PROGRAMACIÓN ESPECÍFICA
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MATERIALES · DOCUMENTOS DE TRABAJO
Europa, Siglo XXI: Filosofías de la Resistencia
FOUCAULT,
Michel (1970), El oden del
discurso, Tusquets, Barcelona 1983/2ª
Lección inaugural en el Collège
de France pronunciada el 2 de diciembre de 1970
(..) He aquí la hipótesis
que querría emitir, esta tarde, con el fin de establecer el lugar
--o quizá el muy provisional teatro-- del trabajo
que estoy realizando; yo propongo que en toda sociedad la producción
del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida
por un cierto número de procedimientos que tienen por función
conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio
y esquivar su pesada y temible materialidad.
PROCEDIMIENTOS (EXTERNOS) DE EXCLUSIÓN
1. LA PALABRA PROHIBIDA.- En una sociedad como la nuestra son bien
conocidos los procedimientos de exclusión. El más
evidente, y el más familiar también, es lo prohibido.
Se sabe que no se tiene derecho a decirlo todo, que no se puede hablar de
todo en cualquier circunstancia, que cualquiera, en fin, no puede hablar
de cualquier cosa. Tabú del objeto, ritual de la circunstancia, drecho
exclusivo o privilegiado del sujeto que habla: he ahí el juego de
tres tipos de prohibiciones que se cruzan, se refuerzan o se compensan,
formando una compleja malla que no cesa de modificarse.
(..) El discurso, por más que en apariencia sea poca cosa,
las prohibiciones que recaen sobre él, revelan muy pronto, rápidamente,
su vinculación con el deseo y con el poder. Y esto no tiene nada
de extraño: ya que el discurso --el psicoanálisis nos
lo ha mostrado-- no es simplemente lo que manifiesta (o encubre)
el deseo; y ya que --esto la historia no cesa de enseñárnoslo--
el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los
sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo
cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse. [pp. 11 s.]
2. SEPARACIÓN DE LA LOCURA.- Existe en nuestra sociedad otro
principio de exclusión: no se trata ya de una prohibición
sino de una separación y un rechazo. Pienso en la oposición
razón y locura. Desde la más alejada Edad Media, el loco
es aquel cuyo discurso no puede circular como el de los otros: llega a
suceder que su palabra es considerada como nula y sin valor, no conteniendo
ni verdad ni importancia, no pudiendo testimoniar ante la justicia, no
pudiendo autentificar una partida o un contrato, no pudiendo siquiera,
en el sacrificio de la misa, permitir la transustanciación y hacer
del pan un cuerpo; en cambio suele ocurrir también que se le confiere,
opuestamente a cualquier otra, extraños poderes, como el de enunciar
una verdad oculta, el de predecir el porvenir, el de ver en su plena ingenuidad
lo que la sabiduría de los otros no puede percibir.
Resulta curioso constatar que en Europa, durante siglos, la palabra
del loco o bien no era escuchada o bien si lo era, recibía la acogida
de una palabra de verdad. O bien caía en el olvido --rechazada
tan pronto como era proferida-- o bien era descifrada como una razón
ingenua o astuta, una razón más razonable que la de las gentes
razonables. De todas formas, excluida o secretamente investida por la
razón, en un sentido estricto, no existía. A través
de sus palabras era cómo se reconocía la locura del loco;
ellas eran el lugar en que se ejercia la separación, pero nunca
eran recogidas o escuchadas.
(..) (La antigua separación sigue, no obstante, hoy en día
actuando); basta con pensar en todo el armazón del saber, a través
del cual desciframos esta palabra; basta con pensar en toda la red de instituciones
que permite al que sea --médico, psicoanalista-- escuchar
esa palabra y que permite al mismo tiempo al paciente manifstar, o retener
desesperadamente, sus pobres palabras; basta con pensar en todo esto para
sospechar que la línea de separación, lejos de borrarse,
actúa de otra forma, según líneas diferentes, a través
de nuevas instituciones y con efectos que no son los mismos. Y aun cuando
el papel del médico no fuese sino el escuchar una palabra al fin
libre, la escucha se ejerce siempre manteniendo la cesura. Escucha de un
discurso que está investido por el deseo, y que se supone --para
su mayor exaltación o para su mayor angustia-- cargado de terribles
poderes. Si bien es necesario el silencio de la razón para curar
los monstruos, basta que el silencio esté alerta para que la separación
permanezca. [pp. 12-15]
3. VOLUNTAD DE VERDAD.- Quizá es un tanto aventurado
considerar la oposición entre lo verdadero y lo falso como un tercer
sistema de exclusión (..). ¿Cómo van a poder compararse
razonablemente la coacción de la verdad con separaciones como éstas,
separaciones que son arbitrarias desde el comienzo o que cuando menos
se organizan en torno a contingencias históricas; que no sólo
son modificables sino que están en perpetuo desplazamiento; que
están sostenidas por todo un sistema de instituciones que las imponen
y las acompañan en su vigencia y que finalmente no se ejercen sin
coaccion y sin una cierta violencia?. Ciertamente, si uno se sitúa
al nivel de una proposición, en el interior de un discurso, la separación
entre lo verdadero y lo falso no es ni arbitrara, ni modificable, ni institucional,
ni violenta. Pero si uno se sitúa en otra escala, si se plantea la
cuestión de saber cuál ha sido y cuál es constantemente,
a través de nuestros discursos, esa voluntad de verdad que ha atrevesado
tantos siglos de nuestra historia, o cuál es en su forma general
el tipo de separación que rige nuestra voluntad de saber, es entonces,
quizás, cuando se ve dibujarse algo así como un sistema de
exclusión (sistema histórico, modificable, institucionalmente
coactivo).
(...) Todo ocurre como si, a partir de la gran separación platónica,
la voluntad de saber tuviera su propia historia, que no es la de las verdades
coactivas: historia de los planes de objetos por conocer, historia de las
funciones y posiciones del sujeto conocedor, historia de las inversiones
materiales, técnicas e instrumentales del conocimiento.
Pero esta voluntad de verdad, como los otros sistemas de exclusión,
se apoya en un soporte institucional: está a la vez reforzada y acompañada
por una densa serie de prácticas como la pedagogía, como
el sistema de libros, la edición, las bibliotecas, como las sociedades
de sabios de antaño, los laboratorios actuales. Pero es acompañada
también, más profundamente sin duda, por la forma que tiene
el saber de ponerse en práctica en una sociedad, en la que es valorizado,
distribuido, repartido y en cierta forma atribuido. (..)
Finalmente, creo que esta voluntad de verdad basada en un soporte y
una distribución institucional, tiende a ejercer sobre los otros
discursos --hablo siempre de nuestra sociedad-- una especie
de presión y como un poder de coacción. Pienso en cómo
la literatura occidental ha debido buscar apoyo desde hace siglos sobre
lo natural, lo verosímil, sobre la sinceridad, y también sobre
la ciencia --en resumen sobre el discurso verdadero. Pienso
igualmente en cómo las prácticas económicas, codificadas
como preceptos o recetas, eventualmente como moral, han pretendido desde
el siglo XVI fundarse, racionalizarse y justificarse sobre una teoría
de las riquezas y de la producción; pienso además en cómo
un conjunto tan prescriptivo como el sistema penal ha buscado sus cimientos
o su justificación, primero naturalmente, en una teoría del
derecho, después a partir del siglo XIX en un saber sociológico,
psicológico, médico, psiquiátrico: como si la palabra
misma de la ley no pudiese estar autorizada en nuestra sociedad, más
que por un discurso de verdad.
De los tres grandes sistemas de exclusión que afectan al discurso,
la palabra prohibida, la separación de la locura y la voluntad de
verdad, es del tercero del que he hablado más extensamente. (..)
Y, sin embargo, es de ella de la que menos se habla. Como si para nosotros
la voluntad de verdad y sus peripecias estuviesen enmascaradas por la verdad
misma en su necesario despliegue. Y la razón puede que sea ésta:
que si el discurso verdadero no es ya más, en efecto, desde los griegos,
el que responde al deseo o el que ejerce el poder; en la voluntad de verdad,
en la voluntad de decir, ese discurso verdadero ¿qué es por
tanto lo que está en juego sino el deseo y el poder?. El discurso
verdadero, que la necesidad de su forma exime del deseo y libera del poder,
no puede reconocer la voluntad de verdad que le atraviesa; y la voluntad,
ésa que se nos ha impuesto desde hace mucho tiempo, es de tal manera
que la verdad que quiere no puede no enmascararla.
Así no aparece ante nuestros ojos más que una verdad que
sería riqueza, fecundidad, fuerza suave e insidiosamente universal.
E ignoramos por el contrario la voluntad de verdad, como prodigiosa maquinaria
destinada a excluir. Todos aquellos, que punto por punto en nuestra historia
han intentado soslayar esta voluntad de verdad y enfrentarla contra la verdad
justamente allí en donde la verdad se propone justificar lo prohibido,
definir la locura, todos esos, de Nietzsche a Artaud y a Bataille, deben
ahora servirnos de signos, altivos sin duda, pra el trabajo de cada día.
[pp. 15-20]
PROCEDIMIENTOS (INTERNOS) DE CONTROL
(..) Creo que se puede aislar otro grupo. Procedimientos internos, puesto
que son los discursos mismos los que ejercen su propio control; procedimientos
que juegan un tanto a título de principios de clasifcación,
de ordenación, de distribución, como si se tratase en este
caso de dominar otra dimensión del discurso: aquella de lo que acontece
y del azar.
1. EL COMENTARIO.- (..) Puede sospecharse que hay regularmente en las
sociedades una especie de nivelación entre discursos: los discursos
que "se dicen" en el curso de los días y de las conversaciones, y
que desaparecen con el acto mismo que los ha pronunciado; y los discursos
que están en el origen de un cierto número de actos nuevos
de palabras que los reanudan, los transforman o hablan de ellos, en resumen,
discursos que, indefinidamente, más allá de su formulación,
son dichos, permanecen dichos, y están todavía por decir.
Los conocemos en nuestro sistema de cultura: son los textos religiosos o
jurídicos, son también esos textos curiosos, cuando se considera
su estatuto, y que se llaman "literarios"; y también en una cierta
medida los textos científicos.
(..) Por el momento, quisiera limitarme a indicar que en lo que se llama
globalmente un comentario, el desface entre el primer y el segundo texto
juega cometidos que son solidarios. De una parte, permite construir (e indefinidamente)
nuevos discursos: el desplome del primer texto, su permanencia, su estatuto
de discurso siempre reactualizado, el sentido múltiple u oculto del
cual parece ser poseedor, la reticencia y la riqueza esencial que se le supone,
todo eso funda una posibilidad abierta para hablar. Pero, por otra parte,
el comentario no tiene por cometido, cualesquiera que sean las técnicas
utilizadas, más que el decir por fin lo que estaba articulado
silenciosamente allá lejos. Debe, según una paradoja
que siempre desplaza pero a la cual nunca escapa, decir por primera vez aquello
que sin embargo habia sido ya dicho. (..) El comentario conjura el azar
del discurso al tenerlo en cuenta: permite decir otra cosa aparte del texto
mismo, pero con la condición de que sea ese mismo texto el que se
diga, y en cierta forma, el que se realice. (..) Lo nuevo no está
en lo que se dice, sino en el acontecimiento de su retorno. [pp. 21-24]
2. EL AUTOR.- Creo que existe otro principio de enrarecimiento de un discurso.
Y hasta cierto punto es complementario del primero. Se refiere al autor.
Al autor no considerado, desde luego, como el individuo que habla y que ha
pronunciado o escrito un texto, sino al autor como principio de agrupación
del discurso, como uniad y origen de sus significaciones, como foco de su
coherencia. Este principio no actúa en todas partes ni de forma constante:
alrededor de nosotros, existen bastantes discursos que circulan, sin que
su sentido o su eficacia tengan que venir avaladas por un autor al cual se
les atribuiría: por ejemplo, conversaciones cotidianas, inmediatamente
olvidadas; decretos o contratos que tienen necesidad de firmas pero no de
autor, fórmulas técnicas que se transmiten en el anonimato.
Pero, en los terrenos en los que la atribución a un autor es indispensable
--literatura, filosofía, ciencia--, se percibe que no juega
siempre la misma función; en el orden del discurso científico,
la atrubición a un autor era, durante la Edad Media, un indicador
de su veracidad. Se consideraba que una proposición venía justificada
por su autor incluso para su valoración científica. Desde
el siglo XVII, esta función no ha cesado de oscurecerse en el discurso
científico: apenas funciona más que para dar el nombre a un
teorema, a un efecto, a un ejemplo, a un síndrome.
Por el contrario, en el orden del discurso literario, y a partir de esa
misma fecha, la función del autor no ha cesado de reforzarse: todos
aquellos relatos, todos aquellos poemas, todos aquellos dramas o comedias
que se dejaban circular durante la Edad Media en un anonimato al menos relativo,
he aquí que ahora, se les pide (y se exige de ellos que digan) de dónde
proceden, quién los ha escrito; se pide que el autor rinda cuenta
de la unidad del texto que se pone a su nombre; se le pide que revele, o
al menos que manifieste ante él, el sentido oculto que lo recorre;
se le pide que lo articule, con su vida personal y con sus experiencias vividas,
con la historia real que lo vio nacer. El autor es quien da al inquietante
lenguaje de la ficción sus unidades, sus nudos de coherencia, su inserción
en lo real. (..) [pp. 24-26]
3. INDIVIDUO QUE ESCRIBE O INVENTA.- Sería absurdo, desde luego,
negar la existencia del individuo que escribe o inventa. Pero pienso que --al
menos desde hace un cierto tiempo-- el individuo que se pone a escribir
un texto, en cuyo horizonte merodea una posible obra, vuelve a asumir la
función del autor: lo que escribe y lo que no escribe, lo que perfila,
incluso en calidad de borrador provisional, como bosquejo de la obra, y lo
que deja caer como declaraciones cotidianas, todo ese juego de diferencias
está prescrito para la función de autor, tal como él
la recibe en su época, o tal como a su vez la modifica. Pues puede
muy bien alterar la imagen tradicional que se tiene del autor; es a partir
de una nueva posición del autor como podrá hacer resaltar,
de todo lo que habría podido decir, de todo cuanto dice todos los
días, en todo instante, el perfil todavía vacilante de su obra.
El comentario limitaba el azar del discurso por medio del juego de una identidad
que tendría la forma de repetición y de lo mismo.
El principio del autor limita ese mismo azar por el juego de una identidad
que tiene la forma de la individualidad y del yo. [pp. 26 s.]
4. LAS DISCIPLINAS.- Sería necesario
reconocer también, en lo que se llama no las ciencias sin las "disciplinas",
otro principio de limitación. Principio también relativo y
móvil. Principio que permite construir, pero sólo según
un estrecho juego. La organización de las disciplinas se opone tanto
al principio del comentario como al del autor. Al del autor porque una desciplina
se define por un ámbito de objetos, un conjunto de métodos,
un corpus de proposiciones consideradas como verdaderas, un juego de reglas
y de definiciones, de técnicas y de instrumentos: todo esto constituye
una especie de sistema anónimo a disposición de quien quiera
o de quien pueda servirse de él, sin que su sentido o su validez estén
ligados a aquel que se ha concentrado con ser el inventor.
Pero el principio de la disciplina se opone también al del comentario;
en una disciplina, a diferencia del comentario, lo que se supone al comienzo,
no es un sentido que debe ser descubierto de nuevo, ni una identidad que
debe ser repetida; es lo que se requiere para la construcción de nuevos
enunciados. Para que haya disciplina es necesario que haya posibilidad de
formular, y de formular indefinidamente, nuevas proposiciones. [pp. 27- ]