jaisalmer
CHANTAL
MAILLARD, 1996
Es difícil
llegar a uno mismo. Tal vez porque también es difícil hallarse
en situaciones desacostumbradas en las que sentirse absolutamente desamparado.
Este es el problema: todo se nos ha hecho demasiado habitual, todo está
siempre dispuesto. Y es que sólo las situaciones, digamos, "aporéticas",
aquellas en las que nos encontramos totalmente desprovistos de recursos,
son las que , cerrándonos el mundo exterior, nos obligan a franquear
los límites del nuestro, interior.
Nadie penetra
en la profunda oscuridad de sí mismo si no es forzado por las ciercunstancias.
El abismo atrae -es un tópic- pero para que la atracción
sea algo más que un dirigirse incipiente, una inestable inclinación
del ánimo, para que logre su fin y se convierta en caída,
es preciso elaborar un paisaje que elimine la tentación del mundo:
de lo acostumbrado, la llanura y sus colores; es menester que las formas
hayan dejado de ser amables.
No mires
atrás, le fue dicho a Eurídice, sigue la música, sigue
al poeta que construye en lo etéreo y te rescata de las formas perennes.
Pero ella miró, tan fuerte es, también, la atracción
de lo conocido, y detuvo su marcha; volvió al reino de lo que permanece
siempre detenido en su ser.
El ejemplo
no es adecuado si lo tomamos en su sentido original: Orfeo baja a los infiernos
para rescatar a Eurídice y llevarla a la luz. El abismo son las
profundidades infernales, los ínferos, los mundos inferiores, el
abismo es el caos, aquella boca siempre abierta de donde los seres emergen
tan sólo si la luz roza la materia primordial. Ser es salir a la
luz, nacer es arrancarse a la oscuridad. Para el girego los seres -y el
Ser- emergen a la existencia al conformarse en la luz. Ser es existir.
De lo que hablo, en cambio, es de un regreso a la oscuridad. De lo que
hablo es de desnacer. El mundo de la existencia se asemeja a una gran llanura
en la que la luz juega. Su juego: los colores; las mil maneras en que la
luz se esboza a sí misma, sus ritmos: su ritual y su ofrenda, las
infinitas combinaciones con las que se ofrenda a si misma. La luz se esmera
en la llanura, y llamamos amor a ese modo que a veces tiene de permanecer
admirándose a sí misma, detenida en alguna tonalidad, en
alguna frecuencia inusitada. Amar es deternerse
por un instante con gran intensidad en algún punto. Desear es querer
que en ese punto crezca una montaña, un árbol o un ser de
carne o cualquier cosa que pueda nombrarse, y que se encadene a ello la
voluntad, porque al nombrar algo uno siempre se está nombrando a
sí mismo. El afán de posesión o de dominio no es sino
el deseo de nombrarse a sí mismo perpetuamente.
Arrancarse
a la luz, huir de la llanura y de las formas amables, es desnacer. Invertir
el impulso de existencia, cerrar los ojos del cuerpo, desatender las múltiples
llamadas que enamoran. Para ello pueden elegirse dos caminos. El primero,
reducir todas las llamadas a una sola: el grito de un grajo, el hocico
húmedo de un ternero, la línea oblicua que la sombra del
sol traza bajo el gnomón de un astrolabio, el pliegue sedoso de
un sari, el pecho de una mujer de trenza oscura, el barro cálido
en el umbral de una choza o la curva de la cúpula de un palacio
otomano. Una sola de esas formas puede invadirnos de tal modo que cuando
nos deshabite perdamos con ella nuestro nombre y todas las maneras posibles
de nombrarnos. Es el camino del eros: perderse por amor y hallar el vacío.
Este camino implica a menudo el enfrentamiento con la desesperación
que surge cuando se descompone la forma que nos ha ocupado. Lo difícil
aquí es no ser presa del error demasiado frecuente de convertir
el amor en deseo porque en tal caso, al ser deshabitados, con el propio
nombre perderíamos también el derecho al vacío y la
posibilidad de franquear la frontera del mundo no visible.
El otro
camino es el de thanatos. En algunos casos se parece al odio porque reviste
el carácter de la negatividad, pero se distingue de ello fácilmente:
el odio es como la perla que la ostra construye con su saliva alrededor
del grano de arena. Quien odia se defiende de una ofensa o de una molestia
com el molusco de la piedra, convirtiéndo en orgullo -en acto egóico-la
sensación primera. El odio es una fuerza
que nace de un dolor o de una frustración, efecto del deseo, por
tanto; proviene del hecho de que algo no se ha dejado poseer, y que para
poderlo nombrar ha sido necesario rechazar. Las formas deseables se nombran
de dos maneras: amándolas u odiándolas.
El camino del thanatos no es el del odio, aunque tenga en común
con ello algo así como la actitud de un aparente rechazo. Este es
el camino que he seguido para llegar a Jaisalmer.
*
* *
Jaisalmer
es la última ciudad al oeste de la India, en el Radjastán.
Situada en el desierto del Thar, a pocos kilómetros de la frontera
con Pakistán, tiene el aspecto de una fortificación abandonada
desde la época de los mercaderes mongoles. Sus descendientes se
han convertido en marchantes de tapices y proveedores de safaris n camello
para turistas con afán de aventura a bajo precio y bajo riesgo.
EL turista es olfateado por los nativos como la carroña por los
cuervos: son el alimento más preciado, sobre todo en ciertas épocas,
en las que habrán de aprovisionarse para paliar el rigor de la sequía.
La salazón del turista es, pues, el arte que dominan mejor, por
cuestión de supervivencia.
Jaisalmer
es, así, como cualquier ciudad india, una contradicción:
a la vez un amplio mercado, una atracción para la vista, y un fuerte
labrado en pleno desierto. El reto consiste en establecer la dialéctica.
La síntesis ha de ser uno mismo. La lucha, la que habrá de
establecerse entre los propios opuestos: el propio desierto y el propio
mundo, la nada y la llanura de colores, la noche oscura y el juego de luz.
Desafiar los colores y brocados, hasta lograr caminar entre ellos con libertad
conqhistada, viendo reflejarse en los espejuelos tanto el cielo monocromo
como las fétidas alcantarillas que, abiertas, recorren las ciudad
calle abajo.
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El camino
del thanatos es el más directo. El vacío se extiende sin
mediación. Cualquier sentimiento es un peligro. Y aquí, no
sé qué hacer aún con el sentimiento de compasión,
el único que permanentemente me recorre.
He distinguido
entre la atracción de las formas -la intranquilidad de los deseos
pasajeros, su carga obsesiva cuando no son satisfechos, la hartura del
corazón cuando, en cambio, se satisfacen sin medida- y los sentimientos
que suscitan las personas en su trato -deseo también, miedo, repliegue
o despliegue, formas todas , ambivalentes de atracción y rechazo,
la gravedad de los seres, la misma ley que rige los átomos y los
planetas-. He comprendido que para el ser humano el logos responde al fuego
que le consume: nombrar es arder en el deseo infinito de ser propiamente.
Pero la
compasión aún me impide la objetividad. La transparencia
del cristal no admite que se conviva en el padecer ajeno.
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Jaisalmer
puede ser cualquier lugar; cualquier lugar puede ser Jaisalmer. Un lugar
donde el vuelo extremadamente sedoso de las bandadas de palomas nos alcance
sin apenas rozarnos.
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He llegado
al final del camino. El final del camino es un desierto con un centro.
Un centro que no es un eje, ni un corazón, ni nada que pueda considerarse
importante. Un centro que simplemente es un punto geográfico desde
el cual, a cualquier parte que la vista se dirija, divisa partes de lo
mismo, en este caso, del desierto. Ese centro ni siquiera es amable, tampoco
lo contrario; no es un centro que atraiga ni que repela. Lleva un nombre:
Jaisalmer, y nada tiene este nombre que ver conmigo.