LA SOCIOLOGIA ESPAÑOLA
DESDE 1939
II. LOS PIONEROS: SOCIOLOGOS SIN SOCIEDAD;
III. LA INSTITUCIONALIZACION
DE LA SOCIOLOGIA ESPAÑOLA
NOTAS
I.
LA SOCIOLOGIA ANTES DE LA GUERRA CIVIL
Es sin duda casual,
pero puede considerarse significativo, que el mismo año de 1898 en
que, junto con la pérdida de los últimos restos del carcomido
Imperio español -y el comienzo del Imperio americano- se inaugura
el regeneracionismo y comienza la preocupación por la modernización
de España, Manuel Sales y Ferré (1843-1910) obtiene plaza
como primer catedrático de Sociología de la Universidad española
justamente en la Universidad Complutense, entonces Central. Pues, efectivamente
-y como señaló Gómez Arboleya en su trabajo ya clásico-,
«los avatares de la sociología en España son los de la
sociedad moderna» (1), y estos avatares han venido
marcados por una dicotomía, no exenta de maniqueísmo, y en
todo caso nociva para el desarrollo de una sociología científica.
De un lado, para las corrientes más marcadas progresistas o incluso
socialistas, la sociología era identificada ron la «cuestión
social» (2), lo que no dejó de grangearle el
recelo del pensamiento conservador. Por otra parte, la preocupación
liberalconservadora por el «ser» de España, planteada
en un marco intelectual metafísico, obliteró el camino hacia
marcos conceptuales más empíricos; de un lado o de otro, los
problemas derivados de la articulación de España como una sociedad
moderna impidieron el acceso a su conocimiento y la cuestión de «lo
social» quedó pospuesta ante las urgencias de la cuestión
social o del problema social.
En todo caso es de destacar
esa temprana fecha, anterior a la creación de Cátedras de
Sociología en casi toda Europa (3). Pero la pronta
-y en cierto modo insólita- institucionalización no maduraría
sino mucho más tarde y la sociología de antes de la Guerra
Civil será, cuando menos exigua. «Desde 1910 -escribían
Becker y Barnes- se han escrito muy pocas cosas de importancia fundamental
en la sociología española» (4) y poco
podría decirse con anterioridad a dicha fecha. No es, pues, sorprendente
que el juicio de los expertos (el mismo Gómez de Arboleya o A. de
Miguel) sea casi siempre negativo (5).
Un juicio que, sin embargo,
debe matizarse, pues si analizamos la primera sociología española
en su contexto histórico e intelectual la situación dista
de ser tan negativa. Efectivamente, aparte de los teóricos de la
sociología -que citaré después- habrá que reconocer
que hubo en España una interesante floración de sociólogos
del Derecho (con Joaquín Costa a la Cabeza) y sobre todo criminólogos
(Salillas, Bernaldo de Quirós, Dorado Montero, Gimeno Azcárate)
y penólogos (Concepción Arenal), un estupendo inicio de sociología
sexual (Quintiliano Saldaña), una interesantísima tradición
de antropólogos, etnógrafos y folkloristas (T. de Aranzadi,
Luis de Hoyos, Antonio Machado y Alvarez, Miguel de Barandiarán),
una magnífica escuela de sociología rural (Díez del
Moral, de nuevo Bernaldo de Quirós y Costa, Fernando de los Ríos,
más tarde Severino Aznar), aparte las tareas bien conocidas del Instituto
de Reformas Sociales en sociología del trabajo y de Severino Aznar
-sucesor de Sales en la Cátedra de Sociología- en la aplicación
de técnicas de investigación. Todo ello dista de ser poco
si bien, lamentablemente, es muy poco o nada conocido incluso por los sociólogos
actuales (6).
Por lo que hace al desarrollo
teórico destacaré sólo tres nombres y tres obras.
El primero, Gumersindo de Azcárate (1840-1917), introductor en España
del evolucionismo de Spencer, fundador del Instituto Internacional de Sociología,
y cuyo discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas
sobre El concepto de la Sociología (1891) (7),
puede considerarse como el primer manifiesto de la sociología española.
El segundo, Manuel Sales y Ferre (1843-1910), que edita el primer libro
de texto, el Tratado de Sociología. Evolución Social y Política
(8), y el primer tratado de Sociología General
(9), y que se corresponde con un período de euforia
optimista el evolucionismo. El tercero, Adolfo G. Posada (1860-1944), buen
conocedor y traductor, no sólo de sociólogos europeos (Spencer,
Comte, Durkheim, Fouillee, Tarde, Scháffle), sino también norteamericanos
(Giddings, Small, Ward), y cuya obra Principios de Sociología,
muestra la fase de madurez de la primera sociología krausista española.
Una sociología claramente teórica firmemente asentada en el
organicismo, pero que sienta las bases del positivismo español y
contribuyente a crear un clima claramente favorable a la ciencia experimental.
La crisis del liberalismo
español, generada por la Primera Guerra Mundial y la crisis de 1917
pone fin drásticamente a estos balbuceos de la sociología
española. Es cierto que, como se ha señalado, ninguna de estas
obras hizo avanzar la sociología mundial, pero gracias a ellas, nació
y floreció (10). En todo caso, y a falta de una
investigación más exhaustiva, creo sigue siendo cierta la
afirmación de Francisco Laporta de que «la ecuación
que [Gómez Arboleya] aducía [falta de burguesía = falta
de sociología] ha sido simplemente repetida, pero no analizada»
(11).
La segunda fase de la
sociología española tiene por actores a la generación
de 1914-18 y singularmente a José Ortega y Gasset (1883-1955) alrededor
de quien se constituye la llamada Escuela de Madrid (con nombres
como Paulino Garagorri Siches y Gómez Arboleya). Se inspira, no en
el positivismo francés o inglés, sino en la metafísica
alemana (neokantismo y fenomenología) en la que se habían
formado, y le preocupa, no la ciencia (experimental o social) sino el ser
y, más aún, la política de España. Se trata,
pues, de un pensamiento o ensayismo social (en cierto modo, una filosofía
social), enraizada en la cultura y problemática española de
la época, y quizá por ello rica, sugerente e imaginativa. Una
obra, por lo demás, que continuaría el propio Ortega y sus
discípulos tras la Guerra Civil.
Desde luego, resulta
difícil negar que con Ortega y Gasset el pensamiento social español
alcanza niveles de calidad y vigor argumental y formal equiparables, si
no superiores, al pensamiento europeo de la época. Obras como El
tema de nuestro tiempo (1923) y En torno a Galileo (1933), en
las que elabora una teoría de las generaciones próximas a la
de Mannheim, La rebelión de las masas -publicada como artículos
en el diario de su propiedad El Sol en 1926-, ya tras la Guerra,
Ideas y creencias (1940) o El hombre y la gente (1957), traducidas
a numerosos idiomas, no sólo contienen una notable riqueza de análisis
originales, sino incluso un aparato conceptual propio especialmente la última,
desarrollando una teoría del uso social próxima a Durkheim
de gran poder analítico, y que todavía puede ser utilizada
con validez en teoría sociológica.
II. LOS PIONEROS: SOCIOLOGOS SIN SOCIEDAD;
Toda la tradición
del pensamiento y la investigación social de la Restauración
y la República, incluida la escuela de Ortega y Gasset se eclipsó
a raíz de la Guerra Civil para renacer sólo a partir de los
años cincuenta. Las Universidades fueron depuradas y tanto Ortega
como sus principales discípulos tuvieron que emigrar, si bien realizaron
una importante labor en los países de acogida. Son los «sociólogos
sin sociedad» -como los denominó Gómez Arboleya- cuya
influencia sobre la teoría social española será mínima
hasta bien entrados los años sesenta. Pero la labor de Medina Echevarría
en México y Puerto Rico, la de Recasens Siches en La Casa de
España (más tarde El Colegio de México)
y la Universidad Nacional Autónoma de México, o la de Francisco
Ayala en Argentina, sirvió para sentar las bases de sociologías
propias en dichos países. Cuando en los años setenta comience
la liberalización del franquismo, sus obras serán recuperadas
y ejercerán, entonces sí, una notable influencia. A destacar
dos textos de Ayala, el Tratado de Sociología (12) y sobre todo su Introducción a las Ciencias
Sociales (13), de la que se hicieron numerosas ediciones.
Pronto empezará,
sin embargo, otra emigración científica, esta vez de jóvenes
nacidos antes o durante la Guerra Civil, y educados después, que
no encuentran en España ni el ambiente ni la posibilidad de continuar
sus investigaciones. Ignacio Sotelo en Berlín, Esteban Pinilla
de las Heras en París o Salvador Giner en Gran Bretaña, continuarán
la tradición de emigración en los años sesenta y setenta.
Mientras tanto sólo
Enrique Gómez Arboleya (1910-1959) mantenía en España
el interés por la sociología y ello en un ambiente claramente
hostil en el que se miraba con recelo una ciencia social empírica
que parecía minar el normativismo clásico iusnaturalista.
De la posición oficial y ortodoxa sobre la sociología da una
idea la siguiente cita de Larraz.
«La incapacidad de la sociología empírica para fundar una preceptiva social es manifiesta. La necesidad de una filosofía social, de un Derecho natural, ha quedado patentizada después de siglo y pico de sociología. Contra la opinión de Max Weber el derecho natural clásico se mantiene enhiesto» (14).
Además, el papel
de la investigación empírica era muy distinto aquí
y fuera, adquiriendo en España tintes críticos de los que
carecía en otros contextos. Como señaló acertadamente
José Vida¡ Beneyto:
«La sociología ha surgido en España como un movimiento espontáneo, de abajo arriba y en contra de una resistencia casi general a su efectiva incorporación a la vida intelectual del país. Esta resistencia parece apoyarse en la desconfianza, casi miedo, respecto a la capacidad descubridora, o simplemente clasificadora, de la sociología. En un medio habitualmente opaco la simple función analítico-descriptiva de las ciencias sociales se percibe como proclamación de lo reprimido o de lo silenciado, casi como voluntad de denuncia... Mientras en todas partes el resultado de la actividad sociológica es casi siempre una confirmación del statu quo, en nuestro país, por el contrario, sociólogos y sociología parecen tener un aire de peligrosidad progresista» (15).
En ese ambiente de recelo,
cuando no de clara desconfianza, sorprende positivamente la liberal acogida
a la sociología que prestó el Instituto de Estudios Políticos
bajo la dirección e impulso de Javier Conde (16).
En su Seminario de Sociología (dos años de sociología
y uno de especialización) se reuniría la plana mayor de los
intelectuales de la época que darían más tarde impulso
indirecto a la sociología (así, J. Díez del Corral,
Gómez Arboleya, Jiménez de Parga, M. Terán, J. Bujeda,
Caro Baroja, C. Ollero, J. A. Maravall, y E. Tierno Galván) (17).
Pero con Gómez
Arboleya comienza la re-fundación de la sociología española
y a él pueden remontarse las dos escuelas de teoría social
que competiría en los años sesenta y setenta: el funcionalismo
(y el empirismo a él vinculado), de una parte, y la teoría
crítica, marxista o en todo caso europea, de otra, corrientes que
trataba de sintetizar en un esfuerzo titánico y doloroso. Aún
cuando Gómez Arboleya, desde su cátedra de Granada primero
y de Madrid después ejerció una impresionante labor de formación,
sin duda más relevante que sus publicaciones, estas son de gran
calidad y finura. El único volumen que llegó a publicar de
su magno tratado de teoría sociológica, Historia de la
estructura y el pensamiento social: hasta finales del siglo XVIII (18), es aún uno de los escritos más vigorosos,
originales y eruditos de la sociología española y sin duda
puede compararse con las mejores investigaciones de historia de la teoría
social.
La división de
la sociología mundial en los años de la guerra fría
y a dificultad de la síntesis intentada por Gómez Arboleya
se manifiesta en los avatares de dos de sus discípulos, ambos formados
en los Estados Unidos. Uno de ellos, Salustiano del Campo, discípulo
de Fraga y formado en el Instituto de Estudios Políticos,
importaría de los Estados Unidos la teoría social funcionalista
como cobertura teórica para una ciencia social orientada a la investigación
empírica (19), vinculándose así
con la sociología conservadora católica española (la
de Severino Aznar). Otro de los discípulos de Gómez Arboleya,
Salvador Giner, se orientaría hacia la teoría social crítica
desarrollando una extensa labor editorial enraizada en el pensamiento social
europeo con efectos relevantes en la sociología española e
internacional (20).
La sociología
española de los años setenta, al igual que la mundial, aparece
así bifurcada en estas dos grandes orientaciones teóricas,
de las que los dos citados anteriormente son sólo un ejemplo. Así,
y en la vertiente empírica-liberal, habría que incluir nombres
como los de Juan Linz -discípulo de Javier Conde-, sin duda el
sociólogo contemporáneo español que ha ejercido más
influencia desde su cátedra de Yale, o Francisco Murillo, heredero
en Granada de la tradición de Gómez Arboleya y cabeza de
una importante escuela de sociólogos y politólogos. Mientras
que en la línea de pensamiento crítico (próxima siempre
al marxismo) deben citarse los de Luis González Seara o Carlos Moya
en la Universidad Complutense o Juan Marsal en la de Barcelona. Todos ellos
han ejercido una notable influencia no sólo desde sus cátedras
respectivas. Así, de Juan Linz derivan los sociólogos bien
conocidos ya como A. de Miguel, José Castillo, J. Cazorla, y J. J.
Toharia. De la cátedra de Murillo emergerá la llamada Escuela
de Granada en la que debe citarse a José Jiménez Blanco, Juan
Díez Nicolás o Miguel Beltrán y a Carlos Moya pueden
vincularse los nombres de Víctor Pérez Díaz, José
María Maravall, Jesús Ibáñez o Emilio Lamo de
Espinosa. Por supuesto, en algunos casos estas vinculaciones son personales
más que científicas, pero dan una idea de la estructuración
comunitaria y de las sensibilidades de la sociología española
de la época.
Debe destacarse no obstante
que la común oposición de unos y otros hacia la dictadura
franquista, y la inquina de ésta hacia la sociología en general,
generó un ambiente de colaboración personal no exento de oposición
teórica entre ambas escuelas.
No obstante, la mayor
parte de la sociología de los años cincuenta y sesenta tenía
una orientación más teoricista que investigadora y, cuando
se orientaba en este segundo sentido, lo hacía con un carácter
práctico y de muy cortas miras. De ahí, la relevancia de
los Informes FOESSA, que deben destacarse como la prueba de madurez
de la sociología española. Efectivamente si en el primer Informe sociológico sobre la situación
social en España de 1966 Amando de Miguel demostró su alta
profesionalidad, ya en el segundo (1970) y bajo su dirección, son
una pléyade de investigadores los que colaboran, consiguiendo realizar
una excelente investigación, quizá mejor incluso que el tercer
Informe (1975) en el que cada parte se encargó a un investigador y
resulta menos coordinado y por ello más dispar. Conjuntamente (21) constituyen aún el mejor análisis realizado
sobre la realidad española y sólo cabe lamentar que no hayan
tenido continuidad. Como señalaba recientemente Juan Linz,
«pocos países han tenido estudios sobre la sociedad en sus más diversos aspectos comparables a los iniciados por la Fundación FOESSA, que pueden servir de modelo para la sociología en muchos países en algún momento de su incorporación a la tarea sociológica» (22).
Su valor es, pues, no
sólo político -la «demagogia de los datos»- ni
tampoco histórico -primer análisis completo de la realidad
española-, sino propio y sustantivo. Con ellos la sociología
española da, por vez primera en su historia, el paso desde la teoría
y la filosofía social a la sociología propiamente dicha. Además,
y esto tendría con el tiempo una enorme importancia, al calor de los
Informes FOESSA se formarían en las técnicas de investigación
un conjunto de sociólogos que más adelante impulsarían
estas tareas en el sector público, pero también en el privado.
III. LA INSTITUCIONALIZACION DE LA SOCIOLOGIA ESPAÑOLA
El período 1963-1973
asistirá a la definitiva institucionalización de la sociología.
La creación del Instituto de Opinión Pública
(IOP) -cuyo primer director fue Luis González Seara- y la aparición
de la Revista Española de Opinión Pública será
un hecho de trascendental importancia al proporcionar una base para la investigación
empírica conjuntamente con un medio de difusión. Poco después
las Universidades de la Iglesia (pioneras en este ámbito, a pesar
de la desconfianza oficial) crearán Facultades de Sociología.
Finalmente, en 1973 comenzará su andadura la Facultad de Ciencias
Políticas y Sociología. El año anterior se había
fundado la revista Sistema, foro de debate del pensamiento social crítico
del franquismo y con un carácter marcadamente interdisciplinar. Todo
ello completaría esa primera institucionalización de la sociología.
La buena relación entre los profesores de la Facultad y la dirección
del IOP o del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS)
más tarde (23), ha facilitado el trasvase continuo
de datos, personal o técnicas entre uno y otro centro, potenciándolos
a ambos. Durante muchos años puede decirse que la sociología
española se hizo en la Facultad por lo que hace a la teoría
y el pensamiento social y el CIS por lo que afecta a la investigación
empírica.
A1 tiempo, y ya desde
los años sesenta parecerán los primeros Institutos de investigación
de mercado y sociología aplicada, primero con un carácter
marcadamente amateur y al socaire de investigaciones públicas o semi-públicas
y centrados en alguna figura académica de prestigio, pero que pronto
adquirieron un carácter claramente empresarial. Así, Data
S. A. creada en 1965 por Amando de Miguel, pero también Metra Seis,
Eco, Emopública, o Alef. El desarrollo de estos
institutos, difícil durante los años setenta, se aceleró
en los ochenta alimentados por un floreciente mercado comercial de investigaciones
no ya institucionales (políticas, sanidad, educación, justicia)
sino en marketing, publicidad o medios de comunicación.
INSTITUCIONALIZACION DE LA SOCIOLOGIA
Inicios:
1943
Revista Internacional de Sociología.
1944 Facultad de Ciencias Políticas
y Económicas.
Instituto
Balmes (CSIC).
1949 Inst. de Estudios Políticos.
Seminario de Sociología de J. Conde.
1953 Colegio de Doctores y Licenciados
en Ciencias Políticas.
1963 Revista Española de Opinión
Pública.
1963 Facultad de Sociología de
Deusto.
1964 Facultad de Ciencias Sociales León
XIII.
1965 CEISA (Centro de Enseñanza
e Investigación Sociológica).
1972 Papers.
1973 Facultad de Ciencias Políticas
y Sociología (Complutense).
Sistema
1976 Agricultura y sociedad
1979 Fundación de la FASEE (Federación
de Asociaciones de Sociología del Estado Español).
Expansión
1984 Segundo Congreso de Sociología
Española (Santander).
1986 Facultad de la Universidad Autónoma
de Barcelona.
1987 Facultad de la UNED.
1988 Facultades de Granada y País
Vasco.
1989 Facultad de Alicante.
Tercer
Congreso de Sociologia Española (San Sebastián).
1990/91 Facultades
de Santiago, Valladolid y Navarra.
Por lo demás, la apertura del diálogo cristiano-marxista
en España, la suavización de la guerra fría a partir
del final de los años setenta y, de modo más marcado, la apertura
de la sociología mundial hacia un pluralismo paradigmático
en los años ochenta acabarán con el consenso sociológico
escindido entre funcionalistas y marxistas. Una nueva generación
de sociólogos jóvenes, formados en universidades inglesas
o americanas aportarán a la sociología española una
mayor riqueza analítica.-El interaccionismo simbólico o la
etnometodología, la sociología francesa y, sobre todo, la última
teoría crítica de Habermas, irrumpirán con fuerza en
la teoría social española más reciente. Este nuevo
clima teórico -y esa nueva generación de sociólogos-
tuvo su presentación pública en un volumen colectivo editado
conjuntamente por José Jiménez Blanco y Carlos Moya en 1978,
Teoría sociológica contemporánea (24), quizá la publicación más importante
de la teoría social española, y que sirve de engarce entre
el viejo y el nuevo clima teórico -más pluralista- y entre
la vieja y la nueva generación de teóricos.
No obstante, el pluralismo
paradigmático de la sociología contemporánea, el nuevo
clima democrático español -menos antagonístico y menos
necesitado de teoría- y quizá también el deterioro
de la situación salarial de los profesores de Universidad y la tentación
de los medios de comunicación y de investigación comercial
remunerada han actuado conjuntamente en contra de la vitalidad de la sociología
española como ciencia. Lo que a finales de la pasada década
eran promesas no ha llegado realmente a cuajar y los sociólogos
españoles han abandonado el interés teórico o científico
prefiriendo la investigación empírica remunerada. Ello está
contribuyendo al asentamiento de la sociología como profesión,
e incluso al desarrollo de no pocas especialidades, pero se enriquece poco
la sociología. Aún cuando el espacio teórico abandonado
por los sociólogos ha sido parcialmente ocupado por los filósofos
sociales, un notable pragmatismo empiricista parece haberse adueñado
del gremio sociológico en los últimos años.
Ello no debe hacer pensar
que el interés por la ciencia social ha desaparecido. Es cierto
que alguna de las viejas voces han enmudecido y otras muchas simplemente
han marginado el interés teórico. Pero autores como José
María Maravall, Víctor Pérez Díaz, Manuel Castells,
Miguel Beltrán, José Juan Toharia o Jesús de Miguel
y otros entre la generación joven, y Juan Linz, Carlos Moya, Salvador
Giner, Juan Díez Nicolás entre las ya conocidas, han continuado
trabajando en investigación teórica si bien cada vez más
próxima a problemas sociales o políticos inmediatos. Cuantitativamente
la producción teórica española es, sin duda, mayor
que en ningún otro momento de la historia de la sociología
española. Pero comparada con el crecimiento y desarrollo de la investigación
empírica ocupa una parcela quizá menor que nunca. Ello es
un mal generalizado de la sociología de finales del siglo. En qué
medida indica un abandono del ímpetu globalizador de la vieja teoría
social o responde sólo a coyunturas socio-políticas concretas
es algo que hoy por hoy, no podemos responder y sólo lamentar.
La contrapartida es
que la sociología española a comienzos de los años noventa
se encuentra plenamente institucionalizada a un triple nivel: académicamente,
como una actividad profesional y corporativamente. Su producción
está legitimada y aceptada públicamente y hay una notable
demanda de investigación aplicada. Y la sociología española
se ha diversificado de modo que hoy disponemos de escuelas especializadas
en casi todas las ramas conocidas: demografía, estratificación
social, sociología rural y urbana, sociología de las organizaciones,
sociología política, sociología de la educación,
de la cultura, del conocimiento, de la salud, de la desviación social,
del derecho, del consumo, criminología, y un largo etcétera.
En todos estos campos se trabaja con técnicas totalmente actualizadas
no sólo en cuanto a la recogida de datos (técnicas cualitativas
o cuantitativas, con estrevistas personales o telefónicas asistidas
por ordenador) sino en cuanto a su tabulación y análisis.
Como en casi todo en España, una mirada al pasado nos muestra el enorme
camino recorrido y es motivo de satisfacción para cuantos han ayudado
a recorrerlo. Pero ello no debe olvidar sus problemas y el principal de
ellos es que la sociología como ciencia está siendo abandonada
en aras de la mera investigación.
CASTILLO CASTILLO, J.: «Apuntes para una historia de la sociología
española», en G. Duncan Mitchell (edit.): Historia de la
sociología, Labor, Madrid, 1988.
CAZORLA, J.: «Estudios empíricos de sociología española»,
en Anales de Sociología, 3 (1976), 146
CONDE, Javier: «La sociología de la sociología.
Los supuestos históricos de la sociología», Revista
de Estudios Políticos, 38 (1951), 58.
DE MIGUEL, A.: Sociología y subversión, Plaza &
Janés, Barcelona, 1972.
DE MIGUEL, A., y MARSAL, J. F.: «El raquitismo de la enseñanza
de las ciencias sociales en España», en Sistema, 24-25
(1978), 89.
DE MIGUEL, Jesús, y MOVER, Melisa G.: Sociology in Spain Current
Sociology, 27 (1979), 33 ss.
DIEZ NICOLAS J.: Bibliografía de sociología en lengua
castellana, Universidad de Granada, Granada, 1973
PERPIÑA, Antonio: «La sociología en España»,
Revista Iberoamericana de Seguridad Social, 6 (1968).
(1) Me
refiero a su artículo «Sociología en España»,
preparado para la obra The Recent Trends in Sociology, editada por
J. S. Roucek (Philosophical Library, New York, 1958). La edición
inglesa corrigió y modificó el manuscrito, de modo que Gómez
Arboleya hizo otra edición, más satisfactoria, del texto en
Estudios de Teoría de la Sociedad y del Estado (Instituto
de Estudios Políticos, Madrid, 1962). La cita es de la p. 48. Aún
cuando no es esta la primera reflexión española sobre nuestra
sociología, sí es sin duda la más citada y ha constituido
el punto de referencia obligado de los estudios de historia de la sociología
española o de sociología de la sociología. Probablemente
el trabajo más antiguo sobre la sociología española
sea el de Adolfo GONZÁLEZ POSADA: «Los estudios sociológicos
en España», Boletín de la Institución Libre
de Enseñanza, 23 (1899), 222.
(2) En
los Principios de Sociología (Daniel JORRO, Madrid, 1908),
obra cumbre de la primera sociología krausista española, recuerda
su autor, Adolfo G. POSADA, como, durante un mitin obrero en Oviedo, un individuo
afirmó que «los trabajadores no esperaban nada de la clase
burguesa, sino de su propio esfuerzo y de los adelantos de la sociología».
Y Francisco Laporta -de quien tomo esta cita- recuerda que esta identificación
se advierte en las mismas publicaciones obreras, especialmente de tipo
anarquista; así, por ejemplo, Acracia, Revista Sociológica,
o bien La Revista Blanca: Publicación Quincenal de Sociología,
Ciencia y Artes. Véase F. LAPORTA y Adolfo POSADA: Política
y Sociología en la crisis del liberalismo español (Edicusa,
Madrid, 1974, p. 274).
(3) E
incluso antes de la Restauración podría hablarse de una etapa
pre-sociológica del pensamiento español en la obra de Jaime
Balmes, Ramón de la Sagra (saint-simoniano y colaborador de Proudhon)
o Ildefonso Cerdá (seguidor de la Le Play).
(4) Howard BECKER y Harry ELMER BARNES: Social Thought
from Lore to Science (Dover Publications, New York, 1961, primera edición,
1938, p. 1119). Este libro, un
clásico de la historia de la sociología, contiene un interesante
capítulo, rara vez citado, sobre la sociología en España,
sin duda el primer análisis realizado por no-españoles sobre
nuestra sociología.
(5) Por
ejemplo, los del mismo Gómez de Arboleya, el de Amando de Miguel o
el de Salvador Giner. A. de Miguel apoya su tesis con citas de la época;
así, por ejemplo, A. Ossorio y Gallardo, político conservador,
decía en 1933: «En la Universidad nadie
habla de sociología. Todavía eso no aparece en ninguna asignatura»
(El sedimento de la lucha, Madrid, 1933, p. 129; citado por A. DE
MIGUEL: Sociología o subversión, op. cit.).
(6) Tiene
razón Luis Moreno al denunciar «la práctica ausencia
de citas a autores cuya obra es anterior a la Guerra Civil» («La
sociología en la España finisecular», en Sociología
en España, CSIC, Madrid, 1990, p. 92). Este atender más
a la producción extranjera que a la autóctona, incluso cuando
esta es valiosa, es propio de culturas colonizadas, como sin duda lo es aún
la sociología española. esta debe aún recuperar el pasado
para su presente, como ya lo han hecho otras ciencias sociales (pensemos,
por ejemplo, en la historia de las ideas).
(7) G.
DE AZCARATE: El concepto de la sociología (Real Academia de
Ciencias Morales y Políticas, Madrid, 1891).
(8) Librería
de Victoriano Suárez, Madrid, 4 vols., 1889-1897.
(9) Librería
de Victoriano Suárez, Madrid, 1912.
(10) Véase J. DE MIGUEL y M. G. MOYER: «Sociology
in Spain», Current Sociology, 27 (1979), 33. Este
trabajo, a pesar de ciertos sesgos en la exposición, continúa
siendo la
(11)
En Adolfó Posada: Política y sociología en la crisis
del liberalismo español, op. cit., p. 259.
(12)
Editorial Losada, Buenos Aires, 1947, 3 vols.
(13)
Editorial Aguilar, Madrid, 1952.
(14)
J. LARRANZ: «Un esquema crítico
de la sociología», Revista Internacional de Sociología,
24 (1948), 40.
(15)
S J. VIDAL BENEYTO: «Coloquio sobre la sociología imposible»,
Triunfo, citado por A. DE MIGUEL: Sociología o subversión,
op. cit., p. 196.
(16)
Y que los siguientes directores del Instituto, Emilio Lamo de Espinosa y
Manuel Fraga, mantuvieron.
(17)
No es, pues, del todo acertada la afirmación de Salvador Giner de que
«se partía de un sórdido y desolador cero» (S.
Giner, op. cit., p. 67). Aparte la labor del Instituto de Estudios Políticos
y la del propio Arboleya habría que señalar la presencia de
Ortega y su escuela, que indirectamente (a través de Julián
Marías, José Luis López Aranguren y, sobre todo, Paulino
Garagorri) impulsó el desarrollo de las ciencias sociales.
(18)
Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1957. Véase también
de GOMEZ ARBOLEYA la colección de estudios publicada
después de su muerte: Estudios de Teoría de la Sociedad
y del Estado, Instituto de Estudios
Políticos, Madrid, 1962.
(19)
Véase, a este respecto, su memoria de las oposiciones: La sociología
científica moderna, lnstituto de Estudios Políticos, Madrid,
1962.
(20)
A destacar entre sus publicaciones, las siguientes: Historia del pensamiento
social, Ariel, Barcelona, 1967; Sociología, Península,
Barcelona, 1969, sin duda uno de los libros de texto más utilizados
en la Universidad española en los años setenta; y, El progreso
de la conciencia sociológica, Península, Barcelona, 1974.
(21)
A ellos habría que añadir el Informe sociológico
sobre el cambio político en España, 1975-1981, dirigido
por J. J. Linz.
(22)
J. J. LINZ: «Epílogo», en Sociología en España,
op. cit., p. 388.
(23)
Relación institucionalizada en una reunión anual CIS-Universidad.