Retrato
de los Meidosems
HENRI MICHAUX
[Selección y Traducción
de Chantal Maillard]
Toman la
forma de burbujas para soñar, toman las formas de las lianas para
conmoverse.
Apoyada contra
un muro, un muro que, por lo demás, nadie nunca volverá a
ver, hay una forma hecha de una cuerda larga, está ahí. Se
entrelaza.
Eso es todo.
Es una Meidosem.
Y espera,
ligeramente desplomada, aunque mucho menos que cualquier cordaje de la
misma dimensión apoyado sobre sí mismo.
Espera.
Dias, años,
venid ahora. Ella espera.
La extremada
elasticidad de los Meidosems: he aquí la fuente de su gozo. De sus
desdichas también.
Unas balas
caídas de un carro, un alambre que se balancea, una esponja que
embebe, ya casi empapada, la otra vacía y seca, un vaho sobre un
espejo, una huella fosforescente, miren con atención, miren. Puede
que sea una Meidosem. Puede que todos sean Meidosems ... sobrecogidos,
aguijoneados, henchidos, endurecidos por sentimientos varios ...
En lo alto
de sus largas piernas finas y curvadas, grande, graciosa Meidosem.
Sueño
de carreras victoriosas, alma de añoranzas y proyectos, alma, para
decirlo de una vez.
Y se lanza,
perdidamente, a un espacio que la bebe sin interesarse por ella.
Helo aquí
que pasa como un obús. Velocidad que el ojo no puede seguir. ¿Qué
ocurrirá?. Que estallará en cien pedazos al llegar, sin duda
alguna, y en la sangre. Oh, no, ni siquiera ha salido.
No salió
sino con su caminar de alma.
Hoy es la
tarde de solaz de las Meidosems. Se suben a los árboles. No por
las ramas, sino por la savia.
La escasa
forma fija que tenían, cansadas hasta la muerte, van a perderla
en las ramas, en las hojas y el musgo, en los pedúnculos.
Ascenso ebrio,
suave como jabón penetrando en la mugre. Rápido en la hierbecilla,
lentamente en los viejos álamos. Suavemente en las flores. Bajo
la ínfima pero fuerte aspiración de las trompas de mariposas,
ya no se mueven.
Luego descienden
por las raíces dentro de la tierra amiga, abundante en tantas cosas,
cuando se las sabe coger.
Gozo, gozo
que invade el pánico, gozo como bajo una manta.
Depués
hace falta bajar al suelo las crias de los Meidosems que, perdidas, ofuscadas
en las árboles, no pueden ya soltarse.
Amenazarlas,
o incluso humillarlas. Entonces vuelven, se las despega fácilmente
y se las trae de vuelta, repletas de jugo vegetal y de resentimiento.
Una sarna
de chispas carcome un cráneo doliente. Es un Meidosem. Es una pena
que corre. Es una huída que rueda. Es el tullido del aire que se
agita, enloquecido. ¿Acaso nadie podrá ayudarle?.
¡No!
Se pusieron
los guantes para acudir a la cita.
En el guante
se encuentra una mano, un hueso, una espada, un hermano, una hermana, una
luz, depende de los Meidosems, de los días, de la suerte.
En la boca
se encuentra una lengua, un apetito, palabras, una dulzura, el agua en
el pozo, el pozo en la tierra. Depende de los Meidosems, de los días,
de la suerte.
En la catedral
de la boca de los Meidosems también hacen flamear pabellones.
Un cielo
de cobre le cubre. Una ciudad de azúcar le ríe. ¿Qué
hará?. No hará fundirse la ciudad. No podrá perforar
el cobre.
Renuncia,
pequeño Meidosem.
Renuncia,
estás en plena pérdida de sustancia si continúas ...
Él
gusta, y no obstante ...
Duerme a
caballo en su pena inmensa. Su camino es el horizonte circular y la Torre
perforada del cielo astronómico.
Él
gusta. Su horizonte inadvertido ensancha a los demás Meidosems que
dicen: "¿Qué pasa? ¿Pero, qué pasa? ..."
Y notan algo extraño, algo así como un ensanchamiento al
aproximarse.
Y, no obstante,
duerme a caballo en su pena inmensa ...
¡Peligro!
Hay que huir. Es preciso. Rápido.
No huirá.
Su dominador derecho no se lo permite.
Pero es preciso.
No quiere su dominador derecho. Su espantador izquierdo se agita, se retuerce
torturado, aúlla. Es inútil, no quiere su dominador derecho.
Y muere el Meidosem que, indiviso, hubiese podido huir.
Se acabó
la vida. Ni rastro de ella. Sólo se podrá, si se tiene mucho
interés, convertirla en relato.
No sólo
Cristo fue crucificado. Éste también lo fue, Meidosem inscrito
en l polígono alambrado del Presente sin salida.
Mucho más
allá de una sentencia de juez, mucho más allá de un
desmoronamiento de ciudades.
La plenitud
de su llaga le aisla del accidente.
Padece como
reina.
Una nube,
aquí, hace una nariz, una nariz ancha y esparcida del todo, como
el olor en torno a ella, hace un ojo también, que es como un paisaje,
su paisaje delante de él, y ahora dentro de él, en la gigantesca
cabeza que crece, crece desmesuradamente.
Una venda
sobre los ojos, una venda bien apretada, cosida al ojo, cayendo inexorable
como persiana de hierro abatiéndose sobre ventana. No obstante,
es como su venda con lo que ve. Es con todo su cosido con lo que descose,
con lo que vuelve a coser, con su carencia con lo que posee, con lo que
agarra.
Se transforma
en cascadas. en fisuras, en fuego. Ser Meidosem es mudarse así en
visos cambiantes.
¿Por
qué?
Al menos
no son llagas. Y ahí va el Meidosem. Antes reflejos y juegos de
sol y sombra, que sufrir, que meditar. Antes cascadas.
Meidosem
que alza el vuelo por una cortina regresa por una cisterna.
Meidosem
que se arroja a un arroyo, vuelve a encontrarse en un estanque. Oh, extraña,
extraña
naturaleza de los Meidosems.
en
constrcción / under construction