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Europa, Siglo XXI: Filosofías de la Resistencia


SOBRE EL PODER, LO SAGRADO Y LOS MITOS
CRÍTICA DE LA SOCIEDAD DEMOCRÁTICA Y DE LA PUESTA EN SITUACIÓN CRÍTICA DE SUS RESORTES

Se reproducen los textos siguientes sólo como material pedagógico. Prohibido, por tanto, un uso o reproducción diferente al objetivo académico que se persigue HOLLIER, Denis (Ed.), El Colegio de Sociología (1937-1939), Taurus, Madrid 1982
Textos de Georges Bataille, Roger Caillois, René M. Guatalla, Pierre Klossowski, Alexandre Kojève, Michel Leiris, Anatole Lesitzky, Hans Mayer, Jean Paulhan, Jean Wahl, etc,

¿No habéis oído hablar de esos locos que encendían una linterna en pleno mediodía y luego se ponían a correr por la plaza de la Concordia gritando sin parar: "¡Busco la sociedad! ¡Busco la sociedad!"?. Se decían sciólogos. De hecho, rean locos --locos por la sociedad como otros fueron sus suicidas, como otros fueron locos por Dios, por esto o por lo de más allá. Pensaban que la sociedad tenía que responder de la locura (la de Nietzsche, la de Van Gogh) y que debía hacerlo ante la locura misma. Que la sociedad no tenía más fiador que la locura, sola en su mesura o en su desmesura. El rey tenía su loco. Ellos querían ser los locos de una sociedad sin rey.

1.VERSIÓN.- La sociología ya no sería una ciencia, sino algo así como una enfermedad, una extraña infección del cuerpo social, la enfermedad senil de una sociedad indiferente, extenuada, atomizada. Viejo Occidente, yo te saludo. Así fue, como reunidos en colegio, conspiraron para hacer saltar en epidemia esa enfermedad que hasta el momento sólo había asolado en estado endémico. El buen uso de la sociología consistía en hacerla contagiosa, virulenta; velar por su propagación rápida e imparable. (...)

2.VERSIÓN.-  Ya no jugaría la carta de la sociología como enfermedad senil, sino, or el contrario, la de la juventud como enfermedad resueltamente infantil del viejo Occidente (te saludo), de la juventud como orden en el desorden viejo-burgués: aquellos colegiales no habían pasado de la edad de las caballerías, de las sociedades secretas y de las conspriraciones; la edad en que uno se entrega a todos los deseos de decir nosotros; la edad de las fidelidades, del todos para uno, del todos como uno, del todos contra uno. Tenían la edad de la lucha de las clases de edad.

(...) Porque si la ley común concede que se sea joven de nacimiento, también quiere [salvo la improbable gracia trágica que permitiría escapar al citado "se"] que se muera de vejez o de una variante cualquiera de la edad. Que se muera en la clase de edad en que no se ha nacido, junto a personas con las que no se deseaba vivir. La lucha de las cases de edad, fue una causa insoslayable pero perdida. Condenad. Menos condenada a la derrota que a la traición. Debido al movimiento envolvente y conjugado de la fuerza de la edad y de la fuerza de las cosas, si la juventud ha sido la edad de las fidelidades, pronto la fidelidad no será en el horizonte  más que un error de juventud, un pecado menor. Menor, puesto que uno se engaña siempre por haber sido niño antes de ser hombre. No hya mayor culpa.

La juventud puede ser una enfermedad infantil, sin embargo es bastante raro que se muera de ella. Por lo menos uno puede intentar no curarse de ella demasiado pronto; encontrar  un equilibrio a medio camino entre lo repulsivo y lo imposible, entre la vciada inocencia adulta y el irrealizable pecado mayor. No hacer apología de la traición y mucho menos de la fidelidad. Que no se pueda servir a dos señores a la vez no es una excusa para servir a uno sólo. Que la juventud pase, pero engañándose. Adúltero mejor que adulto. Del error al vagabundeo. Y sin derechos: en un siglo que ha generalizado la dictadura de lo político, sólo queda un imperativo moral: no ser demasiado oficioso, adherirse lo menos posible y si es facible despegarse. (...)

La historia, que para Joyce es una pesadilla de la que no consigue despertarse, sería para el Colegio de Sociología más bien una pesadilla que impide dormir. De ahí una tensión insomne que califican de peligrosa aquellos para quienes la historia debe seguir siendo el guardián más fiel de los sueños dogmáticos. Una pregunta ante todo: ¿Que´ciencia de los sueños explica este sueño de la razón?. Y luego otra: ¿qué se entiende por pensamiento peligroso?. O mejor dicho, si se piensa en ello, ¿qué pensamiento no es peligroso?. ¿Qué pensamiento, a poco que se piense en ello, no nos haría perder el sueño?

El Colegio de Sociología no desarrolló una doctirina firme, sistemática. Veremos que dejó de lado muchos "problemas", algunos de ellos intencionadamente. En otros no se obtuvo la unanimidad de sus miembros. Pero si, al margen de esas imprecisiones, de esas lagunas y de esas divergencias, habiera que reunir al Colegio en torno a una fórmula, yo propondría una especie de slogan: guerra contra el ejército. No se trata de una posición pacifista. Heráclito manifestó la identidad del tiempo y del conflicto. A finales de los años treinta, el tiempo estaba más que nunca en guerra. Lo que se denuncia es la militarización de la guerra, el acuartelamient disciplinario de la agresividad. Bataille definía la especie humana por su capacidad de ponerse "en guardia". Se hace para lamentar que el hombre trate de distinguirse hasta ese punto de las demás especies vivientes: se acaba por no distinguirle de una especie de cadáveres.

Los políticos dicen: la guerra es un asunto demasiado serio para que se deje en manos de los militares. Para el Colegio sería demasiado trágica pra sr dirigida por militantes. Viejo tema aristotélico que se encuentra en todas partes, desde Montaigne a Nietzsche. La guerra no es ya lo que era. También ha envejecido y la edad le ha hecho perder toda huella de la cualidad que antaño era la única que podía conferir: la nobleza. Aquí se superponen dos enseñanzas en las que el Colegio apoyó ss reflexiones: el Marte de Dumézil se une al Hegel de Kjève; las metamorfosis animales del guerrero germánico van a injertarse en el deseo antropógeno de reconocimiento que combate sin armas y a cuerpo limpio. Lo caul es otra historia, la historia de la locura guerrera. [Denis Hollier, 1977, College, op. cit., pp 7-12]

NOTA SOBRE LA FUNDACIÓN DE UN COLEGIO DE SOCIOLOGÍA (1937).-

1. Desde el momento en que se atribuye una importancia particular al estudio de las estructuras sociales, nos damos cuenta de que los escasos resultados obtenidos por la ciencia en este terreno no sólo son generalmente ignorados, sino que además están en contradicción directa con las ideas en curso sobre estos temas. Tal como se presentan, estos rsultados parecen extremadamente prometedores y abren perspectivas insospechadas para el estudio del comportamiento del ser humano. Pero siguen siendo vacilantes e incompletos: por una parte debido a que la ciencia se ha limitado demasiado al análisis de las estructuras de las sociedades llamadas primitivas, dejando de lado a las sociedades modernas; por otra, debido a que los descubrimientos realizados no han modificado aún tan profundamente como se podía esperar los postulados y el espíritu de la investigación. Parece incluso que obstáculos de naturaleza particular se oponen al desarrollo de un conocimiento de los elementos vitales de la sociedad: el carácter necesariamente contagioso y activista de las representaciones que el trabajo pone en evidencia aparece como responsable.

2. De ello se desprende que hay razón pra fomentar, entre quienes pretenden proseguir tan lejos como sea posible investigaciones en este sentido, una comunidad moral, diferente en parte de la que une ordinariamente a los sabios y vinculada precisamente al carácter virulento del asunto estudiado y de las determinaciones que en él van revelándose paulatinamente. Tal comunidad no es por ello menos libre de acceso que la de la ciencia constituida y cualquier persona puede aportar a ella su punto de vista personal, sin tener en cuenta la preocupación particular que le lleva a buscar un conocimiento más preciso de los aspectos esenciales de la existencia social. Cualquiera que sea su origen y su meta, se considera que esa preocupación es suficiente por sí sola para crear vínculos necesarios a la acción en común.

3. El objeto preciso de la actividad considerada puede recibir el nombre de sociología sagrada, pues que implica el estudio de la existencia social en todas aquellas manifestaciones suyas donde apunta la presencia activa de lo sagrado. De este modo se propone establecer los puntos de coincidencia entre las tendencias obsesivas fundamentales de la psicología individual y las estructuras directrices que presiden la organización social y rigen sus revoluciones. [Collège, op. cit., p. 17]

PARA UN COLEGIO DE SOCIOLOGÍA. INTRODUCCIÓN

Parece que las circunstancias actuales se prestan muy particularmente a un trabajo crítico [actividad crítica, estado crítico, según Bataille en Acéphale] que tenga por objeto las relaciones mutuas del ser del hombre y del ser de la sociedad: lo que él espera de ella, lo que ella exige de él. En efecto, estos viente últimos años habrán presenciado uno de los tumultos intelectuales más considerables que se pueda imaginar. Nada duradero, nada sólido, nada que funde: ya todo se desmorona y pierde sus aristas, cuando el tiempo no ha dado aún más que un paso. Pero hay una fermentación extraordinaria y casi inconcebible: los problemas de la víspera cuestionados cada día y muchos otros nuevos, extremos, desconcertantes, incansablemente inventados por espíritus prodigiosamente activos y no menos prodigiosamente negados para la paciencia y la continuidad. En una palabra, una producción que inunda realmente el mercado, y que nada tiene que ver con las necesidades y la capacidad misma del consumo.

De hecho, muchas riquezas, muchos espacios vírgenes súbitamente abiertos a la exploración, a veces a la explotación: el sueño, el inconsciente, todas las formas de lo maravilloso y del exceso (uno define al otro). Un individualismo furioso, que hacía del escándalo un valor y daba al conjunto una especie de unidad afectiva y casi lírica. A decir verdad, aquello era superar los objetivos: en cualquier caso, dar mucho a la sociedad y complacerse provocándola. Quizá haya que ver en ello el germen de una contradicción cuya amplitud creciente debía acabar por dominar en cierto aspecto la vida intelectual de la época: los escritores intentando prticipar con torpeza o soberbia en las luchas políticas, y que al advertir que sus preocupaciones íntimas armonizaban tan mal con las exigencias de su causa debían someterse rápidamente o renunciar.

De estas dos determinaciones opuestas, la búsqueda de fenómenos humanos de grandes fondos, y la solicitación imperativa de unos hechos sociales, ninguna puede dejarse de lado sin tener que lamentarlo pronto. En cuanto a sacrificar una a otra o esperar poder seguir paralelamente, a ambas, la experiencia no ha dejado de mostrar las equivaciones a que dan lugar esas falsas soluciones. La salvación debe venir por otra parte.

Ahora bien, desde hace medio siglo las ciencias del hombre ha progresado con tal rapidez que aún no hemos tomado conciencia suficientemente de las nuevas posibilidades que ofrecen, por muy allá que se haya tenido la oportunidad y la audacia de aplicarlas a los múltiples problemas que plantea el ejercicio de los instintos y de los "mitos" que las componen o que las movilizan en la sociedad contemporánea. De esta carencia resulta, sobre todo, que toda una parte de la vida colectiva moderna, su aspecto más grave, sus capas profundas, escapan a la inteligencia. Y esta situación no tiene por efecto solamente remitir al hombre a las vanas potencias de sus sueños, sino también alterar la comprensión de todo el conjunto de fenómenos sociales y viciar en su principio las máximas de acción que encuentran en ella referencia y garantía.

Esa preocupación por encontrar, trasladada a la escala social, las aspiraciones y conflictos primordiales de la condición individual, está en el origen del Colegio de Sociología y concluye el texto que da cuenta de su fundación y que define su programa. [Véase más arriba NOTA  SOBRE LA FUNDACIÓN DEL COLEGIO DE SOCIOLOGÍA]

(...) El hombre valora hasta el máximo ciertos instante escasos, fugaces y violentos de su experiencia íntima. El Colegio de Sociología parte de este dato y se esfuerza por descubrir pasos equivalentes en el centro mismo de la existencia social, en los fenómenos elementales de atracción y de repulsión que la determinan, así como en sus composiciones más acusadas y más significativas, como las iglesias, los ejércitos, las cofradías y las sociedades secretas. Tres problemas principales imperan en este estudio: el del poder, el de lo sagrado y el de los mitos. Su resolución no es asunto sólo de información y de exégesis: es además necesario que abarque la actividad total del ser. Desde luego, exige un trabajo en común realizado con una seriedad, un desinterés, una severidad crítica capaces no sólo de acreditar los resultados eventuales, sino de imponer respeto desde el principio de la investigación. Sin embargo, oculta una esperanza de orden completamente distinto y que da a la empresa todo su sentido: la aspiración de que la comunidad así formada desborde su plan inicial, vaya pasando de la voluntad de conocimiento a la voluntad de poder, se convierta en el núcleo de una conjura más amplia  --el cálculo deliberado de que ese cuerpo encuentre un alma--. [Roger Caillois, Collège, op. cit., pp. 23-26]



 
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