Román Reyes (Dir): Diccionario Crítico de Ciencias Sociales

Académico / vulgar (Discurso)
 
Román Reyes
Universidad Complutense de Madrid

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La proclamación del discurso académico frente al discurso vulgar supone la legitimación previa del «matiz» que los diferencia y que va necesariamente a conceder al primero un plano preferente respecto al otro.

El discurso académico es el resultado de un sistemático (pseudo) entrecomillado del discurso vulgar, aunque se haga necesario someter a un proceso de reconversión semántica los términos y proposiciones del lenguaje ordinario. El discurso académico dice lo mismo sugiriendo lo no-otro, la visión inalcanzable, la justificación del absurdo. Por eso se siente con capacidad y en la obligación de cuestionar reiteradamente lo evidente.

Con ello se consigue ese ineludible autorreconocimiento de ciertos hablantes que entonces van a convertirse en «hablantes exponenciales». Su privilegiada posición les otorga una visión pan óptica de lo real que convierte en forzada la situación de todo aquel que esté a la escucha, espectadores, en definitiva, de un teatro del absurdo que en solitario representa un acreditado mensajero del sistema académico dominante.

La dicotomía se instaura de nuevo: lo uno -cerrado, perfecto- y/o lo otro -abierto, imperfecto-, texto y/o contexto, plano y/o margen. Estamos por ello autorizados a hablar desde lo otro hacia lo uno, etcétera.

Se fijan así lenguajes que sancionan frente a lenguajes que marginan: el acto marginante -el ejercicio amplio, plural y multiforme de una función de privilegio- legitima el uso de un determinado lenguaje sólo «para iniciados».

La «vulgaridad» se hace carne en el discurso académico, es decir, lo cotidiano deviene intemporal creando un lenguaje inmóvil, acrítico y dogmáticamente referente de cualquier acto existencial que pueda registrarse.

El discurso vulgar se defiende -haciéndose en cierta medida impenetrable- de incursiones no integrables: intuitiva resistencia a su reestructuración violenta y a la del consiguiente orden de los objetos al que remite.

El discurso académico instaura un nuevo orden de palabras que fuerza la constitución de un nuevo orden de cosas, un orden que ha de ser legitimado por el generalizado uso del nuevo discurso. Esto significa una forzada/nueva situación de los hablantes frente a sus objetos cotidianos.

Es normal que se active entonces aquella «legítima resistencia» que no otra cosa defiende que esa peculiar y legendaria conquista del espacio a nombrar del orden fijado. y ello supone hablar de la historia de una cultura, de un viejo cuento que aún sigue siendo útil.

El discurso académico desequilibra el consenso vulgar: los agentes desequilibrantes se distancian de los sujetos desequilibrables, que a su vez lo son -lo sufren y asimilan su re-modelación- a diferentes niveles. El discurso político simula el discurso vulgar y sirve de puente entre éste y el discurso académico en el que dice legitimarse.

Lo uno es lo sagrado -está oculto, secreto, en cualquier parte-, mientras que lo otro es lo profano -se manifiesta en cualquier parte-. El discurso académico sanciona lo que indaga, cuestiona el discurso vulgar. La san- ción clausura la génesis racional de lo real.

El discurso vulgar es un conjunto de pre-nociones. Aún es posible la revisión, el cambio, la mejor adecuación del discurso a la experiencia, de la teoría a la realidad. El discurso académico es un conjunto de nociones. Se fija una casuística, un corpus doctrinal, una summa racional, pseudo-laica, «obligada» referencia -como proyecto y como meta- del discurso vulgar.

Un discurso de vida en lucha contra un discurso de muerte, situados más acá de la razón el primero, más allá de la vida el segundo.

La (pseudo) vulgarización del discurso académico funda la falacia, la demagogia y la pérdida racional de referencia: el discurso académico es propiedad de «selectas e iniciadas minorías»; los sabios, los profetas y los héroes/dioses. Éstos hablan de la vida, de lo real, antes de experimentar aquello de lo que hablan.

Por eso, en el académico, el universo de su discurso es cerrado, mientras que, en el vulgar, el universo de su discurso permanece siempre abierto.

La dimensión sorpresa y el derecho a soñar forzando una vida más acorde con nuestros deseos, más cercana a lo que estimamos sean nuestras necesidades, es patrimonio del hombre de la calle, ese que a diario corre el riesgo de invertir el orden de su discurso porque cree que se ha invertido el orden de las/sus cosas entorno.

Si el discurso académico fuese lo suficientemente flexible como para asimilar a su tiempo las transformaciones del discurso vulgar, podría ser útil a ese discurso bisagra, el político, sirviendo de puntual conciencia crítica -digno oficio de científico- para que sólo se hagan las lecturas que mejor convengan ante el complejo plan normalizador -oficio de político- de la realidad entorno.


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