| Luis Martín Santos |
1998-2008        DIEZ-VEINTE AÑOS DESPUÉS
Necrológica: Carlos Gurméndez, El País, 24/10/1988


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Ahora los puntos finales están ya puestos --puntos finales, no puntos suspensivos--, y veo que, a pesar de todo, mi historia no es un aullido ante lo desconocido, aunque muy bien podría haberlo sido. En un río, un pequeño Danubio loco, que ha perdido la memoria de sus Alpes, de sus nubes densas y que avanza para desaparecer en un país que nadie conoce: lo inombrable.

Pero, como río loco, no busco el consuelo del reconocimiento. Prefiero el instante abrupto, roto. Que esta mesa en la que escribo haya nacido ahora y aquí, y lo mismo mi mano y mi pluma. Y que tu sonrisa de cien años, Agustín, sea sólo una sonrisa nacida para mí, con tu clarinete, con las monedas que vuelan efímeras por el aire, y que la noche de Viena cante con nosotros: Alles ist hin, todo se ha ido, como los ríos del deseo y de la muerte; todo se ha ido hacia el silencio que guardan las pirámides. Alles ist hin


[Luis Martín Santos, Encuentro en Sils-María, 1986]





Compañero del alma, compañero

Sprachlos. Mudo. Me es difícil recuperar en esta ocasión la afonía originaria. Esa afonía que abandonó definitivamente a LMS hace ahora veinte años. In cruce latebat sola deitas. En las encrucijadas juega con nosotros el destino. La séduction, c’est le destin. Porque lo esencial del conocimiento sigue siendo hacer frente al destino, nos engañan quienes pretenden convencernos de que los restos permanecen como cliché de la memoria. La memoria, sin embargo, permanece como memoria seducida, atrapada, jamás rota. Porque la seducción es un (el) destino, pero también un juego, sólo queda aquello que los restos niegan. Nada más. Es decir, quedan los relatos, lo todavía-no definitivamente dicho. Cualquier relato puede ser decodificado (extemporáneamente) al ritmo del interés del oyente/lector, decodificando así aquel discurso que el mensaje oculta, el silencio. Como en la obra de arte, ese arte (preferentemente de vanguardia), que LMS gustaba invocar para hablar de estrategias del conocer para saber actuar. Porque quedan los (sus) relatos, el hombre nunca muere.

Me es difícil recuperar ahora la afonía originaria porque también yo (tal vez, sin saberlo) pertenecía a la misma pandilla de la que LMS era un referente. Necesitábamos demostrar que es posible coincidir en visiones del mundo y prácticas no cautivas, políticamente correctas. Nunca nos agrupábamos para ocupar el poder. El tiempo de la lucha final no coincide con el tiempo de los gestores del cambio. Éramos atípicamente de izquierdas. Nos agrupábamos para denunciar (cada cual desde su posición teórico-profesional e intelectual) el por entonces ya recurrente uso de espacios de poder en su propio beneficio, no como servicio o gestión democrática de los intereses públicos.

Hablar/escribir (recuperando la memoria seducida) es traición. Nada es traducible, ni siquiera los registros más superficiales (la letra pequeña) de los que dan cuenta los libros de texto. Traducimos con categorías nuevas lo que sucedió bajo otras condiciones. Uno tiende a reconstruir el pasado, para que sus fantasmas no le persigan en el presente. Y nuestro (mi) presente es demasiado crítico respecto a los valores de la revuelta. ¿Cómo ocupar el poder si renunciamos a cualquier otra forma de denuncia o compromiso que no sea la imaginación?

Hablar es también marcar distancias. No es siquiera correr un velo para que el misterio permanezca tras lo no dicho. Porque escribir es despojar de aquello que le da sentido al discurso en que uno se apoya y porque lo que se escribe queda, lo que se habla es, al menos, contextualizable. Ya no vale seguir mintiendo para guardar la coherencia: Otro mundo es objetivamente posible. Basta saber transferir las estrategias personales de cambio por si algún día coinciden en un espacio común que active programas de transformación (globalizar no sólo la pobreza) que nos sitúen en esa otra (globalizada) realidad, definitivamente humana y solidaria.

Hace ahora una década, recordando a LMS diez años después, escribía: “… sobre todo y especialmente supo estar allí donde más se le necesitara: convenciendo a cualquiera que cayera bajo su campo de intervención más inmediata de que no había que temer a eso que otros llaman "espíritu crítico", pero que no se arriesgan a ponerlo en práctica, a defenderlo y potenciarlo. Tal vez porque ello supondría optar por una vía de escape no muy bien vista: dejar de enseñar a aprender los discursos sobre las cosas y sí empeñarse en enseñar a des-aprender discursos sobre las cosas-dichas”. Diez, veinte años después, la vida sigue trágicamente igual. El Geist de LMS, sin embargo, se encarga de recordárnoslo cada vez que entramos en el aula.

[ROMÁN REYES, Diario de Burgos, 19/10/2008]





PRESENTACIÓN.- Se cumplen diez años de una ausencia anunciada. Luis Martín Santos, viejo y afónico profesor, como él gustaba (auto)definirse, había nacido en 1921 en Alar del Rey (Palencia). En Burgos, desde Burgos, nos abandonó con esa afonía no prevista, aunque sí invocada, cuando ya se había instalado en un punto de sedución de difícil retorno. Y efectivamente, estudiantes, compañeros y amigos caímos en su trampa, delicioso compromiso que suponía activar discursos-otros, asumir posiciones de de-construcción ante un cadudo discurso institucional, cada vez más académico-burocrático y menos creativo. Y lo hizo tomando como disculpa su posición de Profesor de Sociología del Conocimiento en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense.


Había estado en Millersville y en La Sorbona ocupándose de revisar la cultura y filosofía españolas. Había visitado Colonia, cuna de una cierta lectura del pensamiento fenomenológico. Como también estuvo, ocupándose de actividades diversas, aunque relacionadas con su medio intelectual y creador, en Virgina, Carolina del Norte, Sacramento ... Merimée-de-Sebastian.


Pero sobre todo y especialmente supo estar allí donde más se le necitara: convenciendo a cualquiera que cayera bajo su campo de intervención más inmediata de que no había que temer a eso que otros llaman "espíritu crítico", pero que no se arriesgan a ponerlo en práctica, a defenderlo y potenciarlo. Tal vez porque ello supondría optar por una vía de escape no muy bien vista: dejar de enseñar a aprender los discursos sobre las cosas y sí empeñarse en enseñar a des-aprender discursos sobre las cosas-dichas.


Desde esta página invitamos a recordar al hombre y al pensador. Esto es ciertamente un espacio abierto. No de otra forma rendiríamos un homenaje a ese profesor, siempre "de tránsito", entre lo uno y lo mismo, entre Burgos y Madrid. Porque lo otro se registraba en los instersticios, puerta hacia un desconocido, inombrable río de la memoria y de la vida:


En Leyden Mahler no pensó en un popular músico vienés. Es probable que para Freud, su interlocutor, Agustín despareciera para siempre. Que quedara de su memoria --y en la nuestra-- tan sólo ese frío sonido de las monedas que anónimos y aburridos visitantes pudieran lanzar tras las rejas de la Taberna Griechenbeils. Ah, du, lieber Austin. Alles hin. ¿Todo se ha ido, como los ríos del deseo y de la muerte?. ¡No!. Mahler pensó más bien en otros registros, que hoy, un siglo después, alguien todavía puede legítimamente simbolizarlo, como lo ha sido --y nosotros lo sabemos-- el profesor Luis Martín Santos.

[ROMAN REYES, 1998]

NOTA AUTOBIOGRAFICA

Nací en Alar (Palencia), pueblo que no parece tener más razón de ser que la estación de ferrocarril. Mi padre era telegrafista y hombre de ideas. Tengo que agradecerle que no me permitiera ir a la escuela, de la que, a cambio de una buena letra, nunca se sale cuerdo. Después hice varias licenciaturas, sin que nadie pudiera acusarme de frecuentar las aulas. Sin mucha gramática, hablo alguna que otra lengua.


Ahora tengo casi cincuenta años, soy profesor y enseño lo que me mandan, que no es poco. A veces añado lo que bien quisieran que me callase, que es bastante. Por lo demás vivo en una provincia tan deprimida como deprimente, y lucho por eso que vagamente se llama cultura. Otros han hecho lo mismo y ha sido inútil. Esta vez ya veremos. Lo que he escrito, poco o mucho está sin publicar. Pienso, como la mayoría de los españoles, que se debe a la censura, que en este país lleva siglos afilándose las uñas; pero vaya usted a saber.


Soporto a diestro y siniestro; me conformo; si puedo me río. Lo que no haré es exiliarme: aquí nací y aquí me quedo. En fin, querido lector, confío en que no necesites de mí, pero si llega ese trance y no queda mejor remedio, dímelo. Me encontrarás.

[Luis Martín Santos, Prometeo, Burgos, 1970]

LA POSTMODERNIDAD ES UN PLATONISMO DE SUPERMERCADO
Última Entrevista a Luis Martin Santos
[Antonio Puente: El Independiente, Madrid, 4.XI.88]
* * *
Bienaventurados los muertos, porque nunca tendrán que mentir, concluía su pequeño Prometeo, la única pieza teatral  que escribió el enigmático hijo del telegrafista de Alar del Rey, el pueblo de la provincia de Palencia donde había nacido hace sesenta y siete años y que decía, no parece tener más razón de ser que la estación del ferrocarril. En su casa de Burgos, donde murió Luis Martín Santos --fundamentalmente, sociósofo del deseo, como podría definirse  su posición al frente de la Cátedra de Sociología del Conocimiento en la Universidad Complutense, pero también epistemólogo, catastrofólogo y novelista en la frontera, que a diferencia del título de la novela de su homónimo se empeñó en preservar siempre el espacio de silencio, esa es su obra--, allí, sobre la alfombra de su biblioteca, fue donde nos dió de leer la pieza en alta voz hace ahora un par de años, a una docena de alumnos suyos, repartiendo los papeles como antes había repartido los nescafés, las galletas maría y la música de Wagner, para el desayuno, mediatizados por esa inquietante sonrisa con que endiabladamente conseguía desmentir los estragos de su cáncer (como que el hueco de su cuello fuese un orden natural --esto es, una fisura-- donde depositar la mano para la reflexión); y que era la misma sonrisa que devenía socarrona y hasta severa ante cualquier indicio de poder.

Vivía obsesionado con la mediación --inclusive, o sobre todo, la del sujeto consigo mismo-- ante el apesadumbrado convencimiento de que la máscara es necesaria, y se debatía con el predicamento, hasta su propia cotidianidad, de instalarse sucesivamente en la fisura. Aborrecía la teoría de la comunicación, por lo que guarda de apócrifo fetichismo del consenso, casi tnato como la postmodernidad, a la que acusaba de un exorcizante platonismo de supermercado. A partir de un humanismo marxista (sustantivo aquél que es un sólo un decir --una fatuidad de las palabras--: le revolvía verse asociado a semejante artefacto judeocristiano), que desarrolló sobre todo en su primera publicación, Una epistemología para el marxismo (1976), su obra avanza hacia una progresiva preocupación por el aspecto monádico del hombre. Nietzscheano fervoroso, descubre en cambio que no se puede prescindir de Freud, y es acaso ante el convencimiento de que son mutuamente irreductibles que elige el genero (otro decir) narrativo, un fabuloso encuentro entre ambos personales en una fecha y en un escenario verosímiles: Sils-Maria, 1888. Sin embargo, ese Encuentro en Sils-Maria (obra de la que llegó a realizar cinco autónomas versiones, la última y definitiva publicada por Akal en el 86), ha sido sólo --¡y tantísimo!-- la muestra de la bifurcación necesaria entre ambos pensamientos, lo que se explicita en su más reciente entrega La muerte de Dionisos (1988), cuyo epílogo revela una última vuelta de tuerca con la vistoria histórica de lo apolíneo frente a lo dionisíaco; de la máscara, frente a la voluntad de vivir ..., llegando a la dramática conclusión de que el único mensaje sinceramente posible (y el más auténtico legado que dejara Nietzsche --o ahora Martín--) es la página en blanco.


OBSESION

De esta última obsesión suya --que probablemente no paró de rondarle la cabeza el pasado fin de semana, en que aún se convulsionaba sobre la esperanza de que la muerte no es sin una fisura que hay que lograr saber dónde está-- habla en esta entrevista, inédita hasta hoy, realizada a mediados de año, con motivo de la publicación de ese último libro, en el Café Barbieri, de Lavapiés, uno de los escasos lugares que le eran gratos en Madrid, que, incluso como profesor de la Complutense, se negó a sustituir por el tren --ese certero paisano suyo de Alar del Rey--. Vocacional filósofo en un Instituto de Enseña Media de Burgos, solía explicar fortuita su llegada a la Universidad Madrileña por que la vida debe ser una cuestión de aceras --en una de ellas se había topado con Vidal Beneyto, que le convidó, y decía a sus alumnos Fijaros, si uno llega a pasar por otra calle distinta ...--. Le obsesionaba el azar, que le llevó a abrazar cada vez más estrechamente la Teoría de la Catástrofe --por fin, un método honesto, a la vez sustentado y flexible, que no se sobrepone sino que se iguala al objeto, y que sospecha ella misma cada vez de su propia genealogía catastrófica-- para analizar los fenómenos más íntimos de la existencia, y en concreto el amor. Su inédito ensayo El amante catastrófico también ocupó buena parte de las horas. Pero, sobre todo, aquella tarde de mayo, mientras empuñaba una cerveza que desmintiera su sobrecogedor aspecto, ya estragado por la enfermedad, de un boceto picassiano, le mascullaba un desquite: la tristeza de que su manifiesta misoginia --Soy un misógino no practicante, decía--, una y otra vez, para muchos una enigmática laguna en su indiscutible coherencia de compromiso social, fuese mal comprendida.

Cuando publicó su artículo Contra la mujer, a finales del último curso que impartió, el año pasado, un nutrido grupo de alumnas le aguardaría al día siguiente, a las puertas de la Facultad, con una inmensa pancarta que argüía así: Contra Martín Santos.


Yo sólo he querido expresar que el movimiento de liberación de la mujer, todo ese mito de la "self-made-woman", es un movimiento burgués, constreñido a un cierto tipo de mujer establecida; en nuestro caso, el pequeño y privado combate de la burguesía española, que a comienzos de la transición, no sabiendo muy bien de qué iba la cosa, ha empezado a echar as campanas al vuelo. Y por mímesis, no ha habido tal emancipación, sino que la mujer, en todo caso, ha aprendido a declinar el español genital que no es evidentemente el de Berceo. Si se quiere una ilustración, basta con observar esos protuberantes mitos tan de moda, como Cioccolina y Sabrina, que creyendo liberarse de ese juego milenario de la mujer, consistente en ocultar y enseñar sucesivamente el pecho, caen en realidad en ese exhibicionismo ingenuo del varón con la gabardina a la puerta de un colegio.


Despreciaba la misoginia de Schopenhauer (un señorito, incapaz de haber sostenido nuca una relación con inguna mujer], y la suya era, en realidad, otra nueva adhesión a su obsesivo Nietzsche, de quien recogía una frase definitivamente explicatoria: ¡Cabe mayor piropo a una mujer que decir que se trata de "un órgano de conocimiento"!. No un órgano sexual sino uno de conocimiento. Eso es justo lo que yo suscribo, plenamente convencido, después de mucho analizarlo, de que se puede ser un sublimador de la mujer sin por ello esclavizarla. Yo discrepo de esos poetas que la magnifican para después situarse ellos mismos en un plano de superioridad. No es eso. Mi misoginia arranca del doloroso desajuste que encuentro entre la mujer "vista", cotidiana, que vemos por la calle, y la mujer "intuída", profunda, susceptible de ser amada, que incluso hemos experimentado en alguna ocasión de nuestra vida, y por eso ya se nos queda una imborrable certidumbre de su existencia: que no es una quimera. Mi misoginia va contra el surco de esa doble actitud femenina, que fatalmente desemboca en que no sea ya fácil escuchar cuando una mujer habla como mujer, porque cuando habla como mujer puede convertirse en una Sybila.


De esa mujer vista acostumbraba a subrayar Martín Santos que visible y tangiblemente no tiene espaldas. Ya sé que parece complicado, pero no es más que una fórmula para expresar que la mujer hace depender su existencia más de la imagen que de su propia realidad, y esa preocupación excluyente la convierte en un espectro, y los espectros no tienen espalda. También el magicismo femenino es otro elemental reproche: esa histórica querencia de que la riqueza no viene del trabajo, sino de unos mecanismos azarosos --y de ahí la mayor proporcionalidad de mujeres que frecuentan bingos, lotos, etc.--. Indudablemente, si una mujer recibe una fortuna por mostrar su silueta en la pantalla o en la pasarela, esa fortuna nunca le podrá parecer un producto de su trabajo. Es una conjura, pero yo creo que sociológicamente el fracaso de una concepción marxista de la economía tiene algo que ver con este magicismo de la mujer. Luego, claro, esto tiene su dramático correlato en las relaciones intersexuales cotidianas, porque ella es la que con su palabra puede constituirse en el "abracadabra" que le permite usar sus artes ceremoniales.


HISTERIA

Sin embargo, es en su análisis de la evolución de la histeria, que si atribuyo a la mujer es como valor social histórico y no como un diagnóstico privativo de ella, donde coloca el enfasis de su desazón por la mujer actual.

POMODERNIDAD


CONOCIMIENTO Y COMUNICACION
Manuel R. Caamaño, Margarita Campoy, Paula Casal, Luis V. Doncel, Concepción G. Esteban, Roberto G. León, Jürgen Habermas, Laureano P. Latorre, Luis Martín Santos, Angel M. Molina, Román Reyes, Fernando G. Selgas, Barry Smart, Octavio Uña, José Vericat, Ed. Montesinos, Barcelona 1989

Esta obra es el homenaje de reconocimiento y gratitud que el Departamento de Teoría Sociológica de la Universidad Complutense de Madrid rinde al desaparecido Luis Martin Santos, original y extraordinario profesor de Sociología del Conocimiento en dicho Departamento
[Contraportada]


REGISTRO DE AUTOR
Luis Martín Santos

(1970) (Ed.) Ensayos de filosofía de la ciencia, Ed. Tecnos, Madrid
(1976) Una epistemología para el marxismo, Ed. Akal, Madrid
(1977) Teoría marxista de la revolución, Ed. Akal, Madrid
(1981) Max Scheler: crítica de un resentimiento, Ed. Akal, Madrid
(1986) El combate de Santa Casilda, Ed. Akal, Madrid

(1986) Encuentros en Sils-María, Ed. Akal, Madrid
(1987) La muerte de Dionisos, Ed. Akal, Madrid
(1988) Diez lecciones de sociología, Ed. F.C.E., Madrid
(1989) El combate de Santa Casilda, Ed.Pamiela, Navarra
(1989) María Quetzal, Ed. Pamiela, Pamplona
(1989) Homenaje a Luis Martín Santos, Ed. Universidad Autónoma de Madrid
(1990) El zigzag husserliano, Ed. Endymion, Madrid

(1991) Diez lecciones de epistemología, Ed. Akal, Madrid
(1991) La paradoja del vencido, Ed. Ambito, Valladolid
(2000) Inéditos de Luis Martín Santos, Ed. Fundación de Investigaciones Marxistas, Madrid
(2001) Prometeo, Ed. Anábardos S.L., Burgos


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