El efecto
devastador de esos libros de texto se manifiesta en la memorización
que de ellos hacen los alumnos para pasar los exámenes, es decir, para
obtener el reconocimiento académico que hace coincidir el saber sociológico
con el del manual. El ciclo se cierra cuando el trabajo académico
del investigador se circunscribe exactamente a la tarea de escribir un libro
con fuentes bibliográficas, por el que desfila el panteón
de los sociólogos ilustres (...).
La función de
la sociología universitaria a partir de finales de los sesenta ha
dejado e ser la de formar a una inteligentsia «de firme espíritu
cristiano y español» para formar técnicos en economía
y ciencia política en el seno de una sociedad industrial que camina
hacia una educación universitaria masificada. Los representantes
máximos de esta sociología son los catedráticos que
viven para la Academia y que, salvo excepciones, han gozado de un poder
desmedido y han hecho gala de un «academicismo insoportable».
Son ellos quienes han elegido a los elegidos y quienes, en función
de criterios casi siempre arbitrarios, han condenado sin pestañear
a aquellos que consideraron intrusos en sus reinos o, que a su juicio, podían
desestabilizar «la armonía» reinante en la comunidad académica,
comunidad organizada como una «familia» en la que padres e hijos
estaban obligados a convivir en la casa común. Los de la «casa»
eran elegidos por los catedráticos de entre sus alumnos aventajados
o sumisos, o eran cooptados en función de recomendaciones y transaciones
en las que a partir de intereses privados se ventilaban puestos públicos.
En todo caso el neófito era siempre un elegido lo que lo situaba
en una situación de dependencia y de permanente deuda hasta que no
alcanzase cotas de poder similares a las de su protector (...).
A la sociología
académica no fueron los profesores contratados, los PNNs, definidos
en negativo en relación a los numerarios. Como ya hemos señalado,
vivieron una situación de vasallaje: dependencia del catedrático
para la presentación de la tesis doctoral, para la renovación
y mejora de los contratos, en fin, para obtener éxito en las oposiciones.
Esa relación de subordinación se veía además
agravada por horarios recargados, aulas masificadas, así como por
la necesidad de reciclarse y adquirir una mayor formación en situación
de autodidaxia. A medida que este colectivo fue tomando conciencia de
su «proletarización» se radicalizó contra el
sistema, pero respetó en parte, salvo excepciones, el mandarinato.
Por lo general criticaron la estructura sin atacar de raíz el funcionamiento
cotidiano de la institución. El marxismo, que hacía de la
universidad una superestructura, permitía la crítica del
sistema sin distribuir las relaciones arcaicas de dominio. Un marxismo
de salón y un materialismo vulgar sirvieron de cobertura a la perpetuación
de una lógica institucional a la que se debía en parte que
la universidad española se pareciese más a un cotolengo que
a un espacio de producción y de transmisión de saberes.
El funcionalismo de Parsons
constituyó la ideología proclamada de los catedráticos
académicos. La concepción parsoniana del sujeto como un
ser vacío que a través de procesos socializadores interioriza
pautas de comportamiento y roles sociales confería una gran importancia
a las instancias de integración social (...).
La alianza de un elemental
funcionalismo parrsoniano y un no menos elemental marxismo contribuyeron
a que la naciente Facultad de Ciencias Políticas y Sociológicas
se enquistase en una estrecha banda monocroma entre las banalidades sobre
los roles y los status y la aventura dialéctica. Alfonso Ortí
ha expresado muy bien como el triunfo de la sociología académica
se hizo en detrimento de una sociología viva y crítica (10).
La sociología
oficialista es la sociología producida desde la Administración
del Estado, es decir, desde Ministerios, Direcciones Generales, Institutos
o centros de investigación integrados en los organigramas del gobierno.
El objeto del poder desde el punto de vista de control es un búsqueda
utópica de transparencia. En este contexto nace la ingeniería
social. El reformador inglés J. Bentham afirma que estas constantemente
bajo la mirada de un inspector implicaba la pérdida de la capacidad
para hacer el mal y casi la posibilidad de desearlo (...).
Siguiendo el modelo norteamericano
se creó en Londres en 1936 el Instituto Británico de la Opinión
Pública, adoptado en Francia dos años más tarde. En
España Manuel Fraga, desde su Ministerio de Información y
Turismo modernizó en 1963 el Instituto de la Opinión Pública
(IOP) (...).
De los resultados de
sus encuestas daba cuenta periódicamente la Revista Española
de Opinión Pública. A partir de entonces este centro
funcionó como una fuente de información y banco de datos.
Tras la muerte de Franco, en la época de la transición y
bajo un gobierno de la UCD pasó a denominarse Centro de Investigaciones
Sociológicas (CIS).
La sociología
burocrática nace, pues, en España con carácter eminentemente
empírico y centrada en las encuestas de opinión, construidas
a partir del modelo de los estudios de mercado destinados a averiguar
las costumbres, las preferencias y los juicios en materia de consumo de
potenciales clientes. La entrada de la sociología en instituciones
de información del Estado con el fin de obtener datos, clasificarlos,
almacenarlos e interpretarlos se produce en un momento en el que la información
se convierte en una instancia fundamental en manos del poder. Los mecanismos
de control de masas pasan así de un uso predominante de la policía
y de la violencia física a la violencia simbólica.' Los controles
duros son sustituidos en gran medida por las técnicas de persuasión-manipulación.
La incorporación
de las nuevas técnicas, el nacimiento de esta nueva ingeniería
de Estado son percibidos en la época como un proceso de flexibilización
de los códigos sociológicos. Ya no se trata de una sociología
autónoma e independiente que se autoprocura sus propios objetos
de estudio y sus propios criterios de validación, sino de una sociología
al servicio del poder político cuyo criterio de validez no es otro
que la eficacia política que se deriva de su instrumental ización.
A pesar del elementalismo de los sondeos de opinión esa ampliación
del radio de acción de la sociología aplicada con la incorporación
de nuevos y poderosos públicos, es presentada como un enriquecimiento
de los saberes sociológicos.
A partir de los años
setenta los sociólogos profesionales -muchos de ellos precedentes
del grupo de Serrano- hicieron valer su cualificación profesional
en oposiciones y concursos que les permitieron ir accediendo a las cátedras,
mientras que la vía de promoción de los sociólogos
académicos pasaba por un desplazamiento desde la universidad hacia
puestos burocráticos, es decir, el poder académico se convertía
virtualmente en el peldaño para el poder político. Catedráticos
como González Seara o Díez Nicolás ocuparon diferentes
responsabilidades políticas que a veces compatibilizaron con el ejercicio
de la docencia. Sin embargo son dos formas distintas de entender la profesión
y de ejercerla.
El hecho de que los sociólogos
académicos dejen la universidad para desempeñar cargos políticos
de libre designación ha tenido importantes efectos precisamente en
el momento de reinstitucionalización de la sociología (...).
A las familias académicas
se añaden, pues, ahora las camarillas de sociólogos burocráticos,
con la particularidad que estos están más cerca de las fuentes
de financiación que sus homólogos académicos. La cohabitación
de esas redes primarias y secundarias es una de las causas más
decisivas que han cortacircuitado la existencia de un trabajo serio y
riguroso en la sociología española.
Entre los polos extremos
del Estado y la sociedad, en donde se enraizaron respectivamente la sociología
oficialista y la crítica, los trabajos de los sociólogos
giraron especialmente en torno a la economía y la empresa, las élites,
el consumo de masas y las clases sociales. Predominaba un clima de optimismo
propiciado por el desarrollismo y las expectativas de cambio.
Uno de los fenómenos
importantes característico de la nueva cultura democrática
fue la recuperación de la memoria histórica a la que contribuyeron
los «encuentros de Pau», los trabajos de realizados en la
órbita de Tuñón de Lara, así como la publicación
de una serie de revistas de divulgación histórica entre las
que destacan Tiempo de Historia (1974) -publicada por los redactores
del semanario Triunfo-, Historia Internacional (1975), Historia
16 (1976), Estudios de Historia Social (1977), e Historia Libertaria
(1978). La editorial Cuadernos para el Diálogo venía
publicando, desde principios de los años setenta, ensayos sobre sociólogos
y pensadores españoles liberales y progresistas, krausistas y socialistas
-proyecto en el que participaron profesores ligados a la cátedra
de Ruiz Giménez- que, entre otras funciones, cumplieron la de recuperar
más allá del franquismo unas raíces democráticas
para la nueva etapa histórica que entonces se abría. Este
mismo grupo creó, como ya hemos señalado, en 1972 la Revista
Sistema en la que colaboraron asiduamente sociólogos e intelectuales
situados en la órbita del socialismo democrático. En el
mismo año nacía, escrita en catalán y en español,
y abierta a las distintas teorías sociológicas europeas y
norteamericanas, la mencionada Revista Papers, primera revista profesional
y crítica de sociología. Es sintomático este hecho puesto
que los catalanes no contaban con tanto arraigo institucional como los
madrileños. En Barcelona nació El viejo Topo (1976),
revista mensual que aglutinó a una gran parte de los intelectuales
críticos del país y que desempeñó una importante
labor de introducción de nuevas ideas, nuevos paradigmas y reflexiones
antinormativas que eran objeto de debate en los países de nuestro
entorno. En una perspectiva antiautoritaria, ecologista y antimilitarista
se editó también en Barcelona la revista de comunicación
libertarias Bicicleta (1977) muy crítica con el marxismo.
Estas revistas de kiosco, ágiles, de artículos breves e incisivos,
jugaron un papel de divulgación y de acercamiento a un amplio público
de problemas intelectuales que comenzaban en Europa a entrar en una fase
de declive.
Las revistas marxistas
dominaron no obstante por estos años el panorama intelectual. Entre
ellas Zona abierta (1974) y En teoría (1979) que
contaban con miembros comunes en los consejos de redacción que
se integraron en las filas del PSOE cuando este partido se presentaba
ya como la alternativa de poder a la UCD. Manuel Sacristán y su
equipo defendieron una síntesis entre el marxismo, el ecologismo
y el pacifismo en Mientras tanto (1979), revista nacida de la ruptura
del grupo Materiales. Otras publicaciones situadas en la órbita
del marxismo fueron El Cárabo (1976), Teoría y
práctica, Argumentos (1977) y Negaciones (1976) (...).
En una línea también
crítica de filosofía y sociología de las prácticas
científicas cabe mencionar los Cuadernos Teorema, publicación
animada por Manuel Garrido -en un principio desde Valencia y más
tarde desde Madrid-, y El Basilisco (1978) dirigida por Gustavo Bueno
desde Oviedo.
Así, pues, en
el lapso de tiempo que va desde la muerte de Franco hasta el golpe de
Estado fallido de 1981 se produjo en España una eclosión de
publicaciones que incidieron en la prensa diaria en la que destacó
especialmente el diario El País con sus tribunas y suplementos
culturales. Nacía, pues, al margen de la Academia y del Estado, en
el interior del mercado de la comunicación, un nuevo tipo de sociólogo
que podemos denominar el sociólogo mediático, interesado
en intervenir en la vida social al hilo de los acontecimientos que se estaban
produciendo.
El 3 de diciembre de
1976 el PSOE celebraba su primer Congreso en España desde los tiempos
de la Segunda República. Casi todos los partidos políticos
habían sido legalizados el 10 de junio de 1976, con excepción
de los comunistas que tuvieron que esperar hasta el 10 de abril de 1977,
es decir, apenas dos meses antes de que se celebrasen las primeras elecciones
democráticas que se saldaron con la victoria de la UCD. En octubre
de 1977 los Pactos de la Moncloa daban un amplio respiro al Gobierno Suárez
y se consolidaba la línea de la reforma pactada (...).
En junio salía
de la Facultad de Ciencias Políticas y sociológicas la primera
promoción de licenciados en sociología. En enero de 1978,
el CIS publicaba el primer número de la Revista Española
de Investigaciones Sociológicas (REIS) que contaba con un amplio
consejo de redacción compuesto casi exclusivamente por catedráticos.
Esta Revista se iba a convertir en el medio oficial de expresión
de los profesionales de la especialidad. Frente a esta sociología
«oficialista» predominaron
sin embargo, en estos años, como ya hemos señalado, los trabajos
críticos, es decir, una sociología que ponía en cuestión
la correspondencia entre el poder académico y el capital cultural
sociológico. La expresión de ese heterogéneo movimiento
fue la Federación de Asociaciones de Sociología del Estado
Español (FASEE), movimiento abierto y de carácter más
bien asambleario que surgió en 1979 por iniciativa de un grupo de
sociólogos críticos, algunos de ellos aún en el exilio
y que celebró el primer -y festivo- Congreso en Zaragoza en 1981,
en donde las cabezas visibles del poder académico brillaron por su
ausencia.
La transición
democrática puso de manifiesto una vez más de forma patente
la crisis de la Universidad. La UCD y sus sucesivos gobiernos llegaron
a redactar hasta cuatro proyectos de ley diferentes destinados a reformar
el mundo universitario, sin que ninguno de ellos llegase a fraguar. Eran
los tiempos en los que los representantes del PSOE, sirviéndose
en ocasiones de discursos demagógicos, agudizaban su política
de «acoso y derribo». Un decreto del 5 de agosto de 1979 abría
a las universidades la posibilidad de nombrar catedráticos a personalidades
relevantes de la ciencia y de la cultura que se habían visto obligadas
a abandonar el país o marginadas por las autoridades franquistas.
El objetivo del decreto era revitalizar una universidad agónica,
pero la respuesta a esta propuesta la dio el Consejo de Rectores que, en
junio de 1980, rechazó el nombramiento de cinco catedráticos
extraordinarios entre los que figuraban Manuel Castells y José Vidal
Beneyto. Luis González Seara, Ministro de Educación con
la UCD, afirmó entonces que en la universidad no había medios
ni un ambiente propicio para la educación científica seria
y que tampoco existía investigación.
Durante estos años
se publicaron una serie de libros importantes de sociología crítica,
se tradujeron producciones relevantes del extranjero, a la vez que se
produjo una gran eclosión cultural y artística; en fin, se
celebraron congresos que contribuyeron a agrupar a sociólogos dispersos
y solitarios en áreas específicas de trabajo (11). Se carecía, sin embargo, de condiciones institucionales
estables para la investigación. La crisis universitaria, agravada
por la pervivencia de un sistema cada vez más obsoleto, en el que se
mantenía la situación de servidumbre de los PNNs, hacían
de la universidad un espacio en el que no cabía una enseñanza
democrática.
En mayo de 1979 se inauguró
el XXVIII Congreso del PSOE en el que Felipe González presentó
la dimisión como Secretario General al salir derrotada su propuesta
de suprimir el marxismo en tanto que ideología definitoria del
partido. El 30 de septiembre de ese mismo año fue no obstante reelegido
en un Congreso extraordinario con el 85 % de los votos de los delegados.
Por su parte, el PCE vivía en su interior las escisiones de los
leninistas y los renovadores a la vez que desmantelaban las agrupaciones
profesionales como forma de organización interna, sustituyéndolas
por agrupaciones territoriales. Los ayuntamientos democráticos absorbían
a una gran parte del movimiento vecinal. Los anarquistas por su parte divididos
y enfrentados en diferentes tendencias, propiciadas por las infiltraciones
policiales, perdieron en gran medida la posibilidad de aglutinar un movimiento
social fuerte. La gran proliferación de grupos y escisiones de
grupos -republicanos, miembros del interior y del exilio-, así
como los protagonistas no facilitaron en los primeros años de la
transición que se vertebrasen en el seno de la sociedad civil intereses
estables de grupos y clases. Esto explica en parte que los ciudadanos hayan
sido más espectadores que resistentes ante el fallido golpe de
Estado del 23 de febrero de 1981, y que, conscientes de una desintegración
del poder político, hayan prestado un apoyo mayoritario al programa
de cambio del partido Socialista que obtuvo en octubre de 1982 el 47,26
% de los votos. El Referéndum sobre la OTAN, en el que una parte
importante de las cabezas visibles de la sociología se decantó
a favor de la integración, terminó de dividir a los partidarios
de la ruptura democrática.
Desde el nacimiento de
la sociología en el siglo XIX existe una extraña imbricación
entre sociología y socialismo. El acceso del Partido Socialista
al poder del Estado con más de diez millones de electores parecía
crear las condiciones favorables para un cambio cualitativo de la vida
pública y consecuentemente de la reflexión sociológica.
Pero como veremos a continuación esas expectativas no se han cumplido.
Durante los años
sesenta y principios de los setenta la constelación dominante fue
la sociología profesional; durante la transición el
predominio pasó a la sociología crítica; pero
ambas se vieron desbancadas por la sociología oficialista
y la sociología académica a partir del acceso de los
socialistas al gobierno (...).
Los años ochenta
estuvieron marcados por el reaganismo, el capitalismo especulativo, el
auge del llamado pensamiento débil y, en fin, el derrumbamiento
de los regímenes autoritarios de los países del < socialismo
real». La España socialista no fue ajena a la tendencia a
la dualización de las sociedades postindustriales, sometidas a las
tensiones generadas por sectores hipercompetitivos, multinacionales, yuppies
y tiburones de las finanzas de un lado, y bolsas de pobreza, economía
sumergida, trabajo precario, marginación y desarraigo del otro (...).
Los socialistas adoptaron
una política neoliberal que promocionó el «sálvese
el que pueda» en un país poco articulado socialmente. Correlativamente
llevaron a cabo una patrimonialización del Estado de tal magnitud
que los medios culturales estatales, los fondos de financiación
de las investigaciones, institutos de investigación y centros políticos
de decisión se vieron copados por militantes o adictos al PSOE.
Entre los cargos públicos socialistas figuraron conocidos sociólogos
algunos de ellos adscritos con anterioridad a la sociología crítica
y otros muchos representantes del más rabioso marxismo ortodoxo
en su época de PNNs.
La conversión
de los socialistas al credo liberal potenció el libre juego del
mercado. Los sondeos electorales adquirieron así nuevo protagonismo,
al igual que los estudios de opinión. Una prueba de la eficacia
de estos estudios la dieron los propios socialistas en 1982 al anticipar
con un ligero margen de error el resultado de las elecciones. El tipo de
pregunta planteada en el Referéndum sobre la «Alianza Atlántica»
también fue objeto de un estudio del CIS que sugirió la
formulación más favorable para los designios del gobierno
(12). Nacieron así consultoras, es decir,
empresas independientes, en ocasiones dirigidas por conocidos catedráticos
de sociología, que prestaron sus servicios muchas veces a instituciones
estatales o paraestatales (por ejemplo a TV), y que trabajaron también
para demandas empresariales específicas. La diferencia entre estas
consultoras y los viejos equipos formados por sociólogos profesionales
es notable: ahora se trata de responder exclusivamente a demandas específicas
en función de intereses puramente mercantiles, mientras que los viejos
profesionales, por lo general, nunca perdieron de vista la perspectiva social
y aceptaban trabajos remunerados guiados predominantemente por intereses intelectuales,
por problemas sociológicos, en suma, su actividad no se agotaba en
la práctica comercial. El origen de ambos modelos es el Bureau
of' Applied Social Research fundado por Lazarsfeld en 1944 (...).
Las innovaciones que
se produjeron en el terreno de la sociología durante los años
de la transición y del gobierno socialista se podrían expresar
ampliando el esquema anteriormente propuesto.
| sociología como medio (concepción extensiva) |
sociología
como fin (concepción restrictiva) |
|
| Mercado |
sociología mediática |
sociología empresarial |
El resurgimiento de estas
dos nuevas constelaciones se hace en parte en detrimento de la sociología
crítica -que se ve mermada por el paso de algunos de sus miembros
a la sociología oficialista y a la sociología mediática-,
aunque también se produce algún desplazamiento de los críticos
al campo gravitacional académico- y de la sociología profesional
que tiende a escindirse en sociología académica y sociología
empresarial -aunque también algunos de sus representantes se incorporan
a la sociología oficialista-. Esta diversificación de las
zonas de influencia de la sociología y de sus públicos ha
permitido una mayor diseminación de la misma en el tejido social,
una mayor movilidad de los sociólogos y también ha generado
cambios en las constelaciones sociológicas ligadas al Estado, es
decir, en la sociología académica y oficialista. Veamos de forma
muy rápida algunos de estos cambios.
Por una parte, la sociología
oficialista se vio potenciada en dos direcciones: el reclutamiento
de altos cargos y el reclutamiento de jóvenes sociólogos
que se incorporaron a equipos multiprofesionales. El Partido Socialista
no sólo monopolizó los puestos y la información proporcionados
por el CIS -un organismo público financiado con fondos públicos-
sino que potenció revistas, servicios de publicaciones en los Ministerios
y creó fondos de investigación sociológica de los
que se beneficiaron predominantemente sociólogos adictos al partido
del gobierno (... j.
Entre los numerosos centros
estatales que han financiado investigaciones sociológicas se pueden
citar el Instituto de la Juventud, Instituto de la Mujer, CIDE, Ministerio
de Asuntos Sociales, Ministerio de Agricultura, Ministerio de Trabajo y
Seguridad Social, Ministerio de Sanidad, Instituto de Estudios Económicos,
Centro de Estudios Constitucionales, Consejo Superior de Deportes, Instituto
Nacional de Higiene y Seguridad Social en el Trabajo, Instituto de Estudios
Turísticos, sin mencionar organismos dependientes de Gobiernos Autónomos
e Investigaciones financiadas por RENFE, Iberia, el Metro, y otras empresas
estatales y paraestatales.
El PSOE cuenta con revistas
en las que publican los sociólogos dirigidas por personas de confianza
del partido y subvencionadas en muchos casos con dinero público:
Sistema, Zona Abierta, En teoría, Leviatán, Letra Internacional,
El socialismo del futuro..., pero el ejercicio del poder permite controlar
otras muchas: REIS, De la juventud, Revista de Educación, Alfoz,
Debats, Agricultura y Sociedad, Revista de Estudios Políticos, Arbor,
Revista Internacional de Sociología, Revista del Instituto de Estudios
Económicos, Telos, Estudios Turísticos, Papeles de Economía
y otras muchas en donde colaboran asidua y predominantemente los sociólogos
oficialistas. Si a todo ello añadimos el poder discrecional de distribuir
los fondos de investigación se explica que esta constelación
sociológica, nacida hace cien años a partir de la Comisión
de Reformas Sociales y del Instituto de Reformas Sociales, haya alcanzado
ahora su época de apogeo a la sombra de la apología del mercado,
el desafío de las nuevas tecnologías y los retos del siglo
XXI.
La constelación
burocrática posee por tanto, un poder gravitacional de tal magnitud
que amenaza con desestabilizar las órbitas elípticas del
resto de las constelaciones convirtiéndose en un insaciable agujero
negro (...).
Una de las innovaciones
que se produjeron en el panorama laboral de los sociólogos en estos
años fue la incorporación de jóvenes licenciados a
equipos multiprofesionales que trabajan en los ayuntamientos, en las comunidades
autónomas y en instituciones del Estado central desempeñando
funciones al servicio predominantemente de las políticas sociales.
Encontramos así a sociólogos trabajando en cárceles,
en programas de integración de marginados, como educadores de calle,
en equipos de integración escolar de los niños y jóvenes
«con problemas», en equipos de salud etc. (...).
En lo que se refiere
al ámbito académico éste se ha visto potenciado en
los últimos años con la creación de nuevas Secciones
de sociología en la Universidad Autónoma de Barcelona (1986),
la UNED (1987), Granada (1988), Bilbao (1988); se prevé además
la próxima apertura de nuevas Facultades en La Coruña, Valladolid
y Pamplona. Esta expansión territorial, y el consiguiente desarrollo
de la denominada sociología periférica, podría en
los próximos años servir de contrapunto a la sociología
oficialista aunque para ello habrá de superar la rémora
que representa la LRU, así como los clientelismos y caciquismos
locales.
La estructura universitaria
es un factor básico que incide en la naturaleza de las producciones
sociológicas. La LRU, elaborada por el equipo del catedrático
de sociología José María Maravall, se publicó
en el BOE el 25 de agosto de 1983 -en verano, siguiendo la tradición-.
Al siguiente año se convocaron las controvertidas pruebas de idoneidad
que convirtieron en funcionarios a más de 4.000 profesores contratados.
Fue cuando las universidades elaboraron los nuevos estatutos y se crearon
los nuevos departamentos y se definieron con escasa precisión las
áreas de conocimiento. Como la universidad funcionaba hasta entonces
por Facultades y la LRU otorgaba el peso de la docencia a los departamentos
se produjeron en las grandes universidades fricciones y luchas por el monopolio
de las áreas. Surgieron así multitud de conflictos avivados
por la vieja tradición casuística arraigada en los cuerpos
profesorales españoles. El año siguiente estuvo marcado por
la elaboración de los nuevos planes de estudios encomendados por el
Consejo de Universidades -presidido por el también sociólogo
Lamo de Espinosa- a un grupo de expertos. Las propuestas no podían
ser ajenas a los intereses académicos de quienes las elaboraron,
intereses que se multiplicaron cuando fueron sometidas a revisión
por parte de las Facultades. Aún queda pendiente la gran batalla por
las asignaturas troncales, obligatorias y optativas.
En la actualidad predomina
en la universidad una sensación de provisionalidad y de agotamiento
y se produce constantemente la superposición de caciquismos al
viejo modo y del intervencionismo ministerial a través del Consejo
de Universidades. Transcurridos siete años tras la aprobación
de la LRU el resultado es caótico con la peculiaridad de que pervive
la masificación, la explotación de los PNNs ha sido transferida
a los «falsos» asociados y continúa brillando por su
ausencia la investigación. «La LRU, afirmaba un viejo colaborador
de Maravall es lo peor que le ha sucedido a la universidad española
después de la Guerra Civil». En la misma línea se manifestaba
Jesús Ibáñez para quien esta Ley « en vez de
cambiar la universidad se ha limitado a revolverla. Se ha dicho que la
universidad no se organiza en conjuntos maestro/discípulos sino en
conjuntos padrino/pandilla. Al olor del cebo la apacible charca de ranas
se ha convertido en un estanque de pirañas. Los catedráticos
compiten por departamentos, los titulares compiten por cátedras,
los no numerarios compiten por un puesto fijo. El error de Maravall ha sido
intentar hacer una universidad autónoma antes de hacerla democrática,
antes de eliminar a los padrinos y disolver a las pandillas» (13).
El laberinto universitario,
y las escasas expectativas de cambio, propiciaron el auge de las fundaciones,
lugar de refugio, financiación e incremento del prestigio profesional
de catedráticos ambiciosos (...).
Frente a las ritualizadas instituciones universitarias las fundaciones presentan la ventaja de ser ágiles a la vez que funcionan con absoluta opacidad ya que los funcionarios que las gobiernan no tienen ninguna obligación de justificar sus decisiones. Y del mismo modo que en USA existe un fuerte intercambio entre las fundaciones y el gobierno federal, en nuestro país se da también un extraño maridaje entre la cúpula socialista y estas recientes cúpulas de la «alta cultura». El propio PSOE cuenta con fundaciones propias como la Fundación Sistema, la Fundación Pablo Iglesias, la Fundación Europa, en la que están integrados sociólogos que son en realidad consejeros de príncipes. Otras fundaciones e institutos son estatales pero también gobernadas por socialistas: la Institución Valencia de Estudies e Investigació, dirigida por el sociólogo Josep Picó y editora de la Revista Debats, Fundesco, fundación de estudios de la comunicación, que edita la Revista Telos, el Instituto Universitario de Sociología de Nuevas Tecnologías dirigido por Manuel Castells, actualmente en la órbita del partido gobernante, integrado en la Universidad Autónoma de Madrid, el Instituto Balmes, dirigido por Salvador Giner, otro sociólogo crítico actualmente cooptado por el PSOE. Entre las fundaciones más o menos privadas, en donde una vez más encontramos a sociólogos próximos al gobierno socialista, cabe citar la Fundación Friedrich Ebert, la Fundación Fondo para la Investigación Económica y Social (FIES) dependiente de la Confederación española de las Cajas de Ahorros, la Fundación Ortega que organiza cursos de postgrado, seminarios y edita la Revista de Occidente, así como la Fundación Juan March en donde Pérez Díaz dirige el Centro de Estudios Avanzados en Ciencias Sociales que concede becas para realizar cursos postgrado (14). Si a todas esta Instituciones, que mueven importantes recursos, añadimos la Universidad Internacional Menéndez Pelayo cuyo rector es el exministro E. Lluch, las universidades de nueva creación -como la Carlos III de Madrid cuyo rector es Gregorio Peces-Barba-, espacios culturales de TV -como por ejemplo, el dirigido por E. Sotillos, exportavoz del gobierno-, así como las cadenas de radio estatales en donde se mueven como por su casa algunos sociólogos adictos al poder, se podría afirmar que los límites entre la nueva sociología académica y la sociología oficialista o burocrática se hacen cada vez más borrosos (15).
(*)Fragmento
de una comunicación para el XII Congreso Mundial de Sociología,
Madrid, 1990, AIS/ISA.
(1) Javier
CONDE, en un artículo publicado en la Revista de Estudios Políticos
(1951), titulado «Sociología de la sociología»,
establecía tres condiciones necesarias para el desarrollo de esta
ciencia: 1) la constitución de la sociedad enfrentada dialécticamente
con el Estado; 2) la experiencia de la revolución burguesa; 3) la
aceptación de la mentalidad de la ciencia positiva. Cf. Amando
DE MIGUEL: Sociología o subversión, Plaza & Janés,
Barcelona.
(2) Alfonso
ORTI relaciona a quienes se formaron en América con las nuevas clases
medias, y a los que lo hicieron en Alemania con las viejas clases medias
resentidas. Posiblemente esta división tan tajante resulte un tanto
mecánica.
(3) Proporcionan
el cuadro de profesores, tanto de CEISA como de la Escuela Crítica,
A. DE MIGUEL: Sociología o subversión, op. c., y Elías
DIAZ: Sociología y Filosofía del Derecho, Taurus,
1971, aunque no coinciden totalmente los nombres.
(4) Cf.
C. MOYA: Sociólogos y sociología, Siglo XXI. Madrid,
1970, p. 143. Esta tesis había sido defendida por el propio Moya
siete años antes en un valiente artículo titulado «Sociología
y libertad». Revista de Estudios Políticos, 128,
marzo-abril 1963, pp. 163-171, en donde escribía: « La abstención
de juicios de valor en la investigación sociológica, la falta
de un enfrentamiento crítico con la realidad social, han conducido
a una nueva forma de ideología, típica de las clases medias
dominantes». En ese mismo número, Mª Angeles DURAN reseñaba
La imaginación sociológica, libro de cabecera, junto
con La élite del poder de los críticos.
(5) Cf.
Inforrne FOESSA, 1975, que retoma textualmente resoluciones de la
1 Asamblea Nacional de Profesores No Numerarios de Universidad celebrada
en Granada entre el 11 y el 13 de mayo de 1972. entre los objetivos de los
PNNs estaba «el pensamiento crítico, independiente y creador»«
así como «esforzarse por hacer comprensibles las perspectivas
de libertad, desarrollo y progreso del propio país y de la humanidad».
Véase 1. ALBIOL, L. M. CAMPS y otros: Los PNN y el contrato
laboral, Fernando Torres, Valencia, 1076.
(6) En
el catálogo de la Editorial Siglo XXI de 1987, el libro de Marta
HARNECKER: Los conceptos elementales del rnaterialisnto histórico,
había alcanzado ya 52 ediciones.
(7) La
obra de los frankfurtianos comenzó a ser publicada en la Editorial
Taurus por el P. Jesús AGUIRRE, actual Duque de Alba, a mediados
de los años sesenta. La disputa Popper-Adorno fue publicada por
la Editorial Grijalbo en 1972.
(8) Manuel
LIZCANO fue ayudante de la cátedra de Arboleya y uno de los primeros
sociólogos de formación francesa. Se propuso en este Instituto
elaborar una sociología original e inspirada en la tradición
humanista, libertaria y comunitaria de los pueblos ibéricos y latinoamericanos.
(9) Cf.
Amando DE MIGUEL: Diagnóstico de la Universidad, Guadarrama,
Madrid, 1973, p. 16.
(10)
Según Ortí, la represión gubernativa a principios
de los setenta permitió «una cierta expansión burocrática
y controlada desde arriba de las enseñanzas superiores de Sociología»
en detrimento de «una enseñanza de la Sociología auto-organizada
desde la base, y relativamente libre y crítica». A.
Gouldner ha analizado en su libro sobre la crisis de la Sociología
las condiciones que hicieron posible en USA la alianza entre el funcionalismo
y el marxismo académico.
(11)
He aquí títulos: C. LERENA: Escuela, ideología
y clases sociales en España, 1976; M.a Angeles DURAN: Dominación,
sexo y cambio social, 1977; J. F. MARSAL: La crisis de la Sociología
norteamericana, 1977; C. MOYA: De la ciudad y su razón,
1977; A. MONCADA, Educación y empleo, 1977; J. E. RODRIGUEZ
IBAÑEZ: Teoría crítica y Sociología,
1978; S. GINER, y M. PEREZ YRUELA: La sociedad corporativa, 1979;
J. M. NAREDO, M. GAVIRIA, y L. SERRA: Extremadura saqueada, 1979;
J. IBAÑEZ: Más allá de la Sociología,
1979; A. MONCADA: La adolescencia forzosa, 1979; J. DE MIGUEL: El
mito de la Inmaculada Concepción, 1979, etcétera. Los
congresos se iniciaron en abril de 1981 con el Simposio Internacional de
Sociología de la Educación, organizados por el ICE de la
Universidad Autónoma de Madrid, que reunió a más de
treinta ponentes españoles, ingleses, franceses e italianos. Cinco
meses más tarde se celebraba en Zaragoza el I Congreso de Sociología
bajo el lema «Nuestra Sociología hoy».
(12)
Julián SANTAMARIA, entonces director del CIS, fue premiado por
el gobierno, por los servicios prestados en este referéndum, con
la Embajada de Washington.
(13)
Sobre el profesorado y la Universidad, cf. A. ALMARCHA: Autoridad y
privilegio en la Universidad española: estudio sociológico
del profesorado universitario, CIS, Madrid, 1982, así como
S. VILAR: La Universidad entre el fraude y la irracionalidad, Plaza
& Janés, Barcelona, 1987, autor también de La década
sorprendente, (Planeta, Barcelona, 1986), en donde proporciona muchos
datos sobre la transición, y entre ellos algunos de carácter
sensacionalista.
(14)
También el CIS concede becas para jóvenes sociólogos.
Una muestra de la transparencia que allí reina es la última
convocatoria de becas que se hizo pública el 21 de diciembre y se
daba un plazo de quince días para la presentación de instancias.
(15)
Max WEBER, en El político y el científico, se refiere
explícitamente al sistema de turnos de la Restauración -Cánovas
y Sagasta- que iba acompañado del reparto de cargos para los seguidores
de cada partido, así como a las «revoluciones» de las
antiguas colonias españolas en las que de lo que se trataba en realidad
era de «los pesebres estatales». A los inoperantes funcionarios
del franquismo se añaden ahora los incompetentes seguidores del partido
gobernante en detrimento de un funcionariado especializado.